DEL MOVIMIENTO HIPPIE AL ROCK Y DEL ROCK AL PUNK PASANDO POR EL HEAVY I-Juan Francisco Quevedo

DEL MOVIMIENTO HIPPIE AL ROCK Y DEL ROCK AL PUNK PASANDO POR EL HEAVY

DROGAS, SEXO Y ROCK AND ROLL

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DEL MOVIMIENTO HIPPIE AL ROCK Y DEL ROCK AL PUNK PASANDO POR EL HEAVY

DROGAS, SEXO Y ROCK AND ROLL

EL GRAN NEGOCIO QUE RODEÓ A LA MÚSICA DE LOS SESENTA Y SETENTA

PARTE I de III

Los años cincuenta se extinguían ahogados en su propia mediocridad. Los sesenta aullaban por derribar de un alarido todas aquellas puertas que permanecían cerradas desde que el ser humano pobló la tierra. Los sesenta corrían sin freno para irrumpir en las aburridas vidas de la generación que surgió tras la guerra mundial e inundar de amor y paz sus corazones. Un nuevo espíritu estaba a punto de desbordar el mundo y de asustar, desde su explosivo empuje, a las mentes instaladas en un pasado a punto de volar por los aires. Tras esta década, para una gran cantidad de personas, ya nada volvió a ser igual. Para bien o para mal.

El aliento yonqui del tío Bill Burroughs caminaba por la angosta senda de un perdedor como Charles Bukowski, ese poeta brutal y tierno, descarnado y lírico -“Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas”-, tal vez autor de un realismo demasiado sucio y feroz para los tiempos de civismo e igualdad que se avecinaban. A pesar de todo, encajaba a la perfección en la estética rompedora de aquella corriente que era heredera directa de los beatniks; era como si recibiese de ese grupo de inconformistas alienados “el abrazo imposible de la Venus de Milo”, que dijera Rubén Darío.

“Oigo el agua

las noches que consumo bebiendo

y la tristeza se hace tan grande

que la oigo en mi reloj”

                                  Charles Bukowski (Culminación del dolor)

Mientras en una aislante y solitaria oficina de correos, Charles Bukowski esperaba su ocasión para mostrarnos sus versos, Ginsberg corría con el manuscrito de Burroughs de editorial en editorial dispuesto a hacer saltar por los aires las conciencias bien pensantes, dispuesto a escandalizar -“El almuerzo desnudo”- con sus experiencias lisérgicas y psicodélicas a una sociedad nada habituada a los excesos. Todo ello, no conviene olvidarlo, en un país en el que durante aquellos años el ácido era totalmente legal.

“He visto medir la vida por las gotas de solución de morfina que hay en un cuentagotas”. William Burroughs (Yonqui)

En el corazón de los sesenta, en medio de esta eclosión literaria cuyas obras serán los libros de cabecera de la generación que estaba a punto de tomar la calle, surgirá una música que arrasará y conquistará a la juventud del mundo, el rock en todas sus variedades, incluso en su versión más salvaje, el heavy metal. Esta derivación tendrá el mismo nombre, tal vez casualmente, que el personaje de una novela -Nova Express– de Burroughs. El personaje se llamaba “The heavy metal Kid”.

Pero por el momento los jóvenes de entonces se disponían a dinamitar con sus ideas la cultura oficial y oficialista, la manera de ver y afrontar la vida y además, todo ello, aderezado por la música más bárbara que nunca hubiera existido. Muertos los cincuenta, los sesenta aporreaban, para derribarla, la puerta de la nueva década.

“La generación que anda alrededor de los veinte años se sublevará contra la gente de alma hórrida”.   Ortega y Gasset

Y después vino una larga historia -tan larga como la sombra del poeta colombiano José Asunción Silva al recordar en “Nocturno” a su hermana muerta-, hasta que posteriormente el mundo se colapsó con el ritmo del rock metido en el cuerpo, con el espíritu hippie -el “flower power”- de paz, amor y música que estaba por llegar, y con Kerouac “En el camino” y el desesperado “Aullido” beatnik en las venas de toda una generación.

“He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas,                                                                                                                                           histéricas, desnudas,

arrastrándose de madrugada por las calles de los negros buscando el pico rabioso”.     Allen Ginsberg (Aullido)

Cuando en 1960 se miraba a través de los barrotes de una sociedad aburrida, oprimente y opresora, los jóvenes querían volarlos para contemplar un mundo menos gris y envarado; vislumbraban un futuro lleno de colores chillones, de bordados explosivos, de luz y de celebraciones primaverales. De repente pareciera que todo lo que no fuera a tono con los tiempos que soñaban aquellas nuevas generaciones balbuceantes se hubiera vuelto viejo, obsoleto, caduco y anacrónico, tan podrido como les pudo resultar en los años veinte a los muchachos de la Residencia de Estudiantes, Buñuel, Lorca, Pepín Bello y compañía -Dalí incluido- todo lo que les rodeaba y representaba un orden de pensamiento y de estética antiguo: ¡Putrefacto!

Lo que ellos representaban con un burro muerto, ideado y plasmado por Dalí, éstos lo hacían con el símbolo, ideado por Gerald Holtom y apoyado por Bertrand Russell, que encarna la apuesta por la paz y que al principio sólo quería representar la lucha a favor del desarme nuclear.

Aquella revolución surrealista y castiza de los residentes, sin contar aún con el refinamiento marxista y parisino de Breton y compañía, no fue más allá de una élite ilustrada; sin embargo, la revolución que se avecinaba, con una música nueva como estandarte, arrastraría multitudes y su espíritu desinhibido y comprometido se extendería por el mundo en movimientos espontáneos contra el racismo, las guerras y el poder tradicionalmente establecido.

La juventud más entusiasmada que haya existido nunca estaba a punto de rebelarse contra un sistema obsoleto y anquilosado en sus estructuras. Y todo ello impregnado con el halo imprevisto y aventurero de lo inciertamente apasionante. Para todo, incluso para experimentar con las drogas; se trataba de acabar con todo lo anterior y partir de cero. Se avecinaban tiempos de cambio, un tanto peligrosos y acelerados.

“La juventud necesita romanticismo”. Nikolái Bujarin.

Por supuesto, en esa lucha hubo que pagar un doloroso peaje que en su forma más auténtica acabó con aquel sueño de libertad, con la esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste el espejismo que inundó el planeta de flores y cánticos alegres a la luz de las hogueras. Con aquel regalo envenenado se perdió, quizás, la oportunidad de haber hecho del hombre un ser más libre en una sociedad más justa.

“Quien te mal faz mostrando grand pesar

guisa como te puedas dél guardar”

                                            Don Juan Manuel (El conde Lucanor)

Hoy, en su estado más puro, sólo quedan pequeños restos del naufragio recibiendo en sus cabezas corajinosos palos de ciego mientras deambulan, solitarios, como pequeños conejos extraviados. A pesar de todo, a pesar de estos retales deshilachados, conviene recordar que hubo un tiempo, allá por los sesenta, en el que el poder establecido y la sociedad puritana que lo sustentaba se sintió amenazado por un grupo de jóvenes melenudos, extraños en sus formas y maneras, amén de impredecibles.

“Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad y la represión que encubre”

                                    Herbert Marcuse (El hombre unidimensional)

Cuentan que por aquellos años se fabricaba un excelente L.S.D. en las, no lo olvidemos, factorías legales del químico Owsley Stanley, un hombre entregado tanto a la causa de su negocio que acabó encargándose del sonido del grupo californiano más pasado que haya existido, los Grateful Dead que aún en el 2015, ya sin Jerry García, tocaron “Sugar magnolia”.

Desde San Francisco, se fue extendiendo esta manera de ver la realidad, evidentemente distinta, tanto en su percepción real como en las emociones cerebrales, a través de un viaje lisérgico o, como se decía entonces, psicodélico. Eran años de permisividad donde el L.S.D. se consumía, junto a la hierba mexicana -marihuana-, en estos ambientes de libertad y juventud, con total naturalidad.

“La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres”.     Manuel Azaña                                                                                         

En el 66 existía un gran mercado de la droga, todo un supermercado legal –The Psychedelic Shop-, donde se encontraba, además de estas substancias, los utensilios más variados para consumirlas; podía comprarse desde una cachimba hasta unos libros que les ayudaban a iniciarse en el camino de la psicodelia. Precisamente en ese ambiente de luz, decibelios y ácido nacerá el rock psicodélico, esa ensoñación cerebral con la que no sólo se hizo literatura sino también música.

La marea hippie sale de San Francisco y se extiende de costa a costa, para estallar definitivamente como un movimiento de masas absoluto en el 67, con el festival de Monterey. Allí se descubrió a Joplin y sobre todo a un Otis Redding -(Sittin`on) the dock of the bay– que cautivó a la flor y nata de un hipismo muy militante y combativo. Poco le duró en vida el reconocimiento pues fallece ese mismo año en un accidente aéreo. Poco más duraría la alegría a todos ellos pues, en un goteo sangriento, fueron escribiendo su propio epitafio desde el aturdimiento pasado de las drogas y desde los excesos incontrolados. Con la voluntad perdida, o disipada entre la enfermedad y el sopor del pico, todos fueron cayendo.

“Hermanos humanos que vivís después de nosotros,

no tengáis contra nosotros los corazones endurecidos,

pues si tenéis compasión de nosotros, pobres,

Dios tendrá antes misericordia de vosotros.”                  

                                                                     François Villon (Epitafio)

Tras Monterey, vendría el mítico y masivo festival de Woodstock. Hasta el lugar, en el estado de Nueva York, se desplazaron los jóvenes de medio mundo, hermanándose los de París con los de San Francisco, los de México con los de Londres y así, sucesivamente, en un mar de manos unidas. Todo sucedió en el año 1.969; fue una inmensa locura, recibida de uñas por la sociedad imperante y mal tratada, a la vez que maltratada, por la prensa más rancia, que era la mayoría.

La importancia de Woodstock va más allá de lo meramente anecdótico ya que, entre otras cosas, sirvió para seguir dando cuerpo a un malestar, pleno de la más displicente de las disidencias, del que ya se había dado cuenta en mayo del 68, en París, así como allá por el 67 en el festival de Monterey.

En Woodstock vieron la luz grandes estrellas, alguna de ellas se dio a conocer al ritmo inagotable de los Beatles. Su canción “Con la ayuda de la amistad” sirvió de carta de presentación a un joven de aspecto y movimientos epilépticos que respondía por Joe Cocker. Sus contoneos convulsivos y su voz cascada y personal impresionaron en aquel multitudinario evento. Luego, ya se sabe lo que fue de él, incluso llegó a ganar un Oscar de Hollywood.

Con él actuaron Crosby, Stills y Nash, aún sin Young, así como unos jovencísimos Creedence -“Proud Mary”-. También Carlos Santana, desde su personal sonido de guitarra, fue capaz de transportar a toda aquella masa de juventud por los acordes de “Evil Ways” hasta el latino ritmo de “Oye como va”. Así mismo, cantó Arlo, el hijo de Woody Guthrie, el gran y combativo maestro del folk gringo. Por entonces, Arlo, ya había cautivado al público americano pero fue allí donde se convirtió en el hippie favorito de América. Aquel festival inolvidable lo clausuró, al ritmo de su particular visión del himno de los Estados Unidos, un Hendrix eléctrico y electrizado, con los acordes encendidos de su maravillosa y envolvente ladyland. Como resumen y colofón de aquella celebración y de aquel espíritu, sólo nos queda recordar la canción de Sly&The Family Stone, “Stand”; desde ella se apelaba a la conciencia universal de cada uno de los jóvenes asistentes.

“¡En pie! Llevas demasiado tiempo sentado.

Hay una continua doblez tanto en lo que posees de bueno como de malo.”

Después vino Altamont, donde nació la leyenda negra de los Rollings Stones, junto a la más que justificada de los Ángeles del Infierno, con su estética y su espíritu matón. En el festival, los Stones presentan su disco “Let it bleed”, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba “Simpathy for the devil” y la brutal presencia en el servicio de seguridad de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nada nunca volvió a ser igual.

He visto arrastrarse por el fango a las mejores mentes de mi generación. Algo así se escribió para los beatnik y algo así se puede escribir para aquella generación de Monterey y Woodstock, que al ritmo de Janis Joplin y los Jefferson Airplane soñaban con un mundo radicalmente mejor. Los setenta mataron aquel espíritu desinteresado, asimilándolo al interés de su causa. Y a los que se quedaron al margen, el sistema los abandonó y pisoteó, pateándolos como cantos rodados, y así fueron dando trompicones, sin voluntad, de ciudad en ciudad, calentándose sobre las rejillas de los metros con la escudilla de la miseria sobre el asfalto, sin más destino que el de ser peones sin rumbo a la búsqueda de una lata de sopa Campbell que calentar en cualquier infiernillo. Hoy ya no queda ninguno de aquellos desheredados de la fortuna. El frío, los años y las drogas se encargaron de ellos.

“Brilla radiante el sol, la primavera

los campos pinta en la estación florida:

truéquese en risa mi dolor profundo…

que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?”

                                     José de Espronceda (Canto a Teresa).

Pero entonces todo era mucho más natural y rápido; aún no había lugar para las nostalgias disquisitivas. La vida era una huida desenfrenada hacia adelante y el sendero que se iba dejando atrás no era más que la tierra quemada sobre la que se seguía hacia un futuro que tampoco interesaba. Bastante tenían con inundarse de presente.

Enganchados al tren de la rebeldía, estos muchachos hacían jirones el pasado y lo hacían simplemente por eso, por ser pasado. Y, además, un pasado mísero y obsoleto. Cada día era como un regalo; había que vivirlo a tope, por si acaso, no fuera a ser que no hubiera otro.

“Imagina que cada día es el último que para ti alumbra:

Agradece el amanecer que ya no esperabas.”

                                                         Horacio (Epístolas I, 4,13)

Juan Francisco Quevedo

 

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JOHN F. KENNEDY 55 AÑOS DESPUÉS DEL MAGNICIDIO-Juan Francisco Quevedo

JOHN F. KENNEDY

55 AÑOS DESPUÉS DEL MAGNICIDIO

Nunca se conformó el bostoniano Joe Kennedy, padre de J.F.K., con ser uno más en los Estados Unidos de América. Ni él ni su mujer Rose. Lejos quedaban los tiempos en los que sus abuelos tuvieron que emigrar de Irlanda para evitar y sortear la hambruna que se cernía sobre aquellas tierras, muy lejos quedaba ya aquel año de 1849 en el que sus antepasados arribaron a las costas americanas en busca de algo tan elemental como subsistir. Poco supo Joe Kennedy de aquellos sinsabores, más allá de las historias familiares que él ya escuchaba como algo remoto, como una reliquia sumergida en la neblina del pasado. Su padre, Patrick J., era un empresario que saboreaba las mieles del éxito comerciando con licores y flirteando con el Partido Demócrata local; se había encargado, con un poco de suerte y mucho trabajo, de forjar en sus destinos el sueño americano.

El joven Joe Kennedy, futuro padre del primer presidente de origen irlandés de los Estados Unidos, recibió una inmejorable educación en Harvard, donde además se percataría de la eficacia punitiva del mejor y más genuino puritanismo sajón; allí, en aquella elitista institución educativa sufriría el primer y probablemente único revés que le dispensaría la joven sociedad americana. Eso sería algo que jamás perdonaría ni olvidaría; fue rechazado por un miembro de una fraternidad del campus por su origen, por el de aquellos abuelos irlandeses que llegaron a buscar nuevas oportunidades. Nunca se sintió más orgulloso ni más decidido a reivindicar sus orígenes, tanto religiosos como culturales.

Quizás esta contrariedad fuera el germen, la semilla que determinó su empeño en influir políticamente en el destino de su país, quizás fuera lo que le llevó a esforzarse con ahínco en un proyecto inverosímil, hacer que uno de sus hijos, católico y con ascendencia irlandesa, llegara a la presidencia del gobierno más poderoso del orbe. Y por qué no, se diría; al fin y al cabo él bien sabía lo que su familia había conseguido en apenas dos generaciones. Todo era posible en América.

El camino sin duda era largo y la tarea laboriosa. Para ello contaba con su fiel Rose, con la que se había casado en 1914, cuando era la hija mayor del alcalde de Boston, John F. Fitzgerald.

El primogénito de la pareja, Joseph Patrick Jr. era el elegido para tan ardua empresa, era el joven al que preparó con esmero para que pudiese ser todo lo que él jamás pudo aspirar a ser. Los tiempos eran otros y el viejo Kennedy creía ver con claridad que había llegado el momento de que un descendiente de irlandeses católico ocupase la Casa Blanca.

No sería así; al menos no con su primogénito, que moriría en una misión especial durante la Segunda Guerra Mundial. Fue considerado un héroe nacional. Un héroe para su país y una tragedia absoluta para su familia, una familia que sufriría lo que comenzaba a llamarse la maldición de los Kennedy; algo que había comenzado no con la muerte del primogénito sino con el internamiento en un siquiátrico, por culpa de una lobotomía, de Rose Marie, una de las hijas del matrimonio. Allí permanecería durante más de sesenta años, desde 1941 hasta su muerte en 2005. La lista de desgracias acaecidas en la familia sería interminable pero sin duda culminaría con el asesinato, tanto de John, cuando era presidente de la nación, como de su hermano Robert poco después. Nadie duda ya del sino inequívoco de una familia abocada a la tragedia.

Pero vayamos con John, aquel joven que se vio obligado a recoger el legado que se había encomendado a su hermano muerto. Era el segundo de los nueve hijos que tuvo el matrimonio. Este joven que había nacido en 1917 se graduó en Choate en 1935  y en el anuario de fin de curso pusieron, como algo premonitorio, “El que tiene más probabilidades de llegar a presidente”. Posteriormente, fue a la Universidad de Harvard, donde se graduó cum laude con una tesis que llevaba por título, “Por qué Inglaterra se durmió”. Reflexionaba sobre el papel de Inglaterra en los Acuerdos de Múnich de 1938. Tras publicarla se convirtió en su primer gran éxito. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó en la Marina americana, siendo condecorado en diversas ocasiones y regresando a su país como un héroe nacional, como lo fuera su hermano mayor, sólo que vivo.

Con la muerte de su hermano y el final de la guerra, tanto él como su familia se centraron en su carrera política para catapultarle a la presidencia. Lo tenía todo, fama, presencia y dinero. Sólo le frenaba su religión y su origen. Tuvo la suerte de pertenecer a una época en la que la imagen comenzaba a marcar los destinos de la sociedad de consumo; lo era todo y también en política. Primeramente fue elegido congresista y posteriormente, en 1952, senador. Su horizonte político parecía no conocer límites terrenales.

La carrera presidencial, en plena guerra fría, no tardó en llegar para él al imponerse en las primarias como candidato por el Partido Demócrata. El mundo parecía estallar y mientras que Kennedy competía con el republicano Nixon por la presidencia, Rusia y Estados Unidos estaban en otras carreras, la armamentística y la de las estrellas.

Fue el níveo país de la hoz y el martillo el que pegó un fuerte aldabonazo en el cedazo lunar y en los morros de una América confiada a su buena estrella, al conseguir alunizar en su gruyerizada superficie el primer cohete. La carrera espacial no había hecho más que comenzar. Los líderes de los dos bloques en que se hallaba dividido el mundo, tras la segunda guerra mundial, se amenazaban continuamente con misiles nucleares y se entretenían lanzando Sputniks y Apolos al espacio. Era evidente que para estos dos colosos la tierra se había convertido en una pequeña bañera, incapaz de albergar los egos megalómanos de estos visionarios. La conquista de las estrellas parecía una empresa a la altura de unas miras sumamente, nunca mejor dicho, elevadas. La chatarra espacial no había hecho más que comenzar a girar sobre nuestras indefensas cabezas de turco.

La competición ruso-americana por la conquista del espacio –“Aquellos chalados en sus locos cacharros”- me trae a la memoria la historia de la carrera del siempre veloz Aquiles, aquel al que llamaron “el de los pies ligeros”, y de la lenta tortuga. En ella, Aquiles siempre recorrería la mitad de lo andado por la tortuga, una y otra vez, de tal manera que siempre le resultaría imposible alcanzar a la tortuga.

Desde luego, ninguno sería capaz de conquistar el inmenso espacio en el que no somos más que una pequeña mota de polvo; toda esa parafernalia de NASAS y lanzaderas responde a una inmensa mentira que se desparrama entre la inmensidad de un Universo que nos mueve a su capricho. Pero, en fin, algunos quieren jugar a ser Dios y, entre fanfarronadas espaciales, se presentan ante el mundo tal y como Ulises se presentó, en el texto de Homero, a los faecios.

“Soy Ulises, el hijo de Laertes, conocido entre los hombres por los muchos ardides; mi fama ha llegado al cielo.”

A pesar de sus pretensiones lo cierto es que todos ellos reposan en la tierra, muy lejos de ese cielo al que intentaban ascender.

En esas estábamos cuando el gran encanto de los Kennedy, de John, ese play-boy liberal metido a político, asomaba a escena por entre las bambalinas del Partido Demócrata. Estaban a punto de lanzar al corazón de América el discurso de “La Nueva Frontera”, el discurso con el que conquistaría la voluntad del llamado mundo libre.

“Nos hallamos hoy al borde de una nueva frontera, la frontera de los años 60, una frontera de posibilidades desconocidas y de peligros desconocidos (…) La Nueva Frontera está ante nosotros, lo queramos o no…”

Toda esta aparente lucidez, aliñada de grandilocuencia edulcorada, sólo era la avanzadilla de lo que los tiempos de la imagen y el marketing estaban a punto de hacernos llegar y de hacernos tragar. Una nueva época, en la manera de abordar y asaltar, dulcemente, los hogares, en la forma de penetrar en las mentes y en las conciencias de la gente, acababa de irrumpir y se aprestaba a invadir nuestras vidas con la fuerza devastadora de un ciclón. Era, también, la otra cara del llamado por Juan XXIII “signo de los tiempos”, con toda su carga de manipulación. Su maraña se teje sin descanso, extendiéndose hasta nuestros días.

“Cuando la televisión informa sobre algún hecho marginal, en ese momento deja de serlo.” Carl Bernstein

Tal es el poder de mitificación de lo que nos quieren hacer ver como correcto que aún hoy, después de haber transcurrido más de cincuenta años, perdura aquella imagen adorable del presidente J.F.K. Nos dicen, llevó al mundo y, en especial a su país, a liderar un gran cambio social. Pero la realidad es que sólo cambió el envoltorio; todos eran más guapos, más telegénicos y sólo decían aquello que los ciudadanos querían oír. Pero la desnuda verdad es que la situación en el mundo no hizo más que empeorar, aunque justo es reconocer los avances en la lucha por los derechos civiles de las minorías y, en especial, de la minoría negra, oprimida medieval y salvajemente en los contradictorios Estados Unidos de América.

El bueno de John ganó las presidenciales, aunque fuera por los pelos, a un Nixon que cuando le tocó no demostró ser mucho mejor, más bien demostró ser un desastre. De hecho, dicen que cuando dimitió, al abandonar la Casa Blanca, le registraron por si escondía algo entre sus calzoncillos. Lo cierto es que olían a la misma podredumbre que durante años se fue depositando en las alcantarillas del poder. También dicen, y aseguran y dan por cierto, que J.F.K. ganó a costa de facilitar no pocas botellas de licor a multitud de votantes en determinado Estado de la Unión, tal vez Iowa. Para que luego digan que los irlandeses católicos son incapaces de hacer trampas, incluso cuando están borrachos como cubas. De lo que si hay notarios que den fe es de cómo, al poco de llegar, preparó, o se encontró con ella -articulada por la C.I.A.-, la invasión de Cuba y, como consecuencia, se desarrolló la “crisis de los misiles”. Por ella, por su culpa, por su grandísima culpa, estuvo a punto de llevar a este infeliz mundo a una guerra nuclear. Tal vez nunca estuvimos, en la historia, tan cerca de la autodestrucción como entonces.

Bien, pues a pesar de todo ello, hoy sólo recordamos de él, esencialmente, tres cosas. Primeramente, lo guapo que era, después, las fotos de John-Jhon, una jugando en el despacho oval, bajo su mesa, y otra, en posición de firmes -con unos minúsculos pantalones cortos-, despidiéndose militarmente, al paso del féretro de su padre. Por último, al menos los de mi generación, tenemos grabado el happy birthday -mil veces repetido y mil veces visto sin ningún tipo de hastío- que le dedicó Marilyn, en el día de su cumpleaños ante los envidiosos ojos de todo un auditorio, envuelta como una diosa en un ceñido traje que nos insinuaba su hermoso cuerpo. Los dos acabaron despedazados; él por una bala lanzada por Lee Harvey Oswald, en Dallas, y disparada aún no se sabe por quiénes y ella, la pobrecita Norma Jean, la niña de pueblo que se volvió rutilante estrella a los ojos de todos menos a los de ella misma, en su afán iconoclasta y caníbal, por unan pastillas de barbitúricos suministradas aún no se sabe por quiénes. Un crimen por esclarecer, el de John Kennedy, y una sobredosis, tal vez un asesinato, por aclarar, el de Norma Jean, más conocida como Marilyn Monroe.

“(a) thing of beauty is a joy for ever” (“Un bello objeto es un placer eterno”) Keats (Endimión).

Eran los tiempos en los que nos advertían, desde Estados Unidos, de los peligros de esta sociedad opulenta en la que nos inmolábamos. Tras ella, tras su esplendor aparente, una nueva pobreza emergía atravesando toda una generación desmoralizada y sin medios para salir adelante. Empezaba a estar claro que esta nueva sociedad de la opulencia no iba a mostrarse solidaria con los pobres que ella misma generaba y menos en una América entregada al mercantilismo más incontrolado. Las ortodoxas leyes del capital dejaban de lado a todos aquellos seres, para ella despreciables, incapaces, desde su indigencia, de convertirse en potenciales o reales consumidores. Del humanismo liberal, esencia nuclear de los ideales que pusiera en marcha la revolución francesa, se había pasado a un liberalismo económico feroz, tan brutal que ignoraba del todo el humanismo renacentista del siglo XIX. Estos desdichados, cada vez más numerosos, no eran más que el residuo inevitable que esta sociedad generaba. Ante ella, se volvían invisibles. Simplemente era más cómodo para sus intereses borrarles del mapa y, si acaso, verles, ante su enriquecida mirada, como un mal menor.

“…la pobreza subsiste aún. Es, en parte, una cuestión física; quienes la padecen están tan limitada e insuficientemente alimentados, tan pobremente vestidos, viven en unos cuchitriles hacinados, fríos y sucios que la vida es amarga y relativamente breve…

Hacemos caso omiso de ella porque compartimos con las sociedades de todos los tiempos la capacidad de no ver aquello que no deseamos ver”.  John Kenneth Galbraith (La sociedad opulenta)

John F. Kennedy, a pesar de cualquier pesar, cuando leyó este libro quedó impresionado. Al iniciar su mandato se puso manos a la obra y elaboró un plan de medidas concretas para actuar contra la pobreza. Una bala truncó aquello que tal vez hubiera podido llegar a ser un día. Nunca se sabe, pero conviene dudarlo. Y más cuando nos hemos vacunado con grandes dosis de escepticismo, como método preventivo inteligente ante casi todo.

“La independencia del espíritu se obtiene por medio del escepticismo.”  Montaigne (Ensayos).

Nixon había caído, como el U2 de reconocimiento aliado, abatido por la U.R.S.S., ante el vendaval de los Kennedy, ante el ímpetu televisivo, y quizá la trampa, de un embaucador de inmaculada sonrisa, de un, en un futuro no muy lejano, ciudadano berlinés, como John Fitzgerald Kennedy. Los mass-media, con sus nuevas y agresivas técnicas de mercado, irrumpían en nuestras vidas para transformar todo, para intentar, y conseguir, manipular hasta nuestra manera de pensar pero, sobre todo, de comprar -tanto tienes, tanto vales-. J.F.K., con un discurso sensiblero, meditado y diseñado para conmover, desde su aparente naturalidad, impactaba, frente al muro de Berlín, a un mundo que escuchaba gustoso aquello que ya sabían estaba deseando oír.

“Hace dos mil años la frase que más enorgullecía a quien la pronunciaba era soy ciudadano romano-Civis Romanus sum-. Hoy, en el mundo libre, ha pasado a ser soy un ciudadano berlinés”. John F. Kennedy.

Ya asoma por el horizonte demócrata la famosa Nueva Frontera; a sus cuarenta y tres años John F. Kennedy, este hijo de emigrantes irlandeses, guapo, católico, joven, héroe de guerra y millonario, brillaba como una nueva estrella en el firmamento de América. De su estirpe surgirá la primera familia real de Estados Unidos. Aún hoy, muerto, como Bobby, como Rose, como John-John, como…, sigue siendo, la familia de los Kennedy, lo que más se parece a una familia real al uso.

En 1961, John F. Kennedy toma posesión como presidente electo de los Estados Unidos y, con él, se inicia un nuevo estilo de hacer política, aunque en muchos aspectos este nuevo estilo sólo afectará a las formas. Unas formas con las que este pícaro, joven rebosante de “charm” y con una sonrisa impecablemente reluciente, embaucará a los jóvenes divinos del mundo. Su halo de triunfador todavía perdura, sobremanera en viejos progresistas acomodados. Su persuasivo discurso, durante la toma de posesión, ha entrado a formar parte de la historia, de una historia que, como dijera Cicerón, y me repitiera el padre Eliseo hasta la saciedad “… es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

“Y así, compatriotas míos, no preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros; decid más bien lo que vosotros podéis hacer por vuestro país. Colegas míos, ciudadanos del mundo, no preguntéis qué puede hacer América por vosotros, sino qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre”. John Fitzgerald Kennedy (20-1-1.961)

Pocos meses después, tras esta acabada y pulquérrima declaración de intenciones, en la que, en su engreimiento endofágico, asimilaba el continente americano a su país, se producirá el intento de invasión de Cuba. Pronto salía a relucir la bestia que se ocultaba bajo su inmaculada sonrisa de “bon vivant”. Aparecía, como dijera Kant en su obra “La crítica de la razón pura”, “la cosa en sí” –Ding an sich-, o sea, emergía la verdadera naturaleza del ser que sólo la apariencia de su presencia escondía.

En abril, la C.I.A., cómo no, organiza el desembarco, en Bahía de Cochinos, de un grupo de exiliados cubanos. Castro, frotándose las manos, les esperaba inflamado de patriotismo heroico; David contra Goliat. Ambos, como Tántalos modernos, hubieran preferido morir de hambre y sed antes que dar su brazo a torcer. Es otra forma de avaricia y egoísmo, más cruel que la del mito, ya que afecta a todo un pueblo pero, metafóricamente, similar a la que nos describe Petronio en su “Satiricón”. El saldo se libra, para la orgullosa América, con una humillante derrota que el presidente Kennedy intenta asumir como puede. A Fidel poco le cuesta asumir la victoria; al arrojar al mar a los contrarrevolucionarios, henchido de satisfacción, juntó su barba rala a la rala barba del Che y pensó en aquella máxima del Derecho Romano que se recoge en el Digesto: “Dar a cada uno lo suyo”.

Y, quizá, se le vinieran a la cabeza las palabras que pronunciara Niceto Alcalá-Zamora, el primer presidente de la II República española: “No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga”

Tras este desastroso desenlace, la cota de tensión entre los bloques se dispara, alcanzando su máximo nivel al año siguiente, al detectar los aviones espía estadounidenses el despliegue de misiles y rampas de lanzamiento, por parte de los soviéticos, en la isla de Cuba. La llamada “crisis de los misiles” puso a la humanidad al borde mismo de la autodestrucción. Nunca el mundo, víctima de la estupidez de sus dirigentes, estuvo tan cerca de su desintegración física como planeta, de su desaparición como parte del sistema solar. Sólo rememorar aquellos acontecimientos me hace temblar: “horresco referens” (tiemblo al referirlo) Virgilio (Eneida 2,204).

 Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Sólo Nikita Kruschev y John F. Kennedy, con su nuevo y, como se vería más tarde, siniestro escudero, Henry Kissinger, permanecían ajenos a lo que pasaba en el mundo. ¡Qué diablos les importaba! Bastante tenían con echarlo a pique.

“Hay en la humanidad un fondo de estupidez que es tan eterno como la humanidad misma.”  Flaubert

Mientras, Henry, entre asesorar al presidente y asesorar al lobby judío, maquinaba su desembarco en los entresijos del poder y del dinero. Lo mismo le daba que fuera con un demócrata que con un republicano. O incluso, a poder ser, una temporada con cada uno. Eso sí, siempre con el ganador. Este nuevo Maquiavelo se ha ganado a pulso el apelativo de “Old Henry” y se lo debería de arrebatar al pobre Nick. Con Nicolás Maquiavelo ha pasado lo que con tantos, el mito ha superado la verdad de un hombre que, en vida, fue apacible, honesto y tranquilo. Él mismo, desengañado y recluido en el campo, escribe a su hijo unas letras que debieran de servir como ejemplo a todos aquellos que se dedican a “la cosa pública”.

“Quién ha sido fiel y honesto durante los cuarenta y tres años que tengo, poco dispuesto ha de estar a cambiar de naturaleza, y mi pobreza es el mejor testimonio, tanto de mi lealtad como de mi honradez”

Henry prosiguió su agitada vida pegado al poder, e incluso a la llamada prensa rosa, junto a su esposa Nancy, como un cortesano interesado. Sólo que sirviendo, además de a sus propios intereses, a unos intereses abyectos y retorcidos, los del “Old Henry”, que actuaba sin compasión y con la firmeza y determinación de los ebrios por el poder. La imagen de este hombre, vestido, eso sí, de smoking, con sus pequeños ojitos, escondidos tras sus grandes gafas de concha negra, es la imagen de un ser indefenso, nacido para recibir insultos en el patio del colegio. Sin embargo, ya sabemos que la imagen, por mucha importancia que se le quiera dar, sólo es eso, imagen. Y, en este caso, equivocada.

“¿Y qué os diré de los cortesanos? Nada hay más apasionado, más servil, más necio y más abyecto que la mayoría de ellos…” Erasmo de Rótterdam (Elogio de la locura).

Henry, como Luther King, -¡que venga Dios y lo vea!- fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, en una de las más vergonzosas ceremonias que se recuerdan. Se lo otorgaban, decían, por su contribución a la firma, en 1.973, de unos acuerdos de paz, en París, que no hicieron más que prolongar la guerra de Vietnam durante dos años. Este escudero, el viejo Henry, nacido en Alemania, asesoró a todos los presidentes habidos desde Kennedy a Reagan y jamás perdió su influencia.

“La vida es un cuento dicho por un idiota –un cuento lleno de estruendo y furia, que nada significa-.” William Shakespeare (Macbeth)

Antes de morir asesinado, John F. Kennedy aún tiene tiempo de poner en marcha el famoso “teléfono rojo”, con el que se establece una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin. Un temido teléfono, especialmente pensado y diseñado para usarse durante las más que hipotéticas emergencias nucleares. Ahora, antes de matarnos, planean avisarse entre ellos. Será para apretar los respectivos botones de sus inseparables maletines una vez puestos a salvo en sus refugios. En fin, ¡qué Dios nos enganche confesados! ¡Pobre humanidad!, en manos de estos locos de atar: “Estos romanos están locos” Astérix.

El crimen sucedió en Dallas, fue un 22 de noviembre de 1963. Poco después de aquel disparo J.F.K. era sólo historia. Después, descansará, como uno más, en el cementerio de Arlington en Washington, entre las interminables filas entrelazadas de cruces blancas.

Su muerte no fue tanto una crónica anunciada como un desenlace inesperado ante la multitud de frentes que mantenía abiertos. Sus líos con el F.B.I., y con su siniestro y poderoso director, Edgar Hoover, eran del dominio público, así como la intransigencia de su hermano Robert para todo lo que tuviera que ver con el crimen organizado, llámese mafia en todas sus formas. Eran los tiempos de un exilio cubano, en el que, allá por Miami, se daba la mano con el sindicato de transportistas, conectado a través de Hoffa con la mafia y, por tanto, con la enorme tajada dejada en Cuba en torno a la prostitución y al juego. Todo eran intereses muy conectados y, por si faltaba algo, la omnipotente C.I.A. estaba mezclada entre los disidentes cubanos a la espera de una nueva invasión de la isla. Líos y enemigos francos -frente a otros más ocultos- no le faltaban al presidente pero, aparentemente, nadie esperaba un atentado contra su vida. Cualquiera hubiera apostado, antes, por su hermano Robert, el incorruptible e implacable Bobby, el Robert influyente e inteligente, el hermano al que no se podía llegar, ni para sobornarle ni para seducirle, por no ser vulnerable a nada, ya que no se le conocían vicios ocultos, ni privados ni públicos. En poco se parecía a su hermano, del que Hoover tenía decenas de grabaciones comprometidas, toda una colección de cintas en las que Jack se explayaba ante sus fáciles conquistas. Robert sólo se dedicaba a traer, después de sus oraciones, niños al mundo y, por supuesto, del vientre de su mujer, Ethel. Pareciera que su destino inevitable fuera el que fue, aunque unos cuantos años más tarde. Robert moriría asesinado por los disparos de un jordano de cara enrevesada y nombre fácil, Sirhan Sirhan, cuando su carrera hacia las presidenciales no había hecho más que comenzar, en un hotel de Los Ángeles pero, para entonces, ya estábamos en 1.968. Aquel 22 de noviembre de 1.963 aparentemente nadie lo esperaba, al menos en el entorno del presidente, aunque los maledicentes han hecho correr el rumor de que algunos poderosos miembros de la mafia habían reservado hotel, con vistas, para poder asistir en primera fila al magnicidio. Las imágenes mudas del coche avanzando por entre las filas de banderitas y el rostro horrorizado de Jackie al verle caer abatido tras un certero disparo, es el recuerdo ensangrentado, como el pulcro abrigo de su mujer, de aquel día de finales de noviembre. El supuesto asesino fue inmediatamente detenido. Él, Lee Harvey Oswald, un anodino ex marine, fue inmediatamente asesinado por un oscuro personaje, Jack Ruby, dueño de un club nocturno que, tal vez, perteneciera al circuito, controlado por la mafia, de la prostitución. ¿Quién estuvo detrás de los ejecutores? ¿Quién, desde la sombra, apretó el gatillo? Tal vez la verdadera respuesta a la  muerte del presidente se la llevara a la tumba Edgar Hoover, el todopoderoso jefe del F.B.I., un hombre que, como un enorme Grandgousier, recibía a sus agentes embutido en unas mallas a punto de reventar. Cuentan que de esa guisa recibió a un atribulado Lyndon B. Johnson, a la sazón nuevo presidente de un país que más de cincuenta años después aún no se ha recuperado de la conmoción que supuso el asesinato de John F. Kennedy.

Con su muerte, la duda y la desconfianza, así como un sinfín de especulaciones, no harían ya más que contribuir a acrecentar el mito de un presidente que marcó una época, impuso unas maneras y dio lugar al nacimiento de una nueva era, no sólo en torno a la política -qué también-, la era de la imagen. Desde entonces, los políticos feos no es que lo tuvieran imposible pero, desde luego, sí más difícil.

“La pálida muerte de igual modo pisa las chozas de los pobres que las torres de los ricos”. Horacio (Odas 1, 4, 13)

Tras el duelo, un inmenso silencio recorrió la médula espinal  del país, un silencio impregnado por el sentimiento de culpabilidad que se extendía desde el mismo meollo del poder. Pero, todos callaron. Sólo Marilyn pareciera esperar, a pesar del también inmenso silencio que siguió a su muerte, al ingrato amante, con los brazos abiertos, para darle el único consuelo posible, el de los muertos. ¿Quién sabe?, tal vez le recibiera nuevamente aquella espléndida mujer que, años atrás, apareciera desnuda en Playboy, tentada por el objetivo de Johnny Hyde, tendida sobre un lecho de pétalos de rosas rojas. Tal vez, el sueño, en una fotografía, de los jóvenes de distintas generaciones, se hiciera carne, carne temblorosa, en el país en el cual sólo reinan las sombras. Este mito del siglo XX, cuentan que gran admiradora de Tolstoi, empeñada en aprender a través de la lectura, pese a la frivolidad de su imagen, acabó, de alguna manera, devorada por aquello contra lo que tanta energía había empeñado y, sin embargo, terminó engullida por el mismo, por ese mito erótico y sexual en el que, a su pesar, se vio envuelta, incluso después de muerta. Esta preciosa rubia que, siendo ya una gran estrella, tuvo la humildad de apuntarse a las clases de interpretación de Lee Strasberg, alma del Actor´s Studio, murió con la desnudez cándida de los que siempre llegan tarde, incluso a los rodajes, cuando no, a su propio funeral.

“No quiero que me vendan al público como un afrodisíaco de celuloide.” Marilyn Monroe

Oficialmente, una sobredosis de barbitúricos acabó con su vida -a la edad de treinta y seis años- en la soledad de su habitación. Oficialmente, un francotirador acabó con su vida -en la ciudad tejana de Dallas- entre el bullicio de la multitud y en la soledad del asiento trasero de un coche descapotable. Oficialmente, fueron los culpables de algo más, fueron los culpables involuntarios, pero imprescindibles, para que la muerte les uniese para siempre y ¿quién sabe?, tal vez para que les condujese a un futuro común y recóndito. Quizás, ambos, estén agradecidos a sus ejecutores.

“Cuando la memoria lleve tus pasos

al cementerio, rinde culto

reverente al sagrado misterio

de nuestro futuro desconocido.”  Kavafis (En el cementerio)

Pero, en el mundo, había más familias reales, incluso en los Estados Unidos de una América que se enriquece por el norte y se desangra por el centro y por el sur. La realeza de este país, tras la muerte de John, tuvo, aunque por poco tiempo, un nuevo príncipe heredero, a la espera de coronarle con el armiño presidencial, encarnado en la figura saludable, seria y circunspecta de Robert Kennedy. La más que comentada maldición, existente en torno a esta familia, sobrevoló nuevamente sus cabezas tiñendo de escarlata la ceremonia de entronización. Robert saldrá ileso de un atentado; la próxima vez no tendrá tanta suerte ya que los milagros no suelen prodigarse, ni tan siquiera para un devoto católico irlandés. Casi simultáneamente, la Comisión Warren, creada por orden directa del presidente Johnson, da carpetazo a toda la investigación sobre el asesinato de J. F. Kennedy. El veredicto de la misma es un cúmulo de supuestas obviedades que tan sólo tranquilizan al propio estado; nuevamente se demuestra aquello que dijera Napoleón: “Cuando quieras ocultar algo crea una Comisión”.

 En las conclusiones de la citada Comisión se elimina la sospecha de la conspiración y se determina que Lee Harvey Oswald actuó solo, siendo el único responsable del asesinato. Nadie se lo creyó. Es posible que ni tan siquiera ellos mismos, a pesar de haber pretendido ser tan concluyentes. Ahí quedó otro nuevo y fascinante enigma para la historia.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES-Juan Francisco Quevedo

SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES ANTES DE SER THE BEATLES

EL GRAN NEGOCIO DEL ROCK

¡QUÉ AÑOS LOS DE AQUELLOS TIEMPOS!

Alerta

SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES ANTES DE SER THE BEATLES

EL GRAN NEGOCIO DEL ROCK

¡QUÉ AÑOS LOS DE AQUELLOS TIEMPOS!

Han pasado la friolera de sesenta años desde que unos muchachos que se hacían llamar The Quarry Men, realizaran su primera grabación de un tema propio. La canción llevaba por título “In Spite of All the Danger” y estaba compuesta por dos jóvenes que aún no eran nadie y que firmaban la canción al alimón como Lennon y McCartney. A su vez, un músico desconocido, un tal George Harrison, ya formaba parte de aquella iniciática formación de 1958 que no tardaría en cambiar de nombre. A principios de 1960, adoptaría su denominación definitiva, aquella por la que entrarán en la historia, no sólo de la música rock o pop sino también en la de la historia del siglo XX, The Beatles.

No obstante, aún les quedaba un peregrinaje de dos años por clubs de Liverpool y Hamburgo para comenzar a ser lo que no tardarían en llegar a ser, el grupo más famoso, querido y cotizado de la historia del rock. Primero simplemente fueron una explosión de alegría inconformista que encabezó a una juventud deseosa de cosas nuevas, deseosa de romper con el pasado, y después, y a la vez, se convirtieron en una ingente máquina de hacer y producir dinero, en un emblema propagandístico para el país del que procedían. Tal es así, que a pesar de la aversión manifiesta que suscitaban en el establishment de su país, tanto los  personajes de la alta sociedad como las instituciones de la más elevada raigambre, en cuanto olieron el olor del dinero y las divisas, en cuanto intuyeron que esa marca, así los veían desde la city de los negocios, iba a subir exponencialmente los ingresos de su caja registradora, no dudaron en asimilarlos e integrarlos en la alta sociedad británica.

Y lo escenificaron a lo grande; con el mayor y más preciado de los honores institucionales. La apoteosis, esa ascensión a los cielos como deidades vivas, les llegó ni más ni menos que de la mano de la reina de Inglaterra Isabel II que, con todo el boato de la realeza británica y en el palacio de Buckingham, coronó al grupo como Miembro de la Orden del Imperio Británico.

Y hay que decir que no desmerecieron en absoluto en el ceremonial ya que llegaron a palacio a bordo del Rolls Royce de John Lennon. La monarca inglesa y los más altos dignatarios de la nobleza y del estado les estaban esperando para imponerles la distinción en el gran salón del trono. Sólo tres años antes aún no eran nada, lo que da idea de la marea que generaron en todos los ámbitos; por no hablar de lo mudable y caprichosa que puede ser la fortuna.

Pero regresemos a ese año, al sesenta y dos, un año que para mí, un intruso metido a historiador de los bajos fondos, fue fundamentalmente el año en que cuatro chicos de Liverpool, The Beatles, revolucionaron el planeta con sus canciones y con su estética, con sus trajes negros impecablemente imperfectos e innovadores, con sus corbatas estrechas, sus flequillos igualados hasta las cejas y con una pulcritud transgresora.

Hasta entonces todo lo que había ocurrido, y ya habían pasado algunas cosas en el mundo de la música, baste recordar a Elvis Presley o Bill Haley, no era nada comparado con lo que estos chavales recién llegados de Hamburgo iban a originar en una juventud inconformista que pedía a gritos que detuvieran un mundo que nada tenía que ver con ellos. Ellos también, los Beatles, ya querían habitar uno muy distinto; y a esa aventura se lanzaron con un bagaje muy ligero y muy fácil de transportar: un talento único e inigualable para conseguir melodías geniales, melodías con las que inundarán de felicidad a la juventud de los sesenta. Pero su legado no caerá en el olvido tras esa primera explosividad, tras ese primer golpe de efecto, sino que se transmitirá a las generaciones posteriores de una manera natural, por la propia calidad y calidez de sus temas. Su música y su influencia perduran aún en nuestros días.

En noviembre de este año de gracia de 1.962 los Beatles editan “Love me do”, su primer disco sencillo y su primer número uno. Estos mozalbetes que desde esta ciudad portuaria de Liverpool absorbieron, y muy provechosamente, las resonancias que les llegaban desde los Estados Unidos acerca del rock and roll -Berry, Little Richard, Perkins…-, se convirtieron repentinamente en un referente esencial a ambos lados del continente; con ellos nacerá una nueva era, con ellos nacerán las superbandas de rock. Y será desde esa América del norte, desde unos Estados Unidos consolidados como referencia cultural mundial, desde donde un poeta como Allen Ginsberg, aparentemente de vuelta de todo y con ese halo de profeta beatnik, no tardará en otorgarles su bendición y proclamar a los cuatro vientos que “la conciencia de la humanidad está en Liverpool”. Casi nada.

Y lo dice un hombre que sabe, desde su aullido de la desesperanza y de las promesas incumplidas, del desastre de su patria, de su dolor, de las pérdidas irremediables a las que se vieron arrastrados destruidos por la locura. Pero algo, tal vez la música de cuatro jovencitos de poco más de veinte años, parece estimular al viejo visionario descreído, parece hacerle renegar del desencanto que le ha hecho imaginarse un vagabundo loco. Estos chicos imberbes le motivan incluso más que el viaje sicodélico que le pueda proporcionar una pequeña estrellita de L.S.D., iniciales de la lisérgica droga que acabará coincidiendo con una de las canciones más celebradas de los Beatles y que forma parte del mítico disco, Sgt. Pepper´s. Estoy hablando de Lucy in the Sky with Diamonds.

Aquellos músicos, todavía con cara de buenos en aquel 1.962, se habían granjeado una creciente fama entre los asiduos a los garitos-The Cavern– de Liverpool y ya empezaban a tener un nombre entre la juventud inglesa. Pronto lo tendrían en los corazones de los jóvenes del mundo, de un mundo que creían poder mover y cambiar a base de algo tan sencillo y elemental como dar y recibir amor. Tal y como cantaron años después Crosby, Stills y Nash, a los que se añadió, sin hacerse esperar, el incombustible ahogo nasal de Neil Young –“Harvest”-.

“Cuando no esté contigo a quién amas,

ama a quién esté contigo.”

Así de fácil. Eran tiempos de lucha pacífica y revolución de cuerpos, donde se caminaba a la paz a través del amor y la música. Como siempre, como ya se hiciera, eso sí con no demasiada fortuna, desde que el mundo es mundo.

“Omnia vincit amor” (El amor todo lo vence).

                                        Virgilio (Églogas, 18, 69)

Será en 1.963 cuando los Beatles tocarán en “The Cavern” por última vez. Después, ya nunca nada volvería a ser igual para ellos. El grupo crecía a una velocidad de vértigo y la voracidad de sus fans les impedía completamente algo tan elemental como intentar poner un pie en la calle. De haberlo hecho, de haber tenido esa osadía, lo más probable es que hasta al menos pintado de ellos le hubieran cortado esa extremidad andante para venerarla en sus casas como si fuera una reliquia, como si fuera el apéndice incorrupto de cualquier santo entronizado. Si sus seguidores más fanatizados les hubieran tenido a mano, es más que probable que hubieran acabado completamente mutilados y repartidos por piezas entre la multitud vociferante, tal y como ocurrió con el cadáver de Voltaire, el cual, en plena iconoclastia revolucionaria, al ser paseado por media Francia como monumento a la razón, regresó mediado a París, pues en cada pueblo del camino se le iba quitando algo. Sólo una cosa no pudieron conseguir y quedó intacto: su cerebro. No fue casual; ya había salido de la capital sin él, tras extraérselo para conservarlo en formol como un monumento a la inteligencia. Pues bien, pareciera que esta revolución cambiara, como aquella, unos santos por otros y ahora los santos eran ellos, los Beatles.

Si a Lennon le hubiera pasado lo mismo que al genial Goya; es decir si al ser desenterrado hubiera aparecido en la tumba sin cabeza, seguro que ya hubiera aparecido; claro está, teniendo en cuenta lo que han evolucionado los tiempos. El profanador la hubiera vendido, a precio de oro, en una subasta por internet. De eso no me cabe la menor duda.

Hoy en día, el famoso club de Liverpool donde tocaron los Beatles en sus inicios se ha convertido en un lugar sagrado para aquellos que aún adoramos, a pesar de los años, sino sus cabelleras, sí sus melodías sencillas y pegadizas. Es nuestra inocua manera de ponernos a contracorriente.

“Me encuentro buscando un refugio otra vez

contra el viento.

Soy ya viejo, pero sigo corriendo contra el viento.”

                                           Bob Seger (Against the wind)

De alguna forma, ir a contrapelo, aún en la madurez, no es más que un estupendo estímulo de vida y el rock, y toda aquella endiablada música, lo era entonces y lo sigue siendo ahora.

Paul, John, George y Ringo estaban a un paso de ver medrar sus bigotes, así como de desmelenarse, al ritmo del sitâr de Ravi Shankar, acompañados por las inmensas barbas, canas y floreadas, de los grandes gurús de la India. Pero antes de perderse en la moda orientalista, hubo un tiempo en que creyeron -fue muy fácil verlo así- estar por encima del resto de los mortales. Y, observado desde la distancia del hoy, tal vez lo estuviesen. También, dicen los maledicentes, que en sus borracheras de sabe Dios qué, les crecía tanto el ego que llegaban a sentirse incluso por encima de Él. Y tal vez hubo un tiempo en que también lo estuvieron. Al menos a los ojos de una gran parte de los habitantes de aquel planeta que pretendíamos cambiar al son de su música. Y cambiar, entre otras cosas, transformando la iconografía que había acompañado a la civilización a lo largo de la historia. Los santos, encaramados sobre sus peanas durante siglos, eran descabalgados para ser substituidos por estos nuevos ídolos, más efímeros, más de carne y hueso, pero tocados con ciertos ribetes celestiales que les acercaban a la santidad. Claro está, a esa edad, incluidos ellos, todos creíamos tocar la inmortalidad. Hoy bien sabemos que no; solamente tenemos que mirar, a nuestro alrededor, los añicos desparramados de tanto cerebro de santo roto.

Y América también se rendirá a sus pies, a los pies de los aún chicos buenos de Liverpool. Lennon y su banda llegan al número uno de las listas, con el tema “I want to hold your hand”, a velocidad de crucero, tal y como va su vida; baste comentar que su primer L.P., “Please please me”, lo grabaron en un solo día.

Tras el asesinato de John Kennedy, a finales del 63, los Estados Unidos, sus verdaderas entrañas, habían quedado sumidos en el luto más riguroso; el país pareciera vivir en una inmensa y compartida depresión colectiva. Pareciera que la llegada de este nuevo grupo inglés fuera providencial para contribuir a hacer más llevadera esta pena conjunta.

La locura social que van a provocar en el seno de la juventud americana comienza desde que pusieron un pie en el aeropuerto y continúa en todos y cada uno de sus conciertos, donde arrasan en todas sus presentaciones hasta el extremo de que, en determinados temas, cuesta distinguir la música por encima del griterío. No cabe duda de que el mundo y América están a sus pies. O en sus manos.

Durante este año de 1.964 llegan a ocupar los cinco primeros puestos de las listas más importantes y, tras el baño de egos entre la multitud, llegaría su peculiar evolución, una evolución que comenzará, como vimos, con su visita al regio Buckingham Palace. El dinero y las perspectivas que genera, como siempre, sigue doblegando voluntades y ennobleciendo, aunque sea sólo un espejismo, a sus poseedores. Después, tras ser nombrados caballeros, dejarían atrás su ñoñería cursi, la cuidada y repipi estética iniciática -aunque Paul nunca se desprendió del todo de ella y de Ringo más vale no hablar- y emprenderían desde la maraña de sus barbas desaliñadas aventuras más arriesgadas, tanto musicales como vitales.

Tonteando con las drogas y con los grandes santones orientales, pariendo canciones y aumentando, entre película y película, su legión de seguidores se plantarían, casi sin enterarse, durante el 69, en lo alto de la azotea de los estudios Abbey Road, a tocar “Get back”, con la oculta y siniestra intención de montar un escándalo y ser detenidos por la policía. Leyenda o no, lo cierto es que los tiempos ya habían cambiado y buena prueba de ello es que la policía se limitó a disfrutar de la actuación; incluso alguno de aquellos bobbies no pudo evitar bailar levemente y con cierta dignidad.

Y después, antes de certificar su defunción, llegó la mítica maldición japonesa, en forma de mujer. Cayó sobre los Beatles como una cizaña perniciosa, como antes cayera sobre la humanidad una maldición eterna cuando Eva aceptó la manzana tendida por un demonio en forma de serpiente. Seguro que también con los ojos rasgados.

Luego, los Beatles ya sólo eran historia. Al pensar en ello y mirar hacia el pasado, nos damos cuenta de lo deprisa que fue, y pasó, todo para todos.

“Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es… cansado.”

Francisco de Quevedo (Representábase la brevedad de lo que se vive…)

En menos de diez años estos recién llegados, Lennon y McCartney fundamentalmente, sin olvidar a un estupendo compositor como Harrison, baste recordar la memorable “Here comes the sun”, llenaron de melodías el presente y el futuro. Y no fue sólo su música, fueron ellos en sí mismos: su actitud, su rebeldía, su evolución desde el corte ramplón hasta las melenas del Abbey Road-“Come together”-, pasando por su alucinógena y alucinada etapa del Sgt. Pepper´s, donde una Lucy –L.S.D.-, en un cielo de diamantes, pintaba el mundo de colores.

“Pero el loco de la colina

ve ponerse el sol

y los ojos en su cabeza

ven el mundo girando.”

                                   The Beatles(Fool on the hill).

Larga vida a The Beatles.

Juan Francisco Quevedo

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EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA -UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV- Juan Francisco Quevedo

EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA

-UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV-

CUATRO SIGLOS DESDE LA PRIMERA REPRESENTACIÓN DEL DON JUAN

Con motivo del 400 aniversario del estreno de “Tan largo me lo fiáis”, antecedente primero de “El burlador de Sevilla”, atribuido a Tirso de Molina, cuento esta pequeña historia un tanto peculiar sobre el supuesto personaje inspirador del mito de Don Juan, don Juan de Tassis, conde de Villamediana. “Tan largo me lo fiáis” fue representada en Córdoba por primera vez en 1617 por la compañía de Jerónimo Sánchez.

EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA

-UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV-

Fue Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina, un madrileño a quien le tocó vivir el comienzo del siglo XVII entremezclado con el teatro de su maestro, el gran Lope de Vega, y la poesía de Quevedo y Góngora. En uno de los aventajados discípulos de este último, Juan de Tassis, segundo conde de Villamediana, habrá de fijarse, y tomar como modelo, para comenzar a escribir su Burlador de Sevilla, suponiendo que fuera suya la autoría que sólo se le atribuye, ya que nadie la certifica.

La primera vez que se plasma en unos pliegos la figura de don Juan es en la obra Tan largo me lo fiáis, antecedente inmediato de El burlador de Sevilla. Seguidamente nace el mito, que se prolonga en los siglos -manteniendo su esencia primigenia- a través del teatro, la poesía, los ensayos, la música, trascendiendo incluso lo artístico y literario para instalarse en la cultura popular, aunque sea de una manera simplista y, nunca mejor dicho, donjuanesca.

En El burlador de Sevilla nace el mito universal del don Juan y lo hace yendo más allá del don Juan conquistador, que es lo que ha quedado en la memoria popular; nace ya en su origen, con la completa intención del autor, como un drama valiente en el que la voluntad del protagonista se enfrenta a la voluntad divina en un acto temerario de rebelión ante la fuerza del destino. Este don Juan utiliza a la mujer, sin piedad ni medida, para retar a los cielos y, en ellos, también a ese Dios que parece que todo lo puede. Es un desafío desesperado en un tiempo de religiosidad extrema. Por tanto, es un acto arriesgado y novedoso en comparación con las representaciones teatrales de la época.

No significa que el protagonista se enfrente a quien todo lo puede porque no sea religioso, que lo es, sino que está dispuesto a hacerlo, aunque ello le suponga perderse en las sombras perpetuas de la eternidad. Prefiere condenarse antes que renunciar a su libertad. A su libertad para elegir. Y este don Juan de Tirso, se afianza en su empeño y para demostrar su capacidad electiva, desafía al mismísimo cielo y, a pesar de conocer su triste destino, prefiere decantarse por la perdición eterna que doblegar su voluntad. Y es ahí, justamente ahí, donde radica la verdadera grandeza del personaje de Tirso. No se doblega sabiendo a lo que se enfrenta.

Al modelo literario del Burlador le siguieron muchos, aunque casi todos conservaron lo esencial del personaje. Quizás, dentro de los más conocidos, sea el don Juan de Byron el que más se aleje del modelo, ya que el poeta usa al protagonista como excusa para abordar los temas más variados desde un halo romántico. Sin embargo, tanto el don Juan de Molière como el de Zorrilla siguen el molde original, siendo este último el más celebrado y el más representado en toda la historia del teatro español desde aquella primera puesta en escena, con el actor Carlos Latorre en el papel principal, en el madrileño teatro de la Cruz, un 28 de marzo de 1844. El don Juan de Zorrilla-que el año pasado se cumplieron 200 años de su nacimiento- tiene, al igual que el de Tirso, un trágico final, un trágico destino, irremediablemente unido al castigo divino siendo, quizás, lo más novedoso del mismo la creación del contrapunto de don Juan, en el personaje de don Luis. Así mismo, Charles Baudelaire, el gran poeta francés, dedica su poema “Don Juan en los infiernos”, incluido en Las flores del mal, al personaje de Tirso, aunque inspirado en la obra de Moliére. Otros muchos escritores, como Merimée, han llevado a sus páginas el mito, haciéndose eco de la fama e intemporalidad de un personaje que ha logrado traspasar todo tipo de fronteras, tanto idiomáticas como artísticas. Y como ejemplo, no podemos dejar de mencionar la famosa ópera de Mozart, Don Giovanni.

No obstante, y como advertíamos al principio, tras la creación del don Juan parece haber estado presente la inspiradora figura del eminente poeta del siglo de oro, don Juan de Tassis, conde de Villamediana. Y no nos quedaremos para contar esta historia paralela en lo más evidente, la similitud de grafía entre el personaje real, y posible inspirador del autor, y el personaje literario.

Acababa de empezar a correr el siglo XVII cuando el conde de Villamediana se hacía un hueco en la corte pacata, triste y llena de rosarios y rogativas del abúlico Felipe III, un rey que se pasó la mayor parte de su reinado en el reclinatorio en vez de en el trono. No tardó el conde en hacer oír su nombre entre las paredes del viejo Alcázar de los Austria; aparecía su figura y sus galanterías entre las conversaciones siseantes de las damas de la corte, donde se le musitaba con admiración. Entre los caballeros, se le disculpaban sus excesos con paternal envidia, por su juventud, y entre los círculos literarios, que no eran cojos, salvo Quevedo, se le recibía con sorpresa, ante unos versos tan magistralmente trazados.

Como vemos, pronto gozó de todo el flamante conde, de las mujeres y de la fama literaria ya que enseguida se convirtió en un poeta reconocido en un siglo de poetas más que reconocidos, así como en un personaje entre novelesco y provocador. Es en estos años cuando se gana su fama de bien parecido, gran seductor, importante escritor, mejor caballista y poseedor de una afilada y nada prudente pluma contra el poder, incluyendo tanto al valido real, el duque de Lerma, como al propio rey.  Son los años en los que son comentados en la corte sus amoríos escandalosos y apasionados con la marquesa del Valle.

Así mismo, por entonces comienzan a correr rumores de su posible homosexualidad, el “pecado nefando” de la época. A todas estas cualidades que jalonaban su persona, habría de añadir la de pendenciero, tahúr y fullero. Toda una leyenda andante este conde entre gamberro, guapo y simpático. Además, hacía versos. En cualquier caso, con su historial de agravios a damas, nobles y políticos no es de extrañar que pronto fuera desterrado de la corte y se aplicara a viajar por Italia a la espera de tiempos mejores.

Pero en 1621, pasados casi veinte años, parece que cambia su suerte, ya que muerto el tercero de los felipes sube al trono el cuarto, un rey tan indolente como el anterior, que deja el gobierno de la nación en las manos del temido e inteligente conde-duque de Olivares, pero mucho más entusiasta, en lo que dar alegría al cuerpo y a los sentidos se refiere que su antecesor en el trono. No en vano se le imputan más de treinta hijos bastardos. También se diferenciaba de su real padre en ser más apasionado de las artes que de las iglesias.

Y entre las artes, aquella con la que más disfrutaba el rey, y su bella y joven consorte, la reina Isabel de Borbón, era el teatro, en el que nuestro conde no era precisamente manco. Felipe IV, atraído por la fama de un ya maduro Juan de Tassis, rondaría los cuarenta años, le condona el destierro y le atrae al oropel capitalino. Y las puertas de la corte en pleno, con sus damiselas al frente, se abren de par en par a este seductor pero, no lo olvidemos, también se le abren al autor teatral, al insigne poeta y al hombre de mundo. No le costó nada a don Juan penetrar por ellas y obtener el aplauso y la admiración, en medio de aquel ambiente festivo que era la corte de Isabel de Borbón. A la traviesa reina le gustaba ir a las corralas madrileñas a ver funciones de teatro y a hacer de las suyas, como soltar lagartijas en el patio bajo, con el único fin de desternillarse de risa o de divertirse con las trifulcas, los insultos y, si había suerte, con las peleas de las mujeres más pendencieras. Así se entretenía esta reina a sus mal contados dieciocho años. Le encantaba divertirse y daba la casualidad de que el conde de Villamediana había nacido para eso, para divertirse y para divertir, cuando no para hacer llorar.

Al parecer, este elegante conde y ya veterano galán, curtido en lides de faldas, cuando no de calzones, se enamora perdidamente de la persona que menos le convenía, la reina, la alegre y jovial francesita que de noche yacía junto a Felipe IV y de día a saber por quién suspiraba. Una presa de este calibre, joven, guapa y alegre no podía pasar desapercibida a nuestro galán por muy reina que fuera y en ese especial interés nace su desgracia y su leyenda. Y el mito de don Juan.

El conde proseguía con su actividad literaria y, en aquellos tiempos, todas sus poesías amorosas, en las que era prolífico, iban dedicadas a Francelisa o a Francelinda, anagramas bastante evidentes de la francesa reina Isabel. No obstante, en la corte, las damas le preguntaban continuamente por la verdadera identidad de su amada, por la destinataria de aquellos hermosos versos. Nunca contestaba el conde, y a pesar del acoso y las presiones de aquellas damas nunca satisfacía su curiosidad y siempre se evadía con una respuesta oportuna, dada con ingenio. Pero, como no podía ser de otra manera, un buen día la reina le preguntó directamente lo que el conde tantas veces evitaba. Fue entonces, cuando se vio obligado a dar una contestación a la reina: “Mañana, señora, sabréis la respuesta”.

Al día siguiente recibió Isabel un paquete en nombre del conde. Al abrirlo se llevó una grata sorpresa. Tras desembalar con ligereza la pieza que contenía, descubrió entre el envoltorio un espejo de tocador. Es fácil imaginar la sonrisa, entre malévola y agradecida, que esbozó la reina al verse reflejada en el presente del conde.

Por aquellas fechas se iba a cumplir un año de la subida al trono de Felipe IV, coincidiendo con las fiestas de primavera de 1622, y la reina ideó una gran celebración en Aranjuez para festejarlas. Con ese motivo, encargó al conde de Villamediana tanto su organización como una obra de teatro para la ocasión. Ni que decir tiene que el conde lo hizo a las mil maravillas. Llegado el día se representó, primeramente, la obra del conde de Villamediana, La Gloria de Niquea, en un teatro instalado en el Jardín de la Isla, de los Reales Sitios. La reina tenía un papel hermoso, ya que aparecía lujosamente ataviada, al final de la obra, en un trono, como Reina de la Belleza. Fue un gran éxito tanto para el autor como para la actriz estelar. Tras la representación, se trasladaron a otro teatro, situado en el Jardín de los Negros, donde continuaría la fiesta con la representación de una obra de Lope de Vega, El Vellocino de Oro. Durante el espectáculo teatral, al comenzar el segundo acto, el teatro se incendia misteriosamente, declarándose un importante fuego, con el consiguiente tumulto y la consabida desbandada de los asistentes. Entre el desconcierto, nadie se percata de que la reina ha caído desmayada. Nadie, salvo una persona que la rescata de las llamas, poniendo en juego su vida, y la recoge entre sus brazos para trasladarla hasta el prado más cercano donde la pone a salvo. Cuando la reina abre los ojos descubre a su salvador, que no es otro que el conde de Villamediana.

El hecho corre por la corte y por el pueblo llano como otra llamarada, llegándose a extender el rumor de que el incendio lo provocó el propio conde para poder abrazar a su amada. A raíz del incidente las puertas de palacio ya no están tan abiertas para él; y su principal y regio habitante no disimula sus recelos.

Pocos años después de los hechos, La Fontaine alabaría la acción del conde, capaz de quemar un teatro para tener entre sus brazos a su dama. Desde luego, es el colmo del romanticismo en pleno barroco.

La temeridad del conde era proverbial y, como don Juan, no duda en retar si no la voluntad divina, sí la regia, que en aquellos años era casi lo mismo. Era el conde de Villamediana un excelente rejoneador de toros, a la par que excepcional jinete. Durante un espectáculo al que asistían los reyes, el conde hizo una de sus magistrales picas, entre la admiración del pueblo, lo que provocó en el palco real el comentario de la reina:-“Pica bien el conde”. A lo que el rey contestó:-“Pica bien pero demasiado alto”

Las anécdotas se multiplican por Madrid, haciéndose famosa la ocurrida a comienzos del verano de 1.622, tras el fuego de Aranjuez. Se celebraba un espectáculo taurino en la Plaza Mayor de Madrid, con el conde como principal atracción, y más tras los comentados sucesos de la primavera pasada. Todo el mundo, incluida la corte, estaban pendientes de la presencia del conde ante los reyes. Todos observaban sus reacciones. El conde de Villamediana hizo su entrada majestuosa en la plaza con un gorro en el que llevaba una divisa donde podía leerse: -“Éstos son mis amores”

A su vez, bajo la divisa, colgaban varios reales de plata.

La adivinanza estaba al alcance de todo el mundo, tanto del pueblo como de la envarada corte: “Éstos son mis amores reales” parecía querer decir en una apuesta más que temeraria.

Mayor arrogancia no podía caber, pero aún así el rey parecía desconcertado ante el jeroglífico hasta que, al parecer, un bufón exclamó: -“Mis amores son reales”

El rey, sin duda ofendido, pudo firmar, en la frase que soltó, la sentencia a muerte del conde:-“Pues yo se los haré cuartos”

En este personaje real, en este don juanesco personaje, el conde de Villamediana, pudiera haberse inspirado Tirso para dar vida literaria a su personaje principal, a su don Juan, al mito universal que estaba a punto de crear.

Y no acaban aquí las similitudes ya que, al igual que a don Juan Tenorio, en la obra de Tirso, también al conde de Villamediana, en la vida real, le avisan de su próxima muerte.

Su confesor, Baltasar de Zúñiga, le previene de su asesinato, actuando como ángel de la guarda del conde. Juan de Tassis sabe de su destino, como también lo supo don Juan, y lo refleja con su pluma escribiendo dos versos estremecedores:

“porque el bien que le queda a un condenado/es esperar segunda vez sentencia”                          (Sonetos líricos LIII, 7-8)

Y la terrible advertencia se hizo verdad el 21 de agosto de 1.622, pocas semanas después del festejo en la Plaza Mayor. A la vuelta de palacio, cuando iba acompañado por don Luis de Haro, será asesinado como consecuencia de un certero golpe de ballesta en plena calle Mayor madrileña.

Su muerte enseguida se achacó a sus “amores reales”, aunque detrás de la misma haya un misterio que jamás se logró resolver. Tras el asesinato, todos quisieron ver la mano del mismísimo rey y de su valido, el conde-duque de Olivares. Claro está, no faltó quien lo atribuyera a su pluma o a su homosexualidad, pero el pueblo pronto se inclinó por la versión más romántica.

Corrieron por Madrid infinidad de coplas y versos haciendo referencia a estos hechos, pero fueron los más conocidos los que se atribuyeron a su gran amigo y maestro, Luis de Góngora:

“Mentideros de Madrid/decidnos: ¿quién mató al conde?/Ni se sabe ni se esconde. /… La verdad al caso ha sido/que el matador fue Bellido/y el impulso, soberano.”

Este gran poeta que fue Juan de Tassis, conde de Villamediana, quizás sirviera de modelo a Tirso, o quien fuera su autor, para alumbrar a su Burlador, para dar iluminación y nacimiento al mito del don Juan, un mito que traspasó el tiempo y los siglos, la literatura y las fronteras, convirtiéndose en universal.

Baste como botón final de su maestría unos pocos versos de este Juan de Tassis de tan trágico destino. Estos dos versos bien pudo dedicárselos a la reina. En ellos, se remite al ya clásico cautivo enamorado: “estimo más estar preso/ que nadie su libertad.”

Como poeta de su tiempo no fue ajeno a la decadencia española:

“Debe tan poco al tiempo el que ha nacido/en la estéril región de nuestros años/que, premiada la culpa y los engaños, /el mérito se encoge escarnecido.”(Sonetos líricos, LVIII, 1-4)

Juan Francisco Quevedo

Óleo de Manuel Castellano que representa la muerte del conde de Villamediana

    Óleo de Manuel Castellano que representa la muerte del conde de Villamediana

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ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA-Juan Francisco Quevedo

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

Descubrí la poesía de Ángeles Carbajal de manera casual entre las redes sociales. Con la lectura de algunos poemas sueltos, enseguida pude ver entre aquellos versos a una poeta grave y redonda, con una hondura y una lucidez expresiva, a través de simbólicas e inverosímiles imágenes poéticas, extraordinaria.

Con L´aire ente la rama –El aire entre la rama-, me aproximo por primera vez a un texto escrito en asturiano y lejos de ser un inconveniente se convirtió desde el principio en un reto interesante y en una experiencia gratificante –sólo espero que la poeta perdone la osadía de mis traducciones-. Ángeles Carbajal me ha descubierto una lengua que va mucho más allá de lo que cabía imaginar. Me he acercado a la lectura de L´aire ente la rama sin tener ningún conocimiento biográfico sobre su autora, lo que de alguna manera me ha permitido acercarme al texto sin ningún prejuicio y con mayor objetividad. Y desde luego sin caer en la trampa fácil de confundir a la autora con la voz poética, algo a veces inevitable, ya que la poesía está llena de pinceladas autobiográficas.

Si tuviera que dar una visión general sobre este libro, lo primero que destacaría es la facilidad de Ángeles Carbajal para acercarse al lector sorprendiéndose −sorprendiéndole− con lo cotidiano; algo que en principio, por usual y por tenerlo al alcance de la mano, no parece estar destinado a causar ninguna sorpresa. De alguna manera, es en este terreno donde reside una buena parte de la inteligencia poética; tener esa facultad para observar el cielo y sorprenderse de que las nubes no se derrumben sobre nuestras cabezas.

Esa trivialización de lo cotidiano−como diría Duchamp− es algo muy simple cuando se hace sin sentido artístico. Sin embargo, cuando éste existe se alcanza un nivel expresivo capaz de romper las barreras de lo prosaico, tanto en la concepción de las imágenes como en la palabra­. Se consigue una sublimación de lo mundano y se hace arte, se hace literatura. Y todo ello no se logra de cualquier manera sino a través de una racionalización elaborada de la realidad más próxima, con la que es muy fácil que el lector se identifique. Por tanto, Ángeles Carbajal consigue dos cosas fundamentales, por un lado, hacer que el lector se inmiscuya en algo cercano y, por otro, generalizar y hacer que trascienda ese suceso aparentemente trivial. Logra superar las barreras de lo local, desde lo local, y lo hace universal.

Ángeles Carbajal alcanza en este libro, así mismo, algo aparentemente fácil, pero que es de lo más complicado: consigue desde la sencillez expresiva hacer una poesía comprensible, sin que por ello se eche en falta un ápice de hondura. Bien al contrario, estamos ante una poeta grave que desde la nostalgia, desde la infancia, desde la naturalidad y desde imágenes construidas con lirismo, es capaz de turbar al lector, estimulando, sin caer en la sensiblería, las fibras adecuadas para poner en marcha el mecanismo que nos hace llegar a la emoción.

Ahora quisiera comentar brevemente alguno de los poemas de L´aire ente la rama.

“Casa vieya” -Casa vieja- es el poema con el que Ángeles Carbajal abre L´aire ente la rama. De alguna manera, siempre retornamos a esa casa vieja en la que encontramos refugio y nos cobijamos. Encontramos en ella esa verdad primera, esa vuelta a lo cotidiano que nos proporciona equilibrio y paz interior: «Col corazón nes manes/descansa en paz el corazón» -Con el corazón en las manos/descansa en paz el corazón-.

“Nieve” es un poema de descubrimiento. Sin previo aviso y sin ningún tipo de planificación van llegando las cosas, sobre todo las más duras. La vida, de manera inevitable, nos curte de experiencia y se va desenredando sin darnos cuenta, incluso a pesar de nuestra voluntad. Un buen día vemos cómo pasó el tiempo y cómo todo se ha teñido de blanco. A pesar de mostrar cierta resignación ante lo inexcusable, en el poema hay un punto de rebeldía.

«Los trapinos/cayíen ensin priesa/esnalando nel aire, /como enredando» -Los copos/caían sin prisa/flotando en el aire, /como enredando.

“La cocina de carbón” es un poema redondo en el que Ángeles se atreve a abordar un tópico poético, tempus fugit, sin caer en lo manido del mismo. Es una composición repleta de imágenes sugerentes, de un simbolismo lúcido y certero. Una verdadera delicia en la que contemplamos las edades del hombre reflejadas en las diferentes tonalidades del carbón, desde que es un mineral puro, hasta que se consume y ya sólo queda de él una ceniza blanquecina.

«La cocina de carbón, /la que tuvo arroxando/les hores de la mio infancia, /tien alcordanza del fueu/y les chapes doblaes/del pesu de les potes» -La cocina de carbón, /la que estuvo arropando/las horas de mi infancia, /tiene añoranza del fuego/ y de las chapas dobladas/ del peso de las cacerolas-.

“Los Reyes Magos” es casi un himno a la esperanza que desborda ternura cierta. Es incluso una metáfora de cómo el hombre finge entender la vida cuando, en el fondo, lo único que tiene es la esperanza. A pesar del paso del tiempo seguimos esperando un milagro de la vida. Lo transcribo completo:

«Nun di nenguna guerra/cuando advertí la realidá, /y, como en toles desgracies/de la mio vida, /arguyosa, fixi saber que lo sabía/ensin pidir esplicación, /pero la verdá/ye que tovía nun lo sé/y espero» -No di ninguna guerra/cuando advertí la realidad, /y, como en todas las desgracias/de mi vida, /orgullosa, hice saber que lo sabía/sin pedir ninguna explicación, /pero la verdad/ es que todavía no lo sé/y espero-.

“Rara” es un poema donde se advierte una imagen precisa de la voz poética. Refleja un fuerte sentimiento de rebeldía ante los que se empeñan en despreciar a quien se sale de la aparente normalidad.

En “Perico” la misma voz prosigue en esa misma línea pero con un gran sentido del humor, con una enorme ironía y con una imagen definitiva.

«Como una lletanía de martiellos/aquella xente tan delicado/abrióme un argayu de pena» -Como una letanía de martillos/aquella gente tan delicada/me abrió una sima de pena-.

“Nun Dyan 6” –En un Dyan 6- es un poema un tanto generacional donde la voz poética, ante la presencia de unos tipos raros, los hippies, en el ambiente rural en el que se desenvuelve, descubre que hay algo más allá de los estrictos límites de su entorno. Una vez los conoce regresa al aire ente la rama –aire entre la rama-, que da título al libro, tras el que se detecta un gran poso de melancolía.

Es un poema que cuando ella lo deseaba, no lo pudo escribir. Sólo pudo hacerlo después de mucho tiempo, cuando una música le evoca aquel poema que una vez pensó. Hasta ese momento ese poema soñado pervivió en su subconsciente. En todo él hay un halo de tristeza y nostalgia.

Por otro lado, no pasa desapercibido el guiño que la voz poética simboliza en un pronombre: Bob Dylan, Moustaki, tú.

«Qué vértigu saber/que toi tan lloñe, tan cerca, /que ye´l poema qu´entós cavilé/el que güei por fin escribo/a cuatro pasos del horru y de la ilesia» -Qué vértigo saber/que estoy tan lejos, tan cerca, /que es el poema que entonces pensé/el que hoy por fin escribo/ a cuatro pasos del hórreo y de la iglesia-.

“La primera vez que lloró na mio vida” –La primera vez que lloro en mi vida- es una composición desgarradora, que tiene mucho de descubrimiento del dolor verdadero. El poema tiene una imagen final que nos transmite una sensación de orfandad universal, la que se tiene, a pesar de la edad que se tenga, cuando se pierde a uno de los padres.

«Quixi subir como un perrín tres d´ella/el camin empináu pel que baxaba la nueche, /nun me dexaron, y quedé esperando/porque yera mio ma esa nueche la neña» -Quise subir como un perrín detrás de ella/el empinado camino por el que acechaba la noche, /no me dejaron, y me quedé esperando/porque esa noche mi madre era la niña-.

“El prau Carbayalu” –El prado Carbayalu- refleja una época, la de la infancia, en la que todo parecía estar en su sitio.

«Entós el cielu taba nel cielu/y la nuestra casa en casa» -Entonces el cielo estaba en el cielo/y nuestra casa en casa-.

Por último, un apunte sobre el poema “Escuchar”. En él se advierte que la voz poética se encuentra sola, sin interlocutor que se interese por lo que dice, por lo que le inquieta.

«Suañaben los teyaos y los aperios/que dormíen al rasu y taben solos, /tanto como la lluna/y como la nuestra voz/que naide oye» -Soñaban los tejados y los aperos/que dormían al raso y estaban solos, /tanto como la luna/y como nuestra voz/que nadie oye-.

Quisiera resaltar la consumada precisión de Ángeles Carbajal para describir los sentimientos más cotidianos: La vida en sí misma remitida a la infancia. Es un libro que destila sabiduría, esa sabiduría ancestral y primigenia que se ha transmitido de manera oral, esa sabiduría verdadera que acompaña al ser humano desde el origen de los tiempos.

Al compartir con la autora año de nacimiento, intuyo esa cercanía generacional cuando hace esa inmersión en el mundo de la infancia, en unos recuerdos comunes que me han hecho revivir esos tiempos felices. Ahora bien, los poemas de Ángeles trascienden lo personal, lo provinciano y local y dan ese paso, imprescindible en la buena poesía, que la hace comprensible y cercana para cualquier lector. Usando una imagen o un recuerdo personal, la autora posee la capacidad de poder universalizarlo de tal manera que el lector, según sus propias vivencias e interpretaciones, se siente identificado con sus versos.

Emoción y belleza formal son los ingredientes con los que Ángeles Carbajal conquista a ese hipotético lector, mon semblable, mon frère.

Juan Francisco Quevedo

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Conferencia Juan Francisco Quevedo-La Cavada-La colonia valona de las tierras medias del Miera

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MARCOS TRAMÓN (DE MIS SOLEDADES VENGO)-Juan Francisco Quevedo

MARCOS TRAMÓN (2018). DE MIS SOLEDADES VENGO

EDITORIAL RENACIMIENTO

MARCOS TRAMÓN (2018). DE MIS SOLEDADES VENGO

EDITORIAL RENACIMIENTO

Cuando uno se enfrenta a una gran parte de la poesía reunida de un poeta como Marcos Tramón, un poeta que aún no ha cumplido los cincuenta años, se rinde al inmenso talento de un autor que pareciera con este libro haberlo dicho todo pero que intuimos, sin embargo, que aún le queda mucho por decir. De todas maneras, al terminar la lectura, tenemos la sensación de que aunque no volviera a escribir nunca nada, ni un solo verso más, este libro justifica la vida y la trayectoria de un poeta. Es una obra que deja esa sensación, una obra que bien pudiera parecer de término.

La cita de Lope de Vega que abre este libro de libros no es casual, parece responder a esa tendencia introspectiva y meditativa de la voz poética, de ese trasunto en el que se convierte Marcos Tramón cuando escribe.

“Los días que te explican” (2001) se abre con un poema desde el que se añora un mundo que el poeta entiende como ideal y, por tanto, irreal. Lo aborda desde esa certeza filosófica en la que contempla la vida como si fuera un valle de lágrimas, con la visión apenada de una angustia existencialista, muy próxima al pesimismo de Schopenhauer, aunque con un punto de esperanza conformista: “Vivir, al fin y al cabo; vivir y que no duela”.

Los poemas se suceden y se funden y confunden entre el paisaje urbano de una ciudad que le sirve de escenario para ligar y conformar los trazos de su mundo poético. Y en él, en el centro del mismo, la mirada lírica hacia la mujer y hacia el amor. A veces como algo fuera de su alcance: “Tú, un granito de oro cotizando/al alza en el mercado fragmentario/del día a día de mi vida, / un bien al por mayor.”

Y en otras ocasiones con deseo y contención a la vez: “El dolor y la pena de jamás poder ser/una mujer que coge/a otras entre sus brazos, /y levantarnos las faldas lentamente, /el suave roce primero de los labios…”.

Esa mirada desde la geografía urbana más cotidiana, un autobús de línea, puede ser la excusa perfecta para que, desde una soledad con intenciones voyeristas, se recree en esa actitud contemplativa, un tanto desolada y expectante ante lo que la vida le ofrece casi como una ofrenda plena de pasión y deseo: “Los libros apretados contra el pecho, /con cara distraída, piernas largas/que contundentes caen al suelo, entrecruzadas: /una figura total, muy hermosa, que te arrastra.”

Después, el extenso poema avanza con la mirada vuelta hacia el otro lado del cristal, una perspectiva que progresa por la ciudad como un taladro que perfora la pared, disgregando las partículas de vida. Casi parece como el viaje de la existencia hacia el final: “Dejas pasar paradas, como quien se deja vivir”.

Este magnífico poema, “Geografía urbana”, donde aflora la ironía, un rastro de ternura y un pesimismo que sacude como una neblina los versos, acaba, como ya hiciera Jaime Gil de Biedma en “Pandémica y Celeste”, con el primer verso con el que Baudelaire abre Las flores del mal”, apelando a  ese hipócrita lector.

La soledad, no sé si buscada, como excusa de observador avezado, traspasa todo el libro ante la mirada siempre expectante de la voz poética. Una soledad desde la que descubre la vida a cada paso: “Atravieso un alboroto de risas/que son más chicas divirtiéndose/a la salida nocturna del instituto: /rezuman miel de vida a carcajadas.”

Esta parte se cierra con dos versos que resumen con intensidad lírica las intenciones que se encierran en ella: “Vamos de charco en charco/pisando oscuros días sucesivos”.

“Desgana” es un libro publicado en 2011, por lo tanto diez años los separan, diez años de trabajo silencioso que dan lugar a estos versos que se inician con un soneto de endecasílabos sin rima que es todo un tributo a los gustos del autor, un legado que acumula en su memoria y que ofrece para explorar las múltiples posibilidades de la literatura y del lenguaje como vehículo de conocimiento, como transmisor de esa verdad última que nos arrastra hacia el poder revelador de la palabra. Después, la voz poética nos sorprende con esas “Islas de luz” que bien pudieran hablar de lo fugaz, de lo efímero de los momentos vividos, ante las sombras que la luz cierne sobre el tiempo presente: “Hace esfuerzos por retener tanta belleza/contra la luz, intacta; /hace esfuerzos por retenerlo todo, /como si no estuviese todo perdido de antemano.”

Desde una intimidad reconcentrada en la exploración de su yo más oculto, el poeta nos asalta con su mundo personal, hecho a base de pequeñas confidencias, aparentemente casuales, para hacernos llegar “Las flores de la piedra”, el eco de su parte menos consciente; aquella que late casi a espaldas de uno mismo y que sólo aflora en la soledad, en la soledad dormida de los pensamientos solitarios que brotan casi por casualidad: “Me dicen que hay un día en el que ves/por última vez a alguien, pero que no sabemos/a quién ni cuál es ese día.”

En “Razón de ser”, el poeta rinde un homenaje lírico a quien le ha orientado en la dirección precisa-“La lucidez, la exacta precisión”-, donde se ve el homenaje al maestro, a J.L.G.M., a quien dedica el poema, y también se explicita aquello que le ha servido de guía en el camino de la poesía: “De alguna forma deberíamos/poder pagar la deuda contraída, /pues, más allá de cada trato individual, /hay un afecto, /un elevado afecto, a las palabras/bien dichas, perdurables, /una historia de amor con la literatura”.

Los recuerdos que hieren como puñales y la muerte sobrevuelan algunos de los poemas de “Desgana”; la memoria fija con inexactitud difuminada la mirada dolida: “Qué decir del macabro/significado de todo esto: /no sabes, solo sabes/que, al igual que esta noche, /en ocasiones su recuerdo vuelve/para hacerte más daño”.

Avanzamos hacia “Stricto sensu” (2015), el último libro publicado por Marcos Tramón, con el sabor de la buena poesía, en sentido estricto, destilando por la alquitara lírica del pensamiento, por los recovecos que estimulan los caminos cerebrales que te llevan directamente a la emoción, no a la que se desencadena con la facilidad de lo superficial, sino a aquella que surge del conocimiento, de las profundidades de una sensibilidad exquisita. Los poemas de este libro parecen formar parte de un desajuste preconcebido, de una manera de hacer poesía desde una forma de existencialismo un tanto distante, desde el que se mira el mundo desde una posición donde parece que la añoranza y la soledad, teñidas por cierto desencanto, juegan un papel fundamental: “Recuerdos como huesos sueltos, /en un yermo collado, una tierra baldía: /la del pasado de una vida como cualquier otra vida.”

Una actitud y un sentimiento un tanto desolado, junto a una tristeza cierta y disimulada por la ironía, se reflejan en los versos en los que el paso del tiempo pesa como una losa sobre el hoy, sobre las aguas de un tiempo, en ese permanente fluir que procede de Heráclito, hacia la muerte, en ese nunca seremos el mismo un segundo después del que fuimos: “No nos vemos dos veces/ en el mismo río; /ni siquiera-años más tarde-en su sombra, /nuestras sombras.”

Dejamos este inmenso “Stricto sensu” con unos versos que nos llenan de melancolía feliz, que nos aproximan a la cotidianeidad conversacional de lo cercano, con unos versos que son capaces de parar el tiempo, una imposibilidad física que se hace real en el recuerdo, dando la razón a Kant: “Llega el dolor, y el tiempo se para: /aquel abrazo en el tren, /aquel sabor a amistad y lejanía. /Y el dolor que da tregua: /y el tiempo y el dolor y la tristeza/y el tren, la lejanía/y el dejarse llevar por estas calles.”

“Estación de frontera” es el regalo que nos ofrece Marcos Tramón, un libro inédito que cierra este libro de libros. En él podemos disfrutar de unos versos que nos traspasan con su belleza, con su lirismo descarnado: “Todo está en su sitio. /Es hermoso el paisaje: /como dos emociones sin conciencia.”

Se abre con un poema luminoso, que pareciera contradecir lo dicho anteriormente: “Lo que la luz promete/será morir mañana. Hoy es un día pleno/de sol.”. Es en sí mismo un canto lleno de esperanza que surge tras la desilusión. Todo aquello que antaño fuera importante y grandilocuente se diluye en las sucesivas dosis de escepticismo que la vida se encarga de administrarnos para ya, en la madurez, centrarnos, con el encanto de la simplicidad más desnuda, en lo nimio y afectivo. Sólo las adorables pequeñas cosas son capaces de conmovernos. La vida se convierte en una verdadera celebración: “La gente que camina por la calle/al paso del secreto-la dicha o la desgracia-. /Los amigos, como un agua de siempre, /y como sed de siempre, las mujeres. /Los niños por el parque, /igual que inquietas ruedas. /A la ida, a la vuelta, /la gente que se apiña/en bares y autobuses.”

“De mis soledades vengo” concluye con unas perspicaces, jugosas y certeras opiniones sobre poesía: “No me gustaría acabar escribiendo libros innecesarios”. Opinión que no hace sino redundar en lo que ya dijera Cervantes: “que hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como buñuelos”.

Desde luego, la poesía reunida de Marcos Tramón es un libro necesario e imprescindible, un libro que te reafirma en el gusto por lo primoroso, tanto en la estética como en la ética, en la forma como en el fondo, por la poesía de un autor mayor, en todas sus acepciones. En Marcos Tramón no sólo descubrimos al poeta sino que nos adentramos con él en el territorio inherente a la buena poesía, aquella que siendo testigo del tiempo que vive, enlaza con la de siempre, con la que permanece inalterable. Como dijera al inicio de esta crónica, este libro justifica la vida y la trayectoria de un poeta. Sin duda estamos ante uno de los grandes libros de poesía de los últimos tiempos. Una verdadera delicia para los lectores.

Juan Francisco Quevedo

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JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES LA MEDIDA DEL TIEMPO-Juan Francisco Quevedo

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

Dentro de la colección de poesía “A la sombra de los días”, editada por Miguel Ibáñez y Luis Alberto Salcines, llama poderosamente la atención un título, “La medida del tiempo”, del poeta y escritor Javier Menéndez Llamazares.

A pesar de lo que el propio poeta nos cuenta desde ese pasado que tan bien define como “pretérito interior” y más allá de aquello que el viejo poeta dijera al joven Javier Menéndez Llamazares, está el feliz encuentro con la poesía que nos presenta, tamizada por el chino, no sólo del tiempo sino también por el de la experiencia y la sabiduría que aportan los años. Y se nota en esa mano serena, en esa mano que ha sabido recomponer el poema desde el hoy para hacerlo crecer y ofrecérselo al lector con la frescura lírica de la calidad poética. No en vano, tal y como le dijera Gamoneda, “escribir es, en realidad, reescribir” y, en esta reescritura, es indudable que el prosista nunca dejó de ser poeta, ya que ésta es una condición, una actitud vital, que es difícil de adquirir si no se posee.

Con este libro, concurre una circunstancia que sorprende a los que estamos habituados a leer poesía; desde el primer verso, se origina esa identificación, esa complicidad que se establece con el poema, produciéndose, por tanto, un hecho fundamental: el poema trasciende lo personal, lo que hubiera podido motivar al poeta al escribirlo, adueñándose del lector y en ese tránsito, en el que el poeta llega a desaparecer, se universaliza. Por tanto, el poeta ha tenido la perspicacia de hacer que un hecho aparentemente trivial e individual se generalice.

En “Autoescuela”, el poeta aprende a caminar por la vida en lecciones sucesivas que le ayudan, nos ayudan, a enfrentarnos a nuestros miedos y a nuestros recuerdos. En tanto en cuanto dure la existencia, el aprendizaje es un recorrido interminable, una lección permanente por y para intentar descubrirnos en ese mar de evocaciones que se acumulan en el tiempo, en su medida: “He pensado en mí todos los días de mi vida, y aún no sabría explicar por qué todavía soy un perfecto desconocido.”

Javier Menéndez Llamazares, tal y como han hecho siempre los buenos poetas, no teme enfrentarse a los tópicos poéticos y, sin duda, uno de los más manidos es el que hace referencia a la pérdida, a lo perdido, a esa evocación continua de lo que se va, como un hecho inherente al propio discurrir vital; un recurso universal de la poesía más allá de su origen geográfico o temporal. El poeta lo aborda con un lirismo seductor, una invitación ineludible para paladear la poesía que se desprende de “En el valle del silencio”, un lugar de la memoria que se ilumina, nos ilumina los recuerdos, para añorar lo que ya nunca podrá ser, la paz y la inocencia que acompañan a la juventud: “Pero ya sé que te invoco inútilmente. / ¡Ah, si pudiéramos volver al tiempo de las cerezas!”.

Con esta poesía cercana, discursiva y conversacional, casi sin puntuaciones, más allá de lo estrictamente imprescindible, continuamos en estos primeros poemas de “La medida del tiempo”; el poeta se aproxima al lector de una manera comprensible, bella, emocionante y sensitiva. Con estas armas como único y escueto bagaje nos hace llegar una poesía sin artificios que consigue lo más dificultoso, la complejidad de la sencillez.

La infancia siempre es ese lugar al que se pretende retornar y con la poesía logramos salvar una imposibilidad física, conseguimos regresar en el tiempo a ese paraje de la memoria en el que habita la felicidad. Ahora bien, en “Salterio” parece caminar más bien hacia donde habita el olvido: “Debajo de mi memoria, junto a lo imaginado en el delirio y las fabulaciones deliberadas, anidan las creencias de la infancia”.

Un poema con el retórico ritmo de la repetición, de la anáfora consciente, nos lleva con inteligencia hacia contraposiciones atrayentes, plenas de sentido, en las que la voz poética despliega su pensamiento más íntimo y su yo más tierno: “Frente a mi corazón, unas gotas de insomnio y un lecho de acederas, el camino y el horizonte, la memoria y la casa de mi padre”.

Con una sucesión de horas el poeta llena el día como si se tratara de una repetitiva letanía. Con este poema, el libro cambia absolutamente la grafía, la manera de hacer poesía. No hay transición, es un aldabonazo, un giro brusco y sugestivo, un corte que sorprende al lector sin previo aviso para adentrarnos en el terreno de una poesía que, sin cambiar el tono meditativo y reflexivo, acorta los versos y se torna un tanto enigmática, sin desvelarnos del todo el misterio que encierra el poema, dejando al lector que hurgue en ellos, profundizando y conectando con él desde su propia experiencia: “El que habla no conoce/la lenta exactitud del desánimo, /pero sabe del silencio y el estilete blanco en sus costados, /la perdurabilidad del hábito en el eunuco”.

Hay ocasiones en las que la voz poética pareciera ver el amor, a la mujer, con cierto miedo, con cierto temor, embozado por el deseo, por la huida: “Febril avanzo en la noche hacia tu cuerpo, ágil en el deseo, impulsado por la inconsciencia. /No quisiera recordar que todo, pronto, será memoria”.

No deja de ser curiosa esa manera que tiene el poeta de contemplarse a sí mismo desde otro yo que le observa, desde un yo ajeno y que de manera omnisciente pareciera erigirse en la conciencia de su yo verdadero. “Littera legenda” es un poema definitivo: “Te he elegido a ti porque has salido de mi propio corazón. /Cuando hayas contemplado tu cuerpo te habrás extraviado en las similitudes. /No eres sino mi propia imagen, por lo que has de odiarme irremediablemente, mas conservarás el óleo encendido en la sangre y un punzón de hielo muy dentro de los ojos”.

Al final del libro pareciera calmar ese desasosiego que se intuye en muchas composiciones como si una espada de dolor atravesara el corazón de los poemas: “Ahora destilo mi voracidad/en la conformidad de unas manos que cartografían el amor, /de unos cabellos que se esparcen por mi pecho”.

El último, “Codicilo”, bien pudiera ser una especie de inventario de esas últimas voluntades que el poeta nos deja como legado; bien pudiera ser una despedida, un guiño hacia el lector en un intento por hacerle su cómplice, como si tomara prestados los versos de Baudelaire, “mon semblable, -mon frère!”: “El tiempo entrará en ti/y tú podrás tomar/la medida del tiempo”.

“La medida del tiempo” es un libro que aun habiendo nacido en y desde el pasado, se lee y se disfruta en el presente sin que haya perdido un ápice de interés y vigencia, lo que convierte la poesía que contiene en atemporal; es decir, en algo inherente a la poesía verdadera, a esa poesía que supera sin resentirse las barreras del tiempo-y su medida- fundamentalmente por una causa, porque apela directamente a los sentimientos del lector, estableciendo un diálogo con él desde el que se construyen los mecanismos capaces de estimular las fibras neuronales que desembocan y nos conducen directamente a la emoción poética. Desde luego, “La medida del tiempo” nos da la exacta medida de un espléndido poeta, Javier Menéndez Llamazares.

Juan Francisco Quevedo

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AVELINO OREIRO-Unas cuantas décimas y otros poemas febriles-Juan Francisco Quevedo

AVELINO OREIRO

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles, AVELINO OREIRO

2018-Septentrión Ediciones

Avelino Oreiro es el nombre de un poeta de cuerpo y alma entera que por primera vez nos descubre su poesía pero, no nos engañemos, no estamos ante un advenedizo ni ante un poeta novel, estamos ante un poeta con años de lecturas y oficio a sus espaldas, ante un poeta maduro y en plenitud. Incomprensiblemente, por esas cosas del destino y las casualidades, ha permanecido inédito, refugiado en su guarida personal, hasta esta feliz fecha en que se ha decidido a desvestirse delante de los lectores para mostrarnos una poesía que trasciende de su ámbito particular.

Avelino Oreiro se acerca al mundo del papel impreso con un primer libro que lleva un título de lo más sugerente, “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”, y lo hace de la mano de una editorial joven pero de gran prestigio dentro del mundo poético, dirigida con indudable acierto, criterio y sabiduría por el poeta Carlos Alcorta. Nos estamos refiriendo a la editorial Septentrión.

Lo primero que se percibe al abrir el libro y comenzar a degustar los poemas iniciales es el dominio técnico y formal del autor; algo que el lector agradece de inmediato. Cada verso, cada acento, cada pausa precisa, contribuyen a resaltar la cadencia rítmica, la musicalidad evocadora de esa vieja escuela de siempre. Nos lleva por el poema como un maestro de baile lleva a los bailarines, marcando los tiempos con su vara, golpeando contra el suelo. Esa vara que hacía la misma función que el pie, en la poesía grecolatina, y que servía para marcar el ritmo del poema.

El libro se abre con un prólogo, rebosante de sapiencia, escrito por el poeta José Luis López Bretones que tras una pausada lectura nos conduce y sirve de guía para adentrarnos en estas “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”. Como bien indica el ingenioso título la mayor parte de las composiciones que nos encontraremos se corresponden con el clasicismo de la décima o espinela, estrofa a la que el autor se ha afanado con dedicación hasta demostrar en este libro un dominio envidiable de la misma. Estamos ante unos poemas que, como bien explica José Luis López Bretones, ya estaban concluidos hará unos diez años; más allá de las revisiones que haya podido hacer el autor de cara a la edición. Las páginas del libro se abren, además de con las justas menciones al padre y al prologuista, con una dedicatoria que hace justicia al verdadero artífice de que Avelino se decidiese a mostrarnos sus versos. Este hombre es el médico cordobés, nacido en su Lucena del alma, Francisco Bujalance. Parecen las de ambos vidas cruzadas, Avelino, gallego ejerciente y andaluz de corazón y Paco, mi hermano del alma, gallego de adopción y andaluz devoto.

Desde el inicio resuenan en los versos de Avelino Oreiro los ecos machadianos, profundamente humanos, que nos evocan sus poesías reflexivas. En el libro se abordan todos aquellos temas que, desde Homero, han conmovido al hombre, el paso del tiempo, la infancia, la soledad, el amor y la muerte. Son temas tópicamente universales que en la pluma del autor, con su perspicacia y sentido poético, trascienden el ámbito de lo individual para elevarlo desde lo personal con un fin, universalizarlo. Ese es uno de los grandes aciertos de Avelino Oreiro. Y lo hace alejado de las modas imperantes que pudiera haber, recurriendo a los metros clásicos y situándose por encima de ellas. Ello contribuye a que, sin duda, el oído menos dotado agradezca este gusto por el ritmo, por la métrica manía, por conferir una musicalidad envolvente a su lírica y, como dice el prologuista, luego serán los lectores los que “sabrán ajustar el oído al corazón y dejarse llevar por la melodía del verso”.

Pero no sería justo incidir solamente en la estructura del poema, que es impecable; los poemas del autor van más allá de lo estrictamente formal, ya que su poética es profundamente reflexiva y meditativa, con lo que consigue lo más difícil de lograr, un equilibrio encomiable entre ética y estética, entre fondo y forma, entre lo que se dice y cómo se dice.

Avelino Oreiro se aproxima al lector con la idea de hacer una poesía clara, diáfana y que pueda llegar sin ningún tipo de intermediación intelectual, lo que no hace sino acortar ese espacio, a veces insalvable, que nos lleva hacia el poema: “Llamaré al amor, amor, / al pan, pan, y al vino, vino”.

Nos encontramos ante un poeta al que como dice él mismo en su “Bosquejo de un autorretrato” le atrae la cotidianidad y dentro de ella la poesía más popular, es decir aquella que puede prescindir de los poetas: “Amo el zumo del dios Baco,/ la tarde, el bosque otoñal,/ la belleza impersonal,/ las tertulias y el tabaco;/ las pulgas y el perro flaco,/ las plazuelas recoletas,/ los viajes sin maletas,/ los soliloquios del mar/y la canción popular,/que es poesía sin poetas”.

Después, el libro se ve inmerso en una serie de poemas en los que la voz poética se adentra en esa soledad un tanto angustiosa, que parece casi existencial, y que el poeta la lleva pegada a su ser como si fuera un sino imposible de eludir, casi una predestinación: “Un recién nacido llora,/ grita su primer poema:/ Una soledad suprema/se inaugura en cada aurora”.

El paso del tiempo y la añoranza por lo perdido, bien sea la juventud, los amores, o cualquier otra de las muchas cosas que el hombre va dejando atrás por la vida, siempre es fuente de atracción e inspiración para los poetas y Avelino Oreiro lo refleja con su voz: “Calvicie en cuarto creciente/ -hojarasca en la bañera-, / vislumbres de calavera,/ bajo la arrugada frente”.

La infancia, como ese paraíso perdido del hombre, al que siempre se sueña con regresar, compone una décima entrañable, que rezuma ternura melancólica por cada uno de sus versos: “¿Dónde vi yo antes, dónde,/ dónde ese pelo yo viera/ -retazo de primavera donde el sol jamás se esconde?/ ¿Dónde yo lo viera, dónde/ -sobre ti tan retorcido,/ de oro niño entretejido-,/ dónde, me pregunto, dónde?/ (El recuerdo no responde,/ hecho, como está, de olvido)”.

El libro avanza firme y se adentra en territorios como el amor, el desamor y la pérdida. Se torna un quejido doloroso que, desde la serenidad, se emite con resignación: “No conozco el paraíso/ de un corazón de mujer. / Lo que se dice querer, / ninguna mujer me quiso. / Anillo de compromiso/ ha lucido mi anular/ varias veces; pero amar, / nunca nadie me ha amado. / (Soledades de un pasado, / que no deja de pasar)”.

Al cerrar el libro, uno se va con la sensación de haber paladeado poesía verdadera, poesía que rezuma sentimiento y emoción, poesía de siempre y concebida para siempre. En ella, continuamente resuenan los ecos de don Antonio Machado. Me despido con el poema que dedica a José Luis López Bretones, un poema donde estas sensaciones, estas voces, se vuelven más intensas: “No seré ni fui ni soy/ más que una nube que pasa/ en un tiempo que no casa/ con mañana, ayer ni hoy. /Yo vengo a la vez que voy/ y, acercándome, me alejo/ del reloj y del espejo, / del Edén y la Utopía. / En la noche duerme el día:/ Niño será quien fue viejo”.

Juan Francisco Quevedo

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SANDRA SÁNCHEZ UNA MANZANA EN LA NEVERA -Juan Francisco Quevedo

       SANDRA SÁNCHEZ

UNA MANZANA EN LA NEVERA

(2017)PIEDICIONES

“Una manzana en la nevera”, de la poeta ovetense Sandra Sánchez, se nos presenta como una tentación. Sandra se la ofrece a los lectores, envuelta en el universo de su mundo personal, como aquella fruta prohibida que Eva no se resistió a morder. Y así se avanza por el libro de poemas de esta autora, dando dentelladas a ese Edén que se encierra en sus versos. No hay temor al pecado original, bien al contrario, cada imagen poética es una constante invitación, una sucesiva sugerencia a progresar por la poética de esta autora que, con sus versos, nos redime precisamente de esa pena que nace con el hombre como sino de su origen.

El libro arranca con un pequeño poema en el que la voz poética parece encontrarse, al fin, a gusto consigo misma; tras un período de desorientación, se ha ido recomponiendo hasta conseguir encontrar cierta serenidad.

“He comprado un corazón

Y lo he armado con paciencia.

Me lo quedo, venía roto.”

Los primeros poemas no dejan de sorprender tanto por la facilidad para elaborar imágenes poéticas desde lo cotidiano como por su precisión a la hora de transmitir esas sensaciones. Además, este inicio es como una declaración de intenciones desde las que quiere dar fe de su fortaleza. Esa mujer renovada que anuncia su primer poema, se declara preparada para aquello que haya de venir, “No tengo maleta ni planes de futuro”, se siente fuerte y nostálgica desde el yo actual, que no es más que la suma y la resta de todos los fuimos precedentes, “Cuánto ha de quedar aún en mí/del primer árbol/cuánto del sol que le dio vida, / cuánto…”. Esa visión de la realidad la conduce a asumir el paso del tiempo como un descubrimiento repentino, “Esta mañana abrí los ojos/y me miré al espejo, escudriñé mi cara/… y ahí estaban.”

A continuación vienen una serie de poemas que constituyen una reflexión personal sobre el mero oficio de escribir, una referencia a esas horas de ensoñación que nos trasladan al universo personal desde el que afloran versos inacabados y sobrevenidos, a una obsesión que a veces puede llevar a confundir vida y poesía, “Al oficio compartido de escribir,/ añado ahora éste de vivir/que tantas veces confundí/con otras cosas.” Ahora bien, la voz poética no duda en manifestar su adscripción a ese club en el que se ve la poesía como una meta vital, “Tengo la mala costumbre/de emborracharme cada noche/ con brebajes de poemas”.

Tras estas reflexiones un tanto endogámicas, comienzan una serie de poemas que van desde el amor verdadero al amor pasión, cuando no conviven ambos, “En un rincón oscuro/ de aquel bar de mala muerte/te comí la boca:/tu lengua poco hecha; /los labios, al punto.”

Después de servir esa tentación, en plato frío y con sabor a venganza, “Hay mordiscos que ya no son tan tentadores, /bocados que no saben tan jugosos, /lo sé bien.”, viene el desamor, la desconexión, los poemas de desengaño, “Agotado, al fin, el fuego/sólo queda la ceniza.”

La contemplación del amor como un afán monótono y vacío, vencido por el tiempo, como un “Lastre” del que desprenderse, “A qué tanto esto y aquello y lo de más allá, / si más allá no había nada…”. Sin embargo, eso no es óbice para experimentar nostalgia por lo perdido, algo recurrente en la poesía, sea el amor, la juventud o cualquier cosa que dejamos atrás, “A esos lugares que me son tan próximos/y tan remotos a la vez…/A ese vacío donde el eco de tu nombre/se hizo huésped.”

Los poemas de Sandra Sánchez se van sucediendo despertando en el lector emociones variadas, unos se impregnan de tristeza desde un paralelismo interior, desde un hecho aparentemente trivial, la lluvia, “Luce radiante, hoy, la lluvia/y a mi me gusta, /porque puedo llorar sin que se note.”, y otros de dolor, un dolor que emerge desde la soledad creadora, desde la que se trata a sí misma de usted, “Piense…/Dele el final que más le plazca/y luego quémelo. Hágame caso”.

En esa trayectoria vital por la que avanza el libro, hay un momento en el que nos muestra un absoluto escepticismo vital, “No es miedo a que la Vida me muerda/es miedo a que me muerda/y yo no sangre”. Ahora bien, esta especie de resignación no la impide apreciar y disfrutar las cosas que nos ofrece la vida por mucho que a veces se persiga cierta infelicidad, “Pero si hay un sitio peligroso y traicionero/es ese frágil/e inocente vaso de agua/que convive con nosotros”.

Son muchos los poemas de este libro de Sandra Sánchez que me llevan a la emoción, al encanto de verte seducido por unos versos, pero si tuviera que salvar solo uno, sin duda rescataría del olvido “B-SIDE me”, un poema genial donde Sandra expresa como nadie cómo la misma vida te va llevando, a medida que avanzas por ella, hacia lo pequeño, y te va alejando de lo grande. Y lo plantea con belleza formal desde una compleja sencillez que seduce instantáneamente al lector. Tiene un final, cuando menos, inquietante, “Esta noche toca fútbol con mi padre, /y ya ves, tantos años renegando/para acabar siendo los dos/-al final-/del mismo equipo.”

Será “Bajo la lluvia”, ante la tragedia de la muerte, donde comience a asomar la belleza última de las rosas muertas, “Ese rojo intenso/que brota de la herida/que aún provocan.”

Uno de los últimos poemas de “Una manzana en la nevera” nos desborda de ternura, la que Sandra Sánchez deja desprender de ese miedo a la vida, de ese miedo a la noche, siempre presente. Un poema, un “Aún”, que justifica esta despedida. Muchas gracias Sandra por este maravilloso libro.

“Qué quieres que te diga…

con todos estos años

que llevo en la mochila

sigo siendo esa niña

que se esconde debajo de la manta

y que aún

necesita que le dejen encendida

la luz de la mesilla

un día más.”

Juan Francisco Quevedo

 

 

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