MEMORIA DE UN TIEMPO XVIII-Juan Francisco Quevedo

Ernesto, Che Guevara, y Fidel Castro

XVIII

FIDEL CASTRO

Fue un martes de un mes de enero, allá por 1.959, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto – aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fusil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana. Estos comandantes, barbudos y desaliñados, celebraron la noche de Reyes bailando en los salones presidenciales al ritmo sincopado de la metralla que conllevaba la revolución. Es de suponer el consiguiente disgusto que aquellos bailes, de salsón caribeño, acarrearon a Don Fulgencio Batista y a toda su corte de oropeles, una corte de los milagros nada descuidada, ni en sus excesos ni en sus cuentas corrientes. Esta caravana -nada desamparada- de la opulencia, tamizada por el chino del esperpento yanqui, se hacinaba, ahíta de caderas mulatas y satisfacción burguesa, en los casinos y cabarets de toda Cuba. En sus manos, los billetes de cien dólares hacían las veces de improvisados cerillos con los que prender los imponentes cigarros puros que extraían de sus tabaqueras de piel. Entre tanto, una hermosa trigueña negra, de arrubiados cabellos y de ojos bellamente rasgados, entre bocanada y bocanada, se los sostenía por una mísera y cuantiosa propina.

En aquellos tiempos de mano dura y tente tieso, los negritos cubanos, como en una nueva Oda al Rey de Harlem, se uniformaban, día tras día, de dignos esclavos al servicio de una clase despreocupada. Estaban todos ellos a punto de llevarse, al ritmo carnavalesco de las barras y las estrellas, una patada en el centro mismo del trasero. Después, tras ser arrojados al mar, el buen clima de Miami sería su nuevo y cálido destino. La verdad es que no perdían ni tanto.

Es por el silencio sapientísimo

cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua

las heridas de los millonarios

buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre

     El rey de Harlem. Federico García Lorca (Poeta en Nueva York)

Pero, otros, sí que perdieron. Perdieron hasta la camisa que llevaban encima. Fidel les puso en la escalinata de un avión desde donde, por última vez, miraron la isla de sus amores y pesares. A los que se quedaron no les fue mucho mejor. Lo único que ganaron, además de una camisa, fue poder inundarse de luz caribeña todos los amaneceres. Pero, al fin, todos ellos-estos sí- perdieron. Tanto los que se fueron como los que se quedaron.

Las barbas de Fidel, envueltas en el verde oliva de la revolución, no se afeitaron, ni tan siquiera consiguieron arrancarle un pelo, cuando se dirigió a territorio comanche. Desde el corazón de Harlem, en el hotel Theresa, Castro nacionaliza hasta el uniforme del negro que le abre la puerta, por supuesto en homenaje al poeta granadino, redivivo en este lorquiano personaje.

Ni Estados Unidos, ni el capitalismo, ni toda esa patraña imperialista… y así más de cuatro horas en una O.N.U. perpleja y hastiada, adormecida y desentendida, ante la diarrea verborrea de este barbudo con piel de aceituna. Sólo los desaires, aspavientos, puñetazos y zapatazos de un jocoso Nikita despiertan a este envarado auditorio de su aturdimiento ensimismado.

Tras encasquillarse en su hotel americano, Fidel se enquistaría, y ya por siempre, en su Cuba natal, rodeado de misiles anti-todo: antirevolución, antipersonas, antiintelectuales molestos, anti… y así, inmerso en su paranoia anticapitalista y en su mascarada no alineada, llegó a encerrar, cuando no ejecutar, a disidentes políticos, a enfermos de SIDA, a poetas engorrosos, a jóvenes sospechosos… Nikita, su gran mentor, aunque sólo se le recuerde por el día que se quitó el zapato en la O.N.U., al menos despojó de la máscara -después de muerto, eso sí- al aún temido Stalin, autor material e intelectual de las purgas masivas. Luego vendría lo que se dio en llamar depuración y, por último, el revisionismo, que a punto estuvo de acabar, con la excusa de renovar, con la dirección de todos los partidos comunistas de su órbita. Una vez depurados, purgados o revisionados, nunca se volvía a saber de ellos –Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es sólo una estadística, decía un Stalin que sabía mucho de eso-. Desaparecían hasta de las fotos oficiales. Y si hacía falta se les perseguía por medio mundo, y si no que se lo digan a Liev Trotski -el de la revolución permanente-, que vivió escondido y retirado como una Egipcíaca y murió asesinado en México, a manos de un español enviado por Stalin, Ramón Mercader, al incrustarle un piolet en el cráneo.

Tú tienes dos ojos,

pero el partido tiene mil

                                     B. Brecht (Oda al partido)

En aquellos años de revolución y fe ciega en el comunismo soviético, los cubanos, con Raúl y Fidel a la cabeza, cambiaron la madre patria por la madre Rusia, a Dios por la santería, a Tropicana por las jineteras y al coco y al hombre del saco por el capitalismo infame. Y hubo un tiempo en que, de alguna manera, muchos creyeron en ellos, claro está hasta que fueron cayendo, como cayó -e hicieron callar-, Eloy Gutiérrez Menoyo y otros comandantes, que aquella revolución, dispuesta a acabar con la dictadura de Batista, para dar el poder y la voz al pueblo, no era más que la finca del comandante en jefe. Allí ya no se volvió a oír otra voz que la de Fidel y, en ocasiones, durante más de ocho horas seguidas, durante las tediosas arengas que el sufrido pueblo asistente tenía que soportar a pie firme. Y sin rechistar y con desmayos por doquier. Y, ya se sabe, las culpas de todos los males siempre son ajenas, sobre todo si emanan del poder, si tienen su origen en él. Y cuanto más omnímodo es el poder, mayores son las culpas de los demás. Sólo hay que leer a John Milton:

Ángel que ha cegado los ojos del pueblo, les echa en cara su ceguera

Eloy Gutiérrez Menoyo y Fidel Castro

Y así fueron pasando los años mientras envejecíamos con el incombustible comandante. El caso es que cuando empezábamos a creer, de veras, en Fidel como en un ser inmortal, se fue de este mundo, como todos. En fin, se marchó hace unos años y aún está esperando que la historia le absuelva. Probablemente esperará una eternidad.

Fidel Castro

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