MEMORIA DE UN TIEMPO VI-Juan Francisco Quevedo

Un joven Bob Dylan

VI

LAS MOVILIZACIONES JUVENILES DE LOS SESENTA

Pero pasaron más cosas en aquellos años, y no precisamente baladíes. Fueron pequeños acontecimientos que hicieron reaccionar a la gente, a una juventud desilusionada y descontenta, contra el mundo que otros, cada vez más temerarios e inconscientes, se ofuscaban en prepararles.

Durante ese tiempo un joven casi barbilampiño, venido del corazón minero de América, un joven de Minessotta que se hacía llamar Bob Dylan, en franco reconocimiento al poeta Dylan Thomas, acababa de llegar a Nueva York, pateando autopistas, chupando cielo raso y azulejando el desolado peregrinar del solitario, y el alma, de acordes de guitarra y resoplidos de armónica.

Desde Mobile, en medio del desierto-On the road-, haciendo auto-stop, se las apaña para desembarcar en el Greenwich Village neoyorquino. Llega con unos pantalones vaqueros, a la fuerza desgastados, sin una cama segura sobre la que pasar la noche, sin un dólar en unos bolsillos raídos y pateando antros y garitos a golpes-beat- del ritmo de sus cuerdas poéticas. En aquellos primeros tiempos sólo Woody Guthrie, el viejo luchador, el cantante comprometido con cualquier injusticia, desde el limbo de su enfermedad terminal, parece entenderle. Y en tanto Bob, tal vez inspirado por Eliot, escribe y canta. Canta y escribe, incluso a cuenta de aquellos misiles que en cualquier momento podían caernos a chuzos del cielo, de aquellos misiles a punto de eliminarnos, de acabar con todo. Y así, como en una retahíla mortuoria, monótona como un rosario a media lengua, intuye la fatuidad de la existencia.

¿Oh, qué viste, para estar tan triste, hijo mío?…

Vi a diez mil oradores con las lenguas rotas,

Vi pistolas y afiladas espadas en manos de niños,

Y es dura, y es dura, y es dura, y es dura,

Y es dura la lluvia que va a caer.

                                           Bob Dylan (Una dura lluvia va a caer).

Se apresura a cantar esta letanía con el temor de no poder acabarla, con la incertidumbre de no saber si podrá volver a entonarla, con el miedo de no poder ver ya a John F. Kennedy y a Kruschev, en sus búnkeres, como únicos representantes de una humanidad extinguida. Pero no, este juglar moderno, que camina descalzo por el desierto y por el asfalto, aún tenía que regresar al camino, a la autopista 61, con su verdad desnuda, y como un canto rodado penetrar e inundar las conciencias de los jóvenes con sus composiciones. En aquellos lejanos sesenta, sin ninguna duda, los tiempos empezaban a cambiar. Y de qué manera.

No cabía la menor duda de que tras esta década, que apenas comenzaba, un nuevo tiempo vendría y no precisamente el de las nuevas fronteras que iba a predicar Kennedy. Pero, como con todo lo que cuesta, hubo que pagar un doloroso peaje que, en su forma más auténtica, acabó con aquel sueño de libertad, con aquella esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste aquel espejismo que inundó el planeta de flores y celebraciones de primaveras. No obstante, conviene recordar que hubo un tiempo, allá por los sesenta, en el que el poder establecido y la sociedad puritana que lo sustentaba, se sintió amenazado por un grupo de jóvenes melenudos, extraños en sus formas y maneras, amén de impredecibles.

Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad y la represión que encubre.                    Herbert Marcuse

Cuando en 1960 se miraba a través de los barrotes de una sociedad aburrida, oprimente y opresora, los jóvenes querían volarlos para contemplar un mundo menos gris y envarado; vislumbraban un futuro lleno de colores chillones, de bordados explosivos, de luz y de celebraciones primaverales.

Festival de Woodstock

De repente pareciera que todo lo que no fuera a tono con los tiempos que soñaban aquellas nuevas generaciones balbuceantes se hubiera vuelto viejo, obsoleto, caduco y anacrónico, tan podrido como les pudo resultar en los años veinte a los muchachos de la Residencia de Estudiantes, Buñuel, Lorca, Pepín Bello y compañía -Dalí incluido- todo lo que les rodeaba y representaba un orden de pensamiento y de estética antiguo: ¡Putrefacto!

Lo que ellos representaban con un burro muerto, ideado y plasmado por Dalí, éstos lo hacían con el símbolo, ideado por Gerald Holtom y apoyado por Bertrand Russell, que encarna la apuesta por la paz y que al principio sólo quería representar la lucha a favor del desarme nuclear, otra de las grandes reivindicaciones, junto al pacifismo, de esta década.

Aquella revolución surrealista y castiza que surgió en la Residencia de Estudiantes, sin contar aún con el refinamiento marxista y parisino de Breton y compañía, no fue más allá de una élite ilustrada; sin embargo, la revolución que se avecinaba, con una música nueva como estandarte, con un sustrato literario novedoso y con una filosofía amigable y peleona, arrastraría multitudes. Su espíritu desinhibido y comprometido se extendería por el mundo en movimientos espontáneos contra el racismo, las guerras y el poder tradicionalmente establecido.

La juventud más entusiasmada que haya existido nunca estaba a punto de rebelarse contra un sistema obsoleto y anquilosado en sus estructuras. Y todo ello impregnado con el halo imprevisto y aventurero de lo inciertamente apasionante. Para todo, incluso para experimentar con las drogas; se trataba de acabar con todo lo anterior y partir de cero. Se avecinaban tiempos de cambio, un tanto peligrosos y acelerados.

La juventud necesita romanticismo.                              Nikolái Bujarin.

Bertrand Russell en una marcha pacifista

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6 respuestas a MEMORIA DE UN TIEMPO VI-Juan Francisco Quevedo

  1. azurea20 dijo:

    Ambos fueron un estímulo para aquellos tiempos difíciles. Salud.

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  2. Ana María Reviriego dijo:

    Pues sí Juan Francisco, Bob Dylan y Joan Báez, ambos con sus guitarras, sus armónicas, sus voces, una más calurosa, otra más chillona, peleando contra las armas que destruían en Vietnam; contra los estandartes muertos de la armada americana plantan flores en la cara de los soldados, para que no se vayan, para que se hagan objetores de conciencia, para que den la mano a una chica idealista que les habla de paz y amor.

    Ambos aún vivos, aún testigos, como nosotros.

    Le gusta a 1 persona

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