HILARIO BARRERO-BLENDING- Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

BLENDING

ss

Querido Hilario, al abrir el sobre donde venía tu “Blending” y al verlo he sentido una profunda emoción. Una edición cuidada y primorosa, como siempre acostumbras. Después he explorado sus páginas en las que el sentido del humor flota a manera de recibimiento en ese se agradece la reproducción “hasta por señales de humo” y, también, a manera de despedida, aunque con un humor más irónico, con esa dedicatoria “Al confesor y la pregunta temida: “¿Cuántas veces, hijo mío?”.

Muchas gracias por este libro que desborda sensibilidad y emoción en todas sus páginas, en todos sus poemas. Reproduzco el poema que da título al libro, “BLENDING”, donde haces un paralelismo maravilloso entre esos ojos que se abren cuando todo está por descubrir, uno ojos que se asombran ante el insospechado color que aparece al mezclar el azul y el amarillo y esos ojos que aún ignoran las incertidumbres de la vida, reflejadas en un negro que acabará por dejarnos ciegos. Espléndido libro de un poeta que no deja de maravillarme, de emocionarme desde un lirismo verdadero y lleno de contenido. Muchas gracias Hilario.

BLENDING

Descubrir el amor,

escuchar el aullido de la muerte

y ver por primera vez el mar

es como cuando un niño

descubre que azul sobre amarillo

se torna verde luminoso

y no sabe todavía que el negro

es un carbón ardiendo en sombras

que algún día le quemará los ojos.

 

 

Anuncios
Publicado en POESÍA | 3 comentarios

ÁNGELES MORA FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA -Juan Francisco Quevedo

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

 

Como bien saben los que tienen la gentileza y la paciencia de leerme, no soy un crítico literario, pero sí soy un lector muy crítico; de esos que simplemente hacen crónicas de sus lecturas favoritas, lo cual, según algún amigo bienintencionado sólo me proporcionará buenas vibraciones y pocas discusiones. No puede ser de otra manera porque para mí, no forma parte de la exigencia de un trabajo, sino de un impulso literario que me lleva hacia esos libros que pasan a componer mi biblioteca sentimental, y no precisamente esa, cada vez más copiosa, de libros leídos y olvidados, sino aquella en la que sólo están los que son gratamente recordados. El libro de Ángeles Mora es de los que dejan huella, de los que permanecen en la memoria del lector y forman parte de ella para siempre. Al menos, de la mía. Por lo tanto no es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por ello es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos

La poesía que se desprende de Ficciones para una autobiografía penetra en nuestro ánimo con una pulsión rítmica serena, con la autenticidad de su propia experiencia-como no podía ser de otra manera con ese título-, destilando, desde la alquitara de la vida y de la creación literaria, como meta inexcusable, verdad en cada verso. Otra de las grandes virtudes de esta autora es poseer la suficiente lucidez como para no dejarse arrastrar por la autosatisfacción del hermetismo hasta el extremo de hacer de la poesía un paraje indescifrable. Ángeles, con su obra, nos sumerge en la cotidianeidad de su vida, nos introduce de lleno en ella con su verdad, a veces con la poética, que bien es cierto que se confunde con las otras que hay en ella hasta no diferenciarse. Uno tiene la sensación desde el primer poema de estar ante un libro que perdurará más allá de ese primer impacto de su recorrido. De hecho, estamos ante un libro que, en mi opinión, comienza a superar la inmediatez de la publicación para instaurarse entre lo duradero. Estamos ante una poesía en la que sus versos huyen de la metafísica de los fuegos de artificio, tan llamativos pero tan vacuos; parten de sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y sinceridad, confiriendo, a su vez, una gran serenidad al lector, llenándole de paz. Es una poesía capaz de conmover desde la autenticidad, capaz de pulsar en el lector esas fibras sensibles que estimulan las emociones más profundas. Y al activarlas, consigue convertirlo en su cómplice y con sus versos enredarlo y, desde ellos, seducirlo. Os invito a que me acompañéis en esta crónica por la poesía de Ángeles Mora y sus Ficciones para una autobiografía.

Compré este libro hace algún tiempo, a comienzos de verano creo recordar, en la librería Dlibros que mi buen amigo Adolfo Cayón tiene en Torrelavega y desde la dedicatoria a su gongorino Juan Carlos, me sedujo. Es más, no sé si imaginarlo, como a Polifemo, arrancando un pino de cuajo y usándolo de cayado cada primavera.

Entiendo que Ángeles asume mucho, sino todo, de la voz poética, incluso las ficciones; se nos presenta “a destiempo” desde el primer poema, cuando recuerda su llegada al mundo con esa espontaneidad cotidiana que hoy se ha perdido para siempre; es decir, la que ya nunca se halla en los hospitales. Sólo se podía encontrar en aquellas casas de antes, de antes de que se impusiera parir en la asepsia, tanto en su acepción más higiénica como en la más metafórica, aquella que alude a la falta de calor humano. Nació esa Nochevieja, llorando, como todos, en un llanto convulso y recibió el año dormida. En el segundo poema, en los “retazos” de este preámbulo hace toda una declaración de intenciones y aunque diga tener pocas cosas que guardar, ella sabe, saben los poetas de lo cotidiano, que no es así.

La primera parte del libro “¿Quién anda aquí?” comienza con un poema de igual título, en el que da la impresión de que la inspiración asalta su pensamiento con sigilo. Es como su otro yo, que siempre la acompaña y ante el que hay que estar atento para escucharlo antes de que se difumine: “A veces una ráfaga suya pasa/como un fulgor felino, /una estrella fugaz/perdiéndose en lo negro”. Toda esta parte desborda serenidad desde el quehacer diario, desde el recuerdo de una infancia que siempre es utilizada por Ángeles como vehículo de conocimiento: “Caperucita, /ni está mamá/para contarte el cuento/de las migas y los pájaros. /Tampoco el de los niños y las fresas”. La mujer que es hoy recuerda desde la nostalgia el tiempo de aquella juventud en la que se entregaba en la noche a la lectura, a la búsqueda de un conocimiento que le permitiera llenar las cuartillas en blanco: la poesía. Con el día retornaba de ese paraíso a la realidad de la cocina y de la escoba: “Los hombres no barrían la casa, /mi hermano entraba poco en la cocina, /yo hacía la mayonesa/o limpiaba el polvo para ayudar: /de día”. La metaliteratura impregna todo el libro desde multitud de imágenes pero en el poema “La soledad del ama de casa” la poesía de Ángeles Mora trasciende el quehacer literario para adentrarse en el lirismo más hermoso, desasosegante en ocasiones,  pero cargado de belleza siempre. Cuando todo parece perdido, es cuando aparece el poeta: “Y sin embargo/se te abren en la boca/las palabras que nunca pronunciaste, /listas para caer/justo hacia el otro lado del silencio”.

La segunda parte, “Emboscadas” se abre con un poema que nos advierte de los peligros de esos deslumbramientos detrás de los cuales, superado el impacto inicial, sólo hay una rotunda vacuidad. Persigue en esta sección la búsqueda del poema, lo persigue hasta el dolor, aunque sea para “arrastrar sus miserias”: “… Recogerlas-aunque duelan- /es mi tragedia/de chica sentimental de clase media”. Prosigue en una indagación lectora que la hace renegar de lo que la distraiga, de todo aquello, como el ordenador, que pueda anular el entendimiento. Otras veces aborda, desde las labores diarias, el proceso creativo, la inspiración creadora que, como una pulsión, te asalta y prontamente transcribes porque “escribir es un vicio que nunca se detiene”.

La tercera parte es una llamada tranquila a disfrutar de la vida, en una variante que nos lleva del tópico del “Carpe diem” a otro tópico horaciano, al “Aurea mediocritas”. Se trata de aprovechar el tiempo desde esa dulce monotonía que nos proporciona la vida diaria. Prosigue el libro con ese deslumbramiento cual es el descubrir versos que guíen nuestra conciencia, haciendo nuestras las palabras que van conformando nuestra existencia: “Germinan bajo tierra/donde la historia, poco a poco, /esparce sus semillas. /La tarde arroja en los caminos/melancolía”. Hay un poema que, desde la sencillez expresiva, como es el tono habitual de su poesía, rebosa felicidad, “Cumpliendo años”. Ángeles Mora llega a ese dominio del lenguaje poético a través de la mayor de las complejidades, llenar de autenticidad a sus poemas sin perder un ápice de lirismo: “Y el calendario va colgando sus días/como las cuentas de un collar en el hilo del tiempo”. En esa “guarida azul”, donde se imbuye de lecturas, papeles y versos, de pensamientos y metáforas se siente feliz. Y es allí, en su refugio idealizado, donde atraviesa el espejo y accede al otro mundo, al de la creación literaria: “Pero existe un destino que sólo se conquista. /Un espacio de sueño y desafío/para escribir lo nuevo”.

La cuarta parte del libro se inicia con “El ayer”, donde se desdobla en los muchos fuimos que han deshecho su figura. Es una traslación muy curiosa realizada a la inversa, en un holograma deforme de sí misma. Los primeros poemas parecen intuir un miedo al futuro; navegan en la incertidumbre de lo que nos espera: “La alegría más alta/siempre esconde una sombra/invisible, /agazapada, de tristeza”. Hay poemas en los que el afán de trascender se manifiesta con gran belleza; entiende el quehacer literario como “El polen esparcido por la abeja/tiene misión de vida”.

La última parte del libro, “El cuarto de afuera” se inicia con una alusión muy velada a ese final del camino donde se recuerdan las ausencias cuando “las rojas hogueras ya tiritan”. Prosigue esa búsqueda inacabable por conocerse a sí misma, valiéndose de la mirada turbadora de la infancia, enfrentándose a las sombras que la vida pone a su paso: “Ahora, desde el cuarto de afuera/de mis años perdidos, /te veo caer otra vez”.

Al cerrar este libro que durante meses me ha acompañado, y al que sé que retornaré de cuando en cuando, me entra una nostalgia prematura, aquella del que sabe lo que añorará nada más perderlo. No se esfumará por la alcantarilla de la memoria; ahí estará esperándome, como un buen amigo, para desprenderme de esa añoranza. Me sé conmovido por el destello que ha provocado la buena poesía de Ángeles Mora en el interior de este involuntario interlocutor, de este lector que, desde ese fulgor preciso, inherente a la palabra poética, se ha elevado por encima de los límites de lo racional. Me he encontrado de frente con una poeta y una poesía que actúa con inmediatez, sin necesidad de hacer ningún ejercicio intelectual para sentirla, como escribiese José Ángel Valente, con una poesía que hace que nos convierta en sus aliados permanentes durante este viaje literario. Un viaje del que, como pasa con los libros que nos alcanzan, nunca desertaremos. Una lectura no sólo recomendable, sino inexcusable para todos los amantes de la buena poesía.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

Como digo siempre, yo no soy un crítico literario pero sí soy un lector muy crítico. Además, de los que sólo comentan algunas de aquellas lecturas que realmente le han provocado emociones verdaderas. Eso hace que nunca escriba crónicas rutinarias, como tantas veces vemos en tantos lugares, como tantas veces vemos en tantas críticas confeccionadas al hilo de las prisas, cuando no del encargo y la obligación. Y este “Canto de gorriones” es de los que te mueven y conmueven las entrañas al desenredarlo. Su autor, José Luis Muñoz Sáez, nacido en Madrid en 1961 es un poeta cierto, un poeta al que, como dice en la solapa, hay que buscarlo “en las orillas de sus libros; firme, cumplido, altivo entre los álamos”.  Sin duda, nos encontramos ante un hombre que ha explorado su yo más íntimo a través de las más variadas técnicas poéticas; es un poeta que domina este arte como pocos, con maestría, oficio y sentimiento, dando lugar a composiciones hermosas, invadidas por un lirismo sereno y apacible que logra conectar con el lector en ese terreno tan complicado que gira en torno y alrededor de los sentimientos. El libro no sé si guarda un orden cronológico en cuanto a la aparición de las composiciones aunque, desde luego, sí parece responder a una cuidada y selecta colección de poemas realizada en diferentes etapas de su vida y agrupados en diferentes bloques temáticos.

El dominio del verso y el gran sentido musical de José Luis Muñoz presiden un Canto de gorriones que más se nos antoja de ruiseñores. La variedad métrica del libro es evidente, pudiendo saborear sonetos clásicos, junto a romances octosilábicos y una serie de composiciones que, nutriéndose de la tradición, sorprende por su gran fuerza expresiva.

Esas “Primeras poesías” se abren con tres romances y un soneto excepcionales, de corte clásico y lenguaje cuidado con lo que recoge la tradición, heredada a través del veintisiete, y lo convierte, en su voz, en un discurrir lírico fascinante: “-Corazón ayer sonoro, /di, ¿quién te quitó la pena?/ Las rosas que no quisiste/espinas de amores llevan”.

En sus “Segundas poesías” el cuarteto endecasílabo rimado predomina y, como sucede a lo largo del libro, el poeta nos muestra su predilección por esta estrofa. Y será con esta técnica con la que nos ofrezca una sabia y delicada “Receta para soñar”: “Sírvase, con las manos de la mente, /en el vaso del alma soñolienta, /luz y sombra, calor y viento leve/ de ese abril ya futuro en que se sueña”.

En la tercera parte del libro, “Pintar un cuadro” el poeta pone música al verso y al cuadro, ubicado en los pinceles y en la paleta de un estilo pictórico y así en “Impresionista” no podemos sino dejarnos llevar por la evocación de esa luz mediterránea que se desprende de los lienzos de Sorolla: “La brisa trae aromas de salitre. /La espuma de las olas se derrama/en blancos algodones despintados/que inundan las arenas de la playa”.

Vamos progresando en la lectura de unos poemas agrupados con criterio en diferentes secciones hasta llegar a “Melancólicas”, donde el poeta suspira por lo etéreo, a veces por ese eterno femenino que dijera Goethe y como Fausto redimirse por el amor de Margarita:“… al cielo nos conduce el eterno femenino” Goethe(Fausto-Acto V).

“Algo que huele a sol perfuma el alma/de ignotos y exquisitos oros nuevos. /Dame, mujer, tu aroma, que en la nada/está lo sustancial, lo azul, lo neto”.

El libro sigue progresando y abriéndose camino entre “Realidades” y “Miradas” para conducirnos a la particular mirada que el poeta realiza al amor, al que homenajea con esa musicalidad que sólo nos da la inspiración, el sentido poético del ritmo y la solidez cultural del que se enfrenta a la soledad del acto creativo: “Y de tu risa; rosas, madreselvas, /fragantes mariposas de romero, /perfumes de geranios infantiles/a la orilla naciente de febrero”. Cuando el poeta se mueve en el terreno de los sentimientos, cuando siente la pérdida de aquello que se ama, no es ajeno al “Llanto”: “Te has ido para siempre/al mundo más lejano. /Sin ti mi vida es nada, /sin ti, mi amor, soy llanto”.

Más tarde, la voz poética se torna melancólica; es tiempo para la añoranza, para girar la vista al pasado, al tiempo del descubrimiento: “Caen las palabras. /Entre azules sedas/las bocas duermen y los labios lentos/de la nostalgia se desnudan. Solo/los ojos saben el vibrar del sueño”.

Reminiscencias y ecos machadianos inundan este “Canto de gorriones” cuya filosofía se impregna del sentir del poeta del noventa y ocho, de esa poesía de la claridad, de esa poesía meditativa que todo lo abarca, que con todo emociona: “Sé rebelde y constante. De tu aliento/nacerá junto a ti la flor de enero/más allá del más puro pensamiento”.

Hay un sitio entre los versos para la tierra, para esa Andalucía de sus ancestros, para esa Castilla de “polvo sudor y hierro”, para ese Madrid castizo que le viera nacer: “Qué ignota lejanía la del sauce/con voz de caracola. /Llueve, y en Madrid nadie, nadie sabe/si canta la cigarra, si duerme la amapola/si silba y silba el bosque en los mimbrales/su aliento sobre el mar, o si la ola, /con traje de algodón y eternidades, /entona su canción al sauce sola”.

Con un gusto exquisito por lo clásico nos regala José Luis Muñoz estas “Semblanzas”, en las que, como en un juego de palabras, nos atrapa con el verbo seductor de sus versos: “Por gusto vivo/y a fuerza muero, /nada persigo/ni nada quiero. /Si a fuerza muero/por gusto vivo. /Si nada quiero/nada persigo”. Entre sentimentales dedicatorias vamos llegando al final del libro, al soneto que dedica a su hijo Alberto, a unos versos donde asume la consciencia de la libertad de un ser al que ha dedicado su vida: “Has crecido en la dicha amanecida. /Sé valiente. El temor ya no te ciega/porque tú eres dueño de tu vida”.

Cuando uno cierra las páginas de este “Canto de gorriones”, le es fácil imaginarse al poeta, a José Luis Muñoz Sáez, en toda su humanidad, con toda ella volcada en los dos últimos poemas, en un adiós que suena casi a testamento poético, a versos finales. Esperemos que no sea así, que “cuando llegue la lluvia” su voz siga resonando en la conciencia de sus lectores con ese lirismo sólo al alcance de los buenos poetas. Y José Luis Muñoz Sáez lo es, sin el menor atisbo de duda.

Juan Francisco Quevedo

30442798_1718431451528859_3302685333564424192_n

 

Publicado en POESÍA | 1 Comentario

El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

 

El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

ESENCIA DEL SER

 

La esencia del ser humano es vivir y, después, las palabras sirven para rescatar lo vivido. Compartir los sentimientos por los diferentes caminos de la memoria es la propuesta poética del escritor de Veracruz afincado en Bielva  (Santander), Juan Francisco Quevedo, que nos entrega en El sedal del olvido, un libro magníficamente editado por Septentrion Ediciones, que dirige el poeta Carlos Alcorta. Tras dos novelas, Ana en el mes de julio (2014) y Querida princesa (2016) este es su primer libro de poemas.

 

El título de este libro despierta un gran interés, pues, como si de un pescador se tratase, el autor pretende recoger con su hilo de caña los recuerdos más valiosos. Para ello, indaga en su interior persiguiendo lo más significativo, y, una vez capturado, deja su ancla, para que jamás se olvide. El juego textual que el autor nos plantea obedece al empleo del mismo título en un poema y en el verso último. La poesía actúa así como salvavidas y anclaje.

 

Esta indagación en el terreno poético de Quevedo es nueva para él, aunque es un lector ávido de poesía y ejerce la crítica literaria. Por ello, va, poco a poco, recorriendo con palabras luminosas hasta construir, desde el respeto a la poesía, un discurso humanístico cuyos ejes centrales son el amor, la muerte o a la infancia, como una parte más de la identidad del autor; motivos que, por otro lado, conforman la verdadera esencia del ser humano, como ya hiciera en prosa en su segunda novela, Querida princesa.

 

La estructura del libro es impecable: se compone de una introducción en prosa al que le siguen sesenta y ocho poemas distribuidos en siete capítulos más un epílogo. Cada uno de los apartados se abre con un dibujo del propio autor. Y el círculo, perfecto: comienza por un antiguo colchón de lana» y, a falta del mismo, termina con el sujeto insomne, doblegado en la noche, aunque en paz, pues sabe que las huellas de sus antepasados «reposan junto al sedal del olvido».

 

Ya en la primera parte, «La mirada empañada», al recorrer los parajes de la memoria, el poeta halla un doble efecto: el refugio de la alegría y la ciénaga del dolor. El recuerdo que infunde alegría radica en la captura de instantes pasados que devuelven al sujeto al edén de la niñez, como sucede en cuatro breves y deliciosos poemas: «Sobre las ruinas del tiempo», «La higuera», «Mañanas de colegio» o «Canicas de barro», en cuya lectura se escuchan los ecos de Machado, Cernuda o De Villena, en esa forma de traer los recuerdos de la infancia. Sin embargo, ese feliz recuerdo se va empañando dando paso a la nostalgia, al recuerdo de lo pasado, y lo que ha pasado es, nada menos que la juventud, envuelta en la música del primer amor (en «Éramos tan jóvenes» y en «Elogio de la nimiedad»); recuerdos de otro tiempo, de un pasado donde el sujeto era otro. De ahí que necesite volver a ellos, tal vez para reencontrarse consigo mismo.

 

Ahora bien, el paso del tiempo no sólo es pleno de certezas, también está lleno de incógnitas, incertidumbres que el sujeto perplejo recoge en la segunda parte, «Filosofía inexacta». La poesía indaga en la expresión de la realidad donde el poeta paseante rescata rincones, instantáneas vividas. Ante el sujeto, el fluir inexorable del tiempo: «febrero de sesenta y nueve», «el crudo invierno», «el ochenta», «el verano» y vuelta al «otoño». Así, se muestran, aparentemente, reales, pero, a menudo, parecen borrosas, casi fantasmales, la calle, el café o el amor (como sucede en «El otoño es…». Lo mismo que la calle (en el poema «Dulce pensamiento») es todas las calles; el amor se convierte en todos los amores. Cada poema se convierte en una imagen que el lector vive identificado como propia experiencia. De este modo, la poesía de Quevedo deja de ser cotidiana y suya para ser de todos. Así, puede leerse en el poema «La barra del bar»:

 

La soledad se instala

en la barra de un bar vacío

como un estilete en la noche

rasgando las tinieblas.

 

La más floja y breve de las partes corresponde a la tercera, que lleva por título «Pasos en la madrugada» y tiene por objeto ocuparse de los dos hijos, a los que, por otra parte, se les dedica el libro entero. Así, la entrada en escena de estas dos vidas provocan el cambio en la vida del sujeto, como no podía ser de otra manera. Y claro, el tiempo pasado es refugio. Se dice en el poema que cierra «Claudia y Juan»: «os colabais entre nuestras sábanas / como inermes fantasmas inocentes».

 

Son varios los lugares recordados a fuego en la cuarta parte, titulada «Paisajes precisos». Son capturadas imágenes y hechos recordados de Córdoba–Veracruz, de su México natal, de sus años de estudio en Santiago de Compostela y Madrid pero su mirada queda enclavada como su vida en La Cavada, en Santander (en su bahía y en el valle de Herrerías), en Avilés y en Pontevedra, es decir, en el norte. Esos versos traen recuerdos gratos. Gracias a Quevedo, pervivirá para siempre La Cavada. Aunque resulta descorazonador porque fue un tiempo dichoso que ya no está. Así, se lee en la conclusión del poema dedicado al núcleo urbano de Riotuerto:

 

Se acabaron los juegos de palabras;

ya sólo permanece el mismo pueblo

con los ruidos de otros niños felices

cediendo vida a las desiertas calles

de una mente que nos lleva al olvido.

 

Y poema tras poema, llegamos a la parte más extensa de todo el conjunto y más lírica, donde el arsenal de poemas muestra a un poeta que experimenta con diversas composiciones estróficas de versos de arte mayor (en cuartetos y tercetos) y no estróficas de arte menor (en coplas y romances), además de otras en verso libre. Más interesante aún, nos parece el desdoblamiento de la voz en el poema «Quevedo insomne en la madrugada, con la referencia textual de Calderón de la Barca» y las tres interrogaciones retóricas finales. El tiempo ejerce su furia y arrasa en distintos poemas, tanto es así que deja la ciudad apenas reconocible porque se ha llevado multitud de recuerdos: «Ya no vemos las luces de la infancia / brillar en la oscuridad de sus muelles» (en «La ciudad dormida»). Vale la pena reproducir la primera estrofa del penúltimo poema de este capítulo, «Posteridad», en cuyos versos el sujeto parece sucumbir al hastío de vivir hasta dejarlo todo en esa huida final:

 

En ocasiones, quisiera escaparme

a un perdido motel de carretera,

de Kansas o Colorado, tanto da,

y tomar la puerta que lleva al cielo.

 

Los recuerdos van doliendo más hasta el punto de decir basta. El poeta ha llegado a un subterfugio interior del que es difícil salir. En esta tesitura encuentran cabida poemas como «Mas allá de tu nombre –In memoriam–», «Hija de un Lázaro resucitado» o «Nada fue igual». Las llagas del sujeto son perceptibles: a la ausencia manifiesta en los poemas «Tristeza» o «Exhalación» se le une la derrota y el desvelamiento de la única verdad concluyente: la cercanía de la muerte, porque

 

Solo puedo hacer eso,

transmitir esa quietud,

proporcionar esa paz,

banal y cotidiana,

que precede y anticipa

la derrota absoluta.

 

Antes de finalizar, Quevedo se mira en el doble de otros, porque en otros encuentra la queja «de nuestro tiempo»; homenajes cuyos versos hace suyos. Pasan por la séptima parte: César Vallejo, Blas de Otero y Miguel Hernández. Poetas que tienen en común, además de ser grandes sonetistas, su mirada a la sociedad. En esta parte predomina el léxico oscuro y su poética deviene en pesimista y elegíaca, como puede leerse al final del poema «Sombras»: «Habito sobre las columnas / de unos hombros que se derrumban / bajo el peso del desengaño». Y, por momentos, el discurso se vuelve bastante crítico, como sucede en «Hija de un Lázaro resucitado», al experimentar un caso de escasa empatía entre un sanitario y unos familiares que sufren a corazón abierto. En los tres versos finales, recogidos en estilo directo, se lee: «– “Oigan, oigan. Esto no es un mercado”. / No. Es el servicio de Oncología / del hospital de una ciudad cualquiera».

 

El universo personal y propio de este libro se cierra con el «Epílogo», cuyo complemento perfecto resulta la cita del poeta catalán, bien conocido por Quevedo, Joan Margarit: «Necesito el dolor contra el olvido». Se observa entonces la fidelidad a sí mismo como poeta. Una vez hechos los recuentos, toca prepararse ante la muerte («y me preparé para morir en paz»), ciclo de vida; esencia del ser humano.

 

Aunque el poso meditativo es eje unitario de la obra, no resulta menos atrayente el uso del lenguaje y, como el propio autor advierte en la «Introducción», lo que oculta. Mediante versos hondos que llegan al epicentro de la emoción. Así, muerte y vida son dos caras de la misma moneda, lo que recordaría a uno de los poemas de Borges incluido en Cuaderno San Martín. Quevedo se vale de toda una serie de recursos expresivos que dotan al lenguaje de gran musicalidad, así paralelismos, anáforas y repeticiones léxicas; y, para cuando las palabras empleadas resultan polisémicas dejando una carga considerable de abstracción, el poeta las hace bajar al suelo, a la concreción, a través de personificaciones de abstracciones (la edad, la vida, la soledad, la pérdida…).

 

El sedal del olvido trae otros recuerdos y otras vivencias, incluso otras canciones, donde palpitan la palabra, la música y la vida, como, por ejemplo, aquella estrofa que abría la famosa canción «Time and love», del sesenta y nueve, de la compositora norteamericana Laura Nyro, cuya escritura también reflejaba la esencia del ser:

 

Winter froze the river

And Winter birds don´t sing

So Winter makes you shiver

So time is gonna bring you spring

 

 

Jesús Cárdenas

 

 

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES PALABRAS QUE NO CAMBIARÁN EL MUNDO – Juan Francisco Quevedo

llamazares

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

PALABRAS QUE NO CAMBIARÁN EL MUNDO

SEPTENTRION EDICIONES (2017)

Cuando leemos el subtítulo del libro, “Veinticinco años de columnismo”, uno no puede menos que sobrecogerse ante el amplio período temporal que comprende; estamos ante una selección de los textos publicados a los largo de toda una vida dedicada al periodismo por un autor que está a punto de cumplir cuarenta y cinco años. Es decir, ante la obra plasmada en prensa de un escritor al que, a pesar de su considerable bagaje profesional, aún le espera un futuro largo y prolífico. Así debiera ser y así se lo deseamos. La actividad literaria de Javier Menéndez Llamazares no se limita únicamente al diario escrito sino que abarca otros géneros que van más allá del ejercicio frenético y de la disciplina férrea que exige el columnismo de opinión. Actualmente el autor leonés, afincado en Cantabria, tiene publicadas dos novelas, así como una colección de relatos breves y un libro de poesía, lo que da idea de su inquietud creadora y de la variedad temática que aborda desde su escritura.

El periodismo diario, sometido a la pauta de las aproximadamente trescientas o cuatrocientas palabras de la columna de opinión, convierte su ejercicio en una actividad rabiosa y metódica que es impulsada por dos catalizadores esenciales, el raciocinio y el dominio del lenguaje.

Es evidente la necesidad imperiosa, para aquel que pretende ser crítico con lo que acontece en su entorno y en el mundo, de tener la capacidad, la originalidad y la visión personal para poder analizar, escrutar y plasmar esa realidad que nos asalta casi sin darnos tiempo a reflexionar sobre ella. Esa inmediatez debe ir cosida a la sombra, y a los zapatos, del articulista de opinión. Aquel que asume este oficio y esta responsabilidad debe ejercerlos con criterio y personalidad, los que dan la racionalidad y la imaginación; en definitiva la inmediata capacidad creadora.

Ahora bien, esa capacidad creativa, tamizada por el fino chino de la razón, ha de trasladarse al papel, para lo que es imprescindible otro enzima que sea capaz de desencadenar el proceso que lo haga posible. Esto se consigue con un dominio del lenguaje preciso, certero, desde el que, con las armas que están a  nuestro alcance, a través de la palabra, ironía, sarcasmo, metáforas, figuras retóricas y todo ese arsenal de que dispone la lengua, seamos capaces de enunciar con sabiduría y voz propia aquello que con el raciocinio queremos expresar.

Javier Menéndez Llamazares posee estas cualidades esenciales, una prosa fluida y cercana, que involucra de inmediato al lector, y una capacidad analítica encomiable para desmenuzar con un criterio particular desde los acontecimientos más cotidianos hasta los más enrevesados. Y todo ello lo hace con una voz personal.

  1. M. Llamazares descifra todo lo que acontece a su alrededor con una mirada amplia y crítica, complaciente también en ocasiones, pero siempre honesta, lo que le convierte en una referencia creíble para sus lectores y ése es el principal activo sobre el que se sustenta un columnista de prensa, su credibilidad. En ella y sobre ella se vertebra y cimenta el seguimiento de unos lectores leales que, aunque puedan, y deban, ser críticos y discrepantes en ocasiones, siempre se acercan a las páginas del periódico buscando con interés la firma de aquél que se ha ganado su consideración y, con ella como aval inequívoco, el autor puede complacerse del prestigio que goza la cabecera que precede a sus artículos.

Esta compilación de columnas periodísticas, que nos presenta en una edición muy cuidada la editorial Septentrión, dirigida por Carlos Alcorta, está dividida en cinco partes donde se agrupan los artículos por temas. El tiempo cronológico que abarcan va desde esa fecha de su primera aparición en la prensa, un ya lejano veinte de mayo de 1993, hasta 2017. La temática que aborda desde sus páginas es muy variada, pudiendo ir desde artículos más costumbristas, más agarrados a la realidad diaria, hasta otros que analizan la realidad política, pasando por aquellos que hablan y nos acercan a los ambientes culturales o incluso otros de carácter deportivo que se inmiscuyen directamente en una de sus grandes pasiones, el Racing de Santander. Sin olvidarnos, por supuesto, de aquellos en los que se refiere a los lugares donde ha estado y se ha sentido más arraigado, Cantabria, León, Colonia y La Bañeza.

Como se puede ver es una selección variada y representativa de las sucesivas realidades que, con celeridad, se han ido sucediendo a lo largo de esos veinticinco años de profesión devota, realizada con el buen criterio del periodista Carlos Bribián. Es un libro concebido para perdurar, para constituirse en un aliado de la memoria interpuesta del autor entre el papel y el lector. Quiere dar testimonio de un tiempo, el que se corresponde con el trabajo de tantos años de actividad en la prensa diaria, de tanta dedicación a esta vertiente del periodismo que constituye en sí mismo un verdadero género literario, el columnismo de opinión.

Es muy difícil encontrar una fórmula magistral para dar con las proporciones adecuadas que hagan que fluya un buen artículo de opinión. Quizás, si sabemos mezclar e integrar sabiamente una serie de ingredientes, consigamos dar con un producto final que sea capaz de interesar al lector y que cuando acuda al kiosco a comprar el periódico busque con rapidez esa página donde está ese artículo, de ese autor, que tanto le interesa.

Tal vez la fórmula recetada por los expertos en este arte tan difícil de expresar la opinión haya de llevar mucha honestidad, una gran cantidad de credibilidad, una mirada personal no excesivamente complaciente, una gran capacidad de discernimiento, un espléndido dominio del lenguaje, una pizca de insolencia, cuando no de ironía, y, todo ello, no estaría de más que fuera aderezado con un chorro de inteligencia y un toque de independencia de pensamiento que, al fin, es lo que le da verdadera distinción al acabado final.

Cuando el lector detecta estos ingredientes es porque, sin la menor duda, nos encontramos ante un articulista de verdad, de verdad y esencia, un escritor que escarba en la superficie de los acontecimientos para encontrar las palabras necesarias, aquellas con las que muestra al lector la realidad escondida de un presente que se escapa como el agua entre los dedos ante la locura en la que, la mayor parte de las veces sin pretenderlo, nos vemos inmersos.

Todas estas proporciones, todas estas cualidades son las que adornan y distinguen las columnas de Javier Menéndez Llamazares, unas “Palabras que no cambiarán el mundo” pero que, sin duda, nos lo harán bastante más llevadero.

Juan Francisco Quevedo

Publicado en POESÍA | 1 Comentario

JOAN MARGARIT “UN ASOMBROSO INVIERNO”-Juan Francisco Quevedo

JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

 

No esperéis asistir a la lectura de una de esas crónicas rutinarias y llenas de entrecomillados que parecen estar hechas casi como una obligación para justificarse, no sé muy bien si ante el medio para el que se escribe, ante el autor, o ante uno mismo. No; jamás lo hago y mucho menos ante un poeta al que tanto respeto y admiro y ante un libro tan asombroso como el invierno que nos anuncia.

Como ya dijera en otra ocasión al hablar de Joan Margarit, con motivo del décimo quinto aniversario de la publicación de “Joana”, sus libros, como los de Antonio Machado o Rosalía de Castro, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche. Y, por supuesto, al referirme a su personalidad poética no voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido y gastado, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque entonces pasaría a engrosar una lista muy amplia y, por otro lado, tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro.

Cuando está a punto de cambiar de decena para convertirse en un joven y saludable octogenario, Joan Margarit nos regala un libro sencillamente fascinante, un libro en el que, tal y como sustenta en el epílogo, sobre cómo hacer poesía, verdad y belleza se aúnan en una fusión maravillosa. El autor es capaz de combinar y equilibrar a la perfección esa aleación entre verdad-autenticidad, emoción, entusiasmo- y belleza-lirismo, sentido rítmico, contención métrica- para crear una escritura clara y limpia, libre de ornamentos inútiles, impurezas y escoria, donde las palabras se ajustan al pensamiento, donde ninguna de ellas sobra y ninguna de ellas falta. Su poética se cimenta sobre una creación literaria comedida, precisa y hermosa que da lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, para destilar, por la alquitara del lirismo, autenticidad.

Como el excelente arquitecto que es, construye el poema con solidez y sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. Y lo más importante, lo va elaborando desde lo cotidiano, desde aquello aparentemente trivial pero sin quedarse en lo anecdótico. De esta manera, consigue dotar al poema de un sentido moral para trascender y universalizarlo. Es el modo de conectar y comunicarse con el lector a través de esas experiencias que, aún siendo personales, nos son comunes y cualquiera, desde su vivencia, puede identificar como propias.

A ese prodigio de la palabra, a esa expresión única de los sentimientos, sólo se llega desde dos premisas esenciales, el conocimiento y la inspiración; dos cualidades que el poeta plasma en sus versos desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlos para adentrarnos en toda su complejidad.

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanaüja, Cataluña, en el año 1938. Es arquitecto y Catedrático de Cálculo de Estructuras. Es autor de una extensa obra poética en catalán y en castellano. Entre otros muchos premios ha ganado el Premio Nacional de Poesía.

  Si no me equivoco cuarenta y uno son los pequeños y deliciosos poemas que nos ofrece Joan Margarit en “Un asombroso invierno”.  Tengo entre mis manos la edición bilingüe, publicada por Visor, y como siempre he hecho ese doble esfuerzo de intentar leerlos en ambos idiomas, aunque siempre vuelvo al castellano. Sus poemas no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, en las que el autor procura mantener la cadencia silábica y los acentos rítmicos. Y es que el idioma, como el lugar al que se pertenece, no se elige, nos elige. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Hay un endecasílabo que cierra el poema “Más que una canción”, donde el poeta, en un último verso definitivo, manifiesta esa cercanía a lo que le ensambla con el mundo, a la tierra, a su tierra: “Este soy yo. Sólo un pueblo sin nombre”.

Es muy significativo aquel poema en el que el poeta recuerda los tiempos en los que se le impedía expresarse en un idioma que era tan suyo como lo era el aire que respiraba: “Nunca he olvidado el pescozón de un guardia/que con voz fuerte y seca me decía: Habla en cristiano, niño”. Ello no le impide manifestar su amor por el castellano; algo que demuestra en cada recreación poética así como en el poema desde el que evoca la figura de Jorge Manrique junto a la de Verdaguer.

 El libro se abre con el poema al que le da título y constituye, en sí mismo, toda una declaración de intenciones. La voz poética parece consciente de los cambios que en el mundo acompasan el tiempo y la edad que le toca vivir. Aunque todo ello no le angustia, comprende que aquello que él conoció, que aquello que asociamos a esa patria del hombre que es la infancia y la juventud, está a punto de esfumarse y, en una imagen memorable, en esa abstracción donde refleja, al fin, lo perdido, eso que tanto gusta a los poetas, se pregunta qué pasará cuando no haya amapolas: “Ya no se extenderán las rojas pinceladas/del viento en los trigales. / ¿Quién entenderá, entonces, /los cuadros de Van Gogh?”.

Cuando uno lee “Cuesta de Atocha”, no puede evitar pensar en “Joana”. Y no en la Joana del poeta, sino en esa Joana que cada cual tenemos interiorizada en nuestras propias pérdidas. Ahí reside el enorme acierto del poeta, en esa capacidad para trascender de lo personal y empatizar con el lector, al que no le cuesta nada asumir como suyo lo que se expresa con tanda belleza, con tanta emoción, con tanta verdad. El poema, como toda su poesía en general, surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano, con lo cual nos evita esa intermediación, más allá del esfuerzo común, del intelecto para comprender lo que está tan hermosamente explicitado. En este poema en concreto, se rompe, como ya hiciera Joan Margarit, el tópico de la distancia emocional del poeta, ese por el que se dice que nunca se debe escribir cuando aún se siente. Estos versos son la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre cómo ejecutar la labor creativa, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta. En este rodar pesaroso y costoso de la silla de ruedas se congregan en un todo hermoso, nuevamente, emoción y belleza formal. El poeta, en una especie de carambola del pasado, se da cuenta de lo perdido, de la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija: “Por un maldito instante/compadezco a ese padre: un error, /puesto que él todavía tiene a su hijo”. En definitiva, nos ofrece una lección de amor sin necesidad de grandes abstracciones, nos la pone en la mano con naturalidad, desde una realidad concreta, para que la hagamos nuestra desde nuestras vivencias personales. Y lo consigue con claridad, sin pretensiones crípticas y sin ahondar en un hermetismo que puede alejar al lector.

El poeta dedica unos versos al Tenerife de su adolescencia, donde escribiera su primer poema, donde en él expresara su amor primerizo por una joven isleña compañera de curso. Es el mismo amor que, después de tantos años y tanto tiempo vivido, trabaja y construye, cada día, desde “la cocina, como a los veinte años”, con su mujer, con Mariona, con su alter ego, con la “Raquel” de “No estaba lejos, no era difícil” y que ya apareciera en 1975 en el poema “Cerdeña 548”. Es fácil imaginarse al poeta, en un tiempo indefinido, atemporal, como sus versos, en Forès, lugar de conciliación familiar, en esa Cataluña tan próxima al origen, a esa tierra de la infancia que todo lo impregna con su polvo y con su luz. Es tan fácil verlo allí de nuevo, junto a su esposa, junto a ese amor que ha construido con los años. Se entiende muy bien el cierre del poema en un verso endecasílabo que se muestra, como nos tiene acostumbrados, dentro de la tradición latina, a modo de conclusión: “Más claridad no la tuvimos nunca”.

Progresa el libro uniendo los recuerdos de la infancia y la espontaneidad de los actos más usuales, al declive de la vida, al inexorable paso del tiempo y a esa cierta incomprensión que cae sobre nosotros cuando sentimos que pertenecemos a otra época, a un tiempo “en el que esta harapienta elegancia/hubiera sido infame. Como escupir a un pobre”.

En esas introspecciones del pasado, en las que la memoria, aún ajustando cuentas, se vuelve tremendamente sentimental, el poeta recuerda cómo su padre le llevaba a las veladas de lucha libre del Price de Barcelona. Y revive en la pelea desigual, donde siempre se sabía cuál sería el perdedor, los años duros, los posteriores a la guerra civil: “Hasta que por encima de las cuerdas/era lanzado a aquel triste país/del patio de butacas, /que había depurado o fusilado/ a sus maestros de escuela.”

En ese viaje a través de sí mismo, la escritura, la poesía, siempre reconcilia al poeta con la existencia porque, a pesar de la desolación, siempre se reencuentra en ella: “Pero yo voy sonriendo porque la poesía/siempre vuelve a aquel bar iluminado, /a los dos hombres jóvenes. /Al lugar donde todo comenzó”.

Tal vez la vida haya sido sólo la travesía que ha ido dejando detrás una estela con todo aquello que hemos ido amando a lo largo de ella. En esa fuerza, nos refugiamos, “justo antes de ser sólo oscuridad, /la supernova de la inteligencia”. Y desde ella recuerda con una ternura inmensa a la abuela que, como las mujeres de campo, orinaba de pie, junto al camino, a la que apenas sabía leer pero que, sin embargo, recitaba a Bécquer y sus oscuras golondrinas: “Fue ella quien me enseñó que el amor es/ claridad y dureza al mismo tiempo, /que sin coraje nadie puede amar. / No era literatura: no sabía leer”. El poema no da lugar a interpretaciones especulativas ni a equívocos intencionados; se cierra rotundo y concluyente.

Esa reivindicación, tan de Joan Margarit, que ya viéramos en “Cálculo de estructuras”, del dolor como arma necesaria para amar y para luchar contra el olvido, aparece en los versos de “Un asombroso invierno” una y otra vez, y en todas ellas reclama a la inteligencia esa labor denodada ya que “El olvido jamás me hará inocente. /En cambio la ignorancia siempre me hace culpable”. En ese barco del intelecto donde reside el dolor, como arma indispensable contra el olvido,  el poeta va adentrándose hacia ese tiempo del fin, hacia “El asombroso invierno del animal de fondo”, hacia ese desorden entrópico al que nos arrastra el simple caos celular que siempre se asocia a lo vivido. Y al final, descubrir el amor por medio de la poesía de Joan Margarit, un amor al que llegamos a través de la verdad y la belleza. Lo que nos enseña la poesía de Joan Margarit, lo que nos muestra el poema es sólo la señal de lo que esconde; ahí está y reside el verdadero potencial emocional que, en la lectura, es capaz de removernos interiormente. Todo se nos muestra en esa última verdad que oculta lo más aparente. En este caso, el amor incondicional.

En ese invierno aún perviven, sin duda, “los aullidos de un lobo”, la ferocidad de un poeta que nunca se rindió, ni en las circunstancias más dolorosas, el poeta siempre será ese lobo que nunca se entrega, siempre será “Feroz, viejo, cansado, /gruñe, enseña los dientes, /salta sobre el presente”.

Nunca se doblegará, jamás se transmutará a perro servil y guardián  como pasara con la atroz bestia de Gubbio, en la leyenda que inspirara a Rubén Darío su poema y a Joan Margarit su libro “Los motivos del lobo”.

“Un asombroso invierno” no es un libro más de poesía condenado al olvido tras su lectura, es un libro que permanecerá en la memoria del lector impregnando de sentimientos nuestra conciencia. En él, como dijera el poeta romántico inglés: “La belleza es la verdad, la verdad la belleza” John Keats (Ode on a Grecian urn).

Estamos ante un poeta, ante el libro de un poeta que no hace versos por hacer. Sus poemas tampoco se leen por leer; son pulsiones auténticas, incluso dentelladas violentas, cuando no tiernas, pero siempre arrebatadoras. Sus versos nos dicen algo que traspasa su estricta literalidad y son capaces de estimular en el lector las fibras sensitivas más recónditas y profundas del ser humano. Joan Margarit lo consigue con algo esencial y que debe acompañar a cualquier expresión artística, muy especialmente a la poesía: emoción verdadera desde un lirismo profundamente humano.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA VALPARAÍSO EDICIONES (2015) -Juan Francisco Quevedo

AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA

VALPARAÍSO EDICIONES (2015)

AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA

VALPARAÍSO EDICIONES (2015)

“Ahora es la noche” es el último libro publicado por uno de los grandes poetas que ha dado esta tierra, tan pródiga en ellos. Autor de una trayectoria impecable, con una magnífica obra literaria que le ha valido para erigirse como uno de los autores más reconocidos y con mayor prestigio de la poesía española, nos reconforta con un libro extraordinario en el que los amantes de la buena poesía no podemos sino sentirnos en deuda con ella. Como suelo decir, yo no soy un crítico literario pero sí soy un lector muy crítico que sólo comento aquello que verdaderamente me causa “movimientos en el alma”. Y es el caso; Carlos Alcorta es uno de esos poetas capaces de provocarnos mareas interiores desde un lirismo que trasciende la anécdota y lo cotidiano para universalizarlo y trascender.

Con Carlos Alcorta, sin duda una de las voces más personales y poderosas del panorama poético en castellano, la poesía se torna viva y vivida. Pareciera ser muchas veces el campo de batalla en el que bien el poeta, bien la voz tras la que se parapeta, dirime sus contradicciones y muestra, quizás en el afán por conocernos internamente, esa lucha que mantiene consigo mismo. En el fondo la que todos sostenemos y que, al final, es lo que nos hace avanzar por la vida.

La incertidumbre es el terreno pantanoso en el que transcurre la poética de Alcorta, un lugar indeterminado desde el que expresa sus dudas, su dolor y esa angustia existencial que parece llevarle al desasosiego. Como con el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg no existe un lugar para la certeza absoluta; es más, cuanto más intentemos buscarla menos nos aproximaremos a ella; la duda existencial, la duda metódica como filosofía cartesiana es sin duda ese lugar indeterminado de la poesía de Carlos Alcorta, un lugar al que nunca se llega, que jamás se posiciona por esa imposibilidad de probar los sentimientos, las emociones más intimas.

Son muchos los poetas que hacen de la creación un proceso dificultoso, donde se vuelcan desde una disección que bien pareciera de sí mismos, de su propio yo, o de su parte más oculta, de aquella que late permanentemente en el subconsciente, para expresarla como algo ineludible y necesario. Hay una necesidad, imperiosa diría, en acercarse a la soledad inspiradora para verter palabras sobre unas cuartillas en blanco; aunque duela, aunque se sangre por la herida de los versos.

“Ahora es la noche” es un libro que nos llena de imágenes, de metáforas que, partiendo de cierta cotidianeidad, se retuercen en los detalles y en unas descripciones imaginativas e intensas, como su escritura. Estamos ante un poeta que escribe desde el conocimiento de la lectura, desde una perspectiva que le permite jugar con el lenguaje hasta atraparnos emocionalmente en sus poemas. Carlos Alcorta atraviesa “Ahora es la noche” con la luz precisa de la palabra cuidada para elaborar una poesía perdurable, una poesía que se fije en el lector y que le acompañe mucho más allá de una primera lectura.

Hasta qué punto vemos al poeta en su propia verdad, o en el reflejo fingido de ella en sus poemas, es algo que nunca sabremos. Pero más allá de la intención del autor, los versos de Carlos Alcorta consiguen lo más difícil y complicado, llegar con verosimilitud al lector y que éste se identifique en ellos a través de su experiencia.

Pero no todo son sombras en “Ahora es la noche”; en algunos poemas nos lleva hacia la luz, hacia esa reflexión expositiva que ilumina la oscuridad vital en la que a veces vive inmerso el hombre. El libro está dividido en cuatro partes, en las que el poeta en ocasiones se desdobla en otras visiones de sí mismo, en ese mar contradictorio en el que siempre navega. Participa de la escritura, de la poesía, como refugio necesario para escapar de la propia vida. Sabe de lo irreal de la misma; de lo ocasional que puede ser hasta un atisbo de felicidad. Como dijera Fernando Pessoa en “El Libro del Desasosiego”: “Escribir es olvidar. La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida.”

Podría comentar muchos poemas pero he elegido “Punto de partida” porque, en mi lectura, es un poema lleno de esperanza en el que, tras la noche, puede nacer un hombre nuevo. Ve la vida como una constante oportunidad de renovación.

Tiene unos versos bellísimos que, además de esa pulcritud formal, poseen la virtud de ser capaces de estimular las fibras sensitivas adecuadas para que nos conduzcan, a través de los intrincados laberintos neuronales de la mente, directamente a la emoción. Con este poema me ha ocurrido algo que tiene mucho que ver con las conmociones verdaderas, algo que sólo pasa con la buena poesía. Desde que leyera el libro, acudo a este poema concreto regularmente ya que sus versos, el cómo, y su esencia, el qué, han calado en mi cerebro de una manera profunda. Sus palabras acuden inconscientemente a mis labios, igual que la letra de esa canción que no puedes dejar de canturrear entre dientes a lo largo de los años.

Para mí, ese gerundio de inicio, tan envolvente, “Contradiciendo a mis instintos, a la naturaleza”, nos introduce con el ánimo predispuesto en las entrañas del poema.

Con los primeros versos vemos cómo el poeta es consciente de su pasado, un tiempo inútil, que ha padecido incluso con sufrimiento,-el que se adquiere viviendo- un período que desdeña y del que reniega. Sin embargo, lejos de amedrentarle ha llegado a un punto en su vida en que se siente fuerte y rebelde, con ánimo de lucha. Quiere cambiar y para ello se va a valer del bagaje que posee-la experiencia de saber lo que no quiere-; así que toma la decisión de darse otra oportunidad creando un nuevo punto de partida a su existencia, con lo que ello supone de renovación, cuando no de nacimiento. Desde ese instante, el poeta se desprende de todos sus miedos, de sus prejuicios y se adentra en lo salvaje, en esa búsqueda vital por descubrirse porque “sabe que no hay tiempo muerto en la memoria”.

Este nuevo ser está convencido de la determinación que ha tomado y del camino de catarsis interior que ha emprendido y lo lleva incluso a su propio quehacer literario. El poeta, al final del poema, indaga sobre esa nueva escritura donde “se hermanan en un extraño cóctel/imaginación y experiencia”.

De alguna manera este hermoso poema de Carlos Alcorta me hace pensar en aquella película de Bill Murray, “Atrapado en el tiempo”, en la que el protagonista revive sucesivamente el mismo día. Este hombre, cada mañana tenía, por tanto, la oportunidad de aprender de la experiencia del día pasado-siempre el mismo-, para poder renovarse. Y lo que al principio le parece una condena insufrible, acaba sabiendo utilizarlo para dar lugar con los días a una evolución de sí mismo, lo que le permitirá iniciar una nueva vida. El poema de Carlos Alcorta, de igual forma, me invita, nos invita a afrontar cada nuevo día como un reto en el que intentamos renovarnos y ponernos en el “punto de partida”.

“Ahora es la noche” es un libro que no nos deja indiferentes, un libro que nos introduce de lleno en el misterio y en el milagro de la palabra, que no es otro que la poesía. Sin duda, un excelente libro de uno de los grandes poetas de nuestra literatura.

Juan Francisco Quevedo

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS EDICIÓN DE HILARIO BARRERO-Juan Francisco Quevedo

SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS

EDICIÓN DE HILARIO BARRERO

RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2017

SARA TEASDALE. LUCES DE NUEVA YORK Y OTROS POEMAS

EDICIÓN DE HILARIO BARRERO

RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2017

Hay libros que dormitan en las estanterías de viejas librerías de jóvenes países, como es el caso. Estos poetas bien pudieran pasar sin hacer ningún ruido por la vida de tantos seres despistados como yo, aplicados a los clásicos castellanos pero  que, de repente, dejan de ir de puntillas por el parnaso del ostracismo y dan un gran zapatazo en la mesa como diciendo:

–Aquí estoy, mírame.

Y este aldabonazo que nos rescata de cierto ensimismamiento cultural, de un chovinismo espiritual, no es casual; es debido a la labor callada, delicada y entregada de seres sensibles, de poetas mayores, que se afanan ya no en hacer una mera traducción de estos poetas lejanos y alejados de nuestro bagaje habitual, sino que ponen su alma versificadora al servicio de lo que nos regalan y, respetando el poema y la intención del autor, hacen verdaderas recreaciones personales. Es el caso de Hilario Barrero y de Sara Teasdale, es el caso de un poeta que ha introducido en mi biblioteca sentimental a una poeta que, de no ser por él, es más que probable que jamás hubiera leído y que hubiera pasado absolutamente desapercibida para mí.

Y en esta labor recreadora de las grandes versiones poéticas, siempre me vienen a la cabeza las reinterpretaciones que hicieron, en sus traducciones de Horacio, a lo largo de los siglos, poetas tan dispares como Fray Luis de León, Lope de Vega o Moratín. Aún sin entender las lenguas originales, sea latín, sea el inglés o cualquier otra, uno, al leer los poemas de Sara Teasdale, siempre encuentra esa cadencia rítmica, ese vocablo exacto y preciso que no nos hace estar ante una traducción al uso sino que al avanzar por el poema, al sentir los versos golpear en nuestro interior, intuimos la destreza del poeta que se parapeta tras esas palabras. En ese proceso de gritar los versos en silencio, de paladear sus resonancias, se advierte la mano del poeta que lee al poeta, del poeta que reinterpreta al poeta, del poeta que da sentido al poema en una lengua muy distinta a aquella en la que fue concebido. En esa ingente tarea, Hilario Barrero al antologar y traducir a Sara Teasdale desarruga el tiempo.

Con Hilario Barrero, con su espléndida antología, como ya ocurriera con la que leí, también de su autoría, de Emily Dickinson, se deja ver al poeta verdadero, al que se esconde tras los versos del antologado para dotarlos del vuelo primigenio, para velar porque las palabras originales no pierdan un ápice de autenticidad, ni de belleza poética, con el cambio idiomático. Esta recreación poética constituye en sí misma todo un género literario desde el que descubrimos la fascinación por la poesía de autores impensados, de autores, en muchos casos, destinados al confinamiento de su propia lengua y a no traspasar fronteras.

Sara Teasdale nació en St. Louis, Missouri, en 1884. Tras casarse se trasladó a Nueva York donde después de una vida enfermiza, en la que pudo gozar del laurel de la gloria-en 1918 ganó el equivalente al Pulitzer-, se suicidó con una sobredosis de somníferos. Ocurrió en 1933 cuando contaba con cuarenta y ocho años de edad.

Su poesía se centra, en palabras de Hilario Barrero, “en tres temas: la belleza, el amor y la muerte, que la aproximan y definen como una poeta romántica…”. Hay poemas en esta antología que dan fe de esta afirmación tan acertada. En uno de ellos, titulado El vino, la poeta utiliza la belleza, “delicias de la copa de la luna creciente”, como un paso hacia la salvación, hacia la inmortalidad.

El amor romántico, con una visión y una revisión moderna del amor platónico, queda plasmado con lirismo y hermosura en el poema “La mirada”. Después de los besos reales que le ofrecieron, y probó de sus pretendientes, se queda con aquel que, como en un madrigal de Gutierre de Cetina, iba en una mirada: “pero el beso en los ojos de Colin/me persigue noche y día”. No puedo por menos que recordar los versos del poeta sevillano, nacido a comienzos del siglo XVI: Ojos claros, serenos, / ya que así me miráis, miradme al menos”.

La muerte, siempre tan presente, mantiene ese halo romántico en muchos poemas. Y lo hace con una gran ternura descarnada, aunque pueda parecer un oxímoron. En el poema “No me importará” se acerca a los románticos alemanes en esa unión a la naturaleza, incluso más allá de la muerte, y en este poema, como dijera Novalis, sublimiza lo corriente, lo ordinario y, además, lo expresa en conjunción con el paisaje: “Cuando esté muerta y sobre mí abril brillante/agite su cabello empapado de lluvia, /aunque tú te inclinases sobre mí con el corazón roto/no me importará”.

El último poema del libro, “Un final”, podría tener algo de premonitorio; desde él parece llamar y buscar a la muerte, parece ansiar su llegada: “No tengo corazón para ninguna otra alegría, /el empapado día de septiembre se vuelve para marchar, /y he dicho adiós a lo que amo; /con mi propia voluntad derroté a mi propio corazón”.

En esta línea romántica de la imperturbabilidad del mundo ante la muerte, de la continuación de los procesos naturales que se suceden, como antes, como siempre, ajenos a ella, hay un poema que golpea especialmente al lector, “Vendrán suaves las lluvias”: “… A nadie le importará, ni pájaro ni árbol, /si la humanidad pereciera totalmente; /y la misma primavera, cuando se despierte al alba, /apenas si se dará cuenta de que nos hemos ido”.

Deliberadamente dejo para el final los primeros poemas de la antología. Es en ellos, como dice Hilario Barrero donde “se embarca en poemas de arte mayor; es entonces cuando aparecen los poemas urbanos…, para ver el progreso, los edificios que crecen en Nueva York, el porvenir”.

La poesía de Sara Teasdale, en todas sus tendencias y variantes, en su vena más modernista, en la más romántica o en esta más contemporánea, está impregnada de una emoción verdadera, lo que hace que nos aproximemos a ella con empatía indudable. Esa cercanía hacia ese imaginado lector la logra desde una visión poética de lo más cotidiana, como ocurre en “Desde la torre Woolworth”: “Notamos los millones de seres humanos bajo nosotros, /cálidos millones, moviéndose bajo los techos, /consumidos por sus deseos; /preparando la comida, /sollozando a solas en la buhardilla, /doblándose con ojos irritados sobre una aguja,…”.

Me despido de esta lectura con un hermoso poema, con la visión de la ciudad, que se prepara para el sueño, desde los ojos de una poeta que se rinde ante esa belleza de la urbe, ante ese “Anochecer: Nueva York”: “Polvo azul de anochecer sobre mi ciudad, /sobre el océano de azoteas y altas torres/donde las luces de las ventanas, miles y miles, /brotan en las paredes como flores trepadoras”.

Juan Francisco Quevedo

img102                                                                 Hilario Barrero

 

 

 

Publicado en POESÍA | 4 comentarios

Juan Francisco Quevedo-Cuadernos de Humo

Acabo de recibir la primorosa edición de “Cuadernos de Humo”. Hilario Barrero ha tenido la amabilidad y la generosidad de incluir uno de mis poemas en ellos. Sólo puedo hacerle llegar mi agradecimiento más sincero por hacerme estar en tan inmejorable compañía. Muchas gracias, querido poeta.

PASEANDO CON JULIETTE BINOCHE

SOBRE EL PONT NEUF

 

El cielo ardiente de París encierra

la luz irisada de los besos y

los sueños de dos muchachos que se aman,

las coplas y los ecos de los poetas

que yacen sobre la tinta de un verso

que jamás encuentran y siempre buscan.

Les une la sombra de Trocadero,

donde se juraron amor eterno,

donde se dieron a la posteridad,

donde, por un instante, se creyeron,

unos pequeños dioses inmortales.

Y lo hicieron por nada, por el placer

de sentirse jóvenes y queridos.

¿Cuántas son las promesas de amor rotas,

diluidas entre las aguas del Sena?

¡Ah, viejo París! Siempre renovando

la ilusión perdida de los amantes.

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

HILARIO BARRERO LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO

HILARIO BARRERO

LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO

blogbueno

CUANDO SE DICE TODO: LA POESÍA EMOCIONADA DE JUAN FRANCISCO QUEVEDO.

El sedal del olvido.
Juan Francisco Quevedo
Septentrión Ediciones, 2017

Dice Dickinson: If I read a book and it makes my whole body so cold no fire can warm me I know that is poetry. Si leo un libro y pone a mi cuerpo tan frio que no hay fuego que pueda calentarlo, sé que es poesía. El sedal del olvido, de Juan Francisco Quevedo, es un libro como una nevada de recuerdos que cae sobre todos nosotros. Una tormenta para que el tiempo se detenga.

If I feel physically as if the top of my head were taken off, I know that is poetry. Si siento físicamente como si me arrancaran la tapa de los sesos, sé que es poesía. Es El sedal del olvido un libro hecho con materiales de primera mano: pólvora enamorada, sedal de plata, poesía de verdad, de antes que es de ahora: de siempre. Poesía que rescata historias, momentos, vidas, “un refugio y un bálsamo ante las perdidas inevitables, ante la enfermedad, ante los desasosiegos y desilusiones”.

Y si uno siente un nudo en el corazón y sabe que está ante el libro de un poeta que respeta a la poesía y se entrega a ella y despierta en nuestra memoria recuerdos paralelos a los del poeta, sabe que está entrando  en el reino de la emoción, donde el hielo arde el sentimiento y el fuego le da vida a la razón. Dos entes que son el santo y seña de la poesía en general y la de Juan Francisco Quevedo en particular. El sedal del olvido, un título que uno asocia a mar y a brea y a piel y a cicatriz, tiene esa cualidad de belleza e intensidad de emoción que son características de lo que es un poema.

El libro, dedicado a Claudia y Juan, editado por Septentrión Ediciones, que dirige con tanto empeño Carlos Alcorta, está ilustrado por el poeta, dividido en siete apartados con una introducción y un epilogo, lleva una cita del poeta José Luis García Martín que nos señala el camino a seguir: “Otra vez como entonces estáis aquí conmigo / esta noche encendida, detenida, callada, / cuando se dice todo sin que digamos nada”.

Sabe bien Juan Francisco Quevedo que la principal función de la poesía es crear emociones que sean alimento para el espíritu y motivación para la razón. La emoción es un escalofrío que nos recorre por todo el cuerpo, un nudo en la garganta que nos impide casi respirar, un dolor en el alma. La poesía es el encuentro de un pensamiento emocionado que encuentra a la palabra que se hace poesía. Y en El sedal del olvido encontraremos el hondo escalofrío, el nudo en la garganta y un dolor en el alma.

La primera parte, titulada “La mirada empañada”, (que es nuestra favorita) cuenta con nueve poemas en donde la nostalgia es la protagonista principal en temas cotidianos y domésticos, poemas en los que la mirada del poeta escudriña el tiempo pasado, tiempo de barro, de música, de sombra de la higuera, de la muerte. En el primer poema, con un título tan poco poético como “Un viejo colchón de lana”, aparece la figura de la madre y marca la atmósfera que nos vamos ir encontrado a lo largo del libro.

Me encierro, madre, en el cuarto
que fue refugio de tu niñez
y escruto, tumbado en el hueco
de un antiguo colchón de lana,
tu cara de niña aplicada
descolorida por el tiempo.

Quizás, algún día otro cuerpo
se recueste en esta que fuera
tu cama y de esa misma pared,
junto al sepia y viejo retrato,
cuelgue un rostro de mirada azul
que pueda recordarle quién fui.

Una de las muchas virtudes del libro es su inteligente estructura. Es un edificio, mapa lo suele llamar el poeta, que se levanta sobre sólidos cimientos, no olvidemos que Quevedo es novelista “antes” que poeta. Son siete espacios donde la melancolía, la filosofía, la familia, el exterior con paisajes queridos, la casa oscura, el dolor y la galería final con nombres y rostros queridos por todos: Vallejo, Cernuda, Miguel Hernández, Blas de Otero y en lo alto la voz del poeta que despierta de un sueño y ve que al abrir “lo ojos no había nadie. / Ni yo mismo”. Un libro cíclico que comienza con un viejo colchón de lana y termina en otro colchón “agarrado a una sábana arrugada”.

Uno de los poemas que uno casi se ha aprendido de memoria y que desde la primera lectura le sedujo es el titulado “Madrid, 1973 –Restaurant La playa”. Y me sedujo porque es un poema que me despierta, esa es la magia de la poesía, un mundo de sensaciones, olores, sabores y emociones. Un poema costumbrista, sencillo en apariencia, localista, pero que también es una crónica social, melancólica y conmovedora de un Madrid visto por un niño de catorce años.

Madrid, aquel Madrid de los setenta,
con grandes cines de sesión continua
-un placer para un chaval de provincias-.
Madrid, aquel Madrid de los setenta,
con su cosmopolitismo acogedor,
con su acento castizo y descarado.
Madrid, aquel Madrid de los setenta.
con su chulesco ademan de capital,
con sus maneras de barrio de arrabal.

Así era el Madrid de mis catorce años,
donde siempre había melón de postre
en aquel restaurant de mantel blanco
y pajaritas negras en los cuellos
almidonados de los camareros.

En un mercado poético donde la anarquía impera, donde cualquiera puede escribir un poema usando unas tijeras y cortado la frase donde se tercie, El sedal del olvido es un claro ejemplo de tradición, de musicalidad, de poemas con endecasílabos modelos, encabalgamientos que, como una ola, hacen mover el poema y al lector. Es una cuerda fina que ata por un extremo al anzuelo de la emoción y por el otro a la caña de pescar sueños y emociones. Y al acabar de leer el libro se nos queda enredado el anzuelo de la poesía y del recuerdo.

Y nos quedamos enganchados para siempre en el sedal de la esperanza.

En los cafés de todas las ciudades,
en las aceras y hasta en las esquinas
que llevaban a calles sin salida,
te sabía más allá del deseo.

En cualquier espejo de cualquier lugar,
intuía en un reflejo borroso
tu suave silueta de muchacha
pálida, junto a la gabardina beige,
que en Santiago lucías en invierno.

La lluvia y el frío aún eran clementes
con los dos jóvenes enamorados;
las torpes tormentas de la memoria
se escurrían, sin calar, por el manto
que envolvía aquella dulce juventud:
los embates del sedal del olvido
no traspasaban nuestra frágil edad.

Publicado en POESÍA | 4 comentarios

PEDRO SOBRADO WOMAN&SOUL -Juan Francisco Quevedo

PEDRO SOBRADO

WOMAN&SOUL

Ya hace la friolera de cincuenta y ocho años desde su primera exposición en la Galería Sur de Santander, celebrada en 1959 cuando apenas contaba con veintitrés años de edad. Mucho ha llovido desde entonces y muchas muestras han caído a sus espaldas, entre las que podemos recordar las de Valencia, Madrid, Chicago o París. Además, cabe poner en relieve que es acreedor en Francia de numerosas distinciones, entre otras la medalla de Arts, Sciences, Lettres.

El artista torrelaveguense, nacido en 1936, y tras un centenar de exposiciones a sus espaldas, regresa a Santander con una magnífica muestra que permanecerá abierta al público hasta el mes de enero, de lunes a viernes, en el Espacio Cultural Fraile y Blanco, junto al Río de la Pila.

“Woman and soul”, mujer y alma es el título de la nueva exposición del pintor Pedro Sobrado en Santander. Un título feliz ya que el artista cántabro refleja en sus cuadros como nadie el alma de la mujer de hoy en día. Y lo hace desde la más pura y absoluta cotidianeidad. Perfila, con lucidez expresiva, desde la comprensión de los tiempos en que vivimos a la mujer actual, dotándola de sensación de actividad y movimiento, otras veces de relax y siempre de un completo desenfado que se refleja hasta en la manera de vestir. Lo consigue colocándola tanto en espacios abiertos, en la calle, en las terrazas, en lugares de tránsito, como en espacios cerrados, salones e interiores, independientemente de que estén en posiciones relajadas, como por ejemplo tumbadas en una hamaca, o en plena actividad, caminando con prisa para llegar a un destino indeterminado.

Estamos ante Sobrados genuinos; el autor ha conseguido que sus cuadros no necesiten ningún calificativo añadido para identificar su obra. El espectador enseguida ve que un Sobrado es un Sobrado. El pintor ha alcanzado aquello a lo que tantos artistas aspiran y nunca consiguen: personalidad y voz propia. Pedro Sobrado no sólo ha creado un estilo sino que ha llegado a darle su propio nombre.

Este artista, como viene siendo habitual en su obra, realiza una inmersión activa en el devenir cotidiano de la sociedad actual, escrutando con su mirada benévola y sabia el período que nos toca vivir. Pintor urbano y de lo urbano plasma en sus lienzos figuras y espacios plenos de un romanticismo relajante, en este caso con la mujer como única protagonista.

Estamos ante un maestro de la complejidad a través de la línea pura. Y lo ha hecho tras haber pasado por diferentes etapas creativas, que van desde el expresionismo a la abstracción. Con el bagaje y las influencias de todas sus experiencias pictóricas ha conseguido definir un estilo propio y absolutamente personal y lo ha hecho a través de la depuración de la línea y de la supresión de lo superfluo, incluido el rostro de sus modelos.

 En sus cuadros intuimos no sólo al artista sino también al hombre, a ese hombre que desprende sabiduría y bondad a través de los lienzos, así como un conocimiento profundo y exhaustivo del tiempo en que vive. Lo demuestra con el tratamiento que da a la mujer actual, a la que capta en cada movimiento con la maestría del observador puntilloso. Sus mujeres parecieran, a pesar de carecer de perfiles gestuales, estar hablándonos. ¿Cómo se consigue esto desde la ausencia de rasgos faciales? Con la sensibilidad y el don de dotar de expresividad a sus personajes. No necesitan poseer un rostro real para poder expresar lo que sienten. A sus mujeres las podemos observar hablando entre ellas, meditativas en una silla frente a una copa o a un refresco, preocupadas y pensativas en un sillón de rayas, atentas a sus teléfonos móviles o transportando una maleta de ruedas. No importa que no conozcamos sus rasgos, el maestro de los pinceles sabe captar esa expresividad más allá de lo estrictamente racional, capta su alma-soul-, como bien reza el lema de la muestra.

Para los que entendemos el arte desde la emoción, Pedro Sobrado nunca defrauda, sus obras destilan verdad y provocan sensaciones que mueven al espectador hacia la serenidad, hacia ese espacio a la que sus trazos nos llevan.

En esta nueva exposición nos encontraremos con imágenes actuales, sacadas del día a día de cualquier ciudad. Con un trazo firme, sobrio y elegante, al que se llega con el talento del genio creativo, Pedro Sobrado logra transmitir al visitante vitalidad y alegría por la vida. Su obra nos llena de felicidad y optimismo.

Detrás de la aparente sobriedad del trazo, de la composición de los planos, donde encuentra esa perspectiva tan personal, está la mano firme y la inspiración de un artista extraordinario, de un pintor consagrado que nos mira desde sus lienzos con la benevolencia de los sabios y con la humildad de los genios.

Continúo esta crónica con los acertados y certeros juicios de Veronique Sobrado: “Pedro Sobrado, consciente de la brevedad del ser, trata de captar, mediante trazos aparentemente sencillos y un meditado equilibrio cromático, la belleza de lo cotidiano, de lo efímero, de aquello que nos parece repetitivo, pero, ciertamente, nunca se parece del todo a sí mismo”.

Por último cierro con estas palabras de Veronique: “La libertad del artista se manifiesta en la singularidad del camino que, hace tiempo, emprendió sin atender a los caprichos de tendencias y modas, de exigencias más o menos perecederas. Fiel a su juicio y a la certeza de su sensibilidad, nos propone, una vez más, explorar a su lado una vertiente de la realidad”.

Juan Francisco Quevedo

df

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

ENTREVISTA A JUAN FRANCISCO QUEVEDO

El diario Alerta publica esta extensa entrevista a doble página donde hablo sobre todo de POESÍA. Y también un poco de “El sedal del olvido”.
Juan Francisco Quevedo es un poeta y escritor cántabro, con una trayectoria prestigiosa que, tras haber logrado un importante éxito editorial con sus dos primeras novelas, “Ana en el mes de julio” y “Querida princesa”, se acerca de nuevo a los lectores con una obra completamente distinta, con “El sedal del olvido”,(Septentrión Ediciones), su primer libro de poemas. Sus numerosos seguidores esperan con impaciencia esta nueva apuesta editorial del escritor.
PREGUNTA: Un escritor que en la narrativa ha logrado conseguir un considerable éxito, tanto de crítica como de público, ¿cómo es que cambia de registro y se adentra en el género poético?
RESPUESTA: La verdad es que me ha costado decidirme. Yo me inicié en esto de la literatura desde muy joven precisamente con la poesía, un género que no he dejado de cultivar nunca. Lo que ocurre es que, contrariamente a lo que pueda parecer, hacer poesía, al menos una poesía con mayúsculas, algo que siempre se intenta conseguir, es muy difícil. Yo me encontraba muy cómodo en la narrativa, un género que da mucho trabajo pero en el que piso firme y sin cortapisas; principalmente porque es un género en el que, aunque siempre pueda tener algo de autobiográfico, nunca te desnudas del todo. Con la poesía, sí. De ahí esa indecisión a la hora de dar este salto cualitativo.
P: Ahora hay una proliferación editorial enorme; continuamente aparecen libros de poesía, ¿a qué cree que se debe?
R: Tiene mucha razón. Llega tal cantidad de información que al lector le es muy difícil discriminar a la hora de tomar una elección. La poesía es un género que está al alcance de cualquiera con ciertas pretensiones literarias, pero no se trata de agarrar un papel y un lápiz y comenzar a poner ocurrencias o frases más o menos ingeniosas. A veces incluso procacidades más o menos epatantes, permítame el galicismo. La poesía no se debe concebir para causar asombro, o como si fuera un mero desahogo, sino que debe surgir de la cultura y de las lecturas. Al menos, debe surgir y asentarse sobre esa base. Y luego, con cada poeta tomará su camino, en cuanto a temática, estilo y demás. Es más se puede hacer buena poesía hasta renegando de la tradición, pero nunca si no se hace a la sombra de un sólido bagaje cultural.
P: ¿Cómo entiende la poesía, su poesía?
R: La poesía y más en concreto el poema hay que elaborarlo desde la emoción, si no lleva este componente fundamental puede quedarse en un simple ejercicio lingüístico, cuando no matemático. Es decir, cualquiera puede hacer unos versos aceptables con oficio, pero sólo con eso no se hace buena poesía. La emoción es básica en mi poesía y como dice una definición clásica, con la que no puedo estar más de acuerdo, la poesía, y su lenguaje, es la expresión más elevada de los sentimientos.
P: ¿Cómo consigue trasladar esa emoción al papel?
R: El poema debe surgir como consecuencia de un proceso donde se aúnen lo irracional, los sentimientos emocionales, y lo racional, aquello que viene de la experiencia y de la sabiduría. Mis poemas, casi siempre provienen de mis propias vivencias. Yo soy un poeta que escribe poesía mirándose siempre a sí mismo, hacia el interior, con lo cual nunca falta ese componente emotivo que se asocia a la propia experiencia vital. Nunca busco en otras vidas. Sin embargo, en mi obra narrativa la mirada siempre es hacia afuera, siempre se nutre de lo que acontece a su alrededor.
P: Entonces, ¿cómo surge el poema? ¿Qué proceso tiene lugar para que llegue al papel?
R: No siempre es igual, pero en “El sedal del olvido”, un libro muy pensado y muy estructurado al que he dedicado varios años, el poema surge, y vuelvo a recalcarlo, siempre desde la emoción. Yo no entiendo ninguna expresión artística que no provenga desde la emoción y, en especial, la poesía. Mis poemas suelen surgir de mi propia vida, de mis propias experiencias, asociadas a mi carga cultural. A veces tengo pulsiones internas, que son como reflejos involuntarios del subconsciente que me llevan hacia el poema. En otras ocasiones, buceo en la consciencia de los recuerdos y luego, claro está, hay que tener la perspicacia de dirimir entre ellos para no escoger los que te puedan interesar a ti-que pueden no interesar a nadie más- sino para elegir aquellos que el lector, desde su propia experiencia de la vida, pueda hacer suyos. Cuando lo consigues, cuando el lector se ve concernido en los versos que lee, cuando se implica emocionalmente, la poesía se universaliza, adquiere la capacidad de traspasar sensibilidades, ideologías, culturas y fronteras. Así vemos, como el poeta desde un acontecimiento familiar o cotidiano, incluso aparentemente anodino, trasciende lo personal. Es entonces cuando el poema adquiere otro vuelo y otra dimensión, cuando estamos ante un buen poema.
P: ¿Con su poesía qué pretende explicar? ¿Qué nos quiere decir?
R: Con mi poesía intento trasladar al lector mi visión de la vida, más que del mundo, para quizás ayudarle a comprender mejor las pruebas a las que nos somete ésta y las vicisitudes por las que atravesamos. En definitiva, espero que el lector se pueda reconocer, a través de sí mismo, en esa sucesión de pequeños autorretratos que hay en mi poesía.
P: ¿Qué huella le gustaría que dejara “El sedal del olvido” en los futuros lectores?
R: Sería un poco pretencioso y petulante por mi parte pensar en dejar huella, pero si quisiera, sin embargo, que el libro, al menos alguno de sus poemas, permaneciera en la memoria del lector. No quisiera que fuera uno de esos libros de los que no nos volvemos a acordar nunca, una vez los hemos terminado. No quisiera que cayese en el olvido de quienes se acerquen a él. Es más, me gustaría que con alguno de mis versos, se pudiera conseguir una falacia, cual es detener el tiempo como para, como Goethe, poder decir: “Detente un instante, eres tan bello”. Eso es imposible pero sí aspiro a retener algo de su belleza en el corazón del lector. Conseguir que el lector vaya más allá de las palabras, más allá de su estricta literalidad, para que se adentre en su misterio, en ese milagro que es la palabra poética.
P: ¿Por qué y cómo ha perfilado “El sedal del olvido”?
R: “El sedal del olvido” responde a una necesidad interior de expresarme, a una pulsión que me ha llevado a concebir poemas durante los últimos cinco años con un objetivo claro y meditado: unir en ellos mis recuerdos, los que poseo de aquellos que me precedieron y me acompañaron en la vida, con los de los que aún me acompañan y con los de los que me sucederán. Los poemas que conforman la obra han sido como cuentas sueltas que he ido añadiendo a un sedal hasta formar el collar con el que intento unir a los miembros de las diferentes generaciones que han significado algo en mi vida. Es un poco como el mapa de mis sentimientos, reflejado en los recuerdos que éstos me suscitan. “El sedal del olvido” emerge como un grito hondo y sereno contra la indiferencia en que nos sitúa el tiempo.
P: Si tuviera que definir de alguna manera la poesía de “El sedal del olvido”, ¿qué nos diría de ella?
R: Lo primero y fundamental que tendría que decir, es que quiero hacer una poesía que llegue al lector sin la dificultad añadida de un lenguaje y de una intención críptica e indescifrable. Si la poesía no se entiende, siempre es culpa del poeta. Yo no quiero que mi poesía aparezca como un ornamento inútil, aunque pudiera parecerlo; intento hacer una poesía precisa, sin concesiones lingüísticas ni alharacas festivas, donde no falte ni sobre una palabra, una poesía que de alguna manera enlace con la tradición, aunque con una mirada muy personal. Una poesía en la que uso la cadencia silábica como contención, para no dejarme arrastrar hacia la prosa poética. Una poesía con una pulsión rítmica que consiga que el poema llegue al lector con el sonido de la buena poesía. En el libro, podemos encontrar metros clásicos, como el soneto, el romance, las décimas o los tercetos encadenados conviviendo con muchas composiciones de verso libre, lo que dice mucho de mi visión ecléctica del lenguaje poético. En cualquier caso y en resumidas cuentas, tal y como digo en el prólogo, aspiro a hacer una poesía sin artificios, que acuda al papel de una manera comprensible, limpia y diáfana, para que llegue al hipotético lector desde la sinceridad.
P: ¿Por qué da usted tanto valor a la emoción y a la sinceridad en su poesía?
R: Porque quiero que mi poesía destile verdad. Desde la proximidad que imprime la verdad espero ser capaz de conmover y de emocionar al lector, pero sin estridencias fatuas. No quiero hacer solo un poema correctamente construido, quiero dar un paso más y encontrar la complicidad del lector para que luego éste, desde su propia experiencia, desde sus vivencias, haga sus propios descubrimientos. Y eso sólo lo consigo desde la sinceridad más desnuda, la que emana de mi yo más íntimo.
P: ¿Qué temas aborda en los poemas que conforman el libro?
R: Siempre intento buscar esos temas que desde Homero ya conmovían al hombre, el paso del tiempo, el milagro de un amanecer, la infancia como vehículo de conocimiento interior… Son temas universales y muy manidos, además de tópicos, pero que con la experiencia de cada uno, en este caso mi propia vida, hace que adquieran una impronta especial, ese vuelo personal que lo hace diferente al resto. Luego, claro está, confío en mi propia habilidad para atrapar al lector. Si lo consigo, estamos ante un buen poema y espero que alguno lo sea.
Y desde luego que Juan Francisco Quevedo Gutiérrez lo consigue. En “El sedal del olvido” los versos fluyen a través del mapa sentimental del autor, que se adentra en esos temas universales que siempre han interesado al hombre, el paso del tiempo, el amor, la infancia, la muerte…, con un lenguaje hondo, barroco en ocasiones y siempre lleno de un lirismo que impregna toda la obra. Se encuentra perfectamente estructurada en varias partes en la que el poeta reflexiona con una mirada nostálgica y llena de ternura sobre la infancia, la juventud, el amor, los hijos y los paisajes de su vida. Después, esa mirada se vuelve dura, como la propia vida, cuando indaga sobre los peligros que acechan al hombre, el paso del tiempo, la enfermedad y la muerte. Un libro cuya lectura se hace inexcusable y que nunca dejará indiferente al lector.
El escritor cántabro, nacido en México, presentará este nuevo libro el próximo jueves, 28 de septiembre, a las 19,30 horas en el Ateneo de Santander. La presentación correrá a cargo del secretario general del mismo, Jesús Cabezón Alonso, del editor y poeta Carlos Alcorta y del ex consejero de Cultura del Gobierno de Cantabria Francisco Javier López Marcano. Además, intervendrá, mediante una grabación de vídeo, la profesora de español de la Universidad de Harvard doña Claudia Quevedo-Webb.
Además de en el Ateneo de Santander, el libro será presentado en su pueblo de origen, en La Cavada, el próximo viernes, 13 de octubre, a las 20.00 horas, en el Centro Cívico Carlos III. Después, el autor de “El sedal del olvido” continuará la gira de presentaciones por Madrid, Galicia y diversas localidades para recalar el tres de noviembre, a las 20.00 horas, en la librería Dlibros, en Torrelavega.
Sin duda, cualquiera de estos lugares es una cita obligada para los seguidores de la literatura de Juan Francisco Quevedo así como para los amantes de la buena poesía. Nos encontramos ante un magnífico libro poético cuya lectura nos llenará de belleza

Publicado en POESÍA | 6 comentarios

  JUAN MANUEL PUENTE “ESPACIO Y FORMA”-Juan Francisco Quevedo

  JUAN MANUEL PUENTE

“ESPACIO Y FORMA”

 

“La obra de Juan Manuel Puente es de una pulcritud exquisita; destila honestidad y transmite una imponente y solemne serenidad”

“Con unos fondos metafísicos y unos cortes perfectos, limpios y claros, sus collages adquieren profundidades impensadas”

 

El añorado director de la sala de arte Robayera, el artista y pintor de Mazcuerras, afincado en Torrelavega, Juan Manuel Puente, nacido en 1951, expone su obra en la sala Garcilaso de la ciudad del Besaya, en una muestra que lleva por título “Espacio y forma” y que permanecerá abierta hasta el próximo veinte de octubre.

Ya quedan muy lejanas en el tiempo aquellas iniciales exposiciones individuales. La primera, en el año 1971, en Cabezón de la Sal, compartiendo espacios diferenciados con Faustino Cuevas y la siguiente tuvo lugar en el año 1975, en el Círculo de Recreo de Torrelavega. Han llovido sobre las espaldas de este artista numerosas muestras, tanto colectivas como personales, a lo largo de los cuarenta y seis años que han pasado desde aquella primera individual.

La pintura que Puente venía desarrollando era una sucesión de sugerencias que, a través de la materia, nos llevaba por paisajes inopinados hasta desembocar en una naturaleza de horizontes que constituían el atractivo y personal mundo creativo y artístico de Juan Manuel Puente. En esta ocasión, se adentra en el collage, fragmentando los característicos espacios de su obra con otros materiales que se introducen en la misma, proponiendo nuevas rupturas geométricas pero sin abandonar la gama pictórica que le acercaba a lo más terrenal.

En esta exposición profundiza y se adentra en su mundo creativo, formulando al espectador una inmersión en la complejidad, tanto en las nuevas técnicas que adopta como en la concepción de los espacios que se generan a través de ellas. Se introduce en el collage en un afán por explorar y experimentar nuevos caminos artísticos que asume con la paciencia del artesano, hasta llegar a la composición estudiada. Con unos fondos metafísicos y unos cortes perfectos, limpios y claros, el artista consigue que las creaciones adquieran profundidades tridimensionales, a través de formas y planos que nos llevan a sus característicos horizontes inabarcables, pero con unas connotaciones que, más que a la pintura, les acercan a la escultura. De hecho, muchas de sus creaciones, serían, por sus formas envolventes, o por sus formas flamígeras, verdaderas esculturas o formas arquitectónicas que, como las catedrales góticas, se elevan al cielo y “buscan a Dios”. Nos recuerdan a retablos, pirámides truncadas, laberintos que nos invitan a descubrir lo que esconden, a sorprendernos con lo que se oculta a ese otro lado que nos sugiere. Todo en su obra es una invitación a la observación.

Los colores que Puente utiliza se enmarcan en la gama cromática que va de los ocres a los marrones, a los que añade el negro y el azul, con impregnaciones discretas y nada llamativas. Permanece sobrio en el color, como ha venido siendo característico en su pintura, pero siempre con el sabor de la tierra impregnando nuestras retinas. Para ello se vale de la textura y de las vetas de diferentes tipos de papel y de cartones. Con sus composiciones nos lleva y nos transporta a lo primigenio, a esa unión espiritual con lo básico del mundo pero, a su vez, con lo único que se mantiene inalterable. Es un regreso a la propia y verdadera esencia del hombre.

Antes lo  conseguía en gran medida gracias a esas pinturas que elaboraba con sus propios medios, que confeccionaba, como un nigromante, con la vieja alquimia de las mezclas naturales, a base primordialmente de tierra y óxidos, lo que confería a sus pinturas una riqueza expresiva única y fundamental, que se ponía de manifiesto en cada punto de color, escondido y descubierto entre una relajante y aparente monotonía visual. Ahora, lo logra dando esos matices al papel y al cartón, jugando con los colores, al elegir los tipos de sustrato. La obra de Juan Manuel Puente es de una pulcritud exquisita; destila honestidad y transmite una imponente y solemne serenidad.

Estamos ante la obra espléndida de un artista que, aunque circunstancialmente nació en la clínica de La Asunción de Torrelavega, es de Mazcuerras, donde asistió a la escuela y descubrió su facilidad para el dibujo. En su tierra del alma, pintaba paisaje al natural, hasta que se casó y se trasladó a la ciudad del Besaya, donde exploró nuevas y más personales técnicas creativas.

Propongo una visita reposada a “Espacio y forma”, en la que nos dejemos imbuir por la emoción palpitante que se desprende de las creaciones del autor. Más allá de cualquier justificación explicativa, está la capacidad conceptual de la pintura de Puente para hacernos sentir verdaderamente que estamos ante una obra que, en sí misma, desprende belleza, auténtica belleza.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 1 Comentario

“Educación nocturna” – Hilario Barrero – Editorial Renacimiento- Juan Fco Quevedo

    “Educación nocturna” 

Hilario Barrero

Editorial Renacimiento (2017)

IMG_20170912_094211

Como he dicho en alguna otra ocasión, no soy un crítico literario, pero sí un lector muy crítico que sólo comenta alguno de los libros que le han atrapado. Y es el caso.

“Educación nocturna” es el nuevo libro que nos presenta Hilario Barrero en la editorial Renacimiento. No es un autor prolífico, de hecho publicó su primer libro de poesía, “In tempore belli”, una vez pasada la cincuentena, y desde entonces sólo había publicado “Libro de familia”. Esto hace que “Educación nocturna” sea un libro fundamental y capital en su trayectoria poética, ya que en él se concentran los poemas de un escritor  poco dado a mostrarse ante el lector de poesía. Los poemas reunidos en “Educación nocturna” son una muestra representativa de los que ha escrito a lo largo de toda una vida. Esto hace de esta obra “un libro de libros, donde su autor deja, como dice José Luis García Martín en el prólogo, “constancia de una trayectoria poética y vital.”

En esta antología poética Hilario Barrero navega a través de las procelosas aguas del tiempo y la memoria. Lo hace como aquel que se ve reflejado, absolutamente desnudo y con toda crudeza, en un espejo durante las diferentes etapas de su vida. En las sucesivas imágenes que van pasando, proyectadas y plasmadas en poemas, el poeta va recordando lo que fue, las distintas proyecciones de sí mismo que ha venido siendo a lo largo de la vida hasta llegar a esos últimos reflejos en los que se contempla con la vejez asaltando su piel.

El libro se abre con el poema “Autorretrato”, cuyo título no hace sino adelantarnos lo que supone “Educación nocturna”, una sucesión de pequeñas representaciones  del propio autor, retazos y rasguños de una biografía que avanza sin miedo y con lirismo por los descubrimientos adolescentes del amor y el sexo hasta penetrar en los paisajes que proporciona esa edad madura en la que se encuentra.

En “Travesía”, la primera parte de la antología, el título parece aludir con acierto al aprendizaje vital que conlleva el simple hecho de vivir y acumular experiencia, con una característica muy especial en este caso, ya que lo plantea y lo hace desde una perspectiva, quizás, más alienada debido a los condicionamientos y barreras morales que encontró durante esa época en la que la inmoralidad imperante pareciera ser el guardián de un deseo que debía permanecer escondido. Y cuando afloraba en la intimidad podía provocar incluso un sentimiento de culpa.

Hilario Barrero colma los poemas de tensión poética en un juego permanente entre las luces y las sombras, alegoría perfecta de tantas ideas contrapuestas. Es precisamente en esa contradicción permanente cuando verdaderamente existen y se hacen palpables los conceptos abstractos; sería muy difícil comprender la belleza si no existiera la fealdad, el amor si no fuera por el abandono e incluso la vida si no fuera porque se tiene la percepción y la consciencia de la muerte. “Rescoldo” es un poema lleno de simbolismo, dotado de una hermosura exultante, que atrapa de inmediato al lector: “Con rapidez, al levantarse, / arropaba la cama/para que no muriera/la presencia del cuerpo/que lo abrasó en la noche.”

El paso del tiempo es un tema común en la poesía, digamos que es un tópico literario que han abordado desde Horacio a Cernuda, sin agotar por ello su atracción. Pero la poesía de Hilario Barrero lo afronta de una manera diferente, lo que lo hace verdaderamente destacable. Ese “tempus fugit”, paradigma no ya de la poesía sino de la vida, que procede de unos versos de las Geórgicas de Virgilio, es canalizado por el poeta hacia su literalidad, hacia la precariedad que nos acompaña. No lo deriva, como otros, hacia el disfrute vital, hacia el “carpe diem”, sino que en su poesía, el ver cómo se escapan los días como agua entre los dedos, le provoca una angustia próxima al existencialismo. Ese malestar queda reflejado con profusión en muchos poemas, aludiendo con crudeza al deterioro físico que nos somete el tiempo vivido. Un tiempo que nos remite a ese deseo primigenio que va asociado a la juventud, “verte desnudo es recordar/que también tuve un cuerpo/como el tuyo envidiado.”

En la parte final del libro podemos encontrar poemas donde el poeta nos descubre paisajes urbanos desde paisajes humanos. En ellos, partiendo de una supuesta familiaridad trivial, nos arrastra de lo cotidiano a lo trascendente en un quiebro muy atractivo para el lector, “Gentes que a través de los grandes ventanales/ven pasar la vida cada tarde como la vieron ayer y la verán mañana. /Historias repetidas que esperan resignadas que deje de llover.”

Hilario Barrero no puede en este excelente libro sustraerse a su condición de neoyorquino y nos muestra las aristas de una ciudad donde ha disfrutado y sufrido, donde vivió la plaga del SIDA y el derrumbamiento de las torres gemelas, así como el incesante bullicio y el despertar de una urbe que se reconstruye continuamente. Muchas veces lo hace desde el humor y con una mirada un tanto impertinente, “Al quitarnos las máscaras/y mirar ateridos a la luz verdadera/aprendimos de golpe/que habían suspendido el carnaval/por exceso de rostros demacrados.”

La antología se cierra con un magnífico y sobrecogedor poema “Plaza de San Marcos, Venecia”, una composición elegíaca que expone, sin trampas ni tapujos, a su autor y a su obra a la mirada del lector. Es un poema en el que el poeta se adentra en el tiempo y parece contemplarse en otros ojos, quizás en sus propios ojos, quizás en la retina de una ensoñación holográfica de sí mismo tiempo atrás. Se ve en esa otra vida, que transita paralela a su hoy, y que bien hubiera podido ser la suya, “Los contemplan dos viejos sorprendidos, /mil palomas, un bosque de miradas/y una tarde gloriosa de septiembre.”

Por otro lado, es un poema donde he querido descubrir-no sé si con la suficiente perspicacia-, en el sufrimiento que se intuye, el por qué del título de “Educación nocturna”, “Cuando volvió a su casa no lo reconocieron/y tuvo que marcharse lejos de su ciudad a vivir en tinieblas.”

Al cerrar las páginas, tras leer estos dos últimos versos, tras haber respirado con su poesía durante varias semanas, uno tiene la sensación de haber descubierto algo que no sabía, de haber aprendido a mirar el mundo de otra manera. El mundo de Hilario Barrero, visto a través del caleidoscopio de su poesía, me ha ayudado a comprender mejor la realidad en la que estamos inmersos. Lo ha conseguido a través de la mirada de un poeta excelente, a través de la belleza y el lirismo sereno y palpitante de unos versos que llegan al lector como pulsaciones de luz verdadera. La que nace de la sinceridad. El poeta analiza la vida  con la mirada tranquila que  se adquiere con los años, con la sabiduría de un hombre que destila valor y fortaleza por cada uno de sus versos. Y lo hace con un halo de bondad que sobrevuela todas las páginas del libro. Leer a Hilario Barrero, leer “Educación nocturna” es retornar a la poesía verdadera, a esa poesía que es capaz de estimular las neuronas que desencadenan el proceso que nos lleva a la emoción indudable, la que emerge sin trampas fáciles, ni cursilerías gratuitas. Estamos ante el libro de un gran poeta.

Juan Francisco Quevedo

Publicado en POESÍA | 1 Comentario

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA-Juan Francisco Quevedo

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

NUEVOS RETOS PARA LA POESÍA

Una reflexión sobre poesía y nuevos medios tecnológicos

Hace ya más de un año de la aparición del libro  El hilo más firme -nueva poesía de Cantabria-, editado por Septentrión Ediciones. Detrás de la antología El hilo más firme, hay mucho más de lo que en apariencia pudiéramos presumir, desde luego es mucho más que una mera selección de jóvenes poetas que nos muestran sus trabajos. Lo primero que sorprende al lector es la lúcida disertación con la que Carlos Alcorta prologa la obra. En ella analiza y pone de relieve el papel que juegan los medios técnicos actuales como, digamos, pervertidores del gusto general por la buena poesía. Es un prólogo que invita a la reflexión y que me incita a hacer una serie de consideraciones sobre este aluvión poético que nos invade desde tantos flancos.

El exceso de información que nos llega, así como la facilidad existente para desparramar versos sobre la pantalla de un ordenador, de una tablet, de un móvil o de cualquier otro artilugio, contribuyen a esa ceremonia masiva de la confusión. Del otro lado de esos millones de pantallas que escupen versos acelerados, están unos ávidos consumidores de mensajes rápidos y lecturas cortas que creen descubrir a verdaderos poetas tras lo que, en el mejor de los casos, sólo se encuentran jóvenes capaces de articular felices frases ingeniosas, cuando no desahogos estrambóticos. Poco o nada que ver con lo que es poesía. Al fin, no es más que el signo de unos tiempos tan acordes con el frenético ritmo que acompaña a los video-juegos al uso, donde todo tiene que pasar muy deprisa, de tal manera que la concentración exigida sea mínima. Y esta manera de aprendizaje está reñida con la lectura que exige una atención más reflexiva.

No deja de asombrar el paralelismo que estos nuevos avances tecnológicos establecen con lo que ya preconizara Chaplin en Tiempos modernos: un absoluto caos ante la falta de eficiencia -filtros selectivos en nuestro caso- para hacer funcionar sin contratiempos los nuevos inventos mediáticos. Sin duda, están aún lejos los días en los que estas nuevas herramientas se conviertan en un verdadero vehículo cultural y de momento actúan un poco como aquellas máquinas enloquecidas. Chaplin se peleaba con sus artefactos en un intento baldío por dominarlos y, por ahora, este batiburrillo de desinformación que nos llega, con profusión inusitada, nos deja tan desconcertados como al obrero de aquella película memorable. Esperemos que algún día ganemos esta nueva batalla en la que estamos inmersos y podamos establecer los mecanismos necesarios para hacer de internet un instrumento eficaz en su posible labor de transmitir conocimiento y difundirlo, separando lo sustancial-y más en el caso de la poesía- de las simples ocurrencias, cuando no verdaderos exabruptos pseudopoéticos.

Por otro lado, esta proliferación de poetas mediáticos, multiplicados por la facilidad de acceso a los modernos instrumentos de comunicación, quizás tan sólo sea una forma de mostrarnos el rumbo para hacer una catarsis, siempre necesaria, para encontrar y descubrir nuevos caminos a una poesía que requiere adecuarse a las nuevas circunstancias. De tal manera que toda esta metamorfosis acelerada no sea más que el proceso lógico de selección natural para adaptarse a los cambios vertiginosos del medio, en este caso el tecnológico, que comienza a ser el medio habitual de las nuevas generaciones. Pudiera ser la saturación versificadora mediática, nunca se sabe, la senda elegida para remarcar y subrayar un rupturismo estético y ético con lo anterior, con lo viejo. Una manera de distanciarse y renegar de todo aquello que consideran arcaico, tal y como ya hicieran muchos años antes un grupo de muchachos que coincidieron en la Residencia de Estudiantes y que fueron punta de vanguardia en su momento, con la poesía y las maneras de sus antecesores, con todo lo que consideraban obsoleto.

Y seguramente sea así como ocurra, y debe ocurrir de cuando en cuando, para poder abordar y renovar tanto la poesía como cualquiera de las manifestaciones artísticas. Con ese alejamiento de lo anterior, de lo establecido como verdad poética, para renegar del pasado reciente, tan obsoleto, se facilita una perspectiva más acorde a los tiempos presentes, donde una sana diversidad preside el panorama cultural, una diversidad alejada de los istmos vanguardistas y de cualquier tipo de etiqueta. No obstante, la poesía, como antes, ahora también asume ese papel inconformista y regenerador que siempre la ha acompañado. Ésta sería la parte positiva que se puede esconder detrás de esta avalancha mediático-literaria.

Ahora bien, ¿cómo separar lo accesorio de lo fundamental?

En un momento en el que las vanguardias ya son parte de la historia y que han quedado relegadas a los estudios sesudos y a la memoria de los lectores de otras generaciones-por ejemplo la nuestra-, quizás esta nuevas maneras de mostrarse ocupen el papel de aquellos istmos que proliferaron durante el siglo XX, aunque es tal la diversidad que existe que no encontraríamos nombres para denominar tantas tendencias poéticas.

No obstante, es de esperar que tras un período farragoso e incierto, donde se mezcla lo bueno con lo malo y lo regular con lo pésimo, se imponga un tiempo de reflexión y se vuelva a enlazar, aunque de otra manera, con la tradición. O no. Pero lo que es seguro, es que sólo permanecerá en la memoria del lector aquello que merezca realmente la pena y el resto se perderá por la alcantarilla del olvido o se recordará como algo intranscendente y anecdótico, como un signo de los tiempos en que tuvo lugar.

En el estudio que precede a la antología, El hilo más firme, Carlos Alcorta analiza y critica esa falta de verdadera poesía entre y ante todo lo que sale a la luz, en esa maraña impenetrable de medios virtuales que nos invade y coloniza en forma de redes sociales-facebook, twitter…-, blogs, páginas webs y demás formas. En cualquiera de esos vehículos podemos ver palabras y más palabras, más o menos interesantes, pero que poco o nada tienen que ver con aquello con lo que se auto-titulan, con la poesía. Se está llegando a un extremo en el que a cualquier cosa, con cierta distorsión léxica o rareza de expresión-a veces es suficiente una simple procacidad-, se le llama poesía.

El autor del estudio propone a los nuevos poetas una vuelta a la lectura, algo que no está más que en el mismo centro del sentido común y del que tanto y con tanta frecuencia nos alejamos los seres pensantes. Propone ese retorno o primer contacto con la lectura, tanto como un ejercicio placentero, como un objetivo de formación sólido; al fin, y citando a José Luis García Martín, se trata de escribir poesía “desde la experiencia y la cultura”.

Después, ya desde el conocimiento y la experiencia lectora, se podrá enlazar o no con la tradición. O incluso abominar de ella. En cualquier caso, la lectura debe ser la herramienta, cuando no el catalizador, que lleve a escribir buena poesía.

Si para que el organismo trabaje adecuadamente es necesario que ejerzan su función, como desencadenantes, una serie de factores enzimáticos que vehiculen y estimulen todas las reacciones que nos hacen la vida fácil, también es necesario que el poeta, para que pueda escribir con cierta soltura y corrección, lleve un bagaje cultural que sólo proporciona la lectura. Son los textos literarios los que actúan como los factores enzimáticos del organismo, son los que desencadenan el proceso creativo, los que impulsan las emociones y los sentimientos para que que se plasmen en poesía, en verdadera poesía, sobre el papel.

Además, de una manera sutil, Carlos Alcorta no sólo propone la lectura como factor desencadenante para que aflore el joven poeta, en esa conexión directa con el hecho de leer, sino que también propone una vuelta al libro como tal. Al contacto con el papel físico como si fuera otro enzima transmisor de emociones; eso que sabemos con una claridad meridiana, sin necesidad de más explicaciones, los que amamos los libros.

Desafortunadamente, las grandes editoriales y las grandes librerías no tradicionales, más atentas al éxito comercial, no se implican en el descubrimiento de nuevos poetas, en hacer esa disección en la red para distinguir lo que permanecerá de aquello más fútil y volátil, en desdeñar todo aquello que suele rozar, cuando no caer de lleno en ella, la ñoñería más cursi. Bien al contrario, se centran en estos productos-no los llamo poesía- con los que malician y cosechan en muchas ocasiones éxitos inmediatos. Es por ello por lo que vemos cómo, a favor de estos nuevos dioses culturetas, los buenos poetas, me refiero incluso a los clásicos indiscutidos, descansan arrinconados en los estantes menos atractivos de estas enormes factorías de ventas de libros. Por tanto, y con más razón, se cercenan sin piedad las expectativas de dar a conocer la obra de los buenos poetas jóvenes. Es entonces cuando pequeñas editoriales, como es el caso, dignifican el panorama poético y asumen el papel de difusores culturales, dando voz a estas nuevas generaciones y rescatándolas de sus propios círculos concéntricos, condenados al bucle del autoconsumo.

Posteriormente, en el prólogo de El hilo más firme, el autor diserta con acierto y sagacidad sobre la facilidad que existe para escribir, y lanzar a través de los nuevos medios tecnológicos, lo primero que se te pasa por la cabeza y afirmar-o creer- que es poesía. En este sentido, Carlos Alcorta, reflexiona sobre el papel creador y su complejidad, sobre cómo hay que elaborar y trabajar el poema, bien sea en una primera abstracción, como suele pasar en su nacimiento-que puede proceder de una simple pulsión automática- y más tarde en la concreción sobre el papel. Después de esta primera fase viene esa lucha por lo que podríamos denominar el afinamiento del poema, cuando del poema hay que hacer algo que, aunque aparentemente sea personal o trivial, interese al lector. En resumidas cuentas, que aquello que se intenta trasladar, esa expresión de los sentimientos a través del poema, se sepa hacer llegar al lector en forma de poesía, con ese fulgor único, con ese milagro, no exento de misterio, que es la palabra poética.

Con antologías como la que nos ocupa, es posible sacar de ese universo de las redes sociales a una serie de poetas jóvenes, en este caso de Cantabria, y proporcionarles un espacio editorial que les rescate de esa exclusividad, que más parece un confinamiento, de la virtualidad actual.

“El hilo más firme” es una excelente selección de jóvenes poetas cántabros llevada a cabo por Carlos Alcorta. Viene precedida de un profundo estudio que me ha servido para reflexionar sobre los tiempos revueltos que sacuden a la poesía actual. En cualquier caso, simplemente se analiza un fenómeno global que invita a la reflexión y que interesa a muchos.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

JOAN MARGARIT QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA -Juan Francisco Quevedo

El diario Alerta publica mi crónica sobre “Joana”, en el quince aniversario de su publicación. Un libro de Joan Margarit que fulminó muchos de los estereotipos existentes sobre la manera de escribir poesía.

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

JOAN MARGARIT

QUINCE AÑOS SIN JOANA, QUINCE AÑOS CON JOANA

 

Para comenzar esta crónica sin trampas, debo confesar mi admiración por la poesía de Joan Margarit. Sus libros, como los de Antonio Machado, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche.

No voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque pasaría a engrosar una lista muy amplia y tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro. Ahora bien, y poniéndonos un poco dramáticos, si como consecuencia de una catástrofe sólo me dieran la oportunidad de salvar uno de ellos, no lo dudaría ni un instante; rescataría de un posible olvido permanente Joana.

Ya han pasado quince años desde la publicación de Joana, quince años desde que el poeta, contradiciendo todas las teorías poéticas existentes, sobre eso de distanciarse en el tiempo de los hechos a reflejar en el poema, nos dio a conocer su Joana. No quiero ser cursi, ni ñoño, en el análisis-el propio autor renegaría de semejante tontería relegándome con razón a las catacumbas-, pero está claro que algo tan duro como la muerte de una hija, a la que has mimado y atendido con denuedo, debido a su minusvalía, es una experiencia vital tan traumática y dolorosa que ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas; unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Joan Margarit nos ha demostrado que lo era; tanto para él como para la buena poesía, y la de Joana es una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción. Surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano y más tarde, durante esa labor de afinamiento a la que se entrega el poeta, se da forma al poema. No entiendo la poesía sin emoción, como no entiendo que no esté presente en cualquiera de las manifestaciones artísticas existentes, pero en la poesía de manera muy especial. Así que yo soy de esos que no pueden estar más de acuerdo con una de las definiciones clásicas de poesía, en concreto con aquella que dice que es la expresión más elevada de los sentimientos.

En Joana se aúnan en un todo hermoso, emoción y belleza formal. Es la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre como ejecutarla, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta.

¿Por qué Joana, lo que sus versos emanan, es capaz de provocarnos, aquello que los románticos rusos decían, movimientos en el alma?

Por una sencilla razón, por la capacidad del poeta para que el lector, desde sus vivencias personales, sea capaz de identificarse con la protagonista del libro. Entonces, en ese encuentro, Joana, a pesar de serlo para el poeta, deja de ser Joana, para erigirse en ese ser mortal en el que todos vemos reflejados a nuestros propios muertos. Y precisamente esa capacidad que tienen los poemas de Joana para que el lector los interiorice y los haga suyos es lo que universaliza la poesía de Joan Margarit, lo que la convierte en atemporal. Una poesía que, con la consciencia lúcida del poeta, es capaz de hacer que un hecho tan grave en su vida-la muerte y todo lo que la rodea-, trascienda fronteras y mentalidades y cada lector, desde esa experiencia, si la tiene, o desde lo que atisba, si no la tiene y sólo lo intuye, la asuma como propia.

Joan Margarit confiesa y explica que escribe este libro poético desde el desamparo. Y así es como se siente íntimamente, desamparado, pues después de tantos años de cuidar a una hija indefensa, al final el autor nos revela haber llegado, en su relación con Joana, a ese punto en el que ya no se sabe muy bien quien cuida a quien. Esa interdependencia es muy fácil de entender.

Y cuál es la razón para que el poeta-en el que, en y desde sus versos, todos nos vemos reflejados- experimente ese desaliento vital.

Sin duda, la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija. Joana ha sido a lo largo de su vida una persona que ante el afecto paterno y familiar, ante sus cuidados y dedicación, sólo encontraba una manera para compensarlo. No era otra que el amor, su “única herramienta para sobrevivir”, como reconoce con emoción el poeta.

Pero no es cuestión de confundirse, no es la muerte física de Joana, sino la consciencia de su pronta pérdida, lo que lleva al poeta a ponerse frente al papel. Esa racionalización ante la muerte como algo definitivo, como ese nunca más-el Nevermore del cuervo de Poe- le mueve a escribir los poemas de este libro, un libro que ejecuta durante los ocho últimos meses de vida de su hija. Un libro que estuvo a punto de titular Nunca más, sabiendo de lo irreversible de la muerte, desde donde no cabe ninguna posibilidad de reencuentro, ni tan siquiera en un hipotético y lejano futuro. Al final, decidió con acierto que fuera el nombre de su protagonista el que apareciera en las portadas. Y en ellas, en la edición de Hiperión, podemos ver cómo la ilustra una litografía de la propia Joana, titulada Botellas.

Joana es un libro técnicamente impecable, en el que el poeta cuida al extremo la versificación tanto en catalán como en su paso al castellano, haciendo verdaderas recreaciones de los poemas y conservando en ellos casi siempre la cadencia silábica y rítmica. Estamos ante un poeta que utiliza un lenguaje rico, pero sin artificios; como un buen arquitecto, su profesión verdadera, construye el poema con solidez pero sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. En realidad, pretende que no haya nada de ornamento inútil, aunque pudiera parecerlo, que no sobre ni falte una palabra, que todo esté en su justa medida.

Por otro lado, su poesía, muy de agradecer para cualquier lector, es clara y entendible, concebida sin pretensiones crípticas, no requiriendo más que un pequeño esfuerzo personal para adentrarse en el universo del poeta que, al fin, hacemos nuestro desde nuestra propia experiencia, desde nuestras lecturas y desde nuestra propia trayectoria vital. Se comunica con el lector, forjando el poema desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlo para adentrarnos en su complejidad.

Debo destacar algo importante de Joana que hasta la fecha, salvo últimas revelaciones, ha pasado desapercibido. Mi hija Claudia, cuando era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, hizo un trabajo sobre Joana que Joan Margarit tuvo la amabilidad de leer y hacernos llegar sus impresiones. De ellas, además de su generosidad y cercanía, destaco lo siguiente: “Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado.”

Y ahora continúo con las palabras de Claudia, “En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Nunca pude sentirme tan ligera./Miré hacia atrás, a mi balcón,/la baranda como una partitura./Dije adiós a mi padre y a mi madre./La vida me eligió para su amor./También la muerte.

En esta feliz conmemoración de la edición de Joana y en esta crónica no me resisto a no comentar uno de los poemas que forman parte del libro, El PRESENTE Y FORÈS. El poeta nos introduce con una sencillez envidiable en su pasado, en una época de felicidad, donde el orden cotidiano parece presidir su vida, la de todos: “Mañana de verano entre los campos./ Y Mariona, con el delantal,/ cavando en el jardín bajo las rosas…

En ese apacible y ordenado mundo surge el miedo, ante los temores de que el futuro, inevitablemente, lo quiebre. Parece que sólo es la trampa que te tiende el tiempo: “… y yo de pronto siento miedo y pena,/ como si el orden fuese el gran bostezo/ con el cual el futuro nos devora.

Enseguida, el presente real no hace sino confirmar sus viejos temores; ya nada es igual en aquel lugar. Muchas cosas han pasado a lo largo de esos treinta años. Por último, desvela esa loca carrera que es la vida hacia la muerte y el olvido: “La memoria resulta/ ser un espejo tan vacío: sólo/ breves, amortiguadas eclosiones,/ pues la memoria grande y verdadera/ no es otra que la muerte: Allí estarán/ los instantes perdidos…”

Todo el libro es, en realidad, un alegato contra ese olvido, el de Joana, el de nuestros muertos personales, y el autor lo reivindica a través del dolor.

Simplemente quiero terminar con el verso de Cálculo de estructuras que le puso a Claudia en la dedicatoria cuando tuvo la deferencia de regalarle su libro Nuevas cartas a un joven poeta: “Necesito el dolor contra el olvido”.

Ya han pasado quince años desde y con Joana. Quince años ya sin Joana. Y Joana aún está en mi mesilla de noche.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

Publicado en POESÍA | 4 comentarios

Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA (2015)-Juan Francisco Quevedo

IMG_20170710_125131

Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA

(2015)

POESÍA REUNIDA POR EL PROPIO AUTOR

Cuando hace unos quince días pude tener el libro de Rafael Fombellida en mis manos, lo primero que hice fue observar la portada, hermosa y sencilla. Un acierto.

Después, me fijé en el período de tiempo que abarcaba la poesía reunida en Dominio: veinticinco años. Ni más ni menos.  Lo que suponía que en el interior me iba a encontrar con los versos que un poeta había ido vertiendo frente al papel-y a veces imagino que contra- desde que tuviera poco más de treinta años hasta la actualidad.

El caso es que después de leer a fondo el libro, frente a lo que en principio se pudiera pensar, no he hallado grandes quiebros temporales en su composición. Es más, los poemas evolucionan de una manera natural sin advertirse cambios bruscos; van fluyendo a través de los años casi sin que nos percatemos de ello. De hecho, el poema que abre esta edición bien hubiera podido ubicarse en Di, realidad, el último libro del autor, publicado en 2015.

Tenemos la suerte de estar ante una selección de poemas hecha por el propio autor, lo cual siempre es de agradecer para el lector. Conviven libros completos con otros de los que ha hecho una criba minuciosa para quedarse con aquellos poemas que ha considerado más adecuados, incluyendo también alguno de los que en el momento de la concepción del libro había desechado. Estos poemas, como recalca su autor, no han sido reescritos, sino corregidos, lo que hace que no hayan perdido su esencia primitiva. Así mismo, Dominio incluye una serie de poemas inéditos que nunca llegaron a formar parte de libro alguno y que recoge bajo el título de Istmo. Rafael Fombellida, considera esta revisión, como él mismo dijo en la presentación en Santander, como definitiva, lo que hace de Dominio, casi un testamento poético prematuro y un auténtico libro de libros.

Con la mirada subjetiva que posee cualquier lector, me atrevo a dar cuerpo a las impresiones que me han sobrevenido tras tener este libro en mi cabeza -además de en la mesita de noche- a lo largo de más de dos semanas.

Comenzar esta exposición diciendo que la poesía de Rafael es una poesía introspectiva es decir algo que está en boca y en papel de todos los que han hecho alguna reseña sobre el libro. Así que intentaré dar otra vuelta de tuerca, sin llegar a poseer el alma de nadie-y menos el del autor- como en la novela de Henry James, basándome en mis impresiones y en lo que he podido leer y escuchar al propio Fombellida.

Partiendo del desorden más absoluto, lo que el autor denomina el daimon, esa fuerza que tiende hacia lo oscuro, hacia las tinieblas interiores, el poeta nos lleva, una vez lo descifra, con el misterio inherente a su poesía, hacia el orden, hacia la claridad. No me resisto a comparar su poética con el concepto físico de la entropía, una medida del desorden molecular en la que la temperatura, un incremento de la misma, es responsable de provocar un desorden que aumenta proporcionalmente a medida que aumentan los grados y viceversa. Partiendo de ese gran caos que el autor interioriza, a través de una meditación filosófica directa, que refleja y proyecta en la escritura, el poema llega al lector sin grandes ambages ornamentales y avanzando, como si la temperatura fuera decreciendo, hacia su esclarecimiento. Siguiendo con el símil de la entropía, el poeta consigue bajar la temperatura hasta aproximarse a esos cero grados Kelvin en los que el valor físico de este concepto sería cero y el poema una realidad plausible y palpable. Es decir, a lo largo del desarrollo del mismo consigue proporcionar progresivamente algo de luz al lector. De tal manera que se acerca a lo que hasta la fecha es un imposible, lograr una temperatura tan baja-próxima a esos cero grados Kelvin-. Ahí, en ese punto, y fantaseando con la física, de alguna manera se conseguiría la inmortalidad ya que, si se pudiese alcanzar ese valor, el desorden molecular sería cero y la inmortalidad un hecho teórico. En este caso, en el caso de la poesía de Rafael, hablamos de conseguir poemas definitivos, próximos a ese valor. Poemas que ya nunca se volverán a revisar y que quizás alcancen la inmortalidad, aunque no valga para nada.

Las meditaciones filosóficas que van unidas al discurso poético de Rafael Fombellida van en ese sentido aclaratorio, es decir, hacia iluminar el poema con el brillo de esa interiorización del caos. Aquí me remito a las palabras de Carlos Alcorta, en la magnífica reseña que hizo de Di, realidad. Dice Carlos que no hay en la poesía de Rafael Fombellida “pretensiones filosóficas ni incurren en la grandilocuencia gratuita”. No puedo estar más de acuerdo.

Voy ahora a abordar, de una manera general, los conceptos de fondo y forma-ética y estética- en la poesía de Rafael Fombellida.

El autor parte de algo fundamental para dotar de enjundia a su poética; no hace una poesía improvisada ni casual, el poeta cree en lo que hace y lo desarrolla y lleva hasta las últimas consecuencias. Su obra tiene como origen sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y crudeza, si llega el caso. Aquí me remito a las palabras de José Luis García Martín: “Rafael Fombellida escribe, como todos los poetas verdaderos, desde la experiencia y la cultura”.

En sus poemas van aflorando, a medida que avanzamos por las páginas del libro, la suma de los diferentes yos que fuera, con sus experiencias vitales, con sus lecturas; en suma con todo aquello que condiciona la poesía que hace. Con todo este bagaje consigue llegar al centro mismo de la sensibilidad del lector

El poeta toca una variedad muy amplia de temas a lo largo del libro: amor, enfermedad, muerte, guerra, etc. Pero siempre hay algo que sobrevuela en su poesía -incluso cuando expone temas graves-, la vida brota como un bastión fuerte y necesario que le rescata de cierto pesimismo vital. Así mismo, el autor, como tantos poetas, reconoce la infancia como la fuente primigenia de la que mana su lírica y buena parte de la inspiración poética. Algo muy común en el terreno artístico; ahora recuerdo las palabras del director sueco Ingmar Bergman, tantas veces dichas, antes y después de él, de tantas maneras distintas; cito de memoria: La infancia es la patria verdadera del hombre.

De todas maneras, cualquiera de estos temas que conforman su poesía, y que extrae de su realidad, es llevado con elegancia formal al terreno de lo poético y es en esa transformación introspectiva donde la poesía de Rafael emprende un vuelo más elevado aún. Confiere a su lírica una estética selecta, en la que apenas hace concesiones al artificio.

En muchos de sus poemas hace uso de la forma, encarnada fundamentalmente en la métrica, como manera de contención poética para no dejarse llevar por el discurso, lo que contribuye a mantener esa pulsión rítmica que añade a su poesía una sonoridad que el lector agradece.

En conclusión, podemos decir que en la poesía de Rafael Fombellida se conjuga fondo y forma para afrontar el poema de manera esclarecedora y equilibrada. Además, lo lleva a cabo con un léxico variado y un lenguaje cuidado, cuando no exquisito y siempre elegante. Todo ello contribuye a que su poesía penetre en el ánimo del lector y le conmueva y emocione, incluso cuando el poeta sólo deja entrever aquello que se esconde tras los versos y que con cada persona emprende un vuelo distinto.

Tras hacer esta pequeña crónica, me gustaría comentar alguno de los poemas del libro. Para ello, he elegido de una manera intuitiva, y por lo que me han sugerido en el momento de la lectura, uno o dos de cada parte en las que está dividido.

El primer poema del libro pertenece a Deudas de juego, escrito entre los años 1990 y 1999, y se titula “Disparos en la nieve”. En esta composición, en la que sólo dos heptasílabos quiebran la unidad métrica del endecasílabo, el poeta-así lo veo al menos desde mi individualidad lectora- manifiesta su falta de fe en el ser humano, sometido a los caprichos de un destino que siempre asoma con cierta sombra de fatalismo. Finaliza con unos versos demoledores.

 

Por la ladera espesa, entre la nieve,

caminamos sin fin. Rumiando el ansia

de matar o matarnos. De volver

el arma hacia el horror de nuestras vidas.

 

“El artista en invierno” es otro poema de Deudas de juego, en el que el autor, desde la invocación a las tinieblas, nos remite a los tópicos horacianos, en concreto al “Beatus ille” y al “Aurea mediocritas”. El hombre, el artista en este caso, vive aislado del ruido del mundo y en su retiro se dedica a sus quehaceres con humildad. Allí pasa las horas, enfrascado entre sus libros y como Quevedo hiciera desde su Torre de Juan Abad, se refugia sin sobresaltos “Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos”.
El poema discurre entre heptasílabos y endecasílabos, salpicado con algún verso alejandrino.

 

“Al fondo, entre los libros,

el declive del sol habrá de sorprenderle

tomando algunas notas,

caligrafiando su aire. Vendrán luego

dos o tres horas más

                                sin que suceda nada.”

 

De Istmo, una reunión de textos que nunca formaron parte de ningún libro, he elegido por mi atracción personal hacia la ciudad portuguesa, “Porto”.

Es un poema pertrechado fundamentalmente con alejandrinos en el que el poeta recuerda sus encuentros con la ciudad que se orilla en la desembocadura del Duero.

 

“Refresca al sol el río desde el puente de hierro.

Y el sol se lo agradece con un ligero ardor.

De miradores altos hay rostros que se apartan.”

 

Norte magnético es un libro realizado entre el año 2000 y el año 2002. Como confiesa su autor es un poemario cargado de simbolismo y de él he entresacado “Verano ártico”, un poema en el cual el poeta se desdobla en dos, en esa contradictoria lucha que sostiene en realidad contra sí mismo. Interpreto que ese otro yo se oculta tras la enigmática mujer que le obliga a huir del pensamiento racional que le atrapa. En esa lucha, no sucumbe, sino que sobrevive, aunque con heridas de guerra. En la composición predominan los endecasílabos, con rupturas de algún alejandrino y de algún que otro verso corto.

 

“No hay verano más frío que ese cuerpo

ligero descansando a tu costado,

sumido en depurada revelación oculta.

Tan lejos de este mundo que ya roza

con sus dedos el otro.”

 

Canción oscura es otro libro de carácter simbólico escrito entre los años 2003 y 2006. De este poemario extraigo “Pescando en la noche”, un poema en el que el poeta establece, quizás, un paralelismo entre la paciencia y la constancia de pescador, con la labor de la creación literaria del escritor. Poeta y pescador, siguen y siguen, noche a noche, persiguiendo sus sueños y a pesar de la elemental captura de cada jornada, esa minuciosa labor les compensa del duro trabajo que realizan.

 

“Una vez más, y cuántas noches tanta

concentración se embosca en bruto y rueda

aguas adentro la preciada larva,

el tesoro llegado de fosas submarinas.”

 

Violeta profundo es un libro escrito a lo largo de dos años, 2009 y 2010. De un recuerdo amargo, ocurrido en un pequeño instante, surge el poema “Matinal de domingo”. El poeta se escruta y se mira a sí mismo reflejado en el azogue de los muertos familiares que le precedieron. Y lo hace sin dramatismos, con pinceladas de buen humor.

 

“Yo diseñé la labra de su lápida

y le mandé grabar nombre y dos fechas.

Ya sabes, entre ellas, los días fueron suyos.”

 

También de Violeta profundo es el poema “Aniversario”. En él, se vuelve tierno y menos enigmático. Parece reconciliarse con el mundo mientras se impone un alejamiento de la labor creadora. El poema está salpicado de rasgos de cotidianeidad y de sentido del humor.

 

“Baja el licor de guindas perfumado

del estante más alto del armario,

y si ves que no llegas, llámame.”

 

También de su libro Violeta profundo es el poema “Colección particular”. De nuevo un recuerdo le asalta y le hace escribir este poema endiablado y, a la vez, enternecedor. Partiendo de una evocación de la niñez, que toma como si fuera una excusa, piensa que ese bloc que hojea-con h-, y que no le provoca ningún sentimiento pudiera ser, algún día, el suyo. Le dice tan poco como sus cosas dirán a otros el día de mañana. Reflexiona sobre la futilidad de la vida. Y piensa que algún día no muy lejano no habrá nadie al que le interese su colección particular.

 

“Ese bloc parecía un cementerio.

Avanzar daba náuseas, porque pensaba en mí.”

 

Di, realidad es el último libro de Rafael Fombellida. Contiene poemas escritos entre los años 2011 y 2014.

He elegido este poema, “Nadadores”, y no precisamente al azar. De hecho, el poeta confesaba en la presentación de Santander que si sólo tuviera la posibilidad de salvar un poema de Dominio, éste sería el afortunado.

El poema se inicia con una confesión paterna de agotamiento. Ha nadado junto a su hijo y en un momento dado ha tenido que rendirse ante el empuje del joven. Ese cansancio es la metáfora perfecta del relevo generacional familiar. No es una competición deportiva sin más; el poeta va mucho más allá; está asistiendo al crecimiento personal de su vástago en busca del conocimiento. De alguna manera ve en él esa proyección en alza e intuye que, como padre, comienza a ocupar un espacio que sin tardar mucho le corresponderá a él. Y lo hace siempre con una mirada tierna y complaciente hacia el hijo. Un espléndido poema.

 

“Soy el padre de un hombre, un hombre grave, meditativo, oculto,

que se gobierna con pericia mientras cabe pensar

que su mano, ya enorme, clausurará mis párpados como se sella un

       ataúd de plomo.”               

 

“Di, realidad” es el poema que da título al libro. En él, se enfrenta de nuevo el poeta a sí mismo, en esa tensión contradictoria tan habitual en su poesía. Esta vez lo hace a través de una realidad que se distorsiona mientras el mundo, su mundo personal, con sus niños y su monotonía familiar, continúa su marcha, ajeno a cualquier voluntad pero con el convencimiento de que es mecido por el destino, al que asocia cierta fatalidad. La simple posibilidad de atisbar la tragedia que, frente a esa realidad deformada, siempre sobrevuela vacilante sobre su paz familiar le obsesiona y se dirige a ella. La increpa y la reta.

 

“Realidad, realidad, estamos tú y yo solos. Los niños reventaban

en su cuarto colmado de alegría. Querían gris y escarcha,

montaron en el coche ella y los dos hermanos, patinando

estarán en el lago. Si la capa de hielo adelgazara,

realidad, me darías un suceso.”                

 

Yo creo, tras una lectura reposada, que Dominio es uno de esos poemarios que permanecerán en la memoria del lector. No es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por tanto es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos.

Tras leer a Rafael Fombellida uno se siente reconfortado con la poesía, con la buena poesía, la que nace con intención de trascender, incluso a su autor. Felicitémonos por ello y demos la enhorabuena al poeta.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 3 comentarios

CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS-Juan Francisco Quevedo

CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS

SANTANDER: SEPTENTRIÓN EDICIONES

                       CARLOS ALCORTA (2017). CASA SIN PUERTAS

                         SANTANDER: SEPTENTRIÓN EDICIONES

Carlos Alcorta se acerca a los lectores con un nuevo libro bajo el brazo, Casa sin puertas, (opiniones y reseñas sobre poesía cántabra contemporánea), una compilación de su obra crítica sobre autores cántabros del siglo XX y del siglo XXI. El reconocido poeta y el editor dan paso al crítico literario, que recoge en este libro una pequeña parte de un trabajo al que lleva entregado con una dedicación constante muchos años.

Para abordar y adentrarse en el pantanoso terreno de la crítica, en un mundo como el literario, tan lleno de egos superlativos y vanidades exageradas, hay que manifestar un conocimiento profundo de la materia a tratar así como tener un criterio bien definido, no sujeto a las circunstancias personales, o mediáticas, ni al amiguismo fácil. Se debe manifestar un juicio en el que la independencia y la honestidad deben ser el mayor y más valioso patrimonio de quien se entregue a esta complicada labor.

En mi opinión esos valores son, exactamente, los que distinguen a un crítico de enjundia, a aquel que se gana la lealtad de sus lectores con sus artículos, con sus crónicas. Ahí está el valor primordial del crítico, ganarse la confianza de sus lectores a base de credibilidad.

En la mayoría de los casos, cuando estamos ante lo que consideramos un crítico de fiar, nos dejamos guiar por sus gustos razonados. Y cuando aflora nuestro espíritu crítico, (el lector también debe poseerlo), disfrutamos de la lectura por el mero hecho de estar firmada por quién está, independientemente de que estemos en desacuerdo o no. Leemos por el placer de leer al autor de las crónicas literarias.  Por tanto, la buena crítica literaria, como bien dice Claudia Quevedo en el prólogo, no sólo nos muestra al autor objeto de la misma sino que nos muestra al escritor que la ejerce. Es decir, un buen crítico debe poseer un valor personal: credibilidad, y, así mismo, un valor literario: calidad en sus textos. Por tanto, la opinión crítica y su expresión escrita han de ser premisas irrenunciables tanto para el que ejerce la crítica como para el lector que la asume.

En el caso de Carlos Alcorta se aúnan todas estas razones, ya que a su naturaleza creadora se le une la del respeto del lector. El prestigio crítico y literario es algo que este autor se ha ganado con los años de trabajo y con la lealtad de quienes le leemos. Y hoy, podemos afirmar, que estamos ante uno de los críticos más reputados del panorama literario nacional.

La innegable calidad de sus textos no puede sustraerse a su personalidad lírica, de tal manera que el poeta aflora de manera inevitable en cada palabra, confiriendo unas características al texto que hacen que el lector quede atrapado por la palabra escrita más allá de la crítica en sí misma.

Eso hace que a Carlos Alcorta no se acuda sólo como guía para orientarnos en el embarullado mundo de las publicaciones, sino que se acude a sus reseñas por el simple placer de leer, de leerle, es decir, por haber conseguido hacer, como dice Claudia Quevedo en el prólogo, de la crítica un verdadero género literario. Es, al fin, heredero de una tradición literaria que surge con la aparición de la prensa moderna y que ha contado con ilustres escritores del que quizás, el paradigma sea Leopoldo Alas, Clarín.

Además, Carlos Alcorta aún siendo un crítico respetuoso con los autores consagrados, no deja de mostrar su desacuerdo con determinados aspectos cuando lo cree conveniente, ejerciendo y mostrando una libertad e independencia que es muy de agradecer. Incluso en esas muestras de discrepancia no pierde nunca ni la elegancia en la exposición, ni la calidad literaria del texto, lo que hace de él no sólo un crítico honesto sino además un crítico cuidadoso y cortés en sus juicios.

En este nuevo libro, Casa sin puertas, se recogen muchas de las reseñas que Alcorta ha publicado en diferentes medios, como revistas literarias, prensa, blogs, etc, de la poesía, o sobre la poesía, hecha por cántabros a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Son reseñas que diseccionan a poetas de muy distintas generaciones pero con un denominador común, la calidad y la buena salud de la poesía hecha por cántabros en lengua española. Y recalco que no nos referimos a la poesía confinada en Cantabria, nos referimos, el autor se refiere, a esa poesía que hecha por cántabros ha sido y es un referente en español. Podemos citar que el libro recoge reseñas sobre Gerardo Diego, José Hierro, Julio Maruri, Carlos Salomón o José Luis Hidalgo-por cierto, en el setenta aniversario de su fallecimiento y de la edición de Los muertos-.

Así mismo recoge críticas de poetas más contemporáneos como Adela Sainz, Alberto Muñoz, Lorenzo Oliván, Ana García Negrete, Alberto Santamaría o Rafael Fombellida.

Además y como colofón, Casa sin puertas incluye reseñas sobre un buen número de poetas que podríamos denominar, ya, del siglo XXI, un grupo de poetas como Montse Barrero, Martín Bezanilla, Jaime Peña o Silvia Prellezo que son el presente y el futuro de la poesía que ahora mismo está surgiendo en Cantabria y que Carlos Alcorta, como editor, ha recogido, con un excelente prólogo, en un libro que lleva por título, El hilo más firme, Nueva poesía en Cantabria.

Decir que Cantabria es una tierra pródiga y generosa con la poesía es una obviedad que no por ello debemos silenciar. Si el siglo XVII es la edad de oro de la literatura española y de la poesía en particular, cabe destacar, y debe destacarse, el origen montañés, -denominación que da Cervantes en el Quijote a los que provienen de nuestra tierra (se halla en el capítulo cuarenta y ocho de la segunda parte del Quijote)-, de los más importantes poetas de la época.  Lope de Vega, cuyos padres son oriundos del valle de Carriedo –El propio escritor en carta al duque de Sessa (de mediados de octubre de 1628) se referiría a sus antecedentes familiares diciendo: «Nací hombre de bien, de un pedazo de peña de la Montaña».

Sin olvidar a don Francisco de Quevedo, que descendía del valle de Toranzo, concretamente de Bejorís, donde tenía hecha una ruina su casa familiar y que usa como excusa para componer uno de los mejores sonetos en lengua española, Miré a los muros de la patria mía, donde compara las ruinas de su casona de procedencia con el declive de la patria.

Tampoco debemos pasar por alto el origen cántabro de Pedro Calderón de la Barca, que está en el pueblo de Viveda.

En fin, quizás esa nómina ilustre sea la responsable de la inquietud poética que siempre ha caracterizado a nuestra tierra y que ha hecho de Cantabria un lugar ligado y comprometido con la poesía de cualquier tiempo. Algo que sin duda hará que Carlos Alcorta, en unos años, nos vuelva a presentar un nuevo libro de reseñas sobre la poesía hecha en Cantabria para el mundo que habla y lee en español.

Voy a finalizar esta crónica de Casa sin puertas hurtando el cierre del prólogo, hurtando las palabras de Claudia Quevedo:

“La calidad literaria de este libro reside, como hemos intentado mostrar, no solo en los poetas reseñados sino también en las críticas en sí mismas…

…Alcorta no puede escapar a su condición de poeta y esto hace de su obra crítica materia literaria en sí misma. Sus imágenes, sus palabras y su precisión invitan a la lectura de los libros de los que habla y, a la vez, nos descubren este, en nuestra opinión, estilo literario tan poco estudiado. La buena crítica la realizan los buenos escritores. Dicho esto, os invitamos a adentraros en el placer de la lectura de este volumen, donde descubrimos (o redescubrimos) dos cosas: la poesía reseñada y la reseña literaria”.

                                                                                                                       Juan Francisco Quevedo

IMG_20170606_181101

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Ha muerto Anita Pallenberg-Juan Francisco Quevedo

Ha muerto Anita Pallenberg

anita_pallenberg_6744_620x

Ha muerto Anita Pallenberg

Ha muerto Anita Pallenberg, la hermosa mujer cuya belleza era una invitación a la contemplación. Incluso platónica, aunque la verdad es que te conducía a una exultación más placentera.

Mientras que en los Estados Unidos aquel año de 1971 el furor de la época flower power se iba instalando en el pasado californiano para empezar a aflorar algo más típicamente neoyorquino, como los circuitos underground, en Londres las cosas y los sentimientos eran aún muy diferentes. Todavía imperaba la estética, la sensibilidad y el pensamiento, digamos, hippy. Así que, mientras que en el país de los dentistas -como Joseph Brodsky denominaba al amigo americano-, los jóvenes del país hacían soflamas, en campus como el de Kent State, contra la guerra de Vietnam y Camboya, mientras que la Guardia Nacional les destripaba, en Inglaterra aún lloraban a Hendrix y Joplin y bailaban al ritmo de los Jefferson Airplane. Y, claro está, el mundo que sucumbió con ellos. Sólo pareció pervivir en ambos lados, para desgracia de todos, el espíritu envenenado de la vieja canción de Hendrix, Are You Experienced? De hecho, se seguían entregando a cualquier experiencia.

Pero en el año 1971 pasaron más cosas, fue el año de arranque de la gira de los Rolling Stones, la que les llevaría de Newcastle a Los Ángeles, de escenario en escenario. ¡Y cómo sonaban!; fue la primera vez que tocaron en directo Brown Sugar. Y en aquel iniciático concierto, y durante toda la gira, no podía faltar Anita Pallenberg; el aire por el que respiraba y suspiraba Keith Richards, mientras iniciaba su lucha sempiterna contra las adicciones. Anita era una mujer cosmopolita, que dominaba varios idiomas, llena de inquietudes y que estaba embebida por la nueva estética y por las nuevas ideas, que practicaba el amor libre y que probaba cualquier sustancia que la pusieran por delante sin preguntar de que se trataba. Esa era la Anita que enamoró a los Stones-menos a Charlie, siempre tan distantemente inglés- allá por 1965, en Munich. Ella era una italiana, engendrada por unos padres alemanes, que daba sus primeros pasos como actriz. Inmediatamente se enrolló con Brian Jones, el único que movió del trono a Jagger. Hasta que le expulsaron del grupo en 1969, para aparecer ahogado poco después en la piscina de su casa. El caso es que Anita, tras dos años con el rubio y violento guitarrista, enamorado más de los Virtuosos de Jajouka que de ella, se decidió por Keith, con el que mantuvo una larga relación de lo más tormentosa. Y con el que tuvo tres hijos. Pero durante la gira, la única compañía que habían tenido era la de su único hijo hasta la fecha, el pequeño Marlon, la de su perro Boogie y la del músico Gram Parsons.

Cuando saltó el grupo al escenario de aquella ciudad del norte de Inglaterra, Anita les siguió, con su acatarrado hijo en brazos, entre bambalinas. Al sonar los primeros acordes de  Jumpin´ Jack Flash, Jagger apareció como lo que es, el mejor performance del rock que haya existido, enfundando su delgadez en un brillante traje de sastrería, fabricado en un llamativo satén rosado, y coronado por una gorra de jockey.

Anita miraba embelesada desde el backstage a su querido Sticky Fingers-dedos pringosos-, el epíteto cariñoso con el que conocían a su novio, y bailaba y bailaba mientras Marlon tosía en su regazo. La histeria de un público entregado y las canciones del grupo se sucedían sin parar. Hasta que el concierto llegó a su fin con Street Fighhting Man.

Luego, todo termina. Como todo en la vida. Ahora, Anita sólo es un recuerdo en la memoria de algunos. Quizás perviva a través de Angie, el título de aquella canción que compusiera Keith y que nunca se supo muy bien a quien estaba dedicada. El caso es que le dio el nombre de la hija que tuvieron en común, Ángela.

Qué la tierra le sea leve a esta mujer que bien pudiera poner en su tumba, como epitafio, los versos de Manuel Machado:

 

“Es tarde… Voy de prisa por la vida. Y mi risa

es alegre, aunque no niego que llevo prisa”

Juan Francisco Quevedo

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

Claudia Quevedo-Webb- En el cincuentenario de “Cien años de soledad”

Claudia Quevedo-Webb- En el cincuentenario de “Cien años de soledad”

Mi hija Claudia escribe un artículo en el suplemento Sotileza del Diario Montañés, que hoy lo dedican al 50 aniversario de la aparición de “Cien años de soledad”.

IMG_20170602_093053

Claudia Quevedo-Webb

Hoy hace 50 años de la creación de Macondo, el lugar donde Gabriel García Márquez consigue que lo increíble no sólo ocurra sino que sea verosímil.  Las primeras palabras de Cien años de soledad, en el memorable párrafo que comienza “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, ya nos introducen en un mundo nuevo, el de la saga de los Buendía, en el que la realidad, aunque no funcione como en nuestro mundo físico, queda narrada de tal forma que parece que no podría ser de otra manera. Hechos como conocer el hielo, perder la memoria en masa, e incluso el ascenso a los cielos de Remedios la Bella quedan integrados en este mundo desconcertante de Macondo, que es tan similar, tan diferente y tan auténtico.

Gabriel García Márquez mezcla en esta obra ejemplar la búsqueda y el encuentro de la tierra prometida, la vida en los pequeños pueblos, las supersticiones, el amor, la pasión, el incesto y la guerra representado todo ello en una realidad muy específica, la de los Buendía en Macondo, que sin embargo consigue tener un alcance universal.

Esta ciudad ficticia, heredera de la Comala de Juan Rulfo, convierte esta obra del Realismo Mágico es un best-seller mundial. Cuando hablamos de best-seller en el mundo de hoy, muchas veces pensamos en libros de carácter divulgativo y nos olvidamos de que muchas de las grandes obras de la literatura universal lo han sido; y sin sacrificar la altura literaria. Cien años de soledad es una obra tremendamente exigente y que no obstante ha conseguido la aceptación del gran público. Además, esta gran pieza de arte posee una de las cualidades que muchos autores buscan con desesperación cuando escriben para persistir en el tiempo: es una obra vigente.

Aunque parezca paradójico en principio, en un mundo como el de hoy en día, plagado de las nuevas tecnologías, encontrar un lugar tan apartado como el que crea Gabriel García Márquez tiene más fuerza que nunca. Todos hemos intentado acercar las nuevas tecnologías a personas de generaciones pasadas y hemos observado el resultado: no lo entienden ni más ni mejor de lo que los habitantes de Macondo entendieron el cine cuando llegó a su comunidad. El mundo de hoy, además, continúa repleto de supersticiones, de etnias y culturas que nos resultan desconocidas y de sagas familiares llenas de problemas en los que a veces la realidad supera la ficción.

            Lo desconocido siempre mantiene su vigencia, porque siempre existe tanto en lo antiguo como en lo nuevo, por muy globalizado que esté el mundo. Hace 50 años de Cien años de soledad y escribo esta reseña con la seguridad de que, muchos años después, frente a una biblioteca cualquiera, una nieta recordará aquella tarde remota en que su abuela la llevó a conocer el universo desconcertante pero cercano que Gabriel García Márquez nos descubre en Macondo.

 

Publicado en POESÍA | 3 comentarios

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN “EL ARTE DE QUEDARSE SOLO”-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN (2017)

EL ARTE DE QUEDARSE SOLO

EDITORIAL RENACIMIENTO

IMG_20170519_211234

Yo no soy un crítico literario pero si soy un lector muy crítico. Y con muchas horas de vuelo.

Yo creo que este puede ser un buen comienzo para hacer una inmersión en las páginas de “El arte de quedarse solo” de José Luis García Martín, un libro plagado de frases brillantes, de pensamientos inteligentes y, en casi todas las ocasiones, provistos de una fina ironía.

No se puede acometer la lectura de la obra sin ver al autor detrás de cada palabra; no en vano son retales de su propia vida que expone en público y al público lector. Como lleva haciendo, en forma de diarios, desde finales de los ochenta. Y, claro está, la mirada hacia sí mismo es complaciente y contradictoria; sin embargo cuando mira hacia los demás, la perspectiva cambia y se suele volver más intemperada. En cualquier caso, nunca defrauda.

Del excelso poeta, esencial en mi opinión, están sus poemas en la memorable antología “La aventura” o en el magnífico libro “Presente continuo”. Su lírica es una fuente inagotable de belleza, donde hace un uso ejemplar de la expresión más elevada del lenguaje, como dice el acertado tópico sobre la poesía. Del crítico más crítico, fundamental en estos tiempos de corrección extrema, están su legión de seguidores y detractores que esperan con ansiedad sus libros y artículos. Ahora bien, en los diarios, este género autobiográfico al que se entrega desde hace años con precisión micrométrica, descubrimos al hombre. Al que nos deja ver entre líneas, aunque a veces sólo descubramos al personaje que se crea literariamente para sentirse a salvo, para parapetarse tras él. Lo que, probablemente, a su pesar, le aproxima al resto de congéneres.

Cuando uno lee la contraportada de “El arte de quedarse solo”, enseguida entiende las palabras de la prueba de acceso como un perspicaz desafío para invitarnos a abrir el libro. Y desde luego lo consigue. En ningún momento me ha irritado su lectura, como también parece sugerirnos,  pero sí me ha sacado más de una sonrisa, además de haberme invitado a la reflexión. Ahora bien, en todo momento me ha admirado la prosa fluida, sutil y clarividente de José Luis García Martín.

No tarda el lector en percatarse de la necesidad  del autor de sentirse como un ser diferente, hasta el extremo de que tan solo se reconoce en los demás en los defectos propios, lo que hace, por tanto, que éstos lo parezcan menos, al ser comunes al resto de los mortales. No sé si es deliberado pero conociendo la perspicacia del autor me temo lo sea. Y lo hace siempre desde el humor, desde esa ironía que nunca llega a herir, al menos en este libro.

No duda en afirmar que al igual que a todo el mundo, siempre le gusta ser el eje central de cualquier reunión. Y  aunque no lo diga, también es como todo el mundo cuando asevera que sólo habla idiomas extranjeros cuando “no hay ningún español delante”.

O también cuando afirma:

“Me gusta tomarme a broma mi vanidad, una de las pocas cosas que tengo en común con el resto del mundo”

“Nunca he estado enamorado de verdad, salvo de mí mismo (pero en esto último creo que coincido con la mayoría de la gente)”

Con esa pincelada humorística, que hace aflorar la sonrisa complaciente del lector, nos damos cuenta de que no alardea precisamente de modestia, ni tan siquiera en su versión de pega-la falsa modestia-. En la alta consideración en la que habita, donde sólo le interesa realmente su propia opinión, no necesita de ella. Le sobra cualquier inmodestia, sin por ello ser vanidoso, ya que el “qué dirán”-del que siempre están pendientes estos petulantes- le interesa poco o nada. Con lo cual, hasta en esto de la vanidad es peculiar.

José Luis García Martín nos envuelve en una prosa atrayente, cargada de sugerentes imágenes, lo que contribuye a que en muchos pasajes aflore inevitablemente el poeta, haciendo de la lectura un viaje lírico por los lugares y situaciones que nos presenta. Es entonces cuando el placer de la lectura nos sobrecoge. Leer por el placer de leer es una consecuencia de la necesidad del autor de escribir por el placer de escribir; al final no es más que la plasmación del ideal clásico griego de “la belleza por la belleza” que, en el caso de José Luis García Martín, aún no se ha contaminado, como pasó con la adaptación romana del ideal, por la concesión patricia hacia la comodidad. Es literatura en estado puro.

Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos del autor-aunque con José Luis García Martín nunca se está seguro de si está tendiendo una trampa- por parecer extraño y por estar por encima del bien y del mal, no puedo evitar encontrarme ante un personaje tierno que en su particular sentido del humor, se compara en las primeras páginas con Sheldon, el entrañable y maniático personaje de “La teoría del Big Bang”.

Y desde luego, no puede ser tan malo como pretende hacernos creer alguien que sostiene, con su particular visión, no haber roto ninguna amistad. Claro está, con el estrambote de por su parte.

Por cierto, el autor confiesa que una de sus ocupaciones favoritas es confeccionar listas y la primera de ellas y a la que se entrega con más denuedo es a aquella que surge bajo el epígrafe de “gente a la que quiero”. Uno no puede dejar de pensar que tras esa tan poco inocente afición está la necesidad de aventar su propia leyenda negra. Y claro, enseguida me vienen a la memoria las listas del príncipe Carlos, el díscolo, malhecho, jiboso y con pocas luces hijo de Felipe II, que son el origen de la leyenda negra española.  Al morir se le encontraron unos papeles con dos listas, la de sus amigos, encabezada por Isabel de Valois, y la de sus enemigos, encabezada por su padre. Sin duda, el hecho de que Felipe II le birlase la novia debió de influir en algo. Al menos el destino hizo un poco de justicia y consiguió que las tumbas de Isabel y Carlos se encontrasen, frente a frente, en el Panteón de Infantes del monasterio de El Escorial. Si de esas listas surge una ópera como el “Don Carlo” de Verdi o un drama como el “Don Carlos” de Schiller , de éstas otras han surgido libros como “Presente continuo” o “El arte de quedarse solo”. Vaya lo uno por lo otro.

En fin, alguien que dice que “lo que de verdad nos mantiene vivos es tener un buen enemigo que combatir” nos está dando el reflejo de algo tan común al ser humano como la inseguridad a la hora de relacionarnos, algo que hace decir al autor tener “La sensación de estar sujeto con hilos fragilísimos a los demás y que esos hilos pueden romperse en cualquier momento”. Me temo que es mucho más humano de lo que insinúa tan abiertamente y que parafraseando a Hölderlin puedo decir que el hombre es un dios cuando escribe.

De todas maneras, en una gran parte de los pasajes de “El arte de quedarse solo”, lo de menos es lo que cuenta José Luis García Martín, lo de más es cómo lo cuenta, ya que tiene la habilidad de convertir el detalle cotidiano más nimio de su estructurado día a día, por la magia y el ingenio de su pluma, en una aventura fascinante, salpicada de las contradicciones y sentencias que acompañan a un hombre sabio.

Durante toda la lectura, uno nunca sabe si tras esas letras está el autor, o si se esconde en ellas el personaje literario que se ha encargado de pertrecharlas, que no es exactamente un alter ego del autor sino que es el propio autor que se asoma a través de un perfecto traje de sastrería hecho a medida. Sea como fuere, el traje le sienta de maravilla.

Quizás cuando más se intuya al autor, cuando más se vea su verdadero yo, es cuando más descubrimos su parte más humana. Cuando, sin evitar intuir cierta decepción, afirma cosas como que no hay mejor amor que el de una noche. Es fácil deducir que siempre ha sido sencillo jurar amor eterno… hasta mañana. Sin ningún tipo de compromiso. O como cuando afirma que disfruta llevando la contraria y polemizando con gente inteligente, en especial con los amigos. Así afirma al referirse a uno de ellos: “Con quien tantas discrepancias me unen”.

No obstante, este hombre que presume de vanidoso, presumo que no ha para tanto, como ya dije, al menos no como se entiende habitualmente. ¿Cómo serlo un hombre que reconoce que hay alumnos que lo han superado? ¿Cómo serlo alguien que es incapaz de envidiar el triunfo de los demás? Para añadir a continuación que de ellos, si acaso, envidia el talento. Sin olvidar que éxito y talento no siempre van unidos. Eso es, sencillamente, generosidad y clarividencia.

Al cerrar el libro, surge la misma sonrisa que uno ha esbozado no pocas veces durante la lectura. Estamos sin duda ante un libro que es capaz de llenarnos de emoción; literatura desbordante en unas páginas que son el reflejo fiel de un autor que constituye en sí mismo, como bien se dice en el prólogo, un género literario.

No puedo resistirme a cerrar esta crónica sin la respuesta que suele dar cuando le preguntan si alguna vez ha leído algún libro por obligación:

“-Nunca, me resultaría tan imposible como hacer el amor por obligación (compadezco por eso a los casados y a los estudiantes de literatura)”.

Genio y figura hasta, eso deseo y espero, una lejana sepultura.

Juan Francisco Quevedo

IMG_20170325_104636

Por medio de la lectura es fácil ejercer “El arte de quedarse solo” ante la animada tertulia inanimada de Alfonso Daniel Rodríguez Castelao, Alexandre Bóveda, Valentín Paz Andrade, Ramón Cabanillas y Carlos Casares. El violinista pontevedrés Manuel Quiroga ameniza la silenciosa charla de estos convidados de piedra. O de bronce, como es el caso, por obra y gracia del escultor César Lombera.

Publicado en POESÍA | 3 comentarios

Biblioteca Central de Cantabria-Conferencia-Juan Francisco Quevedo

El próximo jueves, 18 de mayo, a las 19,30 horas, hablaré sobre la construcción histórica de la novela “Querida princesa” en el salón de actos de la biblioteca Central de Cantabria-antigua Tabacalera-.

Si os apetece y os podéis acercar, allí os espero.

Un saludo

Juan

biblioteca central befr

Os mando el enlace de la Biblioteca donde se hacen eco del acto:

http://bcc.cantabria.es/index.php/actividades-culturales/agenda/icalrepeat.detail/2017/05/18/1932/-/encuentro-con-autores-juan-francisco-quevedo-construccion-historica-de-querida-princesa

Conferencia

 

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 10 comentarios

CLAUDIA QUEVEDO. LAS ALTURAS DE CHICAGO

carlosalcorta

CLAUDIA QUEVEDO

LAS ALTURAS DE CHICAGO

La luz de Chicago se disuelve en los edificios

pero alguien necesita mirar hacia arriba

para que eso suceda.

Sólo haría falta una persona para verlo,

para nombrarlo,

para que sea.

Sin eso, ese preciado momento no existe en absoluto.

El lago Chicago es un océano

que alguien vio desde lejos

y lo llamó lago.

Y la mirada se asombra,

¿por qué la ciencia no puede explicar lo que veo

(un océano que es un lago),

pero desdibujados para revelar lo que veo

(un océano es un océano)?

La vida en Chicago continúa.

En los tejados de los grandes edificios

que existen sólo cuando miras hacia arriba.

La ciudad sólo te hace sentir si tú sientes.

El viento de Chicago te eleva;

hacia el cielo donde descansan los edificios,

hacia el lago que es un océano,

hacia la vida de la gente que nunca pisa…

Ver la entrada original 20 palabras más

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Fotos y poema

El rey de reyes siempre gobierna todos los feudos de la tierra. Incluso las repúblicas más antimonárquicas.

                                                           ODA AL REY DE OROS 

Desnudad los cuerpos ingrávidos,

hacedlos rotar como peonzas

rendidas a un destino eterno:

Girad, girad, girad mortales

alrededor de la batuta

que orquesta y dirige el devenir

tedioso e impasible del mundo.

Texto: Juan Francisco Quevedo

Fotografía: Marcelino Quevedo

Publicado en POESÍA | 12 comentarios

Más allá de las polémicas: Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura-Juan Francisco Quevedo

Más allá de las polémicas:

 Bob Dylan, Premio Nobel de Literaturaimage0031

Más allá de las polémicas:

Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura

 

Este fin de semana, Bob Dylan recogerá en una ceremonia privada el premio Nobel de Literatura. Creo que es un buen momento para permitirme algunas consideraciones.

En el año 1995, tras la concesión del premio Nobel de Literatura al poeta irlandés Seamus Heaney, se empezaron a producir los primeros movimientos para que el galardón fuera otorgado en ediciones futuras a Bob Dylan. Cuando al año siguiente recayó el premio en la poeta polaca Wislawa Szymborska, las voces a favor del icono de los sesenta llegaron desde todos los ámbitos, pero aún tuvieron que esperar veinte años para ver cumplidos sus deseos.

No todo fueron peticiones y opiniones favorables ya que, junto a la crítica norteamericana, muy identificada en su mayor parte con los testimonios que llegaban desde diferentes y prestigiosas universidades, emergían ecos un tanto destemplados, fundamentalmente desde Europa. Se generó una polémica, a la que han asistido atónitos una gran número de  los intelectuales americanos que, a día de hoy, no ha hecho sino reavivarse. Curiosamente, la vieja Europa, literariamente hablando, se rasga las vestiduras frente a la puritana herencia anglosajona. El mundo al revés. Sirva de botón de muestra para corroborar la estupefacción provocada por estas críticas intemperantes las declaraciones del nuevo premio Príncipe de Asturias de las Letras, evento que coincidió con la concesión del Nobel a Dylan. Cuando se le ha preguntado al prestigioso escritor estadounidense Richard Ford por lo que opinaba sobre la concesión del Nobel de Literatura a Dylan, sólo ha acertado a decir, incrédulo ante la inesperada pregunta: “Si lo de Bob Dylan no es literatura, ¿qué es literatura?”. Sin duda, le cuesta entender a alguien como él, procedente del mundo universitario y periodístico del otro lado del mundo, amén de coetáneo del cantautor americano, que se dude de la altura lírica de los poemas de Dylan.

Quizás a una parte, centrémonos en España, de nuestra intelectualidad, autotitulada o por derecho, el nombre de Dylan les suene tan lejano a su acervo cultural como sonaban a nuestros recientes antepasados los ecos del mayo del 68 cuando lograron traspasar el cordón sanitario que impuso el franquismo. Aquel muro de contención se instaló en los Pirineos, al igual que hicieran los gobiernos de Carlos IV, con Floridablanca a la cabeza, para evitar que las ideas de la revolución francesa contagiaran y contaminaran el puro pensamiento patrio. De alguna manera, fueron igual de efectivos, ya que si no rodó en ninguna plaza pública la cabeza de ningún noble, tampoco llegó a impregnar el movimiento estudiantil parisino el pensamiento de aquella sociedad pacata y dirigida, de la cual somos herederos. Y lo mismo que a los españoles, como sociedad, nos faltó una pasada por la revolución francesa y su guillotina, también nos faltó un poco del espíritu de Berkeley, cuna del movimiento hippie, y de La Sorbona, origen del mayo del 68.

Y no fue sólo eso, nos faltó, sobre todo, esa capacidad de las sociedades jóvenes, como la americana, para asimilar lo nuevo, en todos los sentidos. Cuesta desprenderse de la carga obsoleta que nos pone el tiempo a nuestras espaldas como peaje de una sociedad vieja que se constituye en guardián de un tiempo caduco. Muchos se sacudieron esos prejuicios de encima pero otros -hoy lo vemos en los desmanes surgidos para vilipendiar la figura de Dylan- anatemizan sobre sus méritos, cuando no hacen rechifla de su obra y persona. Al escucharles, pareciera que se vaya a derrumbar el cielo sobre nuestras cabezas ante tamaño despropósito. Siempre ha habido y habrá gente con mayores merecimientos que los galardonados, presentes y futuros, a los que nunca se concederá la distinción literaria. Pero eso tampoco es culpa de Dylan, por mucho que se empeñen. Y yo a todos ellos les digo “no sean ustedes impertinentes” y les propongo que aprendan a mirar de otra manera; por ejemplo que se asombren de que las nubes sigan flotando sobre nuestro mundo. Es sólo cuestión de observar con una mirada más amplia.

Bob Dylan, se convirtió para alegría de muchos, y martirio de otros tantos, en el primer americano, desde Toni Morrison, ganadora en 1993, en obtener el Premio Nobel de Literatura. Es hora de resaltar algunas de las opiniones favorables que se han generado en todos los ámbitos intelectuales. Podemos empezar por la reacción de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, que no dudó en escribir que la concesión del Nobel a Dylan “fue una elección inspirada y original. Su evocadora música y letras siempre me parecieron, en su sentido más profundo, literarias”. A los numerosos escritores americanos que han mostrado su júbilo por la elección, se ha unido el difícil mundo de la crítica literaria y así Dwaight Garner, crítico literario del New York Times, fue pródigo en elogios al galardonado, del que dijo que “conecta poéticamente, por las poderosas imágenes creadas por las letras de sus canciones, con los versos de Walt Whitman y Emily Dickinson”,  y afirma, así mismo, que “Dylan se halla entre las grandes voces americanas”.

En cuanto al mundo universitario, basta echar un vistazo a las declaraciones de diferentes profesores de la Universidad de Harvard para sentirnos abrumados ante el aluvión de elogios que han caído sobre el galardonado. Jorie Graham, profesora de Retórica y Oratoria de Harvard ha declarado que “la inventiva de sus imágenes y sus esquemas de rima es legendaria”. Stephen Greenblatt, profesor de Humanidades de la misma universidad no ha dudado en afirmar que Bob Dylan “fue para mí y toda mi generación el gran poeta popular, la voz de la protesta, la ira y el anhelo de justicia, extrañamente entrelazados con la ironía, el deseo y la esperanza apocalíptica”. Así mismo, y desde la misma Universidad de Harvard, Louis Menand, profesor de Inglés, no vacila en decir que “cualquier persona que duda de que Dylan es un escritor, o que la composición no es un arte, debe leer sus memorias, “Crónicas”, o simplemente sus comentarios, aquí y allá, en las canciones de otras personas. Él es un erudito y un maestro del género”. Para acabar con las voces que surgen del prestigioso mundo universitario, cito las declaraciones de Richard Thomas, profesor de Lenguas Clásicas de Harvard, que dice sin reparos que “el genio de Bob Dylan consiste en estar en contacto con los hilos que forman parte de la cultura americana durante los últimos 200 años y más, y convertirlos en canciones que, particularmente en el desempeño, son expresiones sublimes de lo que significa ser humano. Entonces, ¿qué podría ser sorprendente al reconocer eso?”

Pero regresemos al principio, a ese Dylan que vivió no sólo la experiencia de la canción tradicional sino que alternó en y con el corazón mismo de la corriente contracultural de la generación beat, alternó con Kerouac-ese que quería escribir al golpeo rítmico del jazz-, con Allen Ginsberg-ese que vio a las mejores mentes de su generación autodestruirse-, con Burroughs-ese que vio el mundo a través del cristal esmerilado de una jeringuilla y que murió reviejo descojonándose de los que vaticinaron su muerte inmediata año tras año- y toda esa gente de la que mamó un tipo de literatura más comprometida y arriesgada de la que se venía haciendo. Eran unos tiempos en los que la contracultura se desparramaba por el Village neoyorquino como si le fuera la vida en ello, donde se entremezclaba con el pop-art y las teorías de Duchamp o con las extravagancias de Warhol . Sin duda, Dylan supo captar como nadie la desorientación de aquellas generaciones que querían cambiar el mundo, que como ya pretendieran los miembros de aquella generación que convivió en la Residencia de Estudiantes-Pepín Bello, Lorca, Buñuel, Dalí…- querían acabar con lo caduco, con lo obsoleto y putrefacto, tan bien representado en ese burro muerto que aparecía en los dibujos de aquel pintor que decía no deber nada a nadie, ni a su padre, un eminente notario de Cadaqués. Sin duda, Dylan fue el que con sus canciones, con su música, con sus poemas, mejor captó el sentir de los millones de jóvenes que querían transformar las cosas. Cuando edita Like a Rolling Stone, publica un verdadero himno para aquella generación dispuesta a romper con todo lo anterior, con su visión de la vida y con los principios que la sustentaban. Quizás el poeta estadounidense David Henderson, fuera quien mejor definiera aquella composición, cuando la tildó no como una canción sino como “una epopeya”.

Pero volvamos al año noventa y seis y a los movimientos que encabezó el poeta del aullido salvaje y desgarrador para que se le concediera el Nobel a Robert Allen Zimmerman.

“Dylan es uno de los más grandes bardos y juglares norteamericanos del siglo XX y sus palabras han influido en varias generaciones de hombres y mujeres de todo el mundo”.

Y no creo que Ginberg fuera por entonces todavía un poeta discutido, ni una voz disonante en la cultura americana. A esa aseveración del 96 se le unieron otras muchas como la de Gordon Ball, profesor en la universidad de Virginia, que no dudó en proclamar que “Dylan ha devuelto la poesía de nuestra época a su transmisión primordial a través del cuerpo, revivió la tradición de los trovadores”.

Quizás estas referencias juglarescas sean la excusa necesaria para recordar el enlace existente entre poesía y música folk, mucho más joven, por razones obvias, en el caso americano, con una canción tradicional multicultural e impregnada de las más variadas influencias. Por supuesto que no pretendo retroceder a la poesía que se hacía en España hace diez siglos, ni tan siquiera a la que se hacía en el siglo veinte, pero si es adecuado no admitir como cierta esa aseveración tan difundida por muchos, en el sentido de que Dylan es un buen autor de letras de canciones pero nada más. Y lo hacen con ese estrambote hiriente, con ese deje de superioridad intelectual, “y nada más”, que a veces acompañan con cierta chufla, cuando no con alguna chanza. Simplemente aflora en la befa un poso cultural tan alejado de aquel espíritu que nos impregnó a tantos que la hace inocua y vacua. Probablemente sea el reflejo de un intolerante ego, que se traduce en un  supino desprecio intelectual. Muy restrictivo, muy de tribu y muy corto, por otro lado, de miras.

La canción forma parte de la tradición más arraigada de cualquier cultura de cualquier pueblo. Y es preciso recordar cómo en España la poesía forma parte de la tradición oral, transmitiéndose fundamentalmente en tonadas líricas que se recogen por primera vez en el cuerpo de las moaxajas, en lo que se han llamado jarchas. Y continúa abriéndose camino cuando se convierte en epopeya, con los cantares de gesta y con el viejo romancero. Eso, por no recordar cómo se denominaron las primeras antologías conocidas: Cancioneros. Sin mencionar los sonetos petrarquianos. Por lo tanto, es evidente y manifiesta la unión entre poesía y música tradicional.

Cuando la Academia anunció el 13 de octubre que concedía el galardón a Dylan  “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, no hacía sino volver a los orígenes de la poesía e incidir en el valor poético, en este caso, de su autor. La secretaria de la Academia, Sara Danius, manifestó posteriormente el convencimiento del valor de Dylan como poeta y acudió al modelo de los antiguos vates griegos como Homero, que escribían poesía para ser escuchada e interpretada. No dudó en afirmar que “puede y debe ser leído” y añadió “Dylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante”, resaltando que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclore de los Apalaches con el
simbolismo de Rimbaud.

 A todo habría que añadir la influencia literaria innegable de Dylan en tantos poetas de varias generaciones y de los más variados orígenes, así como los cada vez más numerosos estudios de diferentes universidades que analizan lo que ya se considera un legado cultural, asociado a la literatura en inglés. En los países de habla inglesa, nos encontramos, por estudios críticos y por el aval de la clase universitaria, ante un clásico literario. Al menos, como poeta. Como narrador, no ha sobresalido; ahora bien, si dejamos de lado el fiasco de su novela experimental “Tarántula”, sí podemos resaltar el valor narrativo de “Crónicas”, unas memorias peculiares, en las que desmenuza buena parte de su vida de manera muy original, unas memorias, por cierto, en las que se niega a asumir el papel cultural de líder generacional que se le otorga. En cualquier caso, si en algo una gran parte de la cultura sajona coincide, es en destacar su valor como poeta.
La relación de Dylan y el mundo editorial es larga y copiosa. La publicación de numerosos libros que reúnen las letras de sus canciones no es nueva, así como el curioso primer tomo de su autobiografía Chronicles I, publicado en 2004, y que durante 19 semanas ocupó el primer puesto en la lista del periódico The New York Times. A todo ello le debemos sumar los numerosos estudios sobre su obra como la espléndida y monumental enciclopedia Keys to the Rain, de Oliver Trager, o Dylan”s Visions of Sin, de Chrisotopher Ricks, profesor de poesía en la Universidad de Oxford, o Studio A, un compendio de artículos que, entre otros, firman Allen Ginsberg, Joyce Carol Oates, Rick Moody y Barry Ha.

Y fuera de la cultura anglosajona también abundan las voces que se pronuncian a favor del valor lírico de Dylan; no es cuestión de enumerarlas pero sí citar a Nicanor Parra y al autor británico-indio Salman Rushdie, candidato habitual al Nobel que no dudó en considerar a Dylan como “el heredero brillante de la tradición bárdica. Gran elección”. El novelista Philippe Margotin considera a Dylan “el gran poeta vivo estadunidense del siglo XX” y añade para los que consideran que es autor de una obra escasa- otro de los peros que le achacan-, “entre las 500 canciones que componen su obra, algunas pueden ser consideradas como menos importantes musicalmente, pero en todas hay un texto absolutamente sublime”. A esas voces se suma la del escritor mexicano Antonio Ortuño que no vaciló en resaltar el valor poético de Dylan: “De alguna forma conocí primero a Dylan como poeta, más que como músico…estamos hablando de una manifestación en el arte, la poesía y la canción que es una manifestación popular; en ese sentido, tal como dice el acta de la Academia Sueca, están premiando a alguien que ha innovado en ese género. Aunque tampoco creo que sea lo más espectacular que le haya pasado a Dylan en su vida”.

Para finalizar, es preciso recordar que Bob Dylan tiene varios premios y condecoraciones de suma importancia desde hace años, uno de ellos es el premio Pulitzer, concedido en 2008 y otorgado por la Universidad de Columbia, los periódicos Washington Post New York Times y la agencia Reuters “por su profundo impacto en la música y la cultura popular americana, gracias al poder poético de sus composiciones”. De nuevo, con su capacidad poética a vueltas. Sólo un año antes le habían concedido el premio Príncipe de Asturias de las Artes por ser un “mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo. Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas”. No es cuestión de seguir enumerando distinciones pero destaquemos entre otras su nombramiento como Commandeur Des Arts Et des Lettres, en 1990, cuando Jack Lang era ministro de cultura francés. Se suman a ésa y a otras distinciones, los doctorados honoris causa de las universidades de Princeton y St. Andrews en Escocia por citar alguna más.

Quiero añadir que desde 1970, año de los primeros estudios académicos sobre su legado poético, éstos no han hecho más que multiplicarse. Quizás 2005 sea un año clave ya que vio la luz un trabajo fundamental sobre su obra, The Cambridge Companion to Bob Dylan, un estudio literario definitivo que complementa el congreso celebrado en marzo de 2005, en la Universidad de Caen (Normandía, Francia) donde participaron profesores de literatura de los EE.UU., Gran Bretaña, Canadá y Francia. Según el Dr. Christopher Rollason, uno de los participantes, “los puntos de vista desde los que se examinó la obra de Dylan abarcaron perspectivas literarias, etnológicas, lingüísticas y musicólogicas”. En dicho congreso, Gordon Ball, catedrático de estudios ingleses en el Virginia Military Institute, hizo hincapié en las raíces orales de su poesía y en cómo, en palabras del profesor Daniel Karlin de University College, Londres, Dylan ”le ha dado más frases memorables a la lengua inglesa que cualquier figura análoga desde Kipling”. El enfoque literario fue reiterado en la intervención de Christopher Lebold, de la Universidad Marc Bloch (Estrasburgo), quien ofreció un resumen de su reciente tesis doctoral, que incide en la poética de Dylan. Por su parte, Richard Thomas, catedrático de latín y griego en la Universidad de Harvard, propuso una serie de enlaces y analogías entre Dylan y la tradición literaria greco-romana, desde el arte oral de la poesía homérica o de los rapsodas romanos hasta la cita directa de Virgilio que Dylan nos ofrece en Love and Theft. El profesor Thomas vaticinó que “dentro de dos siglos Dylan será considerado un clásico, plenamente integrado en el canon literario”.

Quisiera terminar con las palabras de dos personalidades muy distintas pero muy significativas. Por un lado, las que el poeta Allen Ginsberg transmitiera al escritor y periodista Jean Francois Duval, al que manifestaba que Bob Dylan es “un gran poeta. Quizá el poeta norteamericano más importante de la segunda mitad del siglo XX”. Por otro lado, las de uno de mis directores de cine favoritos, autor en 2005 de una magnífica biografía filmada sobre Dylan, Martín Scorsese. Al finalizar el documental No Direction Home, dijo: “No he pretendido hacer algo donde se desvelen todos los secretos de Dylan, ni mucho menos, sino rendir un homenaje a uno de los poetas más brillantes del siglo, un hombre que hace que nos miremos a nosotros mismos, que nos emociona y nos hace sentir cosas que no sabríamos transmitir de otra manera”.

Por último, y como colofón, las palabras del poeta, las palabras del escritor, las palabras de aquel que finge ser Bob Dylan.

“Yo sólo soy Bob Dylan cuando tengo que ser Bob Dylan. La mayor parte del tiempo quiero ser yo mismo. Bob Dylan nunca piensa sobre Bob Dylan. Yo no pienso en mí mismo como Bob Dylan. Es como dijo Rimbaud: ¨Yo soy el otro¨”.

Juan Francisco Quevedo

 

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

“El miedo”-María Bujalance

Hoy traigo al blog una poesía, “El miedo”, que me ha sorprendido mucho. Es de una poeta de Santa Cruz de Tenerife que tiene quince años y que se llama María Bujalance.  Cuando la leí, ya me gustó, tanto por su composición y estructura, como por su contenido-original e imaginativo-, pero cuando vi que el poema lo había hecho una persona tan joven me impresionó.

Gracias María por permitirme ponerlo en https://poesiaparavivir.wordpress.com/

bujalance

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Ha muerto Chuck Berry-Juan Francisco Quevedo

HA MUERTO CHUCK BERRY

Ha muerto Chuck Berry. Y ha tenido la insolencia de sobrevivir durante cuarenta años a Elvis. Aunque el título de rey del rock se lo llevara Elvis, yo creo que sería de justicia que, cuando menos, lo compartiera con Berry.

Si Plutarco fuese un hombre de nuestra época, sin duda hubiera dedicado un capítulo a estos dos músicos, como ya hiciera con las vidas de Julio César y el gran Alejandro. Sus carreras fueron casi paralelas y aunque Elvis siempre salió ganando en la batalla por la supremacía del rock and roll, Berry, con su mítica forma de tocar la guitarra en cuclillas y de lado, mientras daba saltos laterales-su famoso “duck walk”-, es el músico de rock and roll que más ha influido en la música posterior. Baste recordar las estupendas interpretaciones que han hecho de sus canciones bandas de la categoría de The Beatles o los Stones. Temas como “Rock´n roll music” o “Johnny B. Goode” están en la historia de la música.

A pesar de ello, Berry nunca pudo sacudirse este resquemor de sentirse ultrajado en su paternidad rockera por el guapo de voz más profundamente negra –compartida quizás con la de Eric Burdon- que haya habido jamás, el enorme Elvis Presley. Un rey del rock que, sin embargo y paradójicamente, pasará al Olimpo melómano, además y  fundamentalmente, por sus baladas.

Millones de jóvenes muchachas –las primeras teenagers histéricas de la historia- suspiraban, y aullaban por él en todo el mundo, pero Elvis tan sólo tenía ojos para una adolescente, aún con los restos de la niñez en su rostro, de nombre Priscilla. Con ella, y con la aquiescencia de una falsa y severa sociedad americana, acabaría casándose. Cerraron puritanamente los ojos, como buenos hijos de los ocupantes del Mayflower, y consintieron un estupro de baja intensidad a este lindo e inmaculado blanco, reconvertido en Alemania, a través del ejército americano, en chico bueno. Por las mismas razones-de nuevo las vidas paralelas-, tal vez algo más perversas, incluso pudiera ser que hasta más violentas, un negrazo como Chuck Berry  habría de probar la dureza de las cárceles gringas.

 

“Cabizbajos y vacilantes en torno al patio

desfilábamos en el cortejo de los locos.

No nos importaba: sabíamos que éramos

la brigada del mismísimo diablo,

y cráneos rapados y pies de plomo

componían una alegre mascarada.”

                              Oscar Wilde (La balada de la cárcel de Reading).

 

A Berry siempre le quedará, cuando menos, la elegancia de los grandes bailarines de claqué de Harlem. El espigado y renegado rockero de Missouri bien hubiera podido haber sido, por planta, un bailarín del Cotton Club, aquel local del neoyorquino barrio de Harlem en el que el gran director Francis Ford Coppola se inspiró para su película “The Cotton Club”. Cuando la vi, empecé a pensar en Richard Gere como actor, incluso como actor aceptable, pero enseguida volví a la realidad y le deseé fervientemente que continuara con su vocación frustrada como bailarín. Aunque nunca llegara a tener la figura estilizada del gran Berry.

Hoy, en su muerte, tal vez baile sobre su propia tumba, mientras afina una Gibson.

Juan Francisco Quevedo

Publicado en POESÍA | 3 comentarios

ODA AL REY DE OROS-Juan Francisco Quevedo

    ODA AL REY DE OROS

 

Desnudad los cuerpos ingrávidos,

hacedlos rotar como peonzas

rendidas a un destino eterno:

Girad, girad, girad mortales

alrededor de la batuta

que orquesta y dirige el devenir

tedioso e impasible del mundo.

——————————————————-

El rey de reyes siempre gobierna todos los feudos de la tierra. Incluso las repúblicas más antimonárquicas.

                                                                                                               Fotografía: Marcelino Quevedo

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

PEDRO SOBRADO-Juan Francisco Quevedo

NUEVA EXPOSICIÓN DE PEDRO SOBRADO

BLANCO Y NEGRO

Os invito a que leáis el artículo que escribí en el diario Alerta sobre la nueva exposición que presenta Pedro Sobrado en Torrelavega.

NUEVA EXPOSICIÓN DE PEDRO SOBRADO

ESPACIO GARCILASO – TORRELAVEGA

BLANCO Y NEGRO

Lejana en el tiempo va quedando la primera exposición que este artista realizara con apenas veintitrés años en la Galería Sur de Santander, en 1959. Tras una intensa peripecia vital que le llevó a París nada más comenzar los años sesenta, regresó a España en 1976 después de haber vivido en primera persona el mayo francés y haberse empapado con las corrientes artísticas más relevantes de la época. Ha expuesto en multitud de lugares, entre los que podemos citar Valencia, Madrid, Chicago o París. Es acreedor en Francia de numerosas distinciones, entre otras la medalla de Arts, Sciences, Lettres.

Ahora, el artista torrelaveguense, nacido en 1936, y tras un centenar de exposiciones a sus espaldas, regresa a su ciudad natal con una magnífica y expresiva muestra titulada Blanco y negro, acercándose desde estos dos pigmentos primitivos a la figuración sobria, armónica y ligera en el trazo que caracteriza su obra.

Pedro Sobrado realiza una inmersión activa en el devenir cotidiano de la sociedad actual, escrutando con su mirada benévola y sabia el período que nos toca vivir. Este pintor urbano y de lo urbano plasma en sus lienzos figuras y espacios plenos de un romanticismo relajante que transportan al espectador a esos lienzos repletos de color-aunque parezca contradictorio- de los paisajes menos urbanos y más marinos de Edward Hopper.

Cuando el jueves pasado me acerqué a su estudio, me encontré con el artista y con su obra. Con el artista amable y encantador y con una obra que no necesita definición. Cuando uno ve un cuadro del pintor, sabe que está ante un Sobrado. Sin ningún género de dudas.

Pedro Sobrado no sólo ha creado un estilo sino que ha llegado a darle su propio nombre. Y lo ha hecho tras haber pasado por diferentes etapas creativas, que van desde el expresionismo a la abstracción. Con el bagaje y las influencias de todos sus gustos, de todas sus experiencias pictóricas, ha conseguido definir un estilo propio y absolutamente personal y lo ha hecho a través de la depuración de la línea y de la supresión de lo superfluo, incluido el rostro de sus modelos. Si fuera poesía lo que ejecuta, podríamos decir que a sus poemas -a sus cuadros- no les falta ni les sobra una palabra-un trazo-.

En esta nueva exposición nos encontraremos con imágenes actuales, sacadas del día a día de cualquier ciudad. Con un trazo firme, sencillo y elegante, al que se llega con el talento del genio creativo, Pedro Sobrado logra transmitir al visitante vitalidad y alegría por la vida.  Su obra nos llena de felicidad. Transmite esa pasión por el trabajo que realiza y lo hace trasladando su personalidad al lienzo.

Detrás de la aparente sencillez del trazo, de la composición de los planos, donde encuentra esa perspectiva tan personal, está la mano firme y la inspiración de un artista extraordinario, de un pintor consagrado que nos mira desde sus lienzos con la benevolencia de los sabios.

Mientras me alejo del estudio, sus creaciones sobrevienen a esa memoria espacial que todos poseemos y que, en este caso, está dispuesta a no dejar que caigan en el olvido, como sucede con tantas obras condenadas a no ser recordadas. No es el caso; las pinturas de Pedro Sobrado dejan un sello imborrable.

Juan Francisco Quevedo

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Fotos y frases 3 y 4-Juan Francisco Quevedo

Nos pasamos los días esquivándolo pero, tarde o temprano, el carrusel de la vida siempre acaba atropellándote.

                                                                                                                  Fotografía: Marcelino Quevedo

img-20170112-wa0010

 


 

El ángel de Llimona se erige como sereno guardián de las sombras góticas que se esconden bajo sus alas modernistas.

Tal vez Keats tuviera la lucidez de los clásicos  al afirmar que no existe más razón que la de la belleza. Eso es todo lo que hay de certidumbre y todo lo que debiéramos saber.

Publicado en POESÍA | 7 comentarios

Julio González Alonso-Juan Francisco Quevedo

JULIO GONZÁLEZ ALONSO (2016). LUCERNARIOS

MADRID: EDICIONES VITRUVIO

LEER A UN POETA

img_20170123_204158_burst005

JULIO GONZÁLEZ ALONSO (2016). LUCERNARIOS

MADRID: EDICIONES VITRUVIO

LEER A UN POETA

Descubrí al poeta Julio González Alonso a través de su blog de poesía Lucernarios, que así mismo da título a este feliz libro de poesía que nos presenta Ediciones Vitruvio. De su biografía poco sé, más allá de lo contado por Pepa Agüera Sánchez en el magnífico prólogo que abre la obra y que utilizaré como referencia para bosquejarlo. Lo que sí sé es de su amabilidad en las contadas ocasiones que he tenido el gusto de tratarlo por medio de los mensajes y comentarios en nuestros respectivos blogs poéticos.

Diré que su infancia, la de un niño nacido en León en 1950, transcurrió en un pueblo minero de la montaña leonesa. Estudió Magisterio en León, siendo la enseñanza la profesión a la que ha dedicado toda su vida activa. Tras su paso por Barcelona, concluirá sus estudios de Psicología en San Sebastián, para acabar residiendo en Bilbao, donde continúa a día de hoy.

Es Julio, por su trayectoria vital, un autor de esos que llevan a sus espaldas un bagaje artístico y literario muy importante lo que, inevitablemente, se ve reflejado en su poesía. Sería prolijo detallar su participación en grupos de teatro, su colaboración en revistas literarias y demás actividades por lo que me remito al prólogo del libro.

Desde el primer momento en que leí sus poemas quedé fascinado por sus metáforas, por su dominio del verso y, lo que es más importante, por saber enlazar todo ello, desde su visión poética, con la tradición. En unos tiempos en los que si bien la rima no es necesaria, poetas como Julio nos demuestran que sigue estando presente y que sigue siendo muy válida. Desde luego, la rima y la métrica manía en la dosis y proporción adecuadas tienen un encanto especial. Y Julio acierta plenamente a la hora de administrarlas. Y hasta el oído más penoso se lo agradece vivamente.

Además de ante un espléndido poeta, nos encontramos ante un gran cervantino, ante un estudioso y divulgador de la obra de Cervantes, en especial del Quijote. Su página, Ínsula CerBantaria, me ha servido de guía extraordinaria para profundizar y disfrutar en la lectura de la obra del genio manchego. Sale a relucir, lo que es muy de agradecer, el carácter didáctico de Julio.

Pero vayamos al libro que acaba de publicar, vayamos a Lucernarios.

En la primera parte del libro, Más cerca de lo humano, el autor ve la vida con cierto escepticismo y contempla el paso del tiempo con la sabiduría y serenidad que le dan los años. Indaga en el dolor creativo de la palabra desde esa quietud inherente a la experiencia de la vida.

 

…Cada palabra descerraja un tiro de realidad,

pero es demasiado insoportable para acogerla en el corazón;

así que nos guardamos de sus aristas con pesimismo

y pesadillas. Nada hay muy seguro en el silencio,

pero la palabra apunta a la certeza de la pena…

 

En el poema Sólo queda mirar la voz poética se lamenta de esa huída del tiempo y de alguna manera busca refugio, desde la resignación, en lo cotidiano, en lo más querido y cercano de su propia vida.

 

…sólo queda mirar

hasta cegarse los ojos,

volver la vista-si puedes todavía- a la vida; sonreír

a tus hijos

todavía inocentes de estos crímenes,

contemplar el cielo que nos cubre a todos por igual. Es lo último

que puedo decir…

 

Hay lugar en el libro para el endecasílabo en su máxima expresión poética, en el soneto. Como muestra del talento y la maestría de Julio, baste el segundo cuarteto de De la Condición Humana.

 

…Te sabes antes que nacido muerto,

ser antes que memoria, sólo olvido;

efímera la vida y lo querido

por la mano del tiempo ya cubierto…

 

Consciente el poeta del final inevitable, en Las horas de enero reflexiona sobre la muerte.

 

…Ya rasga el aire el persistente tictac

del tiempo. Ya los cuentos

aletean por mis ojos Ya las sombras

Ya la noche Ya las horas

 

Ya el silencio.

 

En la segunda parte del libro, Confusiones, el poeta penetra en las horas de su oficio, en el quehacer poético, en el poder creativo del lenguaje. Así se refleja en Grito de la necesidad, donde los encabalgamientos visten el verso.

 

Poesía es voz del sentimiento, grito

de la necesidad. Lo sé. Por eso

los paisajes

se pintan de lavandas, jaras

y bosquecillos de encinas; los ocasos

arremeten contra el sol vencido de horizontes,…

 

El autor da a las palabras el valor apasionado de quien vive por ellas, del poeta.

 

No vivimos

en las cosas; habitamos

las palabras

que vuelan en el alma y luego

son luz

y aliento

y nombre y realidad

del mundo…

 

La tercera parte del libro, En horas de amor y desamor, se define en su propio título. En Carta devuelta, retornamos al soneto espléndido, que se resbala dulce y líricamente por nuestro interior, por ese arte de saber colocar los acentos en el sitio preciso.

 

Después de aquel final sin despedida,

sin lágrimas ni adiós ni un sólo beso,

creí que los finales eran eso,

sólo el azar de una ocasión perdida…

 

Julio se adentra en el octosílabo en En nombre del amor vengo.

 

…Si abrazado a los sentidos

por ti muero y por ti vivo

mis sueños tiene rendidos

de ti el amor que recibo…

 

Julio  González Alonso en la cuarta parte del libro, La luz de las ciudades, nos acompaña en los recuerdos de sus viajes y nos muestra esos paisajes urbanos y humanos que le han inspirado. Veamos de su mano París.

 

…No puedo escribir París; sólo razón, filosofía, barricada

de jóvenes airados, años repitiéndose a sí mismos

e interminable abrazo, futuro, espejo

en el que encontrarnos siempre

con el alma desnuda. Si no puedo escribir París

escribo el mundo.

 

De Madrid, el homenaje final a la ciudad que acoge a Cervantes.

 

…Sonó la hora

en torrente poético y don Quijote

vino, después de muerto, a sentar plaza.

 

Los designios es el título elegido para finalizar el libro. Nos mezclaremos en sus páginas con las deidades clásicas, con sus héroes, en los que nos veremos reflejados, pues al fin sus sueños y sus miserias son las mismas desde que el mundo es mundo. En Los dioses el poeta nos muestra esa unión con lo humano, ese deseo por hallar la felicidad, truncada una y otra vez por la muerte.

 

…Sólo es que los dioses no podemos

renunciar a lo que somos ni al destino

inmortal, ni a ser eternos

y en cada hombre ser crucificados.

 

En el sugerente poema Corre, caballo de lascivia, nos invita el poeta a disfrutar de la vida antes de que el tiempo nos la trunque.

 

…Antes

de que el tiempo

se haga pausa

en el pulso de tus sueños, surco en la geografía de tu cuerpo,

distancia

en lo profundo de la mirada de tus ojos,

muerte. Antes de que la felicidad quede a tus espaldas

 

Cuando he cerrado el libro tras haberlo degustado durante largos días, y antes de ponerme ante el teclado, sólo me ha venido una palabra a la mente: Poesía. Estamos ante un poeta que hace poesía verdadera, ante un poeta que domina el género, los metros clásicos, los acentos y que se desenvuelve con maestría, sin renunciar a dotarlos de cierta estructura, en el verso libre. Pero, por encima de todo estamos ante una poesía que nos llega, que estimula las fibras necesarias que desembocan en la emoción. Y lo hace sin trampas, sin concesiones a la sensiblería, ni a la cursilería. Estamos ante un poeta, Julio González Alonso, y ante un arrebatador libro  de poesía, Lucernarios. Bienvenido y bienhallado sea.

Un fuerte abrazo, Julio.

Juan Francisco Quevedo

 

 

Publicado en POESÍA | 14 comentarios

Fotos y frases 1 y 2- Juan Francisco Quevedo

Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi sombra.

No se me ocurre mejor compañía para la vida. Aunque discutamos a menudo.

                                                                                                                             Fotografía de Javier Maza Uslé

OLYMPUS DIGITAL CAMERA



 

Siempre me hago la misma pregunta al descubrir las marcas del tiempo en las moles pétreas que desafían los siglos:

¿Qué misterios ocultan las piedras labradas de los arcos centenarios?

Acaso la memoria de los hombres que las contemplaron con admiración, acaso la memoria de los que transitaron a su sombra.

Como los buenos libros de poesía, nunca nos revelarán del todo los secretos que esconden. Se erigen como celosos guardianes del “presente continuo” de un pueblo.

                                                                                                                                   Fotografía: Marcelino Quevedo

 

Publicado en REFLEXIONES | 4 comentarios

NOCTURNO-Juan Francisco Quevedo

Unos versos he de hacer con buen semblante; con clásico criterio y sin aprieto, espero poder armar un soneto… con el viento rampante por delante.

nocturno

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

UN CUENTO DE REYES-EL BELÉN-Juan Francisco Quevedo

UN CUENTO DE REYES-EL BELÉN-

img_20161222_092147091

“Esta es la curiosa historia de cómo se popularizó el Belén en este país…”

UN CUENTO DE REYES-EL BELÉN-

Mª Amalia de Sajonia, la que fuera mujer de Carlos III nunca gozó de muy buen carácter para disgusto, sobre todo, de las damas de honor que se movían a su alrededor, a las que llegó a maltratar físicamente, dándoles algún que otro cachete si cuadraba. Llegó a España desde Nápoles, dispuesta a reinar con muy pocas ganas, con varias cajas de cigarros habanos–le calmaban los nervios- y con la decisión firme de montar un Belén en Palacio, tal y como era habitual en Nápoles. No sabía que lo que se conocería como el “Belén del príncipe”-en honor del futuro Carlos IV- sería el germen para que la tradición del Nacimiento se extendiese, primero entre los nobles y casi inmediatamente entre el pueblo.

Se puede decir, por tanto, que los nuevos monarcas fueron los artífices de la popularización del Belén en España. Además, contribuyeron a extender otro vicio nacional: ambos mostraban una gran adicción al tabaco, especialmente la reina, y hacían que desde América les remitiesen grandes partidas de estas hebras que componían los habanos. Consta-sirva como anécdota costumbrista- que la reina, al trasladarse a España para ceñirse la corona, además de gran cantidad de tabaco y el Belén, trajo consigo un cantidad ínfima de ropa interior, sin duda por la usanza existente entre la clase alta de cambiarse solamente una vez al mes. Toda la peste maloliente se solucionaba con afeites, perfumes y material de arrebolamiento. ¡Qué sería del populacho!

Mª Amalia de Sajonia era una mujer quejosa y protestona, difícil de sobrellevar. Ya se había mostrado así en Nápoles pero, en Madrid, ciudad que detestaba, se exacerbó su caprichoso y mal carácter, menos mal que, de cuando en cuando, con un buen puro habano lo sobrellevaba. Y si no, la caza era otro de sus tónicos.

Pero volvamos a lo nuestro, María Amalia de Sajonia, nada más llegar de Nápoles, colocó su Nacimiento en el palacio del Buen Retiro, donde se alojaba la familia real, introduciendo e inaugurando lo que, sin tardar, habría de ser un clásico durante las fiestas navideñas. Tal fue la repercusión y la acogida de este primer Belén que enseguida fue imitado por la nobleza y el pueblo, penetrando en la sociedad española esta costumbre sin hacer distinción entre las clases sociales. Todas gustaban de esta nueva moda que, con el tiempo, acabó siendo una de las tradiciones más arraigadas en las fiestas navideñas de cualquier familia española.

De Madrid no le gustó ni la ciudad, ni sus gentes, ni el tiempo de la capital, ni el palacio del Buen Retiro, incómodo y con las instalaciones anticuadas y deterioradas, donde se albergaba, pues aún no habían finalizado las obras del palacio Real; nada era de su gusto, salvo el impresionante edificio herreriano, mandado construir por Felipe II en El Escorial.

María Amalia de Sajonia no tuvo mucho tiempo para renegar, ya que falleció el 27 de septiembre de 1760, poco después de su llegada. Ni tan siquiera la presencia del cuerpo de San Isidro en sus habitaciones, hasta donde se hizo llegar para que obrara el milagro, pudo salvarla.

Al morir, a la edad de treinta y cinco años, no se había molestado aún en intentar aprender la lengua del país en el que reinaba, ni había hecho ningún esfuerzo por integrarse.

“Para acostumbrarme a este país creo que no bastaría toda mi vida.”

Su mayor legado fue habernos dejado la tradición navideña del Nacimiento.

 

Espero que los Reyes Magos os traigan, cuando menos, un libro. No olvidéis pedirlo.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | 16 comentarios

Un cuento de Navidad-Juan Francisco Quevedo

UN CUENTO DE NAVIDAD

UN CUENTO DE NAVIDAD

Más allá de de cualquier consideración de esas de “odio la navidad” o “me gusta la navidad”, está la tradición de estas fiestas. Y la llegada de primer árbol de navidad-una de sus representaciones más extendidas- a Madrid tiene una historia muy curiosa.

En aquella Francia del Imperio, pendoneaba la figura del duque de Morny, hermano ilegítimo de Napoleón III. Entre correría y pillería conoció a una bellísima princesa rusa, presunta hija del zar Nicolás I-entre bastardos anda el juego- de nombre Sofía Troubetzkoy, pero más conocida, desde su matrimonio, como duquesa de Morny.

Después de dar a luz unos cuantos hijos y sin perder un ápice de su belleza enviudó del crápula de su marido, mientras seguía siendo, junto a la emperatriz Eugenia, uno de los ejes de la buena sociedad parisina. Curiosamente, sin tardar mucho, se uniría a la emperatriz Eugenia de Montijo en sus sentimientos hacia el duque de Sesto, sólo que si ésta hubo de conformarse con un imperio e inaugurar el canal de Suez, nuestra Sofía se llevaría el corazón del duque, descendiente directo de aquel marqués de Spínola que tan espléndidamente retratara Velázquez en “La rendición de Breda”.

Se casaron en Vitoria el 4 de abril de 1868, instalándose en el palacio de la Cibeles, donde Sofía pronto se convirtió en el eje de la sociedad madrileña. Además de muy bella, era muy inteligente y enseguida se entregó, junto a su marido, a la causa de la Restauración alfonsina, siendo su participación, en muchos aspectos, determinante para el triunfo de la misma.

Tras la caída de Napoleón III, el duque de Sesto acudió en auxilio de la familia real española, colaborando en su traslado a Suiza, donde la dejó a salvo, a la espera de ver cómo evolucionaban los acontecimientos en una Francia ocupada por Bismarck.

Una vez completada su tarea, regresó a Madrid y junto con Sofía organizó la primera gran fiesta de apoyo a la Restauración. Volvía para apoyar a Cánovas en el camino para poner al príncipe Alfonso en el trono de España. En su palacio de la Cibeles-donde actualmente está el Banco de España-, fueron convocados los Grandes de España. Al entrar, pudieron contemplar, en aquel diciembre de 1870, el primer árbol de Navidad que se veía en Madrid, instalado por orden de la duquesa Sofía. Una vez acomodados todos los invitados, el anfitrión cedió la palabra a Cánovas:

“El futuro es el príncipe Alfonso y sólo él”

Aquel día no sólo se produjo el primer paso para restaurar a los borbones sino que se inauguró una tradición; poner un árbol navideño en la vida de los españoles.

Aprovecho para desearos una Feliz Navidad y un año entrante lleno de buenos augurios.

Y no olvidéis, entre los regalos, poner siempre algún libro.

                                                                                                                                       Juan Francisco Quevedo

 

 

Publicado en POESÍA | 10 comentarios

ISABEL MARINA -Juan Francisco Quevedo

ISABEL MARINA (2016). ACERO EN LOS LABIOS

EDICIONES CAMELOT

ISABEL MARINA (2016). ACERO EN LOS LABIOS

EDICIONES CAMELOT

 

“Acero en los labios” es el acertado título del libro de poemas que Isabel Marina acaba de publicar en ediciones Camelot. La poesía que nos presenta la autora es una poesía dura e hiriente, aunque quizás sería más certero decir que se trata de una poesía herida.

Desde el primer verso nos propone un viaje a través de un paisaje desolado, un paseo sin red por el que transitaremos, entre imágenes sugerentes y arriesgadas, hacia el mundo interior de la voz poética. Y siempre lo haremos bordeando el abismo.

De entre los muchos poemas que hubiera podido elegir, he escogido aquel que más me ha impactado, tanto por su hermosura inerme, como por su construcción, así como por poseer un ritmo en el que, hasta en una silenciosa lectura, casi podemos sentir su dicción.

“Desnuda” posee una hondura singular, acompañada de esa belleza formal que debe impregnar la buena poesía. Nos atrapa desde la primera palabra, que da título al poema, e inmediatamente establece una relación de complicidad con el lector que hace que éste no tarde en identificarse con la voz poética. Ésta nos emite señales continuas desde las que nos transmite su indefensión, su vulnerabilidad y desprotección ante esa avalancha tumultuosa en la que se ve envuelta, la misma en la que, de alguna manera, todos nos hemos visto engullidos en algún período.

En la segunda parte del poema, en la cual consigue zafarse de ese caos en el que se halla inmersa y perdida, será cuando al fin se sentirá, en su desnudez, verdaderamente libre. Me quedo con ese atisbo de esperanza con el que finaliza el poema.

Juan Francisco Quevedo

img_20161206_230956

Publicado en POESÍA | 10 comentarios

EN LA MUERTE DE FIDEL-Juan Francisco Quevedo

EN LA MUERTE DE FIDEL

 

Fue un martes de un mes de enero, allá por 1.959, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto – aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fúsil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana. Estos comandantes, barbudos y desaliñados, celebraron la noche de Reyes bailando en los salones presidenciales al ritmo sincopado de la metralla que conllevaba la revolución. Es de suponer el consiguiente disgusto que aquellos bailes, de salsón caribeño, acarrearon a Don Fulgencio Batista y a toda su corte de oropeles, una corte de los milagros nada descuidada, ni en sus excesos ni en sus cuentas corrientes. Esta caravana –nada desamparada- de la opulencia, tamizada por el chino del esperpento yanqui, se hacinaba, ahíta de caderas mulatas y satisfacción burguesa, en los casinos y cabarets de toda Cuba. En sus manos, los billetes de cien dólares hacían las veces de improvisados cerillos con los que prender los imponentes cigarros puros que extraían de sus tabaqueras de piel. Entre tanto, una hermosa trigueña negra, de arrubiados cabellos y de ojos bellamente rasgados, se los sostenía, por una mísera y cuantiosa propina, entre bocanada y bocanada.

En aquellos tiempos de mano dura y tente tieso, los negritos cubanos, como en una nueva Oda al Rey de Harlem, se uniformaban, día tras día, de dignos esclavos al servicio de una clase despreocupada. Estaban todos ellos a punto de llevarse, al ritmo carnavalesco de las barras y las estrellas, una patada en el centro mismo del trasero. Después, tras ser arrojados al mar, el buen clima de Miami sería su nuevo y cálido destino. La verdad es que no perdían ni tanto.

 

“Es por el silencio sapientísimo

cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua

las heridas de los millonarios

buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre”

 

                                                               El rey de Harlem. Federico García Lorca (Poeta en Nueva York)

 

Pero, otros, sí que perdieron. Perdieron hasta la camisa que llevaban encima. Fidel les puso en la escalinata de un avión desde donde, por última vez, miraron la isla de sus amores y pesares. A los que se quedaron no les fue mucho mejor. Lo único que ganaron, además de una camisa, fue poder inundarse de luz caribeña todos los amaneceres. Pero, al fin, todos ellos -estos sí – perdieron. Tanto los que se fueron como los que se quedaron.

Las barbas de Fidel, envueltas en el verde oliva de la revolución, no se afeitaron, ni tan siquiera consiguieron arrancarle un pelo, cuando se dirigió a territorio comanche. Desde el corazón de Harlem, en el hotel Theresa, Castro nacionaliza hasta el uniforme del negro que le abre la puerta, por supuesto en homenaje al poeta granadino, redivivo en este lorquiano personaje. “Ni Estados Unidos, ni el capitalismo, ni toda esa patraña imperialista…” y así más de cuatro horas en una O.N.U. perpleja y hastiada, adormecida y desentendida, ante la diarrea verbórrea de este barbudo con piel de aceituna. Sólo los desaires, aspavientos, puñetazos y zapatazos de un jocoso Nikita despiertan a este envarado auditorio de su aturdimiento ensimismado.

Tras encasquillarse en su hotel americano, Fidel se enquistaría, y ya por siempre, en su Cuba natal, rodeado de misiles anti-todo: antirevolución, antipersonas, antiintelectuales molestos, anti… y así, inmerso en su paranoia anticapitalista y en su mascarada no alineada, llegó a encerrar, cuando no ejecutar, a disidentes políticos, a enfermos de SIDA, a poetas engorrosos, a jóvenes sospechosos… Nikita, su gran mentor, aunque sólo se le recuerde por el día que se quitó el zapato, al menos despojó de la máscara -después de muerto, eso sí- al aún temido Stalin, autor material e intelectual de las purgas masivas. Luego vendría lo que se dio en llamar “depuración” y, por último, el revisionismo, que a punto estuvo de acabar, con la excusa de renovar, con la dirección de todos los partidos comunistas de su órbita. Una vez depurados, purgados o revisionados, nunca se volvía a saber de ellos –“Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es sólo una estadística”, decía un Stalin que sabía mucho de eso-. Desaparecían hasta de las fotos oficiales. Y si hacía falta se les perseguía por medio mundo, y si no que se lo digan a Liev Trotski -el de la revolución permanente-, que vivió escondido y retirado como una Egipcíaca y murió asesinado en México, a manos de un español enviado por Stalin, Ramón Mercader, al incrustarle un piolet en el cráneo.

“Tú tienes dos ojos,

pero el partido tiene mil”

                                        Brecht (Oda al partido)

En aquellos años de revolución y fe ciega en el comunismo soviético, los cubanos, con Raúl y Fidel a la cabeza, cambiaron la madre patria por la madre Rusia, a Dios por la santería, a Tropicana por las jineteras y al coco y al hombre del saco por el capitalismo infame. Y hubo un tiempo en que, de alguna manera, creíamos en ellos… hasta que fuimos cayendo, como cayó –e hicieron callar-, Eloy Gutiérrez Menoyo y otros comandantes, que aquella revolución, dispuesta a acabar con la dictadura de Batista, para dar el poder y la voz al pueblo, no era más que la finca del comandante en jefe. Allí ya no se volvió a oír otra voz que la de Fidel y, en ocasiones, durante más de ocho horas seguidas, durante las tediosas arengas que el sufrido pueblo asistente tenía que soportar a pie firme. Y sin rechistar. Y, ya se sabe, las culpas de todos los males siempre son ajenas, sobre todo si emanan del poder, si tienen su origen en él. Y cuanto más omnímodo es el poder, mayores son las culpas… de los demás.

 

“Ángel que ha cegado los ojos del pueblo, les echa en cara su ceguera”

                                                                                         John Milton.

En 1.961 pasaron cosas en el planeta que estremecieron, y casi robaron, el alma de un mundo indefenso ante la amenaza nuclear que se le venía encima. Este año, John F. Kennedy toma posesión como presidente electo de los Estados Unidos y, con él, se inicia un nuevo estilo de hacer política, aunque en muchos aspectos este nuevo estilo sólo afectará a las formas. Unas formas con las que este pícaro, joven rebosante de “charm” y con una sonrisa impecablemente reluciente, embaucará a los jóvenes divinos del mundo. Su halo de triunfador todavía perdura, sobremanera en viejos progresistas acomodados. Su persuasivo discurso, durante la toma de posesión, ha entrado a formar parte de la historia, de una historia que, como dijera Cicerón, y me repitiera en el colegio el padre Eliseo hasta la saciedad “… es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

Pronto saldría a relucir la bestia que se ocultaba bajo su inmaculada sonrisa de “bon vivant”.  Aparecía, como dijera Kant en su obra “La crítica de la razón pura”, “la cosa en sí” –Ding an sich-, o sea, emergía la verdadera naturaleza del ser que sólo la apariencia de su presencia escondía.

En abril, la C.I.A., cómo no, organiza el desembarco, en Bahía de Cochinos, de un grupo de exiliados cubanos. Castro, frotándose las manos, les esperaba inflamado de patriotismo heroico; David contra Goliat. Ambos, como Tántalos modernos, hubieran preferido morir de hambre y sed antes que dar su brazo a torcer. Es otra forma de avaricia y egoísmo, más cruel que la del mito, ya que afecta a todo un pueblo, pero, metafóricamente, similar a la que nos describe Petronio en su “Satiricón”. El saldo se libra, para la orgullosa América, con una humillante derrota que el presidente Kennedy intenta asumir como puede. A Fidel poco le cuesta asumir la victoria; al arrojar al mar a los contrarrevolucionarios, henchido de satisfacción, juntó su barba rala a la rala barba del Che y pensó en aquella máxima del Derecho Romano que se recoge en el Digesto: “Dar a cada uno lo suyo”.

Y, quizá, se le vinieran a la cabeza las palabras que pronunciara Niceto Alcalá-Zamora, el primer presidente de la II República española.

 

“No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga”

 

Tras este desastroso desenlace, la cota de tensión entre los bloques se dispara, alcanzando su máximo nivel al año siguiente, al detectar los aviones espía estadounidenses el despliegue de misiles y rampas de lanzamiento, por parte de los soviéticos, en la isla de Cuba. La llamada “crisis de los misiles” puso a la humanidad al borde mismo de la autodestrucción. Nunca el mundo, víctima de la estupidez de sus dirigentes, estuvo tan cerca de su desintegración física como planeta, de su desaparición como parte del sistema solar. Sólo rememorar aquellos acontecimientos me hace temblar.

 

“horresco referens” (tiemblo al referirlo)

                                            Virgilio (Eneida 2,204)

 

Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Y así fueron pasando los años-en enero hubieran sido cincuenta y ocho desde aquella noche de Reyes del 59-, hasta casi no poder concebir este continuo tiempo presente sin la presencia del comandante. El caso es que mientras que empezábamos a creer, de veras, en Fidel como en un ser inmortal, se ha ido de este mundo. En fin, se ha marchado mientras que esperaba a que la historia le absolviera. Descanse en paz.

Publicado en POESÍA | 11 comentarios

Leonard Cohen-Juan Francisco Quevedo

img_20161111_124921141

LEONARD COHEN

Atrás, en el desgastado azogue del espejo, habían quedado los cadáveres de Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix, velados en el neoyorkino Chelsea Hotel. Esperaban envueltos en el sudario de una canción del siempre lírico poeta canadiense Leonard Cohen. Hoy, con unos cuantos años de más y unos cuantos sueños de menos, se une a ellos este hombre, devenido en místico misterioso, como su voz, cadenciosa, lejana y envolvente.

El viejo amante, tañidor de canciones desde una habitación-mi primer disco del cantautor y un gran descubrimiento de mi adolescencia-, seguirá entonando sus temas, deslizando suave y profundamente las palabras, con la lejana ternura que da, en los velatorios, la soledad amortajada de los muertos. Y lo hará en su propio funeral, para sí mismo, como ya lo hiciera, en tiempos, a la Janis de cara y gafas redondas, a la niña que antaño fuera, a la desgarrada voz capaz de emerger de la garganta de una chiquilla feúcha y un poco regordeta, a la conmovedora cría que con los Big Brother&The Holding Company nos destrozaba el alma al oírla vocalizar, con todo su histrionismo a cuestas, las primeras notas de “Summertime”.

La voz de Cohen, como una letanía lejana y monótona, rebota desde las profundidades del sueño eterno en las paredes de un alma, la suya, más que curtida en cientos de batallas carnales. Al menos ese rumor aún circula por las calles de Montreal. Y las mujeres, de ya cierta edad, de esa edad en la que todo da un poco igual, lo difunden como quien muestra sus heridas de guerra o sus condecoraciones. Dicen algo así como que “en aquella primavera me desperté junto a Leonard”. Él, con su cara de asceta moderno, desde la soledad de los muertos, simplemente consiente y asiente.

 

Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel

Eras famosa, tu corazón una leyenda…

 

…Te arreglabas un poco y decías: “Bueno, no importa

que seamos feos, tenemos la música”

Leonard Cohen (Chelsea Hotel)

 

 

… Oh días llenos de seducción

Ya no queda nada de ellos

Y mi país ¡ay de mí!

Ya no volveré a verlo

                                  Leonard Cohen (Un canadiense errante)

 

 

Publicado en POESÍA | 16 comentarios

Bob Dylan-Juan Francisco Quevedo

Ahí estoy, a finales de los setenta

BOB DYLAN

LA POESÍA Y LA MÚSICA DE UNA GENERACIÓN

Recuerdo 1974 como el año de mi primer disco, el primero que compraba con mi voluntad, la mucha y variable que se tiene a los catorce años. Después de pasar por los almacenes Simeón, me decidí a entrar en Simago y después de mirar y mirar-no es fácil decidir en qué se gasta uno el dinero cuando casi no le llega-, salí con dos LPs bajo el brazo. Uno era el Abbey Road de los Beatles y el otro el Nashville Skyline de un joven Dylan que desde la portada nos saludaba con su sempiterna guitarra, a golpe de sombrero. Ese fue mi primer encuentro con el cantautor americano. Y el último, y único, con el mito, lo tuve hace unos veinte años, cuando mi hermano Marce me regaló unas entradas y le vimos en directo. Y he de confesar que fue un poco tarde; salí decepcionado del concierto y de la banda que llevaba. Decidí entonces que a los héroes vivientes es mucho mejor leerlos, escucharlos y hablar de ellos que frecuentarlos.

El caso es que hoy me he enterado de que a Dylan le acaban de otorgar el premio Nobel de Literatura y lo primero que he pensado es qué dirán todos esos muchachos que se movían al ritmo de sus inquietudes y de su música, esos jóvenes, más airados que nunca, y que no sólo miraban atrás con ira, sino que fueron capaces de llevar a la práctica lo que John Osborne y su grupo de escritores sólo ejercitaban intelectualmente. Qué dirán esos muchachos que se movían al primaveral ritmo-“Flower power”-, de una música electrizante y, para las muertas mentes -como sus oídos-, de un establishment atolondrado, ensordecedora. “Somebody to love” de los floreados Jefferson Airplane pudiera ser el ejemplo que ilustrase ese sentir combativo, desprendido, gozoso y lleno de libertad de estos muchachos con los que la alegría se desparramaba a raudales. Y qué dirá y qué será también de aquel muchacho de Minnesota que cambió su verdadero nombre por el del poeta Dylan Thomas.

“Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,

aquí estalla un beso en una cantera sin amor.

Oh, ved en  los muchachos los polos de la promesa.”

                                          Dylan Thomas (Veo a los muchachos del verano)

Qué será de aquel joven que mientras se bailaba el twist en el neoyorquino Peppermint Lounge ya golpeaba y llamaba, con la fuerza de una armónica, a las puertas del cielo.

“Gentes, donde quiera que estéis,

reuníos aquí

y admitid que las aguas han crecido

y que pronto estaréis

calados hasta los huesos,…

… Porque los tiempos están cambiando”

                                       Bob Dylan (The times they are a-changin´)

Cuántas cosas pasaron en aquel lejano 1961. Durante ese año un joven casi barbilampiño, venido del corazón minero de América, un joven de Minessotta que se hacía llamar Bob Dylan acababa de llegar a Nueva York, pateando autopistas, chupando cielo raso y azulejando el desolado peregrinar del solitario de acordes de guitarra y resoplidos de armónica. Desde Mobile, en medio del desierto-“On the road”-, haciendo auto-stop, se las apaña para desembarcar en el Greenwich Village neoyorquino. Llega con unos pantalones vaqueros, a la fuerza desgastados, sin una cama segura sobre la que pasar la noche, sin un dólar en unos bolsillos raídos y pateando antros y garitos a golpes-“beat”- del ritmo de sus cuerdas poéticas. En aquellos primeros tiempos sólo Woody Guthrie, el viejo luchador, el cantante comprometido con cualquier injusticia, desde el limbo de su enfermedad terminal, parece entenderle.

“Yo soy poeta para los pobres, porque he amado siendo pobre; como no podía dar regalos, daba palabras”

                                                                        Ovidio (Arte de amar-LibroII)

Y en tanto Bob, tal vez inspirado por Eliot, escribe y canta. Canta y escribe, incluso a cuento de aquellos misiles, y su famosa crisis, que en cualquier momento podían caernos a chuzos desde el cielo, de aquellos misiles a punto de eliminarnos, de acabar con todo. Y así, como en una letanía mortuoria, monótona como un rosario a media lengua, intuye la fatuidad de la existencia.

“¿Oh, qué viste, para estar tan triste, hijo mío?…

Vi a diez mil oradores con las lenguas rotas,

Vi pistolas y afiladas espadas en manos de niños,

Y es dura, y es dura, y es dura, y es dura,

Y es dura la lluvia que va a caer.”

                                                        Bob Dylan (Una dura lluvia va a caer).

Se apresura a cantar esta letanía con el temor de no poder acabarla, con la incertidumbre de no saber si podrá volver a entonarla, con el miedo de no poder ver ya a John F. Kennedy y a Kruschev, en sus búnkeres, como únicos representantes de una humanidad extinguida. Pero no, este juglar moderno que camina descalzo por el desierto y por el asfalto, aún tenía que regresar al camino, a la autopista 61, con su verdad desnuda y, como un canto rodado, penetrar e inundar las conciencias de los jóvenes con sus composiciones. A veces con letras amargas y desencantadas que, sin embargo, mantienen un punto de esperanza y fe en el mundo y en la humanidad.

“Y por cada desvalido soldado en la noche

nosotros vimos las campanas de la libertad resplandeciendo”

                                                                        Bob Dylan (Campanas de libertad).

En aquel lejano 1.961, sin ninguna duda, los tiempos empezaban a cambiar. Y de qué manera.

Pero si el 61 fue el año en que Dylan se decidió a dar el gran paso y abandonar el pueblo buscando horizontes, 1.963 es el año en que Dylan, a través de los que le versionaban –Peter, Paul y Mary-, apareció en las listas de éxitos y, a consecuencia de ello, su mensaje comenzó a resonar en las conciencias de todos los que esperaban –incluso desde la inconsciencia de la edad- algo distinto, algo bueno y algo realmente nuevo. Aunque se diera la paradoja de que llegara con un sabor tan rancio como la música tradicional y, para rematarlo, además, aún sin electrificar. Aquel hombre, aquella música, llevaba en sus tuétanos el bagaje y la experiencia de los que han dormido en la calle, de los sin techo.

“El hombre, para ser hombre,

necesita haber vivido,

haber dormido en la calle

y, a veces, no haber comido.”

              Antonio Machado (Juan de Mairena)

Todo daba igual, aquello no era lo de antes, ni lo de siempre, aquello sonaba realmente bien, sonaba a verdad y decía lo que muchos esperábamos que alguien algún día dijera. En cualquier caso, para proporcionar intensidad y decibelios ya estaba el rock y, sin tardar y con una gran controversia, el mismo Dylan se apuntaría al sonido enloquecido y eléctrico de una buena banda. Eran años en que los jóvenes sólo anhelaban disfrutar del presente, olvidándose de todo lo restante. Además de un compromiso hacia los demás, existía un componente epicúreo y lúdico en todas sus acciones, así como una necesidad de agotar todas las posibilidades que la vida te brindaba, sin pensar que hubo un ayer ni que habrá un mañana. Sólo importaba vivir -haciéndolo a fondo- el momento presente. Un Dylan, cargado de poesía, nos deleita con este “hombre de la pandereta”, una canción que pronto alcanzará lo más alto de las listas en la versión de los “Byrds”.

“Sí, bailar bajo el cielo de diamante,

agitando libremente una mano,

silueteado por el mar, rodeado por arenas de circo,

con todo recuerdo y destino profundamente hundido bajo las olas.

Deja que olvide el hoy hasta mañana.”

                                                 Bob Dylan (Mr. Tambourine man)

Pronto llegará su segundo disco eléctrico, en el 65, “Highway 61”, un sentido homenaje a la ruta que le conducía desde su Minessota natal a la ciudad más musicalmente enraizada de toda América, Nueva Orleáns. En este disco, una memorable canción, “Like a rolling stone”, se convirtió en un himno generacional, representando a todo el movimiento cultural surgido en esta década.

“¿Qué se siente? ¿Qué se siente?

al estar sin un hogar,

como una completa desconocida,

como un canto rodante.”

                  Bob Dylan (Like a rolling stone)

Un año más tarde aparecería un disco imprescindible, una obra maestra. Representa en la música moderna lo que Bécquer o Garcilaso en la poesía; un antes y un después. Junto al “Sgt. Pepper´s” de los Beatles, al “Pet Sounds” de Brian Wilson –líder de “The Beach boys”-  y, quizá, también al “Affermath” de los Stones, en su primer disco compuesto íntegramente por ellos –“Paint it black”-, “Blonde on blonde” es el disco más influyente, en cuanto a lo que supuso de cambio, de toda la historia de la música rock. Dylan lo grabó en Nashville, donde años más tarde regresará al folk, con una voz casi de “crooner” y con canciones como la bellísima “Girl from the North Country”, que interpretará junto a un mito de la música americana, Johnny Cash. En aquel lugar gestó todo el disco, allí logró encontrarse consigo mismo y con la suficiente inspiración como para componer obras claves. Y lo hizo junto a grandes músicos, como Al Koper y Robbie Robertson. En el disco están desde la archiversionada –recuerdo a Nina Simone- “Just like a women” hasta la hermosa canción de amor que dedicó a su mujer, Sara, “Sad-Eyed Lady of the Lowlands”. Este héroe de la contracultura, aspirante al Nobel de Literatura, nunca volverá a llegar tan lejos, ni tan siquiera en el día de hoy, en el día en que ya un premio Nobel de Literatura luce en sus estanterías.

Me asaltan los recuerdos, a la velocidad de golpeo del teclado, y de repente veo a Bob Dylan y a Joan Baez, como almas gemelas, en el Festival de Newport, formando la pareja más envidiada del universo sesentero. De alguna manera, durante años, formaron un dúo de hecho que, tras distanciarse en el tiempo, se volvieron a ver las caras, por los ochenta, como si nada hubiera pasado, en un multitudinario concierto en París, en el que Dylan lucía, como un viejo corsario, un pañuelo atado en la cabeza que no hacía sino resaltar su de por sí prominente nariz que, como ya dijera Quevedo de un cura narigón, pareciera ser de la familia Nasón. Tras Newport, y tras años de unión, Bob prefirió seguir su vida, llena de crisis y altibajos, salpicada por alguna que otra iluminación mística, pariendo temas inolvidables, donde los perdedores de la vida se rehabilitan; baste recordar la maravillosamente clásica canción, de título “Huracán”, sobre la injusta condena a un púgil negro. Joan, por el contrario, prefirió no encerrarse en sí misma y abrirse a la vida de otras gentes, de tal modo que lo mismo aparecía en un concierto a favor de la paz que en cualquier reivindicación, lo mismo daba que fuera por la igualdad racial que contra el uso del Napalm en Vietnam. Y, ahí sigue; de hecho, en los noventa, aún tenía fuerzas para encaramarse encima de un árbol centenario y protestar por la tala indiscriminada y la deforestación del planeta. Eso sí es poseer un espíritu combativo desde el que, a pesar de esta perra existencia, sigue dando “Gracias a la vida” y, nosotros, seguimos dando gracias de que existan aún personas en las que el espíritu bondadoso y beligerante no decae a pesar de las arrugas que el tiempo se encarga de dejarnos, tanto en el cuerpo como en el alma.

Y no sólo fue Dylan, aunque fuera el principal abanderado a su pesar, fue la música y su poder de rebeldía la que cautivó a la juventud; no cabe duda que aquella música bestial, alocada y apasionada, como los poemas de Byron y Pushkin, nos absorbía provocándonos los mismos “movimientos del alma” que a los grandes románticos rusos. Y no sólo fue Dylan, fue la época a la que pertenecieron. Una época durante la cual la música, fuera de los Stones –Agamenón- o de su porquero, era una bandera tras las que se iba a la búsqueda de la verdad, por muy efímera y subjetiva que fuese.

Hoy, con la concesión del premio Nobel de Literatura a Robert Allen Zimmerman, más allá de las polémicas literarias, condecoran a todas aquellas generaciones que impulsaron un cambio social cuyo influjo aún perdura. Y por supuesto, a las letras y a la poesía de este juglar de cualquier tiempo.

Juan Francisco Quevedo

Santander, a 13 de octubre de 2016

 

Publicado en POESÍA | 10 comentarios

EN EL CENTENARIO DE BLAS DE OTERO, PERSIGUIENDO UNOS VERSOS DE LUIS CERNUDA-Juan Fco Quevedo

1

EN EL CENTENARIO DE BLAS DE OTERO, PERSIGUIENDO UNOS VERSOS DE LUIS CERNUDA

 

Cuánto ha de valer

un hombre de nuestro tiempo

que viva en un país,

pongamos que de la vieja Europa,

de cuyo nombre ya sólo se acuerden

las astrosas lápidas del exilio.

 

Cuánto ha de valer

un hombre de nuestro tiempo

que viva en un país,

pongamos que uno tal como el nuestro,

de cuyo nombre no quiere acordarse…

ni Dios.

 

España,

pobre patria de la desesperanza,

¿dónde están los días en que tu nombre

envenenaba todos nuestros sueños?

 

2

Publicado en POESÍA | 1 Comentario

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA-JUAN Fco QUEVEDO

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

CRÓNICA DE TRES LECTURAS

1

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

CRÓNICA DE TRES LECTURAS

Descubrí la poesía de Ángeles Carbajal de manera casual entre las redes sociales, ese nuevo medio que existe desde no hace tanto para comunicarse y del que tan difícil es seleccionar; separar lo mucho y malo de lo poco y bueno. Con la lectura de algunos poemas sueltos, enseguida pude ver entre aquellos versos a una poeta grave y redonda, con una hondura y una lucidez expresiva, a través de simbólicas e inverosímiles imágenes poéticas, extraordinaria.

Si bien en tiempos más propicios fui un lector compulsivo de poesía, ahora no paso de ser un lector habitual pero creo que, precisamente como consecuencia de ese bagaje que arrastramos con ligereza, tengo cierto criterio para saber dónde hay un gran poeta, como es el caso. Así que no tardé en pedir el libro a la editorial Impronta y a primeros de julio ya estaba en mis manos. Cuando uno ya no compra libros por comprar sino que lo hace por las simples y reconfortantes ganas de leer algo que considera puede ser enriquecedor, se recibe el libro con especial ilusión. Y son esas ganas las que siempre me llevan−cuando se trata de poesía− a realizar una lectura rápida y un tanto atropellada; un poco como cuando era más joven y la impaciencia del hambre me hacía comer los bocadillos a grandes dentelladas. Y además me sabían a gloria. Lo mismo me pasó con los versos que aparecen en L´aire ente la rama. Tras esa primera y apasionada lectura, vino una más reposada y reflexiva en la que el libro veló mis sueños, vigilante en la mesita de noche durante un par de semanas. Ahora, a primeros de septiembre, lo llevé conmigo durante un fin de semana en el campo, con la intención de compartir su lectura con mis dos hijos y con mi mujer. Durante esos tres días, pudimos comentarlo, leerlo en voz alta y abordar las interpretaciones que iban surgiendo desde diferentes prismas. Fruto de esa inicial lectura rápida, de la posterior, más calmada, y de esta última, entretenida y participativa, nace esta pequeña crónica de tres lecturas.

Desde mi juventud estoy acostumbrado−por concretar, desde mis años universitarios en Santiago− a leer en gallego y en portugués, dos idiomas especialmente apropiados para la poseía; ahí descubrí a Rosalía, a Curros Enríquez, a Pessoa, a António Nobre, a Vinícius de Moraes y a tantos y tantos poetas que me hicieron amar esas lenguas. Posteriormente, también me decidí a leer en catalán; la poesía de Joan Margarit fue la que me puso en ese disparadero y nunca me arrepentí, aunque es justo decir que, en su caso, al haber leído ediciones bilingües, he hecho un poco de trampa porque, si bien sus poemas en castellano no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, siempre he acudido a ellas cuando tenía dificultades con el catalán.

Con Láire ente la rama, me aproximo por primera vez a un texto escrito en asturiano y lejos de ser un inconveniente se convirtió desde el principio en un reto interesante y en una experiencia gratificante. Si bien, he de confesar que juego con algo de ventaja, ya que no en vano llevo yendo por Asturias habitualmente hace más de treinta años y por lo tanto no se me hace tan extraño acercarme a un idioma que coloquialmente estoy muy acostumbrado a escuchar, tanto en la familia de mi mujer como en la calle. Ahora bien, debo decir que Ángeles me ha descubierto una lengua que va mucho más allá de lo que cabía imaginar, y desde luego mucho más allá de los monólogos simpáticos que conocía y, aunque están muy bien como divertimento, no me habían dejado vislumbrar la profundidad y el alcance del asturiano como lengua literaria.

Nos hemos aproximado a la lectura de Láire ente la rama sin tener ningún conocimiento biográfico sobre su autora, lo que de alguna manera nos ha permitido acercarnos al texto sin ningún prejuicio y con mayor objetividad. Y desde luego sin caer en la trampa fácil de confundir a la autora con la voz poética, algo a veces inevitable, ya que la poesía está llena de pinceladas autobiográficas.

Si tuviera que dar una visión general sobre este libro, lo primero que destacaría es cómo la autora logra acercarse al lector sorprendiéndose−sorprendiéndole− con lo cotidiano; algo que en principio, por usual y por tenerlo al alcance de la mano, no parece estar destinado a causar ninguna sorpresa. De alguna manera, es en este terreno donde reside una buena parte de la inteligencia poética; tener esa facultad para observar el cielo y sorprenderse de que las nubes no se derrumben sobre nuestras cabezas.

Esa trivialización de lo cotidiano−como diría Duchamp− es algo muy simple cuando se hace sin sentido artístico. Sin embargo, cuando éste existe lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo, como hiciera Warhol. Ahora bien, cuando se alcanza un nivel expresivo capaz de romper las barreras de lo prosaico−tanto en la concepción de las imágenes como en la palabra­− se consigue una sublimación de lo mundano, se hace arte, se hace literatura. Se puede plasmar, como demostrara aquel albino genial−antes de que fuera víctima del consumismo y contribuyera a cierta banalización de lo artístico− con una sencilla lata de sopa de supermercado, el sueño del arte de Marcel Duchamp. Y todo ello no se logra de cualquier manera sino a través de una racionalización elaborada de la realidad más próxima, con la que es muy fácil que el lector se identifique. Por tanto, Ángeles consigue dos cosas fundamentales, por un lado, hacer que el lector se inmiscuya en algo cercano y, por otro, generalizar y hacer que trascienda ese suceso aparentemente trivial. Logra superar las barreras de lo local, desde lo local, y lo hace universal.

Ángeles Carbajal alcanza en este libro, así mismo, algo aparentemente fácil, pero que es de lo más complicado: consigue desde la sencillez expresiva, hacer una poesía comprensible, sin que por ello se eche en falta un ápice de hondura. Bien al contrario, estamos ante una poeta grave que desde la nostalgia, desde la infancia, desde la naturalidad y desde imágenes construidas con lirismo, es capaz de turbar al lector, estimulando, sin caer en la sensiblería, las fibras adecuadas para poner en marcha el mecanismo que nos hace llegar a la emoción.

Para finalizar, quisiera comentar brevemente alguno de los poemas de L´aire ente la rama.

“Casa vieya” es el poema con el que Ángeles Carbajal abre L´aire ente la rama. De alguna manera, siempre retornamos a esa casa vieja en la que encontramos refugio y nos cobijamos. Encontramos en ella esa verdad primera, esa vuelta a lo cotidiano que nos proporciona equilibrio y paz interior.

 

«Col corazón nes manes

descansa en paz el corazón»

 

“Nieve” es un poema de descubrimiento. Sin previo aviso y sin ningún tipo de planificación van llegando las cosas, sobre todo las más duras. La vida, de manera inevitable, nos curte de experiencia y se va desenredando sin darnos cuenta, incluso a pesar de nuestra voluntad. Un buen día vemos cómo pasó el tiempo y cómo todo se ha teñido de blanco. A pesar de mostrar cierta resignación ante lo inexcusable, en el poema hay un punto de rebeldía.

 

«Los trapinos

cayíen ensin priesa

esnalando nel aire,

como enredando»

 

“La cocina de carbón” es un poema redondo en el que Ángeles se atreve a abordar un tópico poético, tempus fugit, sin caer en lo manido del mismo. Es una composición repleta de imágenes sugerentes, de un simbolismo lúcido y certero. Una verdadera delicia en la que contemplamos las edades del hombre reflejadas en las diferentes tonalidades del carbón, desde que es un mineral puro, hasta que se consume y ya sólo queda de él una ceniza blanquecina.

 

«La cocina de carbón,

la que tuvo arroxando

les hores de la mio infancia,

tien alcordanza del fueu

y les chapes doblaes

del pesu de les potes»

 

“Los Reyes Magos” es casi un himno a la esperanza que desborda ternura cierta. Es incluso una metáfora de cómo el hombre finge entender la vida cuando, en el fondo, lo único que tiene es la esperanza. A pesar del paso del tiempo seguimos esperando un milagro de la vida. Lo transcribo completo:

 

«Nun di nenguna guerra

cuando advertí la realidá,

y, como en toles desgracies

de la mio vida,

arguyosa, fixi saber que lo sabía

ensin pidir esplicación,

pero la verdá

ye que tovía nun lo sé

y espero»

 

“Rara” es un poema donde se advierte una imagen precisa de la voz poética. Refleja un fuerte sentimiento de rebeldía ante los que se empeñan en despreciar a quien se sale de la aparente normalidad.

En “Perico” la misma voz prosigue en esa misma línea pero con un gran sentido del humor, con una enorme ironía y con una imagen definitiva.

 

«Como una lletanía de martiellos

aquella xente tan delicado

abrióme un argayu de pena»

 

“Nun Dyan 6” es un poema un tanto generacional donde la voz poética, ante la presencia de unos tipos raros, los hippies, en el ambiente rural en el que se desenvuelve, descubre que hay algo más allá de los estrictos límites de su entorno. Una vez los conoce regresa al aire ente la rama, que da título al libro, tras el que se detecta un gran poso de melancolía.

Es un poema que cuando ella lo deseaba, no lo pudo escribir. Sólo pudo hacerlo después de mucho tiempo, cuando una música le evoca aquel poema que una vez pensó. Hasta ese momento ese poema soñado pervivió en su subconsciente. En todo él hay un halo de tristeza y nostalgia.

Por otro lado, no pasa desapercibido el guiño que la voz poética simboliza en un pronombre: Bob Dylan, Moustaki, tu.

 

«Qué vértigu saber

que toi tan lloñe, tan cerca,

que ye´l poema qu´entós cavilé

el que güei por fin escribo

a cuatro pasos del horru y de la ilesia»

 

“La primera vez que lloró na mio vida” es una composición desgarradora, que tiene mucho de descubrimiento del dolor verdadero. El poema tiene una imagen final que nos transmite una sensación de orfandad universal, la que se tiene, a pesar de la edad que se tenga, cuando se pierde a uno de los padres.

 

«Quixi subir como un perrín tres d´ella

el camin empináu pel que baxaba la nueche,

nun me dexaron, y quedé esperando

porque yera mio ma esa nueche la neña»

 

“El prau Carbayalu” refleja una época, la de la infancia, en la que todo parecía estar en su sitio.

 

«Entós el cielu taba nel cielu

y la nuestra casa en casa»

 

Por último, un apunte sobre el poema “Escuchar”. En él se advierte que la voz poética se encuentra sola, sin interlocutor que se interese por lo que dice, por lo que le inquieta,

 

«Suañaben los teyaos y los aperios

que dormíen al rasu y taben solos,

tanto como la lluna

y como la nuestra voz

que naide oye»

 

Poco más cabe decir de un libro tan completo y tan emotivo. Quisiera resaltar la consumada precisión de Ángeles Carbajal para describir los sentimientos más cotidianos: La vida en sí misma remitida a la infancia. Es un libro que destila sabiduría, esa sabiduría ancestral y primigenia que se ha transmitido de manera oral, esa sabiduría verdadera que acompaña al ser humano desde el origen de los tiempos.

Para acabar, quiero decir que con el único dato biográfico que conozco de la autora−un año de nacimiento que compartimos−, intuyo esa cercanía generacional cuando hace esa inmersión en el mundo de la infancia, en unos recuerdos comunes que me han hecho revivir esos tiempos felices. Ahora bien, los poemas de Ángeles trascienden lo personal, lo provinciano y local y dan ese paso, imprescindible en la buena poesía, que la hace comprensible y cercana para cualquier lector. Usando una imagen o un recuerdo personal, la autora posee la capacidad de poder universalizarlo de tal manera que el lector, según sus propias vivencias e interpretaciones, se siente identificado con sus versos.

Emoción y belleza formal son los ingredientes con los que Ángeles Carbajal conquista a ese hipotético lector, mon semblable, mon frère.

Acabo esta crónica de tres lecturas con las palabras de uno de los poetas que más admiro y reconozco, José Luis García Martín que describió  L’aire ente la rama como “la vuelta al mundo de la infancia, ‘patria del hombre’, como decía Rilke, y una infancia en la que todos nos reconocemos, universal”.

Septiembre de 2016

Juan Francisco Quevedo

 

2

 

 

 

 

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Exposición “Quixote ilustráu” de Juan Hernaz-Juan Fco Quevedo

En algún momento de nuestras vidas nos convertimos en locos funambulistas que vamos por la vida dando coplas de ciego. O palos. Y si no que se lo pregunten al bueno de Alonso Quijano que recibió casi siempre y dio casi nunca.

Estupenda exposición “Quixote ilustráu” de Juan Hernaz en Avilés.

Se puede visitar en el Palacio de Valdecarzana hasta el 30 de septiembre.

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

Una buena estación para el amor-Juan Francisco Quevedo

13769408_1101285389910138_7736844992235633455_n

Imagen | Publicado el por | 11 comentarios

EL HILO MÁS FIRME -NUEVA POESÍA DE CANTABRIA-Juan Francisco Quevedo

EL HILO MÁS FIRME -NUEVA POESÍA DE CANTABRIA-

SEPTENTRIÓN EDICIONES 2016

Selección y estudio de Carlos Alcorta

IMG_20160722_150623887_HDR

EL HILO MÁS FIRME -NUEVA POESÍA DE CANTABRIA-

SEPTENTRIÓN EDICIONES 2016

Selección y estudio de Carlos Alcorta

 

Detrás de la antología El hilo más firme, hay mucho más de lo que en apariencia pudiéramos presumir, desde luego es mucho más que una mera selección de jóvenes poetas que nos muestran sus trabajos. Lo primero que sorprende al lector es la lúcida disertación con la que Carlos Alcorta prologa la obra. En ella analiza y pone de relieve el papel que juegan los medios técnicos actuales como, digamos, pervertidores del gusto general por la buena poesía. El exceso de información y la facilidad para desparramar versos sobre la pantalla de un ordenador, tablet, móvil, etc, contribuyen a esa ceremonia masiva de la confusión. Del otro lado de esos millones de pantallas, esperan unos ávidos consumidores de mensajes rápidos y lecturas cortas que creen descubrir a verdaderos poetas tras lo que, en el mejor de los casos, sólo se encuentran felices frases ingeniosas. Poco o nada que ver con lo que es poesía.

No deja de asombrar el paralelismo que estos nuevos avances establecen con lo que ya preconizara Chaplin en Tiempos modernos: un absoluto caos ante la falta de eficiencia-filtros selectivos en nuestro caso- para hacer funcionar sin contratiempos los nuevos inventos. Sin duda, están aún lejos los días en los que estas nuevas herramientas se conviertan en un verdadero vehículo cultural y de momento actúan un poco como aquellas máquinas enloquecidas. Chaplin se peleaba con sus artefactos en un intento baldío por dominarlos y por ahora, y de momento, este batiburrillo de desinformación que nos llega con profusión inusitada nos deja tan desconcertados como al obrero de aquella película memorable. Esperemos que algún día ganemos esta nueva batalla en la que estamos inmersos y podamos establecer los mecanismos necesarios para hacer de internet un instrumento eficaz en su posible labor de transmitir conocimiento y difundirlo, separando lo sustancial-y más en el caso de la poesía- de las simples ocurrencias, cuando no verdaderos exabruptos pseudopoéticos.

Por otro lado, esta proliferación de poetas mediáticos, multiplicados por la facilidad de acceso a los modernos instrumentos de comunicación, quizás tan sólo sea una forma de mostrarnos la catarsis necesaria para encontrar y descubrir nuevos caminos a una poesía que requiere adaptarse a las nuevas circunstancias. Pudiera ser la senda elegida para remarcar un rupturismo estético y ético con lo anterior, con todo aquello que, muchos años antes un grupo de muchachos que coincidieron en la Residencia de Estudiantes y que fueron punta de vanguardia en su momento, denominaron como obsoleto. Y seguramente sea así como ocurra, y debe ocurrir de cuando en cuando, para poder abordar y renovar tanto la poesía como cualquiera de las manifestaciones artísticas. Con ese alejamiento de lo anterior, de lo establecido como verdad poética, para renegar del pasado reciente, tan obsoleto, se facilita una perspectiva más acorde a los tiempos y la poesía asume ese papel inconformista y regenerador que siempre la ha acompañado. Ésta sería un poco la parte positiva que se puede esconder detrás de esta avalancha mediático-literaria. Ahora bien, ¿cómo separar lo accesorio de lo fundamental?

En un momento en el que las vanguardias ya son parte de la historia y que han quedado relegadas a los estudios sesudos y a la memoria de los lectores de otras generaciones-por ejemplo la nuestra-, quizás esta nuevas maneras de mostrarse ocupen un poco el papel de aquellos istmos que proliferaron durante el siglo XX. No obstante, es de esperar que tras un período de revoltijo y mezcolanza, -lo bueno con lo malo, lo regular con lo pésimo-, se imponga un período de reflexión y se vuelva a enlazar, aunque de otra manera, con la tradición. O no. Pero lo que es seguro, es que sólo permanecerá en la memoria del lector aquello que merezca realmente la pena y el resto se perderá por la alcantarilla del olvido o se recordará como algo intranscendente y anecdótico.

El estudio que precede a esta antología no sólo se presenta como algo interesante sino que se trata de un trabajo imprescindible para entender el nuevo rumbo por el que transita la poesía actual. Carlos Alcorta analiza y critica con justeza esa falta de verdadera poesía entre y ante todo lo que sale a la luz, en esa maraña impenetrable de medios virtuales que nos invade y coloniza en forma de redes sociales-facebook, twitter…-, blogs, páginas webs y demás formas. En cualquiera de esos vehículos podemos ver palabras y más palabras, más o menos interesantes, pero que poco o nada tienen que ver con aquello con lo que se auto-titulan, con la poesía. Estamos asistiendo impertérritos a un fenómeno, de intrusismo pudiéramos denominar, por lo que a cualquier cosa, con cierta distorsión léxica o rareza de expresión-a veces es suficiente una simple procacidad-, se le llama poesía.

El autor del estudio propone a los nuevos poetas una vuelta a la lectura, algo que no está más que en el mismo centro del sentido común y del que tanto y con tanta frecuencia nos alejamos los seres pensantes. Propone ese retorno o primer contacto con la lectura, tanto como un ejercicio placentero, como un objetivo de formación sólido. Después, ya desde el conocimiento, se podrá enlazar o no con la tradición. O incluso abominar de ella. En cualquier caso, la lectura debe de ser la herramienta, cuando no el catalizador, que lleve a escribir buena poesía. Si para que el organismo trabaje adecuadamente es necesario que ejerzan su función, como desencadenantes, una serie de factores enzimáticos que vehiculen y estimulen todas las reacciones que nos hacen la vida fácil, también es necesario que el poeta, para que pueda escribir con cierta soltura y corrección, lleve un bagaje cultural que sólo proporciona la lectura. Son esas lecturas las que actúan como los factores enzimáticos, son las que desencadenan el proceso creativo, las que impulsan las emociones y los sentimientos para que que se plasmen en poesía, en verdadera poesía, sobre el papel. Además, de una manera sutil, Carlos Alcorta no sólo propone la lectura como factor desencadenante para que aflore el joven poeta, en esa conexión directa con el hecho de leer, sino que también propone una vuelta al libro como tal. Al contacto con el papel físico como si fuera otro enzima transmisor de emociones; eso que sabemos con una claridad meridiana, sin necesidad de más explicaciones, los que amamos los libros.

Para nuestra desgracia, las grandes editoriales y las grandes librerías no tradicionales, más atentas al éxito comercial, no se implican en el descubrimiento de nuevos poetas, en hacer esa disección en la red para distinguir lo que permanecerá de aquello más fútil y volátil, en desdeñar todo aquello que suele rozar, cuando no caer de lleno en ella, la ñoñería más cursi. Bien al contrario, se centran en estos productos-no los llamo poesía- con los que malician, y cosechan en muchas ocasiones, éxitos inmediatos. Es por ello por lo que vemos como, a favor de estos nuevos dioses culturetas, los buenos poetas descansan arrinconados en los estantes menos atractivos de estas enormes factorías de ventas de libros. Por tanto, y con más razón, se cercenan sin piedad las expectativas de dar a conocer la obra de los buenos poetas jóvenes. Es entonces cuando pequeñas editoriales, como es el caso, dignifican el panorama poético y asumen el papel de difusores culturales, dando voz a estas nuevas generaciones y rescatándolas de sus propios círculos concéntricos, condenados al autoconsumo. En ese sentido hay que, en palabras de Carlos Alcorta, “…, desplegar las velas para aprovechar una corriente de aire fresco, pero sin perder el rumbo, es lo que pretende esta antología…”. Es evidente la importancia de encontrar un buen editor que sepa lo que quiere y hacia dónde dirigir el timón.

Posteriormente, el autor diserta con acierto y sagacidad sobre la facilidad que existe para escribir y lanzar a través de los nuevos medios tecnológicos lo primero que se te pasa por la cabeza y afirmar-o creer- que es poesía. En este sentido, Carlos Alcorta, reflexiona sobre el papel creador y su complejidad, sobre cómo el poema hay que elaborarlo y trabajarlo, bien sea en la cabeza, como suele pasar en su nacimiento, y más tarde sobre el papel. Cómo tras esta primera fase, viene esa lucha por lo que podríamos denominar el afinamiento del poema, cuando del poema hay que hacer algo que, aunque aparentemente sea personal o trivial, interese al lector. En resumidas cuentas, que aquello que se intenta trasladar, esa expresión de los sentimientos a través del poema, se sepa hacer llegar al lector en forma de poesía, con ese fulgor único, con ese milagro, no exento de misterio, que es la palabra poética.

Carlos Alcorta ha querido llevar al libro, y sacar de ese universo de las redes sociales, a una serie de poetas jóvenes de Cantabria que se merecen un espacio editorial que les rescate de esa exclusividad, que más parece un confinamiento, de la virtualidad actual. Este grupo de poetas pueden estar llamados a no diluirse en las procelosas aguas de la desmemoria. A todos los poetas seleccionados se les lee con interés, constituyendo una muestra representativa de esa poesía en constante evolución que siempre ha caracterizado a Cantabria y que tiene un futuro prometedor en estos autores.

Hace unos días tuve la fortuna de asistir a la presentación del primer libro de una de las poetas que aparecen en esta antología, Silvia Prellezo, y pude constatar la buena salud que goza la poesía de esta novel autora. Sirva como muestra estos versos incluidos en El hilo más firme:

“Me advirtieron que te gustaba desordenar cabezas bien [amuebladas.

Y mientras,

en nuestra intimidad,

te veía tirar mueble a mueble toda mi vida por la ventana”.

Así mismo, hace no mucho asistí a la presentación de otro de los poetas antologados, Jaime Peña, y me sorprendió descubrir un autor con grandes recursos. De esta antología extraigo unos versos rebosantes de ternura y emoción contenida:

“El niño respira cuando está en el barro,

escupe arropado por el aire

y juega bajo el sol, las nubes o la luna,

(no le importa mientras tenga piedras

que lanzar a los cristales)”.

Juno a ellos, Almudena Campuzano, Ángela García Alonso, José Fernández, Alejandro Rebollo y Carlota Fuentevilla nos descubren la poesía que se hace hoy en Cantabria.

“El hilo más firme” es una excelente selección de jóvenes poetas cántabros llevada a cabo por Carlos Alcorta. Viene precedida, como hemos visto, de un profundo estudio donde analiza los tiempos revueltos que sacuden a la poesía actual. Disecciona y profundiza con acierto en un fenómeno global que interesa a todos.

Buena y satisfactoria lectura la que nos trae este hilo más firme.

Juan Francisco Quevedo

Julio 2016

 

 

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

JUAN FRANCISCO QUEVEDO. QUERIDA PRINCESA.

carlosalcorta

juan francisco

JUAN FRANCISCO QUEVEDO. QUERIDA PRINCESA. BOHODÓN EDICIONES, 2016

Al comienzo de la novela Los confines, de Andrés Trapiello, el protagonista se pregunta «qué buscan los lectores en crímenes, ruinas, catástrofes, negocios, idilios, coronaciones, éxodos, bodas, guerras y otros acontecimientos aparentemente ajenos a sus vidas. Pensemos en el lector común de novelas. ¿Qué relación tiene su vida con los entes de ficción?». La respuesta no se deja esperar: «la sospecha —dice— de que en ellos, por irreales que parezcan, se esconde una verdad que no podrían descubrir de otro modo». Todo esto es rigurosamente cierto, pero no todas las novelas poseen los ingredientes descritos, que parecen más propios de la novela negra, y, sin embargo, siguen concitando el beneplácito de los lectores. Pensemos, por ejemplo, en novelas en las que la acción es sólo un pretexto para indagar en la mente humana, en las que la escritura sirve para narrar…

Ver la entrada original 1.111 palabras más

Publicado en POESÍA | 2 comentarios

“Querida princesa”en Galicia-Juan Francisco Quevedo

Presentaciones en Galicia de “Querida princesa”

-El próximo jueves 30 de junio, a las 20 horas, tendrá lugar en la librería Nobel de Pontevedra la presentación de “Querida princesa”.

-El próximo viernes 1 de julio, a las 20,30 horas, tendrá lugar en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Cangas la presentación de “Querida princesa”

Cartel Cangas - 1 de JulioCartel Pontevedra - 30 Junio

galiciaGALICIA facebIMG-20160616-WA0011IMG-20160616-WA0005

 

Publicado en POESÍA | 1 Comentario

PRESENTACIÓN EN MADRID-Juan Fco Quevedo

Si os viene bien, allí os espero encantado. Nos vemos en Madrid

cartel Madrid

13239093_1059550194083658_387301461595767327_n

13239348_1061524577219553_6870471813130564955_n

13178651_1057182557653755_3367618752917537056_n

13227519_1057184660986878_5135863047296319377_o

Publicado en POESÍA | 8 comentarios

ENTREVISTA con JUAN FRANCISCO QUEVEDO “Querida princesa”

JAVIER RODRÍGUEZ ENTREVISTA a JUAN FRANCISCO QUEVEDO sobre su nueva novela, titulada “Querida princesa”

http://www.protagonistasvipcantabria.com/entrevista-con-juan-francisco-quevedo-sobre-su-libro-querida-princesa/

Publicado en POESÍA | Deja un comentario

Presentación Querida princesa en Bielva-Juan Fco Quevedo

PRESENTACIÓN DE QUERIDA PRINCESA EN BIELVA-HERRERÍAS-
Quiero agradecer a la Asociación Femenina de Herrerías, y muy especialmente a Isabel, la magnífica presentación que organizaron.
Así mismo, mi reconocimiento más sincero para dos grandes amigos y artistas, los hermanos Miguel y Amador Cossío, por la canción que tuvieron la deferencia de componerme y dedicarme. Igualmente por la excelente interpretación que hicieron de una de mis canciones favoritas, Viento del Norte.
Por último, quiero dar las gracias a mis queridos amigos, Luis, Ramón y Nene, nuestro alcalde, y a todos los que se acercaron para acompañarnos en una tarde tan emotiva e inolvidable.
Gracias a todos.
Os dejo con un vídeo de recuerdo del acto.

Publicado en POESÍA | 10 comentarios

Entrevista Juan Fco Quevedo

Entrevista realizada hace unos días en Popular Tv en la que hablo, entre otras cosas, de mi próxima novela “Querida princesa”, que en mayo se presentará en el Ateneo de Santander y en junio en Madrid. Espero sea de vuestro interés. Muchas gracias.

Publicado en POESÍA | 11 comentarios