Juan Francisco Quevedo-Cuadernos de Humo

Acabo de recibir la primorosa edición de “Cuadernos de Humo”. Hilario Barrero ha tenido la amabilidad y la generosidad de incluir uno de mis poemas en ellos. Sólo puedo hacerle llegar mi agradecimiento más sincero por hacerme estar en tan inmejorable compañía. Muchas gracias, querido poeta.

PASEANDO CON JULIETTE BINOCHE

SOBRE EL PONT NEUF

 

El cielo ardiente de París encierra

la luz irisada de los besos y

los sueños de dos muchachos que se aman,

las coplas y los ecos de los poetas

que yacen sobre la tinta de un verso

que jamás encuentran y siempre buscan.

Les une la sombra de Trocadero,

donde se juraron amor eterno,

donde se dieron a la posteridad,

donde, por un instante, se creyeron,

unos pequeños dioses inmortales.

Y lo hicieron por nada, por el placer

de sentirse jóvenes y queridos.

¿Cuántas son las promesas de amor rotas,

diluidas entre las aguas del Sena?

¡Ah, viejo París! Siempre renovando

la ilusión perdida de los amantes.

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HILARIO BARRERO LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO

HILARIO BARRERO

LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO

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CUANDO SE DICE TODO: LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO.

El sedal del olvido.
Juan Francisco Quevedo
Septentrión Ediciones, 2017

Dice Dickinson: If I read a book and it makes my whole body so cold no fire can warm me I know that is poetry. Si leo un libro y pone a mi cuerpo tan frio que no hay fuego que pueda calentarlo, sé que es poesía. El sedal del olvido, de Juan Francisco Quevedo, es un libro como una nevada de recuerdos que cae sobre todos nosotros. Una tormenta para que el tiempo se detenga.

If I feel physically as if the top of my head were taken off, I know that is poetry. Si siento físicamente como si me arrancaran la tapa de los sesos, sé que es poesía. Es El sedal del olvido un libro hecho con materiales de primera mano: pólvora enamorada, sedal de plata, poesía de verdad, de antes que es de ahora: de siempre. Poesía que rescata historias, momentos, vidas, “un refugio y un bálsamo ante las perdidas inevitables, ante la enfermedad, ante los desasosiegos y desilusiones”.

Y si uno siente un nudo en el corazón y sabe que está ante el libro de un poeta que respeta a la poesía y se entrega a ella y despierta en nuestra memoria recuerdos paralelos a los del poeta, sabe que está entrando  en el reino de la emoción, donde el hielo arde el sentimiento y el fuego le da vida a la razón. Dos entes que son el santo y seña de la poesía en general y la de Juan Francisco Quevedo en particular. El sedal del olvido, un título que uno asocia a mar y a brea y a piel y a cicatriz, tiene esa cualidad de belleza e intensidad de emoción que son características de lo que es un poema.

El libro, dedicado a Claudia y Juan, editado por Septentrión Ediciones, que dirige con tanto empeño Carlos Alcorta, está ilustrado por el poeta, dividido en siete apartados con una introducción y un epilogo, lleva una cita del poeta José Luis García Martín que nos señala el camino a seguir: “Otra vez como entonces estáis aquí conmigo / esta noche encendida, detenida, callada, / cuando se dice todo sin que digamos nada”.

Sabe bien Juan Francisco Quevedo que la principal función de la poesía es crear emociones que sean alimento para el espíritu y motivación para la razón. La emoción es un escalofrío que nos recorre por todo el cuerpo, un nudo en la garganta que nos impide casi respirar, un dolor en el alma. La poesía es el encuentro de un pensamiento emocionado que encuentra a la palabra que se hace poesía. Y en El sedal del olvido encontraremos el hondo escalofrío, el nudo en la garganta y un dolor en el alma.

La primera parte, titulada “La mirada empañada”, (que es nuestra favorita) cuenta con nueve poemas en donde la nostalgia es la protagonista principal en temas cotidianos y domésticos, poemas en los que la mirada del poeta escudriña el tiempo pasado, tiempo de barro, de música, de sombra de la higuera, de la muerte. En el primer poema, con un título tan poco poético como “Un viejo colchón de lana”, aparece la figura de la madre y marca la atmósfera que nos vamos ir encontrado a lo largo del libro.

Me encierro, madre, en el cuarto
que fue refugio de tu niñez
y escruto, tumbado en el hueco
de un antiguo colchón de lana,
tu cara de niña aplicada
descolorida por el tiempo.

Quizás, algún día otro cuerpo
se recueste en esta que fuera
tu cama y de esa misma pared,
junto al sepia y viejo retrato,
cuelgue un rostro de mirada azul
que pueda recordarle quién fui.

Una de las muchas virtudes del libro es su inteligente estructura. Es un edificio, mapa lo suele llamar el poeta, que se levanta sobre sólidos cimientos, no olvidemos que Quevedo es novelista “antes” que poeta. Son siete espacios donde la melancolía, la filosofía, la familia, el exterior con paisajes queridos, la casa oscura, el dolor y la galería final con nombres y rostros queridos por todos: Vallejo, Cernuda, Miguel Hernández, Blas de Otero y en lo alto la voz del poeta que despierta de un sueño y ve que al abrir “lo ojos no había nadie. / Ni yo mismo”. Un libro cíclico que comienza con un viejo colchón de lana y termina en otro colchón “agarrado a una sábana arrugada”.

Uno de los poemas que uno casi se ha aprendido de memoria y que desde la primera lectura le sedujo es el titulado “Madrid, 1973 –Restaurant La playa”. Y me sedujo porque es un poema que me despierta, esa es la magia de la poesía, un mundo de sensaciones, olores, sabores y emociones. Un poema costumbrista, sencillo en apariencia, localista, pero que también es una crónica social, melancólica y conmovedora de un Madrid visto por un niño de catorce años.

Madrid, aquel Madrid de los setenta,
con grandes cines de sesión continua
-un placer para un chaval de provincias-.
Madrid, aquel Madrid de los setenta,
con su cosmopolitismo acogedor,
con su acento castizo y descarado.
Madrid, aquel Madrid de los setenta.
con su chulesco ademan de capital,
con sus maneras de barrio de arrabal.

Así era el Madrid de mis catorce años,
donde siempre había melón de postre
en aquel restaurant de mantel blanco
y pajaritas negras en los cuellos
almidonados de los camareros.

En un mercado poético donde la anarquía impera, donde cualquiera puede escribir un poema usando unas tijeras y cortado la frase donde se tercie, El sedal del olvido es un claro ejemplo de tradición, de musicalidad, de poemas con endecasílabos modelos, encabalgamientos que, como una ola, hacen mover el poema y al lector. Es una cuerda fina que ata por un extremo al anzuelo de la emoción y por el otro a la caña de pescar sueños y emociones. Y al acabar de leer el libro se nos queda enredado el anzuelo de la poesía y del recuerdo.

Y nos quedamos enganchados para siempre en el sedal de la esperanza.

En los cafés de todas las ciudades,
en las aceras y hasta en las esquinas
que llevaban a calles sin salida,
te sabía más allá del deseo.

En cualquier espejo de cualquier lugar,
intuía en un reflejo borroso
tu suave silueta de muchacha
pálida, junto a la gabardina beige,
que en Santiago lucías en invierno.

La lluvia y el frío aún eran clementes
con los dos jóvenes enamorados;
las torpes tormentas de la memoria
se escurrían, sin calar, por el manto
que envolvía aquella dulce juventud:
los embates del sedal del olvido
no traspasaban nuestra frágil edad.

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PEDRO SOBRADO WOMAN&SOUL -Juan Francisco Quevedo

PEDRO SOBRADO

WOMAN&SOUL

Ya hace la friolera de cincuenta y ocho años desde su primera exposición en la Galería Sur de Santander, celebrada en 1959 cuando apenas contaba con veintitrés años de edad. Mucho ha llovido desde entonces y muchas muestras han caído a sus espaldas, entre las que podemos recordar las de Valencia, Madrid, Chicago o París. Además, cabe poner en relieve que es acreedor en Francia de numerosas distinciones, entre otras la medalla de Arts, Sciences, Lettres.

El artista torrelaveguense, nacido en 1936, y tras un centenar de exposiciones a sus espaldas, regresa a Santander con una magnífica muestra que permanecerá abierta al público hasta el mes de enero, de lunes a viernes, en el Espacio Cultural Fraile y Blanco, junto al Río de la Pila.

“Woman and soul”, mujer y alma es el título de la nueva exposición del pintor Pedro Sobrado en Santander. Un título feliz ya que el artista cántabro refleja en sus cuadros como nadie el alma de la mujer de hoy en día. Y lo hace desde la más pura y absoluta cotidianeidad. Perfila, con lucidez expresiva, desde la comprensión de los tiempos en que vivimos a la mujer actual, dotándola de sensación de actividad y movimiento, otras veces de relax y siempre de un completo desenfado que se refleja hasta en la manera de vestir. Lo consigue colocándola tanto en espacios abiertos, en la calle, en las terrazas, en lugares de tránsito, como en espacios cerrados, salones e interiores, independientemente de que estén en posiciones relajadas, como por ejemplo tumbadas en una hamaca, o en plena actividad, caminando con prisa para llegar a un destino indeterminado.

Estamos ante Sobrados genuinos; el autor ha conseguido que sus cuadros no necesiten ningún calificativo añadido para identificar su obra. El espectador enseguida ve que un Sobrado es un Sobrado. El pintor ha alcanzado aquello a lo que tantos artistas aspiran y nunca consiguen: personalidad y voz propia. Pedro Sobrado no sólo ha creado un estilo sino que ha llegado a darle su propio nombre.

Este artista, como viene siendo habitual en su obra, realiza una inmersión activa en el devenir cotidiano de la sociedad actual, escrutando con su mirada benévola y sabia el período que nos toca vivir. Pintor urbano y de lo urbano plasma en sus lienzos figuras y espacios plenos de un romanticismo relajante, en este caso con la mujer como única protagonista.

Estamos ante un maestro de la complejidad a través de la línea pura. Y lo ha hecho tras haber pasado por diferentes etapas creativas, que van desde el expresionismo a la abstracción. Con el bagaje y las influencias de todas sus experiencias pictóricas ha conseguido definir un estilo propio y absolutamente personal y lo ha hecho a través de la depuración de la línea y de la supresión de lo superfluo, incluido el rostro de sus modelos.

 En sus cuadros intuimos no sólo al artista sino también al hombre, a ese hombre que desprende sabiduría y bondad a través de los lienzos, así como un conocimiento profundo y exhaustivo del tiempo en que vive. Lo demuestra con el tratamiento que da a la mujer actual, a la que capta en cada movimiento con la maestría del observador puntilloso. Sus mujeres parecieran, a pesar de carecer de perfiles gestuales, estar hablándonos. ¿Cómo se consigue esto desde la ausencia de rasgos faciales? Con la sensibilidad y el don de dotar de expresividad a sus personajes. No necesitan poseer un rostro real para poder expresar lo que sienten. A sus mujeres las podemos observar hablando entre ellas, meditativas en una silla frente a una copa o a un refresco, preocupadas y pensativas en un sillón de rayas, atentas a sus teléfonos móviles o transportando una maleta de ruedas. No importa que no conozcamos sus rasgos, el maestro de los pinceles sabe captar esa expresividad más allá de lo estrictamente racional, capta su alma-soul-, como bien reza el lema de la muestra.

Para los que entendemos el arte desde la emoción, Pedro Sobrado nunca defrauda, sus obras destilan verdad y provocan sensaciones que mueven al espectador hacia la serenidad, hacia ese espacio a la que sus trazos nos llevan.

En esta nueva exposición nos encontraremos con imágenes actuales, sacadas del día a día de cualquier ciudad. Con un trazo firme, sobrio y elegante, al que se llega con el talento del genio creativo, Pedro Sobrado logra transmitir al visitante vitalidad y alegría por la vida. Su obra nos llena de felicidad y optimismo.

Detrás de la aparente sobriedad del trazo, de la composición de los planos, donde encuentra esa perspectiva tan personal, está la mano firme y la inspiración de un artista extraordinario, de un pintor consagrado que nos mira desde sus lienzos con la benevolencia de los sabios y con la humildad de los genios.

Continúo esta crónica con los acertados y certeros juicios de Veronique Sobrado: “Pedro Sobrado, consciente de la brevedad del ser, trata de captar, mediante trazos aparentemente sencillos y un meditado equilibrio cromático, la belleza de lo cotidiano, de lo efímero, de aquello que nos parece repetitivo, pero, ciertamente, nunca se parece del todo a sí mismo”.

Por último cierro con estas palabras de Veronique: “La libertad del artista se manifiesta en la singularidad del camino que, hace tiempo, emprendió sin atender a los caprichos de tendencias y modas, de exigencias más o menos perecederas. Fiel a su juicio y a la certeza de su sensibilidad, nos propone, una vez más, explorar a su lado una vertiente de la realidad”.

Juan Francisco Quevedo

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ENTREVISTA A JUAN FRANCISCO QUEVEDO

El diario Alerta publica esta extensa entrevista a doble página donde hablo sobre todo de POESÍA. Y también un poco de “El sedal del olvido”.
Juan Francisco Quevedo es un poeta y escritor cántabro, con una trayectoria prestigiosa que, tras haber logrado un importante éxito editorial con sus dos primeras novelas, “Ana en el mes de julio” y “Querida princesa”, se acerca de nuevo a los lectores con una obra completamente distinta, con “El sedal del olvido”,(Septentrión Ediciones), su primer libro de poemas. Sus numerosos seguidores esperan con impaciencia esta nueva apuesta editorial del escritor.
PREGUNTA: Un escritor que en la narrativa ha logrado conseguir un considerable éxito, tanto de crítica como de público, ¿cómo es que cambia de registro y se adentra en el género poético?
RESPUESTA: La verdad es que me ha costado decidirme. Yo me inicié en esto de la literatura desde muy joven precisamente con la poesía, un género que no he dejado de cultivar nunca. Lo que ocurre es que, contrariamente a lo que pueda parecer, hacer poesía, al menos una poesía con mayúsculas, algo que siempre se intenta conseguir, es muy difícil. Yo me encontraba muy cómodo en la narrativa, un género que da mucho trabajo pero en el que piso firme y sin cortapisas; principalmente porque es un género en el que, aunque siempre pueda tener algo de autobiográfico, nunca te desnudas del todo. Con la poesía, sí. De ahí esa indecisión a la hora de dar este salto cualitativo.
P: Ahora hay una proliferación editorial enorme; continuamente aparecen libros de poesía, ¿a qué cree que se debe?
R: Tiene mucha razón. Llega tal cantidad de información que al lector le es muy difícil discriminar a la hora de tomar una elección. La poesía es un género que está al alcance de cualquiera con ciertas pretensiones literarias, pero no se trata de agarrar un papel y un lápiz y comenzar a poner ocurrencias o frases más o menos ingeniosas. A veces incluso procacidades más o menos epatantes, permítame el galicismo. La poesía no se debe concebir para causar asombro, o como si fuera un mero desahogo, sino que debe surgir de la cultura y de las lecturas. Al menos, debe surgir y asentarse sobre esa base. Y luego, con cada poeta tomará su camino, en cuanto a temática, estilo y demás. Es más se puede hacer buena poesía hasta renegando de la tradición, pero nunca si no se hace a la sombra de un sólido bagaje cultural.
P: ¿Cómo entiende la poesía, su poesía?
R: La poesía y más en concreto el poema hay que elaborarlo desde la emoción, si no lleva este componente fundamental puede quedarse en un simple ejercicio lingüístico, cuando no matemático. Es decir, cualquiera puede hacer unos versos aceptables con oficio, pero sólo con eso no se hace buena poesía. La emoción es básica en mi poesía y como dice una definición clásica, con la que no puedo estar más de acuerdo, la poesía, y su lenguaje, es la expresión más elevada de los sentimientos.
P: ¿Cómo consigue trasladar esa emoción al papel?
R: El poema debe surgir como consecuencia de un proceso donde se aúnen lo irracional, los sentimientos emocionales, y lo racional, aquello que viene de la experiencia y de la sabiduría. Mis poemas, casi siempre provienen de mis propias vivencias. Yo soy un poeta que escribe poesía mirándose siempre a sí mismo, hacia el interior, con lo cual nunca falta ese componente emotivo que se asocia a la propia experiencia vital. Nunca busco en otras vidas. Sin embargo, en mi obra narrativa la mirada siempre es hacia afuera, siempre se nutre de lo que acontece a su alrededor.
P: Entonces, ¿cómo surge el poema? ¿Qué proceso tiene lugar para que llegue al papel?
R: No siempre es igual, pero en “El sedal del olvido”, un libro muy pensado y muy estructurado al que he dedicado varios años, el poema surge, y vuelvo a recalcarlo, siempre desde la emoción. Yo no entiendo ninguna expresión artística que no provenga desde la emoción y, en especial, la poesía. Mis poemas suelen surgir de mi propia vida, de mis propias experiencias, asociadas a mi carga cultural. A veces tengo pulsiones internas, que son como reflejos involuntarios del subconsciente que me llevan hacia el poema. En otras ocasiones, buceo en la consciencia de los recuerdos y luego, claro está, hay que tener la perspicacia de dirimir entre ellos para no escoger los que te puedan interesar a ti-que pueden no interesar a nadie más- sino para elegir aquellos que el lector, desde su propia experiencia de la vida, pueda hacer suyos. Cuando lo consigues, cuando el lector se ve concernido en los versos que lee, cuando se implica emocionalmente, la poesía se universaliza, adquiere la capacidad de traspasar sensibilidades, ideologías, culturas y fronteras. Así vemos, como el poeta desde un acontecimiento familiar o cotidiano, incluso aparentemente anodino, trasciende lo personal. Es entonces cuando el poema adquiere otro vuelo y otra dimensión, cuando estamos ante un buen poema.
P: ¿Con su poesía qué pretende explicar? ¿Qué nos quiere decir?
R: Con mi poesía intento trasladar al lector mi visión de la vida, más que del mundo, para quizás ayudarle a comprender mejor las pruebas a las que nos somete ésta y las vicisitudes por las que atravesamos. En definitiva, espero que el lector se pueda reconocer, a través de sí mismo, en esa sucesión de pequeños autorretratos que hay en mi poesía.
P: ¿Qué huella le gustaría que dejara “El sedal del olvido” en los futuros lectores?
R: Sería un poco pretencioso y petulante por mi parte pensar en dejar huella, pero si quisiera, sin embargo, que el libro, al menos alguno de sus poemas, permaneciera en la memoria del lector. No quisiera que fuera uno de esos libros de los que no nos volvemos a acordar nunca, una vez los hemos terminado. No quisiera que cayese en el olvido de quienes se acerquen a él. Es más, me gustaría que con alguno de mis versos, se pudiera conseguir una falacia, cual es detener el tiempo como para, como Goethe, poder decir: “Detente un instante, eres tan bello”. Eso es imposible pero sí aspiro a retener algo de su belleza en el corazón del lector. Conseguir que el lector vaya más allá de las palabras, más allá de su estricta literalidad, para que se adentre en su misterio, en ese milagro que es la palabra poética.
P: ¿Por qué y cómo ha perfilado “El sedal del olvido”?
R: “El sedal del olvido” responde a una necesidad interior de expresarme, a una pulsión que me ha llevado a concebir poemas durante los últimos cinco años con un objetivo claro y meditado: unir en ellos mis recuerdos, los que poseo de aquellos que me precedieron y me acompañaron en la vida, con los de los que aún me acompañan y con los de los que me sucederán. Los poemas que conforman la obra han sido como cuentas sueltas que he ido añadiendo a un sedal hasta formar el collar con el que intento unir a los miembros de las diferentes generaciones que han significado algo en mi vida. Es un poco como el mapa de mis sentimientos, reflejado en los recuerdos que éstos me suscitan. “El sedal del olvido” emerge como un grito hondo y sereno contra la indiferencia en que nos sitúa el tiempo.
P: Si tuviera que definir de alguna manera la poesía de “El sedal del olvido”, ¿qué nos diría de ella?
R: Lo primero y fundamental que tendría que decir, es que quiero hacer una poesía que llegue al lector sin la dificultad añadida de un lenguaje y de una intención críptica e indescifrable. Si la poesía no se entiende, siempre es culpa del poeta. Yo no quiero que mi poesía aparezca como un ornamento inútil, aunque pudiera parecerlo; intento hacer una poesía precisa, sin concesiones lingüísticas ni alharacas festivas, donde no falte ni sobre una palabra, una poesía que de alguna manera enlace con la tradición, aunque con una mirada muy personal. Una poesía en la que uso la cadencia silábica como contención, para no dejarme arrastrar hacia la prosa poética. Una poesía con una pulsión rítmica que consiga que el poema llegue al lector con el sonido de la buena poesía. En el libro, podemos encontrar metros clásicos, como el soneto, el romance, las décimas o los tercetos encadenados conviviendo con muchas composiciones de verso libre, lo que dice mucho de mi visión ecléctica del lenguaje poético. En cualquier caso y en resumidas cuentas, tal y como digo en el prólogo, aspiro a hacer una poesía sin artificios, que acuda al papel de una manera comprensible, limpia y diáfana, para que llegue al hipotético lector desde la sinceridad.
P: ¿Por qué da usted tanto valor a la emoción y a la sinceridad en su poesía?
R: Porque quiero que mi poesía destile verdad. Desde la proximidad que imprime la verdad espero ser capaz de conmover y de emocionar al lector, pero sin estridencias fatuas. No quiero hacer solo un poema correctamente construido, quiero dar un paso más y encontrar la complicidad del lector para que luego éste, desde su propia experiencia, desde sus vivencias, haga sus propios descubrimientos. Y eso sólo lo consigo desde la sinceridad más desnuda, la que emana de mi yo más íntimo.
P: ¿Qué temas aborda en los poemas que conforman el libro?
R: Siempre intento buscar esos temas que desde Homero ya conmovían al hombre, el paso del tiempo, el milagro de un amanecer, la infancia como vehículo de conocimiento interior… Son temas universales y muy manidos, además de tópicos, pero que con la experiencia de cada uno, en este caso mi propia vida, hace que adquieran una impronta especial, ese vuelo personal que lo hace diferente al resto. Luego, claro está, confío en mi propia habilidad para atrapar al lector. Si lo consigo, estamos ante un buen poema y espero que alguno lo sea.
Y desde luego que Juan Francisco Quevedo Gutiérrez lo consigue. En “El sedal del olvido” los versos fluyen a través del mapa sentimental del autor, que se adentra en esos temas universales que siempre han interesado al hombre, el paso del tiempo, el amor, la infancia, la muerte…, con un lenguaje hondo, barroco en ocasiones y siempre lleno de un lirismo que impregna toda la obra. Se encuentra perfectamente estructurada en varias partes en la que el poeta reflexiona con una mirada nostálgica y llena de ternura sobre la infancia, la juventud, el amor, los hijos y los paisajes de su vida. Después, esa mirada se vuelve dura, como la propia vida, cuando indaga sobre los peligros que acechan al hombre, el paso del tiempo, la enfermedad y la muerte. Un libro cuya lectura se hace inexcusable y que nunca dejará indiferente al lector.
El escritor cántabro, nacido en México, presentará este nuevo libro el próximo jueves, 28 de septiembre, a las 19,30 horas en el Ateneo de Santander. La presentación correrá a cargo del secretario general del mismo, Jesús Cabezón Alonso, del editor y poeta Carlos Alcorta y del ex consejero de Cultura del Gobierno de Cantabria Francisco Javier López Marcano. Además, intervendrá, mediante una grabación de vídeo, la profesora de español de la Universidad de Harvard doña Claudia Quevedo-Webb.
Además de en el Ateneo de Santander, el libro será presentado en su pueblo de origen, en La Cavada, el próximo viernes, 13 de octubre, a las 20.00 horas, en el Centro Cívico Carlos III. Después, el autor de “El sedal del olvido” continuará la gira de presentaciones por Madrid, Galicia y diversas localidades para recalar el tres de noviembre, a las 20.00 horas, en la librería Dlibros, en Torrelavega.
Sin duda, cualquiera de estos lugares es una cita obligada para los seguidores de la literatura de Juan Francisco Quevedo así como para los amantes de la buena poesía. Nos encontramos ante un magnífico libro poético cuya lectura nos llenará de belleza

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  JUAN MANUEL PUENTE “ESPACIO Y FORMA”-Juan Francisco Quevedo

  JUAN MANUEL PUENTE

“ESPACIO Y FORMA”

 

“La obra de Juan Manuel Puente es de una pulcritud exquisita; destila honestidad y transmite una imponente y solemne serenidad”

“Con unos fondos metafísicos y unos cortes perfectos, limpios y claros, sus collages adquieren profundidades impensadas”

 

El añorado director de la sala de arte Robayera, el artista y pintor de Mazcuerras, afincado en Torrelavega, Juan Manuel Puente, nacido en 1951, expone su obra en la sala Garcilaso de la ciudad del Besaya, en una muestra que lleva por título “Espacio y forma” y que permanecerá abierta hasta el próximo veinte de octubre.

Ya quedan muy lejanas en el tiempo aquellas iniciales exposiciones individuales. La primera, en el año 1971, en Cabezón de la Sal, compartiendo espacios diferenciados con Faustino Cuevas y la siguiente tuvo lugar en el año 1975, en el Círculo de Recreo de Torrelavega. Han llovido sobre las espaldas de este artista numerosas muestras, tanto colectivas como personales, a lo largo de los cuarenta y seis años que han pasado desde aquella primera individual.

La pintura que Puente venía desarrollando era una sucesión de sugerencias que, a través de la materia, nos llevaba por paisajes inopinados hasta desembocar en una naturaleza de horizontes que constituían el atractivo y personal mundo creativo y artístico de Juan Manuel Puente. En esta ocasión, se adentra en el collage, fragmentando los característicos espacios de su obra con otros materiales que se introducen en la misma, proponiendo nuevas rupturas geométricas pero sin abandonar la gama pictórica que le acercaba a lo más terrenal.

En esta exposición profundiza y se adentra en su mundo creativo, formulando al espectador una inmersión en la complejidad, tanto en las nuevas técnicas que adopta como en la concepción de los espacios que se generan a través de ellas. Se introduce en el collage en un afán por explorar y experimentar nuevos caminos artísticos que asume con la paciencia del artesano, hasta llegar a la composición estudiada. Con unos fondos metafísicos y unos cortes perfectos, limpios y claros, el artista consigue que las creaciones adquieran profundidades tridimensionales, a través de formas y planos que nos llevan a sus característicos horizontes inabarcables, pero con unas connotaciones que, más que a la pintura, les acercan a la escultura. De hecho, muchas de sus creaciones, serían, por sus formas envolventes, o por sus formas flamígeras, verdaderas esculturas o formas arquitectónicas que, como las catedrales góticas, se elevan al cielo y “buscan a Dios”. Nos recuerdan a retablos, pirámides truncadas, laberintos que nos invitan a descubrir lo que esconden, a sorprendernos con lo que se oculta a ese otro lado que nos sugiere. Todo en su obra es una invitación a la observación.

Los colores que Puente utiliza se enmarcan en la gama cromática que va de los ocres a los marrones, a los que añade el negro y el azul, con impregnaciones discretas y nada llamativas. Permanece sobrio en el color, como ha venido siendo característico en su pintura, pero siempre con el sabor de la tierra impregnando nuestras retinas. Para ello se vale de la textura y de las vetas de diferentes tipos de papel y de cartones. Con sus composiciones nos lleva y nos transporta a lo primigenio, a esa unión espiritual con lo básico del mundo pero, a su vez, con lo único que se mantiene inalterable. Es un regreso a la propia y verdadera esencia del hombre.

Antes lo  conseguía en gran medida gracias a esas pinturas que elaboraba con sus propios medios, que confeccionaba, como un nigromante, con la vieja alquimia de las mezclas naturales, a base primordialmente de tierra y óxidos, lo que confería a sus pinturas una riqueza expresiva única y fundamental, que se ponía de manifiesto en cada punto de color, escondido y descubierto entre una relajante y aparente monotonía visual. Ahora, lo logra dando esos matices al papel y al cartón, jugando con los colores, al elegir los tipos de sustrato. La obra de Juan Manuel Puente es de una pulcritud exquisita; destila honestidad y transmite una imponente y solemne serenidad.

Estamos ante la obra espléndida de un artista que, aunque circunstancialmente nació en la clínica de La Asunción de Torrelavega, es de Mazcuerras, donde asistió a la escuela y descubrió su facilidad para el dibujo. En su tierra del alma, pintaba paisaje al natural, hasta que se casó y se trasladó a la ciudad del Besaya, donde exploró nuevas y más personales técnicas creativas.

Propongo una visita reposada a “Espacio y forma”, en la que nos dejemos imbuir por la emoción palpitante que se desprende de las creaciones del autor. Más allá de cualquier justificación explicativa, está la capacidad conceptual de la pintura de Puente para hacernos sentir verdaderamente que estamos ante una obra que, en sí misma, desprende belleza, auténtica belleza.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

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“Educación nocturna” – Hilario Barrero – Editorial Renacimiento- Juan Fco Quevedo

    “Educación nocturna” 

Hilario Barrero

Editorial Renacimiento (2017)

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Como he dicho en alguna otra ocasión, no soy un crítico literario, pero sí un lector muy crítico que sólo comenta alguno de los libros que le han atrapado. Y es el caso.

“Educación nocturna” es el nuevo libro que nos presenta Hilario Barrero en la editorial Renacimiento. No es un autor prolífico, de hecho publicó su primer libro de poesía, “In tempore belli”, una vez pasada la cincuentena, y desde entonces sólo había publicado “Libro de familia”. Esto hace que “Educación nocturna” sea un libro fundamental y capital en su trayectoria poética, ya que en él se concentran los poemas de un escritor  poco dado a mostrarse ante el lector de poesía. Los poemas reunidos en “Educación nocturna” son una muestra representativa de los que ha escrito a lo largo de toda una vida. Esto hace de esta obra “un libro de libros, donde su autor deja, como dice José Luis García Martín en el prólogo, “constancia de una trayectoria poética y vital.”

En esta antología poética Hilario Barrero navega a través de las procelosas aguas del tiempo y la memoria. Lo hace como aquel que se ve reflejado, absolutamente desnudo y con toda crudeza, en un espejo durante las diferentes etapas de su vida. En las sucesivas imágenes que van pasando, proyectadas y plasmadas en poemas, el poeta va recordando lo que fue, las distintas proyecciones de sí mismo que ha venido siendo a lo largo de la vida hasta llegar a esos últimos reflejos en los que se contempla con la vejez asaltando su piel.

El libro se abre con el poema “Autorretrato”, cuyo título no hace sino adelantarnos lo que supone “Educación nocturna”, una sucesión de pequeñas representaciones  del propio autor, retazos y rasguños de una biografía que avanza sin miedo y con lirismo por los descubrimientos adolescentes del amor y el sexo hasta penetrar en los paisajes que proporciona esa edad madura en la que se encuentra.

En “Travesía”, la primera parte de la antología, el título parece aludir con acierto al aprendizaje vital que conlleva el simple hecho de vivir y acumular experiencia, con una característica muy especial en este caso, ya que lo plantea y lo hace desde una perspectiva, quizás, más alienada debido a los condicionamientos y barreras morales que encontró durante esa época en la que la inmoralidad imperante pareciera ser el guardián de un deseo que debía permanecer escondido. Y cuando afloraba en la intimidad podía provocar incluso un sentimiento de culpa.

Hilario Barrero colma los poemas de tensión poética en un juego permanente entre las luces y las sombras, alegoría perfecta de tantas ideas contrapuestas. Es precisamente en esa contradicción permanente cuando verdaderamente existen y se hacen palpables los conceptos abstractos; sería muy difícil comprender la belleza si no existiera la fealdad, el amor si no fuera por el abandono e incluso la vida si no fuera porque se tiene la percepción y la consciencia de la muerte. “Rescoldo” es un poema lleno de simbolismo, dotado de una hermosura exultante, que atrapa de inmediato al lector: “Con rapidez, al levantarse, / arropaba la cama/para que no muriera/la presencia del cuerpo/que lo abrasó en la noche.”

El paso del tiempo es un tema común en la poesía, digamos que es un tópico literario que han abordado desde Horacio a Cernuda, sin agotar por ello su atracción. Pero la poesía de Hilario Barrero lo afronta de una manera diferente, lo que lo hace verdaderamente destacable. Ese “tempus fugit”, paradigma no ya de la poesía sino de la vida, que procede de unos versos de las Geórgicas de Virgilio, es canalizado por el poeta hacia su literalidad, hacia la precariedad que nos acompaña. No lo deriva, como otros, hacia el disfrute vital, hacia el “carpe diem”, sino que en su poesía, el ver cómo se escapan los días como agua entre los dedos, le provoca una angustia próxima al existencialismo. Ese malestar queda reflejado con profusión en muchos poemas, aludiendo con crudeza al deterioro físico que nos somete el tiempo vivido. Un tiempo que nos remite a ese deseo primigenio que va asociado a la juventud, “verte desnudo es recordar/que también tuve un cuerpo/como el tuyo envidiado.”

En la parte final del libro podemos encontrar poemas donde el poeta nos descubre paisajes urbanos desde paisajes humanos. En ellos, partiendo de una supuesta familiaridad trivial, nos arrastra de lo cotidiano a lo trascendente en un quiebro muy atractivo para el lector, “Gentes que a través de los grandes ventanales/ven pasar la vida cada tarde como la vieron ayer y la verán mañana. /Historias repetidas que esperan resignadas que deje de llover.”

Hilario Barrero no puede en este excelente libro sustraerse a su condición de neoyorquino y nos muestra las aristas de una ciudad donde ha disfrutado y sufrido, donde vivió la plaga del SIDA y el derrumbamiento de las torres gemelas, así como el incesante bullicio y el despertar de una urbe que se reconstruye continuamente. Muchas veces lo hace desde el humor y con una mirada un tanto impertinente, “Al quitarnos las máscaras/y mirar ateridos a la luz verdadera/aprendimos de golpe/que habían suspendido el carnaval/por exceso de rostros demacrados.”

La antología se cierra con un magnífico y sobrecogedor poema “Plaza de San Marcos, Venecia”, una composición elegíaca que expone, sin trampas ni tapujos, a su autor y a su obra a la mirada del lector. Es un poema en el que el poeta se adentra en el tiempo y parece contemplarse en otros ojos, quizás en sus propios ojos, quizás en la retina de una ensoñación holográfica de sí mismo tiempo atrás. Se ve en esa otra vida, que transita paralela a su hoy, y que bien hubiera podido ser la suya, “Los contemplan dos viejos sorprendidos, /mil palomas, un bosque de miradas/y una tarde gloriosa de septiembre.”

Por otro lado, es un poema donde he querido descubrir-no sé si con la suficiente perspicacia-, en el sufrimiento que se intuye, el por qué del título de “Educación nocturna”, “Cuando volvió a su casa no lo reconocieron/y tuvo que marcharse lejos de su ciudad a vivir en tinieblas.”

Al cerrar las páginas, tras leer estos dos últimos versos, tras haber respirado con su poesía durante varias semanas, uno tiene la sensación de haber descubierto algo que no sabía, de haber aprendido a mirar el mundo de otra manera. El mundo de Hilario Barrero, visto a través del caleidoscopio de su poesía, me ha ayudado a comprender mejor la realidad en la que estamos inmersos. Lo ha conseguido a través de la mirada de un poeta excelente, a través de la belleza y el lirismo sereno y palpitante de unos versos que llegan al lector como pulsaciones de luz verdadera. La que nace de la sinceridad. El poeta analiza la vida  con la mirada tranquila que  se adquiere con los años, con la sabiduría de un hombre que destila valor y fortaleza por cada uno de sus versos. Y lo hace con un halo de bondad que sobrevuela todas las páginas del libro. Leer a Hilario Barrero, leer “Educación nocturna” es retornar a la poesía verdadera, a esa poesía que es capaz de estimular las neuronas que desencadenan el proceso que nos lleva a la emoción indudable, la que emerge sin trampas fáciles, ni cursilerías gratuitas. Estamos ante el libro de un gran poeta.

Juan Francisco Quevedo

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NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA-Juan Francisco Quevedo

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

Hace ya más de un año de la aparición del libro  El hilo más firme -nueva poesía de Cantabria-, editado por Septentrión Ediciones. Detrás de la antología El hilo más firme, hay mucho más de lo que en apariencia pudiéramos presumir, desde luego es mucho más que una mera selección de jóvenes poetas que nos muestran sus trabajos. Lo primero que sorprende al lector es la lúcida disertación con la que Carlos Alcorta prologa la obra. En ella analiza y pone de relieve el papel que juegan los medios técnicos actuales como, digamos, pervertidores del gusto general por la buena poesía. Es un prólogo que invita a la reflexión y que me incita a hacer una serie de consideraciones sobre este aluvión poético que nos invade desde tantos flancos.

El exceso de información que nos llega, así como la facilidad existente para desparramar versos sobre la pantalla de un ordenador, de una tablet, de un móvil o de cualquier otro artilugio, contribuyen a esa ceremonia masiva de la confusión. Del otro lado de esos millones de pantallas que escupen versos acelerados, están unos ávidos consumidores de mensajes rápidos y lecturas cortas que creen descubrir a verdaderos poetas tras lo que, en el mejor de los casos, sólo se encuentran jóvenes capaces de articular felices frases ingeniosas, cuando no desahogos estrambóticos. Poco o nada que ver con lo que es poesía. Al fin, no es más que el signo de unos tiempos tan acordes con el frenético ritmo que acompaña a los video-juegos al uso, donde todo tiene que pasar muy deprisa, de tal manera que la concentración exigida sea mínima. Y esta manera de aprendizaje está reñida con la lectura que exige una atención más reflexiva.

No deja de asombrar el paralelismo que estos nuevos avances tecnológicos establecen con lo que ya preconizara Chaplin en Tiempos modernos: un absoluto caos ante la falta de eficiencia -filtros selectivos en nuestro caso- para hacer funcionar sin contratiempos los nuevos inventos mediáticos. Sin duda, están aún lejos los días en los que estas nuevas herramientas se conviertan en un verdadero vehículo cultural y de momento actúan un poco como aquellas máquinas enloquecidas. Chaplin se peleaba con sus artefactos en un intento baldío por dominarlos y, por ahora, este batiburrillo de desinformación que nos llega, con profusión inusitada, nos deja tan desconcertados como al obrero de aquella película memorable. Esperemos que algún día ganemos esta nueva batalla en la que estamos inmersos y podamos establecer los mecanismos necesarios para hacer de internet un instrumento eficaz en su posible labor de transmitir conocimiento y difundirlo, separando lo sustancial-y más en el caso de la poesía- de las simples ocurrencias, cuando no verdaderos exabruptos pseudopoéticos.

Por otro lado, esta proliferación de poetas mediáticos, multiplicados por la facilidad de acceso a los modernos instrumentos de comunicación, quizás tan sólo sea una forma de mostrarnos el rumbo para hacer una catarsis, siempre necesaria, para encontrar y descubrir nuevos caminos a una poesía que requiere adecuarse a las nuevas circunstancias. De tal manera que toda esta metamorfosis acelerada no sea más que el proceso lógico de selección natural para adaptarse a los cambios vertiginosos del medio, en este caso el tecnológico, que comienza a ser el medio habitual de las nuevas generaciones. Pudiera ser la saturación versificadora mediática, nunca se sabe, la senda elegida para remarcar y subrayar un rupturismo estético y ético con lo anterior, con lo viejo. Una manera de distanciarse y renegar de todo aquello que consideran arcaico, tal y como ya hicieran muchos años antes un grupo de muchachos que coincidieron en la Residencia de Estudiantes y que fueron punta de vanguardia en su momento, con la poesía y las maneras de sus antecesores, con todo lo que consideraban obsoleto.

Y seguramente sea así como ocurra, y debe ocurrir de cuando en cuando, para poder abordar y renovar tanto la poesía como cualquiera de las manifestaciones artísticas. Con ese alejamiento de lo anterior, de lo establecido como verdad poética, para renegar del pasado reciente, tan obsoleto, se facilita una perspectiva más acorde a los tiempos presentes, donde una sana diversidad preside el panorama cultural, una diversidad alejada de los istmos vanguardistas y de cualquier tipo de etiqueta. No obstante, la poesía, como antes, ahora también asume ese papel inconformista y regenerador que siempre la ha acompañado. Ésta sería la parte positiva que se puede esconder detrás de esta avalancha mediático-literaria.

Ahora bien, ¿cómo separar lo accesorio de lo fundamental?

En un momento en el que las vanguardias ya son parte de la historia y que han quedado relegadas a los estudios sesudos y a la memoria de los lectores de otras generaciones-por ejemplo la nuestra-, quizás esta nuevas maneras de mostrarse ocupen el papel de aquellos istmos que proliferaron durante el siglo XX, aunque es tal la diversidad que existe que no encontraríamos nombres para denominar tantas tendencias poéticas.

No obstante, es de esperar que tras un período farragoso e incierto, donde se mezcla lo bueno con lo malo y lo regular con lo pésimo, se imponga un tiempo de reflexión y se vuelva a enlazar, aunque de otra manera, con la tradición. O no. Pero lo que es seguro, es que sólo permanecerá en la memoria del lector aquello que merezca realmente la pena y el resto se perderá por la alcantarilla del olvido o se recordará como algo intranscendente y anecdótico, como un signo de los tiempos en que tuvo lugar.

En el estudio que precede a la antología, El hilo más firme, Carlos Alcorta analiza y critica esa falta de verdadera poesía entre y ante todo lo que sale a la luz, en esa maraña impenetrable de medios virtuales que nos invade y coloniza en forma de redes sociales-facebook, twitter…-, blogs, páginas webs y demás formas. En cualquiera de esos vehículos podemos ver palabras y más palabras, más o menos interesantes, pero que poco o nada tienen que ver con aquello con lo que se auto-titulan, con la poesía. Se está llegando a un extremo en el que a cualquier cosa, con cierta distorsión léxica o rareza de expresión-a veces es suficiente una simple procacidad-, se le llama poesía.

El autor del estudio propone a los nuevos poetas una vuelta a la lectura, algo que no está más que en el mismo centro del sentido común y del que tanto y con tanta frecuencia nos alejamos los seres pensantes. Propone ese retorno o primer contacto con la lectura, tanto como un ejercicio placentero, como un objetivo de formación sólido; al fin, y citando a José Luis García Martín, se trata de escribir poesía “desde la experiencia y la cultura”.

Después, ya desde el conocimiento y la experiencia lectora, se podrá enlazar o no con la tradición. O incluso abominar de ella. En cualquier caso, la lectura debe ser la herramienta, cuando no el catalizador, que lleve a escribir buena poesía.

Si para que el organismo trabaje adecuadamente es necesario que ejerzan su función, como desencadenantes, una serie de factores enzimáticos que vehiculen y estimulen todas las reacciones que nos hacen la vida fácil, también es necesario que el poeta, para que pueda escribir con cierta soltura y corrección, lleve un bagaje cultural que sólo proporciona la lectura. Son los textos literarios los que actúan como los factores enzimáticos del organismo, son los que desencadenan el proceso creativo, los que impulsan las emociones y los sentimientos para que que se plasmen en poesía, en verdadera poesía, sobre el papel.

Además, de una manera sutil, Carlos Alcorta no sólo propone la lectura como factor desencadenante para que aflore el joven poeta, en esa conexión directa con el hecho de leer, sino que también propone una vuelta al libro como tal. Al contacto con el papel físico como si fuera otro enzima transmisor de emociones; eso que sabemos con una claridad meridiana, sin necesidad de más explicaciones, los que amamos los libros.

Desafortunadamente, las grandes editoriales y las grandes librerías no tradicionales, más atentas al éxito comercial, no se implican en el descubrimiento de nuevos poetas, en hacer esa disección en la red para distinguir lo que permanecerá de aquello más fútil y volátil, en desdeñar todo aquello que suele rozar, cuando no caer de lleno en ella, la ñoñería más cursi. Bien al contrario, se centran en estos productos-no los llamo poesía- con los que malician y cosechan en muchas ocasiones éxitos inmediatos. Es por ello por lo que vemos cómo, a favor de estos nuevos dioses culturetas, los buenos poetas, me refiero incluso a los clásicos indiscutidos, descansan arrinconados en los estantes menos atractivos de estas enormes factorías de ventas de libros. Por tanto, y con más razón, se cercenan sin piedad las expectativas de dar a conocer la obra de los buenos poetas jóvenes. Es entonces cuando pequeñas editoriales, como es el caso, dignifican el panorama poético y asumen el papel de difusores culturales, dando voz a estas nuevas generaciones y rescatándolas de sus propios círculos concéntricos, condenados al bucle del autoconsumo.

Posteriormente, en el prólogo de El hilo más firme, el autor diserta con acierto y sagacidad sobre la facilidad que existe para escribir, y lanzar a través de los nuevos medios tecnológicos, lo primero que se te pasa por la cabeza y afirmar-o creer- que es poesía. En este sentido, Carlos Alcorta, reflexiona sobre el papel creador y su complejidad, sobre cómo hay que elaborar y trabajar el poema, bien sea en una primera abstracción, como suele pasar en su nacimiento-que puede proceder de una simple pulsión automática- y más tarde en la concreción sobre el papel. Después de esta primera fase viene esa lucha por lo que podríamos denominar el afinamiento del poema, cuando del poema hay que hacer algo que, aunque aparentemente sea personal o trivial, interese al lector. En resumidas cuentas, que aquello que se intenta trasladar, esa expresión de los sentimientos a través del poema, se sepa hacer llegar al lector en forma de poesía, con ese fulgor único, con ese milagro, no exento de misterio, que es la palabra poética.

Con antologías como la que nos ocupa, es posible sacar de ese universo de las redes sociales a una serie de poetas jóvenes, en este caso de Cantabria, y proporcionarles un espacio editorial que les rescate de esa exclusividad, que más parece un confinamiento, de la virtualidad actual.

“El hilo más firme” es una excelente selección de jóvenes poetas cántabros llevada a cabo por Carlos Alcorta. Viene precedida de un profundo estudio que me ha servido para reflexionar sobre los tiempos revueltos que sacuden a la poesía actual. En cualquier caso, simplemente se analiza un fenómeno global que invita a la reflexión y que interesa a muchos.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

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JOAN MARGARIT QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA -Juan Francisco Quevedo

El diario Alerta publica mi crónica sobre “Joana”, en el quince aniversario de su publicación. Un libro de Joan Margarit que fulminó muchos de los estereotipos existentes sobre la manera de escribir poesía.

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

 

Para comenzar esta crónica sin trampas, debo confesar mi admiración por la poesía de Joan Margarit. Sus libros, como los de Antonio Machado, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche.

No voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque pasaría a engrosar una lista muy amplia y tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro. Ahora bien, y poniéndonos un poco dramáticos, si como consecuencia de una catástrofe sólo me dieran la oportunidad de salvar uno de ellos, no lo dudaría ni un instante; rescataría de un posible olvido permanente Joana.

Ya han pasado quince años desde la publicación de Joana, quince años desde que el poeta, contradiciendo todas las teorías poéticas existentes, sobre eso de distanciarse en el tiempo de los hechos a reflejar en el poema, nos dio a conocer su Joana. No quiero ser cursi, ni ñoño, en el análisis-el propio autor renegaría de semejante tontería relegándome con razón a las catacumbas-, pero está claro que algo tan duro como la muerte de una hija, a la que has mimado y atendido con denuedo, debido a su minusvalía, es una experiencia vital tan traumática y dolorosa que ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas; unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Joan Margarit nos ha demostrado que lo era; tanto para él como para la buena poesía, y la de Joana es una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción. Surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano y más tarde, durante esa labor de afinamiento a la que se entrega el poeta, se da forma al poema. No entiendo la poesía sin emoción, como no entiendo que no esté presente en cualquiera de las manifestaciones artísticas existentes, pero en la poesía de manera muy especial. Así que yo soy de esos que no pueden estar más de acuerdo con una de las definiciones clásicas de poesía, en concreto con aquella que dice que es la expresión más elevada de los sentimientos.

En Joana se aúnan en un todo hermoso, emoción y belleza formal. Es la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre como ejecutarla, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta.

¿Por qué Joana, lo que sus versos emanan, es capaz de provocarnos, aquello que los románticos rusos decían, movimientos en el alma?

Por una sencilla razón, por la capacidad del poeta para que el lector, desde sus vivencias personales, sea capaz de identificarse con la protagonista del libro. Entonces, en ese encuentro, Joana, a pesar de serlo para el poeta, deja de ser Joana, para erigirse en ese ser mortal en el que todos vemos reflejados a nuestros propios muertos. Y precisamente esa capacidad que tienen los poemas de Joana para que el lector los interiorice y los haga suyos es lo que universaliza la poesía de Joan Margarit, lo que la convierte en atemporal. Una poesía que, con la consciencia lúcida del poeta, es capaz de hacer que un hecho tan grave en su vida-la muerte y todo lo que la rodea-, trascienda fronteras y mentalidades y cada lector, desde esa experiencia, si la tiene, o desde lo que atisba, si no la tiene y sólo lo intuye, la asuma como propia.

Joan Margarit confiesa y explica que escribe este libro poético desde el desamparo. Y así es como se siente íntimamente, desamparado, pues después de tantos años de cuidar a una hija indefensa, al final el autor nos revela haber llegado, en su relación con Joana, a ese punto en el que ya no se sabe muy bien quien cuida a quien. Esa interdependencia es muy fácil de entender.

Y cuál es la razón para que el poeta-en el que, en y desde sus versos, todos nos vemos reflejados- experimente ese desaliento vital.

Sin duda, la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija. Joana ha sido a lo largo de su vida una persona que ante el afecto paterno y familiar, ante sus cuidados y dedicación, sólo encontraba una manera para compensarlo. No era otra que el amor, su “única herramienta para sobrevivir”, como reconoce con emoción el poeta.

Pero no es cuestión de confundirse, no es la muerte física de Joana, sino la consciencia de su pronta pérdida, lo que lleva al poeta a ponerse frente al papel. Esa racionalización ante la muerte como algo definitivo, como ese nunca más-el Nevermore del cuervo de Poe- le mueve a escribir los poemas de este libro, un libro que ejecuta durante los ocho últimos meses de vida de su hija. Un libro que estuvo a punto de titular Nunca más, sabiendo de lo irreversible de la muerte, desde donde no cabe ninguna posibilidad de reencuentro, ni tan siquiera en un hipotético y lejano futuro. Al final, decidió con acierto que fuera el nombre de su protagonista el que apareciera en las portadas. Y en ellas, en la edición de Hiperión, podemos ver cómo la ilustra una litografía de la propia Joana, titulada Botellas.

Joana es un libro técnicamente impecable, en el que el poeta cuida al extremo la versificación tanto en catalán como en su paso al castellano, haciendo verdaderas recreaciones de los poemas y conservando en ellos casi siempre la cadencia silábica y rítmica. Estamos ante un poeta que utiliza un lenguaje rico, pero sin artificios; como un buen arquitecto, su profesión verdadera, construye el poema con solidez pero sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. En realidad, pretende que no haya nada de ornamento inútil, aunque pudiera parecerlo, que no sobre ni falte una palabra, que todo esté en su justa medida.

Por otro lado, su poesía, muy de agradecer para cualquier lector, es clara y entendible, concebida sin pretensiones crípticas, no requiriendo más que un pequeño esfuerzo personal para adentrarse en el universo del poeta que, al fin, hacemos nuestro desde nuestra propia experiencia, desde nuestras lecturas y desde nuestra propia trayectoria vital. Se comunica con el lector, forjando el poema desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlo para adentrarnos en su complejidad.

Debo destacar algo importante de Joana que hasta la fecha, salvo últimas revelaciones, ha pasado desapercibido. Mi hija Claudia, cuando era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, hizo un trabajo sobre Joana que Joan Margarit tuvo la amabilidad de leer y hacernos llegar sus impresiones. De ellas, además de su generosidad y cercanía, destaco lo siguiente: “Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado.”

Y ahora continúo con las palabras de Claudia, “En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Nunca pude sentirme tan ligera./Miré hacia atrás, a mi balcón,/la baranda como una partitura./Dije adiós a mi padre y a mi madre./La vida me eligió para su amor./También la muerte.

En esta feliz conmemoración de la edición de Joana y en esta crónica no me resisto a no comentar uno de los poemas que forman parte del libro, El PRESENTE Y FORÈS. El poeta nos introduce con una sencillez envidiable en su pasado, en una época de felicidad, donde el orden cotidiano parece presidir su vida, la de todos: “Mañana de verano entre los campos./ Y Mariona, con el delantal,/ cavando en el jardín bajo las rosas…

En ese apacible y ordenado mundo surge el miedo, ante los temores de que el futuro, inevitablemente, lo quiebre. Parece que sólo es la trampa que te tiende el tiempo: “… y yo de pronto siento miedo y pena,/ como si el orden fuese el gran bostezo/ con el cual el futuro nos devora.

Enseguida, el presente real no hace sino confirmar sus viejos temores; ya nada es igual en aquel lugar. Muchas cosas han pasado a lo largo de esos treinta años. Por último, desvela esa loca carrera que es la vida hacia la muerte y el olvido: “La memoria resulta/ ser un espejo tan vacío: sólo/ breves, amortiguadas eclosiones,/ pues la memoria grande y verdadera/ no es otra que la muerte: Allí estarán/ los instantes perdidos…”

Todo el libro es, en realidad, un alegato contra ese olvido, el de Joana, el de nuestros muertos personales, y el autor lo reivindica a través del dolor.

Simplemente quiero terminar con el verso de Cálculo de estructuras que le puso a Claudia en la dedicatoria cuando tuvo la deferencia de regalarle su libro Nuevas cartas a un joven poeta: “Necesito el dolor contra el olvido”.

Ya han pasado quince años desde y con Joana. Quince años ya sin Joana. Y Joana aún está en mi mesilla de noche.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA (2015)-Juan Francisco Quevedo

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Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA

(2015)

POESÍA REUNIDA POR EL PROPIO AUTOR

Cuando hace unos quince días pude tener el libro de Rafael Fombellida en mis manos, lo primero que hice fue observar la portada, hermosa y sencilla. Un acierto.

Después, me fijé en el período de tiempo que abarcaba la poesía reunida en Dominio: veinticinco años. Ni más ni menos.  Lo que suponía que en el interior me iba a encontrar con los versos que un poeta había ido vertiendo frente al papel-y a veces imagino que contra- desde que tuviera poco más de treinta años hasta la actualidad.

El caso es que después de leer a fondo el libro, frente a lo que en principio se pudiera pensar, no he hallado grandes quiebros temporales en su composición. Es más, los poemas evolucionan de una manera natural sin advertirse cambios bruscos; van fluyendo a través de los años casi sin que nos percatemos de ello. De hecho, el poema que abre esta edición bien hubiera podido ubicarse en Di, realidad, el último libro del autor, publicado en 2015.

Tenemos la suerte de estar ante una selección de poemas hecha por el propio autor, lo cual siempre es de agradecer para el lector. Conviven libros completos con otros de los que ha hecho una criba minuciosa para quedarse con aquellos poemas que ha considerado más adecuados, incluyendo también alguno de los que en el momento de la concepción del libro había desechado. Estos poemas, como recalca su autor, no han sido reescritos, sino corregidos, lo que hace que no hayan perdido su esencia primitiva. Así mismo, Dominio incluye una serie de poemas inéditos que nunca llegaron a formar parte de libro alguno y que recoge bajo el título de Istmo. Rafael Fombellida, considera esta revisión, como él mismo dijo en la presentación en Santander, como definitiva, lo que hace de Dominio, casi un testamento poético prematuro y un auténtico libro de libros.

Con la mirada subjetiva que posee cualquier lector, me atrevo a dar cuerpo a las impresiones que me han sobrevenido tras tener este libro en mi cabeza -además de en la mesita de noche- a lo largo de más de dos semanas.

Comenzar esta exposición diciendo que la poesía de Rafael es una poesía introspectiva es decir algo que está en boca y en papel de todos los que han hecho alguna reseña sobre el libro. Así que intentaré dar otra vuelta de tuerca, sin llegar a poseer el alma de nadie-y menos el del autor- como en la novela de Henry James, basándome en mis impresiones y en lo que he podido leer y escuchar al propio Fombellida.

Partiendo del desorden más absoluto, lo que el autor denomina el daimon, esa fuerza que tiende hacia lo oscuro, hacia las tinieblas interiores, el poeta nos lleva, una vez lo descifra, con el misterio inherente a su poesía, hacia el orden, hacia la claridad. No me resisto a comparar su poética con el concepto físico de la entropía, una medida del desorden molecular en la que la temperatura, un incremento de la misma, es responsable de provocar un desorden que aumenta proporcionalmente a medida que aumentan los grados y viceversa. Partiendo de ese gran caos que el autor interioriza, a través de una meditación filosófica directa, que refleja y proyecta en la escritura, el poema llega al lector sin grandes ambages ornamentales y avanzando, como si la temperatura fuera decreciendo, hacia su esclarecimiento. Siguiendo con el símil de la entropía, el poeta consigue bajar la temperatura hasta aproximarse a esos cero grados Kelvin en los que el valor físico de este concepto sería cero y el poema una realidad plausible y palpable. Es decir, a lo largo del desarrollo del mismo consigue proporcionar progresivamente algo de luz al lector. De tal manera que se acerca a lo que hasta la fecha es un imposible, lograr una temperatura tan baja-próxima a esos cero grados Kelvin-. Ahí, en ese punto, y fantaseando con la física, de alguna manera se conseguiría la inmortalidad ya que, si se pudiese alcanzar ese valor, el desorden molecular sería cero y la inmortalidad un hecho teórico. En este caso, en el caso de la poesía de Rafael, hablamos de conseguir poemas definitivos, próximos a ese valor. Poemas que ya nunca se volverán a revisar y que quizás alcancen la inmortalidad, aunque no valga para nada.

Las meditaciones filosóficas que van unidas al discurso poético de Rafael Fombellida van en ese sentido aclaratorio, es decir, hacia iluminar el poema con el brillo de esa interiorización del caos. Aquí me remito a las palabras de Carlos Alcorta, en la magnífica reseña que hizo de Di, realidad. Dice Carlos que no hay en la poesía de Rafael Fombellida “pretensiones filosóficas ni incurren en la grandilocuencia gratuita”. No puedo estar más de acuerdo.

Voy ahora a abordar, de una manera general, los conceptos de fondo y forma-ética y estética- en la poesía de Rafael Fombellida.

El autor parte de algo fundamental para dotar de enjundia a su poética; no hace una poesía improvisada ni casual, el poeta cree en lo que hace y lo desarrolla y lleva hasta las últimas consecuencias. Su obra tiene como origen sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y crudeza, si llega el caso. Aquí me remito a las palabras de José Luis García Martín: “Rafael Fombellida escribe, como todos los poetas verdaderos, desde la experiencia y la cultura”.

En sus poemas van aflorando, a medida que avanzamos por las páginas del libro, la suma de los diferentes yos que fuera, con sus experiencias vitales, con sus lecturas; en suma con todo aquello que condiciona la poesía que hace. Con todo este bagaje consigue llegar al centro mismo de la sensibilidad del lector

El poeta toca una variedad muy amplia de temas a lo largo del libro: amor, enfermedad, muerte, guerra, etc. Pero siempre hay algo que sobrevuela en su poesía -incluso cuando expone temas graves-, la vida brota como un bastión fuerte y necesario que le rescata de cierto pesimismo vital. Así mismo, el autor, como tantos poetas, reconoce la infancia como la fuente primigenia de la que mana su lírica y buena parte de la inspiración poética. Algo muy común en el terreno artístico; ahora recuerdo las palabras del director sueco Ingmar Bergman, tantas veces dichas, antes y después de él, de tantas maneras distintas; cito de memoria: La infancia es la patria verdadera del hombre.

De todas maneras, cualquiera de estos temas que conforman su poesía, y que extrae de su realidad, es llevado con elegancia formal al terreno de lo poético y es en esa transformación introspectiva donde la poesía de Rafael emprende un vuelo más elevado aún. Confiere a su lírica una estética selecta, en la que apenas hace concesiones al artificio.

En muchos de sus poemas hace uso de la forma, encarnada fundamentalmente en la métrica, como manera de contención poética para no dejarse llevar por el discurso, lo que contribuye a mantener esa pulsión rítmica que añade a su poesía una sonoridad que el lector agradece.

En conclusión, podemos decir que en la poesía de Rafael Fombellida se conjuga fondo y forma para afrontar el poema de manera esclarecedora y equilibrada. Además, lo lleva a cabo con un léxico variado y un lenguaje cuidado, cuando no exquisito y siempre elegante. Todo ello contribuye a que su poesía penetre en el ánimo del lector y le conmueva y emocione, incluso cuando el poeta sólo deja entrever aquello que se esconde tras los versos y que con cada persona emprende un vuelo distinto.

Tras hacer esta pequeña crónica, me gustaría comentar alguno de los poemas del libro. Para ello, he elegido de una manera intuitiva, y por lo que me han sugerido en el momento de la lectura, uno o dos de cada parte en las que está dividido.

El primer poema del libro pertenece a Deudas de juego, escrito entre los años 1990 y 1999, y se titula “Disparos en la nieve”. En esta composición, en la que sólo dos heptasílabos quiebran la unidad métrica del endecasílabo, el poeta-así lo veo al menos desde mi individualidad lectora- manifiesta su falta de fe en el ser humano, sometido a los caprichos de un destino que siempre asoma con cierta sombra de fatalismo. Finaliza con unos versos demoledores.

 

Por la ladera espesa, entre la nieve,

caminamos sin fin. Rumiando el ansia

de matar o matarnos. De volver

el arma hacia el horror de nuestras vidas.

 

“El artista en invierno” es otro poema de Deudas de juego, en el que el autor, desde la invocación a las tinieblas, nos remite a los tópicos horacianos, en concreto al “Beatus ille” y al “Aurea mediocritas”. El hombre, el artista en este caso, vive aislado del ruido del mundo y en su retiro se dedica a sus quehaceres con humildad. Allí pasa las horas, enfrascado entre sus libros y como Quevedo hiciera desde su Torre de Juan Abad, se refugia sin sobresaltos “Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos”.
El poema discurre entre heptasílabos y endecasílabos, salpicado con algún verso alejandrino.

 

“Al fondo, entre los libros,

el declive del sol habrá de sorprenderle

tomando algunas notas,

caligrafiando su aire. Vendrán luego

dos o tres horas más

                                sin que suceda nada.”

 

De Istmo, una reunión de textos que nunca formaron parte de ningún libro, he elegido por mi atracción personal hacia la ciudad portuguesa, “Porto”.

Es un poema pertrechado fundamentalmente con alejandrinos en el que el poeta recuerda sus encuentros con la ciudad que se orilla en la desembocadura del Duero.

 

“Refresca al sol el río desde el puente de hierro.

Y el sol se lo agradece con un ligero ardor.

De miradores altos hay rostros que se apartan.”

 

Norte magnético es un libro realizado entre el año 2000 y el año 2002. Como confiesa su autor es un poemario cargado de simbolismo y de él he entresacado “Verano ártico”, un poema en el cual el poeta se desdobla en dos, en esa contradictoria lucha que sostiene en realidad contra sí mismo. Interpreto que ese otro yo se oculta tras la enigmática mujer que le obliga a huir del pensamiento racional que le atrapa. En esa lucha, no sucumbe, sino que sobrevive, aunque con heridas de guerra. En la composición predominan los endecasílabos, con rupturas de algún alejandrino y de algún que otro verso corto.

 

“No hay verano más frío que ese cuerpo

ligero descansando a tu costado,

sumido en depurada revelación oculta.

Tan lejos de este mundo que ya roza

con sus dedos el otro.”

 

Canción oscura es otro libro de carácter simbólico escrito entre los años 2003 y 2006. De este poemario extraigo “Pescando en la noche”, un poema en el que el poeta establece, quizás, un paralelismo entre la paciencia y la constancia de pescador, con la labor de la creación literaria del escritor. Poeta y pescador, siguen y siguen, noche a noche, persiguiendo sus sueños y a pesar de la elemental captura de cada jornada, esa minuciosa labor les compensa del duro trabajo que realizan.

 

“Una vez más, y cuántas noches tanta

concentración se embosca en bruto y rueda

aguas adentro la preciada larva,

el tesoro llegado de fosas submarinas.”

 

Violeta profundo es un libro escrito a lo largo de dos años, 2009 y 2010. De un recuerdo amargo, ocurrido en un pequeño instante, surge el poema “Matinal de domingo”. El poeta se escruta y se mira a sí mismo reflejado en el azogue de los muertos familiares que le precedieron. Y lo hace sin dramatismos, con pinceladas de buen humor.

 

“Yo diseñé la labra de su lápida

y le mandé grabar nombre y dos fechas.

Ya sabes, entre ellas, los días fueron suyos.”

 

También de Violeta profundo es el poema “Aniversario”. En él, se vuelve tierno y menos enigmático. Parece reconciliarse con el mundo mientras se impone un alejamiento de la labor creadora. El poema está salpicado de rasgos de cotidianeidad y de sentido del humor.

 

“Baja el licor de guindas perfumado

del estante más alto del armario,

y si ves que no llegas, llámame.”

 

También de su libro Violeta profundo es el poema “Colección particular”. De nuevo un recuerdo le asalta y le hace escribir este poema endiablado y, a la vez, enternecedor. Partiendo de una evocación de la niñez, que toma como si fuera una excusa, piensa que ese bloc que hojea-con h-, y que no le provoca ningún sentimiento pudiera ser, algún día, el suyo. Le dice tan poco como sus cosas dirán a otros el día de mañana. Reflexiona sobre la futilidad de la vida. Y piensa que algún día no muy lejano no habrá nadie al que le interese su colección particular.

 

“Ese bloc parecía un cementerio.

Avanzar daba náuseas, porque pensaba en mí.”

 

Di, realidad es el último libro de Rafael Fombellida. Contiene poemas escritos entre los años 2011 y 2014.

He elegido este poema, “Nadadores”, y no precisamente al azar. De hecho, el poeta confesaba en la presentación de Santander que si sólo tuviera la posibilidad de salvar un poema de Dominio, éste sería el afortunado.

El poema se inicia con una confesión paterna de agotamiento. Ha nadado junto a su hijo y en un momento dado ha tenido que rendirse ante el empuje del joven. Ese cansancio es la metáfora perfecta del relevo generacional familiar. No es una competición deportiva sin más; el poeta va mucho más allá; está asistiendo al crecimiento personal de su vástago en busca del conocimiento. De alguna manera ve en él esa proyección en alza e intuye que, como padre, comienza a ocupar un espacio que sin tardar mucho le corresponderá a él. Y lo hace siempre con una mirada tierna y complaciente hacia el hijo. Un espléndido poema.

 

“Soy el padre de un hombre, un hombre grave, meditativo, oculto,

que se gobierna con pericia mientras cabe pensar

que su mano, ya enorme, clausurará mis párpados como se sella un

       ataúd de plomo.”               

 

“Di, realidad” es el poema que da título al libro. En él, se enfrenta de nuevo el poeta a sí mismo, en esa tensión contradictoria tan habitual en su poesía. Esta vez lo hace a través de una realidad que se distorsiona mientras el mundo, su mundo personal, con sus niños y su monotonía familiar, continúa su marcha, ajeno a cualquier voluntad pero con el convencimiento de que es mecido por el destino, al que asocia cierta fatalidad. La simple posibilidad de atisbar la tragedia que, frente a esa realidad deformada, siempre sobrevuela vacilante sobre su paz familiar le obsesiona y se dirige a ella. La increpa y la reta.

 

“Realidad, realidad, estamos tú y yo solos. Los niños reventaban

en su cuarto colmado de alegría. Querían gris y escarcha,

montaron en el coche ella y los dos hermanos, patinando

estarán en el lago. Si la capa de hielo adelgazara,

realidad, me darías un suceso.”                

 

Yo creo, tras una lectura reposada, que Dominio es uno de esos poemarios que permanecerán en la memoria del lector. No es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por tanto es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos.

Tras leer a Rafael Fombellida uno se siente reconfortado con la poesía, con la buena poesía, la que nace con intención de trascender, incluso a su autor. Felicitémonos por ello y demos la enhorabuena al poeta.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

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CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS-Juan Francisco Quevedo

CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS

SANTANDER: SEPTENTRIÓN EDICIONES

                       CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS

                         SANTANDER: SEPTENTRIÓN EDICIONES

Carlos Alcorta se acerca a los lectores con un nuevo libro bajo el brazo, Casa sin puertas, (opiniones y reseñas sobre poesía cántabra contemporánea), una compilación de su obra crítica sobre autores cántabros del siglo XX y del siglo XXI. El reconocido poeta y el editor dan paso al crítico literario, que recoge en este libro una pequeña parte de un trabajo al que lleva entregado con una dedicación constante muchos años.

Para abordar y adentrarse en el pantanoso terreno de la crítica, en un mundo como el literario, tan lleno de egos superlativos y vanidades exageradas, hay que manifestar un conocimiento profundo de la materia a tratar así como tener un criterio bien definido, no sujeto a las circunstancias personales, o mediáticas, ni al amiguismo fácil. Se debe manifestar un juicio en el que la independencia y la honestidad deben ser el mayor y más valioso patrimonio de quien se entregue a esta complicada labor.

En mi opinión esos valores son, exactamente, los que distinguen a un crítico de enjundia, a aquel que se gana la lealtad de sus lectores con sus artículos, con sus crónicas. Ahí está el valor primordial del crítico, ganarse la confianza de sus lectores a base de credibilidad.

En la mayoría de los casos, cuando estamos ante lo que consideramos un crítico de fiar, nos dejamos guiar por sus gustos razonados. Y cuando aflora nuestro espíritu crítico, (el lector también debe poseerlo), disfrutamos de la lectura por el mero hecho de estar firmada por quién está, independientemente de que estemos en desacuerdo o no. Leemos por el placer de leer al autor de las crónicas literarias.  Por tanto, la buena crítica literaria, como bien dice Claudia Quevedo en el prólogo, no sólo nos muestra al autor objeto de la misma sino que nos muestra al escritor que la ejerce. Es decir, un buen crítico debe poseer un valor personal: credibilidad, y, así mismo, un valor literario: calidad en sus textos. Por tanto, la opinión crítica y su expresión escrita han de ser premisas irrenunciables tanto para el que ejerce la crítica como para el lector que la asume.

En el caso de Carlos Alcorta se aúnan todas estas razones, ya que a su naturaleza creadora se le une la del respeto del lector. El prestigio crítico y literario es algo que este autor se ha ganado con los años de trabajo y con la lealtad de quienes le leemos. Y hoy, podemos afirmar, que estamos ante uno de los críticos más reputados del panorama literario nacional.

La innegable calidad de sus textos no puede sustraerse a su personalidad lírica, de tal manera que el poeta aflora de manera inevitable en cada palabra, confiriendo unas características al texto que hacen que el lector quede atrapado por la palabra escrita más allá de la crítica en sí misma.

Eso hace que a Carlos Alcorta no se acuda sólo como guía para orientarnos en el embarullado mundo de las publicaciones, sino que se acude a sus reseñas por el simple placer de leer, de leerle, es decir, por haber conseguido hacer, como dice Claudia Quevedo en el prólogo, de la crítica un verdadero género literario. Es, al fin, heredero de una tradición literaria que surge con la aparición de la prensa moderna y que ha contado con ilustres escritores del que quizás, el paradigma sea Leopoldo Alas, Clarín.

Además, Carlos Alcorta aún siendo un crítico respetuoso con los autores consagrados, no deja de mostrar su desacuerdo con determinados aspectos cuando lo cree conveniente, ejerciendo y mostrando una libertad e independencia que es muy de agradecer. Incluso en esas muestras de discrepancia no pierde nunca ni la elegancia en la exposición, ni la calidad literaria del texto, lo que hace de él no sólo un crítico honesto sino además un crítico cuidadoso y cortés en sus juicios.

En este nuevo libro, Casa sin puertas, se recogen muchas de las reseñas que Alcorta ha publicado en diferentes medios, como revistas literarias, prensa, blogs, etc, de la poesía, o sobre la poesía, hecha por cántabros a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Son reseñas que diseccionan a poetas de muy distintas generaciones pero con un denominador común, la calidad y la buena salud de la poesía hecha por cántabros en lengua española. Y recalco que no nos referimos a la poesía confinada en Cantabria, nos referimos, el autor se refiere, a esa poesía que hecha por cántabros ha sido y es un referente en español. Podemos citar que el libro recoge reseñas sobre Gerardo Diego, José Hierro, Julio Maruri, Carlos Salomón o José Luis Hidalgo-por cierto, en el setenta aniversario de su fallecimiento y de la edición de Los muertos-.

Así mismo recoge críticas de poetas más contemporáneos como Adela Sainz, Alberto Muñoz, Lorenzo Oliván, Ana García Negrete, Alberto Santamaría o Rafael Fombellida.

Además y como colofón, Casa sin puertas incluye reseñas sobre un buen número de poetas que podríamos denominar, ya, del siglo XXI, un grupo de poetas como Montse Barrero, Martín Bezanilla, Jaime Peña o Silvia Prellezo que son el presente y el futuro de la poesía que ahora mismo está surgiendo en Cantabria y que Carlos Alcorta, como editor, ha recogido, con un excelente prólogo, en un libro que lleva por título, El hilo más firme, Nueva poesía en Cantabria.

Decir que Cantabria es una tierra pródiga y generosa con la poesía es una obviedad que no por ello debemos silenciar. Si el siglo XVII es la edad de oro de la literatura española y de la poesía en particular, cabe destacar, y debe destacarse, el origen montañés, -denominación que da Cervantes en el Quijote a los que provienen de nuestra tierra (se halla en el capítulo cuarenta y ocho de la segunda parte del Quijote)-, de los más importantes poetas de la época.  Lope de Vega, cuyos padres son oriundos del valle de Carriedo –El propio escritor en carta al duque de Sessa (de mediados de octubre de 1628) se referiría a sus antecedentes familiares diciendo: «Nací hombre de bien, de un pedazo de peña de la Montaña».

Sin olvidar a don Francisco de Quevedo, que descendía del valle de Toranzo, concretamente de Bejorís, donde tenía hecha una ruina su casa familiar y que usa como excusa para componer uno de los mejores sonetos en lengua española, Miré a los muros de la patria mía, donde compara las ruinas de su casona de procedencia con el declive de la patria.

Tampoco debemos pasar por alto el origen cántabro de Pedro Calderón de la Barca, que está en el pueblo de Viveda.

En fin, quizás esa nómina ilustre sea la responsable de la inquietud poética que siempre ha caracterizado a nuestra tierra y que ha hecho de Cantabria un lugar ligado y comprometido con la poesía de cualquier tiempo. Algo que sin duda hará que Carlos Alcorta, en unos años, nos vuelva a presentar un nuevo libro de reseñas sobre la poesía hecha en Cantabria para el mundo que habla y lee en español.

Voy a finalizar esta crónica de Casa sin puertas hurtando el cierre del prólogo, hurtando las palabras de Claudia Quevedo:

“La calidad literaria de este libro reside, como hemos intentado mostrar, no solo en los poetas reseñados sino también en las críticas en sí mismas…

…Alcorta no puede escapar a su condición de poeta y esto hace de su obra crítica materia literaria en sí misma. Sus imágenes, sus palabras y su precisión invitan a la lectura de los libros de los que habla y, a la vez, nos descubren este, en nuestra opinión, estilo literario tan poco estudiado. La buena crítica la realizan los buenos escritores. Dicho esto, os invitamos a adentraros en el placer de la lectura de este volumen, donde descubrimos (o redescubrimos) dos cosas: la poesía reseñada y la reseña literaria”.

                                                                                                                       Juan Francisco Quevedo

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