VÍCTOR TARDÍO-EL ESTRAMBÓTICO VIAJE A BÁRCENA MENOR-Juan Francisco Quevedo

VÍCTOR TARDÍO

EL ESTRÁMBOTICO VIAJE A BÁRCENA MENOR (MALAS ARTES ED. 2021)

VÍCTOR TARDÍO

EL ESTRAMBÓTICO VIAJE A BÁRCENA MENOR

Desde la primera página de este viaje a la imaginación, un tanto disparatada del autor, nos estamos introduciendo en un mundo muy personal, plagado de personajes imposibles y absurdos, desde la atracción de un lenguaje hipnótico, rico y sugerente nos dejamos conducir por Víctor Tardío a un universo creado a su medida, a su Macondo personal y particular, al que nos invita a pasar, no a través de un espejo, como en la Alicia de Lewis Carroll, sino a través del caleidoscopio de una aspiradora mágica. En ese mundo, si bien no hay reinas corazones, ni conejos blancos, si hay druidas y personajes que nos aproximan a la mitología de nuestra tierra. Este lugar tan especial es Bárcena Menor, un lugar feliz, donde la sombra de un personaje malvado planea sobre la apacible vida de unos habitantes a los que la reaparición de un viejo vecino, acompañado de una sugerente y bien trazada dama, les hará vivir una aventura fascinante que compartirán con los lectores.

Este lugar único, bien pudiera ser una hipérbole ingeniosa y desternillante de una realidad distorsionada por el surrealismo netamente cántabro que subyace a lo largo de las páginas de El estrambótico viaje a Bárcena Menor. En este nuevo Macondo, si bien nadie nace con el estigma del incesto en forma de cola de cerdo adosada al trasero, ni se producen levitaciones, sí hay muchas coincidencias con el realismo mágico de los sesenta, eso sí, pasadas por el tamiz, por el pasapuré cántabro. En cualquier caso es otra manera de trascender desde lo local a lo universal, como hemos visto tantas veces en tantos autores. Víctor Tardío, en esta novela lo consigue al invocar, de una manera muy diferente a como ya lo hiciera Gerardo Diego en Santander, mi cuna, mi palabra, el telúrico canto de la tierra a través de una realidad paralela que se cobija bajo la sombra de un mundo imaginario, un mundo que constantemente, con su toponimia, nos remite al olor primigenio y a la llamada de la tierra.

La novela gira en torno a dos personajes capitales, Ambrosio, un hombre amnésico y solitario, que se volverá un celoso empedernido al ver a su novia enamorada de un tal Darío, y Chari, una mujer, digamos, con graves problemas de comprensión, que se manifiestan en hilarantes confusiones lingüísticas que acarrearán alguna que otra complicación. Es una mujer que transita por la vida como la auténtica Barbie girl montañesa, aunque su origen oculto sea más montañoso que itálico, es una mujer que camina sin encontrar el lugar que le corresponde para dar rienda suelta a sus delirios de grandeza.

El caso es que ambos se reconocerán como almas gemelas e intentarán resolver sus angustias y sus deseos. Ambrosio espantará su soledad amarga y, de la mano de su compañera, indagará en sus orígenes hasta conseguir descifrarlos de la mano de un druida un tanto juguetón y puñetero, el druida Nicanor, que vive inmerso en la maraña de un bosque mitológico, del que es guardián y al que tan solo se accede a través de un barquero que poco tiene que ver con Caronte, el que conducía a los muertos al reino de Hades, después de cruzar el Aqueronte. No se debe desvelar mucho más de nada. Y menos de este druida que deja peladuras de plátano como otros orinan para marcar el territorio, como una seña de identidad.

Estamos ante la novela de un autor que ha sabido crear una trama interesante, plena de destellos de humor e ingenio, absolutamente entrañable, donde hasta al malísimo Tenazas, el que posee unas manos como alicates, se le puede guardar cierta compasión.

La trama avanza de la mano de un narrador omnisciente que en tercera persona nos va desgranando y desvelando muchas de las claves de una novela que no hace sino continuar con la tradición de una novela humorística y un tanto absurda que bien puede ser heredera de Sin noticias de Gurb, la clásica narración de Eduardo Mendoza, en la que desde la Barcelona de las Olimpíadas, el comandante de una nave espacial extraterrestre nos introduce en primera persona en una historia tan absurda como delirante y divertida, mientras busca por la ciudad a su compañero de viaje.

Cuando leí El estrambótico viaje a Bárcena Menor, desde las primeras páginas, por esos mecanismos impensados que nos asaltan, inmediatamente pensé en una pequeña novela del siglo XVII, una novela escrita por el que, dos siglos después, será uno de los personajes más grandiosos que haya dado el teatro universal. Hablo de Cyrano de Bergerac, un hombre que muy poco tendrá que ver  con el personaje que hace de él Edmond de Rostand en una de las mejores obras de teatro que haya leído y que con mayor placer haya visto representar. Claro que, en esa asimilación con el mundo de Víctor, no me refiero al personaje teatral sino al espléndido escritor que da lugar al personaje.

El Cyrano verdadero escribirá a mediados del siglo XVII una pequeña novela, a caballo con el ensayo, que nunca verá publicada en vida. En ella combina la fantasía con la comicidad, y también, como en este caso, el protagonista viaja a un mundo imaginario y disparatado, la luna, donde, por ejemplo, la moneda en vigor no es otra que los versos, que bueno sería para los poetas de la calle, serían millonarios, o donde solo son los animales los que andan a dos patas, así que allí confundirán al viajero protagonista con un avestruz.

Tanto el Viaje a la luna, como El estrambótico viaje a Bárcena Menor, bien pudieran ser dos buenos guiones cinematográficos, a caballo entre el humor patrio de José Luis Cuerda, en El bosque animado y Amanece que no es poco, y el absurdo disparatado y mundano de los Monty Python, que nos llevarían a dos mundos inexistentes que, por la magia del cine, y ahora de la lectura, nos convendría visitar para volar con sus personajes y vivir la fantasía que nos ofrecen. No olvidemos que, como decía Fernando Pessoa en El libro del desasosiego, “la literatura es la manera más agradable de ignorar la vida”.

Ahora y como punto final, no puedo hacer otra cosa que recomendaros que enchuféis la aspiradora exploradora, os dejéis succionar por el embrujo de la escritura de Víctor Tardío y que, con la magia de la literatura y el poder de la lectura, acompañemos al autor en este estrambótico viaje a Bárcena Menor. Un lugar en el cual, de la mano de nuestros protagonistas, siempre encontramos una higuera floreciente.

Juan Francisco Quevedo

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