MEMORIA DE UN TIEMPO VIII-Juan Francisco Quevedo

MC5 en 1969

VIII

AL BORDE DEL ABISMO

Las comunas, donde se canta a la paz y al amor libre en torno a una hoguera se expanden a lo largo y ancho del mundo y con ellas, también proliferan las drogas, ya inseparables compañeras de esta nueva forma de vivir. Podemos afirmar, sin riesgo de error, que había más hierba en ellas que en todo el estado de Michoacán. Pero no todo, y sólo, eran las comunas, ni eran ellas tampoco lo que mejor expresaba el nuevo aliento fresco que llegaba. Había algo más, había algo de fondo en todo ello capaz de impregnar el ambiente de libertad y de hacerlo, además, en todos sus términos y a todos los niveles, sexual, política y socialmente. Se mezclaba con unos ritmos que dieron lugar a una música contestataria y rebelde, al mejor rock, heredero de tantas corrientes, fundamentalmente afroamericanas, con un fuerte radicalismo político que se vio perfectamente reflejado, allá por el 68, en la comuna donde vivían los MC5, grupo enardecido e incendiario donde los haya, surgido en la ciudad de Detroit, al amparo del rugir de los motores de sus numerosas fábricas de automóvil. Sus canciones, inspiradas por un iconoclasta John Sinclair, eran como puñetazos contra una sociedad anticuada, obsoleta y pasada de moda. Desde sus letras predicaban el amor libre, la revolución y el rock. Eran tiempos donde todo se podía dirimir entre la alegría de un gran campo de flores.

A batallas de amor campo de pluma.     Góngora (Soledades)

Eran tiempos donde aún no existía el látex y los colchones todavía se rellenaban con delicadas plumas de ave. Recuerdo especialmente al batería del grupo, Dennis Thompson, un músico bestial, capaz de imprimir tal ritmo a sus actuaciones que irremediablemente arrastraba al resto de la banda. Algo así como lo que representó Keith Moon para unos Who que nacieron al calor de 1.964. Pero no fueron los MC5 los únicos en vivir de esta peculiar manera. Vivieron como ellos, entre otros, formaciones como los virtuosos Traffic y los sicodélicos Grateful Dead. También pululó por Detroit la comuna de los Stooges, el grupo de Iggy Pop, un hombre poseído por el espíritu de la iguana y, a su vez, el mayor contorsionista que se haya visto sobre un escenario.

En cualquier caso, socializar la existencia era una apuesta diferente, así como el reflejo reivindicativo en el que se volcaban unas formas de afrontar la vida completamente distintas, más en la línea autosuficiente de las primeras comunidades cristianas. Era sin duda, en el caso de los grupos de rock, una manera de estimular la creatividad de los componentes del mismo. La gente que se acercaba a visitarlos sólo tenía que entrar, sin necesidad de aporrear la puerta, sentarse y esperar a que le pasaran la pipa; entonces ya podía ser y sentirse como uno más. Desde luego, era una ingenua manera de ver y sentir la existencia.

Tras los sesenta ya nunca nada volvió a verse y a ser igual que antes pues, sin haber llegado a nada, consiguieron lo más difícil, impregnar a la sociedad de una gran sensibilidad por los temas sociales, contribuyendo decisivamente al cambio de actitud de sus componentes ante las guerras, la educación, la liberación de la mujer e incluso ante aquello más etéreo y disperso como pueda ser una disposición distinta ante la vida. Nunca antes y nunca después, como al inicio de esta década, se vivió con un espíritu tan sincero, tan cercano a la esencia bondadosa del ser humano. Pero a su vez tampoco nunca se vivió tan al borde del abismo. Aquel sueño pronto se frustraría. Sólo tenían que esperar a ver y saber en lo que se podía convertir un yonqui.

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida

porque eras suave como el peligro,

como el peligro de vivir de nuevo.

                                 Leopoldo María Panero (Last River together)

Desconocían el laberinto de dolor y desesperación por el que habrían de caminar y tampoco sabían de la desidia y falta de voluntad a la que se verían abocados. Como verdaderos peleles, babeando por un pico, buscarían a sus camellos sin más horizonte que el rechinar de sus dientes en una boca cada día más despoblada. Estaban tan poseídos por las drogas y por la intelectualidad malentendida de Burroughs, que no fueron capaces de calibrar el desastre al que les iba a conducir única y exclusivamente, y es muy triste decirlo, su buena voluntad. Las drogas los arrastraron al abandono, a no sentirse dueños de sus destinos. Y no hay nada tan imprescindible, ni tan necesario, para el ser humano como no renunciar a su esencia, como no depender de nada ni de nadie.

La cosa más importante del mundo es pertenecerse.

                                                                                     Montaigne

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3 respuestas a MEMORIA DE UN TIEMPO VIII-Juan Francisco Quevedo

  1. azurea20 dijo:

    Muy interesante me ha encantado leerlo. Un tiempo pasado que me pone a soñar. El poema de Panero corto pero ya se sabe lo breve… Un saludo.

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