NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA-Juan Francisco Quevedo

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

Hace ya más de un año de la aparición del libro  El hilo más firme -nueva poesía de Cantabria-, editado por Septentrión Ediciones. Detrás de la antología El hilo más firme, hay mucho más de lo que en apariencia pudiéramos presumir, desde luego es mucho más que una mera selección de jóvenes poetas que nos muestran sus trabajos. Lo primero que sorprende al lector es la lúcida disertación con la que Carlos Alcorta prologa la obra. En ella analiza y pone de relieve el papel que juegan los medios técnicos actuales como, digamos, pervertidores del gusto general por la buena poesía. Es un prólogo que invita a la reflexión y que me incita a hacer una serie de consideraciones sobre este aluvión poético que nos invade desde tantos flancos.

El exceso de información que nos llega, así como la facilidad existente para desparramar versos sobre la pantalla de un ordenador, de una tablet, de un móvil o de cualquier otro artilugio, contribuyen a esa ceremonia masiva de la confusión. Del otro lado de esos millones de pantallas que escupen versos acelerados, están unos ávidos consumidores de mensajes rápidos y lecturas cortas que creen descubrir a verdaderos poetas tras lo que, en el mejor de los casos, sólo se encuentran jóvenes capaces de articular felices frases ingeniosas, cuando no desahogos estrambóticos. Poco o nada que ver con lo que es poesía. Al fin, no es más que el signo de unos tiempos tan acordes con el frenético ritmo que acompaña a los video-juegos al uso, donde todo tiene que pasar muy deprisa, de tal manera que la concentración exigida sea mínima. Y esta manera de aprendizaje está reñida con la lectura que exige una atención más reflexiva.

No deja de asombrar el paralelismo que estos nuevos avances tecnológicos establecen con lo que ya preconizara Chaplin en Tiempos modernos: un absoluto caos ante la falta de eficiencia -filtros selectivos en nuestro caso- para hacer funcionar sin contratiempos los nuevos inventos mediáticos. Sin duda, están aún lejos los días en los que estas nuevas herramientas se conviertan en un verdadero vehículo cultural y de momento actúan un poco como aquellas máquinas enloquecidas. Chaplin se peleaba con sus artefactos en un intento baldío por dominarlos y, por ahora, este batiburrillo de desinformación que nos llega, con profusión inusitada, nos deja tan desconcertados como al obrero de aquella película memorable. Esperemos que algún día ganemos esta nueva batalla en la que estamos inmersos y podamos establecer los mecanismos necesarios para hacer de internet un instrumento eficaz en su posible labor de transmitir conocimiento y difundirlo, separando lo sustancial-y más en el caso de la poesía- de las simples ocurrencias, cuando no verdaderos exabruptos pseudopoéticos.

Por otro lado, esta proliferación de poetas mediáticos, multiplicados por la facilidad de acceso a los modernos instrumentos de comunicación, quizás tan sólo sea una forma de mostrarnos el rumbo para hacer una catarsis, siempre necesaria, para encontrar y descubrir nuevos caminos a una poesía que requiere adecuarse a las nuevas circunstancias. De tal manera que toda esta metamorfosis acelerada no sea más que el proceso lógico de selección natural para adaptarse a los cambios vertiginosos del medio, en este caso el tecnológico, que comienza a ser el medio habitual de las nuevas generaciones. Pudiera ser la saturación versificadora mediática, nunca se sabe, la senda elegida para remarcar y subrayar un rupturismo estético y ético con lo anterior, con lo viejo. Una manera de distanciarse y renegar de todo aquello que consideran arcaico, tal y como ya hicieran muchos años antes un grupo de muchachos que coincidieron en la Residencia de Estudiantes y que fueron punta de vanguardia en su momento, con la poesía y las maneras de sus antecesores, con todo lo que consideraban obsoleto.

Y seguramente sea así como ocurra, y debe ocurrir de cuando en cuando, para poder abordar y renovar tanto la poesía como cualquiera de las manifestaciones artísticas. Con ese alejamiento de lo anterior, de lo establecido como verdad poética, para renegar del pasado reciente, tan obsoleto, se facilita una perspectiva más acorde a los tiempos presentes, donde una sana diversidad preside el panorama cultural, una diversidad alejada de los istmos vanguardistas y de cualquier tipo de etiqueta. No obstante, la poesía, como antes, ahora también asume ese papel inconformista y regenerador que siempre la ha acompañado. Ésta sería la parte positiva que se puede esconder detrás de esta avalancha mediático-literaria.

Ahora bien, ¿cómo separar lo accesorio de lo fundamental?

En un momento en el que las vanguardias ya son parte de la historia y que han quedado relegadas a los estudios sesudos y a la memoria de los lectores de otras generaciones-por ejemplo la nuestra-, quizás esta nuevas maneras de mostrarse ocupen el papel de aquellos istmos que proliferaron durante el siglo XX, aunque es tal la diversidad que existe que no encontraríamos nombres para denominar tantas tendencias poéticas.

No obstante, es de esperar que tras un período farragoso e incierto, donde se mezcla lo bueno con lo malo y lo regular con lo pésimo, se imponga un tiempo de reflexión y se vuelva a enlazar, aunque de otra manera, con la tradición. O no. Pero lo que es seguro, es que sólo permanecerá en la memoria del lector aquello que merezca realmente la pena y el resto se perderá por la alcantarilla del olvido o se recordará como algo intranscendente y anecdótico, como un signo de los tiempos en que tuvo lugar.

En el estudio que precede a la antología, El hilo más firme, Carlos Alcorta analiza y critica esa falta de verdadera poesía entre y ante todo lo que sale a la luz, en esa maraña impenetrable de medios virtuales que nos invade y coloniza en forma de redes sociales-facebook, twitter…-, blogs, páginas webs y demás formas. En cualquiera de esos vehículos podemos ver palabras y más palabras, más o menos interesantes, pero que poco o nada tienen que ver con aquello con lo que se auto-titulan, con la poesía. Se está llegando a un extremo en el que a cualquier cosa, con cierta distorsión léxica o rareza de expresión-a veces es suficiente una simple procacidad-, se le llama poesía.

El autor del estudio propone a los nuevos poetas una vuelta a la lectura, algo que no está más que en el mismo centro del sentido común y del que tanto y con tanta frecuencia nos alejamos los seres pensantes. Propone ese retorno o primer contacto con la lectura, tanto como un ejercicio placentero, como un objetivo de formación sólido; al fin, y citando a José Luis García Martín, se trata de escribir poesía “desde la experiencia y la cultura”.

Después, ya desde el conocimiento y la experiencia lectora, se podrá enlazar o no con la tradición. O incluso abominar de ella. En cualquier caso, la lectura debe ser la herramienta, cuando no el catalizador, que lleve a escribir buena poesía.

Si para que el organismo trabaje adecuadamente es necesario que ejerzan su función, como desencadenantes, una serie de factores enzimáticos que vehiculen y estimulen todas las reacciones que nos hacen la vida fácil, también es necesario que el poeta, para que pueda escribir con cierta soltura y corrección, lleve un bagaje cultural que sólo proporciona la lectura. Son los textos literarios los que actúan como los factores enzimáticos del organismo, son los que desencadenan el proceso creativo, los que impulsan las emociones y los sentimientos para que que se plasmen en poesía, en verdadera poesía, sobre el papel.

Además, de una manera sutil, Carlos Alcorta no sólo propone la lectura como factor desencadenante para que aflore el joven poeta, en esa conexión directa con el hecho de leer, sino que también propone una vuelta al libro como tal. Al contacto con el papel físico como si fuera otro enzima transmisor de emociones; eso que sabemos con una claridad meridiana, sin necesidad de más explicaciones, los que amamos los libros.

Desafortunadamente, las grandes editoriales y las grandes librerías no tradicionales, más atentas al éxito comercial, no se implican en el descubrimiento de nuevos poetas, en hacer esa disección en la red para distinguir lo que permanecerá de aquello más fútil y volátil, en desdeñar todo aquello que suele rozar, cuando no caer de lleno en ella, la ñoñería más cursi. Bien al contrario, se centran en estos productos-no los llamo poesía- con los que malician y cosechan en muchas ocasiones éxitos inmediatos. Es por ello por lo que vemos cómo, a favor de estos nuevos dioses culturetas, los buenos poetas, me refiero incluso a los clásicos indiscutidos, descansan arrinconados en los estantes menos atractivos de estas enormes factorías de ventas de libros. Por tanto, y con más razón, se cercenan sin piedad las expectativas de dar a conocer la obra de los buenos poetas jóvenes. Es entonces cuando pequeñas editoriales, como es el caso, dignifican el panorama poético y asumen el papel de difusores culturales, dando voz a estas nuevas generaciones y rescatándolas de sus propios círculos concéntricos, condenados al bucle del autoconsumo.

Posteriormente, en el prólogo de El hilo más firme, el autor diserta con acierto y sagacidad sobre la facilidad que existe para escribir, y lanzar a través de los nuevos medios tecnológicos, lo primero que se te pasa por la cabeza y afirmar-o creer- que es poesía. En este sentido, Carlos Alcorta, reflexiona sobre el papel creador y su complejidad, sobre cómo hay que elaborar y trabajar el poema, bien sea en una primera abstracción, como suele pasar en su nacimiento-que puede proceder de una simple pulsión automática- y más tarde en la concreción sobre el papel. Después de esta primera fase viene esa lucha por lo que podríamos denominar el afinamiento del poema, cuando del poema hay que hacer algo que, aunque aparentemente sea personal o trivial, interese al lector. En resumidas cuentas, que aquello que se intenta trasladar, esa expresión de los sentimientos a través del poema, se sepa hacer llegar al lector en forma de poesía, con ese fulgor único, con ese milagro, no exento de misterio, que es la palabra poética.

Con antologías como la que nos ocupa, es posible sacar de ese universo de las redes sociales a una serie de poetas jóvenes, en este caso de Cantabria, y proporcionarles un espacio editorial que les rescate de esa exclusividad, que más parece un confinamiento, de la virtualidad actual.

“El hilo más firme” es una excelente selección de jóvenes poetas cántabros llevada a cabo por Carlos Alcorta. Viene precedida de un profundo estudio que me ha servido para reflexionar sobre los tiempos revueltos que sacuden a la poesía actual. En cualquier caso, simplemente se analiza un fenómeno global que invita a la reflexión y que interesa a muchos.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

Anuncios
Publicado en POESÍA | Deja un comentario

JOAN MARGARIT QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA -Juan Francisco Quevedo

El diario Alerta publica mi crónica sobre “Joana”, en el quince aniversario de su publicación. Un libro de Joan Margarit que fulminó muchos de los estereotipos existentes sobre la manera de escribir poesía.

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

 

Para comenzar esta crónica sin trampas, debo confesar mi admiración por la poesía de Joan Margarit. Sus libros, como los de Antonio Machado, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche.

No voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque pasaría a engrosar una lista muy amplia y tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro. Ahora bien, y poniéndonos un poco dramáticos, si como consecuencia de una catástrofe sólo me dieran la oportunidad de salvar uno de ellos, no lo dudaría ni un instante; rescataría de un posible olvido permanente Joana.

Ya han pasado quince años desde la publicación de Joana, quince años desde que el poeta, contradiciendo todas las teorías poéticas existentes, sobre eso de distanciarse en el tiempo de los hechos a reflejar en el poema, nos dio a conocer su Joana. No quiero ser cursi, ni ñoño, en el análisis-el propio autor renegaría de semejante tontería relegándome con razón a las catacumbas-, pero está claro que algo tan duro como la muerte de una hija, a la que has mimado y atendido con denuedo, debido a su minusvalía, es una experiencia vital tan traumática y dolorosa que ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas; unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Joan Margarit nos ha demostrado que lo era; tanto para él como para la buena poesía, y la de Joana es una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción. Surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano y más tarde, durante esa labor de afinamiento a la que se entrega el poeta, se da forma al poema. No entiendo la poesía sin emoción, como no entiendo que no esté presente en cualquiera de las manifestaciones artísticas existentes, pero en la poesía de manera muy especial. Así que yo soy de esos que no pueden estar más de acuerdo con una de las definiciones clásicas de poesía, en concreto con aquella que dice que es la expresión más elevada de los sentimientos.

En Joana se aúnan en un todo hermoso, emoción y belleza formal. Es la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre como ejecutarla, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta.

¿Por qué Joana, lo que sus versos emanan, es capaz de provocarnos, aquello que los románticos rusos decían, movimientos en el alma?

Por una sencilla razón, por la capacidad del poeta para que el lector, desde sus vivencias personales, sea capaz de identificarse con la protagonista del libro. Entonces, en ese encuentro, Joana, a pesar de serlo para el poeta, deja de ser Joana, para erigirse en ese ser mortal en el que todos vemos reflejados a nuestros propios muertos. Y precisamente esa capacidad que tienen los poemas de Joana para que el lector los interiorice y los haga suyos es lo que universaliza la poesía de Joan Margarit, lo que la convierte en atemporal. Una poesía que, con la consciencia lúcida del poeta, es capaz de hacer que un hecho tan grave en su vida-la muerte y todo lo que la rodea-, trascienda fronteras y mentalidades y cada lector, desde esa experiencia, si la tiene, o desde lo que atisba, si no la tiene y sólo lo intuye, la asuma como propia.

Joan Margarit confiesa y explica que escribe este libro poético desde el desamparo. Y así es como se siente íntimamente, desamparado, pues después de tantos años de cuidar a una hija indefensa, al final el autor nos revela haber llegado, en su relación con Joana, a ese punto en el que ya no se sabe muy bien quien cuida a quien. Esa interdependencia es muy fácil de entender.

Y cuál es la razón para que el poeta-en el que, en y desde sus versos, todos nos vemos reflejados- experimente ese desaliento vital.

Sin duda, la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija. Joana ha sido a lo largo de su vida una persona que ante el afecto paterno y familiar, ante sus cuidados y dedicación, sólo encontraba una manera para compensarlo. No era otra que el amor, su “única herramienta para sobrevivir”, como reconoce con emoción el poeta.

Pero no es cuestión de confundirse, no es la muerte física de Joana, sino la consciencia de su pronta pérdida, lo que lleva al poeta a ponerse frente al papel. Esa racionalización ante la muerte como algo definitivo, como ese nunca más-el Nevermore del cuervo de Poe- le mueve a escribir los poemas de este libro, un libro que ejecuta durante los ocho últimos meses de vida de su hija. Un libro que estuvo a punto de titular Nunca más, sabiendo de lo irreversible de la muerte, desde donde no cabe ninguna posibilidad de reencuentro, ni tan siquiera en un hipotético y lejano futuro. Al final, decidió con acierto que fuera el nombre de su protagonista el que apareciera en las portadas. Y en ellas, en la edición de Hiperión, podemos ver cómo la ilustra una litografía de la propia Joana, titulada Botellas.

Joana es un libro técnicamente impecable, en el que el poeta cuida al extremo la versificación tanto en catalán como en su paso al castellano, haciendo verdaderas recreaciones de los poemas y conservando en ellos casi siempre la cadencia silábica y rítmica. Estamos ante un poeta que utiliza un lenguaje rico, pero sin artificios; como un buen arquitecto, su profesión verdadera, construye el poema con solidez pero sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. En realidad, pretende que no haya nada de ornamento inútil, aunque pudiera parecerlo, que no sobre ni falte una palabra, que todo esté en su justa medida.

Por otro lado, su poesía, muy de agradecer para cualquier lector, es clara y entendible, concebida sin pretensiones crípticas, no requiriendo más que un pequeño esfuerzo personal para adentrarse en el universo del poeta que, al fin, hacemos nuestro desde nuestra propia experiencia, desde nuestras lecturas y desde nuestra propia trayectoria vital. Se comunica con el lector, forjando el poema desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlo para adentrarnos en su complejidad.

Debo destacar algo importante de Joana que hasta la fecha, salvo últimas revelaciones, ha pasado desapercibido. Mi hija Claudia, cuando era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, hizo un trabajo sobre Joana que Joan Margarit tuvo la amabilidad de leer y hacernos llegar sus impresiones. De ellas, además de su generosidad y cercanía, destaco lo siguiente: “Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado.”

Y ahora continúo con las palabras de Claudia, “En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Nunca pude sentirme tan ligera./Miré hacia atrás, a mi balcón,/la baranda como una partitura./Dije adiós a mi padre y a mi madre./La vida me eligió para su amor./También la muerte.

En esta feliz conmemoración de la edición de Joana y en esta crónica no me resisto a no comentar uno de los poemas que forman parte del libro, El PRESENTE Y FORÈS. El poeta nos introduce con una sencillez envidiable en su pasado, en una época de felicidad, donde el orden cotidiano parece presidir su vida, la de todos: “Mañana de verano entre los campos./ Y Mariona, con el delantal,/ cavando en el jardín bajo las rosas…

En ese apacible y ordenado mundo surge el miedo, ante los temores de que el futuro, inevitablemente, lo quiebre. Parece que sólo es la trampa que te tiende el tiempo: “… y yo de pronto siento miedo y pena,/ como si el orden fuese el gran bostezo/ con el cual el futuro nos devora.

Enseguida, el presente real no hace sino confirmar sus viejos temores; ya nada es igual en aquel lugar. Muchas cosas han pasado a lo largo de esos treinta años. Por último, desvela esa loca carrera que es la vida hacia la muerte y el olvido: “La memoria resulta/ ser un espejo tan vacío: sólo/ breves, amortiguadas eclosiones,/ pues la memoria grande y verdadera/ no es otra que la muerte: Allí estarán/ los instantes perdidos…”

Todo el libro es, en realidad, un alegato contra ese olvido, el de Joana, el de nuestros muertos personales, y el autor lo reivindica a través del dolor.

Simplemente quiero terminar con el verso de Cálculo de estructuras que le puso a Claudia en la dedicatoria cuando tuvo la deferencia de regalarle su libro Nuevas cartas a un joven poeta: “Necesito el dolor contra el olvido”.

Ya han pasado quince años desde y con Joana. Quince años ya sin Joana. Y Joana aún está en mi mesilla de noche.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

Publicado en POESÍA | 4 comentarios

Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA (2015)-Juan Francisco Quevedo

IMG_20170710_125131

Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA

(2015)

POESÍA REUNIDA POR EL PROPIO AUTOR

Cuando hace unos quince días pude tener el libro de Rafael Fombellida en mis manos, lo primero que hice fue observar la portada, hermosa y sencilla. Un acierto.

Después, me fijé en el período de tiempo que abarcaba la poesía reunida en Dominio: veinticinco años. Ni más ni menos.  Lo que suponía que en el interior me iba a encontrar con los versos que un poeta había ido vertiendo frente al papel-y a veces imagino que contra- desde que tuviera poco más de treinta años hasta la actualidad.

El caso es que después de leer a fondo el libro, frente a lo que en principio se pudiera pensar, no he hallado grandes quiebros temporales en su composición. Es más, los poemas evolucionan de una manera natural sin advertirse cambios bruscos; van fluyendo a través de los años casi sin que nos percatemos de ello. De hecho, el poema que abre esta edición bien hubiera podido ubicarse en Di, realidad, el último libro del autor, publicado en 2015.

Tenemos la suerte de estar ante una selección de poemas hecha por el propio autor, lo cual siempre es de agradecer para el lector. Conviven libros completos con otros de los que ha hecho una criba minuciosa para quedarse con aquellos poemas que ha considerado más adecuados, incluyendo también alguno de los que en el momento de la concepción del libro había desechado. Estos poemas, como recalca su autor, no han sido reescritos, sino corregidos, lo que hace que no hayan perdido su esencia primitiva. Así mismo, Dominio incluye una serie de poemas inéditos que nunca llegaron a formar parte de libro alguno y que recoge bajo el título de Istmo. Rafael Fombellida, considera esta revisión, como él mismo dijo en la presentación en Santander, como definitiva, lo que hace de Dominio, casi un testamento poético prematuro y un auténtico libro de libros.

Con la mirada subjetiva que posee cualquier lector, me atrevo a dar cuerpo a las impresiones que me han sobrevenido tras tener este libro en mi cabeza -además de en la mesita de noche- a lo largo de más de dos semanas.

Comenzar esta exposición diciendo que la poesía de Rafael es una poesía introspectiva es decir algo que está en boca y en papel de todos los que han hecho alguna reseña sobre el libro. Así que intentaré dar otra vuelta de tuerca, sin llegar a poseer el alma de nadie-y menos el del autor- como en la novela de Henry James, basándome en mis impresiones y en lo que he podido leer y escuchar al propio Fombellida.

Partiendo del desorden más absoluto, lo que el autor denomina el daimon, esa fuerza que tiende hacia lo oscuro, hacia las tinieblas interiores, el poeta nos lleva, una vez lo descifra, con el misterio inherente a su poesía, hacia el orden, hacia la claridad. No me resisto a comparar su poética con el concepto físico de la entropía, una medida del desorden molecular en la que la temperatura, un incremento de la misma, es responsable de provocar un desorden que aumenta proporcionalmente a medida que aumentan los grados y viceversa. Partiendo de ese gran caos que el autor interioriza, a través de una meditación filosófica directa, que refleja y proyecta en la escritura, el poema llega al lector sin grandes ambages ornamentales y avanzando, como si la temperatura fuera decreciendo, hacia su esclarecimiento. Siguiendo con el símil de la entropía, el poeta consigue bajar la temperatura hasta aproximarse a esos cero grados Kelvin en los que el valor físico de este concepto sería cero y el poema una realidad plausible y palpable. Es decir, a lo largo del desarrollo del mismo consigue proporcionar progresivamente algo de luz al lector. De tal manera que se acerca a lo que hasta la fecha es un imposible, lograr una temperatura tan baja-próxima a esos cero grados Kelvin-. Ahí, en ese punto, y fantaseando con la física, de alguna manera se conseguiría la inmortalidad ya que, si se pudiese alcanzar ese valor, el desorden molecular sería cero y la inmortalidad un hecho teórico. En este caso, en el caso de la poesía de Rafael, hablamos de conseguir poemas definitivos, próximos a ese valor. Poemas que ya nunca se volverán a revisar y que quizás alcancen la inmortalidad, aunque no valga para nada.

Las meditaciones filosóficas que van unidas al discurso poético de Rafael Fombellida van en ese sentido aclaratorio, es decir, hacia iluminar el poema con el brillo de esa interiorización del caos. Aquí me remito a las palabras de Carlos Alcorta, en la magnífica reseña que hizo de Di, realidad. Dice Carlos que no hay en la poesía de Rafael Fombellida “pretensiones filosóficas ni incurren en la grandilocuencia gratuita”. No puedo estar más de acuerdo.

Voy ahora a abordar, de una manera general, los conceptos de fondo y forma-ética y estética- en la poesía de Rafael Fombellida.

El autor parte de algo fundamental para dotar de enjundia a su poética; no hace una poesía improvisada ni casual, el poeta cree en lo que hace y lo desarrolla y lleva hasta las últimas consecuencias. Su obra tiene como origen sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y crudeza, si llega el caso. Aquí me remito a las palabras de José Luis García Martín: “Rafael Fombellida escribe, como todos los poetas verdaderos, desde la experiencia y la cultura”.

En sus poemas van aflorando, a medida que avanzamos por las páginas del libro, la suma de los diferentes yos que fuera, con sus experiencias vitales, con sus lecturas; en suma con todo aquello que condiciona la poesía que hace. Con todo este bagaje consigue llegar al centro mismo de la sensibilidad del lector

El poeta toca una variedad muy amplia de temas a lo largo del libro: amor, enfermedad, muerte, guerra, etc. Pero siempre hay algo que sobrevuela en su poesía -incluso cuando expone temas graves-, la vida brota como un bastión fuerte y necesario que le rescata de cierto pesimismo vital. Así mismo, el autor, como tantos poetas, reconoce la infancia como la fuente primigenia de la que mana su lírica y buena parte de la inspiración poética. Algo muy común en el terreno artístico; ahora recuerdo las palabras del director sueco Ingmar Bergman, tantas veces dichas, antes y después de él, de tantas maneras distintas; cito de memoria: La infancia es la patria verdadera del hombre.

De todas maneras, cualquiera de estos temas que conforman su poesía, y que extrae de su realidad, es llevado con elegancia formal al terreno de lo poético y es en esa transformación introspectiva donde la poesía de Rafael emprende un vuelo más elevado aún. Confiere a su lírica una estética selecta, en la que apenas hace concesiones al artificio.

En muchos de sus poemas hace uso de la forma, encarnada fundamentalmente en la métrica, como manera de contención poética para no dejarse llevar por el discurso, lo que contribuye a mantener esa pulsión rítmica que añade a su poesía una sonoridad que el lector agradece.

En conclusión, podemos decir que en la poesía de Rafael Fombellida se conjuga fondo y forma para afrontar el poema de manera esclarecedora y equilibrada. Además, lo lleva a cabo con un léxico variado y un lenguaje cuidado, cuando no exquisito y siempre elegante. Todo ello contribuye a que su poesía penetre en el ánimo del lector y le conmueva y emocione, incluso cuando el poeta sólo deja entrever aquello que se esconde tras los versos y que con cada persona emprende un vuelo distinto.

Tras hacer esta pequeña crónica, me gustaría comentar alguno de los poemas del libro. Para ello, he elegido de una manera intuitiva, y por lo que me han sugerido en el momento de la lectura, uno o dos de cada parte en las que está dividido.

El primer poema del libro pertenece a Deudas de juego, escrito entre los años 1990 y 1999, y se titula “Disparos en la nieve”. En esta composición, en la que sólo dos heptasílabos quiebran la unidad métrica del endecasílabo, el poeta-así lo veo al menos desde mi individualidad lectora- manifiesta su falta de fe en el ser humano, sometido a los caprichos de un destino que siempre asoma con cierta sombra de fatalismo. Finaliza con unos versos demoledores.

 

Por la ladera espesa, entre la nieve,

caminamos sin fin. Rumiando el ansia

de matar o matarnos. De volver

el arma hacia el horror de nuestras vidas.

 

“El artista en invierno” es otro poema de Deudas de juego, en el que el autor, desde la invocación a las tinieblas, nos remite a los tópicos horacianos, en concreto al “Beatus ille” y al “Aurea mediocritas”. El hombre, el artista en este caso, vive aislado del ruido del mundo y en su retiro se dedica a sus quehaceres con humildad. Allí pasa las horas, enfrascado entre sus libros y como Quevedo hiciera desde su Torre de Juan Abad, se refugia sin sobresaltos “Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos”.
El poema discurre entre heptasílabos y endecasílabos, salpicado con algún verso alejandrino.

 

“Al fondo, entre los libros,

el declive del sol habrá de sorprenderle

tomando algunas notas,

caligrafiando su aire. Vendrán luego

dos o tres horas más

                                sin que suceda nada.”

 

De Istmo, una reunión de textos que nunca formaron parte de ningún libro, he elegido por mi atracción personal hacia la ciudad portuguesa, “Porto”.

Es un poema pertrechado fundamentalmente con alejandrinos en el que el poeta recuerda sus encuentros con la ciudad que se orilla en la desembocadura del Duero.

 

“Refresca al sol el río desde el puente de hierro.

Y el sol se lo agradece con un ligero ardor.

De miradores altos hay rostros que se apartan.”

 

Norte magnético es un libro realizado entre el año 2000 y el año 2002. Como confiesa su autor es un poemario cargado de simbolismo y de él he entresacado “Verano ártico”, un poema en el cual el poeta se desdobla en dos, en esa contradictoria lucha que sostiene en realidad contra sí mismo. Interpreto que ese otro yo se oculta tras la enigmática mujer que le obliga a huir del pensamiento racional que le atrapa. En esa lucha, no sucumbe, sino que sobrevive, aunque con heridas de guerra. En la composición predominan los endecasílabos, con rupturas de algún alejandrino y de algún que otro verso corto.

 

“No hay verano más frío que ese cuerpo

ligero descansando a tu costado,

sumido en depurada revelación oculta.

Tan lejos de este mundo que ya roza

con sus dedos el otro.”

 

Canción oscura es otro libro de carácter simbólico escrito entre los años 2003 y 2006. De este poemario extraigo “Pescando en la noche”, un poema en el que el poeta establece, quizás, un paralelismo entre la paciencia y la constancia de pescador, con la labor de la creación literaria del escritor. Poeta y pescador, siguen y siguen, noche a noche, persiguiendo sus sueños y a pesar de la elemental captura de cada jornada, esa minuciosa labor les compensa del duro trabajo que realizan.

 

“Una vez más, y cuántas noches tanta

concentración se embosca en bruto y rueda

aguas adentro la preciada larva,

el tesoro llegado de fosas submarinas.”

 

Violeta profundo es un libro escrito a lo largo de dos años, 2009 y 2010. De un recuerdo amargo, ocurrido en un pequeño instante, surge el poema “Matinal de domingo”. El poeta se escruta y se mira a sí mismo reflejado en el azogue de los muertos familiares que le precedieron. Y lo hace sin dramatismos, con pinceladas de buen humor.

 

“Yo diseñé la labra de su lápida

y le mandé grabar nombre y dos fechas.

Ya sabes, entre ellas, los días fueron suyos.”

 

También de Violeta profundo es el poema “Aniversario”. En él, se vuelve tierno y menos enigmático. Parece reconciliarse con el mundo mientras se impone un alejamiento de la labor creadora. El poema está salpicado de rasgos de cotidianeidad y de sentido del humor.

 

“Baja el licor de guindas perfumado

del estante más alto del armario,

y si ves que no llegas, llámame.”

 

También de su libro Violeta profundo es el poema “Colección particular”. De nuevo un recuerdo le asalta y le hace escribir este poema endiablado y, a la vez, enternecedor. Partiendo de una evocación de la niñez, que toma como si fuera una excusa, piensa que ese bloc que hojea-con h-, y que no le provoca ningún sentimiento pudiera ser, algún día, el suyo. Le dice tan poco como sus cosas dirán a otros el día de mañana. Reflexiona sobre la futilidad de la vida. Y piensa que algún día no muy lejano no habrá nadie al que le interese su colección particular.

 

“Ese bloc parecía un cementerio.

Avanzar daba náuseas, porque pensaba en mí.”

 

Di, realidad es el último libro de Rafael Fombellida. Contiene poemas escritos entre los años 2011 y 2014.

He elegido este poema, “Nadadores”, y no precisamente al azar. De hecho, el poeta confesaba en la presentación de Santander que si sólo tuviera la posibilidad de salvar un poema de Dominio, éste sería el afortunado.

El poema se inicia con una confesión paterna de agotamiento. Ha nadado junto a su hijo y en un momento dado ha tenido que rendirse ante el empuje del joven. Ese cansancio es la metáfora perfecta del relevo generacional familiar. No es una competición deportiva sin más; el poeta va mucho más allá; está asistiendo al crecimiento personal de su vástago en busca del conocimiento. De alguna manera ve en él esa proyección en alza e intuye que, como padre, comienza a ocupar un espacio que sin tardar mucho le corresponderá a él. Y lo hace siempre con una mirada tierna y complaciente hacia el hijo. Un espléndido poema.

 

“Soy el padre de un hombre, un hombre grave, meditativo, oculto,

que se gobierna con pericia mientras cabe pensar

que su mano, ya enorme, clausurará mis párpados como se sella un

       ataúd de plomo.”               

 

“Di, realidad” es el poema que da título al libro. En él, se enfrenta de nuevo el poeta a sí mismo, en esa tensión contradictoria tan habitual en su poesía. Esta vez lo hace a través de una realidad que se distorsiona mientras el mundo, su mundo personal, con sus niños y su monotonía familiar, continúa su marcha, ajeno a cualquier voluntad pero con el convencimiento de que es mecido por el destino, al que asocia cierta fatalidad. La simple posibilidad de atisbar la tragedia que, frente a esa realidad deformada, siempre sobrevuela vacilante sobre su paz familiar le obsesiona y se dirige a ella. La increpa y la reta.

 

“Realidad, realidad, estamos tú y yo solos. Los niños reventaban

en su cuarto colmado de alegría. Querían gris y escarcha,

montaron en el coche ella y los dos hermanos, patinando

estarán en el lago. Si la capa de hielo adelgazara,

realidad, me darías un suceso.”                

 

Yo creo, tras una lectura reposada, que Dominio es uno de esos poemarios que permanecerán en la memoria del lector. No es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por tanto es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos.

Tras leer a Rafael Fombellida uno se siente reconfortado con la poesía, con la buena poesía, la que nace con intención de trascender, incluso a su autor. Felicitémonos por ello y demos la enhorabuena al poeta.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 3 comentarios

CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS-Juan Francisco Quevedo

CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS

SANTANDER: SEPTENTRIÓN EDICIONES

                       CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS

                         SANTANDER: SEPTENTRIÓN EDICIONES

Carlos Alcorta se acerca a los lectores con un nuevo libro bajo el brazo, Casa sin puertas, (opiniones y reseñas sobre poesía cántabra contemporánea), una compilación de su obra crítica sobre autores cántabros del siglo XX y del siglo XXI. El reconocido poeta y el editor dan paso al crítico literario, que recoge en este libro una pequeña parte de un trabajo al que lleva entregado con una dedicación constante muchos años.

Para abordar y adentrarse en el pantanoso terreno de la crítica, en un mundo como el literario, tan lleno de egos superlativos y vanidades exageradas, hay que manifestar un conocimiento profundo de la materia a tratar así como tener un criterio bien definido, no sujeto a las circunstancias personales, o mediáticas, ni al amiguismo fácil. Se debe manifestar un juicio en el que la independencia y la honestidad deben ser el mayor y más valioso patrimonio de quien se entregue a esta complicada labor.

En mi opinión esos valores son, exactamente, los que distinguen a un crítico de enjundia, a aquel que se gana la lealtad de sus lectores con sus artículos, con sus crónicas. Ahí está el valor primordial del crítico, ganarse la confianza de sus lectores a base de credibilidad.

En la mayoría de los casos, cuando estamos ante lo que consideramos un crítico de fiar, nos dejamos guiar por sus gustos razonados. Y cuando aflora nuestro espíritu crítico, (el lector también debe poseerlo), disfrutamos de la lectura por el mero hecho de estar firmada por quién está, independientemente de que estemos en desacuerdo o no. Leemos por el placer de leer al autor de las crónicas literarias.  Por tanto, la buena crítica literaria, como bien dice Claudia Quevedo en el prólogo, no sólo nos muestra al autor objeto de la misma sino que nos muestra al escritor que la ejerce. Es decir, un buen crítico debe poseer un valor personal: credibilidad, y, así mismo, un valor literario: calidad en sus textos. Por tanto, la opinión crítica y su expresión escrita han de ser premisas irrenunciables tanto para el que ejerce la crítica como para el lector que la asume.

En el caso de Carlos Alcorta se aúnan todas estas razones, ya que a su naturaleza creadora se le une la del respeto del lector. El prestigio crítico y literario es algo que este autor se ha ganado con los años de trabajo y con la lealtad de quienes le leemos. Y hoy, podemos afirmar, que estamos ante uno de los críticos más reputados del panorama literario nacional.

La innegable calidad de sus textos no puede sustraerse a su personalidad lírica, de tal manera que el poeta aflora de manera inevitable en cada palabra, confiriendo unas características al texto que hacen que el lector quede atrapado por la palabra escrita más allá de la crítica en sí misma.

Eso hace que a Carlos Alcorta no se acuda sólo como guía para orientarnos en el embarullado mundo de las publicaciones, sino que se acude a sus reseñas por el simple placer de leer, de leerle, es decir, por haber conseguido hacer, como dice Claudia Quevedo en el prólogo, de la crítica un verdadero género literario. Es, al fin, heredero de una tradición literaria que surge con la aparición de la prensa moderna y que ha contado con ilustres escritores del que quizás, el paradigma sea Leopoldo Alas, Clarín.

Además, Carlos Alcorta aún siendo un crítico respetuoso con los autores consagrados, no deja de mostrar su desacuerdo con determinados aspectos cuando lo cree conveniente, ejerciendo y mostrando una libertad e independencia que es muy de agradecer. Incluso en esas muestras de discrepancia no pierde nunca ni la elegancia en la exposición, ni la calidad literaria del texto, lo que hace de él no sólo un crítico honesto sino además un crítico cuidadoso y cortés en sus juicios.

En este nuevo libro, Casa sin puertas, se recogen muchas de las reseñas que Alcorta ha publicado en diferentes medios, como revistas literarias, prensa, blogs, etc, de la poesía, o sobre la poesía, hecha por cántabros a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Son reseñas que diseccionan a poetas de muy distintas generaciones pero con un denominador común, la calidad y la buena salud de la poesía hecha por cántabros en lengua española. Y recalco que no nos referimos a la poesía confinada en Cantabria, nos referimos, el autor se refiere, a esa poesía que hecha por cántabros ha sido y es un referente en español. Podemos citar que el libro recoge reseñas sobre Gerardo Diego, José Hierro, Julio Maruri, Carlos Salomón o José Luis Hidalgo-por cierto, en el setenta aniversario de su fallecimiento y de la edición de Los muertos-.

Así mismo recoge críticas de poetas más contemporáneos como Adela Sainz, Alberto Muñoz, Lorenzo Oliván, Ana García Negrete, Alberto Santamaría o Rafael Fombellida.

Además y como colofón, Casa sin puertas incluye reseñas sobre un buen número de poetas que podríamos denominar, ya, del siglo XXI, un grupo de poetas como Montse Barrero, Martín Bezanilla, Jaime Peña o Silvia Prellezo que son el presente y el futuro de la poesía que ahora mismo está surgiendo en Cantabria y que Carlos Alcorta, como editor, ha recogido, con un excelente prólogo, en un libro que lleva por título, El hilo más firme, Nueva poesía en Cantabria.

Decir que Cantabria es una tierra pródiga y generosa con la poesía es una obviedad que no por ello debemos silenciar. Si el siglo XVII es la edad de oro de la literatura española y de la poesía en particular, cabe destacar, y debe destacarse, el origen montañés, -denominación que da Cervantes en el Quijote a los que provienen de nuestra tierra (se halla en el capítulo cuarenta y ocho de la segunda parte del Quijote)-, de los más importantes poetas de la época.  Lope de Vega, cuyos padres son oriundos del valle de Carriedo –El propio escritor en carta al duque de Sessa (de mediados de octubre de 1628) se referiría a sus antecedentes familiares diciendo: «Nací hombre de bien, de un pedazo de peña de la Montaña».

Sin olvidar a don Francisco de Quevedo, que descendía del valle de Toranzo, concretamente de Bejorís, donde tenía hecha una ruina su casa familiar y que usa como excusa para componer uno de los mejores sonetos en lengua española, Miré a los muros de la patria mía, donde compara las ruinas de su casona de procedencia con el declive de la patria.

Tampoco debemos pasar por alto el origen cántabro de Pedro Calderón de la Barca, que está en el pueblo de Viveda.

En fin, quizás esa nómina ilustre sea la responsable de la inquietud poética que siempre ha caracterizado a nuestra tierra y que ha hecho de Cantabria un lugar ligado y comprometido con la poesía de cualquier tiempo. Algo que sin duda hará que Carlos Alcorta, en unos años, nos vuelva a presentar un nuevo libro de reseñas sobre la poesía hecha en Cantabria para el mundo que habla y lee en español.

Voy a finalizar esta crónica de Casa sin puertas hurtando el cierre del prólogo, hurtando las palabras de Claudia Quevedo:

“La calidad literaria de este libro reside, como hemos intentado mostrar, no solo en los poetas reseñados sino también en las críticas en sí mismas…

…Alcorta no puede escapar a su condición de poeta y esto hace de su obra crítica materia literaria en sí misma. Sus imágenes, sus palabras y su precisión invitan a la lectura de los libros de los que habla y, a la vez, nos descubren este, en nuestra opinión, estilo literario tan poco estudiado. La buena crítica la realizan los buenos escritores. Dicho esto, os invitamos a adentraros en el placer de la lectura de este volumen, donde descubrimos (o redescubrimos) dos cosas: la poesía reseñada y la reseña literaria”.

                                                                                                                       Juan Francisco Quevedo

IMG_20170606_181101

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Ha muerto Anita Pallenberg-Juan Francisco Quevedo

Ha muerto Anita Pallenberg

anita_pallenberg_6744_620x

Ha muerto Anita Pallenberg

Ha muerto Anita Pallenberg, la hermosa mujer cuya belleza era una invitación a la contemplación. Incluso platónica, aunque la verdad es que te conducía a una exultación más placentera.

Mientras que en los Estados Unidos aquel año de 1971 el furor de la época flower power se iba instalando en el pasado californiano para empezar a aflorar algo más típicamente neoyorquino, como los circuitos underground, en Londres las cosas y los sentimientos eran aún muy diferentes. Todavía imperaba la estética, la sensibilidad y el pensamiento, digamos, hippy. Así que, mientras que en el país de los dentistas -como Joseph Brodsky denominaba al amigo americano-, los jóvenes del país hacían soflamas, en campus como el de Kent State, contra la guerra de Vietnam y Camboya, mientras que la Guardia Nacional les destripaba, en Inglaterra aún lloraban a Hendrix y Joplin y bailaban al ritmo de los Jefferson Airplane. Y, claro está, el mundo que sucumbió con ellos. Sólo pareció pervivir en ambos lados, para desgracia de todos, el espíritu envenenado de la vieja canción de Hendrix, Are You Experienced? De hecho, se seguían entregando a cualquier experiencia.

Pero en el año 1971 pasaron más cosas, fue el año de arranque de la gira de los Rolling Stones, la que les llevaría de Newcastle a Los Ángeles, de escenario en escenario. ¡Y cómo sonaban!; fue la primera vez que tocaron en directo Brown Sugar. Y en aquel iniciático concierto, y durante toda la gira, no podía faltar Anita Pallenberg; el aire por el que respiraba y suspiraba Keith Richards, mientras iniciaba su lucha sempiterna contra las adicciones. Anita era una mujer cosmopolita, que dominaba varios idiomas, llena de inquietudes y que estaba embebida por la nueva estética y por las nuevas ideas, que practicaba el amor libre y que probaba cualquier sustancia que la pusieran por delante sin preguntar de que se trataba. Esa era la Anita que enamoró a los Stones-menos a Charlie, siempre tan distantemente inglés- allá por 1965, en Munich. Ella era una italiana, engendrada por unos padres alemanes, que daba sus primeros pasos como actriz. Inmediatamente se enrolló con Brian Jones, el único que movió del trono a Jagger. Hasta que le expulsaron del grupo en 1969, para aparecer ahogado poco después en la piscina de su casa. El caso es que Anita, tras dos años con el rubio y violento guitarrista, enamorado más de los Virtuosos de Jajouka que de ella, se decidió por Keith, con el que mantuvo una larga relación de lo más tormentosa. Y con el que tuvo tres hijos. Pero durante la gira, la única compañía que habían tenido era la de su único hijo hasta la fecha, el pequeño Marlon, la de su perro Boogie y la del músico Gram Parsons.

Cuando saltó el grupo al escenario de aquella ciudad del norte de Inglaterra, Anita les siguió, con su acatarrado hijo en brazos, entre bambalinas. Al sonar los primeros acordes de  Jumpin´ Jack Flash, Jagger apareció como lo que es, el mejor performance del rock que haya existido, enfundando su delgadez en un brillante traje de sastrería, fabricado en un llamativo satén rosado, y coronado por una gorra de jockey.

Anita miraba embelesada desde el backstage a su querido Sticky Fingers-dedos pringosos-, el epíteto cariñoso con el que conocían a su novio, y bailaba y bailaba mientras Marlon tosía en su regazo. La histeria de un público entregado y las canciones del grupo se sucedían sin parar. Hasta que el concierto llegó a su fin con Street Fighhting Man.

Luego, todo termina. Como todo en la vida. Ahora, Anita sólo es un recuerdo en la memoria de algunos. Quizás perviva a través de Angie, el título de aquella canción que compusiera Keith y que nunca se supo muy bien a quien estaba dedicada. El caso es que le dio el nombre de la hija que tuvieron en común, Ángela.

Qué la tierra le sea leve a esta mujer que bien pudiera poner en su tumba, como epitafio, los versos de Manuel Machado:

 

“Es tarde… Voy de prisa por la vida. Y mi risa

es alegre, aunque no niego que llevo prisa”

Juan Francisco Quevedo

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

Claudia Quevedo-Webb- En el cincuentenario de “Cien años de soledad”

Claudia Quevedo-Webb- En el cincuentenario de “Cien años de soledad”

Mi hija Claudia escribe un artículo en el suplemento Sotileza del Diario Montañés, que hoy lo dedican al 50 aniversario de la aparición de “Cien años de soledad”.

IMG_20170602_093053

Claudia Quevedo-Webb

Hoy hace 50 años de la creación de Macondo, el lugar donde Gabriel García Márquez consigue que lo increíble no sólo ocurra sino que sea verosímil.  Las primeras palabras de Cien años de soledad, en el memorable párrafo que comienza “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, ya nos introducen en un mundo nuevo, el de la saga de los Buendía, en el que la realidad, aunque no funcione como en nuestro mundo físico, queda narrada de tal forma que parece que no podría ser de otra manera. Hechos como conocer el hielo, perder la memoria en masa, e incluso el ascenso a los cielos de Remedios la Bella quedan integrados en este mundo desconcertante de Macondo, que es tan similar, tan diferente y tan auténtico.

Gabriel García Márquez mezcla en esta obra ejemplar la búsqueda y el encuentro de la tierra prometida, la vida en los pequeños pueblos, las supersticiones, el amor, la pasión, el incesto y la guerra representado todo ello en una realidad muy específica, la de los Buendía en Macondo, que sin embargo consigue tener un alcance universal.

Esta ciudad ficticia, heredera de la Comala de Juan Rulfo, convierte esta obra del Realismo Mágico es un best-seller mundial. Cuando hablamos de best-seller en el mundo de hoy, muchas veces pensamos en libros de carácter divulgativo y nos olvidamos de que muchas de las grandes obras de la literatura universal lo han sido; y sin sacrificar la altura literaria. Cien años de soledad es una obra tremendamente exigente y que no obstante ha conseguido la aceptación del gran público. Además, esta gran pieza de arte posee una de las cualidades que muchos autores buscan con desesperación cuando escriben para persistir en el tiempo: es una obra vigente.

Aunque parezca paradójico en principio, en un mundo como el de hoy en día, plagado de las nuevas tecnologías, encontrar un lugar tan apartado como el que crea Gabriel García Márquez tiene más fuerza que nunca. Todos hemos intentado acercar las nuevas tecnologías a personas de generaciones pasadas y hemos observado el resultado: no lo entienden ni más ni mejor de lo que los habitantes de Macondo entendieron el cine cuando llegó a su comunidad. El mundo de hoy, además, continúa repleto de supersticiones, de etnias y culturas que nos resultan desconocidas y de sagas familiares llenas de problemas en los que a veces la realidad supera la ficción.

            Lo desconocido siempre mantiene su vigencia, porque siempre existe tanto en lo antiguo como en lo nuevo, por muy globalizado que esté el mundo. Hace 50 años de Cien años de soledad y escribo esta reseña con la seguridad de que, muchos años después, frente a una biblioteca cualquiera, una nieta recordará aquella tarde remota en que su abuela la llevó a conocer el universo desconcertante pero cercano que Gabriel García Márquez nos descubre en Macondo.

 

Publicado en POESÍA | 3 comentarios

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN “EL ARTE DE QUEDARSE SOLO”-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN (2017)

EL ARTE DE QUEDARSE SOLO

EDITORIAL RENACIMIENTO

IMG_20170519_211234

Yo no soy un crítico literario pero si soy un lector muy crítico. Y con muchas horas de vuelo.

Yo creo que este puede ser un buen comienzo para hacer una inmersión en las páginas de “El arte de quedarse solo” de José Luis García Martín, un libro plagado de frases brillantes, de pensamientos inteligentes y, en casi todas las ocasiones, provistos de una fina ironía.

No se puede acometer la lectura de la obra sin ver al autor detrás de cada palabra; no en vano son retales de su propia vida que expone en público y al público lector. Como lleva haciendo, en forma de diarios, desde finales de los ochenta. Y, claro está, la mirada hacia sí mismo es complaciente y contradictoria; sin embargo cuando mira hacia los demás, la perspectiva cambia y se suele volver más intemperada. En cualquier caso, nunca defrauda.

Del excelso poeta, esencial en mi opinión, están sus poemas en la memorable antología “La aventura” o en el magnífico libro “Presente continuo”. Su lírica es una fuente inagotable de belleza, donde hace un uso ejemplar de la expresión más elevada del lenguaje, como dice el acertado tópico sobre la poesía. Del crítico más crítico, fundamental en estos tiempos de corrección extrema, están su legión de seguidores y detractores que esperan con ansiedad sus libros y artículos. Ahora bien, en los diarios, este género autobiográfico al que se entrega desde hace años con precisión micrométrica, descubrimos al hombre. Al que nos deja ver entre líneas, aunque a veces sólo descubramos al personaje que se crea literariamente para sentirse a salvo, para parapetarse tras él. Lo que, probablemente, a su pesar, le aproxima al resto de congéneres.

Cuando uno lee la contraportada de “El arte de quedarse solo”, enseguida entiende las palabras de la prueba de acceso como un perspicaz desafío para invitarnos a abrir el libro. Y desde luego lo consigue. En ningún momento me ha irritado su lectura, como también parece sugerirnos,  pero sí me ha sacado más de una sonrisa, además de haberme invitado a la reflexión. Ahora bien, en todo momento me ha admirado la prosa fluida, sutil y clarividente de José Luis García Martín.

No tarda el lector en percatarse de la necesidad  del autor de sentirse como un ser diferente, hasta el extremo de que tan solo se reconoce en los demás en los defectos propios, lo que hace, por tanto, que éstos lo parezcan menos, al ser comunes al resto de los mortales. No sé si es deliberado pero conociendo la perspicacia del autor me temo lo sea. Y lo hace siempre desde el humor, desde esa ironía que nunca llega a herir, al menos en este libro.

No duda en afirmar que al igual que a todo el mundo, siempre le gusta ser el eje central de cualquier reunión. Y  aunque no lo diga, también es como todo el mundo cuando asevera que sólo habla idiomas extranjeros cuando “no hay ningún español delante”.

O también cuando afirma:

“Me gusta tomarme a broma mi vanidad, una de las pocas cosas que tengo en común con el resto del mundo”

“Nunca he estado enamorado de verdad, salvo de mí mismo (pero en esto último creo que coincido con la mayoría de la gente)”

Con esa pincelada humorística, que hace aflorar la sonrisa complaciente del lector, nos damos cuenta de que no alardea precisamente de modestia, ni tan siquiera en su versión de pega-la falsa modestia-. En la alta consideración en la que habita, donde sólo le interesa realmente su propia opinión, no necesita de ella. Le sobra cualquier inmodestia, sin por ello ser vanidoso, ya que el “qué dirán”-del que siempre están pendientes estos petulantes- le interesa poco o nada. Con lo cual, hasta en esto de la vanidad es peculiar.

José Luis García Martín nos envuelve en una prosa atrayente, cargada de sugerentes imágenes, lo que contribuye a que en muchos pasajes aflore inevitablemente el poeta, haciendo de la lectura un viaje lírico por los lugares y situaciones que nos presenta. Es entonces cuando el placer de la lectura nos sobrecoge. Leer por el placer de leer es una consecuencia de la necesidad del autor de escribir por el placer de escribir; al final no es más que la plasmación del ideal clásico griego de “la belleza por la belleza” que, en el caso de José Luis García Martín, aún no se ha contaminado, como pasó con la adaptación romana del ideal, por la concesión patricia hacia la comodidad. Es literatura en estado puro.

Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos del autor-aunque con José Luis García Martín nunca se está seguro de si está tendiendo una trampa- por parecer extraño y por estar por encima del bien y del mal, no puedo evitar encontrarme ante un personaje tierno que en su particular sentido del humor, se compara en las primeras páginas con Sheldon, el entrañable y maniático personaje de “La teoría del Big Bang”.

Y desde luego, no puede ser tan malo como pretende hacernos creer alguien que sostiene, con su particular visión, no haber roto ninguna amistad. Claro está, con el estrambote de por su parte.

Por cierto, el autor confiesa que una de sus ocupaciones favoritas es confeccionar listas y la primera de ellas y a la que se entrega con más denuedo es a aquella que surge bajo el epígrafe de “gente a la que quiero”. Uno no puede dejar de pensar que tras esa tan poco inocente afición está la necesidad de aventar su propia leyenda negra. Y claro, enseguida me vienen a la memoria las listas del príncipe Carlos, el díscolo, malhecho, jiboso y con pocas luces hijo de Felipe II, que son el origen de la leyenda negra española.  Al morir se le encontraron unos papeles con dos listas, la de sus amigos, encabezada por Isabel de Valois, y la de sus enemigos, encabezada por su padre. Sin duda, el hecho de que Felipe II le birlase la novia debió de influir en algo. Al menos el destino hizo un poco de justicia y consiguió que las tumbas de Isabel y Carlos se encontrasen, frente a frente, en el Panteón de Infantes del monasterio de El Escorial. Si de esas listas surge una ópera como el “Don Carlo” de Verdi o un drama como el “Don Carlos” de Schiller , de éstas otras han surgido libros como “Presente continuo” o “El arte de quedarse solo”. Vaya lo uno por lo otro.

En fin, alguien que dice que “lo que de verdad nos mantiene vivos es tener un buen enemigo que combatir” nos está dando el reflejo de algo tan común al ser humano como la inseguridad a la hora de relacionarnos, algo que hace decir al autor tener “La sensación de estar sujeto con hilos fragilísimos a los demás y que esos hilos pueden romperse en cualquier momento”. Me temo que es mucho más humano de lo que insinúa tan abiertamente y que parafraseando a Hölderlin puedo decir que el hombre es un dios cuando escribe.

De todas maneras, en una gran parte de los pasajes de “El arte de quedarse solo”, lo de menos es lo que cuenta José Luis García Martín, lo de más es cómo lo cuenta, ya que tiene la habilidad de convertir el detalle cotidiano más nimio de su estructurado día a día, por la magia y el ingenio de su pluma, en una aventura fascinante, salpicada de las contradicciones y sentencias que acompañan a un hombre sabio.

Durante toda la lectura, uno nunca sabe si tras esas letras está el autor, o si se esconde en ellas el personaje literario que se ha encargado de pertrecharlas, que no es exactamente un alter ego del autor sino que es el propio autor que se asoma a través de un perfecto traje de sastrería hecho a medida. Sea como fuere, el traje le sienta de maravilla.

Quizás cuando más se intuya al autor, cuando más se vea su verdadero yo, es cuando más descubrimos su parte más humana. Cuando, sin evitar intuir cierta decepción, afirma cosas como que no hay mejor amor que el de una noche. Es fácil deducir que siempre ha sido sencillo jurar amor eterno… hasta mañana. Sin ningún tipo de compromiso. O como cuando afirma que disfruta llevando la contraria y polemizando con gente inteligente, en especial con los amigos. Así afirma al referirse a uno de ellos: “Con quien tantas discrepancias me unen”.

No obstante, este hombre que presume de vanidoso, presumo que no ha para tanto, como ya dije, al menos no como se entiende habitualmente. ¿Cómo serlo un hombre que reconoce que hay alumnos que lo han superado? ¿Cómo serlo alguien que es incapaz de envidiar el triunfo de los demás? Para añadir a continuación que de ellos, si acaso, envidia el talento. Sin olvidar que éxito y talento no siempre van unidos. Eso es, sencillamente, generosidad y clarividencia.

Al cerrar el libro, surge la misma sonrisa que uno ha esbozado no pocas veces durante la lectura. Estamos sin duda ante un libro que es capaz de llenarnos de emoción; literatura desbordante en unas páginas que son el reflejo fiel de un autor que constituye en sí mismo, como bien se dice en el prólogo, un género literario.

No puedo resistirme a cerrar esta crónica sin la respuesta que suele dar cuando le preguntan si alguna vez ha leído algún libro por obligación:

“-Nunca, me resultaría tan imposible como hacer el amor por obligación (compadezco por eso a los casados y a los estudiantes de literatura)”.

Genio y figura hasta, eso deseo y espero, una lejana sepultura.

Juan Francisco Quevedo

IMG_20170325_104636

Por medio de la lectura es fácil ejercer “El arte de quedarse solo” ante la animada tertulia inanimada de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, Alexandre Bóveda, Valentín Paz Andrade, Ramón Cabanillas y Carlos Casares. El violinista pontevedrés Manuel Quiroga ameniza la silenciosa charla de estos convidados de piedra. O de bronce, como es el caso, por obra y gracia del escultor César Lombera.

Publicado en POESÍA | 3 comentarios

Biblioteca Central de Cantabria-Conferencia-Juan Francisco Quevedo

El próximo jueves, 18 de mayo, a las 19,30 horas, hablaré sobre la construcción histórica de la novela “Querida princesa” en el salón de actos de la biblioteca Central de Cantabria-antigua Tabacalera-.

Si os apetece y os podéis acercar, allí os espero.

Un saludo

Juan

biblioteca central befr

Os mando el enlace de la Biblioteca donde se hacen eco del acto:

http://bcc.cantabria.es/index.php/actividades-culturales/agenda/icalrepeat.detail/2017/05/18/1932/-/encuentro-con-autores-juan-francisco-quevedo-construccion-historica-de-querida-princesa

Conferencia

 

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 10 comentarios

CLAUDIA QUEVEDO. LAS ALTURAS DE CHICAGO

carlosalcorta

CLAUDIA QUEVEDO

LAS ALTURAS DE CHICAGO

La luz de Chicago se disuelve en los edificios

pero alguien necesita mirar hacia arriba

para que eso suceda.

Sólo haría falta una persona para verlo,

para nombrarlo,

para que sea.

Sin eso, ese preciado momento no existe en absoluto.

El lago Chicago es un océano

que alguien vio desde lejos

y lo llamó lago.

Y la mirada se asombra,

¿por qué la ciencia no puede explicar lo que veo

(un océano que es un lago),

pero desdibujados para revelar lo que veo

(un océano es un océano)?

La vida en Chicago continúa.

En los tejados de los grandes edificios

que existen sólo cuando miras hacia arriba.

La ciudad sólo te hace sentir si tú sientes.

El viento de Chicago te eleva;

hacia el cielo donde descansan los edificios,

hacia el lago que es un océano,

hacia la vida de la gente que nunca pisa…

Ver la entrada original 20 palabras más

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Fotos y poema

El rey de reyes siempre gobierna todos los feudos de la tierra. Incluso las repúblicas más antimonárquicas.

                                                           ODA AL REY DE OROS 

Desnudad los cuerpos ingrávidos,

hacedlos rotar como peonzas

rendidas a un destino eterno:

Girad, girad, girad mortales

alrededor de la batuta

que orquesta y dirige el devenir

tedioso e impasible del mundo.

Texto: Juan Francisco Quevedo

Fotografía: Marcelino Quevedo

Publicado en POESÍA | 12 comentarios