MEMORIA DE UN TIEMPO XVI-Juan Francisco Quevedo

“The Freewheelin’ Bob Dylan” es el segundo álbum de estudio del músico, publicado en el año 1963. Pasea con su novia por las calles de Nueva York, por la esquina de Jones Street y West 4th Street en Greenwich Village. Estaban a tan solo unos metros del apartamento donde vivían.

XVI

BOB DYLAN

Recuerdo 1974 como el año de mi primer disco, el primero que compraba con mi voluntad, la mucha y variable que se tiene a los catorce años. Después de pasar por los almacenes Simeón, me decidí a entrar en Simago y después de mirar y mirar-no es fácil decidir en qué se gasta uno el dinero cuando casi no le llega-, salí con dos LPs bajo el brazo. Uno era el Abbey Road de los Beatles y el otro el Nashville Skyline de un joven Dylan que desde la portada nos saludaba con su sempiterna guitarra, a golpe de sombrero. Ese fue mi primer encuentro con el cantautor americano. Y el último, y único, con el mito, lo tuve hace más de veinte años, cuando le fui a ver en directo. Y he de confesar que fue un poco tarde; salí decepcionado del concierto y de la banda que llevaba. Decidí entonces que a los héroes vivientes es mucho mejor leerlos, escucharlos y hablar de ellos que frecuentarlos.

Bob Dylan, Nashville Skyline

Pero el caso es que después, cuando uno creía que de Dylan ya se podía esperar poco, va y le conceden el Premio Nobel de Literatura. Cuando me enteré, lo primero que pensé es en lo que dirían todos esos muchachos que se movían al ritmo de sus inquietudes y de su música. Y qué será de aquel joven que mientras se bailaba el twist en el neoyorquino Peppermint Lounge ya golpeaba y llamaba, con la fuerza de una armónica, a las puertas del cielo.

Gentes, donde quiera que estéis,

reuníos aquí

y admitid que las aguas han crecido

y que pronto estaréis

calados hasta los huesos,…

… Porque los tiempos están cambiando

                                                   Bob Dylan (The times they are a-changin´)

Cuántas cosas pasaron en aquel lejano 1961; los tiempos empezaban a cambiar. Y de qué manera.

Pero si el 61 fue el año en el que Dylan se decidió a dar el gran paso y abandonar el pueblo buscando horizontes, 1.963 es el año en el que Dylan, a través de los que le versionaban -Peter, Paul y Mary-, apareció en las listas de éxitos y, a consecuencia de ello, su mensaje comenzó a resonar en las conciencias de todos los que esperaban -incluso desde la inconsciencia de la edad- algo distinto, algo bueno y algo realmente nuevo. Aunque se diera la paradoja de que llegara con un sabor tan rancio como la música tradicional y, para rematarlo, además, aún sin electrificar. Aquel hombre, aquella música, llevaba en sus tuétanos el bagaje y la experiencia de los que han dormido en la calle.

El hombre, para ser hombre,

necesita haber vivido,

haber dormido en la calle

y, a veces, no haber comido.

                                             Antonio Machado (Juan de Mairena)

Todo daba igual, aquello no era lo de antes, ni lo de siempre, aquello sonaba realmente bien, sonaba a verdad y decía lo que muchos esperábamos que alguien algún día dijera. En cualquier caso, para proporcionar intensidad y decibelios ya estaba el rock y, sin tardar y con una gran controversia, el mismo Dylan se apuntaría al sonido enloquecido y eléctrico de una buena banda. Eran años en que los jóvenes sólo anhelaban disfrutar del presente, olvidándose de todo lo restante. Además de un compromiso hacia los demás, existía un componente epicúreo y lúdico en todas sus acciones, así como una necesidad de agotar todas las posibilidades que la vida te brindaba, sin pensar que hubo un ayer ni que habrá un mañana. Sólo importaba vivir -haciéndolo a fondo- el momento presente. Un Dylan, cargado de poesía, nos deleita con este hombre de la pandereta, una canción que pronto alcanzará lo más alto de las listas en la versión de los Byrds.

Sí, bailar bajo el cielo de diamante,

agitando libremente una mano,

silueteado por el mar, rodeado por arenas de circo,

con todo recuerdo y destino profundamente hundido bajo las olas.

Deja que olvide el hoy hasta mañana.

                                                                       Bob Dylan (Mr. Tambourine man)

Pronto llegará su segundo disco eléctrico, en el 65, Highway 61, un sentido homenaje a la ruta que le conducía desde su Minessota natal a la ciudad más musicalmente enraizada de toda América, Nueva Orleáns. En este disco, una memorable canción, Like a rolling stone, se convirtió en un himno generacional, representando a todo el movimiento cultural surgido en esta década.

¿Qué se siente? ¿Qué se siente?

al estar sin un hogar,

como una completa desconocida,

como un canto rodante.

                                               Bob Dylan (Like a rolling stone)

Un año más tarde aparecería un disco imprescindible, una obra maestra. Representa en la música moderna lo que Bécquer o Garcilaso en la poesía; un antes y un después. Junto al Sgt. Pepper´s de los Beatles, al Pet Sounds de Brian Wilson -líder de “The Beach boys”- y, quizá, también al Affermath de los Stones, en su primer disco compuesto íntegramente por ellos –Paint it black-, Blonde on blonde es el disco más influyente, en cuanto a lo que supuso de cambio, de toda la historia de la música rock. Dylan lo grabó en Nashville, donde años más tarde regresará al folk, con una voz casi de crooner y con canciones como la bellísima Girl from the North Country, que interpretará junto a un mito de la música americana, Johnny Cash. En aquel lugar gestó todo el disco, allí logró encontrarse consigo mismo y con la suficiente inspiración como para componer obras claves. Y lo hizo junto a grandes músicos, como Al Koper y Robbie Robertson. En el disco están desde la archiversionada -recuerdo a Nina Simone- Just like a women hasta la hermosa canción de amor que dedicó a su mujer, Sara, Sad-Eyed Lady of the Lowlands.

Este héroe de la contracultura, aspirante al Nobel de Literatura, nunca volverá a llegar tan lejos, ni tan siquiera en el día de hoy, en el día en que ya un premio Nobel de Literatura luce en sus estanterías.

Bob Dylan y Johnny Cash

Me asaltan los recuerdos, a la velocidad de golpeo del teclado, y de repente veo a Bob Dylan y a Joan Baez, como almas gemelas, en el Festival de Newport, formando la pareja más envidiada del universo sesentero. De alguna manera, durante años, formaron un dúo de hecho que, tras distanciarse en el tiempo, se volvieron a ver las caras, por los ochenta, como si nada hubiera pasado, en un multitudinario concierto en París, en el que Dylan lucía, como un viejo corsario, un pañuelo atado en la cabeza que no hacía sino resaltar su, de por sí, prominente nariz que, como ya dijera Quevedo de un cura narigón, pareciera ser de la familia Nasón.

Tras Newport, Bob prefirió seguir su vida, llena de crisis y altibajos, salpicada por alguna que otra iluminación mística, pariendo temas inolvidables, donde los perdedores de la vida se rehabilitan; baste recordar la maravillosamente clásica canción, de título Huracán, sobre la injusta condena a un púgil negro. Joan, por el contrario, prefirió no encerrarse en sí misma y abrirse a la vida de otras gentes, de tal modo que lo mismo aparecía en un concierto a favor de la paz que en cualquier reivindicación, lo mismo daba que fuera por la igualdad racial que contra el uso del Napalm en Vietnam. Y, ahí sigue; de hecho, en los noventa, aún tenía fuerzas para encaramarse encima de un árbol centenario y protestar por la tala indiscriminada y la deforestación del planeta. Eso sí es poseer un espíritu combativo desde el que, a pesar de esta perra existencia, sigue dando Gracias a la vida y, nosotros, seguimos dando gracias de que existan aún personas en las que el espíritu bondadoso y beligerante no decae a pesar de las arrugas que el tiempo se encarga de dejarnos, tanto en el cuerpo como en el alma.

Bob Dylan y Joan Báez

Y no sólo fue Dylan, aunque fuera el principal abanderado a su pesar, fue la música y su poder de rebeldía la que cautivó a la juventud; no cabe duda que aquella música bestial, alocada y apasionada, como los poemas de Pushkin, nos absorbía provocándonos los mismos movimientos del alma que a los grandes románticos rusos. Y no sólo fue Dylan, fue la época a la que pertenecieron. Una época durante la cual la música, fuera de los Stones -Agamenón- o de su porquero, era una bandera tras las que se iba a la búsqueda de la verdad, por muy efímera y subjetiva que fuese.

Hoy, con la concesión del premio Nobel de Literatura a Robert Allen Zimmerman, más allá de las polémicas literarias, condecoran a todas aquellas generaciones que impulsaron un cambio social cuyo influjo aún perdura. Y, por supuesto, a las letras y a la poesía de este juglar de cualquier tiempo.

Hagamos un análisis de la concesión de este premio.

En el año 1995, tras la concesión del premio Nobel de Literatura al poeta irlandés Seamus Heaney, se empezaron a producir los primeros movimientos para que el galardón fuera otorgado en ediciones futuras a Bob Dylan. Cuando al año siguiente recayó el premio en la poeta polaca Wislawa Szymborska, las voces a favor del icono de los sesenta llegaron desde todos los ámbitos, pero aún tuvieron que esperar veinte años para ver cumplidos sus deseos.

No todo fueron peticiones y opiniones favorables ya que, junto a la crítica norteamericana, muy identificada con los testimonios que llegaban desde diferentes y prestigiosas universidades, emergían ecos un tanto destemplados, fundamentalmente desde Europa. Se generó una polémica, a la que han asistido atónitos una gran parte de los intelectuales americanos que, con la concesión del premio, no ha hecho sino reavivarse. Curiosamente, la vieja Europa, literariamente hablando, se rasga las vestiduras frente a la puritana herencia anglosajona. El mundo al revés. Sirva de botón de muestra para corroborar la estupefacción provocada por estas críticas intemperantes las declaraciones del premio Príncipe de Asturias de las Letras, evento que coincidió con la concesión del Nobel a Dylan. Cuando se le ha preguntado al prestigioso escritor estadounidense Richard Ford por lo que opinaba sobre la concesión del Nobel de Literatura a Dylan, sólo ha acertado a decir, incrédulo ante la inesperada pregunta:

Si lo de Bob Dylan no es literatura, ¿qué es literatura?

Sin duda, le cuesta entender a alguien como él, procedente del mundo universitario y periodístico del otro lado del mundo, amén de coetáneo del cantautor americano, que se dude de la altura lírica de los poemas-canciones de Dylan.

Quizás a una parte, centrémonos en España, de nuestra intelectualidad, el nombre de Dylan les suene tan lejano a su acervo cultural como sonaban a nuestros recientes antepasados los ecos del mayo del 68 cuando lograron traspasar el cordón sanitario que impuso el franquismo. Aquel muro de contención se instaló en los Pirineos, al igual que hicieran los gobiernos de Carlos IV, con Floridablanca a la cabeza, para evitar que las ideas de la revolución francesa contagiaran y contaminaran el puro pensamiento patrio. De alguna manera, fueron igual de efectivos, ya que si no rodó en ninguna plaza pública la cabeza de ningún noble, tampoco llegó a impregnar el movimiento estudiantil parisino el pensamiento de aquella sociedad pacata y dirigida, de la cual somos herederos. Y lo mismo que a los españoles, como sociedad, nos faltó una pasada por la revolución francesa y su guillotina, también nos faltó un poco del espíritu de Berkeley, cuna del movimiento hippie, y de La Sorbona, origen del mayo del 68.

Y no fue sólo eso, nos faltó, sobre todo, esa capacidad de las sociedades jóvenes, como la americana, para asimilar lo nuevo, en todos los sentidos. Cuesta desprenderse de la carga obsoleta que nos pone el tiempo a nuestras espaldas como peaje de una sociedad vieja que se constituye en guardián de un tiempo caduco. Muchos se sacudieron esos prejuicios de encima pero otros -hoy lo vemos en los desmanes surgidos para vilipendiar la figura de Dylan- anatemizan sobre sus méritos, cuando no hacen rechifla de su obra y persona. Al escucharles, pareciera que se vaya a derrumbar el cielo sobre nuestras cabezas ante tamaño despropósito. Siempre ha habido y habrá gente con mayores merecimientos que los galardonados, presentes y futuros, a los que nunca se concederá la distinción literaria. Pero eso tampoco es culpa de Dylan, por mucho que se empeñen.

Rodaje de Pat Garrett & Billy the Kid, con una banda sonora de Dylan, donde se incluía Knockin’ on Heaven’s Door

Bob Dylan, se convirtió para alegría de muchos, y martirio de otros tantos, en el primer americano, desde Toni Morrison, ganadora en 1993, en obtener el Premio Nobel de Literatura. Es hora de resaltar algunas de las opiniones favorables que se han generado en todos los ámbitos intelectuales. Podemos empezar por la reacción de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, que no dudó en escribir que la concesión del Nobel a Dylan fue una elección inspirada y original. Su evocadora música y letras siempre me parecieron, en su sentido más profundo, literarias.

A los numerosos escritores americanos que han mostrado su júbilo por la elección, se ha unido el difícil mundo de la crítica literaria y así Dwaight Garner, crítico literario del New York Times, fue pródigo en elogios al galardonado, del que dijo que conecta poéticamente, por las poderosas imágenes creadas por las letras de sus canciones, con los versos de Walt Whitman y Emily Dickinson, y afirma, así mismo, que Dylan se halla entre las grandes voces americanas.

En cuanto al mundo universitario, basta echar un vistazo a las declaraciones de diferentes profesores de la Universidad de Harvard para sentirnos abrumados ante el aluvión de elogios que han caído sobre el galardonado. Jorie Graham, profesora de Retórica y Oratoria de Harvard, ha declarado que la inventiva de sus imágenes y sus esquemas de rima es legendaria. Stephen Greenblatt, profesor de Humanidades de la misma universidad, no ha dudado en afirmar que Bob Dylan fue para mí y toda mi generación el gran poeta popular, la voz de la protesta, la ira y el anhelo de justicia, extrañamente entrelazados con la ironía, el deseo y la esperanza apocalíptica. Así mismo, y desde la misma Universidad de Harvard, Louis Menand, profesor de Inglés, no vacila en decir que cualquier persona que duda de que Dylan es un escritor, o que la composición no es un arte, debe leer sus memorias, «Crónicas», o simplemente sus comentarios, aquí y allá, en las canciones de otras personas. Él es un erudito y un maestro del género. Para acabar con las voces que surgen del prestigioso mundo universitario, cito las declaraciones de Richard Thomas, profesor de Lenguas Clásicas de Harvard, que dice sin reparos que el genio de Bob Dylan consiste en estar en contacto con los hilos que forman parte de la cultura americana durante los últimos 200 años y más, y convertirlos en canciones que, particularmente en el desempeño, son expresiones sublimes de lo que significa ser humano. Entonces, ¿qué podría ser sorprendente al reconocer eso?

Pero regresemos al principio, a ese Dylan que vivió no sólo la experiencia de la canción tradicional sino que alternó en y con el corazón mismo de la corriente contracultural de la generación beat, alternó con Kerouac-ese que quería escribir al golpeo rítmico del jazz-, con Allen Ginsberg-ese que vio a las mejores mentes de su generación autodestruirse-, con Burroughs-ese que vio el mundo a través del cristal esmerilado de una jeringuilla y que murió reviejo descojonándose de los que vaticinaron su muerte inmediata año tras año- y toda esa gente de la que mamó un tipo de literatura más comprometida y arriesgada de la que se venía haciendo. Eran unos tiempos en los que la contracultura se desparramaba por el Village neoyorquino como si le fuera la vida en ello, donde se entremezclaba con el pop-art y las teorías de Duchamp o con las extravagancias de Warhol . Sin duda, Dylan supo captar como nadie la desorientación de aquellas generaciones que querían cambiar el mundo, fue el que con sus canciones, con su música, con sus poemas, mejor captó el sentir de los millones de jóvenes que querían transformar las cosas. Cuando edita Like a Rolling Stone, publica un verdadero himno para aquella generación dispuesta a romper con todo lo anterior, con su visión de la vida y con los principios que la sustentaban. Quizás el poeta estadounidense David Henderson, fuera quien mejor definiera aquella composición, cuando la tildó no como una canción sino como una epopeya.

Pero volvamos al año noventa y seis y a los movimientos que encabezó el poeta del aullido salvaje y desgarrador para que se le concediera el Nobel a Robert Allen Zimmerman.

Dylan es uno de los más grandes bardos y juglares norteamericanos del siglo XX y sus palabras han influido en varias generaciones de hombres y mujeres de todo el mundo.

Y no creo que Ginberg fuera por entonces todavía un poeta discutido, ni una voz disonante en la cultura americana. A esa aseveración del 96 se le unieron otras muchas como la de Gordon Ball, profesor en la universidad de Virginia, que no dudó en proclamar que Dylan ha devuelto la poesía de nuestra época a su transmisión primordial a través del cuerpo, revivió la tradición de los trovadores.

Quizás estas referencias juglarescas sean la excusa necesaria para recordar el enlace existente entre poesía y música folk, mucho más joven, por razones obvias, en el caso americano, con una canción tradicional multicultural e impregnada de las más variadas influencias. Por supuesto que no pretendo retroceder a la poesía que se hacía en España hace diez siglos, ni tan siquiera a la que se hacía en el siglo veinte, pero si es adecuado no admitir como cierta esa aseveración tan difundida por muchos, en el sentido de que Dylan es un buen autor de letras de canciones pero nada más. Y lo hacen con ese estrambote hiriente, con ese deje de superioridad intelectual, y nada más, que a veces acompañan con cierta chufla, cuando no con alguna chanza. Simplemente aflora en la befa un poso cultural tan alejado de aquel espíritu que nos impregnó a tantos que la hace inocua y vacua. Probablemente sea el reflejo de un intolerante ego, que se traduce en un supino desprecio intelectual. Muy restrictivo, muy de tribu y muy corto, por otro lado, de miras.

La canción forma parte de la tradición más arraigada de cualquier cultura de cualquier pueblo. Y es preciso recordar cómo en España la poesía forma parte de la tradición oral, transmitiéndose fundamentalmente en tonadas líricas que se recogen por primera vez en el cuerpo de las moaxajas, en lo que se han llamado jarchas. Y continúa abriéndose camino cuando se convierte en epopeya, con los cantares de gesta y con el viejo romancero. Eso, por no recordar cómo se denominaron las primeras antologías conocidas: Cancioneros. Sin mencionar los sonetos petrarquianos. Por lo tanto, es evidente y manifiesta la unión entre poesía y música tradicional.

Cuando la Academia anunció que concedía el galardón a Dylan por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción, no hacía sino volver a los orígenes de la poesía e incidir en el valor poético, en este caso, de su autor. La secretaria de la Academia, Sara Danius, manifestó posteriormente el convencimiento del valor de Dylan como poeta y acudió al modelo de los antiguos vates griegos como Homero, que escribían poesía para ser escuchada e interpretada. No dudó en afirmar que puede y debe ser leído y añadió Dylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante, resaltando que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclore de los Apalaches con el simbolismo de Rimbaud.

 A todo habría que añadir la influencia literaria innegable de Dylan en tantos poetas de varias generaciones y de los más variados orígenes, así como los cada vez más numerosos estudios de diferentes universidades que analizan lo que ya se considera un legado cultural, asociado a la literatura en inglés. En los países de habla inglesa, nos encontramos, por estudios críticos y por el aval de la clase universitaria, ante un clásico literario. Al menos, como poeta. Como narrador, no ha sobresalido; ahora bien, si dejamos de lado el fiasco de su novela experimental Tarántula, sí podemos resaltar el valor narrativo de Crónicas, unas memorias peculiares, en las que desmenuza buena parte de su vida de manera muy original, unas memorias, por cierto, en las que se niega a asumir el papel cultural de líder generacional que se le otorga. En cualquier caso, si en algo una gran parte de la cultura sajona coincide, es en destacar su valor como poeta.
La relación de Dylan y el mundo editorial es larga y copiosa. La publicación de numerosos libros que reúnen las letras de sus canciones no es nueva, así como el curioso primer tomo de su autobiografía Chronicles I, publicado en 2004, y que durante 19 semanas ocupó el primer puesto en la lista del periódico The New York Times. A todo ello le debemos sumar los numerosos estudios sobre su obra como la espléndida y monumental enciclopedia Keys to the Rain, de Oliver Trager, o Dylan»s Visions of Sin, de Chrisotopher Ricks, profesor de poesía en la Universidad de Oxford, o Studio A, un compendio de artículos que, entre otros, firman Allen Ginsberg, Joyce Carol Oates, Rick Moody y Barry Ha.

Y fuera de la cultura anglosajona también abundan las voces que se pronuncian a favor del valor lírico de Dylan; no es cuestión de enumerarlas pero sí citar a Nicanor Parra y al autor británico-indio Salman Rushdie, candidato habitual al Nobel que no dudó en considerar a Dylan como el heredero brillante de la tradición bárdica. Gran elección. El novelista Philippe Margotin considera a Dylan el gran poeta vivo estadunidense del siglo XX y añade para los que consideran que es autor de una obra escasa- otro de los peros que le achacan-, entre las 500 canciones que componen su obra, algunas pueden ser consideradas como menos importantes musicalmente, pero en todas hay un texto absolutamente sublime. A esas voces se suma la del escritor mexicano Antonio Ortuño que no vaciló en resaltar el valor poético de Dylan: De alguna forma conocí primero a Dylan como poeta, más que como músico…estamos hablando de una manifestación en el arte, la poesía y la canción que es una manifestación popular; en ese sentido, tal como dice el acta de la Academia Sueca, están premiando a alguien que ha innovado en ese género. Aunque tampoco creo que sea lo más espectacular que le haya pasado a Dylan en su vida.

Para finalizar, es preciso recordar que Bob Dylan tiene varios premios y condecoraciones de suma importancia desde hace años, uno de ellos es el premio Pulitzer, concedido en 2008 y otorgado por la Universidad de Columbia, losperiódicosWashington Posty New York Times y la agenciaReuters por su profundo impacto en la música y la cultura popular americana, gracias al poder poético de sus composiciones. De nuevo, con su capacidad poética a vueltas. Sólo un año antes le habían concedido el premio Príncipe de Asturias de las Artes por ser un mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo. Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas. No es cuestión de seguir enumerando distinciones pero destaquemos entre otras su nombramiento como Commandeur Des Arts Et des Lettres, en 1990, cuando Jack Lang era ministro de cultura francés. Se suman a ésa y a otras distinciones, los doctorados honoris causa de las universidades de Princeton y St. Andrews en Escocia por citar alguna más.

Quiero añadir que desde 1970, año de los primeros estudios académicos sobre su legado poético, éstos no han hecho más que multiplicarse. Quizás 2005 sea un año clave ya que vio la luz un trabajo fundamental sobre su obra, The Cambridge Companion to Bob Dylan, un estudio literario definitivo que complementa el congreso celebrado en marzo de 2005, en la Universidad de Caen (Normandía, Francia) donde participaron profesores de literatura de los EE.UU., Gran Bretaña, Canadá y Francia. Según el Dr. Christopher Rollason, uno de los participantes, los puntos de vista desde los que se examinó la obra de Dylan abarcaron perspectivas literarias, etnológicas, lingüísticas y musicólogicas. En dicho congreso, Gordon Ball, catedrático de estudios ingleses en el Virginia Military Institute, hizo hincapié en las raíces orales de su poesía y en cómo, en palabras del profesor Daniel Karlin de University College, Londres, Dylan le ha dado más frases memorables a la lengua inglesa que cualquier figura análoga desde Kipling. El enfoque literario fue reiterado en la intervención de Christopher Lebold, de la Universidad Marc Bloch (Estrasburgo), quien ofreció un resumen de su reciente tesis doctoral, que incide en la poética de Dylan. Por su parte, Richard Thomas, catedrático de latín y griego en la Universidad de Harvard, propuso una serie de enlaces y analogías entre Dylan y la tradición literaria greco-romana, desde el arte oral de la poesía homérica o de los rapsodas romanos hasta la cita directa de Virgilio que Dylan nos ofrece en Love and Theft. El profesor Thomas vaticinó que dentro de dos siglos Dylan será considerado un clásico, plenamente integrado en el canon literario.

Nombramiento como Des Arts Et des Lettres, en 1990. Jack Lang y Bob Dylan

Quisiera terminar con las palabras de dos personalidades muy distintas pero muy significativas. Por un lado, las que el poeta Allen Ginsberg transmitiera al escritor y periodista Jean Francois Duval, al que manifestaba que Bob Dylan es un gran poeta. Quizá el poeta norteamericano más importante de la segunda mitad del siglo XX. Por otro lado, las de uno de mis directores de cine favoritos, autor en 2005 de una magnífica biografía filmada sobre Dylan, Martín Scorsese. Al finalizar el documental No Direction Home, dijo: No he pretendido hacer algo donde se desvelen todos los secretos de Dylan, ni mucho menos, sino rendir un homenaje a uno de los poetas más brillantes del siglo, un hombre que hace que nos miremos a nosotros mismos, que nos emociona y nos hace sentir cosas que no sabríamos transmitir de otra manera.

Por último, y como colofón, las palabras del poeta, las palabras del escritor, las palabras de aquel que finge ser Bob Dylan.

Yo sólo soy Bob Dylan cuando tengo que ser Bob Dylan. La mayor parte del tiempo quiero ser yo mismo. Bob Dylan nunca piensa sobre Bob Dylan. Yo no pienso en mí mismo como Bob Dylan. Es como dijo Rimbaud: ¨Yo soy el otro¨.

Dylan y Ginsberg, junto a la tumba de Kerouak
Joan Báez y Bob Dylan
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2 respuestas a MEMORIA DE UN TIEMPO XVI-Juan Francisco Quevedo

  1. Marhelen Pinzón dijo:

    Muchas Gracias por su maravilloso y elocuente escrito sobre este controvertido premio Nobel, y el genial análisis de la evolución de los pueblos y también de los seres humanos, sin los cuales no es posible madurar y crecer por y a pesar de las cicatrices. Me encantó el enfoque.

    Le gusta a 1 persona

  2. José María Pozas Rubalcaba dijo:

    Muy bien, muy buen artículo, enhorabuena!

    Le gusta a 1 persona

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