MEMORIA DE UN TIEMPO I-Juan Francisco Quevedo

1979

I

HACIA UNA NUEVA ÉPOCA

Es muy difícil ahondar en el desarrollo personal de los que crecimos al amparo de los avances culturales y sociales que acaecieron en la década de los sesenta sin hacer un recorrido por la sucesión de acontecimientos que se dieron y por los personajes que más contribuyeron a que tuvieran lugar. Entender lo que ocurrió durante aquellos años cruciales ayudará no solo a conocer mejor a todas las generaciones que vinieron después, sino también a conocernos a nosotros mismos.

Por todo ello, hoy doy comienzo esta Memoria de un tiempo, desde las que reflexiono sobre la influencia que, muchos de los hechos que se encadenan a lo largo de esa década, ejercieron en la sociedad que ayudaron a configurar. Fue un tiempo en el que se generó tal marea de cambios sociales que, con su empuje, hicieron tambalear el orden establecido. Ahora bien, aunque pudiera parecer que de manera inmediata no consiguieran nada, que todo se diluyera en la protesta, en la actitud contestataria y contracultural, nada después de entonces volvió a ser igual ya que su impronta, el cambio mental que fueron introduciendo sigilosamente en las mentes de toda una sociedad fue imparable. Aquel que no supo adaptarse a lo que los nuevos tiempos traían fueron arrollados por los mismos o arrinconados como viejos trastos de un pasado obsoleto.

El espíritu de los sesenta, la huella que dejaron todas aquellas mareas y movimientos en el mundo, se acabarían reflejando en multitud de cambios sociales y culturales que aún perduran. Por tanto, la filosofía y las ideas que invadieron a la juventud de aquellos años, cuyos padres habían sido testigos de la segunda guerra mundial, penetraron tanto en las estructuras sociales como en las de poder, provocando un cambio absoluto en multitud de campos, afectando sobremanera a la vida cotidiana y a las relaciones sociales más elementales.

La liberación de la mujer y su incorporación real a la universidad y al trabajo en busca de la igualdad, el cambio entre las relaciones paterno filiales, haciéndolas más cercanas, la revolución en las escuelas y universidades, dando al traste con lo que había sido un autoritarismo a ultranza, las relaciones con el poder político, hasta entonces encorsetadas y lejanas, hubieron de replantearse para acercarse a las nuevas exigencias del ciudadano. Estos son solo algunos significativos ejemplos de los grandes avances sociales que se fueron produciendo como consecuencia de los acontecimientos acaecidos a lo largo de la década y que culminaron en el mayo del 68 francés.

En ese preciso tiempo histórico no se dio el triunfo, en ningún caso, de lo que propiciaban y defendían aquellos movimientos que emergían con tanta fuerza, al menos en cuanto a provocar cambios inmediatos en los medios de poder pero, después de aquel tiempo, nada volvió a ser igual. La pátina que fueron dejando acabó por impregnar de manera definitiva a las generaciones y sociedades futuras.

En los años sesenta germinaron una sucesión de rebeliones contra unas maneras de entender y hacer política, fuese el capitalismo o el comunismo, que se sustentaban en el autoritarismo, la jerarquización y la represión como único medio de ejercer el poder. Tras el caldo de cultivo que se fue generando desde la cultura hippy, desde la música rock y todos los movimientos contraculturales que se forjaron a su alrededor, se gestó un embrión que no hizo sino crecer para estallar en el mayo del 68, donde primero los estudiantes y luego los trabajadores hicieron tambalearse las estructuras que llevaban rigiendo el mundo desde tiempos inmemoriales. Si en Francia un perplejo general De Gaulle se encargó de reprimir aquella fiesta libertaria, en Praga, ese mismo año, lo harían los tanques soviéticos y en México, durante las Olimpiadas, la represión por parte del gobierno contra unos estudiantes que clamaban libertad fue brutal.

Para ver cómo se llegó a ello podemos analizar algunos de los hechos que se dieron a lo largo de la década, ya que fueron los artífices de crear el clima necesario para su estallido.

Los años cincuenta se extinguían ahogados en su propia mediocridad. Los sesenta aullaban por derribar de un alarido todas aquellas puertas que permanecían cerradas desde que el ser humano pobló la tierra. Los sesenta corrían sin freno para irrumpir en las aburridas vidas de la generación que surgió tras la guerra mundial e inundar de amor y paz sus corazones. Un nuevo espíritu estaba a punto de desbordar el mundo y de asustar, desde su explosivo empuje, a las mentes instaladas en un pasado a punto de volar por los aires.

El aliento yonqui del tío Bill Burroughs caminaba por la angosta senda de un perdedor como Charles Bukowski, ese poeta brutal y tierno, descarnado y lírico -Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas-, tal vez autor de un realismo demasiado sucio y feroz para los tiempos de civismo, pacifismo e igualdad que se avecinaban. A pesar de todo, encajaba a la perfección en la estética rompedora de aquella corriente que era heredera directa de los beatniks; era como si recibiese de ese grupo de inconformistas alienados el abrazo imposible de la Venus de Milo, que dijera Rubén Darío.

Oigo el agua

las noches que consumo bebiendo

y la tristeza se hace tan grande

que la oigo en mi reloj

                                  Charles Bukowski (Culminación del dolor)

Mientras en una aislante y solitaria oficina de correos, Charles Bukowski esperaba su ocasión para mostrarnos sus versos, Ginsberg corría con el manuscrito de Burroughs de editorial en editorial dispuesto a hacer saltar por los aires las conciencias bien pensantes, dispuesto a escandalizar -El almuerzo desnudo- con sus experiencias lisérgicas y psicodélicas a una sociedad nada habituada a los excesos. Todo ello, no conviene olvidarlo, en un país en el que durante aquellos años el ácido era totalmente legal.

He visto medir la vida por las gotas de solución de morfina que hay en un cuentagotas.

                                                          William Burroughs (Yonqui)

En el corazón de los sesenta, en medio de esta eclosión literaria cuyas obras serán los libros de cabecera de la generación que estaba a punto de tomar la calle, surgirá una música que arrasará y conquistará a la juventud del mundo, el rock en todas sus variedades, incluso en su versión más salvaje, el heavy metal. Esta derivación tendrá el mismo nombre, tal vez casualmente, que el personaje de una novela -Nova Express– de Burroughs. El personaje se llamaba The heavy metal Kid.

Pero por el momento los jóvenes de entonces se disponían a dinamitar con sus ideas la cultura oficial y oficialista, la manera de ver y afrontar la vida y además, todo ello, aderezado por la música más bárbara que nunca hubiera existido. Muertos los cincuenta, los sesenta aporreaban, para derribarla, la puerta de la nueva década.

La generación que anda alrededor de los veinte años se sublevará contra la gente de alma hórrida.  

Ortega y Gasset

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