CRISTIAN DAVID LÓPEZ-CONSTANCIA-Juan Francisco Quevedo

CRISTIAN DAVID LÓPEZ

CONSTANCIA (EDITORIAL BAJAMAR, 2021)

CRISTIAN DAVID LÓPEZ

CONSTANCIA (EDITORIAL BAJAMAR, 2021)

Cristian David López se acerca al lector con un nuevo libro de poesía, Constancia. Nacido en Paraguay en 1987, actualmente es profesor de Lengua y Literatura en España, donde cuenta con una obra publicada que ha sido galardonada con diferentes premios. Estudioso y divulgador de la obra del torrelaveguense Rafael Barrett, un icono en su país de origen, se ha encargado de seleccionar y editar Reflexiones y epifonemas de Rafael Barrett.

Con la lectura de Constancia nos adentramos en un territorio que su autor domina con precisión rítmica, el de una poesía que desborda autenticidad y belleza. Constancia es un libro que es en sí mismo un testimonio emocionado y lírico de la vida del autor, por lo que destila verdad a través de sus versos, como no podía ser de otra manera al tratarse de una obra en la que Cristian David López deja Constancia de su yo más íntimo.

Su periplo vital, su peregrinaje hasta llegar a este hoy desde el que desmenuza su existencia, queda reflejado en numerosos poemas. Cierto sentimiento de desarraigo atraviesa el libro mostrándonos el trasiego de lo que ha sido su vida. En Mudanza queda explicitado con unos versos llenos de belleza, cotidianidad y profundidad:

Siempre que cambiamos de piso, mudamos de piel.

Llevamos el hogar con nosotros

y en nuestro vaivén

siempre se nos pierde algo

que ya nunca recuperaremos…

A veces, un sentimiento de añoranza, recordándole la patria y su viejo sonido, resuena en su yo más profundo como el canto de un pájaro que asoma e inunda de nostalgia su lugar natal: Cuando llega al pueblo un “tingasú”, /lo siguen el silencio del bosque, /el crujir de los árboles antiguos…

Ese deambular por el mundo, ese alejamiento forzado de la tierra al que le ha conducido la vida, se palpa y se masca en Éxodo, un poema que desborda a la vez dureza y embrujo:

Llevar con uno solo el recuerdo

de la infancia

para vivir de ello y con ello,

consumirlo poco a poco,

racionarlo para que nos dure

lo que dura el destierro.

Los recuerdos de una infancia perdida no le impiden manifestar el amor por la tierra en una conmoción que se desparrama por ConstanciaDebo alimentar/al niño que vive en mí-, en una ósmosis exacta que llega a al lector a través de los versos: Lavo mis manos/como si limpiara la sangre/que ha dejado la herida/tierra en mí.

Esa infancia que, de alguna manera, se le escapó de las manos, ahora, la puede vivir y disfrutar a través del hijo, a través de la ternura que te ofrece una nueva vida: Hay un placer extraño/en llevar a un niño/en brazos a la cama.

Ahora bien, en esa inmensa capacidad de adaptación del ser humano, también se arrincona el dolor del exiliado al reconocerse en un solo espacio común: Tu patria es el camino/y no tiene fronteras.

Muchos son los poemas desde los que se trasluce esa emoción que le provoca el amor incondicional por el hijo-Los ángeles duermen sin pijama/borrachos de oscuridad-, una sensación que el lector asimila fácilmente como propia y con la que es tan sencillo identificarse en la lectura: Duerme y vuela, niño, /donde quieras, /pero vuela.

El libro finaliza con unos deliciosos pequeños poemas que ponen un colofón espléndido, tejido con pétalos de oro-Taraxacum dens-leonis-, a esta Constancia de vida de un poeta, Cristian David López, que nos reconcilia con la buena poesía.

Clavado en la roca,

un diente de león

seduce al viento.

Juan Francisco Quevedo

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