MEMORIAS DE JUVENTUD III-Juan Francisco Quevedo

1976

III

Entre tanto, en España, la vida continuaba con un poco más de libertad. Manuel Fraga estrenaba, desde el Ministerio de Información y Turismo, su nueva y flamante ley de Prensa. Una ley que, aunque hoy en día suene a chiste, podemos resumir en sus propias declaraciones:

La nueva ley de Prensa afirma este principio: La libertad dentro de un orden.

A pesar de todo, y de cómo suene desde el presente, entonces supuso una apertura importante y dibujó un horizonte nuevo en el futuro del periodismo. A él, como titular del Ministerio, le tocó diseñar y desplegar la imponente campaña de propaganda que festejaba la conmemoración de los XXV años de paz. Desde luego, no escatimó ni medios, ni adjetivos, a la hora de airear a los cuatro vientos los espectaculares logros económicos del I Plan de Desarrollo, un plan, bien es verdad, abonado al éxito, que aumentó la renta media de los españoles de manera significativa debido, por una parte, a la fuerte industrialización y, con ella, al aumento de la producción nacional, y, por otra, a la gran baza económica de la época, el turismo, fuente inagotable, junto a la emigración, de divisas.

Junto al turismo, llegaron a nuestras playas los primeros bikinis que, a unos los dejaban rascándose el cogote, bajo la sempiterna boina con cara de incredulidad, y a otros los llevaba directamente a rezar a las iglesias donde pedían por los pecados de aquella horda cargada de inmundicia, indecencia y desfachatez, que venía del odiado, hasta que llegaron las divisas, extranjero. Curiosamente, pareciera que este pequeño reducto de la civilización occidental, bastión contra el comunismo, se tambaleara ante el simple encanto de unas rubias sugerentes. De alguna manera, por inescrutables caminos, se hacía bueno el conocido lema de los sesenta: Haz el amor y no la guerra.

Nosotros, nuestra generación, la que cursamos los últimos bachilleres, ya pertenecíamos a otro tiempo; estábamos reñidos con los tonos grisáceos que aún nos habían acompañado en los primeros años de escuela y queríamos ver todo lo que ocurría a nuestro alrededor desde un prisma más luminoso, con colores más vivos. Pretendíamos acercarnos a los acontecimientos más cotidianos de una manera más lúdica y, aunque parezca paradójico, en cuanto tuvimos edad suficiente para comprender lo que estaba pasando en el país, con mayor compromiso que las generaciones anteriores que, a la fuerza ahorcan, se habían visto abocadas a lo que había, que no era mucho.

Creíamos ser capaces de poder cambiar el mundo, creíamos en la paz y en el pacifismo como forma de expresión de esas inquietudes y creíamos en el amor como motor de todo ese proceso de cambio generacional. Y lo acompañábamos con cierta rebeldía, con una música endiablada y con ganas de participar en los cambios que empezaban a vislumbrarse en aquel lejano curso del 75-76 en el que finalizábamos los estudios antes de ir a la universidad.

Muchos jóvenes de aquella España ya compartían una inquietud con la de otros jóvenes del mundo; no creían en las nacionalidades como tal, creíamos que no había otra nacionalidad en el mundo más que la del género humano. Y se repetía por doquier con orgullo aquello de que somos y nos sentimos ciudadanos del mundo. Éramos, al fin, herederos del tiempo que nos correspondía vivir, un tiempo que, como la música, carecía de fronteras físicas y mentales.

Ese tiempo no llegó por arte de magia, sino que fue consecuencia de muchos pequeños pasos que se dieron en los sesenta, una década en la que el mundo sufrió un vuelco cultural como nunca antes se viera, desde el movimiento que surgió en torno a la música rock, con sus lemas de paz, amor y flores, y que culminó con el mayo del 68. Ahora bien, los primeros pasos de esta revolución tal vez se dieran durante el concilio Vaticano II.

Precisamente, de aquellas primeras comunidades cristianas de base a las comunas hippies sólo había un paso que dar. Y no tardaría en darse. Además, de estas comunidades surgiría, en España, un cristianismo reivindicativo que serviría, en un país desolado ideológicamente, de simiente para tomar conciencia de la situación que atravesaba.

Posteriormente, los partidos políticos, tras la muerte de Franco, se alimentaron de estos hombres y mujeres, tanto de los que pretendían formar una derecha de corte europeo como de los que se denominaban marxistas. Ya, en 1.958, nace en una iglesia de Madrid el F.L.P.-Frente de Liberación Popular-, el llamado Felipe siendo, durante los sesenta, la única oposición universitaria que se enfrentaría al, eufemísticamente denominado, Régimen. En él, y a ritmo de multicopista de manivela, convivieron todo tipo de sensibilidades unidas por un deseo, inherente a esta época, y no sólo en España, de hacer algo para que todo cambiara. Los enfrentamientos entre la Universidad y el poder ya nunca acabarían hasta la llegada de la democracia. Y si no que se lo pregunten a un general pequeñito, y dicen que con muy mala leche, que se encontraba al frente del Ministerio de la Gobernación. Desde su coche, como si de una guerra se tratara, dirigía, a pie de Facultad, la toma del campus universitario madrileño por unos policías –los grises- que, montados a caballo o bien a pie, repartían mandobles a diestro y siniestro.

Algo se estaba gestando y moviendo; era indudable. En aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, un grupo de jóvenes poetas se hacía, así mismo, la pregunta que Jimi Hendrix formulaba –Are you experienced?- y aunque no obtuvieron la misma respuesta, desde la inquietud renovadora de la juventud, se decidieron a buscar nuevos caminos y así versificaron, en primera persona, sobre su vida, sobre sus cotidianidades, sobre sus experiencias más banales o más íntimas. En una época en que los poetas oficiales sólo reivindicaban a Garcilaso-lo cual no es malo, pero no es todo-, estos bardos envalentonados, mientras pintarrajeaban bustos del dictador y viajaban por un extranjero misterioso y recóndito, se decidieron a hacer otro tipo de poesía. De una manera llana y coloquial, en un tono conversacional, retenían un instante de su vida y lo plasmaban en un papel. De esta manera tan simple, en estos primeros sesenta, nace en España la poesía de la experiencia.

Nada hay tan dulce como una habitación

para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,

fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,

y parejas dudosas y algún niño con ganglios,…”

                                   Jaime Gil de Biedma (Vals del aniversario)

1976

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MEMORIAS DE JUVENTUD II-Juan Francisco Quevedo

Como cantante en el grupo que formamos con mi hermano Pedro y mis amigos Luis Carlos, Justo y Jose, a finales de los setenta, para actuar en las I Fiestas de la Juventud

II

El cambio social que tuvo lugar en España al romper la década de los sesenta fue de tal magnitud que, incluso, hizo reflexionar a la tradicional y combativa oposición al Régimen, al Partido Comunista de España, única institución que fue capaz de mantener abierta la espita de la disidencia desde el interior de un país en el que, poco a poco, iban apareciendo, tímidamente, más voces disconformes.

Jorge Semprún, viejo superviviente de la barbarie nazi en los campos de concentración, tras coquetear durante el 61 -a lomos de una vieja cabra cubista-, en su ochenta cumpleaños, con el malagueño más insigne, de nombre Pablo, y torear junto a Luis Miguel, un torero siempre pegado al poder pero comprometido-por obra y gracia de su hermano Domingo, el desinteresado financiador de Mundo Obrero– en la ayuda hacia sus amigos, plantea, junto a Fernando Claudín, la necesidad de cambiar la estrategia del Partido Comunista teniendo en cuenta la nueva situación social del país.

En ese lúcido análisis, pegado al terreno, proponen la búsqueda de acuerdos con las distintas formaciones sociales y con los personajes que van articulando una oposición, cada vez más contestataria, frente al poder, así como el reconocimiento explícito de este desarrollo económico que se estaba experimentando en toda la nación. Para ellos, fue el principio del fin. La mano férrea de Santiago Carrillo y de Dolores Ibarruri, la legendaria Pasionaria, parecía estar más al servicio de los intereses de una Rusia que les acogió tras la guerra y les financió en el exilio, que a los criterios de independencia con los que serenamente analizar la nueva y palpable realidad española.

Desde luego, el Comité Central del partido, sumiso -como se decía entonces- a los dictados de Moscú, no estaba dispuesto a consentir ninguna grieta por la que aflorase la disidencia. Ambos, pronto serían purgados para, con la expulsión -al menos eso pretendían-, relegarlos al olvido. Años después, cuando Rusia era sólo un espejismo del pasado, Carrillo, con la listeza de los espabilados desbordando sus ojillos, encabezaría una transformación en la misma línea a la propuesta por los purgados. Junto a Georges Marchais y Enrico Berlinguer fundan el eurocomunismo, una suerte de comunismo más pegado al capitalismo y a la realidad del continente pero, entonces, ya era tarde; sus propuestas en esta nueva Europa sin fronteras, a punto de nacer, tenía los días contados. Quizás su historia, con las tesis de Claudín y Semprún asumidas a su tiempo, hubiera sido otra; al menos, en España.

En esa España del desarrollismo auspiciado por los tecnócratas de la Obra, florecía un sindicalismo teledirigido, fijado en mi retina infantil a través de las multitudinarias y aburridísimas exhibiciones gimnásticas con las que, los primeros de mayo, nos obsequiaba la televisión. Eran retransmitidas en directo desde el estadio Santiago Bernabéu en una ceremonia que contaba con la presencia del Generalísimo o, según la maledicencia popular, con la de alguno de sus dobles. Por supuesto contaba con la actuación estelar de los grupos de coros y danzas regionales. La puesta en escena no difería mucho de las exhibiciones que se daban en los países del telón de acero. Claro que, entre totalitarismos andaba el juego.

El colofón al acto del Día del Trabajo se ponía con la presencia de algún que otro cantante de éxito, cuyos nombres más vale silenciar, pues en tiempos de miseria se hacen muchas estupideces y no es cuestión de echar en cara nada a nadie porque a ver quién era el guapo que se atrevía a rechazar una invitación del Pardo, bien a esa gala o bien a la de fin de año. Esta última estaba presidida por Carmen Polo, más conocida por la collares y según cuenta la leyenda, mujer muy temida por los joyeros de cualquier ciudad que visitara por si la daba por presentarse en sus establecimientos. Durante este espectáculo dado en directo, muchos tenían el entretenimiento de pasarse el tiempo intentando descubrir el aparato para la sordera que decían llevaba la señora disimulado entre las perlas.

Pues bien, desde el interior de este sindicalismo de caras circunspectas y camiseta de tirantes, un grupo de trabajadores consiguió engañar al Régimen, aliándose con falangistas radicales y con gente proveniente de asociaciones cristianas. Tal fue su pericia e insolencia que consiguieron llegar al meollo del propio poder sindical que, incluso, les dotó y asignó despacho en la sede misma del heroico, amén de único, sindicato vertical.

De esta extravagante y arriesgada manera, amparado desde el propio sindicato al que pretendían combatir, nace Comisiones Obreras. Al ser detectadas sus verdaderas intenciones y poner al descubierto su estrategia, son arrojados, con sus líderes a la cabeza -Marcelino Camacho y Julián Ariza-, del calor de las moquetas oficiales a las inclemencias de una clandestinidad donde se encontraban como pez en el agua. Desde entonces, el sindicato obrero actuará camuflado entre las nuevas barriadas surgidas en la periferia y se refugiará, cuando sea menester, en las sacristías de algunas parroquias, donde les amparará una nueva generación de sacerdotes. Éstos, no hicieron más que dar respuesta a las exigencias de esta nueva sociedad que se vislumbraba y se empezaba a hacer efectiva.

Acomodándose a los tiempos, apareció un nuevo tipo de cura, el llamado cura obrero, capaz de compatibilizar su magisterio con un trabajo normal, algo impensable para la época. A consecuencia de estos aires renovadores, esta nueva iglesia pronto se implicó en las reivindicaciones sociales dando cobijo a este nuevo sindicalismo horizontal y de clase así como prestando especial atención a las capas más desfavorecidas de la sociedad.

A José Solís, flamante ministro de Trabajo, al que este nuevo sindicalismo había engatusado a base de citas literales de encíclicas papales, cuando descubrió el pastel, se le heló la sonrisa, la llamada no sin cierta sorna sonrisa del Régimen, una sonrisa un tanto siniestra que exhibía bajo unas gafas tenebrosas de pasta negra, muy al uso entre los mandamases de la época. Pero, sobremanera, se le debió de congelar al levantarles la capa que recubría su auténtico pelaje, ni más ni menos que comunista, el gran enemigo, junto a los masones, de esta España que, una gran parte del año, caminaba procesionando y bajo palio.

Por aquel entonces, la España de Franco, tan profundamente católica, mantenía encarcelados a, nada más y nada menos, 200 sacerdotes, en su gran mayoría curas obreros. Los coleccionaba, como estampitas de santos, en la cárcel de Zamora.

Me viene al recuerdo la figura enorme, empastada tras sus gafas de concha, del padre Llanos, un hombre que habiendo podido llegar a lo más alto, por haber estado en el centro mismo del poder, prefirió irse a vivir a una chabola del deprimido Pozo del Tío Raimundo. El padre Llanos llegó a dar ejercicios espirituales, tan en boga en la época, al mismísimo general Franco y, tal vez, por ello era intocable ya que, por mucho que hubiera podido empeñarse, nunca fue detenido ni llamado al orden.

Eran tiempos de mandamientos morales, también para nosotros, pobres almas cándidas en formación, así que a partir de los doce o trece años, allá por 1.970, los frailes del colegio de San Agustín nos llevaban durante tres días de ejercicios espirituales, supongo que similares, sólo que con capones, a los que les daban al Generalísimo. Para nosotros acudir al convento que los dominicos tenían en Las Caldas de Besaya era como una fiesta, como una excursión, era la excusa perfecta y la oportunidad de poder dormir fuera de casa así como de compadrear con los amigos. Poco tenía que ver con el retiro espiritual que se pretendía. Las noches eran un ir y venir por pasillos y tejados con nuestros paquetes de tabaco y nuestras bebidas mientras en alguna habitación se armaba alguna timba de cartas. Lo pasábamos realmente bien, al margen de aquellos ratos, se me hacían eternos, en que nos mandaban a la habitación a reflexionar -nunca supe ni el qué ni sobre qué-. Yo no sé si esta moda pervivió mucho tiempo, pero supongo que no. El colmo de la desfachatez era cómo nos despertaban, con la música, resonando por los altavoces, del Himno a la alegría, en la versión de Waldo de los Ríos y cantado por Miguel Ríos. Después de una noche toledana, la alegría a esas horas tan tempranas era nula.

En aquella España ya no todo eran rosarios y mandamientos; se movían muchas más cosas. A España iba llegando, en pequeñas dosis, la rebeldía que invadía el mundo. Se ubicaba, sobre todo en forma de música, en los gustos de las nuevas generaciones, haciendo mella en sus corazones. Con las primeras canciones de los Beatles, de los Stones, de los Who y de tantos otros, comenzaron a surgir pequeños grupos, más bien ñoños, que imitaban, con suavidad y cierta blandenguería, las nuevas tendencias musicales que brotaban en el resto del planeta. Pero, sin tardar mucho, cuando los nuevos sonidos, asociados a la rebeldía de una nueva generación, impregnaron a una juventud deseosa de nuevas experiencias, su eco fue imparable.

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MEMORIAS DE JUVENTUD I-Juan Francisco Quevedo

Juan Francisco Quevedo (1978)

I

Yo pertenecí a una saga de estudiantes que cerró un tiempo histórico. De alguna manera, aquella generación que clausuró el plan de estudios de bachiller y C.O.U., sí marcó el final de un período, el final de toda una época, la manera de entender la enseñanza en los últimos años del franquismo. Fueron años de transición entre algo que se iba muriendo de puro viejo y algo nuevo y desconocido que apenas comenzaba a nacer. Fue una enriquecedora etapa en la que asistimos como testigos privilegiados a todo un cambio en las mentes, en el espíritu y en las entrañas de una sociedad que agonizaba en su propia historia, como si fuera algo que se estaba quedando al margen de la misma. Los tiempos, su signo, estaban atropellando a aquella sociedad anquilosada en sus prejuicios y aislada de su entorno europeo. El futuro sería muy distinto a todo lo que habíamos conocido.

Los miembros de aquella generación final, que coincide con los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, contribuimos de manera natural, sin ser conscientes de lo que se estaba moviendo a nuestro alrededor, ni de los cambios que se avecinaban, a que todo fluyese sin estridencias, con la mejor de nuestras disposiciones. Y lo hicimos sin miedo y con grandes ilusiones.

Los jóvenes de aquella promoción intermedia, la que se sitúa entre los que cursaron el Preu y los que son hijos de la E.G.B. y del BUP, habíamos nacido al calor de los Planes de Estabilización y de Desarrollo. Nosotros ya pertenecíamos a un mundo muy diferente al de los que nos precedieron, por lo que veíamos la vida de una manera completamente distinta a la de las generaciones anteriores, los hijos de aquellas promociones tan sufridas que habían tenido que padecer las consecuencias de una España olvidada por la comunidad internacional y empobrecida por la guerra civil y sus secuelas.

Nosotros ya éramos hijos de la España del desarrollismo oficial, aquella España a la que los López habían dado un estirón económico. Muy atrás quedaba ya aquella Tierra sin pan, la misma que Buñuel tan didácticamente mostrara en su documental, como definitivamente quedaba atrás aquella España reflejada en las Hurdes, tierras remotas y desheredadas que el rey Alfonso XIII recorriera a caballo junto al doctor Gregorio Marañón.

Atrás empezaba a quedar también aquella España de los cincuenta y sesenta en la que la gente aún buscaba un futuro lejos de su patria. Aquella emigración fue muy distinta a la que emprendieron sus padres y sus abuelos; el destino que se buscaba, ya no era tanto América, sino que se transitaba hacia una Europa, más cercana en la distancia pero más fría y lejana en el corazón de la gente.

En la década de los setenta, la emigración, en especial hacia Francia, Alemania y Suiza, comenzaba a decaer; los trenes ya no pasaban por Irún tan preñados de hogazas y chorizo campestre. Se empezaban a terminar los años en los que a golpe de raíl muchos paisanos caminaban hacia un destino de melancolía y añoranza. De hecho, cuando en nuestra adolescencia veíamos documentales de la época, nadie hubiera dicho al contemplarlos en los andenes, sobre los pescantes, agitando el pañuelo de la despedida, que pudieran comerse el mundo más allá de esos pueblos a los que dejaban huérfanos. Sin embargo, se lo comieron, aunque estoy seguro de que en cada corte de pan con chorizo con el que empezaban a masticar aquellas monedas-marcos, francos, libras-, se les llenaban los carrillos de morriña y desarraigo.

Entre tanto se obraba el milagro económico, aquellos buscadores de fortuna -grandes generadores de divisas-, desde tierra extraña, no añoraban tanto la patria, la grandilocuente patria que yacía a sus espaldas, como el pedazo de tierra del que partieron, como las desvencijadas casas del pueblo donde nacieron y se criaron. Soñaban desde la lejanía de sus destinos con las caras de su gente, con las caras de aquellos a los que no hace mucho dejaron atrás para lanzarse a la aventura de una emigración incierta y dolorosa.

“Unos me hablaban de la patria.

Mas yo pensaba en una tierra pobre,

Pueblo de polvo y luz,

Y una calle y un muro…

… No hay patria, hay tierra, imágenes de tierra,

polvo y luz en el tiempo.”

                                      Octavio Paz (Calamidades y milagros)

Aquella España de la postguerra comenzó a cambiar con la llegada, a los estamentos de poder del régimen, de los tecnócratas de la Obra; con ellos mostró otra cara más amable. Con aquel desarrollismo reformador, que presentaron como el nuevo rostro del régimen, impulsaron la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Con el progreso que se vislumbraba, parecía que se estaba acabando con la habitual sobredosis española de blanco y negro, la misma que había generado desde el poder aquella sociedad lóbrega y enlutada, carente de opinión por la fuerza casi divina de la imposición.

Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.

Armadura oxidada con relleno de escombros.

Tienen duros los ojos como fría cellisca.

Los cabellos marchitos como hierba pisada.

Y un vinagre maligno les recorre las venas.

                                     Ángela Figuera (Mujeres del mercado)

A nosotros, a los muchachos del bachiller y del C.O.U., aquella España del pasado casi ni nos rozó; ya nos tocó disfrutar de otra bien distinta, la que surgió con el boom económico, la que en los últimos años del franquismo comenzaba a traslucir ciertas dosis de libertad bien administrada desde el poder.

El caso fue que, bajo el control de la camarilla del Pardo y del gran ojo, rematado en una opulenta ceja, del almirante Carrero Blanco, un grupo de solterones, o casados con voto de algo, fríos, pulcros y tecnócratas servidores de la Obra de un visionario como Monseñor Escrivá de Balaguer, lograron poner a la economía española en camino. Lo hicieron apoyándose en otro Camino bien distinto, en el libro de cabecera del Opus Dei. Un joven Laureano López Rodó puso a punto los famosos Planes que colocarían a España en la senda que la conduciría hacia el progreso de los países en vía de desarrollo.

Mientras España despegaba, la sociedad se transformaba al socaire de los tiempos de bonanza. Con la industrialización, comenzaba a emerger una clase media mucho más numerosa, por tanto con mucha más fuerza y con mayores posibilidades económicas. Esta renovada sociedad, en la que la clase trabajadora se iba a ir situando como una nueva clase media y, por tanto, según la terminología de la época, se iba aburguesando, se distanciaba sustancialmente de la España surgida tras la guerra civil. Que esta España progresaba económicamente era una evidencia que a casi nadie se escapaba.

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UNA INFANCIA FELIZ XII-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco. Catedral de Burgos

XII

A pesar de cómo evolucionábamos como país, a pesar del cambio de mentalidad que se intuía y que ya se comenzaba a ver, en aquella España de mediados de los sesenta aún persistía el rancio sabor que deja en el paladar la intransigencia más trasnochada. Como muestra de ello, un botón.

Todos los veranos íbamos con mis padres a Burgos a pasar el día y, cómo no, a visitar la catedral y a perdernos por las calles que la rodeaban. Aquella mañana de finales de los sesenta amaneció con un sol de los que mortifican, de los que hacían buenos los versos de Machado, de Manuel, en el memorable poema Castilla. El poeta dudó mucho en el verso final, polvo, sudor y hierro, y estuvo a punto de poner polvo, sudor y sangre. Al final le pareció más acorde con el carácter castellano la primera versión.

El ciego sol, la sed y la fatiga…

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

 Con semejante día, mi madre, sin sospechar lo que estaba a punto de acontecer, nos puso a los tres hermanos de pantalón corto. Al llegar, como siempre, entramos en la catedral por la puerta principal y nada más traspasarla se acercó a nosotros un tipo con aspecto de mandar algo y cubierto con el sayón de la castidad penitente. El caso es que nos echó del recinto sagrado porque mi hermana Regina, a sus siete u ocho años, iba con pantalón corto. Lo más curioso es que los tres hermanos íbamos igual, tal vez incluso nuestro pantalón fuere más corto, pero lo cierto es que los tres íbamos con toda nuestra niñez a cuestas, reflejada tanto en nuestro cuerpo como en nuestra cara.

Aquel año, entre la indignación e incredulidad de mis ofendidos padres, me quedé sin ver al Papamoscas, aunque no desperdiciamos la oportunidad de pasar por el restaurante Gaona a degustar un buen lechazo de Castilla. No todo iban a ser penalidades.

De aquella España en la que la curia, desde el púlpito, expulsaba públicamente, durante la misa dominical, a cualquier descarriada sin velo, con los brazos descubiertos o con la falda no lo suficientemente larga, ya nada queda. Era la primitiva y arcaica imagen de aquella España, reserva espiritual de Europa y bastión contra el comunismo internacional, cuando no contra las huestes masónicas.

Y, aunque apenas fuera ayer, parece haber sido la imagen de un país durante el pleistoceno, por no decir el oligoceno.

Todavía en ese ambiente de latinajos de sacristía y dispensas confesionales, a base de limosnas para dejar de ayunar en cuaresma, me acerqué al cine Cervantes, con mi tío Marcelino, para ver La caída del Imperio romano. Sé que me fascinó, tanto la película como aquel exceso de cartón-piedra; desde aquel pase, me hice adicto al cine de romanos. Luego supe que estaba dirigida por Anthony Mann, aquel director americano que fue a casar con una doncella de gran belleza, de nombre Sara. Montiel, por supuesto. Todo ello, sin despreciar los largos de Disney, desde aquella Blancanieves imperecedera que vi en la gran pantalla recién llegado a España, al espléndido Libro de la selva que, un poco más mayorcito, vi con mi tío Marcelino en el cine Alameda.

Los sueños de grandeza de un país recién salido de la miseria se convirtieron en realidad, un tanto fantástica, con la aparición en un pueblo del páramo burgalés, La Lora, de petróleo. Esta improductiva alucinación no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para meterla, con inmenso orgullo patrio, en todos los libros de texto y tener que estudiar el nombre del perdido lugar durante unos cuantos años. De aquella fantasía prospectiva sólo quedan unos caballitos de madera y el recuerdo de una quimera del oro negro.

Con mis hermanos en la Primera playa del Sardinero

Pero si hay un recuerdo de mi infancia que no olvido es la visita del Generalísimo Francisco Franco en julio del sesenta y ocho a Santander.

Para mí era un día como otro cualquiera. Había salido con mi padre a dar un paseo por el Muelle, su lugar favorito y desde el que, tal vez, esperara contemplar, como otras veces, la llegada del Covadonga o del Guadalupe, vetustos barcos de la legendaria Cía. Trasatlántica, a su regreso de Veracruz. Cada vez que atracaba se las ingeniaba para subir al barco e ir hasta el bar, donde se tomaba una cerveza mejicana y se fumaba unos Delicados, mientras conversaba con los camareros.

El Covadonga, barco que hacía la travesía Santander-Veracruz

Pero aquel día, aquel paseo iba a ser un poco diferente a los demás.

El caso es que, tras dar nuestra habitual vuelta por el muelle y ver los barcos que estaban atracados, para retornar a casa buscamos la avenida principal, el Paseo Pereda. Mi sorpresa fue mayúscula al ver cómo la gente se agolpaba en las aceras formando varias filas mientras, brazo en alto, gritaban, ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!…., en un éxtasis de grupo bastante curioso y llamativo.

Allí estaba todo Santander. Allí se juntaban, poseídos por el momento, futuros, en sus palabras, demócratas de toda la vida y hasta algún joven de los que enseñaba en los colegios Formación del Espíritu Nacional (F.E.N.), asignatura en la que se nos ilustraba sobre las Leyes del Movimiento y el Fuero de los Españoles y es que a falta de una Constitución que enseñarnos tiraban de lo que había.

Ahí estaban, aquellos insignes falangistas, reconvertidos en respetados demócratas de toda la vida a partir del setenta y seis. Al fin, no hicieron más que lo que tantos, arrimarse al poder, lo ejerciera quien lo ejerciera. Para ellos, eso era lo de menos, ya que creo deducir por sus comportamientos que nunca padecieron de ese mal tan extraño que tanto ataca a la gente de bien, ese mal que provoca continuos y torturantes problemas de conciencia. Es más, yo creo que bien hubieran podido pertenecer a ese grupo de personas que ni tan siquiera saben lo que es, ya que carecen de ella. Y, puestos a analizarlo fríamente, concluimos fácilmente que la misma no constituye más que un constante obstáculo en nuestras vidas.

Pero volvamos a introducirnos entre aquella multitud vociferante, entre la masa, esos idiotas que decían los griegos, o los muchos, como los describía Platón con desprecio. Ante el espectáculo que se abría ante mis inexpertos ojos yo jalaba de mi padre, con fuerza, hacia mí, para intentar pararme entre el gentío y poder presenciar con atención la representación. Él, sin embargo, tiraba de mí apresurando el paso.

-¡Quiero verlo, quiero verlo!

Con mi padre en el portal de La Cavada (1976)

Aún recuerdo sus palabras, aún recuerdo en ellas toda la filosofía de un escéptico descreído que, desde luego, no tenía ninguna fe en la histeria colectiva de las masas, ni en nada de aquello en lo que el ser humano pudiera perder su perspectiva de ser único e individual, capaz de pensar y reflexionar por sí mismo. Y era evidente que aquella gente no respondía más que a instintos poco meditados.

-Todos éstos -me decía, obviándolos y recordando a los líderes revolucionarios que había sufrido desde la primera década del siglo en México-, a los que hoy ves encantados expresando su fervor, su adhesión inquebrantable, como repiten a diario con tanto ahínco, mañana mismo, si fuera preciso, lo expresarían en sentido contrario. Hoy lo veneran, mañana pedirán su cabeza. Y la pedirán los mismos que hoy están aquí. Estoy cansado de verlo. Y ha sido siempre igual a lo largo de la historia. Nunca hagas caso del griterío y nunca des un látigo a quien antes fue esclavo de una causa sin sentido.

En este caso no fue exactamente así. Nadie de todos aquellos que lo aclamaban llegó nunca a pedir su cabeza. Franco murió en la cama de un hospital en una penosa y larga agonía, sin que fuera cuestionado más que por una inmensa minoría.

Al fallecer, pasaron ante su cadáver, haciendo insufribles y largas colas, -la masa además es necrófila-, cerca de medio millón de personas en un país con apenas treinta. Pronto, también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido contrario, por supuesto, en masa.

Cuando Franco murió tenía dieciséis años, una mente abierta, una inquietud inmensa por aprender y todo el futuro por delante. Durante mi infancia fui inmensamente feliz porque siempre me vi rodeado de gente a la que amaba y de una tierra a la que sentía como parte de mí, mi tierra del alma. Y no hablo de la grandilocuencia de la patria, hablo de ese pequeño pedazo del universo al que te sientes unido, hablo de la luz y el polvo con el que creciste pegado a las zapatillas, hablo del padre, de la madre, de los hermanos, de la familia y los amigos que me acompañaron en ese viaje que me llevo a ser el joven que fui y el hombre que finalmente soy.

En La Cavada a los 19 años
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Día Del Libro-Federación Cántabra de Bolos-Fundación Bolos de Cantabria (23 de abril de 2021)

En el Día Internacional del Libro queremos mostrar la implicación de la Federación Cántabra de Bolos y de la Fundación Bolos de Cantabria con la cultura y la riqueza literaria que hay respecto al mundo de los bolos, nuestro deporte más arraigado y más respetuoso con las tradiciones de todo un pueblo. Con distintas voces de los hombres y las mujeres que amamos los bolos hacemos un recorrido poético por algunos de los numerosos poetas que han dedicado sus versos al mundo de los bolos. Así, desde el área cultural de la Federación, dirigida por Juan Francisco Quevedo, voces como las de Fernando Diestro, Laura Abascal, Francisco Javier López Marcano, Naomi Solórzano y muchas otras recuerdan a poetas como Gerardo Diego, Jesús Cancio, José Hierro o el recientemente desaparecido Antonio Casares.

Un homenaje literario y sentimental a algunos de aquellos libros que, con sus poemas, se han acercado con cariño a una parte tan importante y esencial de nuestro acervo cultural. Los bolos y todo lo que les rodea, desde el ambiente social al espíritu deportivo y competitivo, han contribuido al desarrollo cultural de todo un pueblo, el nuestro. Por ello, desde el mundo bolístico queremos conmemorar de manera muy especial, recordando a nuestros poetas, el Día Internacional del Libro.

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UNA INFANCIA FELIZ XI-Juan Francisco Quevedo

En La Cavada, 1964

XI

Una nueva era parecía atisbarse en el horizonte de la iglesia. El Papa bueno, Juan XXIII, había convocado a Concilio a sus cardenales. Y no iba a ser uno más. Este Concilio, el Vaticano II, que se cerraría bajo la tutela de Pablo VI -el Papa que amenazó, al estilo sutil que acostumbra la diplomacia vaticana, con excomulgar al general Franco, por un pon o quita esas firmas de unas sentencias a muerte-, traería grandes cambios a una Iglesia adormecida en sus latinajos. Años después, y a consecuencia del Concilio, la misa dominical comenzó a decirse en castellano, olvidando el latín y, con ello, el misterio cabalístico de no entender absolutamente nada de lo que te contaban. Además, al celebrar la ceremonia litúrgica de cara a los fieles, se perdió la santidad lejana en la que, inconscientemente, se envolvía a un oficiante al que sólo se veía de espaldas.

Por una vez, y sin que sirviera de precedente, pareciera que la iglesia y su jerarquía caminaran con los tiempos, estableciéndose cierta conexión entre los verdaderos valores de un humanismo cristiano emergente y el nuevo espíritu de los sesenta. Pareciera como si se quisiera, de alguna manera, poner en práctica lo que hasta entonces simplemente se predicaba desde la lejanía elevada del púlpito. Pareciera que las palabras que Voltaire dejó impresas en sus Cartas filosóficas tomaran un nuevo impulso:

El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores.

Aquella España de comienzos de los sesenta, pese a parecer haberse detenido anclada en sus angustias, comenzaba a evolucionar, incluso a su pesar. Los tecnócratas píos y devotos de la Obra-Opus Dei- y del desarrollismo habían comenzado a impulsar la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Estaban casi a punto de poner en marcha los famosos Planes de Desarrollo, que colocarían a España en las vías que la conducirían hacia el progreso económico.

Entre tanto, en esta España no se moría de exceso, por beberte la vida de un solo golpe, se moría de aburrimiento, así como del empacho provocado por el aluvión de penitencias y autos de fe. Era la España de la emigración, la España de López Rodó y su Primer Plan de Desarrollo, aquél que acabaría por llevar al país a abandonar las vías del mismo para llegar, al fin, a un destino más halagüeño. En un país, inmerso en sus novenas, ayunos y vigilias, donde las amas de casa pedían dispensa al párroco para poder tejer en domingo, parecía imposible que poco a poco, con el transcurrir de los años, este catolicismo exacerbado de la posguerra -por el que España se erigió, como un faro de luz, en la reserva espiritual de Occidente-, se difuminaría, por el simple devenir del siglo, entre melenas de modernidad y minifaldas precoces, y acabaría suicidándose de una grave indigestión, haciendo buenas las premonitorias palabras de Azorín:

El catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos patanes acabarán por matarlo en pocos años.

En la Feria de San Lucas, en Hoznayo. 1964

Como viejos Laridones, salidos de las páginas de una fábula de La Fontaine, los indignos y, a veces, uniformados guardianes del Régimen se aplicaban, brazo en alto, si era necesario, a censurar cualquier obra que se pusiera a su alcance. Desde su poder despótico, representado en unas siniestras bandas negras, anudadas al traje en el antebrazo, que nunca supe lo que eran, pero que todos los que eran alguien, en aquel festín del Movimiento, lucían con orgullo patrio, aplicaban absurdas, caprichosas y arbitrarias decisiones. Con la misma sinrazón se decidía poner, a una actriz díscola y desvergonzada, un pañuelo en su cabeza desmelenada que borrar una palabra impropia de un texto, fuese literario, periodístico o de cualquier otra índole. Nada se podía escapar al gran ojo censor.

Dicen que España está españolizada,

mejor diría, si yo español no fuera,

que lo mismo por dentro que por fuera

lo que está España es como amortajada.

                                     José Bergamín (Cuarteto de soneto)

Con mis hermanos Regina y Paco en el santanderino Colegio Cervantes

Pero, en este país, fiel reflejo de la España de Quevedo y Torres Villarroel, siempre aparece algún sopón con suficiente ingenio como para colarse por entre los tachones de la censura y hacer pasar por humoradas, más o menos ocurrentes, verdaderas sátiras hirientes. Las mordaces obras, bien camufladas, a veces pasan inadvertidas para las adocenadas mentes censoras, lo que hace que, de cuando en cuando, un soplo refrescante inunde el ambiente aburrido de la época.

En La Cavada 1965

Así se llega a estrenar la película El verdugo, con guión de un maestro del cine como Rafael Azcona. Es un auténtico esperpento surrealista, lleno de humor, magníficamente interpretado por un galán de pueblo y grasa de arenque ahumado en la camiseta, como Nino Manfredi, y por un desamparado en sí mismo, con papada en la cara y voz de trueno en el alma, como Pepe Isbert. Nunca la pena de muerte, en un país donde aún se ajusticiaba a garrote-vil -ennoblecido por tantas Marianas Pinedas-, fue tan ridícula y quedó tan ridiculizada. Toda la cinta era una metáfora disparatada, una chispeante greguería o una eufónica, florida y sutil jitanjáfora, salidas de las plumas, coronadas por la brillantez de lo absurdo, de Ramón Gómez de la Serna o del siempre maestro Alfonso Reyes.

Con mi hermano Paco en La Cavada. Y con el equipaje  del Atlético de Madrid

Pero aquella España de a pie no era ni tan brillante ni tan literaria. Por no ser no era ni gacetillera, era una España pragmática, como los tecnócratas que habían tomado el mando. Pareciera que se hubieran sumido en el tiempo y hubiesen hecho suyo el lema del primer gobierno mixto del general Miguel Primo de Rivera:

Menos política y más administración.

Todos caminaban, y el general Franco el primero, tras la senda inconstitucional marcada por el Fuero de los españoles. Esta filosofía de la eficacia, alejada de la política, había penetrado tanto en sus entrañas que se cuenta cómo, en una audiencia con uno de sus ministros, haciendo uso de toda su retranca gallega, el comandantín, como era conocido en Oviedo cuando cortejaba a la señorita Carmen Polo y, desde su menudez física, se paseaba en un vistoso caballo blanco, le contestó, tras interesarse este por la situación política del país, de la siguiente manera:

Usted haga como yo. No se meta en política.

Así era este actor de cine frustrado, devenido en generalísimo, que firmaba sus guiones como Jaime de Andrade, remedando al Felipe IV que firmaba sus versos como Un ingenio de Palacio.

Aunque no hubiera política que valiera, aún nos quedaba el cine, al menos cuando llegaba, tras superar el arduo y espeso camino de la censura.

Pero, además de la bomba que los americanos dejaron caer en Palomares, nos cayó otra más benévola, aunque ésta hirió sobremanera a la mojigatería patria. Este año desembarcaron las primeras minifaldas y por debajo de ellas se intuían, cuando no aparecían, las braguitas de aquellas extranjeras que llegaban a nuestras localidades con la nueva moda. Chocaba, y mucho, tanto muslo tomando el aire y más en una ciudad como Santander donde, hasta hacía muy poco, había sido obligatorio el traje y la corbata para caminar por el Paseo Pereda. Pronto, las chicas españolas, a escondidas, comenzarían a llevar estas prendas joviales y divertidas, aunque aún habrían de pasar unos años para verlo. No olvidemos que España era un país donde, aún, las mujeres sólo podían entrar en las iglesias con un velo tupido y negro sobre sus cabezas y una venda sobre sus conciencias porque, como decía Picabia, la moral es la espina dorsal de los imbéciles.

En ese contexto, ilusionados por el contacto con la tierra y reconfortados por el afecto de los amigos y la familia, pasamos nuestro primer invierno en La Cavada. Con el inicio del nuevo curso, en octubre, nos asentamos en Santander y dejamos nuestra tierra, nuestra tierra verdadera, ese minúsculo lugar que llevas adherido a las entrañas, tan solo para el verano, para esos largos veranos de entonces, veranos de tres meses largos, de esos que se llegaban hasta prácticamente la festividad del Pilar cuando, con las primeras nueces, volvíamos al piso de Santander.

De aquellos veranos en bicicleta, veranos jugando a los bolos en La Encina, desde que amanecía hasta que anochecía, veranos en los que tan solo aparecías en casa para comer, guardo un recuerdo inolvidable, como de todos los amigos que me acompañaron en ese descubrimiento continuo que nos acompaña en la vida pero que, en la adolescencia, está más vivo que nunca.

Las excursiones a la cueva del Zorro, los baños en el río Miera, en el pozón de Las Hoyas, los partidos junto al río Revilla y las primeras romerías, a las que nos hicimos tan asiduos que tan solo veíamos el calendario en función de ellas. Se abría con San Juan en nuestro pueblo y se cerraba con San Cipriano y San Miguel. Y en medio, San Mamés, San Lorenzo, Santiago, San Pantaleón, San Vicente, Santa Ana, Nuestra Señora, San Joaquín, La Magdalena… No nos perdíamos ni una.

Con mi hermana Ana en el monte Igueldo

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UNA INFANCIA FELIZ 10-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco en México

X

-¡Qué güerito! Con sus ojitos azules. Déjemelo tomar un ratito.

De brazo en brazo anduve los tres años que pasé en México, de brazo en brazo e intentando mordisquear aquellos medallones que colgaban de los cuellos de quienes me mecían con tanto afecto; todos ellos iban grabados bien con el relieve de la Virgen de Guadalupe, bien con el del Sagrado Corazón de Jesús. Y es que allá, tratándose de Vírgenes, sólo hay una. Por acá parece que florezcan. Será el clima.

En mi casa de Córdoba-México

No tardaron en acompañarme dos hermanos más de los seis que llegamos a ser cuando aún contaba con cinco años de edad. Con los tres que ya éramos a cuestas y una niña más en el vientre de mi madre, dejamos atrás toda una vida en Córdoba para reemprender otra en España. Mi padre, tras cuarenta y cinco años en México, con toda la familia, tomaba el avión que le haría reencontrarse con su tierra.

A aquella España enlutada regresamos, enlutada como sus mujeres, que se ponían el negro de jóvenes, pues siempre había alguien que se les moría, cuando no era el padre, era la madre y, cuando no, el marido. No recuerdo haber visto una sola foto de mi abuela o de mis tías paternas en las que el negro no fuese su acompañante perpetuo.

A aquella España de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, a aquella España de la cruz y la pandereta, de empacho de misas y rosarios, plagada de misales, reclinatorios y escapularios, regresamos en el 63 definitivamente.

Llegamos justo cuando algunas cosas empezaban a cambiar, justo cuando el olor del café cordobés se había colado para siempre en mi alma. Un café que nunca he podido volver a husmear como entonces pero que su recuerdo, como el sonido de las campanas de su pueblo, que tanto añoró mi padre, me inunda de nostalgia. Tal vez, algún día regrese a Córdoba.

Desde que di mis primeros pasos, según la memoria compartida con mis mayores, como un ritual, acudía cada mañana al negocio de café -solo tenía que cruzar la calle- para hacer lo que tantas veces había visto hacer a mi padre. Al llegar, me acercaba a uno de los sacos que acababan de descargar, agarraba en mi pequeña mano un puñado de granos de café recién recolectados y los frotaba con energía entre las palmas; después me las acercaba a la nariz para poder oler aquel aroma tan intenso, tan lleno de vida, con el que se abría la mañana. Nunca perdí aquellas sensaciones sensoriales; de hecho aún hoy, cuando llega a mi pituitaria desde cualquier rincón, una taberna o la casa, esa fragancia única y característica, actúa en mi conciencia como aquella magdalena proustiana y me hace retroceder en el tiempo a mis años en México. Mucho quedó atrás tras mi partida, pero el olor de aquel café con el que iniciaba el día siempre me acompañó.

Había sido allá por 1.960 cuando mi madre había visitado doblemente, en enero y diciembre, el Sanatorio Español de Ciudad de México. De esta manera, una hermana, la primera, y un hermano, Paco, irrumpían en mi plácida vida casi sin enterarme. Y así, casi sin enterarme, y tras varias visitas más al paritorio, ahora el de la santanderina clínica Matorras, allá por 1.964, ya éramos, con Ana, Pedro y Marce, seis los hermanos. Ahí nos quedamos.

Con mi padre. México

Fue en La Cavada cuando empecé a tener verdadera memoria de lo que pasaba a mi alrededor sin tener que recurrir a la de los demás, a la memoria interpuesta de mis mayores. Recuerdo los días de escuela cuando, con apenas tres años, me dirigía a la señorita con la inocencia de mi dulce acento mejicano:

-Buenos días señorita.

-Buenos días.

-Se presenta Juan Francisco Quevedo Gutiérrez, para servirle a Dios y a usted.

Aún era pronto para saber que la carrera de la vida ya había comenzado mucho antes, así como para valorar y aprovechar esa listeza natural que no hace más que avivarse desde la cuna.

La gente se derretía con mi acento suave y educado, con mi retórica y con mi pequeña estatura. Se empeñaban en que no les tratara de usted pero yo era incapaz de hacerlo, por lo que me molestaba esa insistencia ante un hecho que para mí era de lo más natural. Tardé meses antes de poder adaptarme a las nuevas costumbres. Aquel año escolar lo aproveché bien; no hay nada tan absorbente como la mente, todavía despejada y completamente virginal, de la primera infancia.

En esa España, hoy pareciera perdida en el tiempo, aprendí mis primeras letras y mis primeras pillerías con la feliz inconsciencia de la infancia. Y también llegó a mi memoria, el primer recuerdo de los amigos, algunos de los cuales permanecerán para siempre, y los primeros chichones, como el que me salió al propinarme un golpe un compañero con la peonza en plena frente. Se desenredó de mala manera la cuerda y salió disparada a mi cabeza. Apretando con una perra gorda sobre él, sobreviví al lance. La misma perra gorda que los amigos y yo poníamos sobre las vías del tren para que, al pasarla el convoy por encima, la viéramos, admirados y perplejos, con una extensión multiplicada.

Enfundados en nuestros impermeables, tipo pescador de ballenas, íbamos -al igual que el capitán Ahab a bordo del Pequod- los tres hermanos unidos y dispuestos a luchar contra los charcos que se interponían en nuestro camino hacia la escuela. La señorita nos esperaba, con su política de palo y tente tieso, o sea, el clásico la letra con sangre entra mientras pastábamos entre un mar de signos aritméticos, cuando no ortográficos, mientras cantábamos, aplicados, las tablas de multiplicar o los ríos de España, eso sí, con sus afluentes, tanto por la derecha como por la izquierda.

Con mi hermana Regina en la escuela de La Cavada 1964

Los recreos eran para las carreras, las subidas al pino, las canicas, la peonza y un juego al que jamás volví a jugar y del que no recuerdo su nombre. Todos nos hacíamos con una estaca puntiaguda que tirábamos a clavar en el prado por orden. El juego consistía en intentar derribar las que estaban clavadas con tu estaca. Cuando lo conseguías, la agarrabas y con tu palo la dabas un golpe para intentar lanzarla lo más lejos posible. El que perdía debía ir a por ella y, a su vuelta, se reiniciaba el juego.

Al salir de la escuela, corríamos hasta casa un buen grupo de amigos y en un gran columpio verde articulado de madera, con asientos a cada lado, nos balanceábamos a lo bestia hasta que alguien aparecía para reñirnos. El columpio, tras continuos arreglos de mi padre, aún sobrevivió unos cuantos años. Con el tiempo, donde se ubicaba, nos hizo una bolera cuyo mayor inconveniente era que si elevábamos mucho las bolas desde el tiro, pegábamos contra las ramas de dos generosos ciruelos japoneses, cuyos troncos, por otro lado, nos servían de portería para jugar al fútbol. La huerta, en verano, era un improvisado polideportivo.

En otras ocasiones, nos dirigíamos hacia el río en bicicleta, procurando derrapar en cuanto veíamos algo de guijo suelto en la calzada o soltándonos las manos del manillar, mientras poníamos los brazos en cruz para sentir el viento en la cara. Al llegar a la pedregosa orilla del río, llena de cantos rodados, lanzábamos morrillos bien seleccionados, con el vientre plano, para jugar a ver quien conseguía que diera más botes sobre la superficie del agua.

Aquel curso que pasé en el pueblo, recién aterrizados, todas las mañanas madrugaba bien temprano y me encaminaba de la mano de mi tía Ana María a misa de ocho. Me gustaba no tener competencia y ser el único valiente que, a esas horas, se atrevía a realizar las funciones de ayudante del cura del pueblo. Cuando entraba por la puerta de la capilla de Santa Lucía, ingresaba en mi territorio; era el único niño que había y nadie me disputaba el honor de hacer de monaguillo. Al llegar, encendía las velas y me dirigía a la sacristía. No me vestía el uniforme colorado con la casulla blanca porque solo lo usábamos los domingos en misa mayor y pocas veces lo pude lucir pues los mayores no te dejaban así como así. La misa aún se decía en latín y con el cura de espaldas a los asistentes. Yo siempre estaba muy pendiente de cuándo tenía que tocar la campanilla mientras lanzaba unos latinajos; algo así como potens, potens. Era lo que más me gustaba.

Otros placeres, como el de beber el vino dulce al cura mientras estaba distraído, estaba reservado para los más mayores. Yo me conformaba con los recortes de las hostias que nos repartía el sacerdote.

En tanto me ocupaba de estos menesteres inocentes, en el Vaticano ya habían empezado a circular aires reformistas que no tardarían en reflejarse en la vida religiosa y piadosa de aquel tiempo.

Con mi padre en México

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MARCOS TRAMÓN-COMO UNA SOLA LUZ-Juan Francisco Quevedo

MARCOS TRAMÓN

COMO UNA SOLA LUZ (EDITORIAL BAJAMAR, 2020)

MARCOS TRAMÓN PRESENTA COMO UNA SOLA LUZ, UN LIBRO QUE GENERA EN EL LECTOR EMOCIÓN VERDADERA

Como una sola luz es el nuevo y esperado título del poeta asturiano Marcos Tramón, recientemente publicado por la editorial BajAmar. Tras tres años de silencio, reaparece con la fuerza de una palabra que se entreteje desde el conocimiento y la sabiduría de un poeta que se entrega al misterio inherente de la poesía con devoción y lirismo. Lo hace con una perspectiva muy personal, destilando en muchos de los versos una melancolía que está muy próxima a cierta desolación existencial pero que, sin embargo y a pesar de todo, se redime a través del amor y de la nueva luz del día, del acontecer del nuevo alba, que bien puede simbolizar el continuo aprendizaje que, con cada nuevo amanecer, acompaña al hombre.

Como una sola luz es un libro de esperanza, algo que se percibe en las palabras que se van repitiendo en prácticamente todos los poemas: claridad, luz, mañana, alba, cielo, amanecer, día… El libro se divide en tres partes, siendo la central, Albas contadas, la que delimita con exactitud las mismas. La primera de ella se abre con un poema de lo más hermoso, Contigo, donde el poeta crea una analogía entre la luz del día y la que desprende los ojos de la persona amada: Comienzan esos días/de una luz/que se asemeja a la luz de tus ojos.

A media tarde es un poema que desprende una fuerte melancolía, la que uno puede sentir, y con la que es tan fácil identificarse, cuando camina solo por la ciudad: Y es la melancolía/una manera estúpida/de sentir. Esta primera parte concluye con Desencuentro, un poema que, a pesar de lo que sugiera al lector en una primera impresión, es una invitación a continuar adelante, a pesar de la ausencia: Fuimos mínimas coincidencias, / a gusto por la insólita/razón de ser.

La parte central del libro, Albas contadas, la única con un título específico, son como habas contadas, como perlas halladas en la claridad del tiempo. Es una sucesión de bellísimos poemas, ordenados en impecables cuartetos endecasílabos, que se erigen como un canto permanente a la nueva vida que siempre acompaña al alba.

Cada uno es un alba, un cielo, un mundo.

Cada uno despierta esclarecido.

Como una luz inquieta y caprichosa,

Semejamos el vuelo de las aves.

En todos y cada uno de los treinta y dos cuartetos que componen esta parte aparece la palabra alba junto a una visión de la vida que, asociada a esa palabra, hace que esta adquiera una dimensión que va más allá de la literalidad estricta del diccionario; con cada nuevo amanecer nos renovamos, con la llegada del día tenemos la oportunidad de experimentar otra vez ser nosotros mismos. Unas veces será una invitación a disfrutar y otras, sin embargo, nos traerá los sinsabores que nos angustian. Al fin, esa mezcla de sentimientos es la vida.

Hoy, un alba maltrecha, igual que yo.

Como nosotros, también un desamparo.

Es un amanecer que viene triste,

Como si todo reviviera en muerte.

En la última parte se suceden poemas con referencias cotidianas, que rompen la solemnidad del discurso, aproximando las sensaciones al lector de una manera muy cómplice: Camina un hombre solo por las calles/de la ciudad-la lluvia crea charcos/en las aceras y es de noche-, mientras piensa… También encontramos poemas de amor cargados de lirismo y con elegantes notas de erotismo: Ya es un recuerdo ardiente/el llegar de mis manos/hasta tu negro pelo ensortijado

El libro finaliza con unas Disposiciones autobiográficas que definen a la voz poética: Soledad, / melancólica compañera de viaje, / voluntaria; por fiel, una amante escogida.

Marcos Tramón, Como una sola luz, traspasa nuestra conciencia lectora para con su poesía estimular nuestra sensibilidad y crear emoción verdadera desde unos versos profundamente humanos.

Juan Francisco Quevedo

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UNA INFANCIA FELIZ 9-Juan Francisco Quevedo

Barajas 1959-Con mi madre en brazos

IX

Mientras mi padre, con Libertad bajo palabra, de Octavio Paz, velaba mi ya avezada socarronería feliz y preparaba mi primer viaje a España, yo iba descubriendo la magia de la poesía. Aquellos versos, resbalando por los labios paternos, me iban descubriendo el inmenso y revelador poder de la palabra, de una palabra que, de momento, me era negada. Caían las frases sobre mí como una lluvia de enigmáticos jeroglíficos por resolver, como un chaparrón de misteriosos y envolventes vocablos que iluminaban mi biberón y extasiaban mis sentidos

Dales la vuelta

cógelas del rabo (chillen putas),

azótalas…                                                                

                          Octavio Paz (Las palabras)

El mismo año de mi nacimiento, a principios de verano y con mi madre ya embarazada de mi hermana Regina, me trajeron a conocer a mi familia española. Y a que me conocieran. El avión aún pudo hacer escala en el aeropuerto de La Habana, aunque las barbas y el verde oliva ya dominaba y campaba a sus anchas por los hangares. Durante las horas de estancia, no nos dejaron ya no salir del recinto, ni tan siquiera nos pudimos bajar del avión. Sin embargo, a la vuelta ya no se pudo, ni modo, aterrizar en Cuba. A pesar de todo, España y Cuba jamás romperían relaciones diplomáticas. Nunca. Bien al contrario, con México ocurría algo muy distinto desde la guerra civil.

Al fin, Madrid. Casi sin darme cuenta aparecí en las escalinatas de un avión, supongo que de Iberia o de las Aerolíneas Mexicanas, y en la capital de un país al que llaman España. Desde mi pequeña estatura, y desde los brazos de cualquier voluntario que se prestara a sostenerme, percibí, en aquellos meses y a través de la memoria de mis mayores, la lúgubre desolación y la tristeza del país de mis antepasados. Contrastaba con el espíritu alegre y desinhibido de una gran parte de sus habitantes que no reflejaba en absoluto lo que se escondía en los aledaños del poder. Como ha ocurrido tantas veces, cada cual iba por su lado, distanciándose cada vez más notoriamente lo uno de lo otro, la gente corriente de los círculos de influencia que pululaban donde se tomaban las decisiones.

Con Tom en La Cavada, 1959

Desde mi descansada posición, en el serón de viaje, arribé a La Cavada y allí sufrí un baño de curiosidad y un hartazgo de brazos ajenos que me hizo sonreír y agarrar más mañas aún de las que ya tenía; no en vano era el primero de los críos de mi generación que llegaba a mi familia paterna. Aún tuve tiempo de conocer a mi tía Teresa y a mi tía Ciriaca, siempre tan elegantes y bondadosas, y a la abuela Regina, con la que disfruté tanto de sus besos como de su encanto.

Seguro que aquella fue la primera vez que mis tías paternas, de las muchas veces que me lo contaron, me relataran cómo nuestros antepasados habían llegado a La Cavada, a comienzos del siglo XVII, desde tierras valonas, a fundar y desarrollar la mayor fábrica de cañones de hierro fundido que tuvo la nación. Tanto sus rasgos, como los de mi padre, de tez clara y delicada, y sus ojos azules y cabellos arrubiados, llevaban la impronta de aquellos primeros fundidores.

Tu abuela era Piró Arche, no lo olvides nunca-me decían en cuanto tenían ocasión con orgullo.

Barrio de Revilla. Con mi tía Teresa

Al llegar, hube de posar y retratarme, por activa y por pasiva, con casi toda la comitiva que nos acompañó de parientes, vecinos y conocidos, una comitiva cariñosa y familiar que, más pronto que tarde, acabaría siendo una fuente inagotable de amistades y afectos. En mi casa del barrio de Carrascabas y en la de mis tías, en el barrio de Revilla, me sentí como se deberían de sentir todos los niños, muy querido.

Esta nación, tan diferente como para hablar de una sola España, estaba aún encerrada, inmersa en su enquistamiento, y aunque había débiles señales que parecía iban en sentido contrario, tanto en sus gentes, como en sus pueblos y ciudades, todavía no se percibían. Al rato de llegar, apenas dos meses, tristes por dejar atrás a la familia, nos regresamos a México a ver un poco de televisión en color, de vida en color, tras nuestra sobredosis española de blanco y negro, en esta sociedad lóbrega y enlutada en la que aún había que pedir dispensa a la iglesia para trabajar los días de fiestas de guardar, en la que aún el silencio, por imposible que parezca, se oía entre las alegres canciones patrióticas.

No hay nada tan desasosegante como escuchar el silencio golpeando las conciencias en medio del griterío de una multitud.

Con mi abuela Regina

En aquel tiempo, en aquella España de la cruz y la pandereta, sólo se hablaba de la hazaña de un águila toledana que había plantado sus reales, como si de una vieja espada se tratara, en el Tourmalet mientras se merendaba una sandía. Su proverbial miedo a despeñarse en el vacío, parecer ser, le hacía un tanto estrambótico. Del triunfo en el Tour de Francia, de Bahamontes, al duelo por la muerte del campeonísimo Coppi. Así es la carrera, hacia la gloria y la muerte, de la vida. Muerto el rey estaba punto de comenzar el reinado de un joven francés, enjuto y fumador, que respondía al nombre de Jacques Anquetil. Su carrera hacia el podio estaba a cinco triunfos de la cima. Su carrera hacia la muerte iba a ser corta.

Sic transit gloria mundi! (¡Así pasa la gloria de este mundo!)

De la España más oficial solamente me llevaba la radio anquilosada de la época, la tristeza del negro de sus mujeres y el bigotito fino, de galán antiguo, de unos hombres tan pasados de moda, como sus bigotes. De la España más sentimental me llevaba el sentir y el latido de la tierra, el amor de la familia y la esperanza de un reencuentro con ambos, tierra y familia, no muy lejano.

Después de nuestro regreso a Córdoba, desde aquel milímetro escaso que podía representar mi pueblo, La Cavada, en el mapa de España, mi abuela nos enviaba fotos en blanco y negro de la tierra de mis mayores. Yo me rendía a la bondad de su rostro, a través del cual viajaba a esa España amable y familiar, a la España entrañable de los afectos, a la que te engancha a la luz y al polvo de un pequeño lugar que sabes tuyo para siempre. Esa era la verdad auténtica, la verdad que te proporcionan los sentimientos más nobles. Esa era la España, parafraseando a Luis Cernuda, que envenenaba mis sueños.

Entre tanto, mientras me acomodaba al clima del trópico y a la sincopada música del norte, en diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight Eisenhower, daba carta de credibilidad internacional al general Franco y, claro está, Franco le correspondía dándole por Madrid un baño de banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que, después, se enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio y que me han hecho recordar las palabras de Juvenal:

Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.

No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada comunidad internacional.

Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar al pueblo llano. En aras de la economía y del mercadeo se podía obviar ese pequeño detalle de la libertad.

Mientras los generales se paseaban por las calles de Madrid encaramados a un descapotable blindado-desde el absurdo de acorazar un coche descubierto-, yo orinaba en pleno rostro al médico que vino a reconocerme en uno de esos exámenes periódicos. El bueno del doctor Rafael Sánchez Vargas, hijo del buen don Severo-el asturiano de Parres que tanto ayudara a mi padre- y entrañable amigo de la familia, se lo tomó, al menos así me llegó desde mi memoria lejana, como a quien le cae, por orden divina, agua bendita. Según mi madre, colorada como un pimiento durante el trance, sólo le faltó persignarse. A mí me dijeron que aquel día, durante mi micción, me reí como nunca. Pequeño cabrón. Así se debieron sentir aquellos generales, saludando al vociferante y mudable personal, mientras algunos, pocos, enrojecían de ira y otros, aún menos, de vergüenza.

1960-Con mi padre en Veracruz

Estaba a punto de cumplir un año cuando me llevaron ante un barbón, un tanto sangrón y vestido de rojo, poseído, además, por una risa falsa e inquietante; yo, en brazos de mi madre, me retorcía de llanto por evitar que me depositara entre las zarpas de un Santa Claus de carne y hueso. Y es que los mayores no entienden que esos bichos navideños son más simpáticos cuando salen en la tele o cuando no son más que muñecos de nieve o trapo. Pero, la realidad era que, en aquellos almacenes, con un decorado de cartón piedra, nos sacrificaban, quisiéramos o no, ante el altar de una sociedad consumista que empezaba a aflorar con una fuerza imparable. De nuevo, el signo de los tiempos.

Las cosas parecía que marchaban y los autos nuevos, relucientes, empezaban a llenar las calles de un México cada día más moderno. Pero no era oro todo lo que relucía; ya nos advertían, desde Estados Unidos, de los peligros de esta sociedad opulenta en la que nos inmolábamos. Tras ella, tras su esplendor aparente, una nueva pobreza emergía atravesando toda una generación desmoralizada y sin medios para salir adelante. Empezaba a estar claro que esta nueva sociedad de la opulencia no iba a mostrarse solidaria con los pobres que ella misma generaba y menos en una América entregada al mercantilismo más incontrolado. Las ortodoxas leyes del capital dejaban de lado a todos aquellos seres, para ella despreciables, incapaces, desde su indigencia, de convertirse en potenciales o reales consumidores. Del humanismo liberal, esencia nuclear de los ideales que pusiera en marcha la revolución francesa, se había pasado a un liberalismo económico feroz, tan brutal que ignoraba del todo el humanismo renacentista del siglo XIX. Estos desdichados, cada vez más numerosos, no eran más que el residuo inevitable que esta sociedad generaba. Ante ella, se volvían invisibles. Simplemente era más cómodo para sus intereses borrarlos del mapa y, si acaso, verlos, ante su enriquecida mirada, como un mal menor.

…la pobreza subsiste aún. Es, en parte, una cuestión física; quienes la padecen están tan limitada e insuficientemente alimentados, tan pobremente vestidos, viven en unos cuchitriles hacinados, fríos y sucios que la vida es amarga y relativamente breve…

Hacemos caso omiso de ella porque compartimos con las sociedades de todos los tiempos la capacidad de no ver aquello que no deseamos ver.

                                             John Kenneth Galbraith (La sociedad opulenta)

John F. Kennedy, a pesar de cualquier pesar, cuando leyó este libro quedó impresionado. Al iniciar su mandato se puso manos a la obra y elaboró un plan de medidas concretas para actuar contra la pobreza. Una bala truncó aquello que tal vez hubiera podido llegar a ser un día. Nunca se sabe, pero conviene dudarlo.

La independencia del espíritu se obtiene por medio del escepticismo.

                                                                                           Montaigne (Ensayos).

Con mi madre en México

La Cavada, 1959
Con mi tía Teresa y mi abuela Regina

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UNA INFANCIA FELIZ 8-Juan Francisco Quevedo

Córdoba (Veracruz) 1957. Luisita al volante

VIII

Así fueron pasando esos años de internado que mi madre continuamente recuerda contándonos sus aventuras en una realidad muy distinta y distante de otras pero que, al fin, fue la suya. Ella siempre ha sido muy consciente de ello y siempre ha evitado erigirse en juez de nada ni de nadie, siempre se ha mostrado muy comprensiva con cualquier actitud, incluso con aquella que unánimemente se critica. Siempre nos ha dado un consejo muy similar al que, en la novela de Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, este dice que le dio su padre: Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien, ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas.

Después de sus años de internado, llegó la vida en el pueblo, una vida familiar y apacible de señorita bien educada. En ella aparecían las partidas de cartas a la brisca, las romerías en bicicleta, las excursiones campestres, las magostas en otoño y las obras de teatro de la Acción Católica, donde siempre participaba como si fuera una actriz con tablas. Mi madre, Luisita para todo el mundo, siempre tuvo una vis cómica y humorística que jamás ha perdido. Incluso hoy en día, pese a todo, la saca a relucir habitualmente. Siempre fue una mujer muy optimista que solo veía el lado positivo de las cosas, una mujer que siempre nos estimuló a salir, a divertirnos, a conocer nuevas cosas y participar de nuevas experiencias sin ponernos cortapisas, ni infundirnos miedos. Desde su alegría contagiosa, todo la ha parecido siempre bien.

Para cerrar el círculo de su período en el colegio, me sobreviene una anécdota de la que ambos fuimos cómplices. De niño, a mediados de los años sesenta, de cuando en cuando me llevaba con ella a ver a la madre Isabel, su vieja maestra. Al llegar, siempre me obsequiaba alguna estampa de santos que ya tenía preparada para mí. Las escribía por detrás con esa letra delicada y temblorosa, en la que me exhortaba a ser bueno y piadoso. Recuerdo su dulzura, su voz apagada y hermosa, así como unas cuentas ensartadas en un hilo que me regaló y que yo llevaba colgadas de una hebilla de mi pantalón corto como si fuera un llavero.

Son cinco, Juanito, las cinco buenas acciones diarias que tienes que hacer. Cada vez que hagas una, corres una cuenta por el sedal hacia el otro lado. Cinco al menos todos los días.

Sé que salía con muy buenas intenciones de allí, pero me temo que no me durasen mucho.

Estampa manuscrita de la madre Isabel

Mi madre se fue muy feliz a Córdoba con su marido, con mi padre, con Paco, pese a dejar atrás toda una vida confortable, donde se sentía segura y dichosa junto a su madre y sus hermanos. Nunca le importó más allá de lo razonable; siete años pasaría en México antes de regresar definitivamente. Siempre les vi muy enamorados, dedicándose miradas y haciéndonos sentir a todos sus hijos partícipes de ese amor compartido.

Ya en la ciudad mexicana vivió de una manera muy diferente a como acostumbraban a vivir las mujeres en España; no tardó en ponerse a manejar al volante de un coche americano, a disfrutar de una televisión aún por llegar a nuestro país y a trabajar en el negocio familiar. Este se situaba justo enfrente de la casa y allí, antes de llevarlas al beneficio para iniciar todo el proceso previo a su venta, iban llegando las partidas de café recién recolectado en grandes sacos.

1957. Mis padres trabajando en México

Así mismo, allá comenzó a alternar con todo tipo de gente, con los amigos de muchos años de mi padre, tanto con los que, como él, llegaron en busca de mudar su fortuna, como con esos republicanos a los que en España se tenía demonizados. No tardó en darse cuenta de que todo era mucho más fluido y normal de lo que, quizás, nunca pensara.

Los primeros años, antes de mi llegada a este mundo, se dedicaron a viajar por el país, al Distrito Federal, a Acapulco, a Fortín de las Flores, donde siempre regresábamos una y otra vez, a bailar en las fiestas del Casino y a pasear en esos coches americanos que tanto gustaban a mi padre y que siempre me decía que de soltero fueron su único capricho. Fue así, hasta que algo que tanto deseaban les hizo cambiar su modo de vida.

1956. Acapulco

Yo vine al mundo en el 59, bajo la presidencia de Adolfo López Mateos, en el Sanatorio Español del D.F. Ahora bien, era y me sentía un cordobés de corazón pero, entre los españoles, era casi una costumbre ir a parir a la capital. Era martes, un martes de un mes de enero, allá por 1.959, cuando la luz de un mundo, aún por abofetearme, cegó sin contemplaciones mis ojos e iluminó mi mente. Era el mismo enero, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto -aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fusil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana.

Cuando el médico del Sanatorio Español me sostenía boca abajo, agarrándome de los tobillos, yo estaba preparado tanto para recibir mis primeras nalgadas como para inhalar la primera bocanada de aire puro. Con ella, esperaba, al menos, inspirar lo suficiente como para hacer desaparecer el color azulado venoso de mi anóxica anatomía. Todo fue como en un suspiro doloroso. De pronto, arranqué en un llanto que, como en casi todos los seres humanos, hasta hoy no ha cesado.

No había españolito, con ciertos posibles, que no hubiera venido al diablo mundo en este sanatorio de la capital. De tanta devota peregrina, en estado de gravidez, que circulaba por los aledaños del hospital, este acababa por asimilarse a una capilla-paritorio de enorme devoción, donde se vivía, entre las plegarias de las monjitas, un año santo perpetuo. En cualquier caso, ya estaba aquí y, a pesar de todo, con la firme determinación de intentar sobrevivir a este mar de zancadillas que el mundo te pone desde el mismo instante en que llegas a él.

La vida, aunque no vale un peso, no tiene precio.

En el mismo hospital me bautizó y confirmó el obispo Pío López. De una tacada; para qué esperar. La mantilla española que lucía mi madre y el faldón cubierto de puntillas en el que iba embutido son el testimonio perenne que asoma por las diapositivas, como notarias de lo que allí realmente sucedió.

Vaya usted a saber. Es cuanto sé de mí, al menos de aquellos primeros días. Como dijera Calderón de la Barca, yo siempre podré decir aquello de tuve amor y tengo honor, esto es cuanto sé de mí.

Mientras que las ralas barbas del comandante cubano iban perdiendo el color negro de la blanca cristiandad que le había financiado, yo intentaba balbucear mis primeros sonidos -con un sentido que tal vez sólo yo mismo podía descifrar- para que alguien me atendiese en esa Córdoba mejicana, allá por el estado de Veracruz, donde amorosamente me habían depositado, junto al mismo puerto al que llegaran los primeros conquistadores. Así que allá me crié, junto al recuerdo de las viejas historias de la colonización -calladas en las conciencias de todo un pueblo- y de la conquista de la Nueva España.

A mí, entonces, poco me importaban esas patrañas donde cada cual se envuelve en su bandera y unos cuantos en la que más les conviene, sea cual sea, siempre y cuando sea la de sus propios intereses.

1958. Paco Quevedo y Luisita en Veracruz

Yo era feliz en esta Córdoba cafetera a la que, recién, llegaba; desde ella, este Nuevo Mundo se abría ante mis perplejos y atónitos ojos, completamente desorbitados al querer embeber en una sola mirada todo lo que descubría. Tal vez, estas iniciáticas iluminaciones sensoriales, las haya heredado de aquellos hombres que, igual de confusos y admirados, contemplaron por vez primera la originaria ciudad de México.

… y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto…

(Hernán Cortés y sus hombres al subirles Moctezuma a lo “alto del gran cu” para contemplar la Ciudad de México).

Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de Nueva España)

Entre tanta agitación y tanto pecho, de una madre cálida, a tiempo y a destiempo, la radio iba inoculando en mi sangre el veneno incurable del Rhytm and blues, un ritmo sincopado y afroamericano que entraba a través de la revista americana Bilboard y de las emisoras que llegaban del Norte poderoso. A través de sus golpes rítmicos fui llegando a todo lo demás, desde el soul hasta el rock, pasando por el jazz. A través de sus golpes rítmicos era capaz de acompasar mis suculentos tragos de leche materna. Como si la salita de mi casa fuera el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York, pareciera que de la cuna donde me alojaba, saliera el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta. Con mis golpes a los barrotes pareciera rememorar el ritmo, la clase y el estilo de Charlie Mingus –Pithecanthropus erectus– y Dizzy Gillespie –Manteca-. Todo ello se entremezclaba con los incipientes balbuceos de un bebé sobrexcitado y enganchado, desde la cuna, al saxofón, siempre de cuerpo presente, del cadáver incorrupto de Charlie Parker. Ya, en aquellos primeros días, tomé la decisión de alejarme del Cool jazz de los blancos, mostrándome de alma profundamente negra. Nunca estuve en los conciertos del teatro Apollo de Harlem, ni en los numerosos clubs de jazz de la calle 52, pero su impronta imaginada acompañaba mis primeros pasos y mi primera conciencia límbica. El espíritu musical de los negros me ha acompañado desde siempre, incluso desde antes de ser consciente de ello.

Pero, por otro lado, la música, al fin y al cabo, más fría o más ardiente, siempre es música y como tan bien dijo Cervantes, por boca de Sancho, donde hay música no puede haber cosa mala (…) la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.

1958. Paco y Luisita a la entrada de su casa en Córdoba
1958

Retrato enviado a España desde México
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UNA INFANCIA FELIZ 7-Juan Francisco Quevedo

Luisita en La Peña. Panorámica del pueblo de La Cavada

VII

En aquellos tiempos de escuela y desenfado, a mi madre le gustaba cantar, siempre lo hizo muy bien, además de tocar el piano y escribir poesías. Una de ellas, realizada y pensada como desagravio a la madre Isabel, la recita aún de memoria mientras cuenta la historia de la misma, una narración que, sin entrecomillar y en cursiva, voy a poner en sus labios para seguir recordando cómo era la vida de una interna en el colegio de La Enseñanza durante el principiar de los años cuarenta:

Aquella mañana acababa de venir, como siempre, una de las monjas a despertarnos y desde la escalera, sin llegar a verla, había comenzado, a las siete en punto, su monótona retahíla:

-Deo gracias, Deo gracias…

Aún en la cama y quitándonos las legañas íbamos contestando, unos días con más entusiasmo que otros pero casi siempre adormiladas el consabido “sin pecado concebida”.

Después de desayunar y cumplir con el resto de obligaciones, íbamos hacia el aula. Aquella mañana estaba yo muy chistosa. Después de la clase de gramática con la madre Flora y de la de Matemáticas con la madre Romana, nos tocaba la clase de piano con la madre Isabel. Se daba en una estancia muy grande, donde había seis pianos, todos separados entre sí en diferentes habitáculos que podían quedar aislados por medio de una puerta corredera. Con todas ellas abiertas, al comenzar el tiempo dedicado a la asignatura, la madre Isabel nos daba a todas las instrucciones para que fuéramos practicando. Después, ya a solas y encerradas para no molestar y que no nos molestaran, nos llamaba una a una para practicar con ella.

Sin saber muy bien por qué, más allá de por hacerme la graciosa, cuando la madre Isabel, que era una persona con la que todas las crías se metían un poco, aunque sin malicia, nos daba las instrucciones generales, me preguntó por algo que no consigo recordar, le di una contestación descarada con el fin de conseguir las risas cómplices de mis compañeras. La pobre no daba crédito; yo, su alumna modelo, también la traicionaba.

-¿A quién me voy a agarrar ahora, Luisita?-me dijo mirándome con cara suplicante para que reparara el desaguisado.

-Agárrese a la pata de la silla-la contesté toda ufana y descarada, incidiendo aún más en el agravio.

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No he oído nada-dijo llevándose las manos a la cabeza.

Al terminar las clases de la mañana, las externas se iban a sus casas y nosotras nos encaminábamos al estudio, justo antes de ir al refectorio a comer. Yo me había quedado con mal cuerpo después de aquella salida de tono, así que durante el tiempo que pasamos en el estudio la compuse un poema, lleno arrepentimiento.

-Cosas de la edad y de las musas-solía añadir mi madre al relatarlo.

En el convento llevábamos una vida muy familiar, reuniéndonos todas en el comedor, internas y monjas. Antes de comer, ya sentadas, tenían lugar las lecturas. Cuando todas estábamos colocadas en nuestro lugar, me levanté y pedí que me dejasen leer una composición que tenía preparada, aunque no me correspondiera el turno. Una vez me autorizó la priora, me dirigí al atril.

-Hoy quisiera leer un poema que he dedicado a la madre Isabel. Espero que me perdone por la falta que he cometido con ella esta mañana.

El silencio era aún mayor que el que había habitualmente, que de por sí era absoluto. La madre superiora lo conseguía golpeando el anillo contra la superficie de la mesa, además de con esa cara de seriedad que tanto temíamos. Aquel día no hizo falta. En medio de la expectación comencé a recitar:

En un convento de monjas

entre las blancas paredes

se distingue un bulto negro

sin saber si va o se viene.

Es una dulce monjita

que llegada del amor

se dirige hacia su iglesia

para adorar a su Dios.

Entre sus dulces coloquios

una queja le va a dar:

Las niñas que tú me diste

me hacen mucho renegar.

Hija-le dice el esposo-,

esa es la cruz que te he dado

y para llevarla bien

piensa que estoy a tu lado.

Al terminar, levanté los ojos y vi la emoción en el rostro de mis compañeras y en el de la congregación. Después miré a la madre Isabel. Tenía las manos en la cara, tapando unos ojos humedecidos por las lágrimas. Yo me quedé relajada, con la conciencia tranquila, aliviada por el peso que había llevado a lo largo de la mañana y había conseguido quitarme de encima con ese acto.

Tras comer, salimos al recreo y toda la panda nos reunimos en corro. Lo malo, es que allí mismo se me ocurrió otra travesura que no tardé en poner en marcha.

Al día siguiente era la festividad de San Pedro, nuestro último día antes de las vacaciones de verano y pensé que había que celebrarlo con una sonada. Conté mi plan a las internas y después hicimos un corro agarradas de la mano y empezamos a dar vueltas y a cantar:

Esta era un niñita muy linda y muy graciosa,

tenía ojos azules y carita de rosa,

de rosa, de rosa…, y carita de rosa.

Un día fue al colegio con la falda al revés,

las medias en la mano, los guantes en los pies,

trialara, trialara…, los guantes en los pies.

Pepita se llamaba y era muy distraída…

Tras la cena, tuvimos nuestro recreo nocturno y ultimamos la broma que tenía pensada. A las diez en punto nos encaminamos a rezar las oraciones a la capilla y después desfilamos hacia los dormitorios con otro aire, como más dóciles y contentas que de costumbre. Claro que esta noche iba a ser un poco distinta y todas lo sabíamos.

En cuanto la prefecta, nuestra tutora, nos dio las buenas noches, poco a poco fuimos saliendo de nuestras celdas. Primero salimos las más atrevidas y después, y poco a poco, se fueron agregando el resto de las compañeras hasta estar todas en una piña enorme con nuestros camisones blancos. Entre murmullos bajitos y risitas contenidas, les dije:

-A ver, vamos a organizarnos en silencio, no nos vayan a pillar y se chafe la broma.

Recogimos nuestros orinales, los pericos como los llamábamos, y les pusimos a cada uno de ellos una pomposa cinta alrededor de toda su circunferencia. Como si fuera una pajarita enorme y vistosa, hicimos una lazada donde se juntaban los extremos. Ya estaban vestidos como para ir de fiesta. Después los colocamos, unos cuarenta, en fila y bien ordenaditos por los escalones de la escalera que daba acceso a los dormitorios. Sabíamos que sería por allí por donde subiría la prefecta antes de acudir a sus rezos. En todo lo alto de la escalera, al finalizar el último peldaño, tras la procesión de orinales lindamente ataviados, plantamos un gran cartel que decía:

PERICOS

TODOS A LA ROMERÍA

Cuando la monja se levantó y se asomó por la escalera para ir a maitines, vio toda aquella parafernalia, aquella procesión de pericos en el día de su santo. No dijo nada, calló y se fue a hacer sus rezos. A las siete regresó con su retahíla habitual:

-Deo gracias, Deo gracias…, Ave María Purísima.

Después entró en los dormitorios y tras mantener un tenso silencio y mirarnos con esa seriedad, que yo quise intuir un tanto fingida, nos dijo:

-Por favor, ¿a quién se le ocurrió tamaña impertinencia?

La contesté en seguida:

-Se me ocurrió a mí porque es el día de San Pedro y es su santo. Y queríamos celebrarlo, madre.

-Hablaremos-me contestó la monja en un tono de lo más circunspecto-. Recoged todo-añadió dirigiéndose a todas mientras se daba la vuelta.

Después se fue y siempre tuve la sensación de que aquella travesura la tuvo que hacer gracia, pues no hubo más, nunca hablamos, como dijo.

En cuanto se alejó lo bastante nos pusimos todas en corro con los brazos en jarras y nos pusimos a cantar mientras girábamos la cintura hacia ambos lados y me dejaban a mí en el centro. Empecé a bailar mientras las demás seguían cantando.

La señora Juana ha entrado en el baile…

Que lo baile, que lo baile, que lo baile

y si no lo baila medio cuartillo pague…

Que lo pague, que lo pague, que lo pague.

Después fui dando saltos hacia una compañera y la saqué del corro para dejarla en el centro conmigo. Mientras intentaba imitar como bailaba, la cantaba.

Salga usted,

que la quiero ver bailar, saltar y brincar.

Dar vueltas al aire.

Por lo bien que lo baila la moza,

dejarla sola, sola bailando.

Salga usted…

Al día siguiente, nos íbamos a casa y yo ya estaba pensando en ir con mis amigas al portal de la iglesia de San Juan Bautista a jugar a la pita. Allí nos reuníamos y, cuando no íbamos por moras para hacer un pastel, buscábamos una teja, pintábamos las cuadrículas con sus números y empezábamos el juego. Cuando nos cansábamos, siempre había alguna que había llevado una comba o una goma.

¡Qué tiempos!-exclamaba siempre al finalizar elevando los ojos al cielo.

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UNA INFANCIA FELIZ 6-Juan Francisco Quevedo

Luisita Gutiérrez Hermosa con el uniforme de La Enseñanza. Hacia 1941

VI

Después, al terminar la guerra, mi madre se fue interna a un colegio de monjas de clausura, al que la Compañía de María, La Enseñanza, tenía y aún tiene al fondo de la calle Cervantes en la capital cántabra.

Aunque con unas religiosas mucho más modernizadas y con un convento abierto y sin clausura, por allí habrían de pasar también mis hermanas y allí harían sus primeros cursos mis dos hijos. Casi una saga familiar entera ha pasado por sus aulas.

En aquel centro hubo de permanecer interna unos cuantos años. Siempre lo recuerda como una de las etapas más felices de su vida, con las clases de dibujo, de inglés, de gramática y de piano en su memoria, al igual que permanecen en ella las figuras amables de sus maestras predilectas, la madre Isabel y la madre Flora, hermana del poeta Gerardo Diego.

El primer día que mi madre llegó al colegio, subió las dobles escaleras de piedra que daban a la portería con mi abuela Regina y con su hermana pequeña, mi tía Ana María. Traspasaron la primera barrera sin dificultad, simplemente haciendo girar la puerta de madera que, de por sí, estaba ya entreabierta. Una vez en el interior se toparon de frente con un enrejado infranqueable y una campanilla de cuyo pequeño badajo pendía una cadena. Incrustado en un lateral de las rejas, y separado de ellas por una celosía de madera, se hallaba el torno, a través del cual las monjas se comunicaban e intercambiaban paquetes con el exterior. Ese pequeño receptáculo era el único nexo que tenían con el mundo real. El único, salvo el que mantenían por medio de la educación de sus alumnas.

Cuenta mi madre que aquel día la abuela agitó en seguida la campana y, al sonar aquel campanilleo agudo y estridente, no tardó en aparecer, por el fondo del pasillo que daba al recibidor, una monja que resultó ser la madre Isabel Sánchez de Castro. Siempre decía mi madre que era muy pequeña y, por un defecto que nunca llegué a averiguar en qué consistía, se bamboleaba un poco al andar, lo que la hacía ir dando como tumbos.

Aquella silueta tambaleante en aquellos inmensos pasillos-me decía mi madre- se hacía inconfundible, a pesar de llevar el mismo hábito negro y la misma toca blanca que el resto de la congregación.

Al llegar, la madre Isabel se cercioró por el torno de quiénes podían ser los que habían agitado la campana para, después de comprobarlo, aparecer por detrás de las rejas.

Nos saludó con amabilidad-continuó mi madre- y sin que yo percibiese en ella ese tono falsario que tantas veces había detectado entre las personas que quieren hacerse pasar por buenas a toda costa. Después abrió la puerta de hierro que había incrustada en la reja, me miró a los ojos, me habló con calma y me pasó de la mano para adentro. En seguida me giré para despedirme de mi madre y de mi hermana. Sin ningún drama; me apetecía vivir esa nueva experiencia. Después, la monja cerró la puerta con llave, y no ocasionalmente sino para todo el curso, al menos para las internas. Nunca abandonábamos el recinto hasta que finalizaba el curso, salvo durante las vacaciones de navidad. Eso sí, teníamos visitas, pero cuando mi madre venía a verme, siempre era con las rejas de por medio; una de cada lado. El convento nunca se abría para nadie del exterior.

Así fue durante los años que estuvo interna; cada vez que la abuela Regina, bien sola o bien con alguna de mis tías, se acercaba a verla, todo el contacto que tenían era el que les permitían esas rejas que las separaban.

-El día de mi llegada, yo avanzaba, junto a la madre Isabel, por el pasillo-proseguía mi madre-, por aquel pasillo interminable por el que tantas carreras acabé dando sin miedo y con una gran curiosidad. Al llegar al final de aquel pasadizo por el que me había conducido, abrió la puerta que daba a uno de los patios exteriores del colegio y un guirigay de voces y gritos invadió el ambiente. Ahí estaban todas las internas. Me acerqué a ellas y, después de que me interrogaran a fondo, me sentía una más. Nunca me supuso ningún trauma; aunque por lo que me contaron después otras amigas, no todos los internados eran como este. Más bien, casi ninguno.

Mi madre siempre dijo que fueron años inolvidables, de buenas amigas, travesuras continuas y respuestas ingeniosas y descaradas, al menos para la época:

-¿En qué estás pensando?-le preguntaron en una ocasión cuando la vieron distraída.

-En la inmortalidad del cangrejo, madre.

Tiempos donde la despreocupación era lo que llenaba sus vidas. Las horas de clase se alternaban y convivían con risas, chanzas, el pañuelo, el marro, el frontón, los alfileres y un sinfín de entretenimientos más que ocupaban su día a día. Uno de los juegos que más le gustaban era el de las tabletas, donde una de las chicas se subía encima de otra, haciendo rondas entre todas. Ella nunca los olvidó y nos lo recordaba con nostalgia mientras tarareaba la cancioncilla.

-¿En qué estás?-decía una.

-En tabletas-canturreaba la otra.

-¿Qué has comido?

-Cascaretas.

-¿Qué has bebido?

-Agua mayo.

-Tente tú que yo me caigo.

Y, a continuación, se cambiaban de posición, subiéndose la otra.

Durante el curso, desde octubre a junio, el día a día se repetía con precisión meridiana. Todas las mañanas, a las siete en punto, una de las monjas acudía a despertarlas con su latosa y repetitiva cantinela:

Deo gracias, Deo gracias, Deo gracias… Ave María Purísima

-Sin pecado concebida-contestaban las niñas aún desde la cama.

Las internan dormían en celdas muy modestas e individuales. Eran todas iguales, con un frente abierto al pasillo que se podía cerrar con una cortina corrediza. Tan solo tenían la cama, un armario, la mesita y el lavabo.

Al escuchar el inefable Deo gracias, todas las internas se levantaban y se arreglaban. Después, iban en procesión a rezar a la capilla para, en seguida, acudir corriendo a desayunar. Al acabar el desayuno, la monja de turno pegaba dos palmadas como señal inequívoca del fin del refrigerio matutino y las mandaba a clase. En orden, en fila y sin rechistar.

Al terminar las lecciones de la mañana se reunían con toda la congregación en el refectorio. Antes de empezar, una vez que cada una estaba en su sitio, las chicas hacían las lecturas, siempre piadosas, por turnos. Después de comer en absoluto silencio, tenían un recreo hasta que, de nuevo, comenzaban las clases y, a las seis en punto de la tarde, tenían lugar las horas en el estudio. Allí permanecían en silencio hasta que, a las ocho y media, se cenaba.

Tras la cena, el recreo nocturno, donde mi madre recuerda que solían jugar a los alfileres cuando hacía malo y el tiempo no les permitía jugar en el exterior. Es uno de estos juegos que cayó en desuso y hace mucho que ya es solo un recuerdo. El juego consistía en clavar los alfileres, con la cabeza de distintos colores, en los laterales de un acerico redondo. Los iban sacando las participantes y jugaban a montar uno encima de otro, golpeando con la uña del dedo índice en las cabezas de los alfileres para desplazarlos e intentar conseguir el objetivo. La jugadora que lo lograba se llevaba los dos. Mi madre creía recordar que los de color rojo tenían mayor valor.

Tras el recreo, a las diez en punto, las llevaban a rezar sus oraciones a la capilla para después hacerlas desfilar en orden hacia los dormitorios. Una vez que todas estaban acostadas, la prefecta les daba las buenas noches y se apagaban las luces.

Así pasaban los días, todos. Todos, salvo uno de ellos, el del 16 de febrero de 1941. A primera hora, mientras aún dormían, apareció la directora en las habitaciones y, aunque comenzó con la coletilla habitual, añadió algo que las estremeció.

Deo gracias, Deo gracias. Ave María Purísima. ¡Santander en llamas!

No contestaron como habitualmente.

-¡Qué horror!-dijeron una tras otra con la expresión demudada.

A primera hora comenzaron a llegar familiares de las niñas para sacarlas y ponerlas a salvo pero, al ver que no había peligro de que hasta allí llegara el fuego, convinieron que lo mejor era dejarlas en el colegio. Custodiadas por parte de la congregación, subieron todas a la azotea y, desde lo alto, pudieron contemplar cómo, espoleadas por las fuertes ráfagas de viento, volaban las tejas y ascendían las llamas, cómo una gran parte del Santander histórico y comercial, desaparecía para siempre.

El incendio comenzó en la madrugada del 16 al 17 de febrero de 1941 y un fuerte viento sur, con rachas huracanadas superiores a los 140 Km/hora, contribuyó a que se expandiera por la ciudad con mucha rapidez. El fuego asoló 14 hectáreas de suelo urbano, desapareciendo más de 2000 viviendas y quedando sin hogar al menos 10000 personas. Paradójicamente, la única víctima mortal fue un bombero madrileño.

Mientras la ciudad ardía, asistían desoladas y horrorizadas al espectáculo dantesco que se abría ante sus ojos. Mientras el miedo que las provocaba el viento y las llamas las atenazaba, se sucedían las terribles noticias para sus compañeras:

-Mi casa ha ardido-decía una.

-La casa y la tienda de mi familia también-contestaba otra compañera.

-El negocio de mis padres ha desaparecido-añadía otra de ellas en un rosario de desgraciados acontecimientos.

Nunca olvidó ese aciago día, el único que no fue como todos los demás.

Parte de la ciudad de Santander tras el incendio de 1941

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ANA DE POMBO-BIOGRAFÍA–Juan Francisco Quevedo

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, a petición del Ayuntamiento de Riotuerto, por medio de su concejala de Cultura, Cecilia García Villoslada, he escrito esta amplia biografía sobre una mujer asombrosa y desconocida, nacida en La Cavada, mi pueblo. Con mucho gusto he escrito la biografía de Ana de Pombo, una mujer que brilló en todo lo que se propuso, en la moda, siendo una de las diseñadoras, junto a Chanel, más famosas de su tiempo, en el baile, siendo la creadora del ballet español, y a nivel social, con amigos en la realeza y aristocracia europea-Duque de Windsor, reina Victoria Eugenia, duquesa de Kent, duquesa de Alba…- así como entre escritores e intelectuales-Gregorio Marañón, Manuel Machado, Ramón Gómez de la Serna, Jean Cocteau, Edgar Neville, Orson Welles…- Escribió tres libros de poemas y una autobiografía, se casó tres veces y tuvo dos hijos y un nieto, el novelista Álvaro Pombo.

Aquí os dejo el inicio de la biografía y el archivo (pdf) para que pueda descargarla aquel que tenga interés en profundizar en su intensa y azarosa vida

Os dejo, así mismo el enlace a la página “Género Riotuerto”, donde además podéis disfrutar de las biografías de otras dos mujeres con un fuerte arraigo en el devenir del ayuntamiento: Mariana de Brito y Anita Monte.

https://madrugadoreslacava.wixsite.com/generoriotuerto

ANA CALLER DE DONESTEVE

ANA DE POMBO

DE LA CAVADA A LA CÚSPIDE DEL GLAMOUR

La inmensa mayoría de las vidas transcurren de una manera anodina, inmersas en sus rutinas. No será precisamente lo que le ocurra a Ana Caller de Donesteve de la Vega y de la Pedraja, que hará de su vida una fuente inagotable de sorpresas. Nacida con el siglo XX se convertirá en una mujer adelantada a su tiempo, máxime en un mundo vetado al desarrollo personal de la mujer en el ámbito cultural, artístico y laboral. En todos ellos marcaría una época.
Nació en La Cavada hacia el año 1900, a orillas del río Miera y en la zona más pintoresca del pueblo, la desembocadura del río Revilla, cuya cascada, tras pasar el
Tarancón, ha servido de inspiración a tantos artistas para plasmar su belleza en óleos y acuarelas, cuando no en multitud de fotografías.

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UNA INFANCIA FELIZ 5-Juan Francisco Quevedo

Casa familiar de La Cavada a mediados del siglo XX

V

Tras su vuelta a Córdoba, la vida para mi padre siguió adelante, como siempre ha sido. Jamás se para. Tenía un negocio próspero, una casita preciosa de dos plantas con azotea, buenos amigos y aún era lo bastante joven como para tener todo lo que el futuro le brindaría a su alcance.

Años de trabajo, lecturas, tertulias y música. Las canciones salían de una de sus grandes compañeras, de esas que te arropan durante muchas horas del día, la radio. Lejos en la memoria, aunque nunca lo olvidó, quedaba la primera vez que la escuchó, cuando aún era un artefacto de lo más primitivo. Siempre me contaba con emoción la primera retransmisión en directo que vivió y disfrutó con los amigos. Era septiembre de 1923 y se disputaba el título mundial de los pesos pesados entre el campeón del mundo, Jack Dempsey, y el aspirante, el argentino Luis Angel Firpo. El toro de la Pampa sacó al campeón del ring de un puñetazo en el primer asalto, pero Dempsey se recuperó y le acabó noqueando en el segundo round. Fue la que se dio en llamar, por primera vez, la pelea del siglo. Luego vinieron unas cuantas más con esa misma denominación. Lo contaba con mucha gracia.

Aquella radio era tan primitiva como sus aparatos, hoy verdaderas joyas antropológicas-me decía mi padre-. Eran transmisores arcaicos, sin altavoz, tan sólo portaban unos aparatosos auriculares. Cuando nos juntábamos un grupo de amigos a escuchar la radio solo podíamos hacerlo por turnos, así que el que portaba los auriculares se convertía, a su vez, en locutor y en el verdadero transmisor de aquello que narraba el profesional. Cada vez que había un combate, lo vivíamos como si estuviéramos donde estaba el ring. Nos metíamos en el fragor de la pelea y cuando me correspondían los auriculares, el espectáculo aumentaba en intensidad y la pelea en interés. Acompañaba mis comentarios con una exhibición de golpes lanzados al aire de lo más variados, ahora un directo de izquierda, ahora un gancho de derecha y así seguía hasta acabar. Al finalizar me estiraba ansiosamente, como si quisiera comprobar que seguía entero tras haber padecido una fuerte tensión muscular. Lo entregaba todo en todos los combates y aunque no en la cara, casi siempre acababa con algún hematoma en la rodilla o en la espinilla como consecuencia de algún golpe involuntario contra las patas de la mesa.

Los años pasaron rápido, muy rápido, y a partir de finales de los años cuarenta, sus viajes a España se incrementaron y se hicieron habituales, pero no será hasta principiar los cincuenta cuando, en uno de ellos, se fijará en una muchacha de su pueblo natal.

Había hecho la última travesía para pasar una larga temporada con su familia, más de cinco meses en La Cavada le aguardaban. Nunca antes había estado más de un mes y medio en ninguno de sus viajes y tenía ganas de sentirse en su tierra de verdad, sin tener que contar los días para el regreso; al menos para no tener que hacerlo desde el preciso instante en el que pusiera un pie en el muelle. Para ello planeó y se permitió una prolongada estancia en su pueblo. Aún no sospechaba lo que le depararía el destino y la casualidad.

Para entender la pequeña historia de amor que voy a relatar, la de mis padres, hay que contextualizar la época en la que tiene lugar y ponerse en aquella España de los años cincuenta. Las relaciones y sus pálpitos se medían con otros parámetros bien distintos a los actuales. Aunque tenían un tempo bien diferente al que hubo de venir después, en el fondo latía el mismo temblor que ha acompañado al amor desde el inicio de los tiempos.

Mi padre, desde que aumentara la frecuencia de sus viajes, se había comprado un coche, que guardaba en casa de su hermana en Revilla, para disfrutarlo durante sus estancias en España. El primer domingo que se acercó a la iglesia con su hermana, estando aún en el vehículo, vio a lo lejos a una chica que llevaba un bebé en brazos mientras caminaba junto a una amiga. Mi padre se fijó en ella y preguntó a su hermana Teresa por aquella muchacha. Le llamó la atención lo guapa que era y le preguntó que si el niño que llevaba era su hijo. Mi tía en seguida se lo aclaró.

-No, no es su hijo. Es el hijo de su amiga. Ella es Luisita, la hija de Regina.

Mi padre, durante la misa, vio como aquella chica que le había llamado tanto la atención era una de las encargadas de pasar el cepillo en la iglesia. Durante un par de domingos se las ingenió para mover un banco hacia adelante, con el fin de no dejarla hueco por uno de los lados, y así obligarla a dar la vuelta, no quedándola más remedio que pasar justo por delante de donde él se ponía.

Mi madre, al contarnos esta historia siempre nos decía que, al acercarse a mi padre y presentarle la cesta de las limosnas, él la saludaba con simpatía, esbozando una sonrisa, mientras dejaba caer bastante dinero en el cestillo. Era la manera que había encontrado para que reparara en él.

Después de un par de domingos utilizando la misma treta, mi padre se apresuró a salir al finalizar la misa y se apostó en el exterior esperándola a la puerta de la iglesia. Al verla, fue a su encuentro y se decidió a hablar con ella. Mi madre, que siempre fue muy simpática, no tardó en entablar conversación y ambos comenzaron, lo que hoy diríamos, un tonteo. Entonces se decía un galanteo.

Ya, ese primer domingo, la pudo acompañar hasta casa entre risas y confidencias; ahora bien, debidamente custodiada por su hermana pequeña. Así eran los tiempos que corrían aunque, según me confesaron, a mi tía Ana María, que ejercía su labor de carabina, no debieron de hacerla mucho caso durante el paseo. La cuestión es que se gustaron y de aquellos paseos primerizos, que no tardaron en dar a diario, surgiría un noviazgo formal. Un noviazgo que, tres meses después, se concretó en algo más, en una petición de matrimonio en Solares, durante la romería de Nuestra Señora, un quince de agosto.

En una losa de piedra, junto al río, se sentaron y allí mi padre se declaró en toda regla, proponiéndola matrimonio. Mi madre siempre cuenta muy risueña cómo mi padre, muy nervioso, le iba diciendo continuamente que, aunque vivieran lejos de la familia, no se preocupara, que no la iba a faltar de nada, que en México iban a tener una vida muy bonita y con todas las comodidades. Tras el azoramiento inicial, en otro momento, ya en un tono muy serio, mi padre le dijo que se lo pensara con calma, que era un cambio muy grande en su vida y que no debía precipitarse. Mi madre le interrumpió casi de inmediato y le dijo que no tenía nada que pensar, que ella también estaba enamorada de él y que se iría a México sin necesidad de tener que pensar nada.

A pesar de todo, creo que mi padre seguía preocupado por ella y por lo que sabía supondría una vuelta radical a todo lo que mi madre había conocido hasta entonces. En ese afán, le decía que estuviera tranquila, que le prometía que vendrían a España a menudo y que en unos años regresarían definitivamente. Esa fue siempre su gran ilusión; primero regresar solo y, desde entonces, volver con ella.

Cuando todo ocurrió, él rondaba la cincuentena y la que sería mi madre la treintena. Después del regreso de mi padre a Córdoba, vinieron las cartas, algún viaje a España más y, por fin, la boda.

Así fue como mi padre se casó, allá por el 56, con una linda muchacha de su pueblo natal, de La Cavada que, a la postre, habría de ser mi madre. Por suerte, aún hoy, a sus noventa y cinco años, pasea su dulzura y su buen humor por mi conciencia.

Luisita, como todo el mundo la conoce, nació en La Cavada después de que sus padres regresaran de San Luis de Potosí con dos churumbeles en el regazo. Se hicieron en el pueblo una bonita casa que, aún a día de hoy, sigue siendo el centro de referencia emocional de la familia y, tras el periplo mexicano, se asentaron definitivamente en su lugar de origen. El día que mi madre vino a este mundo, tiraron cohetes y soltaron globos en el exterior de la casa, en el barrio de Carrascabas. Siempre fue una niña y una mujer muy querida por todos.

Ella pasó la guerra desde el tamiz de la mirada de sus mayores, de sus padres, pues rondaba los diez años de edad cuando estalló. Recuerda historias trágicas, historias compartidas con dramatismo por todos. Como pasó en tantas familias.

Luisita en su Primera Comunión- Hacia el año 1933

Luisita Gutiérrez Hermosa
Luisita en Roma con sus primos
Luisita en el jardín de La Cavada
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UNA INFANCIA FELIZ 4-Juan Francisco Quevedo

Francisco Quevedo Piró, con una cruz, durante la travesía en barco

IV

Mi padre deseaba con todas sus fuerzas regresar a Revilla, su barrio natal, y aunque ya no podría ver a su madre sentada en el balcón oteando el paisaje y entreteniéndose con las vistas, ni tampoco a dos de sus hermanas, suspiraba por ese reencuentro con la tierra, con el retorno a ese pedazo del mundo que le descubrió la vida, a ese preciso lugar con el que tanto había soñado desde la lejanía.

Siempre me comentaba que, una vez regresó a España, lo que le sobrevenía con más intensidad de todos aquellos años en México era el olor del café. A continuación, me añadía que, sin embargo, mientras que estuvo en tierras mexicanas lo que más añoraba eran los aromas de la infancia, el olor puro del rocío durante las heladas mañanas en las que corría por los prados de la mies o el agradable olor que desprendían las ramas verdes tras caer la lluvia. A veces hablaba del olor que segregaban las sábanas limpias, frías y recién puestas en la cama; aquello le evocaba las horas nocturnas en el hogar familiar y las conversaciones en la cocina, al calor del fuego.

Me pregunto, que acaso, de alguna manera, tengamos alma de abeja y al igual que estas quizás recuerden el aroma de sus flores favoritas, nosotros también recordamos con ternura los olores que conforman el mapa sentimental de nuestra existencia.

En cualquier caso, mi padre ya estaba embarcado y surcando el océano Atlántico hacia el puerto de Santander. No tardaría en recuperar los olores que tanto añoraba.

Siempre lamentó haber recibido por carta la noticia de la muerte de su madre y de sus hermanas, a las que hubo de llorar en el silencio de la lejanía y en la soledad inmensa de su dolor profundo. Siempre recordaba cómo ambas cartas se fueron humedeciendo, a medida que avanzaba en la lectura, con unas solitarias lágrimas y huérfanas, como él se sentía.

Al recordarlo, me solía decir que, de cuando en cuando, surgen días plomizos que aparentan ser tan anodinos como el resto de los días, días en los que, de repente, ocurre lo inesperado, algo que hace esculpir en la memoria, a sangre y fuego, esa fecha, incluso la atmósfera que la rodea. El día que recibió la terrible noticia, el cincel actuó con rabia, grabándosela para siempre en el alma.

Aquella mañana la había pasado como muchas otras, entre clientes, amigos y agua fresca. Al mediodía, cuando estaba solo, recibió el correo con cierta desidia y desinterés. Agarró el montón de cartas que el cartero había depositado sobre el mostrador y comenzó a examinarlas. Las iba pasando poco a poco, con cierta indiferencia, hasta que llegó a un sobre con matasellos de España. La caligrafía no le dejó la menor sombra de duda. Era letra de su padre.

-Cada vez que veía una carta de España, sí que me apresuraba a romper el sobre-me decía-. Cuando la tuve en mis manos la empecé a leer entre palpitaciones y, no sé por qué, tuve la sensación de que algo grave ocurría.

Al comenzar la lectura no le quedó un solo resquicio para la especulación. Mi abuelo fue muy claro: Tu madre murió el…

Me dijo siempre que se dejo caer desplomado sobre una silla mientras apoyaba la carta sobre sus rodillas.

-Sé que estuve un buen rato en un estado de laxitud involuntario hasta que, sin previo aviso, me brotaron las primeras lágrimas. Poco después, enjugándomelas, proseguí la lectura de la carta hasta el final.

Sin duda, regresó a su casa con mucha ilusión pero con el peso de esa gran pena que había tenido que llevar tanto tiempo a solas consigo mismo. Cuando sobrepasó el puente del río Revilla, lo primero que hizo fue mirar la solana en la que su madre pasaba las tardes soleadas. Solo unas mazorcas de maíz colgaban de la balaustrada.

Después de la alegría del reencuentro con sus hermanas, quiso acercarse con su padre al sitio donde yacían sus muertos. Todas ellas reposaban juntas en la misma tumba del cementerio de San Andrés. Las llevó una sola flor, la favorita de su madre, la de un magnolio, y la depositó sobre la astrosa lápida que las amparaba. Como hizo después durante tantos años.

Durante unas semanas aún pudo abrazar a los suyos y jugar a los bolos en La Central mientras le ganaba unos blancos al cura del pueblo, que jugaba arremangándose los faldamentos para que no le estorbaran durante el juego. Poco le duró la diversión. La sombra de la desgracia se cernía sobre España.

Tuvo la mala fortuna de retornar poco antes de que se iniciara una guerra civil a la que le empujaron a luchar a la fuerza, como a la mayoría de los jóvenes. Durante ella, se constituyó en una especie de ayudante-secretario de un capitán republicano que estuvo destinado por los alrededores de Bilbao. Consumía los días pateando los montes de Durango y penaba las noches haciendo guardias infames. Mientras que estaba en una de ellas, en plena noche y con las balas y los estallidos de las bombas recordándole donde se encontraba, por si le mataban y nadie reconocía su cadáver, tuvo la ingenua idea, lo que hace el miedo, de escribir la inicial de su nombre y apellido con un clavo en la parte de atrás de su reloj de pulsera, un Elgin que había comprado en Nueva York en el treinta y dos, junto a una de las primeras cámaras portátiles Kodak. De aquel viaje a los Estados Unidos, había traído, como recuerdo para su familia, la estatua de la Libertad en bronce con un reloj incrustado en la peana.

No eran tiempos para entretenerse con dilaciones así que, en cuanto pudo, se embarcó en un barco pesquero portugués que había atracado en el puerto de Santoña y, desde Lisboa, regresó a Veracruz con la sensación de no entender nada de lo que pasaba en un país que no reconocía como suyo.

Había soportado en México varias insurrecciones y revoluciones, la guerra de los Cristeros, en la que hubo de bautizar y apadrinar en la clandestinidad a un sinfín de niños, y no sé cuántas bravatas revolucionarias más, pero lo que vio en España, siempre dijo que no lo había visto nunca antes, la crueldad más despiadada y el odio más inhumano. Con el agravante de haberlo tenido que ver en una guerra fratricida.

Para alguien que había luchado tanto desde niño por abrirse una brecha en el duro sendero de la vida en soledad y sin más patria que su recuerdo y el sudor de su frente, todo este drama que había presenciado se le había hecho muy duro e inimaginable. Se sintió como un extranjero en su propia patria, si es que aún lo era.

Mientras que el presidente Lázaro Cárdenas llenaba el país de refugiados españoles, tras la victoria del general Franco en abril del 39, mi padre seguía con su vida y acogiendo sin ningún miedo a esos republicanos que iban llegando y que se integraban en el tejido de la sociedad mexicana sin grandes resentimientos, aunque añorando siempre la patria que dejaban atrás. Mi padre conocía muy bien ese sentimiento de nostalgia. Les llevaba veintidós años de ventaja, veintidós años añorando el sonido del repicar de las campanas de la iglesia de su pueblo. Ahora, reunidos todos ellos, refugiados y emigrantes, en el café del Hotel Ceballos, comiendo en el Diligencia o echando un billar en el Casino cordobés, compartirían durante décadas ese sentimiento.

Muchos años después, más de cuarenta pasaron desde su marcha, ya en España y conmigo de la mano, le gustaba ir al café Flor, al inicio de la santanderina calle Calvo Sotelo, muy cerca de la cafetería Trueba, donde hablaba largo y tendido con un limpiabotas represaliado que era comunista, lo que, por lo que yo ya había oído por todas partes, era como ser de la piel del diablo. Por entonces, florecía en la propaganda oficial la España de los veinticinco años de paz.

Son como todos, hijo-se reía mientras me miraba guasón al ver mi cara de niño asombrado al decirme que era un viejo comunista-. He tenido grandes amigos como él en México y otros que eran insoportables. Nunca juzgues a un hombre por lo que piense sino por cómo se comporte, independientemente de su ideología. Lo que ocurre es que aquí no se puede decir. Nadie es mejor ni peor persona por ser hombre o por ser mujer, por ser rico o pobre o por tener unas ideas u otras. Nadie. Por mucho que muchos se sigan empeñando en enfrentarnos a unos con otros.

Juan Francisco Quevedo

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UNA INFANCIA FELIZ 3-Juan Francisco Quevedo

III

Siempre sintió mi padre cierta inclinación hacia la figura de Alfonso XIII y de su esposa la reina Victoria Eugenia, el primero era su referencia española desde la distancia del océano y ella una figura que representaba y en la que depositaba ese halo misterioso que entrañaba la realeza. De alguna manera, para él eran la perfecta alegoría de todo lo que había dejado atrás. El símbolo de su añoranza.

Siempre conservó con mucho cariño el sello de oro que mandó hacer a un joyero judío, afincado en Córdoba, en el 32, con el escudo de la monarquía esmaltado en él y sus dos iniciales a los lados, en azul. Algunas veces lo llevaba encima, incluso cuando regresó a España definitivamente en el 63, en plena dictadura del general Franco. No le importaba ponérselo, siempre decía que nadie sabría lo que era en un país que parecía haberse olvidado de sí mismo y de su historia.

Yo no era más que un niño en el 68, pero todavía recuerdo su emoción cuando supo del viaje que la reina Victoria Eugenia realizó a España para amadrinar a su bisnieto el día de su bautizo, al actual rey de España, y de su pesar, cuando unos meses después, tuvo noticia de su muerte. Después de treinta siete años en el exilio, había vuelto a pisar suelo español.

El tiempo no pasaba en balde en tierras mexicanas para mi padre y, tras su etapa en el rancho, trabajó varios años en un negocio que había en la ciudad de Córdoba, un negocio de esos en los que se vendía un poco de todo. Alguna vez me describió cómo era aquella tienda en la que trabajó, aún siendo un muchacho, durante unos años tras su paso por la hacienda. Siempre me sorprendía y cada vez que veía una similar por aquí, me venía a la memoria aquella que mi padre me retratara tantas veces, aquella en la que se afeitaba cada mañana pasando antes el filo de la cuchilla, para afilarla, sobre un vaso de cristal.

No era muy grande-me decía-, pero al entrar lo que más llamaba la atención era el desorden existente dentro de un orden completamente anárquico. Todo se amontonaba de manera aparentemente desigual sobre el suelo, bien en forma de columnas, bien en forma de montones o como cuadrase; en las estanterías que forraban las paredes de cabo a rabo sólo se veía una masa informe y apelotonada de la más variada y diversa mercancía. El mayor orden se apreciaba en el género que colgaba del techo que, formando conjuntos homogéneos, pendía a través de múltiples ganchos a escasos centímetros de las cabezas de la clientela. Sobre sus cerebros flotaban desde calderos de zinc a campanos de cobre, con su badajo correspondiente, pasando por jaulas en las que se introducían, por ahorrar espacio, diferentes tomos de una Historia Universal que iba leyendo en mis ratos libres.

Al recordar de nuevo sus palabras, he podido percibir la magia que se destilaba en el ambiente de aquellos bazares de antaño. Ahora, bien sé que el supuesto revoltijo correspondía a un desorden premeditado que daba lugar a encontrar todo dentro del orden asignado. Hasta en el caos absoluto, para su autor, el valor de la entropía puede ser cero, mientras que para el resto se dispara hacia el infinito.

Me impresionaba y me encantaba escuchar la descripción que hacía de aquella especie de chamarilería que no vendía objetos usados, aunque por su aspecto pudiera parecerlo.

 Un mostrador de madera retorcido por el peso de los años-continuaba mi padre la descripción-, e imagino que también por la torpeza del carpintero, contribuía a dar al lugar un sello característico; sobre el mismo había dos tachuelas separadas exactamente un metro entre sí. Aportaban su granito de arena a la hora de dar solera a las mediciones que sobre ellas se hacían cuando se procedía a despachar cuerdas, alambres, telas y en general todo aquello que sin mucho esfuerzo pudiera someterse a la tiranía del sistema métrico decimal. Bajo el hueco del mostrador tenía una especie de colchoneta artesanal donde de vez en cuando me permitía pegarme algún que otro sueñecito. La trastienda se encontraba igualmente atestada de mercancía, incluso se acumulaba por encima de lo que eran un par de camastros que se incrustaban bajo montones de cajas en una pared escasa; en una de esas camas conciliaba el sueño nocturno, que tanta falta me hacía. Allí mismo, en un hueco descubierto del techo, había enganchado un par de cuerdas de las que pendían en su extremo inferior dos aros; ese era mi gimnasio particular, mi artesanal fábrica de bíceps para prepararme y no descuidarme. Por las tardes, al cerrar, siempre tenía un hueco para ver a los amigos y entrenar con mi equipo de fútbol, con el Europa. Ni más, ni menos.

Tras su paso por este curioso negocio, se le presentó la oportunidad de hacerse con un beneficio de café. La amistad con su propietario, un asturiano de un pequeño pueblo del concejo de Parres, Severo Sánchez, le facilitó su adquisición ya que le proporcionó todo tipo de facilidades para ello. Así que en el año 1934 se hizo con el beneficio de café, al que dedicó su vida a lo largo de treinta años. Hasta que regresó definitivamente a España.

El beneficio se hallaba muy cerca de la vía de lo que allá llamaban el Huatusquito, que no era otra cosa que un modesto tren que recorría toda la serranía cafetera donde, debido a la altura, se cosechaba un gran café, un café veracruzano que siempre se valoró como excelente en todo el mundo. Siempre dijo que el mejor café cordobés lo compraban los estadounidenses, aunque después lo desperdiciasen en esos largos e interminables cafés americanos que ya no saben a café. A él siempre le gustó paladearlo en uno de esos cafés cortos y concentrados, a veces regados con un poco de coñac español, tal que un buen Domecq, con los que tanto disfrutaba mientras conversaba.

Siempre fue muy feliz en Córdoba y en su negocio; el olor del café es algo que nunca se olvida y que siempre se lleva adherido a la piel. En el beneficio el café se despulpaba, se fermentaba y, después, se procedía al lavado y al secado para dejarlo listo para la venta. Durante muchos años se levantó a las 5 de la mañana, la hora a la que pasaba el tren de Huatusquito para empezar la faena. Al terminar, solía ir a bañarse al río San Antonio, en una balsa que hacía y que se conocía como El Molino. Siempre le recordaba sus incursiones de niño en el río Miera, donde en compañía de sus compañeros se solía dar unos coles en el pozón de Las Hoyas.

Las ganas por poder volver a ver a su familia, por regresar a su tierra, cada vez estaban más al alcance de su mano. Dos años después de asentarse en el nuevo negocio y más de quince años después de haber partido de los muelles santanderinos, se decidió a realizar el viaje que siempre había soñado desde su llegada, el del regreso a España.

La primera vez que volvió a su patria desde que se marchara, cuando aún era un niño imberbe y lampiño, solo manchado por un ligero bozo, fue en el 36. Por entonces, ya era un hombre de treinta y tres años, con un buen negocio en marcha y con una economía solvente. No dudó en embarcarse en el puerto de Veracruz; ahora bien, ya no viajaría en tercera sino que lo haría en primera y con todas las comodidades. Cuánto habían cambiado las cosas desde que surcara esas mismas aguas dos décadas antes. Un baúl lleno de sellos aduaneros había sustituido a la vieja maleta.

Juan Francisco Quevedo

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EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT-Juan Francisco Quevedo

EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT

No hace ni tan siquiera dos meses, el martes 22 de diciembre de 2020, que hablé largamente por teléfono con Joan Margarit. Era poco más de la una del mediodía. El domingo anterior me había mandado un mensaje por correo electrónico diciéndome si me venía bien que me llamara el miércoles por la mañana.

Por supuesto-le contesté-; siempre es una gran alegría tener noticias tuyas.

Adelantó un día la llamada y estuvimos hablando algo más de media hora.

Soy Joan, me dijo cuando yo le di los buenos días de ritual después de deslizar el icono de respuesta por la pantalla del móvil. Me sorprendí y me alegré mucho. Siempre tan cercano, cariñoso y educado me preguntó si no me cogía en un mal momento.

Nuestra relación personal se remontaba a diez años atrás, pero la relación con su poesía venía desde hacía muchos años más. Ahora bien, la publicación de Joana con el cambio de siglo supuso para mí un aldabonazo intenso, un golpe profundo no solo en mi emocionalidad sino en mi manera de entender el acto poético. Entendí perfectamente esa unión indisoluble, que tantas veces confesó Joan Margarit, que siempre debía existir entre poesía, verdad y belleza. Aisladamente, son poca cosa; juntas lo son todo en poesía.

Ese amor por la poesía y por los versos de Joan Margarit se lo transmití a mi hija Claudia que, cuando aún era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, realizó un espléndido trabajo sobre Joana. Me pareció muy interesante y muy revelador, con ideas esclarecedoras, así que no dudé en contactar con el poeta para contarle todo el proceso y hacerle llegar el estudio. Por esto de las casualidades, lo recibió justamente el mismo día del aniversario de la muerte de su hija Joana. Me contestó de inmediato, haciéndome ver esa conjunción de hechos y facilitándome su correo postal para que se lo enviara.

Poco después, su contestación no pudo ser más expresiva y yo, como padre, no pude sentirme más orgulloso:… he leído el trabajo y me ha seducido el conjunto de ideas claras que Claudia maneja. Su lectura es rotunda, va al corazón del poemario y pasa de largo de interpretaciones ñoñas. Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado. Me gustaría que Claudia tuviese un librito mío titulado, como homenaje a Rilke, “Nuevas cartas a un joven poeta”. Supongo que no lo tiene porque, así como en catalán se han hecho dos ediciones en editoriales distintas, en castellano no tuvo suerte, estrenó la editorial “Barril-Barral” y esta editorial cerró poco después. Si me manda su dirección postal, yo mismo se lo mandaré. Repito mis saludos afectuosos para usted y un beso para Claudia.

Aunque ha pasado poco tiempo desde entonces, muchas cosas han cambiado en la vida de mi hija, en nuestras vidas. Hoy en día Claudia ya no es una estudiante; a pesar de su juventud, se ha convertido en doctora en Lengua y Literatura por la UCM y, después de tres cursos como profesora de español en la Universidad de Harvard en Boston, hoy es profesora de la Universidad de Chicago. De todas maneras, siempre sigue regresando a Joana como cuando era una estudiante. Así comentaba aquel hallazgo que tanto celebró Joan Margarit:

En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Luego, las comunicaciones cariñosas se han sucedido a lo largo de los años y, aunque nunca hemos podido vernos en persona, sí hemos establecido entre nosotros, al menos yo así lo siento, un lazo invisible que no une y que, en último término, es el hilo que entreteje la poesía entre los que nos acercamos a ella con amor e intensidad.

Siempre atento, siempre al alcance de sus amigos de una manera llana y generosa; si le enviaba alguno de mis artículos, no tardaba en responderme mostrándome un agradecimiento que tan solo yo le debía. Cada una de sus cálidas respuestas me llenaba de felicidad, como esta que me enviaba desde esa Cataluña de sus amores, desde Forès. Precisamente, una de las grandes composiciones de Joana, El presente y Forès, tiene ese lugar como marco cercano y cotidiano del poema. Este se desarrolla en ese apacible y ordenado mundo que constituye la casa familiar de Forès; allí es también donde surge el miedo ante los temores de que, inevitablemente, ese tiempo de felicidad se quiebre. Parece que el futuro sólo es la trampa que te tiende el tiempo. Como así es.

He leído tu artículo y me ha conmovido, una mezcla de la sensación de no merecerlo con la de mi fortuna de tener un lector como tú. También las noticias de Claudia, supongo que su fuerza también te alcanza de alguna manera. Estaba en Colera, sobre el cabo de Creus, cuando me has escrito, en la crisis final para acabar el libro que saldrá en otoño, Un asombroso invierno. Cuánto mayor me hago, más tormentosos son mis dos o tres meses finales de un poemario. Ahora estoy –algo más tranquilo ya– en Forès, mi agosto en la Catalunya profunda –antigua Catalunya pobre–, cerca de mis orígenes, para la última revisión. 

Joan Margarit demostraba esa manera de ser tan extraordinaria y esa comprensión cariñosa hacia los demás en cualquier circunstancia, aunque fuese ajena a él. Cuando leyó mi libro, El sedal del olvido, donde recogía uno de sus versos en uno de los poemas, no dudó en mostrarme una vez más su afecto con sus palabras: Un honor por aparecer en “Epílogo”.

No cabe mayor muestra de afecto.

La aparición de Un asombroso invierno fue un acontecimiento absoluto, un libro que Joan Margarit acabó con algunos problemas de salud y con una acumulación de trabajo muy grande, según me confesó poco después de que viera la luz. A pesar de todo ya había comenzado lo que serían sus magníficas memorias:

He pasado un año difícil con tres operaciones en los ojos, y dos meses con muletas a causa de otra en una pierna. Esto ha  coincidido con la salida de mi nuevo libro en catalán y castellano, la revisión de las dos poesías completas (también catalán y castellano) que salen ahora en una nueva edición, y la inmersión  en el  trabajo que me está suponiendo durante los meses finales mi autobiografía de infancia y primera juventud.

Un asombroso invierno es un libro deslumbrante, una poesía que desborda emoción desde una elegancia formal embaucadora. A raíz de su publicación, escribí una crónica que, al conocerla, no tardó en pedírmela para ponerla en su legado personal, depositado en la Biblioteca Nacional. No pude sentirme más satisfecho. Así era Joan Margarit, un hombre que se esforzaba en hacernos sentir bien.

Querido Juan Francisco:

He abierto (y guardado hasta recibir el prometido pdf y fotos del periódico), pero te voy a pedir algo que no he hecho nunca: que metas en un sobre la página del propio periódico y me lo mandes a casa. Es mucho más que una reseña, son dos vidas juntas –de poeta y de lector– las dos condiciones más próximas que haber pueda. Dos personas que han puesto en marcha los dos mecanismos más cercanos y parecidos: escribir un poema y leerlo. Qué difícil es escribirlo, me dirás. Y qué difícil es leerlo, siempre distinto dentro de ti, te diré yo. Intento explicar esto en mis memorias de infancia que pienso terminar en julio. 

Te pido la página del periódico porque es más auténtico y quiero que figure con mis cosas en mi archivo de la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde guardan todo lo mío. Gracias, Juan Francisco. Un gran abrazo desde “el otro lado” de lo mismo. Tu  Joan 

Una vez que recibiera en su domicilio el encargo, me lo comunicó de inmediato, mostrándome una vez más su afecto:

 Clasificado y a punto para ser enviado en el próximo bloque a la BNE. Los aviso cuando tengo material para un buen cargamento. Antes del verano pensaba hacerlo. Mejor que ellos no nos conservará nadie.
Muchas gracias por tu afecto y tu inteligencia. Y por leerme así. Qué suerte la mía. Un gran abrazo

 Pocas cosas hay que admire más en un hombre que su inteligencia y una de ellas, sin duda, es la bondad que cuando, como es el caso, va unida a una gran generosidad hacen de ese hombre un ser único.

Cuando Joan Margarit obtuvo el Premio Cervantes, tardó un poco más de lo acostumbrado en contestarme a la felicitación que le había enviado. Los compromisos le estaban desbordando y su situación personal por entonces ya no era la mejor. A pesar de todo, cuando detectó mi mensaje, me correspondió como siempre hacía, como el hombre entrañablemente bueno que era.

¡Perdón, perdón, Claudia, Juan Francisco!

No estaba preparado para semejante alud de mensajes y llamadas. Justo ahora empiezo a rescatar a los amigos… No me tengáis en cuenta esta aparente dejadez. Os mando un gran abrazo.

En cuanto comenzamos la conversación telefónica en seguida le pregunté por su salud. No estaba bien desde la época en la que le otorgaron el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, poco antes del Cervantes. Le habían diagnosticado un linfoma y no pudo disfrutar del todo de ambos premios. El primer tratamiento, tras las duras y extenuantes sesiones de quimioterapia, no había dado el resultado esperado, así que ahora se hallaba inmerso en el ecuador de un tratamiento experimental que estaban desarrollando en Bélgica. En unos días, se haría un P.E.T. para proseguir con las tres sesiones que aún le quedaban. No era optimista.

-Tú si eres optimista, pero yo soy realista-me decía cuando pretendía animarlo con total convencimiento.

Era perfectamente consciente de a lo que se exponía y, de todas maneras, razonaba que ya tenía una edad, poco más de ochenta años, y que no podía quejarse de lo que la vida ya le había brindado. Lo decía desde una gran serenidad y con una absoluta clarividencia.

Le comenté que el día anterior le había visto con los reyes por la tele, cuando le hacían entrega en Barcelona del Premio Cervantes. Me dijo que así se lo había pedido, teniendo en cuenta su situación y la pandemia que padecíamos. Tan solo estuvieron presentes en el acto su mujer, sus hijos y sus nietos.

Fue en esa fecha por una razón muy sencilla-me confesó-, pues durante la tercera semana del ciclo de tratamiento es cuando mejor me encuentro y cuando aprovecho para hacer llamadas a los amigos y estas cosas.

Me habló con orgullo de uno de sus nietos, que vivía en Nueva York, y se dedicaba a las energías renovables. Me preguntó también por mi hija, como siempre, y al enterarse de que estaba en la Universidad de Chicago me dijo que precisamente esa fue una universidad que insistió mucho para que depositara allí su legado, aunque pensó que estaría mejor donde está, en Madrid.

Al preguntarme cómo estábamos viviendo en la farmacia esta pandemia, la conversación derivó a la visita que hizo a la cuenca del Nansa cuando tenía unos veinte años. Él era amigo del hijo del médico de Puentenansa y estuvo unos días por aquí. Por supuesto visitó a José María de Cossío en su casona de Tudanca y me contó divertido cómo tuvo que escaparse a toda prisa de allí en su seiscientos.

De este tiempo tan duro, me ha salvado la poesía y Mariona, mi mujer-me confesó en un momento dado-. Como siempre me ha pasado en la vida.

Tenía ya acabado un nuevo libro de poesía con unos poemas que había escrito en esta época tan incierta. El confinamiento, en ese sentido, le había venido bien; hacía años que no disfrutaba de esa quietud familiar, aunque estuviera truncada por la enfermedad.

Desde luego, no lo pienso presentar con mascarilla, ni de manera virtual. Virtual, no doy ni entrevistas-me dijo-. La poesía requiere otro escenario más real.

No tardó en preguntarme por lo que me parecía el título que tenía pensado para el libro, Animal de bosque. De bosque, no del bosque-me remachó-.

Me encanta, creo que refleja muy bien tu carácter indomable-le contesté-, el de ese lobo que aúlla en alguno de tus poemas.

Quedó muy contento con el pequeño comentario que le hice.

Lo encontré fuerte y con ánimo. Sin ningún miedo. Con una voz poderosa, firme y afable. Me parecía imposible todo.

Nos despedimos con un gran abrazo. Por favor, tenme al tanto, le dije. En eso quedamos.

Todavía interrumpió la despedida para decirme lo que quería a Santander mientras recordábamos el poema donde hablaba sobre su visita a las cuevas de Altamira o cuando vino a declarar a los juzgados de la ciudad, como experto en arquitectura, tras el derrumbe del hotel Bahía.

Si todo fuera bien, quizás el otoño que viene pudiéramos presentar el libro en Santander

Con esa ráfaga de incertidumbre nos despedimos.

Para honrar su memoria y su legado, he preferido hablar del hombre; de su poesía lo he hecho sobradamente en artículos y conferencias. Además, siempre va adherida inevitablemente a cualquier bosquejo biográfico, por muy personal que sea.

Decimos adiós a un hombre al que le definen sus actos personales y privados. Los que a otros muchos precisamente los traicionan.

Se va un hombre esencialmente bueno.

Quedará para siempre el recuerdo de su persona en su poesía; permanecerán ambas más allá de nosotros mismos. Mucho más allá.

Juan Francisco Quevedo

    UN ANIMAL DE BOSQUE

                                                 A Joan Margarit un triste 16 de febrero de 2021

Hoy se desnuda el día con una tristeza

que viste de luto el paisaje interior

de la geografía del Fòres.

Hoy ha muerto un hombre,

hoy ha muerto Joan Margarit,

nunca el poeta que nos acompaña,

un animal de bosque que aúlla

profiriendo dentelladas al lenguaje,

como el lobo que es, que siempre fue,

convertido en ese animal de fondo

que mira a los ojos a la intimidad

profunda y severa que nos define.

Hoy es un día triste,

uno de esos días

en los que el dolor

se extiende y desborda

por las hechuras abiertas

de un cáliz sin fondo.

Juan Francisco Quevedo

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JOAN MARGARIT, UN DÍA TRISTE (16-II-2021)-Juan Francisco Quevedo

    UN ANIMAL DE BOSQUE

                                                 A Joan Margarit un triste 16 de febrero de 2021

Hoy se desnuda el día con una tristeza

que viste de luto el paisaje interior

de la geografía del Fòres.

Hoy ha muerto un hombre,

hoy ha muerto Joan Margarit,

nunca el poeta que nos acompaña,

un animal de bosque que aúlla

profiriendo dentelladas al lenguaje,

como el lobo que es, que siempre fue,

convertido en ese animal de fondo

que mira a los ojos a la intimidad

profunda y severa que nos define.

Hoy es un día triste,

uno de esos días

en los que el dolor

se extiende y desborda

por las hechuras abiertas

de un cáliz sin fondo.

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UNA INFANCIA FELIZ 2-Juan Francisco Quevedo

II

UNA INFANCIA FELIZ

No fue una decisión fácil la que tuvieron que tomar mis abuelos. Fue de lo más dolorosa pero, tras ver cómo no regresaban muchos de los muchachos del pueblo que partían a esas guerras tan lejanas, tanto de su tierra como de su espíritu, y los pocos que lo conseguían lo hacían tullidos y tocados mentalmente, sus padres no dudaron al tomarla, por mucha pena que les causase.

No encontraron otra solución plausible para eludir un servicio militar que ya se atisbaba. No querían que un día llegase a casa la triste noticia de su muerte en una escueta carta con el membrete del ejército. Para evitar que muriese en una guerra que se hacía crónica en el norte de África, con el biberón de la adolescencia como único equipaje, sus padres le embarcaron hacia Veracruz, el puerto al que llegaron tantos españoles. Mis abuelos, como tantos otros paisanos, se vieron forzados a tomar una decisión crucial y triste pero, al sopesar las consecuencias, decidieron que le preferían vivo y lejos, que no muerto y en el cementerio árido y bello del continente negro.

Eran años en los que solo los más pudientes se libraban del servicio de armas a la patria, bien pagando una elevada cantidad al estado o bien haciéndolo a un sustituto, lo cual resultaba algo más barato. Así eran los vientos que soplaban en la España de principios del siglo XX para los jóvenes con menos recursos.

Con el dinero que obtuvieron de la venta de una vaca, compraron el pasaje en tercera ordinaria. Unas quinientas pesetas les costó.

Hoy sabemos de ese drama de la emigración juvenil española en cifras fidedignas y así podemos ver cómo entre 1912 y 1920 casi diez mil jóvenes cántabros optaron por acudir a la emigración para eludir el servicio militar obligatorio.

Mi padre apenas había salido de La Cavada en su corta vida. Desde que su hermana Teresa se casó, solía ir los domingos a comer a su casa; iba andando por las vías del tren hasta Liérganes, donde vivía y donde se había casado con un muchacho del lugar, con Pedro García. Le encantaban las sobremesas, cuando Pedro sacaba el violín del estuche y se ponía a tocar. Unos pocos años después, cuando su mujer estaba embarazada de su primer y único hijo, partiría hacia Estados Unidos, a trabajar en las canteras del norte. Nunca regresaría; el mal de piedra acabó con él. Esta es la triste historia de tantos españoles de la época.

Mi padre, salvo sus escapadas dominicales, nunca había ido más allá de los pueblos cercanos, hacia donde se dirigía con mi abuelo Juan cuando se celebraba alguna feria de ganado, nunca había sabido ni visto el bullicio de una ciudad, ni sabía de sus escaparates iluminados tan siquiera; solo sabía de aquellos puestos que venían a su pueblo en la fiesta de San Juan, donde siempre se comía una manzana caramelizada y unas almendras garrapiñadas bajo la atenta mirada de sus cinco hermanas mayores. Aquella vez en que fue a embarcarse fue la primera ocasión que salió de su comarca y de su zona de confort. Le llevó su padre a Santander en un tren que se aceleraba a base de paladas de carbón que echaban los fogoneros a las tripas de hierro de la máquina del ferrocarril. En el andén, junto a sus hermanas, quedaron sus recuerdos y el sabor del último beso de su madre cuando subió al balcón a despedirse de ella. Hacía años que las piernas no le respondían y se pasaba el día sentada; siempre me habló de aquel día, de aquel momento de la despedida materna con emoción. Cuando tomó la curva del puente de Revilla, se giró y, por última vez, pudo ver su figura desde la lejanía.

Llegó a la capital de la provincia, que estaba tan solo a poco más de veinte kilómetros de su pueblo, cuando aún las mulas llevaban a cuestas por la ladera del cerro de Somorrostro las piedras que se usarían en la iniciática construcción de lo que en unos años sería el edificio de Correos. Antes de partir, el padre y el hijo, juntos, se hicieron una foto de despedida. Llevaba puesto el traje que le acababan de hacer para el viaje.

Mi padre no tardó en embarcar, para iniciar su particular odisea, con una pequeña maleta a la que, para reforzarla, la habían anudado con una cuerda de esparto. Con ella, agarrada como si fuera un tesoro, enfiló la pasarela y se subió a un mercante que hacia la travesía interatlántica. Mientras se asomaba por el puente del barco, nada más llegar a cubierta, le despidió su padre desde el muelle con las manos entrelazadas, lanzadas al cielo y simulando, dejando un hueco entre ellas, un corazón. Tal y como él, con ese mismo y emotivo gesto, me despidió a mí, desde el andén de la estación de ferrocarril, cuando me fui por primera vez a la universidad de Santiago de Compostela. Creo que los dos lloramos aquel mismo día, separado por tantos años, ante una misma escena pero en unas circunstancias bien distintas. Primero, le tocó como hijo. Después, como padre.

Así que de cómo llegué a este mundo en tierras mexicanas tuvo la culpa una guerra que había por el norte de África, allá por los alrededores de Melilla. Curiosa casualidad. Al frente del enemigo se encontraba un rifeño como Abd-el-Krim, pero los indefensos muchachos que mandaban a combate tenían el enemigo mucho más cerca, en su propia casa. Por culpa de unos, o de otros, acababan moribundos en cualquier Barranco del Lobo.

Mientras nuestros jóvenes, los que provenían de las clases más humildes de la sociedad montañesa, morían por una patria recién salida del desastre cubano y filipino, acá, en esta España caciquil, solo aquellos varones que acreditasen algún título de propiedad podían depositar su voto en una urna electoral. Entre tanto, aquellos más desfavorecidos, sin recursos para librarse del tormento de la guerra y sin derechos, ni siquiera el del voto, viajaban hacia tierra mora, pero no a confundirse, como les hubiera sido fácil, con los nativos, sino a morir a manos de ellos y a matarlos cuando se dejaban ver.

Mi padre llegó a Veracruz alrededor del año 17 y se fue a trabajar a un rancho donde solo libraba un día al año. Uno de esos días de aquellos primeros años en México, lo aprovechó para sacarse una foto y mandársela a sus padres, dedicada por detrás: vuestro hijo que os quiere

A la foto, sentado en una silla, con el codo apoyado en una mesa y el sombrero reposando sobre ella, le adjuntó las primeras mil pesetas de las muchas que llegó a enviar a España.

En el diecinueve recibió una carta de España con una noticia que le impactó y le dejó impotente, dos de sus hermanas habían fallecido a causa de la epidemia de gripe que asolaba el planeta.

Pronto prosperó y no tardó en montar un pequeño negocio propio en la ciudad de Córdoba. Años después dedicaría toda su vida al beneficio de café que regentó en la misma ciudad.

Entretanto, en España, se sucedían los acontecimientos con rapidez mientras él los escrutaba a través de la prensa mexicana. De todo cuanto pasó en su patria durante aquellos primeros años, el conocido como Desastre de Annual, donde murieron en el bello páramo africano más de diez mil jóvenes españoles de su edad, fue lo que más le impresionó. Jamás lo olvidó y siempre lo recordó con sumo pesar.

No tuvo posibilidades de volver a su patria hasta que Miguel Primo de Rivera, el general que estuvo al frente de la dictadura militar amparada por la corona no les eximió en el año 1927, tras pagar una cantidad de dinero nada despreciable en la embajada de España en México, de la pena de deserción. Ese año decretó una amnistía para todos los que no habían cumplido con el obligatorio servicio militar. Los importantes ingresos que llegaban de Cuba, México y demás países donde habían acudido en busca de fortuna, y la presión que, desde su nueva posición, podían ejercer algunos de ellos-los más afortunados-, llevó al gobierno a encontrar una solución y no fue otra que la amnistía total, previo pago de una cantidad económica que los españoles, como mi padre, satisfacían gustosos. Se les abría la posibilidad de lo que tanto ansiaban, regresar algún día no ya a su patria, regresar a ese pequeño lugar del mundo que sienten como parte de ellos, regresar para poder volver a escuchar los sonidos de la infancia.

Tiempo después de aquella alegría que recibió la emigración española, vendría la salida al exilio del rey y la proclamación de la República. Por entonces, mi padre aún ignoraba lo que se avecinaba en unos pocos años.

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UNA INFANCIA FELIZ-1-Juan Francisco Quevedo

I

UNA INFANCIA FELIZ

Yo tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi padre.

Él nació cuando aún reinaba, como regente en España, María Cristina de Habsburgo que, ese mismo año, cedió la corona a su hijo Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis años.

Mi padre vino al mundo prácticamente con el siglo, un once de enero de 1902, en un pequeño pueblo de España, llamado La Cavada, cuando aún las casas se iluminaban con lámparas de aceite, se hacían las necesidades en la cuadra y había que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como niño, era siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.

Nació como se nacía entonces, en la casa y con la ayuda de alguna vecina a la que la práctica empírica había convertido en comadrona. Después, la selección natural era la encargada de que el nuevo crío saliera adelante o no. A mi abuela Fausta Piró Harche, tras el parto, aquella buena mujer la encamó durante quince días en los que, uno tras otro, la tuvo a caldo de gallina. Así se recuperó.

En esos años, la radio y el cine aún era algo desconocido, un entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban hablando con sus vecinas. Sólo los domingos se arreglaban con su mejor vestido, un ropaje que aún debía taparlas hasta los tobillos, salvo que quisieran protagonizar un escándalo mayúsculo, para acudir a misa mayor y hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.

Paquito, como cariñosamente llamaban a mi padre, después de que sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios kilómetros para asistir a la escuela en el Barrio de Arriba, donde unos curas con babero blanco se encargaban de educarlo. Más tarde, fue a las escuelas del pueblo que estaban mucho más cerca; siempre destacó en dibujo, ganando un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la época. Pintó un caballo. Con el dinero se compró un par de zapatos de cordones, una pluma, unos libros, unas cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Además, se fue con su padre a la feria y todavía les dio con lo que sobró para comprar un burro para la casa, que el que había estaba ya muy viejo.

Siempre sintió admiración por su maestro, un hombre al que su magisterio le obligaba a dar sus clases con un impecable traje raído; era todo lo que le permitía su escueta economía. Imagino que fuese él quien le inculcase su amor por la cultura y la lectura, en especial por las biografías históricas, algo que también he tenido la fortuna de heredar.

Creció correteando por el corral de vecindad que había delante de la casa persiguiendo al gato de la familia para, una vez que le atrapaba, subir al balcón y arrojarlo por él. Siempre le asombraba verlo haciendo piruetas por el aire para poder caer sobre las cuatro patas sin el menor rasguño.

Creció aprendiendo a ordeñar a las vacas, con lo que la resonancia del chorro de leche recién extraído golpeando el fondo del cubo de zinc que ponía bajo las ubres, se convirtió en uno de esos sonidos de la infancia que jamás se olvidan. Aprendió a sallar, a llevarse con la azada la primera capa de tierra, sin hundirla en ella, y preparar el terreno para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos. La huerta de casa daba prácticamente para todo el año, lo mismo se recogían patatas que judías verdes, caricos, arvejillos o esas cebollas rojas y prietas; rara vez le mandaba su madre o sus hermanas, eso de ser el pequeño era lo que tenía, a La Central a comprar algo que no diera la huerta de la casa.

Una vez al año se mataba el lechón que habían comprado un año antes a un buhonero que llegaba puntualmente con un pollino a su vera. Este llevaba dos cuévanos a sus costados, apoyados sobre las albardas, por los que asomaban y gruñían los pequeños animales. Mi abuelo, Juan Quevedo, después de mirarlos y remirarlos bien, se decidía por uno de ellos y lo echaba a un pequeño corralillo donde lo íbamos alimentando. En cuanto crecía un poco, se le dejaba suelto por el barrio, donde campaba a sus anchas. Engordaba como si fuese un rey, solo que con fecha de caducidad, con las sobras del día y, en otoño, con la caída de las castañas ayudadas por las suradas, comía sin fondo ni conocimiento hasta que no podía más y se dejaba caer en cualquier lugar. Allí, dormitaba sin poder moverse hasta que conseguía digerir la barbaridad que había engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba, junto a una cabra, para que con la carne de ambos animales hubiese suficientes chorizos y morcillas para todo el año. Al calor y el humo del carbón y la leña se iban curando pendiendo de las cuerdas que se ponían en la cocina. El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia por mi abuelo, se iba poniendo en salazón para que se conservara sin problemas. En el fondo del recipiente pétreo habían horadado un pequeño agujero por el que se purgaba el líquido sobrante.

El día de la matanza, a mi padre le mandaban agarrar al pobre animal del rabo para, después, frito y como un trofeo, ponérselo en el plato para dar cuenta de él. Siempre recordaba con cierta repugnancia como el matarife y alguno de los hombres que ayudaban el día de autos, se bebían un gran vaso de sangre del animal, aún caliente. No olvidaba el rastro que dejaba en sus labios. Al día siguiente, antes de ir a la escuela, su madre siempre le daba un paquete para el maestro. Era costumbre en todas las casas. Así era como le demostraban su agradecimiento.

Cuando despuntaba la primavera, subía cuidar las ovejas a La Mortera y, cuando arreciaba la lluvia y las tormentas, corría a refugiarse a la Nuria o la Jana, dos cuevas cercanas. Al atisbar el verano, mi padre salía a buscar naitas, unas pequeñas fresas silvestres que crecían al pie de árboles y a la sombra de cunetas, tapias y zarzales. Las iba coleccionando y metiendo en una hierba recia, anudada en un extremo, como si fuesen rosquillas para guardarlas y poder comerlas más tarde. Cuando llenaba el improvisado receptáculo, se sentaba en cualquier piedra y las degustaba como si fuese el mayor de los manjares. Siempre dijo que nunca ningún sabor de los que tuvo oportunidad de probar le satisfizo tanto como el de aquellas naitas de su niñez. Ni tan siquiera le igualaba el sabor de las nueces, que tanto le gustaban y que tantas veces fuimos juntos a recoger. Siempre recuerdo la pátina de roña que quedaba en mis manos después de una tarde recogiéndolas. En tiempo de castañas o de nueces, como viniera una buena surada, en seguida barruntaba que al día siguiente iríamos a recoger los frutos que el viento depositaba en la tierra.

Así fueron pasando los años, sin grandes sobresaltos, y al cumplir los catorce, mi abuelo Juan, un día que estaban segando en la mies de Revilla le ofreció tabaco y una hoja de papel de fumar para envolverlo. No tuvo que enseñarle a liarlo; había visto muchas veces, extasiado esa ceremonia precisa, cómo con mimo y destreza su padre iba distribuyendo el picadillo por el papel, cómo se lo pasaba después por los labios mientras le humedecía con la lengua para, por último, sellar los bordes. No le costó nada imitar lo que se sabía de memoria.

Después, cuando cada uno de ellos tuvo el cigarrillo formado entre sus dedos, mi abuelo sacó el chisquero y se lo ofreció como quien le dice: ten hijo, ya eres un hombre. No dudó en girar la rueda con la palma de la mano hasta que consiguió que saltaran chispas de la piedra. Entretanto, soplaba con decisión la mecha. Cuando consiguió prenderla, se la ofreció a su padre y ambos aspiraron con fuerza hasta encender el cigarro. Con las primeras bocanadas que dio al que fue el primer cigarrillo picado de su vida, mi abuelo le comunicó una grave noticia, algo que supondría un gran cambio en su vida, algo que, como la mecha con el viento avivaba su fulgor, no hacía más que aumentar su inquietud.

La Cavada, como la niñez, tras aquel día, quedaría atrás para siempre. México sería su nuevo destino.

Juan Francisco Quevedo

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CARLOS ALCORTA-FOTOSÍNTESIS- Juan Francisco Quevedo

Tuve la fortuna de ser el primer lector de este magnífico libro del poeta Carlos Alcorta. Privilegios de una sincera amistad.

CARLOS ALCORTA

FOTOSÍNTESIS (UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA, 2020)

Tras la aparición de su espléndido libro Aflicción y equilibrio, regresa Carlos Alcorta al mundo editorial con Fotosíntesis, una obra anterior en el tiempo pero que oportunamente ve ahora la luz después de una reelaboración de los poemas tanto en su orden como en su composición.

Como preámbulo al primer poema nos ofrece dos citas, una de ellas, de R. W. Emerson, encierra una de las claves que define mejor la poesía y el aliento vital de su autor:

Supongamos que te contradices, ¿y qué?

Al fin, es muy fácil conectar con ese espíritu, algo que siempre ha acompañado al hombre y que, cuando no lo mina y destruye, lo ayuda a progresar en el duro camino de la vida. La contradicción nos acompaña desde siempre y, muchas veces, es lo que nos hace avanzar sin dejar nunca esa lucha inagotable entre lo que nos dicta la razón y aquello a lo que nos arrastran las emociones. De esa lucha interna que jamás cesa se compone el hombre, cada hombre.

Tu aspecto ante el espejo del futuro

no se distingue del de una estatua

de carne y hueso carcomida

por el sol. Sed. Carroña incomestible.

Veintitrés poemas, numerados y sin título, componen Fotosíntesis, poemas más cortos que los de su último libro pero que llevan ese marchamo tan personal que imprime Carlos Alcorta a toda su poesía y que hace de ella una voz identificable, plena de personalidad, algo tan difícil de conseguir, algo que tantos poetas nunca logran por más que lo intenten.

Con la argamasa

de la ficción rellenas

los huecos de tu vida que no aciertas

a cubrir con recuerdos.

El libro comienza con unos versos que inmediatamente encuentran una respuesta en el lector de poesía, que siempre es un compañero que ahonda en las palabras más allá de su literalidad evidente, que siempre transita por las sugerencias que el poeta insinúa, así como por los caminos que muestra.

No soy partidario de airear mis equivocaciones

en el confesionario, ni siquiera

cuando he tocado fondo…

Estamos ante un poema en el que la voz poética se desprende de cualquier ropaje y nos enseña su esencia más íntima, en una desnudez salvaje que impregna toda la atmósfera que se crea alrededor del poema, alrededor de sí mismo. Después de versos duros, en los que incluso dispara dardos envenenados contra sí mismo, se puede volver tierno, abandonando por unos momentos esa incertidumbre primigenia que a veces lo tortura. Encuentra refugio en las palabras que dirige hacia allá donde se siente protegido y querido, hacia su medio natural de confort.

Lo hablaba con mi hermana la otra noche.

Achacábamos a la herencia genética

el origen de nuestra propensión

a desconectar emocionalmente

y a amurallarnos dentro de nuestro castillo interior

cuando no comprendemos lo que ocurre

a nuestro alrededor.

La escritura como resguardo ante las adversidades, la poesía me ha salvado. ¿Cuántas veces lo hemos oído o, incluso, lo hemos pensado?

Y es tremendamente cierto, es un refugio seguro ante los embates y los temporales interiores, ante las pruebas difíciles que conlleva la existencia. Eso, por no hablar de la escritura como una liberación ante las miserias a las que nos arrastra la vida. La poesía, la escritura, la lectura, al fin, la literatura y las ciencias asociadas muy especialmente a las humanidades están ahí siempre, esperándonos con los brazos afectuosos del conocimiento, de la sensibilidad tranquilizadora. En ellos, intentamos descifrarnos mejor a nosotros mismos y, en ese abrazo, miramos al mundo que nos rodea con más sabiduría.

La escritura es la excusa

preferida de los soñadores

y de los pusilánimes.

Hay poemas en los que partiendo de lo más cotidiano, la puerta de la calle a medio abrir, como una excusa embaucadora, nos arrastra, en el viaje de la trascendencia, hacia lo que realmente quiere expresar, en este poema por ejemplo el tópico del tempus fugit. Es consciente de que el tiempo no es más que una trampa que siempre sobrevuela sobre los días o los momentos de felicidad. Un sentimiento de provisionalidad nos acongoja.

La claridad parece

pedir disculpas por agudizar las sombras

que amenazan el día de mañana,

que hacen de la existencia un campo estéril.

El lector sabe de lo que habla, de lo que expresa con belleza el poeta, se identifica incluso con el sentimiento de culpa que nos devora, que Está siempre presente. / Aletargado como los reptiles. Todos sabemos que la conciencia siempre está dispuesta a castigarnos con su fusta, incluso puede ser tan cruel que podemos llegar a envidiar a los hombres que carecen de ella, pese a la brutalidad que conlleva: El remordimiento que algunos actos/recientes suscitan en ti no eclipsa/el amor que sentiste. Todo fluye.

A lo largo de los poemas se suceden las imágenes brillantes-Tu piel gastada como la cubierta/de un manual escolar de geografía-y desconcertantes-el aire frío castiga tu garganta/como la grava a un neumático desgastado-, unas imágenes que el autor maneja con acierto y precisión. Actúan como una sacudida en el lector, como una llamada de atención con la que el poema y el poeta logran captar plenamente nuestra atención. De esa manera tan hermosa y personal, nuestra capacidad de concentración se ve continuamente en progresión, a través del estremecimiento que nos causa lo que es sorprendentemente atractivo.

Está ya demasiado lejos.

En el pasado, convertido en rutina, como la penicilina

O fuera de uso, como las navajas de bolsillo…

Siempre, a lo largo de todos los poemas, tenemos la sensación, equivocada, o no, es lo de menos, de que quizás el poeta se descubra más de lo que quisiera, pero sin lugar a dudas es ello precisamente, esa aparente implicación personal, lo que infiere al libro un gran valor añadido.

Sé que eres capaz de encontrar aún

un resto de bondad en los demonios

que te habitan, pero la insana mansedumbre

-como gas comprimido en un envase

de vidrio, inocuo, invisible al ojo

si permanece inmóvil y cerrado,

pero tóxico cuando se agita y se avienta-

mantiene vivos los más despiadados

pensamientos en tu interior.

Los versos se suceden y parece que en ocasiones quisieran corresponder y responder a una fase de la vida de la voz poética que bien pudiéramos identificar con cierto desasosiego, una época que parece no ocultar y que la pone a nuestro alcance, unas veces con crudeza y otras muchas con un sentido del humor que describe a la perfección un estado de ánimo.

Hay lugares para vivir que son vida

solo a medias, como los hospitales

o las cárceles. Hay formas de vivir

sin presente, como las de los desempleados

o la de los atletas lesionados.

No obstante, siempre creemos ver en los versos un rastro de sufrimiento, un rastro que siempre va asociado a eso que preludiábamos al comenzar, una lucha interior inagotable consigo mismo, que se constituye en un camino de aprendizaje por el que va destilando los sentimientos más íntimos.

Dicta sus palabras un primitivo

resentimiento conyugal que oculta

sus raíces en una infancia

infeliz, habitada por fantasmas

de carne y hueso que nunca

le demostraron tanto afecto

como el que ella ofrecía a sus muñecas.

Al finalizar la lectura, nos damos cuenta, creemos intuir tras la voz poética, la voz de un hombre que ha sabido impregnar nuestra sensibilidad lectora de una emoción y de una sinceridad verdadera, nunca impostada, de esas que traspasan la piel sin agredir, que te llevan a capitalizar y sentir la realidad del otro, su verdad, como si fuera nuestra.

Quisiera ser otro, un animal,

una fuente o una palabra

en tu mismo idioma,

para que me entiendas.

Con los libros se da una paradoja muy curiosa, pese a estar destinados a burlar la fugacidad del tiempo, muchos de ellos caerán en el olvido para siempre, incumpliendo la finalidad con la que fueron concebidos. No será el caso de este nuevo libro de Carlos Alcorta, Fotosíntesis, un libro de un poeta que nunca nos deja indiferentes, que tiene la inspiración, el dominio del lenguaje y el lirismo como premisas ineludibles de su poesía. Fotosíntesis es un regalo que nos ofrece a los lectores, con unos postulados inmutables que siempre acompañan a la buena poesía, emoción, verdad y belleza.

Juan Francisco Quevedo

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Plenilunio de enero-Juan Francisco Quevedo

La noche mece
el sueño de la luna.
Nana de luz.

Ella y yo, somos
tres en la madrugada.
Un mar de dudas.

Son pleamares,
plenilunio de lluvias
de sal y estrellas.

Canción nocturna,
princesa de mareas
ajena al tiempo.
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Una reflexión futbolística y un verso de Machado-Juan Francisco Quevedo

Espero que este artículo que aparece en el diario Alerta sobre la victoria del Athletic en la Supercopa y la reflexión al hilo del mismo sobre el Racing, cuando menos os interese un poco.

En estos días estoy leyendo la cuidada y espléndida edición de la poesía de Antonio Machado, realizada por José Luis García Martín para la editorial Impronta, y que ha titulado con un verso del poeta: “Hoy es siempre todavía”. Un verso que me ha sugerido el final del artículo.

ATHLETIC, EL TRIUNFO DE MUCHO MÁS QUE UN EQUIPO DE FÚTBOL

Es muy difícil no ser del Athletic, no dejarte arrastrar por ese espíritu que va tan ligado a algo tan intangible como los sentimientos, no ya hacia un club, sobran los ejemplos, sino hacia la tierra que los sustenta, hacia el corazón que late en ella y que nos acompaña a lo largo de la vida. Eso tan solo se puede lograr cuando se establece un nexo, un hilo invisible, que une los colores que defendemos a la tierra que los representa.

Esta tela de araña de amor solo se puede entretejer cuando todos los que forman parte de un proyecto común se identifican con él y, durante el partido de la final de la Supercopa, eso fue exactamente lo que muchos sentimos y lo que nos hizo ser una vez más del Athletic de Bilbao.

No había más que ver a los jugadores, primero durante el desarrollo del juego y, después, durante la celebración. Todo iba mucho más allá de lo que tantas veces estamos acostumbrados a ver; había emoción verdadera, se desprendía algo que tan solo es capaz de darnos un sentimiento que arraiga en lo más profundo, muy alejado de las explosiones de felicidad de las hinchadas habituales.

Esta vez le tocó ganar al Athletic, pero cuántas veces no lo consiguió, cuántas veces hubo de conformarse con verse en lo más bajo de la tabla clasificatoria. Precisamente ese espíritu que los define y que tanto admiramos algunos, los hizo seguir adelante sin variar un ápice el camino elegido, el que saben que ha sido capaz de establecer una conexión indeleble con la tierra, con su tierra. Un lazo que empieza por sus directivos, se extiende por los jóvenes que aspiran a jugar un día en el primer equipo y culmina con la comunión existente entre los jugadores profesionales y la afición. Nada es por casualidad, pero por encima de todo, sobrevolando la cabeza y los corazones de todos ellos, está el amor por su tierra, la verdadera argamasa que cimenta una pasión común. Precisamente lo que le falta a tantos clubs.

Yo que he sido y soy un racinguista que comenzó a ir al viejo Sardinero a los cuatro años, que vio y vivió aquel Racing desde niño, que lo vio incluso en tercera división, que ha podido disfrutar de la cierta rivalidad que tuvimos con el Athletic, me siento triste cuando veo cómo desde hace ya muchos años se ha ido destejiendo ese ovillo que nos mantenía unidos, que mantenía al equipo injertado a la tierra, con una gran mayoría de paisanos jugando en sus filas. He visto apenado cómo se ha ido enmarañando en una madeja muy difícil de desenredar, tanto que a muchos nos ha hecho desistir al no encontrar en el club, en el equipo, lo que tanto anhelamos, lo que el Athletic destila a raudales.

Nunca es tarde, siempre se puede ir soñando caminos y tal vez algún día encontremos ese sendero que muchos estamos deseando atisbar, que muchos queremos ver despejado. Nunca es tarde, porque como decía don Antonio Machado hoy es siempre todavía.

Juan Francisco Quevedo

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UN DIBUJO CON UNOS VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Un dibujo con unos versos y una foto de su presentación para uno de mis libros, para Querida princesa.

Vuelan los años,

fijamos los recuerdos

en la memoria.

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COSTEANDO AQUELLA BAHÍA DE NUESTROS ANTEPASADOS-Juan Francisco Quevedo

En estos días se han publicado en el Diario Alerta este periplo que os propongo a través del cantil marítimo de la bahía de Santander, tal y como estaba a finales del siglo XVIII. Aquí están ya reunidas todas las entregas.

Espero que os sea un viaje grato

COSTEANDO AQUELLA BAHÍA DE NUESTROS ANTEPASADOS

Os propongo que me acompañéis en este viaje a través de la imaginación; os invito a que, en la lectura de estas líneas, abandonéis el mundo real y abráis las puertas a vuestro mundo interior a través de esta narración.

 Quisiera recordar, parafraseando a Pereda en su lúcida y literaria descripción, como era aquella ría de nuestros antepasados, antes de que empezaran los rellenos, las escolleras, antes de que la mano transformadora del hombre hiciera prácticamente desaparecer la primitiva línea costera de nuestra bahía. Quisiera recordarla tal y como era, haciendo un pequeño recorrido a través de sus orillas salinas, retrocediendo en el tiempo hasta los años finales del siglo XVIII. Os invito a que me acompañéis por este viaje al pasado.

Cuando los pescadores regresaban sobre las encrespadas olas, a rudo golpe de remo, huyendo de los vientos del mar, y divisaban el estratificado y cortante acantilado sobre el que se asienta Cabo Mayor, empezaban a respirar con cierto alivio. Elevado cien pies sobre el agua, se convertía en la señal certera, inamovible en su actitud de aviso de navegantes, con la que se cercioraban del cercano abrigo de la bahía. Aún faltaba un último esfuerzo para ponerse a salvo.

Cabo Mayor se convirtió en una llama luminosa desde la noche de los tiempos. Cuando alguna barcaza se retrasaba y se acercaba la noche, los marineros que ya habían llegado al abrigo del puerto y las mujeres de estos y las de los que aún estaban por llegar, con los churumbeles más pequeños aún pegados al cuerpo con un improvisado capazo, corrían prestos hacia sus alturas y se encendía una gigantesca hoguera para que orientase, como una torre flamígera, a los marineros perdidos en la oscuridad del mar. Desde allí esperaban y rezaban al patrón de los mares para que sus compañeros, sus maridos y sus hijos llegaran. Hombres curtidos en mil batallas, que habían luchado y arrastrado a las ballenas más bravas hasta la bahía, se arrodillaban e imploraban por los suyos. Otros días serían ellos los que estuvieran en peligro.

En estas fechas, aún faltaban unos años para llegar a ese 1839 en que el actual faro empezó a guiar a los barcos durante las noches tormentosas. Es, desde entonces, como el candil, encendido permanentemente en la ventana, a la espera del holandés errante; nunca se apaga, aunque tal vez no regrese nunca. Su esposa, a pesar de que hayan pasado los años, no pierde la esperanza y todas las noches deja esa luz en la ventana para guiar a su marido perdido, para que encuentre el camino de vuelta al hogar.

Cuando, de regreso de faenar, los pescadores pasaban por las cercanías de Cabo Mayor, alguno de los marineros, mientras se asía con fuerza al remo de la trainera, evocaba sus bajadas por el acantilado para recoger un poco del agua ferruginosa que brotaba de la fuente de La Sirena, a los pies de la imponente mole natural.

Tras tomar un poco de aire, el patrón les devolvía a la realidad y les animaba a dar unas cuantas paladas más para conseguir dejar a un lado la, por entonces, inaccesible -bellamente hendida en la profundidad del relieve rocoso- cala de Mataleñas. Poco después, al sobrepasar Cabo Menor, aún con el respirar agitado del penúltimo esfuerzo, divisaban la inconfundible ensenada del Sardinero, todavía con las dunas arenosas por las que entrecorrían los pequeños arroyos provenientes de la vaguada de Las Llamas, antigua lengua deprimida a través de la que, en alguna época, entraba el mar.

A día de hoy, de aquellos regatos que transitaban por la ladera de la colina de San Sebastián hacia el arroyo de Las Llamas, ya sólo queda un hermoso parque que ha conservado alguno de los pequeños humedales que se forman en la vaguada, debido a la escasa pendiente del lugar. El agua de los mismos discurre hacia el mar tapado y canalizado. Lejanos están los tiempos en que este valle actuaba como un verdadero desagüe; el torrente iba pasando de las praderías, mientras las nutrias nadaban en sus aguas, a las marismas pantanosas, para, desde allí, ir en busca de los arenales de la segunda playa y morir en la mar.

Con la Punta de Piquío, llamada en los mapas del pasado Punta del Rastro, a babor, el timón se ponía rumbo a la isla de Mogro, Mouro en la actualidad, que, desde la lejanía, surgía envuelta entre espumosos y bravíos blancos. Atrás habían quedado la primera playa del Sardinero y la Punta de San Roque, conocida como el Cañon, sobre la que se asentó la iglesia -hasta su derribo en 1.936- de su mismo nombre. A sus pies estaba la playa de La Concha que se prolongaba hasta la Punta del Lobo. Tras ella, aparecía la pequeña ensenada del Camello. Hoy en día ambas, con la ayuda de la mano humana, forman una misma playa.

Ahora sí llegaba el momento de acceder a la bahía. Ahora sí llegaba el momento de ponerse definitivamente a salvo de las embestidas marinas.

Mientras les contempla la roca del Camello, emergiendo desde la bajamar como un monstruo del desierto sobre los arenales salinos del mar, la trainera enfila el amplio paso que se abre entre la isla de Mouro y la desaparecida península de Santa Marina de don Ponce, por entonces ya convertida en una isla pegada a la costa loredana, y que también fuera conocida como isla de Jorganes o de los Conejos. Tras ver de soslayo el acantilado rocoso con que se inicia la Península de la Magdalena se avista, en lo más alto de la misma, lo que se llamara Monte Hano, ubicación defensiva de fuertes y baterías a lo largo de la historia. Al pasar por entre estas dos islas, verdadera entrada a la tranquilidad de la bahía, se deja a un lado el peligroso y estrecho paso, por la cercanía náufraga del acantilado, que se delinea entre la isla de Mouro y la península de la Magdalena. Esta última, en otra hora, perdida en la memoria, también isla, a la que, probablemente, sus primeros habitantes, quizás unos de los primeros santanderinos de la historia, accedieron a pie en bajamar. A los pies de Monte Hano, sobre las rocas y casi suspendido sobre el mar, se alza, hoy en día, el faro de la Cerda, desde el que se avisa de la cercanía del engañoso acantilado.

Hay una máxima que los estrategas militares conocen muy bien. Quién domina la isla de Mouro controla el acceso a la bahía. Aunque, por estas fechas, aún falten unos años para la ocupación de Santander por los franceses, si cabe recordar que, en esa época, los ingleses establecieron una batería en la isla y estrangularon a las naves francesas que estaban en el interior de la bahía.

La salida de la isla de Santa Marina presenta, para los marineros foráneos, nuevos peligros. El extenso banco de Las Quebrantas es la trampa -con su aparentemente ingenuo canto de sirenas- a la que son atraídos los barcos en días de temporal y donde permanecen, tras encallar, abandonados y silenciosos, gritando su infortunio a los navegantes desprevenidos que arriban a la bahía. Hay ocasiones en que esos cantos de sirena son más maliciosos y es sabido que, a veces, en noches de tormenta, se encienden hogueras y faroles para atraer los barcos y hacerlos encallar en este traicionero banco de Las Quebrantas. Dicen que bien pudiera ser obra de piratas ribereños.

Tras sobrepasar esta trampa natural surge el arenal del Puntal, hermosa lengua de dunas y limos frente a la desembocadura de la ría de Cubas, beneficiario inerme de la sedimentación y de los depósitos que arrastra la ría.

Frente a la playa de La Magdalena se erigen, sin demasiadas pretensiones, la isla de La Torre y el pequeño islote rocoso de La Horadada, también llamado Peña de los Mártires, desaparecido ya desde hace unos años por causa de los embates y temporales marinos.

Al pasar junto a él, una vez completamente a salvo, los marineros de la calle de la Mar detienen su boga y se encomiendan a sus patronos, San Emeterio y San Celedonio. No en vano se protegen bajo las invocaciones a estos santos. El arco con el que la piedra viva se abre, en la isla de La Horadada, fue esculpido por el mar, para abrir paso a la embarcación en la que, según la tradición, llegaron las cabezas de los Santos Mártires, antiguos centuriones de la guarnición romana de Calahorra, tras ser arrojadas al río Cidacos, junto a su confluencia con el Ebro. La barca, tras pasar bajo el arco pétreo portando las reliquias, prosiguió adentrándose en las aguas de la bahía hasta embarrancar en la ría de Becedo, junto a la ladera norte del peñón rocoso de Somorrostro, origen del puerto y de la ciudad de Santander. Allí se edificó, sobre las ruinas de unas termas romanas, una humilde ermita que, con el paso de los siglos, ha dado lugar a la actual catedral de Santander.

Sin embargo, los marineros del Cabildo de Arriba, los mareantes de la calle Alta, prefieren esperar, para encomendarse a su patrón, a fondear en el playazo del Dueso, arenal que se forma bajo la ladera sur del cerro de San Pedro. Al pie del Paredón, sobre la playa, dejan sus embarcaciones y ascienden, costosamente, por las anchas y desgastadas escaleras de piedra que les llevan hacia el empinado barrio de San Pedro. Desde sus alturas, sobre la actual Rampa de Sotileza, se encomiendan al santo mentado, su patrón.

Tras dejar la playa de La Magdalena, donde los niños se dan sus coles y los adultos menos intrépidos toman sus plácidos baños, entre la fría quietud de sus aguas, llegamos a la altura de la Punta de San Marcos. Al sobrepasarla, la embarcación se abre paso relajadamente frente al ruin y pedregoso arenal de Los Peligros. Hoy en día La Magdalena y Los Peligros forman una sola playa, sin que la citada Punta de San Marcos sobresalga lo suficiente como para mantenerlas divididas.

A su derecha van contemplando, con la calma que llega tras el esfuerzo, los pequeños cabos, si se les puede llamar así, del Promontorio y de San Martín. Desde San Martín vemos, a tiro de piedra, el, como dijera Amós de Escalante, solitario islote rocoso de San Mamés. Sobre él, había una ermita a la que se accedía, desde San Martín, a través de un puente de un solo ojo. En San Martín, en su playazo pedregoso y tosco, se ven fondeadas las primeras barcas de pescadores y, con ellas, las primeras carpinterías ribereñas. Después, tras dejar a un lado el escollo de Tres Hermanas, llegábamos a Molnedo-Puerto Chico-, donde arrojaba sus aguas a la bahía el arroyo que, a través de Tetuán, descendía desde el Alta captando a su paso todas las torrenteras que desaguaban en su cauce. Allí mismo se encontraba la fuente de Molnedo, llamada Fuente Santa, donde en más de una ocasión los marineros habían saciado su sed y baldeado sus barcazas. Tenía la fuente, de ahí su nombre, fama de milagrera, tal vez debido a su alto contenido en selenito y carbonato cálcico.

Enseguida, a golpe pausado de remo, divisan la ribera rocosa denominada la Peña Herbosa. Tras ella, al superarla, se descubre la pequeña ensenada de Cañadío, donde se vuelven a ver pequeñas barcas arribadas sobre la playa. En este fondeadero, de escaso calado, se acaba de construir un pequeño muelle de madera, desde el que se embarcan las cajas de cerveza provenientes de una fábrica recién construida por el conde de Campogiro. En lo alto de la ladera de Cañadío se puede ver, desde el mar, la ermita de Santa Lucía-origen del barrio actual-, donde se celebra una romería anual de la que disfrutan los santanderinos. Las huertas de la zona están repletas de viñedos; las parras se sujetan con cañas, procedentes del cañaveral que da origen al nombre de la ensenada, para evitar que las uvas toquen el suelo y se pudran. Más tarde, cuando los ensanches de la ciudad lleguen hasta este lugar, y quede aislado por la primera línea de edificios del muelle, al trozo de mar que se formará aquí –actual Cañadío y Pombo-, al penetrar el agua por un boquerón que habrá a la altura de Lope de Vega, se le conocerá como La Maruca.

Ya no se ve el arroyo conocido como río de la Pila, que descendía a la bahía desde la ladera sur de la colina de San Sebastián. Ahora sólo queda una fuente del mismo nombre que, desde la mar, ya no se divisa. Justo hasta ahí llegan las escolleras del primer ensanche de Santander. Estos trabajos fueron ejecutados por los hermanos Solinís, arquitectos provenientes de la Fundición de La Cavada. Luego veremos como a la bahía, de alguna manera, van llegando las aguas, los cañones y los técnicos del Real Sitio de La Cavada.

Ya se pueden ver casi acabadas en su totalidad las cinco primeras casas del muelle y el edificio de la Real Aduana que, casi un siglo después, albergaría a la reina Isabel II. Este ensanche va desde la antigua calle de la Mar, tras derribar la muralla del Cantón de la Mar, hasta el muelle Largo, en el río de la Pila. Se ven barcos, más grandes de los encontrados hasta ahora, fondeados casi encima de las casas nuevas, con las velas entrando prácticamente por sus ventanales, desde las que sus ocupantes, al asomarse o salir de los portales, dan directamente a la bahía.

Ya están entrando en el muelle de Naos, o de Anaos, al decir de los raqueros que pululan por la ribera a la búsqueda de algún incauto al que sacarle unas perrillas o a la búsqueda de las colillas que los armadores y señoritos dejan caer a medio consumir. Aquí desembarcan nuestros marineros tras la dura jornada de pesca; los mareantes del Cabildo de Abajo irán hacia sus casas de la zona del Arrabal de la Mar, tras dejar, a sus espaldas, la ría de Becedo. Tal vez después se acerquen a la capilla de la Purísima, que a duras penas se apoya en los restos de la antigua muralla, a la espera de que la piqueta inmisericorde cumpla con su deber destructor y acabe por sucumbir a su empuje. Cuando en 1.847 ocurra lo irremediable, al hacer la especulación su trabajo de derribo, estos humildes pescadores peregrinarán, en sus rezos, hasta la capilla de los Santos Mártires, lugar santo que ellos mismos han levantado en Miranda, camino del Sardinero.

Los otros, los mareantes del barrio de San Pedro, tras dejar el castillo de San Felipe a un lado, ascenderán por las escaleras de la catedral, dejando a sus espaldas el arroyo de Becedo y la calle del Puente, una curiosa calle que, a medida que se alejaba hacia Santa Clara, más estrecha se iba haciendo por la necesidad de poder ver, desde todas las casas, el reloj de la catedral. Al subir la escalinata llegaban al empedrado de la calle Ruamayor, en tiempos la calle más importante, donde exhibían sus blasones los linajes más nobles de la ciudad. Luego, unos pasos más para poder ver el mar, su mar, desde el Paredón, y ya estaban en la calle Alta, en su barrio. No en vano solían denominarse a sí mismos como callealteros.

Las horas de estos pescadores en sus casas, tanto unos como otros, estaban ya contadas. Pronto, la ciudad necesitará de sus terrenos, de sus atraques, y no tardarán en derribarse sus pobres y apiñadas casas y en ponerse a secano sus fondeaderos. En ello no habrá distinción, tanto los del Cabildo de Arriba, la aristocracia pesquera, como los del Cabildo de Abajo, tendrán que conformarse con su maldita suerte. Entonces se les hará peregrinar, primero hacia Peña Herbosa y Tetuán, fondeando en Puerto Chico y Molnedo y ya mucho después, allá por los años cuarenta del siglo XX, hasta su ubicación actual en el Barrio Pesquero. Un lugar fundado sobre arenales, marismas y juncales que impedían el crecimiento de la ciudad hacia el oeste. Este fue el último gran ensanche realizado hasta la fecha.

Hemos dejado a nuestros acompañantes en el muelle de las Naos, frente al castillo de San Felipe, desde donde, poco a poco, han ido desapareciendo mientras caminaban hacia sus barriadas. Los barcos atestan los muelles; algunos fondean fuera de la Dársena, en los pozos de la Osa, frente a San Martín, y de los Mártires; este último se ve, desde el Paredón, un poco más allá del fondeadero del Dueso. En la Dársena Grande el mar penetra, a través de la ría, bajo el perfil rocoso del cerro de Somorrostro, al pie de la actual catedral. La ría de Becedo pasa bajo el puente que comunica la Puebla Vieja con la Puebla Nueva, por lo que hoy es la calle de Calvo-Sotelo. Después del puente, en dirección al desaparecido convento de San Francisco, se situaban las antiguas Atarazanas, donde tantos barcos se construyeron y pasaron los inviernos. Hoy sólo queda un viejo embarcadero, en la esquina de la actual calle Lealtad, y una vieja poza que, cuando hay marea alta, hace llegar el agua hasta la plaza que se forma delante del convento de San Francisco-actual Ayuntamiento-. Hasta allí, así mismo, llegaba el arroyo de la Mies del Valle, después de bajar por la vaguada de la actual calle San Fernando.

Hasta que se produjo este reciente primer gran relleno del muelle, la vida del viejo Santander había girado, durante siglos, en torno a las dos riberas de la ría de Becedo. Con los ensanches llegaría un nuevo palpitar, una creciente actividad, un ir y venir del que surgiría este nuevo Santander, la ciudad moderna que emergía en torno a los nuevos negocios y a la nueva burguesía portuaria.

Al dejar a un lado el espigón de piedra de sillería del muelle de las Naos la bahía sigue penetrando hacia el oeste, mojando los pies de la antigua necrópolis, por la ladera sur del cerro de Somorrostro. A sus faldas amantísimas van quedando playazos, por todo lo que es hoy la calle Cádiz, hasta llegar al fondeadero del Dueso. Entonces, para bajar hasta él, no estaba la Rampa de Sotileza. Los pescadores del Cabildo de Arriba descendían por unas sencillas, amplias, musgosas y desgastadas escaleras de piedra que venían de lo más alto del Paredón. Con la construcción de la Rampa, muchos años después, se puso a prueba la ya de por sí poca paciencia de los carreteros. Esta subida, enemiga tanto de bueyes como de carretas, tal vez fuese la gran impulsora de la fama de grandes blasfemos que ha perseguido a estos hombres que, con una vara de avellano en ristre, tenían que pelear contra la tenacidad animal más enconada, contra el ya difícil hacerles subir y contra el más difícil no deis un paso atrás, ni por inercia.

Habrán de pasar todavía unos cuantos años para que el padre de Marcelino Menéndez Pelayo, cuando fue alcalde de Santander, construyera la Rampa de Sotileza, castigo de carreteros. Con ella, también se esfumaría el viejo muelle de pescadores que aparece en la novela de don José María Pereda, Sotileza.

A Don Marcelino siempre le hizo mucha gracia lo que se cantaba por la ciudad con esa obra paterna. Decía algo así:

La Rampa de Sotileza

la llaman el Paredón.

Eso sería desde arriba

pero desde abajo no.

Junto al Paredón, continuaban las aguas de la bahía su camino hacia el oeste, bajo las laderas de la Peña del Cuervo, sobre los raíles de las actuales estaciones de tren.

Desde aquí, tras la sucesión de diminutos cabos y pequeñas ensenadas, la bahía, en su línea costera primitiva, cuando aún se había librado de los rellenos, complicaba su perfil en su camino hacia el sur con varias rías secundarias, que se encontraban separadas entre ellas por indudables penínsulas. Pero entonces, hasta bien mediado el siglo XIX, la bahía tenía el doble de extensión que actualmente, lo que puede dar idea de la explosión para los sentidos que suponía divisarla desde lo alto de Peña Cabarga, durante un día despejado y picado por el sur, con el ambiente libre de humedad. De aquella primitiva línea costera apenas queda un quince por ciento en la actualidad. La capacidad transformadora del hombre, sobre todo la emprendida a partir de finales del siglo XVIII, ha sido inmensa. Baste como ejemplo que tanto las rías como las penínsulas que se abren hacia el suroeste, en los mapas actuales, se han diluido hasta casi desaparecer, fundamentalmente por el efecto de los rellenos.

Pero siguiendo nuestro recorrido hacia el oeste, por la margen norte de la bahía, llegamos a las huertas que poblaban Cajo, donde se encontraba la conocida Fuente de la Salud, de donde brotaban las ferruginosas y conocidas aguas rojas. Después llegábamos a la llamada isla del Oleo, que sobresalía por entre las marismas que prácticamente la circundaban. Hoy ubicamos la isla del Oleo en el lugar donde se asienta la fábrica de Nueva Montaña. El agua de la bahía penetraba, entremezclado con las marismas, hasta Las Presas, La Remonta y aledaños, llegando en su viaje hasta las mismas laderas de Peñacastillo, una peña aún íntegra, libre de las dentelladas de una cantera que la ha dejado mutilada. Entonces, aún se alzaba sobre unas aguas marinas que prácticamente remansaban a sus faldas. El grabado de Braun (1.575), el primero que existe de la pequeña villa, nos deja contemplar su redondeada y uniforme fisonomía, tras la recoleta silueta de la ciudad de Santander. Durante siglos, los viajeros, a su sombra cónica, bordeándola por el norte pasaban por el único camino existente. Era el camino de Burgos, el único que nos llevaba hasta Santander. Entraba primeramente por las Calzadas Altas y a través de la Rua Mayor se introducía por sus calles. Siglos después se accedía a la villa atravesando la mies del valle, que nos conducía hasta el convento de San Francisco, donde, a las puertas de la ciudad, se encontraba un humilladero con la figura de un Cristo mutilado en su interior.

Entre la isla del Oleo y Peñacastillo transitaba la Canal de Campogiro, bordeando la finca de La Remonta. Y por el otro lado, es decir entre la isla del Oleo y la Península de Maliaño extendía su tejido de agua ramificada el Canal de Raos, entrando por la mies de Camargo y pasando, con los años, por debajo de las vías del ferrocarril y bajo los caminos que sobrevolaban las lagunas. Hoy se levantan en su antiguo trayecto, sobre las enormes extensiones de marismas, el aeropuerto y varios centros comerciales. La antigua ría de Raos está desecada y sus espacios han sido ocupados por rellenos; lo que aún queda de ella está canalizado o bien ocupa una mínima extensión de las marismas de antaño.

A un lado van quedando pequeñas poblaciones, como Estaños y Herrera. Llegamos, de esta manera, a la Península de Maliaño. Entre ella y la península de Guarnizo transitaba la ría de Boo, cuya fuerza movía las pesadas piedras de varios molinos, como en tantos otros puntos del entorno de la bahía.

En la península de Guarnizo, lindando con las aguas de la ría de Solía, se situaban los legendarios astilleros donde, allá por el siglo XVI, se construyeron las primeras embarcaciones transoceánicas, los primeros galeones que sustituyeron a las empequeñecidas galeras. Allí se botó el San Juan de Nepomuceno, a cuyo mando estuvo el almirante Churruca durante la batalla de Trafalgar. En 1.871 se hizo a la mar el último barco fabricado aquí, la fragata Don Juan.

Es allí, en lo más profundo de la bahía, a la altura de San Salvador, donde vierten sus aguas a la misma dos rías que permanecen enfrentadas la una a la otra. Frente a la ría de Solía, confluyendo en el mismo lugar, aparece la ría de Tijero. Ambas dan lugar a la ría de Astillero a la que, posteriormente, une sus aguas la ría de Boo. La ría de Tijero penetra, a través de la llanura de Heras, al pie de Peña Cabarga, hasta el parque de Tijero donde, en el siglo XVII, se construyó un embarcadero, con los almacenes correspondientes, desde donde poder cargar los cañones de hierro colado, fabricados en la Fundición de La Cavada, para transportarlos hacia los astilleros de Guarnizo o hacia la bahía santanderina. Entonces estas rías eran anchas, profundas y navegables. En la actualidad ya no lo son, debido en parte a los restos que fueron quedando en sus lechos, como resultado del lavado de mineral que llegaba desde las cercanas minas de hierro de Cabárceno, y debido en parte también a la mano, casi siempre perniciosa, del hombre. De la existencia de hierro por estos contornos dan fe tanto el rojizo color de sus fangos y de sus aguas, como el testimonio escrito que nos dejaron los romanos, verdaderos expertos en explotaciones mineras, allá por los comienzos de nuestra era. No en balde Plinio definió a Cabarga como una montaña entera de hierro próxima a la costa.

Por la ría de Tijero comenzamos el recorrido a través de la franja sur de la bahía, no sin antes volver la vista, casi por inercia, hacia Peña Cabarga. Inmediatamente nos encontramos con la Punta de Pontejos, hoy unida por un puente a la Península de Guarnizo. Bajo él pasan las aguas de la ría de Astillero que, un poco más hacia arriba -en el actual pueblo de Astillero-, aún conserva la estructura metálica del Puente de los Ingleses, desde donde los cargueros salían repletos de mineral hacia Gales.

Por delante de Pontejos sobresale la antigua isla de Pedrosa o de la Astilla, hoy convertida en península y que, en tiempos, fue cedida al estado para que la dedicara al triste destino de Lazareto. Frente a la costa de Elechas, en la Punta o Promontorio del Acebo, se halla la isla de las Animas o de Garza, más conocida como isla de Marnay. Es una roca solitaria y desangelada, sin más.

 Siguiendo nuestro itinerario hacia la bocana de la bahía llegamos a Pedreña, desde donde se contempla, en todo su esplendor, a Santander reflejado en el espejo de las aguas que la mecen. Es precisamente entre Pedreña y Somo donde vierte sus aguas a la bahía la ría de Cubas.

 Desemboca el río Miera frente al arenal del Puntal, al noreste de la bahía. Los grandes aportes de residuos que hace este río contribuyen, en gran medida, al enorme fondo arenoso que pueblan las aguas de la ría de Santander y que hace necesario su continuo dragado. La bahía, durante la marea baja, es una sucesión multitudinaria de bancos de aluvión a la vista, emergiendo de entre las aguas como pequeñas islas arenosas sobre las que, desde tiempos inmemoriales, las mujeres de su entorno se han dedicado al marisqueo y a la captura de pequeños moluscos.

El río Miera, llamado ría de Cubas en su desembocadura, nace en el puerto de Lunada. Recibe, en su corto recorrido, aguas de numerosos afluentes mientras su ribera riega multitud de pueblos como Mirones, Liérganes y La Cavada. Es en este pueblo donde se ha aprovechado la fuerza de sus aguas para mover la maquinaria de las Reales Fábricas, dedicadas a la obtención de cañones de hierro colado. Así mismo, por su corriente se desplazaba la masa arbórea que suministraba energía a los altos hornos de la citada Fundición, la mejor del país, en su momento, y una de las mejores de Europa. Curiosamente, La Cavada se halla unida a la bahía de Santander por tres causas distintas. Por un lado el río Miera, encarnado a la fisonomía de dicho pueblo, aporta el caudal de su cauce, por otro, los cañones de hierro, fabricados en la Fundición del Real Sitio, llegaban a la bahía a través de la ría de Tijero. Y, por último, de este pueblo llegaron a la capital, para dirigir las obras del primer ensanche santanderino, los hermanos Solinís. Hicieron las escolleras y los rellenos que iban hasta la actual calle del Martillo. Uno de ellos, Francisco, es el que diseñó el arco de Carlos III, que se encuentra a la entrada de este pueblo y que fue, a su vez, la entrada principal de las antiguas Fundiciones.

Tras la desembocadura del río Miera y siguiendo el arenal que, por la franja costera, va de Somo a Loredo, llegamos hasta encontrarnos frente a la isla de Santa Marina, donde daremos por finalizado este pequeño recorrido. Esta isla fue hasta principios del siglo XV una península, unida a la costa por una pequeña lengua de tierra. En el año 1.408 el canónigo de la Colegiata de Santander y, a su vez, arcipreste de Latas, pueblo en el que se ubicaba la península, fundó un monasterio de Jerónimos en el citado lugar de su propiedad. Fue dedicado a Santa Marina. En 1.418 el mar dejó aislada a la península de cualquier tierra firme convirtiéndola, de esa manera, en una isla. Por ello, en 1.419, y al hacerse dificultoso el aprovisionamiento general, el abastecimiento de agua dulce y la asistencia de los vecinos del lugar al culto que allí se celebraba, se acordó que los monjes volviesen al monasterio de Corbán. Cabe reseñar que, mediado el siglo XIX, aún se veían calaveras incrustadas entre los restos de las paredes del templo. Esta isla de Santa Marina, junto con la de Mouro, constituyen las dos referencias para tomar la embocadura de acceso a la bahía santanderina.

Tras dejar Santa Marina, avanzando por la costa, llegamos al cabo de Langre, desde donde, por última vez, contemplamos la entrada a la ría de Santander. Con su siempre relajante visión fijada en nuestras retinas finalizamos este viaje, entre geográfico, literario, histórico y sentimental, a través de sus recovecos y arenales, a través de la salinidad espumosa y las tonalidades cambiantes de sus aguas.

Juan Francisco Quevedo

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LA BAHÍA DE SANTANDER: LAS ORILLAS SALINAS Y LOS VIENTOS QUE LAS MECEN Y LAS CONMUEVEN-Juan Francisco Quevedo

SANTANDER Y LA BAHÍA:

LAS ORILLAS SALINAS Y LOS VIENTOS QUE LAS MECEN Y LAS CONMUEVEN- Juan Francisco Quevedo

I

SANTANDER Y LA BAHÍA:

LAS ORILLAS SALINAS Y LOS VIENTOS QUE LAS MECEN Y LAS CONMUEVEN

Aquel que conozca la escarpada costa que el mar Cantábrico ha ido cincelando a lo largo de los siglos, bien sabe de sus relieves agrestes y cortantes, perfilados en las rocas a golpes de ola y espuma. Bien sabe que han sido esculpidos con la paciencia artesana y el buril certero de su batir violento e incansable. Su cantil, recreado en las caprichosas y casuales imperfecciones, está dibujado por una sucesión inagotable de abruptos acantilados, desde los que al asomarnos, para contemplar el magnético paisaje que se brinda a nuestra mirada, podemos intentar desvelar un imposible, el misterio que siempre acompaña a la mar y sus abisales profundidades.

En este hipnotizador panorama de aguas revueltas y espumarajos violentos, surge, de sus mismas entrañas, entre sus innumerables aristas, un antojo insospechado de la naturaleza, el refugio natural de la bahía de Santander. Emerge, tras sortear los embates marinos, como un remanso de paz en medio del caos oceánico.

Aquellos viajeros, avezados en cientos de batallas de geografía, aquellos navegantes, curtidos en multitud de travesías, incluso aquellos que jamás se fijan en nada, distraídos en sus ociosidades, se maravillan ante lo que descubren sus ojos incrédulos, ante el regalo que es, para los sentidos, la ría de Santander. Pero todo ello, apenas quedaría en nada -en diminutas volutas de humo- si lo comparásemos con la sensación que debieron de experimentar aquellos hombres y mujeres que pisaron estos parajes por vez primera.

Porque la belleza, sin la mirada del hombre, no es tal. Simplemente no existe, como tampoco su contrario, la fealdad. El paisaje estaba ahí, pero en esas horas primeras de la humanidad solo era un decorado más del planeta, un attrezzo que no había despertado ni trasladado la más mínima emoción a ningún ser pensante. Debió de ser grandiosa la impresión que sintieron aquellos primeros seres humanos cuando contemplaron lo que aún ninguno de su especie había podido percibir a través de la retina: la quietud marina y las verdosidades caleidoscópicas de las aguas de la bahía.

El impacto visual y emocional que experimentaron los ojos, las almas, de aquellos hombres que nos antecedieron, llega aún hasta nosotros, como sus legítimos herederos, impregnándonos de las mismas vivencias apasionadas, de la misma salobridad que se adhirió a sus pieles y a sus conciencias. De alguna manera, se constituyeron en los primeros santanderinos de la historia.

Es por ello, por el misterio y la belleza que acompañan a sus aguas, por lo que todavía el turista, accidental o no, el navegante, el callealtero, genuino representante del Santander más marinero, se sigue emocionando ante la simple visión de este monumento al azar y del azar, producto de la sigilosa y constante erosión marina, deudora de la sedimentación de sus rías y del sin fin de casualidades que han hecho de la bahía de Santander uno de los más hermosos prodigios de la naturaleza.

No se puede concebir Santander y su bahía sin la visión cercana de Peña Cabarga, a cuyas faldas el pico cónico de Solares, hoy mordido y desastrado por la cantera que lo devora, parece implorar clemencia.

Los santanderinos nos acostumbramos, desde niños, a mirar la otra orilla de la ría para escudriñar la silueta de esta peña altiva, coronada por el Monumento al Indiano; homenaje a esos próceres que se fueron de niños y que, desde la lejanía de las tierras a las que emigraron, siempre soñaron con regresar a su tierruca del alma para poder volver a escuchar el sonido de las campanas de la iglesia de su pueblo. Una vez de vuelta, se constituyeron en generosos mecenas que contribuyeron al desarrollo de nuestra tierra con la construcción de escuelas, hospitales, carreteras, empresas y todo tipo de obras filantrópicas.

Desde la otra orilla observamos a esa Peña Cabarga tan cercana como si fuese un infalible barómetro en el que intentamos descifrar el tiempo que está por venir. Y así, si contemplamos Cabarga encapotada, cubierta por una densa y oscura neblina, mientras nos incomoda una brisa húmeda, nos barruntamos un aguacero inminente. Sabemos, sin lugar a dudas, que no tardará en descargar en la ciudad. Solo con intuir esta visión, desde la lejanía del Alta, apresuramos el paso a la búsqueda de un refugio que nos proteja del chaparrón que se nos anuncia desde la Peña de Cabarga. A veces, hasta nos equivocamos, pero, desde luego, se contarán las ocasiones erradas como meras casualidades.

Cuando llueve en Santander, la capa grisácea del cielo encapotado se desploma sobre los tejados de la ciudad. Los vetustos edificios del muelle se desdibujan entre el pálpito que la lluvia esparce al estrellarse con el gran manto de agua que la bahía acuña. Con el chaparrón, los portales se atiborran de empapadas cabezas sin sombrero, de enmudecidos labios que resbalan hacia adentro, conteniendo el aliento en una letanía de fascinación, provocada por el embrujo que el rodar ruidoso de la lluvia por el asfalto causa en los desorbitados ojos de sus habitantes.

Cuando el temporal arrecia con fuerza, la calzada que discurre por la avenida de Calvo Sotelo, en apenas unos minutos recoge las aguas que en tiempos, no tan lejanos, recogiera el arroyo de Becedo. Es, en estos momentos, cuando recupera su condición natural -añorada a diario desde el bullicio del tráfico- de vieja ría de la antigua villa, de próximo desagüe para las torrenteras que llegan a ella desde las altitudes de la ciudad. Luego, poco a poco, tras la lluvia torrencial, se va recuperando la normalidad y, así, esquivando charcos y paraguas que se cierran, los estrábicos habitantes reinician sus vidas poniendo pulso y alma a una ciudad anegada.

También Cabarga nos avisa, cuando arde su cielo sobre el horizonte, de la presencia del viento sur, del Sur, ese viento que nos persigue encarnado a la bahía. Si de algo sabemos, si en algo somos duchos los habitantes de esta ciudad, es de vientos y, en concreto, de todo lo que concierne al ígneo viento del sur. No en vano, amén de ser el más característico, es el más temido y el que más disgustos nos ha traído. De su mano, la ciudad ha ardido.

La bahía se encuentra desprotegida e inerme, a merced de las acometidas de estos vientos, a merced de las conocidas suradas que la castigan con la fuerza y el calor de un magma candente. Penetran, diáfanos y sin encontrar la más mínima oposición orográfica, por las rojizas tierras -cargadas de óxido de hierro- de la ría de Astillero y de Peña Cabarga. Rojizos también, cuando no ligeramente anaranjados, se tornan los cielos ante su presencia. Con él, embebidas de grises y verdes, y por él, se rebelan y enrevesan las aguas de la bahía. Con él y por él se amarran a conciencia las embarcaciones en los bolardos de los muelles para después, cuando las embestidas más violentas arrecian, parecer marionetas agitadas y desmadejadas por una fuerza imparable.

Cuando sopla este incierto viento del sur, nunca se sabe ni dónde llegarán los destrozos de sus arremetidas ni cuánto durará su presencia. Cuando se cuela como un invitado indeseable, runflando un silbido penetrante, por las imperceptibles rendijas que dejan las ventanas, presentimos un ruido de cristales rotos, de tejas desprendidas y de macetas estrellándose contra el suelo.

Lo única certeza que conocemos es que, una vez se calme, nos alcanzará el agua. Es como una sentencia dictada con antelación a la espera de hacerse firme. Tras el sur- tardará unos días o unas horas- siempre nos acompañará la lluvia.

Lloverá sobre mojado, aunque de otra manera bien distinta. Lloverá sobre las humedades salinas que, con el agua de la bahía, el sur arroja a los muelles, a las calles, e incluso, a los tejados, lloverá sobre el reciente salitre que inunda las fachadas de una ciudad a la que el viento del sur cubre y engalana de agua, espuma y sal.

Nunca un lugar como Santander ha tenida tanta vocación marítima y marinera. El olor a salitre, inundando y penetrando la pituitaria para hacernos respirar hondo y llenarnos de mar, salpica y acompaña a la ciudad permanentemente. La salinidad se transparenta en la piel de sus habitantes, se manifiesta entre las avenidas, en las callejas y en los suelos de los muelles. No es casual, todo ello es debido, en gran parte, a este viento violento y sorpresivo que mete el aroma del mar en nuestras cocinas, haciendo de Santander un espacio machinero, en el que todo está impregnado del aroma embaucador de la bahía sobre la que se extiende. La ciudad se ensancha y asoma, por entre sus vendavales, sobre el espejo inalterable de una bahía que sabe reflejar en sus aguas el perfil más salinero.

Es el cálido y enrarecido viento del sur el que, tras perder sus humedades en zonas más meridionales, penetra sin oposición por la bahía, encabritando sus aguas y salpicando sus muelles. Invade la ciudad de un ambiente desecado, disperso, envolviéndola dentro de un halo electrificado y enfermizo. Lo mismo pasa desprendiendo cuatro marquesinas y rompiendo unos cristales que incendiando toda la Puebla Vieja.

Cuando sopla, es el mejor momento para hacer una excursión a lo más alto de Peña Cabarga y contemplar la ciudad y la bahía plena de belleza, sin una sola de las diminutas gotas que dificultan la vista cuando el tiempo vira y la humedad del aire se dispara. Una delicia para la vista y para los que disfruten de la fotografía.

Así es el viento solano. Así es el viento que tanto gusta a unos, en especial a los niños, y que tanto trastorna a otros. No en vano, cuando alguien se encuentra un tanto alterado, nosotros, los santanderinos, siempre decimos que está de sur. Por algo será.

Una vez hemos trazado una pincelada en la cola de este viento del sur que nos aborda y desborda desde la más absoluta indefensión a través de la bahía, vamos a intentar entender mejor como nos azotan otros vientos. Para ello, hemos de hablar irremediablemente de la típica, por extraña y peculiar, orografía sobre la que se sitúa la ciudad de Santander.

Son dos las alargadas altitudes que, con su disposición geográfica, determinan cómo se comportan los vientos al llegar a la ciudad. Una de ellas, la más elevada de las dos, es aquella cuya prolongada cima se extiende, desde el Alto Miranda, por todo lo largo de la Calle General Dávila. La otra es la que, partiendo de la catedral, se alarga por la calle Alta, coronando la Peña del Cuervo, hasta Cuatro Caminos.

Ambas discurren paralelas por el mismo eje, aquel que va del Noreste al Suroeste, es decir, por un extremo miran a la Península de la Magdalena y, por el otro, al monte de Peñacastillo, viejo vigía de entrada y salida a, y de, la ciudad. Por ambos lados de las mismas se suceden fuertes pendientes que, en sus partes bajas, dan lugar a vaguadas y mieses.

La parte interior de ambas altitudes origina pronunciados desniveles que van descendiendo, entre multitud de torrenteras, hasta lo que son hoy en día las dos Alamedas y que, en tiempos, fueran conocidas por el nombre de la Mies del Valle, por donde circulaba el arroyo del mismo nombre. Por otro lado, la ladera norte de General Dávila desciende hasta la vaguada de Las Llamas mientras que la ladera sur de la calle Alta, da directamente a los rellenos por donde hoy circulan los ferrocarriles que llegan a las estaciones y que, en tiempos, fueron las aguas y las marismas de la bahía santanderina. Veámoslas por partes.

Una de estas elevaciones tiene su origen en el lugar donde se fundó la ciudad de Santander, el antiguo cerro de Somorrostro, donde hoy se asienta la Catedral. Este montículo se prolongaba por el cerro de San Pedro, cuyas altitudes estaban recorridas por la antigua calle de Ruamayor, que iba desde el claustro de la Catedral hasta la Bajada de Sotileza. Hoy ya no existe en su primer tramo, ya que en este lugar, a raíz del incendio de 1.941, se hizo un desmonte para abrir las calles de Lealtad y de Isabel II al mar. La parte suprimida partiría de lo más alto de las empinadas escaleras de la catedral y proseguiría, desde las alturas cercenadas por las excavadoras, por la calle Emilio Pino hasta un poco más arriba de lo que hoy es el cine Los Ángeles.

Continúa después esta pequeña prominencia, esta elevación que partía de la Catedral, hasta la Bajada de Sotileza y, después, por la llamada Peña del Cuervo, sobre la que discurre lo que es hoy la calle Alta, prosigue hasta llegar a Cuatro Caminos, donde inicia su descenso.

Esta protuberancia natural daba, antiguamente, por la vertiente Sur, a la bahía, siguiendo la antigua línea costera, exactamente a lo que hoy se corresponde con la calle Cádiz y las estaciones de tren. Por la ladera Norte, esta cresta daba, tras fuertes pendientes, como las de la Cuesta del Hospital o la calle Garmendia, a lo que se denominaba Mies del Valle, por donde discurría el arroyo de su mismo nombre hasta llegar a desembocar en la ría de Becedo, que se prolongaba por la falda de la Catedral hasta dar a la bahía. Hoy en día se correspondería con las dos Alamedas, Amós de Escalante, la zona del ayuntamiento y la actual calle de Calvo Sotelo.

La otra elevación, la más alta de ambas, se sitúa más hacia el norte, en el mismo eje y corriendo paralela a la anterior. Esta colina, llamada de San Sebastián, tiene más altura que la ya descrita y va desde el actual Alto de Miranda hasta Pronillo, por todo el Paseo del Alta, antiguamente denominado Camino Real y, hoy en día, General Dávila. Este Camino Real, al unirse a la calle Alta por Camilo Alonso Vega y Cuatro Caminos, hace que la ciudad quede envuelta en un cinturón que, partiendo del Alto de Miranda, acabe en el cerro de Somorrostro, en la Catedral.

Desde la colina de San Sebastián se domina tanto, al norte, el mar abierto, como, al sur, la bahía, lo que hizo de ella, en otras épocas, una estupenda atalaya desde la que observar, sobre todo, el tráfico marítimo, tanto de entrada como de salida.

Por la falda norte de esta colina existen fuertes pendientes, como la Bajada de La Gándara, por donde corría en la antigüedad un arroyo de ese mismo nombre, así como otros arroyuelos y regatos. Todos ellos descendían por esta ladera norte hasta la vaguada de Las Llamas, por donde circulaba un arroyo, con ese mismo nombre, que iba a desembocar a la segunda playa del Sardinero, tras pasar los humedales y las zonas pantanosas de la vaguada.

Por la ladera sur hay fuertes desniveles que dieron origen a cuestas empinadas como las de La Atalaya y Despeñaperros. Por ellas transitaban diversos arroyos, como el que iba a dar, a través de la actual calle Tetuán, a Molnedo, hoy Puerto Chico, y como el denominado río de la Pila que, a través de la calle Martillo, desembocaba en la bahía. Otras laderas de la colina, por el sur, iban a dar directamente a la bahía, originando ensenadas, como en el caso de Cañadío, o cortantes rocosos, como en el caso de Peña Herbosa.

Al analizar esta somera descripción orográfica es fácil comprender como Santander, al verse constreñida, se vio obligada, para crecer urbanística y demográficamente, a construir en fuertes pendientes y a ir comiendo terrenos a la bahía a base de rellenos, con los famosos ensanches que tuvieron lugar desde el siglo XVIII.

Tras esta introducción es más sencillo ver como la ciudad se perfila volcada sobre la bahía, protegida por la altura, fundamentalmente, de la colina de San Sebastián, hoy General Dávila. Es por esa razón por la que Santander se encuentra completamente a salvo y resguardada de los vientos del norte y del noroeste. Al sur de la colina, la ciudad se abre colgándose sobre una bahía en la que se integra absolutamente. Desde ella contemplamos a diario, sin caer en la monotonía de lo invariable, el fantástico paisaje, en continuo movimiento, que, en forma de postal, se ensancha ante nuestros siempre sorprendidos ojos. A lo lejos se descubren las nevadas cumbres de la Cordillera Cantábrica, las impresionantes montañas que nos separan de las llanuras castellanas. Desde allí, se van sucediendo, en diferentes planos, una cascada de picos que van disminuyendo en altura y en cantidad de nieve acumulada, hasta llegar a las verdes praderas costeras, que se continúan en los playazos ribereños y en los arenales que la bahía descubre en bajamar. Por último, se abren las profundidades de La Canal, donde se revelan diversas tonalidades de intensos azules contrastando con los verdes tornasolados de las aguas de la bahía.

La sola presencia de estas cumbres, en su ordenado descenso hacia las praderías que lindan con la bahía, siempre merece para los santanderinos, cuando no hay tiempo para más, una mirada de reojo.

Dejamos este parapeto natural, que protege la vieja villa de punta a punta, y sobre el que colisionan los frescos vientos del norte y del noroeste, para hablar de las frías bondades que trae a la ciudad el viento del nordeste. Tras dejar sus humedades en otras latitudes, nos llega este viento, arropado entre el tiritar de las manos y el brillo del sol. Una brisa del nordeste helando nuestras caras, cuando paseamos por el muelle, es siempre garantía de un día despejado y claro. El nordeste es la mejor señal para disfrutar de un cielo límpido, en el ambiente de un día fresco.

Sin embargo, el viento del oeste, el gallego, es sinónimo de humedades y aguas mil. Con él, el higrómetro se dispara y los huesos se resienten, en tanto que las artrosis se vuelven más sensitivas y rebeldes. Los santanderinos, en cuanto sopla, nos quitamos el jersey de los hombros, nos ponemos la gabardina y abrimos el paraguas. Y si padecemos de las articulaciones, nos apresuramos a sacar del botiquín los antiinflamatorios.

Pero, en Santander, pese a estar protegido de sus furias, hay un viento que se asocia al luto, al llanto y a la desolación. No es otro que el temido, sobre todo por los marineros, viento del noroeste. Normalmente sólo es portador de lluvias pero, en ocasiones, cuando sorprende al confiado navegante, surge de la nada, siendo el causante de naufragios y hundimientos, de rumbos a la deriva, de viudedades y orfandades. El viento del noroeste, cuando resopla fuera del abrigo de la bahía y emerge como un fantasma de entre la calma chicha, balancea y patronea, a su antojo, las barcazas, aún enmudecidas por su sorpresiva presencia. A Santander le ha hecho llorar más que ningún otro fenómeno, incluido el fuego. Sólo la peste, allá por el medievo, ha dejado más luto y más desierta la ciudad.

La galerna, ese viento huracanado y traicionero que, procedente del noroeste, aparece tras un período de calma, incluso tras alguna leve y enrarecida racha del sur, ha golpeado con saña los barrios más marineros de Santander, aunque nunca como durante la galerna del Sábado de Gloria de 1876, en la que más de sesenta pescadores del Cabildo de la capital perdieron la vida en las proximidades del puerto, la gran mayoría murieron en el tramo de costa comprendido entre Suances y el acantilado de Cabo Mayor. Sólo pensar en la sucesión de féretros que, como puñales de desolación, atravesaron las silenciosas calles de Santander, hace que se estremezcan los corazones de los santanderinos de hoy en día.

Con la imagen de la desesperación, encarnada en aquellas desconsoladas mujeres, ya viudas sin saberlo, esperando en Cabo Mayor ver aparecer a sus maridos en unas barcazas que nunca llegaron, concluyo este relato dedicado a esos vientos que, junto a la bahía, nos acompañan desde la cuna.

Juan Francisco Quevedo

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EN EL ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN-Juan Francisco Quevedo

EN EL ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

Ya han pasado treinta un años desde que en la noche del ocho al nueve de noviembre de 1989 comenzase la caída de un muro que llevaba erguido veintiocho años desde que se iniciara su construcción.

Más de un canto dolorido se escribió, junto a los llantos de las familias separadas y de los muertos atrapados en las alambradas, durante los largos años que transcurrieron desde que la vieja capital de Alemania fuera partida en dos para ejemplarizar con su división la incomprensión -el telón de acero- que, tras la barbarie que acompañó a la Segunda Guerra Mundial, aterrorizó al mundo.

Esta mole de sangre y dolor llenaba de oprobio las conciencias de los desamparados hombres que, desde ambos lados-alegoría de los dos mundos existentes-, miraban con horror hacia donde les conducían aquellos llamados a protegerlos.

En el muro que levantaron se reflejaba la tensión de un mundo que pendía no ya de un hilo que sujetaba una espada, sino de un dedo siempre presto para pulsar el botón que podría desencadenar una guerra nuclear. Una hecatombe humana que podría exterminarnos como especie con un simple y nimio gesto.

Un poeta bien pudo escribir: Berlín, Berlín; /en otra hora capital de una Alemania libre. /Cuántas lágrimas derramadas sobre tus ruinas. /Cuánto llanto al recordar tu antiguo esplendor.

“Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.”

                                                  Rodrigo Caro (Canción a las ruinas de Itálica)

Un inmenso telón de acero, en forma de muro de hormigón-el muro de la vergüenza-, iba a separar durante décadas a los berlineses. Y, de alguna manera, iba a ser el símbolo de la división entre los dos mundos surgidos tras la segunda guerra mundial. Dos bloques, herméticos como fiambreras, se habían declarado, con la altisonancia del redoble de las hebillas militares, la guerra fría; una guerra que se sostenía en una insultante exhibición de fuerza-desde unos desfiles siniestros- y en la amenaza permanente de un conflicto atómico.

Todo ello pendía, como una maldición llena de cotidianidad, sobre nuestras simples cabezas de seres comunes; la crin de caballo que sostenía esta amenaza macabra podía quebrarse en cualquier momento.

Y la orden del exterminio vendría dada desde unas cabezas no muy nucleares, más bien trepanadas y nucleadas por la miseria de sus ocupantes. Aquellos que manejaban los maletines de la destrucción, en una paranoia delirante, tenían comunicación directa entre ellos, a través de un cinematográfico teléfono rojo.

¿Sería para ponerse de acuerdo a la hora de destruir el planeta?

Siempre me he preguntado:

 ¿De qué y para qué sirven el poder y las riquezas al necio si no pueden comprar la sabiduría?

Tal vez para aplastarla.

Un día sí y otro también desayunábamos con titulares de prensa en un tono catastrofista: “Escalada armamentística pone al mundo al borde de una guerra nuclear”.

Y nos acostumbramos a ello, a este tono mortuorio y alarmista, como quien se acostumbra a un sordo pero permanente dolor de muelas. Es más, con el tiempo, la fuerza de la monotonía temática nos hacía olvidarnos hasta del peligro existente.

Esta división, encarnada en el muro berlinés, no sólo se ciñó al entorno del mismo sino que traspasó sus límites y, por simple ósmosis, creció así mismo en el corazón de las gentes, generando pasiones y odios irracionales que se retroalimentaban con la socorrida excusa-fomentada por ambas partes- de un patriotismo exaltado y agresor.

Solamente Rudolf Hess, desde la cárcel de Spandau, donde penaba solitario, inmerso en su delirio, al igual que cuando, en plena guerra, saltó sobre Escocia en paracaídas, podía llegar a creer que la paz entre los pueblos aún era posible. Todavía espera-desde su neurosis embalsamada por el olvido- salir del cementerio y ser recibido por el premio Nobel de Literatura Winston Churchill, ese sir pegado a un buen puro, metido a primer ministro que, tras prometer a su pueblo sangre, sudor y lágrimas, y ganar una guerra-la Segunda Guerra Mundial-, perdió las elecciones legislativas.

Equivocadamente o no, el pueblo entendía que lo que había valido para la guerra no valía para la paz.

La Puerta de Brandeburgo fue testigo mudo y petrificado de la infamia que se edificó en un muro recubierto de cadáveres y alambradas, una pared que se cimentó sobre el sufrimiento y el llanto de una ciudad que se dividía en dos, que separaba a hermanos, a padres e hijos y cercenaba la libertad de sus vecinos.

Los muchachos, con sus caras de soldaditos lampiños, enfundados en sus uniformes militares corrían desesperadamente por poder llegar al otro lado. En su carrera hacia la libertad abandonaban el casco y el fusil. Y perdían la vida.

Todos corrían. Unos conseguían traspasar los obstáculos y otros quedaban enganchados, agonizantes, sobre los espinos de las alambradas.

No será hasta la noche del 9 al 10 de noviembre cuando se abra una brecha definitiva en el muro que separó a los alemanes y dividió al mundo en dos. Una vez herido en su corazón, con el martillo de la justicia, la fuga sanguínea de ciudadanos del Este hacia el Oeste fue un torrente, un masivo e imparable flujo en busca de lo que más ansiaban, la libertad y la reconciliación con sus vecinos de ayer.

De un ayer al que le habían caído encima veintiocho años.

Aquella noche de noviembre, en una gran fiesta de la gente común con sentido común, los ciudadanos berlineses acudieron en masa con todo aquello que tenían a mano en sus casas, un martillo, una piqueta o una maza, para contribuir a terminar con el símbolo de una ignominia, para derribar un velo negro de intransigencia.

Mientras caían cascotes, mientras se demolía este monumento a la miseria humana, mientras los hombres y mujeres de ambas partes se abrazaban y lo festejaban brindando con cerveza, un latir de cuerdas vibrantes sobrevolaba sus cabezas y sus conciencias. El violoncelo de Rostropóvich-una parte de la segunda suite de Bach para cello- acompasaba la música que surgía de aquel golpeo contra un hormigón que cedía al nuevo signo de los tiempos.

Hasta los muros más altos caen cuando se cimentan en la injusticia.

Juan Francisco Quevedo

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PEREDA, PACHÍN GONZÁLEZ Y LA TRAGEDIA DEL MACHICHACO-Juan Francisco Quevedo

PEREDA, PACHÍN GONZÁLEZ Y LA TRAGEDIA DEL MACHICHACO

¿Existió aquel joven muchacho que un día de Difuntos de 1893, acompañado de su madre, llegó de su pueblo a Santander para embarcarse rumbo a “las Américas” en busca de mejor fortuna?

¿Existió alguna vez Pachín González o fue una invención literaria de José María Pereda para narrar la tragedia del Machichaco?

La respuesta no puede ser más fácil. Aquel chaval no surgió de la mente del ilustre novelista sino que, tras conocerlo, el escritor se valió de su historia para contar la desgracia acaecida: una de las más grandes tragedias que han asolado nuestra ciudad, tanto en daños materiales como en pérdidas de vidas humanas.

Pachín González fue tan real como aquel viejo marinero que Amós de Escalante presentó a otro insigne santanderino de adopción, Benito Pérez Galdós, para que le ilustrara en uno de sus Episodios Nacionales, el correspondiente a Trafalgar. No en vano era el último superviviente del combate naval en el que la Armada española se vio superada por el genio del almirante Nelson; allí quedó hundido no sólo el honor, sino también el poderío naval español. En aquellas aguas, la mayor parte de la flota, la mejor y más importante del mundo, que con tanto mimo habían hecho Felipe V, Fernando VI y Carlos III, en la época de Patiño y Ensenada, había sido hundida o capturada, cuando no se había hecho añicos al embarrancar contra la costa.

Aquel anciano, que respondía al apellido de Galán, en otro tiempo, un día de octubre de 1805, había formado parte, como grumete, de la tripulación del formidable navío de línea Santísima Trinidad, que participó en la cruel batalla marítima de Trafalgar. Era un coloso de los mares, temible por su poderío, que constaba de cuatro puentes y que llevaba a bordo un inmenso poder artillero, el que le proporcionaban los 140 cañones, forjados con el mejor hierro colado, de los ingenios de fundición de La Cavada. Los recuerdos de este hombre formarían parte del relato galdosiano a través del personaje de Gabriel, un aprendiz de marinero de catorce años de edad en la novela.

Pero regresemos a aquel joven que nunca pudo “hacer las Américas” y que se convirtió en un santanderino más, en el patriarca de una familia de paisanos que aún perdura en sus descendientes, en un hombre que paseó sus andanzas y recuerdos por los viejos almacenes de vinos de la recién creada calle de Nicolás Salmerón. Pachín era asiduo a las tertulias de las desaparecidas Bodegas Viota, a cuyo frente estaban una saga de hermanos, Paulino, José Luis, José Ignacio y Paco, el único que sobrevive y que da testimonio vivo de este Pachín González perediano.

Regresemos al relato del ilustre novelista de Polanco; Pachín había llegado el día 2 de noviembre a la capital de la provincia donde, con los ojos primerizos de quien se fascina ante lo que ni tan siquiera había soñado, se había distraído “andando a la aventura por las calles, contemplando los escaparates iluminados de las tiendas…”. Probablemente aún pudiera ver en las confiterías los “huesos de santo”, dulces típicos de mazapán y almendra que en esas fechas de recuerdo a los muertos se degustaban por placer y por tradición.

La mañana del 3 de noviembre de 1893 Pachín y su madre habían salido de la pensión donde se alojaban con el fin de inspeccionar el barco en el que el joven se embarcaría al día siguiente. Era la primera vez que se acercaba a la capital y ya pudo contemplar el esplendor de los rellenos ganados al mar, con sus elegantes edificios de cara a los salientes nuevos muelles de Maliaño, en lo que actualmente es Calderón de la Barca. Allí se comenzaba a acomodar lo mejor de la sociedad santanderina. También era en los recientes y flamantes terrenos restados a la bahía donde se proyectaba construir los nuevos y hermosos edificios oficiales que habrían de dar empaque a la ciudad, construcciones que habrían de albergar casas tan relevantes como el Ayuntamiento o el nuevo mercado. Todo se iría al traste tras la desgracia que tuvo lugar.

En aquel tiempo, en aquel año de 1893, dentro del turnismo político en el ejecutivo, establecido por Cánovas, gobernaba el país Práxedes Mateo Sagasta. Entre tanto, Pereda, apaciblemente instalado en la residencia familiar de Polanco aún no soñaba con su Pachín González, sino que apenas había comenzado a escribir su extraordinario relato, tan apegado a las altas tierras de las montañas que se elevan en torno a Tudanca, Peñas Arriba, novela que interrumpió en septiembre de aquel infausto año ante el trágico suceso personal que hubo de padecer. Su hijo Juan Manuel se había quitado la vida. Cuando termine la novela que discurre entre las montañas por donde se abre paso el río Nansa, se la dedicará a su hijo muerto e, inmerso en una crisis existencial severa, se alejará del mundo literario. Sólo saldrá de él, para hacerse eco de esta tragedia que tanto impresionó a los santanderinos y en la que el escritor perdió buenos y grandes amigos.

Pachín era un muchacho alegre y observador, con la dosis de imprudencia que se asocia a la juventud, que mientras caminaba hacia los muelles, acompañado por su madre, sólo pensaba en mejorar su vida con la fortuna que le esperaría más allá de los mares.

De camino hacia el barco que habría de llevarle a descubrir nuevos mundos, pudo oír cómo se había declarado fuego a bordo de un vapor que se encontraba atracado en los nuevos muelles. No tardó en confirmar la noticia por sí mismo al ver la columna de humo que se elevaba hacia el cielo. Jalando de su madre, mucho más prudente que su hijo y que intentaba rezagarse, se acercó con curiosidad hacia el lugar del siniestro y se unió a la multitud expectante que seguía las labores de bomberos, hombres uniformados, marineros y todo tipo de trabajadores para sofocar el incendio. Se puede asegurar que en las inmediaciones de los muelles se pudieron reunir para seguir los trabajos de extinción varios miles de santanderinos.

No tardó Pachín en escuchar la palabra dinamita pero en seguida se oyó una voz tranquilizadora: “se ha sacado y en paz”. Poco después, empezó a oír golpes en el casco del barco. Estaban intentando abrir una vía de agua para hundirlo y terminar con el incendio de esa manera tan expeditiva.

Eran las cinco menos cuarto de la tarde cuando, entre el martilleo repetitivo y la sonora campana del tren de Solares, que a lo lejos intentaba anunciar su llegada, se produjeron dos gigantescos estallidos que lanzaron una mole de metralla de hierros candentes “sobre las apiñadas, desprevenidas e indefensas multitudes…”. A la violenta explosión, le siguió la llegada de una tromba inmensa de agua que, al regresar con furia al mar, arrastró a muchas de las personas que estaban reunidas en la explanada. Gran cantidad de ellas no pudieron ser rescatadas.

La hecatombe se había consumado y en un milagro inexplicable Pachín parecía estar entero. Tras el aturdimiento inicial, tras comprobar que que no le faltaba ni un dedo, comenzó el peregrinaje angustioso por la ciudad hasta que logró dar con su madre. Sus temores se disiparon al escuchar las primeras palabras de su progenitora, que inmediatamente templaron su ánimo.

Para Pachín pudo suponer un alivio personal pero para su corazón y para el de la que habría de ser su ciudad, para Santander, sólo supuso el luto. Un luto y un dolor que, dada las dimensiones de la tragedia, los datos no reflejan su verdadera magnitud. Es imposible. Son, como cualquier estadística, demasiado fríos. Carecen de cualquier sentimiento.

El número de muertos y mutilaciones, con los restos desparramados fue tal que hubo “un aviso de la Alcaldía en el que se suplicaba a los propietarios que hicieran reconocer los tejados de sus casas, y si encontraban en ellos restos humanos, los recogieran cuidadosamente para darles cristiana sepultura… ¿Qué más ya?”.

Permitidme un dato personal que ha pasado de generación en generación a través de esa memoria familiar interpuesta. Mi bisabuelo iba paseando con su hermano por una calle santanderina; la metralla despedida por la explosión segó la cabeza de cuajo, de este último, mientras que a mi ancestro directo no le pasó absolutamente nada, más allá de la estupefacción y del horror que hubo de vivir. Hay múltiples historias, como la de Asunción Muriedas, a la que dieron en llamar “La Voladora” tras ver partir por los aires una de sus piernas a consecuencia del estallido.

El caso es que lo sucedido hizo recapacitar a nuestro joven imberbe, que pronto se olvidó del barco que le iba a llevar a buscar fortuna y decidió probar suerte en su tierra, una tierra en la que, pasado el tiempo, formó una nueva familia de santanderinos que ha llegado hasta nuestros días.

Para finalizar, vayamos con los fríos pero impactantes y necesarios datos. Gélidos pero elocuentes en sí mismos.

Comencemos por el desencadenante de la tragedia, por la carga explosiva que llevaba en sus entrañas el vapor “Cabo Machichaco”, de la compañía Ibarra. No provenía de mares extraños, provenía de la calma chicha que reinaba en el interior de la bahía, del Lazareto de Pedrosa, donde había cumplido cuarentena tras arribar procedente de Bilbao, villa en la que estaba en plena expansión una epidemia de cólera. Pasado el período preventivo, el barco zarpó y atracó en el segundo muelle saliente de Maliaño, en plena ciudad.

En sus 79 metros de eslora, además de 51400 kilos de dinamita, distribuida en 1720 cajas, y un cargamento de 12450 kilos de ácido sulfúrico, el barco portaba otras armas, aparentemente más inocentes, pero que se convirtieron en destructivos proyectiles, como hierro en barras, rejas, clavos, latas, barriles, acero, etc.

Y todo pudo quedar en un susto, en un gran susto si el capitán del barco no hubiera asegurado a las autoridades que, tras descargar las veinte cajas de dinamita que traía a Santander, ya no quedaba más explosivo en las bodegas del vapor. Posteriormente, será un marinero del Machichaco quien descubra la verdad.

Nada remedió el desenlace. Tras la explosión, se vinieron abajo numerosos edificios de los alrededores y de inmediato se produjo un incendio que afectó a más de sesenta casas. Las calles Mendez Nuñez y Calderón de la Barca quedaron destruidas en su totalidad. Si bien los daños materiales son enormes, los daños humanos son inmensos y elocuentes. La Casa de Socorro y el Hospital de San Rafael -actual Parlamento de Cantabria- se vieron desbordados por la continua llegada de heridos y familiares en busca de sus seres queridos, temiéndose lo peor. El número de muertos ascendió a la impresionante cifra de quinientos setenta y cinco y el de heridos superó los dos mil. Es decir, cerca de dos mil seiscientos santanderinos sufrieron directamente en sus carnes las consecuencias de la explosión del vapor “Cabo Machichaco”. Una barbaridad en cualquier caso, pero mucho mayor si tenemos en cuenta que la ciudad en aquellos años contaba con apenas 50000 habitantes. Es decir, más de un cinco por ciento de sus ciudadanos se encontraban entre los muertos o heridos. A ellos, habría que añadir los que sufrieron sólo daños materiales, por ver sus casas y sus negocios incendiados, derrumbados o afectados de alguna manera.

La tragedia atravesó el corazón de la ciudad, una ciudad que aún, desde el respeto a la memoria de sus antepasados, sigue llorando a sus hijos ciento veintisiete años después.

Juan Francisco Quevedo

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XOÁN CHILLÓN-BÁLSAMO DE DESPEDIDA(2020)-Juan Francisco Quevedo

XOÁN CHILLÓN BÁLSAMO DE DESPEDIDA (2020)

Pocas veces nos logra sorprender tanto un libro de poesía que te llega de manera inesperada. Y más cuando el autor es un buen amigo. Escrito en su idioma materno, el poeta Xoán Chillón nos conduce con la maestría de un moldeador del lenguaje, a través de una exquisita sensibilidad, por los matices de un idioma tan literario y tan bello como el gallego, sobre el que se sustenta una excelsa tradición lírica.

XOÁN CHILLÓN

BÁLSAMO DE DESPEDIDA (2020)

Abro el libro del poeta Xoán Chillón, el que me envía nuestro querido y común amigo Paco Bujalance, con un temblor inexplicable. Leo la dedicatoria a la fue su compañera de vida, a Rosa, y leo los primeros versos de Lorca y Rosalía aún aturdido por la impresión del que, desde la lejanía, se siente tan cerca del autor, de su dolor, de la pátina de amor y ternura que sabe va a encontrar entre las páginas de este “Bálsamo de despedida”. En seguida recuerdo un verso de Joan Margarit que aparece en su libro “Cálculo de estructuras”: Necesito el dolor contra el olvido.

Ya han pasado36 años desde ese 1984 en el que un bisoño poeta quedara finalista de la V edición del premio Cidade de Ourense, de esa Auria, de esa patria refugio de su juventud y que acompaña al título del libro con un sentido homenaje: Auria, amor de primavera. Se abre el libro con un poema magnífico de recuerdo y añoranza hacia esa ciudad, hacia las amistades de entonces, “siempre eternas”. Y lo hace desde el amor que siente hacia su compañera de vida, pensando en ella, así como desde la creación literaria, esa vieja y constante acompañante: “Desexaba vivir o mundo máxico de ilusións agardadas/secularmente na historia personal e colectiva, /soñar una florida primavera permanente en rechouchío/de contento infantil neste xardín de esperanza…”.

Para un cántabro como yo, que ama tanto a Galicia, siempre es un placer leer en gallego; no me supone más dificultad añadida que la de tener que buscar alguna palabra escondida. A estas alturas ya han sido unas cuantas las lecturas en ese idioma tan bello; no en vano uno nunca olvida sus años en esa tierra tan maravillosa.

En el caso de Xoán no coincide su lengua cultural, el castellano, y su lengua materna, el gallego; eso no sé si le pudo originar cierta conflictividad a la hora de enfrentarse a esa realidad que le tocó sufrir en sus años de escuela, aunque es de imaginar que sí. En nuestro caso, el de los castellanoparlantes, al coincidir ambas, no se nos ha planteado nunca este conflicto. Tras esta reflexión, solo cabe añadir que hay que tener muy en cuenta que el idioma, como el lugar al que se pertenece, como la familia y la madre que se tiene, no se elige. Nos elige. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Por tanto, es lógico que se escriba, que Xoán Chillón lo haga, en aquellas lenguas que nos remiten a lo que más nos llega sentimental y profundamente. Sin embargo, este amor del poeta por el gallego no le impide manifestar su amor por el castellano, algo que demuestra en algunos de los poemas desde el que evoca sin reservas ni prejuicios la figura de Lorca junto a la de Rosalía de Castro o la de Borges o Cernuda junto a la de su admirado, nuestro querido, Pessoa.

Concluye la primera parte del libro con esa indagación poética a través de lo que se ha dado en llamar metapoesía: “Que é ser poeta, que ninguén pode calar, /mais que un axóuxere de silencios da natureza, /un intérprete obrigado das cousas que non teñen voz, /tímido e anónimo trobeiro dos soños segredos/da vida en ácido labor dunha treboada constante”.

“Bálsamo de despedida” contiene varios cuadros de nuestro querido Camilo Camaño Xestido, uno de los grandes artistas gallegos de nuestro tiempo y un gran amigo; una amistad que se remonta a mediados de los ochenta. La visita al excelente museo que nos ofrece en Coiro -Cangas-, en A Casa da Mangallona, es casi obligada para los amantes del arte. De la mano de una maternidad de Camilo penetramos en el reloj, en la clepsidra de la vida. El poeta nos lleva por ese camino incierto que no tiene otra salida que aquella que conocemos desde que nacemos: “Sucedíase así una calenda máis tallada en negro/sangue de tinta chinesa no calendario da vida/ era a inevitable necrolóxica do día/ do murmurio y dos aturuxos agromaba o froito do silencio/e do forte temporal en marusía, o mar máis sosegado”.

La poesía de Xoán Chillón se sustenta sobre un armazón literario firme desde el que brotan los versos con hermosura, precisión y comedimiento dando lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero a su vez concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, una emoción que, desde el lirismo que la sostiene, destila autenticidad, verdad y belleza: “O presente non o damos collido,/ sempre é onte, antonte, antergo,/ somos seres impotentes de non lograr/percibir a imposibilidade do instante mesmo”.

 Con estas premisas Xoán Chillón logra que su poesía no sólo tenga sentido sino que se dote e impregne de una gran carga moral ya que nos ayuda no sólo a escrutar e indagar en el mundo que nos rodea, sino que, en sí misma, es una invitación generosa y vital para que reflexionemos sobre nosotros mismos desde la difícil complejidad que se obtiene desde la sencillez de la claridad. En ese sentido recordamos la reflexión de Erza Pound: “Los buenos escritores son aquellos que conservan la eficiencia del lenguaje. Es decir, aquellos que lo mantienen preciso, que lo mantienen claro”.

De alguna manera, Xoán Chillón nos regala este libro contradiciendo muchas de las teorías existentes sobre eso de distanciarse en el tiempo de los acontecimientos; sin embargo una experiencia vital tan traumática y dolorosa como la pérdida de Rosa, ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas, unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Xoán lo hace de manera natural y, además, tenemos la sensación de que esa decisión ha sido acertada, acertada tanto para él como para la buena poesía. Muchas son las referencias poéticas a Rosa, de manera tanto directa como indirecta, a su “razón de vivir”, como el título del libro de Salinas, a esa primavera que no es más que una traslación de lo que el poeta siente, de su amor por Rosa: “Mírame a os ollos, Rosa,/ como ti só sabes facelo,/ e vaime rescatando, una a una,/ todas as imaxes perdidas desta primavera/que me despide”.

Y la tierra, la tierra siempre presente, ligada al tiempo, concebida como un pequeño espacio que nos remite al polvo y a la luz de la infancia, la de su Orense natal, la de Coiro y Cangas, la de su Galicia del alma. Siempre estará “bajo el cielo” de Galicia, como en la bella canción de Hubert Giraud lo estaba bajo el de París: “Galiza, murmurio de auga e pedra,/ anónima historia de brétema e silencios,/agarimoso alalá de esperanzas frustradas,/ estar aquí contigo,/ ser un inquilino máis de este sacrificado pobo/que paga un custoso alugueiro na propia casa,/ po xeneroso, resulta de cinzas conservadas/secularmente neste verde xardín ensombrecido,/ vivir baixo a mesma estrela…”

Con una cita de Cernuda, el poeta emerge desde el recuerdo de lo que fuera su adolescencia y, desde él, siempre supo, como un pálpito involuntario, que siempre llegaría lo que siempre esperaba: “Eras a lúa escintilante de branco amor no exilio, / estábamos todos agardándote. Eduardo,/ o neno e o catedral da túa querida Auria…”.

Parafraseando a Cernuda el poeta avanza en ese intento vano de la memoria por convertir el deseo en realidad y así poder regresar al tiempo de la felicidad:”Quixera estar contento agora/para gravar esta fermosa instantánea fotográfica,/ espertar suave en doce serán resplandecente/con animada troulade gaitas e pandeiros”.

El libro se cierra con un postrero poema, una aclaración humilde, en donde se encierra toda una declaración de “amor constante más allá de la muerte”, por Rosa, por su tierra y por la poesía. Y lo hace con una sencillez tan apabullante que tan solo está al alcance de los buenos poetas: “onde di primavera debería dicir Auria/onde digo amor debería dicir Rosa/onde di poesía debería dicir Pessoa/ o que era desexo debería ser realidade”.

Un poeta con verdad, Xoán Chillón, un libro necesario, “Bálsamo de despedida” y una poesía que siempre se salvará del olvido. Una delicia para esa “inmensa minoría” de lectores que nos vemos atrapados por esa poesía atemporal que surca el tiempo sin que se cuestione.

Juan Francisco Quevedo

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Un dibujo y unos versos-Juan Francisco Quevedo

Duermen los sueños

en los niños que fuimos:

Nunca se esfuman.

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JULIO GONZÁLEZ ALONSO RUIDO DE ÁNGELES-Juan Francisco Quevedo

JULIO GONZÁLEZ ALONSO

RUIDO DE ÁNGELES (EDICIONES VITRUVIO, 2020)

Nos llega el poeta Julio González Alonso con su “Ruido de ángeles” bajo el brazo. Sin duda, un regalo para los lectores de poesía. Tras el inmejorable sabor de boca que nos dejó “Lucernarios” esperábamos ansiosos esta nueva incursión del autor en el mundo editorial. Y no defrauda, bien al contrario nos ratifica en lo que pensábamos, estamos ante un poeta de un lirismo impecable, de un dominio del verso magnífico que hace del poema una aventura rítmica fascinante. Nos reconcilia ya no con una manera de entender la poesía sino con ella en sí misma.

Cuando los ángeles se congregan por millones, no lo hacen para llorar, se reúnen en torno al trono del dios de la poesía. Y, válgame el cielo, con su ruido vaya si se hacen notar.

“De los justos” es el título de la primera parte del libro; se abre con un poema alegórico contra la violencia de nuestros actos como especie, de esos tiempos que surgen “cuando entregasteis la paz a las espadas”. Es decir, de cualquier tiempo. Julio González Alonso mira al pasado con la intención de evidenciar la injusticia del presente, nos transporta a unos años intemperantes por los que se desangra la historia de los pueblos. Lo hace con los aromas que nos traen las guerras, donde el olor del incienso se transmuta por el de la pólvora. En ese terrible contexto, el hedor que provoca la muerte se entremezcla con las oraciones de los que matan, de los que se refugian en ellas para justificar la barbarie.

“Hoy sabes

que ha llegado para quedarse la tristeza,

el exilio, la angustia, el miedo en las entrañas;

los campos yermos dejan pasar el viento

de los sirios que huyen

sin mirar atrás.

Damasco se ha sumado

a las ciudades que arden”.

Con el nombre de una mujer, Ruqia Hassan, se abre un poema estremecedor que da cuenta de la crueldad criminal que se puede llegar a ejercer en nombre de cualquier dios. Un mundo que calla y permanece ciego avala en cierta manera la ignominia que nos invade y que se justifica en el silencio. Nada se esconde a la mirada dolorida del poeta; como en una letanía interminable maldice cualquier violencia que se ejerza en nombre de la costumbre, como la que se practica contra esas niñas a las que se mutila salvajemente a la vez que se las cercena el futuro.

En un poema desalentador nos remueve y sacude la conciencia al desenmascarar a los exégetas de todos los tiempos. Viajan a través de los siglos devastando con sus ideas y con sus manos lo que va quedando de un mundo que agoniza entre el ruido asombrado y entristecido de unos ángeles que “se miran confundidos”.

“Oigo ruido de ángeles;

las ciudades, mientras tanto, arden en guerra,

la misma guerra por los siglos de los siglos;

los mismos muertos

a manos de los mismos asesinos”

La segunda parte se titula “La vida me mira”. “Carta” es su primer poema; un diálogo inacabado, tanto como el mundo, que siempre existirá mientras haya un ser con conciencia en la tierra: los sueños incumplidos, los razonamientos sin una respuesta precisa o la vida que nos mira mientras nos llega “la hora de marchar”. Progresa el libro con un canto alegre, una invitación a la vida y a su disfrute.

“Que este dolor sea el último. Abre al día

los ojos

y los colores tendidos por los montes; el canto de los pájaros

te acompaña y te esperan las sonrisas

en ramos de ilusiones”

En esta parte quizás, más que a reconciliarnos con la vida, invita a los lectores a reconciliarse consigo mismos. Incita a que nos agarremos a la existencia con calma, con la quietud debida para poder degustarla en toda su extensión y con total plenitud.

“Hoy te quiero y te nombro, pongo al amor palabras

que habitan los jardines de la melancolía

como habitan la lluvia las gotas de los versos”.

Julio González Alonso mantiene a lo largo del libro un tono poético de un lirismo encendido, una poesía que se saborea con el regusto que deja en el fondo del paladar lo clásico. Estamos ante un poeta que no necesita suscribirse a ninguna otra tendencia que aquella en la que ya milita, la de la buena poesía. Desde ella derrama emociones y expresa, con palabras que adquieren sentidos impensados, sentimientos que nos desbordan.

“Detrás

vendrán los otros con el olvido

anudando en palabras de campanas

de solitarios toques,

lejanía

en la ira de los años abrumados de presagios,

pétalos de una rosa

enhiesta en su tallo contra el cierzo”.

La tercera parte del libro es “Compromisos”, una reflexión personal y llena de matices sobre uno de los temas que más ha interesado a los poetas, el paso del tiempo. Nos enseña “el color de sonrisas apagadas/en las fotografías, /las cartas escritas a mano”.

No obstante, no es solo una actitud contemplativa ante lo inevitable, es a su vez una rebelión contra lo que sucede, ante las continuas repeticiones de maldades. Mira a los ojos de una patria que se desangra y llora en ese pesar común: “Echa tierra a mis ojos, /que no alcancen mis hijos a ver tanta desgracia”.

La cuarta y última parte de este “Ruido de ángeles” lleva por título “Las otras inocencias”. Comienza con el poema “La casa vacía”, una composición memorable y conmovedora en la que el poeta hace un paralelismo bellísimo con el envejecer, con el paso del tiempo que nos conduce a la muerte, y con la tristeza y desolación que acompaña a una casa cuando se la va despojando de todo lo que la ha dado sentido, los libros, los cuadros… “Salieron los libros. En cajas como almacenes de letras fueron amontonados/y las estanterías ofrecen su vientre vacío al aire, /materia de la nada, oquedades estériles en la estancia silenciosa”.

Siguen cuajando poemas maravillosos donde los ángeles parecen abandonar a un hombre que se entrega al suicidio de su yo, alter ego de la especie, un hombre que presiente “una rebeldía en las persianas bajadas” y que vuelve los ojos a su tierra leonesa. En ella llora la muerte, entre las montañas de la mina.

“… No vendrá

nunca más; por el sendero estrecho del monte

se perdieron sus pisadas. El abrazo gigante

de oso verde y negro te robó su abrazo

en lo obscuro de los carbones de la mina”.

Continuamos la lectura de los poemas sin que estos pierdan un ápice de intensidad y frescura, con la autenticidad que nos traslada la verdad poética cuando va acompañada de belleza.

“Así y con una sonrisa firmó su finiquito;

la llamaron los suyos

y a ellos fue;

feliz como la niña que corre a los abrazos

y fue en paz

el último suspiro

del postrer aliento

el último anhelo”.

El libro se cierra con un poema esperanzador donde la voz poética le pide a ese ángel, que puede no ser más que otro yo que convive con nosotros, que le proporcione aquello que todos ansiamos, un poco de felicidad.

“Deja, ángel mío, que la noche pase;

del día dame el sol en la mañana,

dame para el amor cárcel de besos,

para mi libertada dame tus alas”.

En la lectura, nos aproximamos a un poeta que domina el verso y su cadencia, que dota a los poemas de una sonoridad expresiva de lo más atrayente para el lector. Estamos ante un poeta que controla a la perfección las armas del lenguaje poético, que conoce a los clásicos, que domina los metros y que posee, además, lo más difícil, ya que no se adquiere con el conocimiento, inspiración y sensibilidad. Leer a Julio González Alonso, al estudioso cervantino, al poeta excelso, es jugar con trampas, ya que jugamos con las cartas marcadas. Convierte a los lectores en tahúres del verso.

Nos llega este nuevo libro cuando el poeta se halla en un momento inmejorable de plenitud creativa. Desde sus versos, nos llama e increpa desde ese cielo donde reside la palabra precisa con un incesante “Ruido de ángeles”.

Juan Francisco Quevedo

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Una infancia feliz-Relato de Juan Francisco Quevedo

Desde Abismos del Suroeste nos llega este libro en el que he tenido el gusto de participar con el relato que abre sus páginas.

Nos complace poner a disposición de nuestros lectores y amigos, mediante descarga gratuita ,el libro de relatos: LA VERDADERA PATRIA, a partir de una idea original de Juan Francisco Quevedo sobre la visión del mundo en la infancia y primera adolescencia, incluso en las peores condiciones políticas y sociales..

https://drive.google.com/file/d/1dmaq07-pRJN2tSd2xtyp_Lc2yYOD2XU5/view

 




UNA INFANCIA FELIZ
Juan Francisco Quevedo

Yo tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi
padre.
Él nació cuando aún reinaba, como regente en España, María
Cristina de Habsburgo que, ese mismo año, cedió la corona a su hijo
Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis años. Mi padre vino al
mundo prácticamente con el siglo, un once de enero de 1902, en un
pequeño pueblo de España, llamado La Cavada, cuando aún las casas se
iluminaban con lámparas de aceite, se hacían las necesidades en la cuadra y
había que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como niño, era
siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.
En esos años, la radio y el cine aún era algo desconocido, un
entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban
sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban
hablando con sus vecinas. Sólo los domingos se arreglaban con su mejor
vestido, un ropaje que aún debía taparlas hasta los tobillos, salvo que
quisieran protagonizar un escándalo mayúsculo, para acudir a misa mayor y
hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.
Paquito, como cariñosamente llamaban a mi padre, después de que
sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios
kilómetros para asistir a clase en el Barrio de Arriba, donde unos curas con
babero blanco se encargaban de educarle. Más tarde, fue a las escuelas del
pueblo que estaban mucho más cerca; siempre destacó en dibujo, ganando
un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la época. Pintó un caballo.
Con el dinero se compró un par de zapatos, una pluma, unos libros, unas
cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Además, se fue con su
padre a la feria y todavía les dio con lo que sobró para comprar un burro
para la casa, que el que había estaba ya muy viejo.
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Creció aprendiendo a ordeñar a las vacas y a sallar y preparar la
tierra para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos.
Una vez al año se mataba el lechón que habían comprado un año antes a un
buhonero que llegaba puntualmente con un burro que llevaba dos
cuévanos a sus costados por los que asomaban y gruñían los pequeños
animales. Engordaba como si fuese un rey con las sobras del día y, en
otoño, con la caída de las castañas, comía sin fondo ni conocimiento hasta
que no podía más y se dejaba caer en cualquier lugar hasta poder digerir la
barbaridad que había engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba,
junto a una cabra, para que con la carne de ambos hubiese suficientes
chorizos y morcillas para todo el año. Al calor y el humo del carbón y la
leña se iban curando pendiendo de las cuerdas que se ponían en la cocina.
El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia
por mi abuelo, se iba poniendo en salazón para que se conservara sin
problemas. En el fondo del recipiente pétreo habían horadado un pequeño
agujero por el que se purgaba el líquido sobrante.
Así fueron pasando los años, sin grandes sobresaltos, y al cumplir
los catorce, mi abuelo Juan, un día que estaban segando en la mies le
ofreció tabaco de liar mientras comenzaba una conversación de lo más
seria. Con las primeras bocanadas le comunicó lo que supondría un gran
cambio en su vida.
Para eludir un servicio militar que ya se atisbaba y que no tuviera
que morir en una guerra que se hacía crónica en el norte de África, con el
biberón de la adolescencia como único equipaje, sus padres le embarcaron
hacia Veracruz, el puerto al que llegaron tantos españoles. Mis abuelos,
como tantos otros paisanos, se vieron forzados a tomar una decisión
crucial y dolorosa pero, al sopesar las consecuencias, decidieron que le
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preferían vivo, y lejos, que no muerto y en el cementerio árido y bello del
continente negro.
Eran años en los que sólo los más pudientes se libraban del servicio
de armas a la patria, bien pagando una elevada cantidad al estado o bien
haciéndolo a un sustituto. Así eran los vientos que soplaban en la España
de principios del siglo XX.
Aquella fue la primera vez que salió de su comarca y de su zona de
confort. Le llevó su padre a Santander en un tren que se aceleraba a base de
paladas de carbón que echaban los fogoneros a las tripas de hierro de la
máquina del ferrocarril. Llegó a la capital de la provincia, que estaba tan
solo a poco más de veinte kilómetros de su pueblo, cuando aún las mulas
llevaban a cuestas por la ladera del cerro de Somorrostro las piedras que se
usarían en la iniciática construcción de lo que en unos años sería el edificio
de Correos.
No tardó en embarcar con una pequeña maleta atada con una
cuerda en un mercante que hacia la travesía inter atlántica. Mientras se
asomaba por el puente del barco, nada más subir la pasarela, le despidió su
padre desde el muelle con las manos entrelazadas, lanzadas al cielo y
simulando, dejando un hueco entre ellas, un corazón. Tal y como él, con
ese mismo y emotivo gesto, me despidió a mí, desde el andén de la estación
de ferrocarril, cuando me fui por primera vez a la universidad de Santiago
de Compostela. Creo que los dos lloramos aquel mismo día, separado por
tantos años, ante una misma escena. Primero, le tocó como hijo. Después,
como padre.
Así que de cómo llegué a este mundo en tierras mexicanas tuvo la
culpa una guerra que había por el norte de África, allá por los alrededores
de Melilla. Curioso. Al frente del enemigo se encontraba un rifeño como
Abd-el-Krim, pero los indefensos muchachos que mandaban a combate
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tenían el enemigo mucho más cerca, en su propia casa. Por culpa de unos, o
de otros, acababan moribundos en cualquier Barranco del Lobo. Mientras
nuestros jóvenes, los más pobres y, a veces, los más ignorantes, morían por
una patria recién salida del desastre cubano y filipino, acá, en esta España
caciquil, sólo aquellos varones que acreditasen algún título de propiedad
podían depositar su voto en una urna electoral. Entre tanto, los más
humildes, sin recursos para librarse del tormento de la guerra y sin
derechos, ni siquiera el del voto, viajaban hacia tierra mora, pero no a
confundirse, como les hubiera sido fácil, con los nativos, sino a morir a
manos de ellos y a matarlos cuando se dejaban ver.
Mi padre llegó a Veracruz en el año 16 y se fue a trabajar a un
rancho donde sólo libraba un día al año; el primero de ellos lo aprovechó
para sacarse una foto y mandársela a sus padres, dedicada por detrás,…,
vuestro hijo que os quiere. A la foto, sentado en una silla, y apoyado en una
mesa junto a un libro, le adjuntó las primeras mil pesetas de las muchas que
llegó a enviar. Pronto prosperó y no tardó en montar un negocio propio en
la ciudad de Córdoba; después dedicaría toda su vida a su beneficio de café.
Entretanto, en España, se sucedieron los acontecimientos, aunque
el Desastre de Annual, donde murieron en el bello páramo africano diez
mil jóvenes españoles de su edad, fue lo que más le impresionó durante sus
primeros años en México. No tuvo posibilidades de volver a su patria hasta
que Miguel Primo de Rivera, el general que estuvo al frente de la dictadura
militar amparada por la corona no les eximió, tras pagar una cantidad nada
despreciable en la embajada de España en México, de la pena de deserción.
Años después, vendría la salida al exilio del rey y la proclamación de la
República.
Siempre sintió mi padre cierta inclinación hacia la figura de Alfonso,
su referencia española desde la distancia del océano; de hecho siempre
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conservó el sello de oro que mandó hacer a un joyero judío en el 32 con el
escudo de la monarquía esmaltado y que siempre llevaba encima, incluso
cuando regresó a España definitivamente en el 63, en plena dictadura del
general Franco. No le importaba ponérselo, siempre decía que nadie sabría
lo que era en un país que parecía haberse olvidado de sí mismo y de su
historia.
La primera vez que volvió a su patria desde que se marchara,
cuando aún era un niño imberbe, fue en el 36, veinte años después de su
salida. Para entonces, ya había recibido por carta la noticia de la muerte de
su madre, a la que hubo de llorar en el silencio de la lejanía. Al regresar,
pudo llevarla una sola flor, la de un magnolio, a su tumba.
Durante unos días aún pudo abrazar a los suyos y jugar a los bolos
en La Central mientras le ganaba unos blancos al cura del pueblo, que
jugaba arremangándose los faldamentos para que no le estorbaran durante
el juego. Poco le duró la diversión.
Tuvo la mala fortuna de retornar poco antes de que se iniciara una
guerra civil a la que le empujaron a luchar a la fuerza. Durante ella, se
constituyó en una especie de ayudante-secretario de un capitán republicano
que estuvo destinado por los alrededores de Bilbao. Consumía los días
pateando los montes de Durango y penaba las noches haciendo guardias
infames. Mientras que estaba en una de ellas, en plena noche y con las balas
y los estallidos de las bombas recordándole donde se encontraba, por si le
mataban y nadie reconocía su cadáver, tuvo la ingenua idea, lo que hace el
miedo, de escribir la inicial de su nombre con un clavo en la parte de atrás
de su reloj de pulsera, un Elgin que había comprado en Nueva York en el
treinta y dos junto a una de las primeras cámaras portátiles Kodak.
Así que, en cuanto pudo, se embarcó en un barco pesquero
portugués que había atracado en el puerto de Santoña y desde Lisboa
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regresó a Veracruz con la sensación de no entender nada de lo que pasaba
en un país que no reconocía como suyo. Había soportado en México varias
insurrecciones y revoluciones, la guerra de los Cristeros y no sé cuántas
bravatas más, pero lo que vio en España, siempre dijo que no lo había visto
nunca antes, la crueldad más despiadada y el odio más inhumano.
Mientras que el presidente Lázaro Cárdenas llenaba el país de
refugiados españoles, tras la victoria del general Franco en abril del 39,
seguía con su vida y acogiendo sin ningún miedo a esos republicanos que
iban llegando y que se integraban en el tejido de la sociedad mexicana sin
grandes resentimientos, aunque añorando siempre la patria que dejaban
atrás. Mi padre conocía muy bien ese sentimiento de añoranza. Les llevaba
veintitrés años de ventaja.
Muchos años después, más de cuarenta pasaron desde su marcha,
ya en España y conmigo de la mano, le gustaba ir al café Flor, al inicio de la
calle Calvo Sotelo, muy cerca de la cafetería Trueba, donde hablaba largo y
tendido con un limpiabotas represaliado que era comunista, lo que, por lo
que yo ya había oído por todas partes, era como ser de la piel del diablo.
-Son como todos, hijo-se reía mientras me miraba-. He tenido
grandes amigos como él en México y otros que eran insoportables. Nunca
juzgues a un hombre por lo que piense sino por cómo se comporte,
independientemente de su ideología. Lo que ocurre es que aquí no se puede
decir. Nadie es mejor ni peor persona por ser hombre o mujer, por tener
unas ideas u otras. Por mucho que muchos se sigan empeñando en
enfrentarnos a unos con otros.
Mi padre se casó, allá por el 56, con una linda muchacha de su
pueblo natal, de La Cavada que, a la postre, habría de ser mi madre. Por
suerte, aún hoy, a sus noventa y cinco años, pasea su dulzura por mi
conciencia.
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Ella pasó la guerra desde el tamiz de la mirada de sus mayores, de
sus padres, pues aún no contaba diez años de edad cuando comenzó.
Después, al terminar la contienda se fue interna a un colegio de monjas, al
que la Compañía de María, La Enseñanza, tenía al fondo de la calle
Cervantes en la capital cántabra.
Ya en México vivió de una manera muy diferente a como
acostumbraban a vivir las mujeres en España; no tardó en ponerse a
manejar al volante de un coche americano, a disfrutar de una televisión aún
por llegar a nuestro país, a trabajar en el beneficio de café y a alternar con
todo tipo de gente, incluso con esos republicanos y comunistas a los que
tenía demonizados. Quién se lo iba a decir a ella, una muchacha de una
familia conservadora de las de toda la vida. Lo único que la oí decir de la
guerra las poquísimas veces que habló de ello, fue que nunca desearía que
nuestro país tuviera que volver a pasar por algo así.
Yo vine al mundo en el 59, bajo la presidencia de Adolfo López
Mateos, en el Sanatorio Español del D.F., aunque era y me sentía un
cordobés de corazón pero, entre los españoles, era casi una costumbre ir a
parir a la capital. En el mismo hospital me bautizó y confirmó el obispo Pío
López. De una tacada.
Ese mismo año, a principios de verano me trajeron a conocer a mi
familia española. Y a que me conocieran. El avión aún pudo hacer escala en
el aeropuerto de La Habana, aunque el verde oliva ya dominaba sus
hangares y no nos dejaron salir del recinto. Sin embargo, a la vuelta ya no
pudimos aterrizar en Cuba.
Casi sin darme cuenta aparecí en las escalinatas de un avión,
supongo que de Iberia o de las Aerolíneas Mexicanas, y en la capital de un
país al que llaman España. Desde mi pequeña estatura, y desde los brazos
de cualquier voluntario que se prestara a sostenerme, percibí, en aquellos
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meses y a través de la memoria de mis mayores, la lúgubre desolación y la
tristeza del país de mis antepasados. Contrastaba con el espíritu alegre y
desinhibido de una gran parte de sus habitantes.
Desde mi descansada posición, en el serón de viaje, arribé a La
Cavada y allí sufrí un baño de curiosidad y un hartazgo de brazos ajenos
que me hizo sonreír y agarrar más mañas aún de las que ya tenía; no en
vano era el primero de los críos de mi generación que llegaba a la familia.
Aún tuve tiempo de conocer a mi tía Teresa y a mi tía Ciriaca, siempre tan
elegantes y bondadosas, y a la abuela Regina, con la que disfruté tanto de
sus besos como de su encanto. Hube de posar y retratarme, por activa y por
pasiva, con casi toda la comitiva que nos acompañó de parientes, vecinos y
conocidos, una comitiva cariñosa y familiar que, más pronto que tarde,
acabaría siendo una fuente inagotable de amistades y afectos.
Esta nación, tan diferente como para hablar de una sola España,
estaba aún encerrada, inmersa en su enquistamiento, y aunque había débiles
señales que parecía iban en sentido contrario, tanto en sus gentes, como en
sus pueblos y ciudades, todavía no se percibían. Al rato de llegar, apenas
dos meses, tristes por dejar atrás a la familia, nos regresamos a México a ver
un poco de televisión en color, de vida en color, tras nuestra sobredosis
española de blanco y negro, en esta sociedad lóbrega y enlutada en la que
aún había que pedir dispensa a la iglesia para trabajar los días de fiestas de
guardar.
De la España más oficial solamente me llevaba la radio anquilosada
de la época, la tristeza del negro de sus mujeres y el bigotito fino, de galán
antiguo, de unos hombres tan pasados de moda, como sus bigotes. De la
España más sentimental me llevaba el sentir y el latido de la tierra, el amor
de la familia y la esperanza de un reencuentro con ambos, tierra y familia,
no muy lejano.
17
Después, desde aquel milímetro escaso que podía representar mi
pueblo, La Cavada, en el mapa de España, mi abuela nos enviaba fotos en
blanco y negro de la tierra de mis mayores. Yo me rendía a la bondad de su
rostro, a través del cual viajaba a esa España amable y familiar, a la España
entrañable de los afectos, a la que te engancha a la luz y al polvo de un
pequeño lugar que sabes tuyo para siempre. Esa era la verdad auténtica, la
verdad que te proporcionan los sentimientos más nobles.
Entre tanto, en diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight
Eisenhower, daba carta de credibilidad internacional al general Franco y,
claro está, Franco le correspondía dándole por Madrid un baño de
banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas
vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que, después, se
enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy
festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio y
que me han hecho recordar las palabras de Juvenal:
“Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la
multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.”
No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España
olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras
la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el
subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía
en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada
comunidad internacional.
Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar
al pueblo llano. En aras de la economía y del mercadeo se podía obviar ese
pequeño detalle de la libertad.
Mientras los generales se paseaban por las calles de Madrid
encaramados a un descapotable blindado-desde el absurdo de acorazar un
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coche descubierto-, yo orinaba en pleno rostro al médico que vino a
observar mi incontrolado, y ya por siempre incontrolable, apéndice herido.
El bueno del doctor Rafael Sánchez Vargas, entrañable amigo de la familia,
se lo tomó, al menos así me llegó desde mi memoria lejana, como a quien le
cae, por orden divina, agua bendita. Según mi madre, colorada como un
pimiento durante el trance, sólo le faltó persignarse. A mí me dijeron que
aquel día, durante mi micción, me reí como nunca. Pequeño cabrón. Así se
debieron sentir aquellos generales, saludando al vociferante y mudable
personal, mientras algunos, pocos, enrojecían de ira y otros, aún menos, de
vergüenza.
-¡Qué güerito! Con sus ojitos azules. Déjemelo tomar un ratito.
De brazo en brazo anduve aquel año, de brazo en brazo e
intentando mordisquear aquellos medallones que colgaban de sus cuellos;
todos ellos iban grabados bien con el relieve de la Virgen de Guadalupe,
bien con el del Sagrado Corazón de Jesús. Y es que allá, tratándose de
Vírgenes, sólo hay una. Por acá parece que florezcan. Será el clima.
A aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras
y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, “son católicos hasta los
ateos”, a aquella España de la cruz y la pandereta, de empacho de misas y
rosarios, plagada de misales, reclinatorios y escapularios, regresamos en el
63 definitivamente. Llegamos justo cuando algunas cosas empezaban a
cambiar.
Fue en La Cavada cuando empecé a tener memoria de lo que
pasaba a mi alrededor sin tener que recurrir a la de los demás. Recuerdo los
días de escuela cuando, con apenas tres años, me dirigía a la señorita con la
inocencia de mi dulce acento mejicano:
-Buenos días señorita.
-Buenos días.
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-Se presenta Juan Francisco Quevedo Gutiérrez, para servirle a
Dios y a usted.
Aún era pronto para saber que la carrera de la vida ya había
comenzado mucho antes, así como para valorar y aprovechar esa listeza
natural que no hace más que avivarse desde la cuna.
La gente se derretía con mi acento, con mi retórica y con mi
pequeña estatura. Se empeñaban en que no les tratara de usted pero yo era
incapaz. Tardé meses antes de que me adaptara a las nuevas costumbres.
Aquel año escolar lo aproveché bien; no hay nada tan absorbente como la
mente, todavía despejada y completamente virginal, de la primera infancia.
Por la tarde, al acabar la clase, rezábamos siempre la misma oración, el
“Bendita sea tu pureza”, de rodillas y con los brazos en cruz. Después, los
sábados, íbamos todos, como en una procesión de enanitos de cuento, a
despedir a la señorita Laura a la estación de tren.
En esa España, hoy pareciera perdida en el tiempo, aprendí mis
primeras letras y mis primeras pillerías con la feliz inconsciencia de la
infancia.
Enfundados en nuestros impermeables, tipo pescador de ballenas,
íbamos -al igual que el capitán Ahab a bordo del Pequod- los tres hermanos
unidos y dispuestos a luchar contra los charcos que se interponían en
nuestro camino hacia la escuela. La señorita nos esperaba, con su política
de palo y tente tieso, o sea, el clásico “la letra con sangre entra” mientras
pastábamos entre un mar de signos aritméticos, cuando no ortográficos,
mientras cantábamos, aplicados, las tablas de multiplicar o los ríos de
España, eso sí, con sus afluentes, tanto por la derecha como por la
izquierda.
Y, sin embargo, aquella España, pese a parecer haberse detenido
anclada en sus angustias, comenzaba a evolucionar, incluso a su pesar. Los
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tecnócratas píos y devotos de la Obra-Opus Dei- y del desarrollismo
habían comenzado a impulsar la economía de un país administrado, hasta
entonces, por militares y falangistas. Estaban casi a punto de poner en
marcha los famosos Planes de Desarrollo, que colocarían a España en las
vías que la conducirían hacia el progreso económico.
Entre tanto, en esta España no se moría de exceso, por beberte la
vida de un solo golpe, se moría de aburrimiento, así como del empacho
provocado por el aluvión de penitencias y autos de fe. Era la España de la
emigración, la España de López Rodó y su Primer Plan de Desarrollo,
aquél que acabaría por llevar al país a abandonar las vías del mismo para
llegar, al fin, a un destino más halagüeño. En un país, inmerso en sus
novenas, ayunos y vigilias, donde las amas de casa pedían dispensa al
párroco para poder tejer en domingo, parecía imposible que poco a poco,
con el transcurrir de los años, este catolicismo exacerbado de la posguerra –
por el que España se erigió, como un faro de luz, en la reserva espiritual de
Occidente-, se difuminaría, por el simple devenir del siglo, entre melenas de
modernidad y minifaldas precoces, y acabaría suicidándose de una grave
indigestión, haciendo buenas las premonitorias palabras de Azorín:
“El catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos
patanes acabarán por matarlo en pocos años.”
Como viejos Laridones, salidos de las páginas de una fábula de La
Fontaine, los indignos y, a veces, uniformados guardianes del Régimen se
aplicaban, brazo en alto, si era necesario, a censurar cualquier obra que se
pusiera a su alcance. Desde su poder despótico, representado en unas
siniestras bandas negras, anudadas al traje en el antebrazo, que nunca supe
lo que eran, pero que todos los que eran alguien, en aquel festín del
Movimiento, lucían con orgullo patrio, aplicaban absurdas, caprichosas y
arbitrarias decisiones. Con la misma arbitrariedad se decidía poner un
21
pañuelo en una cabeza desmelenada que borrar la palabra “gustar” de un
texto religioso, por impropia, por supuesto.
Pero, en este país, fiel reflejo de la España de Quevedo y Torres
Villarroel, siempre aparece algún sopón con suficiente ingenio como para
colarse por entre los tachones de la censura y hacer pasar por humoradas,
más o menos ocurrentes, verdaderas sátiras hirientes. Las mordaces obras,
bien camufladas, a veces pasan inadvertidas para las adocenadas mentes
censoras, lo que hace que, de cuando en cuando, un soplo refrescante
inunde el ambiente aburrido de la época. Así se llega a estrenar la película
“El verdugo”, con guión de un maestro del cine como Rafael Azcona. Es
un auténtico esperpento surrealista, lleno de humor, magníficamente
interpretado por un galán de pueblo, con bigotito trasnochado y grasa de
arenque ahumado en la camiseta, como Nino Manfredi, y por un
desamparado en sí mismo, con papada en la cara y voz de trueno en el
alma, como Pepe Isbert. Nunca la pena de muerte, en un país donde aún se
ajusticiaba a garrote-vil –ennoblecido por tantas Marianas Pinedas-, fue tan
ridícula y quedó tan ridiculizada. Toda la cinta era una metáfora disparatada,
una chispeante greguería o una eufónica, florida y sutil jitanjáfora, salidas de
las plumas, coronadas por la brillantez de lo absurdo, de Ramón Gómez de
la Serna o del siempre maestro Alfonso Reyes.
Pero aquella España de a pie no era ni tan brillante ni tan literaria.
Por no ser no era ni gacetillera, era una España pragmática, como los
tecnócratas que habían tomado el mando. Pareciera que se hubieran sumido
en el tiempo y hubiesen hecho suyo el lema del primer gobierno mixto del
general Miguel Primo de Rivera: “Menos política y más administración”.
Todos caminaban, y el general Franco el primero, tras la senda
inconstitucional marcada por el “Fuero de los españoles”. Esta filosofía de
la eficacia, alejada de la política, había penetrado tanto en sus entrañas que
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se cuenta cómo, en una audiencia con uno de sus ministros, haciendo uso
de toda su retranca gallega, “el comandantín” le contestó, tras interesarse
éste por la situación política del país, de la siguiente manera: “Usted haga
como yo. No se meta en política.”
No había política que valiera, pero aún nos quedaba el cine, al
menos cuando llegaba, tras superar el arduo y espeso camino de la censura.
Pero, además de la bomba que los americanos dejaron caer en
Palomares, nos cayó otra más benévola, aunque ésta hirió sobremanera a la
mojigatería patria. Este año desembarcaron las primeras minifaldas y por
debajo de ellas se intuían, cuando no aparecían, las braguitas de aquellas
extranjeras que llegaban a nuestras localidades con la nueva moda.
Chocaba, y mucho, tanto muslo tomando el aire y más en una ciudad como
Santander donde, hasta hacía muy poco, había sido obligatorio el traje y la
corbata para caminar por el Paseo Pereda. Pronto, las chicas españolas, a
escondidas, comenzarían a llevar estas prendas joviales y divertidas, aunque
aún habrían de pasar unos años para verlo. España era un país donde, aún,
las mujeres sólo podían entrar en las iglesias con un velo tupido y negro
sobre sus cabezas y una venda sobre sus conciencias porque, como decía
Picabia, “la moral es la espina dorsal de los imbéciles.”
Todos los veranos íbamos con mis padres a Burgos a pasar el día y,
cómo no, a visitar la catedral. Aquella mañana de finales de los sesenta
amaneció con un sol de los que mortifican, de los que hacían buenos los
versos de Machado, de Manuel, en el memorable poema Castilla:
“El ciego sol, la sed y la fatiga...
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga”.
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Con semejante día, mi madre, sin intuir lo que estaba a punto de
acontecer, nos puso a los tres hermanos de pantalón corto. Entramos en la
catedral por la puerta principal y nada más traspasarla se acercó a nosotros
un tipo con aspecto de mandar algo y cubierto con el sayón de la castidad
penitente. El caso es que nos echó del recinto sagrado porque mi hermana
Regina, a sus seis o siete años, iba con pantalón corto. Lo más curioso es
que los tres hermanos íbamos igual, tal vez incluso nuestro pantalón fuere
más corto, pero lo cierto es que los tres íbamos con toda nuestra niñez a
cuestas, reflejada tanto en nuestro cuerpo como en nuestra cara. Aquel año,
entre la indignación e incredulidad de mis ofendidos padres, me quedé sin
ver al Papamoscas.
De aquella España donde la curia, desde el púlpito, expulsaba
públicamente, durante la misa dominical, a cualquier descarriada sin velo,
con los brazos descubiertos o con la falda un poco corta, ya nada queda.
Era la primitiva imagen de aquella España, reserva espiritual de Europa y
bastión contra el comunismo internacional, cuando no contra las huestes
masónicas. Y, aunque apenas fuera ayer, parece haber sido la imagen de un
país durante el pleistoceno, por no decir el oligoceno.
Todavía en ese ambiente de latinajos de sacristía y dispensas
confesionales, a base de limosnas, para dejar de ayunar en cuaresma, me
acerqué al cine Cervantes, con mi tío Marcelino, para ver “La caída del
Imperio romano”. Sé que me fascinó, tanto la película como aquel exceso de
cartón-piedra; desde aquel pase, me hice adicto al cine de romanos. Luego
supe que estaba dirigida por Anthony Mann, aquel director americano que
fue a casar con una doncella de gran belleza, de nombre Sara. Montiel, por
supuesto.
Los sueños de grandeza de un país recién salido de la miseria se
convirtieron en realidad, un tanto fantástica, con la aparición en un pueblo
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del páramo burgalés, La Lora, de petróleo. Esta improductiva alucinación
no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para meterla, con inmenso
orgullo patrio, en todos los libros de texto y tener que estudiar el nombre
del perdido lugar durante unos cuantos años. De aquella fantasía
prospectiva sólo quedan unos caballitos de madera y el recuerdo de una
quimera del oro negro.
Pero si hay un recuerdo de mi infancia que no olvido es la visita del
Generalísimo Francisco Franco en julio del sesenta y ocho a Santander.
Para mí era un día como otro cualquiera. Había salido con mi padre a dar
un paseo por el Muelle, su lugar favorito y desde el que, tal vez, esperara
contemplar, como otras veces, la llegada del Covadonga o del Guadalupe,
vetustos barcos de la legendaria Cía. Trasatlántica, a su regreso de Veracruz.
Cada vez que atracaba se las ingeniaba para subir al barco e ir hasta el bar,
donde se tomaba una cerveza mejicana y se fumaba unos Delicados,
mientras conversaba con los camareros. El caso es que aquel día, para
retornar a casa buscamos la avenida principal, el Paseo Pereda. Mi sorpresa
fue mayúscula al ver cómo la gente se agolpaba en las aceras formando
varias filas mientras, brazo en alto, gritaban: “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!....” en
un éxtasis de grupo bastante curioso.
Allí estaba todo Santander. Allí se juntaban, poseídos por el
momento, futuros, en sus palabras, demócratas de toda la vida y hasta
alguno que llegaría a ocupar un alto cargo con el tiempo y que,
casualmente, luego acabaría siendo mi profesor de Formación del Espíritu
Nacional (F.E.N.), asignatura en la que se nos ilustraba sobre las Leyes del
Movimiento y el Fuero de los Españoles y es que a falta de una
Constitución que enseñarnos tiraban de lo que había. Ahí estaba, como el
primero, y es que siempre fue muy aplicado este insigne falangista durante
los sesenta y respetado demócrata de toda la vida desde el setenta y seis
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hasta el día de su muerte. Al fin, no hizo más que lo que tantos, arrimarse al
poder, lo ejerciera quien lo ejerciera. Para él, eso era lo de menos, ya que
creo deducir por su comportamiento que nunca padeció de ese mal tan
extraño que tanto ataca a la gente de bien, ese mal que provoca continuos y
torturantes problemas de conciencia. Es más, yo creo que bien hubiera
podido pertenecer a ese grupo de personas que ni tan siquiera saben lo que
es, ya que carecen de ella. Y, puestos a analizarlo fríamente, concluimos
fácilmente que la misma no constituye más que un constante obstáculo en
nuestras vidas.
Pero volvamos a introducirnos entre aquella multitud vociferante,
entre la masa, esos “idiotas” que decían los griegos, o los “muchos”, como los
describía Platón con desprecio. Ante el espectáculo que se abría ante mis
inexpertos ojos yo jalaba de mi padre, con fuerza, hacia mí, para intentar
pararme entre el gentío y poder presenciar con atención la representación.
Él, sin embargo, tiraba de mí apresurando el paso.
-¡Quiero verlo, quiero verlo!
Aún recuerdo sus palabras, aún recuerdo en ellas toda la filosofía de
un escéptico descreído que, desde luego, no tenía ninguna fe en la histeria
colectiva de las masas, ni en nada de aquello en lo que el ser humano
pudiera perder su perspectiva de ser único e individual, capaz de pensar y
reflexionar por sí mismo. Y era evidente que aquella turba no respondía
más que a instintos poco meditados.
-Todos éstos -me decía, obviándolos y recordando a los líderes
revolucionarios que había sufrido desde la primera década del siglo en
México-, a los que hoy ves encantados expresando su fervor, su adhesión
inquebrantable, como repiten a diario con tanto ahínco, mañana mismo, si
fuera preciso, lo expresarían en sentido contrario. Hoy lo veneran, mañana
pedirán su cabeza. Y la pedirán los mismos que hoy están aquí. Estoy
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cansado de verlo. Y ha sido siempre igual a lo largo de la historia. Nunca
hagas caso del griterío y nunca des un látigo a quien antes fue esclavo de
una causa sin sentido.
En este caso no fue exactamente así. Franco murió en la cama de
un hospital sin que pidieran su cabeza. De hecho pasaron, haciendo
insufribles y largas colas, ante su cadáver-la masa además es necrófila-,
cerca de medio millón de personas, en un país con apenas treinta. Pronto,
también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido
contrario, por supuesto, en masa.
Cuando Franco murió tenía dieciséis años, una mente abierta, una
inquietud inmensa por aprender y todo el futuro por delante. Durante mi
infancia fui inmensamente feliz porque siempre me vi rodeado de gente a la
que amaba y de una tierra a la que sentía como parte de mí. Y no hablo de
la grandilocuencia de la patria, hablo de ese pequeño pedazo del universo al
que te sientes unido, hablo de la luz y el polvo con el que creciste pegado a
las zapatillas, hablo del padre, de la madre, de los hermanos, de la familia y
los amigos que me acompañaron en ese viaje que me llevo a ser el hombre
que finalmente soy.
Juan Francisco Quevedo

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ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ELVIS PRESLEY-Juan Francisco Quevedo

Hoy me recuerdan que hace ya tres años que publiqué en el diario Alerta este artículo en el aniversario de la muerte de Elvis. El rey sigue muy vivo.

CUARENTA AÑOS SIN EL REY DEL ROCK

CUARENTA AÑOS SIN ELVIS PRESLEY

Cuarenta años ya y parece que fue ayer cuando recostado en el sofá escuché la noticia: “Ha muerto el rey del rock, ha muerto Elvis”. Así como suena, sin apellido, el Presley le sobraba. Y hasta el Elvis le sobraba al rey. Era un 16 de agosto de 1977 y la mala nueva no sorprendió demasiado a todos los que le habíamos visto últimamente. En el momento de la muerte tenía tan sólo cuarenta y dos años y parecía sobrevivir en un cuerpo que no era el suyo. Al menos, no en el  cuerpo que recordábamos, el que le había convertido en un ídolo de masas, el primero asociado al rock. Eso sí, conservaba su voz espléndida; ¿cómo olvidar el concierto que dio en Hawaii en el 73? Apenas se intuía el esperpento al que se iba encaminando; aunque con unos kilos de más y un vestuario estrafalario, seguía conservando su voz, su encanto y su enorme poder de seducción.

Mi idilio con su música se remonta a mi infancia, a mis años en México; la radio iba inoculando en mi sangre el virus incurable del Rhytm and blues, un ritmo sincopado y afroamericano que entraba a través de la revista americana Bilboard y de las emisoras que llegaban del Norte poderoso. A través de sus golpes rítmicos fui llegando a todo lo demás, desde el soul hasta el rock, pasando por el jazz. Por la magia de las ondas, la salita de mi casa se podía convertir en el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York; me estremecía con el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta, con el ritmo y el estilo de Charlie Mingus –Pithecanthropus erectus– y Dizzy Gillespie –Manteca-. Todo ello acompasado por el saxofón, siempre de cuerpo presente, del cadáver incorrupto de Charlie Parker. En seguida tomé la decisión de alejarme del Cool jazz de los blancos, mostrándome de alma profundamente negra. Pero, por otro lado, la música, al fin y al cabo, más fría o más ardiente, siempre es música: “Donde hay música no puede haber cosa mala (…) la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.” (Miguel de Cervantes, por boca de Sancho Panza -Don Quijote de la Mancha-).

Exactamente entonces fue cuando descubrí a un tipo blanco, y muy guapo, con alma y voz de negro, descubrí a Elvis, el primer blanco con alma negra.

En aquel lejano 1.959, año de mi nacimiento, empecé a fabular esta historia. Para entonces, Elvis ya había justificado su presencia, y la censura de sus caderas, en un show como el de Ed Sullivan, acostumbrado al swing y al clarinete de Benny Goodman, tanto como a la aterciopelada y profunda voz de Frank Sinatra, un crooner venido a más -tan a más que linda con lo sublime-. Aún faltaban unos años para deleitarnos, tanto con la interpretación apasionada de su mítica “Strangers in the night” como con el pop elegante de “Something stupid”; esta última junto a su hija Nancy. Sonaba por entonces su envolventemente maravillosa “Come fly with me”. Mientras su voz prodigiosa dulcificaba las emisoras de radio, Elvis, ya toda una estrella, vestía de uniforme militar en Alemania. Millones de jóvenes muchachas –las primeras “teenagers” histéricas de la historia- suspiraban, y aullaban, por él en todo el mundo, pero Elvis tan sólo tenía ojos para una adolescente, aún con los restos de la niñez en su rostro, de nombre Priscilla. Con ella, y con la aquiescencia de una severa sociedad americana, acabaría casándose. Todo se consentía a este lindo e inmaculado blanco, reconvertido, a través del ejército, en chico bueno. Por las mismas razones, tal vez algo más perversas, incluso pudiera ser que hasta más violentas, un negrazo como Chuck Berry  habría de probar la dureza de las cárceles gringas. “Cabizbajos y vacilantes en torno al patio/desfilábamos en el cortejo de los locos./No nos importaba: sabíamos que éramos/la brigada del mismísimo diablo,/y cráneos rapados y pies de plomo/componían una alegre mascarada.”(Oscar Wilde -La balada de la cárcel de Reading-).

Berry y Elvis, Elvis y Berry. Sus carreras fueron casi paralelas y aunque Elvis siempre salió ganando en la batalla por la supremacía del rock and roll, Berry, con su mítica forma de tocar la guitarra en cuclillas y de lado, mientras daba saltos laterales-su famoso “duck walk”-, es el músico de rock and roll que más ha influido en la música posterior. Baste recordar las estupendas interpretaciones que han hecho de sus canciones bandas de la categoría de The Beatles o los Stones. Temas como “Rock´n roll music” o “Johnny B. Goode”, con una magistral versión de Elvis, están en la historia de la música. A pesar de ello, Berry nunca pudo sacudirse este resquemor de sentirse ultrajado en su paternidad rockera por el guapo de voz más profundamente negra que haya habido jamás, el gran Elvis Presley. Un rey del rock que, sin embargo y paradójicamente, pasará al Olimpo melómano, además y  fundamentalmente, por sus baladas. A Berry siempre le quedará, cuando menos, la elegancia de los grandes bailarines de claqué de Harlem. El espigado y renegado rockero de Missouri bien hubiera podido haber sido, por planta, un bailarín del Cotton Club, aquel local del neoyorquino barrio de Harlem, en el que el gran director Francis Ford Coppola se inspiró para su película “The Cotton Club”. Cuando la vi empecé a pensar en Richard Gere como actor, incluso como actor aceptable, pero enseguida volví a la realidad y le deseé fervientemente que continuara con su vocación frustrada como bailarín.

Ahora bien, si Berry perdió la carrera por la corona del rock, al menos sobrevivió al rey casi cuarenta años.

Fue por entonces cuando, casi sin lágrimas, esbocé un sollozo por un tejano blanco, envuelto en unas gafas de concha negra, de apenas 21 años y capaz de rivalizar con Elvis en el corazón de América, llamado Buddy Holly –Peggy Sue-. Una avioneta, estrellada contra un maizal en Iowa, tuvo la culpa. Don Mclean, en su hermosa canción “American Pie”, homenajea y recuerda el momento como “el día en que murió la música”. Sólo la aparición de la Motown, en Detroit -la ciudad del motor-, y, cómo no, de los salvajes MC5-“Kick out the jams”-, me ayudó a recuperar la sonrisa. Al fin, los negros tenían una industria detrás apoyándoles- cuando no robándoles- e impidiendo que sus canciones, versionadas por los blancos, llegasen más lejos -como ocurría siempre- en las listas de éxitos. Al fin, los negros tenían un sello discográfico desde donde hacernos llegar música, y música muy buena:“Las canciones de los negros tienen algo que va directamente al corazón” (Henry James).                                                                            

Sólo había que esperar…, y ni tanto, para poder escuchar en vinilo a The Supremes, el grupo de una radiante y jovencísima Diana Ross –You can´t hurry love-, a The Tempations –My girl-, a Marvin Gaye –What´s going on– y a un tierno niño, ciego de mirada limpia, que respondía por Stevie Wonder –For once in my life-. Entre tanto, poco faltaba para que otro ciego, y negro, con manos finas y dedos largos, de nombre Ray Charles, incluyera algo, aparentemente tan antagónico a su causa, como el country en su repertorio. Con la balada “Born to lose”, desde luego, fue capaz de iluminar lo que sus ojos no le dejaban ver; los sensibles corazones de un mundo musical que se rendía a su inmenso talento. Nunca estuve en los conciertos del teatro Apollo de Harlem, ni en los numerosos clubs de jazz de la calle 52, pero su impronta imaginada acompañaba mis primeros pasos y mi primera conciencia límbica.

  En los sesenta y setenta la música iba a tener un papel de rebeldía fundamental y así, mientras el gran Elvis se adocenaba en paupérrimas películas comerciales, antes de convertirse en una caricatura gorda, sudorosa y hortera, un negro de sangre india, como Hendrix, ya afilaba sus cuerdas para demostrar al mundo como electrizar a una dama –“Electric Ladyland”- . Eran tiempos donde un gran cambio social emergía: “Están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, locos por moverse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes…” ( Jack Kerouac -En el camino-).

Con todo, Elvis siempre estaba ahí; había pasado su tiempo pero no su música. Elvis dejaba resbalar cadenciosamente las palabras en aquella maravillosa canción que ya canturreara, tan distinta, Al Jolson, “El cantor de jazz”, aquel cantante blanco que, betuneado de negro, interpretase la primera película sonora importante de la historia. Aquella maravillosa canción, “Are you lonesome tonight”, me viene ahora a recordar la placidez pastosa del trópico, la felicidad de la infancia, de una infancia tan privilegiada como la de los niños de aquellos años que empezaban a engordar a base de papilla prefabricada.

“¿Está sola y triste esta noche?

… Cariño, mentiste cuando me dijiste que me amabas

y yo no tenía razones para dudar de ti.

Pero prefiero seguir escuchando tus mentiras

que continuar viviendo sin ti.”

                                      Elvis Presley (Are you lone some tonight)

Han pasado cuarenta años desde que muriera Elvis Presley y nadie pone en duda que sigue siendo el rey del rock.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

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ANA MERINO EL MAPA DE LOS AFECTOS (EDITORIAL PLANETA, 2020) – Juan Francisco Quevedo

ANA MERINO

EL MAPA DE LOS AFECTOS (EDITORIAL PLANETA, 2020)

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ANA MERINO

EL MAPA DE LOS AFECTOS (EDITORIAL PLANETA, 2020)

Ana Merino es una escritora radicada desde hace más de dos décadas en Estados Unidos donde ejerce su labor profesional como Catedrática en escritura creativa en español y estudios culturales, en la Universidad de Iowa. Su primera novela, El mapa de los afectos, ha sido galardonada con el último Premio Nadal.

En la lectura de esta nueva obra, desde las primeras páginas, en seguida se percibe la mano de una escritora con un sólido bagaje literario, no en vano lleva estrenadas hasta la fecha varias obras de teatro y publicados ocho libros de poemas, entre los que se encuentra Preparativos para un viaje, premiado con el Premio Adonais de Poesía en 1994. Es autora de varios ensayos habiendo, así mismo, colaborado como columnista de opinión en el diario El País.

La novela arranca y se desarrolla en un pequeño pueblo del Medio Oeste americano, siendo este marco rural el escenario en el que se desenvolverán los personajes que irán apareciendo en múltiples pequeñas historias que, en muchos casos, se acabarán entrecruzando mientras vamos descifrando los avatares y las circunstancias que les atañen.

La novela comienza con la historia de Samuel, un joven introvertido que descubre el mundo desde la soledad y la impunidad que le proporciona un árbol, que se constituye en una alegoría de su propia memoria, un lugar desde el que escrutará lo que le rodea y desde el que cuidadosamente anotará lo que va descubriendo. Desde su atalaya conocerá la secreta historia de amor de la joven maestra Valeria con Tom, un hombre mucho mayor que ella y con la que soñará introduciéndola en su universo, aquel donde se siente más feliz y que no es otro que el de los héroes del cómic. Sin duda, un guiño de la autora a una cultura a la que ha dedicado diversos estudios especializados, sin olvidar que es miembro del Comité Ejecutivo del Internacional Cómic Art Forum (ICAF), dedicado a promover el estudio académico del cómic. En la mente juvenil de Samuel aún prefiere a las chicas perfectamente delineadas en una tira que a las de carne y hueso, por lo que no tardará en ver a Valeria como una heroína recién salida de una viñeta.

Con esta historia iniciática de Samuel comienza una novela en la que Ana Merino, valiéndose de un narrador externo que nos lleva de la mano en tercera persona por los entresijos de una novela apasionante, nos arrastra hacia la descripción sublime de un torrente de sentimientos que van surgiendo desde el corazón de los personajes.

No tardará en adentrarnos en el mundo y la desilusión de Valeria, la joven maestra que, tras un breve matrimonio fallido, se alejará en un autobús a la espera de lo que el destino le depare en un viaje que, como el de Samuel desde su árbol, también es de conocimiento y de búsqueda de sí misma.

Pocos escritores son capaces de hacer llegar al lector con tanta verdad y con tanta autenticidad los movimientos internos que provocan los sentimientos en el ser humano, tanto los más evidentes como aquellos más escondidos. Con una prosa clara y clarividente, con los adjetivos precisos, Ana Merino nos conduce y nos introduce en ese mapa de los afectos por los que transita con soltura y sapiencia, haciéndonos partícipes de los mismos sin violentarnos. Sin concesiones fáciles, ni al sentimentalismo vacuo, ni a los fingimientos, penetra en el alma y en la sicología de los personajes hasta lo más profundo, presentándolos al lector en toda su amplitud y complejidad. Son seres a los que acabamos conociendo, de los que podemos llegar a intuir lo que piensan y lo que sienten, ya que con gran habilidad consigue que tengan esa proximidad con el lector.

Las historias en ese pequeño pueblo se suceden con rapidez; de repente tiene lugar un asesinato incomprensible, el de una mujer apacible, madre tranquila que lleva una monótona vida mientras su marido está en una de esas guerras tan lejanas. Con el crimen, un aldabonazo bronco trunca la paz de una comarca donde aparentemente nunca pasa nada a pesar de que nunca dejan de pasar cosas. Un culpable al que, sabiéndose inocente, todas las pruebas acusan. Se verá condenado a pasar el resto de su vida en prisión por los celos de su esposa, una dentista que le creía atado a una amante inexistente.

Cada capítulo es una nueva exploración, una indagación en esa sociedad rural en la que la autora maneja el tempo de la novela con precisión, tejiendo una tela de araña con pequeñas historias que acabarán confluyendo. Valiéndose de un variado crisol de personajes va desmenuzando sus vidas y sus sentimientos. Aparecen y desaparecen por sus páginas conectando entre ellos hasta conseguir atraparnos y despertar nuestra curiosidad. Van sucediéndose desde camareros hasta agentes de seguros, pasando por bailarinas, como Emily, a quien la vida cercenó un futuro prometedor por lo que ha de sufrir sobre su piel las babas alcohólicas de los clientes de un club de mala reputación.

Nada se escapa a la mirada de Ana Merino, tanto las inquietudes de nuestro tiempo como el machismo, la emigración, la prostitución, la demencia senil o el feminismo como las preocupaciones que siempre han acompañado al hombre, el paso del tiempo, la ambición, la guerra o la falsa religiosidad. La autora hace un recorrido exhaustivo y lúcido por lo que constituye la esencia de la condición humana, conoce sus pasiones y rastrea sus miserias. Nos habla, mientras lo desmenuza desde sus pequeñas historias, de la violencia, la injusticia, la explotación, la muerte, la maldad, el amor… Llega al fondo de ellas y las muestra a través de una masa coral tejida con coherencia, la de los personajes que la constituyen, que no son más que un muestrario fidedigno de las pasiones humanas.

Con todo, Ana Merino construye un atlas espléndido de afectos y desafectos con los que nos guía por las incógnitas de una novela que va mucho más allá de las historias que nos traslada. Articula un puzle creíble y emocionante de sentimientos encontrados.

Aproximadamente quince años es el período  temporal en el que se desarrolla la novela, desde el año 2002 hasta el 2017, lo que nos permite cerrar en muchas de las historias que nos presenta cierto círculo vital, dándonos una visión más bondadosa del ser humano. Samuel reaparecerá, ya con unos treinta años, poniendo nombres de Los 4 fantásticos a sus gatos, siendo el epítome perfecto de lo que el destino deparará a muchos de los personajes de la novela.

Nos despedimos de las páginas de El mapa de los afectos con una placentera sensación, la que destila la buena literatura. Ana Merino ha trazado con destreza y sabiduría una pintura realista de la sociedad occidental, trasladando lo que la acucia, la guerra, la estupidez, la demencia o la desolación vital a un pequeño escenario del Medio Oeste americano. Esa traslación de sentimientos es universal y más cuando se expresa desde la pureza que da la creación literaria, donde Ana Merino consigue expresar los sentimientos revistiéndolos de un halo poético, consiguiendo conectar con la realidad sin alarmismo pero con toda su crudeza. Denuncia sin ambages todos los excesos del individuo y de la sociedad-prejuicios, racismo, explotación sexual, maltrato animal, fanatismo, crueldad…-, confinándolos y recreándolos en la vida de los pequeños pueblos, allá donde todos se conocen y donde todo se acaba sabiendo. Lo lleva a efecto sin caer ni en el pesimismo ni en la exaltación. Cada personaje sirve para descubrir e indagar en alguna virtud o en algún defecto tanto de la sociedad como del individuo.

El mapa de los afectos de Ana Merino es una mirada precisa y un reflejo luminoso de nuestro tiempo.

Juan Francisco Quevedo

Ana Merino y portada

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EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS-Juan Francisco Quevedo

EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS

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EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS

Hace noventa años, un lejano seis de agosto de 1928 nacía en Pittsburgh el que estaba llamado a romper los tradicionales circuitos del arte contemporáneo. Y no lo conseguiría hasta aquel remoto año de 1962. En esa fecha, un albino vicioso y de gustos efébicos, según cuentan los maliciosos, popularizó en una lata de sopa el sueño del arte de Marcel Duchamp: “Trivializar lo cotidiano”. Y, en el fondo, lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo. El camino para este pintor de la modernidad, Andy Warhol, probablemente se iniciara durante su paso, como trabajador veraniego, por unos grandes almacenes. Tal vez ahí, entre maniquíes y carteles anunciadores, surgiese su pasión por plasmar el mundo del consumo y la publicidad.
En el mismo año de 1.962, y por caminos distintos y casuales, Roy Linchestein, tras dejar a un lado el expresionismo intelectual de Pollock, de Kooning y de tantos otros, que había imperado durante las dos últimas décadas, comienza sus pinturas de tiras de cómics y su famoso retrato de George Washington; de esta manera ambos convergen en la popularización de la pintura uniéndose al movimiento del Pop-art, que ya despuntaba con fuerza desde mediados de los cincuenta, a través de artistas como Jasper Johns, con su celebrada obra “Tres banderas” y Richard Hamilton, el cual, en un collage fotográfico, del año 1.956, hizo aparecer, por vez primera, la palabra “pop”. Tal vez fuera el origen de todo y la causa primigenia para que todo se mirara de una manera divertida y aparentemente casual. Linchestein fue, tal vez, el que cargó de ironía sus telas, acercándose con humor a la manera de vivir americana –“american way of life”-. Tanto la sociedad, como sus personajes, eran retratados con pinceladas de sarcasmo bien administradas, como si de una sordera interesada se tratara.

Junto a la banalización que nos trae el consumismo y la televisión, aparece este innovador y transgresor estilo de arte, innovador y transgresor tanto en la manera de entender el entorno como en la de aproximarse a esta nueva sociedad de la comunicación y los medios audiovisuales. El pop-art parece nacer como un nuevo medio de consumo para una nueva cultura, básicamente urbanita. En cualquier caso, no fue más que el antecedente del espíritu de los tiempos de comercialización mediática que se avecinaban, y que no harían más que acrecentarse con el paso de los años. El sueño de cualquier ciudadano anónimo, ya lo dijo Warhol, no era otro que “ser famoso durante 15 minutos”. Tal vez, si Rimbaud siguiera entre nosotros se reafirmaría en aquella nota que dejó sobre el manuscrito de “Una temporada en el infierno”: “Ahora puedo decir que el arte es una tontería.”
Warhol hizo del arte, no cabe duda, un gran negocio, llegando a tal extremo, que los proyectos sólo le parecían verdaderamente interesantes si le aportaban dinero, mucho dinero. Pero el pop-art va mucho más allá de Andy Warhol.
El hombre se refugia-como pensaba Schopenhauer-ante las embestidas rutinarias del día a día, ante el vacío que nos provoca su “run-run”, en el arte y en la ciencia. Es la manera que tenemos de escapar de nuestras apreciaciones, necesariamente objetivas y, a veces, angustiantes, ante la vida diaria. En definitiva, es nuestra manera de desconectar de todo aquello que nos es inevitable. El arte y las ciencias, tanto las humanidades como las técnicas, se convierten en una liberación para el ser humano. En este sentido, el pop-art-por acercarnos a lo cotidiano-, es una manera cínica de aproximarnos a esa realidad nueva en la que, en esta década, se empieza a ver inmerso el hombre del siglo XX. En el fondo, se puede ver este arte como una reacción, como un acto de rebeldía frente al consumismo que tiñe nuestras vidas; claro está, desde una visión irónica y liberadora. Y, por supuesto, no exenta de un componente imprescindible y paradójico, justamente aquello que pretende criticar-desde la sonrisa cómplice-, es decir, el mercado. En resumidas cuentas: se hace arte para consumir. Y, además, se hace criticando irónicamente el consumo, es decir, criticando aquello para lo que se crea. El colmo de la contradicción.
“Estoy harto de esta vida de habitaciones amuebladas. /Estoy harto de tener gripe y dolores de cabeza. /Conoces mi extraña vida: Cada día trae
su cuota de ira…” Delmore Schwartz (Baudelaire).
El pop-art tiene la cualidad de estimular fácilmente los sentidos y, por ello, ser capaz de acercarse a aquellas personas que jamás se han interesado por el arte y sacarlas de su inopia. Se aproxima a la gente común a través de objetos y personajes que le son conocidos y cotidianos. Por ello, consigue penetrar en todas las capas sociales. Convierten el arte y lo artístico en un lugar común, en un espacio para compartir, alejándolo del teórico elitismo en el que se encontraba. Con su fuerza expansiva, acaba arrinconando al expresionismo abstracto de Pollock y Barnett Newman a las frías, y casi vacías, salas de los museos. Con él, es innegable, se instala cierta vulgaridad en el panorama artístico y, tal vez por esa causa, aunque no lo creo, Nueva York se convierte, desplazando definitivamente a París, en la capital artística del mundo.
En cualquier caso, fue Warhol quien se llevó el gato al agua y se convirtió en el tótem “underground” de la modernidad. Desde su famosa factoría salieron iconos que todavía hoy funcionan en el ámbito popular, baste recordar sus retratos de celebridades del cine, como Elizabeth Taylor o Marilyn Monroe, tan sumamente imitados. Probablemente desde su tumba se remueva al contemplar el negocio que ha generado y que ya no puede controlar, ni disfrutar. Pero su aportación no se quedó exclusivamente ahí, sino que exploró además en otros ámbitos, inclusive en el difícil mundo del rock. Desde su factoría salieron los primeros Velvet que, como Andy, nacieron con vocación de marginalidad alternativa y después, como todos, acabaron absorbidos por la industria. Lou Reed, John Cale y aquella modelo de la que todos nos enamoramos, y que además cantaba tan bien, Nico, pasearon su desencanto por todos los circuitos alternativos de Nueva York y de Estados Unidos. Nico, esa valquiria hierática en el escenario, destrozó corazones allá por donde fue y, desde su fresca hermosura, todos soñaron, soñamos, con ennoviarla o cuando menos con acompañarla y, así, sentirnos redimidos por sus atenciones, quizá por su ternura, como se redimió Fausto a través del amor de Margarita:“al cielo nos conduce el eterno femenino.” Goethe(Fausto-Acto V).
Todos ellos pronto se desembarazaron del dios blanquecino y, a su vez, Lou Reed pronto se desembarazó de Cale-no confundir, como bien dice mi buen amigo Peto, del restaurante Casa Jandro Restaurante en Celis, con el autor de Cocaine, J.J. Cale, esa canción que todos creen es de Eric Clapton- y poco después también se desembarazó de la banda, The Velvet Underground-Sweet Jane-, y se introdujo por el lado más salvaje del camino-Walk on the wild side-, destilando melancolía, dejando resbalar las palabras como jamás nadie lo haya hecho. Dicen que la heroína-Heroin- estuvo a punto de matarlo pero lo cierto es que aún duró lo suyo, más lúcido que nunca, como un intérprete de “rock animal”, persiguiendo un sueño tal vez inalcanzable, un sueño cada vez más alejado del suicidio que cuando publicó Berlin, su particular calvario. Sus letras destilan lirismo descarnado. Lo mismo da que retrate Nueva York o que haga un viaje al interior de su alma. Él siempre, tal vez a su pesar, sale victorioso: “El futuro es igual para todos. /Lo encaramos como podemos/y no hay nada malo en tener miedo; /eso sólo prueba que eres hombre.” Lou Reed (Deshechado-poema-)
De esta manera, tontamente, entre el beso que nos mandaba Roy desde el acrílico de sus lienzos, y el Elvis disparando, ¿a quién?, tal vez a sí mismo, Warhol se convirtió en el representante más conocido, y sobre todo más mediático, del Pop-art y, con él, tuvo lugar la mayor popularización, y tal vez trivalización-como soñó Duchamp-, del arte. Warhol siempre estuvo unido al mundo del rock, en especial al mundo de los rock-stars. Con David Bowie-Space Oddity- ideó una multivariedad estética que convirtió al rubio y afilado cantante en un auténtico camaleón. Lo mismo se convertía en una estrella del Glamp-rock que iba al Space-rock, pasando por la mímica silenciosa, no podía ser de otra manera, de un maestro como Marcel Marceau. Y todo ello pareciendo artistas diferentes.
Con Mick, por supuesto Jagger, mantuvo una interesante relación de la que hoy nos queda, además de sus retratos, el archiconocido anagrama de la banda más longeva de la escena, The Rolling Stones. Desde unos labios, inspirados en Mick, también conocido como “Morritos Jagger”, salía una poderosa y desafiante lengua que, aún hoy, se burla un poco de todo bicho viviente y, además, es el inconfundible sello de los ya geriátricos Stones.
“No existe gran ingenio sin algo de demencia”. Aristóteles.
Warhol, en sus modelos, solía buscar gente que se moviera por los llamados circuitos alternativos-underground-, al menos supuestamente, pero ya nada era lo que parecía. Lo cierto es que, tanto él como sus figurines, pronto dejaron de ser marginales para convertirse en sencillamente extravagantes, y simplemente sugerían seguirlo siendo como vitola de modernidad y vanguardismo-eso siempre vende-. También, a veces, iconizaba y entronizaba muñecas rotas, como es el caso de Norma Jean, Marilyn Monroe, la niña desvalida que, una vez muerta, creció hasta convertirse en mito y que, en vida, no fue más que un ser humano condenado a una muerte ¿intencionada? por sobredosis de barbitúricos. Esta linda corista que conquistara a un príncipe imaginario, en la fantasía del cine, y a un rey del escenario como Laurence Olivier, tuvo que conformarse, en la vida real, con ser amante de un presidente y esposa de un dramaturgo-Arthur Miller- que condenó al pobre Willy Loman, viajante de profesión, a tener que morir una vez que había acabado de pagar la hipoteca de una casa que, entre otras cosas, le había consumido. Esta chiquita, que consiguió subirse al tren de Billy Wilder-“Nadie es perfecto”- en marcha, mientras el vapor de la máquina azuzaba sus piernas entre unas alocadas faldas que, con la colaboración de las cálidas rejillas de los metros, descubría sus encantos más íntimos, desnudaba su alma entre las canciones sensuales que un agobiado Joseph Cotten escuchaba de sus perniciosos labios en Niágara. Esta pobre Norma Jean acabó pasando de las catacumbas ocultas de la Casa Blanca, donde acudía en traje de fiesta, al frío mármol de una morgue, donde acudió, por primera y última vez, sin más sudario que el de la sábana que le pusieron tras la autopsia. Murió como dormía: desnuda. Sólo que sin sus gotas de Chanel número 5.
“Caminar a la muerte no es tan fácil, y si es duro vivir, morir tampoco es menos”. Luis Cernuda.
Él, que había sido un niño enfermizo, que había pasado una gran parte de su infancia en la cama, dibujando y recortando fotos de estrellas del celuloide, él, tan hipocondríaco, tan temeroso de todo lo que oliera a hospital, caminó al encuentro con la muerte un 22 de febrero de 1987. Una aparentemente inocente operación de vesícula, fue el detonante. Fue enterrado en la ciudad donde nació-Pittsburgh-, junto a sus padres, con todo el boato con el que había vivido, en un féretro de bronce macizo, con un elegante y negro traje de cachemir, que contrastaba con su piel blanquecina, con su peluca en un tono argenta y con esas gafas de sol a las que se vio condenado de por vida. Por no faltarle, no le faltó ni un sofisticado frasco de colonia, Beautiful, de la firma Estée Lauder.
Le dieron sepultura con la misma pompa con la que se había acostumbrado a vivir. Sólo que no la pudo disfrutar; nada le eximió, ni siquiera la inmensa fortuna que había acumulado en vida, para rendir otro tipo de cuentas. Tarde o temprano, la muerte a todos nos la cobra por igual enrasándonos para siempre.

Juan Francisco Quevedo

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Unos versos para un cuadro de Sigmar Polke-Juan Francisco Quevedo

Esa recreación que hice del cuadro de Sigmar Polke me sirvió para escribir estos versos

Se siente libre

quien corre tras los sueños,

quien burla al tiempo.

Sigmar Polke-Se siente libre

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LA SOLEDAD DEL NÁUFRAGO-Juan Francisco Quevedo

Juan Carlos y Franco

AQUEL JOVEN JUAN CARLOS EN LA ESPAÑA DE FRANCO

LA SOLEDAD DEL NÁUFRAGO

Aunque no fue una boda de cine, perfectamente pudiera haberlo sido. Pero, por entonces, ni tan siquiera pudo ser una boda real, aunque sí de la realeza; de una realeza europea que se entregaba a los endofágicos brazos de sí misma. La boda, no cabe duda, no hacía sino continuar con la tradición, es decir, primo más primo igual a un gran primo al cuadrado o, lo que es lo mismo, la representación en la vida del Saturno devorando a sus hijos. Juan Carlos y Sofía, con la autorización genuflexiva de un general Franco ausente -viajar al extranjero era desasosegante- ponían una pica en la siempre ortodoxa, y por poco tiempo, monárquica, Atenas.

El novio había llegado a España, de niño, en un tren, sin pompa, sin bombo, sin familia y casi sin equipaje. En aquellos años de soledad y bromas malintencionadas el que posteriormente sería el rey Juan Carlos aún era Juanito, el mismo Juanito que tanto irritaba a su padre, un don Juan que, desde su condado de Barcelona y al calor de Estoril, donde una corte de andar por casa lo adulaba, aún soñaba con el armiño del trono, el mismo Juanito al que desde dentro, tanto falangistas como monárquicos adscritos al Movimiento, miraban con superioridad y desconfianza.

Nadie daba mucho por él pero, Juanito, como también lo llamaba el general, era el elegido, el ungido por la mano, invadida por el Parkinson, del viejo Jefe del Estado que, en su juventud, soñara con ser actor de cine y hubo de conformarse con firmar algún guión como el de Raza con el pseudónimo de Jaime de Andrade. Juanito también era el elegido para ser el objetivo de los chistes de mal gusto de una sociedad como la española, acostumbrada a ir detrás del sol que más calienta, aunque sólo sea como método eficaz de supervivencia, tras los sufrimientos de la guerra.

El caso es que salían a las calles por cientos de miles a honrar al general y a mofarse de su supositorio -por ir siempre adosado a su trasero, según se decía-. Con estos antecedentes podemos concluir que muy mal lo debió de pasar Juanito. Años de preparación en la soledad real de su persona, también real, sin apoyos afectivos ni efectivos. Años de desconfianza -luego se vio que justificada- desde todos y cada uno de los aledaños de un poder que se refugiaba bajo el protector manto del Caudillo. No pudo contar con nadie -Adolfo Suárez aún era un estudiante de Derecho-, ni con los Procuradores a Cortes ni con la flor y nata del Movimiento y, lo que es peor, ni con el pueblo. Estaba rodeado de enemigos, desconfiados y desafiantes, por todas partes. Era la perfecta definición de una isla solitaria y perdida.

“Triste país en donde todos los hombres son graves y todas las mujeres displicentes, en donde en la mirada de un hombre que pasa vemos la mirada de un enemigo.” Pío Baroja (Vieja España, patria nueva)                                                          

 ¡Pobre Juanito! ¡Qué sólo se debió de sentir! Por un lado, todos los que tenía a su alrededor estaban con Franco y, por otro, sus teóricos aliados, los disidentes monárquicos, se encontraban, al menos espiritualmente, en Estoril, con su padre, con don Juan. Con todos estos antecedentes, si rememoramos lo que fue la infancia y la juventud de Juanito sólo cabe felicitarse al ver cómo, desde su tesón y entereza, a la vez que con la inestimable ayuda de un grupo reducido de colaboradores, entre los que se encontraba el nunca suficientemente ponderado Adolfo Suárez, acabó convirtiéndose en, primero, don Juan Carlos y, después, en el Rey. En todo ello, no cabe duda, su matrimonio con la princesa Sofía de Grecia fue determinante. Algún día se reconocerá el importante papel representativo de esta mujer, destronada, por el pueblo, en su país y entronizada, por el pueblo, en aquella España democrática.

Lo que habría de venir después, lo que se supo más tarde, tanto en los últimos años de reinado del que fuera llamado Juan Carlos I, como después y ahora, tras la renuncia al trono, ya es harina de otro costal y objeto de otro análisis.

En aquel ambiente de aquella España, descrito tan literariamente por Pío Baroja, aquel viejo galeno cascarrabias, hubo un hecho que, desde mi mirada infantil, me sorprendió y causó cierta impresión. Apenas habían transcurrido diez años desde que el ataúd del escritor hubiera sido llevado a hombros por Cela, bajo la atenta mirada de Hemingway, al cementerio civil de Madrid, cuando el Generalísimo Francisco Franco-julio del sesenta y ocho- acompañado por su regio y joven acólito, nos visitó en Santander.

El portahelicópteros Dédalo, un retal americano de la segunda guerra mundial, y el crucero Canarias, buque insignia de la Armada, atracaron en la bahía de Santander junto a un sinfín de barcos de guerra entre los que destacaba el buque escuela Juan Sebastián Elcano. Fue una semana de visitas, maniobras, desfiles y desembarcos.

Franco languidecía en el Azor, fondeado en la bahía; había resistido firme en el poder sin que nada le hiciera tambalearse, pero hay algo que nunca perdona, las horas vividas. Se refleja a la perfección en la inscripción latina que aparece bajo el reloj de muchas iglesias:

Todas hieren, pero la última mata (Vulnerant omnes, ultima  necat)

Se puede leer entre otras bajo el reloj de la catedral de Brujas Y Baroja da cuenta del mismo lema, inscrito en el reloj de sol de la iglesia de Urruña, pueblo vasco francés.

Con Franco fue exactamente así; murió en la cama de un hospital de viejo, siete años después de su visita a Santander, sin que nadie le moviera del sillón que ocupó durante cuarenta años. Ante su cadáver, haciendo insufribles colas, pasó un interminable número de personas. Pronto, también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido contrario, por supuesto, en masa.

La hora de Juanito había llegado y con la compañía de unos cuantos viejos conocidos del sistema se revolvieron contra el mismo e hicieron un giro impensado. Nadie daba un duro por él y, sin embargo, en unos meses acabó con toda la parafernalia de un Régimen que se auto fagocitó a sí mismo, extinguiéndose sin más.

Quién se lo iba a decir a aquel muchachito que vino a España con una maleta y sin el respaldo de nadie, salvo del general, cuando en aquel julio del 68, rodeado de una masa que aclamaba a Franco, se encontraba más solo que nunca.

Ahora, por sus errores, sabe de la hiel cambiante de las adhesiones inquebrantables, como se decía.

Aunque, en verdad, siempre será igual. Por mucho que cambiemos de lugar siempre aflorará lo que llevamos dentro. Intentar enmascararlo es una trampa que nunca saldrá bien.

“Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”

(Quienes surcan la mar mudan de cielo, no de alma.) Horacio (Cartas I, 11,27)

                                                                  

Juan Francisco Quevedo

1948.llega a España con diez años

Semana Naval 68

 

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DOS VIEJOS DIBUJOS PARA UNOS VERSOS-Juan Francisco Quevedo

El mundo nunca debiera ser una cárcel, ni concebirse como tal ni física, ni mentalmente.

Siempre debemos escapar incluso de lo peor de nosotros mismos.

Huye del tiempo

de muros y alambradas.

Busca el futuro.

Huye del tiempocarcel 2

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CARLOS ALCORTA AFLICCIÓN Y EQUILIBRIO (CALAMBUR EDITORIAL, 2020) -Juan Francisco Quevedo

CARLOS ALCORTA

AFLICCIÓN Y EQUILIBRIO (CALAMBUR EDITORIAL, 2020)

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CARLOS ALCORTA

AFLICCIÓN Y EQUILIBRIO (CALAMBUR EDITORIAL, 2020)

UN LIBRO IMPRESCINDIBLE DE UN POETA MAYOR

 

Llega a las librerías este nuevo libro de Carlos Alcorta como una ráfaga de luz precisa que pisa “la dudosa luz del día” con el fulgor hiriente de un destello que nos deslumbra y nos traspasa hasta anclarse en nuestra memoria para buscar un lugar desde el que poder revivir unos versos que ya han sido delineados en nuestra conciencia lectora con la exactitud, pulcritud y delicadeza de un rotring.

Desde las primeras páginas de Aflicción y equilibrio, el poeta consigue acertar en el centro exacto de la diana, allá donde reside y pervive la sensibilidad emocional, con el dardo de un arma que domina y moldea a la perfección, el lenguaje. Un arma a la que dota de un lirismo vivo, vibrante y encendido, rabioso y sosegado, a través del milagro de la palabra, que no es otro que el que se logra con la buena poesía.

Veintiuno son los poemas que elabora con el estilo paciente de un fino tejedor que sabe intercalar con sabiduría en el telar hilos de distintas procedencias y tonalidades, pero todos conjugados con belleza, con la misma que logra el poeta al entramar la filosofía con el dolor, la muerte con la culpa, el amor con la lucha, la creación literaria con la salvación, al padre con el hijo…

“Entre nosotros nada ha cambiado. En la mente

de un niño la muerte, más que un enigma,

es un mendrugo de pan que obstruye la garganta.”

Desde el primer poema, desde ese autorretrato descarnado y sincero con que se abre el libro, desde esas tiernas dedicatorias familiares, que no son más que la pista que nos da para imaginar el tono de los versos con los que vamos a viajar, se advierte un cambio en la poesía de Alcorta, que si bien mantiene esa línea de su poesía que le ha llevado a ser una voz imprescindible en el panorama poético en español, profundiza en el conocimiento de su propio yo a través de la experiencia personal, con la emotividad asociada que conlleva. Con la verdad que supone esa inmersión íntima, con la entrañable cercanía que desprende, con esa complicidad, tal vez no buscada, con la que, “puedo jurarlo”, se acerca al lector, siempre, siempre, emerge el poeta, el que se aproxima a la creación desde una vida, la suya, con la que, desde la aflicción, se ha reconciliado para encontrar, al fin en ella, el equilibrio.

“… Quiero ser-pensaba-

no parecer, por eso he buscado sentido

a la vida a través de las palabras,

aunque con desigual forma. Gracias a ellas,

puedo jurarlo, he sobrevivido a cientos

de fracasos…”

Tras este preámbulo definitorio, debo decir que me une a Carlos Alcorta, al hombre que habita en él, una amistad que se ha ido cimentando en el tiempo con el simple y afectuoso abrazo con que nos enrosca aquello que se hace entrañable con el trato y el cariño, con el devenir natural de la vida.

Me une a Carlos, al poeta que en él habita, una constante y sensitiva lectura de sus poemas, una inclinación hacia su poesía que se ha ido fraguando con el descubrimiento que ha supuesto cada uno de sus libros, con el sonido, rebotando en mi interior, de unos versos que se han hecho imprescindibles en mis lecturas, que ya forman parte de esa corta, pero docta y selecta, biblioteca personal y emocional.

Ahora bien, esta amistad personal no me lleva a la benevolencia, ni me inhabilita a la hora de emitir un juicio sobre su obra, sobre Aflicción y equilibrio, el libro que nos ofrece en una época de completa madurez personal y poética, con los sesenta espléndidos años ya cumplidos y con la energía y el ánimo de una vida llena que le sitúa en esa atalaya desde la que uno se puede permitir estar por encima y al margen de los vaivenes y las tendencias, tanto vitales como poéticas e ideológicas.

“Hacer vida-esa es la intención

con la que he escrito este libro- es vivir,

no como si hubiera otra vida, sino como si todo

lo vivido hasta ahora fuera insuficiente,

es hacer de las lágrimas del duelo

semillas que fecundan el futuro porque,                                

con el dolor como aliado,

la alegría florece con más fuerza.”

Descubrimos a un poeta que se halla en plenitud creativa, que llega al lector sin ambages, provisto tan sólo con la eficiencia lírica de una verdad desnuda y franca, una verdad que parece arrancada de su yo poético más íntimo, que trasciende el hecho del que parte.

“Para mí, basta ya de hipocresía

fue un estorbo al que terminé

habituándome, un mal menor

que afianzaba la paz en la familia

sacando lo mejor de mí,

sin pretenderlo.”

No puede ser de otra manera cuando uno trata la muerte a nivel personal, cuando uno habla del padre, de su muerte y agonía, pero no es sólo eso lo que hace que esa verdad llegue al lector, es la identificación con sus propios muertos lo que le mueve y conmueve. Su padre deja de ser su padre para convertirse en nuestros muertos personales. Conseguir eso desde los versos de un poema es el gran acierto de Carlos Alcorta. Encontrar esa conexión con el lector hace que el poema sea un buen poema y no un poema fallido.

“No es un secreto.

He pasado muchas noches en vela

recordando a mi padre y los terribles

últimos días de su vida.”

Aflicción y equilibrio no es un libro más en la trayectoria de Carlos Alcorta, estamos ante una obra que define y marca a un poeta, estamos ante un libro, como decía Montaigne, que, desde luego, no irá a ese cementerio tan colmado de pilas de obras leídas y no recordadas, de esas que pasan por la vida del lector sin dejar la menor huella, sin tan siquiera recordar que un día las tuvimos entre nuestras manos; estamos ante uno de esos libros que dejará rastro en la conciencia y en la memoria de los lectores que abran sus páginas. No será una de esas obras que caen por el precipicio al que nos conduce la indiferencia, no será uno de esos libros que yace con la astrosa pátina del olvido en lo más profundo del cementerio de nuestra biblioteca.

El aroma que estos poemas desprenden, inunda de inmediato nuestro ánimo con y desde una pulsión interna que todo lo invade. Lo hace con la autenticidad de su propia experiencia vital, dotando a los versos de la emotividad que se asocia a la misma, pero siempre con la mirada fijada en la creación literaria como meta inexcusable para dotar de verdad lírica a cada composición. Y siempre sorprendiendo al lector, sacudiéndolo, con otra de las características de su poesía, con esos giros imposibles, tan suyos, plenos de ironía, que asocia al discurso poético, cuando no con esos símiles comparativos impactantes, imaginativos y brillantes.

“Su mirada no encuentra un punto de apoyo,

se dispersa a la caza de un recuerdo

por el espacio infinito del techo

del cuarto, mira con curiosidad,

igual que un astronauta antes de convertirse

en un fósil expulsado del tiempo…”

Otra de las grandes virtudes de Carlos Alcorta es saber intelectualizar su poesía conservando la suficiente lucidez como para no dejarse arrastrar por la autosatisfacción del hermetismo indescifrable. El poeta nos sumerge en la cotidianeidad de la vida, de su propia vida, nos introduce de lleno en ella con su verdad, a veces con la poética, que bien es cierto que se confunde con las otras que hay en ella hasta no diferenciarse. Al fin, todos somos la suma de la multitud de verdades poliédricas que configuran al ser humano.

Desde una supuesta intrascendente anécdota cotidiana y banal, nos sumerge en su mundo.

“Con frecuencia acudimos a las citas

con retrasos inexcusables. Siempre queda algo

por hacer en el último momento,

abrillantar la máscara del día,

afeitarse, poner las legumbres a remojo

para nutrir a la ansiedad famélica,

calzarse, anotar algo en la agenda…”

Estamos ante un poeta que se presenta desprovisto de ornamentos inútiles, de abalorios sin valor que pueden resultar llamativos pero que suelen ir revestidos con el don de la vacuidad. A pesar de la dureza de algunos poemas, como ocurre cuando se hace poesía apelando a los sentimientos más profundos, logra transmitir y conferir una gran serenidad al lector que en seguida se identifica y muestra una gran empatía hacia sus versos.

“Ella, amorosa pero hermética,

puso en los hijos devoción y fe,

no sé si siempre bien recompensados.

Él fue, antes de encorvarse, antes de dormitar

pulcramente ataviado con pijama

de franela y batín gracias a esos somníferos

que le dan un respiro y dibujan en su rostro

un rictus parecido al de la felicidad,

un hombre recio y tierno, a su manera,

que no lo tuvo fácil en la vida.”

Hay dos cualidades que hacen de este libro una aventura especialmente atractiva, dos valores que no tienen por qué ir siempre unidos en poesía, por un lado un lirismo que aflora incluso en aquellos poemas más discursivos y, por otro, un mensaje moral y ético, muchas veces de aprendizaje, que nos lleva a la reflexión.

En sus páginas, el fondo y la forma, el mensaje que nos transmite y la estructura poética se unen y reúnen con la elegancia, a veces desnuda, de un esteta del verso, pero con la profundidad emocionada del que consigue trasladar no sólo belleza sino también, y además, un compromiso ético ante la existencia.

“…pero ahora quiero hablar de experiencias reales,

no de embustes acerca de la resurrección

o de infames promociones internas;

quiero hablar claro, sin las tretas de la literatura;

sin palabras, solo con el silencio…”

El libro está compuesto por poemas largos, elaborados, provistos de un discurso entusiasta que consigue empastar esos dos mundos que nos son comunes, el exterior, el que captamos con una simple mirada, aquél que nos transmite lo más evidente, y el interior, aquél en el que residen las emociones y los sentimientos comunes, aquél al que sólo se llega a través de lo que se halla más allá de la primera mirada, aquél que se alcanza a través de lo que nos sugieren los versos. Carlos Alcorta amalgama como un nigromante del verso esos dos mundos.

“Hay miradas que dicen más que muchas

palabras, lo sabemos desde niños,

cuando suplían a las reprimendas.”

Desde esa primera lectura, desde esa primera mirada nos lleva a la esencia de lo que nos sugiere, nos conduce el poeta hacia ese mundo interno, que nace de lo más íntimo y personal. Con ello, ahí su gran acierto, consigue trascender a su propio yo para universalizar su poesía a través de las sensaciones y los sentimientos comunes que despiertan sus versos en lectores de todo tipo, independientemente de su procedencia y formación cultural. Ha sabido llevar al lector a ese territorio donde reside aquello que cualquier ser humano identifica con facilidad: dolor, amor, rabia, soledad… Esto es lo que encontramos cuando nos alejamos del trazo primero de sus versos. Podríamos comparar su poética con un cuadro impresionista, unas obras de las que debemos alejarnos para descubrir, tras ese primer trazo grueso, lo que realmente esconden. En estos versos, una ternura desbordante.

“Tú buscas en nosotros un cielo que no existe.

Yo busco en ti, madre, para enfrentarme

a lo desconocido, el calor de tu mano,

esos hospitalarios abrazos que disipan

temores, como cuando era un niño,

y me reconcilian con el mundo.”

Sin duda, Carlos Alcorta, desde su propia sensibilidad, desde una estética versificadora impecable y llena de verdad, llega y encuentra al lector; nada más complicado y difícil. Llega a esa inmensa minoría para contribuir a que cada día sea menos inmensa, para hacer de la poesía, de los que se acerquen a ella, un descubrimiento feliz que, si bien requiere un esfuerzo de comprensión mayor que el que se acerca a la prosa novelada, no la hace indescifrable. Desde luego que nadie espere encontrar en cada palabra el significado que le atribuye el diccionario; no sería poesía. Ahora bien, cualquiera hallará con cierta facilidad en cada palabra aquello que nos sugiere, el vuelo poético al que nos conduce, el misterio que nos desvela y que, por supuesto, va mucho más allá de su estricta literalidad. Desde esa visión poética encontramos versos memorables, con unos encabalgamientos, inherentes y fieles a su poesía, imposiblemente hermosos. En ellos, se esconde un elegíaco y llamativo canto a la vida, una invitación a no desperdiciarla.

“Entonces ignoraba que pasar

de puntillas por la realidad

era una forma de estar muerto.”

En esa traslación hacia el lector, en la que hacemos nuestros los versos del autor, es cuando el poema, cuando el libro abandona al poeta. Es entonces cuando nos posee, es entonces cuando los versos los hacemos nuestros. Eso es exactamente lo que nos sucede con muchos de los poemas de Carlos Alcorta, incluso con aquella poesía en la que el poeta emerge como un testigo del tiempo en que vive.

“Somos espectadores bienintencionados,

nos escandalizamos por fotos de tragedias

que a diario vemos en televisiones

o periódicos, aunque no oigamos

ni gritos ni lamentos o el débil traqueteo

de una respiración agónica,

pero no manifestamos intención

alguna de ayudar a un vecino en apuros.

La distancia es un dulce somnífero

que encubre la carnicería de los inocentes.”

La poesía de Carlos Alcorta siempre ha sido el escenario en el que el poeta lucha consigo mismo, en esa batalla que nunca termina, en esa lucha encarnizada por intentar conocernos algo mejor. En cualquier caso, son esas contradicciones entre lo que nos dicta la cabeza y aquello a lo que nos arrastra el corazón lo que nos hace avanzar por la vida. Esa lucha interna contra nosotros mismos es permanente. Ahora, con la madurez que sólo da el tiempo, se halla más seguro y firme que nunca de la tierra que pisa.

“Las lágrimas que derramé sin que tú

lo supieras, poniendo nombre con las palabras

que me enseñaste a todo lo que me rodeaba,

hasta que logré dar vuelo a mi pensamiento,

forman parte de tan impopular

y mal pagado oficio,

ese del que te avergonzabas

en los primeros años, cuando eran mis poemas

solo frustradas tentativas:”

Como ya dije en otras ocasiones al hablar de la poética de Carlos Alcorta, la perplejidad, asociada a un permanente dilema, es el terreno en el que transcurre su obra, un lugar indeterminado desde el que expresa e intenta dirimir sus dudas, su dolor y esa angustia existencial que parece llevarle al desasosiego. Cuando reina la incertidumbre no existe un lugar para la certeza absoluta. En la poesía de Carlos Alcorta la duda es también un principio poético irresoluble.

“…pero he intentado siempre reflejar

en las páginas mis propios conflictos,

sin buscar amparo fuera de mí

o en la naturaleza, porque esta solo siente

sin quejarse, pero no piensa.”

Son muchos los poetas que hacen de la creación un proceso dificultoso, donde se vuelcan desde una disección que bien pareciera de sí mismos, de su propio yo, o de su parte más oculta, de aquella que late permanentemente en el subconsciente, para expresarla como algo ineludible. Hay una necesidad, imperiosa diría, de acercarse a la soledad inspiradora para verter palabras sobre unas cuartillas en blanco; aunque duela, aunque se sangre por la herida de los versos. Esa parte desgarradora fluye a raudales por las páginas de Aflicción y equilibrio.

Los poemas del padre, su visión de la muerte, su afectación en el entramado familiar hacen que elabore una poesía repleta de sinceridad y emoción verdadera, rebosante de humanidad. Con unas imágenes potentes nos insinúa y sugiere un camino que tal vez ni el propio poeta imagine, el del reencuentro emocional con el padre como una necesidad, la de descubrir esa mano que quizás no supiera entender y que, ahora, en la muerte, la busca, amable, aunque ya no esté más que en el recuerdo. Aún así, parece sentirla muy cerca.

“Teme que se me olvide. Quiere recordarme

lo que me dijo tantas veces,

que un ser humano sin principios,

carece de valor, es un espantapájaros.”

Al cerrar este libro no puedo evitar sentir una nostalgia prematura, aquella del que sabe lo que añorará nada más perderlo. Aquella que se calmará con el simple gesto de volver a abrirlo. Como haré tantas veces para leer versos como éstos:

“Padre, nunca seré lo que tú hubieras

deseado que fuera, nunca sentiré afición

por la canaricultura o el mus,

nunca seré un manitas, pero puedo decirte

que desde que fui padre comprendí

por fin lo que supone ser un buen hijo.”

Para terminar, me gustaría destacar el poso de ternura que hay en muchos de los poemas; es más, incluso en aquellos más duros sobrevuela sobre la cabeza del lector un halo de bondad que, aunque a veces permanece oculto y hay que saber descifrarlo, sirve de contrapeso. La vida, al fin, es eso, una mezcla de sentimientos encontrados.

El primer poema, el que abre el libro, un autorretrato único, repleto de sinceridad crítica, termina con unos versos esperanzadores, en los que a través del amor, se rescata a sí mismo del naufragio vital, del laberinto en el que se halla. Es un autorretrato de madurez, en el que se distancia, sin renunciar a él, del que fue, sintiéndose a gusto con el que empieza a ser, huyendo de esa inseguridad que a veces nos acompaña en la vida: “pero creo que me he ganado el derecho a guardar/distancia con los acontecimientos…”. Y el libro finaliza con esa misma atmósfera, desde unos versos poderosos que se agarran con ahínco al compás de la ternura, haciendo un guiño al futuro: “Pasada la aflicción, empieza el equilibrio”.

Leer a Carlos Alcorta, sumergirnos en las páginas de Aflicción y equilibrio es reencontrarnos con la buena poesía, aquélla que sirve de vehículo enzimático para estimular las fibras sensitivas precisas que van a desencadenar en el lector una reacción que le llevará a la emoción, a la verdad inequívoca e indudable, aquélla que emerge sin trampas fáciles, aquélla que no hace una sola concesión a la cursilería gratuita, aquélla que, en toda su franca desnudez, se muestra con autenticidad y belleza. Estamos ante el espléndido libro de un poeta mayor, ante un libro que se salvará del olvido.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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DIBUJO Y VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Después de su último viaje a Gambia, donde lleva años haciendo una labor extraordinaria, mi buen amigo Nani Villoslada se vino con unas fotos. De una de ellas sale este dibujo y los versos que me sugirieron.

Una mirada

traspasa la conciencia

de la injusticia.

Una mirada buenaaa82450066_859274664485567_607047920247635968_o

 

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ANTONIO CRUZ ROMERO ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA (RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2020) -Juan Francisco Quevedo

ANTONIO CRUZ ROMERO

ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA

(RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2020)

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Cinco años y medio es el período temporal que abarca este elegíaco diario que nos presenta el escritor Antonio Cruz con el título “Ámsterdam es una ciudad maldita”. El autor transitará a lo largo del libro por territorios escabrosos en una ciudad que, como dice Hilario Barrero en el prólogo, “aparece con un pasado luminoso, donde la felicidad tenía su jardín, y con un presente y futuro oscuros y tenebrosos donde la muerte y el olvido tienen su huerto”.

Antonio Cruz se aproxima al lector como si éste fuese un amigo invisible ante el que poder mostrase con verdad, con su verdad; aquélla que va incluso más allá de su propia consciencia, aquélla que incluso trasciende sus propias intenciones para buscar la cercanía a través de una complicidad con el lector que consigue con el dominio del lenguaje y de la emoción que lo acompaña.

La verdad, provista de autenticidad y desnuda de impostura, siempre logra superar la barrera existente entre lector y escritor, esa primera frialdad que sólo se rompe con los buenos libros. En este diario desaparece casi de inmediato, no sólo por la verdad desnuda que nos transmite sino porque nos llega con la destreza y la sabiduría de un domador del lenguaje, un escritor que nos conmueve tanto con líricas ráfagas de ternura como con hirientes destellos de rabia contenida.

Está claro que este libro no es sólo, desde luego, un diario al uso de una ciudad, es mucho más, es un doloroso relato autobiográfico, pegado a ese Ámsterdam de sus contradicciones, que concita en el autor todos esos sentimientos asociados a la propia experiencia, la de cualquiera en cualquier lugar; por eso es tan fácil conectar con él, porque nos transfiere emociones con las que el lector se identifica con facilidad. Pese a pertenecer y sentirse de una ciudad muy concreta, de su ciudad elegida, nos traslada impresiones universales que cualquiera puede asociar a cualquier ciudad, a la suya, en esa lucha permanente que nos acompaña con ella y contra ella, según los diferentes momentos y las diferentes etapas vitales que siempre van unidas a su paso y a su recuerdo.

El libro se abre con un magnífico y esclarecedor prólogo de Hilario Barrero que nos sitúa a la perfección en el meollo del diario. Por un lado, la ciudad de Amsterdam que “nos ofrece su olor, un perfume que habla, que inunda nuestros sentidos y respira con nosotros” y, por otro, “ la angustia, la presencia ausente de las dos hijas, la conducta cruel de quienes cambian el ritmo del viaje”.

El autor, ya desde el preámbulo de esa dedicatoria a sus dos pequeñas hijas, nos muestra sus intenciones, no las esconde, ni se esconde, y se dispone a revelarnos desde su verdad más íntima “esta crónica de nuestras vidas ausentes y su dolor”.

El diario consta de dos partes que se diferencian no solo temporalmente en el calendario sino también en su percepción de la ciudad a través de sus vivencias personales.

Pero hay miradas sobre Ámsterdam, sobre la creatividad y sobre sí mismo, que permanecen inalterables en la narración, que dislocan y cruzan el libro de principio a fin.

Podremos ser partícipes del profundo amor de Antonio Cruz por la lengua neerlandesa, así como su devoción por los poetas que en ella escriben y cuyos poemas salpican las páginas del libro, descubriéndonos un mundo poético y cultural de lo más desconocido. No podemos olvidar que “el lenguaje en sí es un verdadero milagro de tintes divinos”.

Podemos ser cómplices de sus ganas de conocer, de saber, y acompañarlo en su curiosidad impenitente; podemos reconocer e indagar con él los rincones más inexplorados, los cementerios olvidados y las iglesias más recónditas de la ciudad.

También nos llama la atención, y atraviesa el libro como un bálsamo que concilia y repara el ánimo del autor, su devoción por la música, en especial por la música clásica, aunque no deja de haber menciones a músicos de jazz como Ben Webster o a cantantes como Billie Holiday.

Acompañaremos en este viaje a este cinéfilo empedernido y visitador casi compulsivo de librerías, museos y bibliotecas. Nos trasladará el gusto por lo que significa el simple hecho de abrir un libro y sentir en ese tacto el placer de poseerlo; no sólo el de la lectura. Ese afán lo llevará a comprar algún libro “por la irremediable codicia de poseerlo”.

Y siempre, siempre, a lo largo del diario, como una monótona letanía, se suceden la lluvia tenaz, la neblina, la humedad, el frío, el olor y esa contraposición entre la luz y la oscuridad, en la lucha permanente entre ellas cuando uno vive a estas alturas del atlas geográfico.

Ámsterdam es una ciudad que se ha apropiado del autor, que lo ha fagocitado con todas las consecuencias. Eso lo ha convertido, tal y como anticipa en el epílogo, con una frase del escritor Multatuli, en un “amsterdamés, por desgracia”.

La primera parte del libro, de este diario vital, se inicia en julio de 2014 y transcurre durante aún una época de cierta felicidad, con Noa, su primera hija como eje de su mundo, aunque el autor ya nos anticipa en estas iniciáticas páginas la fugacidad de un tiempo en el que pronto se mostrará “triste por abandonar Amsterdam; feliz por dejar una casa emponzoñada de malas sensaciones”.

Será un martes, un 19 de julio de 2016, cuando todo estalle y la fricción con la familia de su compañera se haga inevitable y se manifieste cruda y dolorosamente en ese peregrinaje por las calles con su hija Noa y con ella embarazada de su hija Sophie. Se nos helará la sangre en ese éxodo en el que, tras él, intuye, todos intuimos, que llegará el hundimiento, el derrumbe de la paz familiar, la destrucción del hogar que habían construido con tanta fe en el futuro.

Ese pesar y ese sentido de la decepción, unido al sedimento de maldad que no comprende cómo puede encontrar refugio en personas que han estado tan próximas, harán que una espada de dolor atraviese, no sólo su corazón, sino el sentir de un diario por el que el autor se desangra a través de palabras que fluyen con un lirismo conmovedor.

En la segunda parte, que se inicia en febrero de 2018, el dolor provocado por la ausencia de sus hijas lo impregnará todo, incluso la percepción de la ciudad que, en esa dualidad que siempre lo acompaña, se tornará más inhóspita, pero siempre querida, aunque sea desde el dolor y desasosiego que le provoca. Es un amor reñido que va unido a su percepción; la que emana de sus pasiones más íntimas y profundas.

Los sentimientos hacia sus hijas, Noa y la pequeña Sophie, son una muestra inigualable de amor, muchas veces expresado poéticamente a través de las experiencias sensitivas que le traslada el contacto con sus hijas, como cuando con los pies entrelazados acaricia sus cabellos y sus caras.

Entre sus páginas también descubriremos al hombre metódico, de costumbres fijas e inamovibles, que se esconde tras el autor, aquél que tan sólo pasea en una bicicleta, la que se corresponde con el número cuatro, aquél que visiona “Casablanca” la noche previa a viajar a Ámsterdam y que ordena su escritorio “como un resumen de mí mismo”. Por no hablar del hombre que elige su asiento en función del día de nacimiento de sus hijas. En cualquier caso, todos estos detalles lo hacen mucho más cercano.

Uno recuerda otros diarios en los que las anotaciones del nacimiento de los hijos es apenas una diminuta nota a pie de página, donde tan sólo se suceden los logros profesionales, los contactos con personajes de cierto renombre, las puyas malintencionadas hacia aquéllos que no fueron generosos en sus críticas; diarios por donde fluyen constantemente las miserias humanas encubiertas.

Nada de eso encontraremos en este libro de Antonio Cruz. Sólo la verdad de su propia existencia, sin alambiques innecesarios, con la crudeza de la propia experiencia y con la incredulidad asombrada ante la maldad ajena, la que sólo puede emanar del corazón de los buenos.

Sólo esperamos que el tiempo restañe sus heridas, como las de todos; la vida, al fin y al cabo, no es más que una sucesión de cicatrices tras las que se esconde alguna enseñanza.

Sin duda, algún día visitaré Ámsterdam de la mano de este diario, de la mano de Antonio Cruz, veré la luz reflejada en el agua de unos canales que penetran en la tierra como “lanzas en forma de agua”. Y disfrutaré hasta del frío y de la lluvia, la lluvia que flota adherida al paisaje de la ciudad como una estampa perenne. Pasearé y deambularé por sus calles sin rumbo, alquilaré la bicicleta número cuatro y me perderé en el mercado contemplando ese crisol de colores que ofrecen las diferentes culturas que conviven en Ten Katemarkt. Y, por supuesto, no dejaré de visitar alguna librería, en especial Antiquariaat Kok, y sentarme en alguna terraza a degustar un vasito de ginebra del país. Después me perderé hasta encontrar el lugar exacto desde el que poder contemplar la puesta del sol un día de invierno con el cielo despejado.

Un libro magnífico y gratificante de un escritor con un bagaje de lecturas y de conocimiento que se deja reflejar en un relato ameno, directo, a ratos poético y siempre verdadero.

“Ámsterdan es una ciudad maldita” no sólo nos descubre una ciudad, nos descubre al hombre, al hombre que ha llevado su dolor y su experiencia por sus calles.

Juan Francisco Quevedo

Amstel hotel siglo XIX-Sobre río Amstelthumbnail_AMSTERDAM 12Hotel de L´Europe sobre el río Amstel y casas típicas de la ciudadthumbnail_Amsterdam parking bici estación (2)

 

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CLASICISMO, DIBUJOS Y VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Unos versos para dos de mis dibujos juveniles.

La belleza de la cabeza en bronce de un joven romano y una escultura de la Grecia clásica son los motivos de la recreación.

Si bien los griegos buscaban solamente el ideal de la belleza por la belleza en todos los ámbitos, los romanos cedieron un poco de ella, especialmente en sus obras arquitectónicas y urbanísticas, a la comodidad. Aunque supieron conjugarlas a la perfección.

De Grecia a Roma,

senda del clasicismo.

Arte y belleza.

1-De Grecia a Roma,

2-roma1

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GAUGUIN, UN DIBUJO Y UNOS VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Uno de los pocos dibujos a lápiz que conservo de mi primera juventud.

A los quince años me enamoré de esta mujer que retrató Gauguin. Siempre supe que sería un amor para toda la vida.

En el jardín

de las delicias tenues.

Gauguin ardiente.

En el jardín

gauguin

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NICOLÁS CORRALIZA ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019) -Juan Francisco Quevedo

NICOLÁS CORRALIZA

ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019)

NICOLÁS CORRALIZA

ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019)

“Abril en los inviernos” es el cuarto libro de Nicolás Corraliza, un poeta hecho con los mimbres de la sensibilidad y del lirismo, es decir, con los utensilios básicos con los que hacer buena poesía, unos instrumentos que el autor combina a la perfección.

Cien son exactamente los poemas que componen el libro, cien pequeñas perlas preciosas que inmediatamente se hacen con el lector y lo poseen.

Los poemas, sin título, son precedidos por el número romano correspondiente. Esa manera de anunciarlos es una demostración de pureza y levedad que tan bien se corresponde con esa poesía cuidada y llena de simbolismo con sentido de Nicolás Corraliza.

Ya el primer poema es en sí mismo toda una demostración de intenciones, unos versos desde los que se apela a nuestra conciencia con la certidumbre de lo inevitable, del olvido al que, finalmente, nos llevará el paso del tiempo:

“Para el silencio de la tierra, /los pasos que me restan. /Las fechas descifradas; /el olvido que germina/sin el agua de los verbos. /Se volverá invisible el relámpago/cuando enmudezca la lluvia”.

Esa preocupación íntima sobre lo efímero de la existencia, común a los poetas y a la poesía, ligada a los tópicos universales, la expresa desde una visión personal, con brillantez y sin que nos parezcan repeticiones manidas, lo que confiere un gran interés a sus composiciones. Una poesía cargada de gran simbolismo, con una sucesión de metáforas e imágenes sorprendentes que dejan en el lector un sabor dulce. Es una poesía que se lee con la certidumbre de encontrarnos ante un poeta con un gran gusto por la elegancia del lenguaje, una constante que atravesará el libro a lo largo de esta serie de poemas sucintos en los que las palabras nunca nos acecharán con rudeza, bien al contrario, lo harán con un profundo sentido estético, incluso cuando sus versos sacudan enérgicamente a nuestra conciencia lectora.

“Ya está la noche en los huesos de la desgana. /El silencio de la herida que guarda las horas sin luz”.

Este paso del tiempo, en ocasiones lo manifiesta asociado a esa melancolía en que nos sumen los recuerdos que nos transportan a la infancia y a la juventud. Cuando esa realidad cae como una losa, sabemos que nunca retornará, respiramos la decepción al tocar casi con los dedos una muerte a la que nos hemos acercado sin percatarnos.

“Despertar un día/con el aliento viejo, /y saber que el sueño/fue la juventud”.

Algunos poemas no son ajenos a la creación literaria, a esa lucha que mantiene el poeta consigo mismo por llegar al poema.

“Mortaja de sílabas. /Versos de un poema en pena/fuera de tono. /A veces regresan. /Se presentan limpios y desnudos, /como si acabaran de nacer/del silencio de un limbo”.

Es muy llamativa esa referencia que el poeta hace hacia el hombre que crea en la soledad, que pergeña el poema, esa “carne de sílaba en frágil esqueleto que crece o se emborrona”, a sabiendas de que éste tal vez permanezca más allá de sí mismo, al fin, sólo es “la escritura de un hombre sin mañana”.

Al final, esa velada alusión a la muerte se explicita en un poema de un solo verso de una manera clara y con una imagen demoledora:

“Ya está clavada la noche en las uñas del silencio”.

Pero no sólo es una poesía meditativa y filosófica, cargada de humanismo, también es un grito en ocasiones contra las miserias humanas, a las que a muchos les arrastra la vida. En este poema se muestra con un verso final a modo de sentencia, dentro de la tradición latina:

“Los que están de pie/odian a los sentados. /Con la felicidad ocurre lo mismo. /A ser posible no la muestres”.

Este “Abril en los inviernos” no es ajeno a esa asociación inexcusable entre el amor y la muerte que tan bien expresara el poeta francés del siglo XVI Pierre de Ronsard en los “Sonetos para Helena”:

La viviente y el muerto a tristeza me llaman: /una pide sufrir, pide el otro mi llanto: /el Amor y la Muerte son al cabo lo mismo.

Con ese matiz de la felicidad efímera que nos puede proporcionar el amor, el poema de Nicolás Corraliza profundiza en esa certeza inexcusable.

“Como ovillos/de una misma madeja, /nos vamos enredando/en la maraña del amor. /Sabemos el final. /La muerte es el nudo/que nadie deslía”.

No es ajeno el poeta a la rememoración de la infancia, a esa construcción como vehículo de conocimiento, al tiempo de la alegría y la luz: “Corríamos escaleras abajo/buscando tras la puerta la amnistía de la luz”. Casi a continuación nos sorprende con el descubrimiento del amor en la juventud a través de unos versos plenos de belleza y lirismo: “Piel adolescente, /reflejo cereal que espiga nuestros nombres”.

El autor no se muestra ajeno al tiempo en que vive y desde su guarida se hace eco de la incomprensión que nos coloniza: “Últimamente se hace incómodo el silencio en los ascensores. /Nadie saluda. Llevamos en los ojos el horror de la supervivencia”.

A las inciertas preguntas constantes que nos acompañan y que siempre quedarán sin respuesta sólo “nos responde el silencio”. Quizás el mismo que Calderón de la Barca nos deja en ese verso memorable de “La vida es sueño”:“Respóndate, retórico, el silencio.”

Nos forjamos viviendo, en el dolor, a la búsqueda de la luz de una primavera que no siempre llega: “La esperanza estudia/en academias de nieve. /Quiere ser abril”.

El dolor ante la inevitable presencia de la muerte nos sacude con versos directos-“No hay antídoto cuando late el luto”- que nos llevan a una desolación de la que nos puede salvar y redimir el amor:

“Flotar. /Navegar la tristeza/respirando/esperanza o deriva. /Traen tus manos/el mar que nos salva”.

La vida nos sorprende, cuando menos lo esperamos, cuando “nos duele la ausencia”, con el regalo del sol de nuestra infancia. Se repite el milagro que ya hiciera escribir estos versos, en el siglo XIV a. C., al faraón Amenofis IV: “Tú que brillas lleno de hermosura sobre el horizonte celeste, disco viviente cuya misión es dar la vida”.

En un poema, dedicado a León Felipe, el poeta nos da cumplida cuenta, con ironía, de ese ser genérico que atiende por el apelativo de Hombre:

“Doctor: /hoy me duele el mundo/a la altura del Hombre”.

El libro progresa hacia el final con las preocupaciones del poeta, vivir a pesar del peligro -“pertenecer a una emoción”-, morir y contemplar la muerte desde el conocimiento de su exactitud-“Será nuestro este lugar cuando no tengamos nada”-, retornar al pasado, a los tiempos felices desde la memoria-“La juventud es un pájaro perdido/que regresa si le nombras”-. Y, al final del trayecto, siempre el amor como método de redención y salvación:

“Para quedar, /buscaremos un quiosco/donde llueva siempre a las seis. /Cerca del Teatro, /lejos del circo mundial/ de los sedientos. /Un beso muerde al dolor/y hace el bien. /Los que nunca se besaron/siguen dormidos”.

Cerramos el libro con la seguridad de que siempre recordaremos algunos de sus versos, con la intención de retornar a esos poemas que nos han provocado emoción verdadera, la que nos traslada la buena poesía, aquella con la que nos dejamos impregnar de belleza a través del milagro de la palabra, el que se produce cuando uno se encuentra ante un poeta que sabe hacernos partícipes de sus inquietudes a través del dominio del lenguaje. Es el caso de este “Abril en los inviernos”. Es el caso de un poeta al que nunca le responderá, retórico, el silencio, Nicolás Corraliza.

Juan Francisco Quevedo

Nicolás Corraliza

 

 

 

 

 

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DOS DIBUJOS CON PALABRAS-Juan Francisco Quevedo

Muy pocos dibujos conservo de mi primera juventud, de mis 16 y 17 años. Me movía entre el surrealismo figurativo, pasado por el chino del pop-art, y el clasicismo más ortodoxo en esa vía por articular un camino-como he hecho siempre con mi poesía- que logre conjugar tradición y vanguardia.

Me inspiró uno de los dibujos la portada de un disco de King Crimson,  In the Court of the Crimson King(1969), el grupo de Robert Fripp en el que Lake-el que luego formara con Emerson y Palmer una de las formaciones más míticas de rock progresivo- cantaba, además de componer y tocar el bajo.

El estímulo que me provocaba la increíble belleza de cuello interminable de esta escultura (s. XIV a. C.) de Nefertiti, me llevó a plasmarla como buenamente pude.

Sueños de niño

acompañan al hombre.

Eclecticismo.

 

1-Sueños de siempre

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SESENTA AÑOS DEL SECUESTRO DE ADOLF EICHMANN -Juan Francisco Quevedo

eichmann

SESENTA AÑOS DEL SECUESTRO DE ADOLF EICHMANN POR EL SERVICIO SECRETO ISRAELÍ (11 DE MAYO DE 1960)

En 1.941 -parece mentira que fuera hace apenas setenta años-, Adolf Eichmann estaba al frente del plan más perverso e inmoral que jamás haya ideado mente ¿humana? En la Alemania nazi se ponía en práctica la llamada, eufemística y cínicamente, solución final. Bajo la inocente apariencia de un difícil problema matemático resuelto, y resuelto definitivamente, se encubría el mayor y más abyecto plan genocida puesto en práctica desde que el hombre es hombre.

“Homo hominis lupus” (El hombre es lobo para el hombre)

                                                      Plauto (Asinaria, 2,4, 28)

Frente al idealista lema de Rousseau, “el hombre es bueno por naturaleza”, siempre se encuentra el lado más oscuro del ser humano, esa parte depredadora que, con sólo estimularla adecuada y convenientemente, convierte al hombre en una fiera caníbal.

Al secreto plan de aniquilación y exterminio nazi le acompañaba una crueldad-si cabe aún una mayor- irracional y desconocida. Esta crueldad se veía incrementada por el sustento intelectual, racista y repleto de superioridad asesina en que se apoyaba.

A los pobres miserables, objeto del exterminio, se les encerraba en inhumanos campos de trabajo, donde se les exprimía hasta reventar, siendo víctimas, entre tanto, de todo tipo de experimentación, tanto médica como industrial. Se aprovechaba de ellos absolutamente todo, desde sus piezas dentales de oro hasta, en algún caso, la piel. Se les reducía a la nada, penando por ella hasta encontrar la muerte en lo que, para muchos, era una verdadera liberación. Los destinatarios de esta abominación fueron fundamentalmente los judíos y muy especialmente los judíos polacos. Pero no se fueron solos, también se fueron, con ellos, disipándose por las chimeneas de los hornos crematorios, las almas gitanas del centro de Europa y la conciencia inane de una atónita y desorientada raza humana.

Desde entonces, y por los numerosos méritos contraídos, tal vez perdiéramos la dignidad y el derecho de ser y llamarnos seres humanos o, simplemente, personas. La humanidad nunca se repondrá, ni expurgará suficientemente la infamia y la ignominia que, en forma de detritus maloliente, cayó sobre ella.

En aquellos negros años miles de especímenes de nuestra raza, científicos supuestamente inteligentes, dedicaban su tiempo a analizar la mejor manera de proceder con el exterminio. Desde sus sesudas cabezas racionalizaban el gasto y los inconvenientes de las diferentes formas de matar, tanto de las antiguas como de las nuevas que, al son del gas de turno -monóxido de carbono o cianuro de hidrógeno-, iban inventando cada día como quien descubre la penicilina. Todo sea por el bien de la humanidad, una humanidad a punto de desintegrarse víctima de su propia estupidez.

“Ciencia sin consciencia no es sino ruina del alma”  (Rabelais)                                                                

Tras rememorar, conmovidos, semejante dislate, cabe preguntarse: ¿Acaso la inteligencia es señal inequívoca de algo? ¿Acaso no somos y no nos comportamos como verdaderos animales?

“Nos asombra ver lo pequeñas y escasas que son las diferencias, y lo múltiples y pronunciadas que son las semejanzas (entre simios y humanos)”.

                       Charles Bonnet (Contemplación de la Naturaleza –año 1.781-)

Adolf Eichmann, allá por 1960 aún no era un viejecito adorable, aunque pudiera pensarse, pues la realidad es que tenía tan solo 55 años. Pasaba plácidamente sus días en Argentina, país al que acudieron a refugiarse, protegidos por una red enmarañada, algunos de los nazis más sobresalientes, huidos tras la derrota del III Reich.

Este aparentemente venerable, pequeñito y encantador vecino, despreocupado en sus ociosidades, se olvidó del pasado como si nunca nada de lo ocurrido hubiera ido con él. Este Ugolino moderno (Dante, Canto 33), tras devorar a sus congéneres, no estaba, sin embargo, dispuesto a morir de hambre y, mucho menos, de remordimiento. Como gerente de la planta de Mercedes Benz en Argentina se ganaba cómodamente la vida. No sospechaba, pese a todas las precauciones que tomaba, que una vecina judía, Silvia Hermann, amiga de su hijo, levantaría la liebre. En realidad fue el padre de ésta, un judío alemán ciego huido de su patria en el año 1938 quien, tras escuchar las historias que traía su hija del hogar de los Eichmann, llegó a la conclusión de que se trataba del criminal que había masacrado a sus compañeros de fe.

Tras conocer su identidad, le tocó convencer a los servicios secretos israelíes, que no daban mucha credibilidad al testimonio de un pobre ciego. Después de confirmar a través de los rasgos morfológicos de unas fotografías actuales que, efectivamente, se trataba del criminal nazi, el primer ministro de Israel, Ben Gurion, dio total prioridad a una operación para secuestrarlo, traerlo a Israel y juzgarlo.

Era una oportunidad de poner negro sobre blanco toda la maldad que arrastraba el régimen nazi. No quería desperdiciar esa circunstancia para que el mundo conociese, a través de un juicio público, las mayores barbaridades jamás antes cometidas en la historia. Aún quedaban muchos testigos vivos de aquella ignominia que habrían de pasar uno a uno ante los atónitos ojos del mundo, ante los impasibles pequeños ojos del genocida.

Pero aquel día, un once de mayo de 1960, algo iba a cambiar, alguien desenredaría la madeja de silencio tejida en torno a él. No fue necesario que nadie entrara en su casa de la calle Garibaldi, en Buenos Aires, sin llamar a la puerta, más bien derribándola, como antes, él, tantas veces había mandado hacer. Era un tipo de costumbres fijas, así que no les fue difícil a los agentes del Mossad trazar un plan para anularlo.

Una fingida avería junto a la parada del autobús en el que Eichmann regresaba a su casa fue el cebo para atraerlo. Antes de que se diese cuenta ya le habían secuestrado y subido a un avión, camino de Israel. La tierra de David le esperaba con un nudo de horca colgando de una de las puntas de su ancestral estrella. En Jerusalén, tierra de promisión, es juzgado y ajusticiado. Simón Wiesenthal, superviviente del holocausto y uno de los artífices de su captura, desde el banco de testigos, ya sólo piensa en descubrir, en sus retiros dorados, a los culpables aún por apresar. Ya, al menos, tras el escarmiento, nunca volverían a dormir tranquilos. Cualquiera, cualquier día, podría interrumpir sus apacibles vidas y recordarles las barbaridades cometidas en nombre de sabe Dios qué.

De nada le sirvió a Eichmann alegar la socorrida y militar obediencia debida. Fue condenado por el delito de genocidio a morir en la horca por crímenes contra la Humanidad. Tras ejecutarse la sentencia, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas arrojadas en un lugar indeterminado del mar Mediterráneo en presencia de varias víctimas del Holocausto y fuera de las aguas jurisdiccionales del país.

Durante el 62, año en que pendió de la cuerda Adolf Eichmann, fallece el escritor Hermann Hesse, icono futuro de una juventud que se identificará con la orientalista filosofía de su Siddhartha. Curiosamente se va un Hesse que ya había intuido la capacidad de crueldad inherente al hombre y, curiosamente, asociada al hombre corriente y moliente.

“No hay nada tan malvado, salvaje y cruel en la naturaleza como el hombre normal” (Hermann Hesse)

Juan Francisco Quevedo

                                                                                                 

sala juicio

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UNA PRINCESA RUSA, UN DUQUE Y UN ÁRBOL DE NAVIDAD-Juan Francisco Quevedo

UN CUENTO DE NAVIDAD

UNA PRINCESA RUSA, UN DUQUE Y UN ÁRBOL DE NAVIDAD

Esta es la curiosa historia de cómo apareció el primer árbol de navidad en este país…

 

En aquella Francia del Imperio que surge poco después de la caída napoleónica, se paseaba por París la figura escandalosa del duque de Morny, hermano ilegítimo de Napoleón III, que era quien gobernaba en la nación vecina. El caso es que este crápula del imperio francés, entre correría y pillería, conoció a una bellísima princesa rusa que le robó el corazón hasta el extremo de llegar a pedirla en matrimonio. Esta mujer no era otra que la presunta hija del zar de Rusia, Nicolás I-entre bastardos, cuando entre pillos, anda el juego-, de nombre Sofía y que llevaba de apellido un impronunciable Troubetzkoy, por lo que no es de extrañar que desde que matrimoniara fuera más conocida por el apellido de su consorte. Todo el mundo se refería a ella como duquesa de Morny.

Después de dar a luz unos cuantos hijos y sin perder un ápice de su belleza enviudó de su disoluto marido, mientras seguía siendo, junto a la emperatriz Eugenia de Montijo, uno de los ejes de la buena sociedad parisina. Curiosamente, y sin tardar mucho, se uniría a la citada emperatriz en sus sentimientos hacia el duque de Sesto. Sólo que si ésta hubo de conformarse con un imperio e inaugurar el canal de Suez, obra de Ferdinand de Lesseps, nuestra Sofía se llevaría el corazón del duque. Éste nunca tuvo ojos para la infeliz Eugenia, perdidamente enamorada de él en su juventud, pero sí, en una historia no correspondida, para su hermana Paca, la duquesa de Alba. El caso es que la princesa rusa se entregó en cuerpo y alma a este guapo español, descendiente directo de aquel marqués de Spínola que tan espléndidamente retratara Velázquez en “La rendición de Breda”.

La princesa rusa y el talludito duque de Sesto se casaron en Vitoria el 4 de abril de 1868, instalándose sin tardanza en Madrid, en el palacio de la Cibeles. Allí, Sofía, acostumbrada desde sus tiempos parisinos a la vida social, pronto se convirtió en el eje de la sociedad madrileña, como antes lo había sido de la de la capital francesa. Además de muy bella, era muy inteligente y en seguida se entregó, como una española más, y de las más militantes, junto a su marido, a la causa de la Restauración alfonsina, siendo su participación, en muchos aspectos, determinante para el triunfo de la misma.

Tras la caída de Napoleón III, el duque de Sesto acudió en auxilio de la familia real española, colaborando en su traslado a Suiza, donde la dejó a salvo, a la espera de ver cómo evolucionaban los acontecimientos en una Francia ocupada por Bismarck. Ya nunca más hubo emperador en Francia y, por ende, jamás pudieron volver a disfrutar del palacio y de los veraneos en aquel Biarritz que tan de moda pusieron entre la aristocracia.

Una vez el duque completara su tarea auxiliadora con Isabel II y un joven Alfonso, todavía sin los dígitos, XII, que le pondría la historia, regresó a Madrid y junto con Sofía organizó la primera gran fiesta de apoyo a la Restauración.

Regresaba para apoyar decididamente a Cánovas en el camino para poner al príncipe Alfonso en el trono de España. Tiempos difíciles para llevar a cabo ese cometido, pues el hombre fuerte de la política española, el general Prim, acababa de conseguir que las Cortes nombraran rey a Amadeo de Saboya y aún resonaban con fuerza los tres jamases que pronunciara en el hemiciclo, firmes, altos y fuertes, con respecto a ver a un Borbón de nuevo en el trono de España.

A la espera de la llegada del nuevo rey, ese italiano elegido democráticamente que nunca quiso una corona, y mientras se cocía el asesinato de Prim, el duque de Sesto y su esposa Sofía convocaron a los Grandes de España en su hermoso palacio de la Cibeles-donde actualmente está el Banco de España-. Al entrar en el imponente edificio quedaron deslumbrados ante lo que veían sus ojos; pudieron contemplar, en aquel diciembre de 1870, el primer árbol de Navidad que se veía en Madrid. Había sido instalado por orden, y con las instrucciones precisas para su emplazamiento y decoración, de la duquesa Sofía Troubetzkoy. Entre toda aquella selecta audiencia, se hallaba Cánovas, el malagueño que de joven llegara a la capital cargado de ilusiones y que no tardó en convertirse en secretario de O´Donnell y encargado de poner orden a su archivo, amén de periodista y político moderado en ciernes.

En julio de 1865, cuando retorna O´Donnell a la presidencia, contará por vez primera con Cánovas. Será entonces cuando tenga lugar el famoso incidente, al pedirle la reina Isabel II que excluyera al malagueño del gabinete, debido a lo nerviosa que le ponían sus tics y sus guiños a destiempo. El general O´Donnell le contestó, haciéndole ver por donde iría el futuro:

Señora, es tan importante la figura de Cánovas en la política, que al constituir un ministerio de tendencia liberal resulta más fácil prescindir de mí que de él.

Una vez acomodados todos los invitados, el anfitrión cedió la palabra a Cánovas que, con su tic nervioso a cuestas, no tardó en lanzar una proclama:

El futuro es el príncipe Alfonso y sólo él.

Aquel día no sólo se produjo el primer paso para restaurar a los borbones en el trono de España sino que se inauguró una tradición, poner un árbol navideño en la vida de los españoles.

 

                                                                                                            Juan Francisco Quevedo

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