Biblioteca Central de Cantabria-Conferencia-Juan Francisco Quevedo

El próximo jueves, 18 de mayo, a las 19,30 horas, hablaré sobre la construcción histórica de la novela “Querida princesa” en el salón de actos de la biblioteca Central de Cantabria-antigua Tabacalera-.

Si os apetece y os podéis acercar, allí os espero.

Un saludo

Juan

biblioteca central befr

Os mando el enlace de la Biblioteca donde se hacen eco del acto:

http://bcc.cantabria.es/index.php/actividades-culturales/agenda/icalrepeat.detail/2017/05/18/1932/-/encuentro-con-autores-juan-francisco-quevedo-construccion-historica-de-querida-princesa

Conferencia

 

 

 

 

 

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CLAUDIA QUEVEDO. LAS ALTURAS DE CHICAGO

carlosalcorta

CLAUDIA QUEVEDO

LAS ALTURAS DE CHICAGO

La luz de Chicago se disuelve en los edificios

pero alguien necesita mirar hacia arriba

para que eso suceda.

Sólo haría falta una persona para verlo,

para nombrarlo,

para que sea.

Sin eso, ese preciado momento no existe en absoluto.

El lago Chicago es un océano

que alguien vio desde lejos

y lo llamó lago.

Y la mirada se asombra,

¿por qué la ciencia no puede explicar lo que veo

(un océano que es un lago),

pero desdibujados para revelar lo que veo

(un océano es un océano)?

La vida en Chicago continúa.

En los tejados de los grandes edificios

que existen sólo cuando miras hacia arriba.

La ciudad sólo te hace sentir si tú sientes.

El viento de Chicago te eleva;

hacia el cielo donde descansan los edificios,

hacia el lago que es un océano,

hacia la vida de la gente que nunca pisa…

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Fotos y poema

El rey de reyes siempre gobierna todos los feudos de la tierra. Incluso las repúblicas más antimonárquicas.

                                                           ODA AL REY DE OROS 

Desnudad los cuerpos ingrávidos,

hacedlos rotar como peonzas

rendidas a un destino eterno:

Girad, girad, girad mortales

alrededor de la batuta

que orquesta y dirige el devenir

tedioso e impasible del mundo.

Texto: Juan Francisco Quevedo

Fotografía: Marcelino Quevedo

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Más allá de las polémicas: Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura-Juan Francisco Quevedo

Más allá de las polémicas:

 Bob Dylan, Premio Nobel de Literaturaimage0031

Más allá de las polémicas:

Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura

 

Este fin de semana, Bob Dylan recogerá en una ceremonia privada el premio Nobel de Literatura. Creo que es un buen momento para permitirme algunas consideraciones.

En el año 1995, tras la concesión del premio Nobel de Literatura al poeta irlandés Seamus Heaney, se empezaron a producir los primeros movimientos para que el galardón fuera otorgado en ediciones futuras a Bob Dylan. Cuando al año siguiente recayó el premio en la poeta polaca Wislawa Szymborska, las voces a favor del icono de los sesenta llegaron desde todos los ámbitos, pero aún tuvieron que esperar veinte años para ver cumplidos sus deseos.

No todo fueron peticiones y opiniones favorables ya que, junto a la crítica norteamericana, muy identificada en su mayor parte con los testimonios que llegaban desde diferentes y prestigiosas universidades, emergían ecos un tanto destemplados, fundamentalmente desde Europa. Se generó una polémica, a la que han asistido atónitos una gran número de  los intelectuales americanos que, a día de hoy, no ha hecho sino reavivarse. Curiosamente, la vieja Europa, literariamente hablando, se rasga las vestiduras frente a la puritana herencia anglosajona. El mundo al revés. Sirva de botón de muestra para corroborar la estupefacción provocada por estas críticas intemperantes las declaraciones del nuevo premio Príncipe de Asturias de las Letras, evento que coincidió con la concesión del Nobel a Dylan. Cuando se le ha preguntado al prestigioso escritor estadounidense Richard Ford por lo que opinaba sobre la concesión del Nobel de Literatura a Dylan, sólo ha acertado a decir, incrédulo ante la inesperada pregunta: “Si lo de Bob Dylan no es literatura, ¿qué es literatura?”. Sin duda, le cuesta entender a alguien como él, procedente del mundo universitario y periodístico del otro lado del mundo, amén de coetáneo del cantautor americano, que se dude de la altura lírica de los poemas de Dylan.

Quizás a una parte, centrémonos en España, de nuestra intelectualidad, autotitulada o por derecho, el nombre de Dylan les suene tan lejano a su acervo cultural como sonaban a nuestros recientes antepasados los ecos del mayo del 68 cuando lograron traspasar el cordón sanitario que impuso el franquismo. Aquel muro de contención se instaló en los Pirineos, al igual que hicieran los gobiernos de Carlos IV, con Floridablanca a la cabeza, para evitar que las ideas de la revolución francesa contagiaran y contaminaran el puro pensamiento patrio. De alguna manera, fueron igual de efectivos, ya que si no rodó en ninguna plaza pública la cabeza de ningún noble, tampoco llegó a impregnar el movimiento estudiantil parisino el pensamiento de aquella sociedad pacata y dirigida, de la cual somos herederos. Y lo mismo que a los españoles, como sociedad, nos faltó una pasada por la revolución francesa y su guillotina, también nos faltó un poco del espíritu de Berkeley, cuna del movimiento hippie, y de La Sorbona, origen del mayo del 68.

Y no fue sólo eso, nos faltó, sobre todo, esa capacidad de las sociedades jóvenes, como la americana, para asimilar lo nuevo, en todos los sentidos. Cuesta desprenderse de la carga obsoleta que nos pone el tiempo a nuestras espaldas como peaje de una sociedad vieja que se constituye en guardián de un tiempo caduco. Muchos se sacudieron esos prejuicios de encima pero otros -hoy lo vemos en los desmanes surgidos para vilipendiar la figura de Dylan- anatemizan sobre sus méritos, cuando no hacen rechifla de su obra y persona. Al escucharles, pareciera que se vaya a derrumbar el cielo sobre nuestras cabezas ante tamaño despropósito. Siempre ha habido y habrá gente con mayores merecimientos que los galardonados, presentes y futuros, a los que nunca se concederá la distinción literaria. Pero eso tampoco es culpa de Dylan, por mucho que se empeñen. Y yo a todos ellos les digo “no sean ustedes impertinentes” y les propongo que aprendan a mirar de otra manera; por ejemplo que se asombren de que las nubes sigan flotando sobre nuestro mundo. Es sólo cuestión de observar con una mirada más amplia.

Bob Dylan, se convirtió para alegría de muchos, y martirio de otros tantos, en el primer americano, desde Toni Morrison, ganadora en 1993, en obtener el Premio Nobel de Literatura. Es hora de resaltar algunas de las opiniones favorables que se han generado en todos los ámbitos intelectuales. Podemos empezar por la reacción de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, que no dudó en escribir que la concesión del Nobel a Dylan “fue una elección inspirada y original. Su evocadora música y letras siempre me parecieron, en su sentido más profundo, literarias”. A los numerosos escritores americanos que han mostrado su júbilo por la elección, se ha unido el difícil mundo de la crítica literaria y así Dwaight Garner, crítico literario del New York Times, fue pródigo en elogios al galardonado, del que dijo que “conecta poéticamente, por las poderosas imágenes creadas por las letras de sus canciones, con los versos de Walt Whitman y Emily Dickinson”,  y afirma, así mismo, que “Dylan se halla entre las grandes voces americanas”.

En cuanto al mundo universitario, basta echar un vistazo a las declaraciones de diferentes profesores de la Universidad de Harvard para sentirnos abrumados ante el aluvión de elogios que han caído sobre el galardonado. Jorie Graham, profesora de Retórica y Oratoria de Harvard ha declarado que “la inventiva de sus imágenes y sus esquemas de rima es legendaria”. Stephen Greenblatt, profesor de Humanidades de la misma universidad no ha dudado en afirmar que Bob Dylan “fue para mí y toda mi generación el gran poeta popular, la voz de la protesta, la ira y el anhelo de justicia, extrañamente entrelazados con la ironía, el deseo y la esperanza apocalíptica”. Así mismo, y desde la misma Universidad de Harvard, Louis Menand, profesor de Inglés, no vacila en decir que “cualquier persona que duda de que Dylan es un escritor, o que la composición no es un arte, debe leer sus memorias, “Crónicas”, o simplemente sus comentarios, aquí y allá, en las canciones de otras personas. Él es un erudito y un maestro del género”. Para acabar con las voces que surgen del prestigioso mundo universitario, cito las declaraciones de Richard Thomas, profesor de Lenguas Clásicas de Harvard, que dice sin reparos que “el genio de Bob Dylan consiste en estar en contacto con los hilos que forman parte de la cultura americana durante los últimos 200 años y más, y convertirlos en canciones que, particularmente en el desempeño, son expresiones sublimes de lo que significa ser humano. Entonces, ¿qué podría ser sorprendente al reconocer eso?”

Pero regresemos al principio, a ese Dylan que vivió no sólo la experiencia de la canción tradicional sino que alternó en y con el corazón mismo de la corriente contracultural de la generación beat, alternó con Kerouac-ese que quería escribir al golpeo rítmico del jazz-, con Allen Ginsberg-ese que vio a las mejores mentes de su generación autodestruirse-, con Burroughs-ese que vio el mundo a través del cristal esmerilado de una jeringuilla y que murió reviejo descojonándose de los que vaticinaron su muerte inmediata año tras año- y toda esa gente de la que mamó un tipo de literatura más comprometida y arriesgada de la que se venía haciendo. Eran unos tiempos en los que la contracultura se desparramaba por el Village neoyorquino como si le fuera la vida en ello, donde se entremezclaba con el pop-art y las teorías de Duchamp o con las extravagancias de Warhol . Sin duda, Dylan supo captar como nadie la desorientación de aquellas generaciones que querían cambiar el mundo, que como ya pretendieran los miembros de aquella generación que convivió en la Residencia de Estudiantes-Pepín Bello, Lorca, Buñuel, Dalí…- querían acabar con lo caduco, con lo obsoleto y putrefacto, tan bien representado en ese burro muerto que aparecía en los dibujos de aquel pintor que decía no deber nada a nadie, ni a su padre, un eminente notario de Cadaqués. Sin duda, Dylan fue el que con sus canciones, con su música, con sus poemas, mejor captó el sentir de los millones de jóvenes que querían transformar las cosas. Cuando edita Like a Rolling Stone, publica un verdadero himno para aquella generación dispuesta a romper con todo lo anterior, con su visión de la vida y con los principios que la sustentaban. Quizás el poeta estadounidense David Henderson, fuera quien mejor definiera aquella composición, cuando la tildó no como una canción sino como “una epopeya”.

Pero volvamos al año noventa y seis y a los movimientos que encabezó el poeta del aullido salvaje y desgarrador para que se le concediera el Nobel a Robert Allen Zimmerman.

“Dylan es uno de los más grandes bardos y juglares norteamericanos del siglo XX y sus palabras han influido en varias generaciones de hombres y mujeres de todo el mundo”.

Y no creo que Ginberg fuera por entonces todavía un poeta discutido, ni una voz disonante en la cultura americana. A esa aseveración del 96 se le unieron otras muchas como la de Gordon Ball, profesor en la universidad de Virginia, que no dudó en proclamar que “Dylan ha devuelto la poesía de nuestra época a su transmisión primordial a través del cuerpo, revivió la tradición de los trovadores”.

Quizás estas referencias juglarescas sean la excusa necesaria para recordar el enlace existente entre poesía y música folk, mucho más joven, por razones obvias, en el caso americano, con una canción tradicional multicultural e impregnada de las más variadas influencias. Por supuesto que no pretendo retroceder a la poesía que se hacía en España hace diez siglos, ni tan siquiera a la que se hacía en el siglo veinte, pero si es adecuado no admitir como cierta esa aseveración tan difundida por muchos, en el sentido de que Dylan es un buen autor de letras de canciones pero nada más. Y lo hacen con ese estrambote hiriente, con ese deje de superioridad intelectual, “y nada más”, que a veces acompañan con cierta chufla, cuando no con alguna chanza. Simplemente aflora en la befa un poso cultural tan alejado de aquel espíritu que nos impregnó a tantos que la hace inocua y vacua. Probablemente sea el reflejo de un intolerante ego, que se traduce en un  supino desprecio intelectual. Muy restrictivo, muy de tribu y muy corto, por otro lado, de miras.

La canción forma parte de la tradición más arraigada de cualquier cultura de cualquier pueblo. Y es preciso recordar cómo en España la poesía forma parte de la tradición oral, transmitiéndose fundamentalmente en tonadas líricas que se recogen por primera vez en el cuerpo de las moaxajas, en lo que se han llamado jarchas. Y continúa abriéndose camino cuando se convierte en epopeya, con los cantares de gesta y con el viejo romancero. Eso, por no recordar cómo se denominaron las primeras antologías conocidas: Cancioneros. Sin mencionar los sonetos petrarquianos. Por lo tanto, es evidente y manifiesta la unión entre poesía y música tradicional.

Cuando la Academia anunció el 13 de octubre que concedía el galardón a Dylan  “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, no hacía sino volver a los orígenes de la poesía e incidir en el valor poético, en este caso, de su autor. La secretaria de la Academia, Sara Danius, manifestó posteriormente el convencimiento del valor de Dylan como poeta y acudió al modelo de los antiguos vates griegos como Homero, que escribían poesía para ser escuchada e interpretada. No dudó en afirmar que “puede y debe ser leído” y añadió “Dylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante”, resaltando que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclore de los Apalaches con el
simbolismo de Rimbaud.

 A todo habría que añadir la influencia literaria innegable de Dylan en tantos poetas de varias generaciones y de los más variados orígenes, así como los cada vez más numerosos estudios de diferentes universidades que analizan lo que ya se considera un legado cultural, asociado a la literatura en inglés. En los países de habla inglesa, nos encontramos, por estudios críticos y por el aval de la clase universitaria, ante un clásico literario. Al menos, como poeta. Como narrador, no ha sobresalido; ahora bien, si dejamos de lado el fiasco de su novela experimental “Tarántula”, sí podemos resaltar el valor narrativo de “Crónicas”, unas memorias peculiares, en las que desmenuza buena parte de su vida de manera muy original, unas memorias, por cierto, en las que se niega a asumir el papel cultural de líder generacional que se le otorga. En cualquier caso, si en algo una gran parte de la cultura sajona coincide, es en destacar su valor como poeta.
La relación de Dylan y el mundo editorial es larga y copiosa. La publicación de numerosos libros que reúnen las letras de sus canciones no es nueva, así como el curioso primer tomo de su autobiografía Chronicles I, publicado en 2004, y que durante 19 semanas ocupó el primer puesto en la lista del periódico The New York Times. A todo ello le debemos sumar los numerosos estudios sobre su obra como la espléndida y monumental enciclopedia Keys to the Rain, de Oliver Trager, o Dylan”s Visions of Sin, de Chrisotopher Ricks, profesor de poesía en la Universidad de Oxford, o Studio A, un compendio de artículos que, entre otros, firman Allen Ginsberg, Joyce Carol Oates, Rick Moody y Barry Ha.

Y fuera de la cultura anglosajona también abundan las voces que se pronuncian a favor del valor lírico de Dylan; no es cuestión de enumerarlas pero sí citar a Nicanor Parra y al autor británico-indio Salman Rushdie, candidato habitual al Nobel que no dudó en considerar a Dylan como “el heredero brillante de la tradición bárdica. Gran elección”. El novelista Philippe Margotin considera a Dylan “el gran poeta vivo estadunidense del siglo XX” y añade para los que consideran que es autor de una obra escasa- otro de los peros que le achacan-, “entre las 500 canciones que componen su obra, algunas pueden ser consideradas como menos importantes musicalmente, pero en todas hay un texto absolutamente sublime”. A esas voces se suma la del escritor mexicano Antonio Ortuño que no vaciló en resaltar el valor poético de Dylan: “De alguna forma conocí primero a Dylan como poeta, más que como músico…estamos hablando de una manifestación en el arte, la poesía y la canción que es una manifestación popular; en ese sentido, tal como dice el acta de la Academia Sueca, están premiando a alguien que ha innovado en ese género. Aunque tampoco creo que sea lo más espectacular que le haya pasado a Dylan en su vida”.

Para finalizar, es preciso recordar que Bob Dylan tiene varios premios y condecoraciones de suma importancia desde hace años, uno de ellos es el premio Pulitzer, concedido en 2008 y otorgado por la Universidad de Columbia, los periódicos Washington Post New York Times y la agencia Reuters “por su profundo impacto en la música y la cultura popular americana, gracias al poder poético de sus composiciones”. De nuevo, con su capacidad poética a vueltas. Sólo un año antes le habían concedido el premio Príncipe de Asturias de las Artes por ser un “mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo. Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas”. No es cuestión de seguir enumerando distinciones pero destaquemos entre otras su nombramiento como Commandeur Des Arts Et des Lettres, en 1990, cuando Jack Lang era ministro de cultura francés. Se suman a ésa y a otras distinciones, los doctorados honoris causa de las universidades de Princeton y St. Andrews en Escocia por citar alguna más.

Quiero añadir que desde 1970, año de los primeros estudios académicos sobre su legado poético, éstos no han hecho más que multiplicarse. Quizás 2005 sea un año clave ya que vio la luz un trabajo fundamental sobre su obra, The Cambridge Companion to Bob Dylan, un estudio literario definitivo que complementa el congreso celebrado en marzo de 2005, en la Universidad de Caen (Normandía, Francia) donde participaron profesores de literatura de los EE.UU., Gran Bretaña, Canadá y Francia. Según el Dr. Christopher Rollason, uno de los participantes, “los puntos de vista desde los que se examinó la obra de Dylan abarcaron perspectivas literarias, etnológicas, lingüísticas y musicólogicas”. En dicho congreso, Gordon Ball, catedrático de estudios ingleses en el Virginia Military Institute, hizo hincapié en las raíces orales de su poesía y en cómo, en palabras del profesor Daniel Karlin de University College, Londres, Dylan ”le ha dado más frases memorables a la lengua inglesa que cualquier figura análoga desde Kipling”. El enfoque literario fue reiterado en la intervención de Christopher Lebold, de la Universidad Marc Bloch (Estrasburgo), quien ofreció un resumen de su reciente tesis doctoral, que incide en la poética de Dylan. Por su parte, Richard Thomas, catedrático de latín y griego en la Universidad de Harvard, propuso una serie de enlaces y analogías entre Dylan y la tradición literaria greco-romana, desde el arte oral de la poesía homérica o de los rapsodas romanos hasta la cita directa de Virgilio que Dylan nos ofrece en Love and Theft. El profesor Thomas vaticinó que “dentro de dos siglos Dylan será considerado un clásico, plenamente integrado en el canon literario”.

Quisiera terminar con las palabras de dos personalidades muy distintas pero muy significativas. Por un lado, las que el poeta Allen Ginsberg transmitiera al escritor y periodista Jean Francois Duval, al que manifestaba que Bob Dylan es “un gran poeta. Quizá el poeta norteamericano más importante de la segunda mitad del siglo XX”. Por otro lado, las de uno de mis directores de cine favoritos, autor en 2005 de una magnífica biografía filmada sobre Dylan, Martín Scorsese. Al finalizar el documental No Direction Home, dijo: “No he pretendido hacer algo donde se desvelen todos los secretos de Dylan, ni mucho menos, sino rendir un homenaje a uno de los poetas más brillantes del siglo, un hombre que hace que nos miremos a nosotros mismos, que nos emociona y nos hace sentir cosas que no sabríamos transmitir de otra manera”.

Por último, y como colofón, las palabras del poeta, las palabras del escritor, las palabras de aquel que finge ser Bob Dylan.

“Yo sólo soy Bob Dylan cuando tengo que ser Bob Dylan. La mayor parte del tiempo quiero ser yo mismo. Bob Dylan nunca piensa sobre Bob Dylan. Yo no pienso en mí mismo como Bob Dylan. Es como dijo Rimbaud: ¨Yo soy el otro¨”.

Juan Francisco Quevedo

 

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“El miedo”-María Bujalance

Hoy traigo al blog una poesía, “El miedo”, que me ha sorprendido mucho. Es de una poeta de Santa Cruz de Tenerife que tiene quince años y que se llama María Bujalance.  Cuando la leí, ya me gustó, tanto por su composición y estructura, como por su contenido-original e imaginativo-, pero cuando vi que el poema lo había hecho una persona tan joven me impresionó.

Gracias María por permitirme ponerlo en https://poesiaparavivir.wordpress.com/

bujalance

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Ha muerto Chuck Berry-Juan Francisco Quevedo

HA MUERTO CHUCK BERRY

Ha muerto Chuck Berry. Y ha tenido la insolencia de sobrevivir durante cuarenta años a Elvis. Aunque el título de rey del rock se lo llevara Elvis, yo creo que sería de justicia que, cuando menos, lo compartiera con Berry.

Si Plutarco fuese un hombre de nuestra época, sin duda hubiera dedicado un capítulo a estos dos músicos, como ya hiciera con las vidas de Julio César y el gran Alejandro. Sus carreras fueron casi paralelas y aunque Elvis siempre salió ganando en la batalla por la supremacía del rock and roll, Berry, con su mítica forma de tocar la guitarra en cuclillas y de lado, mientras daba saltos laterales-su famoso “duck walk”-, es el músico de rock and roll que más ha influido en la música posterior. Baste recordar las estupendas interpretaciones que han hecho de sus canciones bandas de la categoría de The Beatles o los Stones. Temas como “Rock´n roll music” o “Johnny B. Goode” están en la historia de la música.

A pesar de ello, Berry nunca pudo sacudirse este resquemor de sentirse ultrajado en su paternidad rockera por el guapo de voz más profundamente negra –compartida quizás con la de Eric Burdon- que haya habido jamás, el enorme Elvis Presley. Un rey del rock que, sin embargo y paradójicamente, pasará al Olimpo melómano, además y  fundamentalmente, por sus baladas.

Millones de jóvenes muchachas –las primeras teenagers histéricas de la historia- suspiraban, y aullaban por él en todo el mundo, pero Elvis tan sólo tenía ojos para una adolescente, aún con los restos de la niñez en su rostro, de nombre Priscilla. Con ella, y con la aquiescencia de una falsa y severa sociedad americana, acabaría casándose. Cerraron puritanamente los ojos, como buenos hijos de los ocupantes del Mayflower, y consintieron un estupro de baja intensidad a este lindo e inmaculado blanco, reconvertido en Alemania, a través del ejército americano, en chico bueno. Por las mismas razones-de nuevo las vidas paralelas-, tal vez algo más perversas, incluso pudiera ser que hasta más violentas, un negrazo como Chuck Berry  habría de probar la dureza de las cárceles gringas.

 

“Cabizbajos y vacilantes en torno al patio

desfilábamos en el cortejo de los locos.

No nos importaba: sabíamos que éramos

la brigada del mismísimo diablo,

y cráneos rapados y pies de plomo

componían una alegre mascarada.”

                              Oscar Wilde (La balada de la cárcel de Reading).

 

A Berry siempre le quedará, cuando menos, la elegancia de los grandes bailarines de claqué de Harlem. El espigado y renegado rockero de Missouri bien hubiera podido haber sido, por planta, un bailarín del Cotton Club, aquel local del neoyorquino barrio de Harlem en el que el gran director Francis Ford Coppola se inspiró para su película “The Cotton Club”. Cuando la vi, empecé a pensar en Richard Gere como actor, incluso como actor aceptable, pero enseguida volví a la realidad y le deseé fervientemente que continuara con su vocación frustrada como bailarín. Aunque nunca llegara a tener la figura estilizada del gran Berry.

Hoy, en su muerte, tal vez baile sobre su propia tumba, mientras afina una Gibson.

Juan Francisco Quevedo

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ODA AL REY DE OROS-Juan Francisco Quevedo

    ODA AL REY DE OROS

 

Desnudad los cuerpos ingrávidos,

hacedlos rotar como peonzas

rendidas a un destino eterno:

Girad, girad, girad mortales

alrededor de la batuta

que orquesta y dirige el devenir

tedioso e impasible del mundo.

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El rey de reyes siempre gobierna todos los feudos de la tierra. Incluso las repúblicas más antimonárquicas.

                                                                                                               Fotografía: Marcelino Quevedo

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PEDRO SOBRADO-Juan Francisco Quevedo

NUEVA EXPOSICIÓN DE PEDRO SOBRADO

BLANCO Y NEGRO

Os invito a que leáis el artículo que escribí en el diario Alerta sobre la nueva exposición que presenta Pedro Sobrado en Torrelavega.

NUEVA EXPOSICIÓN DE PEDRO SOBRADO

ESPACIO GARCILASO – TORRELAVEGA

BLANCO Y NEGRO

Lejana en el tiempo va quedando la primera exposición que este artista realizara con apenas veintitrés años en la Galería Sur de Santander, en 1959. Tras una intensa peripecia vital que le llevó a París nada más comenzar los años sesenta, regresó a España en 1976 después de haber vivido en primera persona el mayo francés y haberse empapado con las corrientes artísticas más relevantes de la época. Ha expuesto en multitud de lugares, entre los que podemos citar Valencia, Madrid, Chicago o París. Es acreedor en Francia de numerosas distinciones, entre otras la medalla de Arts, Sciences, Lettres.

Ahora, el artista torrelaveguense, nacido en 1936, y tras un centenar de exposiciones a sus espaldas, regresa a su ciudad natal con una magnífica y expresiva muestra titulada Blanco y negro, acercándose desde estos dos pigmentos primitivos a la figuración sobria, armónica y ligera en el trazo que caracteriza su obra.

Pedro Sobrado realiza una inmersión activa en el devenir cotidiano de la sociedad actual, escrutando con su mirada benévola y sabia el período que nos toca vivir. Este pintor urbano y de lo urbano plasma en sus lienzos figuras y espacios plenos de un romanticismo relajante que transportan al espectador a esos lienzos repletos de color-aunque parezca contradictorio- de los paisajes menos urbanos y más marinos de Edward Hopper.

Cuando el jueves pasado me acerqué a su estudio, me encontré con el artista y con su obra. Con el artista amable y encantador y con una obra que no necesita definición. Cuando uno ve un cuadro del pintor, sabe que está ante un Sobrado. Sin ningún género de dudas.

Pedro Sobrado no sólo ha creado un estilo sino que ha llegado a darle su propio nombre. Y lo ha hecho tras haber pasado por diferentes etapas creativas, que van desde el expresionismo a la abstracción. Con el bagaje y las influencias de todos sus gustos, de todas sus experiencias pictóricas, ha conseguido definir un estilo propio y absolutamente personal y lo ha hecho a través de la depuración de la línea y de la supresión de lo superfluo, incluido el rostro de sus modelos. Si fuera poesía lo que ejecuta, podríamos decir que a sus poemas -a sus cuadros- no les falta ni les sobra una palabra-un trazo-.

En esta nueva exposición nos encontraremos con imágenes actuales, sacadas del día a día de cualquier ciudad. Con un trazo firme, sencillo y elegante, al que se llega con el talento del genio creativo, Pedro Sobrado logra transmitir al visitante vitalidad y alegría por la vida.  Su obra nos llena de felicidad. Transmite esa pasión por el trabajo que realiza y lo hace trasladando su personalidad al lienzo.

Detrás de la aparente sencillez del trazo, de la composición de los planos, donde encuentra esa perspectiva tan personal, está la mano firme y la inspiración de un artista extraordinario, de un pintor consagrado que nos mira desde sus lienzos con la benevolencia de los sabios.

Mientras me alejo del estudio, sus creaciones sobrevienen a esa memoria espacial que todos poseemos y que, en este caso, está dispuesta a no dejar que caigan en el olvido, como sucede con tantas obras condenadas a no ser recordadas. No es el caso; las pinturas de Pedro Sobrado dejan un sello imborrable.

Juan Francisco Quevedo

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Fotos y frases 3 y 4-Juan Francisco Quevedo

Nos pasamos los días esquivándolo pero, tarde o temprano, el carrusel de la vida siempre acaba atropellándote.

                                                                                                                  Fotografía: Marcelino Quevedo

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El ángel de Llimona se erige como sereno guardián de las sombras góticas que se esconden bajo sus alas modernistas.

Tal vez Keats tuviera la lucidez de los clásicos  al afirmar que no existe más razón que la de la belleza. Eso es todo lo que hay de certidumbre y todo lo que debiéramos saber.

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Julio González Alonso-Juan Francisco Quevedo

JULIO GONZÁLEZ ALONSO (2016). LUCERNARIOS

MADRID: EDICIONES VITRUVIO

LEER A UN POETA

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JULIO GONZÁLEZ ALONSO (2016). LUCERNARIOS

MADRID: EDICIONES VITRUVIO

LEER A UN POETA

Descubrí al poeta Julio González Alonso a través de su blog de poesía Lucernarios, que así mismo da título a este feliz libro de poesía que nos presenta Ediciones Vitruvio. De su biografía poco sé, más allá de lo contado por Pepa Agüera Sánchez en el magnífico prólogo que abre la obra y que utilizaré como referencia para bosquejarlo. Lo que sí sé es de su amabilidad en las contadas ocasiones que he tenido el gusto de tratarlo por medio de los mensajes y comentarios en nuestros respectivos blogs poéticos.

Diré que su infancia, la de un niño nacido en León en 1950, transcurrió en un pueblo minero de la montaña leonesa. Estudió Magisterio en León, siendo la enseñanza la profesión a la que ha dedicado toda su vida activa. Tras su paso por Barcelona, concluirá sus estudios de Psicología en San Sebastián, para acabar residiendo en Bilbao, donde continúa a día de hoy.

Es Julio, por su trayectoria vital, un autor de esos que llevan a sus espaldas un bagaje artístico y literario muy importante lo que, inevitablemente, se ve reflejado en su poesía. Sería prolijo detallar su participación en grupos de teatro, su colaboración en revistas literarias y demás actividades por lo que me remito al prólogo del libro.

Desde el primer momento en que leí sus poemas quedé fascinado por sus metáforas, por su dominio del verso y, lo que es más importante, por saber enlazar todo ello, desde su visión poética, con la tradición. En unos tiempos en los que si bien la rima no es necesaria, poetas como Julio nos demuestran que sigue estando presente y que sigue siendo muy válida. Desde luego, la rima y la métrica manía en la dosis y proporción adecuadas tienen un encanto especial. Y Julio acierta plenamente a la hora de administrarlas. Y hasta el oído más penoso se lo agradece vivamente.

Además de ante un espléndido poeta, nos encontramos ante un gran cervantino, ante un estudioso y divulgador de la obra de Cervantes, en especial del Quijote. Su página, Ínsula CerBantaria, me ha servido de guía extraordinaria para profundizar y disfrutar en la lectura de la obra del genio manchego. Sale a relucir, lo que es muy de agradecer, el carácter didáctico de Julio.

Pero vayamos al libro que acaba de publicar, vayamos a Lucernarios.

En la primera parte del libro, Más cerca de lo humano, el autor ve la vida con cierto escepticismo y contempla el paso del tiempo con la sabiduría y serenidad que le dan los años. Indaga en el dolor creativo de la palabra desde esa quietud inherente a la experiencia de la vida.

 

…Cada palabra descerraja un tiro de realidad,

pero es demasiado insoportable para acogerla en el corazón;

así que nos guardamos de sus aristas con pesimismo

y pesadillas. Nada hay muy seguro en el silencio,

pero la palabra apunta a la certeza de la pena…

 

En el poema Sólo queda mirar la voz poética se lamenta de esa huída del tiempo y de alguna manera busca refugio, desde la resignación, en lo cotidiano, en lo más querido y cercano de su propia vida.

 

…sólo queda mirar

hasta cegarse los ojos,

volver la vista-si puedes todavía- a la vida; sonreír

a tus hijos

todavía inocentes de estos crímenes,

contemplar el cielo que nos cubre a todos por igual. Es lo último

que puedo decir…

 

Hay lugar en el libro para el endecasílabo en su máxima expresión poética, en el soneto. Como muestra del talento y la maestría de Julio, baste el segundo cuarteto de De la Condición Humana.

 

…Te sabes antes que nacido muerto,

ser antes que memoria, sólo olvido;

efímera la vida y lo querido

por la mano del tiempo ya cubierto…

 

Consciente el poeta del final inevitable, en Las horas de enero reflexiona sobre la muerte.

 

…Ya rasga el aire el persistente tictac

del tiempo. Ya los cuentos

aletean por mis ojos Ya las sombras

Ya la noche Ya las horas

 

Ya el silencio.

 

En la segunda parte del libro, Confusiones, el poeta penetra en las horas de su oficio, en el quehacer poético, en el poder creativo del lenguaje. Así se refleja en Grito de la necesidad, donde los encabalgamientos visten el verso.

 

Poesía es voz del sentimiento, grito

de la necesidad. Lo sé. Por eso

los paisajes

se pintan de lavandas, jaras

y bosquecillos de encinas; los ocasos

arremeten contra el sol vencido de horizontes,…

 

El autor da a las palabras el valor apasionado de quien vive por ellas, del poeta.

 

No vivimos

en las cosas; habitamos

las palabras

que vuelan en el alma y luego

son luz

y aliento

y nombre y realidad

del mundo…

 

La tercera parte del libro, En horas de amor y desamor, se define en su propio título. En Carta devuelta, retornamos al soneto espléndido, que se resbala dulce y líricamente por nuestro interior, por ese arte de saber colocar los acentos en el sitio preciso.

 

Después de aquel final sin despedida,

sin lágrimas ni adiós ni un sólo beso,

creí que los finales eran eso,

sólo el azar de una ocasión perdida…

 

Julio se adentra en el octosílabo en En nombre del amor vengo.

 

…Si abrazado a los sentidos

por ti muero y por ti vivo

mis sueños tiene rendidos

de ti el amor que recibo…

 

Julio  González Alonso en la cuarta parte del libro, La luz de las ciudades, nos acompaña en los recuerdos de sus viajes y nos muestra esos paisajes urbanos y humanos que le han inspirado. Veamos de su mano París.

 

…No puedo escribir París; sólo razón, filosofía, barricada

de jóvenes airados, años repitiéndose a sí mismos

e interminable abrazo, futuro, espejo

en el que encontrarnos siempre

con el alma desnuda. Si no puedo escribir París

escribo el mundo.

 

De Madrid, el homenaje final a la ciudad que acoge a Cervantes.

 

…Sonó la hora

en torrente poético y don Quijote

vino, después de muerto, a sentar plaza.

 

Los designios es el título elegido para finalizar el libro. Nos mezclaremos en sus páginas con las deidades clásicas, con sus héroes, en los que nos veremos reflejados, pues al fin sus sueños y sus miserias son las mismas desde que el mundo es mundo. En Los dioses el poeta nos muestra esa unión con lo humano, ese deseo por hallar la felicidad, truncada una y otra vez por la muerte.

 

…Sólo es que los dioses no podemos

renunciar a lo que somos ni al destino

inmortal, ni a ser eternos

y en cada hombre ser crucificados.

 

En el sugerente poema Corre, caballo de lascivia, nos invita el poeta a disfrutar de la vida antes de que el tiempo nos la trunque.

 

…Antes

de que el tiempo

se haga pausa

en el pulso de tus sueños, surco en la geografía de tu cuerpo,

distancia

en lo profundo de la mirada de tus ojos,

muerte. Antes de que la felicidad quede a tus espaldas

 

Cuando he cerrado el libro tras haberlo degustado durante largos días, y antes de ponerme ante el teclado, sólo me ha venido una palabra a la mente: Poesía. Estamos ante un poeta que hace poesía verdadera, ante un poeta que domina el género, los metros clásicos, los acentos y que se desenvuelve con maestría, sin renunciar a dotarlos de cierta estructura, en el verso libre. Pero, por encima de todo estamos ante una poesía que nos llega, que estimula las fibras necesarias que desembocan en la emoción. Y lo hace sin trampas, sin concesiones a la sensiblería, ni a la cursilería. Estamos ante un poeta, Julio González Alonso, y ante un arrebatador libro  de poesía, Lucernarios. Bienvenido y bienhallado sea.

Un fuerte abrazo, Julio.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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