REVISTA ÍTACA-RESEÑA DE JESÚS CÁRDENAS SOBRE «UNA MIRADA A ESTE TIEMPO NUESTRO» ÚLTIMO LIBRO DE POEMAS DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO

Juan Francisco Quevedo

Una mirada a este tiempo nuestro

Libros del Aire, Santander, Octubre, 2021

Nº de páginas: 120

LA MEJOR VERSIÓN

Hay un sector que irreflexivamente rechazan la lectura de la poesía, y se escudan en la dificultad. Para ellos este libro de poemas para que desarrollen la comprensión de la vida, para que se armen con mecanismos que penetran en las almas. Una mirada a este tiempo nuestro tiene la virtud de ofrecer palabras con las que es fácil identificarnos, porque rescatan lo vivido.

La propuesta poética del escritor de Veracruz afincado en Bielva  (Santander), Juan Francisco Quevedo, se acrecienta en esta segunda entrega lírica, tras El sedal del olvido, (2017) y el paralelismo temporal que supuso la publicación de la antología Este tiempo nuestro (Cuadernos de Humo Treinta y Tres, 2021).

Ya desde el título, se deduce que hallaremos en este volumen publicado por la editorial Libros del Aire reflexiones que surgen de lo vivido. El poema se ancla en la raíz, en la intimidad del sujeto que trata de aprehender lo que la realidad, en numerosas ocasiones, tarda en desvelarnos. De acuerdo con su descripción “poética” dada en Cuadernos de Humo, “el poema hay que elaborarlo, con autenticidad y belleza desde la emoción”. Si la esencia del ser es vivir, las palabras sirven para rescatar lo vivido, plasmar huellas en el fluir inexorable y hallar la mejor versión real, descargadas del anecdotario, de un modo transparente. “La poesía  –según  su prologuista, García Martín– se convierte así en el mejor aliado de la memoria”.

Los motivos tratados en Una mirada a este tiempo nuestro no difieren de su entrega anterior: el amor, la muerte, el recuerdo de la infancia y la finitud de la vida. Aunque hay una notable diferencia en el modo de su tratamiento. Su autor sigue ofreciendo un proceso decantador que va a lo esencial de los sentimientos. Tal vez, su voz se muestre más llena de verdad y con un tratamiento del verso más contenido y evocador. Con todo, la poesía de Quevedo genera un discurso humanístico tan lúcido como cercano.

Como sabemos de los Siglo de Oro, el amor es el único mecanismo que nos salva. A él nos dedicamos en cuerpo y alma. Cuando somos desposeídos de él, damos otro valor. Así, vemos en el poema inicial de la primera serie del primero de los tres bloques en que se articula el libro: “El tiempo que vivo, el que siempre quise vivir, / fue el nuestro, el de los dos, el de los cuatro, / el de los dos, el de los que hayan de venir. / No necesito otro tiempo ni más tiempo que el vuestro”. El sentido del amor experimentado sigue latiendo con fuerza: “El amor que me asalta, que siento, sobrepasa / las estrecheces que lo albergan y lo contienen” (“Rompientes”); sin él, “pasan los días como un denso légamo” (“Pagaré”); y la vida “ese mar de dudas / y vacilaciones”, “un mortal de disparo”, dejando al hombre perdido, abatido: “Ya no somos más que dos cuerpos yertos / que se desvanecen sobre el asfalto” (“Rastro”). Tras estos poemas, es imposible no tener los sentidos en alerta. El señor Quevedo ya nos ha ganado, somos sus cómplices.

En esta primera sección “Amor, dolor y poesía”, que corresponde a los tres motivos temáticos que va entrecruzando Quevedo con maestría aunque formen divisiones. Así, comprobamos el empleo de la destilación efectuada en los poemas amorosos, espigando palabras del idioma. Se dedica esta tercera serie a hablarnos de la necesidad de la escritura, y textos como “Dandy” prueban el aliento de Antonio Machado, así como la toma de postura que difiere de Baudelaire o Pessoa.  En “Dandy” se leen estos versos sobre su honestidad en la escritura: “Yo no vivo, tengo esa suerte, / de lo que escribo, pero digo / que es por escribir por lo que vivo; lo hago sin fingida impostura”. En otros, la cercanía de Juan Ramón que conecta con la poesía mística española “La palabra precisa”, “Dar en la diana” o “Exactitud”, donde desconfía de su abismo o abstracción: “Las palabras son, aún sin venderse, / las meretrices de la humanidad / y el mundo tan solo es, al fin y al cabo, / el gran prostíbulo que las acoge”.

Destella en el segundo apartado, “Tierra, polvo y luz”, la dicha en otro tiempo. Ante el abismo de nuestro tiempo estamos casi obligados a retroceder en busca de la serenidad que nos fue arrebatada. Quevedo encuentra esa reverberación en poemas que enraízan con la identidad del poeta. La nostalgia de otro tiempo vivido late con fuerza en el extenso poema titulado “Tierra” que concluye “Nací en una tierra que siempre late / en el gran corazón que la sustenta”. Y que podría asociarse con estos versos de “Raíz”: “Es el triunfo del polvo del camino, / de la tierra que nos mancha las botas, / la misma que nos ensambla a la vida”. Y este otro con los familiares añorados, así en “Madre”: “Duerme, madre, en la voz tenue / de unos versos que te reclaman, / en el ensueño de quien te ama”. El tiempo pretérito amoroso figura con un fondo marítimo, en poemas como “Colgado a tu brazo”, “Orilla” y “Oportunidad”. La capacidad formal de Juan Francisco Quevedo a la hora de abordar el poema lo convierte en directo deudor de la lírica tradicional: décimas, sonetos, tercetos… Todo un repertorio de convenciones poéticas que podría acabar en sí mismas solo en un deslumbrante ejercicio técnico si no fuera por su voluntad de transparentar el sentimiento, generar una reflexión.

Curiosamente, los poemas más sombríos pertenecen al último apartado, “Pensamiento y palabra”. El poeta se contempla y el tono deviene en reflexivo. Trascienden de la cotidianidad íntima estos poemas por la sensibilidad que muestran, por el sutil desconcierto del hombre urbano que busca la razón por la cual vivimos de espaldas a muestra propia naturaleza, que busca reconciliarse con la belleza de lo que nos rodea, retomar su sentido; por su conciencia del lenguaje también se muestra tan grave como delicado, aunque en ocasiones reprocha al hombre la pérdida de conciencia, en poemas como “Ayer, en las cloacas de mi ciudad”: “Deambulando, sin más, por las tristes aceras / del alma, he reconocido, cuán salamandra, / la resbaladiza oportunidad de ser hombre”; que conecta con el siguiente “Un inmenso mercado”: “Algo le ocurre a ese ser descreído en el tiempo. // Una fuerza le empuja a dar unos pasos más / hacia el precipicio angosto del escepticismo”. En la serie “Entre las ruinas del alma”, “Injusticia”, “Peonzas”, “Simplicidad”, “La caverna” o “Pagaré” el discurso poético se alía a la reflexión filosófica. El sujeto reacciona contra algunos males que el individuo ha absorbido de una sociedad enfermiza. El desencanto alumbra lucidez en diversos poemas, como en “Devenir”: “Se sume en el olvido / como se disipa la vida, / mientras desaparece / por las entrañas de la tierra”. Ya sabe que los errores cometidos en el presente tienen su simiente en el pasado. A otro tiempo irreal se llega mediante la memoria o el sueño. Tal vez, por este motivo nuestro poeta persigue el recuerdo de días más sencillos dedicándose a revitalizarlos. A este propósito, léase el hermoso final que nos tenía reservados con “El quiosco de la esquina”.

En Una mirada a este tiempo nuestro tenemos un confidente. Juan Francisco Quevedo nos dice verdades a la cara, aunque algunas de ellas sean dolorosas. Practica con solvencia el poeta afincado en Bielva una poesía intimista, pero sobre todo humana. Se muestra íntimo expresando sentimientos y mediante la transmisión de sus ideas nos ayudan a entender perspicazmente lo esencial. En sus versos se dilucida no solo otro tiempo, sino que nos previene de un futuro en el que no deberíamos sucumbir. Deducimos su reacción rebelde, una conciencia que se resiste a aceptar la violencia y la imposición. Se vislumbra, al cabo, el sesgo moral del hecho poético. Contención, transparencia y lucidez son tres cualidades de su poesía.

Jesús Cárdenas

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