Óleo y haiku-Juan Francisco Quevedo

Este viejo óleo que hice hace ya muchos años, me ha sugerido este haiku.

En la ventana,

de espaldas al presente.

Mira el futuro.

 

Presentación1

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Los últimos de Bachiller- 3ª Parte-Juan Francisco Quevedo

Los últimos de Bachiller- 3ª Parte

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LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

TERCERA PARTE

Claro está que aquellos años en los que cursamos nuestro sexto de Bachiller y nuestro C.O.U. sólo fueron el final de un proceso personal, el de una historia educativa que había comenzado, en mi caso, mucho antes en la escuela de Arriba de La Cavada, a la que acudí con mi acento mexicano poco después de cumplir los tres años.  Allí, la señorita Laura nos conducía  y llevaba con mano firme y sin que le temblara el pulso; todas las mañanas me ponía ante ella y le recitaba con convencimiento y con mi dulce acento mexicano aquello que traía aprendido desde el otro lado del océano: “Se presenta Juan Francisco Quevedo, para servirle a Dios y a usted”.

Eran los tiempos de rezar el “Bendita sea tu pureza” de rodillas y con los brazos en cruz, junto a los pupitres, de acompañar a la maestra los sábados al tren para despedirla desde el andén cuando se iba a Santander y de ir a misa los domingos para que los maestros nos colocaran en las primeras filas por separado, con el pasillo central de por medio, a los niños de las niñas. Fueron tiempos de golpes de pecho exagerados al ritmo de “por mi culpa, por mi grandísima culpa” buscando la complicidad del amigo y con la incertidumbre de que te pillasen riendo por lo bajo y te ganaras un buen sopapo.

Fue mucho más, también fueron tiempos de una libertad de movimientos inusual, la que se daba en los pueblos en esos años con poca circulación por sus calles y en los que las casas permanecían con las puertas abiertas de par en par sin que nadie temiese nada. Desde nuestra corta edad podíamos ir y venir sin rendir cuentas, podíamos ir con nuestros amigos a cualquier huerta a robar unas peras, a cualquier prado a jugar al pañuelo, o acercarnos al río a lanzar morrillos al agua. Eso por no hablar de la peonza, el juego estrella de aquel curso del 63-64 en el que un compañero me dejó una marca de guerra al desenredarse la peonza y estrellarse al lanzarla y salir disparada contra mi frente. En cualquier caso ya estaba allí la señorita Laura Zamora para apretar el chichón con una perra gorda y disimular el estropicio. Las bolsas con las canicas de barro, las chapas con la efigie de Julio Jiménez, de Bahamontes, de Anquetil o de cualquier corredor al que nos esforzábamos en hacer llegar el primero a la meta. Incluso cuando nos pegábamos a la ropa aquellos hierbajos adherentes que a modo de dorsal nos servían para echar carreras alrededor de la escuela y luego aliviar el sofoco colocando los carrillos contra la piedra que circundaba el zaguán de la entrada.

Después de aquel curso iniciático en el que uno aprendió a pertrechar sus primeras letras y a realizar sus primeras cuentas, nos trasladamos a Santander y, tras un breve paso por el Colegio Cervantes, en la calle Antonio López, me convertí en alumno del colegio de los Padres Agustinos, lo que sin duda imprime carácter a todos los que por allí pasamos. Aún me veo saliendo del portal de la calle Cádiz, aún con las legañas en la cara y los restos del Cola Cao en la boca, acompañado por mis hermanos camino del túnel para salir hacia la calle Burgos. En el semáforo, mis dos hermanas se separaban de nosotros y se encaminaban hacia La Enseñanza, el colegio que la Compañía de María tiene en la ciudad desde el siglo XIX.

Cómo no recordar las partidas de frontón en el paredón del colegio con esas pelotas de goma verdes que venían de regalo con los zapatos Gorila. Cómo no recordar los partidos de fútbol en aquel campo de fútbol de tierra que daba a la calle Alta; cuántas veces tuvimos que gritar para que nos echasen de nuevo hacia adentro el balón que había desaparecido por encima de la alta tapia que nos separaba de la calle y nos impedía verla. Casi siempre regresaba, pero más de una vez nos quedamos sin balón. Allí mismo, en aquel campo de fútbol se celebraba el Festival de la Canción, que era todo un acontecimiento en Santander; en aquel escenario actuaron dos de mis compañeros de clase, recuerdo perfectamente que cantaron sin mucho éxito Anduriña de Juan y Junior y Quiero besar otra vez tus labios de Lone Star.

Después, cuando fuimos creciendo, nos reuníamos en los futbolines que había cerca del colegio y allí nos hicimos grandes jugadores de ping-pong y de billar, por supuesto de billar francés, el de las tres bolas, con el que aprendimos a hacer carambolas hasta haciendo retroceder a la bola en busca de la tercera en discordia. De cuando en cuando, incluso nos tirábamos algún lujo y nos arriesgábamos a hacer un siete al tapete.

Buenos tiempos, tiempos en los que ya empezábamos a querer compartir el nuestro con chicas, en los que pretendíamos descubrir aquello que la cultura de la época nos envolvió en una capa de misterio casi insondable. Ello hacía que cuando alguna muchacha que te gustaba se dirigía a ti con cierta soltura, hiciera que afloraran esos colores rojizos delatores y, para colmo, siempre había algún amigo caritativo que lo hacía notar con la consiguiente subida en el tono de tu vergüenza. También me pasaba cada vez que me tocaba salir a la pizarra; sentía un calor interior que se exteriorizaba en unos grandes coloretes que no hacían sino ir a más a medida que me iban preguntando. Cosas de la edad.

Es difícil olvidar todos aquellos años de colegio, todos aquellos compañeros, aquellos años de bachiller y aquel último año de C.O.U., el del curso 75-76; sólo sobreviviría un año más antes de que llegase a ocupar su lugar el nuevo plan académico de los que ya habían  cursado la E.G.B. y el B.U.P.

Nuestro año previo a la universidad fue un curso lleno de cambios importantes que afectaron a nuestras vidas. Después de haber cursado toda nuestra enseñanza reglada en el colegio que los Agustinos tenían en la calle Alcázar de Toledo, con nuestros dieciséis años a cuestas nos dispusimos a abandonar aquellas vetustas instalaciones para encaminarnos al nuevo y flamante edificio que la Congregación había hecho construir en lo que entonces era el principiar del pueblo de Cueto, tal y como indicaba un gran cartel, de esos añejos, que se encontraba en lo que hoy, por arte de magia, parece ser El Sardinero.

Cambiábamos de colegio y comenzábamos a compartir autobús con las chicas que lo tomaban para ir a las Esclavas. Ese no fue el único contacto que tuvimos aquel año con las muchachas del sexo opuesto. Nuestro colegio se convirtió en pionero en ese año de la muerte de Franco en cuanto a cambiar lo que había sido norma en la enseñanza, y convirtió el colegio en mixto, de tal manera que por primera vez, desde que a los cuatro años abandonara la escuela unitaria de La Cavada iba a compartir aula y experiencias con chicas en la misma clase. Así que ese curso compartimos con ellas, no ya pupitre, sino esas mesitas con voladizo unipersonales.

En fin, toda una novedad para una ciudad en la que la segregación por sexos era absoluta, tanto en la enseñanza pública como en la privada. Es difícil olvidar dónde se ubicaba el Instituto Femenino, el histórico edificio de Santa Clara que aún hoy alberga en sus aulas a los chicos y chicas de la ciudad, el único de la zona que permanece como testigo del incendio que asoló a la ciudad en febrero de 1941. Alejado del femenino, muy cerca de Cuatro Caminos y del colegio de La Salle se encontraba el Instituto Masculino, el Pereda. Hasta ese año de 1975 tan sólo en las escuelas unitarias de los pueblos se había mantenido, quizás más por necesidad que por otra cosa, las clases mixtas.

A nuestra clase recuerdo que llegó un buen grupo de chavalas, aunque se encontraban en minoría evidente; muchas ya con cierto aire de los nuevos tiempos. No tardamos en congeniar con gusto con ellas y las recibimos con una normalidad mayor de lo que cabía esperar a tenor de la expectación que había suscitado.

Algo distinto se empezó a palpar aquel año; por todo. Gozábamos de mucha más libertad y se respiraba otro aire; ya no se rezaba en clase y la misa semanal había dejado de ser obligatoria de verdad y no como un par de años antes cuando nuestro tutor, un miembro de la comunidad religiosa, en un alarde de modernidad, la declaró voluntaria por unos minutos ya que, al ver que pasábamos delante de la puerta de la capilla hacia la inmediata, que era la de la calle, decidió bloquear la puerta de salida y meternos para adentro a cogotazos. Los más avispados para cuando el atribulado padre reaccionó ya estábamos en el patio junto a la mítica palmera, donde tantas veces, tantos miembros de tantas generaciones agustinianas se retaron para zumbarse por cualquier tontería a su sombra. Bien es verdad que luego siempre solía quedar en nada. Con el cambio de colegio ya nunca se volvió a escuchar aquella bravata tan característica de “a la salida te espero en la palmera”.

Hubo más cambios, ya lo creo; por segundo año consecutivo a los mayores nos autorizaban a abandonar durante el recreo las instalaciones colegiales. Cambiamos las tertulias en la cafetería Picos de Europa y en el Mesón El Trabuco de la calle Vargas por los bajos de Feygon y los Campos de Sport. Allí veíamos los entrenamientos del Racing de Maguregui, aquel entrenador que tenía merecida fama de poner el autobús en la portería y de enfangar y embarrar el campo, sobre todo las áreas, donde a duras penas se distinguían, al pasar unos minutos, las líneas de las mismas mientras que el punto de penalti ya era una entelequia matemática por adivinar. Todo por obra y gracia del ya proverbial manguerazo de Maguregui.

Aquel año pasaron muchas cosas; en noviembre murió Franco y nos dieron toda la semana de vacaciones. No había pasado nada igual desde que unos años atrás tuviese lugar el atentado de E.T.A. contra Carrero Blanco; aún recuerdo cómo entró uno de aquellos padres a darnos cuenta de la noticia y a mandarnos para casa entre la algarabía disimulada de los compañeros. ¡Cómo olvidarlo! La noticia nos la dio el padre Carlos, un hombre que entre otras cosas aseguraba haber dado clases a Pelé. Era conocido por todos como “El Bolas”.

También fue el primer año en el que no tuvimos clase por la tarde, salvo una hora semanal en la que, como otra novedad reseñable, un sicólogo intentaba orientarnos con toda su buena fe pero nosotros, desde nuestra insolencia juvenil, ignorábamos a conciencia, cuando no intentábamos bromear un rato con él. Cosas de la edad. Aún conservo el informe que me hizo con sus recomendaciones de cara a la universidad.

Claro, que todo aquello cada cual lo recordamos a nuestra manera; ya se sabe lo caprichosa que es la memoria cuando trae al presente lo acaecido años atrás. A veces, cuando hablo con mi amigo del alma, con Javi Maza, pareciera que hemos ido no ya a cursos distintos sino a colegios distintos, y eso que estuvimos juntos desde tercer grado-siete años- hasta el C.O.U. del 75-76. Nos vemos muy a menudo, y muy a menudo surgen anécdotas de aquellos años que cada cual suele ver a su manera. Pero nos seguimos riendo mucho con ellas y con nuestra manera tan diferente de recordarlas.

Hoy en día, como siempre, siento un gran afecto cuando recuerdo a muchos compañeros de entonces, incluso a los que no conocí en aquel tiempo por ser de otros cursos, mayores y menores, pero que después la vida ha hecho que nos encontremos. Con todos se ha establecido una conexión cercana; es como si un hilo invisible uniera de alguna manera a todos los agustinianos de aquella época. Claro que no nos es difícil sintonizar, pronto afloran los nombres de aquellos profesores que menos nos gustaron, aquellos con los que más nos esforzábamos por hacerles la vida imposible, junto a los que tenían la mano, cuando no la regla, más larga y un largo sinfín de recuerdos comunes.

No es el momento de recordar las cosas más agrias, es el momento de traer a la memoria los muchos y buenos profesores que tuvimos y que tanto contribuyeron a nuestra formación. Entre todos ellos, desde mi experiencia y por la influencia que ejercieron sobre mí destacaría a dos, al padre Eliseo y al padre Heras, mis profesores respectivamente durante años de Historia e Historia del Arte y de Lengua y Literatura. Del primero, del padre Eliseo disfruté de sus enseñanzas ininterrumpidamente desde segundo a sexto de bachiller y el padre Heras nos dio clase los dos últimos años.

El amor por la historia, las lecturas con las que tanto disfruto y el gusto por cualquier disciplina artística se lo debo sin duda alguna a esa manera tan didáctica y amena que tenía de presentarte cualquier tema, desde la Reconquista hasta la belleza del Pórtico de la Gloria. Siempre resuenan en mi interior, con su voz solemne, las palabras de Cicerón, aquellas que nos repetía curso tras curso y donde nos decía que la historia “es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

Jamás lo olvidé, como jamás olvidé aquellas pequeñas charlas que teníamos, aquella pasión con la que nos contaba cualquier detalle, aquella lectura de la “Historia verdadera de la conquista de Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo que me aconsejó y tantas cosas que me llevaron a disfrutar de esta disciplina.

Y qué decir del padre Heras, al que tuve la inmensa suerte de tener como profesor en dos años cruciales. Qué fácil se hacen las cosas cuando te las presentan como una fruta madura, en plena sazón, y así cayó sobre mí lo que tanto me había gustado desde siempre y que, sin embargo, no acababa de penetrar con la fuerza debida. Con él, con sus enseñanzas me hice militante de la palabra precisa, un enamorado de la lengua y de la literatura, muy especialmente de la poesía. Aún lo recuerdo en nuestra primera clase en C.O.U., recuerdo cómo nos sobresaltamos cuando nos dijo que en su asignatura no necesitábamos libro, que tomaríamos apuntes a medida que él hablaba para que nos fuéramos acostumbrando a lo que nos esperaba en la Universidad.

Vaya en la memoria de ellos el recuerdo y el agradecimiento a tantos otros, a los que hicieron de las ciencias una aventura apasionante que hizo que, a la postre me decantara por ellas. Cómo olvidar las lecciones de Física del padre López o las de matemáticas del padre Domiciano. Nunca he entendido ese desentendimiento un poco infantil de algunos de Letras hacia las Ciencias, en especial a los que dicen eso de, cuando se asalta una cuestión relativa al ámbito de las mismas, “a mí qué me cuentas, yo soy de Letras”. Una verdadera lástima renunciar a una parte tan importante del conocimiento humano.

Aquellos años terminaron y hoy en día no sé por dónde habrá llevado la vida a una gran parte de los compañeros con los que tuve la fortuna de compartir los tiempos de descubrimiento pero, desde estas líneas, quiero expresar mi recuerdo más entrañable para todos ellos. Sin duda, aquellos años de bachiller marcaron nuestras vidas y nuestro futuro para siempre. Creo que para bien.

Fueron años en los que el tiempo no se detenía, donde nada nos retenía ni para pararnos a pensar un poco. Teníamos mucho que aprender, mucho que saber y mucho que descubrir aunque, como ha sido siempre a esas edades, creyéramos ya saberlo todo. Es la insolencia que acompaña a la adolescencia.

Fueron años en los que crecimos sin tener miedo a nada, en los que nos creíamos simplemente tocados por la gracia de los dioses, esa que a veces te arrastra a la temeridad. No fuimos los últimos de Filipinas pero los jóvenes que cursamos los últimos años de aquel bachiller sí fuimos los últimos de un tiempo que renegaba del pasado y miraba el futuro con optimismo.

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Los últimos de Bachiller- 2ª Parte-Juan Francisco Quevedo

Los últimos de Bachiller- 2ª Parte

2 parte

LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

SEGUNDA PARTE

 

Entre tanto, en España, la vida continuaba con un poco más de libertad. Manuel Fraga estrenaba, desde el Ministerio de Información y Turismo, su nueva y flamante ley de Prensa. Una ley que, aunque hoy en día suene a chiste, podemos resumir en sus propias declaraciones:

“La nueva ley de Prensa afirma este principio: La libertad dentro de un orden.”

A pesar de todo, y de cómo suene desde el presente, entonces supuso una apertura importante y dibujó un horizonte nuevo en el futuro del periodismo. A él, como titular del Ministerio, le tocó diseñar y desplegar la imponente campaña de propaganda que festejaba la conmemoración de los XXV años de paz. Desde luego, no escatimó ni medios, ni adjetivos, a la hora de airear a los cuatro vientos los espectaculares logros económicos del I Plan de Desarrollo, un plan, bien es verdad, abonado al éxito, que aumentó la renta media de los españoles de manera significativa debido, por una parte, a la fuerte industrialización y, con ella, al aumento de la producción nacional, y, por otra, a la gran baza económica de la época, el turismo, fuente inagotable, junto a la emigración, de divisas.

Junto al turismo, llegaron a nuestras playas los primeros bikinis que, a unos los dejaban rascándose el cogote, bajo la sempiterna boina con cara de incredulidad, y a otros los llevaba directamente a rezar a las iglesias donde pedían por los pecados de aquella horda cargada de inmundicia, indecencia y desfachatez, que venía del odiado, hasta que llegaron las divisas, extranjero. Curiosamente, pareciera que este pequeño reducto de la civilización occidental, bastión contra el comunismo, se tambaleara ante el simple encanto de unas rubias sugerentes. De alguna manera, por inescrutables caminos, se hacía bueno el conocido lema de los sesenta: “Haz el amor y no la guerra”.

Nosotros, nuestra generación, la que cursamos los últimos bachilleres, ya pertenecíamos a otro tiempo; estábamos reñidos con los tonos grisáceos que aún nos habían acompañado en los primeros años de escuela y queríamos ver todo lo que ocurría a nuestro alrededor desde un prisma más luminoso, con colores más vivos. Pretendíamos acercarnos a los acontecimientos más cotidianos de una manera más lúdica y, aunque parezca paradójico, en cuanto tuvimos edad suficiente para comprender lo que estaba pasando en el país, con mayor compromiso que las generaciones anteriores que, a la fuerza ahorcan, se habían visto abocadas a lo que había, que no era mucho.

Creíamos ser capaces de poder cambiar el mundo, creíamos en la paz y en el pacifismo como forma de expresión de esas inquietudes y creíamos en el amor como motor de todo ese proceso de cambio generacional. Y lo acompañábamos con cierta rebeldía, con una música endiablada y con ganas de participar en los cambios que empezaban a vislumbrarse en aquel lejano curso del 75-76 en el que finalizábamos los estudios antes de ir a la universidad.

Muchos jóvenes de aquella España ya compartían una inquietud con la de otros jóvenes del mundo; no creían en las nacionalidades como tal, creíamos que no había otra nacionalidad en el mundo más que la del género humano. Y se repetía por doquier con orgullo aquello de que somos y nos sentimos ciudadanos del mundo. Éramos, al fin, herederos del tiempo que nos correspondía vivir, un tiempo que, como la música, carecía de fronteras físicas y mentales.

Ese tiempo no llegó por arte de magia, sino que fue consecuencia de muchos pequeños pasos que quizás se iniciaran lejos del país, a principios de los sesenta, tras el Concilio Vaticano II.

El Papa bueno, Juan XXIII, convocaba a Concilio a sus cardenales. Y no iba a ser uno más. Este Concilio, el Vaticano II, que se cerraría bajo la tutela de Pablo VI -el Papa que amenazó, al estilo sutil que acostumbra la diplomacia vaticana, con excomulgar al pío general Franco, por un pon o quita esas firmas de unas sentencias a muerte-, traería grandes cambios a una Iglesia adormecida en sus latinajos. Años después, y a consecuencia del Concilio, la Misa dominical comenzó a decirse en castellano, olvidando el latín y, con ello, el misterio cabalístico de no entender absolutamente nada de lo que te contaban. Además, al celebrar la ceremonia litúrgica de cara a los fieles, se perdió la santidad lejana en la que, inconscientemente, se envolvía a un oficiante al que sólo se veía de espaldas. Tal vez por ello, por su intento de aproximar lo indescifrable, se empezaron a vaciar las iglesias sin que fuera necesario que estallara una nueva guerra de los cristeros y sin que ningún sordo malhumorado y genial hiciera otra película que Nazarín, en la que el actor Paco Rabal cedía cuerpo y alma a un curioso cura, extraído de una novela de Galdós y tamizado por el surrealismo, entre aragonés, parisino y mejicano, de Buñuel.

Mientras tanto, la prensa y la sociedad no hacían más que alabar y ponderar el espíritu ecuménico y modernista del Concilio Vaticano II. Vaya lo uno por lo otro.

Por una vez, y sin que- por supuesto- sirviera de precedente, pareciera que la iglesia, y su jerarquía, caminaran al son de los tiempos, estableciéndose cierta conexión entre los verdaderos valores de un humanismo cristiano emergente y el nuevo espíritu de los sesenta. Pareciera como si se quisiera, de alguna manera, poner en práctica lo que hasta entonces simplemente se predicaba desde la lejanía elevada del púlpito.

“El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores”

                                                   Voltaire (Cartas filosóficas)

De aquellas primeras comunidades cristianas de base a las comunas hippies sólo había un paso que dar. Y no tardaría en darse. Además, de estas comunidades surgiría, en España, un cristianismo reivindicativo que serviría, en un país desolado ideológicamente, de simiente para tomar conciencia de la situación que atravesaba.

Posteriormente, los partidos políticos, tras la muerte de Franco, se alimentaron de estos hombres y mujeres, tanto los que pretendían formar una derecha de corte europeo como los que se denominaban marxistas. Ya, en 1.958, nace en una iglesia de Madrid el F.L.P.-Frente de Liberación Popular-, el llamado “Felipe” siendo, durante los sesenta, la única oposición universitaria que se enfrentaría al, eufemísticamente denominado, Régimen. En él, y a ritmo de multicopista de manivela, convivieron todo tipo de sensibilidades unidas por un deseo, inherente a esta época, y no sólo en España, de hacer algo para que todo cambiara. Los enfrentamientos entre la Universidad y el poder ya nunca acabarían hasta la llegada de la democracia. Y si no que se lo pregunten a un general pequeñito, y dicen que con muy mala leche, que se encontraba al frente del Ministerio de la Gobernación. Desde su coche, como si de una guerra se tratara, dirigía, a pie de Facultad, la toma del campus universitario madrileño por unos policías –los grises- que, montados a caballo o bien a pie, repartían mandobles a diestro y siniestro.

El lavado de cara internacional del Régimen venía de atrás, de cuando España aún era como en aquellas fotos en blanco y negro de la negra y aún empobrecida tierra de mis mayores. Fue entonces cuando un frío diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight Eisenhower, con un café extra-largo entre sus manos, se paseó por Madrid dando carta de credibilidad internacional al general Franco. Los generales se pasearon por las calles de Madrid, encaramados a un descapotable blindado, desde el absurdo de acorazar un coche descubierto. Franco le correspondía dándole un baño de banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que después se enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio. Las que mañana vitorearan al vencedor.

“Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.”

                                                                     Juvenal (Sátiras)

No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada comunidad internacional. El país comenzaba a ser ese apetitoso y oscuro objeto de deseo sobre el que los grandes gigantes económicos desplegaban sus tentáculos, al verlo como un potencial y jugoso cliente. El mundo civilizado estaba dispuesto a perdonar el pecadillo de la dictadura y nos abría sus puertas, de par en par, a través del consumismo y de una desequilibrada –a su favor- balanza de pagos. Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar al pueblo llano.

“Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados”.

                                                                                  Napoleón

En aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, “son católicos hasta los ateos”, un grupo de jóvenes poetas se hacía, así mismo, la pregunta que Jimi Hendrix formulaba –Are you experienced?- y aunque no obtuvieron la misma respuesta, desde la inquietud renovadora de la juventud, se decidieron a buscar nuevos caminos y así versificaron, en primera persona, sobre su vida, sobre sus cotidianidades, sobre sus experiencias más banales o más íntimas. En una época en que los poetas oficiales sólo reivindicaban a Garcilaso-lo cual no es malo, pero no es todo-, estos bardos envalentonados, mientras pintarrajeaban bustos del dictador y viajaban por un extranjero misterioso y recóndito, se decidieron a hacer otro tipo de poesía. De una manera llana y coloquial, en un tono conversacional, retenían un instante de su vida y lo plasmaban en un papel. De esta manera tan simple, en estos primeros sesenta, nace en España la poesía de la experiencia.

“Nada hay tan dulce como una habitación

para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,

fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,

y parejas dudosas y algún niño con ganglios,…”

                                   Jaime Gil de Biedma (Vals del aniversario)

Desde luego, muchas cosas estaban cambiando mientras que finalizamos los estudios que nos habrían de llevar a la universidad; era el signo de los nuevos tiempos. Unos tiempos donde todo cambió tanto en tan poco tiempo; una nueva sociedad emergía para revolucionar el futuro, para cambiar las rígidas normas sociales, para dulcificar tanto las relaciones familiares como las relaciones en el mundo de la enseñanza, haciéndolas mucho más flexibles y cercanas. Y menos autoritarias. Ya poco faltaba para que lo mismo acabara pasando en todos los ámbitos del país, incluso en aquellos más reacios a cualquier cambio y, con la llegada de la transición y la democracia, así será también en los estamentos políticos y militares.

Yo todavía recuerdo cómo cambió en mi colegio; los Padres Agustinos nos formaban militarmente y por cursos en filas en el patio todas las mañanas. Luego accedíamos a las clases en dos columnas manteniendo perfectas las alineaciones, y al que se saliera de ella le caía un capón generosamente doloroso. Todo eso cambió y cambió de repente. Y yo, como mis compañeros de aquella última generación de bachiller fuimos testigos privilegiados de esas transformaciones tan radicales.

Se venía de una época de un autoritarismo a ultranza, también en la familia, que se va a ir diluyendo para que afloren unas relaciones más francas, con una complicidad más natural, en la que el diálogo empezará a imponerse sobre la mano dura. Como consecuencia se producirá una tensión generacional en todos los ámbitos de aquella España de la Transición: en la escuela, en la universidad, en el ejército, etc.…

La fuerza de los acontecimientos es imparable; la fuerza de esta nueva sociedad es arrolladora y acabará imponiéndose sin remedio, dejando como una reliquia del pasado a todos aquellos que se resistieron a esa nueva España que estaba surgiendo a raíz de todo aquel proceso de cambios políticos y sociales. Fueron unas transformaciones que cambiaron la mentalidad de la sociedad a una velocidad de vértigo, cambios en los que la aportación de la mujer será decisiva. Irá masivamente a la universidad y empezará a hacerse notar en la vida pública. Se hará visible, máxime teniendo en cuenta de dónde venía, siempre relegada a la supervisión, bien del padre, bien del marido.

Hay que tener en cuenta que lo más escandaloso y excitante que había ocurrido en este país, desde el final de la guerra, había sido el estreno de “Gilda”, protagonizada por una bailarina, convertida, después por matrimonio, en princesa, de nombre artístico Rita Hayworth. Charles Vidor la hizo desnudarse, sólo de guantes largos, en una de las escenas más sensuales de la historia del cine, al ritmo de la canción “Put the Blame on Mame”. Una estupenda bailarina como esta Rita Cansino, que luchaba por disimular su embarazo durante el rodaje, no estaba dotada para la canción, así que hizo su excelente interpretación pidiendo la voz prestada a la magnífica cantante Anita Ellis. Nunca un desnudo, tan corto como sutil, dio tanto que hablar. Nunca ningún desnudo integral sería tan espléndido, excitante y maravilloso como el desnudar de aquellos preciosos brazos.

Con las nuevas generaciones pareciera que llegara un nuevo estilo a la hora de relacionarse entre sí. Pareciera que llegara “il dolce stil novo” preconizado por Dante en su Purgatorio (24-57), inaugurando literariamente el mito, femenino y renacentista, de la mujer, personificándolo en Beatriz. Tal vez, al fin, llegara una nueva manera, una nueva actitud, de presentarse ante algo tan antiguo como el mundo, el amor.

En definitiva, era una nueva manera de afrontar las relaciones de pareja, en un plano, sólo teórico, de igualdad, donde el hombre se dulcifica, alejándose de su papel de macho tradicional, y la mujer se equipara sentimental e intelectualmente al hombre. En cualquier caso, no fue fácil y, aún, sigue sin serlo pero, no cabe duda, algo muy remoto y arraigado se había roto. Nacían nuevos tiempos para el amor, para sus aledaños y, sobre todo, nacía una nueva era para la mujer. Fueron años en que ambos, tanto hombres como mujeres, enfrascados en la ingenuidad de la juventud, podían mirar el mundo sin resabios ni prejuicios, con la mirada limpia y descubridora de la infancia.

“Ver el mundo en un grano de arena,

y el Cielo en una flor silvestre,

tener el infinito en la palma de la mano

y la eternidad en una hora.”

                                          William Blake (Augurios de inocencia)

Esta aportación inesperada hará que la sociedad se enriquezca intelectualmente hasta límites insospechados. Nunca se podrá cuantificar el valor de aquella aportación. Nunca en la historia se había producido una catarsis de tal calibre. Esa nueva mujer hará que la sociedad evolucione en un sentido que jamás se había conocido. De hecho, en unos años se produjo un cambio social, en cuanto a la incorporación de la mujer, en cuanto a su puesta en valor intelectualmente, como no se había producido a lo largo de los siglos.  De alguna manera daba la espalda a aquella mujer recluida en el hogar y al servicio del hombre. Más de un siglo después de que Ibsen escribiera “Casa de muñecas”, se daba un portazo similar al que dio Nora en la obra, dejando atrás con él a aquella mujer resignada y anulada intelectualmente. Aquel portazo fue tan brutal que hizo, parafraseando a Manuel Altolaguirre, que del cielo se desclavaran las estrellas frágiles.

Aquella sociedad que comenzaba a balbucear a mediados de los setenta ya no es una sociedad unidireccional y dirigida, es una sociedad mucho más compleja, con todas sus contradicciones, con un gran afán de libertad y con un potencial humano inmenso que se refleja en las ganas de la gente por participar en todo, en cualquier cosa.

No todo fueron buenas noticias. Aquella España que nos legaron había estado sometida a un férreo aislamiento del exterior por obra y gracia de una especie de cordón sanitario, al estilo del cordón de los Pirineos que impuso Floridablanca, durante el comienzo del reinado de Carlos IV, para evitar que llegaran a España las ideas de la Revolución Francesa. Lo que consiguió aquel aislamiento de la España del tardofranquismo fue que no penetraran masivamente las nuevas ideas, las que surgen en París, en Berkeley, en torno a la nueva cultura del rock. Con ello también evitaron que penetraran las drogas, las drogas que acompañaron a lo que se dio en llamar contracultura.

 Con la cercanía de la transición, una vez derruido el cordón preventivo, junto a las nuevas ideas, herederas del mayo del 68, penetra de manera masiva todo el submundo que generan las drogas y en especial la heroína. Una sustancia que golpeó a toda una generación, descapitalizando a un sector básico de la sociedad, su juventud. Vimos con dolor como amigos, compañeros, familiares, chavales en muchos casos brillantes y prometedores cayeron bajo su influjo y quedaron atrapados sin remedio en esa maraña que les fue acercando a la muerte. A ese dolor sin fondo se sumó la multitud de dramas familiares que trajeron a su lado.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Los últimos de Bachiller-1ªparte-Juan Francisco Quevedo

LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

PRIMERA PARTE

1 parte

LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

      PRIMERA PARTE

 

No fuimos “Los últimos de Filipinas” pero de alguna manera aquella generación que cerró el plan de estudios de bachiller y C.O.U., sí marcó el final de un tiempo, el final de toda una época, la manera de entender la enseñanza en los últimos años del franquismo. Fueron años de transición entre algo que se iba muriendo de puro viejo y algo nuevo y desconocido que apenas comenzaba a nacer. Fue una enriquecedora etapa en la que asistimos como testigos privilegiados a todo un cambio en las mentes, en el espíritu y en las entrañas de una sociedad que agonizaba en su propia historia, como si fuera algo que se estaba quedando al margen de la misma. Los tiempos, su signo, estaban atropellando a aquella sociedad anquilosada en sus prejuicios y aislada de su entorno europeo. El futuro sería muy distinto a todo lo que habíamos conocido.

Aquella generación que marcó el fin del bachiller y del C.O.U. contribuimos de manera natural, sin ser conscientes de lo que se estaba moviendo a nuestro alrededor, ni de los cambios que se avecinaban, a que todo fluyese sin estridencias, con la mejor de nuestras disposiciones. Y lo hicimos sin miedo y con grandes ilusiones.

Los jóvenes de aquella promoción intermedia, la que se sitúa entre los que cursaron el Preu y los que son hijos de la E.G.B. y del BUP, habíamos nacido al calor de los Planes de Estabilización y de Desarrollo. Nosotros ya pertenecíamos a un mundo muy diferente al de los que nos precedieron, por lo que veíamos la vida de una manera completamente distinta a la de las generaciones anteriores, los hijos de aquellas promociones tan sufridas que habían tenido que padecer las consecuencias de una España empobrecida por la guerra civil y sus secuelas.

Nosotros ya éramos hijos de la España del desarrollismo oficial, aquella España a la que los López habían dado un estirón económico. Muy atrás quedaba ya aquella “Tierra sin pan”, la misma que Buñuel tan didácticamente mostrara en su documental, como definitivamente quedaba atrás aquella España reflejada en las Hurdes, tierras remotas y desheredadas que el rey Alfonso XIII recorriera a caballo junto al doctor Gregorio Marañon.

Atrás empezaba a quedar también aquella España de los cincuenta y sesenta en la que la gente aún buscaba un futuro lejos de su patria. Aquella emigración fue muy distinta a la que emprendieron sus padres y sus abuelos; el destino que se buscaba, ya no era tanto América, sino que se transitaba hacia una Europa, más cercana en la distancia pero más fría y lejana en el corazón de la gente.

En la década de los setenta, la emigración, en especial hacia Francia, Alemania y Suiza, comenzaba a decaer; los trenes ya no pasaban por Irún tan preñados de hogazas y chorizo campestre. Se empezaban a terminar los años en los que a golpe de raíl muchos paisanos caminaban hacia un destino de melancolía y añoranza. De hecho, cuando en nuestra adolescencia veíamos documentales de la época, nadie hubiera dicho al contemplarlos en los andenes, sobre los pescantes, agitando el pañuelo de la despedida, que pudieran comerse el mundo más allá de esos pueblos a los que dejaban huérfanos. Sin embargo, se lo comieron, aunque estoy seguro de que en cada corte de pan con chorizo con el que empezaban a masticar aquellas monedas-marcos, francos, libras-, se les llenaban los carrillos de morriña y desarraigo.

Entre tanto se obraba el milagro económico, aquellos buscadores de fortuna -grandes generadores de divisas-, desde tierra extraña, no añoraban tanto la patria, la grandilocuente patria que yacía a sus espaldas, como el pedazo de tierra del que partieron, como las desvencijadas casas del pueblo donde nacieron y se criaron. Soñaban desde la lejanía de sus destinos con las caras de su gente, con las caras de aquellos a los que no hace mucho dejaron atrás para lanzarse a la aventura de una emigración incierta y dolorosa.

“Unos me hablaban de la patria.

Mas yo pensaba en una tierra pobre,

Pueblo de polvo y luz,

Y una calle y un muro…

… No hay patria, hay tierra, imágenes de tierra,

polvo y luz en el tiempo.”

                                      Octavio Paz (Calamidades y milagros)

Aquella España de la postguerra comenzó a cambiar con la llegada, a los estamentos de poder del régimen, de los tecnócratas píos y devotos de la Obra; con ellos mostró otra cara más amable. Con aquel desarrollismo reformador, que presentaron como el nuevo rostro del régimen, impulsaron la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Con el progreso que se vislumbraba, parecía que se estaba acabando con la habitual sobredosis española de blanco y negro, la misma que había generado desde el poder aquella sociedad lóbrega y enlutada, carente de opinión.

“Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.

Armadura oxidada con relleno de escombros.

Tienen duros los ojos como fría cellisca.

Los cabellos marchitos como hierba pisada.

Y un vinagre maligno les recorre las venas.”

                                     Ángela Figuera (Mujeres del mercado)

A nosotros, a los muchachos del bachiller y del C.O.U., aquella España del pasado casi ni nos rozó; ya nos tocó disfrutar de otra bien distinta, la que surgió con el boom económico, la que en los últimos años del franquismo comenzaba a traslucir ciertas dosis de libertad.

El caso fue que, bajo el control de la camarilla del Pardo y del gran ojo, rematado en una opulenta ceja, del almirante Carrero Blanco, un grupo de solterones, o casados con voto de algo, fríos, pulcros y tecnócratas servidores de la Obra de un visionario como Monseñor Escrivá de Balaguer, lograron poner a la economía española en camino. Lo hicieron apoyándose en otro “Camino” bien distinto, en el libro de cabecera del Opus Dei. Un joven Laureano López Rodó puso a punto los famosos Planes que colocarían a España en la senda que la conduciría hacia el progreso de los países en vía de desarrollo.

Mientras España despegaba, la sociedad se transformaba al socaire de los tiempos de bonanza. Con la industrialización, comenzaba a emerger una clase media mucho más numerosa, por tanto con mucha más fuerza y con mayores posibilidades económicas. Esta nueva sociedad, en la que la clase trabajadora se iba a ir situando como una nueva clase media y, por tanto, según la terminología de la época, se iba aburguesando, se distanciaba sustancialmente de la España surgida tras la guerra civil.

El cambio social que tuvo lugar fue de tal magnitud que, incluso, hizo reflexionar a la tradicional y combativa oposición al Régimen, al Partido Comunista de España, única institución que fue capaz de mantener abierta la espita de la disidencia desde el interior de un país en el que, poco a poco, iban apareciendo, tímidamente, más voces disconformes.

Jorge Semprún, viejo superviviente de la barbarie nazi en los campos de concentración, tras coquetear durante el 61 –a lomos de una vieja cabra cubista-, en su ochenta cumpleaños, con el malagueño más insigne, de nombre Pablo, y torear junto a Luis Miguel, un torero siempre pegado al poder pero comprometido en la ayuda hacia sus amigos, plantea, junto a Fernando Claudín, la necesidad de cambiar la estrategia del Partido Comunista teniendo en cuenta la nueva situación social del país. En ese lúcido análisis, pegado al terreno, proponen la búsqueda de acuerdos con las distintas formaciones sociales y con los personajes que van articulando una oposición, cada vez más contestataria, frente al poder, así como el reconocimiento explícito de este desarrollo económico que se estaba experimentando en toda la nación. Para ellos, fue el principio del fin. La mano férrea de Santiago Carrillo y de Dolores Ibarruri, la legendaria “Pasionaria”, parecían estar más al servicio de los dictados de una Rusia que les acogió tras la guerra, y financió en el exilio, que a los criterios de independencia con los que serenamente analizar la nueva realidad española.

Desde luego, el Comité Central del partido, sumiso –como se decía entonces- a los dictados de Moscú, no estaba dispuesto a consentir ninguna grieta por la que aflorase la disidencia. Ambos, pronto serían purgados para, con la expulsión -al menos eso pretendían-, relegarlos al olvido. Años después, cuando Rusia era sólo un espejismo del pasado, Carrillo, con la listeza de los espabilados desbordando sus ojillos, encabezaría una transformación en la misma línea a la propuesta por los purgados. Junto a Georges Marchais y Enrico Berlinguer fundan el “eurocomunismo”, una suerte de comunismo más pegado al capitalismo y a la realidad del continente pero, entonces, ya era tarde; sus propuestas en esta nueva Europa sin fronteras, a punto de nacer, tenía los días contados. Quizás su historia, con las tesis de Claudín y Semprún asumidas a su tiempo, hubiera sido otra; al menos, en España.

En España florecía un sindicalismo teledirigido, fijado en mi retina infantil a través de las multitudinarias y aburridísimas exhibiciones gimnásticas con las que, los primeros de mayo, nos obsequiaba la televisión, retransmitiéndolas en directo desde el estadio Santiago Bernabéu. Se realzaba la ceremonia con la presencia del Generalísimo, o de alguno de sus dobles, tal y como se rumoreaba, y con la actuación estelar de los grupos de coros y danzas regionales.

El colofón se ponía con la presencia de algún que otro cantante de éxito cuyos nombres más vale silenciar, pues en tiempos de miseria se hacen muchas estupideces.

Pues bien, desde el interior de este sindicalismo de caras circunspectas y camiseta de tirantes, un grupo de trabajadores consiguió engañar al Régimen, aliándose con falangistas radicales y con gente proveniente de asociaciones cristianas. Tal fue su perica e insolencia que consiguieron llegar al meollo del propio poder sindical que, incluso, les dotó y asignó despacho en la sede misma del heroico, amén de único, sindicato vertical.

De esta extravagante y arriesgada manera, amparado desde el propio sindicato al que pretendían combatir, nace Comisiones Obreras. Al ser detectadas sus verdaderas intenciones y poner al descubierto su estrategia, son arrojados, con sus líderes a la cabeza –Marcelino Camacho y Julián Ariza-, del calor de las moquetas oficiales a las inclemencias de una clandestinidad donde se encontraban como pez en el agua. Desde entonces, el sindicato obrero actuará camuflado entre las nuevas barriadas surgidas en la periferia y se refugiará, cuando sea menester, en las sacristías de algunas parroquias, donde les amparará una nueva generación de sacerdotes. Éstos, no hicieron más que dar respuesta a las exigencias de esta nueva sociedad que se vislumbraba y se empezaba a hacer efectiva.

Acomodándose a los tiempos, apareció un nuevo tipo de cura, el llamado cura obrero, capaz de compatibilizar su magisterio con un trabajo normal, algo impensable para la época. A consecuencia de estos aires renovadores, esta nueva iglesia pronto se implicó en las reivindicaciones sociales dando cobijo a este nuevo sindicalismo horizontal y de clase así como prestando especial atención a las capas más desfavorecidas de la sociedad.

A José Solís, flamante ministro de Trabajo, al que este nuevo sindicalismo había engatusado a base de citas literales de encíclicas papales, cuando descubrió el pastel, se le heló la sonrisa, la llamada no sin cierta sorna “sonrisa del Régimen”, una sonrisa un tanto siniestra que exhibía bajo unas gafas tenebrosas, muy al uso entre los mandamases de la época. Pero, sobremanera, se le debió de congelar al levantarles la capa que recubría su auténtico pelaje, ni más ni menos que comunista, el gran enemigo, junto a los masones, de esta España que, una gran parte del año, caminaba bajo palio.

Por aquel entonces, la España de Franco, tan profundamente católica, mantenía encarcelados a, nada más y nada menos, 200 sacerdotes, en su gran mayoría curas obreros. Los coleccionaba, como estampitas de santos, en la cárcel de Zamora.

Me viene al recuerdo la figura enorme, empastada tras sus gafas de concha, del padre Llanos, un hombre que habiendo podido llegar a lo más alto, por haber estado en el centro mismo del poder, prefirió irse a vivir a una chabola del deprimido Pozo del Tío Raimundo. El padre Llanos llegó a dar ejercicios espirituales, tan en boga en la época, al mismísimo general Franco y, tal vez, por ello era intocable ya que, por mucho que hubiera podido empeñarse, nunca fue detenido ni llamado al orden.

Eran tiempos de mandamientos morales, así que a partir de los doce o trece años, allá por 1.970, los frailes del colegio nos llevaban dos o tres días de ejercicios espirituales, supongo que similares, sólo que con capones, a los que les daban al Generalísimo. Para nosotros era como una fiesta, como una excursión, era la excusa perfecta y la oportunidad de poder dormir fuera de casa así como de compadrear con los amigos. Las noches eran un ir y venir por pasillos y tejados con nuestros paquetes de tabaco y nuestras bebidas. Lo pasábamos realmente bien, al margen de aquellos ratos, se me hacían eternos, en que nos mandaban a la habitación a reflexionar –nunca supe ni el qué ni sobre qué-. Yo no sé si esta moda pervivió mucho tiempo, pero supongo que no.

En aquella España se movían muchas más cosas. A España iba llegando, en pequeñas dosis, la rebeldía que invadía el mundo. Se ubicaba, sobre todo en forma de música, en los gustos y los corazones de las nuevas generaciones. Surgieron pequeños grupos, más bien ñoños, que imitaban, con suavidad y cierta blandenguería, las nuevas tendencias musicales que brotaban en el resto del planeta. Pero cuando entraron los nuevos sonidos, asociados a la rebeldía de una nueva generación, su eco fue imparable.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

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CARLO BROSCHI, FARINELLI: EL EUNUCO DIVINO-Juan Francisco Quevedo

CARLO BROSCHI, FARINELLI: EL EUNUCO DIVINO

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UN CAPÓN EN LA CORTE BORBÓNICA DEL SIGLO XVIII

 

De todos los castrati que fueron, sobresale por méritos propios, tanto por su fama y popularidad como por sus logros, Farinelli. Tras triunfar clamorosamente en el mundo operístico y en los escenarios europeos, recalará en España, adonde llegará con una misión prácticamente imposible, rescatar a Felipe V, el primer rey español de la dinastía borbónica, de la abulia y de la depresión en la que se hallaba inmerso.

Mediada la década de los treinta del siglo XVIII, el rey español que desde la adolescencia manifestó cierta tendencia depresiva, entrará en una fase de locura absoluta. Se niega a asearse, a comer y a cualquier cuidado, encerrándose en su habitación y negándose a salir de la cama. En multitud de ocasiones piensa que ha muerto y grita aterrado. En cualquier caso, nada le interesa y mucho menos las labores de gobierno que recaen en la parmesana Isabel de Farnesio, una reina a la que, cuando al monarca le asaltan episodios de furia, llega incluso a golpear. En su locura, el soberano, hace día de la noche y noche del día, obligando a sus ministros a despachar a las dos de la madrugada. Ante este panorama de absoluta demencia, la preocupación en la corte es tremenda, temiéndose incluso el peor de los desenlaces, la muerte del rey.

En lo más álgido de la grave crisis mental por la que atraviesa Felipe V, Isabel de Farnesio tomará una decisión de lo más sorprendente. Nadie osará contradecirla; de su poder da medida exacta la composición del famoso cuadro del pintor francés Van Loo que cuelga en las paredes del Museo de Prado, La familia de Felipe V; en él se aprecia a la perfección que era ella y sólo ella quien verdaderamente mandaba en España.

Durante el año 1737, la reina envía una embajada a Londres con la secreta misión de traer a Madrid, costara lo que costara, al mayor asombro artístico que existía en la época, al castrati Carlo Broschi, conocido como Farinelli. Conseguirán su objetivo, logrando que el maestro se traslade a Madrid, donde residirá los próximos veintidós años, tras ofrecerle una cantidad inmensa de pensión, tres mil libras.

Al llegar el lírico divo a palacio es informado con detalle por la reina de los desvaríos del rey así como de su negativa a abandonar sus habitaciones, donde permanece encerrado a cal y canto. Isabel de Farnesio le hace saber que confía tanto en la belleza de su canto que pretende rescatarlo de su ensimismamiento a través del impacto que pueda ejercer en el espíritu del rey.

Farinelli no se hace esperar y de inmediato comienza su sesión de músico-terapia en una estancia contigua a las dependencias del rey. Su voz no tardará en lograr un efecto milagroso, al conseguir despertar la curiosidad real. Con esta reacción, resurgía cierta esperanza ya que parecía que el rey, a pesar del ostracismo autista en el que se sumía, aún era capaz de estimularse por algo realmente bello y hermoso.

Asombrado por la voz que le llegaba hasta la cama, el rey decidió averiguar de qué se trataba y, al ver que salía de la privilegiada garganta de Farinelli, no pudo por menos que ofrecerle todo aquello que pidiese. Farinelli se limitó a pedirle que se levantara y que asistiera a los Consejos, así como que se vistiera y afeitara.

Nunca sería nuestro divo un hombre mezquino ni ambicioso. Habiéndolo podido tener todo, jamás abusó de la confianza de los reyes en los largos años que permaneció en la corte. Ni abusó del padre, Felipe V, ni abusó, después, del hijo, Fernando VI.

Desde el momento en que se obrara el prodigio, el rey aún vivirá nueve largos años, durante los cuales, día a día, Farinelli entonará las cuatro mismas canciones, inexorablemente, rematando la actuación con una serie de gorgoritos en los que imitaba el canto del ruiseñor. Quién sabe si la milagrosa y portentosa voz del divino castrati actuara como un sedante sobre la mente del rey. Hoy en día hay muchas teorías sobre música y relajación, así como sobre música y sus cualidades terapéuticas, por lo que no supone nada extraño que consiguiera el efecto paliativo, aunque no curativo, que se buscaba.

Pero, lo cierto y verdadero es la capacidad de emocionar de esta asombrosa voz, una voz que había hecho llorar a media Europa y que ahora se ponía a disposición del rey. Los castrati inundaron los escenarios del XVIII, y parte del XIX, arrebatando a las sopranos mujeres los grandes papeles femeninos, ya que éstas no podían igualar sus registros. Podemos decir, aunque suene cruel, que los castrati, de alguna manera, eran voces diseñadas a la medida. Sus cualidades bucales, conservando su voz de niño y a la vez con la caja de resonancia y los pulmones de un adulto, les convertían en inalcanzables. La crueldad con la que se conseguía el prodigio, a través de la castración, permaneció inalterable hasta bien entrado el siglo XIX.

Pero nuestro Farinelli, al contrario de la mayoría de los castrati, no provenía de la pobreza, sino que era hijo de una familia bien acomodada; su padre fue gobernador de varias ciudades, lo que nos induce a pensar que su infortunio, aunque luego se convirtiera en virtud para los que le escucharon, fue originada por algún lamentable accidente, que bien pudiera haber sido una caída desgraciada, o por alguna enfermedad. Farinelli además poseía un físico agradable, sin las taras que comúnmente tenían los castrati, lo que hará que levante no pocos suspiros entre las damas de la época.

Ante lo inevitable, ante la mutilación de su hijo, la familia decidió darle una educación exquisita y no dudaron en enviarlo al Conservatorio de Nápoles, donde daba clases el maestro más prestigioso de la península itálica, el profesor y compositor Porpora. Será precisamente en una de sus óperas cuando el joven Carlo se suba por primera vez a un escenario.

Fernando VI sucederá a su padre, Felipe V, en el trono de España. Compartirá con su esposa, la reina Bárbara de Braganza, sus aficiones, especialmente la caza y la música, siendo ambos grandes melómanos. Todas las noches acudían juntos a escuchar y deleitarse con la voz de Carlos Broschi, Farinelli, el divino castrati que permaneció a su lado durante todo el reinado. En esos años y con la supervisión de Farinelli se construirá el Teatro de la Ópera del Buen Retiro que será una referencia mundial hasta su destrucción.   

Carlo gozaba del favor real, junto a un grupo de privilegiados amigos, entre los que destacaba el insigne embajador inglés Benjamín Keene. El célebre cantante jamás se aprovechó de su ventajosa situación, pese a disponer de multitud de oportunidades para haberlo hecho. Pero veamos cómo describe el embajador inglés la alegría y el desenfado que reinaba en el espíritu de la corte de Fernando y Bárbara.

“Después de la ópera comenzó el baile en la gran sala llamada el Casón… Me quedé allí, como de costumbre, hasta las tres de la mañana, pero salí cuando quise para refrescarme con toda clase de aguas y vinos…., de modo que bailé más que en estos treinta años pasados. A la noche siguiente, apenas me hube sentado en la ópera, Sus Majestades Católicas me enviaron el libreto por medio de Farinelli… Tuvimos luego una cena en la sala de los Reinos; después, un baile, donde el rey cansó a todas las damas de palacio…”

Para Farinelli, el eunuco divino, su don supuso un inmenso ascenso social, gozando de la admiración de los melómanos de su tiempo y del aprecio y el cariño de los reyes, primero de Felipe V y, después, de su hijo, Fernando VI. Sin duda, la alegría de la corte y del rey era transmitida por la reina Bárbara de Braganza que, desde el primer momento, supo ganarse el afecto y el respeto de cuantos la rodearon. Era una persona tremendamente inteligente, culta y conversadora que, desde que iniciaba un acercamiento, hacía olvidar a su interlocutor su más que probada fealdad. Recurramos de nuevo a Keene para recordar a la reina.

“La reina asimismo nos hace saber cuándo se propone pasear por los jardines y nosotros acudimos. Yo llegaría a deciros que aún cuando ella fuera una persona particular, tiene tantas cualidades y tan agradables, que yo buscaría su compañía. Nadie se ha mostrado nunca tan libre, tan dispuesta hasta las más lejanas indicaciones y tan sumamente condescendiente como ella. Afirmo que esto es realmente cierto.”

Para el entretenimiento de Fernando VI y de su esposa, Bárbara de Braganza, Farinelli, con el apoyo del marqués de la Ensenada, organizará los paseos fluviales. A tal efecto, se dragará el río Tajo, en los alrededores de Aranjuez, con el fin de que pudiera navegar por su cauce la llamada por el eunuco divino “flota del Tajo”.

Los paseos fluviales se iniciarán en 1752. Se navegaba río abajo durante unas tres horas, en las que se recorrían cuatro millas en el trayecto que hay desde el embarcadero del Sotillo hasta el del Puente de la Reina, junto a palacio. Lo más espectacular del recorrido era el concierto fluvial en el que cantaba el gran Farinelli. Regresaban al embarcadero de Palacio ya de noche.

A la muerte de su esposa, Fernando VI cayó en una depresión brutal y se encerró en un viejo y mal acondicionado castillo en Villaviciosa de Odón.

El rey, inmediatamente, se desentendió de los asuntos de gobierno y ya sólo hablaba de cualquier recuerdo relacionado con la reina difunta. A finales de septiembre la situación es alarmante, pues Fernando se niega a comer y sólo ingiere líquidos. A su vez, aumentan sus rarezas y los episodios de furia. Toda la corte rememoró lo que ya había ocurrido con su padre.

El último documento que firmará está fechado en septiembre y el último despacho con Wall será a primeros de octubre de 1758, todavía “de pie y en conversación”. Pronto abandonará todo, tanto los asuntos de gobierno como la caza, su pasión, y le invadirá una obsesión enfermiza por el temor a morirse. La enfermedad podía con el rey.

Los intentos por hacer volver al rey en sí son desesperados. Para intentar recuperarlo se hace venir al castillo a su gran entretenedor en sus excursiones por el Tajo, al divino castrati, a Farinelli. Se pone con él en práctica la terapia que tan excelente resultado diera con su padre, Felipe V. Pero esta vez todo fue inútil, nada lograba alejarlo de su extraña y enfermiza melancolía, ni tan siquiera la voz privilegiada del divino castrati.

Poco a poco, dejó de hablar, de alimentarse, estando como ausente a todas horas. Después se encerró en una pequeña habitación, donde apenas había espacio para una cama; allí pasaría sus últimos meses.

El día 10 de agosto de 1759, justamente 13 años después de su ascenso al trono, fallecía Fernando VI. Su cadáver será llevado desde Villaviciosa de Odón al convento de las Salesas Reales, para ser enterrado en un sepulcro frente al de su esposa.

No obstante, y a pesar de este último “año sin rey”, es de justicia reconocer a Fernando VI por los muchos méritos de su reinado. Fue prudente y sobrio, amante de la paz y contrario a todas las alianzas bélicas que le propusieron, dando a la nación unos años de plácida prosperidad. Supo rodearse de gente de gran talla en el gobierno, que actuaron modernizando las instituciones, arreglando la hacienda, constituyendo el catastro, creando y reparando caminos y canales. Así mismo, fue capaz de dotar a la Armada de una flota acorde al perímetro costero de España, que pudiera defender sus intereses y llegar a inquietar a Inglaterra.

A la muerte de Fernando VI, será su hermano Carlos el que le sucederá en el trono. Con ello, la estrella de Farinelli comenzará a declinar. El castrati permanecerá en España muy poco más.

Carlos III, nunca estuvo muy inclinado, todo hay que decirlo, a gozar con y de la música. Por tanto, el destino de Carlo Broschi estaba determinado, máxime cuando el rey llegó a comentar, en un exceso cruel, aunque no exento de gracia, que a él “los capones sólo le gustaban en la mesa”.

A pesar de todo, supo reconocer los servicios prestados a la corona y agradecérselos personalmente cuando ya iba camino de Bolonia y se encontró con él en Zaragoza. De hecho, le mantuvo el sueldo que le otorgara su padre, Felipe V, según sus propias palabras, “en consideración de su moderación, no habiendo jamás abusado del favor, del afecto y de la generosidad del Rey su antecesor”.

No obstante, conviene recordar que Carlos y María Amalia de Sajonia, cuando fueron reyes de Nápoles, contribuyeron al desarrollo cultural y artístico del lugar con importantes aportaciones. Durante su reinado se descubrieron los restos de las viejas ciudades romanas de Pompeya y Herculano, favoreciendo el rey las primeras excavaciones arqueológicas, donde presenció personalmente la aparición del templo de Júpiter. Tras el hallazgo de las ruinas de Herculano, aparecieron las de Pompeya, comprando el rey inmediatamente todos los terrenos para facilitar las excavaciones. Así mismo, construyó el hermoso teatro de San Carlos, templo musical de la época, a pesar de su indiferencia por esta disciplina artística.

A la muerte de su protector, el rey Fernando VI, Farinelli ya había sido advertido por un amigo lo que  podría suponer para su persona el cambio de gobierno, ya que era evidente que no gozaba de la confianza del nuevo rey. Ante la advertencia e intuyendo su marcha, le preguntó “¿Cuándo?”. El amigo le respondió señalándole con el dedo unos versos de la primera escena de “Artaserse”:

“…La otra turba

De falsas amistades

Falta cuando la gracia del Rey falta.

¡Oh! ¡Cuántos vi humillados antes,

Que hoy no caben de orgullo y de soberbia!”

Farinelli, tras la desafección real, se marchará a sus posesiones de Bolonia, donde vivirá admirado e idolatrado en un retiro dorado aún veintidós años más, hasta 1782.

                                                                                                                        Juan Francisco Quevedo

CarloBroschi-Farinelli

Fernando VI y Bárbara de Braganza en los jardines de Aranjuez

Flota del Tajo en Aranjuez

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“LOS CASTRATI”-Juan Francisco Quevedo

Aquí os dejo la bárbara historia de los castrati.

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LOS CASTRATI

LA HISTORIA DE UNOS NIÑOS MUTILADOS BÁRBARAMENTE PARA PRESERVAR SU VOZ ANGELICAL

 

Sería muy a principios de los ochenta cuando nos encaminamos hacia el Aula Magna de la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela a escuchar una conferencia del psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera. Creo recordar que se titulaba sencillamente “Los Castrati”.  Éramos unos jóvenes estudiantes a los que aún movía e interesaba cualquier tema que pudiera motivarnos intelectualmente y aquel hombre ya había captado nuestra atención a través de sus libros.

Hacía pocos años, no más de tres o cuatro, que habíamos leído y nos había fascinado la biografía que había escrito sobre el escritor japonés Mishima, con toda la iconografía ritual, casi sagrada, que flotaba en sus páginas en torno a la muerte. Pero no era el único libro que nos había impactado; en nuestro grupo de amigos, todos estudiantes en Santiago, habíamos comentado con profusión otro de ellos, el titulado “Concierto para instrumentos desafinados”, un visión divertida pero no exenta de rigor y ternura sobre algunos de los enfermos psiquiátricos que habían pasado por sus manos.

Por otro lado, el profesor y escritor hacía apenas un año que había publicado uno de sus libros más importantes, que ha sido y es libro de texto en muchas universidades, “Introducción a la Psiquiatría”. Mi buen amigo Paco Bujalance, ya en el último año de Medicina, lo había comprado y disfrutábamos todos con su lectura y con los comentarios que suscitaba entre nosotros. Lo había hecho a pesar de la indicación del catedrático de turno de su inutilidad, un hombre que tampoco se recataba en denostar la figura de su autor como psiquiatra. Claro está, a decir de mi buen amigo, este libro tenía una ventaja sobre los que recomendaba su catedrático, una ventaja nada despreciable, se entendía con claridad meridiana.

A nuestro interés por la conferencia se añadía una curiosidad un tanto morbosa; el caso es que por esas cosas del protocolo, el conocido detractor del conferenciante iba a ser el encargado de presentarlo y no nos queríamos perder cómo ventilaba ese trago. Claro está, y aunque no sirva como disculpa, quizás flotara aún en el ambiente académico la obscura figura del padre del conferenciante, quizás aún nadie había olvidado que había sido el psiquiatra del régimen y en esa asimilación con el sistema se había esforzado en una búsqueda peregrina, la de encontrar el gen rojo. Desde las alturas de la dictadura aplaudían y alentaban ese interés con el que se pretendía asociar a una anomalía genética toda una corriente de pensamiento político, el comunismo.

Ahora bien, en nuestros tiempos de estudiantes no hay que olvidar que lo que estaba en plena efervescencia en España era la corriente anti-psiquiátrica que no solo pretendía acabar con el encierro inhumano de los manicomios y con las sesiones de electroshock sino que, además, abogaba por la supresión de la medicación y por abordar los problemas mentales con unas terapias de tipo psicosocial.

El caso es que mientras que el catedrático de Psiquiatría de Santiago de Compostela se enmarcaba en esta corriente anti-psiquiátrica, que ya definiera como tal David Cooper en 1967, el conferenciante era mucho más ecléctico y pragmático en el tratamiento de las enfermedades mentales y aunque defendía un trato humano, no descartaba tratamientos farmacológicos y una terapia más individualizada.

Una vez instalados en la primera fila del aula, llegó el momento de dar comienzo el acto y, para nuestra diversión, el catedrático de Psiquiatría no escatimó en elogios y deferencias a la hora de presentar a su colega. Sin duda, actuó como un “pelota” de lo más servil, aparte de como un hipócrita, no atreviéndose a decirle en público lo que comentaba a sus espaldas. Vallejo Nájera mientras escuchaba con media sonrisa, parecía decirle lo mismo que uno de sus personajes de “Concierto para instrumentos desafinados”, el que aparece en “El orinal de plata”, le dijera a un nuevo médico del psiquiátrico. El galeno, que era un tanto autoritario y muy poco comprensivo, ignorando las costumbres del que se autodenominaba Archiduque don Ataúlfo, le llamó la atención delante de Vallejo Nájera y de parte de su equipo por hacer sus necesidades en un orinal en el pasillo, algo que venía haciendo sin que nadie aparentemente reparara en ello; el archiduque le miró desde abajo y le dijo: “¿Por qué se atreve usted a tutearme? Sentado donde estoy sentado, no llega usted a la altura de mi desdén”. Tras espetarle semejante dardo, siguió a lo suyo ante la perplejidad del recién llegado y la alegría contenida de los presentes. Vallejo, igual de imperturbable que su paciente, comenzó su conferencia.

Pronto nos olvidamos de todos estos chismes y en seguida nos vimos atrapados por las primeras palabras del conferenciante. No tardó en decirnos: “Os voy a poner la única grabación existente de un castrati; se conserva en el Metropolitan de Nueva York y han tenido la amabilidad de procurarme la grabación que vais a escuchar”. Entonces nos fascinó esa posibilidad; hoy en día se puede escuchar a Alessandro Moreschi en Youtube sin el menor problema. La grabación, aunque aceptable, no me produjo nada especial, ni su voz me pareció especialmente angelical; quizás por estar predispuesto a escuchar algo extraordinario.

Vallejo Nájera no tardó en relatar cómo se decidió a profundizar en la historia de estos hombres. Un día caluroso de verano, yendo en coche con un amigo, el profesor Ugo Cerletti, inventor del electro-shock, por Roma, casi atropella a un hombre que iba tirando de un carro lleno de verduras; éste comenzó a gritarles y a insultarlos con grandes voces acordándose de su madre, “la gran puttana”. El profesor italiano sin inmutarse detuvo el coche y le dijo a su acompañante mientras el verdulero gritaba con más intensidad: “Observa su estructura anatómica: rechoncho, distribución feminoide de la obesidad, manos pequeñas…, esa voz podría ser una maravilla”. Sin duda era un hombre con cierto hipogonadismo y el profesor comenzó a explicarle cómo algunos tenores también sufren esta deficiencia endocrina.

De ese hecho tan simple surgió su interés por estos hombres que, siendo niños y estando en posesión de una hermosa voz, antes de que ésta cambiase, eran castrados para preservarla y poder admirarla ya de adultos.

Los orígenes de esta aberrante práctica se remontan a la antigua civilización sumeria y, posteriormente, ya hay constancia de la existencia de cantantes eunucos en el Imperio Bizantino, donde gozaron de reconocimiento hasta la caída de Constantinopla en el año 1204. Después, se desvanecen de la historia hasta que, misteriosamente, reaparecen en la Italia del siglo XVI. Quizás, en su regreso sorpresivo,  pudiera haber tenido una gran influencia la decisión tomada por el Papa Paulo IV de prohibir a las mujeres actuar en los escenarios romanos, lo que pudo provocar que existiese una necesidad de incorporar voces femeninas para los personajes que hasta entonces encarnaban las mujeres y que fueron asumidos por los castrati. Esta prohibición papal se había tomado basándose en las palabras de San Pablo, entresacadas de la I Epístola a los Corintios: “Las mujeres cállense en las asambleas, que no les está permitido tomar la palabra”.

La realidad fehaciente es que a raíz de esta decisión los castrati proliferaron a los largo de los dos siglos siguientes, gozando de gran popularidad y reconocimiento. Su declive no se produciría hasta finales del siglo XVIII donde se alzaron voces significadas, como las de Voltaire o Rousseau, frente a estas aberrantes y bárbaras costumbres. Será Napoleón, tras la toma de Roma el que prohíba estas prácticas que serán castigadas con la pena de muerte.

Ahora bien, el Papa Benedicto XIV, mediado el siglo XVIII, ya había prohibido la amputación de cualquier parte del cuerpo, salvo en aquellos casos que se justificara médicamente. Esto dio lugar a multitud de trampas, provocando un sinfín de falsas alegaciones en las que se decía desde haber sido mutilado de pequeño por un cerdo hasta haber sido víctimas de los más variopintos accidentes.

De la proliferación de castrati, de estos maestros del falsete intrínseco a su naturaleza, durante el barroco italiano, baste decir que en el año 1780 había sólo en la ciudad de Roma setecientos cantando en las diferentes iglesias de la ciudad. A ellos se sumaban al menos dos más actuando en los numerosos teatros operísticos existentes. La primera gran estrella del bel canto con estas características será Baldassare Ferri, que llegará a parar una guerra tan solo para que la reina Cristina de Suecia pudiera escucharlo.

Por otro lado, a principios del siglo XIX la iglesia consintió la vuelta a los escenarios de las mujeres, lo que fue el inicio de la decadencia de los castrati. La última actuación operística de un castrati en un teatro será la llevada a cabo en 1830 por Giambattista Velluti; ahora bien tanto en el Vaticano como en otras iglesias seguirán actuando hasta su prohibición definitiva, por el Papa León XIII, en 1902, ya a comienzos del siglo XX. En 1913 se retirará el último de los castrati, que había pertenecido al coro de la Capilla Sixtina, Alexandro Moreschi. Había sufrido la extirpación testicular a la edad de diez años y fue conocido debido a su prodigiosa voz como el Ángel de Roma, llegando a actuar en 1900 en los funerales del rey Humberto I.

La castración fue en aquella Italia una práctica habitual debido a la demanda existente para nutrir las filas de numerosos coros, como por ejemplo el de la Capilla Sixtina, y, para subirse a los escenarios, donde aquellos más afortunados estaban llamados a llenar los teatros y a ser admirados. Téngase en cuenta que en aquellos años no se escribían papeles para las sopranos mujeres sino para los castrati; eran estos hombres evirados los que, debido a los tonos tan agudos y elevados a los que podían acceder, copaban los grandes escenarios interpretando papeles femeninos.

Con la castración y sin el aporte testosterónico se pretendía conseguir y potenciar voces angelicales. Hay que tener en cuenta que al detenerse el aporte de hormonas masculinas se paraba el desarrollo y los cambios naturales de la laringe con lo que no sólo se conservaba un tono de voz agudo sino que al crecer el resto de órganos se potenciaba aún con los pulmones de un adulto y la resonancia que se conseguía con el desarrollo de la caja torácica. El resultado era un tono algo similar al de una soprano pero muy mejorado por la potencia que se podía conseguir. Ahora bien, hoy se sabe que el déficit de testosterona conlleva grandes problemas, como serias complicaciones y deficiencias cardiovasculares que acortan la vida. Eso por no hablar de una merma de la masa muscular y ósea, reducción del deseo sexual y una serie de graves inconvenientes. El aspecto de estos hombres solía ser más afeminado y eran más altos debido a que la presencia de testosterona hace que se cierren los discos de crecimiento de los huesos.

Esta práctica de castrar a los niños comienza a realizarse en Italia mediado el siglo XVI y consistía en eliminar el tejido testicular sin que afectara al pene. Principalmente se utilizaban dos métodos para realizar la extirpación. En uno de ellos se introducía a los niños, de entre siete y doce años, en una tina de agua caliente tras haber inducido en ellos una sedación por métodos no muy ortodoxos, ya que la anestesia no aparecería hasta el siglo XIX. Se les administraban grandes cantidades de alcohol o substancias como la tintura de láudano con opio en su formulación. En ocasiones se les presionaba la carótida para que se desvanecieran y quedaran inconscientes, lo que provocó numerosas muertes.

Una vez preparados para la emasculación, se seccionaba el escroto con una incisión y se procedía a la extirpación testicular. A continuación se cortaban las hemorragias con emplastos, cauterizaciones al fuego o mediante una fuerte ligadura.

El otro método consistía en la extirpación por isquemia; para ello se ligaba fuertemente una cuerda por encima de los testículos y se comprimían hasta provocar una necrosis que hacía que muriese el tejido testicular y que se fuera desprendiendo. El dolor que se provocaba duraba semanas.

Con ambos métodos se conseguía suprimir las dos funciones testiculares, la producción de testosterona y la de espermatozoides. Cuando esto se hacía como era el caso, antes de la pubertad, los caracteres masculinos, como la aparición de vello o el desarrollo de la laringe, se anulaban y, con ello, también lograban aquello que más querían, conservar la voz. Después de la mutilación todo quedaba en manos del azar, ya que no todos los castrati podían mantener la voz en el tiempo y aquellos que no lo conseguían estaban mal vistos por la sociedad e incluso se les negaba dar tierra en sagrado. En una gran parte del siglo XVIII, cuando más demanda hubo de estos cantantes, se estima que se castraban unos cuatro mil niños al año.

Fuera cual fuera el sistema empleado, el dolor causado a los niños ante tamaña salvajada era inmenso; sólo poder rememorar cómo podían ser aquellas dantescas escenas sobrecoge hasta al corazón más curtido. Además, la mortalidad provocada tenía que ser muy alta, no sólo por la brutalidad de la práctica sino también por las nulas medidas higiénicas y por la falta de preparación de los que las llevaban a cabo, que carecían de titulación alguna y se paseaban por los diferentes lugares ofreciendo sus servicios.

La castración dejaba a aquellos futuros hombres infértiles pero no impotentes, lo que supuso para ellos una gran ventaja a la hora de correr aventuras amorosas, ya que en una época sin métodos anticonceptivos, las mujeres sabían que no corrían el riesgo de caer embarazadas. Además, tenían fama de ser grandes amantes, ya que podían mantener, digamos el entusiasmo, durante largo tiempo.

La demanda de voces existente hizo que muchas familias italianas viesen en la castración de sus hijos varones una manera para ayudarles a sobrellevar la pobreza, llegándose a extremos impensables en la popularización de la emasculación. De hecho, en una barbería de Nápoles se llegó a colgar un cartel en el que se anunciaba escuetamente: “Aquí se castran niños”.

Cuesta decirlo, y suena un poco al grito del pueblo madrileño cuando espoleaba la venida del absolutismo al grito de “¡Vivan las caenas!”, pero los castrati despertaron tanto fervor en Italia que cuando Napoleón abolió en Roma la práctica y las actuaciones de los castrati, el pueblo se sublevó al grito de: “¡Viva el cuchillo, el bendito cuchillo!”.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Conferencia de Juan Francisco Quevedo- Joan Margarit: Poesía, verdad y belleza.

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Haiku para un dibujo-Juan Francisco Quevedo

En el anzuelo

muerden y se desangran

 los inocentes.

anzuelo

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COLLAGE 2003 Y HAIKU-Juan Francisco Quevedo

Este collage que hice en el ya lejano 2003 me ha sugerido este haiku.

Sueñan los hombres

en sombras impensables,

cielos mudables.

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JOAN MARGARIT-PREMIO CERVANTES-Juan Francisco Quevedo

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JOAN MARGARIT

PREMIO CERVANTES 2019

Hay noticias que nos llenan de alegría porque hacen justicia no sólo al poeta sino y, sobre todo, a la poesía. Es lo que me ocurrió al saber el nombre del nuevo Premio Cervantes, Joan Margarit i Consarnau, un poeta excelso, necesario e imprescindible.

Con este galardón se rinde culto a dos lenguas peninsulares en las que el poeta se expresa con destreza innovadora y exactitud. Una, su lengua materna, el catalán y, otra, la lengua común, la lengua en la que leyó y se embebió con los grandes de la literatura en castellano, la española. En ambas es un maestro y en ambas muestra un dominio preciso del lenguaje, lo que le hace pertenecer a ese selecto club en el que militan muy pocos, el de la palabra precisa. Y ahora también, a sus 81 años, pertenece a otro no menos distinguido, ya que forma parte de esa especie de Parnaso del Olimpo que es el más alto y prestigioso premio de las letras en español, el Premio Cervantes.

El ministro de Cultura y Deportes, José Guirao, acompañado por la uruguaya Ida Vitale, última ganadora del Premio Miguel de Cervantes, ha sido el encargado de dar a conocer a eso de las dos de la tarde de este pasado jueves el nombre del premiado en la edición 2019. Ha salido elegido por el jurado de una lista de candidatos que habían sido propuestos por la Real Academia de la Lengua Española para optar este año al premio.

Antes de desvelar su nombre, y para dotar de cierta intriga adivinatoria al acto, el ministro leyó un poema del ganador, No tires las cartas de amor. Acabó despejando definitivamente la incógnita al finalizar la lectura.

No tires las cartas de amor

Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
-esta flecha de sombra-
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.

José Guirao destacó su aportación a un lenguaje con el que “ha enriquecido tanto la lengua castellana como la catalana y representa la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal”.

El Premio Cervantes, cuya primera edición tuvo lugar en 1976, ha reconocido a grandes escritores como el cántabro Gerardo Diego, y este año enriquece su nómina con la figura indiscutible del poeta Joan Margarit. La entrega se producirá, como viene siendo costumbre, el 23 de abril, fecha de fallecimiento de Cervantes, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.

Unos días excelentes para el poeta catalán ya que, precisamente, Joan Margarit, recibirá la próxima semana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana que le fue otorgado el pasado mes de mayo. El jurado de este premio definió al poeta como “el gran artífice de la poesía como instrumento moral”.

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanaüja, Cataluña, en el año 1938. Es arquitecto y Catedrático de Cálculo de Estructuras. Es autor de una extensa obra poética en catalán y en castellano. Entre otros muchos premios ha ganado el Premio Nacional de Poesía.

Ahora toca hablar más del poeta, más de su obra. Debo decir que sus libros son textos de cabecera permanente en mi mesilla de noche. Y, por supuesto, al referirme a su personalidad poética no voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido y gastado, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque entonces pasaría a engrosar una lista muy amplia y, por otro lado, tan engañosa como efímera. Digamos tan sólo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro. Joana y Un asombroso invierno, bien merecen un comentario más extenso pero antes debo resaltar su última publicación, Para tener casa hay que ganar la guerra, una deliciosa autobiografía donde narra los años que van desde su nacimiento hasta su paso por la universidad.

Me gustaría recordar que su obra completa se recoge en un magnífico libro que lleva por título “Todos los poemas (1975-2015)”.

Joan Margarit es un poeta que sabe muy bien cómo hacer poesía; en ella verdad y belleza se aúnan en una fusión maravillosa. El autor es capaz de combinar y equilibrar a la perfección esa aleación entre verdad (autenticidad, emoción, entusiasmo) y belleza (lirismo, sentido rítmico, contención métrica) para crear una escritura clara y limpia, libre de ornamentos inútiles, impurezas y escoria, donde las palabras se ajustan al pensamiento, donde ninguna de ellas sobra y ninguna de ellas falta. Su poética se cimenta sobre una creación literaria comedida, precisa y hermosa que da lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, para destilar, por la alquitara del lirismo, autenticidad.

Como el excelente arquitecto que es, construye el poema con solidez y sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. Y lo más importante, lo va elaborando desde lo cotidiano, desde aquello aparentemente trivial pero sin quedarse en lo anecdótico. De esta manera, consigue dotar al poema de un sentido moral para trascender y universalizarlo. Es el modo de conectar y comunicarse con el lector a través de esas experiencias que, aún siendo personales, nos son comunes y cualquiera, desde su vivencia, puede identificar como propias.

A ese prodigio de la palabra, a esa expresión única de los sentimientos, sólo se llega desde dos premisas esenciales, el conocimiento y la inspiración; dos cualidades que el poeta plasma en sus versos desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlos para adentrarnos en toda su complejidad. No hay nada más complejo que la búsqueda de la sencillez.

Sus poemas no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, en las que el autor procura mantener la cadencia silábica y los acentos rítmicos. Y es que el idioma, como el lugar al que se pertenece, no se elige, nos elige y sería una insensatez renunciar a ello. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Hay un endecasílabo que cierra el poema “Más que una canción”, de Un asombroso invierno donde el poeta, en un último verso definitivo, manifiesta esa cercanía a lo que le ensambla con el mundo, a la tierra, a su tierra: “Este soy yo. Sólo un pueblo sin nombre”.

Es muy significativo aquel poema del mismo libro en el que el poeta recuerda los tiempos en los que se le impedía expresarse en un idioma que era tan suyo como lo era el aire que respiraba: “Nunca he olvidado el pescozón de un guardia/que con voz fuerte y seca me decía: Habla en cristiano, niño”. Ello no le impide manifestar su amor por el castellano; algo que demuestra en cada recreación poética así como en el poema que se recoge en Un asombroso invierno desde el que evoca la figura de Jorge Manrique junto a la de Verdaguer.

Ya han pasado casi veinte años desde la publicación de Joana, veinte años desde que el poeta, contradiciendo todas las teorías poéticas existentes, sobre eso de distanciarse en el tiempo de los hechos a reflejar en el poema, nos dio a conocer su Joana. No quiero ser cursi, ni ñoño, en el análisis-el propio autor renegaría de semejante tontería relegándome con razón a las catacumbas-, pero está claro que algo tan duro como la muerte de una hija, a la que has mimado y atendido con denuedo, debido a su minusvalía, es una experiencia vital tan traumática y dolorosa que ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas; unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Joan Margarit nos ha demostrado que lo era; tanto para él como para la buena poesía. Surgen los versos sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano y más tarde, durante esa labor de afinamiento a la que se entrega el poeta, se da forma al poema. No entiendo la poesía sin emoción, como no entiendo que no esté presente en cualquiera de las manifestaciones artísticas existentes, pero en la poesía de manera muy especial. Así que yo soy de esos que no pueden estar más de acuerdo con una de las definiciones clásicas de poesía, en concreto con aquella que dice que es la expresión más elevada de los sentimientos.

Es la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre cómo ejecutarla, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta.

Un cuento

No digas nada, Joana,
tan sólo escúchalo y no digas nada.
Íbamos caminando en la lluviosa
mañana por el pueblo adormecido,
entrábamos despacio
por una larga calle de adoquines
que no llevaba hacia ninguna parte.
Los niños nos llamaban con canciones
para acercamos al canal, que viésemos
su casa reflejándose en el agua.
Te gustaba, ¿recuerdas?,
ver a los niños. Al marcharnos
quedaban sus caritas pegadas al cristal,
sus voces apagándose en el agua.
Llegamos tarde. Demasiado. Tanto
que siempre volveremos separados:
ese es el precio por haber podido
entrar dentro de un cuento.
Y qué suerte encontrarte ahora aquí,
de madrugada, convertida en patio:
esto quiere decir que todo el tiempo
estabas junto a mí en la oscuridad.

¿Por qué Joana, lo que sus versos emanan, es capaz de provocarnos, aquello que los románticos rusos decían, movimientos en el alma?

Por una sencilla razón, por la capacidad del poeta para que el lector, desde sus vivencias personales, sea capaz de identificarse con la protagonista del libro. Entonces, en ese encuentro, Joana, a pesar de serlo para el poeta, deja de ser Joana, para erigirse en ese ser mortal en el que todos vemos reflejados a nuestros propios muertos. Y precisamente esa capacidad que tienen los poemas de Joana para que el lector los interiorice y los haga suyos es lo que universaliza la poesía de Joan Margarit, lo que la convierte en atemporal. Una poesía que, con la consciencia lúcida del poeta, es capaz de hacer que un hecho tan grave en su vida-la muerte y todo lo que la rodea-, trascienda fronteras y mentalidades y cada lector, desde esa experiencia, si la tiene, o desde lo que atisba, si no la tiene y sólo lo intuye, la asuma como propia.

Debo destacar algo importante de Joana que hasta la fecha, salvo últimas revelaciones, ha pasado desapercibido. Mi hija Claudia, cuando era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, hizo un trabajo sobre Joana que Joan Margarit tuvo la amabilidad de leer y hacernos llegar sus impresiones. De ellas, además de su generosidad y cercanía, destaco lo siguiente: “Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado.”

Y ahora continúo con las palabras de Claudia, “En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Nunca pude sentirme tan ligera.

Miré hacia atrás, a mi balcón,

la baranda como una partitura.

Dije adiós a mi padre y a mi madre.

La vida me eligió para su amor.

También la muerte.

No me une más relación con el poeta que el agradecimiento por sus versos y un intercambio de unas pocas letras. Cuando Joan Margarit estaba a punto de concluir Un asombroso invierno me llegaron sus palabras: “… Estaba en Colera, sobre el cabo de Creus, cuando me has escrito, en la crisis final para acabar el libro que saldrá en otoño, Un asombroso invierno. Cuanto mayor me hago, más tormentosos son mis dos o tres meses finales de un poemario. Ahora estoy –algo más tranquilo ya– en Forès, mi agosto en la Catalunya profunda –antigua Catalunya pobre–, cerca de mis orígenes, para la última revisión”. 

De este libro tan excelso y crucial solamente voy a recordar uno de sus poemas, uno de mis favoritos. Cuando uno lee “Cuesta de Atocha”, no puede evitar pensar en “Joana”. El poema, como toda su poesía en general, surge sin trabas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano, con lo cual nos evita esa intermediación, más allá del esfuerzo común, del intelecto para comprender lo que está tan hermosamente explicitado.

Cuesta de Atocha

Ellos dos van subiendo y nos cruzamos,
en la silla de ruedas,
sentado y encogido, solloza un hombre joven.
El padre, que la empuja,
echa hacia atrás los pies y, para hacer más fuerza,
estira cuanto puede las piernas y los brazos.
Así, encorvado y tenso,
puede vencer apenas la subida.
Sé lo que siente: que se ha hecho
viejo. Por un maldito instante
compadezco a ese padre: un error,
puesto que él todavía tiene a su hijo.
Esbozo una sonrisa mientras van alejándose.
Desde un portal,
una mujer me mira con reproche.
No comprende en qué escena de amor se está metiendo.

En este rodar pesaroso y costoso de la silla de ruedas se congregan en un todo hermoso, nuevamente, emoción y belleza formal. El poeta, en una especie de carambola del pasado, se da cuenta de lo perdido, de la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija: “Por un maldito instante/compadezco a ese padre: un error, /puesto que él todavía tiene a su hijo”. En definitiva, nos ofrece una lección de amor sin necesidad de grandes abstracciones, nos la pone en la mano con naturalidad, desde una realidad concreta, para que la hagamos nuestra desde nuestras vivencias personales. Y lo consigue con claridad, sin pretensiones crípticas y sin ahondar en un hermetismo que puede alejar al lector. A un lector al que cuida con la misma sencillez grandiosa de su poesía, con la delicadeza de aquellos a los que la vanidad no les alcanza.

Baste una parte de la última comunicación que tuvimos, tras la reseña que hice en el diario Alerta de Un asombroso invierno, para darnos cuenta de ello.

“Es mucho más que una reseña, son dos vidas juntas –de poeta y de lector– las dos condiciones más próximas que haber pueda. Dos personas que han puesto en marcha los dos mecanismos más cercanos y parecidos: escribir un poema y leerlo. Qué difícil es escribirlo, me dirás. Y qué difícil es leerlo, siempre distinto dentro de ti, te diré yo. Intento explicar esto en mis memorias de infancia que pienso terminar en julio. 

Te pido la página del periódico porque es más auténtico y quiero que figure con mis cosas en mi archivo de la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde guardan todo lo mío. Gracias, Juan Francisco. Un gran abrazo desde “el otro lado” de lo mismo. Tu

Joan “

Joan Margarit es un poeta que no hace versos por hacer. Sus poemas tampoco se leen por leer; son pulsiones auténticas, incluso dentelladas violentas, cuando no tiernas, pero siempre arrebatadoras. Sus versos nos dicen algo que traspasa su estricta literalidad y son capaces de estimular en el lector las fibras sensitivas más recónditas y profundas del ser humano. Joan Margarit lo consigue con algo esencial y que debe acompañar a cualquier expresión artística, muy especialmente a la poesía: emoción verdadera desde un lirismo profundamente humano.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Cinco haikus para un dibujo-Juan Francisco Quevedo

Con una variación sobre el dibujo que hice para la portada de mi libro de poesía “El sedal del olvido”, os dejo estos cinco haikus.

 

No es muy difícil

ajustar en tres versos

un haiku en regla.

 

Uno de cinco,

el segundo de siete

y otra vez cinco.

 

Podría ser,

sin ir mucho más lejos

algo así como:

 

La niña juega,

la inocencia en los flanes.

El mar los lleva

 

No hay mucho ingenio,

no se agota el cerebro,

pero es lo que hay.

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COLLAGE Y HAIKU-Juan Francisco Quevedo

Este collage que hice hace veinte años con papel de periódico para colgar en la habitación de mi hijo, donde aún sigue, me ha sugerido este haiku.

 

Sola, como una

pelota en el tejado,

la ciudad duerme.

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Bahía de Santander. Dibujo y haiku-Juan Francisco Quevedo

El espíritu y el sentido poético de la greguería están en este haiku al que acompaño con uno de mis dibujos. Como hoy, un día tranquilo y luminoso en la bahía de Santander.

Las caracolas

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CÓMO LLEGÓ UN CÁNTABRO DE LA CAVADA, AMIGO DEL CHE GUEVARA, A ESTAR AL FRENTE DE UN MINISTERIO EN EL GOBIERNO DE FIDEL CASTRO-Juan Francisco Quevedo

Hoy se publica en el diario Alerta la intrahistoria que escribí sobre una familia de un pequeño pueblo{(el mío) de Cantabria, La Cavada, y cómo uno de sus miembros llegó a ser ministro en la Cuba revolucionaria del Che Guevara. Una aventura dura y conmovedora a la vez. Espero que os guste.

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CÓMO LLEGÓ UN CÁNTABRO DE LA CAVADA, AMIGO DEL CHE GUEVARA, A ESTAR AL FRENTE DE UN MINISTERIO EN EL GOBIERNO DE FIDEL CASTRO

Hay que comenzar diciendo que lo que se relata a continuación es la fascinante historia que me trasladó Alejandro Gómez, hijo del que fuera ministro del gobierno revolucionario cubano. La reunión y la conversación la mantuvimos mientras tomábamos un café en compañía de algunos de sus familiares españoles, Marcos Gómez y su hija Marina, y de nuestro común amigo Antonio Martínez. En ella se refleja el carácter duro y decidido de una saga de cántabros que se prolonga hasta nuestros días en la figura de sus descendientes.

El periplo vital de una familia originaria de La Cavada a lo largo del siglo veinte, a lo largo de cuatro generaciones sucesivas, bien pudiera haber sido la historia parcial de otras muchas familias que tuvieron que emigrar con el cambio de siglo, en esos años de finales del diecinueve y principios del veinte. En aquella España, heredera del Desastre del noventa y ocho, por muchos y diferentes motivos se impuso una marcha forzada de jóvenes de esta tierra en busca de un futuro y una vida mejor. En ese contexto de necesidades y precariedad, en el ambiente rural de un histórico pueblo fluvial que surgió a orillas del río Miera, en el lugar donde se asentaron las fábricas de cañones de hierro fundido más importantes del mundo, en La Cavada, nacieron Ángel Trueba y Teresa Toraya.

En estos parajes en los que se educaron, se conocieron y donde jugaron de niños, pasados los años, se trataron y se enamoraron. Ellos serán los antecesores que darán origen a esta saga familiar que llevó a uno de sus descendientes a ser uno de los personajes más relevantes de la revolución cubana. Un nieto de ellos, Ángel Gómez, tras el triunfo de Fidel Castro, ocupará durante largos años uno de los ministerios claves del gobierno cubano.

Esta pequeña historia arranca con los amores de esta joven pareja, Ángel, nacido en 1872, y Teresa, nacida en 1878, que pasearon su juventud y su alegría por las callejas del pueblo de La Cavada. En estos primeros tiempos de ilusión y felicidad se producirá un hecho que marcará sus vidas al influir decisivamente en su pensamiento.

De alguna manera, probablemente mediante el sacramento de la confesión, según me cuenta su biznieto Alejandro Gómez, Ángel revela al cura del pueblo el pecado de haber mantenido algún tipo de relación con su novia. Ahí quizás hubiera quedado el asunto, en el ámbito de lo privado, tal y como fue la intención con la que sin duda realizó la confidencia pero, para su desgracia, no fue así. El sacerdote, en público y en una acción miserable, sin nombrarlos explícitamente, sí dio a entender lo que con tanta discreción Ángel le había comunicado. Ni que decir tiene lo que supuso para la pareja semejante insinuación; máxime en una época y en un pequeño lugar donde las habladurías y maledicencias corrían con rapidez, señalando con impiedad a aquellos sobre los que fijaban sus chismorreos.

De este desafortunado acontecimiento, que a los ojos de hoy en día pudiera parecer intrascendente y banal, surgiría un sentimiento de rechazo muy fuerte y profundo en la pareja hacia la jerarquía eclesiástica. Desde entonces, su pensamiento y su actitud se vería impregnada de por vida por un anticlericalismo radical.

Tras estos primeros pasos en el pueblo que les viera nacer, como tantos jóvenes de la tierra, se fueron en busca de horizontes más halagüeños que los que les ofrecía su localidad natal. Unos partían hacia México, otros hacia Cuba y otros hacia cualquier país donde pudieran forjarse una esperanza de futuro; en el caso de Ángel y Teresa partieron hacia Estados Unidos con las manos vacías y una fe inmensa en sí mismos. Allí se instalaron y Ángel se entregó a un oficio al que tantos hijos del contorno del Miera se aplicaron con dedicación y maestría, al oficio de cantero.

En la localidad estadounidense de Vermont, junto a la frontera canadiense, ejerció su actividad y allí habrían de nacer sus cinco hijos, cuatro chicas y un solo varón. Durante su estancia americana dos desgracias importantes marcarían sus vidas definitivamente y para siempre. Por un lado, perdieron a su único hijo varón que murió accidentalmente al caer en un pozo y, por otro, Ángel enfermó del mal que afectó y llevó a la muerte a tantos canteros montañeses, el mal de la piedra, la silicosis, una enfermedad profesional e incurable provocada por la inhalación continuada de ese polvillo que se desprende de las rocas al realizar su trabajo. A raíz de la muerte de su hijo, Teresa entraría en una deriva emocional de la que nunca se recuperaría del todo.

Ante las adversidades que estaban viviendo, el matrimonio y sus cuatro hijas deciden poner fin a esa distancia oceánica y trasladarse de nuevo a su pueblo del alma, La Cavada. Una vez en su tierra natal, se instalan en el lugar denominado Sierra Hermosa, en una de las casas desde la que se divisa el pueblo en toda su belleza, muy cerca del río Miera.

Allí, una de sus hijas, Consuelo Trueba Toraya, nacida en Vermont el 21 de enero de 1904, al dar por finalizados los estudios que se podían cursar en el pueblo decide, con la aquiescencia y beneplácito de la familia, proseguir su formación académica en la capital de la provincia, por lo que se ve obligada a trasladarse casi a diario en tren a Santander.

Todas las mañanas, la joven muchacha salía de casa con las albarcas bien calzadas para dirigirse hacia la panadería, que se encontraba por entonces junto al histórico arco de Carlos III, entrada principal de las antiguas fábricas de cañones. Al llegar, se desprendía de las útiles alzas de madera que la mantenían seca y limpia y se quedaba en zapatos para acercarse hasta la estación a tomar el ferrocarril que, a paladas de carbón, habría de llevarla hasta Santander. Con mucho esfuerzo y dedicación, Consuelo finalizará sus estudios de Magisterio, obteniendo su titulación de maestra de Institución Primaria.

Por esas fechas, Ángel, el patriarca de esta saga montañesa se ve minado por la enfermedad que le acompañaba desde sus años en Vermont y no tardará en abandonar a los suyos. En esos momentos trágicos en los que estaba moribundo, se acercó el cura del pueblo hasta la casa para darle los últimos sacramentos. Al ver al sacerdote, Ángel se niega en redondo a recibirlos y muere como quiso vivir. Sin más.

Por voluntad expresa del propio Ángel no quiso que se le diera tierra en sagrado por lo que sus propias hijas hubieron de gestionar un enterramiento civil, con no pocos disgustos y contradicciones para Consuelo al no hacerse tal y como era costumbre. El enterramiento finalmente se produjo extramuros del cementerio, junto a la tapia exterior del mismo. Al pequeño cementerio civil tan solo una pequeña reja lo separaba del camino que circundaba los muros del camposanto.

No estaba solo, al menos, otra tumba contigua le habría de hacer compañía, la del maestro Ramón Zorí Bregón, un hombre que protagonizó uno de los sucesos más desgraciados de la época. Así titulaba en primera página, el jueves 26 de enero de 1926, el periódico “La Atalaya” lo sucedido:

“Una horrible tragedia en La Cavada. Un sacerdote muerto y otro herido gravemente en unos funerales. El agresor se suicida en el templo”.

El maestro del Patronato Cerro-Escudero, con escuela en el Barrio de Arriba, entró en la iglesia pasadas las diez de la mañana durante la celebración de unos funerales. Fue a la pila del agua bendita, se humedeció los dedos y se santiguó. Avanzó sin aparente intranquilidad por el pasillo central de la iglesia de San Juan Bautista y se situó detrás de los tres sacerdotes que oficiaban la ceremonia. Se detuvo justamente detrás del coadjutor, José Gutiérrez Sierra, sacó un revólver y le disparó en la nuca a bocajarro. Murió en el acto. A continuación, dirigió el arma hacia el párroco, Justo Crespo, y apretó el gatillo. La bala le perforó la cara hiriéndolo gravemente.

Ante los atónitos ojos de los asistentes y del tercer oficiante, el sacerdote del barrio de Angustina, Ángel García, el maestro retrocedió y dio unos pasos por el pasillo central hacia la salida. De repente, se detuvo, se giró hacia el altar e hizo ademán de arrodillarse. Después apoyó el cañón del revólver sobre la sien y se suicidó.

Al parecer, el origen de los hechos acaecidos estaba en una disputa que mantenía con los dos sacerdotes a los que disparó por una vivienda. El coadjutor asesinado era el capellán del Patronato donde el maestro trabajaba y vivía en el mismo edificio de la escuela. Esas disputas les llevaron a un enfrentamiento agrio que acabó con el fatal desenlace.

Allí, en el cementerio civil, compartían espacio Ángel Trueba y Ramón Zorí, lugar destinado a los que morían fuera de lo que dictaba la iglesia católica, esencialmente a los que renegaban de la doctrina y morían abandonados de la gracia de Dios, anarquistas y suicidas fundamentalmente.

La vida para la familia hubo de continuar ya sin Ángel, sin el patriarca, y también continuó para Consuelo, la joven maestra.

Un antiguo hijo del pueblo de La Cavada, Moisés Gómez Ortiz, que se hallaba instalado en Cuba, donde se dedicaba al comercio, regresará de viaje a la tierra que le vio nacer en los años en que Consuelo ya es toda una mujer. El joven emigrante era hijo de Joaquín Gómez Diego y de María del Carmen Ortiz Abascal. Moisés queda prendado de la muchacha por lo que no desperdicia la ocasión y como los días de vacaciones están contados comienza inmediatamente a cortejarla. No tardarán los jóvenes en enamorarse. Con el tiempo, en un segundo viaje del novio, se casarán un uno de abril de 1929, cuando Moisés contaba con treinta y cuatro años de edad y Consuelo veinticuatro.

Tras la boda, celebrada en La Cavada en la iglesia de San Juan Bautista, se irán a Cuba e iniciarán una vida en común lejos de su pueblo.

Por más que lo intentó, y por más humor que le echó, Consuelo nunca acabó de adaptarse del todo a la vida y a la sociedad cubana. Para describir hasta qué punto siempre se sintió española baste una anécdota de lo más significativa. Un buen día, al poco de llegar, a Consuelo le ofrecen una apetitosa tortilla con un excelente aspecto. Se decide con toda ilusión a hincar el diente a lo que presumía una tortilla de patatas. Nada más probarla, quedó horrorizada; la tortilla en cuestión no estaba hecha con patata, estaba formada con plátano cocinado. Todo su gozo en un pozo.

Siempre fue Consuelo una mujer inquieta, por lo que cambió de casa en numerosas ocasiones a lo largo de toda su vida con la aquiescencia de Moisés, un hombre tranquilo y condescendiente que siempre supo adaptarse a las exigencias de su esposa. Tras varios cambios de domicilio se van acercando a la capital de la isla y se instalan en Güines, a unos veinte kilómetros al sur de La Habana. Allí nacerán sus hijos, Blanca Nieves, en el año 1930, y Ángel, el futuro ministro y amigo del Che Guevara, en el año 1932.

Pasan los años y Consuelo, que siempre fue muy de La Cavada, acaba convenciendo a su marido para regresar a su pueblo y asentarse en España. Al deseo de Consuelo por regresar se le agregó una enfermedad gástrica de Moisés y las consecuencias económicas que se derivaron de la Gran Depresión en los E.E.U.U. Retornarán en 1933, cuando su hijo Ángel apenas tiene un año. En una vivienda conocida como “La Casita” nacerá su tercer hijo, Joaquín Gómez Trueba.

Consuelo y Moisés no tardarán en trasladarse a la capital de La Montaña, a Santander, donde en unos días especialmente procelosos e inciertos, ella iniciará una intensa actividad política. Consuelo ocupará puestos importantes en el Ayuntamiento santanderino, siendo miembro del Consejo Municipal y teniente alcalde del mismo durante la etapa republicana.

En esos tiempos estallará la guerra civil, permaneciendo toda la familia en Santander mientras la capital se mantuvo bajo el control de la República. Cuando se acercan las tropas nacionales en agosto de 1937, Consuelo se embarca con sus tres hijos y se dirige por mar hacia Burdeos. Posteriormente se unirá a ellos Moisés, su marido. Cuando Consuelo huye a Francia, solamente se lleva a sus hijos con lo puesto y un juego de cubiertos de plata que le da su madre para que lo vendiera y así obtuviera dinero para sobrevivir. Ella nunca lo vendió, conservándolo en su poder durante todo el periplo y a lo largo de toda su vida. Siempre se usó en las comidas familiares que tenían lugar en su casa en Cuba.

En aquellos años Consuelo se volcará en el auxilio de los refugiados españoles que iban llegando huyendo de la guerra; se irá al norte del país a las colonias de niños españoles huérfanos, teniendo a su cargo decenas de ellos. Permanecerán en suelo galo hasta que estalla la Segunda Guerra Mundial; cuando se acercan los alemanes y se ve claro que invadirán Francia, Moisés teme que las represalias, encarcelamientos y deportaciones de los españoles residentes en Francia sean inminentes. Pese al empeño de Consuelo de permanecer en territorio francés para proseguir con la labor que había emprendido de ayuda a los refugiados españoles, Moisés, por primera y única vez en su vida, en palabras de su nieto, se planta y le dice textualmente: “Otra guerra, no”.

Reemprendieron una travesía a la tierra que ya conocían y donde aún tenían familia y contactos, Cuba. El pasaporte de Moisés marca la entrada en Cuba, en esta segunda emigración, el 15 de abril de 1940. Se establecen en Guantánamo, donde hoy se ubica la base militar norteamericana; en aquellos años desde el pueblo y desde la casa en la que vivían se divisaba la bahía del mismo nombre Allí se dedicarían a la industria textil, con la fabricación y confección de diferentes prendas llegando con ese negocio a asentarse económicamente y conseguir una relativa buena posición en la sociedad cubana, previa a la revolución castrista, en la Cuba de Batista.

Los hijos continuarán creciendo bajo la cálida luz caribeña y Ángel acabará estudiando y obteniendo brillantemente el título universitario de Ingeniería Civil en la Universidad de la Habana. Posteriormente completará su formación realizando un Máster en Chicago, Illinois. Blanca Nieves estudió también brillantemente Licenciatura Química y trabajó en la farmacéutica Pfizer en EE.UU. Joaquín era el más inquieto políticamente y participaba activamente en la lucha estudiantil contra la dictadura por lo que se vio obligado a emigrar a EE.UU. para evitar la represión. Allí los hermanos le ayudaron en sus esfuerzos para enviar armas a Cuba.

En esos años posteriores a los estudios universitarios de sus hijos, la familia se irá acercando al movimiento veintiséis de julio, liderado por Fidel Castro y germen de la revolución cubana, que surge para luchar contra la dictadura de presidente Fulgencio Batista. En esos años Ángel será encarcelado por la policía adherida a Batista por lo que la familia hubo de hacer uso de los contactos que tenía y de los que aún disponía para poder liberarlo.

Al triunfar la revolución el uno de enero de 1959, se va a producir un éxodo masivo de todo tipo de gente. Unos se marcharán voluntariamente y otros serán expulsados del país, lo que provocará que Cuba se vea sin personal cualificado ya que los profesionales más valiosos están abandonando la nación. Ante ello, el nuevo gobierno cubano se ve con un déficit muy grave e importante de gente preparada para construir una nueva Cuba.

En los primeros días, después del triunfo, Ernesto Che Guevara es nombrado ministro de Industria del gobierno revolucionario y, ante la situación sobrevenida, convoca a los pocos profesionales que no habían abandonado la isla y que sintonizaban con la nueva realidad de la revolución. En este nuevo contexto, el Che Guevara emplaza entre otros a Ángel Gómez, al que conoce de años atrás al igual que a su familia.

Ángel Gómez Trueba es nombrado viceministro de Construcción Industrial, quedando a cargo de las inversiones industriales, y comienza a trabajar mano a mano con el Che Guevara. La amistad que mantiene con la familia llega a la matriarca, Consuelo, a cuya casa acude a probar sus guisos y, conocedor de su magisterio como educadora, le encarga que de clases de educación primaria, hasta sexto grado, a sus escoltas. Se las proporcionaba en una pequeña aula justo al lado de la oficina del Che, quien supervisaba constantemente el progreso de sus alumnos.

Otro signo del aprecio y respeto que sentía el icono revolucionario por la familia Gómez se manifiesta en la siguiente anécdota; cuando las reuniones se convertían en tumultuosas y subidas de tono, les recordaba a los agitados revolucionarios la presencia de la Directora de la Industria Química, Blanca Nieves Gómez Trueba, única mujer en el Consejo de Dirección del ministerio, a quien debían respeto evitando las palabras más gruesas y así la reunión transcurriría con cierta tranquilidad. Posteriormente, Blanca fue durante muchos años vicerrectora de la Universidad de La Habana, la más importante del país.

Una vez el Che Guevara deja el ministerio en el año 1965 para embarcarse en la idea de llevar la revolución a otros puntos del planeta para internacionalizarla, Ángel Gómez es nombrado ministro de Construcción Industrial (luego Desarrollo Industrial) permaneciendo en el cargo a lo largo de once decisivos años, el período que va de 1965 a 1976. A mediados de los setenta, aún en vida de Franco, Ángel junto a su esposa vendrán durante seis días de visita oficial a España; después de muchos años ausente (en los años 50 había visitado a la familia), regresará a la tierra de sus antepasados. No podemos olvidar que las relaciones diplomáticas, a pesar de todas las tensiones que pudiera haber y las vacantes prolongadas en los cargos oficiales, nunca llegaron a romperse entre España y Cuba, manteniéndose siempre una entente razonable y cordial.

Como consecuencia de dos maneras de ver la revolución, Ángel irá siendo relegado de su importante papel en el gobierno cubano. Esas dos maneras de ver y analizar la realidad tienen su origen, después del triunfo de la revolución, en una gira del Che Guevara de cara a potenciar la industria cubana. La primera visita que hace es a Rusia, de donde regresa bastante decepcionado y con la intención de explorar otras líneas de actuación como las que conoció en la Alemania comunista (R.D.A.).

Una vez el Che se va de Cuba se produce un aumento de la tensión con EE.UU., lo que contribuye a fortalecer a la facción contraria a este criterio. La nueva apuesta es abiertamente pro-soviética siendo la línea que encabeza Carlos Rafael Rodríguez. Después de años de tensiones y luchas se acaba imponiendo esta tendencia y en consecuencia Ángel Gómez es relegado paulatinamente.

Esta ha sido la historia de una familia y de un hombre que llegó a la cúpula de la dirección cubana, la historia de un hombre que dio sus primeros pasos en La Cavada, donde nació su hermano Joaquín. Es la historia de una familia que nunca olvidó sus raíces cántabras y que siempre mantuvo relaciones por correspondencia con su familia española. De aquí surge otra pequeña historia con la que pondremos colofón al relato.

¿Quién era la persona que llevaba y facilitaba esa correspondencia entre ellos?

Esa persona era Alfredo Pérez, piloto de la compañía Iberia que estaba casado con Lolita, una prima de Moisés. Lo curioso del caso es que Alfredo y Lolita eran los padres de Alfredo Pérez Rubalcaba, el que fuera vicepresidente del gobierno español. “Alfredito”, como afectuosamente le llamaba la familia, cuando acudió a Cuba como ministro del gabinete de Felipe González, visitó a sus parientes y se acercó a disfrutar de su compañía y de su comida.

Consuelo nunca regresó a España. No porque no quisiera; los años la habían impregnado de esa pereza cómoda tan gratificante. Primero dijo que con Franco no volvería y, luego, usó la excusa de no volver con el rey. A pesar de todo siempre se sintió muy de la tierra donde nació y siempre dijo al referirse a los habitantes de la isla en la que residió gran parte de su vida: “Vosotros, los cubanos”.

Siempre se consideró española, haciendo gala de su españolidad en su vida diaria. Acabó sus días enseñando a jugar a la brisca a sus nietos mientras les contaba cuentos e historias de un lejano pueblo de La Montaña, La Cavada.

Juan Francisco Quevedo

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HAIKU Y FOTOS-Juan Francisco Quevedo

Lúgubres máscaras:

España ensombrecida

en sus entrañas.

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TECNOLOGÍA Y SOCIEDAD FUTURA-Juan Francisco Quevedo

¿EL FUTURO AL QUE NOS ARRASTRAN LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS, ACASO NOS LLEVARÁ A UNA SOCIEDAD DISTÓPICA ABSOLUTAMENTE DISTINTA, EN LA QUE TODO ESTARÁ SUPEDITADO A LOS INTERESES DE LAS COMPAÑÍAS DE SOFTWARE?

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¿EL FUTURO AL QUE NOS ARRASTRAN LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS, ACASO NOS LLEVARÁ A UNA SOCIEDAD DISTÓPICA ABSOLUTAMENTE DISTINTA, EN LA QUE TODO ESTARÁ SUPEDITADO A LOS INTERESES DE LAS COMPAÑÍAS DE SOFTWARE?

¿SERÁ EL FIN DEFINITIVO DE LAS IDEOLOGÍAS QUE NO VAYAN ASOCIADAS AL CONSUMO Y EL OCASO DE LAS DEMOCRACIAS IMPERFECTAS ACTUALES?

Muchas veces nos podemos llegar a preguntar si somos verdaderamente conscientes de la falsedad que se esconde en la sociedad actual, en este momento en que es tan fácil llegar a tantas personas, cuando todo se nos presenta pasado por la criba de las encuestas de opinión y de los análisis de mercado, tan manipulables.

De tal manera se pretende influir con esa mentira permanente, disfrazada de verdad incontestable, que muchas veces nos encontramos inermes ante ella. Se presenta ante nosotros una realidad que, estando objetivamente a la vista de todos, pareciera que, a su vez, ninguno quisiéramos ver. Al observarla, nos estrellamos siempre contra una verdad disfrazada, deformada hasta tal extremo que acabamos ignorando la realidad y sólo somos capaces de contemplar el adorno y la fanfarria tras la que se camufla. Con el envoltorio como señuelo no sólo logran penetrar en el individuo sino que son capaces de crear unas corrientes mayoritarias hacia lo que pretenden, bien vender como nuevo pensamiento, bien como expectativa de mercado con el único objetivo de crear necesidades inexistentes.

Con ello, estos grandes manipuladores de voluntades ajenas, consiguen lo que procuran, logran que lo superfluo pase a ser fundamental siendo entonces cuando el engaño se consuma. La explicación pudiera estar en que la realidad está tan bien distorsionada que a todos nos fuera muy difícil percatarnos de ella. Pero no siempre es así, en ocasiones está pintada de una manera tan burda que nos cuesta creer que podamos dejarnos embaucar por un colorido tan poco fino, distribuido a brochazos.

Está claro que los poderosos medios que se manejan hoy en día ya nada tienen que ver con los que habían manipulado las voluntades hasta entonces; son mucho más poderosos y selectivos, llegando a penetrar en la conciencia de un mundo absolutamente poseído por los nuevos conocimientos, por las empresas tecnológicas que, en manos de un poder tan etéreo e indeterminado como lo es el que se conoce como el mercado nos fuerzan delicada y persuasivamente a hacernos ver la realidad que ellos quieren que veamos. La realidad que se aproxima a los intereses para los que nos orientan con sus campañas camufladas.

En estos momentos en los que la invasión del pensamiento a través de esta sociedad del conocimiento es tan penetrante y llega a cualquier rincón, ya no podemos sustraernos a la fuerza con la que nos coloniza con sus mensajes. Probablemente sea en lo único en lo que se estén igualando las sociedades más desfavorecidas con las más avanzadas. Podrán no llegar los alimentos ni los artículos de primera necesidad pero sin embargo las campañas publicitarias llegarán perfectamente. Muchas personas de estos lugares carecerán de alimentos y medicinas pero tendrán acceso a las redes y a las noticias y anuncios del primer mundo.

A través de estos nuevos métodos de control de los seres humanos, comenzamos a vivir en un mundo en el que, según parece, se ha hecho necesario catalogar a todos. Cualquiera de nosotros, en cuanto sale de su propio yo para expresarse o para comprar algo, desde un mísero paquete de fideos hasta un coche lujoso, es sometido a un bombardeo de productos que, en función de lo que saben de uno, pareciera que se aproximan a sus gustos y a las necesidades que precisa. En función de aquello a lo que nos han inducido a consumir, accedemos a lo que se nos sugiere, aunque no lo busquemos, y se nos cataloga por grupos y se nos etiqueta como posibles consumidores de esto o de aquello. Esa comienza a ser otra de las perversiones actuales.

Lo hacen en función de las ideas que tengamos y de las inclinaciones que mostremos hacia el mercado, aquellas que han ido intuyendo con nuestros movimientos reales, sea en la tarjeta de crédito o en nuestras búsquedas a través de la red. Bien es cierto que en la sociedad controladora en la que estamos inmersos, actualmente se nos cataloga más por nuestra actitud consumista que por nuestro pensamiento.

Hoy en día, que todo lo que tiene que ver con el marketing del consumo está cambiando tan rápido, produce vértigo saber cómo con los medios de los que se disponen, se ha facilitado tanto la tarea de los que se dedican a analizar ya no al individuo-hemos dejado de poseer tal consideración-sino al consumidor, al mercado donde vive y se multiplica este ser sin nombre propio. Produce cierto temor sabernos simples números bajo la sombra constante de las encuestas, de la publicidad invasiva y de un sinfín de métodos de control que nos dejan a merced de no se sabe quién.

En esta nueva sociedad, en sus nuevos procesos de presión de baja intensidad, pero decididamente invasivos y alienantes, subyace una base cierta de intolerancia asociada a la estulticia, algo que desde el principio de la historia, ha sido una fuente de perversión. Hoy, quizás, su presencia sea menos descarada pero los métodos que se utilizan en su nombre para subyugar al ser humano, aunque más refinados, son tan crueles como siempre. Esos métodos se están volviendo tan sutiles y sofisticados que pasan desapercibidos en su labor de conquista de una nueva sociedad que se ve impregnada de mensajes potentes, convenientemente dirigidos hacia los grupos adecuados, hacia los que previamente han definido como susceptibles de asimilar el mensaje sugerido.

Pero ¿qué pasaría si no se conformasen con ser meros instrumentos del mercado? ¿Qué pasaría si las herramientas tecnológicas se desarrollaran lo suficiente como para no quedar relegadas al consumo y se emplearan para generar opiniones y actitudes que influyesen políticamente hasta el extremo de que llegaran a controlar los gobiernos?

Con los avances tan rápidos que se producen en el proceso de fabricación de las nuevas generaciones científicas, es algo que podría llegar a ser posible.

Basta simplemente un análisis futurista de esta cyber realidad que nos acosa cada día desde nuestros smartphone, desde nuestras redes sociales, desde cualquier artilugio tecnológico, para vislumbrar con tristeza el futuro de una sociedad cada vez más uniforme y uniformada.

Si hasta ahora un cierto control sobre la población se había ejercido con medios más o menos manuales y con una tecnología rudimentaria, en las últimas décadas contemplamos con enorme preocupación cómo el control se puede ejercer con mucha más efectividad, con unos medios tan avanzados que, sin duda, aún desconocemos, por no estar disponibles en el mercado pero que, teniendo en cuenta lo que vemos en nuestro día a día, no pueden sino hacer que nos mostremos precavidos ante ellos.

Desde luego, Orwell y su 1984 se quedan en pañales ante la manipulación profunda y de perfil suave, para no sobresaltar, para penetrar hasta el tuétano de la sociedad sin alarmarnos, que estamos comenzando a padecer. Se aproxima más a este nuevo tiempo, a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, lo que se describe en la magnífica serie televisiva Black Mirror, donde se nos presentan con lucidez los peligros que acechan a esta nueva sociedad tecnológica, en esa dualidad que nos hace, a la vez, dependientes y críticos con ella. En ella vemos cómo se asocian y confabulan los avances de la ciencia con lo peor de la condición humana. Cuando eso ocurre, se dan las condiciones necesarias para que todo salte por los aires.

No nos gustaría acabar bailando al son de estas tecnologías invasivas que inundan nuestras vidas; unos medios con los que cuando evolucionen lo suficiente, acabarán sabiendo todo de todos, llegando a controlar estados, no sólo de opinión, sino también los de ánimo, los más emocionales.

Todas estas elucubraciones que hasta hace unos años pudieran haber parecido una ficción literaria de lo más imaginativa, hoy, al saber que existen instrumentos para ello, nos parece algo de lo más real, algo que pudiera llegar a producirse en cualquier momento.

Ahora bien, profundizando en la ficción literaria y jugando con la imaginación, tal vez podremos llegar a pensar que, si bien al principio, serán los gobiernos de los países poderosos los que controlen al individuo con los software que pongan a su disposición, más adelante, quizás los que manejen el poderoso software no se conformen con permanecer a la sombra y pasen a ser ellos los que manipulen las voluntades de los seres futuros. Dando un paso más, ya sería muy fácil, quizás llegaran también a controlar con sus desarrollos tecnológicos incluso la voluntad de los gobiernos. Entonces, el mundo estará a merced de las empresas que hayan conseguido ir tan lejos en sus procesos de desarrollo.

De llegar a esos extremos, ¿quiénes serán los que elijan a nuestros representantes?

Si esto ocurriera, ¿se habrá hecho efectivo el triunfo de las empresas tecnológicas sobre la política tradicional, no siendo nuestros representantes más que directivos de las mismas?

Si se produjera semejante locura, no tengo la menor duda de que estaríamos ante el fin de las libertades, ante el nacimiento de una sociedad distópica que iría irremediablemente ligada al ocaso de las democracias imperfectas. El mundo sería de otra manera, estaría dirigido desde los parámetros exclusivos del beneficio de unos pocos.

Sería la reedición moderna de una nueva oligarquía; eso sí, desde un novedoso concepto de la misma. Sin duda, se nos serviría en bandeja de plata, con la misma dulzura con la que Aspasia de Mileto, la inteligente hetaira griega, escribió los discursos a Pericles. El software con el que se nos quiera colonizar habrá recibido, al igual que Aspasia de Mileto, una educación exquisita, destinada sólo a agradar; ella desde su infancia, éste desde sus primeros desarrollos.

Sólo espero que cuando caigan y se les juzgue, no se les perdone, como a otra de las célebres hetairas griegas, Friné, la amante de Praxíteles que inspiró su Afrodita de Cnido, por su exultante belleza. Fue indultada de la pena de muerte cuando su defensor, Hipérides, la liberó de la túnica que la cubría y la mostró en toda su desnudez; argumentó que no se podía privar al mundo de tanta belleza. En este caso, la falsa belleza que expresan estos circuitos intrincados no es más que un canto de sirenas para subyugar voluntades.

Aunque cediéramos al encanto de estas desangeladas hetairas futuristas, entiendo, no obstante, que siempre habrá un camino, una brecha por la que se pueda colar una nueva resistencia desde la que luchar contra esta nueva colonización del pensamiento y de la voluntad. Es cuestión de aplicar el menos común de los sentidos, el que nos ayude a analizar lo que sucede con independencia y a alejarnos de las directrices marcadas por esta nueva realidad tecnológica que, si no es utilizada con sentido común, nos puede llevar al caos.

En fin, debemos obligarnos a discernir más allá del criterio impuesto desde esta cyber realidad asfixiante. Para ello, será necesario poner límites éticos a los avances tecnológicos y no dejarlos al único y exclusivo criterio de aquellos que manejan los entresijos del consumo. El mundo no puede quedar en manos de  los idiotas, según la acepción platónica, es decir aquellos que no se ocupan del interés común. No podemos olvidar que la estulticia intolerante se abre paso con ellos.

Por mucho que se empeñen, me parece que poco tendrán que hacer con los que nos manifestamos desde un escepticismo orgánico hacia tanto fuego fatuo; me temo que somos demasiados. Aquí estaremos resistiendo incluso a nuestros propios impulsos, aquellos que nos inculcan y con los que nos arrastran hacia ellos.

Pero nada es para siempre; baste recordar las palabras de Oliver Cromwell al entrar en Londres tras derrotar al rey Carlos I y ver a la multitud que le esperaba:

Toda esta gente, que hoy me vitorea y aplaude, mañana, con el mismo entusiasmo, me vería caminar hacia el patíbulo.

El rey fue decapitado el 30 de enero de 1649. El mismo día, doce años después, el cuerpo de Cromwell sería desenterrado, había fallecido dos años antes, y ejecutado póstumamente.

De momento esta tendencia controladora de la sociedad moderna parece estar muy viva y parece contar con muchos consumidores que la aclaman. Pero, nunca se sabe, ya lo dijo el clásico, la fortuna es algo muy mudable.

Cromwell lo sabía; nada ha cambiado tanto a lo largo de la historia de la humanidad.

Juan Francisco Quevedo

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TRES FOTOS PARA TRES HAIKUS-Juan Francisco Quevedo

Viejos mercados,
espejos del pasado
venciendo al tiempo.

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Vieja Vetusta,
cada paso una huella.
antes pisada.

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Anita Ozores,
sus pasos los vigila
desde la torre.

anitaozores

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Dibujo con haiku-Avilés-Juan Francisco Quevedo

Haiku acompañando a un dibujo que dediqué a un avilesino al que admiro profundamente, tanto como poeta como ser humano, José Luis García Martín.

Espacios diáfanos

hormigón y silencio.

Relax en blanco.

bueeenaa

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Un paseo por Harvard, Boston y el M.I.T.-Juan Francisco Quevedo

De mi paso por la ciudad de Boston y de mis visitas a la Universidad de Harvard y al M.I.T. (Instituto de Tecnología de Massachusetts) queda esta crónica que publico en el diario alerta.

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De mi paso por la ciudad de Boston y de mis visitas a la Universidad de Harvard y al M.I.T. (Instituto de Tecnología de Massachusetts) queda esta crónica que publico en el diario alerta.

DE BOSTON A CAMBRIDGE A TRAVÉS DEL RÍO CHARLES
UNA VISITA A HARVARD Y AL M.I.T. (INSTITUTO DE TECNOLOGÍA DE MASSACHUSETTS)

Cuando uno llega a Boston le impresiona la ciudad como si de una sorpresa inesperada se tratara. No puede ocultar su vocación de primera ciudad de Nueva Inglaterra y de ser una de las más antiguas de la nación.
A las iniciales líneas del cielo, marcadas por los altos edificios que las dibujan, se sucede una urbe que poco tiene que ver con lo que nos podemos esperar a primera vista. Boston es una ciudad marcada por el apacible estilo colonial de sus calles y por el rojo encendido de los ladrillos sobre los que está construida. Por delante de las edificaciones se encaraman las escaleras de incendios, el único elemento propio de unas casas que nos recuerdan la belleza de su pasado inglés, tan inglés que, a veces, uno cree encontrarse en el mismísimo Londres. Claro que ya está ahí la célebre y televisiva cervecería Cheers para desengañarte, para que te frotes bien los ojos y te des cuenta de que estás en la ciudad más británica de los Estados Unidos de América, una ciudad situada en el noreste del país y que apenas se halla a poco más de cuatro horas en coche de Montreal.
No podemos en nuestra estancia sustraernos a caminar por los rincones históricos de Boston, una ciudad que se vuelve esplendorosamente florida en primavera, con sus casitas de cuento envueltas en los tonos rosáceos y anaranjados que nos obsequian, como si se tratase de una explosión natural y salvaje, la multitud de árboles y plantas que se distribuyen por su entramado urbano. Es una ciudad cuidada y querida por sus habitantes; se detecta con sólo detenerse a admirarla.
Pocas cosas hay más placenteras que iniciar nuestra andadura de turista sorprendido y dispuesto a no dejarse despistar por nada ajeno a la propia ciudad que haciendo el llamado recorrido de la libertad-Freedom Trail.
Comenzar por el Jardín Público y el Boston Common con un café entre las manos es una delicia para los sentidos; nos adentramos en ellos bajo la protectora sombra del monumento a George Washington entre una explosión de pinceladas coloristas, casi impresionistas, que nos brinda la naturaleza. Un lago que se encuentra en el corazón del parque y que surge como un paraje paradisíaco, inmediatamente me remite a la película “El indomable Will Hunting”, en concreto a ese banco en el que, a orillas del agua y con unas vistas de lo más relajantes, se sentaban Robin Williams y Matt Damon, ese muchacho rebelde, criado en los barrios marginales y violentos, que era un prodigio de las matemáticas.
Dar un paseo entre la quietud de un parque que se enmascara y protege del bullicio de una ciudad que hierve de vida, es un oasis dentro del caos circulatorio. Boston es capaz de obsequiarnos con una cerveza en Cheers, con los escaparates de las apacibles tiendas y terrazas de Newbury Street, con las excelentes vistas que hay desde el último piso del Prudential center o con la inexcusable asistencia a un partido de béisbol de los Red Sox. Y todo ello aderezado con un beso de la primavera en la diana de nuestro pequeño universo. Eso por no hablar de los Celtics, ese mítico equipo de la NBA que, a los de nuestra generación, nos hace volver la vista y la mirada hacia la nostalgia de los anillos de Larry Bird.
Junto al parque, en un lugar cercano al cementerio donde se hallan las tumbas del poeta Samuel Sprague, me encuentro con el Hotel Omni Parker, un establecimiento que abrió sus puertas en 1855, siendo el hotel más antiguo de EEUU. En él trabajó en 1912 como panadero Ho Chi Minh, el que fuera presidente comunista de Vietnam del Norte; quizás aquí germinara lo que le llevase a su cruzada anticapitalista posterior.
En esos mismos pasillos, en esas mismas salas por las que trabajara el líder vietnamita, se dice que el presidente Kennedy atendía asuntos menos de estado y más privados. Aunque también en sus salones anunció su presentación al Congreso en 1946 y en la mesa 40 de su restaurante pidió la mano a Jackie Bouvier, la mujer que estaba destinada a llevar el refinado y exquisito gusto parisino a la sociedad americana.
Pero aquel hotel era mucho más que eso, era el lugar de reunión del Club de los sábados, en el siglo XIX, y eran miembros del mismo el novelista Nathaniel Hawthorne y los poetas James Russell Lowell, John Greenleaf Whittier y Henry Wadsworth Longfellow. Allí residió durante cinco meses Charles Dickens, donde recitó e interpretó para el citado club “Cuento de Navidad”.
Sin duda, todo un clásico en un país tan joven, un país que desde esa juventud ha perdido el miedo a explorar nuevos caminos, aquellos que, quizás, otras culturas más encorsetadas en la tradición, no están tan dispuestos a recorrer.
Callejear por la ciudad hasta acercarte al Museo de Bellas Artes es una experiencia deliciosa; la ciudad se abre entre grandes espacios hasta que llegamos a divisar la fachada renacentista del espléndido museo, una fachada que aparece escoltada por dos grandiosas esculturas de Antonio López, formadas por dos imponentes cabezas en bronce de más de dos metros de altura de una misma niña, una despierta y la otra dormida.
En el interior, magníficos cuadros nos acompañan, desde el famoso retrato que le hiciera Velázquez a Góngora, así como los que hiciese al malogrado príncipe Baltasar Carlos, que inspiró una de las más bellas composiciones de Lope de Vega, y a su padre el rey Felipe IV. Lienzos de Carreño Miranda, Rembrandt, El Greco, Van Gogh, Degas, Monet, Renoir o del deslumbrante pintor americano John Singer Sargent se suceden en una procesión de genios inmensa, hasta llegar a la extraordinaria colección de arte egipcio. Después de visitar las excelentes exposiciones individuales de Frida Khalo y de Toulouse-Lautrec que tenían lugar durante nuestra estancia, nos resignamos a dejar atrás el museo con la sensación de habernos impregnado de la belleza inmensa que alberga; sin duda uno de los mejores del mundo.
Boston, más bien la cercana Cambridge, a las que tan sólo las separa el río Charles, es un enclave sobre todo universitario, no en vano Harvard es la primera universidad en todos los sentidos, la más antigua del país y la más prestigiosa del mundo. Así que después de andar por sus calles, deleitarnos con sus museos, donde se exhiben lienzos de los más relevantes pintores de la historia, nos decidimos a pasar el río Charles y hacer una visita a Harvard, la mítica Universidad americana para después, de la mano de mi amigo Luis Alberto Alonso Pastor, Research Scientist y Principal Investigator del City Science Network of Collaborative Cities en el City Science Group MIT Media Lab, hacer una didáctica y apasionante visita a través de alguno de los departamentos del Media Lab, que forma parte del inmenso e impresionante complejo que compone el Instituto de Tecnología de Massachusetts (M.I.T.).
Cuando llegamos al campus de Harvard no podemos dejar de tener la sensación de tocar con los dedos la historia del conocimiento de los últimos siglos. De la mano de mi hija Claudia, profesora de español en la prestigiosa universidad, visitamos la imponente biblioteca y nos rendimos en un silencio conventual a su solemnidad.
Caminamos por el campus, revivimos las escenas de una de las últimas películas rodadas en él, La red social, sobre la vida de Mark Zuckerberg, alumno de Harvard y creador de Facebook, y nos encaminamos a su magnífico museo, donde nos volvimos a admirar con la belleza de las esculturas de Rodin y Bernini, de los cuadros de Picasso y Van Gogh, así como con los de los innumerables maestros que pululan por sus salas. Parece mentira que una ciudad, más bien dos que son una, Boston y Cambridge, puedan albergar dos espacios artísticos tan maravillosos.
Después de conocer y departir con la profesora de Literatura Comparada de Harvard, Lana Jaffe Neufeld, traductora de mis poemas al inglés, recientemente publicados en Inventory, la revista que edita la Universidad de Princeton, tan sólo me queda por realizar mi deseada visita al Media Lab.
En seguida nos recibe Luis e iniciamos un recorrido que, desde el primer momento, me deja boquiabierto. Cualquier tema que toque lo hace con tal pasión que inmediatamente conectas con la esencia del Media Lab, un centro de investigación avanzado en el que cualquier idea, por más loca que pueda parecer en principio, tiene cabida. Esa es la filosofía de esta institución; por muy disparatado que pudiera parecer a primera vista un proyecto, siempre será aceptado y apoyado si está sustentado sobre un buen plan de investigación.
Me voy quedando asombrado a medida que vemos cómo se puede influir con pequeños cambios en el diseño urbano; para eso están los estudios que realizan desde las ciudades inteligentes. Por no hablar de los avances en inteligencia artificial, en vehículos autónomos, en duplicidad de alimentos o en avances médicos y de análisis. Son pequeños ejemplos de algunas de las diferentes áreas que se realizan desde este laboratorio de pruebas perteneciente al entramado del M.I.T., proyectos que en un futuro habrán de causar un fuerte impacto en el día a día de la sociedad que tenemos a la vuelta de la esquina, mucho más pegada a los avances de las realidades técnicas de lo que ha estado jamás.
Boston es mucho más aún, aunque parezca mentira, que un gran centro del conocimiento mundial en todos sus ámbitos, universitario, intelectual y tecnológico. Es una ciudad con vida, con mucha vida, con unas calles por las que caminas con la sorpresa de descubrir en cada esquina algo agradable, desde una bonita terraza donde hacer un alto en el camino y tomarte un brunch, ese invento que tanto éxito está teniendo y que te permite realizar a media mañana un desayuno fuerte a la americana, hasta una calle que te invita a recorrerla, a dejarte embriagar por el secreto encanto de las ciudades que destilan pasión por la vida.
Uno se va de Boston con una bonita sensación, la de querer regresar cuanto antes.
Juan Francisco Quevedo

Parque de Boston donde se rodó El indomable Will Hunting

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¿LA GENIALIDAD DE LA OBRA EXCULPA AL HOMBRE, AL ARTISTA QUE HAY TRAS ELLA SI ACTÚA COMO UN CANALLA? -Juan Francisco Quevedo

¿LA GENIALIDAD DE LA OBRA EXCULPA AL HOMBRE, AL ARTISTA QUE HAY TRAS ELLA SI ACTÚA COMO UN CANALLA?

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¿LA GENIALIDAD DE LA OBRA EXCULPA AL HOMBRE, AL ARTISTA QUE HAY TRAS ELLA SI ACTÚA COMO UN CANALLA?

Cuando el artista es un canalla que realiza actos y acciones éticamente reprobables, es lícito plantearse las siguientes preguntas: ¿Con qué nos quedamos? ¿Con la obra o con el artista?

¿Acaso esa unión aparentemente indisoluble entre obra y autor, entre el canalla-creador y el arte, justifica cualquier tropelía?

Claro que hablo de arte y artistas con mayúsculas, no me refiero a esa especie que tanto abunda que por el hecho de ser unos canallas se creen ungidos por las musas artísticas y no son más que virtuosos del chisme, con cierta postura de poeta maldito. No, no estoy hablando de esos artistas desconocidos que creen ser los más famosos del mundo. No, a esos no me refiero; es como si diéramos el marchamo de científico a aquellos que por estar locos se creen grandes investigadores. No, no me refiero a esos, me refiero a aquellos que han hecho verdaderos prodigios en alguna de las muchas y variadas disciplinas artísticas y son o han sido unos auténticos canallas. No me refiero a esos canallas que formaron en las multitudinarias filas de las grandes promesas de su tiempo y que pasaron a dormir el sueño eterno del olvido.

En estos tiempos en los que todo se sabe y poco se perdona, el movimiento Me too-Yo también- ha puesto de relieve el abuso sistemático que existe desde tiempos inmemoriales en las distintas disciplinas artísticas con la aquiescencia y el mirar hacia otro lado de no pocos admiradores del canalla en cuestión. Parecía que era el tributo a pagar para poder aspirar a algo. Por supuesto, esta práctica inmoral siempre se ceba con los más débiles, muy especialmente con las mujeres y no porque la mujer sea un ser especialmente frágil sino porque la sociedad la ha relegado sistemáticamente al último peldaño.

¿Acaso el valor de la obra de estos grandes personajes les exime de cualquier culpa de tal manera que sus deplorables acciones queden tapadas por ella?

¿Podemos separar al canalla de su obra para centrarnos en el legado artístico y mandar al ostracismo al bellaco que se esconde tras el pincel, la pluma, la cámara o el buril?

Es un dilema moral grave.

Parece que siempre se tiende a resolver estas cuestiones a favor del artista, por muy miserables que hayan sido sus actos, y cualquiera con un mínimo de sentido común, ese que tan poco común es, se percata de la injusticia que se comete en nombre del arte.

¿Estoy equivocado? Quizás, pero la realidad es la que es, que la sociedad ejerce su acción punitiva de una manera muy discriminatoria. Castiga y carga contra aquellos que cometen las mismas acciones que aquellos a los que aplaude cuando presentan una película, realizan una exposición o presentan un libro. Y desde ese mundillo intelectual, desde las corrientes que genera, se suele callar, cuando no obviar. O aparentar una distancia comprensiva.

Los nombres de canallas actuales todos los tenemos en mente; al menos los de algunos más notorios que no es cuestión de enumerar porque estas palabras van encaminadas más a la reflexión que a la acusación. Por ello, sí me gustaría acudir a la historia del arte y recordar a uno de esos canallas que fue y es considerado un artista divino por sus enormes habilidades, por sus dotes para el virtuosismo escultórico.

Veamos a este canalla divino, un poco lejano en el tiempo pero que, a pesar de no ser comparables las acciones, nos puede remitir a los que tenemos en mente. Es uno de estos personajes del Renacimiento italiano, donde habitaron verdaderos paradigmas de esa disociación psicótica entre el artista y la persona. Pero de entre todos los que hubo, el que pudiera erigirse como auténtico paradigma de la cualidad de ser un canalla es Cellini, Benvenuto Cellini, aquel discípulo de Miguel Ángel del que dijera el maestro que era “el mejor orfebre de todos los tiempos”. Bien es cierto que el propio Cellini en su celebrada autobiografía da buena cuenta de ello, ocultando lo que a continuación decía el autor del “Moisés”: “excelso haciendo las cosas menudas, no había sabido hacer las grandes”. Sin duda, el maestro nunca llegó a ver el “Perseo” o la Diana cazadora que aparece en la “Ninfa de Fontainebleau”  ya que de haberlo hecho hubiera cambiado de opinión.

Por cierto, en la elaboración de esta Ninfa no pudo menos que dejar constancia de su carácter intemperante y de su perversidad. En aquel tiempo de estancia en Francia, Cellini tenía como modelo a Catalina, una francesa que no tardaría en convertir en su amante. Dice de ella en sus memorias: “Además, siendo hombre, como soy, la utilizaba para la cama”. Pero el vanidoso Cellini no contaba con que su contable, otro florentino, le pusiera los cuernos con la joven francesa cada vez que se ausentaba. Pagolo, que así se llamaba el infeliz, hubo de probar la bellaquería y el genio, malo, del genio. Al conocer lo que consideraba un agravio, Cellini, acompañado por unos matones y con la punta de la espada puesta en el cuello de su compatriota, sacó al pobre ayudante promesa de matrimonio con la infortunada modelo, por lo que sin tardanza hubo de desposarse.

No contento con haber forzado ese matrimonio, obligó a Catalina a posar para la escultura en una postura incómoda donde las haya, abrazando a un ciervo. A medida que Cellini avanzaba en su Ninfa cada día eran más llamativos y prominentes los cuernos que iba poniendo al animal. Digamos que en esa alegoría extraña, Cellini se mofaba de los cuernos del marido de su amante y a ésta, la hacía posar desnuda durante horas de una manera que rozaba el sadismo.

No eran baladís las tropelías de Cellini que iban desde el asesinato, sin el menor cargo de conciencia, llegando incluso a jactarse de ello, a las palizas y a todo tipo de bajezas, más propias de un demente que de un hombre, artista o no.

Cellini no sólo fue un canalla sin ningún remordimiento en su vida y en sus actos perversos sino que además se vanagloriaba de ellos; no hay más que leer su autobiografía, tan difundida y a cuya fama tanto contribuyó el traductor que tuvo al alemán, Goethe. Éste, por otro lado, y yendo al meollo de la cuestión, tanto disculpó la conducta del hombre por la admiración que sentía hacia su obra.

No nos costará mucho imaginarnos a multitud de escritores, pintores, escultores, cineastas y un largo etcétera de artistas que pese a su misoginia, a su pedofilia, a su perversidad moral y ética, son salvados de las garras de la vergüenza a la que cualquier otro que cometiera sus mismos desmanes estaría abocado.

Y no sólo podríamos hablar de Cellini; ahí está el excelso escultor Leone Leoni, uno de los mayores canallas que hayan existido dentro del mundo artístico y que pese a sus agresiones, asesinatos, robos, estafas y todo un rosario de formas de delinquir siempre fue redimido de sus culpas, sin que expresara ni realizara el menor acto de arrepentimiento, gracias a esas maravillosas manos que tenía. Una de ellas estuvo a punto de perderla; sólo la conmutación de la pena cuando ya tenía la condena dictada, por ser el artista que era, evitó que se la cercenaran. Sólo siete años después del perdón pudo cincelar la grandiosa escultura del emperador Carlos I que podemos contemplar en el Museo del Prado, “El emperador con el furor a sus pies”.  Eso por no hablar de Miguel Ángel Merisi, de Caravaggio, que aún nos contempla en ese magnífico autorretrato, desde la cabeza del Goliath que sostiene David en su mano, y un sinfín de genios capaces de ejecutar grandes obras que les valían tanto como una bula papal. No es una exageración; y si no que se lo pregunten a Benvenuto Cellini, a quien el Papa Paulo III permitió que burlase tanto a la ley como a los tribunales tras haber asesinado en 1534 a un orfebre que le hacía la competencia; el infeliz se llamaba Pompeo de Capitaneis.

Hoy es más actual que nunca aquella sentencia que se atribuye al Papa, refiriéndose a Cellini: “Hombres como Benvenuto, únicos en su profesión, están por encima de la ley”.

Quizás habría que cambiar el final para hacerla más precisa. Y mucho más cínica. Quizás, de haber vivido Paulo III en estos tiempos de corrección extrema, diría algo así: “Los artistas geniales, únicos en su profesión, están por encima del bien y del mal”.

Juan Francisco Quevedo

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Haiku y dibujo-Juan Francisco Quevedo

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Dibujo con haiku-Juan Francisco Quevedo

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LOS INDECENTES PARECIDOS DE ALGUNOS MIEMBROS DE LAS DINASTÍAS REALES-Juan Francisco Quevedo

LOS INDECENTES PARECIDOS DE ALGUNOS MIEMBROS DE LAS DINASTÍAS REALES

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LOS INDECENTES PARECIDOS DE ALGUNOS MIEMBROS DE LAS DINASTÍAS REALES

En los tiempos en que reinaban en este país Carlos IV y María Luisa de Parma pululaba por la corte madrileña la esposa del embajador inglés en España, una mujer muy curiosa, muy letrada y muy dada a poner en papel todo aquello que observaba. Se llamaba Elizabeth Vassall Fox y era conocida como Lady Holland. Tuvo la gentileza de dejar escritos para la posteridad unos diarios muy sustanciosos sobre su estancia en España. En ellos aparece una expresión muy afortunada que ha pasado a la historia, aunque digamos que se suele situar más al margen de la misma, más en lo que podríamos denominar cotilleo histórico.

Y esta locución feliz surgirá espontáneamente cuando la esposa de un alto dignatario ruso pregunte a Lady Holland qué impresión le ha causado la familia real. Por la contundente y notoria contestación que la aristócrata británica brindó a su, suponemos, atónita interlocutora, quedaba meridianamente claro que ella no era la diplomática. Bien al contrario, a juzgar por la respuesta parecía que no tenía ni pelos en la lengua, ni ganas de contenerse en la descripción fisonómica que estaba a punto de realizar con su agudo e hiriente comentario sobre alguno de los vástagos reales.

“Muy buena, salvo el indecente parecido de los Infantes Francisco y María Luisa con el favorito”.

Era más que evidente que nuestra ilustre dama no parecía hacer gala  de la tan llevada y traída típica flema británica.

El favorito al que se refiere Lady Holland en su despiadada coletilla es Manuel Godoy, amante de María Luisa de Parma, la ardiente y displicente esposa de Carlos IV. Godoy, al que se le conocerá como Príncipe de la Paz, era un hombre que no sólo ejercía la privanza en la alcoba real sino que gozaba de la simpatía y la cordialidad del marido cornudo; es decir del ingenuo y consentidor rey de España. Un monarca, por cierto, que fió los destinos del país al buen entender de su querida y promiscua esposa. En esas circunstancias, emergería casi de manera natural la figura de un hombre, Godoy, que haría volver al país a la época caduca y desfasada de los validos, más o menos refinados, de los Austria, aunque en este caso, dado el doble sentido adquirido, ya que gobernaba el país y a la reina, quizás sería mejor llamarlo favorito. Y curiosamente favorito de ambos, tanto del rey como de la reina, si bien mientras que con ella retozaba, con él jugaba al ajedrez.

Ese hombre rigió los destinos del país contentando a la reina en la alcoba y siendo el gran amigo del ignorante consentidor, el rey Carlos IV, en la vida pública.

Entre los tres formaron una peculiar sociedad que, como a la reina María Luisa le gustaba decir, mientras paseaba por los jardines reales del brazo de Godoy y de su marido, pareciera aproximarse a la divinidad y su misterio: “Somos la Trinidad en la tierra”.

Claro que el pueblo, con mucha sorna y socarronería, no lo veía de una manera tan idílica y se refería a esa “Santísima Trinidad” de manera disociada, llamándoles a cada cual por la forma en la que los veía, es decir como “La puta, el cabrón y el alcahuete”.

Dos maneras bien distintas de contemplar la misma escena.

El caso es que en ninguno de los supuestos es baladí la pretendida paternidad de Godoy, ya que de ser cierta la perspicacia fisonómica de lady Holland se puede afirmar, en virtud de las alianzas matrimoniales posteriores, que por las venas de los borbones contemporáneos corre la sangre del que fuera glorioso Príncipe de la Paz. Es más, Godoy habría sido, ni más ni menos, que el bisabuelo de la reina Isabel II.

Quizás le tengamos que agradecer al valido cierta limpieza de sangre; aquella que no lograron los Austria y los llevó a su desaparición en la persona, por llamarlo de alguna manera, de Carlos II, El Hechizado.

Y es que la consanguineidad tiene un peaje inexcusable.

Curiosamente, y para corroborar “el indecente parecido” al que hacíamos alusión, podemos comentar brevemente uno de los grandes cuadros de la pintura universal. En el famoso lienzo de Goya, La familia de Carlos IV, se ha de poner de manifiesto esa habladuría.

No sabemos si con toda la intención, o producto de una casualidad impensada, el pintor coloca a la reina María Luisa en el centro de la composición. Lo hace dando la mano al pequeño infante Francisco de Paula, mientras que con su otro brazo acoge a la infanta Isabel, precisamente los dos hijos del valido y, supuestamente, los más queridos por la reina. Y Goya, con su genio y perspicacia, así nos lo hace ver en la disposición que ejecuta del famoso cuadro. Toda una descripción psicológica realizada por la clarividencia y sagacidad del pintor.

No podemos olvidar que se trata de un cuadro que jamás ha dejado indiferente a nadie; es el momento de recordar las palabras de Renoir al contemplar por vez primera el lienzo de Goya: “El rey parece un tabernero y la reina una mesonera”.

En cualquier caso, aunque Godoy fuese el padre biológico de los dos infantes, la paternidad legal, que al fin y al cabo es la que cuenta, incluyendo los derechos sucesorios, se le adjudica al rey Carlos IV. Y se hace aplicando esa máxima que dice que aquello que nace en casa, de casa es y en casa se queda. La paternidad la asume el marido independientemente de que sea el padre o no.

Es decir, una versión castiza de la cláusula del código napoleónico que más ha hecho reír a muchos crápulas del estilo de Godoy y que más conflictos caseros ha evitado. Textualmente decía:

“Tout enfant né dans le mariage a pour père le mari”

(“Todo niño nacido en el matrimonio tiene como padre al marido”)

Y punto.

No fue el único rey que hubo de aceptar hijos concebidos por el favorito de turno y si no, no habría más que remitirse al rey consorte Francisco de Asís, melifluo esposo de la reina Isabel II, que hubo de aceptar como suyos, a cambio de no pocas prebendas, a unos cuantos. Entre ellos, al que reinaría con el nombre de Alfonso XII.

De hecho, el único hijo que posiblemente fuera suyo, en dura competencia con el privado de turno, por entonces el marqués de Bedmar, morirá poco después de su nacimiento, acaecido un  12 de julio de 1850. Se llamará Fernando y será el primero de los doce hijos que dará a luz la reina. Morirá poco después del apresurado bautizo. En su muerte, el rey Francisco de Asís, haciendo uso de toda su teatralidad y, quizás, conmovido, al pensar que él pudiera ser el padre de la criatura, nunca se sabe, cortó un mechón de cabello al infante muerto y mandó que se le sacase una mascarilla, haciendo, a su vez, moldear en yeso y cera el cuerpo del infante muerto. Genio y figura.

Tras diversos partos, verá la luz del sol el que reinará como Alfonso XII, el hijo que la reina supuestamente tuvo con Puig Moltó. Precisamente se da la circunstancia de ser este monarca, en la pura legalidad dinástica, que no sanguínea, el rey más Borbón de todos cuantos hayan existido. De hecho, Alfonso XII, es oficialmente el más Borbón de cuantos borbones han sido, ya que llevaba el Borbón en sus dieciséis primeros apellidos; ahí es nada.

Claro, que este Borbón no lo sería tanto en un análisis genético de laboratorio, ya que estaba purificado al parecer, primero y en sus ascendientes más lejanos, por la vía expeditiva de los cuernos, por Godoy y después, por Puig Moltó, que ostenta la supuesta paternidad de Alfonso XII.

En cualquier caso ambos favoritos hicieron esa limpieza de sangre, esa diálisis que, aunque oficiosa, fue necesaria, para intentar regenerar esta especie dinástica venida a menos.

En fin, quizás convenga no indagar demasiado sobre esos indecentes parecidos, y tal vez no tan sólo en los que dijera Lady Holland, para no llevarnos demasiadas sorpresas. Las que a veces nos da la vida.

Juan Francisco Quevedo

La Familia de Carlos IV

Retrato de Lady Holland por Louis Gauffier_-.jpg

 

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Noche de insomnio-Juan Francisco Quevedo

Unos versos con uno de mis viejos dibujos:

Noche de insomnio:

pensamientos oscuros

me abren los ojos.

Noche de insomnio

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¿Cuántas incógnitas… -Juan Francisco Quevedo

¿Cuántas incógnitas

que nos llevan a nada

se manifiestan?

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HILARIO BARRERO PROSPECT PARK-DIARIOS. -Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

PROSPECT PARK-DIARIOS. 2014-2015

EDITORIAL RENACIMIENTO (2019)

 

Hay escritores a los que uno se siente inmediatamente unido en la forma de expresión y en la manera con la que se aproximan a nuestra sensibilidad. Es la conexión invisible, firme y duradera que establece el lector cuando se siente en sintonía con la escritura, cuando percibe la emoción de la literatura como un regalo. Hilario Barrero es, sin lugar a duda alguna, uno de esos escritores que poseen la capacidad de llegar al lector a través de la palabra con algo muy difícil de conseguir y provocar: entusiasmo.

En el caso de los diarios de este feliz “Prospect Park” lo hace con la sólida base de una prosa cercana, en la que se percibe la huella del autor en cada frase, en toda su humanidad. Con esa intimidad, a la que nos invita sin solemnidad, va construyendo un diario donde la palabra nos muestra su día a día, su discurrir, con una exposición clara y hermosa, con la amenidad del que se sabe ya a salvo de casi todo, pues desde esa sabiduría en la que le ha ido instalando la vida nos transmite la sana quietud de la monotonía, esa fiel compañera con la que tan a gusto nos encontramos los que peinamos canas, o ya no tenemos canas que peinar.

Sin el menor rastro de arrogancia, comienza el diario en ese enero de 2014 dándonos una lección de dulzura, lo que ya es una lección de vida en sí misma. Nos explica lo que supone la traducción de textos literarios, una labor a la que, como bien sabemos los que hemos disfrutado de ella, Hilario Barrero se entrega con pasión y rigor, rebuscando en el lenguaje la palabra que mejor se adapte para dar un nuevo vuelo a ese poema que, en un idioma distinto, siendo el mismo, ya es otro.

Paseo y poesía es lo que nos muestra en cada día de este “Prospect Park”. Además, a las letras de la palabra paseo sólo le falta esa “Í” que rompe el diptongo de poesía para que, desde otras posiciones, alterando las letras, digan lo mismo; el autor ve la vida con poesía mientras pasea por ella. No es de extrañar, ya que en la biografía de Hilario Barrero muchas veces parecen confundirse ambas, parecen fundirse en una actitud curiosa y vital hacia todo lo que le rodea.

¿Qué puede ser más que eso un buen diario? Una mirada personal hacia el mundo que circunda al que se dispone a contar su día a día.

 Al fin, la visión única del poeta que habita en él es la que verdaderamente escruta la realidad contemplada en ese continuo paseo que es la vida. Se manifiesta tanto en la mirada interior hacia sí mismo, más reflexiva y a veces descarnada, como en esa otra mirada al exterior, donde lo mismo da fijarla sobre ese “perro que asoma el hocico” que sobre la “tetera de loza apoyada en el poyete de una casa”.

Muchas veces lo de menos es el objeto sobre el que fije su atención, es más el sentido de lo que cuenta, lo que transmite y cómo lo transmite. Ahí es donde subyuga al lector.

Hilario Barrero no se esconde en los textos, aunque como Fernando Pessoa pueda utilizar la escritura para evadirse de una realidad que a veces nos ahoga. Como dice el escritor portugués en “El Libro del Desasosiego: La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida”.

En el caso de los diarios, es capaz de contarla desde una óptica bien distinta a como se pueda desarrollar objetivamente.

En cualquier caso, y a pesar de cualquier intento de maquillaje o camuflaje, es fácil intuir al hombre que se parapeta tras el texto, que se vuelve atractivo para el lector y que se aleja del misterio de lo indescifrable para mostrarse y manifestarse a través de la escritura, con un lenguaje rico y sublime, como lo que es, como un hombre, que no es poco en estos tiempos de impostura.

Siempre y por siempre, Hilario Barrero aparece elevándose sobre esa dulce cotidianeidad a través del amor, de un amor que roza lo imposible y que nos remite a esas dos sombras que se funden para formar sólo una, un alma, en esa eternidad a la que aspiran los amantes verdaderos. Nos lleva a esa sombra larga, larga del “Nocturno” del poeta colombiano José Asunción Silva:

“¡Oh las sombras de los cuerpos que se juntan con las sombras de las almas!/

¡Oh las sombras que se buscan en las noches de tristezas y de lágrimas…!

El frío de Nueva York en invierno, el palpitar gélido del ambiente de ese Brooklyn al que nos aproxima, se torna cálido en su mirada; de nuevo la magia paradójica del lenguaje flotando por las páginas de “Prospect Park”.

Desde cualquier situación y coordenada, el autor siempre acaba por llevarnos a ese día a día desde el que nos ofrece imágenes de la infancia, a ese “cucurucho de papel de estraza”. Son esas introspecciones, esas metáforas, esos vuelos imaginativos los que nos maravillan y los que nos atrapan. Al fin, lo que, como ocurre con la buena poesía, nos identifica con el autor, por mucho que sus vivencias neoyorquinas disten bastante de las que pudiéramos tener como lectores. Esa es su gran virtud, llegar a quien se detenga en sus páginas más allá de su origen o procedencia, porque su prosa va directamente al corazón de cualquier tipo de lector.

No podemos sino admirarnos ante su capacidad a la hora de desnudar paisajes, o personajes, con una sola y certera pincelada definitiva. Se advierte nítidamente en descripciones precisas, como en la línea en la que define al alcalde de la ciudad de Nueva York como un hombre que come “pizza con cuchillo y tenedor”.

Incluso cuando desde el hoy que le inspiran estos diarios, estos días de apartamento tranquilo, viaja en el tiempo y se sumerge en las evocaciones de un pasado lejano, de otras vidas, de un tiempo incluso alejado del suyo, no podemos evitar descubrir al poeta que siempre habita en él, a ese poeta que le posee como si fuese un demonio benéfico: “El cuadro sigue ahí/con un perfume de acero y de espada,/ con hombros cargados con capas fluviales,/ con cráneos tonsurados por la humedad, /con miles de teorías y leyendas, /con la decadencia y con el esplendor”.

A veces me detengo en textos como éste y con el libro en las manos pienso que esta lectura no puede ser más placentera. Siempre admirable, tanto por su esencia como por su forma.

Hay perlas escondidas que de pronto nos sorprenden. El autor nos cuenta una deliciosa historia que, bien pensado, pudiera merecer un libro entero. Es lo que nos pasa cuando descubrimos los amores que una desgraciada dama toledana, casada con un hombre ya viejo, mantuvo con un artista en ciernes que apenas comenzaba a pintar un gran cuadro en la toledana iglesia de Santo Tomé. Será a los pies del “Entierro del Señor de Orgaz”, con el niño que aparece en la izquierda inferior esbozado, donde se amarán tiernamente.

Hilario Barrero va y viene a la realidad desde el recuerdo, desde la imaginación de lo que tal vez nunca sucediera para deleite de un lector que no puede sino asombrarse ante una prosa fluida, lírica y apasionante.

Van fluyendo los días como fluyen las estaciones, van cayendo entre tutorías de universidad, viajes, visitas de amigos y reflexiones que nos llevan siempre hacia la calidez de la poesía, hacia ese verano perenne, hacia ese “refugio a veces sin paredes”.

Ese fluir del tiempo diario le hace retornar a su ciudad, siempre tan presente, pese a la distancia, a Toledo, al Toledo de su niñez, desde donde comienza a ver las sombras de un pasado que a él, a todos, con los años, nos va dejando cada vez más solos. Se acaban los paisajes de la niñez y las caras que nos acariciaron la juventud. Pero siempre Brooklyn esperándolo, aunque sea con los ecos de la muerte rondándolo; su tía Gloria, su hermana. Dos maneras muy distintas de recibirla.

En ese continuo viaje que suponen los diarios, Hilario Barrero nos conduce, lleno de la sapiencia que adquieren los hombres buenos, con esa ternura de las tardes tranquilas, al último día de 2014, al momento en el que deja atrás una parte importante de su vida. Es el momento en el que se despide de los compañeros de docencia en la universidad en la que ha trabajado a lo largo de los años. Pero no sólo de ellos, también se despide de Berceo, de Lope, de Quevedo, incluso de aquel alumno “que se emocionó al descubrir a Cernuda”.

Nunca se dice adiós del todo, y bien que lo sabe; sólo se despide para regresar de nuevo a un lugar del que nunca se fue, la poesía.

Los años van cayendo como la nieve, suave y lentamente en esa carrera inevitable que emprendemos hacia el olvido. Sigue pasando la vida, los poetas y la embelesadora y hermosa escritura de Hilario Barrero por las páginas de este diario que nos sumerge en el año 2015 y, así, al comenzar un mes de febrero nos recuerda aquella letanía que cada miércoles de ceniza nos dicen de forma lapidaria: “polvo eres…”.

Un viejo libro nos descubre el aserto al revelarlo lleno de nombres perdidos y olvidados, nombres de aquellos que un día parecía que iban a ser las grandes figuras de la poesía española y hoy ya no son nada; polvo en la desmemoria de los hombres. Nadie los recuerda.

No nos engañemos; ese será el destino de casi todos, incluso el de los más vanidosos. Pero, ¿quién sabe?, quizás algún día alguien los rescate de la oscuridad a la que parecen condenados al encontrarnos de plano con un volumen escondido en una librería de viejo. Si es que aún queda alguna, si es que aún no han sido asesinadas por las nuevas tecnologías, aquellas que aún están por saberse, aquellas que aún no llegamos ni a intuir. ¿Quién sabe si el camino que nos señalan los actuales inventos sea el que nos lleve a una futura sociedad distópica donde la realidad no suponga más que un control absoluto del hombre por parte de poderosas compañías de software? En ese mundo, las librerías posiblemente no existirán. Al menos, como hoy las entendemos.

Entre tanto llegan estos tiempos displicentes sigamos deleitándonos con la lectura sosegada, la que nos arrastra con dulzura a ese oasis de paz que es la soledad encontrada en unos días que se muestran al lector desde una perspectiva lírica y emocionada.

Se suceden los meses en esa serenidad que nos lleva a una vejez que nos hace más sabios. Aún queda mucho para que ese camino nos llene “la boca de silencio amargo”.

Al cerrar el libro, uno sabe que el autor ha cumplido con creces esa obligación que se impuso al ponerse a escribir un diario a diario, ha cumplido con el compromiso adquirido consigo mismo y con los lectores. En “Prospect Park” ha captado el discurrir de la vida, ha penetrado en ella a través de su propia visión de la realidad, de sus experiencias, haciendo uso de ese ojo privilegiado que posee para analizar y contar lo que le sugiere el entorno. Es un ojo mucho más poético que clínico el que aplica a cada latido de sentimiento que se genera en torno a él. Y lo hace desde una mirada real; tierna y amable, o dura y crítica, pero siempre imprimiendo en nuestra conciencia lectora ese sustrato que rezuma la buena literatura.

El nuevo año comenzará y un nuevo cuaderno, aún por rellenar, a buen seguro le espera en la mesa del escritorio. Otra vez comenzará a interpretar la vida, a contar la vida desde la escritura. Como magistralmente acostumbra a hacerlo Hilario Barrero.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

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Feria del Libro de Oviedo- Querida princesa-Aniversario LibrOviedo- José Luis García Martín- Juan Francisco Quevedo

Un año ya de la presentación de mi novela “Querida princesa” en Oviedo.  Ahí os dejo un vídeo con una pequeña parte de la intervención de José Luis García Martín

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JUAN JOSÉ VIOTA-Exposición-Juan Francisco Quevedo

EXPOSICIÓN DEL PINTOR CÁNTABRO JUAN JOSÉ VIOTA EN LA SALA MAURO MURIEDAS DE TORRELAVEGA

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EXPOSICIÓN DEL PINTOR CÁNTABRO JUAN JOSÉ VIOTA EN LA SALA MAURO MURIEDAS DE TORRELAVEGA

Juan José Viota es un pintor con una larga trayectoria de casi treinta años ampliamente reconocido en el panorama artístico actual. Es un pintor con multitud de premios y exposiciones a sus espaldas, estando todas ellas refrendadas por un notable y merecido éxito de público.

Desde el pasado viernes 12 de abril presenta en la Sala Mauro Muriedas de Torrelavega una fascinante serie de óleos en los que continúa con la línea creativa de sus últimas exposiciones, dando un protagonismo muy importante tanto al paisaje urbano como a la figura humana, envolviéndolos ambos con una paleta de colores llamativa y sugestiva. Es un artista que aborda la figuración desde un realismo muy personal, pasado siempre por el tamiz imaginativo de su mundo creativo, un mundo desde el que se define y define aquellos espacios en los que se adentra.

Juan José Viota nace en el año 1964 en Laredo, trasladándose a su lugar de referencia sentimental, a Ampuero, donde residirá sus primeros cuatro años para, después, asentarse definitivamente en la capital santanderina, aunque siempre mantendrá ese nexo afectivo con Ampuero. La familia fijará en la calle Nicolás Salmerón su residencia permanente, lugar donde se encontraban las históricas Bodegas Viota, que regentaban sus mayores.

Cursará sus estudios primeros en diversos centros de la ciudad, siendo durante sus años adolescentes cuando el mundo de la ilustración y del cómic entre en su vida como una ráfaga de luz y lo acompañe y se refleje en su obra posterior, siendo ésta, en gran parte, deudora de esos primeros años en los que se vio seducido por esa estética. Esta influencia le llevará a elaborar un mundo pictórico en el que el color y la fantasía estarán siempre presentes como elementos oníricos y casi mágicos en sus composiciones.

Su formación como artista se irá forjando en estudios de pintores de gran prestigio así como participando en multitud de talleres pictóricos que se desarrollan por todo el país. Posteriormente, se licenciará en Bellas Artes por la Facultad de Leioa de la Universidad del País Vasco. Así mismo residirá durante un curso en París dentro del programa Erasmus en L´École Supérieure des Beaux-Arts.

Ha realizado gran cantidad de exposiciones individuales tanto en España como en el extranjero, tales como las efectuadas en el Instituto Cervantes de Viena 2004 (Austria), en Taupada en la Sala de Juntas de Bizkaia 2012 (Bilbao), en Santander, en Galería Espacio Alexandra 2015, con el título “Fuera de órbita”, en Marbella en Es. Art Gallery 2018, con el título “Transeúntes”, y más recientemente una retrospectiva en Santander en La Central 2019, con el título “Escenas de un imaginario mutante”.

Así mismo ha participado en exposiciones colectivas, entre las que podemos citar las realizadas en Kunstria, en Amsterdam 1996 (Holanda), en ARCO en Madrid 2006 con el título “Liébana Tierra de Júbilo”, en Santander en el Centro Cultural CASYC 2014, con el título “De Par en Par (vive y trabaja en Santander)” y en Torrelavega en el Centro Nacional de Fotografía J. Manuel Rotella 2018, con el título “Spot, Estéticas Audaces”. También ha intervenido en reuniones creativas como en el Simposio Internacional de Arte de Noja, Sianoja 2007

Destaca poderosamente en la pintura de Juan José Viota una impronta natural para, desde el dibujo y el trazo preciso, desde una técnica consumada y gran dominio de la luz, desarrollar de forma natural una obra imaginativa, plena de originalidad. Posee una poderosa voz propia que se enclava en un mundo muy personal y muy próximo al mundo de los sueños. Sus creaciones no son obras que surjan del azar; en seguida se percibe una labor rigurosa y constante, una manera de abordar la creación, si bien con una gran dosis de inspiración y reflexión, con un enorme trabajo. Es capaz de filtrar la realidad a través de su mirada para darle otro vuelo y hacerla aún más evidente. Esa transformación intelectual y reflexiva que realiza con la razón y los sentidos, después la plasma espléndidamente en el lienzo.

Si algo llama la atención de inmediato al entrar en el universo creativo de este autor es la maravillosa síntesis de la luz con que rodea a sus obras. La riqueza plástica y un juego envolvente de luces y sombras, con una cuidada transición de colores, siempre tan difícil cuando se trabaja con una sola gama, sean los verdes, sean los violetas y en esta exposición muy especialmente el negro en unos claroscuros iluminadores, constituyen una de las señas de identidad de su pintura.

La figura humana adquiere una presencia llamativa, y no sólo en sí misma sino también por el lugar por el que transita. Los ambientes y las atmósferas en las que se ubican los personajes toman una especial relevancia, llegando a descubrirnos la belleza de lugares que parecieran existir para transmitir desolación, cuando no sordidez. La arquitectura de espacios muertos donde la figuración sobresale en ellos para remarcarlos es otra de las muchas aportaciones atractivas de la pintura de Juan José Viota.

Nos transmite a través del lienzo una ilusión y una pasión por lo que hace, por el oficio de pintar, que es percibida de inmediato por el espectador. Juan José Viota la hace brotar en el lienzo con dureza o con delicadeza, según sea preciso, llegando en muchas ocasiones a la ternura. Los personajes, mujeres, hombres, niños, niñas, mutantes, figurantes circenses, habitan en un espacio paisajístico que se integra en la composición formal con naturalidad, otorgando una originalidad especial que llena de sentido y de magia el espacio sobre el que se asientan.

La exposición se desarrolla a lo largo y ancho de cuatro magníficas salas en las que se exponen cuarenta y un óleos del artista cántabro.

Por sus cuadros veremos pasar a una serie de personajes que nos atrapan de inmediato. Jóvenes de hoy en día que con sus perros, con sus móviles y con su ropa deportiva y casual parecen integrarse de manera natural en ese paisaje tan característico, que ronda a veces lo suburbial, y siempre la perspectiva imposible. Podremos ver autómatas que son transportados por grupos de niños en un recorrido desde el que se nos recuerda que no somos más que seres atrapados en nuestra propia inacción, que son precisamente esos niños que transportan al maniquí inane los que han de cambiar el mundo. En otra serie de lienzos aparecerán mujeres insertas en espacios arquitectónicos nocturnos bordeando una piscina en posturas yacentes y felinas, o erguidas y mirándonos con descaro.

A veces brotan mujeres, en desnudos con un torso que se arquea para poder desprenderse de una blusa, enmarcadas y sostenidas en un paisaje fabril abandonado o bien delineadas en el azul del agua. En estas obras podemos observar las transparencias de los pantys e intentar adivinar lo que se esconde tras ellos.

Podemos observar a un Charlie Rivel que comparte lienzo con un luchador mejicano enmascarado o preguntarnos desde el otro lado lo que esconde el alma del hombre que mira de espaldas o del que se asombra sin que sepamos muy bien por qué. Quizás sea mejor así, dejar al espectador que dé rienda suelta a la imaginación.

Avanzamos maravillados por los lienzos de Juan José Viota,  dejándonos atrapar por el magnetismo de sus modelos que se integran en paisajes devastados, fabriles, urbanos y abandonados. Personajes que aparecen entre la soledad con la que el pintor impregna los espacios muertos, los espacios que no miramos y a los que es capaz de dotarles de belleza.

A pesar de ello, no es una pintura que transmita desasosiego, bien al contrario no está exenta de un romanticismo primigenio como podemos ver en esa serie de óleos en los que una muchacha, acompañada por su perro, bien de frente, bien de espaldas o de medio lado, nos remite a una ensoñación envolvente.

Desde luego, estamos ante un pintor de trayectoria, con una obra consolidada y con una voz propia innegable. Esta muestra pictórica en la Sala Mauro Muriedas de Torrelavega es la ocasión ideal para descubrir o para reencontrarnos con un artista excepcional que sabe trasladar a los lienzos una pasión maravillosa.

Aquellos que tengáis oportunidad de acudir a esta exposición, no sólo no os defraudará sino que cubrirá vuestras expectativas más optimistas. En ella podréis disfrutar de la genialidad de la obra de uno de los pintores más destacados de Cantabria, Juan José Viota.

Juan Francisco Quevedo

 

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Valle-Inclán (100 años de La pipa de kif)-Juan Francisco Quevedo

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DON RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN

HACIA UN NUEVO ESTILO

LA LEYENDA Y EL ESCRITOR

CIEN AÑOS DESPUÉS DE LA PUBLICACIÓN DE SU LIBRO DE POEMAS LA PIPA DE KIF (1919-2019)

Durante la adolescencia, siempre se me aparecía Valle-Inclán como el personaje que representaba estéticamente al escritor inverosímil que me apasionaba, siempre envuelto en un halo de perturbación y misterio legendario. En mi madurez, esa es también la imagen que me asalta cuando quiero imaginar cómo habría de ser y representarse un poeta de esos que campaban a sus anchas por los bulevares madrileños.

De alguna manera, cuando observamos a don Ramón en cualquier fotografía, en especial en esa que Alfonso Sánchez Portela le sacó en agosto de 1930 en la que tumbado en un diván nos muestra unas suelas agujereadas, éste simboliza y encarna lo que en España ha sido siempre la pobre y precaria situación del escritor. A pesar de todo, sin embargo, don Ramón siempre fue más allá de esas minucias pecuniarias que nunca llegaron a trastornarlo ni a distraerlo más de la cuenta, quizás porque, como bien se demuestra en las últimas cartas inéditas publicadas del escritor, nunca fue para tanto.

En cualquier caso, era un hombre difícil de achicar, era un escritor echado para adelante que no dudaba en desafiar al más imponente de los mortales sin que le temblara el pulso, aunque fuera con esa lengua de trapo que gastaba, tan afilada como su pluma, la misma que le hizo perder el brazo al clavársele el gemelo después de recibir un bastonazo por una discusión aparentemente banal en la tertulia del café de la Montaña, en la Puerta del Sol. Aquel aciago día de julio de 1899 unos señalan que reñía con su oponente comparando entre sí el valor de portugueses y españoles y otras fuentes indican que discutían sobre la legalidad de un duelo que iba a celebrarse debido a la minoría de edad uno de los duelistas. De lo que no hay duda es que, tras una intervención del periodista Manuel Bueno que no debió de ser muy de su gusto, el pendenciero escritor de las barbas puntiagudas le increpó gravemente, a lo que su oponente respondió levantando el bastón para golpearlo. Valle en un gesto reflejo intentó protegerse con el antebrazo y la mala fortuna hizo el resto. La herida del antebrazo terminará gangrenándose y se hará necesaria su amputación.

Hombre irascible y de pelea que le llevaba sin recato a patear en el patio de butacas cualquier estreno que no fuera de su agrado y en especial si se representaba una obra de su denostado Echegaray. Tal era su inquina hacia don José, treinta años mayor que él, que cuando Valle se encontraba en un trance delicado de salud, el premio Nobel se ofreció a darle su sangre en una transfusión. Valle rechazó de plano el plasma de su colega por tenerlo “lleno de gerundios” según unos y de “esdrújulas” según otros. Su fijación fue tal que cuando a una calle madrileña se le impuso el nombre del insigne escritor, Valle no tardó en llamarla “Calle del Viejo Imbécil”.

Inolvidable este hombre que un día en una de sus tertulias de café le dio por comentar cómo algunas arañas eran homófagas. No tardó en preguntar un joven que era eso de la homofagia. El bueno de Valle le replicó sin que se le moviera un pelo de la barba; “Usted por ejemplo sería homófago si comiera besugo”.

En las páginas de su excelente y particular biografía de don Ramón María del Valle-Inclán -greguería en sí mismo-, Ramón Gómez de la Serna nos descubre desde las metáforas imposibles de su ingenio, el hongo sobre el nido de su materia gris desde el que escudriña a este gran hombre que, en su época, fuera más personaje que literato y cuya excelencia, con el paso del tiempo, ha encumbrado al literato, interesándonos también aún el hiperbólico personaje. Abordamos, con el cariño de su ceceante figura, a este gran don Ramón de las barbas de chivo, como le definiera Rubén Darío, que pareciera haberse mudado con toda su sacrificada y mísera prole, para dar a luz su esperpento, a los cóncavos espejos del madrileño Callejón del Gato.

Nació en Villanueva de Arosa, aunque él siempre sostuvo haberlo hecho en un barco que hacía la travesía de Villanueva a Puebla del Caramiñal un 28 de octubre de 1866. Según su partida de bautismo fue llamado Ramón José Simón Valle Peña, un nombre que jamás usará y que tan sólo se repetirá en su acta matrimonial. El poeta evocará su llegada al mundo en su libro de poemas “El pasajero” con estos versos memorables: “¡Me llamó tu carne, rosa del pecado!/Solos en la casa, desvelado yo, /la Noche de Octubre, el mar levantado… / ¡La gotera glo-glo-glo!”.

Fue criado, según su hijo Carlos Luis, por “una aldeana coloradota
y aficionada al vino apodada La Galanucha”.
Y fue creciendo en su Galicia natal hasta que la fortuna o el destino lo llevaron a hacer las Américas.

¿Qué podemos entrever de un hombre que dijo haberse ido a México porque se escribía con x? Allí será donde forjará su fama de valiente, siempre impregnada con una gran dosis de insolencia. Su descarada desfachatez lo llevó hasta tal extremo que se dice que se presentó al presidente como “El gachupín Valle-Inclán. Un león en dos pies”. Y tal vez por ello, después de regresar a Madrid allá por 1897 con su primer libro, “Femeninas”, dijo pasearse por la capital del reino con dos leones que se había traído de las Américas. Desde luego hubiera sido un espectáculo verlo arrastrando a las bestias con su alargada barba, sus antiparras quevedianas y su larga melena cayendo sobre un McFerland impecable; el que llevaba los días de lluvia. Lucía una llamativa cabellera que hacía que fuera recibido en los teatros más castizos del foro al grito de “¡Que se la corte, que se la corte!”.

Hasta aquí una parte del personaje en que dio este literato que renovó e innovó la prosa y el teatro, siendo un gran creador de lenguaje así como de estilos y nuevos caminos que van desde el esperpento, a la ironía fina y despiadada. Sería líder de cualquier vanguardia aún sin pretenderlo. Dotado de una vena cómica, entre culta y popular, se erige como la gran figura literaria de los últimos dos siglos. Estrafalario personaje que fue un gran amigo de Rubén Darío y Alejandro Sawa y que, aunque fue admirado por todos los escritores de la época, desde Antonio Machado a Unamuno, sin embargo, no gozó en vida del reconocimiento general, más allá de sus anécdotas, que corrían por los corrillos y las redacciones como polvorilla. Su anecdotario era tan variopinto que en los últimos años de su vida llegó a haber una sección fija en los periódicos sobre las leyendas de don Ramón. Como es de suponer, la mayoría inexistentes e inventadas pero algunas, con el crisol de los años encima, se dan por falsamente ciertas. Esto, no siempre le divertía y mucho menos cuando iban acompañadas de falta de respeto, como cuando algún reporterillo se excedía en la elucubración. Cierta vez, un gacetillero, con insolencia y prepotencia, en un abuso de camaradería y mal gusto, le preguntó por su próxima muerte. Valle le contestó con un poema que tituló “Testamento”:

Te dejo mi cadáver, reportero.

El día que me lleven a enterrar,

fumarás a mi costa un buen veguero,

te darás en la Rumba un buen yantar.      

Y después de cenar con mi fiambre,

adobado en retórica sutil,

humeando el puro, satisfecha el hambre,

me injuriará tu dicharacho vil.

Y al dejar la colilla con el chato,

a medio consumir, sobre el mantel,

dirás, gustando del bicarbonato,

“¡Que no la diñe ahora don Miguel!”

Para ti mi cadáver, reportero,

mis anécdotas, ¡todas para ti!

Le sacas a mi entierro más dinero

que en mi vida mortal yo nunca vi.

Caballeros, salud…

Anécdotas mil pero veamos una de las que le atribuyeron con más gracia. Dijeron que con su ceceo bisbiseante dejó de piedra a un médico con cuya mujer tenía amoríos. El linajudo escritor llamó a su puerta en la creencia de poder estar a solas con su amante. No fue así y al verle por la mirilla de la puerta, el cornudo galeno le preguntó, “Quién es usted”. No dudó en responder: “El padre de sus hijos”.

Es evidente que la verdadera cara del escritor se ha visto deformada por una sucesión inacabable de fábulas más o menos apócrifas que han contribuido a hacer de su vida un verdadero disparate y una continua teatralidad. No obstante, todo ello no sólo no debe ocultar su valor literario y lingüístico como renovador y creador del español sino que debe ser un atractivo más para adentrarnos en su universo literario. Su obra está provista de una capacidad expresiva y un ingenio impecable y refrescante, acompañados por unas dosis justas y adecuadas de barroquismo. Su estilo se alza como un referente indiscutible de la lengua española. Si su vida fue una hipérbole constante, su obra es todo un homenaje al lenguaje literario. Siempre persiguió la perfección y esa búsqueda denodada de la excelencia él la denominaba “la fiebre del estilo”. Su máxima sin duda era la pulcritud expresiva.

Pero si algo quiso ser don Ramón María del Valle-Inclán desde su más tierna infancia fue poeta. Lo supo desde el día en que José Zorrilla visitó la escuela gallega donde estudiaba. Cuando el afamado escritor romántico le preguntó: “¿También eres poeta?”. Sin dudarlo, le contestó que sí y es que, por entonces, según sus propias palabras, el niño que era Valle “ya había dialogado con la Luna y comenzaba a descubrir que las rosas guardan el encanto de haber sido mujeres”. Y es que ya “el eterno femenino” de Goethe le impulsaba hacia arriba, hacia los laureles del Olimpo.

No tardaría mucho don Ramón en descubrirse como escritor y no tardaría en sacudirse de encima el realismo zafio y ramplón que inundaba el ambiente social que le rodeaba. Como hará también Pessoa, no dudará en utilizar la literatura como válvula de escape para huir de esa realidad desasosegante, de esa vida grosera que limita, cuando no elimina, la dignidad y la libertad humana. Será en esa evasión cuando encuentre su voz y lo hará a través de una palabra rica, irónica y llena de humor. Con su imaginación, sabiduría y lucidez estiliza y crea estilo tanto en la literatura que propone como en su propia vida. Como tanto le gustaba decir, no sin razón: “Me ha fallado la época”.

Aunque al principio, en sus primeros años, tienda a idealizar la realidad, no tardará en hacerla pasar por el tamiz del esperpento, para deformarla, a través del reflejo de la misma en los espejos cóncavos del Callejón del Gato. Será entonces cuando la hipérbole tome vuelo y la caricaturización se haga arte. Sin embargo, a pesar del esperpento, bajo su pátina de humor hiriente y deformante, siempre emergerá la cruda realidad que le rodea, más explicitada que nunca. La verdad la disfraza y la deforma para, al presentarla con otro aspecto, hacerla aún más patente si cabe.

Si bien el esperpento no lo oficializa hasta “Luces de bohemia” (1920), será en 1919, con la publicación de su poemario, “La pipa de Kif”, cuando asome por entre sus versos la cabalgata esperpéntica que, como un carnaval de desvalidos y desamparados, está por venir. Abordará en esta poética algo tan ligado al simbolismo francés como los paraísos artificiales pero lo hará ya desde la mirada personal del esperpento.

El esperpento, según don Ramón, es, a estas alturas, casi una tradición inventada por Goya en la que valiéndose de la máscara y lo carnavalesco da una nueva visión del mundo. En la escena XII de “Luces de bohemia”, Valle-Inclán hace decir a Max Estrella: “El esperpento lo ha inventado Goya. Los héroes clásicos han ido a pasearse al callejón del Gato”. Y, siguiendo ese ejemplo, así lo expresará en la Clave II de “La pipa de Kif”: “Llevo mi verso a la Farándula”. Y vaya si lo llevó.

Como Goya y como Gutiérrez Solana convierte, en sus versos, al hombre en animal, incluso en objeto, como vemos en “Fin de carnaval”, con un sombrío aire solanesco, o en “Bestiario”, donde el humor se hace carne de animal: “Y la romántica jirafa, /solterona que bebe hiel”.

En verso publicó tres libros, que van desde el modernismo del primero, “Aromas de leyenda”, al expresionismo esperpéntico del último, “La pipa de kif”. A finales del siglo XIX, cuando imperaba en poesía un realismo prosaico surge, por oposición al mismo, un grupo de poetas que, desde la sinceridad, quieren expresarse con belleza y lirismo, cambiando por completo el estilo literario. A esto contribuye Valle-Inclán y, sobremanera en verso, Rubén Darío. Ambos son, sin duda, junto a Manuel Machado, lo mejor del modernismo en nuestras letras. El amor por la belleza y el desprecio de la chabacanería fueron su credo y lo que le hizo escribir: “Sé como el ruiseñor, que no mira la tierra desde la rama verde donde canta”.

Don Ramón María del Valle-Inclán hace de sus historias poéticas y de sus protagonistas una gran farsa, impregnando sus versos de un aroma en el que flota un continuo disparate esperpéntico. En “La pipa de Kif”, en la serie “Medinica”, utiliza como unidad argumental un pueblo español tradicional, con sus matones, sus guitarrones y hasta sus guardias civiles. Es la España más oscura, perdida en sus supersticiones y en sus miedos ancestrales.

Este nuevo estilo de expresión no deja de ser un viaje permanente, entre patético y carnavalesco al absurdo donde, como en el poema “Vista madrileña”, escudriña un mundo extraño y aburrido donde un zapatero enseña a su jilguero a silbar “La Internacional”, una tabernera, en la acera, abre el pericón, una vieja tuerta azota en su puerta…

En este poemario visiona, así mismo, la muerte a través de la marihuana, una sustancia que actúa como mediadora del conocimiento por primera vez en la literatura hispánica. En su “Rosa de sanatorio”, un soneto clásico con el que cierra el poemario, reflejará su paso por la mesa de operaciones y viajará al paraíso de la inconsciencia tras haberse paseado por todos los paraísos artificiales en los pareados decasílabos de “La tienda del herbolario”.

      ROSA DE SANATORIO

   Bajo la sensación del cloroformo

me hacen temblar con alarido interno,

la luz de acuario de un jardín moderno,

y el amarillo olor del yodoformo.

 

   Cubista, futurista y estridente,

por el caos febril de la modorra

vuela la sensación, que al fin se borra,

verde mosca, zumbándome en la frente.

 

   Pasa mis nervios, con gozoso frío,

el arco de lunático violín;

de un sí bemol el transparente pío.

 

   Tiembla en la luz acuaria del jardín;

y va mi barca por el ancho río

que separa un confín de otro confín.

A pesar de la profusión de curiosidades que le acompañaron, nunca dejó que aflorará su verdadera personalidad, como demostrará en la hora de la muerte. No en vano Manuel Azaña, que tanto y tan bien le conoció, dijo que Valle era “el hombre más altanero del mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su verdadero sentir”.

Toda su complejidad aparente, su dandismo pobretón y amadrileñado, sus blasones celtas, se desmoronan frente a la muerte con la simplicidad del que afronta un mero trámite. Cuentan de este gallego universal, de este marqués de Bradomín, bueno, católico y sentimental, que en la hora de su marcha definitiva un infausto día de 1936 sólo acertó a decir: “¡Cuánto tarda esto!”.

Yo simplemente diría las palabras de Shakespeare a la muerte de César: “Éste fue un hombre. ¿Cuándo nacerá otro?”                                    

Don Ramón en su testamento, pese a la altura de las torres de la catedral de Santiago de Compostela, con todos sus ángeles de piedra, y al catolicismo a ultranza del marqués de Bradomín, deja escrito que se le entierre civilmente. Parece mentira, pero supo separar literatura y vida. Él, que de su vida no había hecho más que literatura.

Este inmenso personaje y literato, este hombre con barbas de chivo, este viejo cascarrabias era un hombre de presencia espectral, cuya sombra le perseguirá, cosida a sus botines blancos, eso sí, sin cordones, más allá de la muerte. Este dominador del lenguaje, que ya hiciera exclamar a Unamuno: “Esa lengua castellana que para don Ramón no es madre… ¡Es hija!”, renovó e innovó la literatura.

Y es que este don Ramón, dotado de una vena irónica, se erige como un santón estrafalario sobre el panorama prosaico de una época gris. Una época en la que el dictador Miguel Primo de Rivera dirá de él, en una nota pública: “Eximio escritor y extravagante ciudadano”. Pero qué podían pensar de un hombre que perseguía un nuevo estilo y veía el mundo a través del humo azul -como el verso de Víctor Hugo- de una pipa de kif. Un mundo, como su pluma, cada vez más actual y menos, a pesar de sí mismo, extravagante.

Yo siempre lo veo paseando entre la hojarasca otoñal por el parque de la Herradura de Santiago de Compostela.

Siempre fue fiel a los suyos e hizo bueno el lema de su estirpe, el que lucía en el palacio de sus antepasados: “El que más vale/no vale tanto/como vale Valle.”

Juan Francisco Quevedo

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ALFREDO JURADO JARDÍN DE PARACELSO – Juan Francisco Quevedo

ALFREDO JURADO

JARDÍN DE PARACELSO

ALFREDO JURADO

JARDÍN DE PARACELSO (2018)

Con más de quince libros a sus espaldas, el poeta Alfredo Jurado Reyes acude al mundo editorial con una nueva obra, un libro de poemas que ya es sugerente desde que leemos el título “Jardín de Paracelso”; pareciera que ya desde ese preciso instante el autor quisiera advertirnos de lo que después encontraríamos en el interior, ese equilibrio homeostático que el alquimista preconizaba para mantener un cuerpo sano. Alfredo Jurado lo transmuta, como creyó el sabio haber transmutado el plomo en oro, en una búsqueda de la sabiduría interior a través del conocimiento, a través de la unión con la naturaleza. En esa compleja relación a la que se llega desde la naturalidad y la sencillez, el hombre, el poeta, encuentra el equilibrio y la paz.

Desde el inicio de la lectura somos conscientes de algo a lo que Alfredo Jurado no se puede sustraer, de su origen, de esa esencia andaluza y cordobesa que nos invita a dejarnos embriagar con unas palabras por las que rezuman sin complejos y con devoción la cal, la luz y el olor de los pétalos de las flores de unos jardines que nos remiten al alma de esta tierra. Todos los versos son un canto encendido y lírico destinado a plasmar un retrato que, al fin y al cabo, parece no ser otra cosa que el reflejo de su autor, del poeta.

La cita de Paracelso con la que se abre el libro ya es, en sí misma, una señal, un guiño hacia el lector, para desvelarnos una buena parte de la intención y del corazón de una obra que nos llena de belleza, de belleza formal por el dominio exquisito del léxico y de entusiasmo vital y serenidad por lo que nos transmite, por el contenido. Desde los primeros versos hasta los últimos nos recuerda esa fecunda época de los descubrimientos a través del empirismo, cuando éste se impuso a la superstición y a las milagrerías, unos tiempos en los que la experimentación no sólo se aplicó a la ciencia, sino que traspasó esas fronteras para alcanzar las de la religión y el pensamiento. Pareciera que el poeta se apropia de ese sueño ilustrado, de ese siglo XVIII en el que el hombre aplicó ese empirismo continuo a su manera de estar en el mundo, a su manera de pensar, de vivir, de amar, de saber. Desde “Exordio” se explicita una clara invitación a vivir viviendo, a no encapsularse tras el parapeto de lo ficticio, a como dijera Kant arriesgarse a conocer por uno mismo, pareciera que nos volviera a decir, “Atrévete a saber”.

“El alma es pronunciar el nombre de las cosas, /llenar nuestra mirada de todo lo que amamos /impregnarnos de auroras, de nostalgia, latidos/que sustentan aquello que estimamos; /aquello que nos llena de cordura, /semejante a un torrente que anega las arterias; /proceso que nos hace transitados de vida”.

En esa búsqueda constante a través de lo vivido, la voz poética se centra y da un valor necesario a lo cotidiano, a lo más banal y trivial, a las pequeñas cosas que llenan nuestro día a día y nos colman sino de alegría, sí de quietud. Cada nuevo amanecer es como un nuevo milagro, un constante redescubrimiento que nos enlaza a la vida, que nos quiere exculpar del final que preconizara Céline: “Sólo queda el sentimiento de no haber hecho algunas pequeñas cosas. Uno ya no es sino una vieja linterna de recuerdos en una calle por la que no pasa nadie”.

El poeta lo refleja con sabiduría desde la “Tenue Levedad”, con predominio de versos de arte mayor, de versos alejandrinos que inundan el libro: “Transparente cristal para los ojos, /la espera cautelosa de las amanecidas, /cuando se abre el hibisco nuevamente en su talo. /Tenue luz en la tarde, tímida y agotada/para la levedad de los jazmines; /breve luz que ilumina la flor de cada día”.

Como no podía ser menos, y atendiendo a esa racionalidad de la que nos hacíamos eco, también forman parte de la vida las desilusiones y contrariedades; un “Jardín para el invierno” que siempre nos acecha: “Una sonata triste consigue apoderarse/de nuestro corazón y lo enmudece, /ya que también se ausenta el estornino, /dejando aquel entorno desprovisto de un canto/de vida inagotable”.

En este tono progresamos por la lectura entre homenajes claros al oficio de ser poeta, hacia esas palabras “que caen temblorosas de los árboles”, hacia la paz y la calma que nos brindan y nos proporcionan el paisaje y sus sonidos, en una armonía plácida. La naturaleza forma parte de una vida que se satura “como una esponja inmensa que se bebe la luz”.

Las referencias a la naturaleza se prodigan con generosidad y nos llenan de emociones, de sensaciones que nos recuerdan el didactismo de Horacio, el de aprender disfrutando.

Eso son los poemas de Alfredo Jurado, una experiencia entusiasta de amor por la tierra, a la que vive tan pegado y adherido, que pareciera camuflarse y confundirse en y con ella. Nos transmite esa emoción con nitidez logrando trascender el ámbito de su territorio, ya que el sentimiento de amor hacia lo que tenemos y sentimos como nuestro es universal, por lo que le es muy fácil conectarse con el lector, un lector que se deja envolver por la fascinación hacia lo primigenio, hacia el latido de la tierra. Y lo hace el poeta desde un lirismo clásico: “Un pañuelo de luz se va encendiendo, /matiza de amarillo el filodendro, /que trepa hasta el alfeizar”.

“Al bies de la nostalgia” es el título de la segunda de las tres partes que contiene el libro. En ella se reafirma la voz poética, desde otra óptica, en una apuesta por la vida interior, por llenarla y enriquecerla porque “un pálpito de vida para el alma/renace cada día, cada instante”.

Un lenguaje puro, lleno de imágenes delicadas y potentes, de palabras hermosas, como el lirismo poético que desprenden, anegan un libro que nos muestra a un poeta que domina la versificación con maestría; oficio e inspiración se aúnan en una alquimia perfecta: “Anduvo por la orilla con sendos pies descalzos, /allí donde las piedras arpegian la garganta/del agua y el molino; donde acallan las ranas/sus cantos estridentes para cualquier presencia. /Donde el sauce se agota con la sed del estío, /donde expone la nutria la muaré de su vientre/para la luz del Sol.”

La tercera y última parte del libro, titulada “Horizonte perdido” se abre con un “Preámbulo” que sucede a ese “Exordio” y a ese “Prefacio” que inauguraban cada comienzo. En el silencio de las calles solitarias y centenarias, el poeta sublima la paz meditativa que nos hace olvidar que la vida nunca se para: “Glosar la intensidad de los instantes, /sensaciones sutiles, las aceifas de luz/que inundan la mirada; /encomendar el alma al dios que habita el arco/de la enjuta atalaya”.

En un paseo, el poeta parece acompañarse de ese otro, de su otro yo, en el que se desdobla en un diálogo consigo mismo, que bien pudiera ser su conciencia. Con ese compañero fiel “Deambulamos al par por las aceras, /que nos llevan de nuevo hasta extramuros, /paseamos el silencio de las calles estrechas, /y en ello presentimos/que aquella soledad que practicamos/nos presta compañía y elocuencia”.

Siempre se habla con ese ser que llevamos cosido a los zapatos, el mismo que le hace, que nos hace, retornar a la racionalidad que revolotea por el libro: “Si a veces le confieso que en los atardeceres/se me abre para el alma una ventana, /que da la libertad para algún ave/que me habita en el pecho, me exhorta a la cordura”.

Al acabar la lectura de este “Jardín de Paracelso” uno podrá cerrar las páginas físicas pero siempre permanecerán abiertas las emociones que han desprendido; esas permanecerán en la conciencia del lector como un amarre al que asirse para rescatarnos de la prosaica existencia que nos atosiga.

Alfredo Jurado, el hombre, el poeta, nos regala unos versos en un libro muy hermoso, en el que se condensa la verdadera esencia del arte de la poética, una poesía que se brinda al lector sin trampas ni artificios. Un libro de un poeta verdadero.

Juan Francisco Quevedo

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JUAN MANUEL PUENTE, VIDA Y OBRA-Juan Francisco Quevedo

JUAN MANUEL PUENTE, VIDA Y OBRA

SEPTENTRIÓN EDICIONES-2018-

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JUAN MANUEL PUENTE, PRIMER ARTISTA BIOGRAFIADO EN LA NUEVA COLECCIÓN DEDICADA A CREADORES CÁNTABROS. ESTÁ EDITADA POR SEPTENTRIÓN EDICIONES Y LLEVA POR TÍTULO COLECCIÓN BAÑARES. EN ESTE PRIMER NÚMERO SE PROFUNDIZA EN LA VIDA Y LA OBRA DEL PINTOR DE MAZCUERRAS

 

Siempre que aparece una nueva colección editorial sobre arte se abre una refrescante ventana a la cultura desde la que se puede acceder a la vida y obra de los artistas seleccionados para formar parte de ella. Es el caso de la Colección Bañares, que sale a luz de la mano de Septentrión Ediciones con la intención de dedicar diversos libros a diferentes artistas cántabros.

El primer número de esta interesante propuesta está dedicado a un pintor que es toda una leyenda dentro del mundo pictórico y artístico de nuestra comunidad, tanto como creador como por su actividad cultural al frente de la mítica Sala Robayera, emblemático lugar al que han acudido a lo largo de estos años artistas que gozan de un gran reconocimiento internacional. Me estoy refiriendo a Juan Manuel Puente, un hombre que va mucho más allá de sí mismo, un hombre que proyecta su obra sobre el panorama cultural actual con una voz propia indiscutible, enriqueciéndolo y dotándolo de un empaque encomiable que contribuye al desarrollo y conocimiento de lo que desde Cantabria se hace para deleite de los amantes de la pintura.

Pero Juan Manuel no es sólo el artista y el promotor cultural más importante de los últimos años, no sólo es el hombre que ha sabido llevar sus propuestas a un entorno rural, hasta entonces absolutamente desasistido de apuestas artísticas de peso, Juan Manuel Puente es el hombre llano y cercano, el hombre reservado y observador que nos gana con su bonhomía, con su entrañable personalidad. En él se complementan y desdoblan a la perfección el artista de genio claro y el hombre bueno y tranquilo que camina junto a él. Juan Manuel es y será siempre ese amigo callado con el que invariablemente se puede contar al que un día no muy lejano dediqué estos tercetos encadenados:

        PUENTE, JUAN MANUEL

Fue en una tarde de un día cualquiera

de cualquier mes perdido en la memoria,

cuando la luz caía en Torrelavega.

Una vez pude despejar la incógnita

que en sus luengas barbas queda resuelta

descubrí la ancha ecuación de su bondad.

Emerge Juan Manuel entre los ocres

esenciales de una tierra perdida

entre los solitarios horizontes;

aparece por aquellos pigmentos,

el pintor de trazo cierto y preciso,

el que con genio lo plasma en el lienzo.

En la presentación que se realizó en la librería Dlibros de Torrelavega, Juan Manuel Puente hizo hincapié en esa profunda sensación que le ha acompañado toda su vida y que le remite inexorablemente hacia la tierra, hacia esa unión del hombre en ella y con ella; esa percepción sensorial e impalpable la ha llevado constantemente a su obra. Así mismo recordó sus primeros pasos pictóricos con el caballete a cuestas, como los pintores impresionistas, cuando acudía a embeberse y a reflejar los paisajes de su Mazcuerras natal en los lienzos. Esos recuerdos no son más que el inicio de un recorrido vital y artístico que Carlos Alcorta desmenuza con acierto y perspicacia en la biografía que ha trazado de Juan Manuel, un análisis existencial con el que se abre este libro.

Así mismo, en la presentación, Marta Mantecón, que a su vez es  autora de uno de los estudios críticos que acompañan al libro, recalcó la labor de Juan Manuel Puente como dinamizador cultural. Analizó desde esa perspectiva la trayectoria vital que llevó a Juan Manuel a convertirse en un gran generador de propuestas interesantes, en un gran innovador del panorama artístico de Cantabria, sobre todo por su enorme acierto al haber sabido adaptar al entorno rural y a su arquitectura una labor expositiva de alcance, consiguiendo un equilibrio formal entre el paisaje y la obra exhibida.

Desde aquel lejano abril de 1988, en el que el pintor Juan Manuel Puente inauguró la Sala Robayera han pasado más de treinta años y por su sede y por sus salas han desfilado numerosos artistas que no han hecho sino dar un creciente prestigio a este maravilloso espacio expositivo creado por el artista de Mazcuerras. No es fácil olvidar muchos de los nombres que Puente ha traído a la Sala Robayera, hoy tan sabiamente dirigida por Marta Mantecón. Por citar sólo alguno de ellos podemos recordar la presencia en Miengo de Eduardo Chillida, de Luis Gordillo o de Eduardo Arroyo. No olvidando que en la última exposición que se realizó bajo su dirección y supervisión logró traer hasta Robayera al pintor de Tomelloso, Antonio López.

El apreciado y querido director de la sala de arte Robayera nacido en 1951 es poseedor de una dilatada carrera profesional. La primera exposición individual de Juan Manuel Puente está fechada en el año 1971, en Cabezón de la Sal, compartiendo espacios diferenciados con Faustino Cuevas. La siguiente tuvo lugar en el año 1975, en el Círculo de Recreo de Torrelavega. Desde aquellas iniciáticas manifestaciones se han sucedido numerosas muestras de este artista, tanto colectivas como personales, a lo largo de los cuarenta y ocho años que han pasado desde aquella primera individual.

La pintura que Puente venía desarrollando en los últimos tiempos se construía sobre una serie de propuestas que se basaban en la conjugación de la materia como eje primario y fundamental de su obra. Con ese sabor que nos une a lo más esencial, invitaba al espectador a viajar hacia lo desconocido, a dejarse imbuir por el gusto hacia lo que incardina al ser humano con la tierra, con el origen de todo. El pintor alzaba sobre los lienzos paisajes primordiales que nos conducían hacia una naturaleza desolada, en la que los horizontes delineados formaban una parte ineludible, un componente básico, del sugerente y personal panorama creativo de Juan Manuel Puente.

En su última etapa creativa el pintor se adueña de la perspectiva con la técnica del collage, adquiriendo su obra una energía que se manifiesta patentemente en cada una de las composiciones. Estamos ante la mirada personal, observadora y perspicaz de un artista que se encuentra en una época de absoluta plenitud creativa.

Juan Manuel Puente aborda esta etapa artística que vive actualmente con la firme determinación de romper los espacios convencionales. Para ello, fuerza la estructura de la composición con gran elegancia, fragmentando los característicos espacios de su obra con otros materiales que se introducen en la misma, proponiendo nuevas rupturas geométricas pero sin abandonar la gama pictórica que le acercaba a lo más terrenal. Da forma a un universo personal desde el que hace propuestas de lo más sugerentes; de alguna manera cada obra salida de sus manos es una invitación para adentrarnos en su mundo creativo. Desde él, y en él, sumerge al espectador en la madeja de una complejidad que nos absorbe como si se produjera una ósmosis activa entre los collages que ofrece y la mirada del que acude a contemplar su obra. La capacidad para inducir a esa interactividad es una de las consecuencias más inmediatas que advertimos en sus creaciones más recientes. Éstas presentan unos fondos metafísicos desde los que sobresalen, con cortes perfectos, limpios y claros, los diferentes perfiles que consuman la composición.

El artista consigue traspasar los límites físicos para romper los planos convencionales, de tal manera que con su talento creativo las obras adquieren profundidades tridimensionales. Consigue esta materialización espacial la a través de formas y planos que nos llevan a sus característicos horizontes inabarcables, pero con unas connotaciones que, más que a la pintura, los acercan a la escultura y a la arquitectura. De hecho, muchas de sus creaciones serían, por sus formas envolventes, o por sus formas flamígeras, verdaderas esculturas o representaciones arquitectónicas que, como las catedrales góticas, se elevan al cielo. Bien pudieran ser y parecer verdaderos atlantes o cariátides animados que con su altivez, cuando caminan, parecieran rasgar el cielo con la nariz.

Son permanentes invitaciones a romper los límites racionales para situarnos del otro lado del espejo y descubrir otro nivel sensorial, el del mundo del artista. Todo en su obra es una invitación a la observación placentera.

Los colores que Puente utiliza se enmarcan en la gama cromática que va de los ocres a los marrones, a los que añade el negro y el azul, con impregnaciones discretas y nada llamativas; colores que se integran en todas las obras con una elegancia y una fineza encomiable; cualidades que son sello característico tanto del pintor como de su obra.

Juan Manuel Puente permanece sobrio en el color, como ha venido siendo privativo en su pintura, pero siempre con el sabor de la tierra impregnando nuestras retinas y con un toque de distinción como marchamo particular de todas sus composiciones cromáticas. Para alcanzar esas cotas creativas no sólo hace uso del color sino que también se vale de la textura y de las vetas de los diferentes tipos de papel así como de las múltiples variedades de los cartones que, en una sabia combinación, acabarán componiendo el collage. Con sus composiciones nos lleva y nos transporta a lo primigenio, a esa unión espiritual con lo básico del mundo pero, a su vez, con lo único que se mantiene inalterable. Es un regreso a la propia y verdadera esencia del hombre, a la unión de éste con la tierra.

Antes lo  conseguía en gran medida gracias a esas pinturas que elaboraba con sus propios medios, que confeccionaba, como un nigromante, con la vieja alquimia de las mezclas naturales, a base primordialmente de tierra y óxidos, lo que confería a sus pinturas una riqueza expresiva única y fundamental, que se ponía de manifiesto en cada punto de color, escondido y descubierto entre una relajante y aparente monotonía visual. Ahora, lo logra dando esos matices al papel y al cartón, jugando con los colores, al elegir los tipos de sustrato.

Toda la obra de Juan Manuel Puente es de una pulcritud exquisita; destila honestidad y transmite una imponente y solemne serenidad. Sin duda, un enorme acierto inaugurar esta nueva colección de arte, dedicada a artistas cántabros, con una figura de la importancia de Juan Manuel Puente.

La nueva colección que ve la luz con este primer número dedicado a este pintor, está editada primorosamente por Septentrión. El mimo y el cariño que desbordan sus páginas inmediatamente se trasladan al lector. Nace está colección con pretensiones muy ambiciosas y desde este libro inaugural se vislumbra su alcance e importancia.

Según nos comenta el director de la editorial, Carlos Alcorta, pretende mantener en todos los libros que formen parten de la colección una estructura similar. En primer lugar, una biografía pormenorizada del autor, donde se indagará tanto en las circunstancias personales del biografiado como en una vertiente más crítica del mismo, desde la que se analizará con un espíritu clarificador el conjunto de su obra artística. A continuación irá una selección cuidada y representativa de la trayectoria creativa del autor. Posteriormente se verá acompañada y complementada por un estudio crítico realizado por diversos autores que harán una introspección analítica de su mundo creativo. Finalmente los libros de la colección se rematarán con una serie de fotografías personales y con un amplio currículum del biografiado.

Este primer volumen de la colección ha despertado un gran interés y ha constituido todo un éxito tanto para la editorial como para el artista que inaugura la serie. Ahora se espera con ilusión los siguientes números.

Juan Francisco Quevedo

 

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LOS SECRETOS EN EL PALACIO DE FESTIVALES DE SANTANDER- Juan Francisco Quevedo

LOS SECRETOS EN EL PALACIO DE FESTIVALES DE SANTANDER

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LOS SECRETOS EN EL PALACIO DE FESTIVALES DE SANTANDER

La primera vez que escuché a este grupo fue allá por los ochenta. Estaban en pleno éxito; no recuerdo muy bien si con su “Déjame” o con la prestada “Sobre un vidrio mojado”. No tardaron en salir por aquella tele pública que todos los de mi generación veíamos y comentábamos. Claro está, no había otra.

En principio, pensé que se perderían en el olvido tras un par de canciones de éxito como tantas bandas y cantantes de aquellos años, pensé que iba a ser un grupo más de aquella loada e insulsa eclosión, más allá de su estética colorida y hortera, que se dio en llamar “movida madrileña”. Un movimiento infantil y sin ningún atisbo cultural de peso, aparte de sus ganas de llamar la atención, del que se salva con elegancia Tino Casal, tanto por su estatura musical como por su porte principesco, así como algún que otro resto de aquel naufragio del que hoy sólo quedan las tonterías de los que enseñan sus vidas de cartón piedra a través de los realitys de alguna televisión. Alguno de ellos, por cierto, haciendo chanza, no sé si guionizada o real, de una ignorancia supina que su partenaire intenta equilibrar con cierta oratoria supuestamente profunda y llena de vacuidades como sus personas o personajes. Es preferible regresar a verla en uno de esos programas que nos remiten al sentimentalismo pretérito -“cualquiera tiempo pasado/ fue mejor”-, presentando “La bola de cristal”. La cuestión es que, probablemente distraído con el hard y el heavy, no vi la clase y el estilo que había en aquellos primigenios chavales que se hacían llamar Los Secretos. A día de hoy todavía hay quien los identifica con la “movida”, pero al margen de la coincidencia que pudieran tener en el tiempo, ni por su estilo musical, ni por sus letras, ni por su estética, ni absolutamente por nada pueden formar parte de aquella corriente divertida, lúdica y vistosa en sus formas y vacua y sin contenido alguno en su fondo.

Los Secretos curiosamente, o más bien las circunstancias que se produjeron en torno a esta banda madrileña cuando se denominaba Tos, son el inicio y los involuntarios precursores de toda la movida madrileña ya que en el concierto homenaje que se organiza en febrero del ochenta a la memoria de Canito, el batería de la banda que acababa de morir en un accidente de tráfico durante la Nochevieja del 79, se reúnen los grupos que originarán este fenómeno.

Los Secretos encajarían, desde luego mucho más y mucho mejor en corrientes más internacionales y con un mayor peso específico como la que se denominó new wave o nueva ola, pero con muchas peculiaridades e influencias que les llevarán a evolucionar de manera significativa, aproximándose al country e introduciendo el banjo en sus composiciones. A esto hay que añadir la influencia mejicana que tuvieron desde el principio.

Tras la muerte del batería y también vocalista Pedro Antonio Díaz en la primavera del 84 el grupo se sume en un silencio del que se rehará tras casi dos años de mudez absoluta. Con la incorporación de Ramón Arroyo a la guitarra, Nacho Lles al bajo y Steve Jordan a la batería a finales del 85 y, posteriormente en el 88 la del teclista Jesús Redondo, el grupo se rearmará y adquirirá una solidez y una eficacia que no hará sino profundizar en la calidad musical de las guitarras, en la potencia y precisión de la batería y en la belleza de las armonías vocales. No se puede olvidar que desde sus primeros discos utilizan guitarras de doce cuerdas, algo que será muy característico de la banda madrileña.

El caso es que por entonces uno ya tenía cierta cultura musical a pesar de su bisoñez, una cultura de lo más ecléctica, donde lo mismo se emocionaba con el “Thick as a brick” de los Jethro Tull que con alguna canción de los Purple o los Zeppelin. Y ya había tenido contacto con el rock nacional.

Unos años antes, no muchos, de encontrarme con Los Secretos yo ya había descubierto el rock español a través de los catalanes Iceberg o el gran Oriol Tramvia, que con su “¡Bestia!” a todo volumen hacía que me desgañitara sin medida por las pistas más atrevidas, pues no era fácil de encontrar por estos lares esta discografía. Eso por no hablar de un catalán de los quilates de Pau Riba que con su álbum doble “Dioptria” me hipnotizó; aparecían figuras verdaderamente estridentes y alternativas como este Pau Riba  de “Noia de porcellana”, y,  dentro del rock más tradicional y purista,  grupos como Iceberg, con la potente guitarra de Max Suñé al frente y el atrevimiento de adaptar el texto milenario del faraón Amenofis IV “Himno al sol” al mundo progresivo y electrificado del rock. Un rock, por fin, de cierta calidad, “made in Spain”. Tras la estela catalana, con su celebrado y mítico Festival de Canet, desde el 75, el gusanillo de hacer música auténtica se extendería por toda España y esta mezcla explosiva generaría la aparición de numerosos y grandes grupos como los cántabros Bloque de Juanjo Respuela o Ñu, donde Molina, quizá el músico más puro y menos corrompido por los tiempos venideros, ejerce de maestro de ceremonias, subido a la genialidad de una flauta juglaresca. Aún lo recuerdo en uno de mis primeros conciertos, allá por el 75 o 76, embutido en la irreverencia de unas mallas medievales, con la lengua de los Stones dibujada allá donde el relieve se hace más evidente y dando saltitos al ritmo de su endiablado aparato de viento por todo el escenario. Y es que no hay manera de entender el rock sin un factor de provocación.

Pero volvamos a aquella Barcelona en la que se cocía la esencia verdadera de la intelectualidad española en todos los sentidos; no se puede obviar que desde allí escribían en castellano, para el mundo, dos premios Nobel, como Vargas Llosa y García Márquez. Por no hablar de tantos otros. Eran los tiempos y el espíritu de la Cataluña de Tarradellas.

Pasaron muchas más cosas, fueron los años en los que emergió un grupo andaluz de los que te dejan cuajado, Smash, con el cantaor Manuel Molina al frente, un músico que poco después se puso al servicio de la hermosa voz de Lole, que con “Todo es de color” cantó a los espacios infinitos. Aparecía por las bambalinas musicales el llamado rock andaluz que de la mano de Triana se hizo, con justicia, inmensamente conocido. Descubrí al grupo y a su “Hay una puerta niña” en un festival que se celebró en la plaza de toros de una ciudad castellana, donde la prensa local, ni corta ni perezosa, se hizo eco del evento al día siguiente con el titular “La cochambre ha llegado a…”.

Mientras Serrat, Joan Manuel, medita cómo sacar buen vino de una cepa enana –“Curro, el palmo”-, es elegido para representar a España en el televisado Festival de Eurovisión. Ahora se debate, en su fuero interno, entre la duda razonable de si interpretar la canción elegida, de título monosilábico, en castellano o en catalán. Esta última opción, totalmente inviable para la época, es la favorecida por su oráculo y él es relegado a un ostracismo del que salieron dos de los discos más influyentes de toda la historia musical de la época, los dedicados a dos poetas malditos para el franquismo, Antonio Machado y Miguel Hernández. Uno que tiene sensibilidad versificadora, todavía está dando gracias porque hubieran vetado la participación de Serrat en Eurovisión. Más que nada por lo dicho, porque aquel confinamiento le permitió sacar dos discos emblemáticos que, de no haber pasado lo que pasó, el cantante catalán tal vez jamás hubiera hecho. Después vino Miguel Ríos y sus “Conciertos de rock y amor” donde hizo una versión encomiable en directo de aquel “Cantares”.

Además de escuchar todas estas cosas, me entretenía y mucho con aquellos grupos a los que más tarde tapó la movida y que salieron de aquel Madrid de cinturón industrial, de aquel Madrid que creció al ritmo de los Planes de Desarrollo y que generó un rock marginal que se hacía en la periferia de la capital. Hacían un rock urbano y desaliñado, directo y sin sofisticaciones. Estos grupos, radiales y radicales, traen un soplo de aire fresco y en sus letras a veces reflejan sus vivencias. Son chavales con poca formación pero con muchas ganas de expresarse y lo hacen, cantando en castellano, a través de un rock duro y eminentemente descarado. Quizás sus máximos representantes fueron los Burning, aquellos Burning del “Jim Dinamita” que decían cosas como aquella de que “no dudes en buscarme/donde haya algún follón/pues donde Dios no existe/allí reino yo”. Nos intentaban hacer ver cómo era la vida donde ellos se acostumbraban a desenvolverse, un lugar donde sólo los chicos duros pueden sobrevivir. Los Burning han sido probablemente el grupo de su época con el sonido más internacional que hemos tenido. Aunque aún sigue por ahí, bien es cierto que se perdió para siempre en la nebulosa de la que emergió.

Descubrir a Los Secretos -no tardé en hacerlo tras aquella inicial obcecación-, fue un encontronazo de lo más inesperado del que todavía no me he recuperado. Hoy, cuando ya apenas no escucho más música que la que me recomienda algún amigo o ponen mis hijos, o sea, Rulo y La Fuga, Pereza, Fito y poco más, sigo fiel a Los Secretos. Han conseguido lo que casi nadie; jamás me aburren ni me cansan como me ha pasado con tantos y tantos que no han resistido la prueba del tiempo y a los ya sólo escucho en viejas reuniones nostálgicas, donde incluso me ponen a un compositor muy poco valorado y con alguna buena canción, al Camilo Sesto de “Amor, amar” y aquella época. No digo más. Ni menos.

En el coche, y viajo mucho cada día, sólo pongo dos Cds, uno de música en inglés, donde aparecen sin orden ni concierto desde los Stones o Roy Orbison, hasta Elvis o Sinatra, pasando por Sam Cooke o el soul de Otis Redding. Sin olvidar a Dylan cantando con Jonny Cash “Girl from the North Country”. El otro Cd es fundamentalmente de Los Secretos, unas veinticinco o treinta canciones suyas con alguna más de Nacho Vega, a la que se une la “Soledad” de El Cigala o el “Veneno en la piel” de Radio Futura.

Hoy en día, con ese enfado constante que nos va poniendo los años, aguanto, a no ser de fondo y en bajo, a muy pocos más.

Con este recital de Los Secretos en el Palacio de Festivales, además romperé una de esas promesas que se hace uno a sí mismo y que nunca se cumple, en este caso la de no asistir nunca más a un directo. Con ellos, volveré a quebrantarla; eso sí sentado y cómodo. Por lo que veo, la única promesa en la que me mantengo firme es aquella que me hice la primera vez que me asomé a un gimnasio. No volver.

Sin duda, volveremos a escuchar a unos músicos excelentes y a un compositor y cantante tan magnífico como Álvaro Urquijo, un músico, fundador del grupo junto a su hermano Enrique, que se ha convertido en un referente musical indiscutible. Puede que no tenga la voz profunda y llena de matices de Enrique pero  posee algo de lo que muchos carecen, un gusto exquisito. Su disco “Con cierto sentido”, es sencillamente inmejorable.

No quisiera dejar pasar la ocasión de hablar de Enrique y “Ojos de gata”, puede ser la excusa perfecta. Una canción que me impresionó, como tantas de Álvaro y Enrique, la primera vez que la escuché; es casi la anti canción por excelencia, con la que se rompe la estética de las estrellas del rock y del pop, una canción con la que el grupo y los hermanos Urquijo se consagran. Desde luego si algo, Los Secretos y sus canciones, no son, es precisamente vulgares.

Espero poder escuchar durante el concierto “Por la calle del olvido”, uno de los muchos guiños que ha realizado la banda a lo largo de los años hacia las rancheras mejicanas y hacia un compositor como José Alfredo Jiménez, al que admiraban profundamente, Enrique en especial; baste como muestra su espléndida versión de “Un mundo raro”.

Mientras disfrute del directo, en un intervalo, seguro que en mi cerebro retumbará la voz de Enrique cuando, convertido en un crooner de los cincuenta, interpretó la bellísima canción de Pablo Milanés “Para vivir”. Después, en una procesión, y no precisamente de difuntos, irán pasando Buena chica, Qué solo estás, Y no amanece, No me imagino, El primer cruce, Agárrate a mi María… Qué gran grupo, qué gusto poder escuchar a Álvaro, al músico, al compositor y al cantante. Y a un grupo como Los Secretos con hechuras de clásico. Sin duda.

Hoy, como cada día en mi coche, tengo una cita ineludible con Los Secretos. Después, tendré otra más multitudinaria. Sólo que a la de esta noche en el Palacio de Festivales no iré solo, como cada mañana, ya que iré muy bien acompañado. Iré con otra enamorada del grupo, con mi hija Claudia. Luego todos seguiremos nuestro camino. Pero a tu lado.

Juan Francisco Quevedo

enrique y Álvaro urquijo

los secretos 2018

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LUIS MIGUEL MALO MACAYA UN POETA VERDADERO – Juan Francisco Quevedo

LUIS MIGUEL MALO MACAYA

UN POETA VERDADERO, UN POETA CON ALMA

UN POETA DONDE EL VERBO SE HACE PALABRA

LUIS MIGUEL MALO MACAYA

UN POETA VERDADERO, UN POETA CON ALMA

UN POETA DONDE EL VERBO SE HACE PALABRA

Con Luis me une una amistad que se remonta más de treinta años en el tiempo, una amistad que nos lleva a una época en la que el mañana aún no existía para nosotros; de hecho, sólo era un discurso con el que nos obsequiaban viejos aburridos y temerosos a los que cada día, por cierto, nos debemos de parecer un poco más. Recuerdo aquel hombre generoso de espíritu, siempre abierto de brazos con los que poder estrechar contra su pecho a los amigos. A todos; hasta a los que no se lo merecieran. Recuerdo a un hombre de anchos sentimientos y de una ternura sin fondo. Le recuerdo envuelto en la niebla de un collado que nos transportaba a la quietud de un valle por el que discurría sin prisa, como la vida, el río Nansa. Fueron tiempos en los que, por ser tan jóvenes, o quién sabe si a pesar de ello, las amistades son más fáciles, aunque aún no se sepa si van a ser duraderas y conseguirán superar la distancia y los silencios.

Recuerdo tu cálida acogida, con la sonrisa, como las puertas de tu casa, siempre abierta, siempre placentera. Recuerdo nuestras comidas y nuestras largas sobremesas en aquel restaurante que tanto y tan bien nos saciaba a diario, Casa César, recuerdo tantos días y tantas noches compartiendo la ternura de los versos de Vallejo, de Manuel Machado y de tantos y tantos que alargarían la lista hasta quedarnos con La palabra de León Felipe, hasta “la última palabra, para tirársela a Dios, con la fuerza de la blasfemia o la plegaria… y romperle la frente… A ver si dentro de su cráneo está la luz… o está la nada.”

Recuerdo su verbo encendido y apasionado en aquellos días, en aquellas noches de, pongamos, digo, es un decir, un invierno del 87, cuando aún éramos inocentes niños del mundo y temblábamos sin temor, conmovidos, con ese hombre que morirá un día, en París, con aguacero. Tal vez un jueves.

Recuerdo bien aquel enero de hace más de treinta años, cuando la nieve cubría con su certera y copiosa llegada el pueblo de Bielva; todavía eran años en los que la luz nos dejaba al amparo de las velas al intuir cualquier tormenta; eso sí, ya sin el encanto gótico de las palmatorias ni de aquellos camisones con gorro de dormir; cualquier botella vacía nos valía para que se asentasen y desplegasen una luz que nos servía para poder recitar a quién, a Cernuda, a Salinas, a Quevedo, a… Tú, siempre de memoria. Yo, con mi desmemoria olvidadiza, revisitando las páginas de cada poeta que desmenuzabas. Tú y yo solos en tantas madrugadas mientras tu hijo Isaac ya dormía en el cuarto contiguo después de haber enredado con nosotros al juego de aquellos palillos endemoniados a los que no se podía ni tocar, salvo que quisieras perder con premura.

Recuerdo aquellas latas entreabiertas, un cenicero repleto y un whisky en la madrugada para luego poder dormir al amparo de la chimenea del salón. Eran días de frío intenso, días sin pan, sin que un triste coche pudiera acercarse a través del metro de nieve que nos cubría. Cubría el paso a cualquiera que osara salir a intentarlo como ahora se cubren de añoranza y nostalgia estos recuerdos que, como una brisa invernal, me sobrevuelan con los años. Estamos en un tiempo imparable que, con su paso firme e inaplazable, nos van hiriendo sin remedio. Después de aquellas fechas en las que gritábamos los versos de Rubén, “yo soy aquel que ayer no más decía”, o nos reíamos con la afectación exagerada que un actor imprimía a su voz al recitar aquello de “¡Ya viene el cortejo!”, vinieron muchos más días, mucho más claros y luminosos, en los que pudimos llamarnos amigos, amigos más allá de las tinieblas del aturdimiento nocturno, mucho más cerca del entendimiento oportuno que se esconde en las conversaciones sosegadas. Y también vinieron muchos más versos. Fuimos y vinimos por los años sin perder un ápice de confianza; ni una sola fisura en el armazón de la amistad. Sólo las verdaderas soportan el paso del tiempo y los silencios prolongados sin resentirse, sin resquebrajarse mínimamente. Siempre estamos ahí, querido Luis. Siempre.

Pero para hablar de Luis, del Luis profundo que se manifiesta en cada una de sus palabras, es imprescindible hablar del poeta; con él, en él, no se puede disociar hombre y poeta; ambos visten el mismo traje y surcan los mismos cielos que cantaran desde Homero a Fray Luis. Para hablar de su poesía podría haber escogido muchos de sus poemas, no de los que duermen el sueño de los justos, esperando que el propio poeta los desempolve de esa cárcel de papel donde reposan inanes en una infinidad de cuadernos, me he tomado la libertad de elegir uno de mis, uno de sus, poemas favoritos. Es un poema de esos años en que aún éramos tan jóvenes y tan insolentes, años en los que la vida aún nos parecía un fulgor maravilloso, un destello mágico que nos iluminaba el camino con su luz cegadora. Como la palabra poética. Este poema lo escribió Luis Miguel Malo Macaya hace casi cuarenta años y para mí es la excusa necesaria para referirme a él y a su poesía.

Una vez que el tamiz del tiempo ha hecho su labor depuradora, y también y sobremanera con la poesía, la lectura de este poema no ha hecho sino confirmarme en lo que pensé la primera vez que Luis me lo recitó con ese decir y esa voz honda que posee: Es un poema que conmueve y emociona, al que además le acompaña una belleza formal extraordinaria que nos conduce hacia lo que podríamos denominar hermosura lírica, en definitiva, hacia la esencia del arte de la poética. Por tanto, en él se funden y confunden esas dos premisas, ética y estética, fondo y forma, que a veces han pretendido enfrentar y que, en mi opinión, deben ir juntas, de manera inseparable, en un armónico equilibrio. Esta conjunción maravillosa siempre se da cuando un poema nace de manera natural, sin intermediaciones intelectuales, como es el caso, con la intención de trascender, incluso a su autor, independientemente de las pretensiones que se tuvieran en el instante de su concepción. El poema, con el vuelo que adquiere, deja de pertenecer al poeta para instalarse en la memoria del lector. Esto ocurre con los versos de este poema de Luis Miguel Malo Macaya.

Parpadea su anuncio
la mañana, y un gris
cada vez más cerrado
viene a dar sobre mí.

La ventana es un marco
de dolor: y hasta aquí
confinó su reproche
mi ansiedad de salir.

Cae Agosto. Y al último
corazón que sentí
se derrumba una fecha
preguntando por tí.

 

Uno, como lector, no puede sino rendirse ante tanta verdad, en cuanto que destila autenticidad, y ante tanta belleza, en cuanto que está plena de sentido poético.

Inmediatamente apreciamos que estamos ante un gran poeta, que posee además lo más difícil de conseguir -ya que el resto se puede adquirir con oficio y dedicación-; posee un sentido rítmico innato que dota a los versos de una musicalidad difícil de encontrar en muchos poetas, incluso en algunos de los consagrados, que son rehenes de una poesía un tanto encorsetada y con una sonoridad un poco escueta, por decirlo con suavidad. Y todas esas cualidades, Luis Miguel Malo Macaya las recubre con algo que poetas de larga trayectoria no han tenido jamás, inspiración. Y es que no basta siempre con empeñarse en ser poeta. Hay que poseer ese algo que se llama inspiración y que no se adquiere con el conocimiento. Simplemente, se tiene o no se tiene. Y Luis desborda por cada poro de su piel inspiración. A raudales. Tanta como sentido poético, dominio de las imágenes y vuelo en sus metáforas.

Cuando fracasa el ritmo en un poema, falla lo más inherente a la poesía; le falta esa cadencia que transporta al lector al mundo poético. Así que no es un disparate decir que si a la métrica manía la acompaña una musicalidad precisa- como si el espacio lector fuera el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York, y de los versos saliera el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta-hasta el oído más díscolo lo agradece. Y con Luis proliferan los lectores agradecidos.
Luis Miguel Malo Macaya pertenece a esa vieja escuela de los poetas que no dudan en calzarse las mallas y transformarse en juglares del verso para captar con su especial mirada las variantes caleidoscópicas que se esconden en las imágenes más cotidianas. No olvidemos que tuvo como maestro al más grande de todos ellos-en palabras de Buero Vallejo- a Fernández Cueto, conocido por Pío Muriedas, y que le prologó el libro del que he extraído este poema. Escuchar declamar al viejo actor de La Barraca, al que tantos poetas, desde Lorca a Aleixandre, pasando por Blas de Otero o Celaya, le dedicaron versos y poemas encendidos, era un placer y una delicia. Amén de un privilegio. Y Luis era de esa escuela de poetas rapsodas que crecieron al calor de la voz de Pío Muriedas.
Y con Luis me han dado muchos amaneceres disfrutando de sus cualidades como poeta y como declamador vehemente, cuando era necesario, de versos. De esos tiempos, en los que, como decía al inicio, éramos tan jóvenes, recuerdo con ardor juvenil unos endecasílabos de Luis que solían ser recurrentes y que solíamos soltar a última hora de la noche, o a primera del amanecer, a cualquier incauta a la que aún no hubiéramos aburrido.

 

Ya ves de qué manera te lo digo
cuando decir amor ya es decir nada
o cuando no decirlo da lo mismo.
Si puestos a decir te digo amada
puestos a no decir te lo desdigo.

 

Pero volvamos al poema en cuestión, al poema que me ha servido de excusa para hablar del poeta Luis Miguel Malo Macaya. Es un poema de contrastes que nos remite, sin que plantee otra posibilidad, a una melancolía desolada. Lo hace desde el inicio, cuando contrapone la primera luz del alba con la íntima oscuridad que invade a la voz poética. Y esa tristeza se cuela, como decía Pío Muriedas de los versos de Luis, en nuestra mente de puntillas. Y se instala en ella para quedarse. El poema prosigue con una dolorosamente hermosa metáfora que conduce al poeta a refugiarse en sí mismo, en su mundo interior, alejándose de lo que existe más allá del marco de esa ventana que bien pudiera ser el cordón umbilical que hasta entonces le había unido al mundo. Se cierra con una voz dolida, con un corazón incapaz de volver a sentir, al menos más allá de esa enigmática sombra a quien se dirige.

Dominando en esta bella composición, de principio a fin, el heptasílabo y rimando los versos pares en asonancia, mantiene ese ritmo cadencioso que caracteriza a la poesía de Luis Miguel Malo Macaya. En estos tres cuartetos se encierran no solo unos versos capaces de hacer vibrar las fibras que nos conducen a la emoción poética, sino que en ellos se intuye a un poeta que se refugia en la poesía para que le rescate del desencanto al que le ha llevado, quizás, la decepción y el desengaño.

Quiero acabar recordando al poeta clásico, al gran hacedor de sonetos que es Luis. Y nada mejor que hacerlo con uno de los que vienen en su último libro de versos, A mi indebido tiempo, editado por Miguel Ibáñez y Luis A. Salcines en la colección A la sombra de los días en el año 2017.

Quiero hacer un soneto como Blas

de Otero, poderoso y consecuente:

un soneto que golpee la frente

del que lo lea, no un soneto más

 

o menos parecido a los demás

sonetos al ornato de mi frente:

un soneto al paredón, valiente,

sin tabla rasa que dejar atrás.

 

Un soneto cual él me lo escribiese

humana y fieramente humano

y redoblado en mí de su conciencia.

 

Irredento soneto en puño y mano

tendida a todos, y en su incomplacencia

que saliese a la calle y escupiese.

Los recuerdos imborrables que nos dejaron aquellos años de versos inflamados, madrugadas interminables, ceniceros repletos y copas vacías, se condensan en versos como éstos. Versos, querido Luis, que ya no son tuyos, son de aquellos lectores que nos dejamos atrapar por su lirismo, por su verdad y por su belleza. Valores, por cierto, a los que con cada relectura descubrimos un nuevo e insospechado significado.

Salud y abrazos poéticos y personales, querido Luis Miguel, querido amigo, querido poeta. Ahora y siempre.

Juan Francisco Quevedo

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DEL MOVIMIENTO HIPPIE AL ROCK Y DEL ROCK AL PUNK PASANDO POR EL HEAVY I-Juan Francisco Quevedo

DEL MOVIMIENTO HIPPIE AL ROCK Y DEL ROCK AL PUNK PASANDO POR EL HEAVY

DROGAS, SEXO Y ROCK AND ROLL

EL GRAN NEGOCIO QUE RODEÓ A LA MÚSICA DE LOS SESENTA Y SETENTAIMG_20181224_092604

DEL MOVIMIENTO HIPPIE AL ROCK Y DEL ROCK AL PUNK PASANDO POR EL HEAVY

DROGAS, SEXO Y ROCK AND ROLL

EL GRAN NEGOCIO QUE RODEÓ A LA MÚSICA DE LOS SESENTA Y SETENTA

PARTE I de III

Los años cincuenta se extinguían ahogados en su propia mediocridad. Los sesenta aullaban por derribar de un alarido todas aquellas puertas que permanecían cerradas desde que el ser humano pobló la tierra. Los sesenta corrían sin freno para irrumpir en las aburridas vidas de la generación que surgió tras la guerra mundial e inundar de amor y paz sus corazones. Un nuevo espíritu estaba a punto de desbordar el mundo y de asustar, desde su explosivo empuje, a las mentes instaladas en un pasado a punto de volar por los aires. Tras esta década, para una gran cantidad de personas, ya nada volvió a ser igual. Para bien o para mal.

El aliento yonqui del tío Bill Burroughs caminaba por la angosta senda de un perdedor como Charles Bukowski, ese poeta brutal y tierno, descarnado y lírico -“Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas”-, tal vez autor de un realismo demasiado sucio y feroz para los tiempos de civismo e igualdad que se avecinaban. A pesar de todo, encajaba a la perfección en la estética rompedora de aquella corriente que era heredera directa de los beatniks; era como si recibiese de ese grupo de inconformistas alienados “el abrazo imposible de la Venus de Milo”, que dijera Rubén Darío.

“Oigo el agua

las noches que consumo bebiendo

y la tristeza se hace tan grande

que la oigo en mi reloj”

                                  Charles Bukowski (Culminación del dolor)

Mientras en una aislante y solitaria oficina de correos, Charles Bukowski esperaba su ocasión para mostrarnos sus versos, Ginsberg corría con el manuscrito de Burroughs de editorial en editorial dispuesto a hacer saltar por los aires las conciencias bien pensantes, dispuesto a escandalizar -“El almuerzo desnudo”- con sus experiencias lisérgicas y psicodélicas a una sociedad nada habituada a los excesos. Todo ello, no conviene olvidarlo, en un país en el que durante aquellos años el ácido era totalmente legal.

“He visto medir la vida por las gotas de solución de morfina que hay en un cuentagotas”. William Burroughs (Yonqui)

En el corazón de los sesenta, en medio de esta eclosión literaria cuyas obras serán los libros de cabecera de la generación que estaba a punto de tomar la calle, surgirá una música que arrasará y conquistará a la juventud del mundo, el rock en todas sus variedades, incluso en su versión más salvaje, el heavy metal. Esta derivación tendrá el mismo nombre, tal vez casualmente, que el personaje de una novela -Nova Express– de Burroughs. El personaje se llamaba “The heavy metal Kid”.

Pero por el momento los jóvenes de entonces se disponían a dinamitar con sus ideas la cultura oficial y oficialista, la manera de ver y afrontar la vida y además, todo ello, aderezado por la música más bárbara que nunca hubiera existido. Muertos los cincuenta, los sesenta aporreaban, para derribarla, la puerta de la nueva década.

“La generación que anda alrededor de los veinte años se sublevará contra la gente de alma hórrida”.   Ortega y Gasset

Y después vino una larga historia -tan larga como la sombra del poeta colombiano José Asunción Silva al recordar en “Nocturno” a su hermana muerta-, hasta que posteriormente el mundo se colapsó con el ritmo del rock metido en el cuerpo, con el espíritu hippie -el “flower power”- de paz, amor y música que estaba por llegar, y con Kerouac “En el camino” y el desesperado “Aullido” beatnik en las venas de toda una generación.

“He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas,                                                                                                                                           histéricas, desnudas,

arrastrándose de madrugada por las calles de los negros buscando el pico rabioso”.     Allen Ginsberg (Aullido)

Cuando en 1960 se miraba a través de los barrotes de una sociedad aburrida, oprimente y opresora, los jóvenes querían volarlos para contemplar un mundo menos gris y envarado; vislumbraban un futuro lleno de colores chillones, de bordados explosivos, de luz y de celebraciones primaverales. De repente pareciera que todo lo que no fuera a tono con los tiempos que soñaban aquellas nuevas generaciones balbuceantes se hubiera vuelto viejo, obsoleto, caduco y anacrónico, tan podrido como les pudo resultar en los años veinte a los muchachos de la Residencia de Estudiantes, Buñuel, Lorca, Pepín Bello y compañía -Dalí incluido- todo lo que les rodeaba y representaba un orden de pensamiento y de estética antiguo: ¡Putrefacto!

Lo que ellos representaban con un burro muerto, ideado y plasmado por Dalí, éstos lo hacían con el símbolo, ideado por Gerald Holtom y apoyado por Bertrand Russell, que encarna la apuesta por la paz y que al principio sólo quería representar la lucha a favor del desarme nuclear.

Aquella revolución surrealista y castiza de los residentes, sin contar aún con el refinamiento marxista y parisino de Breton y compañía, no fue más allá de una élite ilustrada; sin embargo, la revolución que se avecinaba, con una música nueva como estandarte, arrastraría multitudes y su espíritu desinhibido y comprometido se extendería por el mundo en movimientos espontáneos contra el racismo, las guerras y el poder tradicionalmente establecido.

La juventud más entusiasmada que haya existido nunca estaba a punto de rebelarse contra un sistema obsoleto y anquilosado en sus estructuras. Y todo ello impregnado con el halo imprevisto y aventurero de lo inciertamente apasionante. Para todo, incluso para experimentar con las drogas; se trataba de acabar con todo lo anterior y partir de cero. Se avecinaban tiempos de cambio, un tanto peligrosos y acelerados.

“La juventud necesita romanticismo”. Nikolái Bujarin.

Por supuesto, en esa lucha hubo que pagar un doloroso peaje que en su forma más auténtica acabó con aquel sueño de libertad, con la esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste el espejismo que inundó el planeta de flores y cánticos alegres a la luz de las hogueras. Con aquel regalo envenenado se perdió, quizás, la oportunidad de haber hecho del hombre un ser más libre en una sociedad más justa.

“Quien te mal faz mostrando grand pesar

guisa como te puedas dél guardar”

                                            Don Juan Manuel (El conde Lucanor)

Hoy, en su estado más puro, sólo quedan pequeños restos del naufragio recibiendo en sus cabezas corajinosos palos de ciego mientras deambulan, solitarios, como pequeños conejos extraviados. A pesar de todo, a pesar de estos retales deshilachados, conviene recordar que hubo un tiempo, allá por los sesenta, en el que el poder establecido y la sociedad puritana que lo sustentaba se sintió amenazado por un grupo de jóvenes melenudos, extraños en sus formas y maneras, amén de impredecibles.

“Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad y la represión que encubre”

                                    Herbert Marcuse (El hombre unidimensional)

Cuentan que por aquellos años se fabricaba un excelente L.S.D. en las, no lo olvidemos, factorías legales del químico Owsley Stanley, un hombre entregado tanto a la causa de su negocio que acabó encargándose del sonido del grupo californiano más pasado que haya existido, los Grateful Dead que aún en el 2015, ya sin Jerry García, tocaron “Sugar magnolia”.

Desde San Francisco, se fue extendiendo esta manera de ver la realidad, evidentemente distinta, tanto en su percepción real como en las emociones cerebrales, a través de un viaje lisérgico o, como se decía entonces, psicodélico. Eran años de permisividad donde el L.S.D. se consumía, junto a la hierba mexicana -marihuana-, en estos ambientes de libertad y juventud, con total naturalidad.

“La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres”.     Manuel Azaña                                                                                         

En el 66 existía un gran mercado de la droga, todo un supermercado legal –The Psychedelic Shop-, donde se encontraba, además de estas substancias, los utensilios más variados para consumirlas; podía comprarse desde una cachimba hasta unos libros que les ayudaban a iniciarse en el camino de la psicodelia. Precisamente en ese ambiente de luz, decibelios y ácido nacerá el rock psicodélico, esa ensoñación cerebral con la que no sólo se hizo literatura sino también música.

La marea hippie sale de San Francisco y se extiende de costa a costa, para estallar definitivamente como un movimiento de masas absoluto en el 67, con el festival de Monterey. Allí se descubrió a Joplin y sobre todo a un Otis Redding -(Sittin`on) the dock of the bay– que cautivó a la flor y nata de un hipismo muy militante y combativo. Poco le duró en vida el reconocimiento pues fallece ese mismo año en un accidente aéreo. Poco más duraría la alegría a todos ellos pues, en un goteo sangriento, fueron escribiendo su propio epitafio desde el aturdimiento pasado de las drogas y desde los excesos incontrolados. Con la voluntad perdida, o disipada entre la enfermedad y el sopor del pico, todos fueron cayendo.

“Hermanos humanos que vivís después de nosotros,

no tengáis contra nosotros los corazones endurecidos,

pues si tenéis compasión de nosotros, pobres,

Dios tendrá antes misericordia de vosotros.”                  

                                                                     François Villon (Epitafio)

Tras Monterey, vendría el mítico y masivo festival de Woodstock. Hasta el lugar, en el estado de Nueva York, se desplazaron los jóvenes de medio mundo, hermanándose los de París con los de San Francisco, los de México con los de Londres y así, sucesivamente, en un mar de manos unidas. Todo sucedió en el año 1.969; fue una inmensa locura, recibida de uñas por la sociedad imperante y mal tratada, a la vez que maltratada, por la prensa más rancia, que era la mayoría.

La importancia de Woodstock va más allá de lo meramente anecdótico ya que, entre otras cosas, sirvió para seguir dando cuerpo a un malestar, pleno de la más displicente de las disidencias, del que ya se había dado cuenta en mayo del 68, en París, así como allá por el 67 en el festival de Monterey.

En Woodstock vieron la luz grandes estrellas, alguna de ellas se dio a conocer al ritmo inagotable de los Beatles. Su canción “Con la ayuda de la amistad” sirvió de carta de presentación a un joven de aspecto y movimientos epilépticos que respondía por Joe Cocker. Sus contoneos convulsivos y su voz cascada y personal impresionaron en aquel multitudinario evento. Luego, ya se sabe lo que fue de él, incluso llegó a ganar un Oscar de Hollywood.

Con él actuaron Crosby, Stills y Nash, aún sin Young, así como unos jovencísimos Creedence -“Proud Mary”-. También Carlos Santana, desde su personal sonido de guitarra, fue capaz de transportar a toda aquella masa de juventud por los acordes de “Evil Ways” hasta el latino ritmo de “Oye como va”. Así mismo, cantó Arlo, el hijo de Woody Guthrie, el gran y combativo maestro del folk gringo. Por entonces, Arlo, ya había cautivado al público americano pero fue allí donde se convirtió en el hippie favorito de América. Aquel festival inolvidable lo clausuró, al ritmo de su particular visión del himno de los Estados Unidos, un Hendrix eléctrico y electrizado, con los acordes encendidos de su maravillosa y envolvente ladyland. Como resumen y colofón de aquella celebración y de aquel espíritu, sólo nos queda recordar la canción de Sly&The Family Stone, “Stand”; desde ella se apelaba a la conciencia universal de cada uno de los jóvenes asistentes.

“¡En pie! Llevas demasiado tiempo sentado.

Hay una continua doblez tanto en lo que posees de bueno como de malo.”

Después vino Altamont, donde nació la leyenda negra de los Rollings Stones, junto a la más que justificada de los Ángeles del Infierno, con su estética y su espíritu matón. En el festival, los Stones presentan su disco “Let it bleed”, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba “Simpathy for the devil” y la brutal presencia en el servicio de seguridad de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nada nunca volvió a ser igual.

He visto arrastrarse por el fango a las mejores mentes de mi generación. Algo así se escribió para los beatnik y algo así se puede escribir para aquella generación de Monterey y Woodstock, que al ritmo de Janis Joplin y los Jefferson Airplane soñaban con un mundo radicalmente mejor. Los setenta mataron aquel espíritu desinteresado, asimilándolo al interés de su causa. Y a los que se quedaron al margen, el sistema los abandonó y pisoteó, pateándolos como cantos rodados, y así fueron dando trompicones, sin voluntad, de ciudad en ciudad, calentándose sobre las rejillas de los metros con la escudilla de la miseria sobre el asfalto, sin más destino que el de ser peones sin rumbo a la búsqueda de una lata de sopa Campbell que calentar en cualquier infiernillo. Hoy ya no queda ninguno de aquellos desheredados de la fortuna. El frío, los años y las drogas se encargaron de ellos.

“Brilla radiante el sol, la primavera

los campos pinta en la estación florida:

truéquese en risa mi dolor profundo…

que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?”

                                     José de Espronceda (Canto a Teresa).

Pero entonces todo era mucho más natural y rápido; aún no había lugar para las nostalgias disquisitivas. La vida era una huida desenfrenada hacia adelante y el sendero que se iba dejando atrás no era más que la tierra quemada sobre la que se seguía hacia un futuro que tampoco interesaba. Bastante tenían con inundarse de presente.

Enganchados al tren de la rebeldía, estos muchachos hacían jirones el pasado y lo hacían simplemente por eso, por ser pasado. Y, además, un pasado mísero y obsoleto. Cada día era como un regalo; había que vivirlo a tope, por si acaso, no fuera a ser que no hubiera otro.

“Imagina que cada día es el último que para ti alumbra:

Agradece el amanecer que ya no esperabas.”

                                                         Horacio (Epístolas I, 4,13)

Juan Francisco Quevedo

 

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JOHN F. KENNEDY 55 AÑOS DESPUÉS DEL MAGNICIDIO-Juan Francisco Quevedo

JOHN F. KENNEDY

55 AÑOS DESPUÉS DEL MAGNICIDIO

Nunca se conformó el bostoniano Joe Kennedy, padre de J.F.K., con ser uno más en los Estados Unidos de América. Ni él ni su mujer Rose. Lejos quedaban los tiempos en los que sus abuelos tuvieron que emigrar de Irlanda para evitar y sortear la hambruna que se cernía sobre aquellas tierras, muy lejos quedaba ya aquel año de 1849 en el que sus antepasados arribaron a las costas americanas en busca de algo tan elemental como subsistir. Poco supo Joe Kennedy de aquellos sinsabores, más allá de las historias familiares que él ya escuchaba como algo remoto, como una reliquia sumergida en la neblina del pasado. Su padre, Patrick J., era un empresario que saboreaba las mieles del éxito comerciando con licores y flirteando con el Partido Demócrata local; se había encargado, con un poco de suerte y mucho trabajo, de forjar en sus destinos el sueño americano.

El joven Joe Kennedy, futuro padre del primer presidente de origen irlandés de los Estados Unidos, recibió una inmejorable educación en Harvard, donde además se percataría de la eficacia punitiva del mejor y más genuino puritanismo sajón; allí, en aquella elitista institución educativa sufriría el primer y probablemente único revés que le dispensaría la joven sociedad americana. Eso sería algo que jamás perdonaría ni olvidaría; fue rechazado por un miembro de una fraternidad del campus por su origen, por el de aquellos abuelos irlandeses que llegaron a buscar nuevas oportunidades. Nunca se sintió más orgulloso ni más decidido a reivindicar sus orígenes, tanto religiosos como culturales.

Quizás esta contrariedad fuera el germen, la semilla que determinó su empeño en influir políticamente en el destino de su país, quizás fuera lo que le llevó a esforzarse con ahínco en un proyecto inverosímil, hacer que uno de sus hijos, católico y con ascendencia irlandesa, llegara a la presidencia del gobierno más poderoso del orbe. Y por qué no, se diría; al fin y al cabo él bien sabía lo que su familia había conseguido en apenas dos generaciones. Todo era posible en América.

El camino sin duda era largo y la tarea laboriosa. Para ello contaba con su fiel Rose, con la que se había casado en 1914, cuando era la hija mayor del alcalde de Boston, John F. Fitzgerald.

El primogénito de la pareja, Joseph Patrick Jr. era el elegido para tan ardua empresa, era el joven al que preparó con esmero para que pudiese ser todo lo que él jamás pudo aspirar a ser. Los tiempos eran otros y el viejo Kennedy creía ver con claridad que había llegado el momento de que un descendiente de irlandeses católico ocupase la Casa Blanca.

No sería así; al menos no con su primogénito, que moriría en una misión especial durante la Segunda Guerra Mundial. Fue considerado un héroe nacional. Un héroe para su país y una tragedia absoluta para su familia, una familia que sufriría lo que comenzaba a llamarse la maldición de los Kennedy; algo que había comenzado no con la muerte del primogénito sino con el internamiento en un siquiátrico, por culpa de una lobotomía, de Rose Marie, una de las hijas del matrimonio. Allí permanecería durante más de sesenta años, desde 1941 hasta su muerte en 2005. La lista de desgracias acaecidas en la familia sería interminable pero sin duda culminaría con el asesinato, tanto de John, cuando era presidente de la nación, como de su hermano Robert poco después. Nadie duda ya del sino inequívoco de una familia abocada a la tragedia.

Pero vayamos con John, aquel joven que se vio obligado a recoger el legado que se había encomendado a su hermano muerto. Era el segundo de los nueve hijos que tuvo el matrimonio. Este joven que había nacido en 1917 se graduó en Choate en 1935  y en el anuario de fin de curso pusieron, como algo premonitorio, “El que tiene más probabilidades de llegar a presidente”. Posteriormente, fue a la Universidad de Harvard, donde se graduó cum laude con una tesis que llevaba por título, “Por qué Inglaterra se durmió”. Reflexionaba sobre el papel de Inglaterra en los Acuerdos de Múnich de 1938. Tras publicarla se convirtió en su primer gran éxito. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó en la Marina americana, siendo condecorado en diversas ocasiones y regresando a su país como un héroe nacional, como lo fuera su hermano mayor, sólo que vivo.

Con la muerte de su hermano y el final de la guerra, tanto él como su familia se centraron en su carrera política para catapultarle a la presidencia. Lo tenía todo, fama, presencia y dinero. Sólo le frenaba su religión y su origen. Tuvo la suerte de pertenecer a una época en la que la imagen comenzaba a marcar los destinos de la sociedad de consumo; lo era todo y también en política. Primeramente fue elegido congresista y posteriormente, en 1952, senador. Su horizonte político parecía no conocer límites terrenales.

La carrera presidencial, en plena guerra fría, no tardó en llegar para él al imponerse en las primarias como candidato por el Partido Demócrata. El mundo parecía estallar y mientras que Kennedy competía con el republicano Nixon por la presidencia, Rusia y Estados Unidos estaban en otras carreras, la armamentística y la de las estrellas.

Fue el níveo país de la hoz y el martillo el que pegó un fuerte aldabonazo en el cedazo lunar y en los morros de una América confiada a su buena estrella, al conseguir alunizar en su gruyerizada superficie el primer cohete. La carrera espacial no había hecho más que comenzar. Los líderes de los dos bloques en que se hallaba dividido el mundo, tras la segunda guerra mundial, se amenazaban continuamente con misiles nucleares y se entretenían lanzando Sputniks y Apolos al espacio. Era evidente que para estos dos colosos la tierra se había convertido en una pequeña bañera, incapaz de albergar los egos megalómanos de estos visionarios. La conquista de las estrellas parecía una empresa a la altura de unas miras sumamente, nunca mejor dicho, elevadas. La chatarra espacial no había hecho más que comenzar a girar sobre nuestras indefensas cabezas de turco.

La competición ruso-americana por la conquista del espacio –“Aquellos chalados en sus locos cacharros”- me trae a la memoria la historia de la carrera del siempre veloz Aquiles, aquel al que llamaron “el de los pies ligeros”, y de la lenta tortuga. En ella, Aquiles siempre recorrería la mitad de lo andado por la tortuga, una y otra vez, de tal manera que siempre le resultaría imposible alcanzar a la tortuga.

Desde luego, ninguno sería capaz de conquistar el inmenso espacio en el que no somos más que una pequeña mota de polvo; toda esa parafernalia de NASAS y lanzaderas responde a una inmensa mentira que se desparrama entre la inmensidad de un Universo que nos mueve a su capricho. Pero, en fin, algunos quieren jugar a ser Dios y, entre fanfarronadas espaciales, se presentan ante el mundo tal y como Ulises se presentó, en el texto de Homero, a los faecios.

“Soy Ulises, el hijo de Laertes, conocido entre los hombres por los muchos ardides; mi fama ha llegado al cielo.”

A pesar de sus pretensiones lo cierto es que todos ellos reposan en la tierra, muy lejos de ese cielo al que intentaban ascender.

En esas estábamos cuando el gran encanto de los Kennedy, de John, ese play-boy liberal metido a político, asomaba a escena por entre las bambalinas del Partido Demócrata. Estaban a punto de lanzar al corazón de América el discurso de “La Nueva Frontera”, el discurso con el que conquistaría la voluntad del llamado mundo libre.

“Nos hallamos hoy al borde de una nueva frontera, la frontera de los años 60, una frontera de posibilidades desconocidas y de peligros desconocidos (…) La Nueva Frontera está ante nosotros, lo queramos o no…”

Toda esta aparente lucidez, aliñada de grandilocuencia edulcorada, sólo era la avanzadilla de lo que los tiempos de la imagen y el marketing estaban a punto de hacernos llegar y de hacernos tragar. Una nueva época, en la manera de abordar y asaltar, dulcemente, los hogares, en la forma de penetrar en las mentes y en las conciencias de la gente, acababa de irrumpir y se aprestaba a invadir nuestras vidas con la fuerza devastadora de un ciclón. Era, también, la otra cara del llamado por Juan XXIII “signo de los tiempos”, con toda su carga de manipulación. Su maraña se teje sin descanso, extendiéndose hasta nuestros días.

“Cuando la televisión informa sobre algún hecho marginal, en ese momento deja de serlo.” Carl Bernstein

Tal es el poder de mitificación de lo que nos quieren hacer ver como correcto que aún hoy, después de haber transcurrido más de cincuenta años, perdura aquella imagen adorable del presidente J.F.K. Nos dicen, llevó al mundo y, en especial a su país, a liderar un gran cambio social. Pero la realidad es que sólo cambió el envoltorio; todos eran más guapos, más telegénicos y sólo decían aquello que los ciudadanos querían oír. Pero la desnuda verdad es que la situación en el mundo no hizo más que empeorar, aunque justo es reconocer los avances en la lucha por los derechos civiles de las minorías y, en especial, de la minoría negra, oprimida medieval y salvajemente en los contradictorios Estados Unidos de América.

El bueno de John ganó las presidenciales, aunque fuera por los pelos, a un Nixon que cuando le tocó no demostró ser mucho mejor, más bien demostró ser un desastre. De hecho, dicen que cuando dimitió, al abandonar la Casa Blanca, le registraron por si escondía algo entre sus calzoncillos. Lo cierto es que olían a la misma podredumbre que durante años se fue depositando en las alcantarillas del poder. También dicen, y aseguran y dan por cierto, que J.F.K. ganó a costa de facilitar no pocas botellas de licor a multitud de votantes en determinado Estado de la Unión, tal vez Iowa. Para que luego digan que los irlandeses católicos son incapaces de hacer trampas, incluso cuando están borrachos como cubas. De lo que si hay notarios que den fe es de cómo, al poco de llegar, preparó, o se encontró con ella -articulada por la C.I.A.-, la invasión de Cuba y, como consecuencia, se desarrolló la “crisis de los misiles”. Por ella, por su culpa, por su grandísima culpa, estuvo a punto de llevar a este infeliz mundo a una guerra nuclear. Tal vez nunca estuvimos, en la historia, tan cerca de la autodestrucción como entonces.

Bien, pues a pesar de todo ello, hoy sólo recordamos de él, esencialmente, tres cosas. Primeramente, lo guapo que era, después, las fotos de John-Jhon, una jugando en el despacho oval, bajo su mesa, y otra, en posición de firmes -con unos minúsculos pantalones cortos-, despidiéndose militarmente, al paso del féretro de su padre. Por último, al menos los de mi generación, tenemos grabado el happy birthday -mil veces repetido y mil veces visto sin ningún tipo de hastío- que le dedicó Marilyn, en el día de su cumpleaños ante los envidiosos ojos de todo un auditorio, envuelta como una diosa en un ceñido traje que nos insinuaba su hermoso cuerpo. Los dos acabaron despedazados; él por una bala lanzada por Lee Harvey Oswald, en Dallas, y disparada aún no se sabe por quiénes y ella, la pobrecita Norma Jean, la niña de pueblo que se volvió rutilante estrella a los ojos de todos menos a los de ella misma, en su afán iconoclasta y caníbal, por unan pastillas de barbitúricos suministradas aún no se sabe por quiénes. Un crimen por esclarecer, el de John Kennedy, y una sobredosis, tal vez un asesinato, por aclarar, el de Norma Jean, más conocida como Marilyn Monroe.

“(a) thing of beauty is a joy for ever” (“Un bello objeto es un placer eterno”) Keats (Endimión).

Eran los tiempos en los que nos advertían, desde Estados Unidos, de los peligros de esta sociedad opulenta en la que nos inmolábamos. Tras ella, tras su esplendor aparente, una nueva pobreza emergía atravesando toda una generación desmoralizada y sin medios para salir adelante. Empezaba a estar claro que esta nueva sociedad de la opulencia no iba a mostrarse solidaria con los pobres que ella misma generaba y menos en una América entregada al mercantilismo más incontrolado. Las ortodoxas leyes del capital dejaban de lado a todos aquellos seres, para ella despreciables, incapaces, desde su indigencia, de convertirse en potenciales o reales consumidores. Del humanismo liberal, esencia nuclear de los ideales que pusiera en marcha la revolución francesa, se había pasado a un liberalismo económico feroz, tan brutal que ignoraba del todo el humanismo renacentista del siglo XIX. Estos desdichados, cada vez más numerosos, no eran más que el residuo inevitable que esta sociedad generaba. Ante ella, se volvían invisibles. Simplemente era más cómodo para sus intereses borrarles del mapa y, si acaso, verles, ante su enriquecida mirada, como un mal menor.

“…la pobreza subsiste aún. Es, en parte, una cuestión física; quienes la padecen están tan limitada e insuficientemente alimentados, tan pobremente vestidos, viven en unos cuchitriles hacinados, fríos y sucios que la vida es amarga y relativamente breve…

Hacemos caso omiso de ella porque compartimos con las sociedades de todos los tiempos la capacidad de no ver aquello que no deseamos ver”.  John Kenneth Galbraith (La sociedad opulenta)

John F. Kennedy, a pesar de cualquier pesar, cuando leyó este libro quedó impresionado. Al iniciar su mandato se puso manos a la obra y elaboró un plan de medidas concretas para actuar contra la pobreza. Una bala truncó aquello que tal vez hubiera podido llegar a ser un día. Nunca se sabe, pero conviene dudarlo. Y más cuando nos hemos vacunado con grandes dosis de escepticismo, como método preventivo inteligente ante casi todo.

“La independencia del espíritu se obtiene por medio del escepticismo.”  Montaigne (Ensayos).

Nixon había caído, como el U2 de reconocimiento aliado, abatido por la U.R.S.S., ante el vendaval de los Kennedy, ante el ímpetu televisivo, y quizá la trampa, de un embaucador de inmaculada sonrisa, de un, en un futuro no muy lejano, ciudadano berlinés, como John Fitzgerald Kennedy. Los mass-media, con sus nuevas y agresivas técnicas de mercado, irrumpían en nuestras vidas para transformar todo, para intentar, y conseguir, manipular hasta nuestra manera de pensar pero, sobre todo, de comprar -tanto tienes, tanto vales-. J.F.K., con un discurso sensiblero, meditado y diseñado para conmover, desde su aparente naturalidad, impactaba, frente al muro de Berlín, a un mundo que escuchaba gustoso aquello que ya sabían estaba deseando oír.

“Hace dos mil años la frase que más enorgullecía a quien la pronunciaba era soy ciudadano romano-Civis Romanus sum-. Hoy, en el mundo libre, ha pasado a ser soy un ciudadano berlinés”. John F. Kennedy.

Ya asoma por el horizonte demócrata la famosa Nueva Frontera; a sus cuarenta y tres años John F. Kennedy, este hijo de emigrantes irlandeses, guapo, católico, joven, héroe de guerra y millonario, brillaba como una nueva estrella en el firmamento de América. De su estirpe surgirá la primera familia real de Estados Unidos. Aún hoy, muerto, como Bobby, como Rose, como John-John, como…, sigue siendo, la familia de los Kennedy, lo que más se parece a una familia real al uso.

En 1961, John F. Kennedy toma posesión como presidente electo de los Estados Unidos y, con él, se inicia un nuevo estilo de hacer política, aunque en muchos aspectos este nuevo estilo sólo afectará a las formas. Unas formas con las que este pícaro, joven rebosante de “charm” y con una sonrisa impecablemente reluciente, embaucará a los jóvenes divinos del mundo. Su halo de triunfador todavía perdura, sobremanera en viejos progresistas acomodados. Su persuasivo discurso, durante la toma de posesión, ha entrado a formar parte de la historia, de una historia que, como dijera Cicerón, y me repitiera el padre Eliseo hasta la saciedad “… es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

“Y así, compatriotas míos, no preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros; decid más bien lo que vosotros podéis hacer por vuestro país. Colegas míos, ciudadanos del mundo, no preguntéis qué puede hacer América por vosotros, sino qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre”. John Fitzgerald Kennedy (20-1-1.961)

Pocos meses después, tras esta acabada y pulquérrima declaración de intenciones, en la que, en su engreimiento endofágico, asimilaba el continente americano a su país, se producirá el intento de invasión de Cuba. Pronto salía a relucir la bestia que se ocultaba bajo su inmaculada sonrisa de “bon vivant”. Aparecía, como dijera Kant en su obra “La crítica de la razón pura”, “la cosa en sí” –Ding an sich-, o sea, emergía la verdadera naturaleza del ser que sólo la apariencia de su presencia escondía.

En abril, la C.I.A., cómo no, organiza el desembarco, en Bahía de Cochinos, de un grupo de exiliados cubanos. Castro, frotándose las manos, les esperaba inflamado de patriotismo heroico; David contra Goliat. Ambos, como Tántalos modernos, hubieran preferido morir de hambre y sed antes que dar su brazo a torcer. Es otra forma de avaricia y egoísmo, más cruel que la del mito, ya que afecta a todo un pueblo pero, metafóricamente, similar a la que nos describe Petronio en su “Satiricón”. El saldo se libra, para la orgullosa América, con una humillante derrota que el presidente Kennedy intenta asumir como puede. A Fidel poco le cuesta asumir la victoria; al arrojar al mar a los contrarrevolucionarios, henchido de satisfacción, juntó su barba rala a la rala barba del Che y pensó en aquella máxima del Derecho Romano que se recoge en el Digesto: “Dar a cada uno lo suyo”.

Y, quizá, se le vinieran a la cabeza las palabras que pronunciara Niceto Alcalá-Zamora, el primer presidente de la II República española: “No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga”

Tras este desastroso desenlace, la cota de tensión entre los bloques se dispara, alcanzando su máximo nivel al año siguiente, al detectar los aviones espía estadounidenses el despliegue de misiles y rampas de lanzamiento, por parte de los soviéticos, en la isla de Cuba. La llamada “crisis de los misiles” puso a la humanidad al borde mismo de la autodestrucción. Nunca el mundo, víctima de la estupidez de sus dirigentes, estuvo tan cerca de su desintegración física como planeta, de su desaparición como parte del sistema solar. Sólo rememorar aquellos acontecimientos me hace temblar: “horresco referens” (tiemblo al referirlo) Virgilio (Eneida 2,204).

 Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Sólo Nikita Kruschev y John F. Kennedy, con su nuevo y, como se vería más tarde, siniestro escudero, Henry Kissinger, permanecían ajenos a lo que pasaba en el mundo. ¡Qué diablos les importaba! Bastante tenían con echarlo a pique.

“Hay en la humanidad un fondo de estupidez que es tan eterno como la humanidad misma.”  Flaubert

Mientras, Henry, entre asesorar al presidente y asesorar al lobby judío, maquinaba su desembarco en los entresijos del poder y del dinero. Lo mismo le daba que fuera con un demócrata que con un republicano. O incluso, a poder ser, una temporada con cada uno. Eso sí, siempre con el ganador. Este nuevo Maquiavelo se ha ganado a pulso el apelativo de “Old Henry” y se lo debería de arrebatar al pobre Nick. Con Nicolás Maquiavelo ha pasado lo que con tantos, el mito ha superado la verdad de un hombre que, en vida, fue apacible, honesto y tranquilo. Él mismo, desengañado y recluido en el campo, escribe a su hijo unas letras que debieran de servir como ejemplo a todos aquellos que se dedican a “la cosa pública”.

“Quién ha sido fiel y honesto durante los cuarenta y tres años que tengo, poco dispuesto ha de estar a cambiar de naturaleza, y mi pobreza es el mejor testimonio, tanto de mi lealtad como de mi honradez”

Henry prosiguió su agitada vida pegado al poder, e incluso a la llamada prensa rosa, junto a su esposa Nancy, como un cortesano interesado. Sólo que sirviendo, además de a sus propios intereses, a unos intereses abyectos y retorcidos, los del “Old Henry”, que actuaba sin compasión y con la firmeza y determinación de los ebrios por el poder. La imagen de este hombre, vestido, eso sí, de smoking, con sus pequeños ojitos, escondidos tras sus grandes gafas de concha negra, es la imagen de un ser indefenso, nacido para recibir insultos en el patio del colegio. Sin embargo, ya sabemos que la imagen, por mucha importancia que se le quiera dar, sólo es eso, imagen. Y, en este caso, equivocada.

“¿Y qué os diré de los cortesanos? Nada hay más apasionado, más servil, más necio y más abyecto que la mayoría de ellos…” Erasmo de Rótterdam (Elogio de la locura).

Henry, como Luther King, -¡que venga Dios y lo vea!- fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, en una de las más vergonzosas ceremonias que se recuerdan. Se lo otorgaban, decían, por su contribución a la firma, en 1.973, de unos acuerdos de paz, en París, que no hicieron más que prolongar la guerra de Vietnam durante dos años. Este escudero, el viejo Henry, nacido en Alemania, asesoró a todos los presidentes habidos desde Kennedy a Reagan y jamás perdió su influencia.

“La vida es un cuento dicho por un idiota –un cuento lleno de estruendo y furia, que nada significa-.” William Shakespeare (Macbeth)

Antes de morir asesinado, John F. Kennedy aún tiene tiempo de poner en marcha el famoso “teléfono rojo”, con el que se establece una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin. Un temido teléfono, especialmente pensado y diseñado para usarse durante las más que hipotéticas emergencias nucleares. Ahora, antes de matarnos, planean avisarse entre ellos. Será para apretar los respectivos botones de sus inseparables maletines una vez puestos a salvo en sus refugios. En fin, ¡qué Dios nos enganche confesados! ¡Pobre humanidad!, en manos de estos locos de atar: “Estos romanos están locos” Astérix.

El crimen sucedió en Dallas, fue un 22 de noviembre de 1963. Poco después de aquel disparo J.F.K. era sólo historia. Después, descansará, como uno más, en el cementerio de Arlington en Washington, entre las interminables filas entrelazadas de cruces blancas.

Su muerte no fue tanto una crónica anunciada como un desenlace inesperado ante la multitud de frentes que mantenía abiertos. Sus líos con el F.B.I., y con su siniestro y poderoso director, Edgar Hoover, eran del dominio público, así como la intransigencia de su hermano Robert para todo lo que tuviera que ver con el crimen organizado, llámese mafia en todas sus formas. Eran los tiempos de un exilio cubano, en el que, allá por Miami, se daba la mano con el sindicato de transportistas, conectado a través de Hoffa con la mafia y, por tanto, con la enorme tajada dejada en Cuba en torno a la prostitución y al juego. Todo eran intereses muy conectados y, por si faltaba algo, la omnipotente C.I.A. estaba mezclada entre los disidentes cubanos a la espera de una nueva invasión de la isla. Líos y enemigos francos -frente a otros más ocultos- no le faltaban al presidente pero, aparentemente, nadie esperaba un atentado contra su vida. Cualquiera hubiera apostado, antes, por su hermano Robert, el incorruptible e implacable Bobby, el Robert influyente e inteligente, el hermano al que no se podía llegar, ni para sobornarle ni para seducirle, por no ser vulnerable a nada, ya que no se le conocían vicios ocultos, ni privados ni públicos. En poco se parecía a su hermano, del que Hoover tenía decenas de grabaciones comprometidas, toda una colección de cintas en las que Jack se explayaba ante sus fáciles conquistas. Robert sólo se dedicaba a traer, después de sus oraciones, niños al mundo y, por supuesto, del vientre de su mujer, Ethel. Pareciera que su destino inevitable fuera el que fue, aunque unos cuantos años más tarde. Robert moriría asesinado por los disparos de un jordano de cara enrevesada y nombre fácil, Sirhan Sirhan, cuando su carrera hacia las presidenciales no había hecho más que comenzar, en un hotel de Los Ángeles pero, para entonces, ya estábamos en 1.968. Aquel 22 de noviembre de 1.963 aparentemente nadie lo esperaba, al menos en el entorno del presidente, aunque los maledicentes han hecho correr el rumor de que algunos poderosos miembros de la mafia habían reservado hotel, con vistas, para poder asistir en primera fila al magnicidio. Las imágenes mudas del coche avanzando por entre las filas de banderitas y el rostro horrorizado de Jackie al verle caer abatido tras un certero disparo, es el recuerdo ensangrentado, como el pulcro abrigo de su mujer, de aquel día de finales de noviembre. El supuesto asesino fue inmediatamente detenido. Él, Lee Harvey Oswald, un anodino ex marine, fue inmediatamente asesinado por un oscuro personaje, Jack Ruby, dueño de un club nocturno que, tal vez, perteneciera al circuito, controlado por la mafia, de la prostitución. ¿Quién estuvo detrás de los ejecutores? ¿Quién, desde la sombra, apretó el gatillo? Tal vez la verdadera respuesta a la  muerte del presidente se la llevara a la tumba Edgar Hoover, el todopoderoso jefe del F.B.I., un hombre que, como un enorme Grandgousier, recibía a sus agentes embutido en unas mallas a punto de reventar. Cuentan que de esa guisa recibió a un atribulado Lyndon B. Johnson, a la sazón nuevo presidente de un país que más de cincuenta años después aún no se ha recuperado de la conmoción que supuso el asesinato de John F. Kennedy.

Con su muerte, la duda y la desconfianza, así como un sinfín de especulaciones, no harían ya más que contribuir a acrecentar el mito de un presidente que marcó una época, impuso unas maneras y dio lugar al nacimiento de una nueva era, no sólo en torno a la política -qué también-, la era de la imagen. Desde entonces, los políticos feos no es que lo tuvieran imposible pero, desde luego, sí más difícil.

“La pálida muerte de igual modo pisa las chozas de los pobres que las torres de los ricos”. Horacio (Odas 1, 4, 13)

Tras el duelo, un inmenso silencio recorrió la médula espinal  del país, un silencio impregnado por el sentimiento de culpabilidad que se extendía desde el mismo meollo del poder. Pero, todos callaron. Sólo Marilyn pareciera esperar, a pesar del también inmenso silencio que siguió a su muerte, al ingrato amante, con los brazos abiertos, para darle el único consuelo posible, el de los muertos. ¿Quién sabe?, tal vez le recibiera nuevamente aquella espléndida mujer que, años atrás, apareciera desnuda en Playboy, tentada por el objetivo de Johnny Hyde, tendida sobre un lecho de pétalos de rosas rojas. Tal vez, el sueño, en una fotografía, de los jóvenes de distintas generaciones, se hiciera carne, carne temblorosa, en el país en el cual sólo reinan las sombras. Este mito del siglo XX, cuentan que gran admiradora de Tolstoi, empeñada en aprender a través de la lectura, pese a la frivolidad de su imagen, acabó, de alguna manera, devorada por aquello contra lo que tanta energía había empeñado y, sin embargo, terminó engullida por el mismo, por ese mito erótico y sexual en el que, a su pesar, se vio envuelta, incluso después de muerta. Esta preciosa rubia que, siendo ya una gran estrella, tuvo la humildad de apuntarse a las clases de interpretación de Lee Strasberg, alma del Actor´s Studio, murió con la desnudez cándida de los que siempre llegan tarde, incluso a los rodajes, cuando no, a su propio funeral.

“No quiero que me vendan al público como un afrodisíaco de celuloide.” Marilyn Monroe

Oficialmente, una sobredosis de barbitúricos acabó con su vida -a la edad de treinta y seis años- en la soledad de su habitación. Oficialmente, un francotirador acabó con su vida -en la ciudad tejana de Dallas- entre el bullicio de la multitud y en la soledad del asiento trasero de un coche descapotable. Oficialmente, fueron los culpables de algo más, fueron los culpables involuntarios, pero imprescindibles, para que la muerte les uniese para siempre y ¿quién sabe?, tal vez para que les condujese a un futuro común y recóndito. Quizás, ambos, estén agradecidos a sus ejecutores.

“Cuando la memoria lleve tus pasos

al cementerio, rinde culto

reverente al sagrado misterio

de nuestro futuro desconocido.”  Kavafis (En el cementerio)

Pero, en el mundo, había más familias reales, incluso en los Estados Unidos de una América que se enriquece por el norte y se desangra por el centro y por el sur. La realeza de este país, tras la muerte de John, tuvo, aunque por poco tiempo, un nuevo príncipe heredero, a la espera de coronarle con el armiño presidencial, encarnado en la figura saludable, seria y circunspecta de Robert Kennedy. La más que comentada maldición, existente en torno a esta familia, sobrevoló nuevamente sus cabezas tiñendo de escarlata la ceremonia de entronización. Robert saldrá ileso de un atentado; la próxima vez no tendrá tanta suerte ya que los milagros no suelen prodigarse, ni tan siquiera para un devoto católico irlandés. Casi simultáneamente, la Comisión Warren, creada por orden directa del presidente Johnson, da carpetazo a toda la investigación sobre el asesinato de J. F. Kennedy. El veredicto de la misma es un cúmulo de supuestas obviedades que tan sólo tranquilizan al propio estado; nuevamente se demuestra aquello que dijera Napoleón: “Cuando quieras ocultar algo crea una Comisión”.

 En las conclusiones de la citada Comisión se elimina la sospecha de la conspiración y se determina que Lee Harvey Oswald actuó solo, siendo el único responsable del asesinato. Nadie se lo creyó. Es posible que ni tan siquiera ellos mismos, a pesar de haber pretendido ser tan concluyentes. Ahí quedó otro nuevo y fascinante enigma para la historia.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES-Juan Francisco Quevedo

SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES ANTES DE SER THE BEATLES

EL GRAN NEGOCIO DEL ROCK

¡QUÉ AÑOS LOS DE AQUELLOS TIEMPOS!

Alerta

SESENTA AÑOS DE LA PRIMERA GRABACIÓN DE THE BEATLES ANTES DE SER THE BEATLES

EL GRAN NEGOCIO DEL ROCK

¡QUÉ AÑOS LOS DE AQUELLOS TIEMPOS!

Han pasado la friolera de sesenta años desde que unos muchachos que se hacían llamar The Quarry Men, realizaran su primera grabación de un tema propio. La canción llevaba por título “In Spite of All the Danger” y estaba compuesta por dos jóvenes que aún no eran nadie y que firmaban la canción al alimón como Lennon y McCartney. A su vez, un músico desconocido, un tal George Harrison, ya formaba parte de aquella iniciática formación de 1958 que no tardaría en cambiar de nombre. A principios de 1960, adoptaría su denominación definitiva, aquella por la que entrarán en la historia, no sólo de la música rock o pop sino también en la de la historia del siglo XX, The Beatles.

No obstante, aún les quedaba un peregrinaje de dos años por clubs de Liverpool y Hamburgo para comenzar a ser lo que no tardarían en llegar a ser, el grupo más famoso, querido y cotizado de la historia del rock. Primero simplemente fueron una explosión de alegría inconformista que encabezó a una juventud deseosa de cosas nuevas, deseosa de romper con el pasado, y después, y a la vez, se convirtieron en una ingente máquina de hacer y producir dinero, en un emblema propagandístico para el país del que procedían. Tal es así, que a pesar de la aversión manifiesta que suscitaban en el establishment de su país, tanto los  personajes de la alta sociedad como las instituciones de la más elevada raigambre, en cuanto olieron el olor del dinero y las divisas, en cuanto intuyeron que esa marca, así los veían desde la city de los negocios, iba a subir exponencialmente los ingresos de su caja registradora, no dudaron en asimilarlos e integrarlos en la alta sociedad británica.

Y lo escenificaron a lo grande; con el mayor y más preciado de los honores institucionales. La apoteosis, esa ascensión a los cielos como deidades vivas, les llegó ni más ni menos que de la mano de la reina de Inglaterra Isabel II que, con todo el boato de la realeza británica y en el palacio de Buckingham, coronó al grupo como Miembro de la Orden del Imperio Británico.

Y hay que decir que no desmerecieron en absoluto en el ceremonial ya que llegaron a palacio a bordo del Rolls Royce de John Lennon. La monarca inglesa y los más altos dignatarios de la nobleza y del estado les estaban esperando para imponerles la distinción en el gran salón del trono. Sólo tres años antes aún no eran nada, lo que da idea de la marea que generaron en todos los ámbitos; por no hablar de lo mudable y caprichosa que puede ser la fortuna.

Pero regresemos a ese año, al sesenta y dos, un año que para mí, un intruso metido a historiador de los bajos fondos, fue fundamentalmente el año en que cuatro chicos de Liverpool, The Beatles, revolucionaron el planeta con sus canciones y con su estética, con sus trajes negros impecablemente imperfectos e innovadores, con sus corbatas estrechas, sus flequillos igualados hasta las cejas y con una pulcritud transgresora.

Hasta entonces todo lo que había ocurrido, y ya habían pasado algunas cosas en el mundo de la música, baste recordar a Elvis Presley o Bill Haley, no era nada comparado con lo que estos chavales recién llegados de Hamburgo iban a originar en una juventud inconformista que pedía a gritos que detuvieran un mundo que nada tenía que ver con ellos. Ellos también, los Beatles, ya querían habitar uno muy distinto; y a esa aventura se lanzaron con un bagaje muy ligero y muy fácil de transportar: un talento único e inigualable para conseguir melodías geniales, melodías con las que inundarán de felicidad a la juventud de los sesenta. Pero su legado no caerá en el olvido tras esa primera explosividad, tras ese primer golpe de efecto, sino que se transmitirá a las generaciones posteriores de una manera natural, por la propia calidad y calidez de sus temas. Su música y su influencia perduran aún en nuestros días.

En noviembre de este año de gracia de 1.962 los Beatles editan “Love me do”, su primer disco sencillo y su primer número uno. Estos mozalbetes que desde esta ciudad portuaria de Liverpool absorbieron, y muy provechosamente, las resonancias que les llegaban desde los Estados Unidos acerca del rock and roll -Berry, Little Richard, Perkins…-, se convirtieron repentinamente en un referente esencial a ambos lados del continente; con ellos nacerá una nueva era, con ellos nacerán las superbandas de rock. Y será desde esa América del norte, desde unos Estados Unidos consolidados como referencia cultural mundial, desde donde un poeta como Allen Ginsberg, aparentemente de vuelta de todo y con ese halo de profeta beatnik, no tardará en otorgarles su bendición y proclamar a los cuatro vientos que “la conciencia de la humanidad está en Liverpool”. Casi nada.

Y lo dice un hombre que sabe, desde su aullido de la desesperanza y de las promesas incumplidas, del desastre de su patria, de su dolor, de las pérdidas irremediables a las que se vieron arrastrados destruidos por la locura. Pero algo, tal vez la música de cuatro jovencitos de poco más de veinte años, parece estimular al viejo visionario descreído, parece hacerle renegar del desencanto que le ha hecho imaginarse un vagabundo loco. Estos chicos imberbes le motivan incluso más que el viaje sicodélico que le pueda proporcionar una pequeña estrellita de L.S.D., iniciales de la lisérgica droga que acabará coincidiendo con una de las canciones más celebradas de los Beatles y que forma parte del mítico disco, Sgt. Pepper´s. Estoy hablando de Lucy in the Sky with Diamonds.

Aquellos músicos, todavía con cara de buenos en aquel 1.962, se habían granjeado una creciente fama entre los asiduos a los garitos-The Cavern– de Liverpool y ya empezaban a tener un nombre entre la juventud inglesa. Pronto lo tendrían en los corazones de los jóvenes del mundo, de un mundo que creían poder mover y cambiar a base de algo tan sencillo y elemental como dar y recibir amor. Tal y como cantaron años después Crosby, Stills y Nash, a los que se añadió, sin hacerse esperar, el incombustible ahogo nasal de Neil Young –“Harvest”-.

“Cuando no esté contigo a quién amas,

ama a quién esté contigo.”

Así de fácil. Eran tiempos de lucha pacífica y revolución de cuerpos, donde se caminaba a la paz a través del amor y la música. Como siempre, como ya se hiciera, eso sí con no demasiada fortuna, desde que el mundo es mundo.

“Omnia vincit amor” (El amor todo lo vence).

                                        Virgilio (Églogas, 18, 69)

Será en 1.963 cuando los Beatles tocarán en “The Cavern” por última vez. Después, ya nunca nada volvería a ser igual para ellos. El grupo crecía a una velocidad de vértigo y la voracidad de sus fans les impedía completamente algo tan elemental como intentar poner un pie en la calle. De haberlo hecho, de haber tenido esa osadía, lo más probable es que hasta al menos pintado de ellos le hubieran cortado esa extremidad andante para venerarla en sus casas como si fuera una reliquia, como si fuera el apéndice incorrupto de cualquier santo entronizado. Si sus seguidores más fanatizados les hubieran tenido a mano, es más que probable que hubieran acabado completamente mutilados y repartidos por piezas entre la multitud vociferante, tal y como ocurrió con el cadáver de Voltaire, el cual, en plena iconoclastia revolucionaria, al ser paseado por media Francia como monumento a la razón, regresó mediado a París, pues en cada pueblo del camino se le iba quitando algo. Sólo una cosa no pudieron conseguir y quedó intacto: su cerebro. No fue casual; ya había salido de la capital sin él, tras extraérselo para conservarlo en formol como un monumento a la inteligencia. Pues bien, pareciera que esta revolución cambiara, como aquella, unos santos por otros y ahora los santos eran ellos, los Beatles.

Si a Lennon le hubiera pasado lo mismo que al genial Goya; es decir si al ser desenterrado hubiera aparecido en la tumba sin cabeza, seguro que ya hubiera aparecido; claro está, teniendo en cuenta lo que han evolucionado los tiempos. El profanador la hubiera vendido, a precio de oro, en una subasta por internet. De eso no me cabe la menor duda.

Hoy en día, el famoso club de Liverpool donde tocaron los Beatles en sus inicios se ha convertido en un lugar sagrado para aquellos que aún adoramos, a pesar de los años, sino sus cabelleras, sí sus melodías sencillas y pegadizas. Es nuestra inocua manera de ponernos a contracorriente.

“Me encuentro buscando un refugio otra vez

contra el viento.

Soy ya viejo, pero sigo corriendo contra el viento.”

                                           Bob Seger (Against the wind)

De alguna forma, ir a contrapelo, aún en la madurez, no es más que un estupendo estímulo de vida y el rock, y toda aquella endiablada música, lo era entonces y lo sigue siendo ahora.

Paul, John, George y Ringo estaban a un paso de ver medrar sus bigotes, así como de desmelenarse, al ritmo del sitâr de Ravi Shankar, acompañados por las inmensas barbas, canas y floreadas, de los grandes gurús de la India. Pero antes de perderse en la moda orientalista, hubo un tiempo en que creyeron -fue muy fácil verlo así- estar por encima del resto de los mortales. Y, observado desde la distancia del hoy, tal vez lo estuviesen. También, dicen los maledicentes, que en sus borracheras de sabe Dios qué, les crecía tanto el ego que llegaban a sentirse incluso por encima de Él. Y tal vez hubo un tiempo en que también lo estuvieron. Al menos a los ojos de una gran parte de los habitantes de aquel planeta que pretendíamos cambiar al son de su música. Y cambiar, entre otras cosas, transformando la iconografía que había acompañado a la civilización a lo largo de la historia. Los santos, encaramados sobre sus peanas durante siglos, eran descabalgados para ser substituidos por estos nuevos ídolos, más efímeros, más de carne y hueso, pero tocados con ciertos ribetes celestiales que les acercaban a la santidad. Claro está, a esa edad, incluidos ellos, todos creíamos tocar la inmortalidad. Hoy bien sabemos que no; solamente tenemos que mirar, a nuestro alrededor, los añicos desparramados de tanto cerebro de santo roto.

Y América también se rendirá a sus pies, a los pies de los aún chicos buenos de Liverpool. Lennon y su banda llegan al número uno de las listas, con el tema “I want to hold your hand”, a velocidad de crucero, tal y como va su vida; baste comentar que su primer L.P., “Please please me”, lo grabaron en un solo día.

Tras el asesinato de John Kennedy, a finales del 63, los Estados Unidos, sus verdaderas entrañas, habían quedado sumidos en el luto más riguroso; el país pareciera vivir en una inmensa y compartida depresión colectiva. Pareciera que la llegada de este nuevo grupo inglés fuera providencial para contribuir a hacer más llevadera esta pena conjunta.

La locura social que van a provocar en el seno de la juventud americana comienza desde que pusieron un pie en el aeropuerto y continúa en todos y cada uno de sus conciertos, donde arrasan en todas sus presentaciones hasta el extremo de que, en determinados temas, cuesta distinguir la música por encima del griterío. No cabe duda de que el mundo y América están a sus pies. O en sus manos.

Durante este año de 1.964 llegan a ocupar los cinco primeros puestos de las listas más importantes y, tras el baño de egos entre la multitud, llegaría su peculiar evolución, una evolución que comenzará, como vimos, con su visita al regio Buckingham Palace. El dinero y las perspectivas que genera, como siempre, sigue doblegando voluntades y ennobleciendo, aunque sea sólo un espejismo, a sus poseedores. Después, tras ser nombrados caballeros, dejarían atrás su ñoñería cursi, la cuidada y repipi estética iniciática -aunque Paul nunca se desprendió del todo de ella y de Ringo más vale no hablar- y emprenderían desde la maraña de sus barbas desaliñadas aventuras más arriesgadas, tanto musicales como vitales.

Tonteando con las drogas y con los grandes santones orientales, pariendo canciones y aumentando, entre película y película, su legión de seguidores se plantarían, casi sin enterarse, durante el 69, en lo alto de la azotea de los estudios Abbey Road, a tocar “Get back”, con la oculta y siniestra intención de montar un escándalo y ser detenidos por la policía. Leyenda o no, lo cierto es que los tiempos ya habían cambiado y buena prueba de ello es que la policía se limitó a disfrutar de la actuación; incluso alguno de aquellos bobbies no pudo evitar bailar levemente y con cierta dignidad.

Y después, antes de certificar su defunción, llegó la mítica maldición japonesa, en forma de mujer. Cayó sobre los Beatles como una cizaña perniciosa, como antes cayera sobre la humanidad una maldición eterna cuando Eva aceptó la manzana tendida por un demonio en forma de serpiente. Seguro que también con los ojos rasgados.

Luego, los Beatles ya sólo eran historia. Al pensar en ello y mirar hacia el pasado, nos damos cuenta de lo deprisa que fue, y pasó, todo para todos.

“Ayer se fue; mañana no ha llegado;

hoy se está yendo sin parar un punto:

soy un fue, y un será, y un es… cansado.”

Francisco de Quevedo (Representábase la brevedad de lo que se vive…)

En menos de diez años estos recién llegados, Lennon y McCartney fundamentalmente, sin olvidar a un estupendo compositor como Harrison, baste recordar la memorable “Here comes the sun”, llenaron de melodías el presente y el futuro. Y no fue sólo su música, fueron ellos en sí mismos: su actitud, su rebeldía, su evolución desde el corte ramplón hasta las melenas del Abbey Road-“Come together”-, pasando por su alucinógena y alucinada etapa del Sgt. Pepper´s, donde una Lucy –L.S.D.-, en un cielo de diamantes, pintaba el mundo de colores.

“Pero el loco de la colina

ve ponerse el sol

y los ojos en su cabeza

ven el mundo girando.”

                                   The Beatles(Fool on the hill).

Larga vida a The Beatles.

Juan Francisco Quevedo

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EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA -UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV- Juan Francisco Quevedo

EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA

-UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV-

CUATRO SIGLOS DESDE LA PRIMERA REPRESENTACIÓN DEL DON JUAN

Con motivo del 400 aniversario del estreno de “Tan largo me lo fiáis”, antecedente primero de “El burlador de Sevilla”, atribuido a Tirso de Molina, cuento esta pequeña historia un tanto peculiar sobre el supuesto personaje inspirador del mito de Don Juan, don Juan de Tassis, conde de Villamediana. “Tan largo me lo fiáis” fue representada en Córdoba por primera vez en 1617 por la compañía de Jerónimo Sánchez.

EL CONDE DE VILLAMEDIANA Y EL DON JUAN DE TIRSO DE MOLINA

-UNA PICA EN LA CORTE DE FELIPE IV-

Fue Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina, un madrileño a quien le tocó vivir el comienzo del siglo XVII entremezclado con el teatro de su maestro, el gran Lope de Vega, y la poesía de Quevedo y Góngora. En uno de los aventajados discípulos de este último, Juan de Tassis, segundo conde de Villamediana, habrá de fijarse, y tomar como modelo, para comenzar a escribir su Burlador de Sevilla, suponiendo que fuera suya la autoría que sólo se le atribuye, ya que nadie la certifica.

La primera vez que se plasma en unos pliegos la figura de don Juan es en la obra Tan largo me lo fiáis, antecedente inmediato de El burlador de Sevilla. Seguidamente nace el mito, que se prolonga en los siglos -manteniendo su esencia primigenia- a través del teatro, la poesía, los ensayos, la música, trascendiendo incluso lo artístico y literario para instalarse en la cultura popular, aunque sea de una manera simplista y, nunca mejor dicho, donjuanesca.

En El burlador de Sevilla nace el mito universal del don Juan y lo hace yendo más allá del don Juan conquistador, que es lo que ha quedado en la memoria popular; nace ya en su origen, con la completa intención del autor, como un drama valiente en el que la voluntad del protagonista se enfrenta a la voluntad divina en un acto temerario de rebelión ante la fuerza del destino. Este don Juan utiliza a la mujer, sin piedad ni medida, para retar a los cielos y, en ellos, también a ese Dios que parece que todo lo puede. Es un desafío desesperado en un tiempo de religiosidad extrema. Por tanto, es un acto arriesgado y novedoso en comparación con las representaciones teatrales de la época.

No significa que el protagonista se enfrente a quien todo lo puede porque no sea religioso, que lo es, sino que está dispuesto a hacerlo, aunque ello le suponga perderse en las sombras perpetuas de la eternidad. Prefiere condenarse antes que renunciar a su libertad. A su libertad para elegir. Y este don Juan de Tirso, se afianza en su empeño y para demostrar su capacidad electiva, desafía al mismísimo cielo y, a pesar de conocer su triste destino, prefiere decantarse por la perdición eterna que doblegar su voluntad. Y es ahí, justamente ahí, donde radica la verdadera grandeza del personaje de Tirso. No se doblega sabiendo a lo que se enfrenta.

Al modelo literario del Burlador le siguieron muchos, aunque casi todos conservaron lo esencial del personaje. Quizás, dentro de los más conocidos, sea el don Juan de Byron el que más se aleje del modelo, ya que el poeta usa al protagonista como excusa para abordar los temas más variados desde un halo romántico. Sin embargo, tanto el don Juan de Molière como el de Zorrilla siguen el molde original, siendo este último el más celebrado y el más representado en toda la historia del teatro español desde aquella primera puesta en escena, con el actor Carlos Latorre en el papel principal, en el madrileño teatro de la Cruz, un 28 de marzo de 1844. El don Juan de Zorrilla-que el año pasado se cumplieron 200 años de su nacimiento- tiene, al igual que el de Tirso, un trágico final, un trágico destino, irremediablemente unido al castigo divino siendo, quizás, lo más novedoso del mismo la creación del contrapunto de don Juan, en el personaje de don Luis. Así mismo, Charles Baudelaire, el gran poeta francés, dedica su poema “Don Juan en los infiernos”, incluido en Las flores del mal, al personaje de Tirso, aunque inspirado en la obra de Moliére. Otros muchos escritores, como Merimée, han llevado a sus páginas el mito, haciéndose eco de la fama e intemporalidad de un personaje que ha logrado traspasar todo tipo de fronteras, tanto idiomáticas como artísticas. Y como ejemplo, no podemos dejar de mencionar la famosa ópera de Mozart, Don Giovanni.

No obstante, y como advertíamos al principio, tras la creación del don Juan parece haber estado presente la inspiradora figura del eminente poeta del siglo de oro, don Juan de Tassis, conde de Villamediana. Y no nos quedaremos para contar esta historia paralela en lo más evidente, la similitud de grafía entre el personaje real, y posible inspirador del autor, y el personaje literario.

Acababa de empezar a correr el siglo XVII cuando el conde de Villamediana se hacía un hueco en la corte pacata, triste y llena de rosarios y rogativas del abúlico Felipe III, un rey que se pasó la mayor parte de su reinado en el reclinatorio en vez de en el trono. No tardó el conde en hacer oír su nombre entre las paredes del viejo Alcázar de los Austria; aparecía su figura y sus galanterías entre las conversaciones siseantes de las damas de la corte, donde se le musitaba con admiración. Entre los caballeros, se le disculpaban sus excesos con paternal envidia, por su juventud, y entre los círculos literarios, que no eran cojos, salvo Quevedo, se le recibía con sorpresa, ante unos versos tan magistralmente trazados.

Como vemos, pronto gozó de todo el flamante conde, de las mujeres y de la fama literaria ya que enseguida se convirtió en un poeta reconocido en un siglo de poetas más que reconocidos, así como en un personaje entre novelesco y provocador. Es en estos años cuando se gana su fama de bien parecido, gran seductor, importante escritor, mejor caballista y poseedor de una afilada y nada prudente pluma contra el poder, incluyendo tanto al valido real, el duque de Lerma, como al propio rey.  Son los años en los que son comentados en la corte sus amoríos escandalosos y apasionados con la marquesa del Valle.

Así mismo, por entonces comienzan a correr rumores de su posible homosexualidad, el “pecado nefando” de la época. A todas estas cualidades que jalonaban su persona, habría de añadir la de pendenciero, tahúr y fullero. Toda una leyenda andante este conde entre gamberro, guapo y simpático. Además, hacía versos. En cualquier caso, con su historial de agravios a damas, nobles y políticos no es de extrañar que pronto fuera desterrado de la corte y se aplicara a viajar por Italia a la espera de tiempos mejores.

Pero en 1621, pasados casi veinte años, parece que cambia su suerte, ya que muerto el tercero de los felipes sube al trono el cuarto, un rey tan indolente como el anterior, que deja el gobierno de la nación en las manos del temido e inteligente conde-duque de Olivares, pero mucho más entusiasta, en lo que dar alegría al cuerpo y a los sentidos se refiere que su antecesor en el trono. No en vano se le imputan más de treinta hijos bastardos. También se diferenciaba de su real padre en ser más apasionado de las artes que de las iglesias.

Y entre las artes, aquella con la que más disfrutaba el rey, y su bella y joven consorte, la reina Isabel de Borbón, era el teatro, en el que nuestro conde no era precisamente manco. Felipe IV, atraído por la fama de un ya maduro Juan de Tassis, rondaría los cuarenta años, le condona el destierro y le atrae al oropel capitalino. Y las puertas de la corte en pleno, con sus damiselas al frente, se abren de par en par a este seductor pero, no lo olvidemos, también se le abren al autor teatral, al insigne poeta y al hombre de mundo. No le costó nada a don Juan penetrar por ellas y obtener el aplauso y la admiración, en medio de aquel ambiente festivo que era la corte de Isabel de Borbón. A la traviesa reina le gustaba ir a las corralas madrileñas a ver funciones de teatro y a hacer de las suyas, como soltar lagartijas en el patio bajo, con el único fin de desternillarse de risa o de divertirse con las trifulcas, los insultos y, si había suerte, con las peleas de las mujeres más pendencieras. Así se entretenía esta reina a sus mal contados dieciocho años. Le encantaba divertirse y daba la casualidad de que el conde de Villamediana había nacido para eso, para divertirse y para divertir, cuando no para hacer llorar.

Al parecer, este elegante conde y ya veterano galán, curtido en lides de faldas, cuando no de calzones, se enamora perdidamente de la persona que menos le convenía, la reina, la alegre y jovial francesita que de noche yacía junto a Felipe IV y de día a saber por quién suspiraba. Una presa de este calibre, joven, guapa y alegre no podía pasar desapercibida a nuestro galán por muy reina que fuera y en ese especial interés nace su desgracia y su leyenda. Y el mito de don Juan.

El conde proseguía con su actividad literaria y, en aquellos tiempos, todas sus poesías amorosas, en las que era prolífico, iban dedicadas a Francelisa o a Francelinda, anagramas bastante evidentes de la francesa reina Isabel. No obstante, en la corte, las damas le preguntaban continuamente por la verdadera identidad de su amada, por la destinataria de aquellos hermosos versos. Nunca contestaba el conde, y a pesar del acoso y las presiones de aquellas damas nunca satisfacía su curiosidad y siempre se evadía con una respuesta oportuna, dada con ingenio. Pero, como no podía ser de otra manera, un buen día la reina le preguntó directamente lo que el conde tantas veces evitaba. Fue entonces, cuando se vio obligado a dar una contestación a la reina: “Mañana, señora, sabréis la respuesta”.

Al día siguiente recibió Isabel un paquete en nombre del conde. Al abrirlo se llevó una grata sorpresa. Tras desembalar con ligereza la pieza que contenía, descubrió entre el envoltorio un espejo de tocador. Es fácil imaginar la sonrisa, entre malévola y agradecida, que esbozó la reina al verse reflejada en el presente del conde.

Por aquellas fechas se iba a cumplir un año de la subida al trono de Felipe IV, coincidiendo con las fiestas de primavera de 1622, y la reina ideó una gran celebración en Aranjuez para festejarlas. Con ese motivo, encargó al conde de Villamediana tanto su organización como una obra de teatro para la ocasión. Ni que decir tiene que el conde lo hizo a las mil maravillas. Llegado el día se representó, primeramente, la obra del conde de Villamediana, La Gloria de Niquea, en un teatro instalado en el Jardín de la Isla, de los Reales Sitios. La reina tenía un papel hermoso, ya que aparecía lujosamente ataviada, al final de la obra, en un trono, como Reina de la Belleza. Fue un gran éxito tanto para el autor como para la actriz estelar. Tras la representación, se trasladaron a otro teatro, situado en el Jardín de los Negros, donde continuaría la fiesta con la representación de una obra de Lope de Vega, El Vellocino de Oro. Durante el espectáculo teatral, al comenzar el segundo acto, el teatro se incendia misteriosamente, declarándose un importante fuego, con el consiguiente tumulto y la consabida desbandada de los asistentes. Entre el desconcierto, nadie se percata de que la reina ha caído desmayada. Nadie, salvo una persona que la rescata de las llamas, poniendo en juego su vida, y la recoge entre sus brazos para trasladarla hasta el prado más cercano donde la pone a salvo. Cuando la reina abre los ojos descubre a su salvador, que no es otro que el conde de Villamediana.

El hecho corre por la corte y por el pueblo llano como otra llamarada, llegándose a extender el rumor de que el incendio lo provocó el propio conde para poder abrazar a su amada. A raíz del incidente las puertas de palacio ya no están tan abiertas para él; y su principal y regio habitante no disimula sus recelos.

Pocos años después de los hechos, La Fontaine alabaría la acción del conde, capaz de quemar un teatro para tener entre sus brazos a su dama. Desde luego, es el colmo del romanticismo en pleno barroco.

La temeridad del conde era proverbial y, como don Juan, no duda en retar si no la voluntad divina, sí la regia, que en aquellos años era casi lo mismo. Era el conde de Villamediana un excelente rejoneador de toros, a la par que excepcional jinete. Durante un espectáculo al que asistían los reyes, el conde hizo una de sus magistrales picas, entre la admiración del pueblo, lo que provocó en el palco real el comentario de la reina:-“Pica bien el conde”. A lo que el rey contestó:-“Pica bien pero demasiado alto”

Las anécdotas se multiplican por Madrid, haciéndose famosa la ocurrida a comienzos del verano de 1.622, tras el fuego de Aranjuez. Se celebraba un espectáculo taurino en la Plaza Mayor de Madrid, con el conde como principal atracción, y más tras los comentados sucesos de la primavera pasada. Todo el mundo, incluida la corte, estaban pendientes de la presencia del conde ante los reyes. Todos observaban sus reacciones. El conde de Villamediana hizo su entrada majestuosa en la plaza con un gorro en el que llevaba una divisa donde podía leerse: -“Éstos son mis amores”

A su vez, bajo la divisa, colgaban varios reales de plata.

La adivinanza estaba al alcance de todo el mundo, tanto del pueblo como de la envarada corte: “Éstos son mis amores reales” parecía querer decir en una apuesta más que temeraria.

Mayor arrogancia no podía caber, pero aún así el rey parecía desconcertado ante el jeroglífico hasta que, al parecer, un bufón exclamó: -“Mis amores son reales”

El rey, sin duda ofendido, pudo firmar, en la frase que soltó, la sentencia a muerte del conde:-“Pues yo se los haré cuartos”

En este personaje real, en este don juanesco personaje, el conde de Villamediana, pudiera haberse inspirado Tirso para dar vida literaria a su personaje principal, a su don Juan, al mito universal que estaba a punto de crear.

Y no acaban aquí las similitudes ya que, al igual que a don Juan Tenorio, en la obra de Tirso, también al conde de Villamediana, en la vida real, le avisan de su próxima muerte.

Su confesor, Baltasar de Zúñiga, le previene de su asesinato, actuando como ángel de la guarda del conde. Juan de Tassis sabe de su destino, como también lo supo don Juan, y lo refleja con su pluma escribiendo dos versos estremecedores:

“porque el bien que le queda a un condenado/es esperar segunda vez sentencia”                          (Sonetos líricos LIII, 7-8)

Y la terrible advertencia se hizo verdad el 21 de agosto de 1.622, pocas semanas después del festejo en la Plaza Mayor. A la vuelta de palacio, cuando iba acompañado por don Luis de Haro, será asesinado como consecuencia de un certero golpe de ballesta en plena calle Mayor madrileña.

Su muerte enseguida se achacó a sus “amores reales”, aunque detrás de la misma haya un misterio que jamás se logró resolver. Tras el asesinato, todos quisieron ver la mano del mismísimo rey y de su valido, el conde-duque de Olivares. Claro está, no faltó quien lo atribuyera a su pluma o a su homosexualidad, pero el pueblo pronto se inclinó por la versión más romántica.

Corrieron por Madrid infinidad de coplas y versos haciendo referencia a estos hechos, pero fueron los más conocidos los que se atribuyeron a su gran amigo y maestro, Luis de Góngora:

“Mentideros de Madrid/decidnos: ¿quién mató al conde?/Ni se sabe ni se esconde. /… La verdad al caso ha sido/que el matador fue Bellido/y el impulso, soberano.”

Este gran poeta que fue Juan de Tassis, conde de Villamediana, quizás sirviera de modelo a Tirso, o quien fuera su autor, para alumbrar a su Burlador, para dar iluminación y nacimiento al mito del don Juan, un mito que traspasó el tiempo y los siglos, la literatura y las fronteras, convirtiéndose en universal.

Baste como botón final de su maestría unos pocos versos de este Juan de Tassis de tan trágico destino. Estos dos versos bien pudo dedicárselos a la reina. En ellos, se remite al ya clásico cautivo enamorado: “estimo más estar preso/ que nadie su libertad.”

Como poeta de su tiempo no fue ajeno a la decadencia española:

“Debe tan poco al tiempo el que ha nacido/en la estéril región de nuestros años/que, premiada la culpa y los engaños, /el mérito se encoge escarnecido.”(Sonetos líricos, LVIII, 1-4)

Juan Francisco Quevedo

Óleo de Manuel Castellano que representa la muerte del conde de Villamediana

    Óleo de Manuel Castellano que representa la muerte del conde de Villamediana

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ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA-Juan Francisco Quevedo

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

Descubrí la poesía de Ángeles Carbajal de manera casual entre las redes sociales. Con la lectura de algunos poemas sueltos, enseguida pude ver entre aquellos versos a una poeta grave y redonda, con una hondura y una lucidez expresiva, a través de simbólicas e inverosímiles imágenes poéticas, extraordinaria.

Con L´aire ente la rama –El aire entre la rama-, me aproximo por primera vez a un texto escrito en asturiano y lejos de ser un inconveniente se convirtió desde el principio en un reto interesante y en una experiencia gratificante –sólo espero que la poeta perdone la osadía de mis traducciones-. Ángeles Carbajal me ha descubierto una lengua que va mucho más allá de lo que cabía imaginar. Me he acercado a la lectura de L´aire ente la rama sin tener ningún conocimiento biográfico sobre su autora, lo que de alguna manera me ha permitido acercarme al texto sin ningún prejuicio y con mayor objetividad. Y desde luego sin caer en la trampa fácil de confundir a la autora con la voz poética, algo a veces inevitable, ya que la poesía está llena de pinceladas autobiográficas.

Si tuviera que dar una visión general sobre este libro, lo primero que destacaría es la facilidad de Ángeles Carbajal para acercarse al lector sorprendiéndose −sorprendiéndole− con lo cotidiano; algo que en principio, por usual y por tenerlo al alcance de la mano, no parece estar destinado a causar ninguna sorpresa. De alguna manera, es en este terreno donde reside una buena parte de la inteligencia poética; tener esa facultad para observar el cielo y sorprenderse de que las nubes no se derrumben sobre nuestras cabezas.

Esa trivialización de lo cotidiano−como diría Duchamp− es algo muy simple cuando se hace sin sentido artístico. Sin embargo, cuando éste existe se alcanza un nivel expresivo capaz de romper las barreras de lo prosaico, tanto en la concepción de las imágenes como en la palabra­. Se consigue una sublimación de lo mundano y se hace arte, se hace literatura. Y todo ello no se logra de cualquier manera sino a través de una racionalización elaborada de la realidad más próxima, con la que es muy fácil que el lector se identifique. Por tanto, Ángeles Carbajal consigue dos cosas fundamentales, por un lado, hacer que el lector se inmiscuya en algo cercano y, por otro, generalizar y hacer que trascienda ese suceso aparentemente trivial. Logra superar las barreras de lo local, desde lo local, y lo hace universal.

Ángeles Carbajal alcanza en este libro, así mismo, algo aparentemente fácil, pero que es de lo más complicado: consigue desde la sencillez expresiva hacer una poesía comprensible, sin que por ello se eche en falta un ápice de hondura. Bien al contrario, estamos ante una poeta grave que desde la nostalgia, desde la infancia, desde la naturalidad y desde imágenes construidas con lirismo, es capaz de turbar al lector, estimulando, sin caer en la sensiblería, las fibras adecuadas para poner en marcha el mecanismo que nos hace llegar a la emoción.

Ahora quisiera comentar brevemente alguno de los poemas de L´aire ente la rama.

“Casa vieya” -Casa vieja- es el poema con el que Ángeles Carbajal abre L´aire ente la rama. De alguna manera, siempre retornamos a esa casa vieja en la que encontramos refugio y nos cobijamos. Encontramos en ella esa verdad primera, esa vuelta a lo cotidiano que nos proporciona equilibrio y paz interior: «Col corazón nes manes/descansa en paz el corazón» -Con el corazón en las manos/descansa en paz el corazón-.

“Nieve” es un poema de descubrimiento. Sin previo aviso y sin ningún tipo de planificación van llegando las cosas, sobre todo las más duras. La vida, de manera inevitable, nos curte de experiencia y se va desenredando sin darnos cuenta, incluso a pesar de nuestra voluntad. Un buen día vemos cómo pasó el tiempo y cómo todo se ha teñido de blanco. A pesar de mostrar cierta resignación ante lo inexcusable, en el poema hay un punto de rebeldía.

«Los trapinos/cayíen ensin priesa/esnalando nel aire, /como enredando» -Los copos/caían sin prisa/flotando en el aire, /como enredando.

“La cocina de carbón” es un poema redondo en el que Ángeles se atreve a abordar un tópico poético, tempus fugit, sin caer en lo manido del mismo. Es una composición repleta de imágenes sugerentes, de un simbolismo lúcido y certero. Una verdadera delicia en la que contemplamos las edades del hombre reflejadas en las diferentes tonalidades del carbón, desde que es un mineral puro, hasta que se consume y ya sólo queda de él una ceniza blanquecina.

«La cocina de carbón, /la que tuvo arroxando/les hores de la mio infancia, /tien alcordanza del fueu/y les chapes doblaes/del pesu de les potes» -La cocina de carbón, /la que estuvo arropando/las horas de mi infancia, /tiene añoranza del fuego/ y de las chapas dobladas/ del peso de las cacerolas-.

“Los Reyes Magos” es casi un himno a la esperanza que desborda ternura cierta. Es incluso una metáfora de cómo el hombre finge entender la vida cuando, en el fondo, lo único que tiene es la esperanza. A pesar del paso del tiempo seguimos esperando un milagro de la vida. Lo transcribo completo:

«Nun di nenguna guerra/cuando advertí la realidá, /y, como en toles desgracies/de la mio vida, /arguyosa, fixi saber que lo sabía/ensin pidir esplicación, /pero la verdá/ye que tovía nun lo sé/y espero» -No di ninguna guerra/cuando advertí la realidad, /y, como en todas las desgracias/de mi vida, /orgullosa, hice saber que lo sabía/sin pedir ninguna explicación, /pero la verdad/ es que todavía no lo sé/y espero-.

“Rara” es un poema donde se advierte una imagen precisa de la voz poética. Refleja un fuerte sentimiento de rebeldía ante los que se empeñan en despreciar a quien se sale de la aparente normalidad.

En “Perico” la misma voz prosigue en esa misma línea pero con un gran sentido del humor, con una enorme ironía y con una imagen definitiva.

«Como una lletanía de martiellos/aquella xente tan delicado/abrióme un argayu de pena» -Como una letanía de martillos/aquella gente tan delicada/me abrió una sima de pena-.

“Nun Dyan 6” –En un Dyan 6- es un poema un tanto generacional donde la voz poética, ante la presencia de unos tipos raros, los hippies, en el ambiente rural en el que se desenvuelve, descubre que hay algo más allá de los estrictos límites de su entorno. Una vez los conoce regresa al aire ente la rama –aire entre la rama-, que da título al libro, tras el que se detecta un gran poso de melancolía.

Es un poema que cuando ella lo deseaba, no lo pudo escribir. Sólo pudo hacerlo después de mucho tiempo, cuando una música le evoca aquel poema que una vez pensó. Hasta ese momento ese poema soñado pervivió en su subconsciente. En todo él hay un halo de tristeza y nostalgia.

Por otro lado, no pasa desapercibido el guiño que la voz poética simboliza en un pronombre: Bob Dylan, Moustaki, tú.

«Qué vértigu saber/que toi tan lloñe, tan cerca, /que ye´l poema qu´entós cavilé/el que güei por fin escribo/a cuatro pasos del horru y de la ilesia» -Qué vértigo saber/que estoy tan lejos, tan cerca, /que es el poema que entonces pensé/el que hoy por fin escribo/ a cuatro pasos del hórreo y de la iglesia-.

“La primera vez que lloró na mio vida” –La primera vez que lloro en mi vida- es una composición desgarradora, que tiene mucho de descubrimiento del dolor verdadero. El poema tiene una imagen final que nos transmite una sensación de orfandad universal, la que se tiene, a pesar de la edad que se tenga, cuando se pierde a uno de los padres.

«Quixi subir como un perrín tres d´ella/el camin empináu pel que baxaba la nueche, /nun me dexaron, y quedé esperando/porque yera mio ma esa nueche la neña» -Quise subir como un perrín detrás de ella/el empinado camino por el que acechaba la noche, /no me dejaron, y me quedé esperando/porque esa noche mi madre era la niña-.

“El prau Carbayalu” –El prado Carbayalu- refleja una época, la de la infancia, en la que todo parecía estar en su sitio.

«Entós el cielu taba nel cielu/y la nuestra casa en casa» -Entonces el cielo estaba en el cielo/y nuestra casa en casa-.

Por último, un apunte sobre el poema “Escuchar”. En él se advierte que la voz poética se encuentra sola, sin interlocutor que se interese por lo que dice, por lo que le inquieta.

«Suañaben los teyaos y los aperios/que dormíen al rasu y taben solos, /tanto como la lluna/y como la nuestra voz/que naide oye» -Soñaban los tejados y los aperos/que dormían al raso y estaban solos, /tanto como la luna/y como nuestra voz/que nadie oye-.

Quisiera resaltar la consumada precisión de Ángeles Carbajal para describir los sentimientos más cotidianos: La vida en sí misma remitida a la infancia. Es un libro que destila sabiduría, esa sabiduría ancestral y primigenia que se ha transmitido de manera oral, esa sabiduría verdadera que acompaña al ser humano desde el origen de los tiempos.

Al compartir con la autora año de nacimiento, intuyo esa cercanía generacional cuando hace esa inmersión en el mundo de la infancia, en unos recuerdos comunes que me han hecho revivir esos tiempos felices. Ahora bien, los poemas de Ángeles trascienden lo personal, lo provinciano y local y dan ese paso, imprescindible en la buena poesía, que la hace comprensible y cercana para cualquier lector. Usando una imagen o un recuerdo personal, la autora posee la capacidad de poder universalizarlo de tal manera que el lector, según sus propias vivencias e interpretaciones, se siente identificado con sus versos.

Emoción y belleza formal son los ingredientes con los que Ángeles Carbajal conquista a ese hipotético lector, mon semblable, mon frère.

Juan Francisco Quevedo

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Conferencia Juan Francisco Quevedo-La Cavada-La colonia valona de las tierras medias del Miera

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MARCOS TRAMÓN (DE MIS SOLEDADES VENGO)-Juan Francisco Quevedo

MARCOS TRAMÓN (2018). DE MIS SOLEDADES VENGO

EDITORIAL RENACIMIENTO

MARCOS TRAMÓN (2018). DE MIS SOLEDADES VENGO

EDITORIAL RENACIMIENTO

Cuando uno se enfrenta a una gran parte de la poesía reunida de un poeta como Marcos Tramón, un poeta que aún no ha cumplido los cincuenta años, se rinde al inmenso talento de un autor que pareciera con este libro haberlo dicho todo pero que intuimos, sin embargo, que aún le queda mucho por decir. De todas maneras, al terminar la lectura, tenemos la sensación de que aunque no volviera a escribir nunca nada, ni un solo verso más, este libro justifica la vida y la trayectoria de un poeta. Es una obra que deja esa sensación, una obra que bien pudiera parecer de término.

La cita de Lope de Vega que abre este libro de libros no es casual, parece responder a esa tendencia introspectiva y meditativa de la voz poética, de ese trasunto en el que se convierte Marcos Tramón cuando escribe.

“Los días que te explican” (2001) se abre con un poema desde el que se añora un mundo que el poeta entiende como ideal y, por tanto, irreal. Lo aborda desde esa certeza filosófica en la que contempla la vida como si fuera un valle de lágrimas, con la visión apenada de una angustia existencialista, muy próxima al pesimismo de Schopenhauer, aunque con un punto de esperanza conformista: “Vivir, al fin y al cabo; vivir y que no duela”.

Los poemas se suceden y se funden y confunden entre el paisaje urbano de una ciudad que le sirve de escenario para ligar y conformar los trazos de su mundo poético. Y en él, en el centro del mismo, la mirada lírica hacia la mujer y hacia el amor. A veces como algo fuera de su alcance: “Tú, un granito de oro cotizando/al alza en el mercado fragmentario/del día a día de mi vida, / un bien al por mayor.”

Y en otras ocasiones con deseo y contención a la vez: “El dolor y la pena de jamás poder ser/una mujer que coge/a otras entre sus brazos, /y levantarnos las faldas lentamente, /el suave roce primero de los labios…”.

Esa mirada desde la geografía urbana más cotidiana, un autobús de línea, puede ser la excusa perfecta para que, desde una soledad con intenciones voyeristas, se recree en esa actitud contemplativa, un tanto desolada y expectante ante lo que la vida le ofrece casi como una ofrenda plena de pasión y deseo: “Los libros apretados contra el pecho, /con cara distraída, piernas largas/que contundentes caen al suelo, entrecruzadas: /una figura total, muy hermosa, que te arrastra.”

Después, el extenso poema avanza con la mirada vuelta hacia el otro lado del cristal, una perspectiva que progresa por la ciudad como un taladro que perfora la pared, disgregando las partículas de vida. Casi parece como el viaje de la existencia hacia el final: “Dejas pasar paradas, como quien se deja vivir”.

Este magnífico poema, “Geografía urbana”, donde aflora la ironía, un rastro de ternura y un pesimismo que sacude como una neblina los versos, acaba, como ya hiciera Jaime Gil de Biedma en “Pandémica y Celeste”, con el primer verso con el que Baudelaire abre Las flores del mal”, apelando a  ese hipócrita lector.

La soledad, no sé si buscada, como excusa de observador avezado, traspasa todo el libro ante la mirada siempre expectante de la voz poética. Una soledad desde la que descubre la vida a cada paso: “Atravieso un alboroto de risas/que son más chicas divirtiéndose/a la salida nocturna del instituto: /rezuman miel de vida a carcajadas.”

Esta parte se cierra con dos versos que resumen con intensidad lírica las intenciones que se encierran en ella: “Vamos de charco en charco/pisando oscuros días sucesivos”.

“Desgana” es un libro publicado en 2011, por lo tanto diez años los separan, diez años de trabajo silencioso que dan lugar a estos versos que se inician con un soneto de endecasílabos sin rima que es todo un tributo a los gustos del autor, un legado que acumula en su memoria y que ofrece para explorar las múltiples posibilidades de la literatura y del lenguaje como vehículo de conocimiento, como transmisor de esa verdad última que nos arrastra hacia el poder revelador de la palabra. Después, la voz poética nos sorprende con esas “Islas de luz” que bien pudieran hablar de lo fugaz, de lo efímero de los momentos vividos, ante las sombras que la luz cierne sobre el tiempo presente: “Hace esfuerzos por retener tanta belleza/contra la luz, intacta; /hace esfuerzos por retenerlo todo, /como si no estuviese todo perdido de antemano.”

Desde una intimidad reconcentrada en la exploración de su yo más oculto, el poeta nos asalta con su mundo personal, hecho a base de pequeñas confidencias, aparentemente casuales, para hacernos llegar “Las flores de la piedra”, el eco de su parte menos consciente; aquella que late casi a espaldas de uno mismo y que sólo aflora en la soledad, en la soledad dormida de los pensamientos solitarios que brotan casi por casualidad: “Me dicen que hay un día en el que ves/por última vez a alguien, pero que no sabemos/a quién ni cuál es ese día.”

En “Razón de ser”, el poeta rinde un homenaje lírico a quien le ha orientado en la dirección precisa-“La lucidez, la exacta precisión”-, donde se ve el homenaje al maestro, a J.L.G.M., a quien dedica el poema, y también se explicita aquello que le ha servido de guía en el camino de la poesía: “De alguna forma deberíamos/poder pagar la deuda contraída, /pues, más allá de cada trato individual, /hay un afecto, /un elevado afecto, a las palabras/bien dichas, perdurables, /una historia de amor con la literatura”.

Los recuerdos que hieren como puñales y la muerte sobrevuelan algunos de los poemas de “Desgana”; la memoria fija con inexactitud difuminada la mirada dolida: “Qué decir del macabro/significado de todo esto: /no sabes, solo sabes/que, al igual que esta noche, /en ocasiones su recuerdo vuelve/para hacerte más daño”.

Avanzamos hacia “Stricto sensu” (2015), el último libro publicado por Marcos Tramón, con el sabor de la buena poesía, en sentido estricto, destilando por la alquitara lírica del pensamiento, por los recovecos que estimulan los caminos cerebrales que te llevan directamente a la emoción, no a la que se desencadena con la facilidad de lo superficial, sino a aquella que surge del conocimiento, de las profundidades de una sensibilidad exquisita. Los poemas de este libro parecen formar parte de un desajuste preconcebido, de una manera de hacer poesía desde una forma de existencialismo un tanto distante, desde el que se mira el mundo desde una posición donde parece que la añoranza y la soledad, teñidas por cierto desencanto, juegan un papel fundamental: “Recuerdos como huesos sueltos, /en un yermo collado, una tierra baldía: /la del pasado de una vida como cualquier otra vida.”

Una actitud y un sentimiento un tanto desolado, junto a una tristeza cierta y disimulada por la ironía, se reflejan en los versos en los que el paso del tiempo pesa como una losa sobre el hoy, sobre las aguas de un tiempo, en ese permanente fluir que procede de Heráclito, hacia la muerte, en ese nunca seremos el mismo un segundo después del que fuimos: “No nos vemos dos veces/ en el mismo río; /ni siquiera-años más tarde-en su sombra, /nuestras sombras.”

Dejamos este inmenso “Stricto sensu” con unos versos que nos llenan de melancolía feliz, que nos aproximan a la cotidianeidad conversacional de lo cercano, con unos versos que son capaces de parar el tiempo, una imposibilidad física que se hace real en el recuerdo, dando la razón a Kant: “Llega el dolor, y el tiempo se para: /aquel abrazo en el tren, /aquel sabor a amistad y lejanía. /Y el dolor que da tregua: /y el tiempo y el dolor y la tristeza/y el tren, la lejanía/y el dejarse llevar por estas calles.”

“Estación de frontera” es el regalo que nos ofrece Marcos Tramón, un libro inédito que cierra este libro de libros. En él podemos disfrutar de unos versos que nos traspasan con su belleza, con su lirismo descarnado: “Todo está en su sitio. /Es hermoso el paisaje: /como dos emociones sin conciencia.”

Se abre con un poema luminoso, que pareciera contradecir lo dicho anteriormente: “Lo que la luz promete/será morir mañana. Hoy es un día pleno/de sol.”. Es en sí mismo un canto lleno de esperanza que surge tras la desilusión. Todo aquello que antaño fuera importante y grandilocuente se diluye en las sucesivas dosis de escepticismo que la vida se encarga de administrarnos para ya, en la madurez, centrarnos, con el encanto de la simplicidad más desnuda, en lo nimio y afectivo. Sólo las adorables pequeñas cosas son capaces de conmovernos. La vida se convierte en una verdadera celebración: “La gente que camina por la calle/al paso del secreto-la dicha o la desgracia-. /Los amigos, como un agua de siempre, /y como sed de siempre, las mujeres. /Los niños por el parque, /igual que inquietas ruedas. /A la ida, a la vuelta, /la gente que se apiña/en bares y autobuses.”

“De mis soledades vengo” concluye con unas perspicaces, jugosas y certeras opiniones sobre poesía: “No me gustaría acabar escribiendo libros innecesarios”. Opinión que no hace sino redundar en lo que ya dijera Cervantes: “que hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como buñuelos”.

Desde luego, la poesía reunida de Marcos Tramón es un libro necesario e imprescindible, un libro que te reafirma en el gusto por lo primoroso, tanto en la estética como en la ética, en la forma como en el fondo, por la poesía de un autor mayor, en todas sus acepciones. En Marcos Tramón no sólo descubrimos al poeta sino que nos adentramos con él en el territorio inherente a la buena poesía, aquella que siendo testigo del tiempo que vive, enlaza con la de siempre, con la que permanece inalterable. Como dijera al inicio de esta crónica, este libro justifica la vida y la trayectoria de un poeta. Sin duda estamos ante uno de los grandes libros de poesía de los últimos tiempos. Una verdadera delicia para los lectores.

Juan Francisco Quevedo

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JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES LA MEDIDA DEL TIEMPO-Juan Francisco Quevedo

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

LA MEDIDA DEL TIEMPO

Dentro de la colección de poesía “A la sombra de los días”, editada por Miguel Ibáñez y Luis Alberto Salcines, llama poderosamente la atención un título, “La medida del tiempo”, del poeta y escritor Javier Menéndez Llamazares.

A pesar de lo que el propio poeta nos cuenta desde ese pasado que tan bien define como “pretérito interior” y más allá de aquello que el viejo poeta dijera al joven Javier Menéndez Llamazares, está el feliz encuentro con la poesía que nos presenta, tamizada por el chino, no sólo del tiempo sino también por el de la experiencia y la sabiduría que aportan los años. Y se nota en esa mano serena, en esa mano que ha sabido recomponer el poema desde el hoy para hacerlo crecer y ofrecérselo al lector con la frescura lírica de la calidad poética. No en vano, tal y como le dijera Gamoneda, “escribir es, en realidad, reescribir” y, en esta reescritura, es indudable que el prosista nunca dejó de ser poeta, ya que ésta es una condición, una actitud vital, que es difícil de adquirir si no se posee.

Con este libro, concurre una circunstancia que sorprende a los que estamos habituados a leer poesía; desde el primer verso, se origina esa identificación, esa complicidad que se establece con el poema, produciéndose, por tanto, un hecho fundamental: el poema trasciende lo personal, lo que hubiera podido motivar al poeta al escribirlo, adueñándose del lector y en ese tránsito, en el que el poeta llega a desaparecer, se universaliza. Por tanto, el poeta ha tenido la perspicacia de hacer que un hecho aparentemente trivial e individual se generalice.

En “Autoescuela”, el poeta aprende a caminar por la vida en lecciones sucesivas que le ayudan, nos ayudan, a enfrentarnos a nuestros miedos y a nuestros recuerdos. En tanto en cuanto dure la existencia, el aprendizaje es un recorrido interminable, una lección permanente por y para intentar descubrirnos en ese mar de evocaciones que se acumulan en el tiempo, en su medida: “He pensado en mí todos los días de mi vida, y aún no sabría explicar por qué todavía soy un perfecto desconocido.”

Javier Menéndez Llamazares, tal y como han hecho siempre los buenos poetas, no teme enfrentarse a los tópicos poéticos y, sin duda, uno de los más manidos es el que hace referencia a la pérdida, a lo perdido, a esa evocación continua de lo que se va, como un hecho inherente al propio discurrir vital; un recurso universal de la poesía más allá de su origen geográfico o temporal. El poeta lo aborda con un lirismo seductor, una invitación ineludible para paladear la poesía que se desprende de “En el valle del silencio”, un lugar de la memoria que se ilumina, nos ilumina los recuerdos, para añorar lo que ya nunca podrá ser, la paz y la inocencia que acompañan a la juventud: “Pero ya sé que te invoco inútilmente. / ¡Ah, si pudiéramos volver al tiempo de las cerezas!”.

Con esta poesía cercana, discursiva y conversacional, casi sin puntuaciones, más allá de lo estrictamente imprescindible, continuamos en estos primeros poemas de “La medida del tiempo”; el poeta se aproxima al lector de una manera comprensible, bella, emocionante y sensitiva. Con estas armas como único y escueto bagaje nos hace llegar una poesía sin artificios que consigue lo más dificultoso, la complejidad de la sencillez.

La infancia siempre es ese lugar al que se pretende retornar y con la poesía logramos salvar una imposibilidad física, conseguimos regresar en el tiempo a ese paraje de la memoria en el que habita la felicidad. Ahora bien, en “Salterio” parece caminar más bien hacia donde habita el olvido: “Debajo de mi memoria, junto a lo imaginado en el delirio y las fabulaciones deliberadas, anidan las creencias de la infancia”.

Un poema con el retórico ritmo de la repetición, de la anáfora consciente, nos lleva con inteligencia hacia contraposiciones atrayentes, plenas de sentido, en las que la voz poética despliega su pensamiento más íntimo y su yo más tierno: “Frente a mi corazón, unas gotas de insomnio y un lecho de acederas, el camino y el horizonte, la memoria y la casa de mi padre”.

Con una sucesión de horas el poeta llena el día como si se tratara de una repetitiva letanía. Con este poema, el libro cambia absolutamente la grafía, la manera de hacer poesía. No hay transición, es un aldabonazo, un giro brusco y sugestivo, un corte que sorprende al lector sin previo aviso para adentrarnos en el terreno de una poesía que, sin cambiar el tono meditativo y reflexivo, acorta los versos y se torna un tanto enigmática, sin desvelarnos del todo el misterio que encierra el poema, dejando al lector que hurgue en ellos, profundizando y conectando con él desde su propia experiencia: “El que habla no conoce/la lenta exactitud del desánimo, /pero sabe del silencio y el estilete blanco en sus costados, /la perdurabilidad del hábito en el eunuco”.

Hay ocasiones en las que la voz poética pareciera ver el amor, a la mujer, con cierto miedo, con cierto temor, embozado por el deseo, por la huida: “Febril avanzo en la noche hacia tu cuerpo, ágil en el deseo, impulsado por la inconsciencia. /No quisiera recordar que todo, pronto, será memoria”.

No deja de ser curiosa esa manera que tiene el poeta de contemplarse a sí mismo desde otro yo que le observa, desde un yo ajeno y que de manera omnisciente pareciera erigirse en la conciencia de su yo verdadero. “Littera legenda” es un poema definitivo: “Te he elegido a ti porque has salido de mi propio corazón. /Cuando hayas contemplado tu cuerpo te habrás extraviado en las similitudes. /No eres sino mi propia imagen, por lo que has de odiarme irremediablemente, mas conservarás el óleo encendido en la sangre y un punzón de hielo muy dentro de los ojos”.

Al final del libro pareciera calmar ese desasosiego que se intuye en muchas composiciones como si una espada de dolor atravesara el corazón de los poemas: “Ahora destilo mi voracidad/en la conformidad de unas manos que cartografían el amor, /de unos cabellos que se esparcen por mi pecho”.

El último, “Codicilo”, bien pudiera ser una especie de inventario de esas últimas voluntades que el poeta nos deja como legado; bien pudiera ser una despedida, un guiño hacia el lector en un intento por hacerle su cómplice, como si tomara prestados los versos de Baudelaire, “mon semblable, -mon frère!”: “El tiempo entrará en ti/y tú podrás tomar/la medida del tiempo”.

“La medida del tiempo” es un libro que aun habiendo nacido en y desde el pasado, se lee y se disfruta en el presente sin que haya perdido un ápice de interés y vigencia, lo que convierte la poesía que contiene en atemporal; es decir, en algo inherente a la poesía verdadera, a esa poesía que supera sin resentirse las barreras del tiempo-y su medida- fundamentalmente por una causa, porque apela directamente a los sentimientos del lector, estableciendo un diálogo con él desde el que se construyen los mecanismos capaces de estimular las fibras neuronales que desembocan y nos conducen directamente a la emoción poética. Desde luego, “La medida del tiempo” nos da la exacta medida de un espléndido poeta, Javier Menéndez Llamazares.

Juan Francisco Quevedo

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AVELINO OREIRO-Unas cuantas décimas y otros poemas febriles-Juan Francisco Quevedo

AVELINO OREIRO

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles

Unas cuantas décimas y otros poemas febriles, AVELINO OREIRO

2018-Septentrión Ediciones

Avelino Oreiro es el nombre de un poeta de cuerpo y alma entera que por primera vez nos descubre su poesía pero, no nos engañemos, no estamos ante un advenedizo ni ante un poeta novel, estamos ante un poeta con años de lecturas y oficio a sus espaldas, ante un poeta maduro y en plenitud. Incomprensiblemente, por esas cosas del destino y las casualidades, ha permanecido inédito, refugiado en su guarida personal, hasta esta feliz fecha en que se ha decidido a desvestirse delante de los lectores para mostrarnos una poesía que trasciende de su ámbito particular.

Avelino Oreiro se acerca al mundo del papel impreso con un primer libro que lleva un título de lo más sugerente, “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”, y lo hace de la mano de una editorial joven pero de gran prestigio dentro del mundo poético, dirigida con indudable acierto, criterio y sabiduría por el poeta Carlos Alcorta. Nos estamos refiriendo a la editorial Septentrión.

Lo primero que se percibe al abrir el libro y comenzar a degustar los poemas iniciales es el dominio técnico y formal del autor; algo que el lector agradece de inmediato. Cada verso, cada acento, cada pausa precisa, contribuyen a resaltar la cadencia rítmica, la musicalidad evocadora de esa vieja escuela de siempre. Nos lleva por el poema como un maestro de baile lleva a los bailarines, marcando los tiempos con su vara, golpeando contra el suelo. Esa vara que hacía la misma función que el pie, en la poesía grecolatina, y que servía para marcar el ritmo del poema.

El libro se abre con un prólogo, rebosante de sapiencia, escrito por el poeta José Luis López Bretones que tras una pausada lectura nos conduce y sirve de guía para adentrarnos en estas “Unas cuantas décimas y otros poemas febriles”. Como bien indica el ingenioso título la mayor parte de las composiciones que nos encontraremos se corresponden con el clasicismo de la décima o espinela, estrofa a la que el autor se ha afanado con dedicación hasta demostrar en este libro un dominio envidiable de la misma. Estamos ante unos poemas que, como bien explica José Luis López Bretones, ya estaban concluidos hará unos diez años; más allá de las revisiones que haya podido hacer el autor de cara a la edición. Las páginas del libro se abren, además de con las justas menciones al padre y al prologuista, con una dedicatoria que hace justicia al verdadero artífice de que Avelino se decidiese a mostrarnos sus versos. Este hombre es el médico cordobés, nacido en su Lucena del alma, Francisco Bujalance. Parecen las de ambos vidas cruzadas, Avelino, gallego ejerciente y andaluz de corazón y Paco, mi hermano del alma, gallego de adopción y andaluz devoto.

Desde el inicio resuenan en los versos de Avelino Oreiro los ecos machadianos, profundamente humanos, que nos evocan sus poesías reflexivas. En el libro se abordan todos aquellos temas que, desde Homero, han conmovido al hombre, el paso del tiempo, la infancia, la soledad, el amor y la muerte. Son temas tópicamente universales que en la pluma del autor, con su perspicacia y sentido poético, trascienden el ámbito de lo individual para elevarlo desde lo personal con un fin, universalizarlo. Ese es uno de los grandes aciertos de Avelino Oreiro. Y lo hace alejado de las modas imperantes que pudiera haber, recurriendo a los metros clásicos y situándose por encima de ellas. Ello contribuye a que, sin duda, el oído menos dotado agradezca este gusto por el ritmo, por la métrica manía, por conferir una musicalidad envolvente a su lírica y, como dice el prologuista, luego serán los lectores los que “sabrán ajustar el oído al corazón y dejarse llevar por la melodía del verso”.

Pero no sería justo incidir solamente en la estructura del poema, que es impecable; los poemas del autor van más allá de lo estrictamente formal, ya que su poética es profundamente reflexiva y meditativa, con lo que consigue lo más difícil de lograr, un equilibrio encomiable entre ética y estética, entre fondo y forma, entre lo que se dice y cómo se dice.

Avelino Oreiro se aproxima al lector con la idea de hacer una poesía clara, diáfana y que pueda llegar sin ningún tipo de intermediación intelectual, lo que no hace sino acortar ese espacio, a veces insalvable, que nos lleva hacia el poema: “Llamaré al amor, amor, / al pan, pan, y al vino, vino”.

Nos encontramos ante un poeta al que como dice él mismo en su “Bosquejo de un autorretrato” le atrae la cotidianidad y dentro de ella la poesía más popular, es decir aquella que puede prescindir de los poetas: “Amo el zumo del dios Baco,/ la tarde, el bosque otoñal,/ la belleza impersonal,/ las tertulias y el tabaco;/ las pulgas y el perro flaco,/ las plazuelas recoletas,/ los viajes sin maletas,/ los soliloquios del mar/y la canción popular,/que es poesía sin poetas”.

Después, el libro se ve inmerso en una serie de poemas en los que la voz poética se adentra en esa soledad un tanto angustiosa, que parece casi existencial, y que el poeta la lleva pegada a su ser como si fuera un sino imposible de eludir, casi una predestinación: “Un recién nacido llora,/ grita su primer poema:/ Una soledad suprema/se inaugura en cada aurora”.

El paso del tiempo y la añoranza por lo perdido, bien sea la juventud, los amores, o cualquier otra de las muchas cosas que el hombre va dejando atrás por la vida, siempre es fuente de atracción e inspiración para los poetas y Avelino Oreiro lo refleja con su voz: “Calvicie en cuarto creciente/ -hojarasca en la bañera-, / vislumbres de calavera,/ bajo la arrugada frente”.

La infancia, como ese paraíso perdido del hombre, al que siempre se sueña con regresar, compone una décima entrañable, que rezuma ternura melancólica por cada uno de sus versos: “¿Dónde vi yo antes, dónde,/ dónde ese pelo yo viera/ -retazo de primavera donde el sol jamás se esconde?/ ¿Dónde yo lo viera, dónde/ -sobre ti tan retorcido,/ de oro niño entretejido-,/ dónde, me pregunto, dónde?/ (El recuerdo no responde,/ hecho, como está, de olvido)”.

El libro avanza firme y se adentra en territorios como el amor, el desamor y la pérdida. Se torna un quejido doloroso que, desde la serenidad, se emite con resignación: “No conozco el paraíso/ de un corazón de mujer. / Lo que se dice querer, / ninguna mujer me quiso. / Anillo de compromiso/ ha lucido mi anular/ varias veces; pero amar, / nunca nadie me ha amado. / (Soledades de un pasado, / que no deja de pasar)”.

Al cerrar el libro, uno se va con la sensación de haber paladeado poesía verdadera, poesía que rezuma sentimiento y emoción, poesía de siempre y concebida para siempre. En ella, continuamente resuenan los ecos de don Antonio Machado. Me despido con el poema que dedica a José Luis López Bretones, un poema donde estas sensaciones, estas voces, se vuelven más intensas: “No seré ni fui ni soy/ más que una nube que pasa/ en un tiempo que no casa/ con mañana, ayer ni hoy. /Yo vengo a la vez que voy/ y, acercándome, me alejo/ del reloj y del espejo, / del Edén y la Utopía. / En la noche duerme el día:/ Niño será quien fue viejo”.

Juan Francisco Quevedo

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ROLLING STONES-DE NUEVO EN LA CARRETERA-Juan Francisco Quevedo

ROLLING STONES-DE NUEVO EN LA CARRETERA

La nueva gira europea que acaban de iniciar estos septuagenarios y multimillonarios músicos de rock es la excusa perfecta para recordar su extensa trayectoria. Esta es la leyenda del grupo más grande y, desde luego, más longevo de la historia.

Cuando Keith Richards y Mick Jagger fueron juntos a la escuela primaria aún no soñaban que se reencontrarían unos cuantos años más tarde, en 1960 y ya con pantalón largo, en una estación de metro de la capital inglesa. Jamás imaginaron que esa casualidad les llevaría a fundar con el tiempo los Rolling Stones. Tras un par de años deambulando por los garitos londinenses, tocando y cantando en pequeños grupos, escucharon a la banda que lideraba un muchacho llamado Brian Jones. Una pequeña charla entre ellos sirvió para dar forma y vida a los Rolling Stones, nombre surgido de la mente de Brian tras escuchar la canción de Muddy Waters, Rollin´Stone. Tras una gira interminable por bares y locales donde tocaban por nada más que lo que pudieran beberse, en enero del 63 se les unió el batería Charlie Watts, el impávido y anacrónico miembro de la banda.

Será precisamente ese año cuando el grupo despegue definitivamente; curiosamente el mismo año en el que se encuentran, tal vez como almas gemelas, en el Festival de Newport, Bob Dylan y Joan Baez, formando la pareja más envidiada del universo hippie.

Pero, en este año de 1963, hubo más música y más encuentros afortunados que en aquel festival folk. De hecho la gran explosión, tanto musical como social, se produjo con los Beatles. En su imparable carrera hacia el Olimpo llegan al número uno en Inglaterra con el tema “She loves you” y, por fin, sueltan amarras, dirigiéndose a toda máquina, para abordar definitivamente el gran mercado americano. Curiosamente, los muchachos de Liverpool están a punto de fabricar la melodía que daría el primer éxito a otro grupo con el que acabarían rivalizando, con The Rolling Stones, con los niños malos de la historia del rock. Sin ese acto de inconsciente generosidad la historia del rock hubiera sido otra.

Cuentan los hagiógrafos de los Beatles, aunque por su inagotable creatividad es fácil de creer, que Lennon y McCartney se encerraron durante unos minutos en una habitación y salieron con la base, regalada a los Stones, de lo que sería el primer gran golpe rítmico del grupo, “I wanna be your man”. Tal vez, de haber sido cuatro artistas más o menos aventajados y de haber sabido las consecuencias de aquello, no lo hubieran hecho pero, desde luego, no eran mediocres y, por otro lado, es fácil entender que estuviesen muy por encima de aquella puntual circunstancia. Puntual pero crucial, ya que tuvo una gran importancia en el desarrollo posterior de la música rock.

Curiosamente, de aquellos casuales lodos surgieron estos “cantos rodados”, los cuales deben su nombre, como dije, a una canción del memorable músico de blues Muddy Waters y no, como pudiera pensarse, al posterior himno dylaniano de título casi similar. Lo verdaderamente paradójico es contemplar cómo llegan a la fama justamente de la mano de aquellos a quienes más los contrapondrán y enfrentarán. Cosas como éstas nos hacen pensar en aquello de que el destino ya está escrito en las estrellas.

Estos peligrosos Stones que, sin tardar, harán de los Beatles unos niños buenos, aunque por poco tiempo, no van sino a comenzar una de las carreras más brillantes de la historia de la música moderna, aunque quizás la hayan prolongado demasiado tiempo. Sin embargo, en Estados Unidos, si creemos a la revista Cash Box, no llegarán a lo más alto de las listas hasta el 65, de la mano de “Satisfaction”. Después, no hicieron sino acrecentar su leyenda negra que culminará en el festival de Altamont, y que se unirá a la fama despiadada y violenta de los Ángeles del Infierno, ejemplos paradigmáticos de una estética y un espíritu matón y desafiante. En el festival de Altamont, los Rolling Stones presentan su disco “Let it bleed”, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba “Simpathy for the devil” y la brutal presencia, en el servicio de seguridad, de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nunca nada volvió a ser igual.

A este mítico grupo hay que reconocerle, sin embargo, que en estilos tan diametralmente opuestos a sus orígenes, incluso tan opuestos a sus salvajes y satánicas estampas, ha sabido adaptarse y dotar de calidad hasta la música más comercial; baste como ejemplo los temas “Star me up” y “Emotional Rescue”. Esta música discotequera, odiada por los rockeros más puros –los más próximos al heavy-, fue definitivamente dignificada por unos Bee Gees que, tras su glorificado “Massachussets”, parecían andar erráticos, entre canguros y koalas, hasta que se reencontraron, por el amarillo camino que lleva al arco iris, con el falsete, con el denostado falsete. Junto a la “Fiebre” más bailable-“Stayin`Alive”- de Tony Manero, el muchacho de los inacabables cuellos de camisa y perenne peine en el bolsillo trasero del pantalón, compusieron grandes baladas –“How deep is your love”- que no han hecho más que dar alpiste y pisto a su carrera. Fue una pena su estética hortera y caduca, a medio camino entre el último Elvis y el mayor macarra de cualquier lugar.

Pero volvamos al padre nominal de los Stones, volvamos a este maestro de músicos que atiende por Muddy Waters. Este viejo bluesman, que ya en los cincuenta triunfara con una canción, “Hoochie Coochie Man”, compuesta por el contrabajo del grupo, Willie Dixon, es uno de los grandes artífices en abrir brecha y posibilitar, magistralmente, el camino que ha de recorrer el rhytm and blues para convivir y derivar en el rock de los sesenta. Este sendero lo recorrerá sin renunciar a su esencia –“I got a rich man´s”-, sin renegar de ese antiguo riff de guitarra, íntimo y doliente, que como en una jaculatoria se lamenta hasta conseguir estremecernos. Poco a poco, en su carrera hacia una modernidad respetuosa con las raíces, va añadiendo elementos, con la maestría de los elegidos por el soplo de la inspiración, hasta hacerle identificarse con un blues más urbano y refinado. Podemos decir de él que fue un músico que supo tocar a tenor de los tiempos en los que estaba, pasando, de igual modo, por el clásico Teatro Apolo de Nueva York que por el Festival de folk y jazz de Newport, sin olvidarnos de su presencia en el primer gran macrofestival de la historia, el Festival de Monterey.

Entre estos barrillos se fueron conformando los lodos que darían lugar a los más grandes entre los grandes, los, por tanto tiempo, impresentables Rolling Stones. Poco después de su lanzamiento y de su primer gran éxito se convertirán en algo más que un simple grupo de rock; representarán una nueva forma de vida, acorde a los nuevos y airados tiempos, encarnarán una rebeldía que manifestarán en su estética descuidada, en sus greñas amontonadas y en su manera de estar encima de un escenario, volcados encima del público y completamente descoordinados, haciendo cada cual lo que más le place. Hasta la carga sexual de Mick, el verdadero estrellón del grupo, en todos sus contoneos, irrita a una sociedad establecida en las viejas normas, incluso de los nuevos cantantes. Ese rechazo por las viejas estructuras incluso lo experimentan en su propia casa de discos –Decca-, pero para ellos parece ser que no es más que la señal de que van por el buen camino. El inconformismo es su bandera, junto a la independencia creativa, y en su radicalismo primario recuerdo como contestan el “Let it be” –Déjalo estar- de unos Beatles al borde de la separación con un L.P. de título significativo, “Let it bleed” –Déjalo sangrar-.

Además, y junto a Muddy Waters, admiran, maman de sus entrañas y reinterpretan a Chuck Berry, al igual que les ocurre con Jimmy Reed o Bob Diddley. Estas influencias hacen de Jagger un cantante con un gran talento para el blues, en especial para el blues lento y apasionado donde, con su voz única, aunque no extraordinaria, retuerce con sus inflexiones la melodía, llegando a un semifraseo pronunciado, enérgico y envolvente. Si a ello le añadimos que estamos ante el mejor “performer” del rock, lo demás sobra, si bien es de justicia señalar que nunca cantará tan bien como el cantante blanco de voz bluesera más negra, Eric Burdon –“Bring it on home to me”-.

Más tarde, poco después, cuando crezcan y se hagan grandes compositores, serán ellos los que serán reinterpretados, como pasa con los artistas verdaderamente consagrados, e incluso, excepcionalmente, llegarán a superarles en sus versiones, tal y como pasa con su hermosa canción “Ruby tuesday” que, en la contundente y desgarrada voz de Marianne Faithfull, se hace inmensa en su lirismo roto.

“No sé si es diosa o mujer, pero me parece la misma Venus”. Geoffrey Chaucer (Cuento del caballero)

 Entre las grandes canciones interpretadas por sus creadores perviven grandes versiones; sirvan de muestra recreaciones como las que Nina Simone hace del “Here comes the sun” de Harrison o del “Just like a woman” de Dylan. Incluso hay versiones, como la que hizo James Taylor de “You´ve got a friend”, que nos hace olvidar a su bella compositora, Carole King.

Los Stones fueron un grupo salvaje y desbocado –“Wild horses”-, en el cual tan solo Charlie, el elegante batería de la banda, el hombre discreto y músico talentoso, el caballero amante del jazz y de Skinnay Ennis, se ponía, con su porte impecable, a salvo del naufragio de desenfreno en el que se vieron envueltos durante casi veinte años. Después, Mick, el cerebro contorsionista del grupo, el juglar moderno por excelencia, a sólo un paso -nunca llega a darlo- de la bufonería más medieval, se convertiría, con la fe de los conversos, a la macrobiótica y al jogging. Ver para creer. Charlie tal vez fuera, en realidad, el contrapunto sosegado a ese icono de la modernidad, a esa guindilla, con fuego en el trasero, de Mick, y a la incontrolable desmesura -nunca extinguida del todo- del guitarrista, el gran superviviente de todo tipo de excesos, Keiht Richards. Verdaderamente los dos parecían haber nacido en la cola de una violenta tormenta-“Jumpin´Jack Flash”-, al son de los acordes de la guitarra más característica de la historia. Con sólo oír el bruñir primario de sus cuerdas sabemos que estamos ante ellos; no es preciso ni, tan siquiera, nombrarlos.

“Nací en el huracán de un tiroteo, /y gemí en brazos de mi madre bajo la lluvia de la tormenta.” Rolling Stones (Jumpin´Jack Flash)

No cabe duda, aquella música bestial, alocada y apasionada, como los poemas de Byron y Pushkin, nos absorbía provocándonos “movimientos del alma”. Y no sólo fueron los Stones, fue la época a la que pertenecieron, una época durante la cual la música, fuera de Dylan –Agamenón- o de su porquero, era una bandera tras las que se iba a la búsqueda de la verdad, por muy efímera y subjetiva que fuese.

Sea como fuere, estamos ante una gran banda, una banda fascinante, creadora de una puesta en escena trovadoresca y con un directo arrebatador y brutal. Aquellos, allá por el 71, que pudieron asistir -o incluso aquellos que, como yo, hemos visionado la grabación- a alguno de los conciertos de aquella memorable gira, sabrán de lo que estoy hablando. Ver, y oír, abrir un concierto con las sorprendentes y metálicas notas de “Honky tonk women”, con un Mick entregado a la causa y un Richards absolutamente pasado, envuelto en el humo de su propio cigarrillo, es como transportarte hacia un futuro desconocido. Tras un reguero de canciones, en medio de una improvisación aparentemente casual, se enlazaba con los primeros acordes del tema señero del grupo, “Satisfaction”, envolviendo al público en una hipnosis admirativa e inolvidable. Después, ya sólo quedaba vivir para contarlo aunque, quizá, para verlo, y vivirlo con la misma emoción, haya que retrotraerse en el tiempo hacia aquella época y tener unos cuantos años menos. No en vano la edad nos anquilosa los sentimientos y nos congela la sonrisa. A mí, con el tiempo, y a pesar de toda la carga de escepticismo socarrón que llevo a cuestas, me afloran impresiones encontradas, recordándome las palabras de Unamuno: “un hombre de contradicción y de pelea…, uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida.”

De los miembros del grupo, al bajista, por haber sido siempre invisible, me lo salto, pero no osaré hacer lo mismo con el mitificado por la progresía de la época, como todas las estrellas que mueren jóvenes y trágicamente, Brian Jones, un Stone que algunos, tal vez demasiado cercanos, quisieran hacernos creer que nunca hubiera existido y que nunca hubiera tenido ninguna trascendencia en el primer devenir del grupo.

Por entonces, en el 71, Brian Jones ya no estaba ni con los Stones ni en este mundo. El 68 fue un año convulso, también para la historia del grupo. Durante ese año los gurús de la banda, es decir Jagger y Richards, habían adquirido peso específico y ya tenían medio decidido dejar fuera de la misma a Brian. Éste estaba totalmente ido, tal vez más, aunque parezca imposible, que los demás y, en esa envolvente semi-mística, se debatía interiormente entre la filosofía hindú y las pipas de Kif que, antes, mucho antes, ya hicieran visionar la muerte al inmenso literato, y extravagante personaje, como diría de él el general Primo de Rivera, de las barbas de chivo, al viejo cascarrabias que se paseara por Madrid, según la leyenda fomentada por él mismo, con un león. Y no con un león cualquiera sino con uno capturado en la selva mexicana –algo completamente imposible-, al que llevaba en el cabo de una correa tirada por su mano. Una mano que, por cierto, perdió al recibir un bastonazo, y clavársele el gemelo del puño en la carne. Una discusión, sobre un lance insignificante, en la que llamó majadero a su oponente, mientras empuñaba una botella de agua, a modo de garrote, fue el fatal desencadenante que dio lugar al mandoble mutilador. Y es que don Ramón María era así, un tanto peculiar e irascible. Su presencia espectral le persigue, como una sombra cosida a sus botines sin cordones y a su literatura, más allá de la muerte.

“Tiembla en la luz acuaria del jardín; /y va mi barca por el ancho río/que separa un confín de otro confín.” Ramón María del Valle-Inclán (La pipa de Kif-Rosa de sanatorio)

Por aquel entonces, Brian Jones, en su alucinada existencia, poco creía deberle a la vida y poco creía deberse a sí mismo, quizá, lo único, un anhelado viaje a Marruecos, inspirado sin duda en las referencias de Paul Bowles y Burroughs. En este último suspiro vital, el ex guitarrista de los Stones se prendó locamente de una música distinta a la que, hasta entonces, había escuchado, la música étnica y primitiva de los “Virtuosos de Jajouka”, unos hombres enigmáticos, descendientes, a su vez, de generaciones de músicos que nacieron adorando al santón Hamid Sherk, profeta del Islam. Estos personajes, predestinados desde la cuna, no saben hacer otra cosa que tocar y tocar de manera compulsiva. Tocan continuamente y las notas se desparraman por entre la humareda que desprenden las pipas de Kif. Siempre suenan, y nunca se cansan, los mismos ritmos ancestrales, los mismos que llegaron hasta ellos a través de las desgastadas manos de sus antecesores. Todos los pueblos que se extienden en sus dominios se ven permanentemente inundados por el sonido de sus rhaïtas –similares al oboe-, acompañadas por el resonar de los tambores. Podemos asegurar que lo último que Brian Jones hizo, antes de aparecer muerto en una piscina –al igual que Moon, el potente batería de los Who-, fue grabar a estos músicos legendarios y, de alguna manera, darlos a conocer. Descanse en paz. Descanse tras yacer y cruzar aquella piscina, transformada en su Aqueronte particular, e ingresar directamente en los Infiernos, bajo la mirada atenta del Iris -como no podía ser menos- de siete colores. Ya nunca regresará, ya nunca lucirá su cuidada melena rubia, bajo un sombrero, reposando sobre las pieles felinas de su abrigo. Esta última imagen, impresa en una vieja fotografía, es el recuerdo que en mí más vivamente ha prendido. No sé por qué.

“… y siete veces más cansado del duro pacto/de excavar cada víspera una nueva fosa/

en el terreno avaro y yerto de mi cerebro/sepulturero sin misericordia para la esterilidad”. Mallarmé (Cansado del amargo reposo)

Mick, Keith y Charlie aún siguen ahí, como si nada, con los achaques de la edad acechándolos y con los recuerdos de aquellos tiempos, para algunos inmemoriales, en los que vivían en la inopia de una juventud idealista y maldita, ubicada en el infierno, lleno de iluminaciones, de Rimbaud, y en los paraísos artificiales, dentro de la brujería evocadora de Baudelaire.

“Yo conozco los cielos rompiéndose en destellos, /las trombas y las resacas y corrientes: y la noche conozco,” Rimbaud (El barco ebrio).

En cualquier caso, estos, digamos con sarcasmo, despojos pretéritos, y un tanto remotos, con el marchamo de envejecidas viejas glorias, hinchadas presuntuosamente por un pasado brillante, sirven para testimoniar el sufrimiento desvencijado de aquello que nunca pudo ser. Tal vez, como Rimbaud, debieron evaporarse sin más y dejar su obra, como, desde su alquimia del verbo, el poeta dejó, con apenas dieciséis años, estos enigmáticos versos. Y, luego, se dedicó, simplemente, a traficar con esclavos. Sin embargo, prefieren pasear su afonía un tanto cascada y agónica por los escenarios y caerse de cabeza de elementales cocoteros que se levantan en paraísos fiscales, ya nunca más artificiales. Y si no que se lo digan al guitarrista que ya de viejo se cayó de uno de ellos.

– Keith, ¿qué carajo hacías, a tu edad, encima de un cocotero? –seguro que le preguntaron al miembro de los Stones, perplejos, sus hijos, mientras se recuperaba en un hospital del derrame cerebral sufrido tras la caída-.

Es de justicia pensar que más dignamente acabaron otros, sin necesidad de morirse, y podemos pensar que, incluso, más dignamente acabó un dudoso caballero, pero con cierto estilo, como La Voz, dicen, más mafiosa de América. Salve, Frankie. Ya, por fin, te he dicho algo verdaderamente estúpido. Y es que Frank, al fin y al cabo, siempre representó el mismo papel. Nunca engañó ni a sus seguidores, ni a sí mismo. Siempre fue un canalla con clase, de esos que tanto gustan, aunque de lejos.

Y ahí están otra vez los Stones, parece que en plena forma y no como esas viejas estrellas gordinflonas que pasean sus kilos por los escenarios con sus viejos temas de siempre. Pudiera parecer que el tiempo no ha pasado, pero vaya que si ha pasado; no hay más que ver sus caras. Y su voz, la voz de Mick que, sin embargo, parece seguir moviéndose y contoneándose como siempre, con esa electricidad discontinua tan característica en su persona. Keith, permanece amarrado a su guitarra, deambulando por el escenario como un zombie místico mientras que Charlie sigue como siempre, manteniendo vivo su pacto con el diablo, como si fuera un hierático y elegante batería de un club de jazz antiguo.

En fin, disfrutemos de esta banda, aunque ya esté un poco carcomida por el tiempo, un tiempo que bien pudiera haberles sobrepasado. Como a tantos.

Juan Francisco Quevedo

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HILARIO BARRERO-BLENDING- Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

BLENDING

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Querido Hilario, al abrir el sobre donde venía tu “Blending” y al verlo he sentido una profunda emoción. Una edición cuidada y primorosa, como siempre acostumbras. Después he explorado sus páginas en las que el sentido del humor flota a manera de recibimiento en ese se agradece la reproducción “hasta por señales de humo” y, también, a manera de despedida, aunque con un humor más irónico, con esa dedicatoria “Al confesor y la pregunta temida: “¿Cuántas veces, hijo mío?”.

Muchas gracias por este libro que desborda sensibilidad y emoción en todas sus páginas, en todos sus poemas. Reproduzco el poema que da título al libro, “BLENDING”, donde haces un paralelismo maravilloso entre esos ojos que se abren cuando todo está por descubrir, uno ojos que se asombran ante el insospechado color que aparece al mezclar el azul y el amarillo y esos ojos que aún ignoran las incertidumbres de la vida, reflejadas en un negro que acabará por dejarnos ciegos. Espléndido libro de un poeta que no deja de maravillarme, de emocionarme desde un lirismo verdadero y lleno de contenido. Muchas gracias Hilario.

BLENDING

Descubrir el amor,

escuchar el aullido de la muerte

y ver por primera vez el mar

es como cuando un niño

descubre que azul sobre amarillo

se torna verde luminoso

y no sabe todavía que el negro

es un carbón ardiendo en sombras

que algún día le quemará los ojos.

 

 

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ÁNGELES MORA FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA -Juan Francisco Quevedo

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

ÁNGELES MORA

FICCIONES PARA UNA AUTIBIOGRAFÍA

(2015) BARTLEBY EDITORES

 

Como bien saben los que tienen la gentileza y la paciencia de leerme, no soy un crítico literario, pero sí soy un lector muy crítico; de esos que simplemente hacen crónicas de sus lecturas favoritas, lo cual, según algún amigo bienintencionado sólo me proporcionará buenas vibraciones y pocas discusiones. No puede ser de otra manera porque para mí, no forma parte de la exigencia de un trabajo, sino de un impulso literario que me lleva hacia esos libros que pasan a componer mi biblioteca sentimental, y no precisamente esa, cada vez más copiosa, de libros leídos y olvidados, sino aquella en la que sólo están los que son gratamente recordados. El libro de Ángeles Mora es de los que dejan huella, de los que permanecen en la memoria del lector y forman parte de ella para siempre. Al menos, de la mía. Por lo tanto no es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por ello es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos

La poesía que se desprende de Ficciones para una autobiografía penetra en nuestro ánimo con una pulsión rítmica serena, con la autenticidad de su propia experiencia-como no podía ser de otra manera con ese título-, destilando, desde la alquitara de la vida y de la creación literaria, como meta inexcusable, verdad en cada verso. Otra de las grandes virtudes de esta autora es poseer la suficiente lucidez como para no dejarse arrastrar por la autosatisfacción del hermetismo hasta el extremo de hacer de la poesía un paraje indescifrable. Ángeles, con su obra, nos sumerge en la cotidianeidad de su vida, nos introduce de lleno en ella con su verdad, a veces con la poética, que bien es cierto que se confunde con las otras que hay en ella hasta no diferenciarse. Uno tiene la sensación desde el primer poema de estar ante un libro que perdurará más allá de ese primer impacto de su recorrido. De hecho, estamos ante un libro que, en mi opinión, comienza a superar la inmediatez de la publicación para instaurarse entre lo duradero. Estamos ante una poesía en la que sus versos huyen de la metafísica de los fuegos de artificio, tan llamativos pero tan vacuos; parten de sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y sinceridad, confiriendo, a su vez, una gran serenidad al lector, llenándole de paz. Es una poesía capaz de conmover desde la autenticidad, capaz de pulsar en el lector esas fibras sensibles que estimulan las emociones más profundas. Y al activarlas, consigue convertirlo en su cómplice y con sus versos enredarlo y, desde ellos, seducirlo. Os invito a que me acompañéis en esta crónica por la poesía de Ángeles Mora y sus Ficciones para una autobiografía.

Compré este libro hace algún tiempo, a comienzos de verano creo recordar, en la librería Dlibros que mi buen amigo Adolfo Cayón tiene en Torrelavega y desde la dedicatoria a su gongorino Juan Carlos, me sedujo. Es más, no sé si imaginarlo, como a Polifemo, arrancando un pino de cuajo y usándolo de cayado cada primavera.

Entiendo que Ángeles asume mucho, sino todo, de la voz poética, incluso las ficciones; se nos presenta “a destiempo” desde el primer poema, cuando recuerda su llegada al mundo con esa espontaneidad cotidiana que hoy se ha perdido para siempre; es decir, la que ya nunca se halla en los hospitales. Sólo se podía encontrar en aquellas casas de antes, de antes de que se impusiera parir en la asepsia, tanto en su acepción más higiénica como en la más metafórica, aquella que alude a la falta de calor humano. Nació esa Nochevieja, llorando, como todos, en un llanto convulso y recibió el año dormida. En el segundo poema, en los “retazos” de este preámbulo hace toda una declaración de intenciones y aunque diga tener pocas cosas que guardar, ella sabe, saben los poetas de lo cotidiano, que no es así.

La primera parte del libro “¿Quién anda aquí?” comienza con un poema de igual título, en el que da la impresión de que la inspiración asalta su pensamiento con sigilo. Es como su otro yo, que siempre la acompaña y ante el que hay que estar atento para escucharlo antes de que se difumine: “A veces una ráfaga suya pasa/como un fulgor felino, /una estrella fugaz/perdiéndose en lo negro”. Toda esta parte desborda serenidad desde el quehacer diario, desde el recuerdo de una infancia que siempre es utilizada por Ángeles como vehículo de conocimiento: “Caperucita, /ni está mamá/para contarte el cuento/de las migas y los pájaros. /Tampoco el de los niños y las fresas”. La mujer que es hoy recuerda desde la nostalgia el tiempo de aquella juventud en la que se entregaba en la noche a la lectura, a la búsqueda de un conocimiento que le permitiera llenar las cuartillas en blanco: la poesía. Con el día retornaba de ese paraíso a la realidad de la cocina y de la escoba: “Los hombres no barrían la casa, /mi hermano entraba poco en la cocina, /yo hacía la mayonesa/o limpiaba el polvo para ayudar: /de día”. La metaliteratura impregna todo el libro desde multitud de imágenes pero en el poema “La soledad del ama de casa” la poesía de Ángeles Mora trasciende el quehacer literario para adentrarse en el lirismo más hermoso, desasosegante en ocasiones,  pero cargado de belleza siempre. Cuando todo parece perdido, es cuando aparece el poeta: “Y sin embargo/se te abren en la boca/las palabras que nunca pronunciaste, /listas para caer/justo hacia el otro lado del silencio”.

La segunda parte, “Emboscadas” se abre con un poema que nos advierte de los peligros de esos deslumbramientos detrás de los cuales, superado el impacto inicial, sólo hay una rotunda vacuidad. Persigue en esta sección la búsqueda del poema, lo persigue hasta el dolor, aunque sea para “arrastrar sus miserias”: “… Recogerlas-aunque duelan- /es mi tragedia/de chica sentimental de clase media”. Prosigue en una indagación lectora que la hace renegar de lo que la distraiga, de todo aquello, como el ordenador, que pueda anular el entendimiento. Otras veces aborda, desde las labores diarias, el proceso creativo, la inspiración creadora que, como una pulsión, te asalta y prontamente transcribes porque “escribir es un vicio que nunca se detiene”.

La tercera parte es una llamada tranquila a disfrutar de la vida, en una variante que nos lleva del tópico del “Carpe diem” a otro tópico horaciano, al “Aurea mediocritas”. Se trata de aprovechar el tiempo desde esa dulce monotonía que nos proporciona la vida diaria. Prosigue el libro con ese deslumbramiento cual es el descubrir versos que guíen nuestra conciencia, haciendo nuestras las palabras que van conformando nuestra existencia: “Germinan bajo tierra/donde la historia, poco a poco, /esparce sus semillas. /La tarde arroja en los caminos/melancolía”. Hay un poema que, desde la sencillez expresiva, como es el tono habitual de su poesía, rebosa felicidad, “Cumpliendo años”. Ángeles Mora llega a ese dominio del lenguaje poético a través de la mayor de las complejidades, llenar de autenticidad a sus poemas sin perder un ápice de lirismo: “Y el calendario va colgando sus días/como las cuentas de un collar en el hilo del tiempo”. En esa “guarida azul”, donde se imbuye de lecturas, papeles y versos, de pensamientos y metáforas se siente feliz. Y es allí, en su refugio idealizado, donde atraviesa el espejo y accede al otro mundo, al de la creación literaria: “Pero existe un destino que sólo se conquista. /Un espacio de sueño y desafío/para escribir lo nuevo”.

La cuarta parte del libro se inicia con “El ayer”, donde se desdobla en los muchos fuimos que han deshecho su figura. Es una traslación muy curiosa realizada a la inversa, en un holograma deforme de sí misma. Los primeros poemas parecen intuir un miedo al futuro; navegan en la incertidumbre de lo que nos espera: “La alegría más alta/siempre esconde una sombra/invisible, /agazapada, de tristeza”. Hay poemas en los que el afán de trascender se manifiesta con gran belleza; entiende el quehacer literario como “El polen esparcido por la abeja/tiene misión de vida”.

La última parte del libro, “El cuarto de afuera” se inicia con una alusión muy velada a ese final del camino donde se recuerdan las ausencias cuando “las rojas hogueras ya tiritan”. Prosigue esa búsqueda inacabable por conocerse a sí misma, valiéndose de la mirada turbadora de la infancia, enfrentándose a las sombras que la vida pone a su paso: “Ahora, desde el cuarto de afuera/de mis años perdidos, /te veo caer otra vez”.

Al cerrar este libro que durante meses me ha acompañado, y al que sé que retornaré de cuando en cuando, me entra una nostalgia prematura, aquella del que sabe lo que añorará nada más perderlo. No se esfumará por la alcantarilla de la memoria; ahí estará esperándome, como un buen amigo, para desprenderme de esa añoranza. Me sé conmovido por el destello que ha provocado la buena poesía de Ángeles Mora en el interior de este involuntario interlocutor, de este lector que, desde ese fulgor preciso, inherente a la palabra poética, se ha elevado por encima de los límites de lo racional. Me he encontrado de frente con una poeta y una poesía que actúa con inmediatez, sin necesidad de hacer ningún ejercicio intelectual para sentirla, como escribiese José Ángel Valente, con una poesía que hace que nos convierta en sus aliados permanentes durante este viaje literario. Un viaje del que, como pasa con los libros que nos alcanzan, nunca desertaremos. Una lectura no sólo recomendable, sino inexcusable para todos los amantes de la buena poesía.

 

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

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JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

JOSÉ LUIS MUÑOZ SÁEZ-CANTO DE GORRIONES

BOHODÓN EDICIONES 2017

Como digo siempre, yo no soy un crítico literario pero sí soy un lector muy crítico. Además, de los que sólo comentan algunas de aquellas lecturas que realmente le han provocado emociones verdaderas. Eso hace que nunca escriba crónicas rutinarias, como tantas veces vemos en tantos lugares, como tantas veces vemos en tantas críticas confeccionadas al hilo de las prisas, cuando no del encargo y la obligación. Y este “Canto de gorriones” es de los que te mueven y conmueven las entrañas al desenredarlo. Su autor, José Luis Muñoz Sáez, nacido en Madrid en 1961 es un poeta cierto, un poeta al que, como dice en la solapa, hay que buscarlo “en las orillas de sus libros; firme, cumplido, altivo entre los álamos”.  Sin duda, nos encontramos ante un hombre que ha explorado su yo más íntimo a través de las más variadas técnicas poéticas; es un poeta que domina este arte como pocos, con maestría, oficio y sentimiento, dando lugar a composiciones hermosas, invadidas por un lirismo sereno y apacible que logra conectar con el lector en ese terreno tan complicado que gira en torno y alrededor de los sentimientos. El libro no sé si guarda un orden cronológico en cuanto a la aparición de las composiciones aunque, desde luego, sí parece responder a una cuidada y selecta colección de poemas realizada en diferentes etapas de su vida y agrupados en diferentes bloques temáticos.

El dominio del verso y el gran sentido musical de José Luis Muñoz presiden un Canto de gorriones que más se nos antoja de ruiseñores. La variedad métrica del libro es evidente, pudiendo saborear sonetos clásicos, junto a romances octosilábicos y una serie de composiciones que, nutriéndose de la tradición, sorprende por su gran fuerza expresiva.

Esas “Primeras poesías” se abren con tres romances y un soneto excepcionales, de corte clásico y lenguaje cuidado con lo que recoge la tradición, heredada a través del veintisiete, y lo convierte, en su voz, en un discurrir lírico fascinante: “-Corazón ayer sonoro, /di, ¿quién te quitó la pena?/ Las rosas que no quisiste/espinas de amores llevan”.

En sus “Segundas poesías” el cuarteto endecasílabo rimado predomina y, como sucede a lo largo del libro, el poeta nos muestra su predilección por esta estrofa. Y será con esta técnica con la que nos ofrezca una sabia y delicada “Receta para soñar”: “Sírvase, con las manos de la mente, /en el vaso del alma soñolienta, /luz y sombra, calor y viento leve/ de ese abril ya futuro en que se sueña”.

En la tercera parte del libro, “Pintar un cuadro” el poeta pone música al verso y al cuadro, ubicado en los pinceles y en la paleta de un estilo pictórico y así en “Impresionista” no podemos sino dejarnos llevar por la evocación de esa luz mediterránea que se desprende de los lienzos de Sorolla: “La brisa trae aromas de salitre. /La espuma de las olas se derrama/en blancos algodones despintados/que inundan las arenas de la playa”.

Vamos progresando en la lectura de unos poemas agrupados con criterio en diferentes secciones hasta llegar a “Melancólicas”, donde el poeta suspira por lo etéreo, a veces por ese eterno femenino que dijera Goethe y como Fausto redimirse por el amor de Margarita:“… al cielo nos conduce el eterno femenino” Goethe(Fausto-Acto V).

“Algo que huele a sol perfuma el alma/de ignotos y exquisitos oros nuevos. /Dame, mujer, tu aroma, que en la nada/está lo sustancial, lo azul, lo neto”.

El libro sigue progresando y abriéndose camino entre “Realidades” y “Miradas” para conducirnos a la particular mirada que el poeta realiza al amor, al que homenajea con esa musicalidad que sólo nos da la inspiración, el sentido poético del ritmo y la solidez cultural del que se enfrenta a la soledad del acto creativo: “Y de tu risa; rosas, madreselvas, /fragantes mariposas de romero, /perfumes de geranios infantiles/a la orilla naciente de febrero”. Cuando el poeta se mueve en el terreno de los sentimientos, cuando siente la pérdida de aquello que se ama, no es ajeno al “Llanto”: “Te has ido para siempre/al mundo más lejano. /Sin ti mi vida es nada, /sin ti, mi amor, soy llanto”.

Más tarde, la voz poética se torna melancólica; es tiempo para la añoranza, para girar la vista al pasado, al tiempo del descubrimiento: “Caen las palabras. /Entre azules sedas/las bocas duermen y los labios lentos/de la nostalgia se desnudan. Solo/los ojos saben el vibrar del sueño”.

Reminiscencias y ecos machadianos inundan este “Canto de gorriones” cuya filosofía se impregna del sentir del poeta del noventa y ocho, de esa poesía de la claridad, de esa poesía meditativa que todo lo abarca, que con todo emociona: “Sé rebelde y constante. De tu aliento/nacerá junto a ti la flor de enero/más allá del más puro pensamiento”.

Hay un sitio entre los versos para la tierra, para esa Andalucía de sus ancestros, para esa Castilla de “polvo sudor y hierro”, para ese Madrid castizo que le viera nacer: “Qué ignota lejanía la del sauce/con voz de caracola. /Llueve, y en Madrid nadie, nadie sabe/si canta la cigarra, si duerme la amapola/si silba y silba el bosque en los mimbrales/su aliento sobre el mar, o si la ola, /con traje de algodón y eternidades, /entona su canción al sauce sola”.

Con un gusto exquisito por lo clásico nos regala José Luis Muñoz estas “Semblanzas”, en las que, como en un juego de palabras, nos atrapa con el verbo seductor de sus versos: “Por gusto vivo/y a fuerza muero, /nada persigo/ni nada quiero. /Si a fuerza muero/por gusto vivo. /Si nada quiero/nada persigo”. Entre sentimentales dedicatorias vamos llegando al final del libro, al soneto que dedica a su hijo Alberto, a unos versos donde asume la consciencia de la libertad de un ser al que ha dedicado su vida: “Has crecido en la dicha amanecida. /Sé valiente. El temor ya no te ciega/porque tú eres dueño de tu vida”.

Cuando uno cierra las páginas de este “Canto de gorriones”, le es fácil imaginarse al poeta, a José Luis Muñoz Sáez, en toda su humanidad, con toda ella volcada en los dos últimos poemas, en un adiós que suena casi a testamento poético, a versos finales. Esperemos que no sea así, que “cuando llegue la lluvia” su voz siga resonando en la conciencia de sus lectores con ese lirismo sólo al alcance de los buenos poetas. Y José Luis Muñoz Sáez lo es, sin el menor atisbo de duda.

Juan Francisco Quevedo

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El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

 

El sedal del olvido-Juan Francisco Quevedo-Reseña de Jesús Cárdenas

ESENCIA DEL SER

 

La esencia del ser humano es vivir y, después, las palabras sirven para rescatar lo vivido. Compartir los sentimientos por los diferentes caminos de la memoria es la propuesta poética del escritor de Veracruz afincado en Bielva  (Santander), Juan Francisco Quevedo, que nos entrega en El sedal del olvido, un libro magníficamente editado por Septentrion Ediciones, que dirige el poeta Carlos Alcorta. Tras dos novelas, Ana en el mes de julio (2014) y Querida princesa (2016) este es su primer libro de poemas.

 

El título de este libro despierta un gran interés, pues, como si de un pescador se tratase, el autor pretende recoger con su hilo de caña los recuerdos más valiosos. Para ello, indaga en su interior persiguiendo lo más significativo, y, una vez capturado, deja su ancla, para que jamás se olvide. El juego textual que el autor nos plantea obedece al empleo del mismo título en un poema y en el verso último. La poesía actúa así como salvavidas y anclaje.

 

Esta indagación en el terreno poético de Quevedo es nueva para él, aunque es un lector ávido de poesía y ejerce la crítica literaria. Por ello, va, poco a poco, recorriendo con palabras luminosas hasta construir, desde el respeto a la poesía, un discurso humanístico cuyos ejes centrales son el amor, la muerte o a la infancia, como una parte más de la identidad del autor; motivos que, por otro lado, conforman la verdadera esencia del ser humano, como ya hiciera en prosa en su segunda novela, Querida princesa.

 

La estructura del libro es impecable: se compone de una introducción en prosa al que le siguen sesenta y ocho poemas distribuidos en siete capítulos más un epílogo. Cada uno de los apartados se abre con un dibujo del propio autor. Y el círculo, perfecto: comienza por un antiguo colchón de lana» y, a falta del mismo, termina con el sujeto insomne, doblegado en la noche, aunque en paz, pues sabe que las huellas de sus antepasados «reposan junto al sedal del olvido».

 

Ya en la primera parte, «La mirada empañada», al recorrer los parajes de la memoria, el poeta halla un doble efecto: el refugio de la alegría y la ciénaga del dolor. El recuerdo que infunde alegría radica en la captura de instantes pasados que devuelven al sujeto al edén de la niñez, como sucede en cuatro breves y deliciosos poemas: «Sobre las ruinas del tiempo», «La higuera», «Mañanas de colegio» o «Canicas de barro», en cuya lectura se escuchan los ecos de Machado, Cernuda o De Villena, en esa forma de traer los recuerdos de la infancia. Sin embargo, ese feliz recuerdo se va empañando dando paso a la nostalgia, al recuerdo de lo pasado, y lo que ha pasado es, nada menos que la juventud, envuelta en la música del primer amor (en «Éramos tan jóvenes» y en «Elogio de la nimiedad»); recuerdos de otro tiempo, de un pasado donde el sujeto era otro. De ahí que necesite volver a ellos, tal vez para reencontrarse consigo mismo.

 

Ahora bien, el paso del tiempo no sólo es pleno de certezas, también está lleno de incógnitas, incertidumbres que el sujeto perplejo recoge en la segunda parte, «Filosofía inexacta». La poesía indaga en la expresión de la realidad donde el poeta paseante rescata rincones, instantáneas vividas. Ante el sujeto, el fluir inexorable del tiempo: «febrero de sesenta y nueve», «el crudo invierno», «el ochenta», «el verano» y vuelta al «otoño». Así, se muestran, aparentemente, reales, pero, a menudo, parecen borrosas, casi fantasmales, la calle, el café o el amor (como sucede en «El otoño es…». Lo mismo que la calle (en el poema «Dulce pensamiento») es todas las calles; el amor se convierte en todos los amores. Cada poema se convierte en una imagen que el lector vive identificado como propia experiencia. De este modo, la poesía de Quevedo deja de ser cotidiana y suya para ser de todos. Así, puede leerse en el poema «La barra del bar»:

 

La soledad se instala

en la barra de un bar vacío

como un estilete en la noche

rasgando las tinieblas.

 

La más floja y breve de las partes corresponde a la tercera, que lleva por título «Pasos en la madrugada» y tiene por objeto ocuparse de los dos hijos, a los que, por otra parte, se les dedica el libro entero. Así, la entrada en escena de estas dos vidas provocan el cambio en la vida del sujeto, como no podía ser de otra manera. Y claro, el tiempo pasado es refugio. Se dice en el poema que cierra «Claudia y Juan»: «os colabais entre nuestras sábanas / como inermes fantasmas inocentes».

 

Son varios los lugares recordados a fuego en la cuarta parte, titulada «Paisajes precisos». Son capturadas imágenes y hechos recordados de Córdoba–Veracruz, de su México natal, de sus años de estudio en Santiago de Compostela y Madrid pero su mirada queda enclavada como su vida en La Cavada, en Santander (en su bahía y en el valle de Herrerías), en Avilés y en Pontevedra, es decir, en el norte. Esos versos traen recuerdos gratos. Gracias a Quevedo, pervivirá para siempre La Cavada. Aunque resulta descorazonador porque fue un tiempo dichoso que ya no está. Así, se lee en la conclusión del poema dedicado al núcleo urbano de Riotuerto:

 

Se acabaron los juegos de palabras;

ya sólo permanece el mismo pueblo

con los ruidos de otros niños felices

cediendo vida a las desiertas calles

de una mente que nos lleva al olvido.

 

Y poema tras poema, llegamos a la parte más extensa de todo el conjunto y más lírica, donde el arsenal de poemas muestra a un poeta que experimenta con diversas composiciones estróficas de versos de arte mayor (en cuartetos y tercetos) y no estróficas de arte menor (en coplas y romances), además de otras en verso libre. Más interesante aún, nos parece el desdoblamiento de la voz en el poema «Quevedo insomne en la madrugada, con la referencia textual de Calderón de la Barca» y las tres interrogaciones retóricas finales. El tiempo ejerce su furia y arrasa en distintos poemas, tanto es así que deja la ciudad apenas reconocible porque se ha llevado multitud de recuerdos: «Ya no vemos las luces de la infancia / brillar en la oscuridad de sus muelles» (en «La ciudad dormida»). Vale la pena reproducir la primera estrofa del penúltimo poema de este capítulo, «Posteridad», en cuyos versos el sujeto parece sucumbir al hastío de vivir hasta dejarlo todo en esa huida final:

 

En ocasiones, quisiera escaparme

a un perdido motel de carretera,

de Kansas o Colorado, tanto da,

y tomar la puerta que lleva al cielo.

 

Los recuerdos van doliendo más hasta el punto de decir basta. El poeta ha llegado a un subterfugio interior del que es difícil salir. En esta tesitura encuentran cabida poemas como «Mas allá de tu nombre –In memoriam–», «Hija de un Lázaro resucitado» o «Nada fue igual». Las llagas del sujeto son perceptibles: a la ausencia manifiesta en los poemas «Tristeza» o «Exhalación» se le une la derrota y el desvelamiento de la única verdad concluyente: la cercanía de la muerte, porque

 

Solo puedo hacer eso,

transmitir esa quietud,

proporcionar esa paz,

banal y cotidiana,

que precede y anticipa

la derrota absoluta.

 

Antes de finalizar, Quevedo se mira en el doble de otros, porque en otros encuentra la queja «de nuestro tiempo»; homenajes cuyos versos hace suyos. Pasan por la séptima parte: César Vallejo, Blas de Otero y Miguel Hernández. Poetas que tienen en común, además de ser grandes sonetistas, su mirada a la sociedad. En esta parte predomina el léxico oscuro y su poética deviene en pesimista y elegíaca, como puede leerse al final del poema «Sombras»: «Habito sobre las columnas / de unos hombros que se derrumban / bajo el peso del desengaño». Y, por momentos, el discurso se vuelve bastante crítico, como sucede en «Hija de un Lázaro resucitado», al experimentar un caso de escasa empatía entre un sanitario y unos familiares que sufren a corazón abierto. En los tres versos finales, recogidos en estilo directo, se lee: «– “Oigan, oigan. Esto no es un mercado”. / No. Es el servicio de Oncología / del hospital de una ciudad cualquiera».

 

El universo personal y propio de este libro se cierra con el «Epílogo», cuyo complemento perfecto resulta la cita del poeta catalán, bien conocido por Quevedo, Joan Margarit: «Necesito el dolor contra el olvido». Se observa entonces la fidelidad a sí mismo como poeta. Una vez hechos los recuentos, toca prepararse ante la muerte («y me preparé para morir en paz»), ciclo de vida; esencia del ser humano.

 

Aunque el poso meditativo es eje unitario de la obra, no resulta menos atrayente el uso del lenguaje y, como el propio autor advierte en la «Introducción», lo que oculta. Mediante versos hondos que llegan al epicentro de la emoción. Así, muerte y vida son dos caras de la misma moneda, lo que recordaría a uno de los poemas de Borges incluido en Cuaderno San Martín. Quevedo se vale de toda una serie de recursos expresivos que dotan al lenguaje de gran musicalidad, así paralelismos, anáforas y repeticiones léxicas; y, para cuando las palabras empleadas resultan polisémicas dejando una carga considerable de abstracción, el poeta las hace bajar al suelo, a la concreción, a través de personificaciones de abstracciones (la edad, la vida, la soledad, la pérdida…).

 

El sedal del olvido trae otros recuerdos y otras vivencias, incluso otras canciones, donde palpitan la palabra, la música y la vida, como, por ejemplo, aquella estrofa que abría la famosa canción «Time and love», del sesenta y nueve, de la compositora norteamericana Laura Nyro, cuya escritura también reflejaba la esencia del ser:

 

Winter froze the river

And Winter birds don´t sing

So Winter makes you shiver

So time is gonna bring you spring

 

 

Jesús Cárdenas

 

 

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JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES PALABRAS QUE NO CAMBIARÁN EL MUNDO – Juan Francisco Quevedo

llamazares

JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES

PALABRAS QUE NO CAMBIARÁN EL MUNDO

SEPTENTRION EDICIONES (2017)

Cuando leemos el subtítulo del libro, “Veinticinco años de columnismo”, uno no puede menos que sobrecogerse ante el amplio período temporal que comprende; estamos ante una selección de los textos publicados a los largo de toda una vida dedicada al periodismo por un autor que está a punto de cumplir cuarenta y cinco años. Es decir, ante la obra plasmada en prensa de un escritor al que, a pesar de su considerable bagaje profesional, aún le espera un futuro largo y prolífico. Así debiera ser y así se lo deseamos. La actividad literaria de Javier Menéndez Llamazares no se limita únicamente al diario escrito sino que abarca otros géneros que van más allá del ejercicio frenético y de la disciplina férrea que exige el columnismo de opinión. Actualmente el autor leonés, afincado en Cantabria, tiene publicadas dos novelas, así como una colección de relatos breves y un libro de poesía, lo que da idea de su inquietud creadora y de la variedad temática que aborda desde su escritura.

El periodismo diario, sometido a la pauta de las aproximadamente trescientas o cuatrocientas palabras de la columna de opinión, convierte su ejercicio en una actividad rabiosa y metódica que es impulsada por dos catalizadores esenciales, el raciocinio y el dominio del lenguaje.

Es evidente la necesidad imperiosa, para aquel que pretende ser crítico con lo que acontece en su entorno y en el mundo, de tener la capacidad, la originalidad y la visión personal para poder analizar, escrutar y plasmar esa realidad que nos asalta casi sin darnos tiempo a reflexionar sobre ella. Esa inmediatez debe ir cosida a la sombra, y a los zapatos, del articulista de opinión. Aquel que asume este oficio y esta responsabilidad debe ejercerlos con criterio y personalidad, los que dan la racionalidad y la imaginación; en definitiva la inmediata capacidad creadora.

Ahora bien, esa capacidad creativa, tamizada por el fino chino de la razón, ha de trasladarse al papel, para lo que es imprescindible otro enzima que sea capaz de desencadenar el proceso que lo haga posible. Esto se consigue con un dominio del lenguaje preciso, certero, desde el que, con las armas que están a  nuestro alcance, a través de la palabra, ironía, sarcasmo, metáforas, figuras retóricas y todo ese arsenal de que dispone la lengua, seamos capaces de enunciar con sabiduría y voz propia aquello que con el raciocinio queremos expresar.

Javier Menéndez Llamazares posee estas cualidades esenciales, una prosa fluida y cercana, que involucra de inmediato al lector, y una capacidad analítica encomiable para desmenuzar con un criterio particular desde los acontecimientos más cotidianos hasta los más enrevesados. Y todo ello lo hace con una voz personal.

  1. M. Llamazares descifra todo lo que acontece a su alrededor con una mirada amplia y crítica, complaciente también en ocasiones, pero siempre honesta, lo que le convierte en una referencia creíble para sus lectores y ése es el principal activo sobre el que se sustenta un columnista de prensa, su credibilidad. En ella y sobre ella se vertebra y cimenta el seguimiento de unos lectores leales que, aunque puedan, y deban, ser críticos y discrepantes en ocasiones, siempre se acercan a las páginas del periódico buscando con interés la firma de aquél que se ha ganado su consideración y, con ella como aval inequívoco, el autor puede complacerse del prestigio que goza la cabecera que precede a sus artículos.

Esta compilación de columnas periodísticas, que nos presenta en una edición muy cuidada la editorial Septentrión, dirigida por Carlos Alcorta, está dividida en cinco partes donde se agrupan los artículos por temas. El tiempo cronológico que abarcan va desde esa fecha de su primera aparición en la prensa, un ya lejano veinte de mayo de 1993, hasta 2017. La temática que aborda desde sus páginas es muy variada, pudiendo ir desde artículos más costumbristas, más agarrados a la realidad diaria, hasta otros que analizan la realidad política, pasando por aquellos que hablan y nos acercan a los ambientes culturales o incluso otros de carácter deportivo que se inmiscuyen directamente en una de sus grandes pasiones, el Racing de Santander. Sin olvidarnos, por supuesto, de aquellos en los que se refiere a los lugares donde ha estado y se ha sentido más arraigado, Cantabria, León, Colonia y La Bañeza.

Como se puede ver es una selección variada y representativa de las sucesivas realidades que, con celeridad, se han ido sucediendo a lo largo de esos veinticinco años de profesión devota, realizada con el buen criterio del periodista Carlos Bribián. Es un libro concebido para perdurar, para constituirse en un aliado de la memoria interpuesta del autor entre el papel y el lector. Quiere dar testimonio de un tiempo, el que se corresponde con el trabajo de tantos años de actividad en la prensa diaria, de tanta dedicación a esta vertiente del periodismo que constituye en sí mismo un verdadero género literario, el columnismo de opinión.

Es muy difícil encontrar una fórmula magistral para dar con las proporciones adecuadas que hagan que fluya un buen artículo de opinión. Quizás, si sabemos mezclar e integrar sabiamente una serie de ingredientes, consigamos dar con un producto final que sea capaz de interesar al lector y que cuando acuda al kiosco a comprar el periódico busque con rapidez esa página donde está ese artículo, de ese autor, que tanto le interesa.

Tal vez la fórmula recetada por los expertos en este arte tan difícil de expresar la opinión haya de llevar mucha honestidad, una gran cantidad de credibilidad, una mirada personal no excesivamente complaciente, una gran capacidad de discernimiento, un espléndido dominio del lenguaje, una pizca de insolencia, cuando no de ironía, y, todo ello, no estaría de más que fuera aderezado con un chorro de inteligencia y un toque de independencia de pensamiento que, al fin, es lo que le da verdadera distinción al acabado final.

Cuando el lector detecta estos ingredientes es porque, sin la menor duda, nos encontramos ante un articulista de verdad, de verdad y esencia, un escritor que escarba en la superficie de los acontecimientos para encontrar las palabras necesarias, aquellas con las que muestra al lector la realidad escondida de un presente que se escapa como el agua entre los dedos ante la locura en la que, la mayor parte de las veces sin pretenderlo, nos vemos inmersos.

Todas estas proporciones, todas estas cualidades son las que adornan y distinguen las columnas de Javier Menéndez Llamazares, unas “Palabras que no cambiarán el mundo” pero que, sin duda, nos lo harán bastante más llevadero.

Juan Francisco Quevedo

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JOAN MARGARIT “UN ASOMBROSO INVIERNO”-Juan Francisco Quevedo

JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

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JOAN MARGARIT

UN ASOMBROSO INVIERNO

VISOR POESÍA (2017)

 

No esperéis asistir a la lectura de una de esas crónicas rutinarias y llenas de entrecomillados que parecen estar hechas casi como una obligación para justificarse, no sé muy bien si ante el medio para el que se escribe, ante el autor, o ante uno mismo. No; jamás lo hago y mucho menos ante un poeta al que tanto respeto y admiro y ante un libro tan asombroso como el invierno que nos anuncia.

Como ya dijera en otra ocasión al hablar de Joan Margarit, con motivo del décimo quinto aniversario de la publicación de “Joana”, sus libros, como los de Antonio Machado o Rosalía de Castro, son libros de cabecera permanente en mi mesilla de noche. Y, por supuesto, al referirme a su personalidad poética no voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido y gastado, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque entonces pasaría a engrosar una lista muy amplia y, por otro lado, tan engañosa como efímera. Digamos tan solo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro.

Cuando está a punto de cambiar de decena para convertirse en un joven y saludable octogenario, Joan Margarit nos regala un libro sencillamente fascinante, un libro en el que, tal y como sustenta en el epílogo, sobre cómo hacer poesía, verdad y belleza se aúnan en una fusión maravillosa. El autor es capaz de combinar y equilibrar a la perfección esa aleación entre verdad-autenticidad, emoción, entusiasmo- y belleza-lirismo, sentido rítmico, contención métrica- para crear una escritura clara y limpia, libre de ornamentos inútiles, impurezas y escoria, donde las palabras se ajustan al pensamiento, donde ninguna de ellas sobra y ninguna de ellas falta. Su poética se cimenta sobre una creación literaria comedida, precisa y hermosa que da lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, para destilar, por la alquitara del lirismo, autenticidad.

Como el excelente arquitecto que es, construye el poema con solidez y sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. Y lo más importante, lo va elaborando desde lo cotidiano, desde aquello aparentemente trivial pero sin quedarse en lo anecdótico. De esta manera, consigue dotar al poema de un sentido moral para trascender y universalizarlo. Es el modo de conectar y comunicarse con el lector a través de esas experiencias que, aún siendo personales, nos son comunes y cualquiera, desde su vivencia, puede identificar como propias.

A ese prodigio de la palabra, a esa expresión única de los sentimientos, sólo se llega desde dos premisas esenciales, el conocimiento y la inspiración; dos cualidades que el poeta plasma en sus versos desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlos para adentrarnos en toda su complejidad.

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanaüja, Cataluña, en el año 1938. Es arquitecto y Catedrático de Cálculo de Estructuras. Es autor de una extensa obra poética en catalán y en castellano. Entre otros muchos premios ha ganado el Premio Nacional de Poesía.

  Si no me equivoco cuarenta y uno son los pequeños y deliciosos poemas que nos ofrece Joan Margarit en “Un asombroso invierno”.  Tengo entre mis manos la edición bilingüe, publicada por Visor, y como siempre he hecho ese doble esfuerzo de intentar leerlos en ambos idiomas, aunque siempre vuelvo al castellano. Sus poemas no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, en las que el autor procura mantener la cadencia silábica y los acentos rítmicos. Y es que el idioma, como el lugar al que se pertenece, no se elige, nos elige. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Hay un endecasílabo que cierra el poema “Más que una canción”, donde el poeta, en un último verso definitivo, manifiesta esa cercanía a lo que le ensambla con el mundo, a la tierra, a su tierra: “Este soy yo. Sólo un pueblo sin nombre”.

Es muy significativo aquel poema en el que el poeta recuerda los tiempos en los que se le impedía expresarse en un idioma que era tan suyo como lo era el aire que respiraba: “Nunca he olvidado el pescozón de un guardia/que con voz fuerte y seca me decía: Habla en cristiano, niño”. Ello no le impide manifestar su amor por el castellano; algo que demuestra en cada recreación poética así como en el poema desde el que evoca la figura de Jorge Manrique junto a la de Verdaguer.

 El libro se abre con el poema al que le da título y constituye, en sí mismo, toda una declaración de intenciones. La voz poética parece consciente de los cambios que en el mundo acompasan el tiempo y la edad que le toca vivir. Aunque todo ello no le angustia, comprende que aquello que él conoció, que aquello que asociamos a esa patria del hombre que es la infancia y la juventud, está a punto de esfumarse y, en una imagen memorable, en esa abstracción donde refleja, al fin, lo perdido, eso que tanto gusta a los poetas, se pregunta qué pasará cuando no haya amapolas: “Ya no se extenderán las rojas pinceladas/del viento en los trigales. / ¿Quién entenderá, entonces, /los cuadros de Van Gogh?”.

Cuando uno lee “Cuesta de Atocha”, no puede evitar pensar en “Joana”. Y no en la Joana del poeta, sino en esa Joana que cada cual tenemos interiorizada en nuestras propias pérdidas. Ahí reside el enorme acierto del poeta, en esa capacidad para trascender de lo personal y empatizar con el lector, al que no le cuesta nada asumir como suyo lo que se expresa con tanda belleza, con tanta emoción, con tanta verdad. El poema, como toda su poesía en general, surge sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano, con lo cual nos evita esa intermediación, más allá del esfuerzo común, del intelecto para comprender lo que está tan hermosamente explicitado. En este poema en concreto, se rompe, como ya hiciera Joan Margarit, el tópico de la distancia emocional del poeta, ese por el que se dice que nunca se debe escribir cuando aún se siente. Estos versos son la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre cómo ejecutar la labor creativa, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta. En este rodar pesaroso y costoso de la silla de ruedas se congregan en un todo hermoso, nuevamente, emoción y belleza formal. El poeta, en una especie de carambola del pasado, se da cuenta de lo perdido, de la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija: “Por un maldito instante/compadezco a ese padre: un error, /puesto que él todavía tiene a su hijo”. En definitiva, nos ofrece una lección de amor sin necesidad de grandes abstracciones, nos la pone en la mano con naturalidad, desde una realidad concreta, para que la hagamos nuestra desde nuestras vivencias personales. Y lo consigue con claridad, sin pretensiones crípticas y sin ahondar en un hermetismo que puede alejar al lector.

El poeta dedica unos versos al Tenerife de su adolescencia, donde escribiera su primer poema, donde en él expresara su amor primerizo por una joven isleña compañera de curso. Es el mismo amor que, después de tantos años y tanto tiempo vivido, trabaja y construye, cada día, desde “la cocina, como a los veinte años”, con su mujer, con Mariona, con su alter ego, con la “Raquel” de “No estaba lejos, no era difícil” y que ya apareciera en 1975 en el poema “Cerdeña 548”. Es fácil imaginarse al poeta, en un tiempo indefinido, atemporal, como sus versos, en Forès, lugar de conciliación familiar, en esa Cataluña tan próxima al origen, a esa tierra de la infancia que todo lo impregna con su polvo y con su luz. Es tan fácil verlo allí de nuevo, junto a su esposa, junto a ese amor que ha construido con los años. Se entiende muy bien el cierre del poema en un verso endecasílabo que se muestra, como nos tiene acostumbrados, dentro de la tradición latina, a modo de conclusión: “Más claridad no la tuvimos nunca”.

Progresa el libro uniendo los recuerdos de la infancia y la espontaneidad de los actos más usuales, al declive de la vida, al inexorable paso del tiempo y a esa cierta incomprensión que cae sobre nosotros cuando sentimos que pertenecemos a otra época, a un tiempo “en el que esta harapienta elegancia/hubiera sido infame. Como escupir a un pobre”.

En esas introspecciones del pasado, en las que la memoria, aún ajustando cuentas, se vuelve tremendamente sentimental, el poeta recuerda cómo su padre le llevaba a las veladas de lucha libre del Price de Barcelona. Y revive en la pelea desigual, donde siempre se sabía cuál sería el perdedor, los años duros, los posteriores a la guerra civil: “Hasta que por encima de las cuerdas/era lanzado a aquel triste país/del patio de butacas, /que había depurado o fusilado/ a sus maestros de escuela.”

En ese viaje a través de sí mismo, la escritura, la poesía, siempre reconcilia al poeta con la existencia porque, a pesar de la desolación, siempre se reencuentra en ella: “Pero yo voy sonriendo porque la poesía/siempre vuelve a aquel bar iluminado, /a los dos hombres jóvenes. /Al lugar donde todo comenzó”.

Tal vez la vida haya sido sólo la travesía que ha ido dejando detrás una estela con todo aquello que hemos ido amando a lo largo de ella. En esa fuerza, nos refugiamos, “justo antes de ser sólo oscuridad, /la supernova de la inteligencia”. Y desde ella recuerda con una ternura inmensa a la abuela que, como las mujeres de campo, orinaba de pie, junto al camino, a la que apenas sabía leer pero que, sin embargo, recitaba a Bécquer y sus oscuras golondrinas: “Fue ella quien me enseñó que el amor es/ claridad y dureza al mismo tiempo, /que sin coraje nadie puede amar. / No era literatura: no sabía leer”. El poema no da lugar a interpretaciones especulativas ni a equívocos intencionados; se cierra rotundo y concluyente.

Esa reivindicación, tan de Joan Margarit, que ya viéramos en “Cálculo de estructuras”, del dolor como arma necesaria para amar y para luchar contra el olvido, aparece en los versos de “Un asombroso invierno” una y otra vez, y en todas ellas reclama a la inteligencia esa labor denodada ya que “El olvido jamás me hará inocente. /En cambio la ignorancia siempre me hace culpable”. En ese barco del intelecto donde reside el dolor, como arma indispensable contra el olvido,  el poeta va adentrándose hacia ese tiempo del fin, hacia “El asombroso invierno del animal de fondo”, hacia ese desorden entrópico al que nos arrastra el simple caos celular que siempre se asocia a lo vivido. Y al final, descubrir el amor por medio de la poesía de Joan Margarit, un amor al que llegamos a través de la verdad y la belleza. Lo que nos enseña la poesía de Joan Margarit, lo que nos muestra el poema es sólo la señal de lo que esconde; ahí está y reside el verdadero potencial emocional que, en la lectura, es capaz de removernos interiormente. Todo se nos muestra en esa última verdad que oculta lo más aparente. En este caso, el amor incondicional.

En ese invierno aún perviven, sin duda, “los aullidos de un lobo”, la ferocidad de un poeta que nunca se rindió, ni en las circunstancias más dolorosas, el poeta siempre será ese lobo que nunca se entrega, siempre será “Feroz, viejo, cansado, /gruñe, enseña los dientes, /salta sobre el presente”.

Nunca se doblegará, jamás se transmutará a perro servil y guardián  como pasara con la atroz bestia de Gubbio, en la leyenda que inspirara a Rubén Darío su poema y a Joan Margarit su libro “Los motivos del lobo”.

“Un asombroso invierno” no es un libro más de poesía condenado al olvido tras su lectura, es un libro que permanecerá en la memoria del lector impregnando de sentimientos nuestra conciencia. En él, como dijera el poeta romántico inglés: “La belleza es la verdad, la verdad la belleza” John Keats (Ode on a Grecian urn).

Estamos ante un poeta, ante el libro de un poeta que no hace versos por hacer. Sus poemas tampoco se leen por leer; son pulsiones auténticas, incluso dentelladas violentas, cuando no tiernas, pero siempre arrebatadoras. Sus versos nos dicen algo que traspasa su estricta literalidad y son capaces de estimular en el lector las fibras sensitivas más recónditas y profundas del ser humano. Joan Margarit lo consigue con algo esencial y que debe acompañar a cualquier expresión artística, muy especialmente a la poesía: emoción verdadera desde un lirismo profundamente humano.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

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AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA VALPARAÍSO EDICIONES (2015) -Juan Francisco Quevedo

AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA

VALPARAÍSO EDICIONES (2015)

AHORA ES LA NOCHE, CARLOS ALCORTA

VALPARAÍSO EDICIONES (2015)

“Ahora es la noche” es el último libro publicado por uno de los grandes poetas que ha dado esta tierra, tan pródiga en ellos. Autor de una trayectoria impecable, con una magnífica obra literaria que le ha valido para erigirse como uno de los autores más reconocidos y con mayor prestigio de la poesía española, nos reconforta con un libro extraordinario en el que los amantes de la buena poesía no podemos sino sentirnos en deuda con ella. Como suelo decir, yo no soy un crítico literario pero sí soy un lector muy crítico que sólo comento aquello que verdaderamente me causa “movimientos en el alma”. Y es el caso; Carlos Alcorta es uno de esos poetas capaces de provocarnos mareas interiores desde un lirismo que trasciende la anécdota y lo cotidiano para universalizarlo y trascender.

Con Carlos Alcorta, sin duda una de las voces más personales y poderosas del panorama poético en castellano, la poesía se torna viva y vivida. Pareciera ser muchas veces el campo de batalla en el que bien el poeta, bien la voz tras la que se parapeta, dirime sus contradicciones y muestra, quizás en el afán por conocernos internamente, esa lucha que mantiene consigo mismo. En el fondo la que todos sostenemos y que, al final, es lo que nos hace avanzar por la vida.

La incertidumbre es el terreno pantanoso en el que transcurre la poética de Alcorta, un lugar indeterminado desde el que expresa sus dudas, su dolor y esa angustia existencial que parece llevarle al desasosiego. Como con el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg no existe un lugar para la certeza absoluta; es más, cuanto más intentemos buscarla menos nos aproximaremos a ella; la duda existencial, la duda metódica como filosofía cartesiana es sin duda ese lugar indeterminado de la poesía de Carlos Alcorta, un lugar al que nunca se llega, que jamás se posiciona por esa imposibilidad de probar los sentimientos, las emociones más intimas.

Son muchos los poetas que hacen de la creación un proceso dificultoso, donde se vuelcan desde una disección que bien pareciera de sí mismos, de su propio yo, o de su parte más oculta, de aquella que late permanentemente en el subconsciente, para expresarla como algo ineludible y necesario. Hay una necesidad, imperiosa diría, en acercarse a la soledad inspiradora para verter palabras sobre unas cuartillas en blanco; aunque duela, aunque se sangre por la herida de los versos.

“Ahora es la noche” es un libro que nos llena de imágenes, de metáforas que, partiendo de cierta cotidianeidad, se retuercen en los detalles y en unas descripciones imaginativas e intensas, como su escritura. Estamos ante un poeta que escribe desde el conocimiento de la lectura, desde una perspectiva que le permite jugar con el lenguaje hasta atraparnos emocionalmente en sus poemas. Carlos Alcorta atraviesa “Ahora es la noche” con la luz precisa de la palabra cuidada para elaborar una poesía perdurable, una poesía que se fije en el lector y que le acompañe mucho más allá de una primera lectura.

Hasta qué punto vemos al poeta en su propia verdad, o en el reflejo fingido de ella en sus poemas, es algo que nunca sabremos. Pero más allá de la intención del autor, los versos de Carlos Alcorta consiguen lo más difícil y complicado, llegar con verosimilitud al lector y que éste se identifique en ellos a través de su experiencia.

Pero no todo son sombras en “Ahora es la noche”; en algunos poemas nos lleva hacia la luz, hacia esa reflexión expositiva que ilumina la oscuridad vital en la que a veces vive inmerso el hombre. El libro está dividido en cuatro partes, en las que el poeta en ocasiones se desdobla en otras visiones de sí mismo, en ese mar contradictorio en el que siempre navega. Participa de la escritura, de la poesía, como refugio necesario para escapar de la propia vida. Sabe de lo irreal de la misma; de lo ocasional que puede ser hasta un atisbo de felicidad. Como dijera Fernando Pessoa en “El Libro del Desasosiego”: “Escribir es olvidar. La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida.”

Podría comentar muchos poemas pero he elegido “Punto de partida” porque, en mi lectura, es un poema lleno de esperanza en el que, tras la noche, puede nacer un hombre nuevo. Ve la vida como una constante oportunidad de renovación.

Tiene unos versos bellísimos que, además de esa pulcritud formal, poseen la virtud de ser capaces de estimular las fibras sensitivas adecuadas para que nos conduzcan, a través de los intrincados laberintos neuronales de la mente, directamente a la emoción. Con este poema me ha ocurrido algo que tiene mucho que ver con las conmociones verdaderas, algo que sólo pasa con la buena poesía. Desde que leyera el libro, acudo a este poema concreto regularmente ya que sus versos, el cómo, y su esencia, el qué, han calado en mi cerebro de una manera profunda. Sus palabras acuden inconscientemente a mis labios, igual que la letra de esa canción que no puedes dejar de canturrear entre dientes a lo largo de los años.

Para mí, ese gerundio de inicio, tan envolvente, “Contradiciendo a mis instintos, a la naturaleza”, nos introduce con el ánimo predispuesto en las entrañas del poema.

Con los primeros versos vemos cómo el poeta es consciente de su pasado, un tiempo inútil, que ha padecido incluso con sufrimiento,-el que se adquiere viviendo- un período que desdeña y del que reniega. Sin embargo, lejos de amedrentarle ha llegado a un punto en su vida en que se siente fuerte y rebelde, con ánimo de lucha. Quiere cambiar y para ello se va a valer del bagaje que posee-la experiencia de saber lo que no quiere-; así que toma la decisión de darse otra oportunidad creando un nuevo punto de partida a su existencia, con lo que ello supone de renovación, cuando no de nacimiento. Desde ese instante, el poeta se desprende de todos sus miedos, de sus prejuicios y se adentra en lo salvaje, en esa búsqueda vital por descubrirse porque “sabe que no hay tiempo muerto en la memoria”.

Este nuevo ser está convencido de la determinación que ha tomado y del camino de catarsis interior que ha emprendido y lo lleva incluso a su propio quehacer literario. El poeta, al final del poema, indaga sobre esa nueva escritura donde “se hermanan en un extraño cóctel/imaginación y experiencia”.

De alguna manera este hermoso poema de Carlos Alcorta me hace pensar en aquella película de Bill Murray, “Atrapado en el tiempo”, en la que el protagonista revive sucesivamente el mismo día. Este hombre, cada mañana tenía, por tanto, la oportunidad de aprender de la experiencia del día pasado-siempre el mismo-, para poder renovarse. Y lo que al principio le parece una condena insufrible, acaba sabiendo utilizarlo para dar lugar con los días a una evolución de sí mismo, lo que le permitirá iniciar una nueva vida. El poema de Carlos Alcorta, de igual forma, me invita, nos invita a afrontar cada nuevo día como un reto en el que intentamos renovarnos y ponernos en el “punto de partida”.

“Ahora es la noche” es un libro que no nos deja indiferentes, un libro que nos introduce de lleno en el misterio y en el milagro de la palabra, que no es otro que la poesía. Sin duda, un excelente libro de uno de los grandes poetas de nuestra literatura.

Juan Francisco Quevedo

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