MEMORIA DE UN TIEMPO IX-Juan Francisco Quevedo

Abril de 1967. Muhammad Ali, el mejor boxeador de todos los tiempos, al negarse a ir a la guerra de Vietnam, fue condenado a cinco años de cárcel.

IX

LA GUERRA DE VIETNAM

Pero si hubo un hecho trágico que marcó a aquella generación, sin duda, fue la guerra de Vietnam; este acontecimiento tan decisivo merece un análisis más detallado.

La vida nos inunda de paradojas y mientras las enseñanzas de Gandhi penetran entre las nuevas generaciones de unos jóvenes que se divierten bailando descoordinadamente, tal y como les surge del alma, el siempre todopoderoso Congreso de los Estados Unidos de América se prepara para hacer bailar, al son de los bombardeos sobre Vietnam, a toda la población, civil o no, de aquel lejano país. Bien es verdad que la orden surge para represaliar al enemigo tras el ataque al destructor Maddox, pero las consecuencias de la decisión van a ser nauseabundas, así como uno de los ejes de todo el movimiento juvenil de la época que culminará, extinguiéndose por asimilación del propio sistema -aquello contra lo que tanto se luchó-, con el mayo del 68 en París.

Lyndon B. Johnson, presidente circunstancial de los Estados Unidos tras el asesinato de J.F.K., asume su cargo, de manera electiva, tras derrotar en las elecciones a un candidato republicano de nombre impronunciable y, además, perdido en el recuerdo, o sea relegado al olvido. El presidente Johnson obtiene del Congreso americano plenos poderes para actuar contra el régimen de Hanoi, en lo que se interpreta como una declaración de guerra formal y en toda regla. Una guerra que llevará la muerte y la ruina a Vietnam y la destrucción moral a Estados Unidos, un país al que acabarán abandonando en esta locura hasta sus propios conciudadanos. Pero, la suerte, aunque fuera para mal, estaba echada; a finales de 1.965 ya habían sido embarcados hacia esta península asiática, a la que los ciudadanos estadounidenses eran incapaces de situar en el mapa, más de 150.000 soldados.

Las protestas contra la guerra, primeramente las encabezarán casi espontáneamente un grupo de chalados melenudos, mal vestidos, amantes de las flores y las primaveras, que celebran sus días cantando al amor -al amor hacia todo en su afán panteísta- y ahora también a la paz. Pronto, a medida que se vayan conociendo las barbaridades del Napalm y las masacres de civiles junto, por si fuera poco, al masivo uso de productos defoliantes, destructores de la vegetación, los cultivos y el ecosistema, la indignación en el mundo será masiva, calando así mismo en su propio país, un lugar en el que se está acostumbrado a ganar siempre y en cualquier circunstancia y que no podrá resignarse, ni asistir impasible, a la derrota moral de su propia sociedad mientras presencia, con inmenso sufrimiento, la llegada de una enorme procesión inacabable de cadáveres de jóvenes compatriotas.

1972. Niña survietnamita desnuda, impregnada de napalm y chillando de dolor, corre hacia la cámara por una carretera con los brazos abiertos.

No podemos olvidar que aquella lucha por la paz empezó con este grupo de hombres, un poco bendecidos por la locura de los más cuerdos, a los que llamaron hippies. Representaban justamente lo contrario a lo que simbolizaban los valores tradicionales del espíritu de su propio país, traicionando por los cuatro costados el tan traído y llevado sueño americano. Su rechazo a la guerra irá inundando las calles de protestas pacíficas -como no podía ser menos-, pero eficaces, a las que se irán uniendo cada vez más voces y todo ello culminará, en una explosión colorista, con la masiva marcha del verano del amor, durante la cual sus participantes se convierten en auténticos guerrilleros de la paz.

A esta catarsis colectiva de paz y amor se sumarán las siluetas de personajes famosos, tales como la del gran campeón de los pesos pesados, el en otra hora llamado loco de Louisville, y ahora conocido por su nombre musulmán, Muhammad Alí. Su negativa a ir como soldado a la guerra le costará un calvario, comenzando por ser considerado un desertor y continuando por un ostracismo público y deportivo que se prolongará durante años. Regresará a los cuadriláteros, en los setenta, para darnos grandes veladas frente a otros dos grandes campeones, Joe Frazier y George Foreman.

Recuerdo también a la dulcemente agresiva, en su belleza, Jane Fonda, la sensual y hermosísima protagonista de Klute, recuerdo su viaje hacia el país del enemigo y las aversiones que le generó, tanto entre sus adversarios políticos como en cierta opinión pública y publicada, la más reaccionaria, hasta el extremo de ser considerada una traidora, siendo perversamente mentada como Hanoi Fonda; en fin, fue declarada renegada y condenada, sin más, por su postura supuestamente antiamericana pero, sin embargo, fue absuelta por el menos común de los sentidos, o sea, por el sentido común, el cual era poseído por una gran parte de su propio pueblo.

En el fondo, desde el principio, la guerra de Vietnam no fue más que la escenificación en caliente de una guerra que en frío llevaba en cartelera desde el fin de la segunda guerra mundial. Los dos bloques en que se dividía el mundo, el occidental y el oriental, con sus capitanes, Estados Unidos y Rusia, ya habían hecho un ensayo fallido en Cuba, durante la crisis de los misiles, de llevar lo que, hasta entonces, había sido la guerra fría a un escenario real.

El 15 de noviembre de 1969 tuvo lugar una gran manifestación en Washington contra la Guerra de Vietnam

Vietnam fue el Prometeo rebelde al que el águila americana -un poco ciega, todo es verdad- intuyó presa fácil. Pronto, los vietnamitas, apoyándose en la U.R.S.S., se dieron cuenta de su sacrificada fortaleza y, tras los primeros y sufridos picotazos perpetrados por la rapaz, no sólo no se dejaron devorar los hígados sino que acabaron siendo ellos los que picotearon en la moral de una sociedad completamente pagada de sí misma. Pronto cambiaron las tornas y aquellos muchachos, soldaditos de la linda América, se vieron envueltos en un verdadero infierno de desolación y muerte. Los cadáveres de aquellos jóvenes, muchos aún barbilampiños, regresaban a sus casas empaquetados en frías bolsas de plástico, adosándoles, simplemente, una mísera etiqueta identificativa. Y retornaban por millares. Enseguida, las autoridades se apresuraban a cubrirlos con la bandera americana para intentar reducirlos al silencio con la vana excusa de un patriotismo personificado en el símbolo nacional. La trampa duró poco, pues la gente acabó por ignorar la bandera y ver, sencillamente, los cadáveres.

La guerra acabó provocando un caudal de indignación, tanto en su país como en el resto del mundo. Una juventud muy distinta a todas las anteriores elevó la antorcha de las protestas antibelicistas y del pacifismo combativo y, tras ella, fueron caminando voces de lo más dispares. Las movilizaciones contra la guerra de Vietnam unieron a un tipo de jóvenes que se manifestaban con unas maneras y unas formas de afrontar la existencia un tanto peculiares y llamativas, además de coloristas y festivas. Su actitud vital se encontraba a medio camino entre la pureza y austeridad pitagórica y el placer epicúreo. Era una juventud capaz de conjugar, a la vez, el compromiso hacia aquellas causas que consideraban injustas con el disfrute y la alegría de vivir, una alegría que pretendían contagiar al resto del planeta, fundamentalmente a través de la música. Y así fue como algunos de ellos se reunieron en comunidades donde, al igual que en La ciudad del sol, la obra de Campanella, no había ni pobreza ni riqueza ya que todos tenían, simple y llanamente, exclusivamente lo que necesitaban. Y con ello y con todo, por mucho que extrañe desde la perspectiva del tiempo transcurrido, parecían felices.

Toda la variopinta hornada que pululaba por los sesenta era temeraria en sí misma y lo mismo se atrevía a representar unos aburridos y pesados happenings que a reinterpretar Las Troyanas de Eurípides, esa epopeya clásica y antibelicista, donde se narra la destrucción de la mítica ciudad griega. Esta obra constituye, de por sí, un atrevido y brillante alegato contra las guerras siendo, quizá, el equivalente clásico a los Cuentos de soldados, de Ambroce Bierce. En ella, todos los participantes, tanto vencedores como vencidos, son completamente inmorales y éticamente reprobables. Es fácil entender, por tanto, que aquellos jóvenes vieran en este drama el reflejo de la guerra de Vietnam, una confrontación nada teatral, y sí muy real, aunque muy teatralizada, sobremanera en el cine.

Durante la guerra se llegó a un punto en el cual se tuvo la sensación de haber sobrepasado todos los límites, de haber llegado a un barbarismo salvaje, propio de épocas pretéritas. Todo ello condujo al clamor ensordecedor de un gentío, millones de personas en el mundo, capaces de enarbolar la bandera de la paz y de pedir en un solo grito, y con un sola voz, el fin de la guerra. Fue un grito molesto y machacón que ya no se acallaría hasta los años setenta. Entre tanto, las cárceles americanas se van llenando de chicos que se niegan a ir a una guerra absurda, lejana y sin posibilidad de solución. Lo que no han conseguido ni intelectuales, ni políticos, ni predicadores, lo ha conseguido un conflicto como éste: la unión efectiva y afectiva de los chavales de medio mundo en torno a un movimiento pacífico, abanderado por una música salvaje y, decidido, desde una manera de vivir desenfadada y despreocupada, a inclinar la balanza hacia el lado de la paz.

Todo terminará con más pena que gloria, sin triunfos aparentes, sin descabalgar del poder a nadie; sólo algunos restos y rostros envejecidos del naufragio dan fe de aquellos años, pero su impronta, el espíritu de aquellos jóvenes, impregnará el futuro de las sociedades que surgirán tras la guerra del Vietnam, tras el mayo del 68, tras aquella marea que se inició en torno al rock y a este movimiento contracultural que empezó en el campus de la Universidad californiana de Berkeley.

Guerra de Vietnam, soldado muerto.

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4 respuestas a MEMORIA DE UN TIEMPO IX-Juan Francisco Quevedo

  1. ¡Impresionante! Ya son recuerdos que nos acompañarán toda la vida.

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  2. wp4oka dijo:

    Saludos, fue una guerra o una guerra con un enemigo, que no veías. Por tanto, nadie los llamo a esa guerra, sino cavaron su propia tumba. En nuestro momento actual, siguen con los mismo errores.Nada a cambiado.

    Le gusta a 1 persona

  3. wp4oka dijo:

    Reblogueó esto en wp4oka's Blogy comentado:
    «No veo al enemigo, solo veo civiles.»

    Le gusta a 1 persona

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