MEMORIA DE UN TIEMPO VII-Juan Francisco Quevedo

(Museo de Boston) 1927 Edward Hopper-Drug store- En Greenwich N.Y.

Ayer y hoy del nº184 de Waverly Place Village

VII

ROCK Y DROGAS

Por supuesto, en esa lucha por experimentar con lo que ofrecían los tiempos, hubo que pagar un doloroso peaje que en su forma más auténtica acabó con aquel sueño de libertad, con la esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste el espejismo que inundó el planeta de flores y cánticos alegres a la luz de las hogueras. Con aquel regalo envenenado se perdió, quizás, la oportunidad de haber hecho del hombre un ser más libre en una sociedad más justa.

Quien te mal faz mostrando grand pesar

guisa como te puedas dél guardar

                                                  Don Juan Manuel (El conde Lucanor)

Cuentan que por aquellos años se fabricaba un excelente L.S.D. en las, no lo olvidemos, factorías legales del químico Owsley Stanley, un hombre entregado tanto a la causa de su negocio que acabó encargándose del sonido del grupo californiano más pasado que haya existido, los Grateful Dead. Aún en el 2015, claro está que sin Jerry García, tocaron todavía Sugar magnolia.

Desde San Francisco, se fue extendiendo esta manera de ver la realidad, evidentemente distinta, tanto en su percepción real como en las emociones cerebrales, a través de un viaje lisérgico o, como se decía entonces, psicodélico. Eran años de permisividad donde el L.S.D. se consumía, junto a la hierba mexicana -marihuana-, en estos ambientes de libertad y juventud, con total naturalidad.

La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres.                                              Manuel Azaña                                                                                          

En el 66 existía un gran mercado de la droga, todo un supermercado legal –The Psychedelic Shop-, donde se encontraba, además de estas substancias, los utensilios más variados para consumirlas; podía comprarse desde una cachimba hasta unos libros que les ayudaban a iniciarse en el camino de la psicodelia. Precisamente en ese ambiente de luz, decibelios y ácido nacerá el rock psicodélico, esa ensoñación cerebral con la que no sólo se hizo literatura sino también música.

La marea hippie sale de San Francisco y se extiende de costa a costa, para estallar definitivamente como un movimiento de masas absoluto en el 67, con el festival de Monterey. Allí se descubrió a Joplin y sobre todo a un Otis Redding -(Sittin`on) the dock of the bay– que cautivó a la flor y nata de un hipismo muy militante y combativo. Poco le duró en vida el reconocimiento pues fallece ese mismo año en un accidente aéreo. Poco más duraría la alegría a todos ellos pues, en un goteo sangriento, fueron escribiendo su propio epitafio desde el aturdimiento pasado de las drogas y desde los excesos incontrolados. Con la voluntad perdida, o disipada entre la enfermedad y el sopor del pico, todos fueron cayendo.

Hermanos humanos que vivís después de nosotros,

no tengáis contra nosotros los corazones endurecidos,

pues si tenéis compasión de nosotros, pobres,

Dios tendrá antes misericordia de vosotros.                  

                                                                         François Villon (Epitafio)

Brian Jones presentó a Jimi Hendrix en el Festival de Monterey

Tras Monterey, vendría el mítico y masivo festival de Woodstock. Hasta el lugar, en el estado de Nueva York, se desplazaron los jóvenes de medio mundo, hermanándose los de París con los de San Francisco, los de México con los de Londres y así, sucesivamente, en un mar de manos unidas. Todo sucedió en el año 1.969, tras lo que supuso el mayo del 68; fue una inmensa locura, recibida de uñas por la sociedad imperante y mal tratada, a la vez que maltratada, por la prensa más rancia, que era la mayoría.

La importancia de Woodstock va más allá de lo meramente anecdótico ya que, entre otras cosas, sirvió para seguir dando cuerpo a un malestar, pleno de la más displicente de las disidencias, del que ya se había dado cuenta en mayo del 68, en París, así como allá por el 67 en el festival de Monterey.

En Woodstock vieron la luz grandes estrellas, alguna de ellas se dio a conocer al ritmo inagotable de los Beatles. Su canción Con la ayuda de la amistad sirvió de carta de presentación a un joven de aspecto y movimientos epilépticos que respondía por Joe Cocker. Sus contoneos convulsivos y su voz cascada y personal impresionaron en aquel multitudinario evento. Luego, ya se sabe lo que fue de él, incluso llegó a ganar un Oscar de Hollywood.

Joe Cocker en el festival de Woodstock

Con él actuaron Crosby, Stills y Nash, aún sin Young, así como unos jovencísimos Creedence -Proud Mary-. También Carlos Santana, desde su personal sonido de guitarra, fue capaz de transportar a toda aquella masa de juventud por los acordes de Evil Ways hasta el latino ritmo de Oye como va. Así mismo, cantó Arlo, el hijo de Woody Guthrie, el gran y combativo maestro del folk gringo. Por entonces, Arlo, ya había cautivado al público americano pero fue allí donde se convirtió en el hippie favorito de América. Aquel festival inolvidable lo clausuró, al ritmo de su particular visión del himno de los Estados Unidos, un Hendrix eléctrico y electrizado, con los acordes encendidos de su maravillosa y envolvente ladyland. Como resumen y colofón de aquella celebración y de aquel espíritu, sólo nos queda recordar la canción de Sly&The Family Stone, Stand; desde ella se apelaba a la conciencia universal de cada uno de los jóvenes asistentes.

¡En pie! Llevas demasiado tiempo sentado.

Hay una continua doblez tanto en lo que posees de bueno como de malo.

Después vino Altamont, donde nació la leyenda negra de los Rollings Stones, junto a la más que justificada de los Ángeles del Infierno, con su estética y su espíritu matón. En el festival, los Stones presentan su disco Let it bleed, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba Simpathy for the devil y la brutal presencia en el servicio de seguridad de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nada nunca volvió a ser igual.

He visto arrastrarse por el fango a las mejores mentes de mi generación. Algo así se escribió para los beatnik y algo así se puede escribir para aquella generación de Monterey y Woodstock, que al ritmo de Janis Joplin y los Jefferson Airplane soñaban con un mundo radicalmente mejor. Los setenta mataron aquel espíritu desinteresado, asimilándolo al interés de su causa. Y a los que se quedaron al margen, el sistema los abandonó y pisoteó, pateándolos como cantos rodados, y así fueron dando trompicones, sin voluntad, de ciudad en ciudad, calentándose sobre las rejillas de los metros con la escudilla de la miseria sobre el asfalto, sin más destino que el de ser peones sin rumbo a la búsqueda de una lata de sopa Campbell que calentar en cualquier infiernillo. Hoy ya no queda ninguno de aquellos desheredados de la fortuna. El frío, los años y las drogas se encargaron de ellos.

Brilla radiante el sol, la primavera

los campos pinta en la estación florida:

truéquese en risa mi dolor profundo…

que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?

                                               José de Espronceda (Canto a Teresa).

Pero entonces todo era mucho más natural y rápido; aún no había lugar para las nostalgias disquisitivas. La vida era una huida desenfrenada hacia adelante y el sendero que se iba dejando atrás no era más que la tierra quemada sobre la que se seguía hacia un futuro que tampoco interesaba. Bastante tenían con inundarse de presente.

Enganchados al tren de la rebeldía, estos muchachos hacían jirones el pasado y lo hacían simplemente por eso, por ser pasado. Y, además, un pasado mísero y obsoleto. Cada día era como un regalo; había que vivirlo a tope, por si acaso, no fuera a ser que no hubiera otro.

Imagina que cada día es el último que para ti alumbra:

Agradece el amanecer que ya no esperabas.

                                                         Horacio (Epístolas I, 4,13)

Todos estos muchachos se movían al ritmo de sus inquietudes y de su música, estos jóvenes, más airados que nunca, no sólo miraban atrás con ira, sino que fueron capaces de llevar a la práctica lo que John Osborne y su grupo de escritores sólo ejercitaban intelectualmente. Llegaron a vivir en comunas, al margen de esta sociedad punitiva, practicaban una libertad, civil y sexual, que les ponía y colocaba y, como dijera un Wilhelm Reich reivindicado por la gauche divine europea, satisfacían sus necesidades naturales naturalmente. Además, se movían al primaveral ritmo -Flower power-, de una música electrizante y, para las muertas mentes, como sus oídos, de un establishment atolondrado, ensordecedora. Somebody to love de los floreados Jefferson Airplane pudiera ser el ejemplo que ilustrase ese sentir combativo, desprendido, alegre y lleno de libertad, donde la sexualidad se desparramaba a raudales como parte de una necesidad natural.

Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,

aquí estalla un beso en una cantera sin amor.

Oh, ved en los muchachos los polos de la promesa.

                                      Dylan Thomas (Veo a los muchachos del verano)

Se les llamaba hippies y hacían honor a la etimología de la palabra. Hip se usaba en la jerga de los negros y significaba algo así como colocado; era el estado en que los dejaba la marihuana o el ácido. Se extendió, después, para estos nuevos profetas de la modernidad que aparecieron en los sesenta y, de alguna manera, la palabra los acabó poseyendo.

Grupo de hippies en los sesenta

Las drogas acabaron con aquel sueño de paz, amor y flores que había comenzado entre aquellos primeros contestatarios –allí se inició todo- que se reunían en el soleado campus californiano de la Universidad de Berkeley. Aquellos jóvenes, que recién finalizaban el instituto, estaban a punto de hacer volar las conciencias relajadas de unos padres boquiabiertos que asistían atónitos a las maneras, tan distintas, conque sus hijos pretendían cambiar un mundo –y caminar hacia la utopía de la hermandad- del cual no les satisfacía casi nada.

Me gustan las ideas de crear ruptura, de dar vuelta al orden establecido.

                                                                                                 Jim Morrison.

Mientras Huxley seguía elucubrando, desde la década de los treinta, pasado de ácido, sobre el feliz inmundo que se avecinaba en las páginas de un libro que era la mismísima encarnación de la antiutopía, una distopía infeliz. Todo cambiaba para que nada permaneciera igual y no sólo, o quizás también, por contradecir a un noble siciliano como Lampedusa que hablaba, en la película de Visconti, a través de un sublime y venerado Burt Lancaster -sólo de viejo, pasado por el colador exquisito del Neorrealismo y de Malle, se hizo un actor inmenso-, con el irónico escepticismo del que está de vuelta y por encima, de todo.

Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie

                                                 Giuseppe Tomasi di Lampedusa (El Gatopardo)

  En este cambio social la música iba a tener un papel de rebeldía fundamental y así, mientras el gran Elvis se adocenaba en paupérrimas películas comerciales, antes de convertirse en una caricatura gorda, sudorosa y hortera, un negro de sangre india, como Hendrix, ya afilaba sus cuerdas para demostrar al mundo cómo electrizar a una dama –Electric Ladyland- y, por desgracia, para demostrar al mundo cómo acabar muriendo un frío mes de noviembre, con apenas veintisiete años, a pesar, o por el pesar, de acumular tanta experiencia -Are you experienced?-. Eran tiempos en que se caminaba sin mirar hacia ningún lado a velocidad de vértigo, destrozando guitarras contra los altavoces de cualquier escenario, entre las notas distorsionadas de una peculiar versión del himno del país de las barras y las estrellas.

Están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, locos por moverse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes…                                                                       Jack Kerouac (En el camino)

Tanto es así que algunos acabaron estrellándose. Con los años, la mayoría de los que empezaron a participar en los primeros compases del movimiento, empezaron también a pagar una factura que los llevó al abandono, cuando no a la muerte. En San Francisco, el enrollado barrio de Haight-Ashbury se va plagando paulatinamente de gente que deambula buscando su dosis de droga dura, enganchados a sus enfermedades de transmisión sexual. Con ellos, perece la fantasía de poder conseguir la paz a través del amor; todas esas utopías se desvanecen por el desagüe de la realidad que los consume. Con aquellos ingenuos muchachos, con sus adicciones, entraron las mafias en busca de su dinero sin importarles las consecuencias letales que conllevaba aquel negocio tan lucrativo. La libertad, tras la que se habían estrellado en su vertiginoso caminar, acabó convirtiéndose en unas férreas cadenas mortuorias y las drogas en sus verdugos. Nunca más pudieron volver a soñar con ser verdaderamente libres. Fueron sólo cadáveres, cadáveres olvidados y perdidos en el tiempo.

Allí está mi patria, donde mi libertad.

                                                          Benjamín Franklin.

Barrio de Haight-Ashbury
Psychedelic Shop
Mick Jagger en Altamont con Los Ángeles del Infierno como servicio de seguridad

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO-DEDOS DE LEÑADOR-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO

DEDOS DE LEÑADOR (EDITORIAL POLIBEA, 2021)

José Ángel Cilleruelo, escritor y crítico literario de larga y fecunda trayectoria nos ofrece sus Dedos de leñador (Días de 2019)-Editorial Polibea, 2021-, con los que cuenta mucho más allá de lo que se espera de un diarista y con los que tala un tiempo que nunca ha de regresar. Nació como se nacía antes, así que si no fue el último de Filipinas, sí perteneció a esa última generación de niños que nació en casa, tal y como lo relata en las páginas de este libro. Con la llegada de la democracia, se hizo un adolescente que ya fue capaz de escribir sus primeros versos, se vistió de poeta y ahí continúa porque desde entonces hasta hoy he escrito poemas regularmente.

El diario se inicia un día de año nuevo de 2019 con intención no de contar lo que pasa en los próximos cien días, y Algunos días más, sino con el propósito de utilizar la escritura como una mera excusa para desmenuzar ese período de tiempo y escrutar multitud de hechos y circunstancias con los que va componiendo e hilando su propio mundo. Así podemos ver cómo dentro de la creación literaria, de su concepción poética, reniega de esa poesía que tan solo dice lo que el poema está diciendo, y nada más. José Ángel Cilleruelo reivindica el poema que dialoga a través de los múltiples significados y caminos que pueda sugerir. Ahora bien, también son motivo del interés del autor esas pequeñas alegrías cotidianas que contribuyen calladamente a hacernos más felices, cosas aparentemente tan insignificantes como los paseos por la ciudad, sobremanera la víspera de Reyes, o la búsqueda de libros interesantes por el mercadillo de los Encantes de Barcelona; pasear por este museo de vidas se ha convertido para él en un hábito ineludible. Así mismo, pasan por las tripas de estos días de 2019 su actividad docente como profesor, nunca explicitada previamente, o su adscripción a un determinado equipo de fútbol, con el que confluye para dignificarse en la derrota.

Cualquier pretexto es utilizado por José Ángel Cilleruelo para desarrollar una idea, un pensamiento sugerente o una deriva discursiva sobre este tiempo presente, lo que, sin duda, es de lo más atractivo para el lector. Baste como ejemplo su precisa y acertada reflexión tras ver Roma, la excelente película de Cuarón, donde incide sobre la importancia que tiene en nuestras vidas lo rutinario y cotidiano, es decir justo aquello que suele obviar el cine y que en esta película queda muy bien reflejado, constituyendo una hermosa excepción.

La poesía subyace a lo largo del texto en numerosos pasajes, tal como aquel en el que evoca cómo tuvo lugar la concepción de un poema de Rafael Pérez Estrada tras un acontecimiento común o cuando se refiere a la figura del hijo, siempre presente en las páginas del libro, en una comida, en una lectura en la universidad o en una conversación con los amigos. No en vano afirma algo que cualquier padre suscribiría completamente, algo que quiero que sirva de colofón a una lectura plena de momentos brillantes.

Cuando llegan al mundo, los hijos nos brindan el argumento, cada vez más en exclusiva, de las emociones.

La misma que siento al cerrar estos Dedos de leñador.

Juan Francisco Quevedo

José Ángel Cilleruelo

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MEMORIA DE UN TIEMPO VI-Juan Francisco Quevedo

Un joven Bob Dylan

VI

LAS MOVILIZACIONES JUVENILES DE LOS SESENTA

Pero pasaron más cosas en aquellos años, y no precisamente baladíes. Fueron pequeños acontecimientos que hicieron reaccionar a la gente, a una juventud desilusionada y descontenta, contra el mundo que otros, cada vez más temerarios e inconscientes, se ofuscaban en prepararles.

Durante ese tiempo un joven casi barbilampiño, venido del corazón minero de América, un joven de Minessotta que se hacía llamar Bob Dylan, en franco reconocimiento al poeta Dylan Thomas, acababa de llegar a Nueva York, pateando autopistas, chupando cielo raso y azulejando el desolado peregrinar del solitario, y el alma, de acordes de guitarra y resoplidos de armónica.

Desde Mobile, en medio del desierto-On the road-, haciendo auto-stop, se las apaña para desembarcar en el Greenwich Village neoyorquino. Llega con unos pantalones vaqueros, a la fuerza desgastados, sin una cama segura sobre la que pasar la noche, sin un dólar en unos bolsillos raídos y pateando antros y garitos a golpes-beat- del ritmo de sus cuerdas poéticas. En aquellos primeros tiempos sólo Woody Guthrie, el viejo luchador, el cantante comprometido con cualquier injusticia, desde el limbo de su enfermedad terminal, parece entenderle. Y en tanto Bob, tal vez inspirado por Eliot, escribe y canta. Canta y escribe, incluso a cuenta de aquellos misiles que en cualquier momento podían caernos a chuzos del cielo, de aquellos misiles a punto de eliminarnos, de acabar con todo. Y así, como en una retahíla mortuoria, monótona como un rosario a media lengua, intuye la fatuidad de la existencia.

¿Oh, qué viste, para estar tan triste, hijo mío?…

Vi a diez mil oradores con las lenguas rotas,

Vi pistolas y afiladas espadas en manos de niños,

Y es dura, y es dura, y es dura, y es dura,

Y es dura la lluvia que va a caer.

                                           Bob Dylan (Una dura lluvia va a caer).

Se apresura a cantar esta letanía con el temor de no poder acabarla, con la incertidumbre de no saber si podrá volver a entonarla, con el miedo de no poder ver ya a John F. Kennedy y a Kruschev, en sus búnkeres, como únicos representantes de una humanidad extinguida. Pero no, este juglar moderno, que camina descalzo por el desierto y por el asfalto, aún tenía que regresar al camino, a la autopista 61, con su verdad desnuda, y como un canto rodado penetrar e inundar las conciencias de los jóvenes con sus composiciones. En aquellos lejanos sesenta, sin ninguna duda, los tiempos empezaban a cambiar. Y de qué manera.

No cabía la menor duda de que tras esta década, que apenas comenzaba, un nuevo tiempo vendría y no precisamente el de las nuevas fronteras que iba a predicar Kennedy. Pero, como con todo lo que cuesta, hubo que pagar un doloroso peaje que, en su forma más auténtica, acabó con aquel sueño de libertad, con aquella esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste aquel espejismo que inundó el planeta de flores y celebraciones de primaveras. No obstante, conviene recordar que hubo un tiempo, allá por los sesenta, en el que el poder establecido y la sociedad puritana que lo sustentaba, se sintió amenazado por un grupo de jóvenes melenudos, extraños en sus formas y maneras, amén de impredecibles.

Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad y la represión que encubre.                    Herbert Marcuse

Cuando en 1960 se miraba a través de los barrotes de una sociedad aburrida, oprimente y opresora, los jóvenes querían volarlos para contemplar un mundo menos gris y envarado; vislumbraban un futuro lleno de colores chillones, de bordados explosivos, de luz y de celebraciones primaverales.

Festival de Woodstock

De repente pareciera que todo lo que no fuera a tono con los tiempos que soñaban aquellas nuevas generaciones balbuceantes se hubiera vuelto viejo, obsoleto, caduco y anacrónico, tan podrido como les pudo resultar en los años veinte a los muchachos de la Residencia de Estudiantes, Buñuel, Lorca, Pepín Bello y compañía -Dalí incluido- todo lo que les rodeaba y representaba un orden de pensamiento y de estética antiguo: ¡Putrefacto!

Lo que ellos representaban con un burro muerto, ideado y plasmado por Dalí, éstos lo hacían con el símbolo, ideado por Gerald Holtom y apoyado por Bertrand Russell, que encarna la apuesta por la paz y que al principio sólo quería representar la lucha a favor del desarme nuclear, otra de las grandes reivindicaciones, junto al pacifismo, de esta década.

Aquella revolución surrealista y castiza que surgió en la Residencia de Estudiantes, sin contar aún con el refinamiento marxista y parisino de Breton y compañía, no fue más allá de una élite ilustrada; sin embargo, la revolución que se avecinaba, con una música nueva como estandarte, con un sustrato literario novedoso y con una filosofía amigable y peleona, arrastraría multitudes. Su espíritu desinhibido y comprometido se extendería por el mundo en movimientos espontáneos contra el racismo, las guerras y el poder tradicionalmente establecido.

La juventud más entusiasmada que haya existido nunca estaba a punto de rebelarse contra un sistema obsoleto y anquilosado en sus estructuras. Y todo ello impregnado con el halo imprevisto y aventurero de lo inciertamente apasionante. Para todo, incluso para experimentar con las drogas; se trataba de acabar con todo lo anterior y partir de cero. Se avecinaban tiempos de cambio, un tanto peligrosos y acelerados.

La juventud necesita romanticismo.                              Nikolái Bujarin.

Bertrand Russell en una marcha pacifista

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HILARIO BARRERO (SIETE POEMAS DEL DETERIORO)-Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO-SIETE POEMAS DEL DETERIORO

(MONOGRÁFICO DE LA REVISTA ATONAAL)

Cuando uno recibe el correo, cuando en él llegan noticias poéticas de un buen amigo, no puede evitar abrir con premura el sobre y ojear con avidez las páginas que componen, en este caso, la revista. Una edición limpia y apetecible, con una portada de lo más sugerente en la que figura un precioso dibujo del autor.

La consciencia de que el tiempo se consume, en ese ciclo vital inagotable en el que la vida va dejando hueco a los que aún están por llegar, y la consciencia de que, a cierta edad, se comienza a consumar el deterioro, son los temas centrales de los siete espléndidos poemas que habitan las páginas de la revista Atonaal, dedicada exclusivamente al poeta Hilario Barrero.

Esa percepción de la vejez que tan magníficamente expresa en detalles cotidianos-Hay un desorden que crece entre los libros, / un brusco desconcierto en las caricias…-, no es motivo alguno para que el poeta siga siendo y sintiéndose poeta, para que la poesía siga siendo, junto al amor, uno de los ejes de su vida. Es más, tal y como lo expresa el propio autor, la poesía no muere, como tampoco muere el amor, ambos tienen una vocación de permanencia desde su concepción.

No puede faltar en la realización de ese pequeño inventario de tiempos pasados menciones encendidas y nostálgicas, plagadas de belleza, hacia lo que se ha perdido: Aquella fruta fresca que mordías/y el vicio de quererte ¿dónde habrán ido?

En unos versos bellísimos, canta al amor atemporal, al que permanece más allá del tiempo, al que ya cantara José Asunción Silva al recordar a su hermana muerta, ese amor en el que las dos almas se funden para ser tan solo uno. Si bien físicamente, dice el poeta, no pudimos detener el tiempo, un imposible físico, bien es cierto que queda retenido cuando se hace poesía, cuando el instante recordado, permanece para siempre en la memoria de los lectores, presentes y futuros.

Ahora bien, esa sabiduría que impregna a Hilario Barrero, tanto al hombre como a su poesía, hace que perciba el paso del tiempo como algo inevitable, haciendo una reflexión melancólica sobre su discurrir, sobre el deseo que en él se difumina porque bien conoce que ya somos más ceniza, cansados nos sentamos/ en el parque viendo pasar lo que nosotros fuimos.

No todos los versos desbordan ese bouquet a tristeza añorante, hay versos luminosos en los que se celebra el amor como un gran descubrimiento, como una asombrosa revelación capaz de iluminar la vida, cada vida.

Y yo vacío, torpe, con los ojos abiertos,

tener tus labios a mi alcance y no saber besarte.

Fue un milagro que te quedaras para siempre.

Será el último de los siete poemas el que, con un arranque arrebatador-Sí, no lo niego, / después de la primera noche, / pensé que también sería la última-, nos lleve al encuentro del amor verdadero, el que surge de lo fortuito, a través del azar y el sexo.

Tras la reciente y feliz noticia de la aparición de sus poesías completas-Tiempo y deseo– nos regala estos siete poemas de una vida que retratan a Hilario Barrero, a un poeta de nuestro tiempo, a un poeta que se fascina y nos embauca con algo tan antiguo como el mundo, el misterio del amor y el paso del tiempo, el que nos conduce, lenta pero inexorablemente, a la vejez. Nos despedimos de la revista Atonaal con el convencimiento de lo que ya sabíamos, estamos ante un poeta que maneja las emociones con la misma maestría con la que compone los versos, con un lirismo capaz de provocar en el lector una reacción sensitiva inolvidable.

Juan Francisco Quevedo

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MEMORIA DE UN TIEMPO V-Juan Francisco Quevedo

Instantes después del asesinato de JFK

V

J.F.K., LA MUERTE DE UNA ESPERANZA

Antes de morir asesinado, John F. Kennedy aún tiene tiempo de poner en marcha el famoso teléfono rojo, con el que se establece una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin. Un temido teléfono, especialmente pensado y diseñado para usarse durante las más que hipotéticas emergencias nucleares. Ahora, antes de matarnos, planean avisarse entre ellos. Será para apretar los respectivos botones de sus inseparables maletines una vez puestos a salvo en sus refugios.

En fin, ¡qué Dios nos enganche confesados! ¡Pobre humanidad!

Estos romanos están locos  (Astérix).

Casi no tuvo tiempo para pensar en ello.

El crimen sucedió en Dallas, fue un 22 de noviembre de 1963. Poco después de aquel disparo J.F.K. era sólo historia. Después, descansará, como uno más, en el cementerio de Arlington en Washington, entre las interminables filas entrelazadas de cruces blancas.

Su muerte no fue tanto una crónica anunciada como un desenlace inesperado ante la multitud de frentes que mantenía abiertos. Sus líos con el F.B.I., y con su siniestro y poderoso director, Edgar Hoover, eran del dominio público, así como la intransigencia de su hermano Robert para todo lo que tuviera que ver con el crimen organizado, llámese mafia en todas sus formas. Eran los tiempos de un exilio cubano, en el que, allá por Miami, se daba la mano con el sindicato de transportistas, conectado a través de Hoffa con la mafia y, por tanto, con la enorme tajada dejada en Cuba en torno a la prostitución y al juego. Todo eran intereses muy conectados y, por si faltaba algo, la omnipotente C.I.A. estaba mezclada entre los disidentes cubanos a la espera de una nueva invasión de la isla.

Líos y enemigos francos -frente a otros más ocultos- no le faltaban al presidente pero, aparentemente, nadie esperaba un atentado contra su vida. Cualquiera hubiera apostado, antes, por su hermano Robert, el incorruptible e implacable Bobby, el Robert influyente e inteligente, el hermano al que no se podía llegar, ni para sobornarle ni para seducirle, por no ser vulnerable a nada, ya que no se le conocían vicios ocultos, ni privados ni públicos.

En poco se parecía a su hermano, del que Hoover tenía decenas de grabaciones comprometidas, toda una colección de cintas en las que Jack se explayaba ante sus fáciles conquistas. Robert sólo se dedicaba a traer, después de sus oraciones, niños al mundo y, por supuesto, del vientre de su mujer, Ethel. Pareciera que su destino inevitable fuera el que fue, aunque unos cuantos años más tarde. Robert moriría asesinado por los disparos de un jordano de cara enrevesada y nombre fácil, Sirhan Sirhan, cuando su carrera hacia las presidenciales no había hecho más que comenzar, en un hotel de Los Ángeles pero, para entonces, ya estábamos en 1.968.

Aquel 22 de noviembre de 1.963 aparentemente nadie lo esperaba, al menos en el entorno del presidente, aunque los maledicentes han hecho correr el rumor de que algunos poderosos miembros de la mafia habían reservado hotel, con vistas, para poder asistir en primera fila al magnicidio. Las imágenes mudas del coche avanzando por entre las filas de banderitas y el rostro horrorizado de Jackie al verle caer abatido tras un certero disparo, es el recuerdo ensangrentado, como el pulcro abrigo de su mujer, de aquel día de finales de noviembre. El supuesto asesino fue inmediatamente detenido. Él, Lee Harvey Oswald, un anodino ex marine, fue inmediatamente asesinado por un oscuro personaje, Jack Ruby, dueño de un club nocturno que, tal vez, perteneciera al circuito, controlado por la mafia, de la prostitución.

Distintas instantáneas del magnicidio y la foto del asesino Lee Harvey Oswald

¿Quién estuvo detrás de los ejecutores? ¿Quién, desde la sombra, apretó el gatillo? Tal vez la verdadera respuesta a la  muerte del presidente se la llevara a la tumba Edgar Hoover, el todopoderoso jefe del F.B.I., un hombre que, como un enorme Grandgousier, recibía a sus agentes embutido en unas mallas a punto de reventar. Cuentan que de esa guisa recibió a un atribulado Lyndon B. Johnson, a la sazón nuevo presidente de un país que más de sesenta años después aún no se ha recuperado de la conmoción que supuso el asesinato de John F. Kennedy.

Edgar Hoover y Lyndon B. Johnson

Con su muerte, la duda y la desconfianza, así como un sinfín de especulaciones, no harían ya más que contribuir a acrecentar el mito de un presidente que marcó una época, impuso unas maneras y dio lugar al nacimiento de una nueva era, no sólo en torno a la política -qué también-, la era de la imagen. Desde entonces, los políticos feos no es que lo tuvieran imposible pero, desde luego, sí más difícil.

La pálida muerte de igual modo pisa las chozas de los pobres que las torres de los ricos. Horacio (Odas 1, 4, 13)

Tras el duelo, un inmenso silencio recorrió la médula espinal del país, un silencio impregnado por el sentimiento de culpabilidad que se extendía desde el mismo meollo del poder. Pero, todos callaron. Sólo Marilyn pareciera esperar, a pesar del también inmenso silencio que siguió a su muerte, al ingrato amante, con los brazos abiertos, para darle el único consuelo posible, el de los muertos.

¿Quién sabe?, tal vez le recibiera nuevamente aquella espléndida mujer que, años atrás, apareciera desnuda en Playboy, tentada por el objetivo de Johnny Hyde, tendida sobre un lecho de pétalos de rosas rojas. Tal vez, el sueño, en una fotografía, de los jóvenes de distintas generaciones, se hiciera carne, carne temblorosa, en el país en el cual sólo reinan las sombras. Este mito del siglo XX, cuentan que gran admiradora de Tolstoi, empeñada en aprender a través de la lectura, pese a la frivolidad de su imagen, acabó, de alguna manera, devorada por aquello contra lo que tanta energía había empeñado y, sin embargo, terminó engullida por el mismo, por ese mito erótico y sexual en el que, a su pesar, se vio envuelta, incluso después de muerta. Esta preciosa rubia que, siendo ya una gran estrella, tuvo la humildad de apuntarse a las clases de interpretación de Lee Strasberg, alma del Actor´s Studio, murió con la desnudez cándida de los que siempre llegan tarde, incluso a los rodajes, cuando no, a su propio funeral.

No quiero que me vendan al público como un afrodisíaco de celuloide.                               

                                                                                                       Marilyn Monroe

Oficialmente, una sobredosis de barbitúricos acabó con su vida -a la edad de treinta y seis años- en la soledad de su habitación. Oficialmente, un francotirador acabó con su vida -en la ciudad tejana de Dallas- entre el bullicio de la multitud y en la soledad del asiento trasero de un coche descapotable. Oficialmente, fueron los culpables de algo más, fueron los culpables involuntarios, pero imprescindibles, para que la muerte les uniese para siempre y ¿quién sabe?, tal vez para que les condujese a un futuro común y recóndito. Quizás, ambos, estén agradecidos a sus ejecutores.

Cuando la memoria lleve tus pasos

al cementerio, rinde culto

reverente al sagrado misterio

de nuestro futuro desconocido.            Kavafis (En el cementerio)

Pero, en el mundo, había más familias reales, incluso en los Estados Unidos de una América que se enriquece por el norte y se desangra por el centro y por el sur. La realeza de este país, tras la muerte de John, tuvo, aunque por poco tiempo, un nuevo príncipe heredero, a la espera de coronarle con el armiño presidencial, encarnado en la figura saludable, seria y circunspecta de Robert Kennedy. La más que comentada maldición, existente en torno a esta familia, sobrevoló nuevamente sus cabezas tiñendo de escarlata la ceremonia de entronización. Robert saldrá ileso de un atentado; la próxima vez no tendrá tanta suerte ya que los milagros no suelen prodigarse, ni tan siquiera para un devoto católico irlandés. Casi simultáneamente, la Comisión Warren, creada por orden directa del presidente Johnson, da carpetazo a toda la investigación sobre el asesinato de J. F. Kennedy. El veredicto de la misma es un cúmulo de supuestas obviedades que tan sólo tranquilizan al propio estado; nuevamente se demuestra aquello que dijera Napoleón: “Cuando quieras ocultar algo crea una Comisión”.

 En las conclusiones de la citada Comisión se elimina la sospecha de la conspiración y se determina que Lee Harvey Oswald actuó solo, siendo el único responsable del asesinato. Nadie se lo creyó. Es posible que ni tan siquiera ellos mismos, a pesar de haber pretendido ser tan concluyentes. Ahí quedó otro nuevo y fascinante enigma para la historia.

Marilyn Monroe
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HILARIO BARRERO-TIEMPO Y DESEO-Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

TIEMPO Y DESEO POESÍA 1971-2021 (LIBROS DEL AIRE, 2021)

TIEMPO Y DESEO ES EL TÍTULO DEL LIBRO EN EL QUE EL POETA HILARIO BARRERO REÚNE SU POESÍA COMPLETA

Hay pocos poetas a los que un lector retorne con cierta asiduidad para poder disfrutar de su forma de hacer y de entender la poesía. Sin duda, uno de ellos es Hilario Barrero. Cincuenta años de trayectoria poética, en su caso unida ineludiblemente a su período vital ya que vida y poesía han caminado juntas y a la par, se ven reunidos en un espléndido volumen editado por Libros de aire, prologado por el crítico y poeta José Luis García Martín y epilogado por su editor y también poeta Carlos Alcorta.

Tiempo y de deseo es el título de sus poesías completas, una obra que abarca composiciones que se extienden desde 1971 hasta 2021.

La poesía de Hilario Barrero se fundamenta en la memoria, tamizada por el tiempo, lo que hace de ella una sucesión de pequeños autorretratos en los que la voz poética se refleja, con crudeza y sin ambages, en el azogue desgastado de los años pasados. Ese ser, el que fue en su Toledo natal, donde se enfrenta a la moral de la época, el hombre que va creciendo sin miedo en la adolescencia, asumiendo su propia identidad, mientras descubre los misterios del amor y del sexo a través del deseo y ese último poeta neoyorkino de madurez, el que ve como la vejez va cuarteando su piel, es el ser que se proyecta en su poética. Lo consigue a través de la verdad, de su verdad, la que nos llega destilando autenticidad, sinceridad y belleza, la que trasciende al propio autor para vernos seducidos por ella, para sabernos, ahí su gran habilidad, partícipes de la misma más allá de nuestras tendencias vitales e ideológicas. Lo alcanza apelando a unos sentimientos universales con los que cualquier lector se identifica y lo logra con las complejas herramientas del lenguaje, que domina a la perfección, consiguiendo un equilibrio estético y formal que nos empuja irremediablemente en la lectura.

El juego de luces y sombras con las que llena de contradicciones y contraposiciones sus poemas más alegóricos y simbolistas hacen que podamos palpar los conceptos más abstractos, bellos y evocadores por sí mismos, mirando más allá de lo evidente, caminando hacia lo sugerido dentro de una tensión lírica avasalladora.

Hay una gran parte de la poesía de Hilario Barrero en la que nos lleva desde paisajes humanos interiores, que expone desde la experiencia, hacia paisajes urbanos exteriores, con Nueva York de fondo. En ellos, partiendo de una supuesta familiaridad trivial, de un hecho anecdótico, nos arrastra de lo cotidiano a lo trascendente en un quiebro de gran atractivo para el lector.

Desde su condición de neoyorquino de Brooklyn nos muestra las dos caras de una ciudad, una amable, de plenitud, tan solo ajada por la consciencia del deterioro que origina el paso del tiempo, y otra más amarga, aquella donde nos recuerda la plaga que supuso el SIDA, ante la que sucumbieron muchos de sus amigos y ante la que se institucionalizó un fuerte y sordo miedo a la libertad.

La visión del mundo que nos invita a contemplar Hilario Barrero a través del caleidoscopio de su poesía, es la del sabio que en él habita, la de un poeta que consigue lo que casi nadie logra, hacernos mejores. Disecciona la vida con la tranquilad pausada y serena de alguien que se asemeja al poeta y al hombre que se admira y se quiere, al que con un halo de bondad se manifiesta en cada verso. La plenitud de una vida entera, la de un gran poeta, en un libro que se define en su título, Tiempo y deseo.

Juan Francisco Quevedo

Tiempo y deseo, de Hilario Barrero en la Feria del Libro de Santander

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MEMORIA DE UN TIEMPO IV-Juan Francisco Quevedo

J.F.K. en Berlín

IV

J.F.K., EL LÍDER QUE CONQUISTÓ EL MUNDO

Nixon había caído como el U2 de reconocimiento aliado, abatido por la U.R.S.S., ante el vendaval de los Kennedy, ante el ímpetu televisivo y, quizá, ante la trampa de un embaucador de inmaculada sonrisa, de un, en un futuro no muy lejano, ciudadano berlinés, como John Fitzgerald Kennedy. Los mass-media, con sus nuevas y agresivas técnicas de mercado, irrumpían en nuestras vidas para transformar todo, para intentar, y conseguir, manipular hasta nuestra manera de pensar pero, sobre todo, de comprar -tanto tienes, tanto vales-. J.F.K., con un discurso sensiblero, meditado y diseñado para conmover, desde su aparente naturalidad, impactaba, frente al muro de Berlín, a un mundo que escuchaba gustoso aquello que ya sabían estaba deseando oír.

Hace dos mil años la frase que más enorgullecía a quien la pronunciaba era soy ciudadano romano-Civis Romanus sum-. Hoy, en el mundo libre, ha pasado a ser soy un ciudadano berlinés.                                                                 John F. Kennedy.

Ya asoma por el horizonte demócrata la famosa Nueva Frontera; a sus cuarenta y tres años John F. Kennedy, este hijo de emigrantes irlandeses, guapo, católico, joven, héroe de guerra y millonario, brillaba como una nueva estrella en el firmamento de América. De su estirpe surgirá la primera familia real de Estados Unidos. Aún hoy, muerto, como Bobby, como Rose, como John-John, como…, los Kennedy sigue siendo lo que más se parece a una familia real al uso.

En 1961, John F. Kennedy toma posesión como presidente electo de los Estados Unidos y, con él, se inicia un nuevo estilo de hacer política, aunque en muchos aspectos este nuevo estilo solo afectará a las formas. Unas formas con las que este pícaro, joven rebosante de charm y con una sonrisa impecablemente reluciente, embaucará a los jóvenes divinos del mundo. Su halo de triunfador todavía perdura, sobremanera en viejos progresistas acomodados. Su persuasivo discurso durante la toma de posesión ha entrado a formar parte de la historia, de una historia que, como dijera Cicerón, y me repitiera el padre Eliseo, mi profesor de historia, hasta la saciedad… es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.

Y así, compatriotas míos, no preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros; decid más bien lo que vosotros podéis hacer por vuestro país. Colegas míos, ciudadanos del mundo, no preguntéis qué puede hacer América por vosotros, sino qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre.

                                                               John Fitzgerald Kennedy (20-1-1961)

Pocos meses después, tras esta acabada y pulquérrima declaración de intenciones, en la que, en su engreimiento endofágico, asimilaba el continente americano a su país, se producirá el intento de invasión de Cuba. Pronto salía a relucir la bestia que se ocultaba bajo su inmaculada sonrisa de bon vivant. Aparecía, como ya dijera Kant en su obra La crítica de la razón pura, la cosa en sí –Ding an sich-, o sea, emergía la verdadera naturaleza del ser que solo la apariencia de su presencia escondía.

En abril, la C.I.A., cómo no, organiza el desembarco, en Bahía de Cochinos, de un grupo de exiliados cubanos. Castro, frotándose las manos, les esperaba inflamado de patriotismo heroico; David contra Goliat. Ambos, como Tántalos modernos, hubieran preferido morir de hambre y sed antes que dar su brazo a torcer. Es otra forma de avaricia y egoísmo, más cruel que la del mito, ya que afecta a todo un pueblo pero, metafóricamente, similar a la que nos describe Petronio en su Satiricón. El saldo se libra, para la orgullosa América, con una humillante derrota que el presidente Kennedy intenta asumir como puede. A Fidel poco le cuesta asumir la victoria; al arrojar al mar a los contrarrevolucionarios, henchido de satisfacción, juntó su barba rala a la rala barba del Che y pensó en aquella máxima del Derecho Romano que se recoge en el Digesto: Dar a cada uno lo suyo.

Fidel Castro y el Che Guevara

Y, quizá, se le vinieran a la cabeza las palabras que pronunciara Niceto Alcalá-Zamora, el primer presidente de la II República española: No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga.

Tras este desastroso desenlace, la cota de tensión entre los bloques se dispara, alcanzando su máximo nivel al año siguiente, al detectar los aviones espía estadounidenses el despliegue de misiles y rampas de lanzamiento, por parte de los soviéticos, en la isla de Cuba. La llamada crisis de los misiles puso a la humanidad al borde mismo de la autodestrucción. Nunca el mundo, víctima de la estupidez de sus dirigentes, estuvo tan cerca de su desintegración física como planeta, de su desaparición como parte del sistema solar. Solo rememorar aquellos acontecimientos me hace temblar:

horresco referens (tiemblo al referirlo)               Virgilio (Eneida 2,204).

 Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Nikita Kruschev y John F. Kennedy

Solo Nikita Kruschev y John F. Kennedy, con su nuevo y, como se vería más tarde, siniestro escudero, Henry Kissinger, permanecían ajenos a lo que pasaba en el mundo. ¡Qué diablos les importaba! Bastante tenían con echarlo a pique.

Hay en la humanidad un fondo de estupidez que es tan eterno como la humanidad misma.                                                                  Flaubert

Mientras, Henry, entre asesorar al presidente y asesorar al lobby judío, maquinaba su desembarco en los entresijos del poder y del dinero. Lo mismo le daba que fuera con un demócrata que con un republicano. O incluso, a poder ser, una temporada con cada uno. Eso sí, siempre con el ganador. Este nuevo Maquiavelo se ha ganado a pulso el apelativo de Old Henry y se lo debería de arrebatar al pobre Nick. Con Nicolás Maquiavelo ha pasado lo que con tantos, el mito ha superado la verdad de un hombre que, en vida, fue apacible, honesto y tranquilo. Él mismo, desengañado y recluido en el campo, escribe a su hijo unas letras que debieran de servir como ejemplo a todos aquellos que se dedican a la cosa pública.

Quién ha sido fiel y honesto durante los cuarenta y tres años que tengo, poco dispuesto ha de estar a cambiar de naturaleza, y mi pobreza es el mejor testimonio, tanto de mi lealtad como de mi honradez.

Henry Kissinger y J.F.K.

Henry prosiguió su agitada vida pegado al poder, e incluso a la llamada prensa rosa, junto a su esposa Nancy, como un cortesano interesado. Solo que sirviendo, además de a sus propios intereses, a unos intereses abyectos y retorcidos, los del Old Henry, que actuaba sin compasión y con la firmeza y determinación de los ebrios por el poder. La imagen de este hombre, vestido, eso sí, de smoking, con sus pequeños ojitos, escondidos tras sus grandes gafas de concha negra, es la imagen de un ser indefenso, nacido para recibir insultos en el patio del colegio. Sin embargo, ya sabemos que la imagen, por mucha importancia que se le quiera dar, solo es eso, imagen. Y, en este caso, equivocada.

¿Y qué os diré de los cortesanos? Nada hay más apasionado, más servil, más necio y más abyecto que la mayoría de ellos…

                                                  Erasmo de Rótterdam (Elogio de la locura)

Henry, como Luther King, -¡que venga Dios y lo vea!- fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, en una de las más vergonzosas ceremonias que se recuerdan. Se lo otorgaban, decían, por su contribución a la firma, en 1.973, de unos acuerdos de paz, en París, que no hicieron más que prolongar la guerra de Vietnam durante dos años. Este escudero, el viejo Henry, nacido en Alemania, asesoró a todos los presidentes habidos desde Kennedy a Reagan y jamás perdió su influencia.

La vida es un cuento dicho por un idiota –un cuento lleno de estruendo y furia, que nada significa-.                               William Shakespeare (Macbeth)

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MEMORIA DE UN TIEMPO III-Juan Francisco Quevedo

J.F.K. y Marilyn Monroe

III

J.F.K., EL ASALTO AL PODER

En esas estábamos cuando el gran encanto de los Kennedy, de John, ese play-boy liberal metido a político, asomaba a escena por entre las bambalinas del Partido Demócrata. Estaban a punto de lanzar al corazón de América el discurso de La Nueva Frontera, el discurso con el que conquistaría la voluntad del llamado mundo libre.

Nos hallamos hoy al borde de una nueva frontera, la frontera de los años 60, una frontera de posibilidades desconocidas y de peligros desconocidos (…) La Nueva Frontera está ante nosotros, lo queramos o no…

Toda esta aparente lucidez, aliñada de grandilocuencia edulcorada, sólo era la avanzadilla de lo que los tiempos de la imagen y el marketing estaban a punto de hacernos llegar y de hacernos tragar. Una nueva época, en la manera de abordar y asaltar, dulcemente, los hogares, en la forma de penetrar en las mentes y en las conciencias de la gente, acababa de irrumpir y se aprestaba a invadir nuestras vidas con la fuerza devastadora de un ciclón. Era, también, la otra cara del llamado por Juan XXIII signo de los tiempos, con toda su carga de manipulación. Su maraña se teje sin descanso, extendiéndose hasta nuestros días.

Cuando la televisión informa sobre algún hecho marginal, en ese momento deja de serlo.

Carl Bernstein

Tal es el poder de mitificación de lo que nos quieren hacer ver como correcto que aún hoy, después de haber transcurrido más de sesenta años, perdura aquella imagen adorable del presidente J.F.K. Nos dicen, llevó al mundo y, en especial a su país, a liderar un gran cambio social. Pero la realidad es que sólo cambió el envoltorio; todos eran más guapos, más telegénicos y sólo decían aquello que los ciudadanos querían oír. Pero la desnuda verdad es que la situación en el mundo no hizo más que empeorar, aunque justo es reconocer los avances en la lucha por los derechos civiles de las minorías y en especial de la minoría negra, oprimida medieval y salvajemente en los contradictorios Estados Unidos de América.

El bueno de John ganó las presidenciales, aunque fuera por los pelos, a un Nixon que cuando le tocó no demostró ser mucho mejor, más bien demostró ser un desastre. De hecho, dicen que cuando dimitió, al abandonar la Casa Blanca, le registraron por si escondía algo entre sus calzoncillos. Lo cierto es que olían a la misma podredumbre que durante años se fue depositando en las alcantarillas del poder. También dicen, y aseguran y dan por cierto, que J.F.K. ganó a costa de facilitar no pocas botellas de licor a multitud de votantes en determinado Estado de la Unión, tal vez Iowa. Para que luego digan que los católicos son incapaces de hacer trampas, incluso cuando están borrachos como cubas. De lo que si hay notarios que den fe es de cómo, al poco de llegar, preparó, o se encontró con ella -articulada por la C.I.A.-, la invasión de Cuba y, como consecuencia, se desarrolló la crisis de los misiles. Por ella, por su culpa, por su grandísima culpa, estuvo a punto de llevar a este infeliz mundo a una guerra nuclear. Tal vez nunca estuvimos, en la historia, tan cerca de la autodestrucción como entonces.

Bien, pues a pesar de todo ello, hoy sólo recordamos de él, esencialmente, tres cosas. Primeramente, lo guapo que era, después, las fotos de John-Jhon, una jugando en el despacho oval, bajo su mesa, y otra, en posición de firmes -con unos minúsculos pantalones cortos-, despidiéndose militarmente, al paso del féretro de su padre. Por último, al menos los de mi generación, tenemos grabado el happy birthday -mil veces repetido y mil veces visto sin ningún tipo de hastío- que le dedicó Marilyn, en el día de su cumpleaños ante los envidiosos ojos de todo un auditorio, envuelta como una diosa en un ceñido traje que nos insinuaba su hermoso cuerpo.

John-Jhon jugando en el despacho oval mientras su padre trabaja
John-John despidiendo militarmente a su padre

Los dos acabaron despedazados; él por una bala lanzada por Lee Harvey Oswald, en Dallas, y disparada aún no se sabe por quienes, y ella, la pobrecita Norma Jean, la niña de pueblo que se volvió rutilante estrella a los ojos de todos menos a los de ella misma, en su afán iconoclasta y caníbal, por unan pastillas de barbitúricos suministradas aún no se sabe por quienes. Un crimen por esclarecer, el de John Kennedy, y una sobredosis, tal vez un asesinato, por aclarar, el de Norma Jean, más conocida como Marilyn Monroe.

Un bello objeto es un placer eterno.

                          Keats (Endimión)

Marilyn cantando el happy birthday al presidente J.F.K.

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MEMORIA DE UN TIEMPO II-Juan Francisco Quevedo

Un joven J.FU.K.

Un joven J.F.K.

II

JOHN F. KENNEDY

LA GESTACIÓN DE UNA LEYENDA

Después de la irrupción escandalosa de la nueva década que principiaba, vino una larga historia, tan larga como la sombra del poeta colombiano José Asunción Silva al recordar en Nocturno a su hermana muerta.

El mundo no tardaría en colapsarse con el ritmo del rock metido en el cuerpo, con el espíritu hippie -el flower power- de paz, amor y música que estaba por llegar, y con Kerouac En el camino y el desesperado Aullido beatnik en las venas de toda una generación.

He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas,                                                                                                                                           histéricas, desnudas,

arrastrándose de madrugada por las calles de los negros buscando el pico rabioso.  

                                                                                    Allen Ginsberg (Aullido)

Mientras que estos cambios se extendían sin ningún pudor, en Estados Unidos se preparaba el asalto al poder de un clan católico, venido de Irlanda. Merece la pena recordar la historia de un hombre que marcó el futuro político del mundo pese a su trágica y temprana muerte.

Nunca se conformó el bostoniano Joe Kennedy, padre de J.F.K., con ser uno más en los Estados Unidos de América. Ni él ni su mujer Rose. Lejos quedaban los tiempos en los que sus abuelos tuvieron que emigrar de Irlanda para evitar y sortear la hambruna que se cernía sobre aquellas tierras, muy lejos quedaba ya aquel año de 1849 en el que sus antepasados arribaron a las costas americanas en busca de algo tan elemental como subsistir. Poco supo Joe Kennedy de aquellos sinsabores, más allá de las historias familiares que él ya escuchaba como algo remoto, como una reliquia sumergida en la neblina del pasado. Su padre, Patrick J., era un empresario que saboreaba las mieles del éxito comerciando con licores y flirteando con el Partido Demócrata local; se había encargado, con un poco de suerte y mucho trabajo, de forjar en sus destinos el sueño americano.

El joven Joe Kennedy, futuro padre del primer presidente de origen irlandés de los Estados Unidos, recibió una inmejorable educación en Harvard, donde además se percataría de la eficacia punitiva del mejor y más genuino puritanismo sajón; allí, en aquella elitista institución educativa sufriría el primer y probablemente único revés que le dispensaría la joven sociedad americana. Eso sería algo que jamás perdonaría ni olvidaría; fue rechazado por un miembro de una fraternidad del campus por su origen, por el de aquellos abuelos irlandeses que llegaron a buscar nuevas oportunidades. Nunca se sintió más orgulloso ni más decidido a reivindicar sus orígenes, tanto religiosos como culturales.

Quizás esta contrariedad fuera el germen, la semilla que determinó su empeño en influir políticamente en el destino de su país, quizás fuera lo que le llevó a esforzarse con ahínco en un proyecto inverosímil, hacer que uno de sus hijos, católico y con ascendencia irlandesa, llegara a la presidencia del gobierno más poderoso del orbe. Y por qué no, se diría; al fin y al cabo él bien sabía lo que su familia había conseguido en apenas dos generaciones. Todo era posible en América.

El camino sin duda era largo y la tarea laboriosa. Para ello contaba con su fiel Rose, con la que se había casado en 1914, cuando era la hija mayor del alcalde de Boston, John F. Fitzgerald.

El primogénito de la pareja, Joseph Patrick Jr. era el elegido para tan ardua empresa, era el joven al que preparó con esmero para que pudiese ser todo lo que él jamás pudo aspirar a ser. Los tiempos eran otros y el viejo Kennedy creía ver con claridad que había llegado el momento de que un descendiente de irlandeses católico ocupase la Casa Blanca.

No sería así; al menos no con su primogénito, que moriría en una misión especial durante la Segunda Guerra Mundial. Fue considerado un héroe nacional. Un héroe para su país y una tragedia absoluta para su familia, una familia que sufriría lo que comenzaba a llamarse la maldición de los Kennedy; algo que había comenzado no con la muerte del primogénito sino con el internamiento en un siquiátrico, por culpa de una lobotomía, de Rose Marie, una de las hijas del matrimonio. Allí permanecería durante más de sesenta años, desde 1941 hasta su muerte en 2005. La lista de desgracias acaecidas en la familia sería interminable pero sin duda culminaría con el asesinato, tanto de John, cuando era presidente de la nación, como de su hermano Robert poco después. Nadie duda ya del sino inequívoco de una familia abocada a la tragedia.

Pero vayamos con John, aquel joven que se vio obligado a recoger el legado que se había encomendado a su hermano muerto. Era el segundo de los nueve hijos que tuvo el matrimonio. Este joven que había nacido en 1917 se graduó en Choate en 1935 y en el anuario de fin de curso pusieron, como algo premonitorio, El que tiene más probabilidades de llegar a presidente. Posteriormente, fue a la Universidad de Harvard, donde se graduó cum laude con una tesis que llevaba por título, Por qué Inglaterra se durmió. Reflexionaba sobre el papel de Inglaterra en los Acuerdos de Múnich de 1938. Tras publicarla se convirtió en su primer gran éxito. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó en la Marina americana, siendo condecorado en diversas ocasiones y regresando a su país como un héroe nacional, como lo fuera su hermano mayor, sólo que vivo.

Con la muerte de su hermano y el final de la guerra, tanto él como su familia se centraron en su carrera política para catapultarle a la presidencia. Lo tenía todo, fama, presencia y dinero. Sólo le frenaba su religión y su origen. Tuvo la suerte de pertenecer a una época en la que la imagen comenzaba a marcar los destinos de la sociedad de consumo; lo era todo y también en política. Primeramente fue elegido congresista y posteriormente, en 1952, senador. Su horizonte político parecía no conocer límites terrenales.

La carrera presidencial, en plena guerra fría, no tardó en llegar para él al imponerse en las primarias como candidato por el Partido Demócrata. El mundo parecía estallar y mientras que Kennedy competía con el republicano Nixon por la presidencia, Rusia y Estados Unidos estaban en otras carreras, la armamentística y la de las estrellas.

Fue el níveo país de la hoz y el martillo el que pegó un fuerte aldabonazo en el cedazo lunar y en los morros de una América confiada a su buena estrella, al conseguir alunizar en su gruyerizada superficie el primer cohete. La carrera espacial no había hecho más que comenzar. Los líderes de los dos bloques en que se hallaba dividido el mundo, tras la segunda guerra mundial, se amenazaban continuamente con misiles nucleares y se entretenían lanzando Sputniks y Apolos al espacio. Era evidente que para estos dos colosos la tierra se había convertido en una pequeña bañera, incapaz de albergar los egos megalómanos de estos visionarios. La conquista de las estrellas parecía una empresa a la altura de unas miras sumamente, nunca mejor dicho, elevadas. La chatarra espacial no había hecho más que comenzar a girar sobre nuestras indefensas cabezas de turco.

La competición ruso-americana por la conquista del espacio y de las estrellas fugaces-Aquellos chalados en sus locos cacharros- me trae a la memoria la historia de la carrera del siempre veloz Aquiles, aquel al que llamaron el de los pies ligeros, y de la lenta tortuga. En ella, Aquiles siempre recorrería la mitad de lo andado por la tortuga, una y otra vez, de tal manera que siempre le resultaría imposible alcanzar a la tortuga.

Desde luego, ninguno sería capaz de conquistar el inmenso espacio en el que no somos más que una pequeña mota de polvo; toda esa parafernalia de NASAS y lanzaderas responde a una inmensa mentira que se desparrama entre la inmensidad de un Universo que nos mueve a su capricho. Pero, en fin, algunos quieren jugar a ser Dios y, entre fanfarronadas espaciales, se presentan ante el mundo tal y como Ulises se presentó, en el texto de Homero, a los faecios.

Soy Ulises, el hijo de Laertes, conocido entre los hombres por los muchos ardides; mi fama ha llegado al cielo.

A pesar de sus pretensiones lo cierto es que todos ellos reposan en la tierra, muy lejos de ese cielo al que intentaban ascender.

J.F.K. y su hermano Robert

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MEMORIA DE UN TIEMPO I-Juan Francisco Quevedo

1979

I

HACIA UNA NUEVA ÉPOCA

Es muy difícil ahondar en el desarrollo personal de los que crecimos al amparo de los avances culturales y sociales que acaecieron en la década de los sesenta sin hacer un recorrido por la sucesión de acontecimientos que se dieron y por los personajes que más contribuyeron a que tuvieran lugar. Entender lo que ocurrió durante aquellos años cruciales ayudará no solo a conocer mejor a todas las generaciones que vinieron después, sino también a conocernos a nosotros mismos.

Por todo ello, hoy doy comienzo esta Memoria de un tiempo, desde las que reflexiono sobre la influencia que, muchos de los hechos que se encadenan a lo largo de esa década, ejercieron en la sociedad que ayudaron a configurar. Fue un tiempo en el que se generó tal marea de cambios sociales que, con su empuje, hicieron tambalear el orden establecido. Ahora bien, aunque pudiera parecer que de manera inmediata no consiguieran nada, que todo se diluyera en la protesta, en la actitud contestataria y contracultural, nada después de entonces volvió a ser igual ya que su impronta, el cambio mental que fueron introduciendo sigilosamente en las mentes de toda una sociedad fue imparable. Aquel que no supo adaptarse a lo que los nuevos tiempos traían fueron arrollados por los mismos o arrinconados como viejos trastos de un pasado obsoleto.

El espíritu de los sesenta, la huella que dejaron todas aquellas mareas y movimientos en el mundo, se acabarían reflejando en multitud de cambios sociales y culturales que aún perduran. Por tanto, la filosofía y las ideas que invadieron a la juventud de aquellos años, cuyos padres habían sido testigos de la segunda guerra mundial, penetraron tanto en las estructuras sociales como en las de poder, provocando un cambio absoluto en multitud de campos, afectando sobremanera a la vida cotidiana y a las relaciones sociales más elementales.

La liberación de la mujer y su incorporación real a la universidad y al trabajo en busca de la igualdad, el cambio entre las relaciones paterno filiales, haciéndolas más cercanas, la revolución en las escuelas y universidades, dando al traste con lo que había sido un autoritarismo a ultranza, las relaciones con el poder político, hasta entonces encorsetadas y lejanas, hubieron de replantearse para acercarse a las nuevas exigencias del ciudadano. Estos son solo algunos significativos ejemplos de los grandes avances sociales que se fueron produciendo como consecuencia de los acontecimientos acaecidos a lo largo de la década y que culminaron en el mayo del 68 francés.

En ese preciso tiempo histórico no se dio el triunfo, en ningún caso, de lo que propiciaban y defendían aquellos movimientos que emergían con tanta fuerza, al menos en cuanto a provocar cambios inmediatos en los medios de poder pero, después de aquel tiempo, nada volvió a ser igual. La pátina que fueron dejando acabó por impregnar de manera definitiva a las generaciones y sociedades futuras.

En los años sesenta germinaron una sucesión de rebeliones contra unas maneras de entender y hacer política, fuese el capitalismo o el comunismo, que se sustentaban en el autoritarismo, la jerarquización y la represión como único medio de ejercer el poder. Tras el caldo de cultivo que se fue generando desde la cultura hippy, desde la música rock y todos los movimientos contraculturales que se forjaron a su alrededor, se gestó un embrión que no hizo sino crecer para estallar en el mayo del 68, donde primero los estudiantes y luego los trabajadores hicieron tambalearse las estructuras que llevaban rigiendo el mundo desde tiempos inmemoriales. Si en Francia un perplejo general De Gaulle se encargó de reprimir aquella fiesta libertaria, en Praga, ese mismo año, lo harían los tanques soviéticos y en México, durante las Olimpiadas, la represión por parte del gobierno contra unos estudiantes que clamaban libertad fue brutal.

Para ver cómo se llegó a ello podemos analizar algunos de los hechos que se dieron a lo largo de la década, ya que fueron los artífices de crear el clima necesario para su estallido.

Los años cincuenta se extinguían ahogados en su propia mediocridad. Los sesenta aullaban por derribar de un alarido todas aquellas puertas que permanecían cerradas desde que el ser humano pobló la tierra. Los sesenta corrían sin freno para irrumpir en las aburridas vidas de la generación que surgió tras la guerra mundial e inundar de amor y paz sus corazones. Un nuevo espíritu estaba a punto de desbordar el mundo y de asustar, desde su explosivo empuje, a las mentes instaladas en un pasado a punto de volar por los aires.

El aliento yonqui del tío Bill Burroughs caminaba por la angosta senda de un perdedor como Charles Bukowski, ese poeta brutal y tierno, descarnado y lírico -Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas-, tal vez autor de un realismo demasiado sucio y feroz para los tiempos de civismo, pacifismo e igualdad que se avecinaban. A pesar de todo, encajaba a la perfección en la estética rompedora de aquella corriente que era heredera directa de los beatniks; era como si recibiese de ese grupo de inconformistas alienados el abrazo imposible de la Venus de Milo, que dijera Rubén Darío.

Oigo el agua

las noches que consumo bebiendo

y la tristeza se hace tan grande

que la oigo en mi reloj

                                  Charles Bukowski (Culminación del dolor)

Mientras en una aislante y solitaria oficina de correos, Charles Bukowski esperaba su ocasión para mostrarnos sus versos, Ginsberg corría con el manuscrito de Burroughs de editorial en editorial dispuesto a hacer saltar por los aires las conciencias bien pensantes, dispuesto a escandalizar -El almuerzo desnudo- con sus experiencias lisérgicas y psicodélicas a una sociedad nada habituada a los excesos. Todo ello, no conviene olvidarlo, en un país en el que durante aquellos años el ácido era totalmente legal.

He visto medir la vida por las gotas de solución de morfina que hay en un cuentagotas.

                                                          William Burroughs (Yonqui)

En el corazón de los sesenta, en medio de esta eclosión literaria cuyas obras serán los libros de cabecera de la generación que estaba a punto de tomar la calle, surgirá una música que arrasará y conquistará a la juventud del mundo, el rock en todas sus variedades, incluso en su versión más salvaje, el heavy metal. Esta derivación tendrá el mismo nombre, tal vez casualmente, que el personaje de una novela -Nova Express– de Burroughs. El personaje se llamaba The heavy metal Kid.

Pero por el momento los jóvenes de entonces se disponían a dinamitar con sus ideas la cultura oficial y oficialista, la manera de ver y afrontar la vida y además, todo ello, aderezado por la música más bárbara que nunca hubiera existido. Muertos los cincuenta, los sesenta aporreaban, para derribarla, la puerta de la nueva década.

La generación que anda alrededor de los veinte años se sublevará contra la gente de alma hórrida.  

Ortega y Gasset

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ALFREDO JURADO-HERENCIA DEL TIEMPO-Juan Francisco Quevedo

ALFREDO JURADO

HERENCIA DEL TIEMPO (EDITORIAL ÁNFORA NOVA, 2021)

Herencia del tiempo es el nuevo libro que nos ofrece el poeta cordobés Alfredo Jurado. Con una fecunda trayectoria editorial durante la que han visto la luz una quincena de títulos poéticos, llega de nuevo hasta el lector con las premisas que siempre lo han acompañado intactas, un vocabulario culto y extenso, pleno de imágenes sugerentes, y un gusto poético, lleno de sentido rítmico y lirismo, donde la elegancia siempre se desborda a borbotones por entre los versos.

Esta Herencia del tiempo se constituye y edifica en tres partes; en la primera de ellas, Pretérito perfecto, la voz poética se adentra en los caminos que nos inducen a perseguir y adentrarnos en esa búsqueda constante que acompaña permanentemente al hombre, en la lucha por encontrarse a sí mismo. En el caso del poeta, uno de esos senderos que debe recorrer, en esa indagación hacia su yo más profundo, es aquel que le sugiere, y por el que le lleva, la creación literaria. Durante ese descubrimiento continuo al que se ve arrastrado, es consciente de la futilidad de los acontecimientos y del tiempo presente, reflejándose en una naturaleza que sigue componiendo uno de los ejes de su poesía.

Ya no será posible dar largas caminatas

por aquellos senderos inflamados de aromas,

aquellos que saturan el olfato,

por la alquimia hechizada

de un brote de mandrágoras.

Bitácora es el título de la parte central del libro. Constituye la más extensa, con poemas que persiguen y buscan una cierta liberación de las ataduras que nos va poniendo la vida con su simple discurrir-Tal vez sigo esperando/que una voz me despierte/para sentirme libre, /desde esta esclavitud de la memoria.

En las evocaciones felices, en el recuerdo tal vez del amor perdido, al menos como entonces, el poeta tiende a fundirse en el instante. Lo logra en la consecución de un imposible, detener el tiempo, algo a lo que solo se llega a través del vuelo poético. Con el tiempo suspendido en el verso, toda la fuerza se concentra en el momento preciso de ese recuerdo que transmite felicidad.

La luz de aquella tarde

preñada del verano,

les lleva hasta perderse

por la trama del tiempo.

Se van sucediendo los poemas que desbordan la memoria, a pesar de saber ya entonces lo efímero y fugaz que puede resultar hasta el amor: Brindabais con la luz/de aquella atardecida/que adelanta el neón; /acuñados los dedos, /vais consumiendo el tiempo/que transcurre despacio.

El paso del tiempo, una constante universal que acompaña a la poesía, recorre transversalmente todo el libro. Pareciera que los recuerdos, que van fluyendo a través de esa Herencia del tiempo, llegaran unas veces para servirnos de consuelo y otras para llenarnos de añoranza.

Aquella blusa amplia movida por el viento

le descansa en los senos, los dibuja

como frutas de carne.

En ese embelesamiento que acompaña al amor, a los amantes, el mundo parece diluirse, parece no existir más allá de sus miradas: Les late el corazón, que altera su compás, /pero ellos no lo notan.

Con una poesía que surge con emoción y verdad, donde la elegancia es un marchamo que inmediatamente atrapa al lector, Alfredo Jurado nos ofrece versos sugerentes y hermosos, en los que la naturaleza, el milagro que siempre engendra, es una constante y un descubrimiento feliz:

El verano les presta tapiz de matricarias,

aquel trasluz que llega desde los olivares

con rumor de leyenda; su cómplice es sin más,

para aquellas entregas.

Esta Herencia del tiempo finaliza con una Ventana interior que se abre hacia el yo más íntimo, que se aviene a recordar aquello que la vida, con su paso, nos robó, el tiempo, la edad y la juventud:

Pasó la juventud,

se escapaba lo mismo

que una torcaz en vuelo;

lo mismo que el aroma

de un gladiolo fugaz;

como el vuelo furtivo

de un gavilán que cruza

y va cortando el aire.

Estos bellísimos heptasílabos nos conducen hasta la más estricta soledad, aquella que se va abriendo paso de la mano del invierno, llenándonos de frío: Comprendamos acaso, que ya no somos jóvenes/que nuestros veinte años, se bebieron la vida/de una laguna amplia y transparente…

El libro finaliza con el poema Epílogo, una laudatoria al hecho de amar, una exégesis que tal vez culmine en los dos últimos versos, donde parece que el amor fuera el verdadero motor del hecho poético, de la composición literaria: … ¿Puede ser aquel vino que te entrega/en la lengua al estadio de palabras sin orden?

Cerramos el libro con la plácida sensación de haber besado la belleza intangible y misteriosa de los sentimientos más profundos del poeta. Alfredo Jurado nos brinda la Herencia del tiempo, de un tiempo en el que los lectores nos vemos reflejados con la emoción e intensidad que siempre desprende la buena poesía.

Juan Francisco Quevedo

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MEMORIAS DE JUVENTUD VI-Juan Francisco Quevedo

1977

VI

Nuestro año previo a la universidad fue un curso lleno de cambios importantes que afectaron a nuestras vidas. Después de haber cursado toda nuestra enseñanza reglada en el colegio que los Agustinos tenían en la calle Alcázar de Toledo, con nuestros dieciséis años a cuestas nos dispusimos a abandonar aquellas vetustas instalaciones para encaminarnos al nuevo y flamante edificio que la Congregación había hecho construir en lo que entonces era el principiar del pueblo de Cueto, tal y como indicaba un gran cartel, de esos añejos, que se encontraba en lo que hoy, por arte de magia, parece ser El Sardinero.

Cambiábamos de colegio y comenzábamos a compartir autobús con las chicas que lo tomaban para ir a las Esclavas. Ese no fue el único contacto que tuvimos aquel año con las muchachas del sexo opuesto. Nuestro colegio se convirtió en pionero en ese año de la muerte de Franco, en cuanto a cambiar lo que había sido norma en la enseñanza, y convirtió el colegio en mixto, de tal manera que por primera vez, desde que a los cuatro años abandonara la escuela unitaria de La Cavada, iba a compartir aula y experiencias con chicas en la misma clase. Así que ese curso compartimos con ellas, no ya pupitre, sino esas mesitas con voladizo unipersonales.

En fin, toda una novedad para una ciudad en la que la segregación por sexos era absoluta, tanto en la enseñanza pública como en la privada. Es difícil olvidar dónde se ubicaba el Instituto Femenino, el histórico edificio de Santa Clara que aún hoy alberga en sus aulas a los chicos y chicas de la ciudad, el único de la zona que permanece como testigo del incendio que la asoló en febrero de 1941. Alejado del femenino, muy cerca de Cuatro Caminos y del colegio de La Salle se encontraba el Instituto Masculino, el Pereda. Hasta ese año de 1975 tan sólo en las escuelas unitarias de los pueblos se había mantenido, quizás más por necesidad que por otra cosa, las clases mixtas.

A nuestra clase recuerdo que llegó un buen grupo de chavalas, aunque se encontraban en minoría evidente; muchas ya con cierto aire de los nuevos tiempos. No tardamos en congeniar con gusto con ellas y las recibimos con una normalidad mayor de lo que cabía esperar a tenor de la expectación que había suscitado.

Algo distinto se empezó a palpar aquel año; por todo. Gozábamos de mucha más libertad y se respiraba otro aire; ya no se rezaba en clase y la misa semanal había dejado de ser obligatoria de verdad y no como un par de años antes cuando nuestro tutor, un miembro de la comunidad religiosa, en un alarde de modernidad, la declaró voluntaria por unos minutos ya que, al ver que pasábamos delante de la puerta de la capilla hacia la inmediata, que era la de la calle, decidió bloquear la puerta de salida y meternos para adentro a cogotazos. Los más avispados para cuando el atribulado padre reaccionó ya estábamos en el patio junto a la mítica palmera, donde tantas veces, tantos miembros de tantas generaciones agustinianas se retaron para zumbarse por cualquier tontería a su sombra. Bien es verdad que luego siempre solía quedar en nada. Con el cambio de colegio ya nunca se volvió a escuchar aquella bravata tan característica de a la salida te espero en la palmera.

Hubo más cambios, ya lo creo; por segundo año consecutivo a los mayores nos autorizaban a abandonar durante el recreo las instalaciones colegiales. Cambiamos las tertulias en la cafetería Picos de Europa y en el Mesón El Trabuco de la calle Vargas por los bajos de Feygon y los Campos de Sport. Allí veíamos los entrenamientos del Racing de Maguregui, aquel entrenador que tenía merecida fama de poner el autobús en la portería y de enfangar y embarrar el campo, sobre todo las áreas, donde a duras penas se distinguían, al pasar unos minutos, las líneas de las mismas mientras que el punto de penalti ya era una entelequia matemática por adivinar. Todo por obra y gracia del ya proverbial manguerazo de Maguregui. Aunque no hubiera llovido desde hacía semanas, el campo siempre estaba embarrado.

Aquel año pasaron muchas cosas; en noviembre murió Franco y nos dieron toda la semana de vacaciones.

También fue el primer año en el que no tuvimos clase por la tarde, salvo una hora semanal en la que, como otra novedad reseñable, un sicólogo intentaba orientarnos con toda su buena fe pero nosotros, desde nuestra insolencia juvenil, ignorábamos a conciencia, cuando no intentábamos bromear un rato con él. Cosas de la edad. Aún conservo el informe que me hizo con sus recomendaciones de cara a la universidad.

Claro, que todo aquello cada cual lo recordamos a nuestra manera; ya se sabe lo caprichosa que es la memoria cuando trae al presente lo acaecido años atrás. A veces, cuando hablo con mi amigo del alma, con Javi Maza, pareciera que hemos ido no ya a cursos distintos sino a colegios distintos, y eso que estuvimos juntos desde tercer grado-siete años- hasta el C.O.U. del 75-76. Nos vemos muy a menudo, y muy a menudo surgen anécdotas de aquellos años que cada cual suele ver a su manera. Pero nos seguimos riendo mucho con ellas y con nuestra manera tan diferente de recordarlas.

Hoy en día, como siempre, siento un gran afecto cuando recuerdo a muchos compañeros de entonces, incluso a los que no conocí en aquel tiempo por ser de otros cursos, mayores y menores, pero que después la vida ha hecho que nos encontremos. Con todos se ha establecido una conexión cercana; es como si un hilo invisible uniera de alguna manera a todos los agustinianos de aquella época. Claro que no nos es difícil sintonizar, pronto afloran los nombres de aquellos profesores que menos nos gustaron, aquellos con los que más nos esforzábamos por hacerles la vida imposible, junto a los que tenían la mano, cuando no la regla, más larga y un largo sinfín de recuerdos comunes.

No es el momento de recordar las cosas más agrias, es el momento de traer a la memoria los muchos y buenos profesores que tuvimos y que tanto contribuyeron a nuestra formación. Entre todos ellos, desde mi experiencia y por la influencia que ejercieron sobre mí destacaría a dos, al padre Eliseo y al padre Heras, mis profesores respectivamente durante años de Historia e Historia del Arte y de Lengua y Literatura. Del primero, del padre Eliseo disfruté de sus enseñanzas ininterrumpidamente desde segundo a sexto de bachiller y el padre Heras nos dio clase los dos últimos años.

El amor por la historia, las lecturas con las que tanto disfruto y el gusto por cualquier disciplina artística se lo debo sin duda alguna a esa manera tan didáctica y amena que tenía de presentarte cualquier tema, desde la Reconquista hasta la belleza del Pórtico de la Gloria. Siempre resuenan en mi interior, con su voz solemne, las palabras de Cicerón, aquellas que nos repetía curso tras curso y donde nos decía inexcusablemente que la historia es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.

Jamás lo olvidé, como jamás olvidé aquellas pequeñas charlas que teníamos, aquella pasión con la que nos contaba cualquier detalle, aquella lectura de la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo que me aconsejó y tantas cosas que me llevaron a disfrutar de esta disciplina.

Y qué decir del padre Heras, al que tuve la inmensa suerte de tener como profesor en dos años cruciales. Qué fácil se hacen las cosas cuando te las presentan como una fruta madura, en plena sazón, y así cayó sobre mí lo que tanto me había gustado desde siempre y que, sin embargo, no acababa de penetrar con la fuerza debida. Con él, con sus enseñanzas me hice militante de la palabra precisa, un enamorado de la lengua y de la literatura, muy especialmente de la poesía. Aún lo recuerdo en nuestra primera clase en C.O.U., recuerdo cómo nos sobresaltamos cuando nos dijo que en su asignatura no necesitábamos libro, que tomaríamos apuntes a medida que él hablaba para que nos fuéramos acostumbrando a lo que nos esperaba en la Universidad.

Vaya en la memoria de ellos el recuerdo y el agradecimiento a tantos otros, a los que hicieron de las ciencias una aventura apasionante que hizo que, a la postre, me decantara por ellas. Cómo olvidar las lecciones de Física del padre López o las de matemáticas del padre Domiciano. Nunca he entendido ese desentendimiento un poco infantil de algunos de Letras hacia las Ciencias, en especial a los que dicen eso de, cuando se asalta una cuestión relativa al ámbito de las mismas, a mí qué me cuentas, yo soy de Letras. Una verdadera lástima renunciar a una parte tan importante del conocimiento humano.

Aquellos años terminaron y hoy en día no sé por dónde habrá llevado la vida a una gran parte de los compañeros con los que tuve la fortuna de compartir los tiempos de descubrimiento pero, desde estas líneas, quiero expresar mi recuerdo más entrañable para todos ellos. Sin duda, aquellos años de bachiller marcaron nuestras vidas y nuestro futuro para siempre. Creo que para bien.

Fueron años en los que el tiempo no se detenía, donde nada nos retenía ni para pararnos a pensar un poco. Teníamos mucho que aprender, mucho que saber y mucho que descubrir aunque, como ha sido siempre a esas edades, creyéramos ya saberlo todo. Es la insolencia que acompaña a la adolescencia.

Fueron años en los que crecimos sin tener miedo a nada, en los que nos creíamos simplemente tocados por la gracia de los dioses, esa que a veces te arrastra a la temeridad. No fuimos los últimos de Filipinas pero los jóvenes que cursamos los últimos años de aquel bachiller sí fuimos los últimos de un tiempo que renegaba del pasado y miraba el futuro con optimismo.

1977
1978

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MEMORIAS DE JUVENTUD V-Juan Francisco Quevedo

1977

V

Claro está que aquellos años en los que cursamos nuestro sexto de Bachiller y nuestro C.O.U. solo fueron el final de un proceso personal, el de una historia educativa que había comenzado, en mi caso, mucho antes en la escuela de Arriba de La Cavada, a la que acudí con mi acento mexicano poco después de cumplir los tres años. Allí, la señorita nos conducía  y llevaba con mano firme y sin que le temblara el pulso; todas las mañanas me ponía ante ella y le recitaba con convencimiento y con mi dulce acento mexicano aquello que traía aprendido desde el otro lado del océano: Se presenta Juan Francisco Quevedo, para servirle a Dios y a usted.

Eran los tiempos de rezar el Bendita sea tu pureza de rodillas y con los brazos en cruz, junto a los pupitres, de acompañar a la maestra los sábados al tren para despedirla desde el andén cuando se iba a Santander y de ir a misa los domingos para que los maestros nos colocaran en las primeras filas por separado, con el pasillo central de por medio, a los niños de las niñas. Fueron tiempos de golpes de pecho exagerados al ritmo de por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa buscando la complicidad del amigo y con la incertidumbre de que te pillasen riendo por lo bajo y te ganaras un buen sopapo.

Fue mucho más, también fueron tiempos de una libertad de movimientos inusual, la que se daba en los pueblos en esos años con poca circulación por sus calles y en los que las casas permanecían con las puertas abiertas de par en par sin que nadie temiese nada. Desde nuestra corta edad podíamos ir y venir sin rendir cuentas, podíamos ir con nuestros amigos a cualquier huerta a robar unas peras, a cualquier bolera a derribar unos bolos, a cualquier prado a jugar al pañuelo, o acercarnos al río a lanzar morrillos al agua. Eso por no hablar de la peonza, el juego estrella de aquel curso del 63-64 en el que un compañero me dejó una marca de guerra al desenredarse la peonza y estrellarse al lanzarla y salir disparada contra mi frente. En cualquier caso ya estaba allí la señorita para apretar el chichón con una perra gorda y disimular el estropicio. También formaban parte de nuestro equipaje cotidiano las bolsas con las canicas de barro y las chapas con la efigie en su interior de Julio Jiménez, de Bahamontes, de Gimondi o de cualquier otro corredor al que nos esforzábamos en hacer llegar el primero a la meta a golpe de peonza, a la que poníamos una y otra vez en nuestra mano hasta que ya casi se derrumbaba para dar un último golpe con la panza e impulsar la chapa lo más lejos posible. Cualquier excusa era buena para correr, así que de cuando en cuando nos pegábamos a la ropa aquellos hierbajos adherentes que a modo de dorsal nos servían para echar carreras alrededor de la escuela y luego aliviar el sofoco colocando los carrillos contra la piedra que circundaba el zaguán de la entrada.

Después de aquel curso iniciático en el que uno aprendió a pertrechar sus primeras letras y a realizar sus primeras cuentas, nos trasladamos a Santander y, tras un breve paso por el Colegio Cervantes, en la calle Antonio López, me convertí en alumno del colegio de los Padres Agustinos, lo que sin duda imprime carácter a todos los que por allí pasamos. Aún me veo saliendo del portal de la calle Cádiz, todavía con las legañas en la cara y los restos del Cola Cao en la boca, acompañado por mis hermanos camino del túnel para salir hacia la calle Burgos. En el semáforo, mis dos hermanas se separaban de nosotros y se encaminaban hacia La Enseñanza, el colegio que la Compañía de María tiene en la ciudad desde el siglo XIX.

Cómo no recordar las partidas de frontón en el paredón del colegio con esas pelotas de goma verdes que venían de regalo con los zapatos Gorila. Cómo no recordar los partidos de fútbol en aquel campo de fútbol de tierra que daba a la calle Alta; cuántas veces tuvimos que gritar para que nos echasen de nuevo hacia adentro el balón que había desaparecido por encima de la alta tapia que nos separaba de la calle y nos impedía verla. Casi siempre regresaba, pero más de una vez nos quedamos sin balón. Allí mismo, en aquel campo de fútbol se celebraba el Festival de la Canción, que era todo un acontecimiento en Santander; en aquel escenario actuaron dos de mis compañeros de clase, recuerdo perfectamente que cantaron sin mucho éxito Anduriña de Juan y Junior y Quiero besar otra vez tus labios de Lone Star.

Después, cuando fuimos creciendo, nos reuníamos en los futbolines que había cerca del colegio y allí nos hicimos grandes jugadores de ping-pong y de billar, por supuesto de billar francés, el de las tres bolas, con el que aprendimos a hacer carambolas hasta haciendo retroceder a la bola en busca de la tercera en discordia. De cuando en cuando, incluso nos tirábamos algún lujo y nos arriesgábamos a hacer un siete al tapete.

Buenos tiempos, tiempos en los que ya empezábamos a querer compartir el nuestro con chicas, en los que pretendíamos descubrir aquello que la cultura de la época nos envolvió en una capa de misterio casi insondable. Ello hacía que cuando alguna muchacha que te gustaba se dirigía a ti con cierta soltura, hiciera que afloraran esos colores rojizos delatores y, para colmo, siempre había algún amigo caritativo que lo hacía notar con la consiguiente subida en el tono de tu vergüenza. También me pasaba cada vez que me tocaba salir a la pizarra; sentía un calor interior que se exteriorizaba en unos grandes coloretes que no hacían sino ir a más a medida que me iban preguntando. Cosas de la edad.

Es difícil olvidar todos aquellos años de colegio, todos aquellos compañeros, aquellos años de bachiller y aquel último año de C.O.U. que solo sobreviviría un año más antes de que llegase a ocupar su lugar el nuevo plan académico de los que ya estaban cursando la E.G.B. y el B.U.P.

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CRISTIAN DAVID LÓPEZ-CONSTANCIA-Juan Francisco Quevedo

CRISTIAN DAVID LÓPEZ

CONSTANCIA (EDITORIAL BAJAMAR, 2021)

CRISTIAN DAVID LÓPEZ

CONSTANCIA (EDITORIAL BAJAMAR, 2021)

Cristian David López se acerca al lector con un nuevo libro de poesía, Constancia. Nacido en Paraguay en 1987, actualmente es profesor de Lengua y Literatura en España, donde cuenta con una obra publicada que ha sido galardonada con diferentes premios. Estudioso y divulgador de la obra del torrelaveguense Rafael Barrett, un icono en su país de origen, se ha encargado de seleccionar y editar Reflexiones y epifonemas de Rafael Barrett.

Con la lectura de Constancia nos adentramos en un territorio que su autor domina con precisión rítmica, el de una poesía que desborda autenticidad y belleza. Constancia es un libro que es en sí mismo un testimonio emocionado y lírico de la vida del autor, por lo que destila verdad a través de sus versos, como no podía ser de otra manera al tratarse de una obra en la que Cristian David López deja Constancia de su yo más íntimo.

Su periplo vital, su peregrinaje hasta llegar a este hoy desde el que desmenuza su existencia, queda reflejado en numerosos poemas. Cierto sentimiento de desarraigo atraviesa el libro mostrándonos el trasiego de lo que ha sido su vida. En Mudanza queda explicitado con unos versos llenos de belleza, cotidianidad y profundidad:

Siempre que cambiamos de piso, mudamos de piel.

Llevamos el hogar con nosotros

y en nuestro vaivén

siempre se nos pierde algo

que ya nunca recuperaremos…

A veces, un sentimiento de añoranza, recordándole la patria y su viejo sonido, resuena en su yo más profundo como el canto de un pájaro que asoma e inunda de nostalgia su lugar natal: Cuando llega al pueblo un “tingasú”, /lo siguen el silencio del bosque, /el crujir de los árboles antiguos…

Ese deambular por el mundo, ese alejamiento forzado de la tierra al que le ha conducido la vida, se palpa y se masca en Éxodo, un poema que desborda a la vez dureza y embrujo:

Llevar con uno solo el recuerdo

de la infancia

para vivir de ello y con ello,

consumirlo poco a poco,

racionarlo para que nos dure

lo que dura el destierro.

Los recuerdos de una infancia perdida no le impiden manifestar el amor por la tierra en una conmoción que se desparrama por ConstanciaDebo alimentar/al niño que vive en mí-, en una ósmosis exacta que llega a al lector a través de los versos: Lavo mis manos/como si limpiara la sangre/que ha dejado la herida/tierra en mí.

Esa infancia que, de alguna manera, se le escapó de las manos, ahora, la puede vivir y disfrutar a través del hijo, a través de la ternura que te ofrece una nueva vida: Hay un placer extraño/en llevar a un niño/en brazos a la cama.

Ahora bien, en esa inmensa capacidad de adaptación del ser humano, también se arrincona el dolor del exiliado al reconocerse en un solo espacio común: Tu patria es el camino/y no tiene fronteras.

Muchos son los poemas desde los que se trasluce esa emoción que le provoca el amor incondicional por el hijo-Los ángeles duermen sin pijama/borrachos de oscuridad-, una sensación que el lector asimila fácilmente como propia y con la que es tan sencillo identificarse en la lectura: Duerme y vuela, niño, /donde quieras, /pero vuela.

El libro finaliza con unos deliciosos pequeños poemas que ponen un colofón espléndido, tejido con pétalos de oro-Taraxacum dens-leonis-, a esta Constancia de vida de un poeta, Cristian David López, que nos reconcilia con la buena poesía.

Clavado en la roca,

un diente de león

seduce al viento.

Juan Francisco Quevedo

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MEMORIAS DE JUVENTUD IV-Juan Francisco Quevedo

1977

IV

Desde luego, muchas cosas estaban pasando en el país y en el mundo mientras finalizamos los estudios que nos habrían de llevar a la universidad; era el signo de los nuevos tiempos. Unos tiempos donde todo cambió tanto en tan poco tiempo; una nueva sociedad emergía para revolucionar el futuro, para cambiar las rígidas normas sociales, para dulcificar tanto las relaciones familiares como las relaciones en el mundo de la enseñanza, haciéndolas mucho más flexibles y cercanas. Y menos autoritarias. Ya poco faltaba para que lo mismo acabara pasando en todos los ámbitos del país, incluso en aquellos más reacios a cualquier cambio y, con la llegada de la transición y la democracia, así será también en los estamentos políticos y militares.

Que algo importante pasaba lo empecé a percibir en el día a día de mi colegio; los Padres Agustinos nos formaban militarmente y por cursos en filas en el patio todas las mañanas. Luego accedíamos a las clases en dos columnas, manteniendo perfectas las alineaciones, y al que se saliera de ella le caía un capón generosamente doloroso. Todo eso cambió y cambió de repente. Y yo, como mis compañeros de aquella última generación de bachiller fuimos testigos privilegiados de esas transformaciones tan radicales.

Se venía de una época de un autoritarismo a ultranza, también en la familia, que se va a ir diluyendo para que afloren unas relaciones más francas, con una complicidad más natural, en la que el diálogo empezará a imponerse sobre la mano dura. Como consecuencia se producirá una tensión generacional en todos los ámbitos de aquella España de la Transición: en la escuela, en la familia, en la universidad, en el ejército, etc.…

La fuerza de los acontecimientos es imparable; la fuerza de esta nueva sociedad es arrolladora y acabará imponiéndose sin remedio, dejando como una reliquia del pasado a todos aquellos que se resistieron a esa nueva España que estaba surgiendo a raíz de todo aquel proceso de cambios políticos y sociales. Fueron unas transformaciones que cambiaron la mentalidad de la sociedad a una velocidad de vértigo, cambios en los que la aportación de la mujer será decisiva. Irá masivamente a la universidad y empezará a hacerse notar en la vida pública. Se hará visible, máxime teniendo en cuenta de dónde venía, siempre relegada a la supervisión, bien del padre, bien del marido.

Hay que tener en cuenta que lo más escandaloso y excitante que había ocurrido en este país, desde el final de la guerra, había sido el estreno de Gilda, protagonizada por una bailarina, convertida, después por matrimonio, en princesa, de nombre artístico Rita Hayworth. Charles Vidor la hizo desnudarse, sólo de guantes largos, en una de las escenas más sensuales de la historia del cine, al ritmo de la canción Put the Blame on Mame. Una estupenda bailarina como esta Rita Cansino, que luchaba por disimular su embarazo durante el rodaje, no estaba dotada para la canción, así que hizo su excelente interpretación pidiendo la voz prestada a la magnífica cantante Anita Ellis. Nunca un desnudo, tan corto como sutil, dio tanto que hablar. Nunca ningún desnudo integral sería tan espléndido, excitante y maravilloso como el desvestir de aquellos preciosos brazos.

Con las nuevas generaciones pareciera que llegara un nuevo estilo a la hora de relacionarse entre sí. Pareciera que llegara il dolce stil novo preconizado por Dante en su Purgatorio (24-57), inaugurando literariamente el mito, femenino y renacentista, de la mujer, personificándolo en Beatriz. Tal vez, al fin, llegara una nueva manera, una nueva actitud, de presentarse ante algo tan antiguo como el mundo, el amor.

En definitiva, era una nueva manera de afrontar las relaciones de pareja, en un plano, sólo teórico, de igualdad, donde el hombre se dulcifica, alejándose de su papel de macho tradicional, y la mujer se equipara sentimental e intelectualmente al hombre. En cualquier caso, no fue fácil y, aún, sigue sin serlo pero, no cabe duda, algo muy remoto y arraigado se había roto. Nacían nuevos tiempos para el amor, para sus aledaños y, sobre todo, nacía una nueva era para la mujer. Fueron años en que ambos, tanto hombres como mujeres, enfrascados en la ingenuidad de la juventud, podían mirar el mundo sin resabios ni prejuicios, con la mirada limpia y descubridora de la infancia.

“Ver el mundo en un grano de arena,

y el Cielo en una flor silvestre,

tener el infinito en la palma de la mano

y la eternidad en una hora.”

                                          William Blake (Augurios de inocencia)

Esta aportación inesperada hará que la sociedad se enriquezca intelectualmente hasta límites insospechados. Nunca se podrá cuantificar el valor de aquella aportación. Nunca en la historia se había producido una catarsis de tal calibre. Esa nueva mujer hará que la sociedad evolucione en un sentido que jamás se había conocido. De hecho, en unos años se produjo un cambio social, en cuanto a la incorporación de la mujer, en cuanto a su puesta en valor intelectualmente, como no se había producido a lo largo de los siglos.  De alguna manera daba la espalda a aquella mujer recluida en el hogar y al servicio del hombre. Más de un siglo después de que Ibsen escribiera Casa de muñecas, se daba un portazo similar al que dio Nora en la obra, dejando atrás con él a aquella mujer resignada y anulada intelectualmente. Aquel portazo fue tan brutal que hizo, parafraseando a Manuel Altolaguirre, que del cielo se desclavaran las estrellas frágiles.

Aquella sociedad que comenzaba a balbucear a mediados de los setenta ya no es una sociedad unidireccional y dirigida, es una sociedad mucho más compleja, con todas sus contradicciones, con un gran afán de libertad y con un potencial humano inmenso que se refleja en las ganas de la gente por participar en todo, en cualquier cosa.

No todo fueron buenas noticias. Aquella España que nos legaron había estado sometida a un férreo aislamiento del exterior por obra y gracia de una especie de cordón sanitario, al estilo del cordón de los Pirineos que impuso Floridablanca, durante el comienzo del reinado de Carlos IV, para evitar que llegaran a España las ideas de la Revolución Francesa. Lo que consiguió aquel aislamiento de la España del tardofranquismo fue que no penetraran masivamente las nuevas ideas, las que surgen en París, en Berkeley, en torno a la nueva cultura del rock. Con ello también evitaron que penetraran las drogas, las drogas que acompañaron a lo que se dio en llamar contracultura.

 Con la cercanía de la transición, una vez derruido el cordón preventivo, junto a las nuevas ideas, herederas del mayo del 68, penetra de manera masiva todo el submundo que generan las drogas y en especial la heroína. Una sustancia que golpeó a toda una generación, descapitalizando a un sector básico de la sociedad, su juventud. Vimos con dolor como amigos, compañeros, familiares, chavales en muchos casos brillantes y prometedores cayeron bajo su influjo y quedaron atrapados sin remedio en esa maraña que les fue acercando a la muerte. A ese dolor sin fondo se sumó la multitud de dramas familiares que trajeron a su lado.

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MEMORIAS DE JUVENTUD III-Juan Francisco Quevedo

1976

III

Entre tanto, en España, la vida continuaba con un poco más de libertad. Manuel Fraga estrenaba, desde el Ministerio de Información y Turismo, su nueva y flamante ley de Prensa. Una ley que, aunque hoy en día suene a chiste, podemos resumir en sus propias declaraciones:

La nueva ley de Prensa afirma este principio: La libertad dentro de un orden.

A pesar de todo, y de cómo suene desde el presente, entonces supuso una apertura importante y dibujó un horizonte nuevo en el futuro del periodismo. A él, como titular del Ministerio, le tocó diseñar y desplegar la imponente campaña de propaganda que festejaba la conmemoración de los XXV años de paz. Desde luego, no escatimó ni medios, ni adjetivos, a la hora de airear a los cuatro vientos los espectaculares logros económicos del I Plan de Desarrollo, un plan, bien es verdad, abonado al éxito, que aumentó la renta media de los españoles de manera significativa debido, por una parte, a la fuerte industrialización y, con ella, al aumento de la producción nacional, y, por otra, a la gran baza económica de la época, el turismo, fuente inagotable, junto a la emigración, de divisas.

Junto al turismo, llegaron a nuestras playas los primeros bikinis que, a unos los dejaban rascándose el cogote, bajo la sempiterna boina con cara de incredulidad, y a otros los llevaba directamente a rezar a las iglesias donde pedían por los pecados de aquella horda cargada de inmundicia, indecencia y desfachatez, que venía del odiado, hasta que llegaron las divisas, extranjero. Curiosamente, pareciera que este pequeño reducto de la civilización occidental, bastión contra el comunismo, se tambaleara ante el simple encanto de unas rubias sugerentes. De alguna manera, por inescrutables caminos, se hacía bueno el conocido lema de los sesenta: Haz el amor y no la guerra.

Nosotros, nuestra generación, la que cursamos los últimos bachilleres, ya pertenecíamos a otro tiempo; estábamos reñidos con los tonos grisáceos que aún nos habían acompañado en los primeros años de escuela y queríamos ver todo lo que ocurría a nuestro alrededor desde un prisma más luminoso, con colores más vivos. Pretendíamos acercarnos a los acontecimientos más cotidianos de una manera más lúdica y, aunque parezca paradójico, en cuanto tuvimos edad suficiente para comprender lo que estaba pasando en el país, con mayor compromiso que las generaciones anteriores que, a la fuerza ahorcan, se habían visto abocadas a lo que había, que no era mucho.

Creíamos ser capaces de poder cambiar el mundo, creíamos en la paz y en el pacifismo como forma de expresión de esas inquietudes y creíamos en el amor como motor de todo ese proceso de cambio generacional. Y lo acompañábamos con cierta rebeldía, con una música endiablada y con ganas de participar en los cambios que empezaban a vislumbrarse en aquel lejano curso del 75-76 en el que finalizábamos los estudios antes de ir a la universidad.

Muchos jóvenes de aquella España ya compartían una inquietud con la de otros jóvenes del mundo; no creían en las nacionalidades como tal, creíamos que no había otra nacionalidad en el mundo más que la del género humano. Y se repetía por doquier con orgullo aquello de que somos y nos sentimos ciudadanos del mundo. Éramos, al fin, herederos del tiempo que nos correspondía vivir, un tiempo que, como la música, carecía de fronteras físicas y mentales.

Ese tiempo no llegó por arte de magia, sino que fue consecuencia de muchos pequeños pasos que se dieron en los sesenta, una década en la que el mundo sufrió un vuelco cultural como nunca antes se viera, desde el movimiento que surgió en torno a la música rock, con sus lemas de paz, amor y flores, y que culminó con el mayo del 68. Ahora bien, los primeros pasos de esta revolución tal vez se dieran durante el concilio Vaticano II.

Precisamente, de aquellas primeras comunidades cristianas de base a las comunas hippies sólo había un paso que dar. Y no tardaría en darse. Además, de estas comunidades surgiría, en España, un cristianismo reivindicativo que serviría, en un país desolado ideológicamente, de simiente para tomar conciencia de la situación que atravesaba.

Posteriormente, los partidos políticos, tras la muerte de Franco, se alimentaron de estos hombres y mujeres, tanto de los que pretendían formar una derecha de corte europeo como de los que se denominaban marxistas. Ya, en 1.958, nace en una iglesia de Madrid el F.L.P.-Frente de Liberación Popular-, el llamado Felipe siendo, durante los sesenta, la única oposición universitaria que se enfrentaría al, eufemísticamente denominado, Régimen. En él, y a ritmo de multicopista de manivela, convivieron todo tipo de sensibilidades unidas por un deseo, inherente a esta época, y no sólo en España, de hacer algo para que todo cambiara. Los enfrentamientos entre la Universidad y el poder ya nunca acabarían hasta la llegada de la democracia. Y si no que se lo pregunten a un general pequeñito, y dicen que con muy mala leche, que se encontraba al frente del Ministerio de la Gobernación. Desde su coche, como si de una guerra se tratara, dirigía, a pie de Facultad, la toma del campus universitario madrileño por unos policías –los grises- que, montados a caballo o bien a pie, repartían mandobles a diestro y siniestro.

Algo se estaba gestando y moviendo; era indudable. En aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, un grupo de jóvenes poetas se hacía, así mismo, la pregunta que Jimi Hendrix formulaba –Are you experienced?- y aunque no obtuvieron la misma respuesta, desde la inquietud renovadora de la juventud, se decidieron a buscar nuevos caminos y así versificaron, en primera persona, sobre su vida, sobre sus cotidianidades, sobre sus experiencias más banales o más íntimas. En una época en que los poetas oficiales sólo reivindicaban a Garcilaso-lo cual no es malo, pero no es todo-, estos bardos envalentonados, mientras pintarrajeaban bustos del dictador y viajaban por un extranjero misterioso y recóndito, se decidieron a hacer otro tipo de poesía. De una manera llana y coloquial, en un tono conversacional, retenían un instante de su vida y lo plasmaban en un papel. De esta manera tan simple, en estos primeros sesenta, nace en España la poesía de la experiencia.

Nada hay tan dulce como una habitación

para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,

fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,

y parejas dudosas y algún niño con ganglios,…”

                                   Jaime Gil de Biedma (Vals del aniversario)

1976

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MEMORIAS DE JUVENTUD II-Juan Francisco Quevedo

Como cantante en el grupo que formamos con mi hermano Pedro y mis amigos Luis Carlos, Justo y Jose, a finales de los setenta, para actuar en las I Fiestas de la Juventud

II

El cambio social que tuvo lugar en España al romper la década de los sesenta fue de tal magnitud que, incluso, hizo reflexionar a la tradicional y combativa oposición al Régimen, al Partido Comunista de España, única institución que fue capaz de mantener abierta la espita de la disidencia desde el interior de un país en el que, poco a poco, iban apareciendo, tímidamente, más voces disconformes.

Jorge Semprún, viejo superviviente de la barbarie nazi en los campos de concentración, tras coquetear durante el 61 -a lomos de una vieja cabra cubista-, en su ochenta cumpleaños, con el malagueño más insigne, de nombre Pablo, y torear junto a Luis Miguel, un torero siempre pegado al poder pero comprometido-por obra y gracia de su hermano Domingo, el desinteresado financiador de Mundo Obrero– en la ayuda hacia sus amigos, plantea, junto a Fernando Claudín, la necesidad de cambiar la estrategia del Partido Comunista teniendo en cuenta la nueva situación social del país.

En ese lúcido análisis, pegado al terreno, proponen la búsqueda de acuerdos con las distintas formaciones sociales y con los personajes que van articulando una oposición, cada vez más contestataria, frente al poder, así como el reconocimiento explícito de este desarrollo económico que se estaba experimentando en toda la nación. Para ellos, fue el principio del fin. La mano férrea de Santiago Carrillo y de Dolores Ibarruri, la legendaria Pasionaria, parecía estar más al servicio de los intereses de una Rusia que les acogió tras la guerra y les financió en el exilio, que a los criterios de independencia con los que serenamente analizar la nueva y palpable realidad española.

Desde luego, el Comité Central del partido, sumiso -como se decía entonces- a los dictados de Moscú, no estaba dispuesto a consentir ninguna grieta por la que aflorase la disidencia. Ambos, pronto serían purgados para, con la expulsión -al menos eso pretendían-, relegarlos al olvido. Años después, cuando Rusia era sólo un espejismo del pasado, Carrillo, con la listeza de los espabilados desbordando sus ojillos, encabezaría una transformación en la misma línea a la propuesta por los purgados. Junto a Georges Marchais y Enrico Berlinguer fundan el eurocomunismo, una suerte de comunismo más pegado al capitalismo y a la realidad del continente pero, entonces, ya era tarde; sus propuestas en esta nueva Europa sin fronteras, a punto de nacer, tenía los días contados. Quizás su historia, con las tesis de Claudín y Semprún asumidas a su tiempo, hubiera sido otra; al menos, en España.

En esa España del desarrollismo auspiciado por los tecnócratas de la Obra, florecía un sindicalismo teledirigido, fijado en mi retina infantil a través de las multitudinarias y aburridísimas exhibiciones gimnásticas con las que, los primeros de mayo, nos obsequiaba la televisión. Eran retransmitidas en directo desde el estadio Santiago Bernabéu en una ceremonia que contaba con la presencia del Generalísimo o, según la maledicencia popular, con la de alguno de sus dobles. Por supuesto contaba con la actuación estelar de los grupos de coros y danzas regionales. La puesta en escena no difería mucho de las exhibiciones que se daban en los países del telón de acero. Claro que, entre totalitarismos andaba el juego.

El colofón al acto del Día del Trabajo se ponía con la presencia de algún que otro cantante de éxito, cuyos nombres más vale silenciar, pues en tiempos de miseria se hacen muchas estupideces y no es cuestión de echar en cara nada a nadie porque a ver quién era el guapo que se atrevía a rechazar una invitación del Pardo, bien a esa gala o bien a la de fin de año. Esta última estaba presidida por Carmen Polo, más conocida por la collares y según cuenta la leyenda, mujer muy temida por los joyeros de cualquier ciudad que visitara por si la daba por presentarse en sus establecimientos. Durante este espectáculo dado en directo, muchos tenían el entretenimiento de pasarse el tiempo intentando descubrir el aparato para la sordera que decían llevaba la señora disimulado entre las perlas.

Pues bien, desde el interior de este sindicalismo de caras circunspectas y camiseta de tirantes, un grupo de trabajadores consiguió engañar al Régimen, aliándose con falangistas radicales y con gente proveniente de asociaciones cristianas. Tal fue su pericia e insolencia que consiguieron llegar al meollo del propio poder sindical que, incluso, les dotó y asignó despacho en la sede misma del heroico, amén de único, sindicato vertical.

De esta extravagante y arriesgada manera, amparado desde el propio sindicato al que pretendían combatir, nace Comisiones Obreras. Al ser detectadas sus verdaderas intenciones y poner al descubierto su estrategia, son arrojados, con sus líderes a la cabeza -Marcelino Camacho y Julián Ariza-, del calor de las moquetas oficiales a las inclemencias de una clandestinidad donde se encontraban como pez en el agua. Desde entonces, el sindicato obrero actuará camuflado entre las nuevas barriadas surgidas en la periferia y se refugiará, cuando sea menester, en las sacristías de algunas parroquias, donde les amparará una nueva generación de sacerdotes. Éstos, no hicieron más que dar respuesta a las exigencias de esta nueva sociedad que se vislumbraba y se empezaba a hacer efectiva.

Acomodándose a los tiempos, apareció un nuevo tipo de cura, el llamado cura obrero, capaz de compatibilizar su magisterio con un trabajo normal, algo impensable para la época. A consecuencia de estos aires renovadores, esta nueva iglesia pronto se implicó en las reivindicaciones sociales dando cobijo a este nuevo sindicalismo horizontal y de clase así como prestando especial atención a las capas más desfavorecidas de la sociedad.

A José Solís, flamante ministro de Trabajo, al que este nuevo sindicalismo había engatusado a base de citas literales de encíclicas papales, cuando descubrió el pastel, se le heló la sonrisa, la llamada no sin cierta sorna sonrisa del Régimen, una sonrisa un tanto siniestra que exhibía bajo unas gafas tenebrosas de pasta negra, muy al uso entre los mandamases de la época. Pero, sobremanera, se le debió de congelar al levantarles la capa que recubría su auténtico pelaje, ni más ni menos que comunista, el gran enemigo, junto a los masones, de esta España que, una gran parte del año, caminaba procesionando y bajo palio.

Por aquel entonces, la España de Franco, tan profundamente católica, mantenía encarcelados a, nada más y nada menos, 200 sacerdotes, en su gran mayoría curas obreros. Los coleccionaba, como estampitas de santos, en la cárcel de Zamora.

Me viene al recuerdo la figura enorme, empastada tras sus gafas de concha, del padre Llanos, un hombre que habiendo podido llegar a lo más alto, por haber estado en el centro mismo del poder, prefirió irse a vivir a una chabola del deprimido Pozo del Tío Raimundo. El padre Llanos llegó a dar ejercicios espirituales, tan en boga en la época, al mismísimo general Franco y, tal vez, por ello era intocable ya que, por mucho que hubiera podido empeñarse, nunca fue detenido ni llamado al orden.

Eran tiempos de mandamientos morales, también para nosotros, pobres almas cándidas en formación, así que a partir de los doce o trece años, allá por 1.970, los frailes del colegio de San Agustín nos llevaban durante tres días de ejercicios espirituales, supongo que similares, sólo que con capones, a los que les daban al Generalísimo. Para nosotros acudir al convento que los dominicos tenían en Las Caldas de Besaya era como una fiesta, como una excursión, era la excusa perfecta y la oportunidad de poder dormir fuera de casa así como de compadrear con los amigos. Poco tenía que ver con el retiro espiritual que se pretendía. Las noches eran un ir y venir por pasillos y tejados con nuestros paquetes de tabaco y nuestras bebidas mientras en alguna habitación se armaba alguna timba de cartas. Lo pasábamos realmente bien, al margen de aquellos ratos, se me hacían eternos, en que nos mandaban a la habitación a reflexionar -nunca supe ni el qué ni sobre qué-. Yo no sé si esta moda pervivió mucho tiempo, pero supongo que no. El colmo de la desfachatez era cómo nos despertaban, con la música, resonando por los altavoces, del Himno a la alegría, en la versión de Waldo de los Ríos y cantado por Miguel Ríos. Después de una noche toledana, la alegría a esas horas tan tempranas era nula.

En aquella España ya no todo eran rosarios y mandamientos; se movían muchas más cosas. A España iba llegando, en pequeñas dosis, la rebeldía que invadía el mundo. Se ubicaba, sobre todo en forma de música, en los gustos de las nuevas generaciones, haciendo mella en sus corazones. Con las primeras canciones de los Beatles, de los Stones, de los Who y de tantos otros, comenzaron a surgir pequeños grupos, más bien ñoños, que imitaban, con suavidad y cierta blandenguería, las nuevas tendencias musicales que brotaban en el resto del planeta. Pero, sin tardar mucho, cuando los nuevos sonidos, asociados a la rebeldía de una nueva generación, impregnaron a una juventud deseosa de nuevas experiencias, su eco fue imparable.

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MEMORIAS DE JUVENTUD I-Juan Francisco Quevedo

Juan Francisco Quevedo (1978)

I

Yo pertenecí a una saga de estudiantes que cerró un tiempo histórico. De alguna manera, aquella generación que clausuró el plan de estudios de bachiller y C.O.U., sí marcó el final de un período, el final de toda una época, la manera de entender la enseñanza en los últimos años del franquismo. Fueron años de transición entre algo que se iba muriendo de puro viejo y algo nuevo y desconocido que apenas comenzaba a nacer. Fue una enriquecedora etapa en la que asistimos como testigos privilegiados a todo un cambio en las mentes, en el espíritu y en las entrañas de una sociedad que agonizaba en su propia historia, como si fuera algo que se estaba quedando al margen de la misma. Los tiempos, su signo, estaban atropellando a aquella sociedad anquilosada en sus prejuicios y aislada de su entorno europeo. El futuro sería muy distinto a todo lo que habíamos conocido.

Los miembros de aquella generación final, que coincide con los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, contribuimos de manera natural, sin ser conscientes de lo que se estaba moviendo a nuestro alrededor, ni de los cambios que se avecinaban, a que todo fluyese sin estridencias, con la mejor de nuestras disposiciones. Y lo hicimos sin miedo y con grandes ilusiones.

Los jóvenes de aquella promoción intermedia, la que se sitúa entre los que cursaron el Preu y los que son hijos de la E.G.B. y del BUP, habíamos nacido al calor de los Planes de Estabilización y de Desarrollo. Nosotros ya pertenecíamos a un mundo muy diferente al de los que nos precedieron, por lo que veíamos la vida de una manera completamente distinta a la de las generaciones anteriores, los hijos de aquellas promociones tan sufridas que habían tenido que padecer las consecuencias de una España olvidada por la comunidad internacional y empobrecida por la guerra civil y sus secuelas.

Nosotros ya éramos hijos de la España del desarrollismo oficial, aquella España a la que los López habían dado un estirón económico. Muy atrás quedaba ya aquella Tierra sin pan, la misma que Buñuel tan didácticamente mostrara en su documental, como definitivamente quedaba atrás aquella España reflejada en las Hurdes, tierras remotas y desheredadas que el rey Alfonso XIII recorriera a caballo junto al doctor Gregorio Marañón.

Atrás empezaba a quedar también aquella España de los cincuenta y sesenta en la que la gente aún buscaba un futuro lejos de su patria. Aquella emigración fue muy distinta a la que emprendieron sus padres y sus abuelos; el destino que se buscaba, ya no era tanto América, sino que se transitaba hacia una Europa, más cercana en la distancia pero más fría y lejana en el corazón de la gente.

En la década de los setenta, la emigración, en especial hacia Francia, Alemania y Suiza, comenzaba a decaer; los trenes ya no pasaban por Irún tan preñados de hogazas y chorizo campestre. Se empezaban a terminar los años en los que a golpe de raíl muchos paisanos caminaban hacia un destino de melancolía y añoranza. De hecho, cuando en nuestra adolescencia veíamos documentales de la época, nadie hubiera dicho al contemplarlos en los andenes, sobre los pescantes, agitando el pañuelo de la despedida, que pudieran comerse el mundo más allá de esos pueblos a los que dejaban huérfanos. Sin embargo, se lo comieron, aunque estoy seguro de que en cada corte de pan con chorizo con el que empezaban a masticar aquellas monedas-marcos, francos, libras-, se les llenaban los carrillos de morriña y desarraigo.

Entre tanto se obraba el milagro económico, aquellos buscadores de fortuna -grandes generadores de divisas-, desde tierra extraña, no añoraban tanto la patria, la grandilocuente patria que yacía a sus espaldas, como el pedazo de tierra del que partieron, como las desvencijadas casas del pueblo donde nacieron y se criaron. Soñaban desde la lejanía de sus destinos con las caras de su gente, con las caras de aquellos a los que no hace mucho dejaron atrás para lanzarse a la aventura de una emigración incierta y dolorosa.

“Unos me hablaban de la patria.

Mas yo pensaba en una tierra pobre,

Pueblo de polvo y luz,

Y una calle y un muro…

… No hay patria, hay tierra, imágenes de tierra,

polvo y luz en el tiempo.”

                                      Octavio Paz (Calamidades y milagros)

Aquella España de la postguerra comenzó a cambiar con la llegada, a los estamentos de poder del régimen, de los tecnócratas de la Obra; con ellos mostró otra cara más amable. Con aquel desarrollismo reformador, que presentaron como el nuevo rostro del régimen, impulsaron la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Con el progreso que se vislumbraba, parecía que se estaba acabando con la habitual sobredosis española de blanco y negro, la misma que había generado desde el poder aquella sociedad lóbrega y enlutada, carente de opinión por la fuerza casi divina de la imposición.

Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.

Armadura oxidada con relleno de escombros.

Tienen duros los ojos como fría cellisca.

Los cabellos marchitos como hierba pisada.

Y un vinagre maligno les recorre las venas.

                                     Ángela Figuera (Mujeres del mercado)

A nosotros, a los muchachos del bachiller y del C.O.U., aquella España del pasado casi ni nos rozó; ya nos tocó disfrutar de otra bien distinta, la que surgió con el boom económico, la que en los últimos años del franquismo comenzaba a traslucir ciertas dosis de libertad bien administrada desde el poder.

El caso fue que, bajo el control de la camarilla del Pardo y del gran ojo, rematado en una opulenta ceja, del almirante Carrero Blanco, un grupo de solterones, o casados con voto de algo, fríos, pulcros y tecnócratas servidores de la Obra de un visionario como Monseñor Escrivá de Balaguer, lograron poner a la economía española en camino. Lo hicieron apoyándose en otro Camino bien distinto, en el libro de cabecera del Opus Dei. Un joven Laureano López Rodó puso a punto los famosos Planes que colocarían a España en la senda que la conduciría hacia el progreso de los países en vía de desarrollo.

Mientras España despegaba, la sociedad se transformaba al socaire de los tiempos de bonanza. Con la industrialización, comenzaba a emerger una clase media mucho más numerosa, por tanto con mucha más fuerza y con mayores posibilidades económicas. Esta renovada sociedad, en la que la clase trabajadora se iba a ir situando como una nueva clase media y, por tanto, según la terminología de la época, se iba aburguesando, se distanciaba sustancialmente de la España surgida tras la guerra civil. Que esta España progresaba económicamente era una evidencia que a casi nadie se escapaba.

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UNA INFANCIA FELIZ XII-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco. Catedral de Burgos

XII

A pesar de cómo evolucionábamos como país, a pesar del cambio de mentalidad que se intuía y que ya se comenzaba a ver, en aquella España de mediados de los sesenta aún persistía el rancio sabor que deja en el paladar la intransigencia más trasnochada. Como muestra de ello, un botón.

Todos los veranos íbamos con mis padres a Burgos a pasar el día y, cómo no, a visitar la catedral y a perdernos por las calles que la rodeaban. Aquella mañana de finales de los sesenta amaneció con un sol de los que mortifican, de los que hacían buenos los versos de Machado, de Manuel, en el memorable poema Castilla. El poeta dudó mucho en el verso final, polvo, sudor y hierro, y estuvo a punto de poner polvo, sudor y sangre. Al final le pareció más acorde con el carácter castellano la primera versión.

El ciego sol, la sed y la fatiga…

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

 Con semejante día, mi madre, sin sospechar lo que estaba a punto de acontecer, nos puso a los tres hermanos de pantalón corto. Al llegar, como siempre, entramos en la catedral por la puerta principal y nada más traspasarla se acercó a nosotros un tipo con aspecto de mandar algo y cubierto con el sayón de la castidad penitente. El caso es que nos echó del recinto sagrado porque mi hermana Regina, a sus siete u ocho años, iba con pantalón corto. Lo más curioso es que los tres hermanos íbamos igual, tal vez incluso nuestro pantalón fuere más corto, pero lo cierto es que los tres íbamos con toda nuestra niñez a cuestas, reflejada tanto en nuestro cuerpo como en nuestra cara.

Aquel año, entre la indignación e incredulidad de mis ofendidos padres, me quedé sin ver al Papamoscas, aunque no desperdiciamos la oportunidad de pasar por el restaurante Gaona a degustar un buen lechazo de Castilla. No todo iban a ser penalidades.

De aquella España en la que la curia, desde el púlpito, expulsaba públicamente, durante la misa dominical, a cualquier descarriada sin velo, con los brazos descubiertos o con la falda no lo suficientemente larga, ya nada queda. Era la primitiva y arcaica imagen de aquella España, reserva espiritual de Europa y bastión contra el comunismo internacional, cuando no contra las huestes masónicas.

Y, aunque apenas fuera ayer, parece haber sido la imagen de un país durante el pleistoceno, por no decir el oligoceno.

Todavía en ese ambiente de latinajos de sacristía y dispensas confesionales, a base de limosnas para dejar de ayunar en cuaresma, me acerqué al cine Cervantes, con mi tío Marcelino, para ver La caída del Imperio romano. Sé que me fascinó, tanto la película como aquel exceso de cartón-piedra; desde aquel pase, me hice adicto al cine de romanos. Luego supe que estaba dirigida por Anthony Mann, aquel director americano que fue a casar con una doncella de gran belleza, de nombre Sara. Montiel, por supuesto. Todo ello, sin despreciar los largos de Disney, desde aquella Blancanieves imperecedera que vi en la gran pantalla recién llegado a España, al espléndido Libro de la selva que, un poco más mayorcito, vi con mi tío Marcelino en el cine Alameda.

Los sueños de grandeza de un país recién salido de la miseria se convirtieron en realidad, un tanto fantástica, con la aparición en un pueblo del páramo burgalés, La Lora, de petróleo. Esta improductiva alucinación no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para meterla, con inmenso orgullo patrio, en todos los libros de texto y tener que estudiar el nombre del perdido lugar durante unos cuantos años. De aquella fantasía prospectiva sólo quedan unos caballitos de madera y el recuerdo de una quimera del oro negro.

Con mis hermanos en la Primera playa del Sardinero

Pero si hay un recuerdo de mi infancia que no olvido es la visita del Generalísimo Francisco Franco en julio del sesenta y ocho a Santander.

Para mí era un día como otro cualquiera. Había salido con mi padre a dar un paseo por el Muelle, su lugar favorito y desde el que, tal vez, esperara contemplar, como otras veces, la llegada del Covadonga o del Guadalupe, vetustos barcos de la legendaria Cía. Trasatlántica, a su regreso de Veracruz. Cada vez que atracaba se las ingeniaba para subir al barco e ir hasta el bar, donde se tomaba una cerveza mejicana y se fumaba unos Delicados, mientras conversaba con los camareros.

El Covadonga, barco que hacía la travesía Santander-Veracruz

Pero aquel día, aquel paseo iba a ser un poco diferente a los demás.

El caso es que, tras dar nuestra habitual vuelta por el muelle y ver los barcos que estaban atracados, para retornar a casa buscamos la avenida principal, el Paseo Pereda. Mi sorpresa fue mayúscula al ver cómo la gente se agolpaba en las aceras formando varias filas mientras, brazo en alto, gritaban, ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!…., en un éxtasis de grupo bastante curioso y llamativo.

Allí estaba todo Santander. Allí se juntaban, poseídos por el momento, futuros, en sus palabras, demócratas de toda la vida y hasta algún joven de los que enseñaba en los colegios Formación del Espíritu Nacional (F.E.N.), asignatura en la que se nos ilustraba sobre las Leyes del Movimiento y el Fuero de los Españoles y es que a falta de una Constitución que enseñarnos tiraban de lo que había.

Ahí estaban, aquellos insignes falangistas, reconvertidos en respetados demócratas de toda la vida a partir del setenta y seis. Al fin, no hicieron más que lo que tantos, arrimarse al poder, lo ejerciera quien lo ejerciera. Para ellos, eso era lo de menos, ya que creo deducir por sus comportamientos que nunca padecieron de ese mal tan extraño que tanto ataca a la gente de bien, ese mal que provoca continuos y torturantes problemas de conciencia. Es más, yo creo que bien hubieran podido pertenecer a ese grupo de personas que ni tan siquiera saben lo que es, ya que carecen de ella. Y, puestos a analizarlo fríamente, concluimos fácilmente que la misma no constituye más que un constante obstáculo en nuestras vidas.

Pero volvamos a introducirnos entre aquella multitud vociferante, entre la masa, esos idiotas que decían los griegos, o los muchos, como los describía Platón con desprecio. Ante el espectáculo que se abría ante mis inexpertos ojos yo jalaba de mi padre, con fuerza, hacia mí, para intentar pararme entre el gentío y poder presenciar con atención la representación. Él, sin embargo, tiraba de mí apresurando el paso.

-¡Quiero verlo, quiero verlo!

Con mi padre en el portal de La Cavada (1976)

Aún recuerdo sus palabras, aún recuerdo en ellas toda la filosofía de un escéptico descreído que, desde luego, no tenía ninguna fe en la histeria colectiva de las masas, ni en nada de aquello en lo que el ser humano pudiera perder su perspectiva de ser único e individual, capaz de pensar y reflexionar por sí mismo. Y era evidente que aquella gente no respondía más que a instintos poco meditados.

-Todos éstos -me decía, obviándolos y recordando a los líderes revolucionarios que había sufrido desde la primera década del siglo en México-, a los que hoy ves encantados expresando su fervor, su adhesión inquebrantable, como repiten a diario con tanto ahínco, mañana mismo, si fuera preciso, lo expresarían en sentido contrario. Hoy lo veneran, mañana pedirán su cabeza. Y la pedirán los mismos que hoy están aquí. Estoy cansado de verlo. Y ha sido siempre igual a lo largo de la historia. Nunca hagas caso del griterío y nunca des un látigo a quien antes fue esclavo de una causa sin sentido.

En este caso no fue exactamente así. Nadie de todos aquellos que lo aclamaban llegó nunca a pedir su cabeza. Franco murió en la cama de un hospital en una penosa y larga agonía, sin que fuera cuestionado más que por una inmensa minoría.

Al fallecer, pasaron ante su cadáver, haciendo insufribles y largas colas, -la masa además es necrófila-, cerca de medio millón de personas en un país con apenas treinta. Pronto, también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido contrario, por supuesto, en masa.

Cuando Franco murió tenía dieciséis años, una mente abierta, una inquietud inmensa por aprender y todo el futuro por delante. Durante mi infancia fui inmensamente feliz porque siempre me vi rodeado de gente a la que amaba y de una tierra a la que sentía como parte de mí, mi tierra del alma. Y no hablo de la grandilocuencia de la patria, hablo de ese pequeño pedazo del universo al que te sientes unido, hablo de la luz y el polvo con el que creciste pegado a las zapatillas, hablo del padre, de la madre, de los hermanos, de la familia y los amigos que me acompañaron en ese viaje que me llevo a ser el joven que fui y el hombre que finalmente soy.

En La Cavada a los 19 años
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Día Del Libro-Federación Cántabra de Bolos-Fundación Bolos de Cantabria (23 de abril de 2021)

En el Día Internacional del Libro queremos mostrar la implicación de la Federación Cántabra de Bolos y de la Fundación Bolos de Cantabria con la cultura y la riqueza literaria que hay respecto al mundo de los bolos, nuestro deporte más arraigado y más respetuoso con las tradiciones de todo un pueblo. Con distintas voces de los hombres y las mujeres que amamos los bolos hacemos un recorrido poético por algunos de los numerosos poetas que han dedicado sus versos al mundo de los bolos. Así, desde el área cultural de la Federación, dirigida por Juan Francisco Quevedo, voces como las de Fernando Diestro, Laura Abascal, Francisco Javier López Marcano, Naomi Solórzano y muchas otras recuerdan a poetas como Gerardo Diego, Jesús Cancio, José Hierro o el recientemente desaparecido Antonio Casares.

Un homenaje literario y sentimental a algunos de aquellos libros que, con sus poemas, se han acercado con cariño a una parte tan importante y esencial de nuestro acervo cultural. Los bolos y todo lo que les rodea, desde el ambiente social al espíritu deportivo y competitivo, han contribuido al desarrollo cultural de todo un pueblo, el nuestro. Por ello, desde el mundo bolístico queremos conmemorar de manera muy especial, recordando a nuestros poetas, el Día Internacional del Libro.

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UNA INFANCIA FELIZ XI-Juan Francisco Quevedo

En La Cavada, 1964

XI

Una nueva era parecía atisbarse en el horizonte de la iglesia. El Papa bueno, Juan XXIII, había convocado a Concilio a sus cardenales. Y no iba a ser uno más. Este Concilio, el Vaticano II, que se cerraría bajo la tutela de Pablo VI -el Papa que amenazó, al estilo sutil que acostumbra la diplomacia vaticana, con excomulgar al general Franco, por un pon o quita esas firmas de unas sentencias a muerte-, traería grandes cambios a una Iglesia adormecida en sus latinajos. Años después, y a consecuencia del Concilio, la misa dominical comenzó a decirse en castellano, olvidando el latín y, con ello, el misterio cabalístico de no entender absolutamente nada de lo que te contaban. Además, al celebrar la ceremonia litúrgica de cara a los fieles, se perdió la santidad lejana en la que, inconscientemente, se envolvía a un oficiante al que sólo se veía de espaldas.

Por una vez, y sin que sirviera de precedente, pareciera que la iglesia y su jerarquía caminaran con los tiempos, estableciéndose cierta conexión entre los verdaderos valores de un humanismo cristiano emergente y el nuevo espíritu de los sesenta. Pareciera como si se quisiera, de alguna manera, poner en práctica lo que hasta entonces simplemente se predicaba desde la lejanía elevada del púlpito. Pareciera que las palabras que Voltaire dejó impresas en sus Cartas filosóficas tomaran un nuevo impulso:

El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores.

Aquella España de comienzos de los sesenta, pese a parecer haberse detenido anclada en sus angustias, comenzaba a evolucionar, incluso a su pesar. Los tecnócratas píos y devotos de la Obra-Opus Dei- y del desarrollismo habían comenzado a impulsar la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Estaban casi a punto de poner en marcha los famosos Planes de Desarrollo, que colocarían a España en las vías que la conducirían hacia el progreso económico.

Entre tanto, en esta España no se moría de exceso, por beberte la vida de un solo golpe, se moría de aburrimiento, así como del empacho provocado por el aluvión de penitencias y autos de fe. Era la España de la emigración, la España de López Rodó y su Primer Plan de Desarrollo, aquél que acabaría por llevar al país a abandonar las vías del mismo para llegar, al fin, a un destino más halagüeño. En un país, inmerso en sus novenas, ayunos y vigilias, donde las amas de casa pedían dispensa al párroco para poder tejer en domingo, parecía imposible que poco a poco, con el transcurrir de los años, este catolicismo exacerbado de la posguerra -por el que España se erigió, como un faro de luz, en la reserva espiritual de Occidente-, se difuminaría, por el simple devenir del siglo, entre melenas de modernidad y minifaldas precoces, y acabaría suicidándose de una grave indigestión, haciendo buenas las premonitorias palabras de Azorín:

El catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos patanes acabarán por matarlo en pocos años.

En la Feria de San Lucas, en Hoznayo. 1964

Como viejos Laridones, salidos de las páginas de una fábula de La Fontaine, los indignos y, a veces, uniformados guardianes del Régimen se aplicaban, brazo en alto, si era necesario, a censurar cualquier obra que se pusiera a su alcance. Desde su poder despótico, representado en unas siniestras bandas negras, anudadas al traje en el antebrazo, que nunca supe lo que eran, pero que todos los que eran alguien, en aquel festín del Movimiento, lucían con orgullo patrio, aplicaban absurdas, caprichosas y arbitrarias decisiones. Con la misma sinrazón se decidía poner, a una actriz díscola y desvergonzada, un pañuelo en su cabeza desmelenada que borrar una palabra impropia de un texto, fuese literario, periodístico o de cualquier otra índole. Nada se podía escapar al gran ojo censor.

Dicen que España está españolizada,

mejor diría, si yo español no fuera,

que lo mismo por dentro que por fuera

lo que está España es como amortajada.

                                     José Bergamín (Cuarteto de soneto)

Con mis hermanos Regina y Paco en el santanderino Colegio Cervantes

Pero, en este país, fiel reflejo de la España de Quevedo y Torres Villarroel, siempre aparece algún sopón con suficiente ingenio como para colarse por entre los tachones de la censura y hacer pasar por humoradas, más o menos ocurrentes, verdaderas sátiras hirientes. Las mordaces obras, bien camufladas, a veces pasan inadvertidas para las adocenadas mentes censoras, lo que hace que, de cuando en cuando, un soplo refrescante inunde el ambiente aburrido de la época.

En La Cavada 1965

Así se llega a estrenar la película El verdugo, con guión de un maestro del cine como Rafael Azcona. Es un auténtico esperpento surrealista, lleno de humor, magníficamente interpretado por un galán de pueblo y grasa de arenque ahumado en la camiseta, como Nino Manfredi, y por un desamparado en sí mismo, con papada en la cara y voz de trueno en el alma, como Pepe Isbert. Nunca la pena de muerte, en un país donde aún se ajusticiaba a garrote-vil -ennoblecido por tantas Marianas Pinedas-, fue tan ridícula y quedó tan ridiculizada. Toda la cinta era una metáfora disparatada, una chispeante greguería o una eufónica, florida y sutil jitanjáfora, salidas de las plumas, coronadas por la brillantez de lo absurdo, de Ramón Gómez de la Serna o del siempre maestro Alfonso Reyes.

Con mi hermano Paco en La Cavada. Y con el equipaje  del Atlético de Madrid

Pero aquella España de a pie no era ni tan brillante ni tan literaria. Por no ser no era ni gacetillera, era una España pragmática, como los tecnócratas que habían tomado el mando. Pareciera que se hubieran sumido en el tiempo y hubiesen hecho suyo el lema del primer gobierno mixto del general Miguel Primo de Rivera:

Menos política y más administración.

Todos caminaban, y el general Franco el primero, tras la senda inconstitucional marcada por el Fuero de los españoles. Esta filosofía de la eficacia, alejada de la política, había penetrado tanto en sus entrañas que se cuenta cómo, en una audiencia con uno de sus ministros, haciendo uso de toda su retranca gallega, el comandantín, como era conocido en Oviedo cuando cortejaba a la señorita Carmen Polo y, desde su menudez física, se paseaba en un vistoso caballo blanco, le contestó, tras interesarse este por la situación política del país, de la siguiente manera:

Usted haga como yo. No se meta en política.

Así era este actor de cine frustrado, devenido en generalísimo, que firmaba sus guiones como Jaime de Andrade, remedando al Felipe IV que firmaba sus versos como Un ingenio de Palacio.

Aunque no hubiera política que valiera, aún nos quedaba el cine, al menos cuando llegaba, tras superar el arduo y espeso camino de la censura.

Pero, además de la bomba que los americanos dejaron caer en Palomares, nos cayó otra más benévola, aunque ésta hirió sobremanera a la mojigatería patria. Este año desembarcaron las primeras minifaldas y por debajo de ellas se intuían, cuando no aparecían, las braguitas de aquellas extranjeras que llegaban a nuestras localidades con la nueva moda. Chocaba, y mucho, tanto muslo tomando el aire y más en una ciudad como Santander donde, hasta hacía muy poco, había sido obligatorio el traje y la corbata para caminar por el Paseo Pereda. Pronto, las chicas españolas, a escondidas, comenzarían a llevar estas prendas joviales y divertidas, aunque aún habrían de pasar unos años para verlo. No olvidemos que España era un país donde, aún, las mujeres sólo podían entrar en las iglesias con un velo tupido y negro sobre sus cabezas y una venda sobre sus conciencias porque, como decía Picabia, la moral es la espina dorsal de los imbéciles.

En ese contexto, ilusionados por el contacto con la tierra y reconfortados por el afecto de los amigos y la familia, pasamos nuestro primer invierno en La Cavada. Con el inicio del nuevo curso, en octubre, nos asentamos en Santander y dejamos nuestra tierra, nuestra tierra verdadera, ese minúsculo lugar que llevas adherido a las entrañas, tan solo para el verano, para esos largos veranos de entonces, veranos de tres meses largos, de esos que se llegaban hasta prácticamente la festividad del Pilar cuando, con las primeras nueces, volvíamos al piso de Santander.

De aquellos veranos en bicicleta, veranos jugando a los bolos en La Encina, desde que amanecía hasta que anochecía, veranos en los que tan solo aparecías en casa para comer, guardo un recuerdo inolvidable, como de todos los amigos que me acompañaron en ese descubrimiento continuo que nos acompaña en la vida pero que, en la adolescencia, está más vivo que nunca.

Las excursiones a la cueva del Zorro, los baños en el río Miera, en el pozón de Las Hoyas, los partidos junto al río Revilla y las primeras romerías, a las que nos hicimos tan asiduos que tan solo veíamos el calendario en función de ellas. Se abría con San Juan en nuestro pueblo y se cerraba con San Cipriano y San Miguel. Y en medio, San Mamés, San Lorenzo, Santiago, San Pantaleón, San Vicente, Santa Ana, Nuestra Señora, San Joaquín, La Magdalena… No nos perdíamos ni una.

Con mi hermana Ana en el monte Igueldo

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UNA INFANCIA FELIZ 10-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco en México

X

-¡Qué güerito! Con sus ojitos azules. Déjemelo tomar un ratito.

De brazo en brazo anduve los tres años que pasé en México, de brazo en brazo e intentando mordisquear aquellos medallones que colgaban de los cuellos de quienes me mecían con tanto afecto; todos ellos iban grabados bien con el relieve de la Virgen de Guadalupe, bien con el del Sagrado Corazón de Jesús. Y es que allá, tratándose de Vírgenes, sólo hay una. Por acá parece que florezcan. Será el clima.

En mi casa de Córdoba-México

No tardaron en acompañarme dos hermanos más de los seis que llegamos a ser cuando aún contaba con cinco años de edad. Con los tres que ya éramos a cuestas y una niña más en el vientre de mi madre, dejamos atrás toda una vida en Córdoba para reemprender otra en España. Mi padre, tras cuarenta y cinco años en México, con toda la familia, tomaba el avión que le haría reencontrarse con su tierra.

A aquella España enlutada regresamos, enlutada como sus mujeres, que se ponían el negro de jóvenes, pues siempre había alguien que se les moría, cuando no era el padre, era la madre y, cuando no, el marido. No recuerdo haber visto una sola foto de mi abuela o de mis tías paternas en las que el negro no fuese su acompañante perpetuo.

A aquella España de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, a aquella España de la cruz y la pandereta, de empacho de misas y rosarios, plagada de misales, reclinatorios y escapularios, regresamos en el 63 definitivamente.

Llegamos justo cuando algunas cosas empezaban a cambiar, justo cuando el olor del café cordobés se había colado para siempre en mi alma. Un café que nunca he podido volver a husmear como entonces pero que su recuerdo, como el sonido de las campanas de su pueblo, que tanto añoró mi padre, me inunda de nostalgia. Tal vez, algún día regrese a Córdoba.

Desde que di mis primeros pasos, según la memoria compartida con mis mayores, como un ritual, acudía cada mañana al negocio de café -solo tenía que cruzar la calle- para hacer lo que tantas veces había visto hacer a mi padre. Al llegar, me acercaba a uno de los sacos que acababan de descargar, agarraba en mi pequeña mano un puñado de granos de café recién recolectados y los frotaba con energía entre las palmas; después me las acercaba a la nariz para poder oler aquel aroma tan intenso, tan lleno de vida, con el que se abría la mañana. Nunca perdí aquellas sensaciones sensoriales; de hecho aún hoy, cuando llega a mi pituitaria desde cualquier rincón, una taberna o la casa, esa fragancia única y característica, actúa en mi conciencia como aquella magdalena proustiana y me hace retroceder en el tiempo a mis años en México. Mucho quedó atrás tras mi partida, pero el olor de aquel café con el que iniciaba el día siempre me acompañó.

Había sido allá por 1.960 cuando mi madre había visitado doblemente, en enero y diciembre, el Sanatorio Español de Ciudad de México. De esta manera, una hermana, la primera, y un hermano, Paco, irrumpían en mi plácida vida casi sin enterarme. Y así, casi sin enterarme, y tras varias visitas más al paritorio, ahora el de la santanderina clínica Matorras, allá por 1.964, ya éramos, con Ana, Pedro y Marce, seis los hermanos. Ahí nos quedamos.

Con mi padre. México

Fue en La Cavada cuando empecé a tener verdadera memoria de lo que pasaba a mi alrededor sin tener que recurrir a la de los demás, a la memoria interpuesta de mis mayores. Recuerdo los días de escuela cuando, con apenas tres años, me dirigía a la señorita con la inocencia de mi dulce acento mejicano:

-Buenos días señorita.

-Buenos días.

-Se presenta Juan Francisco Quevedo Gutiérrez, para servirle a Dios y a usted.

Aún era pronto para saber que la carrera de la vida ya había comenzado mucho antes, así como para valorar y aprovechar esa listeza natural que no hace más que avivarse desde la cuna.

La gente se derretía con mi acento suave y educado, con mi retórica y con mi pequeña estatura. Se empeñaban en que no les tratara de usted pero yo era incapaz de hacerlo, por lo que me molestaba esa insistencia ante un hecho que para mí era de lo más natural. Tardé meses antes de poder adaptarme a las nuevas costumbres. Aquel año escolar lo aproveché bien; no hay nada tan absorbente como la mente, todavía despejada y completamente virginal, de la primera infancia.

En esa España, hoy pareciera perdida en el tiempo, aprendí mis primeras letras y mis primeras pillerías con la feliz inconsciencia de la infancia. Y también llegó a mi memoria, el primer recuerdo de los amigos, algunos de los cuales permanecerán para siempre, y los primeros chichones, como el que me salió al propinarme un golpe un compañero con la peonza en plena frente. Se desenredó de mala manera la cuerda y salió disparada a mi cabeza. Apretando con una perra gorda sobre él, sobreviví al lance. La misma perra gorda que los amigos y yo poníamos sobre las vías del tren para que, al pasarla el convoy por encima, la viéramos, admirados y perplejos, con una extensión multiplicada.

Enfundados en nuestros impermeables, tipo pescador de ballenas, íbamos -al igual que el capitán Ahab a bordo del Pequod- los tres hermanos unidos y dispuestos a luchar contra los charcos que se interponían en nuestro camino hacia la escuela. La señorita nos esperaba, con su política de palo y tente tieso, o sea, el clásico la letra con sangre entra mientras pastábamos entre un mar de signos aritméticos, cuando no ortográficos, mientras cantábamos, aplicados, las tablas de multiplicar o los ríos de España, eso sí, con sus afluentes, tanto por la derecha como por la izquierda.

Con mi hermana Regina en la escuela de La Cavada 1964

Los recreos eran para las carreras, las subidas al pino, las canicas, la peonza y un juego al que jamás volví a jugar y del que no recuerdo su nombre. Todos nos hacíamos con una estaca puntiaguda que tirábamos a clavar en el prado por orden. El juego consistía en intentar derribar las que estaban clavadas con tu estaca. Cuando lo conseguías, la agarrabas y con tu palo la dabas un golpe para intentar lanzarla lo más lejos posible. El que perdía debía ir a por ella y, a su vuelta, se reiniciaba el juego.

Al salir de la escuela, corríamos hasta casa un buen grupo de amigos y en un gran columpio verde articulado de madera, con asientos a cada lado, nos balanceábamos a lo bestia hasta que alguien aparecía para reñirnos. El columpio, tras continuos arreglos de mi padre, aún sobrevivió unos cuantos años. Con el tiempo, donde se ubicaba, nos hizo una bolera cuyo mayor inconveniente era que si elevábamos mucho las bolas desde el tiro, pegábamos contra las ramas de dos generosos ciruelos japoneses, cuyos troncos, por otro lado, nos servían de portería para jugar al fútbol. La huerta, en verano, era un improvisado polideportivo.

En otras ocasiones, nos dirigíamos hacia el río en bicicleta, procurando derrapar en cuanto veíamos algo de guijo suelto en la calzada o soltándonos las manos del manillar, mientras poníamos los brazos en cruz para sentir el viento en la cara. Al llegar a la pedregosa orilla del río, llena de cantos rodados, lanzábamos morrillos bien seleccionados, con el vientre plano, para jugar a ver quien conseguía que diera más botes sobre la superficie del agua.

Aquel curso que pasé en el pueblo, recién aterrizados, todas las mañanas madrugaba bien temprano y me encaminaba de la mano de mi tía Ana María a misa de ocho. Me gustaba no tener competencia y ser el único valiente que, a esas horas, se atrevía a realizar las funciones de ayudante del cura del pueblo. Cuando entraba por la puerta de la capilla de Santa Lucía, ingresaba en mi territorio; era el único niño que había y nadie me disputaba el honor de hacer de monaguillo. Al llegar, encendía las velas y me dirigía a la sacristía. No me vestía el uniforme colorado con la casulla blanca porque solo lo usábamos los domingos en misa mayor y pocas veces lo pude lucir pues los mayores no te dejaban así como así. La misa aún se decía en latín y con el cura de espaldas a los asistentes. Yo siempre estaba muy pendiente de cuándo tenía que tocar la campanilla mientras lanzaba unos latinajos; algo así como potens, potens. Era lo que más me gustaba.

Otros placeres, como el de beber el vino dulce al cura mientras estaba distraído, estaba reservado para los más mayores. Yo me conformaba con los recortes de las hostias que nos repartía el sacerdote.

En tanto me ocupaba de estos menesteres inocentes, en el Vaticano ya habían empezado a circular aires reformistas que no tardarían en reflejarse en la vida religiosa y piadosa de aquel tiempo.

Con mi padre en México

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MARCOS TRAMÓN-COMO UNA SOLA LUZ-Juan Francisco Quevedo

MARCOS TRAMÓN

COMO UNA SOLA LUZ (EDITORIAL BAJAMAR, 2020)

MARCOS TRAMÓN PRESENTA COMO UNA SOLA LUZ, UN LIBRO QUE GENERA EN EL LECTOR EMOCIÓN VERDADERA

Como una sola luz es el nuevo y esperado título del poeta asturiano Marcos Tramón, recientemente publicado por la editorial BajAmar. Tras tres años de silencio, reaparece con la fuerza de una palabra que se entreteje desde el conocimiento y la sabiduría de un poeta que se entrega al misterio inherente de la poesía con devoción y lirismo. Lo hace con una perspectiva muy personal, destilando en muchos de los versos una melancolía que está muy próxima a cierta desolación existencial pero que, sin embargo y a pesar de todo, se redime a través del amor y de la nueva luz del día, del acontecer del nuevo alba, que bien puede simbolizar el continuo aprendizaje que, con cada nuevo amanecer, acompaña al hombre.

Como una sola luz es un libro de esperanza, algo que se percibe en las palabras que se van repitiendo en prácticamente todos los poemas: claridad, luz, mañana, alba, cielo, amanecer, día… El libro se divide en tres partes, siendo la central, Albas contadas, la que delimita con exactitud las mismas. La primera de ella se abre con un poema de lo más hermoso, Contigo, donde el poeta crea una analogía entre la luz del día y la que desprende los ojos de la persona amada: Comienzan esos días/de una luz/que se asemeja a la luz de tus ojos.

A media tarde es un poema que desprende una fuerte melancolía, la que uno puede sentir, y con la que es tan fácil identificarse, cuando camina solo por la ciudad: Y es la melancolía/una manera estúpida/de sentir. Esta primera parte concluye con Desencuentro, un poema que, a pesar de lo que sugiera al lector en una primera impresión, es una invitación a continuar adelante, a pesar de la ausencia: Fuimos mínimas coincidencias, / a gusto por la insólita/razón de ser.

La parte central del libro, Albas contadas, la única con un título específico, son como habas contadas, como perlas halladas en la claridad del tiempo. Es una sucesión de bellísimos poemas, ordenados en impecables cuartetos endecasílabos, que se erigen como un canto permanente a la nueva vida que siempre acompaña al alba.

Cada uno es un alba, un cielo, un mundo.

Cada uno despierta esclarecido.

Como una luz inquieta y caprichosa,

Semejamos el vuelo de las aves.

En todos y cada uno de los treinta y dos cuartetos que componen esta parte aparece la palabra alba junto a una visión de la vida que, asociada a esa palabra, hace que esta adquiera una dimensión que va más allá de la literalidad estricta del diccionario; con cada nuevo amanecer nos renovamos, con la llegada del día tenemos la oportunidad de experimentar otra vez ser nosotros mismos. Unas veces será una invitación a disfrutar y otras, sin embargo, nos traerá los sinsabores que nos angustian. Al fin, esa mezcla de sentimientos es la vida.

Hoy, un alba maltrecha, igual que yo.

Como nosotros, también un desamparo.

Es un amanecer que viene triste,

Como si todo reviviera en muerte.

En la última parte se suceden poemas con referencias cotidianas, que rompen la solemnidad del discurso, aproximando las sensaciones al lector de una manera muy cómplice: Camina un hombre solo por las calles/de la ciudad-la lluvia crea charcos/en las aceras y es de noche-, mientras piensa… También encontramos poemas de amor cargados de lirismo y con elegantes notas de erotismo: Ya es un recuerdo ardiente/el llegar de mis manos/hasta tu negro pelo ensortijado

El libro finaliza con unas Disposiciones autobiográficas que definen a la voz poética: Soledad, / melancólica compañera de viaje, / voluntaria; por fiel, una amante escogida.

Marcos Tramón, Como una sola luz, traspasa nuestra conciencia lectora para con su poesía estimular nuestra sensibilidad y crear emoción verdadera desde unos versos profundamente humanos.

Juan Francisco Quevedo

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UNA INFANCIA FELIZ 9-Juan Francisco Quevedo

Barajas 1959-Con mi madre en brazos

IX

Mientras mi padre, con Libertad bajo palabra, de Octavio Paz, velaba mi ya avezada socarronería feliz y preparaba mi primer viaje a España, yo iba descubriendo la magia de la poesía. Aquellos versos, resbalando por los labios paternos, me iban descubriendo el inmenso y revelador poder de la palabra, de una palabra que, de momento, me era negada. Caían las frases sobre mí como una lluvia de enigmáticos jeroglíficos por resolver, como un chaparrón de misteriosos y envolventes vocablos que iluminaban mi biberón y extasiaban mis sentidos

Dales la vuelta

cógelas del rabo (chillen putas),

azótalas…                                                                

                          Octavio Paz (Las palabras)

El mismo año de mi nacimiento, a principios de verano y con mi madre ya embarazada de mi hermana Regina, me trajeron a conocer a mi familia española. Y a que me conocieran. El avión aún pudo hacer escala en el aeropuerto de La Habana, aunque las barbas y el verde oliva ya dominaba y campaba a sus anchas por los hangares. Durante las horas de estancia, no nos dejaron ya no salir del recinto, ni tan siquiera nos pudimos bajar del avión. Sin embargo, a la vuelta ya no se pudo, ni modo, aterrizar en Cuba. A pesar de todo, España y Cuba jamás romperían relaciones diplomáticas. Nunca. Bien al contrario, con México ocurría algo muy distinto desde la guerra civil.

Al fin, Madrid. Casi sin darme cuenta aparecí en las escalinatas de un avión, supongo que de Iberia o de las Aerolíneas Mexicanas, y en la capital de un país al que llaman España. Desde mi pequeña estatura, y desde los brazos de cualquier voluntario que se prestara a sostenerme, percibí, en aquellos meses y a través de la memoria de mis mayores, la lúgubre desolación y la tristeza del país de mis antepasados. Contrastaba con el espíritu alegre y desinhibido de una gran parte de sus habitantes que no reflejaba en absoluto lo que se escondía en los aledaños del poder. Como ha ocurrido tantas veces, cada cual iba por su lado, distanciándose cada vez más notoriamente lo uno de lo otro, la gente corriente de los círculos de influencia que pululaban donde se tomaban las decisiones.

Con Tom en La Cavada, 1959

Desde mi descansada posición, en el serón de viaje, arribé a La Cavada y allí sufrí un baño de curiosidad y un hartazgo de brazos ajenos que me hizo sonreír y agarrar más mañas aún de las que ya tenía; no en vano era el primero de los críos de mi generación que llegaba a mi familia paterna. Aún tuve tiempo de conocer a mi tía Teresa y a mi tía Ciriaca, siempre tan elegantes y bondadosas, y a la abuela Regina, con la que disfruté tanto de sus besos como de su encanto.

Seguro que aquella fue la primera vez que mis tías paternas, de las muchas veces que me lo contaron, me relataran cómo nuestros antepasados habían llegado a La Cavada, a comienzos del siglo XVII, desde tierras valonas, a fundar y desarrollar la mayor fábrica de cañones de hierro fundido que tuvo la nación. Tanto sus rasgos, como los de mi padre, de tez clara y delicada, y sus ojos azules y cabellos arrubiados, llevaban la impronta de aquellos primeros fundidores.

Tu abuela era Piró Arche, no lo olvides nunca-me decían en cuanto tenían ocasión con orgullo.

Barrio de Revilla. Con mi tía Teresa

Al llegar, hube de posar y retratarme, por activa y por pasiva, con casi toda la comitiva que nos acompañó de parientes, vecinos y conocidos, una comitiva cariñosa y familiar que, más pronto que tarde, acabaría siendo una fuente inagotable de amistades y afectos. En mi casa del barrio de Carrascabas y en la de mis tías, en el barrio de Revilla, me sentí como se deberían de sentir todos los niños, muy querido.

Esta nación, tan diferente como para hablar de una sola España, estaba aún encerrada, inmersa en su enquistamiento, y aunque había débiles señales que parecía iban en sentido contrario, tanto en sus gentes, como en sus pueblos y ciudades, todavía no se percibían. Al rato de llegar, apenas dos meses, tristes por dejar atrás a la familia, nos regresamos a México a ver un poco de televisión en color, de vida en color, tras nuestra sobredosis española de blanco y negro, en esta sociedad lóbrega y enlutada en la que aún había que pedir dispensa a la iglesia para trabajar los días de fiestas de guardar, en la que aún el silencio, por imposible que parezca, se oía entre las alegres canciones patrióticas.

No hay nada tan desasosegante como escuchar el silencio golpeando las conciencias en medio del griterío de una multitud.

Con mi abuela Regina

En aquel tiempo, en aquella España de la cruz y la pandereta, sólo se hablaba de la hazaña de un águila toledana que había plantado sus reales, como si de una vieja espada se tratara, en el Tourmalet mientras se merendaba una sandía. Su proverbial miedo a despeñarse en el vacío, parecer ser, le hacía un tanto estrambótico. Del triunfo en el Tour de Francia, de Bahamontes, al duelo por la muerte del campeonísimo Coppi. Así es la carrera, hacia la gloria y la muerte, de la vida. Muerto el rey estaba punto de comenzar el reinado de un joven francés, enjuto y fumador, que respondía al nombre de Jacques Anquetil. Su carrera hacia el podio estaba a cinco triunfos de la cima. Su carrera hacia la muerte iba a ser corta.

Sic transit gloria mundi! (¡Así pasa la gloria de este mundo!)

De la España más oficial solamente me llevaba la radio anquilosada de la época, la tristeza del negro de sus mujeres y el bigotito fino, de galán antiguo, de unos hombres tan pasados de moda, como sus bigotes. De la España más sentimental me llevaba el sentir y el latido de la tierra, el amor de la familia y la esperanza de un reencuentro con ambos, tierra y familia, no muy lejano.

Después de nuestro regreso a Córdoba, desde aquel milímetro escaso que podía representar mi pueblo, La Cavada, en el mapa de España, mi abuela nos enviaba fotos en blanco y negro de la tierra de mis mayores. Yo me rendía a la bondad de su rostro, a través del cual viajaba a esa España amable y familiar, a la España entrañable de los afectos, a la que te engancha a la luz y al polvo de un pequeño lugar que sabes tuyo para siempre. Esa era la verdad auténtica, la verdad que te proporcionan los sentimientos más nobles. Esa era la España, parafraseando a Luis Cernuda, que envenenaba mis sueños.

Entre tanto, mientras me acomodaba al clima del trópico y a la sincopada música del norte, en diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight Eisenhower, daba carta de credibilidad internacional al general Franco y, claro está, Franco le correspondía dándole por Madrid un baño de banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que, después, se enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio y que me han hecho recordar las palabras de Juvenal:

Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.

No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada comunidad internacional.

Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar al pueblo llano. En aras de la economía y del mercadeo se podía obviar ese pequeño detalle de la libertad.

Mientras los generales se paseaban por las calles de Madrid encaramados a un descapotable blindado-desde el absurdo de acorazar un coche descubierto-, yo orinaba en pleno rostro al médico que vino a reconocerme en uno de esos exámenes periódicos. El bueno del doctor Rafael Sánchez Vargas, hijo del buen don Severo-el asturiano de Parres que tanto ayudara a mi padre- y entrañable amigo de la familia, se lo tomó, al menos así me llegó desde mi memoria lejana, como a quien le cae, por orden divina, agua bendita. Según mi madre, colorada como un pimiento durante el trance, sólo le faltó persignarse. A mí me dijeron que aquel día, durante mi micción, me reí como nunca. Pequeño cabrón. Así se debieron sentir aquellos generales, saludando al vociferante y mudable personal, mientras algunos, pocos, enrojecían de ira y otros, aún menos, de vergüenza.

1960-Con mi padre en Veracruz

Estaba a punto de cumplir un año cuando me llevaron ante un barbón, un tanto sangrón y vestido de rojo, poseído, además, por una risa falsa e inquietante; yo, en brazos de mi madre, me retorcía de llanto por evitar que me depositara entre las zarpas de un Santa Claus de carne y hueso. Y es que los mayores no entienden que esos bichos navideños son más simpáticos cuando salen en la tele o cuando no son más que muñecos de nieve o trapo. Pero, la realidad era que, en aquellos almacenes, con un decorado de cartón piedra, nos sacrificaban, quisiéramos o no, ante el altar de una sociedad consumista que empezaba a aflorar con una fuerza imparable. De nuevo, el signo de los tiempos.

Las cosas parecía que marchaban y los autos nuevos, relucientes, empezaban a llenar las calles de un México cada día más moderno. Pero no era oro todo lo que relucía; ya nos advertían, desde Estados Unidos, de los peligros de esta sociedad opulenta en la que nos inmolábamos. Tras ella, tras su esplendor aparente, una nueva pobreza emergía atravesando toda una generación desmoralizada y sin medios para salir adelante. Empezaba a estar claro que esta nueva sociedad de la opulencia no iba a mostrarse solidaria con los pobres que ella misma generaba y menos en una América entregada al mercantilismo más incontrolado. Las ortodoxas leyes del capital dejaban de lado a todos aquellos seres, para ella despreciables, incapaces, desde su indigencia, de convertirse en potenciales o reales consumidores. Del humanismo liberal, esencia nuclear de los ideales que pusiera en marcha la revolución francesa, se había pasado a un liberalismo económico feroz, tan brutal que ignoraba del todo el humanismo renacentista del siglo XIX. Estos desdichados, cada vez más numerosos, no eran más que el residuo inevitable que esta sociedad generaba. Ante ella, se volvían invisibles. Simplemente era más cómodo para sus intereses borrarlos del mapa y, si acaso, verlos, ante su enriquecida mirada, como un mal menor.

…la pobreza subsiste aún. Es, en parte, una cuestión física; quienes la padecen están tan limitada e insuficientemente alimentados, tan pobremente vestidos, viven en unos cuchitriles hacinados, fríos y sucios que la vida es amarga y relativamente breve…

Hacemos caso omiso de ella porque compartimos con las sociedades de todos los tiempos la capacidad de no ver aquello que no deseamos ver.

                                             John Kenneth Galbraith (La sociedad opulenta)

John F. Kennedy, a pesar de cualquier pesar, cuando leyó este libro quedó impresionado. Al iniciar su mandato se puso manos a la obra y elaboró un plan de medidas concretas para actuar contra la pobreza. Una bala truncó aquello que tal vez hubiera podido llegar a ser un día. Nunca se sabe, pero conviene dudarlo.

La independencia del espíritu se obtiene por medio del escepticismo.

                                                                                           Montaigne (Ensayos).

Con mi madre en México

La Cavada, 1959
Con mi tía Teresa y mi abuela Regina

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UNA INFANCIA FELIZ 8-Juan Francisco Quevedo

Córdoba (Veracruz) 1957. Luisita al volante

VIII

Así fueron pasando esos años de internado que mi madre continuamente recuerda contándonos sus aventuras en una realidad muy distinta y distante de otras pero que, al fin, fue la suya. Ella siempre ha sido muy consciente de ello y siempre ha evitado erigirse en juez de nada ni de nadie, siempre se ha mostrado muy comprensiva con cualquier actitud, incluso con aquella que unánimemente se critica. Siempre nos ha dado un consejo muy similar al que, en la novela de Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, este dice que le dio su padre: Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien, ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas.

Después de sus años de internado, llegó la vida en el pueblo, una vida familiar y apacible de señorita bien educada. En ella aparecían las partidas de cartas a la brisca, las romerías en bicicleta, las excursiones campestres, las magostas en otoño y las obras de teatro de la Acción Católica, donde siempre participaba como si fuera una actriz con tablas. Mi madre, Luisita para todo el mundo, siempre tuvo una vis cómica y humorística que jamás ha perdido. Incluso hoy en día, pese a todo, la saca a relucir habitualmente. Siempre fue una mujer muy optimista que solo veía el lado positivo de las cosas, una mujer que siempre nos estimuló a salir, a divertirnos, a conocer nuevas cosas y participar de nuevas experiencias sin ponernos cortapisas, ni infundirnos miedos. Desde su alegría contagiosa, todo la ha parecido siempre bien.

Para cerrar el círculo de su período en el colegio, me sobreviene una anécdota de la que ambos fuimos cómplices. De niño, a mediados de los años sesenta, de cuando en cuando me llevaba con ella a ver a la madre Isabel, su vieja maestra. Al llegar, siempre me obsequiaba alguna estampa de santos que ya tenía preparada para mí. Las escribía por detrás con esa letra delicada y temblorosa, en la que me exhortaba a ser bueno y piadoso. Recuerdo su dulzura, su voz apagada y hermosa, así como unas cuentas ensartadas en un hilo que me regaló y que yo llevaba colgadas de una hebilla de mi pantalón corto como si fuera un llavero.

Son cinco, Juanito, las cinco buenas acciones diarias que tienes que hacer. Cada vez que hagas una, corres una cuenta por el sedal hacia el otro lado. Cinco al menos todos los días.

Sé que salía con muy buenas intenciones de allí, pero me temo que no me durasen mucho.

Estampa manuscrita de la madre Isabel

Mi madre se fue muy feliz a Córdoba con su marido, con mi padre, con Paco, pese a dejar atrás toda una vida confortable, donde se sentía segura y dichosa junto a su madre y sus hermanos. Nunca le importó más allá de lo razonable; siete años pasaría en México antes de regresar definitivamente. Siempre les vi muy enamorados, dedicándose miradas y haciéndonos sentir a todos sus hijos partícipes de ese amor compartido.

Ya en la ciudad mexicana vivió de una manera muy diferente a como acostumbraban a vivir las mujeres en España; no tardó en ponerse a manejar al volante de un coche americano, a disfrutar de una televisión aún por llegar a nuestro país y a trabajar en el negocio familiar. Este se situaba justo enfrente de la casa y allí, antes de llevarlas al beneficio para iniciar todo el proceso previo a su venta, iban llegando las partidas de café recién recolectado en grandes sacos.

1957. Mis padres trabajando en México

Así mismo, allá comenzó a alternar con todo tipo de gente, con los amigos de muchos años de mi padre, tanto con los que, como él, llegaron en busca de mudar su fortuna, como con esos republicanos a los que en España se tenía demonizados. No tardó en darse cuenta de que todo era mucho más fluido y normal de lo que, quizás, nunca pensara.

Los primeros años, antes de mi llegada a este mundo, se dedicaron a viajar por el país, al Distrito Federal, a Acapulco, a Fortín de las Flores, donde siempre regresábamos una y otra vez, a bailar en las fiestas del Casino y a pasear en esos coches americanos que tanto gustaban a mi padre y que siempre me decía que de soltero fueron su único capricho. Fue así, hasta que algo que tanto deseaban les hizo cambiar su modo de vida.

1956. Acapulco

Yo vine al mundo en el 59, bajo la presidencia de Adolfo López Mateos, en el Sanatorio Español del D.F. Ahora bien, era y me sentía un cordobés de corazón pero, entre los españoles, era casi una costumbre ir a parir a la capital. Era martes, un martes de un mes de enero, allá por 1.959, cuando la luz de un mundo, aún por abofetearme, cegó sin contemplaciones mis ojos e iluminó mi mente. Era el mismo enero, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto -aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fusil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana.

Cuando el médico del Sanatorio Español me sostenía boca abajo, agarrándome de los tobillos, yo estaba preparado tanto para recibir mis primeras nalgadas como para inhalar la primera bocanada de aire puro. Con ella, esperaba, al menos, inspirar lo suficiente como para hacer desaparecer el color azulado venoso de mi anóxica anatomía. Todo fue como en un suspiro doloroso. De pronto, arranqué en un llanto que, como en casi todos los seres humanos, hasta hoy no ha cesado.

No había españolito, con ciertos posibles, que no hubiera venido al diablo mundo en este sanatorio de la capital. De tanta devota peregrina, en estado de gravidez, que circulaba por los aledaños del hospital, este acababa por asimilarse a una capilla-paritorio de enorme devoción, donde se vivía, entre las plegarias de las monjitas, un año santo perpetuo. En cualquier caso, ya estaba aquí y, a pesar de todo, con la firme determinación de intentar sobrevivir a este mar de zancadillas que el mundo te pone desde el mismo instante en que llegas a él.

La vida, aunque no vale un peso, no tiene precio.

En el mismo hospital me bautizó y confirmó el obispo Pío López. De una tacada; para qué esperar. La mantilla española que lucía mi madre y el faldón cubierto de puntillas en el que iba embutido son el testimonio perenne que asoma por las diapositivas, como notarias de lo que allí realmente sucedió.

Vaya usted a saber. Es cuanto sé de mí, al menos de aquellos primeros días. Como dijera Calderón de la Barca, yo siempre podré decir aquello de tuve amor y tengo honor, esto es cuanto sé de mí.

Mientras que las ralas barbas del comandante cubano iban perdiendo el color negro de la blanca cristiandad que le había financiado, yo intentaba balbucear mis primeros sonidos -con un sentido que tal vez sólo yo mismo podía descifrar- para que alguien me atendiese en esa Córdoba mejicana, allá por el estado de Veracruz, donde amorosamente me habían depositado, junto al mismo puerto al que llegaran los primeros conquistadores. Así que allá me crié, junto al recuerdo de las viejas historias de la colonización -calladas en las conciencias de todo un pueblo- y de la conquista de la Nueva España.

A mí, entonces, poco me importaban esas patrañas donde cada cual se envuelve en su bandera y unos cuantos en la que más les conviene, sea cual sea, siempre y cuando sea la de sus propios intereses.

1958. Paco Quevedo y Luisita en Veracruz

Yo era feliz en esta Córdoba cafetera a la que, recién, llegaba; desde ella, este Nuevo Mundo se abría ante mis perplejos y atónitos ojos, completamente desorbitados al querer embeber en una sola mirada todo lo que descubría. Tal vez, estas iniciáticas iluminaciones sensoriales, las haya heredado de aquellos hombres que, igual de confusos y admirados, contemplaron por vez primera la originaria ciudad de México.

… y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto…

(Hernán Cortés y sus hombres al subirles Moctezuma a lo “alto del gran cu” para contemplar la Ciudad de México).

Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de Nueva España)

Entre tanta agitación y tanto pecho, de una madre cálida, a tiempo y a destiempo, la radio iba inoculando en mi sangre el veneno incurable del Rhytm and blues, un ritmo sincopado y afroamericano que entraba a través de la revista americana Bilboard y de las emisoras que llegaban del Norte poderoso. A través de sus golpes rítmicos fui llegando a todo lo demás, desde el soul hasta el rock, pasando por el jazz. A través de sus golpes rítmicos era capaz de acompasar mis suculentos tragos de leche materna. Como si la salita de mi casa fuera el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York, pareciera que de la cuna donde me alojaba, saliera el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta. Con mis golpes a los barrotes pareciera rememorar el ritmo, la clase y el estilo de Charlie Mingus –Pithecanthropus erectus– y Dizzy Gillespie –Manteca-. Todo ello se entremezclaba con los incipientes balbuceos de un bebé sobrexcitado y enganchado, desde la cuna, al saxofón, siempre de cuerpo presente, del cadáver incorrupto de Charlie Parker. Ya, en aquellos primeros días, tomé la decisión de alejarme del Cool jazz de los blancos, mostrándome de alma profundamente negra. Nunca estuve en los conciertos del teatro Apollo de Harlem, ni en los numerosos clubs de jazz de la calle 52, pero su impronta imaginada acompañaba mis primeros pasos y mi primera conciencia límbica. El espíritu musical de los negros me ha acompañado desde siempre, incluso desde antes de ser consciente de ello.

Pero, por otro lado, la música, al fin y al cabo, más fría o más ardiente, siempre es música y como tan bien dijo Cervantes, por boca de Sancho, donde hay música no puede haber cosa mala (…) la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.

1958. Paco y Luisita a la entrada de su casa en Córdoba
1958

Retrato enviado a España desde México
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UNA INFANCIA FELIZ 7-Juan Francisco Quevedo

Luisita en La Peña. Panorámica del pueblo de La Cavada

VII

En aquellos tiempos de escuela y desenfado, a mi madre le gustaba cantar, siempre lo hizo muy bien, además de tocar el piano y escribir poesías. Una de ellas, realizada y pensada como desagravio a la madre Isabel, la recita aún de memoria mientras cuenta la historia de la misma, una narración que, sin entrecomillar y en cursiva, voy a poner en sus labios para seguir recordando cómo era la vida de una interna en el colegio de La Enseñanza durante el principiar de los años cuarenta:

Aquella mañana acababa de venir, como siempre, una de las monjas a despertarnos y desde la escalera, sin llegar a verla, había comenzado, a las siete en punto, su monótona retahíla:

-Deo gracias, Deo gracias…

Aún en la cama y quitándonos las legañas íbamos contestando, unos días con más entusiasmo que otros pero casi siempre adormiladas el consabido “sin pecado concebida”.

Después de desayunar y cumplir con el resto de obligaciones, íbamos hacia el aula. Aquella mañana estaba yo muy chistosa. Después de la clase de gramática con la madre Flora y de la de Matemáticas con la madre Romana, nos tocaba la clase de piano con la madre Isabel. Se daba en una estancia muy grande, donde había seis pianos, todos separados entre sí en diferentes habitáculos que podían quedar aislados por medio de una puerta corredera. Con todas ellas abiertas, al comenzar el tiempo dedicado a la asignatura, la madre Isabel nos daba a todas las instrucciones para que fuéramos practicando. Después, ya a solas y encerradas para no molestar y que no nos molestaran, nos llamaba una a una para practicar con ella.

Sin saber muy bien por qué, más allá de por hacerme la graciosa, cuando la madre Isabel, que era una persona con la que todas las crías se metían un poco, aunque sin malicia, nos daba las instrucciones generales, me preguntó por algo que no consigo recordar, le di una contestación descarada con el fin de conseguir las risas cómplices de mis compañeras. La pobre no daba crédito; yo, su alumna modelo, también la traicionaba.

-¿A quién me voy a agarrar ahora, Luisita?-me dijo mirándome con cara suplicante para que reparara el desaguisado.

-Agárrese a la pata de la silla-la contesté toda ufana y descarada, incidiendo aún más en el agravio.

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No he oído nada-dijo llevándose las manos a la cabeza.

Al terminar las clases de la mañana, las externas se iban a sus casas y nosotras nos encaminábamos al estudio, justo antes de ir al refectorio a comer. Yo me había quedado con mal cuerpo después de aquella salida de tono, así que durante el tiempo que pasamos en el estudio la compuse un poema, lleno arrepentimiento.

-Cosas de la edad y de las musas-solía añadir mi madre al relatarlo.

En el convento llevábamos una vida muy familiar, reuniéndonos todas en el comedor, internas y monjas. Antes de comer, ya sentadas, tenían lugar las lecturas. Cuando todas estábamos colocadas en nuestro lugar, me levanté y pedí que me dejasen leer una composición que tenía preparada, aunque no me correspondiera el turno. Una vez me autorizó la priora, me dirigí al atril.

-Hoy quisiera leer un poema que he dedicado a la madre Isabel. Espero que me perdone por la falta que he cometido con ella esta mañana.

El silencio era aún mayor que el que había habitualmente, que de por sí era absoluto. La madre superiora lo conseguía golpeando el anillo contra la superficie de la mesa, además de con esa cara de seriedad que tanto temíamos. Aquel día no hizo falta. En medio de la expectación comencé a recitar:

En un convento de monjas

entre las blancas paredes

se distingue un bulto negro

sin saber si va o se viene.

Es una dulce monjita

que llegada del amor

se dirige hacia su iglesia

para adorar a su Dios.

Entre sus dulces coloquios

una queja le va a dar:

Las niñas que tú me diste

me hacen mucho renegar.

Hija-le dice el esposo-,

esa es la cruz que te he dado

y para llevarla bien

piensa que estoy a tu lado.

Al terminar, levanté los ojos y vi la emoción en el rostro de mis compañeras y en el de la congregación. Después miré a la madre Isabel. Tenía las manos en la cara, tapando unos ojos humedecidos por las lágrimas. Yo me quedé relajada, con la conciencia tranquila, aliviada por el peso que había llevado a lo largo de la mañana y había conseguido quitarme de encima con ese acto.

Tras comer, salimos al recreo y toda la panda nos reunimos en corro. Lo malo, es que allí mismo se me ocurrió otra travesura que no tardé en poner en marcha.

Al día siguiente era la festividad de San Pedro, nuestro último día antes de las vacaciones de verano y pensé que había que celebrarlo con una sonada. Conté mi plan a las internas y después hicimos un corro agarradas de la mano y empezamos a dar vueltas y a cantar:

Esta era un niñita muy linda y muy graciosa,

tenía ojos azules y carita de rosa,

de rosa, de rosa…, y carita de rosa.

Un día fue al colegio con la falda al revés,

las medias en la mano, los guantes en los pies,

trialara, trialara…, los guantes en los pies.

Pepita se llamaba y era muy distraída…

Tras la cena, tuvimos nuestro recreo nocturno y ultimamos la broma que tenía pensada. A las diez en punto nos encaminamos a rezar las oraciones a la capilla y después desfilamos hacia los dormitorios con otro aire, como más dóciles y contentas que de costumbre. Claro que esta noche iba a ser un poco distinta y todas lo sabíamos.

En cuanto la prefecta, nuestra tutora, nos dio las buenas noches, poco a poco fuimos saliendo de nuestras celdas. Primero salimos las más atrevidas y después, y poco a poco, se fueron agregando el resto de las compañeras hasta estar todas en una piña enorme con nuestros camisones blancos. Entre murmullos bajitos y risitas contenidas, les dije:

-A ver, vamos a organizarnos en silencio, no nos vayan a pillar y se chafe la broma.

Recogimos nuestros orinales, los pericos como los llamábamos, y les pusimos a cada uno de ellos una pomposa cinta alrededor de toda su circunferencia. Como si fuera una pajarita enorme y vistosa, hicimos una lazada donde se juntaban los extremos. Ya estaban vestidos como para ir de fiesta. Después los colocamos, unos cuarenta, en fila y bien ordenaditos por los escalones de la escalera que daba acceso a los dormitorios. Sabíamos que sería por allí por donde subiría la prefecta antes de acudir a sus rezos. En todo lo alto de la escalera, al finalizar el último peldaño, tras la procesión de orinales lindamente ataviados, plantamos un gran cartel que decía:

PERICOS

TODOS A LA ROMERÍA

Cuando la monja se levantó y se asomó por la escalera para ir a maitines, vio toda aquella parafernalia, aquella procesión de pericos en el día de su santo. No dijo nada, calló y se fue a hacer sus rezos. A las siete regresó con su retahíla habitual:

-Deo gracias, Deo gracias…, Ave María Purísima.

Después entró en los dormitorios y tras mantener un tenso silencio y mirarnos con esa seriedad, que yo quise intuir un tanto fingida, nos dijo:

-Por favor, ¿a quién se le ocurrió tamaña impertinencia?

La contesté en seguida:

-Se me ocurrió a mí porque es el día de San Pedro y es su santo. Y queríamos celebrarlo, madre.

-Hablaremos-me contestó la monja en un tono de lo más circunspecto-. Recoged todo-añadió dirigiéndose a todas mientras se daba la vuelta.

Después se fue y siempre tuve la sensación de que aquella travesura la tuvo que hacer gracia, pues no hubo más, nunca hablamos, como dijo.

En cuanto se alejó lo bastante nos pusimos todas en corro con los brazos en jarras y nos pusimos a cantar mientras girábamos la cintura hacia ambos lados y me dejaban a mí en el centro. Empecé a bailar mientras las demás seguían cantando.

La señora Juana ha entrado en el baile…

Que lo baile, que lo baile, que lo baile

y si no lo baila medio cuartillo pague…

Que lo pague, que lo pague, que lo pague.

Después fui dando saltos hacia una compañera y la saqué del corro para dejarla en el centro conmigo. Mientras intentaba imitar como bailaba, la cantaba.

Salga usted,

que la quiero ver bailar, saltar y brincar.

Dar vueltas al aire.

Por lo bien que lo baila la moza,

dejarla sola, sola bailando.

Salga usted…

Al día siguiente, nos íbamos a casa y yo ya estaba pensando en ir con mis amigas al portal de la iglesia de San Juan Bautista a jugar a la pita. Allí nos reuníamos y, cuando no íbamos por moras para hacer un pastel, buscábamos una teja, pintábamos las cuadrículas con sus números y empezábamos el juego. Cuando nos cansábamos, siempre había alguna que había llevado una comba o una goma.

¡Qué tiempos!-exclamaba siempre al finalizar elevando los ojos al cielo.

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UNA INFANCIA FELIZ 6-Juan Francisco Quevedo

Luisita Gutiérrez Hermosa con el uniforme de La Enseñanza. Hacia 1941

VI

Después, al terminar la guerra, mi madre se fue interna a un colegio de monjas de clausura, al que la Compañía de María, La Enseñanza, tenía y aún tiene al fondo de la calle Cervantes en la capital cántabra.

Aunque con unas religiosas mucho más modernizadas y con un convento abierto y sin clausura, por allí habrían de pasar también mis hermanas y allí harían sus primeros cursos mis dos hijos. Casi una saga familiar entera ha pasado por sus aulas.

En aquel centro hubo de permanecer interna unos cuantos años. Siempre lo recuerda como una de las etapas más felices de su vida, con las clases de dibujo, de inglés, de gramática y de piano en su memoria, al igual que permanecen en ella las figuras amables de sus maestras predilectas, la madre Isabel y la madre Flora, hermana del poeta Gerardo Diego.

El primer día que mi madre llegó al colegio, subió las dobles escaleras de piedra que daban a la portería con mi abuela Regina y con su hermana pequeña, mi tía Ana María. Traspasaron la primera barrera sin dificultad, simplemente haciendo girar la puerta de madera que, de por sí, estaba ya entreabierta. Una vez en el interior se toparon de frente con un enrejado infranqueable y una campanilla de cuyo pequeño badajo pendía una cadena. Incrustado en un lateral de las rejas, y separado de ellas por una celosía de madera, se hallaba el torno, a través del cual las monjas se comunicaban e intercambiaban paquetes con el exterior. Ese pequeño receptáculo era el único nexo que tenían con el mundo real. El único, salvo el que mantenían por medio de la educación de sus alumnas.

Cuenta mi madre que aquel día la abuela agitó en seguida la campana y, al sonar aquel campanilleo agudo y estridente, no tardó en aparecer, por el fondo del pasillo que daba al recibidor, una monja que resultó ser la madre Isabel Sánchez de Castro. Siempre decía mi madre que era muy pequeña y, por un defecto que nunca llegué a averiguar en qué consistía, se bamboleaba un poco al andar, lo que la hacía ir dando como tumbos.

Aquella silueta tambaleante en aquellos inmensos pasillos-me decía mi madre- se hacía inconfundible, a pesar de llevar el mismo hábito negro y la misma toca blanca que el resto de la congregación.

Al llegar, la madre Isabel se cercioró por el torno de quiénes podían ser los que habían agitado la campana para, después de comprobarlo, aparecer por detrás de las rejas.

Nos saludó con amabilidad-continuó mi madre- y sin que yo percibiese en ella ese tono falsario que tantas veces había detectado entre las personas que quieren hacerse pasar por buenas a toda costa. Después abrió la puerta de hierro que había incrustada en la reja, me miró a los ojos, me habló con calma y me pasó de la mano para adentro. En seguida me giré para despedirme de mi madre y de mi hermana. Sin ningún drama; me apetecía vivir esa nueva experiencia. Después, la monja cerró la puerta con llave, y no ocasionalmente sino para todo el curso, al menos para las internas. Nunca abandonábamos el recinto hasta que finalizaba el curso, salvo durante las vacaciones de navidad. Eso sí, teníamos visitas, pero cuando mi madre venía a verme, siempre era con las rejas de por medio; una de cada lado. El convento nunca se abría para nadie del exterior.

Así fue durante los años que estuvo interna; cada vez que la abuela Regina, bien sola o bien con alguna de mis tías, se acercaba a verla, todo el contacto que tenían era el que les permitían esas rejas que las separaban.

-El día de mi llegada, yo avanzaba, junto a la madre Isabel, por el pasillo-proseguía mi madre-, por aquel pasillo interminable por el que tantas carreras acabé dando sin miedo y con una gran curiosidad. Al llegar al final de aquel pasadizo por el que me había conducido, abrió la puerta que daba a uno de los patios exteriores del colegio y un guirigay de voces y gritos invadió el ambiente. Ahí estaban todas las internas. Me acerqué a ellas y, después de que me interrogaran a fondo, me sentía una más. Nunca me supuso ningún trauma; aunque por lo que me contaron después otras amigas, no todos los internados eran como este. Más bien, casi ninguno.

Mi madre siempre dijo que fueron años inolvidables, de buenas amigas, travesuras continuas y respuestas ingeniosas y descaradas, al menos para la época:

-¿En qué estás pensando?-le preguntaron en una ocasión cuando la vieron distraída.

-En la inmortalidad del cangrejo, madre.

Tiempos donde la despreocupación era lo que llenaba sus vidas. Las horas de clase se alternaban y convivían con risas, chanzas, el pañuelo, el marro, el frontón, los alfileres y un sinfín de entretenimientos más que ocupaban su día a día. Uno de los juegos que más le gustaban era el de las tabletas, donde una de las chicas se subía encima de otra, haciendo rondas entre todas. Ella nunca los olvidó y nos lo recordaba con nostalgia mientras tarareaba la cancioncilla.

-¿En qué estás?-decía una.

-En tabletas-canturreaba la otra.

-¿Qué has comido?

-Cascaretas.

-¿Qué has bebido?

-Agua mayo.

-Tente tú que yo me caigo.

Y, a continuación, se cambiaban de posición, subiéndose la otra.

Durante el curso, desde octubre a junio, el día a día se repetía con precisión meridiana. Todas las mañanas, a las siete en punto, una de las monjas acudía a despertarlas con su latosa y repetitiva cantinela:

Deo gracias, Deo gracias, Deo gracias… Ave María Purísima

-Sin pecado concebida-contestaban las niñas aún desde la cama.

Las internan dormían en celdas muy modestas e individuales. Eran todas iguales, con un frente abierto al pasillo que se podía cerrar con una cortina corrediza. Tan solo tenían la cama, un armario, la mesita y el lavabo.

Al escuchar el inefable Deo gracias, todas las internas se levantaban y se arreglaban. Después, iban en procesión a rezar a la capilla para, en seguida, acudir corriendo a desayunar. Al acabar el desayuno, la monja de turno pegaba dos palmadas como señal inequívoca del fin del refrigerio matutino y las mandaba a clase. En orden, en fila y sin rechistar.

Al terminar las lecciones de la mañana se reunían con toda la congregación en el refectorio. Antes de empezar, una vez que cada una estaba en su sitio, las chicas hacían las lecturas, siempre piadosas, por turnos. Después de comer en absoluto silencio, tenían un recreo hasta que, de nuevo, comenzaban las clases y, a las seis en punto de la tarde, tenían lugar las horas en el estudio. Allí permanecían en silencio hasta que, a las ocho y media, se cenaba.

Tras la cena, el recreo nocturno, donde mi madre recuerda que solían jugar a los alfileres cuando hacía malo y el tiempo no les permitía jugar en el exterior. Es uno de estos juegos que cayó en desuso y hace mucho que ya es solo un recuerdo. El juego consistía en clavar los alfileres, con la cabeza de distintos colores, en los laterales de un acerico redondo. Los iban sacando las participantes y jugaban a montar uno encima de otro, golpeando con la uña del dedo índice en las cabezas de los alfileres para desplazarlos e intentar conseguir el objetivo. La jugadora que lo lograba se llevaba los dos. Mi madre creía recordar que los de color rojo tenían mayor valor.

Tras el recreo, a las diez en punto, las llevaban a rezar sus oraciones a la capilla para después hacerlas desfilar en orden hacia los dormitorios. Una vez que todas estaban acostadas, la prefecta les daba las buenas noches y se apagaban las luces.

Así pasaban los días, todos. Todos, salvo uno de ellos, el del 16 de febrero de 1941. A primera hora, mientras aún dormían, apareció la directora en las habitaciones y, aunque comenzó con la coletilla habitual, añadió algo que las estremeció.

Deo gracias, Deo gracias. Ave María Purísima. ¡Santander en llamas!

No contestaron como habitualmente.

-¡Qué horror!-dijeron una tras otra con la expresión demudada.

A primera hora comenzaron a llegar familiares de las niñas para sacarlas y ponerlas a salvo pero, al ver que no había peligro de que hasta allí llegara el fuego, convinieron que lo mejor era dejarlas en el colegio. Custodiadas por parte de la congregación, subieron todas a la azotea y, desde lo alto, pudieron contemplar cómo, espoleadas por las fuertes ráfagas de viento, volaban las tejas y ascendían las llamas, cómo una gran parte del Santander histórico y comercial, desaparecía para siempre.

El incendio comenzó en la madrugada del 16 al 17 de febrero de 1941 y un fuerte viento sur, con rachas huracanadas superiores a los 140 Km/hora, contribuyó a que se expandiera por la ciudad con mucha rapidez. El fuego asoló 14 hectáreas de suelo urbano, desapareciendo más de 2000 viviendas y quedando sin hogar al menos 10000 personas. Paradójicamente, la única víctima mortal fue un bombero madrileño.

Mientras la ciudad ardía, asistían desoladas y horrorizadas al espectáculo dantesco que se abría ante sus ojos. Mientras el miedo que las provocaba el viento y las llamas las atenazaba, se sucedían las terribles noticias para sus compañeras:

-Mi casa ha ardido-decía una.

-La casa y la tienda de mi familia también-contestaba otra compañera.

-El negocio de mis padres ha desaparecido-añadía otra de ellas en un rosario de desgraciados acontecimientos.

Nunca olvidó ese aciago día, el único que no fue como todos los demás.

Parte de la ciudad de Santander tras el incendio de 1941

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ANA DE POMBO-BIOGRAFÍA–Juan Francisco Quevedo

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, a petición del Ayuntamiento de Riotuerto, por medio de su concejala de Cultura, Cecilia García Villoslada, he escrito esta amplia biografía sobre una mujer asombrosa y desconocida, nacida en La Cavada, mi pueblo. Con mucho gusto he escrito la biografía de Ana de Pombo, una mujer que brilló en todo lo que se propuso, en la moda, siendo una de las diseñadoras, junto a Chanel, más famosas de su tiempo, en el baile, siendo la creadora del ballet español, y a nivel social, con amigos en la realeza y aristocracia europea-Duque de Windsor, reina Victoria Eugenia, duquesa de Kent, duquesa de Alba…- así como entre escritores e intelectuales-Gregorio Marañón, Manuel Machado, Ramón Gómez de la Serna, Jean Cocteau, Edgar Neville, Orson Welles…- Escribió tres libros de poemas y una autobiografía, se casó tres veces y tuvo dos hijos y un nieto, el novelista Álvaro Pombo.

Aquí os dejo el inicio de la biografía y el archivo (pdf) para que pueda descargarla aquel que tenga interés en profundizar en su intensa y azarosa vida

Os dejo, así mismo el enlace a la página “Género Riotuerto”, donde además podéis disfrutar de las biografías de otras dos mujeres con un fuerte arraigo en el devenir del ayuntamiento: Mariana de Brito y Anita Monte.

https://madrugadoreslacava.wixsite.com/generoriotuerto

ANA CALLER DE DONESTEVE

ANA DE POMBO

DE LA CAVADA A LA CÚSPIDE DEL GLAMOUR

La inmensa mayoría de las vidas transcurren de una manera anodina, inmersas en sus rutinas. No será precisamente lo que le ocurra a Ana Caller de Donesteve de la Vega y de la Pedraja, que hará de su vida una fuente inagotable de sorpresas. Nacida con el siglo XX se convertirá en una mujer adelantada a su tiempo, máxime en un mundo vetado al desarrollo personal de la mujer en el ámbito cultural, artístico y laboral. En todos ellos marcaría una época.
Nació en La Cavada hacia el año 1900, a orillas del río Miera y en la zona más pintoresca del pueblo, la desembocadura del río Revilla, cuya cascada, tras pasar el
Tarancón, ha servido de inspiración a tantos artistas para plasmar su belleza en óleos y acuarelas, cuando no en multitud de fotografías.

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UNA INFANCIA FELIZ 5-Juan Francisco Quevedo

Casa familiar de La Cavada a mediados del siglo XX

V

Tras su vuelta a Córdoba, la vida para mi padre siguió adelante, como siempre ha sido. Jamás se para. Tenía un negocio próspero, una casita preciosa de dos plantas con azotea, buenos amigos y aún era lo bastante joven como para tener todo lo que el futuro le brindaría a su alcance.

Años de trabajo, lecturas, tertulias y música. Las canciones salían de una de sus grandes compañeras, de esas que te arropan durante muchas horas del día, la radio. Lejos en la memoria, aunque nunca lo olvidó, quedaba la primera vez que la escuchó, cuando aún era un artefacto de lo más primitivo. Siempre me contaba con emoción la primera retransmisión en directo que vivió y disfrutó con los amigos. Era septiembre de 1923 y se disputaba el título mundial de los pesos pesados entre el campeón del mundo, Jack Dempsey, y el aspirante, el argentino Luis Angel Firpo. El toro de la Pampa sacó al campeón del ring de un puñetazo en el primer asalto, pero Dempsey se recuperó y le acabó noqueando en el segundo round. Fue la que se dio en llamar, por primera vez, la pelea del siglo. Luego vinieron unas cuantas más con esa misma denominación. Lo contaba con mucha gracia.

Aquella radio era tan primitiva como sus aparatos, hoy verdaderas joyas antropológicas-me decía mi padre-. Eran transmisores arcaicos, sin altavoz, tan sólo portaban unos aparatosos auriculares. Cuando nos juntábamos un grupo de amigos a escuchar la radio solo podíamos hacerlo por turnos, así que el que portaba los auriculares se convertía, a su vez, en locutor y en el verdadero transmisor de aquello que narraba el profesional. Cada vez que había un combate, lo vivíamos como si estuviéramos donde estaba el ring. Nos metíamos en el fragor de la pelea y cuando me correspondían los auriculares, el espectáculo aumentaba en intensidad y la pelea en interés. Acompañaba mis comentarios con una exhibición de golpes lanzados al aire de lo más variados, ahora un directo de izquierda, ahora un gancho de derecha y así seguía hasta acabar. Al finalizar me estiraba ansiosamente, como si quisiera comprobar que seguía entero tras haber padecido una fuerte tensión muscular. Lo entregaba todo en todos los combates y aunque no en la cara, casi siempre acababa con algún hematoma en la rodilla o en la espinilla como consecuencia de algún golpe involuntario contra las patas de la mesa.

Los años pasaron rápido, muy rápido, y a partir de finales de los años cuarenta, sus viajes a España se incrementaron y se hicieron habituales, pero no será hasta principiar los cincuenta cuando, en uno de ellos, se fijará en una muchacha de su pueblo natal.

Había hecho la última travesía para pasar una larga temporada con su familia, más de cinco meses en La Cavada le aguardaban. Nunca antes había estado más de un mes y medio en ninguno de sus viajes y tenía ganas de sentirse en su tierra de verdad, sin tener que contar los días para el regreso; al menos para no tener que hacerlo desde el preciso instante en el que pusiera un pie en el muelle. Para ello planeó y se permitió una prolongada estancia en su pueblo. Aún no sospechaba lo que le depararía el destino y la casualidad.

Para entender la pequeña historia de amor que voy a relatar, la de mis padres, hay que contextualizar la época en la que tiene lugar y ponerse en aquella España de los años cincuenta. Las relaciones y sus pálpitos se medían con otros parámetros bien distintos a los actuales. Aunque tenían un tempo bien diferente al que hubo de venir después, en el fondo latía el mismo temblor que ha acompañado al amor desde el inicio de los tiempos.

Mi padre, desde que aumentara la frecuencia de sus viajes, se había comprado un coche, que guardaba en casa de su hermana en Revilla, para disfrutarlo durante sus estancias en España. El primer domingo que se acercó a la iglesia con su hermana, estando aún en el vehículo, vio a lo lejos a una chica que llevaba un bebé en brazos mientras caminaba junto a una amiga. Mi padre se fijó en ella y preguntó a su hermana Teresa por aquella muchacha. Le llamó la atención lo guapa que era y le preguntó que si el niño que llevaba era su hijo. Mi tía en seguida se lo aclaró.

-No, no es su hijo. Es el hijo de su amiga. Ella es Luisita, la hija de Regina.

Mi padre, durante la misa, vio como aquella chica que le había llamado tanto la atención era una de las encargadas de pasar el cepillo en la iglesia. Durante un par de domingos se las ingenió para mover un banco hacia adelante, con el fin de no dejarla hueco por uno de los lados, y así obligarla a dar la vuelta, no quedándola más remedio que pasar justo por delante de donde él se ponía.

Mi madre, al contarnos esta historia siempre nos decía que, al acercarse a mi padre y presentarle la cesta de las limosnas, él la saludaba con simpatía, esbozando una sonrisa, mientras dejaba caer bastante dinero en el cestillo. Era la manera que había encontrado para que reparara en él.

Después de un par de domingos utilizando la misma treta, mi padre se apresuró a salir al finalizar la misa y se apostó en el exterior esperándola a la puerta de la iglesia. Al verla, fue a su encuentro y se decidió a hablar con ella. Mi madre, que siempre fue muy simpática, no tardó en entablar conversación y ambos comenzaron, lo que hoy diríamos, un tonteo. Entonces se decía un galanteo.

Ya, ese primer domingo, la pudo acompañar hasta casa entre risas y confidencias; ahora bien, debidamente custodiada por su hermana pequeña. Así eran los tiempos que corrían aunque, según me confesaron, a mi tía Ana María, que ejercía su labor de carabina, no debieron de hacerla mucho caso durante el paseo. La cuestión es que se gustaron y de aquellos paseos primerizos, que no tardaron en dar a diario, surgiría un noviazgo formal. Un noviazgo que, tres meses después, se concretó en algo más, en una petición de matrimonio en Solares, durante la romería de Nuestra Señora, un quince de agosto.

En una losa de piedra, junto al río, se sentaron y allí mi padre se declaró en toda regla, proponiéndola matrimonio. Mi madre siempre cuenta muy risueña cómo mi padre, muy nervioso, le iba diciendo continuamente que, aunque vivieran lejos de la familia, no se preocupara, que no la iba a faltar de nada, que en México iban a tener una vida muy bonita y con todas las comodidades. Tras el azoramiento inicial, en otro momento, ya en un tono muy serio, mi padre le dijo que se lo pensara con calma, que era un cambio muy grande en su vida y que no debía precipitarse. Mi madre le interrumpió casi de inmediato y le dijo que no tenía nada que pensar, que ella también estaba enamorada de él y que se iría a México sin necesidad de tener que pensar nada.

A pesar de todo, creo que mi padre seguía preocupado por ella y por lo que sabía supondría una vuelta radical a todo lo que mi madre había conocido hasta entonces. En ese afán, le decía que estuviera tranquila, que le prometía que vendrían a España a menudo y que en unos años regresarían definitivamente. Esa fue siempre su gran ilusión; primero regresar solo y, desde entonces, volver con ella.

Cuando todo ocurrió, él rondaba la cincuentena y la que sería mi madre la treintena. Después del regreso de mi padre a Córdoba, vinieron las cartas, algún viaje a España más y, por fin, la boda.

Así fue como mi padre se casó, allá por el 56, con una linda muchacha de su pueblo natal, de La Cavada que, a la postre, habría de ser mi madre. Por suerte, aún hoy, a sus noventa y cinco años, pasea su dulzura y su buen humor por mi conciencia.

Luisita, como todo el mundo la conoce, nació en La Cavada después de que sus padres regresaran de San Luis de Potosí con dos churumbeles en el regazo. Se hicieron en el pueblo una bonita casa que, aún a día de hoy, sigue siendo el centro de referencia emocional de la familia y, tras el periplo mexicano, se asentaron definitivamente en su lugar de origen. El día que mi madre vino a este mundo, tiraron cohetes y soltaron globos en el exterior de la casa, en el barrio de Carrascabas. Siempre fue una niña y una mujer muy querida por todos.

Ella pasó la guerra desde el tamiz de la mirada de sus mayores, de sus padres, pues rondaba los diez años de edad cuando estalló. Recuerda historias trágicas, historias compartidas con dramatismo por todos. Como pasó en tantas familias.

Luisita en su Primera Comunión- Hacia el año 1933

Luisita Gutiérrez Hermosa
Luisita en Roma con sus primos
Luisita en el jardín de La Cavada
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UNA INFANCIA FELIZ 4-Juan Francisco Quevedo

Francisco Quevedo Piró, con una cruz, durante la travesía en barco

IV

Mi padre deseaba con todas sus fuerzas regresar a Revilla, su barrio natal, y aunque ya no podría ver a su madre sentada en el balcón oteando el paisaje y entreteniéndose con las vistas, ni tampoco a dos de sus hermanas, suspiraba por ese reencuentro con la tierra, con el retorno a ese pedazo del mundo que le descubrió la vida, a ese preciso lugar con el que tanto había soñado desde la lejanía.

Siempre me comentaba que, una vez regresó a España, lo que le sobrevenía con más intensidad de todos aquellos años en México era el olor del café. A continuación, me añadía que, sin embargo, mientras que estuvo en tierras mexicanas lo que más añoraba eran los aromas de la infancia, el olor puro del rocío durante las heladas mañanas en las que corría por los prados de la mies o el agradable olor que desprendían las ramas verdes tras caer la lluvia. A veces hablaba del olor que segregaban las sábanas limpias, frías y recién puestas en la cama; aquello le evocaba las horas nocturnas en el hogar familiar y las conversaciones en la cocina, al calor del fuego.

Me pregunto, que acaso, de alguna manera, tengamos alma de abeja y al igual que estas quizás recuerden el aroma de sus flores favoritas, nosotros también recordamos con ternura los olores que conforman el mapa sentimental de nuestra existencia.

En cualquier caso, mi padre ya estaba embarcado y surcando el océano Atlántico hacia el puerto de Santander. No tardaría en recuperar los olores que tanto añoraba.

Siempre lamentó haber recibido por carta la noticia de la muerte de su madre y de sus hermanas, a las que hubo de llorar en el silencio de la lejanía y en la soledad inmensa de su dolor profundo. Siempre recordaba cómo ambas cartas se fueron humedeciendo, a medida que avanzaba en la lectura, con unas solitarias lágrimas y huérfanas, como él se sentía.

Al recordarlo, me solía decir que, de cuando en cuando, surgen días plomizos que aparentan ser tan anodinos como el resto de los días, días en los que, de repente, ocurre lo inesperado, algo que hace esculpir en la memoria, a sangre y fuego, esa fecha, incluso la atmósfera que la rodea. El día que recibió la terrible noticia, el cincel actuó con rabia, grabándosela para siempre en el alma.

Aquella mañana la había pasado como muchas otras, entre clientes, amigos y agua fresca. Al mediodía, cuando estaba solo, recibió el correo con cierta desidia y desinterés. Agarró el montón de cartas que el cartero había depositado sobre el mostrador y comenzó a examinarlas. Las iba pasando poco a poco, con cierta indiferencia, hasta que llegó a un sobre con matasellos de España. La caligrafía no le dejó la menor sombra de duda. Era letra de su padre.

-Cada vez que veía una carta de España, sí que me apresuraba a romper el sobre-me decía-. Cuando la tuve en mis manos la empecé a leer entre palpitaciones y, no sé por qué, tuve la sensación de que algo grave ocurría.

Al comenzar la lectura no le quedó un solo resquicio para la especulación. Mi abuelo fue muy claro: Tu madre murió el…

Me dijo siempre que se dejo caer desplomado sobre una silla mientras apoyaba la carta sobre sus rodillas.

-Sé que estuve un buen rato en un estado de laxitud involuntario hasta que, sin previo aviso, me brotaron las primeras lágrimas. Poco después, enjugándomelas, proseguí la lectura de la carta hasta el final.

Sin duda, regresó a su casa con mucha ilusión pero con el peso de esa gran pena que había tenido que llevar tanto tiempo a solas consigo mismo. Cuando sobrepasó el puente del río Revilla, lo primero que hizo fue mirar la solana en la que su madre pasaba las tardes soleadas. Solo unas mazorcas de maíz colgaban de la balaustrada.

Después de la alegría del reencuentro con sus hermanas, quiso acercarse con su padre al sitio donde yacían sus muertos. Todas ellas reposaban juntas en la misma tumba del cementerio de San Andrés. Las llevó una sola flor, la favorita de su madre, la de un magnolio, y la depositó sobre la astrosa lápida que las amparaba. Como hizo después durante tantos años.

Durante unas semanas aún pudo abrazar a los suyos y jugar a los bolos en La Central mientras le ganaba unos blancos al cura del pueblo, que jugaba arremangándose los faldamentos para que no le estorbaran durante el juego. Poco le duró la diversión. La sombra de la desgracia se cernía sobre España.

Tuvo la mala fortuna de retornar poco antes de que se iniciara una guerra civil a la que le empujaron a luchar a la fuerza, como a la mayoría de los jóvenes. Durante ella, se constituyó en una especie de ayudante-secretario de un capitán republicano que estuvo destinado por los alrededores de Bilbao. Consumía los días pateando los montes de Durango y penaba las noches haciendo guardias infames. Mientras que estaba en una de ellas, en plena noche y con las balas y los estallidos de las bombas recordándole donde se encontraba, por si le mataban y nadie reconocía su cadáver, tuvo la ingenua idea, lo que hace el miedo, de escribir la inicial de su nombre y apellido con un clavo en la parte de atrás de su reloj de pulsera, un Elgin que había comprado en Nueva York en el treinta y dos, junto a una de las primeras cámaras portátiles Kodak. De aquel viaje a los Estados Unidos, había traído, como recuerdo para su familia, la estatua de la Libertad en bronce con un reloj incrustado en la peana.

No eran tiempos para entretenerse con dilaciones así que, en cuanto pudo, se embarcó en un barco pesquero portugués que había atracado en el puerto de Santoña y, desde Lisboa, regresó a Veracruz con la sensación de no entender nada de lo que pasaba en un país que no reconocía como suyo.

Había soportado en México varias insurrecciones y revoluciones, la guerra de los Cristeros, en la que hubo de bautizar y apadrinar en la clandestinidad a un sinfín de niños, y no sé cuántas bravatas revolucionarias más, pero lo que vio en España, siempre dijo que no lo había visto nunca antes, la crueldad más despiadada y el odio más inhumano. Con el agravante de haberlo tenido que ver en una guerra fratricida.

Para alguien que había luchado tanto desde niño por abrirse una brecha en el duro sendero de la vida en soledad y sin más patria que su recuerdo y el sudor de su frente, todo este drama que había presenciado se le había hecho muy duro e inimaginable. Se sintió como un extranjero en su propia patria, si es que aún lo era.

Mientras que el presidente Lázaro Cárdenas llenaba el país de refugiados españoles, tras la victoria del general Franco en abril del 39, mi padre seguía con su vida y acogiendo sin ningún miedo a esos republicanos que iban llegando y que se integraban en el tejido de la sociedad mexicana sin grandes resentimientos, aunque añorando siempre la patria que dejaban atrás. Mi padre conocía muy bien ese sentimiento de nostalgia. Les llevaba veintidós años de ventaja, veintidós años añorando el sonido del repicar de las campanas de la iglesia de su pueblo. Ahora, reunidos todos ellos, refugiados y emigrantes, en el café del Hotel Ceballos, comiendo en el Diligencia o echando un billar en el Casino cordobés, compartirían durante décadas ese sentimiento.

Muchos años después, más de cuarenta pasaron desde su marcha, ya en España y conmigo de la mano, le gustaba ir al café Flor, al inicio de la santanderina calle Calvo Sotelo, muy cerca de la cafetería Trueba, donde hablaba largo y tendido con un limpiabotas represaliado que era comunista, lo que, por lo que yo ya había oído por todas partes, era como ser de la piel del diablo. Por entonces, florecía en la propaganda oficial la España de los veinticinco años de paz.

Son como todos, hijo-se reía mientras me miraba guasón al ver mi cara de niño asombrado al decirme que era un viejo comunista-. He tenido grandes amigos como él en México y otros que eran insoportables. Nunca juzgues a un hombre por lo que piense sino por cómo se comporte, independientemente de su ideología. Lo que ocurre es que aquí no se puede decir. Nadie es mejor ni peor persona por ser hombre o por ser mujer, por ser rico o pobre o por tener unas ideas u otras. Nadie. Por mucho que muchos se sigan empeñando en enfrentarnos a unos con otros.

Juan Francisco Quevedo

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UNA INFANCIA FELIZ 3-Juan Francisco Quevedo

III

Siempre sintió mi padre cierta inclinación hacia la figura de Alfonso XIII y de su esposa la reina Victoria Eugenia, el primero era su referencia española desde la distancia del océano y ella una figura que representaba y en la que depositaba ese halo misterioso que entrañaba la realeza. De alguna manera, para él eran la perfecta alegoría de todo lo que había dejado atrás. El símbolo de su añoranza.

Siempre conservó con mucho cariño el sello de oro que mandó hacer a un joyero judío, afincado en Córdoba, en el 32, con el escudo de la monarquía esmaltado en él y sus dos iniciales a los lados, en azul. Algunas veces lo llevaba encima, incluso cuando regresó a España definitivamente en el 63, en plena dictadura del general Franco. No le importaba ponérselo, siempre decía que nadie sabría lo que era en un país que parecía haberse olvidado de sí mismo y de su historia.

Yo no era más que un niño en el 68, pero todavía recuerdo su emoción cuando supo del viaje que la reina Victoria Eugenia realizó a España para amadrinar a su bisnieto el día de su bautizo, al actual rey de España, y de su pesar, cuando unos meses después, tuvo noticia de su muerte. Después de treinta siete años en el exilio, había vuelto a pisar suelo español.

El tiempo no pasaba en balde en tierras mexicanas para mi padre y, tras su etapa en el rancho, trabajó varios años en un negocio que había en la ciudad de Córdoba, un negocio de esos en los que se vendía un poco de todo. Alguna vez me describió cómo era aquella tienda en la que trabajó, aún siendo un muchacho, durante unos años tras su paso por la hacienda. Siempre me sorprendía y cada vez que veía una similar por aquí, me venía a la memoria aquella que mi padre me retratara tantas veces, aquella en la que se afeitaba cada mañana pasando antes el filo de la cuchilla, para afilarla, sobre un vaso de cristal.

No era muy grande-me decía-, pero al entrar lo que más llamaba la atención era el desorden existente dentro de un orden completamente anárquico. Todo se amontonaba de manera aparentemente desigual sobre el suelo, bien en forma de columnas, bien en forma de montones o como cuadrase; en las estanterías que forraban las paredes de cabo a rabo sólo se veía una masa informe y apelotonada de la más variada y diversa mercancía. El mayor orden se apreciaba en el género que colgaba del techo que, formando conjuntos homogéneos, pendía a través de múltiples ganchos a escasos centímetros de las cabezas de la clientela. Sobre sus cerebros flotaban desde calderos de zinc a campanos de cobre, con su badajo correspondiente, pasando por jaulas en las que se introducían, por ahorrar espacio, diferentes tomos de una Historia Universal que iba leyendo en mis ratos libres.

Al recordar de nuevo sus palabras, he podido percibir la magia que se destilaba en el ambiente de aquellos bazares de antaño. Ahora, bien sé que el supuesto revoltijo correspondía a un desorden premeditado que daba lugar a encontrar todo dentro del orden asignado. Hasta en el caos absoluto, para su autor, el valor de la entropía puede ser cero, mientras que para el resto se dispara hacia el infinito.

Me impresionaba y me encantaba escuchar la descripción que hacía de aquella especie de chamarilería que no vendía objetos usados, aunque por su aspecto pudiera parecerlo.

 Un mostrador de madera retorcido por el peso de los años-continuaba mi padre la descripción-, e imagino que también por la torpeza del carpintero, contribuía a dar al lugar un sello característico; sobre el mismo había dos tachuelas separadas exactamente un metro entre sí. Aportaban su granito de arena a la hora de dar solera a las mediciones que sobre ellas se hacían cuando se procedía a despachar cuerdas, alambres, telas y en general todo aquello que sin mucho esfuerzo pudiera someterse a la tiranía del sistema métrico decimal. Bajo el hueco del mostrador tenía una especie de colchoneta artesanal donde de vez en cuando me permitía pegarme algún que otro sueñecito. La trastienda se encontraba igualmente atestada de mercancía, incluso se acumulaba por encima de lo que eran un par de camastros que se incrustaban bajo montones de cajas en una pared escasa; en una de esas camas conciliaba el sueño nocturno, que tanta falta me hacía. Allí mismo, en un hueco descubierto del techo, había enganchado un par de cuerdas de las que pendían en su extremo inferior dos aros; ese era mi gimnasio particular, mi artesanal fábrica de bíceps para prepararme y no descuidarme. Por las tardes, al cerrar, siempre tenía un hueco para ver a los amigos y entrenar con mi equipo de fútbol, con el Europa. Ni más, ni menos.

Tras su paso por este curioso negocio, se le presentó la oportunidad de hacerse con un beneficio de café. La amistad con su propietario, un asturiano de un pequeño pueblo del concejo de Parres, Severo Sánchez, le facilitó su adquisición ya que le proporcionó todo tipo de facilidades para ello. Así que en el año 1934 se hizo con el beneficio de café, al que dedicó su vida a lo largo de treinta años. Hasta que regresó definitivamente a España.

El beneficio se hallaba muy cerca de la vía de lo que allá llamaban el Huatusquito, que no era otra cosa que un modesto tren que recorría toda la serranía cafetera donde, debido a la altura, se cosechaba un gran café, un café veracruzano que siempre se valoró como excelente en todo el mundo. Siempre dijo que el mejor café cordobés lo compraban los estadounidenses, aunque después lo desperdiciasen en esos largos e interminables cafés americanos que ya no saben a café. A él siempre le gustó paladearlo en uno de esos cafés cortos y concentrados, a veces regados con un poco de coñac español, tal que un buen Domecq, con los que tanto disfrutaba mientras conversaba.

Siempre fue muy feliz en Córdoba y en su negocio; el olor del café es algo que nunca se olvida y que siempre se lleva adherido a la piel. En el beneficio el café se despulpaba, se fermentaba y, después, se procedía al lavado y al secado para dejarlo listo para la venta. Durante muchos años se levantó a las 5 de la mañana, la hora a la que pasaba el tren de Huatusquito para empezar la faena. Al terminar, solía ir a bañarse al río San Antonio, en una balsa que hacía y que se conocía como El Molino. Siempre le recordaba sus incursiones de niño en el río Miera, donde en compañía de sus compañeros se solía dar unos coles en el pozón de Las Hoyas.

Las ganas por poder volver a ver a su familia, por regresar a su tierra, cada vez estaban más al alcance de su mano. Dos años después de asentarse en el nuevo negocio y más de quince años después de haber partido de los muelles santanderinos, se decidió a realizar el viaje que siempre había soñado desde su llegada, el del regreso a España.

La primera vez que volvió a su patria desde que se marchara, cuando aún era un niño imberbe y lampiño, solo manchado por un ligero bozo, fue en el 36. Por entonces, ya era un hombre de treinta y tres años, con un buen negocio en marcha y con una economía solvente. No dudó en embarcarse en el puerto de Veracruz; ahora bien, ya no viajaría en tercera sino que lo haría en primera y con todas las comodidades. Cuánto habían cambiado las cosas desde que surcara esas mismas aguas dos décadas antes. Un baúl lleno de sellos aduaneros había sustituido a la vieja maleta.

Juan Francisco Quevedo

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EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT-Juan Francisco Quevedo

EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT

No hace ni tan siquiera dos meses, el martes 22 de diciembre de 2020, que hablé largamente por teléfono con Joan Margarit. Era poco más de la una del mediodía. El domingo anterior me había mandado un mensaje por correo electrónico diciéndome si me venía bien que me llamara el miércoles por la mañana.

Por supuesto-le contesté-; siempre es una gran alegría tener noticias tuyas.

Adelantó un día la llamada y estuvimos hablando algo más de media hora.

Soy Joan, me dijo cuando yo le di los buenos días de ritual después de deslizar el icono de respuesta por la pantalla del móvil. Me sorprendí y me alegré mucho. Siempre tan cercano, cariñoso y educado me preguntó si no me cogía en un mal momento.

Nuestra relación personal se remontaba a diez años atrás, pero la relación con su poesía venía desde hacía muchos años más. Ahora bien, la publicación de Joana con el cambio de siglo supuso para mí un aldabonazo intenso, un golpe profundo no solo en mi emocionalidad sino en mi manera de entender el acto poético. Entendí perfectamente esa unión indisoluble, que tantas veces confesó Joan Margarit, que siempre debía existir entre poesía, verdad y belleza. Aisladamente, son poca cosa; juntas lo son todo en poesía.

Ese amor por la poesía y por los versos de Joan Margarit se lo transmití a mi hija Claudia que, cuando aún era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, realizó un espléndido trabajo sobre Joana. Me pareció muy interesante y muy revelador, con ideas esclarecedoras, así que no dudé en contactar con el poeta para contarle todo el proceso y hacerle llegar el estudio. Por esto de las casualidades, lo recibió justamente el mismo día del aniversario de la muerte de su hija Joana. Me contestó de inmediato, haciéndome ver esa conjunción de hechos y facilitándome su correo postal para que se lo enviara.

Poco después, su contestación no pudo ser más expresiva y yo, como padre, no pude sentirme más orgulloso:… he leído el trabajo y me ha seducido el conjunto de ideas claras que Claudia maneja. Su lectura es rotunda, va al corazón del poemario y pasa de largo de interpretaciones ñoñas. Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado. Me gustaría que Claudia tuviese un librito mío titulado, como homenaje a Rilke, “Nuevas cartas a un joven poeta”. Supongo que no lo tiene porque, así como en catalán se han hecho dos ediciones en editoriales distintas, en castellano no tuvo suerte, estrenó la editorial “Barril-Barral” y esta editorial cerró poco después. Si me manda su dirección postal, yo mismo se lo mandaré. Repito mis saludos afectuosos para usted y un beso para Claudia.

Aunque ha pasado poco tiempo desde entonces, muchas cosas han cambiado en la vida de mi hija, en nuestras vidas. Hoy en día Claudia ya no es una estudiante; a pesar de su juventud, se ha convertido en doctora en Lengua y Literatura por la UCM y, después de tres cursos como profesora de español en la Universidad de Harvard en Boston, hoy es profesora de la Universidad de Chicago. De todas maneras, siempre sigue regresando a Joana como cuando era una estudiante. Así comentaba aquel hallazgo que tanto celebró Joan Margarit:

En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Luego, las comunicaciones cariñosas se han sucedido a lo largo de los años y, aunque nunca hemos podido vernos en persona, sí hemos establecido entre nosotros, al menos yo así lo siento, un lazo invisible que no une y que, en último término, es el hilo que entreteje la poesía entre los que nos acercamos a ella con amor e intensidad.

Siempre atento, siempre al alcance de sus amigos de una manera llana y generosa; si le enviaba alguno de mis artículos, no tardaba en responderme mostrándome un agradecimiento que tan solo yo le debía. Cada una de sus cálidas respuestas me llenaba de felicidad, como esta que me enviaba desde esa Cataluña de sus amores, desde Forès. Precisamente, una de las grandes composiciones de Joana, El presente y Forès, tiene ese lugar como marco cercano y cotidiano del poema. Este se desarrolla en ese apacible y ordenado mundo que constituye la casa familiar de Forès; allí es también donde surge el miedo ante los temores de que, inevitablemente, ese tiempo de felicidad se quiebre. Parece que el futuro sólo es la trampa que te tiende el tiempo. Como así es.

He leído tu artículo y me ha conmovido, una mezcla de la sensación de no merecerlo con la de mi fortuna de tener un lector como tú. También las noticias de Claudia, supongo que su fuerza también te alcanza de alguna manera. Estaba en Colera, sobre el cabo de Creus, cuando me has escrito, en la crisis final para acabar el libro que saldrá en otoño, Un asombroso invierno. Cuánto mayor me hago, más tormentosos son mis dos o tres meses finales de un poemario. Ahora estoy –algo más tranquilo ya– en Forès, mi agosto en la Catalunya profunda –antigua Catalunya pobre–, cerca de mis orígenes, para la última revisión. 

Joan Margarit demostraba esa manera de ser tan extraordinaria y esa comprensión cariñosa hacia los demás en cualquier circunstancia, aunque fuese ajena a él. Cuando leyó mi libro, El sedal del olvido, donde recogía uno de sus versos en uno de los poemas, no dudó en mostrarme una vez más su afecto con sus palabras: Un honor por aparecer en “Epílogo”.

No cabe mayor muestra de afecto.

La aparición de Un asombroso invierno fue un acontecimiento absoluto, un libro que Joan Margarit acabó con algunos problemas de salud y con una acumulación de trabajo muy grande, según me confesó poco después de que viera la luz. A pesar de todo ya había comenzado lo que serían sus magníficas memorias:

He pasado un año difícil con tres operaciones en los ojos, y dos meses con muletas a causa de otra en una pierna. Esto ha  coincidido con la salida de mi nuevo libro en catalán y castellano, la revisión de las dos poesías completas (también catalán y castellano) que salen ahora en una nueva edición, y la inmersión  en el  trabajo que me está suponiendo durante los meses finales mi autobiografía de infancia y primera juventud.

Un asombroso invierno es un libro deslumbrante, una poesía que desborda emoción desde una elegancia formal embaucadora. A raíz de su publicación, escribí una crónica que, al conocerla, no tardó en pedírmela para ponerla en su legado personal, depositado en la Biblioteca Nacional. No pude sentirme más satisfecho. Así era Joan Margarit, un hombre que se esforzaba en hacernos sentir bien.

Querido Juan Francisco:

He abierto (y guardado hasta recibir el prometido pdf y fotos del periódico), pero te voy a pedir algo que no he hecho nunca: que metas en un sobre la página del propio periódico y me lo mandes a casa. Es mucho más que una reseña, son dos vidas juntas –de poeta y de lector– las dos condiciones más próximas que haber pueda. Dos personas que han puesto en marcha los dos mecanismos más cercanos y parecidos: escribir un poema y leerlo. Qué difícil es escribirlo, me dirás. Y qué difícil es leerlo, siempre distinto dentro de ti, te diré yo. Intento explicar esto en mis memorias de infancia que pienso terminar en julio. 

Te pido la página del periódico porque es más auténtico y quiero que figure con mis cosas en mi archivo de la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde guardan todo lo mío. Gracias, Juan Francisco. Un gran abrazo desde “el otro lado” de lo mismo. Tu  Joan 

Una vez que recibiera en su domicilio el encargo, me lo comunicó de inmediato, mostrándome una vez más su afecto:

 Clasificado y a punto para ser enviado en el próximo bloque a la BNE. Los aviso cuando tengo material para un buen cargamento. Antes del verano pensaba hacerlo. Mejor que ellos no nos conservará nadie.
Muchas gracias por tu afecto y tu inteligencia. Y por leerme así. Qué suerte la mía. Un gran abrazo

 Pocas cosas hay que admire más en un hombre que su inteligencia y una de ellas, sin duda, es la bondad que cuando, como es el caso, va unida a una gran generosidad hacen de ese hombre un ser único.

Cuando Joan Margarit obtuvo el Premio Cervantes, tardó un poco más de lo acostumbrado en contestarme a la felicitación que le había enviado. Los compromisos le estaban desbordando y su situación personal por entonces ya no era la mejor. A pesar de todo, cuando detectó mi mensaje, me correspondió como siempre hacía, como el hombre entrañablemente bueno que era.

¡Perdón, perdón, Claudia, Juan Francisco!

No estaba preparado para semejante alud de mensajes y llamadas. Justo ahora empiezo a rescatar a los amigos… No me tengáis en cuenta esta aparente dejadez. Os mando un gran abrazo.

En cuanto comenzamos la conversación telefónica en seguida le pregunté por su salud. No estaba bien desde la época en la que le otorgaron el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, poco antes del Cervantes. Le habían diagnosticado un linfoma y no pudo disfrutar del todo de ambos premios. El primer tratamiento, tras las duras y extenuantes sesiones de quimioterapia, no había dado el resultado esperado, así que ahora se hallaba inmerso en el ecuador de un tratamiento experimental que estaban desarrollando en Bélgica. En unos días, se haría un P.E.T. para proseguir con las tres sesiones que aún le quedaban. No era optimista.

-Tú si eres optimista, pero yo soy realista-me decía cuando pretendía animarlo con total convencimiento.

Era perfectamente consciente de a lo que se exponía y, de todas maneras, razonaba que ya tenía una edad, poco más de ochenta años, y que no podía quejarse de lo que la vida ya le había brindado. Lo decía desde una gran serenidad y con una absoluta clarividencia.

Le comenté que el día anterior le había visto con los reyes por la tele, cuando le hacían entrega en Barcelona del Premio Cervantes. Me dijo que así se lo había pedido, teniendo en cuenta su situación y la pandemia que padecíamos. Tan solo estuvieron presentes en el acto su mujer, sus hijos y sus nietos.

Fue en esa fecha por una razón muy sencilla-me confesó-, pues durante la tercera semana del ciclo de tratamiento es cuando mejor me encuentro y cuando aprovecho para hacer llamadas a los amigos y estas cosas.

Me habló con orgullo de uno de sus nietos, que vivía en Nueva York, y se dedicaba a las energías renovables. Me preguntó también por mi hija, como siempre, y al enterarse de que estaba en la Universidad de Chicago me dijo que precisamente esa fue una universidad que insistió mucho para que depositara allí su legado, aunque pensó que estaría mejor donde está, en Madrid.

Al preguntarme cómo estábamos viviendo en la farmacia esta pandemia, la conversación derivó a la visita que hizo a la cuenca del Nansa cuando tenía unos veinte años. Él era amigo del hijo del médico de Puentenansa y estuvo unos días por aquí. Por supuesto visitó a José María de Cossío en su casona de Tudanca y me contó divertido cómo tuvo que escaparse a toda prisa de allí en su seiscientos.

De este tiempo tan duro, me ha salvado la poesía y Mariona, mi mujer-me confesó en un momento dado-. Como siempre me ha pasado en la vida.

Tenía ya acabado un nuevo libro de poesía con unos poemas que había escrito en esta época tan incierta. El confinamiento, en ese sentido, le había venido bien; hacía años que no disfrutaba de esa quietud familiar, aunque estuviera truncada por la enfermedad.

Desde luego, no lo pienso presentar con mascarilla, ni de manera virtual. Virtual, no doy ni entrevistas-me dijo-. La poesía requiere otro escenario más real.

No tardó en preguntarme por lo que me parecía el título que tenía pensado para el libro, Animal de bosque. De bosque, no del bosque-me remachó-.

Me encanta, creo que refleja muy bien tu carácter indomable-le contesté-, el de ese lobo que aúlla en alguno de tus poemas.

Quedó muy contento con el pequeño comentario que le hice.

Lo encontré fuerte y con ánimo. Sin ningún miedo. Con una voz poderosa, firme y afable. Me parecía imposible todo.

Nos despedimos con un gran abrazo. Por favor, tenme al tanto, le dije. En eso quedamos.

Todavía interrumpió la despedida para decirme lo que quería a Santander mientras recordábamos el poema donde hablaba sobre su visita a las cuevas de Altamira o cuando vino a declarar a los juzgados de la ciudad, como experto en arquitectura, tras el derrumbe del hotel Bahía.

Si todo fuera bien, quizás el otoño que viene pudiéramos presentar el libro en Santander

Con esa ráfaga de incertidumbre nos despedimos.

Para honrar su memoria y su legado, he preferido hablar del hombre; de su poesía lo he hecho sobradamente en artículos y conferencias. Además, siempre va adherida inevitablemente a cualquier bosquejo biográfico, por muy personal que sea.

Decimos adiós a un hombre al que le definen sus actos personales y privados. Los que a otros muchos precisamente los traicionan.

Se va un hombre esencialmente bueno.

Quedará para siempre el recuerdo de su persona en su poesía; permanecerán ambas más allá de nosotros mismos. Mucho más allá.

Juan Francisco Quevedo

    UN ANIMAL DE BOSQUE

                                                 A Joan Margarit un triste 16 de febrero de 2021

Hoy se desnuda el día con una tristeza

que viste de luto el paisaje interior

de la geografía del Fòres.

Hoy ha muerto un hombre,

hoy ha muerto Joan Margarit,

nunca el poeta que nos acompaña,

un animal de bosque que aúlla

profiriendo dentelladas al lenguaje,

como el lobo que es, que siempre fue,

convertido en ese animal de fondo

que mira a los ojos a la intimidad

profunda y severa que nos define.

Hoy es un día triste,

uno de esos días

en los que el dolor

se extiende y desborda

por las hechuras abiertas

de un cáliz sin fondo.

Juan Francisco Quevedo

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JOAN MARGARIT, UN DÍA TRISTE (16-II-2021)-Juan Francisco Quevedo

    UN ANIMAL DE BOSQUE

                                                 A Joan Margarit un triste 16 de febrero de 2021

Hoy se desnuda el día con una tristeza

que viste de luto el paisaje interior

de la geografía del Fòres.

Hoy ha muerto un hombre,

hoy ha muerto Joan Margarit,

nunca el poeta que nos acompaña,

un animal de bosque que aúlla

profiriendo dentelladas al lenguaje,

como el lobo que es, que siempre fue,

convertido en ese animal de fondo

que mira a los ojos a la intimidad

profunda y severa que nos define.

Hoy es un día triste,

uno de esos días

en los que el dolor

se extiende y desborda

por las hechuras abiertas

de un cáliz sin fondo.

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UNA INFANCIA FELIZ 2-Juan Francisco Quevedo

II

UNA INFANCIA FELIZ

No fue una decisión fácil la que tuvieron que tomar mis abuelos. Fue de lo más dolorosa pero, tras ver cómo no regresaban muchos de los muchachos del pueblo que partían a esas guerras tan lejanas, tanto de su tierra como de su espíritu, y los pocos que lo conseguían lo hacían tullidos y tocados mentalmente, sus padres no dudaron al tomarla, por mucha pena que les causase.

No encontraron otra solución plausible para eludir un servicio militar que ya se atisbaba. No querían que un día llegase a casa la triste noticia de su muerte en una escueta carta con el membrete del ejército. Para evitar que muriese en una guerra que se hacía crónica en el norte de África, con el biberón de la adolescencia como único equipaje, sus padres le embarcaron hacia Veracruz, el puerto al que llegaron tantos españoles. Mis abuelos, como tantos otros paisanos, se vieron forzados a tomar una decisión crucial y triste pero, al sopesar las consecuencias, decidieron que le preferían vivo y lejos, que no muerto y en el cementerio árido y bello del continente negro.

Eran años en los que solo los más pudientes se libraban del servicio de armas a la patria, bien pagando una elevada cantidad al estado o bien haciéndolo a un sustituto, lo cual resultaba algo más barato. Así eran los vientos que soplaban en la España de principios del siglo XX para los jóvenes con menos recursos.

Con el dinero que obtuvieron de la venta de una vaca, compraron el pasaje en tercera ordinaria. Unas quinientas pesetas les costó.

Hoy sabemos de ese drama de la emigración juvenil española en cifras fidedignas y así podemos ver cómo entre 1912 y 1920 casi diez mil jóvenes cántabros optaron por acudir a la emigración para eludir el servicio militar obligatorio.

Mi padre apenas había salido de La Cavada en su corta vida. Desde que su hermana Teresa se casó, solía ir los domingos a comer a su casa; iba andando por las vías del tren hasta Liérganes, donde vivía y donde se había casado con un muchacho del lugar, con Pedro García. Le encantaban las sobremesas, cuando Pedro sacaba el violín del estuche y se ponía a tocar. Unos pocos años después, cuando su mujer estaba embarazada de su primer y único hijo, partiría hacia Estados Unidos, a trabajar en las canteras del norte. Nunca regresaría; el mal de piedra acabó con él. Esta es la triste historia de tantos españoles de la época.

Mi padre, salvo sus escapadas dominicales, nunca había ido más allá de los pueblos cercanos, hacia donde se dirigía con mi abuelo Juan cuando se celebraba alguna feria de ganado, nunca había sabido ni visto el bullicio de una ciudad, ni sabía de sus escaparates iluminados tan siquiera; solo sabía de aquellos puestos que venían a su pueblo en la fiesta de San Juan, donde siempre se comía una manzana caramelizada y unas almendras garrapiñadas bajo la atenta mirada de sus cinco hermanas mayores. Aquella vez en que fue a embarcarse fue la primera ocasión que salió de su comarca y de su zona de confort. Le llevó su padre a Santander en un tren que se aceleraba a base de paladas de carbón que echaban los fogoneros a las tripas de hierro de la máquina del ferrocarril. En el andén, junto a sus hermanas, quedaron sus recuerdos y el sabor del último beso de su madre cuando subió al balcón a despedirse de ella. Hacía años que las piernas no le respondían y se pasaba el día sentada; siempre me habló de aquel día, de aquel momento de la despedida materna con emoción. Cuando tomó la curva del puente de Revilla, se giró y, por última vez, pudo ver su figura desde la lejanía.

Llegó a la capital de la provincia, que estaba tan solo a poco más de veinte kilómetros de su pueblo, cuando aún las mulas llevaban a cuestas por la ladera del cerro de Somorrostro las piedras que se usarían en la iniciática construcción de lo que en unos años sería el edificio de Correos. Antes de partir, el padre y el hijo, juntos, se hicieron una foto de despedida. Llevaba puesto el traje que le acababan de hacer para el viaje.

Mi padre no tardó en embarcar, para iniciar su particular odisea, con una pequeña maleta a la que, para reforzarla, la habían anudado con una cuerda de esparto. Con ella, agarrada como si fuera un tesoro, enfiló la pasarela y se subió a un mercante que hacia la travesía interatlántica. Mientras se asomaba por el puente del barco, nada más llegar a cubierta, le despidió su padre desde el muelle con las manos entrelazadas, lanzadas al cielo y simulando, dejando un hueco entre ellas, un corazón. Tal y como él, con ese mismo y emotivo gesto, me despidió a mí, desde el andén de la estación de ferrocarril, cuando me fui por primera vez a la universidad de Santiago de Compostela. Creo que los dos lloramos aquel mismo día, separado por tantos años, ante una misma escena pero en unas circunstancias bien distintas. Primero, le tocó como hijo. Después, como padre.

Así que de cómo llegué a este mundo en tierras mexicanas tuvo la culpa una guerra que había por el norte de África, allá por los alrededores de Melilla. Curiosa casualidad. Al frente del enemigo se encontraba un rifeño como Abd-el-Krim, pero los indefensos muchachos que mandaban a combate tenían el enemigo mucho más cerca, en su propia casa. Por culpa de unos, o de otros, acababan moribundos en cualquier Barranco del Lobo.

Mientras nuestros jóvenes, los que provenían de las clases más humildes de la sociedad montañesa, morían por una patria recién salida del desastre cubano y filipino, acá, en esta España caciquil, solo aquellos varones que acreditasen algún título de propiedad podían depositar su voto en una urna electoral. Entre tanto, aquellos más desfavorecidos, sin recursos para librarse del tormento de la guerra y sin derechos, ni siquiera el del voto, viajaban hacia tierra mora, pero no a confundirse, como les hubiera sido fácil, con los nativos, sino a morir a manos de ellos y a matarlos cuando se dejaban ver.

Mi padre llegó a Veracruz alrededor del año 17 y se fue a trabajar a un rancho donde solo libraba un día al año. Uno de esos días de aquellos primeros años en México, lo aprovechó para sacarse una foto y mandársela a sus padres, dedicada por detrás: vuestro hijo que os quiere

A la foto, sentado en una silla, con el codo apoyado en una mesa y el sombrero reposando sobre ella, le adjuntó las primeras mil pesetas de las muchas que llegó a enviar a España.

En el diecinueve recibió una carta de España con una noticia que le impactó y le dejó impotente, dos de sus hermanas habían fallecido a causa de la epidemia de gripe que asolaba el planeta.

Pronto prosperó y no tardó en montar un pequeño negocio propio en la ciudad de Córdoba. Años después dedicaría toda su vida al beneficio de café que regentó en la misma ciudad.

Entretanto, en España, se sucedían los acontecimientos con rapidez mientras él los escrutaba a través de la prensa mexicana. De todo cuanto pasó en su patria durante aquellos primeros años, el conocido como Desastre de Annual, donde murieron en el bello páramo africano más de diez mil jóvenes españoles de su edad, fue lo que más le impresionó. Jamás lo olvidó y siempre lo recordó con sumo pesar.

No tuvo posibilidades de volver a su patria hasta que Miguel Primo de Rivera, el general que estuvo al frente de la dictadura militar amparada por la corona no les eximió en el año 1927, tras pagar una cantidad de dinero nada despreciable en la embajada de España en México, de la pena de deserción. Ese año decretó una amnistía para todos los que no habían cumplido con el obligatorio servicio militar. Los importantes ingresos que llegaban de Cuba, México y demás países donde habían acudido en busca de fortuna, y la presión que, desde su nueva posición, podían ejercer algunos de ellos-los más afortunados-, llevó al gobierno a encontrar una solución y no fue otra que la amnistía total, previo pago de una cantidad económica que los españoles, como mi padre, satisfacían gustosos. Se les abría la posibilidad de lo que tanto ansiaban, regresar algún día no ya a su patria, regresar a ese pequeño lugar del mundo que sienten como parte de ellos, regresar para poder volver a escuchar los sonidos de la infancia.

Tiempo después de aquella alegría que recibió la emigración española, vendría la salida al exilio del rey y la proclamación de la República. Por entonces, mi padre aún ignoraba lo que se avecinaba en unos pocos años.

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UNA INFANCIA FELIZ-1-Juan Francisco Quevedo

I

UNA INFANCIA FELIZ

Yo tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi padre.

Él nació cuando aún reinaba, como regente en España, María Cristina de Habsburgo que, ese mismo año, cedió la corona a su hijo Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis años.

Mi padre vino al mundo prácticamente con el siglo, un once de enero de 1902, en un pequeño pueblo de España, llamado La Cavada, cuando aún las casas se iluminaban con lámparas de aceite, se hacían las necesidades en la cuadra y había que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como niño, era siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.

Nació como se nacía entonces, en la casa y con la ayuda de alguna vecina a la que la práctica empírica había convertido en comadrona. Después, la selección natural era la encargada de que el nuevo crío saliera adelante o no. A mi abuela Fausta Piró Harche, tras el parto, aquella buena mujer la encamó durante quince días en los que, uno tras otro, la tuvo a caldo de gallina. Así se recuperó.

En esos años, la radio y el cine aún era algo desconocido, un entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban hablando con sus vecinas. Sólo los domingos se arreglaban con su mejor vestido, un ropaje que aún debía taparlas hasta los tobillos, salvo que quisieran protagonizar un escándalo mayúsculo, para acudir a misa mayor y hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.

Paquito, como cariñosamente llamaban a mi padre, después de que sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios kilómetros para asistir a la escuela en el Barrio de Arriba, donde unos curas con babero blanco se encargaban de educarlo. Más tarde, fue a las escuelas del pueblo que estaban mucho más cerca; siempre destacó en dibujo, ganando un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la época. Pintó un caballo. Con el dinero se compró un par de zapatos de cordones, una pluma, unos libros, unas cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Además, se fue con su padre a la feria y todavía les dio con lo que sobró para comprar un burro para la casa, que el que había estaba ya muy viejo.

Siempre sintió admiración por su maestro, un hombre al que su magisterio le obligaba a dar sus clases con un impecable traje raído; era todo lo que le permitía su escueta economía. Imagino que fuese él quien le inculcase su amor por la cultura y la lectura, en especial por las biografías históricas, algo que también he tenido la fortuna de heredar.

Creció correteando por el corral de vecindad que había delante de la casa persiguiendo al gato de la familia para, una vez que le atrapaba, subir al balcón y arrojarlo por él. Siempre le asombraba verlo haciendo piruetas por el aire para poder caer sobre las cuatro patas sin el menor rasguño.

Creció aprendiendo a ordeñar a las vacas, con lo que la resonancia del chorro de leche recién extraído golpeando el fondo del cubo de zinc que ponía bajo las ubres, se convirtió en uno de esos sonidos de la infancia que jamás se olvidan. Aprendió a sallar, a llevarse con la azada la primera capa de tierra, sin hundirla en ella, y preparar el terreno para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos. La huerta de casa daba prácticamente para todo el año, lo mismo se recogían patatas que judías verdes, caricos, arvejillos o esas cebollas rojas y prietas; rara vez le mandaba su madre o sus hermanas, eso de ser el pequeño era lo que tenía, a La Central a comprar algo que no diera la huerta de la casa.

Una vez al año se mataba el lechón que habían comprado un año antes a un buhonero que llegaba puntualmente con un pollino a su vera. Este llevaba dos cuévanos a sus costados, apoyados sobre las albardas, por los que asomaban y gruñían los pequeños animales. Mi abuelo, Juan Quevedo, después de mirarlos y remirarlos bien, se decidía por uno de ellos y lo echaba a un pequeño corralillo donde lo íbamos alimentando. En cuanto crecía un poco, se le dejaba suelto por el barrio, donde campaba a sus anchas. Engordaba como si fuese un rey, solo que con fecha de caducidad, con las sobras del día y, en otoño, con la caída de las castañas ayudadas por las suradas, comía sin fondo ni conocimiento hasta que no podía más y se dejaba caer en cualquier lugar. Allí, dormitaba sin poder moverse hasta que conseguía digerir la barbaridad que había engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba, junto a una cabra, para que con la carne de ambos animales hubiese suficientes chorizos y morcillas para todo el año. Al calor y el humo del carbón y la leña se iban curando pendiendo de las cuerdas que se ponían en la cocina. El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia por mi abuelo, se iba poniendo en salazón para que se conservara sin problemas. En el fondo del recipiente pétreo habían horadado un pequeño agujero por el que se purgaba el líquido sobrante.

El día de la matanza, a mi padre le mandaban agarrar al pobre animal del rabo para, después, frito y como un trofeo, ponérselo en el plato para dar cuenta de él. Siempre recordaba con cierta repugnancia como el matarife y alguno de los hombres que ayudaban el día de autos, se bebían un gran vaso de sangre del animal, aún caliente. No olvidaba el rastro que dejaba en sus labios. Al día siguiente, antes de ir a la escuela, su madre siempre le daba un paquete para el maestro. Era costumbre en todas las casas. Así era como le demostraban su agradecimiento.

Cuando despuntaba la primavera, subía cuidar las ovejas a La Mortera y, cuando arreciaba la lluvia y las tormentas, corría a refugiarse a la Nuria o la Jana, dos cuevas cercanas. Al atisbar el verano, mi padre salía a buscar naitas, unas pequeñas fresas silvestres que crecían al pie de árboles y a la sombra de cunetas, tapias y zarzales. Las iba coleccionando y metiendo en una hierba recia, anudada en un extremo, como si fuesen rosquillas para guardarlas y poder comerlas más tarde. Cuando llenaba el improvisado receptáculo, se sentaba en cualquier piedra y las degustaba como si fuese el mayor de los manjares. Siempre dijo que nunca ningún sabor de los que tuvo oportunidad de probar le satisfizo tanto como el de aquellas naitas de su niñez. Ni tan siquiera le igualaba el sabor de las nueces, que tanto le gustaban y que tantas veces fuimos juntos a recoger. Siempre recuerdo la pátina de roña que quedaba en mis manos después de una tarde recogiéndolas. En tiempo de castañas o de nueces, como viniera una buena surada, en seguida barruntaba que al día siguiente iríamos a recoger los frutos que el viento depositaba en la tierra.

Así fueron pasando los años, sin grandes sobresaltos, y al cumplir los catorce, mi abuelo Juan, un día que estaban segando en la mies de Revilla le ofreció tabaco y una hoja de papel de fumar para envolverlo. No tuvo que enseñarle a liarlo; había visto muchas veces, extasiado esa ceremonia precisa, cómo con mimo y destreza su padre iba distribuyendo el picadillo por el papel, cómo se lo pasaba después por los labios mientras le humedecía con la lengua para, por último, sellar los bordes. No le costó nada imitar lo que se sabía de memoria.

Después, cuando cada uno de ellos tuvo el cigarrillo formado entre sus dedos, mi abuelo sacó el chisquero y se lo ofreció como quien le dice: ten hijo, ya eres un hombre. No dudó en girar la rueda con la palma de la mano hasta que consiguió que saltaran chispas de la piedra. Entretanto, soplaba con decisión la mecha. Cuando consiguió prenderla, se la ofreció a su padre y ambos aspiraron con fuerza hasta encender el cigarro. Con las primeras bocanadas que dio al que fue el primer cigarrillo picado de su vida, mi abuelo le comunicó una grave noticia, algo que supondría un gran cambio en su vida, algo que, como la mecha con el viento avivaba su fulgor, no hacía más que aumentar su inquietud.

La Cavada, como la niñez, tras aquel día, quedaría atrás para siempre. México sería su nuevo destino.

Juan Francisco Quevedo

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CARLOS ALCORTA-FOTOSÍNTESIS- Juan Francisco Quevedo

Tuve la fortuna de ser el primer lector de este magnífico libro del poeta Carlos Alcorta. Privilegios de una sincera amistad.

CARLOS ALCORTA

FOTOSÍNTESIS (UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA, 2020)

Tras la aparición de su espléndido libro Aflicción y equilibrio, regresa Carlos Alcorta al mundo editorial con Fotosíntesis, una obra anterior en el tiempo pero que oportunamente ve ahora la luz después de una reelaboración de los poemas tanto en su orden como en su composición.

Como preámbulo al primer poema nos ofrece dos citas, una de ellas, de R. W. Emerson, encierra una de las claves que define mejor la poesía y el aliento vital de su autor:

Supongamos que te contradices, ¿y qué?

Al fin, es muy fácil conectar con ese espíritu, algo que siempre ha acompañado al hombre y que, cuando no lo mina y destruye, lo ayuda a progresar en el duro camino de la vida. La contradicción nos acompaña desde siempre y, muchas veces, es lo que nos hace avanzar sin dejar nunca esa lucha inagotable entre lo que nos dicta la razón y aquello a lo que nos arrastran las emociones. De esa lucha interna que jamás cesa se compone el hombre, cada hombre.

Tu aspecto ante el espejo del futuro

no se distingue del de una estatua

de carne y hueso carcomida

por el sol. Sed. Carroña incomestible.

Veintitrés poemas, numerados y sin título, componen Fotosíntesis, poemas más cortos que los de su último libro pero que llevan ese marchamo tan personal que imprime Carlos Alcorta a toda su poesía y que hace de ella una voz identificable, plena de personalidad, algo tan difícil de conseguir, algo que tantos poetas nunca logran por más que lo intenten.

Con la argamasa

de la ficción rellenas

los huecos de tu vida que no aciertas

a cubrir con recuerdos.

El libro comienza con unos versos que inmediatamente encuentran una respuesta en el lector de poesía, que siempre es un compañero que ahonda en las palabras más allá de su literalidad evidente, que siempre transita por las sugerencias que el poeta insinúa, así como por los caminos que muestra.

No soy partidario de airear mis equivocaciones

en el confesionario, ni siquiera

cuando he tocado fondo…

Estamos ante un poema en el que la voz poética se desprende de cualquier ropaje y nos enseña su esencia más íntima, en una desnudez salvaje que impregna toda la atmósfera que se crea alrededor del poema, alrededor de sí mismo. Después de versos duros, en los que incluso dispara dardos envenenados contra sí mismo, se puede volver tierno, abandonando por unos momentos esa incertidumbre primigenia que a veces lo tortura. Encuentra refugio en las palabras que dirige hacia allá donde se siente protegido y querido, hacia su medio natural de confort.

Lo hablaba con mi hermana la otra noche.

Achacábamos a la herencia genética

el origen de nuestra propensión

a desconectar emocionalmente

y a amurallarnos dentro de nuestro castillo interior

cuando no comprendemos lo que ocurre

a nuestro alrededor.

La escritura como resguardo ante las adversidades, la poesía me ha salvado. ¿Cuántas veces lo hemos oído o, incluso, lo hemos pensado?

Y es tremendamente cierto, es un refugio seguro ante los embates y los temporales interiores, ante las pruebas difíciles que conlleva la existencia. Eso, por no hablar de la escritura como una liberación ante las miserias a las que nos arrastra la vida. La poesía, la escritura, la lectura, al fin, la literatura y las ciencias asociadas muy especialmente a las humanidades están ahí siempre, esperándonos con los brazos afectuosos del conocimiento, de la sensibilidad tranquilizadora. En ellos, intentamos descifrarnos mejor a nosotros mismos y, en ese abrazo, miramos al mundo que nos rodea con más sabiduría.

La escritura es la excusa

preferida de los soñadores

y de los pusilánimes.

Hay poemas en los que partiendo de lo más cotidiano, la puerta de la calle a medio abrir, como una excusa embaucadora, nos arrastra, en el viaje de la trascendencia, hacia lo que realmente quiere expresar, en este poema por ejemplo el tópico del tempus fugit. Es consciente de que el tiempo no es más que una trampa que siempre sobrevuela sobre los días o los momentos de felicidad. Un sentimiento de provisionalidad nos acongoja.

La claridad parece

pedir disculpas por agudizar las sombras

que amenazan el día de mañana,

que hacen de la existencia un campo estéril.

El lector sabe de lo que habla, de lo que expresa con belleza el poeta, se identifica incluso con el sentimiento de culpa que nos devora, que Está siempre presente. / Aletargado como los reptiles. Todos sabemos que la conciencia siempre está dispuesta a castigarnos con su fusta, incluso puede ser tan cruel que podemos llegar a envidiar a los hombres que carecen de ella, pese a la brutalidad que conlleva: El remordimiento que algunos actos/recientes suscitan en ti no eclipsa/el amor que sentiste. Todo fluye.

A lo largo de los poemas se suceden las imágenes brillantes-Tu piel gastada como la cubierta/de un manual escolar de geografía-y desconcertantes-el aire frío castiga tu garganta/como la grava a un neumático desgastado-, unas imágenes que el autor maneja con acierto y precisión. Actúan como una sacudida en el lector, como una llamada de atención con la que el poema y el poeta logran captar plenamente nuestra atención. De esa manera tan hermosa y personal, nuestra capacidad de concentración se ve continuamente en progresión, a través del estremecimiento que nos causa lo que es sorprendentemente atractivo.

Está ya demasiado lejos.

En el pasado, convertido en rutina, como la penicilina

O fuera de uso, como las navajas de bolsillo…

Siempre, a lo largo de todos los poemas, tenemos la sensación, equivocada, o no, es lo de menos, de que quizás el poeta se descubra más de lo que quisiera, pero sin lugar a dudas es ello precisamente, esa aparente implicación personal, lo que infiere al libro un gran valor añadido.

Sé que eres capaz de encontrar aún

un resto de bondad en los demonios

que te habitan, pero la insana mansedumbre

-como gas comprimido en un envase

de vidrio, inocuo, invisible al ojo

si permanece inmóvil y cerrado,

pero tóxico cuando se agita y se avienta-

mantiene vivos los más despiadados

pensamientos en tu interior.

Los versos se suceden y parece que en ocasiones quisieran corresponder y responder a una fase de la vida de la voz poética que bien pudiéramos identificar con cierto desasosiego, una época que parece no ocultar y que la pone a nuestro alcance, unas veces con crudeza y otras muchas con un sentido del humor que describe a la perfección un estado de ánimo.

Hay lugares para vivir que son vida

solo a medias, como los hospitales

o las cárceles. Hay formas de vivir

sin presente, como las de los desempleados

o la de los atletas lesionados.

No obstante, siempre creemos ver en los versos un rastro de sufrimiento, un rastro que siempre va asociado a eso que preludiábamos al comenzar, una lucha interior inagotable consigo mismo, que se constituye en un camino de aprendizaje por el que va destilando los sentimientos más íntimos.

Dicta sus palabras un primitivo

resentimiento conyugal que oculta

sus raíces en una infancia

infeliz, habitada por fantasmas

de carne y hueso que nunca

le demostraron tanto afecto

como el que ella ofrecía a sus muñecas.

Al finalizar la lectura, nos damos cuenta, creemos intuir tras la voz poética, la voz de un hombre que ha sabido impregnar nuestra sensibilidad lectora de una emoción y de una sinceridad verdadera, nunca impostada, de esas que traspasan la piel sin agredir, que te llevan a capitalizar y sentir la realidad del otro, su verdad, como si fuera nuestra.

Quisiera ser otro, un animal,

una fuente o una palabra

en tu mismo idioma,

para que me entiendas.

Con los libros se da una paradoja muy curiosa, pese a estar destinados a burlar la fugacidad del tiempo, muchos de ellos caerán en el olvido para siempre, incumpliendo la finalidad con la que fueron concebidos. No será el caso de este nuevo libro de Carlos Alcorta, Fotosíntesis, un libro de un poeta que nunca nos deja indiferentes, que tiene la inspiración, el dominio del lenguaje y el lirismo como premisas ineludibles de su poesía. Fotosíntesis es un regalo que nos ofrece a los lectores, con unos postulados inmutables que siempre acompañan a la buena poesía, emoción, verdad y belleza.

Juan Francisco Quevedo

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Plenilunio de enero-Juan Francisco Quevedo

La noche mece
el sueño de la luna.
Nana de luz.

Ella y yo, somos
tres en la madrugada.
Un mar de dudas.

Son pleamares,
plenilunio de lluvias
de sal y estrellas.

Canción nocturna,
princesa de mareas
ajena al tiempo.
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Una reflexión futbolística y un verso de Machado-Juan Francisco Quevedo

Espero que este artículo que aparece en el diario Alerta sobre la victoria del Athletic en la Supercopa y la reflexión al hilo del mismo sobre el Racing, cuando menos os interese un poco.

En estos días estoy leyendo la cuidada y espléndida edición de la poesía de Antonio Machado, realizada por José Luis García Martín para la editorial Impronta, y que ha titulado con un verso del poeta: “Hoy es siempre todavía”. Un verso que me ha sugerido el final del artículo.

ATHLETIC, EL TRIUNFO DE MUCHO MÁS QUE UN EQUIPO DE FÚTBOL

Es muy difícil no ser del Athletic, no dejarte arrastrar por ese espíritu que va tan ligado a algo tan intangible como los sentimientos, no ya hacia un club, sobran los ejemplos, sino hacia la tierra que los sustenta, hacia el corazón que late en ella y que nos acompaña a lo largo de la vida. Eso tan solo se puede lograr cuando se establece un nexo, un hilo invisible, que une los colores que defendemos a la tierra que los representa.

Esta tela de araña de amor solo se puede entretejer cuando todos los que forman parte de un proyecto común se identifican con él y, durante el partido de la final de la Supercopa, eso fue exactamente lo que muchos sentimos y lo que nos hizo ser una vez más del Athletic de Bilbao.

No había más que ver a los jugadores, primero durante el desarrollo del juego y, después, durante la celebración. Todo iba mucho más allá de lo que tantas veces estamos acostumbrados a ver; había emoción verdadera, se desprendía algo que tan solo es capaz de darnos un sentimiento que arraiga en lo más profundo, muy alejado de las explosiones de felicidad de las hinchadas habituales.

Esta vez le tocó ganar al Athletic, pero cuántas veces no lo consiguió, cuántas veces hubo de conformarse con verse en lo más bajo de la tabla clasificatoria. Precisamente ese espíritu que los define y que tanto admiramos algunos, los hizo seguir adelante sin variar un ápice el camino elegido, el que saben que ha sido capaz de establecer una conexión indeleble con la tierra, con su tierra. Un lazo que empieza por sus directivos, se extiende por los jóvenes que aspiran a jugar un día en el primer equipo y culmina con la comunión existente entre los jugadores profesionales y la afición. Nada es por casualidad, pero por encima de todo, sobrevolando la cabeza y los corazones de todos ellos, está el amor por su tierra, la verdadera argamasa que cimenta una pasión común. Precisamente lo que le falta a tantos clubs.

Yo que he sido y soy un racinguista que comenzó a ir al viejo Sardinero a los cuatro años, que vio y vivió aquel Racing desde niño, que lo vio incluso en tercera división, que ha podido disfrutar de la cierta rivalidad que tuvimos con el Athletic, me siento triste cuando veo cómo desde hace ya muchos años se ha ido destejiendo ese ovillo que nos mantenía unidos, que mantenía al equipo injertado a la tierra, con una gran mayoría de paisanos jugando en sus filas. He visto apenado cómo se ha ido enmarañando en una madeja muy difícil de desenredar, tanto que a muchos nos ha hecho desistir al no encontrar en el club, en el equipo, lo que tanto anhelamos, lo que el Athletic destila a raudales.

Nunca es tarde, siempre se puede ir soñando caminos y tal vez algún día encontremos ese sendero que muchos estamos deseando atisbar, que muchos queremos ver despejado. Nunca es tarde, porque como decía don Antonio Machado hoy es siempre todavía.

Juan Francisco Quevedo

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UN DIBUJO CON UNOS VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Un dibujo con unos versos y una foto de su presentación para uno de mis libros, para Querida princesa.

Vuelan los años,

fijamos los recuerdos

en la memoria.

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COSTEANDO AQUELLA BAHÍA DE NUESTROS ANTEPASADOS-Juan Francisco Quevedo

En estos días se han publicado en el Diario Alerta este periplo que os propongo a través del cantil marítimo de la bahía de Santander, tal y como estaba a finales del siglo XVIII. Aquí están ya reunidas todas las entregas.

Espero que os sea un viaje grato

COSTEANDO AQUELLA BAHÍA DE NUESTROS ANTEPASADOS

Os propongo que me acompañéis en este viaje a través de la imaginación; os invito a que, en la lectura de estas líneas, abandonéis el mundo real y abráis las puertas a vuestro mundo interior a través de esta narración.

 Quisiera recordar, parafraseando a Pereda en su lúcida y literaria descripción, como era aquella ría de nuestros antepasados, antes de que empezaran los rellenos, las escolleras, antes de que la mano transformadora del hombre hiciera prácticamente desaparecer la primitiva línea costera de nuestra bahía. Quisiera recordarla tal y como era, haciendo un pequeño recorrido a través de sus orillas salinas, retrocediendo en el tiempo hasta los años finales del siglo XVIII. Os invito a que me acompañéis por este viaje al pasado.

Cuando los pescadores regresaban sobre las encrespadas olas, a rudo golpe de remo, huyendo de los vientos del mar, y divisaban el estratificado y cortante acantilado sobre el que se asienta Cabo Mayor, empezaban a respirar con cierto alivio. Elevado cien pies sobre el agua, se convertía en la señal certera, inamovible en su actitud de aviso de navegantes, con la que se cercioraban del cercano abrigo de la bahía. Aún faltaba un último esfuerzo para ponerse a salvo.

Cabo Mayor se convirtió en una llama luminosa desde la noche de los tiempos. Cuando alguna barcaza se retrasaba y se acercaba la noche, los marineros que ya habían llegado al abrigo del puerto y las mujeres de estos y las de los que aún estaban por llegar, con los churumbeles más pequeños aún pegados al cuerpo con un improvisado capazo, corrían prestos hacia sus alturas y se encendía una gigantesca hoguera para que orientase, como una torre flamígera, a los marineros perdidos en la oscuridad del mar. Desde allí esperaban y rezaban al patrón de los mares para que sus compañeros, sus maridos y sus hijos llegaran. Hombres curtidos en mil batallas, que habían luchado y arrastrado a las ballenas más bravas hasta la bahía, se arrodillaban e imploraban por los suyos. Otros días serían ellos los que estuvieran en peligro.

En estas fechas, aún faltaban unos años para llegar a ese 1839 en que el actual faro empezó a guiar a los barcos durante las noches tormentosas. Es, desde entonces, como el candil, encendido permanentemente en la ventana, a la espera del holandés errante; nunca se apaga, aunque tal vez no regrese nunca. Su esposa, a pesar de que hayan pasado los años, no pierde la esperanza y todas las noches deja esa luz en la ventana para guiar a su marido perdido, para que encuentre el camino de vuelta al hogar.

Cuando, de regreso de faenar, los pescadores pasaban por las cercanías de Cabo Mayor, alguno de los marineros, mientras se asía con fuerza al remo de la trainera, evocaba sus bajadas por el acantilado para recoger un poco del agua ferruginosa que brotaba de la fuente de La Sirena, a los pies de la imponente mole natural.

Tras tomar un poco de aire, el patrón les devolvía a la realidad y les animaba a dar unas cuantas paladas más para conseguir dejar a un lado la, por entonces, inaccesible -bellamente hendida en la profundidad del relieve rocoso- cala de Mataleñas. Poco después, al sobrepasar Cabo Menor, aún con el respirar agitado del penúltimo esfuerzo, divisaban la inconfundible ensenada del Sardinero, todavía con las dunas arenosas por las que entrecorrían los pequeños arroyos provenientes de la vaguada de Las Llamas, antigua lengua deprimida a través de la que, en alguna época, entraba el mar.

A día de hoy, de aquellos regatos que transitaban por la ladera de la colina de San Sebastián hacia el arroyo de Las Llamas, ya sólo queda un hermoso parque que ha conservado alguno de los pequeños humedales que se forman en la vaguada, debido a la escasa pendiente del lugar. El agua de los mismos discurre hacia el mar tapado y canalizado. Lejanos están los tiempos en que este valle actuaba como un verdadero desagüe; el torrente iba pasando de las praderías, mientras las nutrias nadaban en sus aguas, a las marismas pantanosas, para, desde allí, ir en busca de los arenales de la segunda playa y morir en la mar.

Con la Punta de Piquío, llamada en los mapas del pasado Punta del Rastro, a babor, el timón se ponía rumbo a la isla de Mogro, Mouro en la actualidad, que, desde la lejanía, surgía envuelta entre espumosos y bravíos blancos. Atrás habían quedado la primera playa del Sardinero y la Punta de San Roque, conocida como el Cañon, sobre la que se asentó la iglesia -hasta su derribo en 1.936- de su mismo nombre. A sus pies estaba la playa de La Concha que se prolongaba hasta la Punta del Lobo. Tras ella, aparecía la pequeña ensenada del Camello. Hoy en día ambas, con la ayuda de la mano humana, forman una misma playa.

Ahora sí llegaba el momento de acceder a la bahía. Ahora sí llegaba el momento de ponerse definitivamente a salvo de las embestidas marinas.

Mientras les contempla la roca del Camello, emergiendo desde la bajamar como un monstruo del desierto sobre los arenales salinos del mar, la trainera enfila el amplio paso que se abre entre la isla de Mouro y la desaparecida península de Santa Marina de don Ponce, por entonces ya convertida en una isla pegada a la costa loredana, y que también fuera conocida como isla de Jorganes o de los Conejos. Tras ver de soslayo el acantilado rocoso con que se inicia la Península de la Magdalena se avista, en lo más alto de la misma, lo que se llamara Monte Hano, ubicación defensiva de fuertes y baterías a lo largo de la historia. Al pasar por entre estas dos islas, verdadera entrada a la tranquilidad de la bahía, se deja a un lado el peligroso y estrecho paso, por la cercanía náufraga del acantilado, que se delinea entre la isla de Mouro y la península de la Magdalena. Esta última, en otra hora, perdida en la memoria, también isla, a la que, probablemente, sus primeros habitantes, quizás unos de los primeros santanderinos de la historia, accedieron a pie en bajamar. A los pies de Monte Hano, sobre las rocas y casi suspendido sobre el mar, se alza, hoy en día, el faro de la Cerda, desde el que se avisa de la cercanía del engañoso acantilado.

Hay una máxima que los estrategas militares conocen muy bien. Quién domina la isla de Mouro controla el acceso a la bahía. Aunque, por estas fechas, aún falten unos años para la ocupación de Santander por los franceses, si cabe recordar que, en esa época, los ingleses establecieron una batería en la isla y estrangularon a las naves francesas que estaban en el interior de la bahía.

La salida de la isla de Santa Marina presenta, para los marineros foráneos, nuevos peligros. El extenso banco de Las Quebrantas es la trampa -con su aparentemente ingenuo canto de sirenas- a la que son atraídos los barcos en días de temporal y donde permanecen, tras encallar, abandonados y silenciosos, gritando su infortunio a los navegantes desprevenidos que arriban a la bahía. Hay ocasiones en que esos cantos de sirena son más maliciosos y es sabido que, a veces, en noches de tormenta, se encienden hogueras y faroles para atraer los barcos y hacerlos encallar en este traicionero banco de Las Quebrantas. Dicen que bien pudiera ser obra de piratas ribereños.

Tras sobrepasar esta trampa natural surge el arenal del Puntal, hermosa lengua de dunas y limos frente a la desembocadura de la ría de Cubas, beneficiario inerme de la sedimentación y de los depósitos que arrastra la ría.

Frente a la playa de La Magdalena se erigen, sin demasiadas pretensiones, la isla de La Torre y el pequeño islote rocoso de La Horadada, también llamado Peña de los Mártires, desaparecido ya desde hace unos años por causa de los embates y temporales marinos.

Al pasar junto a él, una vez completamente a salvo, los marineros de la calle de la Mar detienen su boga y se encomiendan a sus patronos, San Emeterio y San Celedonio. No en vano se protegen bajo las invocaciones a estos santos. El arco con el que la piedra viva se abre, en la isla de La Horadada, fue esculpido por el mar, para abrir paso a la embarcación en la que, según la tradición, llegaron las cabezas de los Santos Mártires, antiguos centuriones de la guarnición romana de Calahorra, tras ser arrojadas al río Cidacos, junto a su confluencia con el Ebro. La barca, tras pasar bajo el arco pétreo portando las reliquias, prosiguió adentrándose en las aguas de la bahía hasta embarrancar en la ría de Becedo, junto a la ladera norte del peñón rocoso de Somorrostro, origen del puerto y de la ciudad de Santander. Allí se edificó, sobre las ruinas de unas termas romanas, una humilde ermita que, con el paso de los siglos, ha dado lugar a la actual catedral de Santander.

Sin embargo, los marineros del Cabildo de Arriba, los mareantes de la calle Alta, prefieren esperar, para encomendarse a su patrón, a fondear en el playazo del Dueso, arenal que se forma bajo la ladera sur del cerro de San Pedro. Al pie del Paredón, sobre la playa, dejan sus embarcaciones y ascienden, costosamente, por las anchas y desgastadas escaleras de piedra que les llevan hacia el empinado barrio de San Pedro. Desde sus alturas, sobre la actual Rampa de Sotileza, se encomiendan al santo mentado, su patrón.

Tras dejar la playa de La Magdalena, donde los niños se dan sus coles y los adultos menos intrépidos toman sus plácidos baños, entre la fría quietud de sus aguas, llegamos a la altura de la Punta de San Marcos. Al sobrepasarla, la embarcación se abre paso relajadamente frente al ruin y pedregoso arenal de Los Peligros. Hoy en día La Magdalena y Los Peligros forman una sola playa, sin que la citada Punta de San Marcos sobresalga lo suficiente como para mantenerlas divididas.

A su derecha van contemplando, con la calma que llega tras el esfuerzo, los pequeños cabos, si se les puede llamar así, del Promontorio y de San Martín. Desde San Martín vemos, a tiro de piedra, el, como dijera Amós de Escalante, solitario islote rocoso de San Mamés. Sobre él, había una ermita a la que se accedía, desde San Martín, a través de un puente de un solo ojo. En San Martín, en su playazo pedregoso y tosco, se ven fondeadas las primeras barcas de pescadores y, con ellas, las primeras carpinterías ribereñas. Después, tras dejar a un lado el escollo de Tres Hermanas, llegábamos a Molnedo-Puerto Chico-, donde arrojaba sus aguas a la bahía el arroyo que, a través de Tetuán, descendía desde el Alta captando a su paso todas las torrenteras que desaguaban en su cauce. Allí mismo se encontraba la fuente de Molnedo, llamada Fuente Santa, donde en más de una ocasión los marineros habían saciado su sed y baldeado sus barcazas. Tenía la fuente, de ahí su nombre, fama de milagrera, tal vez debido a su alto contenido en selenito y carbonato cálcico.

Enseguida, a golpe pausado de remo, divisan la ribera rocosa denominada la Peña Herbosa. Tras ella, al superarla, se descubre la pequeña ensenada de Cañadío, donde se vuelven a ver pequeñas barcas arribadas sobre la playa. En este fondeadero, de escaso calado, se acaba de construir un pequeño muelle de madera, desde el que se embarcan las cajas de cerveza provenientes de una fábrica recién construida por el conde de Campogiro. En lo alto de la ladera de Cañadío se puede ver, desde el mar, la ermita de Santa Lucía-origen del barrio actual-, donde se celebra una romería anual de la que disfrutan los santanderinos. Las huertas de la zona están repletas de viñedos; las parras se sujetan con cañas, procedentes del cañaveral que da origen al nombre de la ensenada, para evitar que las uvas toquen el suelo y se pudran. Más tarde, cuando los ensanches de la ciudad lleguen hasta este lugar, y quede aislado por la primera línea de edificios del muelle, al trozo de mar que se formará aquí –actual Cañadío y Pombo-, al penetrar el agua por un boquerón que habrá a la altura de Lope de Vega, se le conocerá como La Maruca.

Ya no se ve el arroyo conocido como río de la Pila, que descendía a la bahía desde la ladera sur de la colina de San Sebastián. Ahora sólo queda una fuente del mismo nombre que, desde la mar, ya no se divisa. Justo hasta ahí llegan las escolleras del primer ensanche de Santander. Estos trabajos fueron ejecutados por los hermanos Solinís, arquitectos provenientes de la Fundición de La Cavada. Luego veremos como a la bahía, de alguna manera, van llegando las aguas, los cañones y los técnicos del Real Sitio de La Cavada.

Ya se pueden ver casi acabadas en su totalidad las cinco primeras casas del muelle y el edificio de la Real Aduana que, casi un siglo después, albergaría a la reina Isabel II. Este ensanche va desde la antigua calle de la Mar, tras derribar la muralla del Cantón de la Mar, hasta el muelle Largo, en el río de la Pila. Se ven barcos, más grandes de los encontrados hasta ahora, fondeados casi encima de las casas nuevas, con las velas entrando prácticamente por sus ventanales, desde las que sus ocupantes, al asomarse o salir de los portales, dan directamente a la bahía.

Ya están entrando en el muelle de Naos, o de Anaos, al decir de los raqueros que pululan por la ribera a la búsqueda de algún incauto al que sacarle unas perrillas o a la búsqueda de las colillas que los armadores y señoritos dejan caer a medio consumir. Aquí desembarcan nuestros marineros tras la dura jornada de pesca; los mareantes del Cabildo de Abajo irán hacia sus casas de la zona del Arrabal de la Mar, tras dejar, a sus espaldas, la ría de Becedo. Tal vez después se acerquen a la capilla de la Purísima, que a duras penas se apoya en los restos de la antigua muralla, a la espera de que la piqueta inmisericorde cumpla con su deber destructor y acabe por sucumbir a su empuje. Cuando en 1.847 ocurra lo irremediable, al hacer la especulación su trabajo de derribo, estos humildes pescadores peregrinarán, en sus rezos, hasta la capilla de los Santos Mártires, lugar santo que ellos mismos han levantado en Miranda, camino del Sardinero.

Los otros, los mareantes del barrio de San Pedro, tras dejar el castillo de San Felipe a un lado, ascenderán por las escaleras de la catedral, dejando a sus espaldas el arroyo de Becedo y la calle del Puente, una curiosa calle que, a medida que se alejaba hacia Santa Clara, más estrecha se iba haciendo por la necesidad de poder ver, desde todas las casas, el reloj de la catedral. Al subir la escalinata llegaban al empedrado de la calle Ruamayor, en tiempos la calle más importante, donde exhibían sus blasones los linajes más nobles de la ciudad. Luego, unos pasos más para poder ver el mar, su mar, desde el Paredón, y ya estaban en la calle Alta, en su barrio. No en vano solían denominarse a sí mismos como callealteros.

Las horas de estos pescadores en sus casas, tanto unos como otros, estaban ya contadas. Pronto, la ciudad necesitará de sus terrenos, de sus atraques, y no tardarán en derribarse sus pobres y apiñadas casas y en ponerse a secano sus fondeaderos. En ello no habrá distinción, tanto los del Cabildo de Arriba, la aristocracia pesquera, como los del Cabildo de Abajo, tendrán que conformarse con su maldita suerte. Entonces se les hará peregrinar, primero hacia Peña Herbosa y Tetuán, fondeando en Puerto Chico y Molnedo y ya mucho después, allá por los años cuarenta del siglo XX, hasta su ubicación actual en el Barrio Pesquero. Un lugar fundado sobre arenales, marismas y juncales que impedían el crecimiento de la ciudad hacia el oeste. Este fue el último gran ensanche realizado hasta la fecha.

Hemos dejado a nuestros acompañantes en el muelle de las Naos, frente al castillo de San Felipe, desde donde, poco a poco, han ido desapareciendo mientras caminaban hacia sus barriadas. Los barcos atestan los muelles; algunos fondean fuera de la Dársena, en los pozos de la Osa, frente a San Martín, y de los Mártires; este último se ve, desde el Paredón, un poco más allá del fondeadero del Dueso. En la Dársena Grande el mar penetra, a través de la ría, bajo el perfil rocoso del cerro de Somorrostro, al pie de la actual catedral. La ría de Becedo pasa bajo el puente que comunica la Puebla Vieja con la Puebla Nueva, por lo que hoy es la calle de Calvo-Sotelo. Después del puente, en dirección al desaparecido convento de San Francisco, se situaban las antiguas Atarazanas, donde tantos barcos se construyeron y pasaron los inviernos. Hoy sólo queda un viejo embarcadero, en la esquina de la actual calle Lealtad, y una vieja poza que, cuando hay marea alta, hace llegar el agua hasta la plaza que se forma delante del convento de San Francisco-actual Ayuntamiento-. Hasta allí, así mismo, llegaba el arroyo de la Mies del Valle, después de bajar por la vaguada de la actual calle San Fernando.

Hasta que se produjo este reciente primer gran relleno del muelle, la vida del viejo Santander había girado, durante siglos, en torno a las dos riberas de la ría de Becedo. Con los ensanches llegaría un nuevo palpitar, una creciente actividad, un ir y venir del que surgiría este nuevo Santander, la ciudad moderna que emergía en torno a los nuevos negocios y a la nueva burguesía portuaria.

Al dejar a un lado el espigón de piedra de sillería del muelle de las Naos la bahía sigue penetrando hacia el oeste, mojando los pies de la antigua necrópolis, por la ladera sur del cerro de Somorrostro. A sus faldas amantísimas van quedando playazos, por todo lo que es hoy la calle Cádiz, hasta llegar al fondeadero del Dueso. Entonces, para bajar hasta él, no estaba la Rampa de Sotileza. Los pescadores del Cabildo de Arriba descendían por unas sencillas, amplias, musgosas y desgastadas escaleras de piedra que venían de lo más alto del Paredón. Con la construcción de la Rampa, muchos años después, se puso a prueba la ya de por sí poca paciencia de los carreteros. Esta subida, enemiga tanto de bueyes como de carretas, tal vez fuese la gran impulsora de la fama de grandes blasfemos que ha perseguido a estos hombres que, con una vara de avellano en ristre, tenían que pelear contra la tenacidad animal más enconada, contra el ya difícil hacerles subir y contra el más difícil no deis un paso atrás, ni por inercia.

Habrán de pasar todavía unos cuantos años para que el padre de Marcelino Menéndez Pelayo, cuando fue alcalde de Santander, construyera la Rampa de Sotileza, castigo de carreteros. Con ella, también se esfumaría el viejo muelle de pescadores que aparece en la novela de don José María Pereda, Sotileza.

A Don Marcelino siempre le hizo mucha gracia lo que se cantaba por la ciudad con esa obra paterna. Decía algo así:

La Rampa de Sotileza

la llaman el Paredón.

Eso sería desde arriba

pero desde abajo no.

Junto al Paredón, continuaban las aguas de la bahía su camino hacia el oeste, bajo las laderas de la Peña del Cuervo, sobre los raíles de las actuales estaciones de tren.

Desde aquí, tras la sucesión de diminutos cabos y pequeñas ensenadas, la bahía, en su línea costera primitiva, cuando aún se había librado de los rellenos, complicaba su perfil en su camino hacia el sur con varias rías secundarias, que se encontraban separadas entre ellas por indudables penínsulas. Pero entonces, hasta bien mediado el siglo XIX, la bahía tenía el doble de extensión que actualmente, lo que puede dar idea de la explosión para los sentidos que suponía divisarla desde lo alto de Peña Cabarga, durante un día despejado y picado por el sur, con el ambiente libre de humedad. De aquella primitiva línea costera apenas queda un quince por ciento en la actualidad. La capacidad transformadora del hombre, sobre todo la emprendida a partir de finales del siglo XVIII, ha sido inmensa. Baste como ejemplo que tanto las rías como las penínsulas que se abren hacia el suroeste, en los mapas actuales, se han diluido hasta casi desaparecer, fundamentalmente por el efecto de los rellenos.

Pero siguiendo nuestro recorrido hacia el oeste, por la margen norte de la bahía, llegamos a las huertas que poblaban Cajo, donde se encontraba la conocida Fuente de la Salud, de donde brotaban las ferruginosas y conocidas aguas rojas. Después llegábamos a la llamada isla del Oleo, que sobresalía por entre las marismas que prácticamente la circundaban. Hoy ubicamos la isla del Oleo en el lugar donde se asienta la fábrica de Nueva Montaña. El agua de la bahía penetraba, entremezclado con las marismas, hasta Las Presas, La Remonta y aledaños, llegando en su viaje hasta las mismas laderas de Peñacastillo, una peña aún íntegra, libre de las dentelladas de una cantera que la ha dejado mutilada. Entonces, aún se alzaba sobre unas aguas marinas que prácticamente remansaban a sus faldas. El grabado de Braun (1.575), el primero que existe de la pequeña villa, nos deja contemplar su redondeada y uniforme fisonomía, tras la recoleta silueta de la ciudad de Santander. Durante siglos, los viajeros, a su sombra cónica, bordeándola por el norte pasaban por el único camino existente. Era el camino de Burgos, el único que nos llevaba hasta Santander. Entraba primeramente por las Calzadas Altas y a través de la Rua Mayor se introducía por sus calles. Siglos después se accedía a la villa atravesando la mies del valle, que nos conducía hasta el convento de San Francisco, donde, a las puertas de la ciudad, se encontraba un humilladero con la figura de un Cristo mutilado en su interior.

Entre la isla del Oleo y Peñacastillo transitaba la Canal de Campogiro, bordeando la finca de La Remonta. Y por el otro lado, es decir entre la isla del Oleo y la Península de Maliaño extendía su tejido de agua ramificada el Canal de Raos, entrando por la mies de Camargo y pasando, con los años, por debajo de las vías del ferrocarril y bajo los caminos que sobrevolaban las lagunas. Hoy se levantan en su antiguo trayecto, sobre las enormes extensiones de marismas, el aeropuerto y varios centros comerciales. La antigua ría de Raos está desecada y sus espacios han sido ocupados por rellenos; lo que aún queda de ella está canalizado o bien ocupa una mínima extensión de las marismas de antaño.

A un lado van quedando pequeñas poblaciones, como Estaños y Herrera. Llegamos, de esta manera, a la Península de Maliaño. Entre ella y la península de Guarnizo transitaba la ría de Boo, cuya fuerza movía las pesadas piedras de varios molinos, como en tantos otros puntos del entorno de la bahía.

En la península de Guarnizo, lindando con las aguas de la ría de Solía, se situaban los legendarios astilleros donde, allá por el siglo XVI, se construyeron las primeras embarcaciones transoceánicas, los primeros galeones que sustituyeron a las empequeñecidas galeras. Allí se botó el San Juan de Nepomuceno, a cuyo mando estuvo el almirante Churruca durante la batalla de Trafalgar. En 1.871 se hizo a la mar el último barco fabricado aquí, la fragata Don Juan.

Es allí, en lo más profundo de la bahía, a la altura de San Salvador, donde vierten sus aguas a la misma dos rías que permanecen enfrentadas la una a la otra. Frente a la ría de Solía, confluyendo en el mismo lugar, aparece la ría de Tijero. Ambas dan lugar a la ría de Astillero a la que, posteriormente, une sus aguas la ría de Boo. La ría de Tijero penetra, a través de la llanura de Heras, al pie de Peña Cabarga, hasta el parque de Tijero donde, en el siglo XVII, se construyó un embarcadero, con los almacenes correspondientes, desde donde poder cargar los cañones de hierro colado, fabricados en la Fundición de La Cavada, para transportarlos hacia los astilleros de Guarnizo o hacia la bahía santanderina. Entonces estas rías eran anchas, profundas y navegables. En la actualidad ya no lo son, debido en parte a los restos que fueron quedando en sus lechos, como resultado del lavado de mineral que llegaba desde las cercanas minas de hierro de Cabárceno, y debido en parte también a la mano, casi siempre perniciosa, del hombre. De la existencia de hierro por estos contornos dan fe tanto el rojizo color de sus fangos y de sus aguas, como el testimonio escrito que nos dejaron los romanos, verdaderos expertos en explotaciones mineras, allá por los comienzos de nuestra era. No en balde Plinio definió a Cabarga como una montaña entera de hierro próxima a la costa.

Por la ría de Tijero comenzamos el recorrido a través de la franja sur de la bahía, no sin antes volver la vista, casi por inercia, hacia Peña Cabarga. Inmediatamente nos encontramos con la Punta de Pontejos, hoy unida por un puente a la Península de Guarnizo. Bajo él pasan las aguas de la ría de Astillero que, un poco más hacia arriba -en el actual pueblo de Astillero-, aún conserva la estructura metálica del Puente de los Ingleses, desde donde los cargueros salían repletos de mineral hacia Gales.

Por delante de Pontejos sobresale la antigua isla de Pedrosa o de la Astilla, hoy convertida en península y que, en tiempos, fue cedida al estado para que la dedicara al triste destino de Lazareto. Frente a la costa de Elechas, en la Punta o Promontorio del Acebo, se halla la isla de las Animas o de Garza, más conocida como isla de Marnay. Es una roca solitaria y desangelada, sin más.

 Siguiendo nuestro itinerario hacia la bocana de la bahía llegamos a Pedreña, desde donde se contempla, en todo su esplendor, a Santander reflejado en el espejo de las aguas que la mecen. Es precisamente entre Pedreña y Somo donde vierte sus aguas a la bahía la ría de Cubas.

 Desemboca el río Miera frente al arenal del Puntal, al noreste de la bahía. Los grandes aportes de residuos que hace este río contribuyen, en gran medida, al enorme fondo arenoso que pueblan las aguas de la ría de Santander y que hace necesario su continuo dragado. La bahía, durante la marea baja, es una sucesión multitudinaria de bancos de aluvión a la vista, emergiendo de entre las aguas como pequeñas islas arenosas sobre las que, desde tiempos inmemoriales, las mujeres de su entorno se han dedicado al marisqueo y a la captura de pequeños moluscos.

El río Miera, llamado ría de Cubas en su desembocadura, nace en el puerto de Lunada. Recibe, en su corto recorrido, aguas de numerosos afluentes mientras su ribera riega multitud de pueblos como Mirones, Liérganes y La Cavada. Es en este pueblo donde se ha aprovechado la fuerza de sus aguas para mover la maquinaria de las Reales Fábricas, dedicadas a la obtención de cañones de hierro colado. Así mismo, por su corriente se desplazaba la masa arbórea que suministraba energía a los altos hornos de la citada Fundición, la mejor del país, en su momento, y una de las mejores de Europa. Curiosamente, La Cavada se halla unida a la bahía de Santander por tres causas distintas. Por un lado el río Miera, encarnado a la fisonomía de dicho pueblo, aporta el caudal de su cauce, por otro, los cañones de hierro, fabricados en la Fundición del Real Sitio, llegaban a la bahía a través de la ría de Tijero. Y, por último, de este pueblo llegaron a la capital, para dirigir las obras del primer ensanche santanderino, los hermanos Solinís. Hicieron las escolleras y los rellenos que iban hasta la actual calle del Martillo. Uno de ellos, Francisco, es el que diseñó el arco de Carlos III, que se encuentra a la entrada de este pueblo y que fue, a su vez, la entrada principal de las antiguas Fundiciones.

Tras la desembocadura del río Miera y siguiendo el arenal que, por la franja costera, va de Somo a Loredo, llegamos hasta encontrarnos frente a la isla de Santa Marina, donde daremos por finalizado este pequeño recorrido. Esta isla fue hasta principios del siglo XV una península, unida a la costa por una pequeña lengua de tierra. En el año 1.408 el canónigo de la Colegiata de Santander y, a su vez, arcipreste de Latas, pueblo en el que se ubicaba la península, fundó un monasterio de Jerónimos en el citado lugar de su propiedad. Fue dedicado a Santa Marina. En 1.418 el mar dejó aislada a la península de cualquier tierra firme convirtiéndola, de esa manera, en una isla. Por ello, en 1.419, y al hacerse dificultoso el aprovisionamiento general, el abastecimiento de agua dulce y la asistencia de los vecinos del lugar al culto que allí se celebraba, se acordó que los monjes volviesen al monasterio de Corbán. Cabe reseñar que, mediado el siglo XIX, aún se veían calaveras incrustadas entre los restos de las paredes del templo. Esta isla de Santa Marina, junto con la de Mouro, constituyen las dos referencias para tomar la embocadura de acceso a la bahía santanderina.

Tras dejar Santa Marina, avanzando por la costa, llegamos al cabo de Langre, desde donde, por última vez, contemplamos la entrada a la ría de Santander. Con su siempre relajante visión fijada en nuestras retinas finalizamos este viaje, entre geográfico, literario, histórico y sentimental, a través de sus recovecos y arenales, a través de la salinidad espumosa y las tonalidades cambiantes de sus aguas.

Juan Francisco Quevedo

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LA BAHÍA DE SANTANDER: LAS ORILLAS SALINAS Y LOS VIENTOS QUE LAS MECEN Y LAS CONMUEVEN-Juan Francisco Quevedo

SANTANDER Y LA BAHÍA:

LAS ORILLAS SALINAS Y LOS VIENTOS QUE LAS MECEN Y LAS CONMUEVEN- Juan Francisco Quevedo

I

SANTANDER Y LA BAHÍA:

LAS ORILLAS SALINAS Y LOS VIENTOS QUE LAS MECEN Y LAS CONMUEVEN

Aquel que conozca la escarpada costa que el mar Cantábrico ha ido cincelando a lo largo de los siglos, bien sabe de sus relieves agrestes y cortantes, perfilados en las rocas a golpes de ola y espuma. Bien sabe que han sido esculpidos con la paciencia artesana y el buril certero de su batir violento e incansable. Su cantil, recreado en las caprichosas y casuales imperfecciones, está dibujado por una sucesión inagotable de abruptos acantilados, desde los que al asomarnos, para contemplar el magnético paisaje que se brinda a nuestra mirada, podemos intentar desvelar un imposible, el misterio que siempre acompaña a la mar y sus abisales profundidades.

En este hipnotizador panorama de aguas revueltas y espumarajos violentos, surge, de sus mismas entrañas, entre sus innumerables aristas, un antojo insospechado de la naturaleza, el refugio natural de la bahía de Santander. Emerge, tras sortear los embates marinos, como un remanso de paz en medio del caos oceánico.

Aquellos viajeros, avezados en cientos de batallas de geografía, aquellos navegantes, curtidos en multitud de travesías, incluso aquellos que jamás se fijan en nada, distraídos en sus ociosidades, se maravillan ante lo que descubren sus ojos incrédulos, ante el regalo que es, para los sentidos, la ría de Santander. Pero todo ello, apenas quedaría en nada -en diminutas volutas de humo- si lo comparásemos con la sensación que debieron de experimentar aquellos hombres y mujeres que pisaron estos parajes por vez primera.

Porque la belleza, sin la mirada del hombre, no es tal. Simplemente no existe, como tampoco su contrario, la fealdad. El paisaje estaba ahí, pero en esas horas primeras de la humanidad solo era un decorado más del planeta, un attrezzo que no había despertado ni trasladado la más mínima emoción a ningún ser pensante. Debió de ser grandiosa la impresión que sintieron aquellos primeros seres humanos cuando contemplaron lo que aún ninguno de su especie había podido percibir a través de la retina: la quietud marina y las verdosidades caleidoscópicas de las aguas de la bahía.

El impacto visual y emocional que experimentaron los ojos, las almas, de aquellos hombres que nos antecedieron, llega aún hasta nosotros, como sus legítimos herederos, impregnándonos de las mismas vivencias apasionadas, de la misma salobridad que se adhirió a sus pieles y a sus conciencias. De alguna manera, se constituyeron en los primeros santanderinos de la historia.

Es por ello, por el misterio y la belleza que acompañan a sus aguas, por lo que todavía el turista, accidental o no, el navegante, el callealtero, genuino representante del Santander más marinero, se sigue emocionando ante la simple visión de este monumento al azar y del azar, producto de la sigilosa y constante erosión marina, deudora de la sedimentación de sus rías y del sin fin de casualidades que han hecho de la bahía de Santander uno de los más hermosos prodigios de la naturaleza.

No se puede concebir Santander y su bahía sin la visión cercana de Peña Cabarga, a cuyas faldas el pico cónico de Solares, hoy mordido y desastrado por la cantera que lo devora, parece implorar clemencia.

Los santanderinos nos acostumbramos, desde niños, a mirar la otra orilla de la ría para escudriñar la silueta de esta peña altiva, coronada por el Monumento al Indiano; homenaje a esos próceres que se fueron de niños y que, desde la lejanía de las tierras a las que emigraron, siempre soñaron con regresar a su tierruca del alma para poder volver a escuchar el sonido de las campanas de la iglesia de su pueblo. Una vez de vuelta, se constituyeron en generosos mecenas que contribuyeron al desarrollo de nuestra tierra con la construcción de escuelas, hospitales, carreteras, empresas y todo tipo de obras filantrópicas.

Desde la otra orilla observamos a esa Peña Cabarga tan cercana como si fuese un infalible barómetro en el que intentamos descifrar el tiempo que está por venir. Y así, si contemplamos Cabarga encapotada, cubierta por una densa y oscura neblina, mientras nos incomoda una brisa húmeda, nos barruntamos un aguacero inminente. Sabemos, sin lugar a dudas, que no tardará en descargar en la ciudad. Solo con intuir esta visión, desde la lejanía del Alta, apresuramos el paso a la búsqueda de un refugio que nos proteja del chaparrón que se nos anuncia desde la Peña de Cabarga. A veces, hasta nos equivocamos, pero, desde luego, se contarán las ocasiones erradas como meras casualidades.

Cuando llueve en Santander, la capa grisácea del cielo encapotado se desploma sobre los tejados de la ciudad. Los vetustos edificios del muelle se desdibujan entre el pálpito que la lluvia esparce al estrellarse con el gran manto de agua que la bahía acuña. Con el chaparrón, los portales se atiborran de empapadas cabezas sin sombrero, de enmudecidos labios que resbalan hacia adentro, conteniendo el aliento en una letanía de fascinación, provocada por el embrujo que el rodar ruidoso de la lluvia por el asfalto causa en los desorbitados ojos de sus habitantes.

Cuando el temporal arrecia con fuerza, la calzada que discurre por la avenida de Calvo Sotelo, en apenas unos minutos recoge las aguas que en tiempos, no tan lejanos, recogiera el arroyo de Becedo. Es, en estos momentos, cuando recupera su condición natural -añorada a diario desde el bullicio del tráfico- de vieja ría de la antigua villa, de próximo desagüe para las torrenteras que llegan a ella desde las altitudes de la ciudad. Luego, poco a poco, tras la lluvia torrencial, se va recuperando la normalidad y, así, esquivando charcos y paraguas que se cierran, los estrábicos habitantes reinician sus vidas poniendo pulso y alma a una ciudad anegada.

También Cabarga nos avisa, cuando arde su cielo sobre el horizonte, de la presencia del viento sur, del Sur, ese viento que nos persigue encarnado a la bahía. Si de algo sabemos, si en algo somos duchos los habitantes de esta ciudad, es de vientos y, en concreto, de todo lo que concierne al ígneo viento del sur. No en vano, amén de ser el más característico, es el más temido y el que más disgustos nos ha traído. De su mano, la ciudad ha ardido.

La bahía se encuentra desprotegida e inerme, a merced de las acometidas de estos vientos, a merced de las conocidas suradas que la castigan con la fuerza y el calor de un magma candente. Penetran, diáfanos y sin encontrar la más mínima oposición orográfica, por las rojizas tierras -cargadas de óxido de hierro- de la ría de Astillero y de Peña Cabarga. Rojizos también, cuando no ligeramente anaranjados, se tornan los cielos ante su presencia. Con él, embebidas de grises y verdes, y por él, se rebelan y enrevesan las aguas de la bahía. Con él y por él se amarran a conciencia las embarcaciones en los bolardos de los muelles para después, cuando las embestidas más violentas arrecian, parecer marionetas agitadas y desmadejadas por una fuerza imparable.

Cuando sopla este incierto viento del sur, nunca se sabe ni dónde llegarán los destrozos de sus arremetidas ni cuánto durará su presencia. Cuando se cuela como un invitado indeseable, runflando un silbido penetrante, por las imperceptibles rendijas que dejan las ventanas, presentimos un ruido de cristales rotos, de tejas desprendidas y de macetas estrellándose contra el suelo.

Lo única certeza que conocemos es que, una vez se calme, nos alcanzará el agua. Es como una sentencia dictada con antelación a la espera de hacerse firme. Tras el sur- tardará unos días o unas horas- siempre nos acompañará la lluvia.

Lloverá sobre mojado, aunque de otra manera bien distinta. Lloverá sobre las humedades salinas que, con el agua de la bahía, el sur arroja a los muelles, a las calles, e incluso, a los tejados, lloverá sobre el reciente salitre que inunda las fachadas de una ciudad a la que el viento del sur cubre y engalana de agua, espuma y sal.

Nunca un lugar como Santander ha tenida tanta vocación marítima y marinera. El olor a salitre, inundando y penetrando la pituitaria para hacernos respirar hondo y llenarnos de mar, salpica y acompaña a la ciudad permanentemente. La salinidad se transparenta en la piel de sus habitantes, se manifiesta entre las avenidas, en las callejas y en los suelos de los muelles. No es casual, todo ello es debido, en gran parte, a este viento violento y sorpresivo que mete el aroma del mar en nuestras cocinas, haciendo de Santander un espacio machinero, en el que todo está impregnado del aroma embaucador de la bahía sobre la que se extiende. La ciudad se ensancha y asoma, por entre sus vendavales, sobre el espejo inalterable de una bahía que sabe reflejar en sus aguas el perfil más salinero.

Es el cálido y enrarecido viento del sur el que, tras perder sus humedades en zonas más meridionales, penetra sin oposición por la bahía, encabritando sus aguas y salpicando sus muelles. Invade la ciudad de un ambiente desecado, disperso, envolviéndola dentro de un halo electrificado y enfermizo. Lo mismo pasa desprendiendo cuatro marquesinas y rompiendo unos cristales que incendiando toda la Puebla Vieja.

Cuando sopla, es el mejor momento para hacer una excursión a lo más alto de Peña Cabarga y contemplar la ciudad y la bahía plena de belleza, sin una sola de las diminutas gotas que dificultan la vista cuando el tiempo vira y la humedad del aire se dispara. Una delicia para la vista y para los que disfruten de la fotografía.

Así es el viento solano. Así es el viento que tanto gusta a unos, en especial a los niños, y que tanto trastorna a otros. No en vano, cuando alguien se encuentra un tanto alterado, nosotros, los santanderinos, siempre decimos que está de sur. Por algo será.

Una vez hemos trazado una pincelada en la cola de este viento del sur que nos aborda y desborda desde la más absoluta indefensión a través de la bahía, vamos a intentar entender mejor como nos azotan otros vientos. Para ello, hemos de hablar irremediablemente de la típica, por extraña y peculiar, orografía sobre la que se sitúa la ciudad de Santander.

Son dos las alargadas altitudes que, con su disposición geográfica, determinan cómo se comportan los vientos al llegar a la ciudad. Una de ellas, la más elevada de las dos, es aquella cuya prolongada cima se extiende, desde el Alto Miranda, por todo lo largo de la Calle General Dávila. La otra es la que, partiendo de la catedral, se alarga por la calle Alta, coronando la Peña del Cuervo, hasta Cuatro Caminos.

Ambas discurren paralelas por el mismo eje, aquel que va del Noreste al Suroeste, es decir, por un extremo miran a la Península de la Magdalena y, por el otro, al monte de Peñacastillo, viejo vigía de entrada y salida a, y de, la ciudad. Por ambos lados de las mismas se suceden fuertes pendientes que, en sus partes bajas, dan lugar a vaguadas y mieses.

La parte interior de ambas altitudes origina pronunciados desniveles que van descendiendo, entre multitud de torrenteras, hasta lo que son hoy en día las dos Alamedas y que, en tiempos, fueran conocidas por el nombre de la Mies del Valle, por donde circulaba el arroyo del mismo nombre. Por otro lado, la ladera norte de General Dávila desciende hasta la vaguada de Las Llamas mientras que la ladera sur de la calle Alta, da directamente a los rellenos por donde hoy circulan los ferrocarriles que llegan a las estaciones y que, en tiempos, fueron las aguas y las marismas de la bahía santanderina. Veámoslas por partes.

Una de estas elevaciones tiene su origen en el lugar donde se fundó la ciudad de Santander, el antiguo cerro de Somorrostro, donde hoy se asienta la Catedral. Este montículo se prolongaba por el cerro de San Pedro, cuyas altitudes estaban recorridas por la antigua calle de Ruamayor, que iba desde el claustro de la Catedral hasta la Bajada de Sotileza. Hoy ya no existe en su primer tramo, ya que en este lugar, a raíz del incendio de 1.941, se hizo un desmonte para abrir las calles de Lealtad y de Isabel II al mar. La parte suprimida partiría de lo más alto de las empinadas escaleras de la catedral y proseguiría, desde las alturas cercenadas por las excavadoras, por la calle Emilio Pino hasta un poco más arriba de lo que hoy es el cine Los Ángeles.

Continúa después esta pequeña prominencia, esta elevación que partía de la Catedral, hasta la Bajada de Sotileza y, después, por la llamada Peña del Cuervo, sobre la que discurre lo que es hoy la calle Alta, prosigue hasta llegar a Cuatro Caminos, donde inicia su descenso.

Esta protuberancia natural daba, antiguamente, por la vertiente Sur, a la bahía, siguiendo la antigua línea costera, exactamente a lo que hoy se corresponde con la calle Cádiz y las estaciones de tren. Por la ladera Norte, esta cresta daba, tras fuertes pendientes, como las de la Cuesta del Hospital o la calle Garmendia, a lo que se denominaba Mies del Valle, por donde discurría el arroyo de su mismo nombre hasta llegar a desembocar en la ría de Becedo, que se prolongaba por la falda de la Catedral hasta dar a la bahía. Hoy en día se correspondería con las dos Alamedas, Amós de Escalante, la zona del ayuntamiento y la actual calle de Calvo Sotelo.

La otra elevación, la más alta de ambas, se sitúa más hacia el norte, en el mismo eje y corriendo paralela a la anterior. Esta colina, llamada de San Sebastián, tiene más altura que la ya descrita y va desde el actual Alto de Miranda hasta Pronillo, por todo el Paseo del Alta, antiguamente denominado Camino Real y, hoy en día, General Dávila. Este Camino Real, al unirse a la calle Alta por Camilo Alonso Vega y Cuatro Caminos, hace que la ciudad quede envuelta en un cinturón que, partiendo del Alto de Miranda, acabe en el cerro de Somorrostro, en la Catedral.

Desde la colina de San Sebastián se domina tanto, al norte, el mar abierto, como, al sur, la bahía, lo que hizo de ella, en otras épocas, una estupenda atalaya desde la que observar, sobre todo, el tráfico marítimo, tanto de entrada como de salida.

Por la falda norte de esta colina existen fuertes pendientes, como la Bajada de La Gándara, por donde corría en la antigüedad un arroyo de ese mismo nombre, así como otros arroyuelos y regatos. Todos ellos descendían por esta ladera norte hasta la vaguada de Las Llamas, por donde circulaba un arroyo, con ese mismo nombre, que iba a desembocar a la segunda playa del Sardinero, tras pasar los humedales y las zonas pantanosas de la vaguada.

Por la ladera sur hay fuertes desniveles que dieron origen a cuestas empinadas como las de La Atalaya y Despeñaperros. Por ellas transitaban diversos arroyos, como el que iba a dar, a través de la actual calle Tetuán, a Molnedo, hoy Puerto Chico, y como el denominado río de la Pila que, a través de la calle Martillo, desembocaba en la bahía. Otras laderas de la colina, por el sur, iban a dar directamente a la bahía, originando ensenadas, como en el caso de Cañadío, o cortantes rocosos, como en el caso de Peña Herbosa.

Al analizar esta somera descripción orográfica es fácil comprender como Santander, al verse constreñida, se vio obligada, para crecer urbanística y demográficamente, a construir en fuertes pendientes y a ir comiendo terrenos a la bahía a base de rellenos, con los famosos ensanches que tuvieron lugar desde el siglo XVIII.

Tras esta introducción es más sencillo ver como la ciudad se perfila volcada sobre la bahía, protegida por la altura, fundamentalmente, de la colina de San Sebastián, hoy General Dávila. Es por esa razón por la que Santander se encuentra completamente a salvo y resguardada de los vientos del norte y del noroeste. Al sur de la colina, la ciudad se abre colgándose sobre una bahía en la que se integra absolutamente. Desde ella contemplamos a diario, sin caer en la monotonía de lo invariable, el fantástico paisaje, en continuo movimiento, que, en forma de postal, se ensancha ante nuestros siempre sorprendidos ojos. A lo lejos se descubren las nevadas cumbres de la Cordillera Cantábrica, las impresionantes montañas que nos separan de las llanuras castellanas. Desde allí, se van sucediendo, en diferentes planos, una cascada de picos que van disminuyendo en altura y en cantidad de nieve acumulada, hasta llegar a las verdes praderas costeras, que se continúan en los playazos ribereños y en los arenales que la bahía descubre en bajamar. Por último, se abren las profundidades de La Canal, donde se revelan diversas tonalidades de intensos azules contrastando con los verdes tornasolados de las aguas de la bahía.

La sola presencia de estas cumbres, en su ordenado descenso hacia las praderías que lindan con la bahía, siempre merece para los santanderinos, cuando no hay tiempo para más, una mirada de reojo.

Dejamos este parapeto natural, que protege la vieja villa de punta a punta, y sobre el que colisionan los frescos vientos del norte y del noroeste, para hablar de las frías bondades que trae a la ciudad el viento del nordeste. Tras dejar sus humedades en otras latitudes, nos llega este viento, arropado entre el tiritar de las manos y el brillo del sol. Una brisa del nordeste helando nuestras caras, cuando paseamos por el muelle, es siempre garantía de un día despejado y claro. El nordeste es la mejor señal para disfrutar de un cielo límpido, en el ambiente de un día fresco.

Sin embargo, el viento del oeste, el gallego, es sinónimo de humedades y aguas mil. Con él, el higrómetro se dispara y los huesos se resienten, en tanto que las artrosis se vuelven más sensitivas y rebeldes. Los santanderinos, en cuanto sopla, nos quitamos el jersey de los hombros, nos ponemos la gabardina y abrimos el paraguas. Y si padecemos de las articulaciones, nos apresuramos a sacar del botiquín los antiinflamatorios.

Pero, en Santander, pese a estar protegido de sus furias, hay un viento que se asocia al luto, al llanto y a la desolación. No es otro que el temido, sobre todo por los marineros, viento del noroeste. Normalmente sólo es portador de lluvias pero, en ocasiones, cuando sorprende al confiado navegante, surge de la nada, siendo el causante de naufragios y hundimientos, de rumbos a la deriva, de viudedades y orfandades. El viento del noroeste, cuando resopla fuera del abrigo de la bahía y emerge como un fantasma de entre la calma chicha, balancea y patronea, a su antojo, las barcazas, aún enmudecidas por su sorpresiva presencia. A Santander le ha hecho llorar más que ningún otro fenómeno, incluido el fuego. Sólo la peste, allá por el medievo, ha dejado más luto y más desierta la ciudad.

La galerna, ese viento huracanado y traicionero que, procedente del noroeste, aparece tras un período de calma, incluso tras alguna leve y enrarecida racha del sur, ha golpeado con saña los barrios más marineros de Santander, aunque nunca como durante la galerna del Sábado de Gloria de 1876, en la que más de sesenta pescadores del Cabildo de la capital perdieron la vida en las proximidades del puerto, la gran mayoría murieron en el tramo de costa comprendido entre Suances y el acantilado de Cabo Mayor. Sólo pensar en la sucesión de féretros que, como puñales de desolación, atravesaron las silenciosas calles de Santander, hace que se estremezcan los corazones de los santanderinos de hoy en día.

Con la imagen de la desesperación, encarnada en aquellas desconsoladas mujeres, ya viudas sin saberlo, esperando en Cabo Mayor ver aparecer a sus maridos en unas barcazas que nunca llegaron, concluyo este relato dedicado a esos vientos que, junto a la bahía, nos acompañan desde la cuna.

Juan Francisco Quevedo

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EN EL ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN-Juan Francisco Quevedo

EN EL ANIVERSARIO DE LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN

Ya han pasado treinta un años desde que en la noche del ocho al nueve de noviembre de 1989 comenzase la caída de un muro que llevaba erguido veintiocho años desde que se iniciara su construcción.

Más de un canto dolorido se escribió, junto a los llantos de las familias separadas y de los muertos atrapados en las alambradas, durante los largos años que transcurrieron desde que la vieja capital de Alemania fuera partida en dos para ejemplarizar con su división la incomprensión -el telón de acero- que, tras la barbarie que acompañó a la Segunda Guerra Mundial, aterrorizó al mundo.

Esta mole de sangre y dolor llenaba de oprobio las conciencias de los desamparados hombres que, desde ambos lados-alegoría de los dos mundos existentes-, miraban con horror hacia donde les conducían aquellos llamados a protegerlos.

En el muro que levantaron se reflejaba la tensión de un mundo que pendía no ya de un hilo que sujetaba una espada, sino de un dedo siempre presto para pulsar el botón que podría desencadenar una guerra nuclear. Una hecatombe humana que podría exterminarnos como especie con un simple y nimio gesto.

Un poeta bien pudo escribir: Berlín, Berlín; /en otra hora capital de una Alemania libre. /Cuántas lágrimas derramadas sobre tus ruinas. /Cuánto llanto al recordar tu antiguo esplendor.

“Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora

campos de soledad, mustio collado,

fueron un tiempo Itálica famosa.”

                                                  Rodrigo Caro (Canción a las ruinas de Itálica)

Un inmenso telón de acero, en forma de muro de hormigón-el muro de la vergüenza-, iba a separar durante décadas a los berlineses. Y, de alguna manera, iba a ser el símbolo de la división entre los dos mundos surgidos tras la segunda guerra mundial. Dos bloques, herméticos como fiambreras, se habían declarado, con la altisonancia del redoble de las hebillas militares, la guerra fría; una guerra que se sostenía en una insultante exhibición de fuerza-desde unos desfiles siniestros- y en la amenaza permanente de un conflicto atómico.

Todo ello pendía, como una maldición llena de cotidianidad, sobre nuestras simples cabezas de seres comunes; la crin de caballo que sostenía esta amenaza macabra podía quebrarse en cualquier momento.

Y la orden del exterminio vendría dada desde unas cabezas no muy nucleares, más bien trepanadas y nucleadas por la miseria de sus ocupantes. Aquellos que manejaban los maletines de la destrucción, en una paranoia delirante, tenían comunicación directa entre ellos, a través de un cinematográfico teléfono rojo.

¿Sería para ponerse de acuerdo a la hora de destruir el planeta?

Siempre me he preguntado:

 ¿De qué y para qué sirven el poder y las riquezas al necio si no pueden comprar la sabiduría?

Tal vez para aplastarla.

Un día sí y otro también desayunábamos con titulares de prensa en un tono catastrofista: “Escalada armamentística pone al mundo al borde de una guerra nuclear”.

Y nos acostumbramos a ello, a este tono mortuorio y alarmista, como quien se acostumbra a un sordo pero permanente dolor de muelas. Es más, con el tiempo, la fuerza de la monotonía temática nos hacía olvidarnos hasta del peligro existente.

Esta división, encarnada en el muro berlinés, no sólo se ciñó al entorno del mismo sino que traspasó sus límites y, por simple ósmosis, creció así mismo en el corazón de las gentes, generando pasiones y odios irracionales que se retroalimentaban con la socorrida excusa-fomentada por ambas partes- de un patriotismo exaltado y agresor.

Solamente Rudolf Hess, desde la cárcel de Spandau, donde penaba solitario, inmerso en su delirio, al igual que cuando, en plena guerra, saltó sobre Escocia en paracaídas, podía llegar a creer que la paz entre los pueblos aún era posible. Todavía espera-desde su neurosis embalsamada por el olvido- salir del cementerio y ser recibido por el premio Nobel de Literatura Winston Churchill, ese sir pegado a un buen puro, metido a primer ministro que, tras prometer a su pueblo sangre, sudor y lágrimas, y ganar una guerra-la Segunda Guerra Mundial-, perdió las elecciones legislativas.

Equivocadamente o no, el pueblo entendía que lo que había valido para la guerra no valía para la paz.

La Puerta de Brandeburgo fue testigo mudo y petrificado de la infamia que se edificó en un muro recubierto de cadáveres y alambradas, una pared que se cimentó sobre el sufrimiento y el llanto de una ciudad que se dividía en dos, que separaba a hermanos, a padres e hijos y cercenaba la libertad de sus vecinos.

Los muchachos, con sus caras de soldaditos lampiños, enfundados en sus uniformes militares corrían desesperadamente por poder llegar al otro lado. En su carrera hacia la libertad abandonaban el casco y el fusil. Y perdían la vida.

Todos corrían. Unos conseguían traspasar los obstáculos y otros quedaban enganchados, agonizantes, sobre los espinos de las alambradas.

No será hasta la noche del 9 al 10 de noviembre cuando se abra una brecha definitiva en el muro que separó a los alemanes y dividió al mundo en dos. Una vez herido en su corazón, con el martillo de la justicia, la fuga sanguínea de ciudadanos del Este hacia el Oeste fue un torrente, un masivo e imparable flujo en busca de lo que más ansiaban, la libertad y la reconciliación con sus vecinos de ayer.

De un ayer al que le habían caído encima veintiocho años.

Aquella noche de noviembre, en una gran fiesta de la gente común con sentido común, los ciudadanos berlineses acudieron en masa con todo aquello que tenían a mano en sus casas, un martillo, una piqueta o una maza, para contribuir a terminar con el símbolo de una ignominia, para derribar un velo negro de intransigencia.

Mientras caían cascotes, mientras se demolía este monumento a la miseria humana, mientras los hombres y mujeres de ambas partes se abrazaban y lo festejaban brindando con cerveza, un latir de cuerdas vibrantes sobrevolaba sus cabezas y sus conciencias. El violoncelo de Rostropóvich-una parte de la segunda suite de Bach para cello- acompasaba la música que surgía de aquel golpeo contra un hormigón que cedía al nuevo signo de los tiempos.

Hasta los muros más altos caen cuando se cimentan en la injusticia.

Juan Francisco Quevedo

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PEREDA, PACHÍN GONZÁLEZ Y LA TRAGEDIA DEL MACHICHACO-Juan Francisco Quevedo

PEREDA, PACHÍN GONZÁLEZ Y LA TRAGEDIA DEL MACHICHACO

¿Existió aquel joven muchacho que un día de Difuntos de 1893, acompañado de su madre, llegó de su pueblo a Santander para embarcarse rumbo a “las Américas” en busca de mejor fortuna?

¿Existió alguna vez Pachín González o fue una invención literaria de José María Pereda para narrar la tragedia del Machichaco?

La respuesta no puede ser más fácil. Aquel chaval no surgió de la mente del ilustre novelista sino que, tras conocerlo, el escritor se valió de su historia para contar la desgracia acaecida: una de las más grandes tragedias que han asolado nuestra ciudad, tanto en daños materiales como en pérdidas de vidas humanas.

Pachín González fue tan real como aquel viejo marinero que Amós de Escalante presentó a otro insigne santanderino de adopción, Benito Pérez Galdós, para que le ilustrara en uno de sus Episodios Nacionales, el correspondiente a Trafalgar. No en vano era el último superviviente del combate naval en el que la Armada española se vio superada por el genio del almirante Nelson; allí quedó hundido no sólo el honor, sino también el poderío naval español. En aquellas aguas, la mayor parte de la flota, la mejor y más importante del mundo, que con tanto mimo habían hecho Felipe V, Fernando VI y Carlos III, en la época de Patiño y Ensenada, había sido hundida o capturada, cuando no se había hecho añicos al embarrancar contra la costa.

Aquel anciano, que respondía al apellido de Galán, en otro tiempo, un día de octubre de 1805, había formado parte, como grumete, de la tripulación del formidable navío de línea Santísima Trinidad, que participó en la cruel batalla marítima de Trafalgar. Era un coloso de los mares, temible por su poderío, que constaba de cuatro puentes y que llevaba a bordo un inmenso poder artillero, el que le proporcionaban los 140 cañones, forjados con el mejor hierro colado, de los ingenios de fundición de La Cavada. Los recuerdos de este hombre formarían parte del relato galdosiano a través del personaje de Gabriel, un aprendiz de marinero de catorce años de edad en la novela.

Pero regresemos a aquel joven que nunca pudo “hacer las Américas” y que se convirtió en un santanderino más, en el patriarca de una familia de paisanos que aún perdura en sus descendientes, en un hombre que paseó sus andanzas y recuerdos por los viejos almacenes de vinos de la recién creada calle de Nicolás Salmerón. Pachín era asiduo a las tertulias de las desaparecidas Bodegas Viota, a cuyo frente estaban una saga de hermanos, Paulino, José Luis, José Ignacio y Paco, el único que sobrevive y que da testimonio vivo de este Pachín González perediano.

Regresemos al relato del ilustre novelista de Polanco; Pachín había llegado el día 2 de noviembre a la capital de la provincia donde, con los ojos primerizos de quien se fascina ante lo que ni tan siquiera había soñado, se había distraído “andando a la aventura por las calles, contemplando los escaparates iluminados de las tiendas…”. Probablemente aún pudiera ver en las confiterías los “huesos de santo”, dulces típicos de mazapán y almendra que en esas fechas de recuerdo a los muertos se degustaban por placer y por tradición.

La mañana del 3 de noviembre de 1893 Pachín y su madre habían salido de la pensión donde se alojaban con el fin de inspeccionar el barco en el que el joven se embarcaría al día siguiente. Era la primera vez que se acercaba a la capital y ya pudo contemplar el esplendor de los rellenos ganados al mar, con sus elegantes edificios de cara a los salientes nuevos muelles de Maliaño, en lo que actualmente es Calderón de la Barca. Allí se comenzaba a acomodar lo mejor de la sociedad santanderina. También era en los recientes y flamantes terrenos restados a la bahía donde se proyectaba construir los nuevos y hermosos edificios oficiales que habrían de dar empaque a la ciudad, construcciones que habrían de albergar casas tan relevantes como el Ayuntamiento o el nuevo mercado. Todo se iría al traste tras la desgracia que tuvo lugar.

En aquel tiempo, en aquel año de 1893, dentro del turnismo político en el ejecutivo, establecido por Cánovas, gobernaba el país Práxedes Mateo Sagasta. Entre tanto, Pereda, apaciblemente instalado en la residencia familiar de Polanco aún no soñaba con su Pachín González, sino que apenas había comenzado a escribir su extraordinario relato, tan apegado a las altas tierras de las montañas que se elevan en torno a Tudanca, Peñas Arriba, novela que interrumpió en septiembre de aquel infausto año ante el trágico suceso personal que hubo de padecer. Su hijo Juan Manuel se había quitado la vida. Cuando termine la novela que discurre entre las montañas por donde se abre paso el río Nansa, se la dedicará a su hijo muerto e, inmerso en una crisis existencial severa, se alejará del mundo literario. Sólo saldrá de él, para hacerse eco de esta tragedia que tanto impresionó a los santanderinos y en la que el escritor perdió buenos y grandes amigos.

Pachín era un muchacho alegre y observador, con la dosis de imprudencia que se asocia a la juventud, que mientras caminaba hacia los muelles, acompañado por su madre, sólo pensaba en mejorar su vida con la fortuna que le esperaría más allá de los mares.

De camino hacia el barco que habría de llevarle a descubrir nuevos mundos, pudo oír cómo se había declarado fuego a bordo de un vapor que se encontraba atracado en los nuevos muelles. No tardó en confirmar la noticia por sí mismo al ver la columna de humo que se elevaba hacia el cielo. Jalando de su madre, mucho más prudente que su hijo y que intentaba rezagarse, se acercó con curiosidad hacia el lugar del siniestro y se unió a la multitud expectante que seguía las labores de bomberos, hombres uniformados, marineros y todo tipo de trabajadores para sofocar el incendio. Se puede asegurar que en las inmediaciones de los muelles se pudieron reunir para seguir los trabajos de extinción varios miles de santanderinos.

No tardó Pachín en escuchar la palabra dinamita pero en seguida se oyó una voz tranquilizadora: “se ha sacado y en paz”. Poco después, empezó a oír golpes en el casco del barco. Estaban intentando abrir una vía de agua para hundirlo y terminar con el incendio de esa manera tan expeditiva.

Eran las cinco menos cuarto de la tarde cuando, entre el martilleo repetitivo y la sonora campana del tren de Solares, que a lo lejos intentaba anunciar su llegada, se produjeron dos gigantescos estallidos que lanzaron una mole de metralla de hierros candentes “sobre las apiñadas, desprevenidas e indefensas multitudes…”. A la violenta explosión, le siguió la llegada de una tromba inmensa de agua que, al regresar con furia al mar, arrastró a muchas de las personas que estaban reunidas en la explanada. Gran cantidad de ellas no pudieron ser rescatadas.

La hecatombe se había consumado y en un milagro inexplicable Pachín parecía estar entero. Tras el aturdimiento inicial, tras comprobar que que no le faltaba ni un dedo, comenzó el peregrinaje angustioso por la ciudad hasta que logró dar con su madre. Sus temores se disiparon al escuchar las primeras palabras de su progenitora, que inmediatamente templaron su ánimo.

Para Pachín pudo suponer un alivio personal pero para su corazón y para el de la que habría de ser su ciudad, para Santander, sólo supuso el luto. Un luto y un dolor que, dada las dimensiones de la tragedia, los datos no reflejan su verdadera magnitud. Es imposible. Son, como cualquier estadística, demasiado fríos. Carecen de cualquier sentimiento.

El número de muertos y mutilaciones, con los restos desparramados fue tal que hubo “un aviso de la Alcaldía en el que se suplicaba a los propietarios que hicieran reconocer los tejados de sus casas, y si encontraban en ellos restos humanos, los recogieran cuidadosamente para darles cristiana sepultura… ¿Qué más ya?”.

Permitidme un dato personal que ha pasado de generación en generación a través de esa memoria familiar interpuesta. Mi bisabuelo iba paseando con su hermano por una calle santanderina; la metralla despedida por la explosión segó la cabeza de cuajo, de este último, mientras que a mi ancestro directo no le pasó absolutamente nada, más allá de la estupefacción y del horror que hubo de vivir. Hay múltiples historias, como la de Asunción Muriedas, a la que dieron en llamar “La Voladora” tras ver partir por los aires una de sus piernas a consecuencia del estallido.

El caso es que lo sucedido hizo recapacitar a nuestro joven imberbe, que pronto se olvidó del barco que le iba a llevar a buscar fortuna y decidió probar suerte en su tierra, una tierra en la que, pasado el tiempo, formó una nueva familia de santanderinos que ha llegado hasta nuestros días.

Para finalizar, vayamos con los fríos pero impactantes y necesarios datos. Gélidos pero elocuentes en sí mismos.

Comencemos por el desencadenante de la tragedia, por la carga explosiva que llevaba en sus entrañas el vapor “Cabo Machichaco”, de la compañía Ibarra. No provenía de mares extraños, provenía de la calma chicha que reinaba en el interior de la bahía, del Lazareto de Pedrosa, donde había cumplido cuarentena tras arribar procedente de Bilbao, villa en la que estaba en plena expansión una epidemia de cólera. Pasado el período preventivo, el barco zarpó y atracó en el segundo muelle saliente de Maliaño, en plena ciudad.

En sus 79 metros de eslora, además de 51400 kilos de dinamita, distribuida en 1720 cajas, y un cargamento de 12450 kilos de ácido sulfúrico, el barco portaba otras armas, aparentemente más inocentes, pero que se convirtieron en destructivos proyectiles, como hierro en barras, rejas, clavos, latas, barriles, acero, etc.

Y todo pudo quedar en un susto, en un gran susto si el capitán del barco no hubiera asegurado a las autoridades que, tras descargar las veinte cajas de dinamita que traía a Santander, ya no quedaba más explosivo en las bodegas del vapor. Posteriormente, será un marinero del Machichaco quien descubra la verdad.

Nada remedió el desenlace. Tras la explosión, se vinieron abajo numerosos edificios de los alrededores y de inmediato se produjo un incendio que afectó a más de sesenta casas. Las calles Mendez Nuñez y Calderón de la Barca quedaron destruidas en su totalidad. Si bien los daños materiales son enormes, los daños humanos son inmensos y elocuentes. La Casa de Socorro y el Hospital de San Rafael -actual Parlamento de Cantabria- se vieron desbordados por la continua llegada de heridos y familiares en busca de sus seres queridos, temiéndose lo peor. El número de muertos ascendió a la impresionante cifra de quinientos setenta y cinco y el de heridos superó los dos mil. Es decir, cerca de dos mil seiscientos santanderinos sufrieron directamente en sus carnes las consecuencias de la explosión del vapor “Cabo Machichaco”. Una barbaridad en cualquier caso, pero mucho mayor si tenemos en cuenta que la ciudad en aquellos años contaba con apenas 50000 habitantes. Es decir, más de un cinco por ciento de sus ciudadanos se encontraban entre los muertos o heridos. A ellos, habría que añadir los que sufrieron sólo daños materiales, por ver sus casas y sus negocios incendiados, derrumbados o afectados de alguna manera.

La tragedia atravesó el corazón de la ciudad, una ciudad que aún, desde el respeto a la memoria de sus antepasados, sigue llorando a sus hijos ciento veintisiete años después.

Juan Francisco Quevedo

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XOÁN CHILLÓN-BÁLSAMO DE DESPEDIDA(2020)-Juan Francisco Quevedo

XOÁN CHILLÓN BÁLSAMO DE DESPEDIDA (2020)

Pocas veces nos logra sorprender tanto un libro de poesía que te llega de manera inesperada. Y más cuando el autor es un buen amigo. Escrito en su idioma materno, el poeta Xoán Chillón nos conduce con la maestría de un moldeador del lenguaje, a través de una exquisita sensibilidad, por los matices de un idioma tan literario y tan bello como el gallego, sobre el que se sustenta una excelsa tradición lírica.

XOÁN CHILLÓN

BÁLSAMO DE DESPEDIDA (2020)

Abro el libro del poeta Xoán Chillón, el que me envía nuestro querido y común amigo Paco Bujalance, con un temblor inexplicable. Leo la dedicatoria a la fue su compañera de vida, a Rosa, y leo los primeros versos de Lorca y Rosalía aún aturdido por la impresión del que, desde la lejanía, se siente tan cerca del autor, de su dolor, de la pátina de amor y ternura que sabe va a encontrar entre las páginas de este “Bálsamo de despedida”. En seguida recuerdo un verso de Joan Margarit que aparece en su libro “Cálculo de estructuras”: Necesito el dolor contra el olvido.

Ya han pasado36 años desde ese 1984 en el que un bisoño poeta quedara finalista de la V edición del premio Cidade de Ourense, de esa Auria, de esa patria refugio de su juventud y que acompaña al título del libro con un sentido homenaje: Auria, amor de primavera. Se abre el libro con un poema magnífico de recuerdo y añoranza hacia esa ciudad, hacia las amistades de entonces, “siempre eternas”. Y lo hace desde el amor que siente hacia su compañera de vida, pensando en ella, así como desde la creación literaria, esa vieja y constante acompañante: “Desexaba vivir o mundo máxico de ilusións agardadas/secularmente na historia personal e colectiva, /soñar una florida primavera permanente en rechouchío/de contento infantil neste xardín de esperanza…”.

Para un cántabro como yo, que ama tanto a Galicia, siempre es un placer leer en gallego; no me supone más dificultad añadida que la de tener que buscar alguna palabra escondida. A estas alturas ya han sido unas cuantas las lecturas en ese idioma tan bello; no en vano uno nunca olvida sus años en esa tierra tan maravillosa.

En el caso de Xoán no coincide su lengua cultural, el castellano, y su lengua materna, el gallego; eso no sé si le pudo originar cierta conflictividad a la hora de enfrentarse a esa realidad que le tocó sufrir en sus años de escuela, aunque es de imaginar que sí. En nuestro caso, el de los castellanoparlantes, al coincidir ambas, no se nos ha planteado nunca este conflicto. Tras esta reflexión, solo cabe añadir que hay que tener muy en cuenta que el idioma, como el lugar al que se pertenece, como la familia y la madre que se tiene, no se elige. Nos elige. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Por tanto, es lógico que se escriba, que Xoán Chillón lo haga, en aquellas lenguas que nos remiten a lo que más nos llega sentimental y profundamente. Sin embargo, este amor del poeta por el gallego no le impide manifestar su amor por el castellano, algo que demuestra en algunos de los poemas desde el que evoca sin reservas ni prejuicios la figura de Lorca junto a la de Rosalía de Castro o la de Borges o Cernuda junto a la de su admirado, nuestro querido, Pessoa.

Concluye la primera parte del libro con esa indagación poética a través de lo que se ha dado en llamar metapoesía: “Que é ser poeta, que ninguén pode calar, /mais que un axóuxere de silencios da natureza, /un intérprete obrigado das cousas que non teñen voz, /tímido e anónimo trobeiro dos soños segredos/da vida en ácido labor dunha treboada constante”.

“Bálsamo de despedida” contiene varios cuadros de nuestro querido Camilo Camaño Xestido, uno de los grandes artistas gallegos de nuestro tiempo y un gran amigo; una amistad que se remonta a mediados de los ochenta. La visita al excelente museo que nos ofrece en Coiro -Cangas-, en A Casa da Mangallona, es casi obligada para los amantes del arte. De la mano de una maternidad de Camilo penetramos en el reloj, en la clepsidra de la vida. El poeta nos lleva por ese camino incierto que no tiene otra salida que aquella que conocemos desde que nacemos: “Sucedíase así una calenda máis tallada en negro/sangue de tinta chinesa no calendario da vida/ era a inevitable necrolóxica do día/ do murmurio y dos aturuxos agromaba o froito do silencio/e do forte temporal en marusía, o mar máis sosegado”.

La poesía de Xoán Chillón se sustenta sobre un armazón literario firme desde el que brotan los versos con hermosura, precisión y comedimiento dando lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero a su vez concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, una emoción que, desde el lirismo que la sostiene, destila autenticidad, verdad y belleza: “O presente non o damos collido,/ sempre é onte, antonte, antergo,/ somos seres impotentes de non lograr/percibir a imposibilidade do instante mesmo”.

 Con estas premisas Xoán Chillón logra que su poesía no sólo tenga sentido sino que se dote e impregne de una gran carga moral ya que nos ayuda no sólo a escrutar e indagar en el mundo que nos rodea, sino que, en sí misma, es una invitación generosa y vital para que reflexionemos sobre nosotros mismos desde la difícil complejidad que se obtiene desde la sencillez de la claridad. En ese sentido recordamos la reflexión de Erza Pound: “Los buenos escritores son aquellos que conservan la eficiencia del lenguaje. Es decir, aquellos que lo mantienen preciso, que lo mantienen claro”.

De alguna manera, Xoán Chillón nos regala este libro contradiciendo muchas de las teorías existentes sobre eso de distanciarse en el tiempo de los acontecimientos; sin embargo una experiencia vital tan traumática y dolorosa como la pérdida de Rosa, ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas, unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Xoán lo hace de manera natural y, además, tenemos la sensación de que esa decisión ha sido acertada, acertada tanto para él como para la buena poesía. Muchas son las referencias poéticas a Rosa, de manera tanto directa como indirecta, a su “razón de vivir”, como el título del libro de Salinas, a esa primavera que no es más que una traslación de lo que el poeta siente, de su amor por Rosa: “Mírame a os ollos, Rosa,/ como ti só sabes facelo,/ e vaime rescatando, una a una,/ todas as imaxes perdidas desta primavera/que me despide”.

Y la tierra, la tierra siempre presente, ligada al tiempo, concebida como un pequeño espacio que nos remite al polvo y a la luz de la infancia, la de su Orense natal, la de Coiro y Cangas, la de su Galicia del alma. Siempre estará “bajo el cielo” de Galicia, como en la bella canción de Hubert Giraud lo estaba bajo el de París: “Galiza, murmurio de auga e pedra,/ anónima historia de brétema e silencios,/agarimoso alalá de esperanzas frustradas,/ estar aquí contigo,/ ser un inquilino máis de este sacrificado pobo/que paga un custoso alugueiro na propia casa,/ po xeneroso, resulta de cinzas conservadas/secularmente neste verde xardín ensombrecido,/ vivir baixo a mesma estrela…”

Con una cita de Cernuda, el poeta emerge desde el recuerdo de lo que fuera su adolescencia y, desde él, siempre supo, como un pálpito involuntario, que siempre llegaría lo que siempre esperaba: “Eras a lúa escintilante de branco amor no exilio, / estábamos todos agardándote. Eduardo,/ o neno e o catedral da túa querida Auria…”.

Parafraseando a Cernuda el poeta avanza en ese intento vano de la memoria por convertir el deseo en realidad y así poder regresar al tiempo de la felicidad:”Quixera estar contento agora/para gravar esta fermosa instantánea fotográfica,/ espertar suave en doce serán resplandecente/con animada troulade gaitas e pandeiros”.

El libro se cierra con un postrero poema, una aclaración humilde, en donde se encierra toda una declaración de “amor constante más allá de la muerte”, por Rosa, por su tierra y por la poesía. Y lo hace con una sencillez tan apabullante que tan solo está al alcance de los buenos poetas: “onde di primavera debería dicir Auria/onde digo amor debería dicir Rosa/onde di poesía debería dicir Pessoa/ o que era desexo debería ser realidade”.

Un poeta con verdad, Xoán Chillón, un libro necesario, “Bálsamo de despedida” y una poesía que siempre se salvará del olvido. Una delicia para esa “inmensa minoría” de lectores que nos vemos atrapados por esa poesía atemporal que surca el tiempo sin que se cuestione.

Juan Francisco Quevedo

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Un dibujo y unos versos-Juan Francisco Quevedo

Duermen los sueños

en los niños que fuimos:

Nunca se esfuman.

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JULIO GONZÁLEZ ALONSO RUIDO DE ÁNGELES-Juan Francisco Quevedo

JULIO GONZÁLEZ ALONSO

RUIDO DE ÁNGELES (EDICIONES VITRUVIO, 2020)

Nos llega el poeta Julio González Alonso con su “Ruido de ángeles” bajo el brazo. Sin duda, un regalo para los lectores de poesía. Tras el inmejorable sabor de boca que nos dejó “Lucernarios” esperábamos ansiosos esta nueva incursión del autor en el mundo editorial. Y no defrauda, bien al contrario nos ratifica en lo que pensábamos, estamos ante un poeta de un lirismo impecable, de un dominio del verso magnífico que hace del poema una aventura rítmica fascinante. Nos reconcilia ya no con una manera de entender la poesía sino con ella en sí misma.

Cuando los ángeles se congregan por millones, no lo hacen para llorar, se reúnen en torno al trono del dios de la poesía. Y, válgame el cielo, con su ruido vaya si se hacen notar.

“De los justos” es el título de la primera parte del libro; se abre con un poema alegórico contra la violencia de nuestros actos como especie, de esos tiempos que surgen “cuando entregasteis la paz a las espadas”. Es decir, de cualquier tiempo. Julio González Alonso mira al pasado con la intención de evidenciar la injusticia del presente, nos transporta a unos años intemperantes por los que se desangra la historia de los pueblos. Lo hace con los aromas que nos traen las guerras, donde el olor del incienso se transmuta por el de la pólvora. En ese terrible contexto, el hedor que provoca la muerte se entremezcla con las oraciones de los que matan, de los que se refugian en ellas para justificar la barbarie.

“Hoy sabes

que ha llegado para quedarse la tristeza,

el exilio, la angustia, el miedo en las entrañas;

los campos yermos dejan pasar el viento

de los sirios que huyen

sin mirar atrás.

Damasco se ha sumado

a las ciudades que arden”.

Con el nombre de una mujer, Ruqia Hassan, se abre un poema estremecedor que da cuenta de la crueldad criminal que se puede llegar a ejercer en nombre de cualquier dios. Un mundo que calla y permanece ciego avala en cierta manera la ignominia que nos invade y que se justifica en el silencio. Nada se esconde a la mirada dolorida del poeta; como en una letanía interminable maldice cualquier violencia que se ejerza en nombre de la costumbre, como la que se practica contra esas niñas a las que se mutila salvajemente a la vez que se las cercena el futuro.

En un poema desalentador nos remueve y sacude la conciencia al desenmascarar a los exégetas de todos los tiempos. Viajan a través de los siglos devastando con sus ideas y con sus manos lo que va quedando de un mundo que agoniza entre el ruido asombrado y entristecido de unos ángeles que “se miran confundidos”.

“Oigo ruido de ángeles;

las ciudades, mientras tanto, arden en guerra,

la misma guerra por los siglos de los siglos;

los mismos muertos

a manos de los mismos asesinos”

La segunda parte se titula “La vida me mira”. “Carta” es su primer poema; un diálogo inacabado, tanto como el mundo, que siempre existirá mientras haya un ser con conciencia en la tierra: los sueños incumplidos, los razonamientos sin una respuesta precisa o la vida que nos mira mientras nos llega “la hora de marchar”. Progresa el libro con un canto alegre, una invitación a la vida y a su disfrute.

“Que este dolor sea el último. Abre al día

los ojos

y los colores tendidos por los montes; el canto de los pájaros

te acompaña y te esperan las sonrisas

en ramos de ilusiones”

En esta parte quizás, más que a reconciliarnos con la vida, invita a los lectores a reconciliarse consigo mismos. Incita a que nos agarremos a la existencia con calma, con la quietud debida para poder degustarla en toda su extensión y con total plenitud.

“Hoy te quiero y te nombro, pongo al amor palabras

que habitan los jardines de la melancolía

como habitan la lluvia las gotas de los versos”.

Julio González Alonso mantiene a lo largo del libro un tono poético de un lirismo encendido, una poesía que se saborea con el regusto que deja en el fondo del paladar lo clásico. Estamos ante un poeta que no necesita suscribirse a ninguna otra tendencia que aquella en la que ya milita, la de la buena poesía. Desde ella derrama emociones y expresa, con palabras que adquieren sentidos impensados, sentimientos que nos desbordan.

“Detrás

vendrán los otros con el olvido

anudando en palabras de campanas

de solitarios toques,

lejanía

en la ira de los años abrumados de presagios,

pétalos de una rosa

enhiesta en su tallo contra el cierzo”.

La tercera parte del libro es “Compromisos”, una reflexión personal y llena de matices sobre uno de los temas que más ha interesado a los poetas, el paso del tiempo. Nos enseña “el color de sonrisas apagadas/en las fotografías, /las cartas escritas a mano”.

No obstante, no es solo una actitud contemplativa ante lo inevitable, es a su vez una rebelión contra lo que sucede, ante las continuas repeticiones de maldades. Mira a los ojos de una patria que se desangra y llora en ese pesar común: “Echa tierra a mis ojos, /que no alcancen mis hijos a ver tanta desgracia”.

La cuarta y última parte de este “Ruido de ángeles” lleva por título “Las otras inocencias”. Comienza con el poema “La casa vacía”, una composición memorable y conmovedora en la que el poeta hace un paralelismo bellísimo con el envejecer, con el paso del tiempo que nos conduce a la muerte, y con la tristeza y desolación que acompaña a una casa cuando se la va despojando de todo lo que la ha dado sentido, los libros, los cuadros… “Salieron los libros. En cajas como almacenes de letras fueron amontonados/y las estanterías ofrecen su vientre vacío al aire, /materia de la nada, oquedades estériles en la estancia silenciosa”.

Siguen cuajando poemas maravillosos donde los ángeles parecen abandonar a un hombre que se entrega al suicidio de su yo, alter ego de la especie, un hombre que presiente “una rebeldía en las persianas bajadas” y que vuelve los ojos a su tierra leonesa. En ella llora la muerte, entre las montañas de la mina.

“… No vendrá

nunca más; por el sendero estrecho del monte

se perdieron sus pisadas. El abrazo gigante

de oso verde y negro te robó su abrazo

en lo obscuro de los carbones de la mina”.

Continuamos la lectura de los poemas sin que estos pierdan un ápice de intensidad y frescura, con la autenticidad que nos traslada la verdad poética cuando va acompañada de belleza.

“Así y con una sonrisa firmó su finiquito;

la llamaron los suyos

y a ellos fue;

feliz como la niña que corre a los abrazos

y fue en paz

el último suspiro

del postrer aliento

el último anhelo”.

El libro se cierra con un poema esperanzador donde la voz poética le pide a ese ángel, que puede no ser más que otro yo que convive con nosotros, que le proporcione aquello que todos ansiamos, un poco de felicidad.

“Deja, ángel mío, que la noche pase;

del día dame el sol en la mañana,

dame para el amor cárcel de besos,

para mi libertada dame tus alas”.

En la lectura, nos aproximamos a un poeta que domina el verso y su cadencia, que dota a los poemas de una sonoridad expresiva de lo más atrayente para el lector. Estamos ante un poeta que controla a la perfección las armas del lenguaje poético, que conoce a los clásicos, que domina los metros y que posee, además, lo más difícil, ya que no se adquiere con el conocimiento, inspiración y sensibilidad. Leer a Julio González Alonso, al estudioso cervantino, al poeta excelso, es jugar con trampas, ya que jugamos con las cartas marcadas. Convierte a los lectores en tahúres del verso.

Nos llega este nuevo libro cuando el poeta se halla en un momento inmejorable de plenitud creativa. Desde sus versos, nos llama e increpa desde ese cielo donde reside la palabra precisa con un incesante “Ruido de ángeles”.

Juan Francisco Quevedo

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UNA PRINCESA RUSA, UN DUQUE Y UN ÁRBOL DE NAVIDAD-Juan Francisco Quevedo

UN CUENTO DE NAVIDAD

UNA PRINCESA RUSA, UN DUQUE Y UN ÁRBOL DE NAVIDAD

Esta es la curiosa historia de cómo apareció el primer árbol de navidad en este país…

 

En aquella Francia del Imperio que surge poco después de la caída napoleónica, se paseaba por París la figura escandalosa del duque de Morny, hermano ilegítimo de Napoleón III, que era quien gobernaba en la nación vecina. El caso es que este crápula del imperio francés, entre correría y pillería, conoció a una bellísima princesa rusa que le robó el corazón hasta el extremo de llegar a pedirla en matrimonio. Esta mujer no era otra que la presunta hija del zar de Rusia, Nicolás I-entre bastardos, cuando entre pillos, anda el juego-, de nombre Sofía y que llevaba de apellido un impronunciable Troubetzkoy, por lo que no es de extrañar que desde que matrimoniara fuera más conocida por el apellido de su consorte. Todo el mundo se refería a ella como duquesa de Morny.

Después de dar a luz unos cuantos hijos y sin perder un ápice de su belleza enviudó de su disoluto marido, mientras seguía siendo, junto a la emperatriz Eugenia de Montijo, uno de los ejes de la buena sociedad parisina. Curiosamente, y sin tardar mucho, se uniría a la citada emperatriz en sus sentimientos hacia el duque de Sesto. Sólo que si ésta hubo de conformarse con un imperio e inaugurar el canal de Suez, obra de Ferdinand de Lesseps, nuestra Sofía se llevaría el corazón del duque. Éste nunca tuvo ojos para la infeliz Eugenia, perdidamente enamorada de él en su juventud, pero sí, en una historia no correspondida, para su hermana Paca, la duquesa de Alba. El caso es que la princesa rusa se entregó en cuerpo y alma a este guapo español, descendiente directo de aquel marqués de Spínola que tan espléndidamente retratara Velázquez en “La rendición de Breda”.

La princesa rusa y el talludito duque de Sesto se casaron en Vitoria el 4 de abril de 1868, instalándose sin tardanza en Madrid, en el palacio de la Cibeles. Allí, Sofía, acostumbrada desde sus tiempos parisinos a la vida social, pronto se convirtió en el eje de la sociedad madrileña, como antes lo había sido de la de la capital francesa. Además de muy bella, era muy inteligente y en seguida se entregó, como una española más, y de las más militantes, junto a su marido, a la causa de la Restauración alfonsina, siendo su participación, en muchos aspectos, determinante para el triunfo de la misma.

Tras la caída de Napoleón III, el duque de Sesto acudió en auxilio de la familia real española, colaborando en su traslado a Suiza, donde la dejó a salvo, a la espera de ver cómo evolucionaban los acontecimientos en una Francia ocupada por Bismarck. Ya nunca más hubo emperador en Francia y, por ende, jamás pudieron volver a disfrutar del palacio y de los veraneos en aquel Biarritz que tan de moda pusieron entre la aristocracia.

Una vez el duque completara su tarea auxiliadora con Isabel II y un joven Alfonso, todavía sin los dígitos, XII, que le pondría la historia, regresó a Madrid y junto con Sofía organizó la primera gran fiesta de apoyo a la Restauración.

Regresaba para apoyar decididamente a Cánovas en el camino para poner al príncipe Alfonso en el trono de España. Tiempos difíciles para llevar a cabo ese cometido, pues el hombre fuerte de la política española, el general Prim, acababa de conseguir que las Cortes nombraran rey a Amadeo de Saboya y aún resonaban con fuerza los tres jamases que pronunciara en el hemiciclo, firmes, altos y fuertes, con respecto a ver a un Borbón de nuevo en el trono de España.

A la espera de la llegada del nuevo rey, ese italiano elegido democráticamente que nunca quiso una corona, y mientras se cocía el asesinato de Prim, el duque de Sesto y su esposa Sofía convocaron a los Grandes de España en su hermoso palacio de la Cibeles-donde actualmente está el Banco de España-. Al entrar en el imponente edificio quedaron deslumbrados ante lo que veían sus ojos; pudieron contemplar, en aquel diciembre de 1870, el primer árbol de Navidad que se veía en Madrid. Había sido instalado por orden, y con las instrucciones precisas para su emplazamiento y decoración, de la duquesa Sofía Troubetzkoy. Entre toda aquella selecta audiencia, se hallaba Cánovas, el malagueño que de joven llegara a la capital cargado de ilusiones y que no tardó en convertirse en secretario de O´Donnell y encargado de poner orden a su archivo, amén de periodista y político moderado en ciernes.

En julio de 1865, cuando retorna O´Donnell a la presidencia, contará por vez primera con Cánovas. Será entonces cuando tenga lugar el famoso incidente, al pedirle la reina Isabel II que excluyera al malagueño del gabinete, debido a lo nerviosa que le ponían sus tics y sus guiños a destiempo. El general O´Donnell le contestó, haciéndole ver por donde iría el futuro:

Señora, es tan importante la figura de Cánovas en la política, que al constituir un ministerio de tendencia liberal resulta más fácil prescindir de mí que de él.

Una vez acomodados todos los invitados, el anfitrión cedió la palabra a Cánovas que, con su tic nervioso a cuestas, no tardó en lanzar una proclama:

El futuro es el príncipe Alfonso y sólo él.

Aquel día no sólo se produjo el primer paso para restaurar a los borbones en el trono de España sino que se inauguró una tradición, poner un árbol navideño en la vida de los españoles.

 

                                                                                                            Juan Francisco Quevedo

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