ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA-Juan Francisco Quevedo

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

Descubrí la poesía de Ángeles Carbajal de manera casual entre las redes sociales. Con la lectura de algunos poemas sueltos, enseguida pude ver entre aquellos versos a una poeta grave y redonda, con una hondura y una lucidez expresiva, a través de simbólicas e inverosímiles imágenes poéticas, extraordinaria.

Con L´aire ente la rama –El aire entre la rama-, me aproximo por primera vez a un texto escrito en asturiano y lejos de ser un inconveniente se convirtió desde el principio en un reto interesante y en una experiencia gratificante –sólo espero que la poeta perdone la osadía de mis traducciones-. Ángeles Carbajal me ha descubierto una lengua que va mucho más allá de lo que cabía imaginar. Me he acercado a la lectura de L´aire ente la rama sin tener ningún conocimiento biográfico sobre su autora, lo que de alguna manera me ha permitido acercarme al texto sin ningún prejuicio y con mayor objetividad. Y desde luego sin caer en la trampa fácil de confundir a la autora con la voz poética, algo a veces inevitable, ya que la poesía está llena de pinceladas autobiográficas.

Si tuviera que dar una visión general sobre este libro, lo primero que destacaría es la facilidad de Ángeles Carbajal para acercarse al lector sorprendiéndose −sorprendiéndole− con lo cotidiano; algo que en principio, por usual y por tenerlo al alcance de la mano, no parece estar destinado a causar ninguna sorpresa. De alguna manera, es en este terreno donde reside una buena parte de la inteligencia poética; tener esa facultad para observar el cielo y sorprenderse de que las nubes no se derrumben sobre nuestras cabezas.

Esa trivialización de lo cotidiano−como diría Duchamp− es algo muy simple cuando se hace sin sentido artístico. Sin embargo, cuando éste existe se alcanza un nivel expresivo capaz de romper las barreras de lo prosaico, tanto en la concepción de las imágenes como en la palabra­. Se consigue una sublimación de lo mundano y se hace arte, se hace literatura. Y todo ello no se logra de cualquier manera sino a través de una racionalización elaborada de la realidad más próxima, con la que es muy fácil que el lector se identifique. Por tanto, Ángeles Carbajal consigue dos cosas fundamentales, por un lado, hacer que el lector se inmiscuya en algo cercano y, por otro, generalizar y hacer que trascienda ese suceso aparentemente trivial. Logra superar las barreras de lo local, desde lo local, y lo hace universal.

Ángeles Carbajal alcanza en este libro, así mismo, algo aparentemente fácil, pero que es de lo más complicado: consigue desde la sencillez expresiva hacer una poesía comprensible, sin que por ello se eche en falta un ápice de hondura. Bien al contrario, estamos ante una poeta grave que desde la nostalgia, desde la infancia, desde la naturalidad y desde imágenes construidas con lirismo, es capaz de turbar al lector, estimulando, sin caer en la sensiblería, las fibras adecuadas para poner en marcha el mecanismo que nos hace llegar a la emoción.

Ahora quisiera comentar brevemente alguno de los poemas de L´aire ente la rama.

“Casa vieya” -Casa vieja- es el poema con el que Ángeles Carbajal abre L´aire ente la rama. De alguna manera, siempre retornamos a esa casa vieja en la que encontramos refugio y nos cobijamos. Encontramos en ella esa verdad primera, esa vuelta a lo cotidiano que nos proporciona equilibrio y paz interior: «Col corazón nes manes/descansa en paz el corazón» -Con el corazón en las manos/descansa en paz el corazón-.

“Nieve” es un poema de descubrimiento. Sin previo aviso y sin ningún tipo de planificación van llegando las cosas, sobre todo las más duras. La vida, de manera inevitable, nos curte de experiencia y se va desenredando sin darnos cuenta, incluso a pesar de nuestra voluntad. Un buen día vemos cómo pasó el tiempo y cómo todo se ha teñido de blanco. A pesar de mostrar cierta resignación ante lo inexcusable, en el poema hay un punto de rebeldía.

«Los trapinos/cayíen ensin priesa/esnalando nel aire, /como enredando» -Los copos/caían sin prisa/flotando en el aire, /como enredando.

“La cocina de carbón” es un poema redondo en el que Ángeles se atreve a abordar un tópico poético, tempus fugit, sin caer en lo manido del mismo. Es una composición repleta de imágenes sugerentes, de un simbolismo lúcido y certero. Una verdadera delicia en la que contemplamos las edades del hombre reflejadas en las diferentes tonalidades del carbón, desde que es un mineral puro, hasta que se consume y ya sólo queda de él una ceniza blanquecina.

«La cocina de carbón, /la que tuvo arroxando/les hores de la mio infancia, /tien alcordanza del fueu/y les chapes doblaes/del pesu de les potes» -La cocina de carbón, /la que estuvo arropando/las horas de mi infancia, /tiene añoranza del fuego/ y de las chapas dobladas/ del peso de las cacerolas-.

“Los Reyes Magos” es casi un himno a la esperanza que desborda ternura cierta. Es incluso una metáfora de cómo el hombre finge entender la vida cuando, en el fondo, lo único que tiene es la esperanza. A pesar del paso del tiempo seguimos esperando un milagro de la vida. Lo transcribo completo:

«Nun di nenguna guerra/cuando advertí la realidá, /y, como en toles desgracies/de la mio vida, /arguyosa, fixi saber que lo sabía/ensin pidir esplicación, /pero la verdá/ye que tovía nun lo sé/y espero» -No di ninguna guerra/cuando advertí la realidad, /y, como en todas las desgracias/de mi vida, /orgullosa, hice saber que lo sabía/sin pedir ninguna explicación, /pero la verdad/ es que todavía no lo sé/y espero-.

“Rara” es un poema donde se advierte una imagen precisa de la voz poética. Refleja un fuerte sentimiento de rebeldía ante los que se empeñan en despreciar a quien se sale de la aparente normalidad.

En “Perico” la misma voz prosigue en esa misma línea pero con un gran sentido del humor, con una enorme ironía y con una imagen definitiva.

«Como una lletanía de martiellos/aquella xente tan delicado/abrióme un argayu de pena» -Como una letanía de martillos/aquella gente tan delicada/me abrió una sima de pena-.

“Nun Dyan 6” –En un Dyan 6- es un poema un tanto generacional donde la voz poética, ante la presencia de unos tipos raros, los hippies, en el ambiente rural en el que se desenvuelve, descubre que hay algo más allá de los estrictos límites de su entorno. Una vez los conoce regresa al aire ente la rama –aire entre la rama-, que da título al libro, tras el que se detecta un gran poso de melancolía.

Es un poema que cuando ella lo deseaba, no lo pudo escribir. Sólo pudo hacerlo después de mucho tiempo, cuando una música le evoca aquel poema que una vez pensó. Hasta ese momento ese poema soñado pervivió en su subconsciente. En todo él hay un halo de tristeza y nostalgia.

Por otro lado, no pasa desapercibido el guiño que la voz poética simboliza en un pronombre: Bob Dylan, Moustaki, tú.

«Qué vértigu saber/que toi tan lloñe, tan cerca, /que ye´l poema qu´entós cavilé/el que güei por fin escribo/a cuatro pasos del horru y de la ilesia» -Qué vértigo saber/que estoy tan lejos, tan cerca, /que es el poema que entonces pensé/el que hoy por fin escribo/ a cuatro pasos del hórreo y de la iglesia-.

“La primera vez que lloró na mio vida” –La primera vez que lloro en mi vida- es una composición desgarradora, que tiene mucho de descubrimiento del dolor verdadero. El poema tiene una imagen final que nos transmite una sensación de orfandad universal, la que se tiene, a pesar de la edad que se tenga, cuando se pierde a uno de los padres.

«Quixi subir como un perrín tres d´ella/el camin empináu pel que baxaba la nueche, /nun me dexaron, y quedé esperando/porque yera mio ma esa nueche la neña» -Quise subir como un perrín detrás de ella/el empinado camino por el que acechaba la noche, /no me dejaron, y me quedé esperando/porque esa noche mi madre era la niña-.

“El prau Carbayalu” –El prado Carbayalu- refleja una época, la de la infancia, en la que todo parecía estar en su sitio.

«Entós el cielu taba nel cielu/y la nuestra casa en casa» -Entonces el cielo estaba en el cielo/y nuestra casa en casa-.

Por último, un apunte sobre el poema “Escuchar”. En él se advierte que la voz poética se encuentra sola, sin interlocutor que se interese por lo que dice, por lo que le inquieta.

«Suañaben los teyaos y los aperios/que dormíen al rasu y taben solos, /tanto como la lluna/y como la nuestra voz/que naide oye» -Soñaban los tejados y los aperos/que dormían al raso y estaban solos, /tanto como la luna/y como nuestra voz/que nadie oye-.

Quisiera resaltar la consumada precisión de Ángeles Carbajal para describir los sentimientos más cotidianos: La vida en sí misma remitida a la infancia. Es un libro que destila sabiduría, esa sabiduría ancestral y primigenia que se ha transmitido de manera oral, esa sabiduría verdadera que acompaña al ser humano desde el origen de los tiempos.

Al compartir con la autora año de nacimiento, intuyo esa cercanía generacional cuando hace esa inmersión en el mundo de la infancia, en unos recuerdos comunes que me han hecho revivir esos tiempos felices. Ahora bien, los poemas de Ángeles trascienden lo personal, lo provinciano y local y dan ese paso, imprescindible en la buena poesía, que la hace comprensible y cercana para cualquier lector. Usando una imagen o un recuerdo personal, la autora posee la capacidad de poder universalizarlo de tal manera que el lector, según sus propias vivencias e interpretaciones, se siente identificado con sus versos.

Emoción y belleza formal son los ingredientes con los que Ángeles Carbajal conquista a ese hipotético lector, mon semblable, mon frère.

Juan Francisco Quevedo

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Conferencia Juan Francisco Quevedo-La Cavada-La colonia valona de las tierras medias del Miera

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MARCOS TRAMÓN (DE MIS SOLEDADES VENGO)-Juan Francisco Quevedo

MARCOS TRAMÓN (2018). DE MIS SOLEDADES VENGO

EDITORIAL RENACIMIENTO

MARCOS TRAMÓN (2018). DE MIS SOLEDADES VENGO

EDITORIAL RENACIMIENTO

Cuando uno se enfrenta a una gran parte de la poesía reunida de un poeta como Marcos Tramón, un poeta que aún no ha cumplido los cincuenta años, se rinde al inmenso talento de un autor que pareciera con este libro haberlo dicho todo pero que intuimos, sin embargo, que aún le queda mucho por decir. De todas maneras, al terminar la lectura, tenemos la sensación de que aunque no volviera a escribir nunca nada, ni un solo verso más, este libro justifica la vida y la trayectoria de un poeta. Es una obra que deja esa sensación, una obra que bien pudiera parecer de término.

La cita de Lope de Vega que abre este libro de libros no es casual, parece responder a esa tendencia introspectiva y meditativa de la voz poética, de ese trasunto en el que se convierte Marcos Tramón cuando escribe.

“Los días que te explican” (2001) se abre con un poema desde el que se añora un mundo que el poeta entiende como ideal y, por tanto, irreal. Lo aborda desde esa certeza filosófica en la que contempla la vida como si fuera un valle de lágrimas, con la visión apenada de una angustia existencialista, muy próxima al pesimismo de Schopenhauer, aunque con un punto de esperanza conformista: “Vivir, al fin y al cabo; vivir y que no duela”.

Los poemas se suceden y se funden y confunden entre el paisaje urbano de una ciudad que le sirve de escenario para ligar y conformar los trazos de su mundo poético. Y en él, en el centro del mismo, la mirada lírica hacia la mujer y hacia el amor. A veces como algo fuera de su alcance: “Tú, un granito de oro cotizando/al alza en el mercado fragmentario/del día a día de mi vida, / un bien al por mayor.”

Y en otras ocasiones con deseo y contención a la vez: “El dolor y la pena de jamás poder ser/una mujer que coge/a otras entre sus brazos, /y levantarnos las faldas lentamente, /el suave roce primero de los labios…”.

Esa mirada desde la geografía urbana más cotidiana, un autobús de línea, puede ser la excusa perfecta para que, desde una soledad con intenciones voyeristas, se recree en esa actitud contemplativa, un tanto desolada y expectante ante lo que la vida le ofrece casi como una ofrenda plena de pasión y deseo: “Los libros apretados contra el pecho, /con cara distraída, piernas largas/que contundentes caen al suelo, entrecruzadas: /una figura total, muy hermosa, que te arrastra.”

Después, el extenso poema avanza con la mirada vuelta hacia el otro lado del cristal, una perspectiva que progresa por la ciudad como un taladro que perfora la pared, disgregando las partículas de vida. Casi parece como el viaje de la existencia hacia el final: “Dejas pasar paradas, como quien se deja vivir”.

Este magnífico poema, “Geografía urbana”, donde aflora la ironía, un rastro de ternura y un pesimismo que sacude como una neblina los versos, acaba, como ya hiciera Jaime Gil de Biedma en “Pandémica y Celeste”, con el primer verso con el que Baudelaire abre Las flores del mal”, apelando a  ese hipócrita lector.

La soledad, no sé si buscada, como excusa de observador avezado, traspasa todo el libro ante la mirada siempre expectante de la voz poética. Una soledad desde la que descubre la vida a cada paso: “Atravieso un alboroto de risas/que son más chicas divirtiéndose/a la salida nocturna del instituto: /rezuman miel de vida a carcajadas.”

Esta parte se cierra con dos versos que resumen con intensidad lírica las intenciones que se encierran en ella: “Vamos de charco en charco/pisando oscuros días sucesivos”.

“Desgana” es un libro publicado en 2011, por lo tanto diez años los separan, diez años de trabajo silencioso que dan lugar a estos versos que se inician con un soneto de endecasílabos sin rima que es todo un tributo a los gustos del autor, un legado que acumula en su memoria y que ofrece para explorar las múltiples posibilidades de la literatura y del lenguaje como vehículo de conocimiento, como transmisor de esa verdad última que nos arrastra hacia el poder revelador de la palabra. Después, la voz poética nos sorprende con esas “Islas de luz” que bien pudieran hablar de lo fugaz, de lo efímero de los momentos vividos, ante las sombras que la luz cierne sobre el tiempo presente: “Hace esfuerzos por retener tanta belleza/contra la luz, intacta; /hace esfuerzos por retenerlo todo, /como si no estuviese todo perdido de antemano.”

Desde una intimidad reconcentrada en la exploración de su yo más oculto, el poeta nos asalta con su mundo personal, hecho a base de pequeñas confidencias, aparentemente casuales, para hacernos llegar “Las flores de la piedra”, el eco de su parte menos consciente; aquella que late casi a espaldas de uno mismo y que sólo aflora en la soledad, en la soledad dormida de los pensamientos solitarios que brotan casi por casualidad: “Me dicen que hay un día en el que ves/por última vez a alguien, pero que no sabemos/a quién ni cuál es ese día.”

En “Razón de ser”, el poeta rinde un homenaje lírico a quien le ha orientado en la dirección precisa-“La lucidez, la exacta precisión”-, donde se ve el homenaje al maestro, a J.L.G.M., a quien dedica el poema, y también se explicita aquello que le ha servido de guía en el camino de la poesía: “De alguna forma deberíamos/poder pagar la deuda contraída, /pues, más allá de cada trato individual, /hay un afecto, /un elevado afecto, a las palabras/bien dichas, perdurables, /una historia de amor con la literatura”.

Los recuerdos que hieren como puñales y la muerte sobrevuelan algunos de los poemas de “Desgana”; la memoria fija con inexactitud difuminada la mirada dolida: “Qué decir del macabro/significado de todo esto: /no sabes, solo sabes/que, al igual que esta noche, /en ocasiones su recuerdo vuelve/para hacerte más daño”.

Avanzamos hacia “Stricto sensu” (2015), el último libro publicado por Marcos Tramón, con el sabor de la buena poesía, en sentido estricto, destilando por la alquitara lírica del pensamiento, por los recovecos que estimulan los caminos cerebrales que te llevan directamente a la emoción, no a la que se desencadena con la facilidad de lo superficial, sino a aquella que surge del conocimiento, de las profundidades de una sensibilidad exquisita. Los poemas de este libro parecen formar parte de un desajuste preconcebido, de una manera de hacer poesía desde una forma de existencialismo un tanto distante, desde el que se mira el mundo desde una posición donde parece que la añoranza y la soledad, teñidas por cierto desencanto, juegan un papel fundamental: “Recuerdos como huesos sueltos, /en un yermo collado, una tierra baldía: /la del pasado de una vida como cualquier otra vida.”

Una actitud y un sentimiento un tanto desolado, junto a una tristeza cierta y disimulada por la ironía, se reflejan en los versos en los que el paso del tiempo pesa como una losa sobre el hoy, sobre las aguas de un tiempo, en ese permanente fluir que procede de Heráclito, hacia la muerte, en ese nunca seremos el mismo un segundo después del que fuimos: “No nos vemos dos veces/ en el mismo río; /ni siquiera-años más tarde-en su sombra, /nuestras sombras.”

Dejamos este inmenso “Stricto sensu” con unos versos que nos llenan de melancolía feliz, que nos aproximan a la cotidianeidad conversacional de lo cercano, con unos versos que son capaces de parar el tiempo, una imposibilidad física que se hace real en el recuerdo, dando la razón a Kant: “Llega el dolor, y el tiempo se para: /aquel abrazo en el tren, /aquel sabor a amistad y lejanía. /Y el dolor que da tregua: /y el tiempo y el dolor y la tristeza/y el tren, la lejanía/y el dejarse llevar por estas calles.”

“Estación de frontera” es el regalo que nos ofrece Marcos Tramón, un libro inédito que cierra este libro de libros. En él podemos disfrutar de unos versos que nos traspasan con su belleza, con su lirismo descarnado: “Todo está en su sitio. /Es hermoso el paisaje: /como dos emociones sin conciencia.”

Se abre con un poema luminoso, que pareciera contradecir lo dicho anteriormente: “Lo que la luz promete/será morir mañana. Hoy es un día pleno/de sol.”. Es en sí mismo un canto lleno de esperanza que surge tras la desilusión. Todo aquello que antaño fuera importante y grandilocuente se diluye en las sucesivas dosis de escepticismo que la vida se encarga de administrarnos para ya, en la madurez, centrarnos, con el encanto de la simplicidad más desnuda, en lo nimio y afectivo. Sólo las adorables pequeñas cosas son capaces de conmovernos. La vida se convierte en una verdadera celebración: “La gente que camina por la calle/al paso del secreto-la dicha o la desgracia-. /Los amigos, como un agua de siempre, /y como sed de siempre, las mujeres. /Los niños por el parque, /igual que inquietas ruedas. /A la ida, a la vuelta, /la gente que se apiña/en bares y autobuses.”

“De mis soledades vengo” concluye con unas perspicaces, jugosas y certeras opiniones sobre poesía: “No me gustaría acabar escribiendo libros innecesarios”. Opinión que no hace sino redundar en lo que ya dijera Cervantes: “que hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como buñuelos”.

Desde luego, la poesía reunida de Marcos Tramón es un libro necesario e imprescindible, un libro que te reafirma en el gusto por lo primoroso, tanto en la estética como en la ética, en la forma como en el fondo, por la poesía de un autor mayor, en todas sus acepciones. En Marcos Tramón no sólo descubrimos al poeta sino que nos adentramos con él en el territorio inherente a la buena poesía, aquella que siendo testigo del tiempo que vive, enlaza con la de siempre, con la que permanece inalterable. Como dijera al inicio de esta crónica, este libro justifica la vida y la trayectoria de un poeta. Sin duda estamos ante uno de los grandes libros de poesía de los últimos tiempos. Una verdadera delicia para los lectores.

Juan Francisco Quevedo

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JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES LA MEDIDA DEL TIEMPO-Juan Francisco Quevedo

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

Dentro de la colección de poesía “A la sombra de los días”, editada por Miguel Ibáñez y Luis Alberto Salcines, llama poderosamente la atención un título, “La medida del tiempo”, del poeta y escritor Javier Menéndez Llamazares.

A pesar de lo que el propio poeta nos cuenta desde ese pasado que tan bien define como “pretérito interior” y más allá de aquello que el viejo poeta dijera al joven Javier Menéndez Llamazares, está el feliz encuentro con la poesía que nos presenta, tamizada por el chino, no sólo del tiempo sino también por el de la experiencia y la sabiduría que aportan los años. Y se nota en esa mano serena, en esa mano que ha sabido recomponer el poema desde el hoy para hacerlo crecer y ofrecérselo al lector con la frescura lírica de la calidad poética. No en vano, tal y como le dijera Gamoneda, “escribir es, en realidad, reescribir” y, en esta reescritura, es indudable que el prosista nunca dejó de ser poeta, ya que ésta es una condición, una actitud vital, que es difícil de adquirir si no se posee.

Con este libro, concurre una circunstancia que sorprende a los que estamos habituados a leer poesía; desde el primer verso, se origina esa identificación, esa complicidad que se establece con el poema, produciéndose, por tanto, un hecho fundamental: el poema trasciende lo personal, lo que hubiera podido motivar al poeta al escribirlo, adueñándose del lector y en ese tránsito, en el que el poeta llega a desaparecer, se universaliza. Por tanto, el poeta ha tenido la perspicacia de hacer que un hecho aparentemente trivial e individual se generalice.

En “Autoescuela”, el poeta aprende a caminar por la vida en lecciones sucesivas que le ayudan, nos ayudan, a enfrentarnos a nuestros miedos y a nuestros recuerdos. En tanto en cuanto dure la existencia, el aprendizaje es un recorrido interminable, una lección permanente por y para intentar descubrirnos en ese mar de evocaciones que se acumulan en el tiempo, en su medida: “He pensado en mí todos los días de mi vida, y aún no sabría explicar por qué todavía soy un perfecto desconocido.”

Javier Menéndez Llamazares, tal y como han hecho siempre los buenos poetas, no teme enfrentarse a los tópicos poéticos y, sin duda, uno de los más manidos es el que hace referencia a la pérdida, a lo perdido, a esa evocación continua de lo que se va, como un hecho inherente al propio discurrir vital; un recurso universal de la poesía más allá de su origen geográfico o temporal. El poeta lo aborda con un lirismo seductor, una invitación ineludible para paladear la poesía que se desprende de “En el valle del silencio”, un lugar de la memoria que se ilumina, nos ilumina los recuerdos, para añorar lo que ya nunca podrá ser, la paz y la inocencia que acompañan a la juventud: “Pero ya sé que te invoco inútilmente. / ¡Ah, si pudiéramos volver al tiempo de las cerezas!”.

Con esta poesía cercana, discursiva y conversacional, casi sin puntuaciones, más allá de lo estrictamente imprescindible, continuamos en estos primeros poemas de “La medida del tiempo”; el poeta se aproxima al lector de una manera comprensible, bella, emocionante y sensitiva. Con estas armas como único y escueto bagaje nos hace llegar una poesía sin artificios que consigue lo más dificultoso, la complejidad de la sencillez.

La infancia siempre es ese lugar al que se pretende retornar y con la poesía logramos salvar una imposibilidad física, conseguimos regresar en el tiempo a ese paraje de la memoria en el que habita la felicidad. Ahora bien, en “Salterio” parece caminar más bien hacia donde habita el olvido: “Debajo de mi memoria, junto a lo imaginado en el delirio y las fabulaciones deliberadas, anidan las creencias de la infancia”.

Un poema con el retórico ritmo de la repetición, de la anáfora consciente, nos lleva con inteligencia hacia contraposiciones atrayentes, plenas de sentido, en las que la voz poética despliega su pensamiento más íntimo y su yo más tierno: “Frente a mi corazón, unas gotas de insomnio y un lecho de acederas, el camino y el horizonte, la memoria y la casa de mi padre”.

Con una sucesión de horas el poeta llena el día como si se tratara de una repetitiva letanía. Con este poema, el libro cambia absolutamente la grafía, la manera de hacer poesía. No hay transición, es un aldabonazo, un giro brusco y sugestivo, un corte que sorprende al lector sin previo aviso para adentrarnos en el terreno de una poesía que, sin cambiar el tono meditativo y reflexivo, acorta los versos y se torna un tanto enigmática, sin desvelarnos del todo el misterio que encierra el poema, dejando al lector que hurgue en ellos, profundizando y conectando con él desde su propia experiencia: “El que habla no conoce/la lenta exactitud del desánimo, /pero sabe del silencio y el estilete blanco en sus costados, /la perdurabilidad del hábito en el eunuco”.

Hay ocasiones en las que la voz poética pareciera ver el amor, a la mujer, con cierto miedo, con cierto temor, embozado por el deseo, por la huida: “Febril avanzo en la noche hacia tu cuerpo, ágil en el deseo, impulsado por la inconsciencia. /No quisiera recordar que todo, pronto, será memoria”.

No deja de ser curiosa esa manera que tiene el poeta de contemplarse a sí mismo desde otro yo que le observa, desde un yo ajeno y que de manera omnisciente pareciera erigirse en la conciencia de su yo verdadero. “Littera legenda” es un poema definitivo: “Te he elegido a ti porque has salido de mi propio corazón. /Cuando hayas contemplado tu cuerpo te habrás extraviado en las similitudes. /No eres sino mi propia imagen, por lo que has de odiarme irremediablemente, mas conservarás el óleo encendido en la sangre y un punzón de hielo muy dentro de los ojos”.

Al final del libro pareciera calmar ese desasosiego que se intuye en muchas composiciones como si una espada de dolor atravesara el corazón de los poemas: “Ahora destilo mi voracidad/en la conformidad de unas manos que cartografían el amor, /de unos cabellos que se esparcen por mi pecho”.

El último, “Codicilo”, bien pudiera ser una especie de inventario de esas últimas voluntades que el poeta nos deja como legado; bien pudiera ser una despedida, un guiño hacia el lector en un intento por hacerle su cómplice, como si tomara prestados los versos de Baudelaire, “mon semblable, -mon frère!”: “El tiempo entrará en ti/y tú podrás tomar/la medida del tiempo”.

“La medida del tiempo” es un libro que aun habiendo nacido en y desde el pasado, se lee y se disfruta en el presente sin que haya perdido un ápice de interés y vigencia, lo que convierte la poesía que contiene en atemporal; es decir, en algo inherente a la poesía verdadera, a esa poesía que supera sin resentirse las barreras del tiempo-y su medida- fundamentalmente por una causa, porque apela directamente a los sentimientos del lector, estableciendo un diálogo con él desde el que se construyen los mecanismos capaces de estimular las fibras neuronales que desembocan y nos conducen directamente a la emoción poética. Desde luego, “La medida del tiempo” nos da la exacta medida de un espléndido poeta, Javier Menéndez Llamazares.

Juan Francisco Quevedo

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AVELINO OREIRO-Unas cuantas décimas y otros poemas febriles-Juan Francisco Quevedo

AVELINO OREIRO

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles, AVELINO OREIRO

2018-Septentrión Ediciones

Avelino Oreiro es el nombre de un poeta de cuerpo y alma entera que por primera vez nos descubre su poesía pero, no nos engañemos, no estamos ante un advenedizo ni ante un poeta novel, estamos ante un poeta con años de lecturas y oficio a sus espaldas, ante un poeta maduro y en plenitud. Incomprensiblemente, por esas cosas del destino y las casualidades, ha permanecido inédito, refugiado en su guarida personal, hasta esta feliz fecha en que se ha decidido a desvestirse delante de los lectores para mostrarnos una poesía que trasciende de su ámbito particular.

Avelino Oreiro se acerca al mundo del papel impreso con un primer libro que lleva un título de lo más sugerente, “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”, y lo hace de la mano de una editorial joven pero de gran prestigio dentro del mundo poético, dirigida con indudable acierto, criterio y sabiduría por el poeta Carlos Alcorta. Nos estamos refiriendo a la editorial Septentrión.

Lo primero que se percibe al abrir el libro y comenzar a degustar los poemas iniciales es el dominio técnico y formal del autor; algo que el lector agradece de inmediato. Cada verso, cada acento, cada pausa precisa, contribuyen a resaltar la cadencia rítmica, la musicalidad evocadora de esa vieja escuela de siempre. Nos lleva por el poema como un maestro de baile lleva a los bailarines, marcando los tiempos con su vara, golpeando contra el suelo. Esa vara que hacía la misma función que el pie, en la poesía grecolatina, y que servía para marcar el ritmo del poema.

El libro se abre con un prólogo, rebosante de sapiencia, escrito por el poeta José Luis López Bretones que tras una pausada lectura nos conduce y sirve de guía para adentrarnos en estas “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”. Como bien indica el ingenioso título la mayor parte de las composiciones que nos encontraremos se corresponden con el clasicismo de la décima o espinela, estrofa a la que el autor se ha afanado con dedicación hasta demostrar en este libro un dominio envidiable de la misma. Estamos ante unos poemas que, como bien explica José Luis López Bretones, ya estaban concluidos hará unos diez años; más allá de las revisiones que haya podido hacer el autor de cara a la edición. Las páginas del libro se abren, además de con las justas menciones al padre y al prologuista, con una dedicatoria que hace justicia al verdadero artífice de que Avelino se decidiese a mostrarnos sus versos. Este hombre es el médico cordobés, nacido en su Lucena del alma, Francisco Bujalance. Parecen las de ambos vidas cruzadas, Avelino, gallego ejerciente y andaluz de corazón y Paco, mi hermano del alma, gallego de adopción y andaluz devoto.

Desde el inicio resuenan en los versos de Avelino Oreiro los ecos machadianos, profundamente humanos, que nos evocan sus poesías reflexivas. En el libro se abordan todos aquellos temas que, desde Homero, han conmovido al hombre, el paso del tiempo, la infancia, la soledad, el amor y la muerte. Son temas tópicamente universales que en la pluma del autor, con su perspicacia y sentido poético, trascienden el ámbito de lo individual para elevarlo desde lo personal con un fin, universalizarlo. Ese es uno de los grandes aciertos de Avelino Oreiro. Y lo hace alejado de las modas imperantes que pudiera haber, recurriendo a los metros clásicos y situándose por encima de ellas. Ello contribuye a que, sin duda, el oído menos dotado agradezca este gusto por el ritmo, por la métrica manía, por conferir una musicalidad envolvente a su lírica y, como dice el prologuista, luego serán los lectores los que “sabrán ajustar el oído al corazón y dejarse llevar por la melodía del verso”.

Pero no sería justo incidir solamente en la estructura del poema, que es impecable; los poemas del autor van más allá de lo estrictamente formal, ya que su poética es profundamente reflexiva y meditativa, con lo que consigue lo más difícil de lograr, un equilibrio encomiable entre ética y estética, entre fondo y forma, entre lo que se dice y cómo se dice.

Avelino Oreiro se aproxima al lector con la idea de hacer una poesía clara, diáfana y que pueda llegar sin ningún tipo de intermediación intelectual, lo que no hace sino acortar ese espacio, a veces insalvable, que nos lleva hacia el poema: “Llamaré al amor, amor, / al pan, pan, y al vino, vino”.

Nos encontramos ante un poeta al que como dice él mismo en su “Bosquejo de un autorretrato” le atrae la cotidianidad y dentro de ella la poesía más popular, es decir aquella que puede prescindir de los poetas: “Amo el zumo del dios Baco,/ la tarde, el bosque otoñal,/ la belleza impersonal,/ las tertulias y el tabaco;/ las pulgas y el perro flaco,/ las plazuelas recoletas,/ los viajes sin maletas,/ los soliloquios del mar/y la canción popular,/que es poesía sin poetas”.

Después, el libro se ve inmerso en una serie de poemas en los que la voz poética se adentra en esa soledad un tanto angustiosa, que parece casi existencial, y que el poeta la lleva pegada a su ser como si fuera un sino imposible de eludir, casi una predestinación: “Un recién nacido llora,/ grita su primer poema:/ Una soledad suprema/se inaugura en cada aurora”.

El paso del tiempo y la añoranza por lo perdido, bien sea la juventud, los amores, o cualquier otra de las muchas cosas que el hombre va dejando atrás por la vida, siempre es fuente de atracción e inspiración para los poetas y Avelino Oreiro lo refleja con su voz: “Calvicie en cuarto creciente/ -hojarasca en la bañera-, / vislumbres de calavera,/ bajo la arrugada frente”.

La infancia, como ese paraíso perdido del hombre, al que siempre se sueña con regresar, compone una décima entrañable, que rezuma ternura melancólica por cada uno de sus versos: “¿Dónde vi yo antes, dónde,/ dónde ese pelo yo viera/ -retazo de primavera donde el sol jamás se esconde?/ ¿Dónde yo lo viera, dónde/ -sobre ti tan retorcido,/ de oro niño entretejido-,/ dónde, me pregunto, dónde?/ (El recuerdo no responde,/ hecho, como está, de olvido)”.

El libro avanza firme y se adentra en territorios como el amor, el desamor y la pérdida. Se torna un quejido doloroso que, desde la serenidad, se emite con resignación: “No conozco el paraíso/ de un corazón de mujer. / Lo que se dice querer, / ninguna mujer me quiso. / Anillo de compromiso/ ha lucido mi anular/ varias veces; pero amar, / nunca nadie me ha amado. / (Soledades de un pasado, / que no deja de pasar)”.

Al cerrar el libro, uno se va con la sensación de haber paladeado poesía verdadera, poesía que rezuma sentimiento y emoción, poesía de siempre y concebida para siempre. En ella, continuamente resuenan los ecos de don Antonio Machado. Me despido con el poema que dedica a José Luis López Bretones, un poema donde estas sensaciones, estas voces, se vuelven más intensas: “No seré ni fui ni soy/ más que una nube que pasa/ en un tiempo que no casa/ con mañana, ayer ni hoy. /Yo vengo a la vez que voy/ y, acercándome, me alejo/ del reloj y del espejo, / del Edén y la Utopía. / En la noche duerme el día:/ Niño será quien fue viejo”.

Juan Francisco Quevedo

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SANDRA SÁNCHEZ UNA MANZANA EN LA NEVERA -Juan Francisco Quevedo

       SANDRA SÁNCHEZ

UNA MANZANA EN LA NEVERA

(2017)PIEDICIONES

“Una manzana en la nevera”, de la poeta ovetense Sandra Sánchez, se nos presenta como una tentación. Sandra se la ofrece a los lectores, envuelta en el universo de su mundo personal, como aquella fruta prohibida que Eva no se resistió a morder. Y así se avanza por el libro de poemas de esta autora, dando dentelladas a ese Edén que se encierra en sus versos. No hay temor al pecado original, bien al contrario, cada imagen poética es una constante invitación, una sucesiva sugerencia a progresar por la poética de esta autora que, con sus versos, nos redime precisamente de esa pena que nace con el hombre como sino de su origen.

El libro arranca con un pequeño poema en el que la voz poética parece encontrarse, al fin, a gusto consigo misma; tras un período de desorientación, se ha ido recomponiendo hasta conseguir encontrar cierta serenidad.

“He comprado un corazón

Y lo he armado con paciencia.

Me lo quedo, venía roto.”

Los primeros poemas no dejan de sorprender tanto por la facilidad para elaborar imágenes poéticas desde lo cotidiano como por su precisión a la hora de transmitir esas sensaciones. Además, este inicio es como una declaración de intenciones desde las que quiere dar fe de su fortaleza. Esa mujer renovada que anuncia su primer poema, se declara preparada para aquello que haya de venir, “No tengo maleta ni planes de futuro”, se siente fuerte y nostálgica desde el yo actual, que no es más que la suma y la resta de todos los fuimos precedentes, “Cuánto ha de quedar aún en mí/del primer árbol/cuánto del sol que le dio vida, / cuánto…”. Esa visión de la realidad la conduce a asumir el paso del tiempo como un descubrimiento repentino, “Esta mañana abrí los ojos/y me miré al espejo, escudriñé mi cara/… y ahí estaban.”

A continuación vienen una serie de poemas que constituyen una reflexión personal sobre el mero oficio de escribir, una referencia a esas horas de ensoñación que nos trasladan al universo personal desde el que afloran versos inacabados y sobrevenidos, a una obsesión que a veces puede llevar a confundir vida y poesía, “Al oficio compartido de escribir,/ añado ahora éste de vivir/que tantas veces confundí/con otras cosas.” Ahora bien, la voz poética no duda en manifestar su adscripción a ese club en el que se ve la poesía como una meta vital, “Tengo la mala costumbre/de emborracharme cada noche/ con brebajes de poemas”.

Tras estas reflexiones un tanto endogámicas, comienzan una serie de poemas que van desde el amor verdadero al amor pasión, cuando no conviven ambos, “En un rincón oscuro/ de aquel bar de mala muerte/te comí la boca:/tu lengua poco hecha; /los labios, al punto.”

Después de servir esa tentación, en plato frío y con sabor a venganza, “Hay mordiscos que ya no son tan tentadores, /bocados que no saben tan jugosos, /lo sé bien.”, viene el desamor, la desconexión, los poemas de desengaño, “Agotado, al fin, el fuego/sólo queda la ceniza.”

La contemplación del amor como un afán monótono y vacío, vencido por el tiempo, como un “Lastre” del que desprenderse, “A qué tanto esto y aquello y lo de más allá, / si más allá no había nada…”. Sin embargo, eso no es óbice para experimentar nostalgia por lo perdido, algo recurrente en la poesía, sea el amor, la juventud o cualquier cosa que dejamos atrás, “A esos lugares que me son tan próximos/y tan remotos a la vez…/A ese vacío donde el eco de tu nombre/se hizo huésped.”

Los poemas de Sandra Sánchez se van sucediendo despertando en el lector emociones variadas, unos se impregnan de tristeza desde un paralelismo interior, desde un hecho aparentemente trivial, la lluvia, “Luce radiante, hoy, la lluvia/y a mi me gusta, /porque puedo llorar sin que se note.”, y otros de dolor, un dolor que emerge desde la soledad creadora, desde la que se trata a sí misma de usted, “Piense…/Dele el final que más le plazca/y luego quémelo. Hágame caso”.

En esa trayectoria vital por la que avanza el libro, hay un momento en el que nos muestra un absoluto escepticismo vital, “No es miedo a que la Vida me muerda/es miedo a que me muerda/y yo no sangre”. Ahora bien, esta especie de resignación no la impide apreciar y disfrutar las cosas que nos ofrece la vida por mucho que a veces se persiga cierta infelicidad, “Pero si hay un sitio peligroso y traicionero/es ese frágil/e inocente vaso de agua/que convive con nosotros”.

Son muchos los poemas de este libro de Sandra Sánchez que me llevan a la emoción, al encanto de verte seducido por unos versos, pero si tuviera que salvar solo uno, sin duda rescataría del olvido “B-SIDE me”, un poema genial donde Sandra expresa como nadie cómo la misma vida te va llevando, a medida que avanzas por ella, hacia lo pequeño, y te va alejando de lo grande. Y lo plantea con belleza formal desde una compleja sencillez que seduce instantáneamente al lector. Tiene un final, cuando menos, inquietante, “Esta noche toca fútbol con mi padre, /y ya ves, tantos años renegando/para acabar siendo los dos/-al final-/del mismo equipo.”

Será “Bajo la lluvia”, ante la tragedia de la muerte, donde comience a asomar la belleza última de las rosas muertas, “Ese rojo intenso/que brota de la herida/que aún provocan.”

Uno de los últimos poemas de “Una manzana en la nevera” nos desborda de ternura, la que Sandra Sánchez deja desprender de ese miedo a la vida, de ese miedo a la noche, siempre presente. Un poema, un “Aún”, que justifica esta despedida. Muchas gracias Sandra por este maravilloso libro.

“Qué quieres que te diga…

con todos estos años

que llevo en la mochila

sigo siendo esa niña

que se esconde debajo de la manta

y que aún

necesita que le dejen encendida

la luz de la mesilla

un día más.”

Juan Francisco Quevedo

 

 

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ROLLING STONES-DE NUEVO EN LA CARRETERA-Juan Francisco Quevedo

ROLLING STONES-DE NUEVO EN LA CARRETERA

La nueva gira europea que acaban de iniciar estos septuagenarios y multimillonarios músicos de rock es la excusa perfecta para recordar su extensa trayectoria. Esta es la leyenda del grupo más grande y, desde luego, más longevo de la historia.

Cuando Keith Richards y Mick Jagger fueron juntos a la escuela primaria aún no soñaban que se reencontrarían unos cuantos años más tarde, en 1960 y ya con pantalón largo, en una estación de metro de la capital inglesa. Jamás imaginaron que esa casualidad les llevaría a fundar con el tiempo los Rolling Stones. Tras un par de años deambulando por los garitos londinenses, tocando y cantando en pequeños grupos, escucharon a la banda que lideraba un muchacho llamado Brian Jones. Una pequeña charla entre ellos sirvió para dar forma y vida a los Rolling Stones, nombre surgido de la mente de Brian tras escuchar la canción de Muddy Waters, Rollin´Stone. Tras una gira interminable por bares y locales donde tocaban por nada más que lo que pudieran beberse, en enero del 63 se les unió el batería Charlie Watts, el impávido y anacrónico miembro de la banda.

Será precisamente ese año cuando el grupo despegue definitivamente; curiosamente el mismo año en el que se encuentran, tal vez como almas gemelas, en el Festival de Newport, Bob Dylan y Joan Baez, formando la pareja más envidiada del universo hippie.

Pero, en este año de 1963, hubo más música y más encuentros afortunados que en aquel festival folk. De hecho la gran explosión, tanto musical como social, se produjo con los Beatles. En su imparable carrera hacia el Olimpo llegan al número uno en Inglaterra con el tema “She loves you” y, por fin, sueltan amarras, dirigiéndose a toda máquina, para abordar definitivamente el gran mercado americano. Curiosamente, los muchachos de Liverpool están a punto de fabricar la melodía que daría el primer éxito a otro grupo con el que acabarían rivalizando, con The Rolling Stones, con los niños malos de la historia del rock. Sin ese acto de inconsciente generosidad la historia del rock hubiera sido otra.

Cuentan los hagiógrafos de los Beatles, aunque por su inagotable creatividad es fácil de creer, que Lennon y McCartney se encerraron durante unos minutos en una habitación y salieron con la base, regalada a los Stones, de lo que sería el primer gran golpe rítmico del grupo, “I wanna be your man”. Tal vez, de haber sido cuatro artistas más o menos aventajados y de haber sabido las consecuencias de aquello, no lo hubieran hecho pero, desde luego, no eran mediocres y, por otro lado, es fácil entender que estuviesen muy por encima de aquella puntual circunstancia. Puntual pero crucial, ya que tuvo una gran importancia en el desarrollo posterior de la música rock.

Curiosamente, de aquellos casuales lodos surgieron estos “cantos rodados”, los cuales deben su nombre, como dije, a una canción del memorable músico de blues Muddy Waters y no, como pudiera pensarse, al posterior himno dylaniano de título casi similar. Lo verdaderamente paradójico es contemplar cómo llegan a la fama justamente de la mano de aquellos a quienes más los contrapondrán y enfrentarán. Cosas como éstas nos hacen pensar en aquello de que el destino ya está escrito en las estrellas.

Estos peligrosos Stones que, sin tardar, harán de los Beatles unos niños buenos, aunque por poco tiempo, no van sino a comenzar una de las carreras más brillantes de la historia de la música moderna, aunque quizás la hayan prolongado demasiado tiempo. Sin embargo, en Estados Unidos, si creemos a la revista Cash Box, no llegarán a lo más alto de las listas hasta el 65, de la mano de “Satisfaction”. Después, no hicieron sino acrecentar su leyenda negra que culminará en el festival de Altamont, y que se unirá a la fama despiadada y violenta de los Ángeles del Infierno, ejemplos paradigmáticos de una estética y un espíritu matón y desafiante. En el festival de Altamont, los Rolling Stones presentan su disco “Let it bleed”, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba “Simpathy for the devil” y la brutal presencia, en el servicio de seguridad, de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nunca nada volvió a ser igual.

A este mítico grupo hay que reconocerle, sin embargo, que en estilos tan diametralmente opuestos a sus orígenes, incluso tan opuestos a sus salvajes y satánicas estampas, ha sabido adaptarse y dotar de calidad hasta la música más comercial; baste como ejemplo los temas “Star me up” y “Emotional Rescue”. Esta música discotequera, odiada por los rockeros más puros –los más próximos al heavy-, fue definitivamente dignificada por unos Bee Gees que, tras su glorificado “Massachussets”, parecían andar erráticos, entre canguros y koalas, hasta que se reencontraron, por el amarillo camino que lleva al arco iris, con el falsete, con el denostado falsete. Junto a la “Fiebre” más bailable-“Stayin`Alive”- de Tony Manero, el muchacho de los inacabables cuellos de camisa y perenne peine en el bolsillo trasero del pantalón, compusieron grandes baladas –“How deep is your love”- que no han hecho más que dar alpiste y pisto a su carrera. Fue una pena su estética hortera y caduca, a medio camino entre el último Elvis y el mayor macarra de cualquier lugar.

Pero volvamos al padre nominal de los Stones, volvamos a este maestro de músicos que atiende por Muddy Waters. Este viejo bluesman, que ya en los cincuenta triunfara con una canción, “Hoochie Coochie Man”, compuesta por el contrabajo del grupo, Willie Dixon, es uno de los grandes artífices en abrir brecha y posibilitar, magistralmente, el camino que ha de recorrer el rhytm and blues para convivir y derivar en el rock de los sesenta. Este sendero lo recorrerá sin renunciar a su esencia –“I got a rich man´s”-, sin renegar de ese antiguo riff de guitarra, íntimo y doliente, que como en una jaculatoria se lamenta hasta conseguir estremecernos. Poco a poco, en su carrera hacia una modernidad respetuosa con las raíces, va añadiendo elementos, con la maestría de los elegidos por el soplo de la inspiración, hasta hacerle identificarse con un blues más urbano y refinado. Podemos decir de él que fue un músico que supo tocar a tenor de los tiempos en los que estaba, pasando, de igual modo, por el clásico Teatro Apolo de Nueva York que por el Festival de folk y jazz de Newport, sin olvidarnos de su presencia en el primer gran macrofestival de la historia, el Festival de Monterey.

Entre estos barrillos se fueron conformando los lodos que darían lugar a los más grandes entre los grandes, los, por tanto tiempo, impresentables Rolling Stones. Poco después de su lanzamiento y de su primer gran éxito se convertirán en algo más que un simple grupo de rock; representarán una nueva forma de vida, acorde a los nuevos y airados tiempos, encarnarán una rebeldía que manifestarán en su estética descuidada, en sus greñas amontonadas y en su manera de estar encima de un escenario, volcados encima del público y completamente descoordinados, haciendo cada cual lo que más le place. Hasta la carga sexual de Mick, el verdadero estrellón del grupo, en todos sus contoneos, irrita a una sociedad establecida en las viejas normas, incluso de los nuevos cantantes. Ese rechazo por las viejas estructuras incluso lo experimentan en su propia casa de discos –Decca-, pero para ellos parece ser que no es más que la señal de que van por el buen camino. El inconformismo es su bandera, junto a la independencia creativa, y en su radicalismo primario recuerdo como contestan el “Let it be” –Déjalo estar- de unos Beatles al borde de la separación con un L.P. de título significativo, “Let it bleed” –Déjalo sangrar-.

Además, y junto a Muddy Waters, admiran, maman de sus entrañas y reinterpretan a Chuck Berry, al igual que les ocurre con Jimmy Reed o Bob Diddley. Estas influencias hacen de Jagger un cantante con un gran talento para el blues, en especial para el blues lento y apasionado donde, con su voz única, aunque no extraordinaria, retuerce con sus inflexiones la melodía, llegando a un semifraseo pronunciado, enérgico y envolvente. Si a ello le añadimos que estamos ante el mejor “performer” del rock, lo demás sobra, si bien es de justicia señalar que nunca cantará tan bien como el cantante blanco de voz bluesera más negra, Eric Burdon –“Bring it on home to me”-.

Más tarde, poco después, cuando crezcan y se hagan grandes compositores, serán ellos los que serán reinterpretados, como pasa con los artistas verdaderamente consagrados, e incluso, excepcionalmente, llegarán a superarles en sus versiones, tal y como pasa con su hermosa canción “Ruby tuesday” que, en la contundente y desgarrada voz de Marianne Faithfull, se hace inmensa en su lirismo roto.

“No sé si es diosa o mujer, pero me parece la misma Venus”. Geoffrey Chaucer (Cuento del caballero)

 Entre las grandes canciones interpretadas por sus creadores perviven grandes versiones; sirvan de muestra recreaciones como las que Nina Simone hace del “Here comes the sun” de Harrison o del “Just like a woman” de Dylan. Incluso hay versiones, como la que hizo James Taylor de “You´ve got a friend”, que nos hace olvidar a su bella compositora, Carole King.

Los Stones fueron un grupo salvaje y desbocado –“Wild horses”-, en el cual tan solo Charlie, el elegante batería de la banda, el hombre discreto y músico talentoso, el caballero amante del jazz y de Skinnay Ennis, se ponía, con su porte impecable, a salvo del naufragio de desenfreno en el que se vieron envueltos durante casi veinte años. Después, Mick, el cerebro contorsionista del grupo, el juglar moderno por excelencia, a sólo un paso -nunca llega a darlo- de la bufonería más medieval, se convertiría, con la fe de los conversos, a la macrobiótica y al jogging. Ver para creer. Charlie tal vez fuera, en realidad, el contrapunto sosegado a ese icono de la modernidad, a esa guindilla, con fuego en el trasero, de Mick, y a la incontrolable desmesura -nunca extinguida del todo- del guitarrista, el gran superviviente de todo tipo de excesos, Keiht Richards. Verdaderamente los dos parecían haber nacido en la cola de una violenta tormenta-“Jumpin´Jack Flash”-, al son de los acordes de la guitarra más característica de la historia. Con sólo oír el bruñir primario de sus cuerdas sabemos que estamos ante ellos; no es preciso ni, tan siquiera, nombrarlos.

“Nací en el huracán de un tiroteo, /y gemí en brazos de mi madre bajo la lluvia de la tormenta.” Rolling Stones (Jumpin´Jack Flash)

No cabe duda, aquella música bestial, alocada y apasionada, como los poemas de Byron y Pushkin, nos absorbía provocándonos “movimientos del alma”. Y no sólo fueron los Stones, fue la época a la que pertenecieron, una época durante la cual la música, fuera de Dylan –Agamenón- o de su porquero, era una bandera tras las que se iba a la búsqueda de la verdad, por muy efímera y subjetiva que fuese.

Sea como fuere, estamos ante una gran banda, una banda fascinante, creadora de una puesta en escena trovadoresca y con un directo arrebatador y brutal. Aquellos, allá por el 71, que pudieron asistir -o incluso aquellos que, como yo, hemos visionado la grabación- a alguno de los conciertos de aquella memorable gira, sabrán de lo que estoy hablando. Ver, y oír, abrir un concierto con las sorprendentes y metálicas notas de “Honky tonk women”, con un Mick entregado a la causa y un Richards absolutamente pasado, envuelto en el humo de su propio cigarrillo, es como transportarte hacia un futuro desconocido. Tras un reguero de canciones, en medio de una improvisación aparentemente casual, se enlazaba con los primeros acordes del tema señero del grupo, “Satisfaction”, envolviendo al público en una hipnosis admirativa e inolvidable. Después, ya sólo quedaba vivir para contarlo aunque, quizá, para verlo, y vivirlo con la misma emoción, haya que retrotraerse en el tiempo hacia aquella época y tener unos cuantos años menos. No en vano la edad nos anquilosa los sentimientos y nos congela la sonrisa. A mí, con el tiempo, y a pesar de toda la carga de escepticismo socarrón que llevo a cuestas, me afloran impresiones encontradas, recordándome las palabras de Unamuno: “un hombre de contradicción y de pelea…, uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida.”

De los miembros del grupo, al bajista, por haber sido siempre invisible, me lo salto, pero no osaré hacer lo mismo con el mitificado por la progresía de la época, como todas las estrellas que mueren jóvenes y trágicamente, Brian Jones, un Stone que algunos, tal vez demasiado cercanos, quisieran hacernos creer que nunca hubiera existido y que nunca hubiera tenido ninguna trascendencia en el primer devenir del grupo.

Por entonces, en el 71, Brian Jones ya no estaba ni con los Stones ni en este mundo. El 68 fue un año convulso, también para la historia del grupo. Durante ese año los gurús de la banda, es decir Jagger y Richards, habían adquirido peso específico y ya tenían medio decidido dejar fuera de la misma a Brian. Éste estaba totalmente ido, tal vez más, aunque parezca imposible, que los demás y, en esa envolvente semi-mística, se debatía interiormente entre la filosofía hindú y las pipas de Kif que, antes, mucho antes, ya hicieran visionar la muerte al inmenso literato, y extravagante personaje, como diría de él el general Primo de Rivera, de las barbas de chivo, al viejo cascarrabias que se paseara por Madrid, según la leyenda fomentada por él mismo, con un león. Y no con un león cualquiera sino con uno capturado en la selva mexicana –algo completamente imposible-, al que llevaba en el cabo de una correa tirada por su mano. Una mano que, por cierto, perdió al recibir un bastonazo, y clavársele el gemelo del puño en la carne. Una discusión, sobre un lance insignificante, en la que llamó majadero a su oponente, mientras empuñaba una botella de agua, a modo de garrote, fue el fatal desencadenante que dio lugar al mandoble mutilador. Y es que don Ramón María era así, un tanto peculiar e irascible. Su presencia espectral le persigue, como una sombra cosida a sus botines sin cordones y a su literatura, más allá de la muerte.

“Tiembla en la luz acuaria del jardín; /y va mi barca por el ancho río/que separa un confín de otro confín.” Ramón María del Valle-Inclán (La pipa de Kif-Rosa de sanatorio)

Por aquel entonces, Brian Jones, en su alucinada existencia, poco creía deberle a la vida y poco creía deberse a sí mismo, quizá, lo único, un anhelado viaje a Marruecos, inspirado sin duda en las referencias de Paul Bowles y Burroughs. En este último suspiro vital, el ex guitarrista de los Stones se prendó locamente de una música distinta a la que, hasta entonces, había escuchado, la música étnica y primitiva de los “Virtuosos de Jajouka”, unos hombres enigmáticos, descendientes, a su vez, de generaciones de músicos que nacieron adorando al santón Hamid Sherk, profeta del Islam. Estos personajes, predestinados desde la cuna, no saben hacer otra cosa que tocar y tocar de manera compulsiva. Tocan continuamente y las notas se desparraman por entre la humareda que desprenden las pipas de Kif. Siempre suenan, y nunca se cansan, los mismos ritmos ancestrales, los mismos que llegaron hasta ellos a través de las desgastadas manos de sus antecesores. Todos los pueblos que se extienden en sus dominios se ven permanentemente inundados por el sonido de sus rhaïtas –similares al oboe-, acompañadas por el resonar de los tambores. Podemos asegurar que lo último que Brian Jones hizo, antes de aparecer muerto en una piscina –al igual que Moon, el potente batería de los Who-, fue grabar a estos músicos legendarios y, de alguna manera, darlos a conocer. Descanse en paz. Descanse tras yacer y cruzar aquella piscina, transformada en su Aqueronte particular, e ingresar directamente en los Infiernos, bajo la mirada atenta del Iris -como no podía ser menos- de siete colores. Ya nunca regresará, ya nunca lucirá su cuidada melena rubia, bajo un sombrero, reposando sobre las pieles felinas de su abrigo. Esta última imagen, impresa en una vieja fotografía, es el recuerdo que en mí más vivamente ha prendido. No sé por qué.

“… y siete veces más cansado del duro pacto/de excavar cada víspera una nueva fosa/

en el terreno avaro y yerto de mi cerebro/sepulturero sin misericordia para la esterilidad”. Mallarmé (Cansado del amargo reposo)

Mick, Keith y Charlie aún siguen ahí, como si nada, con los achaques de la edad acechándolos y con los recuerdos de aquellos tiempos, para algunos inmemoriales, en los que vivían en la inopia de una juventud idealista y maldita, ubicada en el infierno, lleno de iluminaciones, de Rimbaud, y en los paraísos artificiales, dentro de la brujería evocadora de Baudelaire.

“Yo conozco los cielos rompiéndose en destellos, /las trombas y las resacas y corrientes: y la noche conozco,” Rimbaud (El barco ebrio).

En cualquier caso, estos, digamos con sarcasmo, despojos pretéritos, y un tanto remotos, con el marchamo de envejecidas viejas glorias, hinchadas presuntuosamente por un pasado brillante, sirven para testimoniar el sufrimiento desvencijado de aquello que nunca pudo ser. Tal vez, como Rimbaud, debieron evaporarse sin más y dejar su obra, como, desde su alquimia del verbo, el poeta dejó, con apenas dieciséis años, estos enigmáticos versos. Y, luego, se dedicó, simplemente, a traficar con esclavos. Sin embargo, prefieren pasear su afonía un tanto cascada y agónica por los escenarios y caerse de cabeza de elementales cocoteros que se levantan en paraísos fiscales, ya nunca más artificiales. Y si no que se lo digan al guitarrista que ya de viejo se cayó de uno de ellos.

– Keith, ¿qué carajo hacías, a tu edad, encima de un cocotero? –seguro que le preguntaron al miembro de los Stones, perplejos, sus hijos, mientras se recuperaba en un hospital del derrame cerebral sufrido tras la caída-.

Es de justicia pensar que más dignamente acabaron otros, sin necesidad de morirse, y podemos pensar que, incluso, más dignamente acabó un dudoso caballero, pero con cierto estilo, como La Voz, dicen, más mafiosa de América. Salve, Frankie. Ya, por fin, te he dicho algo verdaderamente estúpido. Y es que Frank, al fin y al cabo, siempre representó el mismo papel. Nunca engañó ni a sus seguidores, ni a sí mismo. Siempre fue un canalla con clase, de esos que tanto gustan, aunque de lejos.

Y ahí están otra vez los Stones, parece que en plena forma y no como esas viejas estrellas gordinflonas que pasean sus kilos por los escenarios con sus viejos temas de siempre. Pudiera parecer que el tiempo no ha pasado, pero vaya que si ha pasado; no hay más que ver sus caras. Y su voz, la voz de Mick que, sin embargo, parece seguir moviéndose y contoneándose como siempre, con esa electricidad discontinua tan característica en su persona. Keith, permanece amarrado a su guitarra, deambulando por el escenario como un zombie místico mientras que Charlie sigue como siempre, manteniendo vivo su pacto con el diablo, como si fuera un hierático y elegante batería de un club de jazz antiguo.

En fin, disfrutemos de esta banda, aunque ya esté un poco carcomida por el tiempo, un tiempo que bien pudiera haberles sobrepasado. Como a tantos.

Juan Francisco Quevedo

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HILARIO BARRERO-BLENDING- Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

BLENDING

ss

Querido Hilario, al abrir el sobre donde venía tu “Blending” y al verlo he sentido una profunda emoción. Una edición cuidada y primorosa, como siempre acostumbras. Después he explorado sus páginas en las que el sentido del humor flota a manera de recibimiento en ese se agradece la reproducción “hasta por señales de humo” y, también, a manera de despedida, aunque con un humor más irónico, con esa dedicatoria “Al confesor y la pregunta temida: “¿Cuántas veces, hijo mío?”.

Muchas gracias por este libro que desborda sensibilidad y emoción en todas sus páginas, en todos sus poemas. Reproduzco el poema que da título al libro, “BLENDING”, donde haces un paralelismo maravilloso entre esos ojos que se abren cuando todo está por descubrir, uno ojos que se asombran ante el insospechado color que aparece al mezclar el azul y el amarillo y esos ojos que aún ignoran las incertidumbres de la vida, reflejadas en un negro que acabará por dejarnos ciegos. Espléndido libro de un poeta que no deja de maravillarme, de emocionarme desde un lirismo verdadero y lleno de contenido. Muchas gracias Hilario.

BLENDING

Descubrir el amor,

escuchar el aullido de la muerte

y ver por primera vez el mar

es como cuando un niño

descubre que azul sobre amarillo

se torna verde luminoso

y no sabe todavía que el negro

es un carbón ardiendo en sombras

que algún día le quemará los ojos.

 

 

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ÁNGELES MORA FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA -Juan Francisco Quevedo

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

 

Como bien saben los que tienen la gentileza y la paciencia de leerme, no soy un crítico literario, pero sí soy un lector muy crítico; de esos que simplemente hacen crónicas de sus lecturas favoritas, lo cual, según algún amigo bienintencionado sólo me proporcionará buenas vibraciones y pocas discusiones. No puede ser de otra manera porque para mí, no forma parte de la exigencia de un trabajo, sino de un impulso literario que me lleva hacia esos libros que pasan a componer mi biblioteca sentimental, y no precisamente esa, cada vez más copiosa, de libros leídos y olvidados, sino aquella en la que sólo están los que son gratamente recordados. El libro de Ángeles Mora es de los que dejan huella, de los que permanecen en la memoria del lector y forman parte de ella para siempre. Al menos, de la mía. Por lo tanto no es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por ello es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos

La poesía que se desprende de Ficciones para una autobiografía penetra en nuestro ánimo con una pulsión rítmica serena, con la autenticidad de su propia experiencia-como no podía ser de otra manera con ese título-, destilando, desde la alquitara de la vida y de la creación literaria, como meta inexcusable, verdad en cada verso. Otra de las grandes virtudes de esta autora es poseer la suficiente lucidez como para no dejarse arrastrar por la autosatisfacción del hermetismo hasta el extremo de hacer de la poesía un paraje indescifrable. Ángeles, con su obra, nos sumerge en la cotidianeidad de su vida, nos introduce de lleno en ella con su verdad, a veces con la poética, que bien es cierto que se confunde con las otras que hay en ella hasta no diferenciarse. Uno tiene la sensación desde el primer poema de estar ante un libro que perdurará más allá de ese primer impacto de su recorrido. De hecho, estamos ante un libro que, en mi opinión, comienza a superar la inmediatez de la publicación para instaurarse entre lo duradero. Estamos ante una poesía en la que sus versos huyen de la metafísica de los fuegos de artificio, tan llamativos pero tan vacuos; parten de sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y sinceridad, confiriendo, a su vez, una gran serenidad al lector, llenándole de paz. Es una poesía capaz de conmover desde la autenticidad, capaz de pulsar en el lector esas fibras sensibles que estimulan las emociones más profundas. Y al activarlas, consigue convertirlo en su cómplice y con sus versos enredarlo y, desde ellos, seducirlo. Os invito a que me acompañéis en esta crónica por la poesía de Ángeles Mora y sus Ficciones para una autobiografía.

Compré este libro hace algún tiempo, a comienzos de verano creo recordar, en la librería Dlibros que mi buen amigo Adolfo Cayón tiene en Torrelavega y desde la dedicatoria a su gongorino Juan Carlos, me sedujo. Es más, no sé si imaginarlo, como a Polifemo, arrancando un pino de cuajo y usándolo de cayado cada primavera.

Entiendo que Ángeles asume mucho, sino todo, de la voz poética, incluso las ficciones; se nos presenta “a destiempo” desde el primer poema, cuando recuerda su llegada al mundo con esa espontaneidad cotidiana que hoy se ha perdido para siempre; es decir, la que ya nunca se halla en los hospitales. Sólo se podía encontrar en aquellas casas de antes, de antes de que se impusiera parir en la asepsia, tanto en su acepción más higiénica como en la más metafórica, aquella que alude a la falta de calor humano. Nació esa Nochevieja, llorando, como todos, en un llanto convulso y recibió el año dormida. En el segundo poema, en los “retazos” de este preámbulo hace toda una declaración de intenciones y aunque diga tener pocas cosas que guardar, ella sabe, saben los poetas de lo cotidiano, que no es así.

La primera parte del libro “¿Quién anda aquí?” comienza con un poema de igual título, en el que da la impresión de que la inspiración asalta su pensamiento con sigilo. Es como su otro yo, que siempre la acompaña y ante el que hay que estar atento para escucharlo antes de que se difumine: “A veces una ráfaga suya pasa/como un fulgor felino, /una estrella fugaz/perdiéndose en lo negro”. Toda esta parte desborda serenidad desde el quehacer diario, desde el recuerdo de una infancia que siempre es utilizada por Ángeles como vehículo de conocimiento: “Caperucita, /ni está mamá/para contarte el cuento/de las migas y los pájaros. /Tampoco el de los niños y las fresas”. La mujer que es hoy recuerda desde la nostalgia el tiempo de aquella juventud en la que se entregaba en la noche a la lectura, a la búsqueda de un conocimiento que le permitiera llenar las cuartillas en blanco: la poesía. Con el día retornaba de ese paraíso a la realidad de la cocina y de la escoba: “Los hombres no barrían la casa, /mi hermano entraba poco en la cocina, /yo hacía la mayonesa/o limpiaba el polvo para ayudar: /de día”. La metaliteratura impregna todo el libro desde multitud de imágenes pero en el poema “La soledad del ama de casa” la poesía de Ángeles Mora trasciende el quehacer literario para adentrarse en el lirismo más hermoso, desasosegante en ocasiones,  pero cargado de belleza siempre. Cuando todo parece perdido, es cuando aparece el poeta: “Y sin embargo/se te abren en la boca/las palabras que nunca pronunciaste, /listas para caer/justo hacia el otro lado del silencio”.

La segunda parte, “Emboscadas” se abre con un poema que nos advierte de los peligros de esos deslumbramientos detrás de los cuales, superado el impacto inicial, sólo hay una rotunda vacuidad. Persigue en esta sección la búsqueda del poema, lo persigue hasta el dolor, aunque sea para “arrastrar sus miserias”: “… Recogerlas-aunque duelan- /es mi tragedia/de chica sentimental de clase media”. Prosigue en una indagación lectora que la hace renegar de lo que la distraiga, de todo aquello, como el ordenador, que pueda anular el entendimiento. Otras veces aborda, desde las labores diarias, el proceso creativo, la inspiración creadora que, como una pulsión, te asalta y prontamente transcribes porque “escribir es un vicio que nunca se detiene”.

La tercera parte es una llamada tranquila a disfrutar de la vida, en una variante que nos lleva del tópico del “Carpe diem” a otro tópico horaciano, al “Aurea mediocritas”. Se trata de aprovechar el tiempo desde esa dulce monotonía que nos proporciona la vida diaria. Prosigue el libro con ese deslumbramiento cual es el descubrir versos que guíen nuestra conciencia, haciendo nuestras las palabras que van conformando nuestra existencia: “Germinan bajo tierra/donde la historia, poco a poco, /esparce sus semillas. /La tarde arroja en los caminos/melancolía”. Hay un poema que, desde la sencillez expresiva, como es el tono habitual de su poesía, rebosa felicidad, “Cumpliendo años”. Ángeles Mora llega a ese dominio del lenguaje poético a través de la mayor de las complejidades, llenar de autenticidad a sus poemas sin perder un ápice de lirismo: “Y el calendario va colgando sus días/como las cuentas de un collar en el hilo del tiempo”. En esa “guarida azul”, donde se imbuye de lecturas, papeles y versos, de pensamientos y metáforas se siente feliz. Y es allí, en su refugio idealizado, donde atraviesa el espejo y accede al otro mundo, al de la creación literaria: “Pero existe un destino que sólo se conquista. /Un espacio de sueño y desafío/para escribir lo nuevo”.

La cuarta parte del libro se inicia con “El ayer”, donde se desdobla en los muchos fuimos que han deshecho su figura. Es una traslación muy curiosa realizada a la inversa, en un holograma deforme de sí misma. Los primeros poemas parecen intuir un miedo al futuro; navegan en la incertidumbre de lo que nos espera: “La alegría más alta/siempre esconde una sombra/invisible, /agazapada, de tristeza”. Hay poemas en los que el afán de trascender se manifiesta con gran belleza; entiende el quehacer literario como “El polen esparcido por la abeja/tiene misión de vida”.

La última parte del libro, “El cuarto de afuera” se inicia con una alusión muy velada a ese final del camino donde se recuerdan las ausencias cuando “las rojas hogueras ya tiritan”. Prosigue esa búsqueda inacabable por conocerse a sí misma, valiéndose de la mirada turbadora de la infancia, enfrentándose a las sombras que la vida pone a su paso: “Ahora, desde el cuarto de afuera/de mis años perdidos, /te veo caer otra vez”.

Al cerrar este libro que durante meses me ha acompañado, y al que sé que retornaré de cuando en cuando, me entra una nostalgia prematura, aquella del que sabe lo que añorará nada más perderlo. No se esfumará por la alcantarilla de la memoria; ahí estará esperándome, como un buen amigo, para desprenderme de esa añoranza. Me sé conmovido por el destello que ha provocado la buena poesía de Ángeles Mora en el interior de este involuntario interlocutor, de este lector que, desde ese fulgor preciso, inherente a la palabra poética, se ha elevado por encima de los límites de lo racional. Me he encontrado de frente con una poeta y una poesía que actúa con inmediatez, sin necesidad de hacer ningún ejercicio intelectual para sentirla, como escribiese José Ángel Valente, con una poesía que hace que nos convierta en sus aliados permanentes durante este viaje literario. Un viaje del que, como pasa con los libros que nos alcanzan, nunca desertaremos. Una lectura no sólo recomendable, sino inexcusable para todos los amantes de la buena poesía.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

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JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

Como digo siempre, yo no soy un crítico literario pero sí soy un lector muy crítico. Además, de los que sólo comentan algunas de aquellas lecturas que realmente le han provocado emociones verdaderas. Eso hace que nunca escriba crónicas rutinarias, como tantas veces vemos en tantos lugares, como tantas veces vemos en tantas críticas confeccionadas al hilo de las prisas, cuando no del encargo y la obligación. Y este “Canto de gorriones” es de los que te mueven y conmueven las entrañas al desenredarlo. Su autor, José Luis Muñoz Sáez, nacido en Madrid en 1961 es un poeta cierto, un poeta al que, como dice en la solapa, hay que buscarlo “en las orillas de sus libros; firme, cumplido, altivo entre los álamos”.  Sin duda, nos encontramos ante un hombre que ha explorado su yo más íntimo a través de las más variadas técnicas poéticas; es un poeta que domina este arte como pocos, con maestría, oficio y sentimiento, dando lugar a composiciones hermosas, invadidas por un lirismo sereno y apacible que logra conectar con el lector en ese terreno tan complicado que gira en torno y alrededor de los sentimientos. El libro no sé si guarda un orden cronológico en cuanto a la aparición de las composiciones aunque, desde luego, sí parece responder a una cuidada y selecta colección de poemas realizada en diferentes etapas de su vida y agrupados en diferentes bloques temáticos.

El dominio del verso y el gran sentido musical de José Luis Muñoz presiden un Canto de gorriones que más se nos antoja de ruiseñores. La variedad métrica del libro es evidente, pudiendo saborear sonetos clásicos, junto a romances octosilábicos y una serie de composiciones que, nutriéndose de la tradición, sorprende por su gran fuerza expresiva.

Esas “Primeras poesías” se abren con tres romances y un soneto excepcionales, de corte clásico y lenguaje cuidado con lo que recoge la tradición, heredada a través del veintisiete, y lo convierte, en su voz, en un discurrir lírico fascinante: “-Corazón ayer sonoro, /di, ¿quién te quitó la pena?/ Las rosas que no quisiste/espinas de amores llevan”.

En sus “Segundas poesías” el cuarteto endecasílabo rimado predomina y, como sucede a lo largo del libro, el poeta nos muestra su predilección por esta estrofa. Y será con esta técnica con la que nos ofrezca una sabia y delicada “Receta para soñar”: “Sírvase, con las manos de la mente, /en el vaso del alma soñolienta, /luz y sombra, calor y viento leve/ de ese abril ya futuro en que se sueña”.

En la tercera parte del libro, “Pintar un cuadro” el poeta pone música al verso y al cuadro, ubicado en los pinceles y en la paleta de un estilo pictórico y así en “Impresionista” no podemos sino dejarnos llevar por la evocación de esa luz mediterránea que se desprende de los lienzos de Sorolla: “La brisa trae aromas de salitre. /La espuma de las olas se derrama/en blancos algodones despintados/que inundan las arenas de la playa”.

Vamos progresando en la lectura de unos poemas agrupados con criterio en diferentes secciones hasta llegar a “Melancólicas”, donde el poeta suspira por lo etéreo, a veces por ese eterno femenino que dijera Goethe y como Fausto redimirse por el amor de Margarita:“… al cielo nos conduce el eterno femenino” Goethe(Fausto-Acto V).

“Algo que huele a sol perfuma el alma/de ignotos y exquisitos oros nuevos. /Dame, mujer, tu aroma, que en la nada/está lo sustancial, lo azul, lo neto”.

El libro sigue progresando y abriéndose camino entre “Realidades” y “Miradas” para conducirnos a la particular mirada que el poeta realiza al amor, al que homenajea con esa musicalidad que sólo nos da la inspiración, el sentido poético del ritmo y la solidez cultural del que se enfrenta a la soledad del acto creativo: “Y de tu risa; rosas, madreselvas, /fragantes mariposas de romero, /perfumes de geranios infantiles/a la orilla naciente de febrero”. Cuando el poeta se mueve en el terreno de los sentimientos, cuando siente la pérdida de aquello que se ama, no es ajeno al “Llanto”: “Te has ido para siempre/al mundo más lejano. /Sin ti mi vida es nada, /sin ti, mi amor, soy llanto”.

Más tarde, la voz poética se torna melancólica; es tiempo para la añoranza, para girar la vista al pasado, al tiempo del descubrimiento: “Caen las palabras. /Entre azules sedas/las bocas duermen y los labios lentos/de la nostalgia se desnudan. Solo/los ojos saben el vibrar del sueño”.

Reminiscencias y ecos machadianos inundan este “Canto de gorriones” cuya filosofía se impregna del sentir del poeta del noventa y ocho, de esa poesía de la claridad, de esa poesía meditativa que todo lo abarca, que con todo emociona: “Sé rebelde y constante. De tu aliento/nacerá junto a ti la flor de enero/más allá del más puro pensamiento”.

Hay un sitio entre los versos para la tierra, para esa Andalucía de sus ancestros, para esa Castilla de “polvo sudor y hierro”, para ese Madrid castizo que le viera nacer: “Qué ignota lejanía la del sauce/con voz de caracola. /Llueve, y en Madrid nadie, nadie sabe/si canta la cigarra, si duerme la amapola/si silba y silba el bosque en los mimbrales/su aliento sobre el mar, o si la ola, /con traje de algodón y eternidades, /entona su canción al sauce sola”.

Con un gusto exquisito por lo clásico nos regala José Luis Muñoz estas “Semblanzas”, en las que, como en un juego de palabras, nos atrapa con el verbo seductor de sus versos: “Por gusto vivo/y a fuerza muero, /nada persigo/ni nada quiero. /Si a fuerza muero/por gusto vivo. /Si nada quiero/nada persigo”. Entre sentimentales dedicatorias vamos llegando al final del libro, al soneto que dedica a su hijo Alberto, a unos versos donde asume la consciencia de la libertad de un ser al que ha dedicado su vida: “Has crecido en la dicha amanecida. /Sé valiente. El temor ya no te ciega/porque tú eres dueño de tu vida”.

Cuando uno cierra las páginas de este “Canto de gorriones”, le es fácil imaginarse al poeta, a José Luis Muñoz Sáez, en toda su humanidad, con toda ella volcada en los dos últimos poemas, en un adiós que suena casi a testamento poético, a versos finales. Esperemos que no sea así, que “cuando llegue la lluvia” su voz siga resonando en la conciencia de sus lectores con ese lirismo sólo al alcance de los buenos poetas. Y José Luis Muñoz Sáez lo es, sin el menor atisbo de duda.

Juan Francisco Quevedo

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