AVELINO OREIRO-Unas cuantas décimas y otros poemas febriles-Juan Francisco Quevedo

AVELINO OREIRO

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles, AVELINO OREIRO

2018-Septentrión Ediciones

Avelino Oreiro es el nombre de un poeta de cuerpo y alma entera que por primera vez nos descubre su poesía pero, no nos engañemos, no estamos ante un advenedizo ni ante un poeta novel, estamos ante un poeta con años de lecturas y oficio a sus espaldas, ante un poeta maduro y en plenitud. Incomprensiblemente, por esas cosas del destino y las casualidades, ha permanecido inédito, refugiado en su guarida personal, hasta esta feliz fecha en que se ha decidido a desvestirse delante de los lectores para mostrarnos una poesía que trasciende de su ámbito particular.

Avelino Oreiro se acerca al mundo del papel impreso con un primer libro que lleva un título de lo más sugerente, “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”, y lo hace de la mano de una editorial joven pero de gran prestigio dentro del mundo poético, dirigida con indudable acierto, criterio y sabiduría por el poeta Carlos Alcorta. Nos estamos refiriendo a la editorial Septentrión.

Lo primero que se percibe al abrir el libro y comenzar a degustar los poemas iniciales es el dominio técnico y formal del autor; algo que el lector agradece de inmediato. Cada verso, cada acento, cada pausa precisa, contribuyen a resaltar la cadencia rítmica, la musicalidad evocadora de esa vieja escuela de siempre. Nos lleva por el poema como un maestro de baile lleva a los bailarines, marcando los tiempos con su vara, golpeando contra el suelo. Esa vara que hacía la misma función que el pie, en la poesía grecolatina, y que servía para marcar el ritmo del poema.

El libro se abre con un prólogo, rebosante de sapiencia, escrito por el poeta José Luis López Bretones que tras una pausada lectura nos conduce y sirve de guía para adentrarnos en estas “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”. Como bien indica el ingenioso título la mayor parte de las composiciones que nos encontraremos se corresponden con el clasicismo de la décima o espinela, estrofa a la que el autor se ha afanado con dedicación hasta demostrar en este libro un dominio envidiable de la misma. Estamos ante unos poemas que, como bien explica José Luis López Bretones, ya estaban concluidos hará unos diez años; más allá de las revisiones que haya podido hacer el autor de cara a la edición. Las páginas del libro se abren, además de con las justas menciones al padre y al prologuista, con una dedicatoria que hace justicia al verdadero artífice de que Avelino se decidiese a mostrarnos sus versos. Este hombre es el médico cordobés, nacido en su Lucena del alma, Francisco Bujalance. Parecen las de ambos vidas cruzadas, Avelino, gallego ejerciente y andaluz de corazón y Paco, mi hermano del alma, gallego de adopción y andaluz devoto.

Desde el inicio resuenan en los versos de Avelino Oreiro los ecos machadianos, profundamente humanos, que nos evocan sus poesías reflexivas. En el libro se abordan todos aquellos temas que, desde Homero, han conmovido al hombre, el paso del tiempo, la infancia, la soledad, el amor y la muerte. Son temas tópicamente universales que en la pluma del autor, con su perspicacia y sentido poético, trascienden el ámbito de lo individual para elevarlo desde lo personal con un fin, universalizarlo. Ese es uno de los grandes aciertos de Avelino Oreiro. Y lo hace alejado de las modas imperantes que pudiera haber, recurriendo a los metros clásicos y situándose por encima de ellas. Ello contribuye a que, sin duda, el oído menos dotado agradezca este gusto por el ritmo, por la métrica manía, por conferir una musicalidad envolvente a su lírica y, como dice el prologuista, luego serán los lectores los que “sabrán ajustar el oído al corazón y dejarse llevar por la melodía del verso”.

Pero no sería justo incidir solamente en la estructura del poema, que es impecable; los poemas del autor van más allá de lo estrictamente formal, ya que su poética es profundamente reflexiva y meditativa, con lo que consigue lo más difícil de lograr, un equilibrio encomiable entre ética y estética, entre fondo y forma, entre lo que se dice y cómo se dice.

Avelino Oreiro se aproxima al lector con la idea de hacer una poesía clara, diáfana y que pueda llegar sin ningún tipo de intermediación intelectual, lo que no hace sino acortar ese espacio, a veces insalvable, que nos lleva hacia el poema: “Llamaré al amor, amor, / al pan, pan, y al vino, vino”.

Nos encontramos ante un poeta al que como dice él mismo en su “Bosquejo de un autorretrato” le atrae la cotidianidad y dentro de ella la poesía más popular, es decir aquella que puede prescindir de los poetas: “Amo el zumo del dios Baco,/ la tarde, el bosque otoñal,/ la belleza impersonal,/ las tertulias y el tabaco;/ las pulgas y el perro flaco,/ las plazuelas recoletas,/ los viajes sin maletas,/ los soliloquios del mar/y la canción popular,/que es poesía sin poetas”.

Después, el libro se ve inmerso en una serie de poemas en los que la voz poética se adentra en esa soledad un tanto angustiosa, que parece casi existencial, y que el poeta la lleva pegada a su ser como si fuera un sino imposible de eludir, casi una predestinación: “Un recién nacido llora,/ grita su primer poema:/ Una soledad suprema/se inaugura en cada aurora”.

El paso del tiempo y la añoranza por lo perdido, bien sea la juventud, los amores, o cualquier otra de las muchas cosas que el hombre va dejando atrás por la vida, siempre es fuente de atracción e inspiración para los poetas y Avelino Oreiro lo refleja con su voz: “Calvicie en cuarto creciente/ -hojarasca en la bañera-, / vislumbres de calavera,/ bajo la arrugada frente”.

La infancia, como ese paraíso perdido del hombre, al que siempre se sueña con regresar, compone una décima entrañable, que rezuma ternura melancólica por cada uno de sus versos: “¿Dónde vi yo antes, dónde,/ dónde ese pelo yo viera/ -retazo de primavera donde el sol jamás se esconde?/ ¿Dónde yo lo viera, dónde/ -sobre ti tan retorcido,/ de oro niño entretejido-,/ dónde, me pregunto, dónde?/ (El recuerdo no responde,/ hecho, como está, de olvido)”.

El libro avanza firme y se adentra en territorios como el amor, el desamor y la pérdida. Se torna un quejido doloroso que, desde la serenidad, se emite con resignación: “No conozco el paraíso/ de un corazón de mujer. / Lo que se dice querer, / ninguna mujer me quiso. / Anillo de compromiso/ ha lucido mi anular/ varias veces; pero amar, / nunca nadie me ha amado. / (Soledades de un pasado, / que no deja de pasar)”.

Al cerrar el libro, uno se va con la sensación de haber paladeado poesía verdadera, poesía que rezuma sentimiento y emoción, poesía de siempre y concebida para siempre. En ella, continuamente resuenan los ecos de don Antonio Machado. Me despido con el poema que dedica a José Luis López Bretones, un poema donde estas sensaciones, estas voces, se vuelven más intensas: “No seré ni fui ni soy/ más que una nube que pasa/ en un tiempo que no casa/ con mañana, ayer ni hoy. /Yo vengo a la vez que voy/ y, acercándome, me alejo/ del reloj y del espejo, / del Edén y la Utopía. / En la noche duerme el día:/ Niño será quien fue viejo”.

Juan Francisco Quevedo

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SANDRA SÁNCHEZ UNA MANZANA EN LA NEVERA -Juan Francisco Quevedo

       SANDRA SÁNCHEZ

UNA MANZANA EN LA NEVERA

(2017)PIEDICIONES

“Una manzana en la nevera”, de la poeta ovetense Sandra Sánchez, se nos presenta como una tentación. Sandra se la ofrece a los lectores, envuelta en el universo de su mundo personal, como aquella fruta prohibida que Eva no se resistió a morder. Y así se avanza por el libro de poemas de esta autora, dando dentelladas a ese Edén que se encierra en sus versos. No hay temor al pecado original, bien al contrario, cada imagen poética es una constante invitación, una sucesiva sugerencia a progresar por la poética de esta autora que, con sus versos, nos redime precisamente de esa pena que nace con el hombre como sino de su origen.

El libro arranca con un pequeño poema en el que la voz poética parece encontrarse, al fin, a gusto consigo misma; tras un período de desorientación, se ha ido recomponiendo hasta conseguir encontrar cierta serenidad.

“He comprado un corazón

Y lo he armado con paciencia.

Me lo quedo, venía roto.”

Los primeros poemas no dejan de sorprender tanto por la facilidad para elaborar imágenes poéticas desde lo cotidiano como por su precisión a la hora de transmitir esas sensaciones. Además, este inicio es como una declaración de intenciones desde las que quiere dar fe de su fortaleza. Esa mujer renovada que anuncia su primer poema, se declara preparada para aquello que haya de venir, “No tengo maleta ni planes de futuro”, se siente fuerte y nostálgica desde el yo actual, que no es más que la suma y la resta de todos los fuimos precedentes, “Cuánto ha de quedar aún en mí/del primer árbol/cuánto del sol que le dio vida, / cuánto…”. Esa visión de la realidad la conduce a asumir el paso del tiempo como un descubrimiento repentino, “Esta mañana abrí los ojos/y me miré al espejo, escudriñé mi cara/… y ahí estaban.”

A continuación vienen una serie de poemas que constituyen una reflexión personal sobre el mero oficio de escribir, una referencia a esas horas de ensoñación que nos trasladan al universo personal desde el que afloran versos inacabados y sobrevenidos, a una obsesión que a veces puede llevar a confundir vida y poesía, “Al oficio compartido de escribir,/ añado ahora éste de vivir/que tantas veces confundí/con otras cosas.” Ahora bien, la voz poética no duda en manifestar su adscripción a ese club en el que se ve la poesía como una meta vital, “Tengo la mala costumbre/de emborracharme cada noche/ con brebajes de poemas”.

Tras estas reflexiones un tanto endogámicas, comienzan una serie de poemas que van desde el amor verdadero al amor pasión, cuando no conviven ambos, “En un rincón oscuro/ de aquel bar de mala muerte/te comí la boca:/tu lengua poco hecha; /los labios, al punto.”

Después de servir esa tentación, en plato frío y con sabor a venganza, “Hay mordiscos que ya no son tan tentadores, /bocados que no saben tan jugosos, /lo sé bien.”, viene el desamor, la desconexión, los poemas de desengaño, “Agotado, al fin, el fuego/sólo queda la ceniza.”

La contemplación del amor como un afán monótono y vacío, vencido por el tiempo, como un “Lastre” del que desprenderse, “A qué tanto esto y aquello y lo de más allá, / si más allá no había nada…”. Sin embargo, eso no es óbice para experimentar nostalgia por lo perdido, algo recurrente en la poesía, sea el amor, la juventud o cualquier cosa que dejamos atrás, “A esos lugares que me son tan próximos/y tan remotos a la vez…/A ese vacío donde el eco de tu nombre/se hizo huésped.”

Los poemas de Sandra Sánchez se van sucediendo despertando en el lector emociones variadas, unos se impregnan de tristeza desde un paralelismo interior, desde un hecho aparentemente trivial, la lluvia, “Luce radiante, hoy, la lluvia/y a mi me gusta, /porque puedo llorar sin que se note.”, y otros de dolor, un dolor que emerge desde la soledad creadora, desde la que se trata a sí misma de usted, “Piense…/Dele el final que más le plazca/y luego quémelo. Hágame caso”.

En esa trayectoria vital por la que avanza el libro, hay un momento en el que nos muestra un absoluto escepticismo vital, “No es miedo a que la Vida me muerda/es miedo a que me muerda/y yo no sangre”. Ahora bien, esta especie de resignación no la impide apreciar y disfrutar las cosas que nos ofrece la vida por mucho que a veces se persiga cierta infelicidad, “Pero si hay un sitio peligroso y traicionero/es ese frágil/e inocente vaso de agua/que convive con nosotros”.

Son muchos los poemas de este libro de Sandra Sánchez que me llevan a la emoción, al encanto de verte seducido por unos versos, pero si tuviera que salvar solo uno, sin duda rescataría del olvido “B-SIDE me”, un poema genial donde Sandra expresa como nadie cómo la misma vida te va llevando, a medida que avanzas por ella, hacia lo pequeño, y te va alejando de lo grande. Y lo plantea con belleza formal desde una compleja sencillez que seduce instantáneamente al lector. Tiene un final, cuando menos, inquietante, “Esta noche toca fútbol con mi padre, /y ya ves, tantos años renegando/para acabar siendo los dos/-al final-/del mismo equipo.”

Será “Bajo la lluvia”, ante la tragedia de la muerte, donde comience a asomar la belleza última de las rosas muertas, “Ese rojo intenso/que brota de la herida/que aún provocan.”

Uno de los últimos poemas de “Una manzana en la nevera” nos desborda de ternura, la que Sandra Sánchez deja desprender de ese miedo a la vida, de ese miedo a la noche, siempre presente. Un poema, un “Aún”, que justifica esta despedida. Muchas gracias Sandra por este maravilloso libro.

“Qué quieres que te diga…

con todos estos años

que llevo en la mochila

sigo siendo esa niña

que se esconde debajo de la manta

y que aún

necesita que le dejen encendida

la luz de la mesilla

un día más.”

Juan Francisco Quevedo

 

 

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ROLLING STONES-DE NUEVO EN LA CARRETERA-Juan Francisco Quevedo

ROLLING STONES-DE NUEVO EN LA CARRETERA

La nueva gira europea que acaban de iniciar estos septuagenarios y multimillonarios músicos de rock es la excusa perfecta para recordar su extensa trayectoria. Esta es la leyenda del grupo más grande y, desde luego, más longevo de la historia.

Cuando Keith Richards y Mick Jagger fueron juntos a la escuela primaria aún no soñaban que se reencontrarían unos cuantos años más tarde, en 1960 y ya con pantalón largo, en una estación de metro de la capital inglesa. Jamás imaginaron que esa casualidad les llevaría a fundar con el tiempo los Rolling Stones. Tras un par de años deambulando por los garitos londinenses, tocando y cantando en pequeños grupos, escucharon a la banda que lideraba un muchacho llamado Brian Jones. Una pequeña charla entre ellos sirvió para dar forma y vida a los Rolling Stones, nombre surgido de la mente de Brian tras escuchar la canción de Muddy Waters, Rollin´Stone. Tras una gira interminable por bares y locales donde tocaban por nada más que lo que pudieran beberse, en enero del 63 se les unió el batería Charlie Watts, el impávido y anacrónico miembro de la banda.

Será precisamente ese año cuando el grupo despegue definitivamente; curiosamente el mismo año en el que se encuentran, tal vez como almas gemelas, en el Festival de Newport, Bob Dylan y Joan Baez, formando la pareja más envidiada del universo hippie.

Pero, en este año de 1963, hubo más música y más encuentros afortunados que en aquel festival folk. De hecho la gran explosión, tanto musical como social, se produjo con los Beatles. En su imparable carrera hacia el Olimpo llegan al número uno en Inglaterra con el tema “She loves you” y, por fin, sueltan amarras, dirigiéndose a toda máquina, para abordar definitivamente el gran mercado americano. Curiosamente, los muchachos de Liverpool están a punto de fabricar la melodía que daría el primer éxito a otro grupo con el que acabarían rivalizando, con The Rolling Stones, con los niños malos de la historia del rock. Sin ese acto de inconsciente generosidad la historia del rock hubiera sido otra.

Cuentan los hagiógrafos de los Beatles, aunque por su inagotable creatividad es fácil de creer, que Lennon y McCartney se encerraron durante unos minutos en una habitación y salieron con la base, regalada a los Stones, de lo que sería el primer gran golpe rítmico del grupo, “I wanna be your man”. Tal vez, de haber sido cuatro artistas más o menos aventajados y de haber sabido las consecuencias de aquello, no lo hubieran hecho pero, desde luego, no eran mediocres y, por otro lado, es fácil entender que estuviesen muy por encima de aquella puntual circunstancia. Puntual pero crucial, ya que tuvo una gran importancia en el desarrollo posterior de la música rock.

Curiosamente, de aquellos casuales lodos surgieron estos “cantos rodados”, los cuales deben su nombre, como dije, a una canción del memorable músico de blues Muddy Waters y no, como pudiera pensarse, al posterior himno dylaniano de título casi similar. Lo verdaderamente paradójico es contemplar cómo llegan a la fama justamente de la mano de aquellos a quienes más los contrapondrán y enfrentarán. Cosas como éstas nos hacen pensar en aquello de que el destino ya está escrito en las estrellas.

Estos peligrosos Stones que, sin tardar, harán de los Beatles unos niños buenos, aunque por poco tiempo, no van sino a comenzar una de las carreras más brillantes de la historia de la música moderna, aunque quizás la hayan prolongado demasiado tiempo. Sin embargo, en Estados Unidos, si creemos a la revista Cash Box, no llegarán a lo más alto de las listas hasta el 65, de la mano de “Satisfaction”. Después, no hicieron sino acrecentar su leyenda negra que culminará en el festival de Altamont, y que se unirá a la fama despiadada y violenta de los Ángeles del Infierno, ejemplos paradigmáticos de una estética y un espíritu matón y desafiante. En el festival de Altamont, los Rolling Stones presentan su disco “Let it bleed”, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba “Simpathy for the devil” y la brutal presencia, en el servicio de seguridad, de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nunca nada volvió a ser igual.

A este mítico grupo hay que reconocerle, sin embargo, que en estilos tan diametralmente opuestos a sus orígenes, incluso tan opuestos a sus salvajes y satánicas estampas, ha sabido adaptarse y dotar de calidad hasta la música más comercial; baste como ejemplo los temas “Star me up” y “Emotional Rescue”. Esta música discotequera, odiada por los rockeros más puros –los más próximos al heavy-, fue definitivamente dignificada por unos Bee Gees que, tras su glorificado “Massachussets”, parecían andar erráticos, entre canguros y koalas, hasta que se reencontraron, por el amarillo camino que lleva al arco iris, con el falsete, con el denostado falsete. Junto a la “Fiebre” más bailable-“Stayin`Alive”- de Tony Manero, el muchacho de los inacabables cuellos de camisa y perenne peine en el bolsillo trasero del pantalón, compusieron grandes baladas –“How deep is your love”- que no han hecho más que dar alpiste y pisto a su carrera. Fue una pena su estética hortera y caduca, a medio camino entre el último Elvis y el mayor macarra de cualquier lugar.

Pero volvamos al padre nominal de los Stones, volvamos a este maestro de músicos que atiende por Muddy Waters. Este viejo bluesman, que ya en los cincuenta triunfara con una canción, “Hoochie Coochie Man”, compuesta por el contrabajo del grupo, Willie Dixon, es uno de los grandes artífices en abrir brecha y posibilitar, magistralmente, el camino que ha de recorrer el rhytm and blues para convivir y derivar en el rock de los sesenta. Este sendero lo recorrerá sin renunciar a su esencia –“I got a rich man´s”-, sin renegar de ese antiguo riff de guitarra, íntimo y doliente, que como en una jaculatoria se lamenta hasta conseguir estremecernos. Poco a poco, en su carrera hacia una modernidad respetuosa con las raíces, va añadiendo elementos, con la maestría de los elegidos por el soplo de la inspiración, hasta hacerle identificarse con un blues más urbano y refinado. Podemos decir de él que fue un músico que supo tocar a tenor de los tiempos en los que estaba, pasando, de igual modo, por el clásico Teatro Apolo de Nueva York que por el Festival de folk y jazz de Newport, sin olvidarnos de su presencia en el primer gran macrofestival de la historia, el Festival de Monterey.

Entre estos barrillos se fueron conformando los lodos que darían lugar a los más grandes entre los grandes, los, por tanto tiempo, impresentables Rolling Stones. Poco después de su lanzamiento y de su primer gran éxito se convertirán en algo más que un simple grupo de rock; representarán una nueva forma de vida, acorde a los nuevos y airados tiempos, encarnarán una rebeldía que manifestarán en su estética descuidada, en sus greñas amontonadas y en su manera de estar encima de un escenario, volcados encima del público y completamente descoordinados, haciendo cada cual lo que más le place. Hasta la carga sexual de Mick, el verdadero estrellón del grupo, en todos sus contoneos, irrita a una sociedad establecida en las viejas normas, incluso de los nuevos cantantes. Ese rechazo por las viejas estructuras incluso lo experimentan en su propia casa de discos –Decca-, pero para ellos parece ser que no es más que la señal de que van por el buen camino. El inconformismo es su bandera, junto a la independencia creativa, y en su radicalismo primario recuerdo como contestan el “Let it be” –Déjalo estar- de unos Beatles al borde de la separación con un L.P. de título significativo, “Let it bleed” –Déjalo sangrar-.

Además, y junto a Muddy Waters, admiran, maman de sus entrañas y reinterpretan a Chuck Berry, al igual que les ocurre con Jimmy Reed o Bob Diddley. Estas influencias hacen de Jagger un cantante con un gran talento para el blues, en especial para el blues lento y apasionado donde, con su voz única, aunque no extraordinaria, retuerce con sus inflexiones la melodía, llegando a un semifraseo pronunciado, enérgico y envolvente. Si a ello le añadimos que estamos ante el mejor “performer” del rock, lo demás sobra, si bien es de justicia señalar que nunca cantará tan bien como el cantante blanco de voz bluesera más negra, Eric Burdon –“Bring it on home to me”-.

Más tarde, poco después, cuando crezcan y se hagan grandes compositores, serán ellos los que serán reinterpretados, como pasa con los artistas verdaderamente consagrados, e incluso, excepcionalmente, llegarán a superarles en sus versiones, tal y como pasa con su hermosa canción “Ruby tuesday” que, en la contundente y desgarrada voz de Marianne Faithfull, se hace inmensa en su lirismo roto.

“No sé si es diosa o mujer, pero me parece la misma Venus”. Geoffrey Chaucer (Cuento del caballero)

 Entre las grandes canciones interpretadas por sus creadores perviven grandes versiones; sirvan de muestra recreaciones como las que Nina Simone hace del “Here comes the sun” de Harrison o del “Just like a woman” de Dylan. Incluso hay versiones, como la que hizo James Taylor de “You´ve got a friend”, que nos hace olvidar a su bella compositora, Carole King.

Los Stones fueron un grupo salvaje y desbocado –“Wild horses”-, en el cual tan solo Charlie, el elegante batería de la banda, el hombre discreto y músico talentoso, el caballero amante del jazz y de Skinnay Ennis, se ponía, con su porte impecable, a salvo del naufragio de desenfreno en el que se vieron envueltos durante casi veinte años. Después, Mick, el cerebro contorsionista del grupo, el juglar moderno por excelencia, a sólo un paso -nunca llega a darlo- de la bufonería más medieval, se convertiría, con la fe de los conversos, a la macrobiótica y al jogging. Ver para creer. Charlie tal vez fuera, en realidad, el contrapunto sosegado a ese icono de la modernidad, a esa guindilla, con fuego en el trasero, de Mick, y a la incontrolable desmesura -nunca extinguida del todo- del guitarrista, el gran superviviente de todo tipo de excesos, Keiht Richards. Verdaderamente los dos parecían haber nacido en la cola de una violenta tormenta-“Jumpin´Jack Flash”-, al son de los acordes de la guitarra más característica de la historia. Con sólo oír el bruñir primario de sus cuerdas sabemos que estamos ante ellos; no es preciso ni, tan siquiera, nombrarlos.

“Nací en el huracán de un tiroteo, /y gemí en brazos de mi madre bajo la lluvia de la tormenta.” Rolling Stones (Jumpin´Jack Flash)

No cabe duda, aquella música bestial, alocada y apasionada, como los poemas de Byron y Pushkin, nos absorbía provocándonos “movimientos del alma”. Y no sólo fueron los Stones, fue la época a la que pertenecieron, una época durante la cual la música, fuera de Dylan –Agamenón- o de su porquero, era una bandera tras las que se iba a la búsqueda de la verdad, por muy efímera y subjetiva que fuese.

Sea como fuere, estamos ante una gran banda, una banda fascinante, creadora de una puesta en escena trovadoresca y con un directo arrebatador y brutal. Aquellos, allá por el 71, que pudieron asistir -o incluso aquellos que, como yo, hemos visionado la grabación- a alguno de los conciertos de aquella memorable gira, sabrán de lo que estoy hablando. Ver, y oír, abrir un concierto con las sorprendentes y metálicas notas de “Honky tonk women”, con un Mick entregado a la causa y un Richards absolutamente pasado, envuelto en el humo de su propio cigarrillo, es como transportarte hacia un futuro desconocido. Tras un reguero de canciones, en medio de una improvisación aparentemente casual, se enlazaba con los primeros acordes del tema señero del grupo, “Satisfaction”, envolviendo al público en una hipnosis admirativa e inolvidable. Después, ya sólo quedaba vivir para contarlo aunque, quizá, para verlo, y vivirlo con la misma emoción, haya que retrotraerse en el tiempo hacia aquella época y tener unos cuantos años menos. No en vano la edad nos anquilosa los sentimientos y nos congela la sonrisa. A mí, con el tiempo, y a pesar de toda la carga de escepticismo socarrón que llevo a cuestas, me afloran impresiones encontradas, recordándome las palabras de Unamuno: “un hombre de contradicción y de pelea…, uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida.”

De los miembros del grupo, al bajista, por haber sido siempre invisible, me lo salto, pero no osaré hacer lo mismo con el mitificado por la progresía de la época, como todas las estrellas que mueren jóvenes y trágicamente, Brian Jones, un Stone que algunos, tal vez demasiado cercanos, quisieran hacernos creer que nunca hubiera existido y que nunca hubiera tenido ninguna trascendencia en el primer devenir del grupo.

Por entonces, en el 71, Brian Jones ya no estaba ni con los Stones ni en este mundo. El 68 fue un año convulso, también para la historia del grupo. Durante ese año los gurús de la banda, es decir Jagger y Richards, habían adquirido peso específico y ya tenían medio decidido dejar fuera de la misma a Brian. Éste estaba totalmente ido, tal vez más, aunque parezca imposible, que los demás y, en esa envolvente semi-mística, se debatía interiormente entre la filosofía hindú y las pipas de Kif que, antes, mucho antes, ya hicieran visionar la muerte al inmenso literato, y extravagante personaje, como diría de él el general Primo de Rivera, de las barbas de chivo, al viejo cascarrabias que se paseara por Madrid, según la leyenda fomentada por él mismo, con un león. Y no con un león cualquiera sino con uno capturado en la selva mexicana –algo completamente imposible-, al que llevaba en el cabo de una correa tirada por su mano. Una mano que, por cierto, perdió al recibir un bastonazo, y clavársele el gemelo del puño en la carne. Una discusión, sobre un lance insignificante, en la que llamó majadero a su oponente, mientras empuñaba una botella de agua, a modo de garrote, fue el fatal desencadenante que dio lugar al mandoble mutilador. Y es que don Ramón María era así, un tanto peculiar e irascible. Su presencia espectral le persigue, como una sombra cosida a sus botines sin cordones y a su literatura, más allá de la muerte.

“Tiembla en la luz acuaria del jardín; /y va mi barca por el ancho río/que separa un confín de otro confín.” Ramón María del Valle-Inclán (La pipa de Kif-Rosa de sanatorio)

Por aquel entonces, Brian Jones, en su alucinada existencia, poco creía deberle a la vida y poco creía deberse a sí mismo, quizá, lo único, un anhelado viaje a Marruecos, inspirado sin duda en las referencias de Paul Bowles y Burroughs. En este último suspiro vital, el ex guitarrista de los Stones se prendó locamente de una música distinta a la que, hasta entonces, había escuchado, la música étnica y primitiva de los “Virtuosos de Jajouka”, unos hombres enigmáticos, descendientes, a su vez, de generaciones de músicos que nacieron adorando al santón Hamid Sherk, profeta del Islam. Estos personajes, predestinados desde la cuna, no saben hacer otra cosa que tocar y tocar de manera compulsiva. Tocan continuamente y las notas se desparraman por entre la humareda que desprenden las pipas de Kif. Siempre suenan, y nunca se cansan, los mismos ritmos ancestrales, los mismos que llegaron hasta ellos a través de las desgastadas manos de sus antecesores. Todos los pueblos que se extienden en sus dominios se ven permanentemente inundados por el sonido de sus rhaïtas –similares al oboe-, acompañadas por el resonar de los tambores. Podemos asegurar que lo último que Brian Jones hizo, antes de aparecer muerto en una piscina –al igual que Moon, el potente batería de los Who-, fue grabar a estos músicos legendarios y, de alguna manera, darlos a conocer. Descanse en paz. Descanse tras yacer y cruzar aquella piscina, transformada en su Aqueronte particular, e ingresar directamente en los Infiernos, bajo la mirada atenta del Iris -como no podía ser menos- de siete colores. Ya nunca regresará, ya nunca lucirá su cuidada melena rubia, bajo un sombrero, reposando sobre las pieles felinas de su abrigo. Esta última imagen, impresa en una vieja fotografía, es el recuerdo que en mí más vivamente ha prendido. No sé por qué.

“… y siete veces más cansado del duro pacto/de excavar cada víspera una nueva fosa/

en el terreno avaro y yerto de mi cerebro/sepulturero sin misericordia para la esterilidad”. Mallarmé (Cansado del amargo reposo)

Mick, Keith y Charlie aún siguen ahí, como si nada, con los achaques de la edad acechándolos y con los recuerdos de aquellos tiempos, para algunos inmemoriales, en los que vivían en la inopia de una juventud idealista y maldita, ubicada en el infierno, lleno de iluminaciones, de Rimbaud, y en los paraísos artificiales, dentro de la brujería evocadora de Baudelaire.

“Yo conozco los cielos rompiéndose en destellos, /las trombas y las resacas y corrientes: y la noche conozco,” Rimbaud (El barco ebrio).

En cualquier caso, estos, digamos con sarcasmo, despojos pretéritos, y un tanto remotos, con el marchamo de envejecidas viejas glorias, hinchadas presuntuosamente por un pasado brillante, sirven para testimoniar el sufrimiento desvencijado de aquello que nunca pudo ser. Tal vez, como Rimbaud, debieron evaporarse sin más y dejar su obra, como, desde su alquimia del verbo, el poeta dejó, con apenas dieciséis años, estos enigmáticos versos. Y, luego, se dedicó, simplemente, a traficar con esclavos. Sin embargo, prefieren pasear su afonía un tanto cascada y agónica por los escenarios y caerse de cabeza de elementales cocoteros que se levantan en paraísos fiscales, ya nunca más artificiales. Y si no que se lo digan al guitarrista que ya de viejo se cayó de uno de ellos.

– Keith, ¿qué carajo hacías, a tu edad, encima de un cocotero? –seguro que le preguntaron al miembro de los Stones, perplejos, sus hijos, mientras se recuperaba en un hospital del derrame cerebral sufrido tras la caída-.

Es de justicia pensar que más dignamente acabaron otros, sin necesidad de morirse, y podemos pensar que, incluso, más dignamente acabó un dudoso caballero, pero con cierto estilo, como La Voz, dicen, más mafiosa de América. Salve, Frankie. Ya, por fin, te he dicho algo verdaderamente estúpido. Y es que Frank, al fin y al cabo, siempre representó el mismo papel. Nunca engañó ni a sus seguidores, ni a sí mismo. Siempre fue un canalla con clase, de esos que tanto gustan, aunque de lejos.

Y ahí están otra vez los Stones, parece que en plena forma y no como esas viejas estrellas gordinflonas que pasean sus kilos por los escenarios con sus viejos temas de siempre. Pudiera parecer que el tiempo no ha pasado, pero vaya que si ha pasado; no hay más que ver sus caras. Y su voz, la voz de Mick que, sin embargo, parece seguir moviéndose y contoneándose como siempre, con esa electricidad discontinua tan característica en su persona. Keith, permanece amarrado a su guitarra, deambulando por el escenario como un zombie místico mientras que Charlie sigue como siempre, manteniendo vivo su pacto con el diablo, como si fuera un hierático y elegante batería de un club de jazz antiguo.

En fin, disfrutemos de esta banda, aunque ya esté un poco carcomida por el tiempo, un tiempo que bien pudiera haberles sobrepasado. Como a tantos.

Juan Francisco Quevedo

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HILARIO BARRERO-BLENDING- Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

BLENDING

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Querido Hilario, al abrir el sobre donde venía tu “Blending” y al verlo he sentido una profunda emoción. Una edición cuidada y primorosa, como siempre acostumbras. Después he explorado sus páginas en las que el sentido del humor flota a manera de recibimiento en ese se agradece la reproducción “hasta por señales de humo” y, también, a manera de despedida, aunque con un humor más irónico, con esa dedicatoria “Al confesor y la pregunta temida: “¿Cuántas veces, hijo mío?”.

Muchas gracias por este libro que desborda sensibilidad y emoción en todas sus páginas, en todos sus poemas. Reproduzco el poema que da título al libro, “BLENDING”, donde haces un paralelismo maravilloso entre esos ojos que se abren cuando todo está por descubrir, uno ojos que se asombran ante el insospechado color que aparece al mezclar el azul y el amarillo y esos ojos que aún ignoran las incertidumbres de la vida, reflejadas en un negro que acabará por dejarnos ciegos. Espléndido libro de un poeta que no deja de maravillarme, de emocionarme desde un lirismo verdadero y lleno de contenido. Muchas gracias Hilario.

BLENDING

Descubrir el amor,

escuchar el aullido de la muerte

y ver por primera vez el mar

es como cuando un niño

descubre que azul sobre amarillo

se torna verde luminoso

y no sabe todavía que el negro

es un carbón ardiendo en sombras

que algún día le quemará los ojos.

 

 

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ÁNGELES MORA FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA -Juan Francisco Quevedo

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

 

Como bien saben los que tienen la gentileza y la paciencia de leerme, no soy un crítico literario, pero sí soy un lector muy crítico; de esos que simplemente hacen crónicas de sus lecturas favoritas, lo cual, según algún amigo bienintencionado sólo me proporcionará buenas vibraciones y pocas discusiones. No puede ser de otra manera porque para mí, no forma parte de la exigencia de un trabajo, sino de un impulso literario que me lleva hacia esos libros que pasan a componer mi biblioteca sentimental, y no precisamente esa, cada vez más copiosa, de libros leídos y olvidados, sino aquella en la que sólo están los que son gratamente recordados. El libro de Ángeles Mora es de los que dejan huella, de los que permanecen en la memoria del lector y forman parte de ella para siempre. Al menos, de la mía. Por lo tanto no es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por ello es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos

La poesía que se desprende de Ficciones para una autobiografía penetra en nuestro ánimo con una pulsión rítmica serena, con la autenticidad de su propia experiencia-como no podía ser de otra manera con ese título-, destilando, desde la alquitara de la vida y de la creación literaria, como meta inexcusable, verdad en cada verso. Otra de las grandes virtudes de esta autora es poseer la suficiente lucidez como para no dejarse arrastrar por la autosatisfacción del hermetismo hasta el extremo de hacer de la poesía un paraje indescifrable. Ángeles, con su obra, nos sumerge en la cotidianeidad de su vida, nos introduce de lleno en ella con su verdad, a veces con la poética, que bien es cierto que se confunde con las otras que hay en ella hasta no diferenciarse. Uno tiene la sensación desde el primer poema de estar ante un libro que perdurará más allá de ese primer impacto de su recorrido. De hecho, estamos ante un libro que, en mi opinión, comienza a superar la inmediatez de la publicación para instaurarse entre lo duradero. Estamos ante una poesía en la que sus versos huyen de la metafísica de los fuegos de artificio, tan llamativos pero tan vacuos; parten de sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y sinceridad, confiriendo, a su vez, una gran serenidad al lector, llenándole de paz. Es una poesía capaz de conmover desde la autenticidad, capaz de pulsar en el lector esas fibras sensibles que estimulan las emociones más profundas. Y al activarlas, consigue convertirlo en su cómplice y con sus versos enredarlo y, desde ellos, seducirlo. Os invito a que me acompañéis en esta crónica por la poesía de Ángeles Mora y sus Ficciones para una autobiografía.

Compré este libro hace algún tiempo, a comienzos de verano creo recordar, en la librería Dlibros que mi buen amigo Adolfo Cayón tiene en Torrelavega y desde la dedicatoria a su gongorino Juan Carlos, me sedujo. Es más, no sé si imaginarlo, como a Polifemo, arrancando un pino de cuajo y usándolo de cayado cada primavera.

Entiendo que Ángeles asume mucho, sino todo, de la voz poética, incluso las ficciones; se nos presenta “a destiempo” desde el primer poema, cuando recuerda su llegada al mundo con esa espontaneidad cotidiana que hoy se ha perdido para siempre; es decir, la que ya nunca se halla en los hospitales. Sólo se podía encontrar en aquellas casas de antes, de antes de que se impusiera parir en la asepsia, tanto en su acepción más higiénica como en la más metafórica, aquella que alude a la falta de calor humano. Nació esa Nochevieja, llorando, como todos, en un llanto convulso y recibió el año dormida. En el segundo poema, en los “retazos” de este preámbulo hace toda una declaración de intenciones y aunque diga tener pocas cosas que guardar, ella sabe, saben los poetas de lo cotidiano, que no es así.

La primera parte del libro “¿Quién anda aquí?” comienza con un poema de igual título, en el que da la impresión de que la inspiración asalta su pensamiento con sigilo. Es como su otro yo, que siempre la acompaña y ante el que hay que estar atento para escucharlo antes de que se difumine: “A veces una ráfaga suya pasa/como un fulgor felino, /una estrella fugaz/perdiéndose en lo negro”. Toda esta parte desborda serenidad desde el quehacer diario, desde el recuerdo de una infancia que siempre es utilizada por Ángeles como vehículo de conocimiento: “Caperucita, /ni está mamá/para contarte el cuento/de las migas y los pájaros. /Tampoco el de los niños y las fresas”. La mujer que es hoy recuerda desde la nostalgia el tiempo de aquella juventud en la que se entregaba en la noche a la lectura, a la búsqueda de un conocimiento que le permitiera llenar las cuartillas en blanco: la poesía. Con el día retornaba de ese paraíso a la realidad de la cocina y de la escoba: “Los hombres no barrían la casa, /mi hermano entraba poco en la cocina, /yo hacía la mayonesa/o limpiaba el polvo para ayudar: /de día”. La metaliteratura impregna todo el libro desde multitud de imágenes pero en el poema “La soledad del ama de casa” la poesía de Ángeles Mora trasciende el quehacer literario para adentrarse en el lirismo más hermoso, desasosegante en ocasiones,  pero cargado de belleza siempre. Cuando todo parece perdido, es cuando aparece el poeta: “Y sin embargo/se te abren en la boca/las palabras que nunca pronunciaste, /listas para caer/justo hacia el otro lado del silencio”.

La segunda parte, “Emboscadas” se abre con un poema que nos advierte de los peligros de esos deslumbramientos detrás de los cuales, superado el impacto inicial, sólo hay una rotunda vacuidad. Persigue en esta sección la búsqueda del poema, lo persigue hasta el dolor, aunque sea para “arrastrar sus miserias”: “… Recogerlas-aunque duelan- /es mi tragedia/de chica sentimental de clase media”. Prosigue en una indagación lectora que la hace renegar de lo que la distraiga, de todo aquello, como el ordenador, que pueda anular el entendimiento. Otras veces aborda, desde las labores diarias, el proceso creativo, la inspiración creadora que, como una pulsión, te asalta y prontamente transcribes porque “escribir es un vicio que nunca se detiene”.

La tercera parte es una llamada tranquila a disfrutar de la vida, en una variante que nos lleva del tópico del “Carpe diem” a otro tópico horaciano, al “Aurea mediocritas”. Se trata de aprovechar el tiempo desde esa dulce monotonía que nos proporciona la vida diaria. Prosigue el libro con ese deslumbramiento cual es el descubrir versos que guíen nuestra conciencia, haciendo nuestras las palabras que van conformando nuestra existencia: “Germinan bajo tierra/donde la historia, poco a poco, /esparce sus semillas. /La tarde arroja en los caminos/melancolía”. Hay un poema que, desde la sencillez expresiva, como es el tono habitual de su poesía, rebosa felicidad, “Cumpliendo años”. Ángeles Mora llega a ese dominio del lenguaje poético a través de la mayor de las complejidades, llenar de autenticidad a sus poemas sin perder un ápice de lirismo: “Y el calendario va colgando sus días/como las cuentas de un collar en el hilo del tiempo”. En esa “guarida azul”, donde se imbuye de lecturas, papeles y versos, de pensamientos y metáforas se siente feliz. Y es allí, en su refugio idealizado, donde atraviesa el espejo y accede al otro mundo, al de la creación literaria: “Pero existe un destino que sólo se conquista. /Un espacio de sueño y desafío/para escribir lo nuevo”.

La cuarta parte del libro se inicia con “El ayer”, donde se desdobla en los muchos fuimos que han deshecho su figura. Es una traslación muy curiosa realizada a la inversa, en un holograma deforme de sí misma. Los primeros poemas parecen intuir un miedo al futuro; navegan en la incertidumbre de lo que nos espera: “La alegría más alta/siempre esconde una sombra/invisible, /agazapada, de tristeza”. Hay poemas en los que el afán de trascender se manifiesta con gran belleza; entiende el quehacer literario como “El polen esparcido por la abeja/tiene misión de vida”.

La última parte del libro, “El cuarto de afuera” se inicia con una alusión muy velada a ese final del camino donde se recuerdan las ausencias cuando “las rojas hogueras ya tiritan”. Prosigue esa búsqueda inacabable por conocerse a sí misma, valiéndose de la mirada turbadora de la infancia, enfrentándose a las sombras que la vida pone a su paso: “Ahora, desde el cuarto de afuera/de mis años perdidos, /te veo caer otra vez”.

Al cerrar este libro que durante meses me ha acompañado, y al que sé que retornaré de cuando en cuando, me entra una nostalgia prematura, aquella del que sabe lo que añorará nada más perderlo. No se esfumará por la alcantarilla de la memoria; ahí estará esperándome, como un buen amigo, para desprenderme de esa añoranza. Me sé conmovido por el destello que ha provocado la buena poesía de Ángeles Mora en el interior de este involuntario interlocutor, de este lector que, desde ese fulgor preciso, inherente a la palabra poética, se ha elevado por encima de los límites de lo racional. Me he encontrado de frente con una poeta y una poesía que actúa con inmediatez, sin necesidad de hacer ningún ejercicio intelectual para sentirla, como escribiese José Ángel Valente, con una poesía que hace que nos convierta en sus aliados permanentes durante este viaje literario. Un viaje del que, como pasa con los libros que nos alcanzan, nunca desertaremos. Una lectura no sólo recomendable, sino inexcusable para todos los amantes de la buena poesía.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

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JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

Como digo siempre, yo no soy un crítico literario pero sí soy un lector muy crítico. Además, de los que sólo comentan algunas de aquellas lecturas que realmente le han provocado emociones verdaderas. Eso hace que nunca escriba crónicas rutinarias, como tantas veces vemos en tantos lugares, como tantas veces vemos en tantas críticas confeccionadas al hilo de las prisas, cuando no del encargo y la obligación. Y este “Canto de gorriones” es de los que te mueven y conmueven las entrañas al desenredarlo. Su autor, José Luis Muñoz Sáez, nacido en Madrid en 1961 es un poeta cierto, un poeta al que, como dice en la solapa, hay que buscarlo “en las orillas de sus libros; firme, cumplido, altivo entre los álamos”.  Sin duda, nos encontramos ante un hombre que ha explorado su yo más íntimo a través de las más variadas técnicas poéticas; es un poeta que domina este arte como pocos, con maestría, oficio y sentimiento, dando lugar a composiciones hermosas, invadidas por un lirismo sereno y apacible que logra conectar con el lector en ese terreno tan complicado que gira en torno y alrededor de los sentimientos. El libro no sé si guarda un orden cronológico en cuanto a la aparición de las composiciones aunque, desde luego, sí parece responder a una cuidada y selecta colección de poemas realizada en diferentes etapas de su vida y agrupados en diferentes bloques temáticos.

El dominio del verso y el gran sentido musical de José Luis Muñoz presiden un Canto de gorriones que más se nos antoja de ruiseñores. La variedad métrica del libro es evidente, pudiendo saborear sonetos clásicos, junto a romances octosilábicos y una serie de composiciones que, nutriéndose de la tradición, sorprende por su gran fuerza expresiva.

Esas “Primeras poesías” se abren con tres romances y un soneto excepcionales, de corte clásico y lenguaje cuidado con lo que recoge la tradición, heredada a través del veintisiete, y lo convierte, en su voz, en un discurrir lírico fascinante: “-Corazón ayer sonoro, /di, ¿quién te quitó la pena?/ Las rosas que no quisiste/espinas de amores llevan”.

En sus “Segundas poesías” el cuarteto endecasílabo rimado predomina y, como sucede a lo largo del libro, el poeta nos muestra su predilección por esta estrofa. Y será con esta técnica con la que nos ofrezca una sabia y delicada “Receta para soñar”: “Sírvase, con las manos de la mente, /en el vaso del alma soñolienta, /luz y sombra, calor y viento leve/ de ese abril ya futuro en que se sueña”.

En la tercera parte del libro, “Pintar un cuadro” el poeta pone música al verso y al cuadro, ubicado en los pinceles y en la paleta de un estilo pictórico y así en “Impresionista” no podemos sino dejarnos llevar por la evocación de esa luz mediterránea que se desprende de los lienzos de Sorolla: “La brisa trae aromas de salitre. /La espuma de las olas se derrama/en blancos algodones despintados/que inundan las arenas de la playa”.

Vamos progresando en la lectura de unos poemas agrupados con criterio en diferentes secciones hasta llegar a “Melancólicas”, donde el poeta suspira por lo etéreo, a veces por ese eterno femenino que dijera Goethe y como Fausto redimirse por el amor de Margarita:“… al cielo nos conduce el eterno femenino” Goethe(Fausto-Acto V).

“Algo que huele a sol perfuma el alma/de ignotos y exquisitos oros nuevos. /Dame, mujer, tu aroma, que en la nada/está lo sustancial, lo azul, lo neto”.

El libro sigue progresando y abriéndose camino entre “Realidades” y “Miradas” para conducirnos a la particular mirada que el poeta realiza al amor, al que homenajea con esa musicalidad que sólo nos da la inspiración, el sentido poético del ritmo y la solidez cultural del que se enfrenta a la soledad del acto creativo: “Y de tu risa; rosas, madreselvas, /fragantes mariposas de romero, /perfumes de geranios infantiles/a la orilla naciente de febrero”. Cuando el poeta se mueve en el terreno de los sentimientos, cuando siente la pérdida de aquello que se ama, no es ajeno al “Llanto”: “Te has ido para siempre/al mundo más lejano. /Sin ti mi vida es nada, /sin ti, mi amor, soy llanto”.

Más tarde, la voz poética se torna melancólica; es tiempo para la añoranza, para girar la vista al pasado, al tiempo del descubrimiento: “Caen las palabras. /Entre azules sedas/las bocas duermen y los labios lentos/de la nostalgia se desnudan. Solo/los ojos saben el vibrar del sueño”.

Reminiscencias y ecos machadianos inundan este “Canto de gorriones” cuya filosofía se impregna del sentir del poeta del noventa y ocho, de esa poesía de la claridad, de esa poesía meditativa que todo lo abarca, que con todo emociona: “Sé rebelde y constante. De tu aliento/nacerá junto a ti la flor de enero/más allá del más puro pensamiento”.

Hay un sitio entre los versos para la tierra, para esa Andalucía de sus ancestros, para esa Castilla de “polvo sudor y hierro”, para ese Madrid castizo que le viera nacer: “Qué ignota lejanía la del sauce/con voz de caracola. /Llueve, y en Madrid nadie, nadie sabe/si canta la cigarra, si duerme la amapola/si silba y silba el bosque en los mimbrales/su aliento sobre el mar, o si la ola, /con traje de algodón y eternidades, /entona su canción al sauce sola”.

Con un gusto exquisito por lo clásico nos regala José Luis Muñoz estas “Semblanzas”, en las que, como en un juego de palabras, nos atrapa con el verbo seductor de sus versos: “Por gusto vivo/y a fuerza muero, /nada persigo/ni nada quiero. /Si a fuerza muero/por gusto vivo. /Si nada quiero/nada persigo”. Entre sentimentales dedicatorias vamos llegando al final del libro, al soneto que dedica a su hijo Alberto, a unos versos donde asume la consciencia de la libertad de un ser al que ha dedicado su vida: “Has crecido en la dicha amanecida. /Sé valiente. El temor ya no te ciega/porque tú eres dueño de tu vida”.

Cuando uno cierra las páginas de este “Canto de gorriones”, le es fácil imaginarse al poeta, a José Luis Muñoz Sáez, en toda su humanidad, con toda ella volcada en los dos últimos poemas, en un adiós que suena casi a testamento poético, a versos finales. Esperemos que no sea así, que “cuando llegue la lluvia” su voz siga resonando en la conciencia de sus lectores con ese lirismo sólo al alcance de los buenos poetas. Y José Luis Muñoz Sáez lo es, sin el menor atisbo de duda.

Juan Francisco Quevedo

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El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

 

El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

ESENCIA DEL SER

 

La esencia del ser humano es vivir y, después, las palabras sirven para rescatar lo vivido. Compartir los sentimientos por los diferentes caminos de la memoria es la propuesta poética del escritor de Veracruz afincado en Bielva  (Santander), Juan Francisco Quevedo, que nos entrega en El sedal del olvido, un libro magníficamente editado por Septentrion Ediciones, que dirige el poeta Carlos Alcorta. Tras dos novelas, Ana en el mes de julio (2014) y Querida princesa (2016) este es su primer libro de poemas.

 

El título de este libro despierta un gran interés, pues, como si de un pescador se tratase, el autor pretende recoger con su hilo de caña los recuerdos más valiosos. Para ello, indaga en su interior persiguiendo lo más significativo, y, una vez capturado, deja su ancla, para que jamás se olvide. El juego textual que el autor nos plantea obedece al empleo del mismo título en un poema y en el verso último. La poesía actúa así como salvavidas y anclaje.

 

Esta indagación en el terreno poético de Quevedo es nueva para él, aunque es un lector ávido de poesía y ejerce la crítica literaria. Por ello, va, poco a poco, recorriendo con palabras luminosas hasta construir, desde el respeto a la poesía, un discurso humanístico cuyos ejes centrales son el amor, la muerte o a la infancia, como una parte más de la identidad del autor; motivos que, por otro lado, conforman la verdadera esencia del ser humano, como ya hiciera en prosa en su segunda novela, Querida princesa.

 

La estructura del libro es impecable: se compone de una introducción en prosa al que le siguen sesenta y ocho poemas distribuidos en siete capítulos más un epílogo. Cada uno de los apartados se abre con un dibujo del propio autor. Y el círculo, perfecto: comienza por un antiguo colchón de lana» y, a falta del mismo, termina con el sujeto insomne, doblegado en la noche, aunque en paz, pues sabe que las huellas de sus antepasados «reposan junto al sedal del olvido».

 

Ya en la primera parte, «La mirada empañada», al recorrer los parajes de la memoria, el poeta halla un doble efecto: el refugio de la alegría y la ciénaga del dolor. El recuerdo que infunde alegría radica en la captura de instantes pasados que devuelven al sujeto al edén de la niñez, como sucede en cuatro breves y deliciosos poemas: «Sobre las ruinas del tiempo», «La higuera», «Mañanas de colegio» o «Canicas de barro», en cuya lectura se escuchan los ecos de Machado, Cernuda o De Villena, en esa forma de traer los recuerdos de la infancia. Sin embargo, ese feliz recuerdo se va empañando dando paso a la nostalgia, al recuerdo de lo pasado, y lo que ha pasado es, nada menos que la juventud, envuelta en la música del primer amor (en «Éramos tan jóvenes» y en «Elogio de la nimiedad»); recuerdos de otro tiempo, de un pasado donde el sujeto era otro. De ahí que necesite volver a ellos, tal vez para reencontrarse consigo mismo.

 

Ahora bien, el paso del tiempo no sólo es pleno de certezas, también está lleno de incógnitas, incertidumbres que el sujeto perplejo recoge en la segunda parte, «Filosofía inexacta». La poesía indaga en la expresión de la realidad donde el poeta paseante rescata rincones, instantáneas vividas. Ante el sujeto, el fluir inexorable del tiempo: «febrero de sesenta y nueve», «el crudo invierno», «el ochenta», «el verano» y vuelta al «otoño». Así, se muestran, aparentemente, reales, pero, a menudo, parecen borrosas, casi fantasmales, la calle, el café o el amor (como sucede en «El otoño es…». Lo mismo que la calle (en el poema «Dulce pensamiento») es todas las calles; el amor se convierte en todos los amores. Cada poema se convierte en una imagen que el lector vive identificado como propia experiencia. De este modo, la poesía de Quevedo deja de ser cotidiana y suya para ser de todos. Así, puede leerse en el poema «La barra del bar»:

 

La soledad se instala

en la barra de un bar vacío

como un estilete en la noche

rasgando las tinieblas.

 

La más floja y breve de las partes corresponde a la tercera, que lleva por título «Pasos en la madrugada» y tiene por objeto ocuparse de los dos hijos, a los que, por otra parte, se les dedica el libro entero. Así, la entrada en escena de estas dos vidas provocan el cambio en la vida del sujeto, como no podía ser de otra manera. Y claro, el tiempo pasado es refugio. Se dice en el poema que cierra «Claudia y Juan»: «os colabais entre nuestras sábanas / como inermes fantasmas inocentes».

 

Son varios los lugares recordados a fuego en la cuarta parte, titulada «Paisajes precisos». Son capturadas imágenes y hechos recordados de Córdoba–Veracruz, de su México natal, de sus años de estudio en Santiago de Compostela y Madrid pero su mirada queda enclavada como su vida en La Cavada, en Santander (en su bahía y en el valle de Herrerías), en Avilés y en Pontevedra, es decir, en el norte. Esos versos traen recuerdos gratos. Gracias a Quevedo, pervivirá para siempre La Cavada. Aunque resulta descorazonador porque fue un tiempo dichoso que ya no está. Así, se lee en la conclusión del poema dedicado al núcleo urbano de Riotuerto:

 

Se acabaron los juegos de palabras;

ya sólo permanece el mismo pueblo

con los ruidos de otros niños felices

cediendo vida a las desiertas calles

de una mente que nos lleva al olvido.

 

Y poema tras poema, llegamos a la parte más extensa de todo el conjunto y más lírica, donde el arsenal de poemas muestra a un poeta que experimenta con diversas composiciones estróficas de versos de arte mayor (en cuartetos y tercetos) y no estróficas de arte menor (en coplas y romances), además de otras en verso libre. Más interesante aún, nos parece el desdoblamiento de la voz en el poema «Quevedo insomne en la madrugada, con la referencia textual de Calderón de la Barca» y las tres interrogaciones retóricas finales. El tiempo ejerce su furia y arrasa en distintos poemas, tanto es así que deja la ciudad apenas reconocible porque se ha llevado multitud de recuerdos: «Ya no vemos las luces de la infancia / brillar en la oscuridad de sus muelles» (en «La ciudad dormida»). Vale la pena reproducir la primera estrofa del penúltimo poema de este capítulo, «Posteridad», en cuyos versos el sujeto parece sucumbir al hastío de vivir hasta dejarlo todo en esa huida final:

 

En ocasiones, quisiera escaparme

a un perdido motel de carretera,

de Kansas o Colorado, tanto da,

y tomar la puerta que lleva al cielo.

 

Los recuerdos van doliendo más hasta el punto de decir basta. El poeta ha llegado a un subterfugio interior del que es difícil salir. En esta tesitura encuentran cabida poemas como «Mas allá de tu nombre –In memoriam–», «Hija de un Lázaro resucitado» o «Nada fue igual». Las llagas del sujeto son perceptibles: a la ausencia manifiesta en los poemas «Tristeza» o «Exhalación» se le une la derrota y el desvelamiento de la única verdad concluyente: la cercanía de la muerte, porque

 

Solo puedo hacer eso,

transmitir esa quietud,

proporcionar esa paz,

banal y cotidiana,

que precede y anticipa

la derrota absoluta.

 

Antes de finalizar, Quevedo se mira en el doble de otros, porque en otros encuentra la queja «de nuestro tiempo»; homenajes cuyos versos hace suyos. Pasan por la séptima parte: César Vallejo, Blas de Otero y Miguel Hernández. Poetas que tienen en común, además de ser grandes sonetistas, su mirada a la sociedad. En esta parte predomina el léxico oscuro y su poética deviene en pesimista y elegíaca, como puede leerse al final del poema «Sombras»: «Habito sobre las columnas / de unos hombros que se derrumban / bajo el peso del desengaño». Y, por momentos, el discurso se vuelve bastante crítico, como sucede en «Hija de un Lázaro resucitado», al experimentar un caso de escasa empatía entre un sanitario y unos familiares que sufren a corazón abierto. En los tres versos finales, recogidos en estilo directo, se lee: «– “Oigan, oigan. Esto no es un mercado”. / No. Es el servicio de Oncología / del hospital de una ciudad cualquiera».

 

El universo personal y propio de este libro se cierra con el «Epílogo», cuyo complemento perfecto resulta la cita del poeta catalán, bien conocido por Quevedo, Joan Margarit: «Necesito el dolor contra el olvido». Se observa entonces la fidelidad a sí mismo como poeta. Una vez hechos los recuentos, toca prepararse ante la muerte («y me preparé para morir en paz»), ciclo de vida; esencia del ser humano.

 

Aunque el poso meditativo es eje unitario de la obra, no resulta menos atrayente el uso del lenguaje y, como el propio autor advierte en la «Introducción», lo que oculta. Mediante versos hondos que llegan al epicentro de la emoción. Así, muerte y vida son dos caras de la misma moneda, lo que recordaría a uno de los poemas de Borges incluido en Cuaderno San Martín. Quevedo se vale de toda una serie de recursos expresivos que dotan al lenguaje de gran musicalidad, así paralelismos, anáforas y repeticiones léxicas; y, para cuando las palabras empleadas resultan polisémicas dejando una carga considerable de abstracción, el poeta las hace bajar al suelo, a la concreción, a través de personificaciones de abstracciones (la edad, la vida, la soledad, la pérdida…).

 

El sedal del olvido trae otros recuerdos y otras vivencias, incluso otras canciones, donde palpitan la palabra, la música y la vida, como, por ejemplo, aquella estrofa que abría la famosa canción «Time and love», del sesenta y nueve, de la compositora norteamericana Laura Nyro, cuya escritura también reflejaba la esencia del ser:

 

Winter froze the river

And Winter birds don´t sing

So Winter makes you shiver

So time is gonna bring you spring

 

 

Jesús Cárdenas

 

 

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JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES PALABRAS QUE NO CAMBIARÁN EL MUNDO – Juan Francisco Quevedo

llamazares

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

PALABRAS QUE NO CAMBIARÁN EL MUNDO

SEPTENTRION EDICIONES (2017)

Cuando leemos el subtítulo del libro, “Veinticinco años de columnismo”, uno no puede menos que sobrecogerse ante el amplio período temporal que comprende; estamos ante una selección de los textos publicados a los largo de toda una vida dedicada al periodismo por un autor que está a punto de cumplir cuarenta y cinco años. Es decir, ante la obra plasmada en prensa de un escritor al que, a pesar de su considerable bagaje profesional, aún le espera un futuro largo y prolífico. Así debiera ser y así se lo deseamos. La actividad literaria de Javier Menéndez Llamazares no se limita únicamente al diario escrito sino que abarca otros géneros que van más allá del ejercicio frenético y de la disciplina férrea que exige el columnismo de opinión. Actualmente el autor leonés, afincado en Cantabria, tiene publicadas dos novelas, así como una colección de relatos breves y un libro de poesía, lo que da idea de su inquietud creadora y de la variedad temática que aborda desde su escritura.

El periodismo diario, sometido a la pauta de las aproximadamente trescientas o cuatrocientas palabras de la columna de opinión, convierte su ejercicio en una actividad rabiosa y metódica que es impulsada por dos catalizadores esenciales, el raciocinio y el dominio del lenguaje.

Es evidente la necesidad imperiosa, para aquel que pretende ser crítico con lo que acontece en su entorno y en el mundo, de tener la capacidad, la originalidad y la visión personal para poder analizar, escrutar y plasmar esa realidad que nos asalta casi sin darnos tiempo a reflexionar sobre ella. Esa inmediatez debe ir cosida a la sombra, y a los zapatos, del articulista de opinión. Aquel que asume este oficio y esta responsabilidad debe ejercerlos con criterio y personalidad, los que dan la racionalidad y la imaginación; en definitiva la inmediata capacidad creadora.

Ahora bien, esa capacidad creativa, tamizada por el fino chino de la razón, ha de trasladarse al papel, para lo que es imprescindible otro enzima que sea capaz de desencadenar el proceso que lo haga posible. Esto se consigue con un dominio del lenguaje preciso, certero, desde el que, con las armas que están a  nuestro alcance, a través de la palabra, ironía, sarcasmo, metáforas, figuras retóricas y todo ese arsenal de que dispone la lengua, seamos capaces de enunciar con sabiduría y voz propia aquello que con el raciocinio queremos expresar.

Javier Menéndez Llamazares posee estas cualidades esenciales, una prosa fluida y cercana, que involucra de inmediato al lector, y una capacidad analítica encomiable para desmenuzar con un criterio particular desde los acontecimientos más cotidianos hasta los más enrevesados. Y todo ello lo hace con una voz personal.

  1. M. Llamazares descifra todo lo que acontece a su alrededor con una mirada amplia y crítica, complaciente también en ocasiones, pero siempre honesta, lo que le convierte en una referencia creíble para sus lectores y ése es el principal activo sobre el que se sustenta un columnista de prensa, su credibilidad. En ella y sobre ella se vertebra y cimenta el seguimiento de unos lectores leales que, aunque puedan, y deban, ser críticos y discrepantes en ocasiones, siempre se acercan a las páginas del periódico buscando con interés la firma de aquél que se ha ganado su consideración y, con ella como aval inequívoco, el autor puede complacerse del prestigio que goza la cabecera que precede a sus artículos.

Esta compilación de columnas periodísticas, que nos presenta en una edición muy cuidada la editorial Septentrión, dirigida por Carlos Alcorta, está dividida en cinco partes donde se agrupan los artículos por temas. El tiempo cronológico que abarcan va desde esa fecha de su primera aparición en la prensa, un ya lejano veinte de mayo de 1993, hasta 2017. La temática que aborda desde sus páginas es muy variada, pudiendo ir desde artículos más costumbristas, más agarrados a la realidad diaria, hasta otros que analizan la realidad política, pasando por aquellos que hablan y nos acercan a los ambientes culturales o incluso otros de carácter deportivo que se inmiscuyen directamente en una de sus grandes pasiones, el Racing de Santander. Sin olvidarnos, por supuesto, de aquellos en los que se refiere a los lugares donde ha estado y se ha sentido más arraigado, Cantabria, León, Colonia y La Bañeza.

Como se puede ver es una selección variada y representativa de las sucesivas realidades que, con celeridad, se han ido sucediendo a lo largo de esos veinticinco años de profesión devota, realizada con el buen criterio del periodista Carlos Bribián. Es un libro concebido para perdurar, para constituirse en un aliado de la memoria interpuesta del autor entre el papel y el lector. Quiere dar testimonio de un tiempo, el que se corresponde con el trabajo de tantos años de actividad en la prensa diaria, de tanta dedicación a esta vertiente del periodismo que constituye en sí mismo un verdadero género literario, el columnismo de opinión.

Es muy difícil encontrar una fórmula magistral para dar con las proporciones adecuadas que hagan que fluya un buen artículo de opinión. Quizás, si sabemos mezclar e integrar sabiamente una serie de ingredientes, consigamos dar con un producto final que sea capaz de interesar al lector y que cuando acuda al kiosco a comprar el periódico busque con rapidez esa página donde está ese artículo, de ese autor, que tanto le interesa.

Tal vez la fórmula recetada por los expertos en este arte tan difícil de expresar la opinión haya de llevar mucha honestidad, una gran cantidad de credibilidad, una mirada personal no excesivamente complaciente, una gran capacidad de discernimiento, un espléndido dominio del lenguaje, una pizca de insolencia, cuando no de ironía, y, todo ello, no estaría de más que fuera aderezado con un chorro de inteligencia y un toque de independencia de pensamiento que, al fin, es lo que le da verdadera distinción al acabado final.

Cuando el lector detecta estos ingredientes es porque, sin la menor duda, nos encontramos ante un articulista de verdad, de verdad y esencia, un escritor que escarba en la superficie de los acontecimientos para encontrar las palabras necesarias, aquellas con las que muestra al lector la realidad escondida de un presente que se escapa como el agua entre los dedos ante la locura en la que, la mayor parte de las veces sin pretenderlo, nos vemos inmersos.

Todas estas proporciones, todas estas cualidades son las que adornan y distinguen las columnas de Javier Menéndez Llamazares, unas “Palabras que no cambiarán el mundo” pero que, sin duda, nos lo harán bastante más llevadero.

Juan Francisco Quevedo

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JOAN MARGARIT “UN ASOMBROSO INVIERNO”-Juan Francisco Quevedo

JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

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JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

 

No esperéis asistir a la lectura de una de esas crónicas rutinarias y llenas de entrecomillados que parecen estar hechas casi como una obligación para justificarse, no sé muy bien si ante el medio para el que se escribe, ante el autor, o ante uno mismo. No; jamás lo hago y mucho menos ante un poeta al que tanto respeto y admiro y ante un libro tan asombroso como el invierno que nos anuncia.

Como ya dijera en otra ocasión al hablar de Joan Margarit, con motivo del décimo quinto aniversario de la publicación de “Joana”, sus libros, como los de Antonio Machado o Rosalía de Castro, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche. Y, por supuesto, al referirme a su personalidad poética no voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido y gastado, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque entonces pasaría a engrosar una lista muy amplia y, por otro lado, tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro.

Cuando está a punto de cambiar de decena para convertirse en un joven y saludable octogenario, Joan Margarit nos regala un libro sencillamente fascinante, un libro en el que, tal y como sustenta en el epílogo, sobre cómo hacer poesía, verdad y belleza se aúnan en una fusión maravillosa. El autor es capaz de combinar y equilibrar a la perfección esa aleación entre verdad-autenticidad, emoción, entusiasmo- y belleza-lirismo, sentido rítmico, contención métrica- para crear una escritura clara y limpia, libre de ornamentos inútiles, impurezas y escoria, donde las palabras se ajustan al pensamiento, donde ninguna de ellas sobra y ninguna de ellas falta. Su poética se cimenta sobre una creación literaria comedida, precisa y hermosa que da lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, para destilar, por la alquitara del lirismo, autenticidad.

Como el excelente arquitecto que es, construye el poema con solidez y sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. Y lo más importante, lo va elaborando desde lo cotidiano, desde aquello aparentemente trivial pero sin quedarse en lo anecdótico. De esta manera, consigue dotar al poema de un sentido moral para trascender y universalizarlo. Es el modo de conectar y comunicarse con el lector a través de esas experiencias que, aún siendo personales, nos son comunes y cualquiera, desde su vivencia, puede identificar como propias.

A ese prodigio de la palabra, a esa expresión única de los sentimientos, sólo se llega desde dos premisas esenciales, el conocimiento y la inspiración; dos cualidades que el poeta plasma en sus versos desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlos para adentrarnos en toda su complejidad.

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanaüja, Cataluña, en el año 1938. Es arquitecto y Catedrático de Cálculo de Estructuras. Es autor de una extensa obra poética en catalán y en castellano. Entre otros muchos premios ha ganado el Premio Nacional de Poesía.

  Si no me equivoco cuarenta y uno son los pequeños y deliciosos poemas que nos ofrece Joan Margarit en “Un asombroso invierno”.  Tengo entre mis manos la edición bilingüe, publicada por Visor, y como siempre he hecho ese doble esfuerzo de intentar leerlos en ambos idiomas, aunque siempre vuelvo al castellano. Sus poemas no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, en las que el autor procura mantener la cadencia silábica y los acentos rítmicos. Y es que el idioma, como el lugar al que se pertenece, no se elige, nos elige. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Hay un endecasílabo que cierra el poema “Más que una canción”, donde el poeta, en un último verso definitivo, manifiesta esa cercanía a lo que le ensambla con el mundo, a la tierra, a su tierra: “Este soy yo. Sólo un pueblo sin nombre”.

Es muy significativo aquel poema en el que el poeta recuerda los tiempos en los que se le impedía expresarse en un idioma que era tan suyo como lo era el aire que respiraba: “Nunca he olvidado el pescozón de un guardia/que con voz fuerte y seca me decía: Habla en cristiano, niño”. Ello no le impide manifestar su amor por el castellano; algo que demuestra en cada recreación poética así como en el poema desde el que evoca la figura de Jorge Manrique junto a la de Verdaguer.

 El libro se abre con el poema al que le da título y constituye, en sí mismo, toda una declaración de intenciones. La voz poética parece consciente de los cambios que en el mundo acompasan el tiempo y la edad que le toca vivir. Aunque todo ello no le angustia, comprende que aquello que él conoció, que aquello que asociamos a esa patria del hombre que es la infancia y la juventud, está a punto de esfumarse y, en una imagen memorable, en esa abstracción donde refleja, al fin, lo perdido, eso que tanto gusta a los poetas, se pregunta qué pasará cuando no haya amapolas: “Ya no se extenderán las rojas pinceladas/del viento en los trigales. / ¿Quién entenderá, entonces, /los cuadros de Van Gogh?”.

Cuando uno lee “Cuesta de Atocha”, no puede evitar pensar en “Joana”. Y no en la Joana del poeta, sino en esa Joana que cada cual tenemos interiorizada en nuestras propias pérdidas. Ahí reside el enorme acierto del poeta, en esa capacidad para trascender de lo personal y empatizar con el lector, al que no le cuesta nada asumir como suyo lo que se expresa con tanda belleza, con tanta emoción, con tanta verdad. El poema, como toda su poesía en general, surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano, con lo cual nos evita esa intermediación, más allá del esfuerzo común, del intelecto para comprender lo que está tan hermosamente explicitado. En este poema en concreto, se rompe, como ya hiciera Joan Margarit, el tópico de la distancia emocional del poeta, ese por el que se dice que nunca se debe escribir cuando aún se siente. Estos versos son la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre cómo ejecutar la labor creativa, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta. En este rodar pesaroso y costoso de la silla de ruedas se congregan en un todo hermoso, nuevamente, emoción y belleza formal. El poeta, en una especie de carambola del pasado, se da cuenta de lo perdido, de la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija: “Por un maldito instante/compadezco a ese padre: un error, /puesto que él todavía tiene a su hijo”. En definitiva, nos ofrece una lección de amor sin necesidad de grandes abstracciones, nos la pone en la mano con naturalidad, desde una realidad concreta, para que la hagamos nuestra desde nuestras vivencias personales. Y lo consigue con claridad, sin pretensiones crípticas y sin ahondar en un hermetismo que puede alejar al lector.

El poeta dedica unos versos al Tenerife de su adolescencia, donde escribiera su primer poema, donde en él expresara su amor primerizo por una joven isleña compañera de curso. Es el mismo amor que, después de tantos años y tanto tiempo vivido, trabaja y construye, cada día, desde “la cocina, como a los veinte años”, con su mujer, con Mariona, con su alter ego, con la “Raquel” de “No estaba lejos, no era difícil” y que ya apareciera en 1975 en el poema “Cerdeña 548”. Es fácil imaginarse al poeta, en un tiempo indefinido, atemporal, como sus versos, en Forès, lugar de conciliación familiar, en esa Cataluña tan próxima al origen, a esa tierra de la infancia que todo lo impregna con su polvo y con su luz. Es tan fácil verlo allí de nuevo, junto a su esposa, junto a ese amor que ha construido con los años. Se entiende muy bien el cierre del poema en un verso endecasílabo que se muestra, como nos tiene acostumbrados, dentro de la tradición latina, a modo de conclusión: “Más claridad no la tuvimos nunca”.

Progresa el libro uniendo los recuerdos de la infancia y la espontaneidad de los actos más usuales, al declive de la vida, al inexorable paso del tiempo y a esa cierta incomprensión que cae sobre nosotros cuando sentimos que pertenecemos a otra época, a un tiempo “en el que esta harapienta elegancia/hubiera sido infame. Como escupir a un pobre”.

En esas introspecciones del pasado, en las que la memoria, aún ajustando cuentas, se vuelve tremendamente sentimental, el poeta recuerda cómo su padre le llevaba a las veladas de lucha libre del Price de Barcelona. Y revive en la pelea desigual, donde siempre se sabía cuál sería el perdedor, los años duros, los posteriores a la guerra civil: “Hasta que por encima de las cuerdas/era lanzado a aquel triste país/del patio de butacas, /que había depurado o fusilado/ a sus maestros de escuela.”

En ese viaje a través de sí mismo, la escritura, la poesía, siempre reconcilia al poeta con la existencia porque, a pesar de la desolación, siempre se reencuentra en ella: “Pero yo voy sonriendo porque la poesía/siempre vuelve a aquel bar iluminado, /a los dos hombres jóvenes. /Al lugar donde todo comenzó”.

Tal vez la vida haya sido sólo la travesía que ha ido dejando detrás una estela con todo aquello que hemos ido amando a lo largo de ella. En esa fuerza, nos refugiamos, “justo antes de ser sólo oscuridad, /la supernova de la inteligencia”. Y desde ella recuerda con una ternura inmensa a la abuela que, como las mujeres de campo, orinaba de pie, junto al camino, a la que apenas sabía leer pero que, sin embargo, recitaba a Bécquer y sus oscuras golondrinas: “Fue ella quien me enseñó que el amor es/ claridad y dureza al mismo tiempo, /que sin coraje nadie puede amar. / No era literatura: no sabía leer”. El poema no da lugar a interpretaciones especulativas ni a equívocos intencionados; se cierra rotundo y concluyente.

Esa reivindicación, tan de Joan Margarit, que ya viéramos en “Cálculo de estructuras”, del dolor como arma necesaria para amar y para luchar contra el olvido, aparece en los versos de “Un asombroso invierno” una y otra vez, y en todas ellas reclama a la inteligencia esa labor denodada ya que “El olvido jamás me hará inocente. /En cambio la ignorancia siempre me hace culpable”. En ese barco del intelecto donde reside el dolor, como arma indispensable contra el olvido,  el poeta va adentrándose hacia ese tiempo del fin, hacia “El asombroso invierno del animal de fondo”, hacia ese desorden entrópico al que nos arrastra el simple caos celular que siempre se asocia a lo vivido. Y al final, descubrir el amor por medio de la poesía de Joan Margarit, un amor al que llegamos a través de la verdad y la belleza. Lo que nos enseña la poesía de Joan Margarit, lo que nos muestra el poema es sólo la señal de lo que esconde; ahí está y reside el verdadero potencial emocional que, en la lectura, es capaz de removernos interiormente. Todo se nos muestra en esa última verdad que oculta lo más aparente. En este caso, el amor incondicional.

En ese invierno aún perviven, sin duda, “los aullidos de un lobo”, la ferocidad de un poeta que nunca se rindió, ni en las circunstancias más dolorosas, el poeta siempre será ese lobo que nunca se entrega, siempre será “Feroz, viejo, cansado, /gruñe, enseña los dientes, /salta sobre el presente”.

Nunca se doblegará, jamás se transmutará a perro servil y guardián  como pasara con la atroz bestia de Gubbio, en la leyenda que inspirara a Rubén Darío su poema y a Joan Margarit su libro “Los motivos del lobo”.

“Un asombroso invierno” no es un libro más de poesía condenado al olvido tras su lectura, es un libro que permanecerá en la memoria del lector impregnando de sentimientos nuestra conciencia. En él, como dijera el poeta romántico inglés: “La belleza es la verdad, la verdad la belleza” John Keats (Ode on a Grecian urn).

Estamos ante un poeta, ante el libro de un poeta que no hace versos por hacer. Sus poemas tampoco se leen por leer; son pulsiones auténticas, incluso dentelladas violentas, cuando no tiernas, pero siempre arrebatadoras. Sus versos nos dicen algo que traspasa su estricta literalidad y son capaces de estimular en el lector las fibras sensitivas más recónditas y profundas del ser humano. Joan Margarit lo consigue con algo esencial y que debe acompañar a cualquier expresión artística, muy especialmente a la poesía: emoción verdadera desde un lirismo profundamente humano.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

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AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA VALPARAÍSO EDICIONES (2015) -Juan Francisco Quevedo

AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA

VALPARAÍSO EDICIONES (2015)

AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA

VALPARAÍSO EDICIONES (2015)

“Ahora es la noche” es el último libro publicado por uno de los grandes poetas que ha dado esta tierra, tan pródiga en ellos. Autor de una trayectoria impecable, con una magnífica obra literaria que le ha valido para erigirse como uno de los autores más reconocidos y con mayor prestigio de la poesía española, nos reconforta con un libro extraordinario en el que los amantes de la buena poesía no podemos sino sentirnos en deuda con ella. Como suelo decir, yo no soy un crítico literario pero sí soy un lector muy crítico que sólo comento aquello que verdaderamente me causa “movimientos en el alma”. Y es el caso; Carlos Alcorta es uno de esos poetas capaces de provocarnos mareas interiores desde un lirismo que trasciende la anécdota y lo cotidiano para universalizarlo y trascender.

Con Carlos Alcorta, sin duda una de las voces más personales y poderosas del panorama poético en castellano, la poesía se torna viva y vivida. Pareciera ser muchas veces el campo de batalla en el que bien el poeta, bien la voz tras la que se parapeta, dirime sus contradicciones y muestra, quizás en el afán por conocernos internamente, esa lucha que mantiene consigo mismo. En el fondo la que todos sostenemos y que, al final, es lo que nos hace avanzar por la vida.

La incertidumbre es el terreno pantanoso en el que transcurre la poética de Alcorta, un lugar indeterminado desde el que expresa sus dudas, su dolor y esa angustia existencial que parece llevarle al desasosiego. Como con el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg no existe un lugar para la certeza absoluta; es más, cuanto más intentemos buscarla menos nos aproximaremos a ella; la duda existencial, la duda metódica como filosofía cartesiana es sin duda ese lugar indeterminado de la poesía de Carlos Alcorta, un lugar al que nunca se llega, que jamás se posiciona por esa imposibilidad de probar los sentimientos, las emociones más intimas.

Son muchos los poetas que hacen de la creación un proceso dificultoso, donde se vuelcan desde una disección que bien pareciera de sí mismos, de su propio yo, o de su parte más oculta, de aquella que late permanentemente en el subconsciente, para expresarla como algo ineludible y necesario. Hay una necesidad, imperiosa diría, en acercarse a la soledad inspiradora para verter palabras sobre unas cuartillas en blanco; aunque duela, aunque se sangre por la herida de los versos.

“Ahora es la noche” es un libro que nos llena de imágenes, de metáforas que, partiendo de cierta cotidianeidad, se retuercen en los detalles y en unas descripciones imaginativas e intensas, como su escritura. Estamos ante un poeta que escribe desde el conocimiento de la lectura, desde una perspectiva que le permite jugar con el lenguaje hasta atraparnos emocionalmente en sus poemas. Carlos Alcorta atraviesa “Ahora es la noche” con la luz precisa de la palabra cuidada para elaborar una poesía perdurable, una poesía que se fije en el lector y que le acompañe mucho más allá de una primera lectura.

Hasta qué punto vemos al poeta en su propia verdad, o en el reflejo fingido de ella en sus poemas, es algo que nunca sabremos. Pero más allá de la intención del autor, los versos de Carlos Alcorta consiguen lo más difícil y complicado, llegar con verosimilitud al lector y que éste se identifique en ellos a través de su experiencia.

Pero no todo son sombras en “Ahora es la noche”; en algunos poemas nos lleva hacia la luz, hacia esa reflexión expositiva que ilumina la oscuridad vital en la que a veces vive inmerso el hombre. El libro está dividido en cuatro partes, en las que el poeta en ocasiones se desdobla en otras visiones de sí mismo, en ese mar contradictorio en el que siempre navega. Participa de la escritura, de la poesía, como refugio necesario para escapar de la propia vida. Sabe de lo irreal de la misma; de lo ocasional que puede ser hasta un atisbo de felicidad. Como dijera Fernando Pessoa en “El Libro del Desasosiego”: “Escribir es olvidar. La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida.”

Podría comentar muchos poemas pero he elegido “Punto de partida” porque, en mi lectura, es un poema lleno de esperanza en el que, tras la noche, puede nacer un hombre nuevo. Ve la vida como una constante oportunidad de renovación.

Tiene unos versos bellísimos que, además de esa pulcritud formal, poseen la virtud de ser capaces de estimular las fibras sensitivas adecuadas para que nos conduzcan, a través de los intrincados laberintos neuronales de la mente, directamente a la emoción. Con este poema me ha ocurrido algo que tiene mucho que ver con las conmociones verdaderas, algo que sólo pasa con la buena poesía. Desde que leyera el libro, acudo a este poema concreto regularmente ya que sus versos, el cómo, y su esencia, el qué, han calado en mi cerebro de una manera profunda. Sus palabras acuden inconscientemente a mis labios, igual que la letra de esa canción que no puedes dejar de canturrear entre dientes a lo largo de los años.

Para mí, ese gerundio de inicio, tan envolvente, “Contradiciendo a mis instintos, a la naturaleza”, nos introduce con el ánimo predispuesto en las entrañas del poema.

Con los primeros versos vemos cómo el poeta es consciente de su pasado, un tiempo inútil, que ha padecido incluso con sufrimiento,-el que se adquiere viviendo- un período que desdeña y del que reniega. Sin embargo, lejos de amedrentarle ha llegado a un punto en su vida en que se siente fuerte y rebelde, con ánimo de lucha. Quiere cambiar y para ello se va a valer del bagaje que posee-la experiencia de saber lo que no quiere-; así que toma la decisión de darse otra oportunidad creando un nuevo punto de partida a su existencia, con lo que ello supone de renovación, cuando no de nacimiento. Desde ese instante, el poeta se desprende de todos sus miedos, de sus prejuicios y se adentra en lo salvaje, en esa búsqueda vital por descubrirse porque “sabe que no hay tiempo muerto en la memoria”.

Este nuevo ser está convencido de la determinación que ha tomado y del camino de catarsis interior que ha emprendido y lo lleva incluso a su propio quehacer literario. El poeta, al final del poema, indaga sobre esa nueva escritura donde “se hermanan en un extraño cóctel/imaginación y experiencia”.

De alguna manera este hermoso poema de Carlos Alcorta me hace pensar en aquella película de Bill Murray, “Atrapado en el tiempo”, en la que el protagonista revive sucesivamente el mismo día. Este hombre, cada mañana tenía, por tanto, la oportunidad de aprender de la experiencia del día pasado-siempre el mismo-, para poder renovarse. Y lo que al principio le parece una condena insufrible, acaba sabiendo utilizarlo para dar lugar con los días a una evolución de sí mismo, lo que le permitirá iniciar una nueva vida. El poema de Carlos Alcorta, de igual forma, me invita, nos invita a afrontar cada nuevo día como un reto en el que intentamos renovarnos y ponernos en el “punto de partida”.

“Ahora es la noche” es un libro que no nos deja indiferentes, un libro que nos introduce de lleno en el misterio y en el milagro de la palabra, que no es otro que la poesía. Sin duda, un excelente libro de uno de los grandes poetas de nuestra literatura.

Juan Francisco Quevedo

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