MEMORIAS DE JUVENTUD II-Juan Francisco Quevedo

Como cantante en el grupo que formamos con mi hermano Pedro y mis amigos Luis Carlos, Justo y Jose, a finales de los setenta, para actuar en las I Fiestas de la Juventud

II

El cambio social que tuvo lugar en España al romper la década de los sesenta fue de tal magnitud que, incluso, hizo reflexionar a la tradicional y combativa oposición al Régimen, al Partido Comunista de España, única institución que fue capaz de mantener abierta la espita de la disidencia desde el interior de un país en el que, poco a poco, iban apareciendo, tímidamente, más voces disconformes.

Jorge Semprún, viejo superviviente de la barbarie nazi en los campos de concentración, tras coquetear durante el 61 -a lomos de una vieja cabra cubista-, en su ochenta cumpleaños, con el malagueño más insigne, de nombre Pablo, y torear junto a Luis Miguel, un torero siempre pegado al poder pero comprometido-por obra y gracia de su hermano Domingo, el desinteresado financiador de Mundo Obrero– en la ayuda hacia sus amigos, plantea, junto a Fernando Claudín, la necesidad de cambiar la estrategia del Partido Comunista teniendo en cuenta la nueva situación social del país.

En ese lúcido análisis, pegado al terreno, proponen la búsqueda de acuerdos con las distintas formaciones sociales y con los personajes que van articulando una oposición, cada vez más contestataria, frente al poder, así como el reconocimiento explícito de este desarrollo económico que se estaba experimentando en toda la nación. Para ellos, fue el principio del fin. La mano férrea de Santiago Carrillo y de Dolores Ibarruri, la legendaria Pasionaria, parecía estar más al servicio de los intereses de una Rusia que les acogió tras la guerra y les financió en el exilio, que a los criterios de independencia con los que serenamente analizar la nueva y palpable realidad española.

Desde luego, el Comité Central del partido, sumiso -como se decía entonces- a los dictados de Moscú, no estaba dispuesto a consentir ninguna grieta por la que aflorase la disidencia. Ambos, pronto serían purgados para, con la expulsión -al menos eso pretendían-, relegarlos al olvido. Años después, cuando Rusia era sólo un espejismo del pasado, Carrillo, con la listeza de los espabilados desbordando sus ojillos, encabezaría una transformación en la misma línea a la propuesta por los purgados. Junto a Georges Marchais y Enrico Berlinguer fundan el eurocomunismo, una suerte de comunismo más pegado al capitalismo y a la realidad del continente pero, entonces, ya era tarde; sus propuestas en esta nueva Europa sin fronteras, a punto de nacer, tenía los días contados. Quizás su historia, con las tesis de Claudín y Semprún asumidas a su tiempo, hubiera sido otra; al menos, en España.

En esa España del desarrollismo auspiciado por los tecnócratas de la Obra, florecía un sindicalismo teledirigido, fijado en mi retina infantil a través de las multitudinarias y aburridísimas exhibiciones gimnásticas con las que, los primeros de mayo, nos obsequiaba la televisión. Eran retransmitidas en directo desde el estadio Santiago Bernabéu en una ceremonia que contaba con la presencia del Generalísimo o, según la maledicencia popular, con la de alguno de sus dobles. Por supuesto contaba con la actuación estelar de los grupos de coros y danzas regionales. La puesta en escena no difería mucho de las exhibiciones que se daban en los países del telón de acero. Claro que, entre totalitarismos andaba el juego.

El colofón al acto del Día del Trabajo se ponía con la presencia de algún que otro cantante de éxito, cuyos nombres más vale silenciar, pues en tiempos de miseria se hacen muchas estupideces y no es cuestión de echar en cara nada a nadie porque a ver quién era el guapo que se atrevía a rechazar una invitación del Pardo, bien a esa gala o bien a la de fin de año. Esta última estaba presidida por Carmen Polo, más conocida por la collares y según cuenta la leyenda, mujer muy temida por los joyeros de cualquier ciudad que visitara por si la daba por presentarse en sus establecimientos. Durante este espectáculo dado en directo, muchos tenían el entretenimiento de pasarse el tiempo intentando descubrir el aparato para la sordera que decían llevaba la señora disimulado entre las perlas.

Pues bien, desde el interior de este sindicalismo de caras circunspectas y camiseta de tirantes, un grupo de trabajadores consiguió engañar al Régimen, aliándose con falangistas radicales y con gente proveniente de asociaciones cristianas. Tal fue su pericia e insolencia que consiguieron llegar al meollo del propio poder sindical que, incluso, les dotó y asignó despacho en la sede misma del heroico, amén de único, sindicato vertical.

De esta extravagante y arriesgada manera, amparado desde el propio sindicato al que pretendían combatir, nace Comisiones Obreras. Al ser detectadas sus verdaderas intenciones y poner al descubierto su estrategia, son arrojados, con sus líderes a la cabeza -Marcelino Camacho y Julián Ariza-, del calor de las moquetas oficiales a las inclemencias de una clandestinidad donde se encontraban como pez en el agua. Desde entonces, el sindicato obrero actuará camuflado entre las nuevas barriadas surgidas en la periferia y se refugiará, cuando sea menester, en las sacristías de algunas parroquias, donde les amparará una nueva generación de sacerdotes. Éstos, no hicieron más que dar respuesta a las exigencias de esta nueva sociedad que se vislumbraba y se empezaba a hacer efectiva.

Acomodándose a los tiempos, apareció un nuevo tipo de cura, el llamado cura obrero, capaz de compatibilizar su magisterio con un trabajo normal, algo impensable para la época. A consecuencia de estos aires renovadores, esta nueva iglesia pronto se implicó en las reivindicaciones sociales dando cobijo a este nuevo sindicalismo horizontal y de clase así como prestando especial atención a las capas más desfavorecidas de la sociedad.

A José Solís, flamante ministro de Trabajo, al que este nuevo sindicalismo había engatusado a base de citas literales de encíclicas papales, cuando descubrió el pastel, se le heló la sonrisa, la llamada no sin cierta sorna sonrisa del Régimen, una sonrisa un tanto siniestra que exhibía bajo unas gafas tenebrosas de pasta negra, muy al uso entre los mandamases de la época. Pero, sobremanera, se le debió de congelar al levantarles la capa que recubría su auténtico pelaje, ni más ni menos que comunista, el gran enemigo, junto a los masones, de esta España que, una gran parte del año, caminaba procesionando y bajo palio.

Por aquel entonces, la España de Franco, tan profundamente católica, mantenía encarcelados a, nada más y nada menos, 200 sacerdotes, en su gran mayoría curas obreros. Los coleccionaba, como estampitas de santos, en la cárcel de Zamora.

Me viene al recuerdo la figura enorme, empastada tras sus gafas de concha, del padre Llanos, un hombre que habiendo podido llegar a lo más alto, por haber estado en el centro mismo del poder, prefirió irse a vivir a una chabola del deprimido Pozo del Tío Raimundo. El padre Llanos llegó a dar ejercicios espirituales, tan en boga en la época, al mismísimo general Franco y, tal vez, por ello era intocable ya que, por mucho que hubiera podido empeñarse, nunca fue detenido ni llamado al orden.

Eran tiempos de mandamientos morales, también para nosotros, pobres almas cándidas en formación, así que a partir de los doce o trece años, allá por 1.970, los frailes del colegio de San Agustín nos llevaban durante tres días de ejercicios espirituales, supongo que similares, sólo que con capones, a los que les daban al Generalísimo. Para nosotros acudir al convento que los dominicos tenían en Las Caldas de Besaya era como una fiesta, como una excursión, era la excusa perfecta y la oportunidad de poder dormir fuera de casa así como de compadrear con los amigos. Poco tenía que ver con el retiro espiritual que se pretendía. Las noches eran un ir y venir por pasillos y tejados con nuestros paquetes de tabaco y nuestras bebidas mientras en alguna habitación se armaba alguna timba de cartas. Lo pasábamos realmente bien, al margen de aquellos ratos, se me hacían eternos, en que nos mandaban a la habitación a reflexionar -nunca supe ni el qué ni sobre qué-. Yo no sé si esta moda pervivió mucho tiempo, pero supongo que no. El colmo de la desfachatez era cómo nos despertaban, con la música, resonando por los altavoces, del Himno a la alegría, en la versión de Waldo de los Ríos y cantado por Miguel Ríos. Después de una noche toledana, la alegría a esas horas tan tempranas era nula.

En aquella España ya no todo eran rosarios y mandamientos; se movían muchas más cosas. A España iba llegando, en pequeñas dosis, la rebeldía que invadía el mundo. Se ubicaba, sobre todo en forma de música, en los gustos de las nuevas generaciones, haciendo mella en sus corazones. Con las primeras canciones de los Beatles, de los Stones, de los Who y de tantos otros, comenzaron a surgir pequeños grupos, más bien ñoños, que imitaban, con suavidad y cierta blandenguería, las nuevas tendencias musicales que brotaban en el resto del planeta. Pero, sin tardar mucho, cuando los nuevos sonidos, asociados a la rebeldía de una nueva generación, impregnaron a una juventud deseosa de nuevas experiencias, su eco fue imparable.

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4 respuestas a MEMORIAS DE JUVENTUD II-Juan Francisco Quevedo

  1. ¡Qué bueno! Una experiencia inolvidable.

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  2. José María Pozas Rubalcaba dijo:

    Muy buenos tus artículos, Juan. Espero los sábados para leerlos. Enhorabuena!

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