MEMORIAS DE JUVENTUD VI-Juan Francisco Quevedo

1977

VI

Nuestro año previo a la universidad fue un curso lleno de cambios importantes que afectaron a nuestras vidas. Después de haber cursado toda nuestra enseñanza reglada en el colegio que los Agustinos tenían en la calle Alcázar de Toledo, con nuestros dieciséis años a cuestas nos dispusimos a abandonar aquellas vetustas instalaciones para encaminarnos al nuevo y flamante edificio que la Congregación había hecho construir en lo que entonces era el principiar del pueblo de Cueto, tal y como indicaba un gran cartel, de esos añejos, que se encontraba en lo que hoy, por arte de magia, parece ser El Sardinero.

Cambiábamos de colegio y comenzábamos a compartir autobús con las chicas que lo tomaban para ir a las Esclavas. Ese no fue el único contacto que tuvimos aquel año con las muchachas del sexo opuesto. Nuestro colegio se convirtió en pionero en ese año de la muerte de Franco, en cuanto a cambiar lo que había sido norma en la enseñanza, y convirtió el colegio en mixto, de tal manera que por primera vez, desde que a los cuatro años abandonara la escuela unitaria de La Cavada, iba a compartir aula y experiencias con chicas en la misma clase. Así que ese curso compartimos con ellas, no ya pupitre, sino esas mesitas con voladizo unipersonales.

En fin, toda una novedad para una ciudad en la que la segregación por sexos era absoluta, tanto en la enseñanza pública como en la privada. Es difícil olvidar dónde se ubicaba el Instituto Femenino, el histórico edificio de Santa Clara que aún hoy alberga en sus aulas a los chicos y chicas de la ciudad, el único de la zona que permanece como testigo del incendio que la asoló en febrero de 1941. Alejado del femenino, muy cerca de Cuatro Caminos y del colegio de La Salle se encontraba el Instituto Masculino, el Pereda. Hasta ese año de 1975 tan sólo en las escuelas unitarias de los pueblos se había mantenido, quizás más por necesidad que por otra cosa, las clases mixtas.

A nuestra clase recuerdo que llegó un buen grupo de chavalas, aunque se encontraban en minoría evidente; muchas ya con cierto aire de los nuevos tiempos. No tardamos en congeniar con gusto con ellas y las recibimos con una normalidad mayor de lo que cabía esperar a tenor de la expectación que había suscitado.

Algo distinto se empezó a palpar aquel año; por todo. Gozábamos de mucha más libertad y se respiraba otro aire; ya no se rezaba en clase y la misa semanal había dejado de ser obligatoria de verdad y no como un par de años antes cuando nuestro tutor, un miembro de la comunidad religiosa, en un alarde de modernidad, la declaró voluntaria por unos minutos ya que, al ver que pasábamos delante de la puerta de la capilla hacia la inmediata, que era la de la calle, decidió bloquear la puerta de salida y meternos para adentro a cogotazos. Los más avispados para cuando el atribulado padre reaccionó ya estábamos en el patio junto a la mítica palmera, donde tantas veces, tantos miembros de tantas generaciones agustinianas se retaron para zumbarse por cualquier tontería a su sombra. Bien es verdad que luego siempre solía quedar en nada. Con el cambio de colegio ya nunca se volvió a escuchar aquella bravata tan característica de a la salida te espero en la palmera.

Hubo más cambios, ya lo creo; por segundo año consecutivo a los mayores nos autorizaban a abandonar durante el recreo las instalaciones colegiales. Cambiamos las tertulias en la cafetería Picos de Europa y en el Mesón El Trabuco de la calle Vargas por los bajos de Feygon y los Campos de Sport. Allí veíamos los entrenamientos del Racing de Maguregui, aquel entrenador que tenía merecida fama de poner el autobús en la portería y de enfangar y embarrar el campo, sobre todo las áreas, donde a duras penas se distinguían, al pasar unos minutos, las líneas de las mismas mientras que el punto de penalti ya era una entelequia matemática por adivinar. Todo por obra y gracia del ya proverbial manguerazo de Maguregui. Aunque no hubiera llovido desde hacía semanas, el campo siempre estaba embarrado.

Aquel año pasaron muchas cosas; en noviembre murió Franco y nos dieron toda la semana de vacaciones.

También fue el primer año en el que no tuvimos clase por la tarde, salvo una hora semanal en la que, como otra novedad reseñable, un sicólogo intentaba orientarnos con toda su buena fe pero nosotros, desde nuestra insolencia juvenil, ignorábamos a conciencia, cuando no intentábamos bromear un rato con él. Cosas de la edad. Aún conservo el informe que me hizo con sus recomendaciones de cara a la universidad.

Claro, que todo aquello cada cual lo recordamos a nuestra manera; ya se sabe lo caprichosa que es la memoria cuando trae al presente lo acaecido años atrás. A veces, cuando hablo con mi amigo del alma, con Javi Maza, pareciera que hemos ido no ya a cursos distintos sino a colegios distintos, y eso que estuvimos juntos desde tercer grado-siete años- hasta el C.O.U. del 75-76. Nos vemos muy a menudo, y muy a menudo surgen anécdotas de aquellos años que cada cual suele ver a su manera. Pero nos seguimos riendo mucho con ellas y con nuestra manera tan diferente de recordarlas.

Hoy en día, como siempre, siento un gran afecto cuando recuerdo a muchos compañeros de entonces, incluso a los que no conocí en aquel tiempo por ser de otros cursos, mayores y menores, pero que después la vida ha hecho que nos encontremos. Con todos se ha establecido una conexión cercana; es como si un hilo invisible uniera de alguna manera a todos los agustinianos de aquella época. Claro que no nos es difícil sintonizar, pronto afloran los nombres de aquellos profesores que menos nos gustaron, aquellos con los que más nos esforzábamos por hacerles la vida imposible, junto a los que tenían la mano, cuando no la regla, más larga y un largo sinfín de recuerdos comunes.

No es el momento de recordar las cosas más agrias, es el momento de traer a la memoria los muchos y buenos profesores que tuvimos y que tanto contribuyeron a nuestra formación. Entre todos ellos, desde mi experiencia y por la influencia que ejercieron sobre mí destacaría a dos, al padre Eliseo y al padre Heras, mis profesores respectivamente durante años de Historia e Historia del Arte y de Lengua y Literatura. Del primero, del padre Eliseo disfruté de sus enseñanzas ininterrumpidamente desde segundo a sexto de bachiller y el padre Heras nos dio clase los dos últimos años.

El amor por la historia, las lecturas con las que tanto disfruto y el gusto por cualquier disciplina artística se lo debo sin duda alguna a esa manera tan didáctica y amena que tenía de presentarte cualquier tema, desde la Reconquista hasta la belleza del Pórtico de la Gloria. Siempre resuenan en mi interior, con su voz solemne, las palabras de Cicerón, aquellas que nos repetía curso tras curso y donde nos decía inexcusablemente que la historia es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.

Jamás lo olvidé, como jamás olvidé aquellas pequeñas charlas que teníamos, aquella pasión con la que nos contaba cualquier detalle, aquella lectura de la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo que me aconsejó y tantas cosas que me llevaron a disfrutar de esta disciplina.

Y qué decir del padre Heras, al que tuve la inmensa suerte de tener como profesor en dos años cruciales. Qué fácil se hacen las cosas cuando te las presentan como una fruta madura, en plena sazón, y así cayó sobre mí lo que tanto me había gustado desde siempre y que, sin embargo, no acababa de penetrar con la fuerza debida. Con él, con sus enseñanzas me hice militante de la palabra precisa, un enamorado de la lengua y de la literatura, muy especialmente de la poesía. Aún lo recuerdo en nuestra primera clase en C.O.U., recuerdo cómo nos sobresaltamos cuando nos dijo que en su asignatura no necesitábamos libro, que tomaríamos apuntes a medida que él hablaba para que nos fuéramos acostumbrando a lo que nos esperaba en la Universidad.

Vaya en la memoria de ellos el recuerdo y el agradecimiento a tantos otros, a los que hicieron de las ciencias una aventura apasionante que hizo que, a la postre, me decantara por ellas. Cómo olvidar las lecciones de Física del padre López o las de matemáticas del padre Domiciano. Nunca he entendido ese desentendimiento un poco infantil de algunos de Letras hacia las Ciencias, en especial a los que dicen eso de, cuando se asalta una cuestión relativa al ámbito de las mismas, a mí qué me cuentas, yo soy de Letras. Una verdadera lástima renunciar a una parte tan importante del conocimiento humano.

Aquellos años terminaron y hoy en día no sé por dónde habrá llevado la vida a una gran parte de los compañeros con los que tuve la fortuna de compartir los tiempos de descubrimiento pero, desde estas líneas, quiero expresar mi recuerdo más entrañable para todos ellos. Sin duda, aquellos años de bachiller marcaron nuestras vidas y nuestro futuro para siempre. Creo que para bien.

Fueron años en los que el tiempo no se detenía, donde nada nos retenía ni para pararnos a pensar un poco. Teníamos mucho que aprender, mucho que saber y mucho que descubrir aunque, como ha sido siempre a esas edades, creyéramos ya saberlo todo. Es la insolencia que acompaña a la adolescencia.

Fueron años en los que crecimos sin tener miedo a nada, en los que nos creíamos simplemente tocados por la gracia de los dioses, esa que a veces te arrastra a la temeridad. No fuimos los últimos de Filipinas pero los jóvenes que cursamos los últimos años de aquel bachiller sí fuimos los últimos de un tiempo que renegaba del pasado y miraba el futuro con optimismo.

1977
1978

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3 respuestas a MEMORIAS DE JUVENTUD VI-Juan Francisco Quevedo

  1. guillegalo dijo:

    Buena historia. Que foto

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  2. Estoy leyendo tu historia que yo tambien la vivi en aquellos años,trabaja en la Industria zapatera.
    Mucha ilusion me has dado en recordar aquellos dias.
    Felicidades amigo con mucho cariño !
    Lunes 7 de junio de 2021,el 10 de este julio cumpliré 84 años si Dios y la vida me lo permite !!

    Le gusta a 1 persona

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