HA MUERTO CHARLIE WATTS-Juan Francisco Quevedo

En mi habitación de estudiante a los 19 años. En la pared, Charlie Watts, acompañado de Jagger y Brian Jones

HA MUERTO CHARLIE WATTS

Los Stones fueron un grupo salvaje y desbocado –Wild horses-, en el cual tan solo Charlie, el elegante batería de la banda, el hombre discreto y músico talentoso, el caballero amante del jazz y de Skinnay Ennis, se ponía, con su porte impecable, a salvo del naufragio de desenfreno en el que se vieron envueltos durante casi veinte años. Después, Mick, el cerebro contorsionista del grupo, el juglar moderno por excelencia, a sólo un paso -nunca llega a darlo- de la bufonería más medieval, se convertiría, con la fe de los conversos, a la macrobiótica y al jogging. Ver para creer. Charlie tal vez fuera, en realidad, el contrapunto sosegado a ese icono de la modernidad, a esa guindilla, con fuego en el trasero, de Mick, y a la incontrolable desmesura -nunca extinguida del todo- del guitarrista, el gran superviviente de todo tipo de excesos, Keiht Richards.

En estos días nos llegó la triste noticia de la muerte de Charlie Watts; con él se va el discreto encanto de la elegancia que ha acompañado al rock durante casi sesenta años. Nadie como él representa un estilo único y personal, totalmente al margen de la iconografía vanguardista, ya clásica, de las diferentes puestas en escena que surgieron con la música de los sesenta. Fue un anacronismo surrealista, la antítesis necesaria y precisa para resaltar el histrionismo de un Jagger juglaresco y de un Richards sumido, cuando no consumido, en sus particulares paraísos artificiales. Se ha ido una excepcionalidad reverente que disfrutaba mucho más del jazz y del blues que tocaba en pequeños clubs que de las grandes y multitudinarias giras de los Stones.

Se le echará en falta pese a que, debido a su poco afán de protagonismo, hubiese sido lo último que hubiera deseado.

Aunque con la irremplazable ausencia de Charlie, ahí siguen los Stones, parece que en plena forma y no como esas viejas estrellas gordinflonas que pasean sus kilos por los escenarios con sus viejos temas de siempre. Pudiera parecer que el tiempo no ha pasado, pero vaya que si ha pasado; no hay más que ver sus caras. Y su voz, la voz de Mick que, sin embargo, parece seguir moviéndose y contoneándose como siempre, con esa electricidad discontinua tan característica en su persona. Keith, permanece amarrado a su guitarra, deambulando por el escenario como un zombie místico mientras que nos falta Charlie que quebró su pacto con el diablo para seguir siendo una estatua románica, hierática y elegante. Cuánto más hubiera pegado como batería de un club de jazz antiguo o como uno de los apóstoles en piedra del Pórtico de La Gloria en la catedral de Santiago de Compostela. Y, sin embargo, cuánto nos cuesta imaginarnos a los Stones sin él.

Sirvan como epitafio, a una época que se extinguirá con sus satánicas majestades, los versos de Manuel Machado:

Es tarde… Voy de prisa por la vida. Y mi risa

es alegre, aunque no niego que llevo prisa.

Charlie Watts

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