MEMORIA DE UN TIEMPO X-Juan Francisco Quevedo

Martin Luther King con sus hijos Martin, Dexter y Yolanda, y su esposa Coretta, en marzo de 1963.

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MARTIN LUTHER KING

Un mes de enero, Martin Luther King murió asesinado antes de cumplir los cuarenta. Paradójicamente con su muerte nació una leyenda, la del hombre que luchó por la igualdad racial hasta las últimas consecuencias. Hoy, su lucha, sus palabras y sus ideas, aquellas por las que entregó su vida, están en la memoria colectiva de la humanidad más vivas y vigentes que nunca. Para comprender las circunstancias que le llevaron a una muerte anunciada nos tenemos que remontar a aquella época convulsa que explosionó tras el magnicidio de John F. Kennedy.

 Los años que precedieron al asesinato de Martin Luther King fueron tiempos de turbación, tribulaciones y cambios, en los que se pretendieron hacer otras cosas, cosas que jamás se habían intentado con respecto a la minoría negra. En los Estados Unidos de América, el presidente Johnson intentaba llevar a cabo uno de los sueños del anterior presidente, luchar decididamente contra la pobreza. Ese sueño imposible se estrella contra una sociedad que se cuece en su propio caldo de autosuficiencia y liberalismo extremo, por lo tanto, el principal mandatario estadounidense no podía haber elegido peor momento para la puesta en práctica de tan ambicioso plan. Por un lado, se encuentra con el frente abierto en Vietnam y por otro, con el clima de auténtica guerra civil existente en numerosos estados de la Unión como consecuencia de un sinfín de disturbios raciales propiciados, en gran parte, por la enorme brutalidad de la policía.

Martin Luther King (1929 – 1968) y su esposa Coretta Scott King lideran una marcha por el derecho al voto de la población negra desde Selma, Alabama, hasta la capital del estado, Montgomery.

El año 63 va a ser un año decisivo en la lucha por la igualdad racial. Los paladines de la democracia, en el país de los dentistas -como define Joseph Brodsky a los Estados Unidos-, no sólo segregan a sus conciudadanos sino que los humillan e incluso, por omisión, los asesinan. Por no tener, entre otras muchas cosas, no tienen ni el derecho a orinar en un váter público, ni a sentarse en un autobús si hay blancos de pie y sólo pueden entrar a tomarse una cerveza en aquellos bares en los que la ley o la costumbre se lo permita. Solamente pueden acudir a desahogarse, o a emborracharse, a locales de negros y para los negros, situados, por supuesto en barrios de negros, para no contaminar la clara palidez de los blancos. De alguna manera, en algunos estados y en las retinas de millones de americanos, los negros son vistos aún, pese a que la esclavitud está abolida desde hace cien años (1865), como seres inferiores, destinados a la esclavitud. Al igual que con las mujeres y los esclavos, en la Grecia clásica, pareciera que los hombres y mujeres de raza negra carecieran de alma. Estaba claro que si bien lo cierto es que ya no eran esclavos, otra cosa bien distinta es que disfrutaran de los mismos derechos civiles que la población blanca. El camino para la igualdad no había hecho sino comenzar a andar. Eso sí, con virulencia inusitada.

Alabama, en el profundo y pastoso sur de Tennessee Williams, iba a ser el estado que encendiese la llama de la rebeldía en los corazones, hasta entonces acobardados, de los negros. Las revueltas en la lucha por los derechos civiles de esta minoría maltratada llegaron a ser tan intensas que el presidente Kennedy se vio obligado a enviar tropas, en un intento vano de apaciguar ánimos. En balde.

La primacía blanca, con toda su intelectualidad caduca e inhumana, comenzaba su descenso a unos abismos de los que nunca debió haber salido, hacia el mismo infierno al que había condenado a los negros durante siglos. La rebelión era imparable y se extendía como un reguero de pólvora por todo el país. Un negro de alma -al fin, con ella- blanca se pone al frente de esta marea reivindicativa. Su simple nombre, Martín Luther King, es ya todo un mito en la lucha por la libertad y por la igualdad de derechos.

La libertad consiste, por lo demás, en el hecho de que cada cual es libre de vivir a su gusto.

                                                                                                        Aristóteles

Todos los negros del país, y muchos blancos de alma negra, se unen a él en la Gran Marcha por los Derechos Civiles. Llegan a la capital de la nación, Washington, en agosto del 63. Es allí, frente a esa ingente masa esperanzada, desde el Lincoln Memorial, cuando Martín Luther King dijo haber tenido un sueño, el sueño de la igualdad, un sueño que aún, de alguna manera, todos los seres de alma compasiva estamos esperando se haga realidad. En cualquier caso, aquel año se dio un enorme paso dejando ese sueño mucho más cerca de lo que hasta entonces estaba. Por entre la gente que asistió ya se empezaban a ver las melenas de unos jóvenes que se unían a cualquier movimiento que predicara la hermandad y la igualdad a través del amor y del buen rollo. Al año siguiente, durante el 64, Martin Luther King fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Nunca un hombre honró tanto a un premio.

Martin Luther King recibe el Premio Nobel de la Paz en Oslo en 1964

Con el paso del tiempo se vieron cómo las expectativas generadas y las promesas vertidas se iban quedando a medias. La insatisfacción creada hará que en el 66 se funde el llamado Black Power-Poder Negro-con sus panteras. La radicalización fue una consecuencia -aunque alejada de las intenciones de King- del desengaño ante las proposiciones incumplidas. En ese ambiente, confuso y enrarecido, Malcolm X y Ángela Davis iniciarán un camino de enfrentamiento directo y abierto que les llevará a la muerte, según algunos, y al martirio, según otros. Ni más ni menos que el mismo camino seguido por tantos durante estos convulsos años donde tanto se pretendía cambiar consiguiéndose, al final, abrir una brecha en la mentalidad de un mundo que ya nunca volvió a ser igual pero en el que aún queda mucho por hacer.

Black power. Dos atletas afroamericanos, Tommie Smith y John Carlos, medallas oro y bronce en la prueba de 200 metros en las Olimpíadas de México-68, en el podio mostrando su descontento con ese gesto.

Desde luego, los sesenta supusieron una ruptura con respecto a la mentalidad pacata heredada. Ni a las guerras, ni a la mujer, ni a los negros, ni a casi nada se siguió viendo bajo el mismo prisma. Quizá fuera lo único que se consiguió pero, a través de esa grieta, hecha en una sociedad bien pensante, se fueron colando mecanismos que dieron lugar a enormes avances sociales. En este duro camino, difícil, y a veces equivocado, fueron quedando cadáveres anónimos y públicos. Tal vez ninguna revolución armada consiguiera tanto como esta revolución de las mentes y las costumbres. Con ella, con esta revolución de amor, música y paz, los negros, tras salir de los agujeros a los que habían sido relegados, no se iban a conformar con migajas de libertad. Prosiguieron en una lucha llena de obstáculos y malentendidos, de odios y pistolas. Un fiel reflejo de todo ello, de toda la tensión social acumulada hasta entonces, fue la subida al podio, de la mayoría de los atletas negros, enarbolando en su puño un guante negro, símbolo inequívoco de su poder. Las Olimpíadas celebradas en México en el año 1.968 fueron testigos del hecho.

La llama de la rebeldía, en esa lucha por la igualdad, había prendido en los corazones de unas nuevas generaciones que no estaban dispuestas a ver, impasibles, cómo un hombre era capaz de humillar a otro hombre. La lucha por la libertad, a través de la igualdad, aún continúa y continuará mientras que ocupen el poder hombres ambiciosos y mezquinos; esa lucha proseguirá mientras quede sobre la faz de la tierra un hombre, merecedor de tal apelativo.

Ante la situación generada, tan proclive a producir violencia, Martin Luther King, el líder de la minoría negra, llama, desde su estatura ética, a la resistencia pacífica. No todos recogerán el guante de la paz, ni estrecharán su mano tendida sino que, bien al contrario, se radicalizarán y pasarán a la acción, con lo cual una parte del movimiento que lucha por la igualdad de los derechos civiles se fragmenta y pasa, de alguna manera, a la clandestinidad de las acciones violentas, cuando no armadas. A pesar de la adversidad, a pesar de las humillaciones, a pesar de la represión estatal, incluso a pesar del siniestro Ku Klux Klan, Martin Luther King supo estar a la altura de unas circunstancias que hubieran destemplado a cualquier ser humano.

Los peligros descubren a los hombres,

les dan a conocer los infortunios,

pues entonces por fin del hondo pecho

son proferidas voces verdaderas:

la máscara se quita y queda el hombre.

                                                    Lucrecio (De rerum natura)

King era el hombre que dijo haber tenido un sueño, el sueño de la igualdad. Cuando pronunció su famoso discurso aún no conocía el destino personal que le reservaba la providencia de su propia ensoñación, aunque, quizá, como dijera Macedonio Fernández, intuyera que la vida no es más que el susto de un sueño. Y entonces, digo yo, la vida es algo así como los siete tragos de agua que te tienes que tomar sin respirar para que, con el susto de vivir, se te quite el hipo.

El cuatro de abril de 1.968 Martin Luther king es asesinado en la ciudad de Memphis, la patria de un Elvis que para entonces ya había logrado que el rock barriese el mundo. Un día King, parafraseando a Gandhi, había dado una lúcida vuelta de tuerca a la ley de Talión.

Aquella antigua ley del ojo por ojo acabará dejando ciego a todo el mundo.

M.L. King en el Motel Lorraine momentos antes de su asesinato

Aquel cuatro de abril dejó de ver, y mirar, para siempre, víctima de la incomprensión y el racismo de un país, el suyo, tan sumamente anacrónico y voluble. En cualquier caso, no fue más que el desenlace lógico de una muerte anunciada. Pero a pesar de conocer su suerte, se exponía a la muerte con la dignidad de los antiguos caudillos americanos, con la misma con la que Caupolicán, ante la incredulidad de su pueblo, caminaba hacia el cadalso dispuesto a ser empalado y asumir su trágico destino.

… Descalzo, destocado, a pie, desnudo,

dos pesadas cadenas arrastrando,

con una soga al cuello y groso ñudo

de la cual el verdugo iba tirando,

cercado en torno de armas y el menudo

pueblo detrás, mirando y remirando

si era posible aquello que pasaba,

que, visto por los ojos, aún dudaba.

                                                                    Alonso de Ercilla (La Araucana)

El espíritu de Martin Luther King pervive a través del tiempo, cristalizándose en la tolerancia de una sociedad cada vez más concienciada y más combativa en la lucha contra la injusticia y la desigualdad. Con su muerte quisieron enterrar el mito pacifista de King pero no fue más que un empeño inútil, pues si bien consiguieron que muriera el hombre, no hicieron sino más que alimentar el mito. La ideología pacifista que había representado en vida le acompañó más allá de la muerte, convirtiéndolo en un mártir.

Es mucho más difícil matar a un fantasma que a un ser real.

                                                                                 Virginia Wolf

Hoy, como un ser espiritual, como un fantasma benéfico, se invoca su nombre como un ejemplo de luminosidad, como un espejo en el que mirarnos a la hora de caminar en la senda, a veces todavía angosta, de la igualdad de las razas.

Martin Luther King, durante su histórico discurso en Washington

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2 respuestas a MEMORIA DE UN TIEMPO X-Juan Francisco Quevedo

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