MEMORIAS DE JUVENTUD III-Juan Francisco Quevedo

1976

III

Entre tanto, en España, la vida continuaba con un poco más de libertad. Manuel Fraga estrenaba, desde el Ministerio de Información y Turismo, su nueva y flamante ley de Prensa. Una ley que, aunque hoy en día suene a chiste, podemos resumir en sus propias declaraciones:

La nueva ley de Prensa afirma este principio: La libertad dentro de un orden.

A pesar de todo, y de cómo suene desde el presente, entonces supuso una apertura importante y dibujó un horizonte nuevo en el futuro del periodismo. A él, como titular del Ministerio, le tocó diseñar y desplegar la imponente campaña de propaganda que festejaba la conmemoración de los XXV años de paz. Desde luego, no escatimó ni medios, ni adjetivos, a la hora de airear a los cuatro vientos los espectaculares logros económicos del I Plan de Desarrollo, un plan, bien es verdad, abonado al éxito, que aumentó la renta media de los españoles de manera significativa debido, por una parte, a la fuerte industrialización y, con ella, al aumento de la producción nacional, y, por otra, a la gran baza económica de la época, el turismo, fuente inagotable, junto a la emigración, de divisas.

Junto al turismo, llegaron a nuestras playas los primeros bikinis que, a unos los dejaban rascándose el cogote, bajo la sempiterna boina con cara de incredulidad, y a otros los llevaba directamente a rezar a las iglesias donde pedían por los pecados de aquella horda cargada de inmundicia, indecencia y desfachatez, que venía del odiado, hasta que llegaron las divisas, extranjero. Curiosamente, pareciera que este pequeño reducto de la civilización occidental, bastión contra el comunismo, se tambaleara ante el simple encanto de unas rubias sugerentes. De alguna manera, por inescrutables caminos, se hacía bueno el conocido lema de los sesenta: Haz el amor y no la guerra.

Nosotros, nuestra generación, la que cursamos los últimos bachilleres, ya pertenecíamos a otro tiempo; estábamos reñidos con los tonos grisáceos que aún nos habían acompañado en los primeros años de escuela y queríamos ver todo lo que ocurría a nuestro alrededor desde un prisma más luminoso, con colores más vivos. Pretendíamos acercarnos a los acontecimientos más cotidianos de una manera más lúdica y, aunque parezca paradójico, en cuanto tuvimos edad suficiente para comprender lo que estaba pasando en el país, con mayor compromiso que las generaciones anteriores que, a la fuerza ahorcan, se habían visto abocadas a lo que había, que no era mucho.

Creíamos ser capaces de poder cambiar el mundo, creíamos en la paz y en el pacifismo como forma de expresión de esas inquietudes y creíamos en el amor como motor de todo ese proceso de cambio generacional. Y lo acompañábamos con cierta rebeldía, con una música endiablada y con ganas de participar en los cambios que empezaban a vislumbrarse en aquel lejano curso del 75-76 en el que finalizábamos los estudios antes de ir a la universidad.

Muchos jóvenes de aquella España ya compartían una inquietud con la de otros jóvenes del mundo; no creían en las nacionalidades como tal, creíamos que no había otra nacionalidad en el mundo más que la del género humano. Y se repetía por doquier con orgullo aquello de que somos y nos sentimos ciudadanos del mundo. Éramos, al fin, herederos del tiempo que nos correspondía vivir, un tiempo que, como la música, carecía de fronteras físicas y mentales.

Ese tiempo no llegó por arte de magia, sino que fue consecuencia de muchos pequeños pasos que se dieron en los sesenta, una década en la que el mundo sufrió un vuelco cultural como nunca antes se viera, desde el movimiento que surgió en torno a la música rock, con sus lemas de paz, amor y flores, y que culminó con el mayo del 68. Ahora bien, los primeros pasos de esta revolución tal vez se dieran durante el concilio Vaticano II.

Precisamente, de aquellas primeras comunidades cristianas de base a las comunas hippies sólo había un paso que dar. Y no tardaría en darse. Además, de estas comunidades surgiría, en España, un cristianismo reivindicativo que serviría, en un país desolado ideológicamente, de simiente para tomar conciencia de la situación que atravesaba.

Posteriormente, los partidos políticos, tras la muerte de Franco, se alimentaron de estos hombres y mujeres, tanto de los que pretendían formar una derecha de corte europeo como de los que se denominaban marxistas. Ya, en 1.958, nace en una iglesia de Madrid el F.L.P.-Frente de Liberación Popular-, el llamado Felipe siendo, durante los sesenta, la única oposición universitaria que se enfrentaría al, eufemísticamente denominado, Régimen. En él, y a ritmo de multicopista de manivela, convivieron todo tipo de sensibilidades unidas por un deseo, inherente a esta época, y no sólo en España, de hacer algo para que todo cambiara. Los enfrentamientos entre la Universidad y el poder ya nunca acabarían hasta la llegada de la democracia. Y si no que se lo pregunten a un general pequeñito, y dicen que con muy mala leche, que se encontraba al frente del Ministerio de la Gobernación. Desde su coche, como si de una guerra se tratara, dirigía, a pie de Facultad, la toma del campus universitario madrileño por unos policías –los grises- que, montados a caballo o bien a pie, repartían mandobles a diestro y siniestro.

Algo se estaba gestando y moviendo; era indudable. En aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, un grupo de jóvenes poetas se hacía, así mismo, la pregunta que Jimi Hendrix formulaba –Are you experienced?- y aunque no obtuvieron la misma respuesta, desde la inquietud renovadora de la juventud, se decidieron a buscar nuevos caminos y así versificaron, en primera persona, sobre su vida, sobre sus cotidianidades, sobre sus experiencias más banales o más íntimas. En una época en que los poetas oficiales sólo reivindicaban a Garcilaso-lo cual no es malo, pero no es todo-, estos bardos envalentonados, mientras pintarrajeaban bustos del dictador y viajaban por un extranjero misterioso y recóndito, se decidieron a hacer otro tipo de poesía. De una manera llana y coloquial, en un tono conversacional, retenían un instante de su vida y lo plasmaban en un papel. De esta manera tan simple, en estos primeros sesenta, nace en España la poesía de la experiencia.

Nada hay tan dulce como una habitación

para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,

fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,

y parejas dudosas y algún niño con ganglios,…”

                                   Jaime Gil de Biedma (Vals del aniversario)

1976

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