JOAN MARGARIT “UN ASOMBROSO INVIERNO”-Juan Francisco Quevedo

JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

 

No esperéis asistir a la lectura de una de esas crónicas rutinarias y llenas de entrecomillados que parecen estar hechas casi como una obligación para justificarse, no sé muy bien si ante el medio para el que se escribe, ante el autor, o ante uno mismo. No; jamás lo hago y mucho menos ante un poeta al que tanto respeto y admiro y ante un libro tan asombroso como el invierno que nos anuncia.

Como ya dijera en otra ocasión al hablar de Joan Margarit, con motivo del décimo quinto aniversario de la publicación de “Joana”, sus libros, como los de Antonio Machado o Rosalía de Castro, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche. Y, por supuesto, al referirme a su personalidad poética no voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido y gastado, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque entonces pasaría a engrosar una lista muy amplia y, por otro lado, tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro.

Cuando está a punto de cambiar de decena para convertirse en un joven y saludable octogenario, Joan Margarit nos regala un libro sencillamente fascinante, un libro en el que, tal y como sustenta en el epílogo, sobre cómo hacer poesía, verdad y belleza se aúnan en una fusión maravillosa. El autor es capaz de combinar y equilibrar a la perfección esa aleación entre verdad-autenticidad, emoción, entusiasmo- y belleza-lirismo, sentido rítmico, contención métrica- para crear una escritura clara y limpia, libre de ornamentos inútiles, impurezas y escoria, donde las palabras se ajustan al pensamiento, donde ninguna de ellas sobra y ninguna de ellas falta. Su poética se cimenta sobre una creación literaria comedida, precisa y hermosa que da lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, para destilar, por la alquitara del lirismo, autenticidad.

Como el excelente arquitecto que es, construye el poema con solidez y sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. Y lo más importante, lo va elaborando desde lo cotidiano, desde aquello aparentemente trivial pero sin quedarse en lo anecdótico. De esta manera, consigue dotar al poema de un sentido moral para trascender y universalizarlo. Es el modo de conectar y comunicarse con el lector a través de esas experiencias que, aún siendo personales, nos son comunes y cualquiera, desde su vivencia, puede identificar como propias.

A ese prodigio de la palabra, a esa expresión única de los sentimientos, sólo se llega desde dos premisas esenciales, el conocimiento y la inspiración; dos cualidades que el poeta plasma en sus versos desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlos para adentrarnos en toda su complejidad.

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanaüja, Cataluña, en el año 1938. Es arquitecto y Catedrático de Cálculo de Estructuras. Es autor de una extensa obra poética en catalán y en castellano. Entre otros muchos premios ha ganado el Premio Nacional de Poesía.

  Si no me equivoco cuarenta y uno son los pequeños y deliciosos poemas que nos ofrece Joan Margarit en “Un asombroso invierno”.  Tengo entre mis manos la edición bilingüe, publicada por Visor, y como siempre he hecho ese doble esfuerzo de intentar leerlos en ambos idiomas, aunque siempre vuelvo al castellano. Sus poemas no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, en las que el autor procura mantener la cadencia silábica y los acentos rítmicos. Y es que el idioma, como el lugar al que se pertenece, no se elige, nos elige. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Hay un endecasílabo que cierra el poema “Más que una canción”, donde el poeta, en un último verso definitivo, manifiesta esa cercanía a lo que le ensambla con el mundo, a la tierra, a su tierra: “Este soy yo. Sólo un pueblo sin nombre”.

Es muy significativo aquel poema en el que el poeta recuerda los tiempos en los que se le impedía expresarse en un idioma que era tan suyo como lo era el aire que respiraba: “Nunca he olvidado el pescozón de un guardia/que con voz fuerte y seca me decía: Habla en cristiano, niño”. Ello no le impide manifestar su amor por el castellano; algo que demuestra en cada recreación poética así como en el poema desde el que evoca la figura de Jorge Manrique junto a la de Verdaguer.

 El libro se abre con el poema al que le da título y constituye, en sí mismo, toda una declaración de intenciones. La voz poética parece consciente de los cambios que en el mundo acompasan el tiempo y la edad que le toca vivir. Aunque todo ello no le angustia, comprende que aquello que él conoció, que aquello que asociamos a esa patria del hombre que es la infancia y la juventud, está a punto de esfumarse y, en una imagen memorable, en esa abstracción donde refleja, al fin, lo perdido, eso que tanto gusta a los poetas, se pregunta qué pasará cuando no haya amapolas: “Ya no se extenderán las rojas pinceladas/del viento en los trigales. / ¿Quién entenderá, entonces, /los cuadros de Van Gogh?”.

Cuando uno lee “Cuesta de Atocha”, no puede evitar pensar en “Joana”. Y no en la Joana del poeta, sino en esa Joana que cada cual tenemos interiorizada en nuestras propias pérdidas. Ahí reside el enorme acierto del poeta, en esa capacidad para trascender de lo personal y empatizar con el lector, al que no le cuesta nada asumir como suyo lo que se expresa con tanda belleza, con tanta emoción, con tanta verdad. El poema, como toda su poesía en general, surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano, con lo cual nos evita esa intermediación, más allá del esfuerzo común, del intelecto para comprender lo que está tan hermosamente explicitado. En este poema en concreto, se rompe, como ya hiciera Joan Margarit, el tópico de la distancia emocional del poeta, ese por el que se dice que nunca se debe escribir cuando aún se siente. Estos versos son la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre cómo ejecutar la labor creativa, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta. En este rodar pesaroso y costoso de la silla de ruedas se congregan en un todo hermoso, nuevamente, emoción y belleza formal. El poeta, en una especie de carambola del pasado, se da cuenta de lo perdido, de la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija: “Por un maldito instante/compadezco a ese padre: un error, /puesto que él todavía tiene a su hijo”. En definitiva, nos ofrece una lección de amor sin necesidad de grandes abstracciones, nos la pone en la mano con naturalidad, desde una realidad concreta, para que la hagamos nuestra desde nuestras vivencias personales. Y lo consigue con claridad, sin pretensiones crípticas y sin ahondar en un hermetismo que puede alejar al lector.

El poeta dedica unos versos al Tenerife de su adolescencia, donde escribiera su primer poema, donde en él expresara su amor primerizo por una joven isleña compañera de curso. Es el mismo amor que, después de tantos años y tanto tiempo vivido, trabaja y construye, cada día, desde “la cocina, como a los veinte años”, con su mujer, con Mariona, con su alter ego, con la “Raquel” de “No estaba lejos, no era difícil” y que ya apareciera en 1975 en el poema “Cerdeña 548”. Es fácil imaginarse al poeta, en un tiempo indefinido, atemporal, como sus versos, en Forès, lugar de conciliación familiar, en esa Cataluña tan próxima al origen, a esa tierra de la infancia que todo lo impregna con su polvo y con su luz. Es tan fácil verlo allí de nuevo, junto a su esposa, junto a ese amor que ha construido con los años. Se entiende muy bien el cierre del poema en un verso endecasílabo que se muestra, como nos tiene acostumbrados, dentro de la tradición latina, a modo de conclusión: “Más claridad no la tuvimos nunca”.

Progresa el libro uniendo los recuerdos de la infancia y la espontaneidad de los actos más usuales, al declive de la vida, al inexorable paso del tiempo y a esa cierta incomprensión que cae sobre nosotros cuando sentimos que pertenecemos a otra época, a un tiempo “en el que esta harapienta elegancia/hubiera sido infame. Como escupir a un pobre”.

En esas introspecciones del pasado, en las que la memoria, aún ajustando cuentas, se vuelve tremendamente sentimental, el poeta recuerda cómo su padre le llevaba a las veladas de lucha libre del Price de Barcelona. Y revive en la pelea desigual, donde siempre se sabía cuál sería el perdedor, los años duros, los posteriores a la guerra civil: “Hasta que por encima de las cuerdas/era lanzado a aquel triste país/del patio de butacas, /que había depurado o fusilado/ a sus maestros de escuela.”

En ese viaje a través de sí mismo, la escritura, la poesía, siempre reconcilia al poeta con la existencia porque, a pesar de la desolación, siempre se reencuentra en ella: “Pero yo voy sonriendo porque la poesía/siempre vuelve a aquel bar iluminado, /a los dos hombres jóvenes. /Al lugar donde todo comenzó”.

Tal vez la vida haya sido sólo la travesía que ha ido dejando detrás una estela con todo aquello que hemos ido amando a lo largo de ella. En esa fuerza, nos refugiamos, “justo antes de ser sólo oscuridad, /la supernova de la inteligencia”. Y desde ella recuerda con una ternura inmensa a la abuela que, como las mujeres de campo, orinaba de pie, junto al camino, a la que apenas sabía leer pero que, sin embargo, recitaba a Bécquer y sus oscuras golondrinas: “Fue ella quien me enseñó que el amor es/ claridad y dureza al mismo tiempo, /que sin coraje nadie puede amar. / No era literatura: no sabía leer”. El poema no da lugar a interpretaciones especulativas ni a equívocos intencionados; se cierra rotundo y concluyente.

Esa reivindicación, tan de Joan Margarit, que ya viéramos en “Cálculo de estructuras”, del dolor como arma necesaria para amar y para luchar contra el olvido, aparece en los versos de “Un asombroso invierno” una y otra vez, y en todas ellas reclama a la inteligencia esa labor denodada ya que “El olvido jamás me hará inocente. /En cambio la ignorancia siempre me hace culpable”. En ese barco del intelecto donde reside el dolor, como arma indispensable contra el olvido,  el poeta va adentrándose hacia ese tiempo del fin, hacia “El asombroso invierno del animal de fondo”, hacia ese desorden entrópico al que nos arrastra el simple caos celular que siempre se asocia a lo vivido. Y al final, descubrir el amor por medio de la poesía de Joan Margarit, un amor al que llegamos a través de la verdad y la belleza. Lo que nos enseña la poesía de Joan Margarit, lo que nos muestra el poema es sólo la señal de lo que esconde; ahí está y reside el verdadero potencial emocional que, en la lectura, es capaz de removernos interiormente. Todo se nos muestra en esa última verdad que oculta lo más aparente. En este caso, el amor incondicional.

En ese invierno aún perviven, sin duda, “los aullidos de un lobo”, la ferocidad de un poeta que nunca se rindió, ni en las circunstancias más dolorosas, el poeta siempre será ese lobo que nunca se entrega, siempre será “Feroz, viejo, cansado, /gruñe, enseña los dientes, /salta sobre el presente”.

Nunca se doblegará, jamás se transmutará a perro servil y guardián  como pasara con la atroz bestia de Gubbio, en la leyenda que inspirara a Rubén Darío su poema y a Joan Margarit su libro “Los motivos del lobo”.

“Un asombroso invierno” no es un libro más de poesía condenado al olvido tras su lectura, es un libro que permanecerá en la memoria del lector impregnando de sentimientos nuestra conciencia. En él, como dijera el poeta romántico inglés: “La belleza es la verdad, la verdad la belleza” John Keats (Ode on a Grecian urn).

Estamos ante un poeta, ante el libro de un poeta que no hace versos por hacer. Sus poemas tampoco se leen por leer; son pulsiones auténticas, incluso dentelladas violentas, cuando no tiernas, pero siempre arrebatadoras. Sus versos nos dicen algo que traspasa su estricta literalidad y son capaces de estimular en el lector las fibras sensitivas más recónditas y profundas del ser humano. Joan Margarit lo consigue con algo esencial y que debe acompañar a cualquier expresión artística, muy especialmente a la poesía: emoción verdadera desde un lirismo profundamente humano.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en POESÍA. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a JOAN MARGARIT “UN ASOMBROSO INVIERNO”-Juan Francisco Quevedo

  1. Tengo delante el libro de Joan Margarit. Nada puedo agregar a lo que magistralmente dejas escrito, Juan Francisco y debo felicitarte porque tu sensibilidad nos acerca a la buena poesía, la que se hace y amasa desde la belleza para expresarse con esa “escritura clara y limpia” a la que aludes muy acertadamente.
    La edición de Visor es impecable, cubiertas rígidas, buen papel, una tipografía cuidada y los títulos diferenciados en un color más o menos anaranjado del texto de los poemas, en negrita pero con la letra inicial mayúscula del poema en el mismo color del título. Parecen tonterías, pero estos detalles hacen que te sientas más a gusto a la hora de leer. Y, por supuesto, una edición bilingüe muy bien trabajada, pues Margarit no se ha conformado con una traducción del catalán, sino que ha rehecho y reescrito cada poema. Al hilo de esto debo decir que después de haber vivido en Barcelona bastantes años tengo que leer los poemas en primer lugar en catalán; si lo hago a la inversa, me gustan menos los escritos en lengua española (o castellano, por ser políticamente correcto). El caso es que percibo la intensidad de los giros en catalán y entiendo la naturaleza de cada frase con naturalidad. Las reescrituras en castellano, de una belleza indsicutible, pierden -no obstante- un algo mágico y natural cuando los comparo.
    Lo dicho, gracias por esta entrada y este artículo. Un lujo.
    Salud.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s