MEMORIA DE UN TIEMPO XIII-Juan Francisco Quevedo

XIII

CHUCK BERRY Y ELVIS PRESLEY

Chuck Berry, el genial guitarrista y compositor, tuvo la insolencia de sobrevivir durante cuarenta años a Elvis, lo cual no deja de tener su mérito, máxime teniendo en cuenta la biografía y la leyenda negra que circula en torno a las estrellas del rock. Murió con las botas puestas, afinando las cuerdas de su guitarra y riéndose un poco del mundo, como ya hiciera en tiempos el tío Bill, el viejo zorro de William Burroughs, mientras esperaba una muerte que no acababa de llegar nunca y que todos le vaticinaban año tras año, a la vista de los excesos de una vida disoluta.

Aunque el título de rey del rock se lo llevara Elvis sin remedio, yo creo que sería de justicia que, cuando menos, lo compartiera con Berry. Pero éste nació negro, muy negro y por si fuera poco un tanto rebelde. Sin embargo, Elvis nació blanco, guapo y además cantaba mejor que el mejor de los negros. Estaba claro quién sería el rey desde el principio.

Sólo un tejano blanco, envuelto en unas gafas de concha negra, de apenas 21 años fue capaz de rivalizar con Elvis en el corazón de América. Se llamaba Buddy Holly –Peggy Sue-. Una avioneta, estrellada contra un maizal en Iowa, tuvo la culpa de que el camino al trono se le allanara a Elvis y siguiera tan imposible como siempre para Berry. Don Mclean, en su hermosa canción American Pie, homenajea y recuerda el momento de la muerte de Hollly como el día en que murió la música.

Si Plutarco hubiese sido un hombre de nuestra época, un contemporáneo de esta música enloquecida, sin duda en su obra Vidas paralelas, hubiera dedicado un capítulo a estos dos músicos, como ya hiciera con las vidas de Julio César y el gran Alejandro. Sus carreras fueron casi paralelas y aunque Elvis siempre salió ganando en la batalla por la supremacía del rock and roll, Berry, con su mítica forma de tocar la guitarra en cuclillas y de lado, mientras daba saltos laterales-su famoso duck walk-, es el músico de rock and roll que más ha influido en la música posterior. Baste recordar las estupendas interpretaciones que han hecho de sus canciones bandas de la categoría de The Beatles o los Stones. Temas como Rock´n roll music, Maybellene, Roll Over Beethoven o Johnny B. Goode estarán para siempre en la historia de la música.

Chuck Berry y Mick Jagger

A pesar de ello, Berry nunca pudo sacudirse este resquemor de sentirse ultrajado en su paternidad rockera por el guapo de voz más profundamente negra -compartida quizás con la de Eric Burdon- que haya habido jamás, el enorme Elvis Presley. Un rey del rock que, sin embargo y paradójicamente, pasará al Olimpo melómano, además y fundamentalmente, por sus baladas.

Mientras Berry se conformaba, a la fuerza ahorcan, con el prestigio y el reconocimiento del establishment de la música rock, millones de jóvenes muchachas -las primeras teenagers histéricas de la historia- suspiraban y aullaban por el rey en todo el mundo, pero Elvis tan sólo tenía ojos para una adolescente, aún con los restos de la niñez en su rostro, de nombre Priscilla.

Elvis y Priscilla

Con ella, y con la aquiescencia de una aparentemente severa sociedad americana, acabaría casándose. Todo se le consentía a este lindo e inmaculado blanco, reconvertido en Alemania, a través del ejército americano, en chico bueno. Por las mismas razones-de nuevo las vidas paralelas-, tal vez algo más perversas, incluso pudiera ser que hasta más violentas, un negrazo como Chuck Berry habría de probar la dureza de las cárceles gringas.

Cabizbajos y vacilantes en torno al patio

desfilábamos en el cortejo de los locos.

No nos importaba: sabíamos que éramos

la brigada del mismísimo diablo,

y cráneos rapados y pies de plomo

componían una alegre mascarada.

                                            Oscar Wilde (La balada de la cárcel de Reading)

A Berry siempre le quedará, por lo menos, la elegancia de los grandes bailarines de claqué de Harlem. El espigado y renegado rockero de Missouri bien hubiera podido haber sido, por planta y estilo, un bailarín del Cotton Club, aquel local del neoyorquino barrio de Harlem en el que el gran director Francis Ford Coppola se inspiró para su película The Cotton Club.

Es más que probable que, después de muerto, esté bailando sobre su propia tumba mientras afina una Gibson. Y Elvis, junto a él, recuerda la versión que hiciera de su Johnny B. Goode.

Chuck Berry y John Lennon

Cuarenta y cinco años han pasado desde que escuchara la noticia: Ha muerto el rey del rock, ha muerto Elvis. Así como suena, sin apellido, el Presley le sobraba. Y hasta el Elvis le sobraba al rey. Fue un 16 de agosto de 1977 y la mala nueva no sorprendió demasiado a todos los que le habíamos visto últimamente en un escenario, aunque fuera en video. En el momento de la muerte tenía tan sólo cuarenta y dos años y parecía sobrevivir en un cuerpo que no era el suyo. Al menos, no en el cuerpo que recordábamos, el que le había convertido en un ídolo de masas, el primero asociado al rock. Eso sí, conservaba su voz espléndida; ¿cómo olvidar el concierto que dio en Hawaii en el 73? Ya se intuía el esperpento al que se iba encaminando; aunque con unos kilos de más y un vestuario estrafalario, seguía conservando su voz, su encanto y su enorme poder de seducción.

Elvis durante el concierto “Aloha from Hawaii”

Hacía mucho tiempo que el mundo había descubierto a este tipo blanco y guapo, muy guapo, con alma y voz de negro; el primer blanco con alma negra. A finales de los años cincuenta, Elvis ya había justificado su presencia, y la censura de sus caderas, en un show como el de Ed Sullivan, acostumbrado al swing y al clarinete de Benny Goodman, tanto como a la aterciopelada y profunda voz de Frank Sinatra, un crooner venido a más -tan a más que linda con lo sublime-. Aún faltaban unos años para deleitarnos, tanto con la interpretación apasionada de su mítica Strangers in the night como con el pop elegante de Something stupid; esta última junto a su hija Nancy. Sonaba por entonces su envolventemente maravillosa Come fly with me. Mientras su voz prodigiosa dulcificaba las emisoras de radio, Elvis, ya toda una estrella, vestía de uniforme militar en Alemania. Luego vino una carrera en la que unió un éxito tras otro hasta verse desbordado por la vida pero, pese a todo, Elvis siempre estaba ahí; había pasado su tiempo pero no su música. Elvis dejaba resbalar cadenciosamente las palabras en aquella maravillosa canción que ya canturreara, tan distinta, Al Jolson, El cantor de jazz, aquel cantante blanco que, betuneado de negro, interpretase la primera película sonora importante de la historia. Aquella maravillosa canción, Are you lonesome tonight, me viene ahora a recordar la placidez pastosa del trópico, la felicidad de la infancia, de una infancia tan privilegiada como la de los niños de aquellos años que empezaban a engordar a base de papilla prefabricada.

¿Está sola y triste esta noche?

… Cariño, mentiste cuando me dijiste que me amabas

y yo no tenía razones para dudar de ti.

Pero prefiero seguir escuchando tus mentiras

que continuar viviendo sin ti.

                                      Elvis Presley (Are you lone some tonight)

Han pasado cuarenta y cinco años desde que muriera Elvis Presley y nadie pone en duda que sigue siendo el rey del rock. Ahora bien, a su derecha, moviéndole la silla, sin duda se halla Chuck Berry.

Elvis Presley

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MEMORIA DE UN TIEMPO XII-Juan Francisco Quevedo

Grupo de estudiantes, en una de las multitudinarias manifestaciones de mayo del 68

XII

MAYO DEL 68

No obstante, y a pesar de todo, de todo el gran negocio en que se acabó convirtiendo toda aquella música y todas aquellas ideas de ruptura, frescas e innovadoras, el influjo de aquellos que nos precedieron llegará hasta nuestros días a través del mensaje que transmitieron, un amor por la paz y la naturaleza inconmensurable, una actitud ante la libertad de la mujer nunca antes conocida y un cambio en las relaciones sociales donde el diálogo y la tolerancia se imponen sobre el viejo ordeno y mando que había imperado desde el principio de los siglos.

Por otro lado, se produjo un cambio extraordinario en la manera de relacionarse el poder y los gobiernos con sus ciudadanos, volviéndose más transparentes y dando una gran importancia a las libertades individuales. Por no hablar de cómo cambiaron las relaciones personales en todos los ámbitos. Las relaciones paterno-filiales se hicieron más cercanas, abandonando aquel autoritarismo a ultranza que nos llegaba a través de la escuela, la universidad y cualquier esfera de poder, por muy cotidiana que fuera. Se produjo una gran paradoja: aunque nada cambió de inmediato, después de aquellos años nada volvió a ser igual.

Por tanto, aquel influjo de aquellos primeros idealistas ha calado en las sociedades futuras hasta tal punto que hoy en día seríamos incapaces de reconocernos en ellas. Aquel sacrificio no fue en balde. El mayo del 68 francés fue su culminación y, de alguna manera, aunque pensaran que también fue su funeral, el lugar donde se inició una sucesión imparable de cambios, que se sustentaban directamente en muchas de las ideas que desencadenaron el mayo del 68. No tardarían en acabar germinando en las sociedades que surgieron a raíz de aquellos acontecimientos.

Ante lo que se le venía encima, un visionario general De Gaulle, bien adiestrado en Argelia, ya entrenaba a los gendarmes, en sus cuarteles, para dar palos, y no de ciego precisamente, cuando llegase el momento, a la consecuencia intelectual de aquello que tanto había irritado al poder establecido. Sartre, Malle, Genet y compañía aún dormían el sueño del ser y la nada, junto al casino de Atlantic City, madurando lo que estaba por desbordarles, por desbordarnos a todos. Una revolución basada en la rebeldía y en la negación de todo aquello que representara el orden antiguo, estaba a punto de estallar.

Discurso del general De Gaulle el 24 de mayo en la TV francesa

El espíritu Dadá emergía nuevamente y ahora traspasaba las fronteras artísticas para llevarlo hasta la vida misma, hasta la cotidianeidad de estos jóvenes que adquirían un compromiso, casual y nada premeditado, en su manera de hacer y actuar en la vida. Con ese nuevo cuestionar todo y a todos, justo cuando Tzara está a las puertas de la muerte, pareciera que su legado, de alguna manera, quisiera estar vivo. Desde su excesivo grito nihilista Dadá es nada, Tzara y su grupo mostraban su rechazo hacia todo lo ya existente e iniciaban una nueva búsqueda de respuestas, distintas a las anteriores, a través de ese espíritu Dadá, un espíritu que trata, a la vez, de implicar e impactar, básicamente a través del arte en todas sus manifestaciones. A ese arte se ha de llegar, y entender, libremente, con un espíritu creativo completamente desinhibido que conduzca a desarrollarlo de manera espontánea. De alguna manera, es dar un paso más lejos de lo que, primeramente, se intentó con la escritura automática, siendo algunos versos de  Poeta en Nueva YorK, de Federico García Lorca, un buen ejemplo de ese surrealismo irracional y casual, al que tanto se aproxima.

Las nuevas generaciones afloraban con ese ánimo, tal vez más comprometido, y se esforzaban por trasladarlo a cada minuto de su vida. Desde la negación, indagaban buscando siempre algo nuevo y ese algo lo encontraron en la música, en el arte, en la vida, en el amor y en las drogas. No buscaban más que libertad y fue casi lo primero que perdieron. La buscaban denodadamente, a través de unos parámetros diferentes que fueran capaces de acabar con todo el orden anterior. Fue una revolución ruidosa que acabó impregnando todas las sociedades y todas las conciencias. Una revolución que incluso alcanzó a todos aquellos más reacios a renovarse. Su espíritu pervive suavizado y domesticado en las sociedades actuales. Pero antes de asimilar este movimiento cultural, por el camino fueron quedando un reguero de cadáveres, poco exquisitos.

Para 1.968 la brecha generacional abierta era inmensa, tanto en el pensamiento como en las costumbres y, además, iba impregnando y ganando adeptos hasta en la propia burguesía. Todo culminará en aquel mayo del 68, un mayo florido que se convertirá en el cementerio sobre el que reposan las ilusiones perdidas de todos los que se creyeron capaces de romper con todo lo anterior, incluso con violencia, con la irritada violencia de una quimera llena de utópica libertad. Quizá el pensamiento de Sartre refleje el sentir de los tiempos, unos tiempos en los que todo debe cuestionarse para reducirlo a la nada. Es la forma de rebeldía del ser y, a la vez, es la expresión de su relación con la nada. En fin, de alguna manera, los jóvenes de la época son herederos de la angustia del más lánguido de los romanticismos pero, substituyendo su melancolía angustiada, desde la que intuyen al ser, como diría Heidegger, como algo concebido para la muerte, por la vitalidad existencialista que imprimen a su manera de vivir, en todas sus manifestaciones.

A partir del 3 de mayo, se produjeron serios enfrentamientos en París con la policía

Frente a un hombre, inmerso en un destino radicalmente trágico, siempre hay quien intenta liberarle y, en ese sentido lúdico y festivo, los sesenta -su espíritu- se separan de cualquier pensamiento revolucionario anterior.

El mayo del 68 fue una revolución que, a pesar de su teórica derrota, en cuanto a esperanza revolucionaria, salió vencedora en el campo ideológico. De hecho, la sociedad que surgió de las cenizas revolucionarias fue radicalmente distinta; se acabó, como decía al comienzo, con un autoritarismo heredado, tanto en la casa como en la escuela, dando un giro absoluto a todo el proceso educacional. Se acabó con la permisividad pasiva hacia cualquier modo de injusticia, como el racismo, poniendo en liza y al alza valores como el pacifismo y el ecologismo. Se cuestionó un capitalismo feroz y salvaje, capaz de destruir cada vez más a los más desfavorecidos, y se buscaron nuevas vías para conseguir una sociedad más justa y solidaria. Así mismo, se denunció el abuso de autoridad de las propias democracias y el excesivo control, sobre sus ciudadanos, de las mismas, abriéndose un nuevo camino para conseguir vivir en un mundo con mayores libertades y cada vez más alejado de la sociedad orweliana de 1.984. Incluso se comenzó a valorar el medio ambiente como algo que merecía la pena proteger y conservar, al estar en constante peligro por culpa de esa vieja lucha entre progreso y deterioro ambiental.

En la naturaleza la mejor política es ser lo más conservador posible.

                                                                                         Werner-Heisenberg

Pero, sin duda, y con ello quiero concluir, una de las grandes herencias de los sesenta es el papel de la mujer en la sociedad. Por vez primera en la historia lucha decididamente por incorporarse a sus estamentos, demandando las mismas oportunidades que los hombres, luchando por cambiar las viejas leyes que protegían el machismo heredado y exigiendo la igualdad en todos los terrenos. El germen para una nueva mentalidad estaba sembrado. Se podía, por fin, llevar a la vida el sueño que Ibsen expresara, casi cien años antes, en el teatro.

Una mujer no puede ser auténticamente ella en la sociedad actual, una sociedad exclusivamente masculina, con leyes exclusivamente masculinas, con jueces y fiscales que la juzgan desde el punto de vista masculino… Nuestra sociedad es masculina y hasta que no entre en ella la mujer no será humana.

                                                                                                      Henrik Ibsen

Antidisturbios franceses en el Barrio Latino de París, el 6 de mayo, reprimen una manifestación estudiantil

El portazo final que da Nora, en la obra Casa de Muñecas, para abandonar un hogar donde ha estado y se ha sentido encarcelada, es el golpe de aldaba más fuerte que se haya dado, y fue en 1.879, para simbolizar el adiós a una sociedad que relega a la mujer a vivir según las normas establecidas por un entorno absolutamente machista.

Como decía un slogan de entonces, los jóvenes dejaron de mirar el dedo para ver lo que señalaba, la luna. Y, mirándola, comenzaron a soñar, a soñar y a creer que era posible derribar arcaicas ideas, arraigadas durante siglos en los entresijos de una sociedad anticuada pero implacable.

En cualquier caso, la sociedad actual es depositaria de aquel espíritu que culminó en aquel mayo del 68 de hace ya más de cincuenta años.

Manifestantes se enfrentan a la policía frente a la librería Joseph Gibert, en el Bulevar Saint Michel, el 6 de mayo de 1968 en París

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HA MUERTO CHARLIE WATTS-Juan Francisco Quevedo

En mi habitación de estudiante a los 19 años. En la pared, Charlie Watts, acompañado de Jagger y Brian Jones

HA MUERTO CHARLIE WATTS

Los Stones fueron un grupo salvaje y desbocado –Wild horses-, en el cual tan solo Charlie, el elegante batería de la banda, el hombre discreto y músico talentoso, el caballero amante del jazz y de Skinnay Ennis, se ponía, con su porte impecable, a salvo del naufragio de desenfreno en el que se vieron envueltos durante casi veinte años. Después, Mick, el cerebro contorsionista del grupo, el juglar moderno por excelencia, a sólo un paso -nunca llega a darlo- de la bufonería más medieval, se convertiría, con la fe de los conversos, a la macrobiótica y al jogging. Ver para creer. Charlie tal vez fuera, en realidad, el contrapunto sosegado a ese icono de la modernidad, a esa guindilla, con fuego en el trasero, de Mick, y a la incontrolable desmesura -nunca extinguida del todo- del guitarrista, el gran superviviente de todo tipo de excesos, Keiht Richards.

En estos días nos llegó la triste noticia de la muerte de Charlie Watts; con él se va el discreto encanto de la elegancia que ha acompañado al rock durante casi sesenta años. Nadie como él representa un estilo único y personal, totalmente al margen de la iconografía vanguardista, ya clásica, de las diferentes puestas en escena que surgieron con la música de los sesenta. Fue un anacronismo surrealista, la antítesis necesaria y precisa para resaltar el histrionismo de un Jagger juglaresco y de un Richards sumido, cuando no consumido, en sus particulares paraísos artificiales. Se ha ido una excepcionalidad reverente que disfrutaba mucho más del jazz y del blues que tocaba en pequeños clubs que de las grandes y multitudinarias giras de los Stones.

Se le echará en falta pese a que, debido a su poco afán de protagonismo, hubiese sido lo último que hubiera deseado.

Aunque con la irremplazable ausencia de Charlie, ahí siguen los Stones, parece que en plena forma y no como esas viejas estrellas gordinflonas que pasean sus kilos por los escenarios con sus viejos temas de siempre. Pudiera parecer que el tiempo no ha pasado, pero vaya que si ha pasado; no hay más que ver sus caras. Y su voz, la voz de Mick que, sin embargo, parece seguir moviéndose y contoneándose como siempre, con esa electricidad discontinua tan característica en su persona. Keith, permanece amarrado a su guitarra, deambulando por el escenario como un zombie místico mientras que nos falta Charlie que quebró su pacto con el diablo para seguir siendo una estatua románica, hierática y elegante. Cuánto más hubiera pegado como batería de un club de jazz antiguo o como uno de los apóstoles en piedra del Pórtico de La Gloria en la catedral de Santiago de Compostela. Y, sin embargo, cuánto nos cuesta imaginarnos a los Stones sin él.

Sirvan como epitafio, a una época que se extinguirá con sus satánicas majestades, los versos de Manuel Machado:

Es tarde… Voy de prisa por la vida. Y mi risa

es alegre, aunque no niego que llevo prisa.

Charlie Watts

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MEMORIA DE UN TIEMPO XI-Juan Francisco Quevedo

XI

LA HERENCIA DE LOS SESENTA. EL GRAN ESPECTÁCULO DEL ROCK

A finales de los sesenta germinarán bandas de música que eclosionarán con potencia y unos decibelios bárbaros en los setenta. Irrumpirán en el panorama musical con una fuerza inusitada, con melodías brutales que girarán en torno a guitarras poderosas y con bajos y baterías potentes y avasalladoras. Ese tipo de música se conocerá y adquirirá el nombre de un personaje de una novela de Burroughs, heavy metal, y la liderarán grupos como Led Zeppelin, capaces de hacer, como casi todos los grupos de rock duro, las mejores baladas de la época –Stairway to heaven-, por obra y gracia de formar parte de sus bandas cantantes con voces privilegiadas, dotadas de unos agudos que serán otra de las características inherentes al heavy metal.

Estas formaciones alcanzarán su máximo esplendor en los primeros setenta y no sólo aportarán una música estrepitosa y poderosa sino que darán lugar a un aspecto y a una forma de vivir característica y peculiar, en la que las largas melenas y el cuero negro crearán una estética propia que los identificará como una de las tribus más llamativas asociadas al rock. Sólo unos años después el punk dará una vuelta impensable de tuerca a esta moda, introduciendo en ella pantalones perfectamente ajustados a sus cuerpos perforados y demacrados, así como cabellos peinados y teñidos de manera tremendamente excéntrica.

El heavy fue la evolución natural y la salida del rock psicodélico y sinfónico, tal y como le ocurrió al grupo Iron Butterfly, quizá los primeros americanos herederos del espíritu de San Francisco en pasarse al heavy metal. Pero serán los geniales Jimmy Page y Robert Plant, líderes de los Zeppelin, los verdaderos reyes de esta atronadora música. Contemporáneos a ellos, aparecerán grandes grupos, como los Deep Purple, verdaderos héroes del hard más arrollador –Women from Tokio– y del riff más famoso de la historia –Smoke on the water– o los Black Sabbath del excéntrico Ozzy Osbourne –Paranoid-.

Pero la música en aquella década ya era un gran negocio que dirigían las grandes multinacionales del sector, abandonando definitivamente el halo romántico que la había acompañado durante los sesenta. Y con ella y con ese primer espíritu que tuvo el rock, también quedó atrás en el desgastado azogue del espejo todo lo que había surgido a su alrededor, como aquellas comunas autosuficientes, donde reinaba un colectivismo preciso, donde sólo se producía lo estrictamente necesario para subsistir. Comunidades que sólo salían adelante por un feliz, desinhibido y despreocupado dejarse ir –laissez faire-. De igual manera, atrás quedaron, junto a la sacerdotisa María Sabina, los hongos alucinógenos, inyectadores de longevidad, a ritmo de Monterey, la hierba mejicana, el ácido y los cadáveres de algunos ídolos, velados en el neoyorkino Chelsea Hotel.

Tras los primeros tiempos, tras el estallido hippie, tras el flower power, el mundo del rock se transformó en una gran industria, en un gran negocio capaz de mover grandes masas de personas y de dinero. Siguieron apareciendo buenos grupos, se siguió haciendo buena música pero, salvo la frescura suicida del movimiento punk -Patti Smith, Ramones, Pistols, Clash…-, que quiso poner en cuestión toda la sofisticación que había invadido el sistema, combatiéndolo bajo el lema hazlo tu mismo, no hubo ninguna inquietud seria que arrastrase de nuevo a la gente como en los sesenta.

Patti Smith, sin duda la reina de ese movimiento trasgresor, intentó mantener un mensaje lírico a través de las cuerdas duras de una guitarra. Con un sonido sucio y primitivo, que pretendía llevar el rock a sus raíces, Patti devolvió a la música la pasión y el desenfreno de un Rimbaud moderno, recién inmerso en el infierno, en su infierno personal. Con esas premisas y con su Her heroes got wings inaugura toda la escenografía que desembocó en el punk.

Yo era un poco fantasiosa. Cuando era una cría me ataba trapos a la cabeza. Temía que por la noche se me escapase volando el alma. Que mi aliento vital se parase. Así que dejé las drogas y me lancé a una danza frenética total.

                                                                                              P.Smith                                                                                                         

Patti Smith

Luego vendrían un par de discos y su Because the night, escrito a medias, a través del teléfono, con un Bruce Springsteen que aún no era lo que llegó a ser.

Salvo estos destellos de independencia brutal, en los setenta un aire distinto inundó el ambiente del rock; todo cambió para ser un enorme y gran negocio que hacía creer y pensar a sus consumidores que aquello por lo que vivían y a lo que se entregaban en cuerpo y alma era un fenómeno marginal, cuando la realidad era que estaban manipulados y absorbidos absolutamente por el sistema que creían combatir. El sistema los asimilaba de una manera tan sutil que ni tan siquiera reparaban en ello.

En ese mundo de asimilación, por parte del establishment, en que se habían convertido el universo del rock, todo lo que hasta entonces había sido marginal y pobre comercio se convirtió en mercadería poderosa. Más allá de los millones generados por las drogas, florecieron al olor del negocio que generaban estas tendencias todo tipo de señuelos que se podían adquirir previo pago. Podían verse cientos de imágenes y anagramas progres asociados al rock, estampados en cualquier parte y en consecuencia podía verse desde una hoja de marihuana dibujada en una camiseta hasta las más variadas enseñas rockeras pintadas en todo tipo de trapos, cueros, anillos y cualquier objeto imaginable. Y de esta agresiva manera la industria, apoyándose en un marketing salvaje y descarado, inundó el mercado con la imagen del Che, con la de Mao, con la de Mick Jagger y con cualquier símbolo -desde el anarquista hasta el de la paz- capaz de traducirse en dinero. Todo por la causa que imponía el mercado.

El negocio de la progresía y sus aledaños convirtieron a estos líderes y a estos símbolos anticapitalistas en los mejores recaudadores de toda la historia moderna. Bien es verdad que todas estas paradojas ya no extrañan a casi nadie.

En la construcción de la vida, lo que interesa no es el logro material de lo que se persigue, sino el actuar como se debe.

                                              Lucio Anneo Séneca (Cartas a Lucilio, LXXXV)

Los chavales que se identificaban desde su ingenuidad con estas tendencias, se convertían con toda su buena voluntad en abanderados de las causas que les imponían. Y así hasta hoy en día, en que los jóvenes son, de hecho, el sector social más estudiado y al que va destinado la mayor parte de los mensajes de la industria propagandística por parte de los mejores publicistas del mercado; en este caso, de un mercado, tan solo aparentemente, marginal, capaz de mover cifras escalofriantes.

No hay mejor bandera que la que arde.

 Juan Francisco Quevedo (Iconoclastia radical, inspirada por Jean Genet)

Logos del rock

En ese universo de mánagers, publicistas, esteticistas, estilistas, técnicos en imagen, etc, en que se vio envuelto el mundo del rock y del pop pareciera que sólo John Lennon tuviera la suficiente independencia como para pasarse una semana en la cama, a favor de la paz, sin que nada de esto le preocupase lo más mínimo.

Todos hablan de

mochilas, greñas, rollos, locos,

harapos y marcas.

De esto y aquello,

modas, modas y más modas.

Todos hablamos

de darle una oportunidad a la paz.

                             John Lennon (Dále una oportunidad a la paz)    

A pesar de todos los pesares, en los setenta surgirán grandes cantantes y grandes grupos -Queen, Dire Straits, Bruce Springsteen…- pero ya nada volverá a ser como en aquella década en que se sintió que el mundo se podía cambiar simplemente con buena voluntad, mucho amor y toda la paz interior que fluía a través de las mentes de aquella generación perdida, aunque no olvidada. Los movimientos espontáneos que utilizando la música como estandarte arrastraron a la juventud del planeta han desaparecido, o están a punto de hacerlo y, con ellos, no sólo desaparecieron Hendrix, Morrison, Brian Jones, Keith Moon, Joplin, Syd Barrett y tantos otros sin nombre a quienes mató, o anuló -casi es peor-, la dura experiencia de vivir desenfrenadamente, sino que se llevaron por delante la emoción y el sentir de toda una generación de idealistas rebeldes sentimentales que, por un momento, creyeron en la utopía de un mundo mejor así como en una armonía vital que les condujese directamente a la felicidad.

Todo mi ser se encuentra en una armonía perfecta…

Espero todo el futuro.    

                                                                                   Schiller

Sex-Pistols

En torno a este mundo de la música, y más concretamente del rock, surgirá una nueva estética, zarrapastrosa y desaliñada, muy alejada de la estética estudiada y de marca, también desaliñada, aunque no zarrapastrosa, de hoy en día. Era una anti moda liberadora y llena de autenticidad, sin anagramas en la solapa, que daba la espalda a todo lo que olía a nuevo y recién empaquetado. Sólo se buscaba una comodidad que, en sus formas y colores, fuera capaz de conjuntarse con la luz virginal de la primavera. Flores, amor y una paz ruidosa acompañaban incluso aquella manera de ir y vestir por el mundo. La sociedad consumista los miraba con recelo, mientras los acechaba y estudiaba como futuras víctimas.

Sabíamos como cambiar el mundo, pero quienes lo controlan también lo sabían; asimilaron lo menos peligroso para su cultura consumista y reprimieron lo más liberador de la nuestra… Se apropiaron de las celebraciones de masas que habíamos creado, las pervirtieron, las deshumanizaron…         

                                                                                           John Sinclair

Pronto la sociedad opulenta del consumismo más desenfrenado asimiló todo aquel desfase, incongruente y libre, y lo convirtió, cómo no, en un gran mercado alternativo y millonario, en el que juegan con la ingenuidad y el altruismo filantrópico de unos jóvenes que se adhieren a la causa del consumo, a través de un engaño sigiloso pero implacable, mientras les hacen creer que van en su contra. Luego, más tarde, vendría el descaro, con una avalancha comercial inusitada, una publicidad desenfrenada y un mercado despiadado imponiendo sus reglas logotipadas, su ropa deportiva y sus anagramas, donde conviven, en una igualdad aparentemente desigual, el signo de la paz con un lagarto imposible sin el menor de los sonrojos. Parece que todo está bien, parece que todo vale, incluso moral y éticamente. Pero este desaguisado al que hemos llegado, en el que todo y todos parecen iguales a todo y a todos, vino bastante después. Sólo es una falacia, una pura apariencia, la fachada que pervive única y exclusivamente en el escaparate de la vida, en el escaparate de una falsa sociedad que aparenta que no existen grandes diferencias sociales, en la que hacen creer a los más desfavorecidos que se pueden igualar, a través de la uniformidad, con aquellos que no necesitan nada. Pero lo verdaderamente cierto es que no vale lo mismo el aparentemente mismo pantalón, comprado en un popular centro comercial que en una prestigiosa tienda de firma. Al final, el pez grande sigue comiéndose al chico, tal y como lo viera el gran Alejandro en su imaginado viaje al fondo del mar, donde confirma lo que ya el viejo Pericles predicara en la vieja Atenas.

… notó como los grandes comían los menores,

los chicos a los grandes tenían por señores;

los fuertes maltrataban a todos los menores.

                                                        Libro de Alexandre

Queen en el Hotel Sheraton de Buenos Aires en 1981

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MEMORIA DE UN TIEMPO X-Juan Francisco Quevedo

Martin Luther King con sus hijos Martin, Dexter y Yolanda, y su esposa Coretta, en marzo de 1963.

X

MARTIN LUTHER KING

Un mes de enero, Martin Luther King murió asesinado antes de cumplir los cuarenta. Paradójicamente con su muerte nació una leyenda, la del hombre que luchó por la igualdad racial hasta las últimas consecuencias. Hoy, su lucha, sus palabras y sus ideas, aquellas por las que entregó su vida, están en la memoria colectiva de la humanidad más vivas y vigentes que nunca. Para comprender las circunstancias que le llevaron a una muerte anunciada nos tenemos que remontar a aquella época convulsa que explosionó tras el magnicidio de John F. Kennedy.

 Los años que precedieron al asesinato de Martin Luther King fueron tiempos de turbación, tribulaciones y cambios, en los que se pretendieron hacer otras cosas, cosas que jamás se habían intentado con respecto a la minoría negra. En los Estados Unidos de América, el presidente Johnson intentaba llevar a cabo uno de los sueños del anterior presidente, luchar decididamente contra la pobreza. Ese sueño imposible se estrella contra una sociedad que se cuece en su propio caldo de autosuficiencia y liberalismo extremo, por lo tanto, el principal mandatario estadounidense no podía haber elegido peor momento para la puesta en práctica de tan ambicioso plan. Por un lado, se encuentra con el frente abierto en Vietnam y por otro, con el clima de auténtica guerra civil existente en numerosos estados de la Unión como consecuencia de un sinfín de disturbios raciales propiciados, en gran parte, por la enorme brutalidad de la policía.

Martin Luther King (1929 – 1968) y su esposa Coretta Scott King lideran una marcha por el derecho al voto de la población negra desde Selma, Alabama, hasta la capital del estado, Montgomery.

El año 63 va a ser un año decisivo en la lucha por la igualdad racial. Los paladines de la democracia, en el país de los dentistas -como define Joseph Brodsky a los Estados Unidos-, no sólo segregan a sus conciudadanos sino que los humillan e incluso, por omisión, los asesinan. Por no tener, entre otras muchas cosas, no tienen ni el derecho a orinar en un váter público, ni a sentarse en un autobús si hay blancos de pie y sólo pueden entrar a tomarse una cerveza en aquellos bares en los que la ley o la costumbre se lo permita. Solamente pueden acudir a desahogarse, o a emborracharse, a locales de negros y para los negros, situados, por supuesto en barrios de negros, para no contaminar la clara palidez de los blancos. De alguna manera, en algunos estados y en las retinas de millones de americanos, los negros son vistos aún, pese a que la esclavitud está abolida desde hace cien años (1865), como seres inferiores, destinados a la esclavitud. Al igual que con las mujeres y los esclavos, en la Grecia clásica, pareciera que los hombres y mujeres de raza negra carecieran de alma. Estaba claro que si bien lo cierto es que ya no eran esclavos, otra cosa bien distinta es que disfrutaran de los mismos derechos civiles que la población blanca. El camino para la igualdad no había hecho sino comenzar a andar. Eso sí, con virulencia inusitada.

Alabama, en el profundo y pastoso sur de Tennessee Williams, iba a ser el estado que encendiese la llama de la rebeldía en los corazones, hasta entonces acobardados, de los negros. Las revueltas en la lucha por los derechos civiles de esta minoría maltratada llegaron a ser tan intensas que el presidente Kennedy se vio obligado a enviar tropas, en un intento vano de apaciguar ánimos. En balde.

La primacía blanca, con toda su intelectualidad caduca e inhumana, comenzaba su descenso a unos abismos de los que nunca debió haber salido, hacia el mismo infierno al que había condenado a los negros durante siglos. La rebelión era imparable y se extendía como un reguero de pólvora por todo el país. Un negro de alma -al fin, con ella- blanca se pone al frente de esta marea reivindicativa. Su simple nombre, Martín Luther King, es ya todo un mito en la lucha por la libertad y por la igualdad de derechos.

La libertad consiste, por lo demás, en el hecho de que cada cual es libre de vivir a su gusto.

                                                                                                        Aristóteles

Todos los negros del país, y muchos blancos de alma negra, se unen a él en la Gran Marcha por los Derechos Civiles. Llegan a la capital de la nación, Washington, en agosto del 63. Es allí, frente a esa ingente masa esperanzada, desde el Lincoln Memorial, cuando Martín Luther King dijo haber tenido un sueño, el sueño de la igualdad, un sueño que aún, de alguna manera, todos los seres de alma compasiva estamos esperando se haga realidad. En cualquier caso, aquel año se dio un enorme paso dejando ese sueño mucho más cerca de lo que hasta entonces estaba. Por entre la gente que asistió ya se empezaban a ver las melenas de unos jóvenes que se unían a cualquier movimiento que predicara la hermandad y la igualdad a través del amor y del buen rollo. Al año siguiente, durante el 64, Martin Luther King fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz. Nunca un hombre honró tanto a un premio.

Martin Luther King recibe el Premio Nobel de la Paz en Oslo en 1964

Con el paso del tiempo se vieron cómo las expectativas generadas y las promesas vertidas se iban quedando a medias. La insatisfacción creada hará que en el 66 se funde el llamado Black Power-Poder Negro-con sus panteras. La radicalización fue una consecuencia -aunque alejada de las intenciones de King- del desengaño ante las proposiciones incumplidas. En ese ambiente, confuso y enrarecido, Malcolm X y Ángela Davis iniciarán un camino de enfrentamiento directo y abierto que les llevará a la muerte, según algunos, y al martirio, según otros. Ni más ni menos que el mismo camino seguido por tantos durante estos convulsos años donde tanto se pretendía cambiar consiguiéndose, al final, abrir una brecha en la mentalidad de un mundo que ya nunca volvió a ser igual pero en el que aún queda mucho por hacer.

Black power. Dos atletas afroamericanos, Tommie Smith y John Carlos, medallas oro y bronce en la prueba de 200 metros en las Olimpíadas de México-68, en el podio mostrando su descontento con ese gesto.

Desde luego, los sesenta supusieron una ruptura con respecto a la mentalidad pacata heredada. Ni a las guerras, ni a la mujer, ni a los negros, ni a casi nada se siguió viendo bajo el mismo prisma. Quizá fuera lo único que se consiguió pero, a través de esa grieta, hecha en una sociedad bien pensante, se fueron colando mecanismos que dieron lugar a enormes avances sociales. En este duro camino, difícil, y a veces equivocado, fueron quedando cadáveres anónimos y públicos. Tal vez ninguna revolución armada consiguiera tanto como esta revolución de las mentes y las costumbres. Con ella, con esta revolución de amor, música y paz, los negros, tras salir de los agujeros a los que habían sido relegados, no se iban a conformar con migajas de libertad. Prosiguieron en una lucha llena de obstáculos y malentendidos, de odios y pistolas. Un fiel reflejo de todo ello, de toda la tensión social acumulada hasta entonces, fue la subida al podio, de la mayoría de los atletas negros, enarbolando en su puño un guante negro, símbolo inequívoco de su poder. Las Olimpíadas celebradas en México en el año 1.968 fueron testigos del hecho.

La llama de la rebeldía, en esa lucha por la igualdad, había prendido en los corazones de unas nuevas generaciones que no estaban dispuestas a ver, impasibles, cómo un hombre era capaz de humillar a otro hombre. La lucha por la libertad, a través de la igualdad, aún continúa y continuará mientras que ocupen el poder hombres ambiciosos y mezquinos; esa lucha proseguirá mientras quede sobre la faz de la tierra un hombre, merecedor de tal apelativo.

Ante la situación generada, tan proclive a producir violencia, Martin Luther King, el líder de la minoría negra, llama, desde su estatura ética, a la resistencia pacífica. No todos recogerán el guante de la paz, ni estrecharán su mano tendida sino que, bien al contrario, se radicalizarán y pasarán a la acción, con lo cual una parte del movimiento que lucha por la igualdad de los derechos civiles se fragmenta y pasa, de alguna manera, a la clandestinidad de las acciones violentas, cuando no armadas. A pesar de la adversidad, a pesar de las humillaciones, a pesar de la represión estatal, incluso a pesar del siniestro Ku Klux Klan, Martin Luther King supo estar a la altura de unas circunstancias que hubieran destemplado a cualquier ser humano.

Los peligros descubren a los hombres,

les dan a conocer los infortunios,

pues entonces por fin del hondo pecho

son proferidas voces verdaderas:

la máscara se quita y queda el hombre.

                                                    Lucrecio (De rerum natura)

King era el hombre que dijo haber tenido un sueño, el sueño de la igualdad. Cuando pronunció su famoso discurso aún no conocía el destino personal que le reservaba la providencia de su propia ensoñación, aunque, quizá, como dijera Macedonio Fernández, intuyera que la vida no es más que el susto de un sueño. Y entonces, digo yo, la vida es algo así como los siete tragos de agua que te tienes que tomar sin respirar para que, con el susto de vivir, se te quite el hipo.

El cuatro de abril de 1.968 Martin Luther king es asesinado en la ciudad de Memphis, la patria de un Elvis que para entonces ya había logrado que el rock barriese el mundo. Un día King, parafraseando a Gandhi, había dado una lúcida vuelta de tuerca a la ley de Talión.

Aquella antigua ley del ojo por ojo acabará dejando ciego a todo el mundo.

M.L. King en el Motel Lorraine momentos antes de su asesinato

Aquel cuatro de abril dejó de ver, y mirar, para siempre, víctima de la incomprensión y el racismo de un país, el suyo, tan sumamente anacrónico y voluble. En cualquier caso, no fue más que el desenlace lógico de una muerte anunciada. Pero a pesar de conocer su suerte, se exponía a la muerte con la dignidad de los antiguos caudillos americanos, con la misma con la que Caupolicán, ante la incredulidad de su pueblo, caminaba hacia el cadalso dispuesto a ser empalado y asumir su trágico destino.

… Descalzo, destocado, a pie, desnudo,

dos pesadas cadenas arrastrando,

con una soga al cuello y groso ñudo

de la cual el verdugo iba tirando,

cercado en torno de armas y el menudo

pueblo detrás, mirando y remirando

si era posible aquello que pasaba,

que, visto por los ojos, aún dudaba.

                                                                    Alonso de Ercilla (La Araucana)

El espíritu de Martin Luther King pervive a través del tiempo, cristalizándose en la tolerancia de una sociedad cada vez más concienciada y más combativa en la lucha contra la injusticia y la desigualdad. Con su muerte quisieron enterrar el mito pacifista de King pero no fue más que un empeño inútil, pues si bien consiguieron que muriera el hombre, no hicieron sino más que alimentar el mito. La ideología pacifista que había representado en vida le acompañó más allá de la muerte, convirtiéndolo en un mártir.

Es mucho más difícil matar a un fantasma que a un ser real.

                                                                                 Virginia Wolf

Hoy, como un ser espiritual, como un fantasma benéfico, se invoca su nombre como un ejemplo de luminosidad, como un espejo en el que mirarnos a la hora de caminar en la senda, a veces todavía angosta, de la igualdad de las razas.

Martin Luther King, durante su histórico discurso en Washington

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MEMORIA DE UN TIEMPO IX-Juan Francisco Quevedo

Abril de 1967. Muhammad Ali, el mejor boxeador de todos los tiempos, al negarse a ir a la guerra de Vietnam, fue condenado a cinco años de cárcel.

IX

LA GUERRA DE VIETNAM

Pero si hubo un hecho trágico que marcó a aquella generación, sin duda, fue la guerra de Vietnam; este acontecimiento tan decisivo merece un análisis más detallado.

La vida nos inunda de paradojas y mientras las enseñanzas de Gandhi penetran entre las nuevas generaciones de unos jóvenes que se divierten bailando descoordinadamente, tal y como les surge del alma, el siempre todopoderoso Congreso de los Estados Unidos de América se prepara para hacer bailar, al son de los bombardeos sobre Vietnam, a toda la población, civil o no, de aquel lejano país. Bien es verdad que la orden surge para represaliar al enemigo tras el ataque al destructor Maddox, pero las consecuencias de la decisión van a ser nauseabundas, así como uno de los ejes de todo el movimiento juvenil de la época que culminará, extinguiéndose por asimilación del propio sistema -aquello contra lo que tanto se luchó-, con el mayo del 68 en París.

Lyndon B. Johnson, presidente circunstancial de los Estados Unidos tras el asesinato de J.F.K., asume su cargo, de manera electiva, tras derrotar en las elecciones a un candidato republicano de nombre impronunciable y, además, perdido en el recuerdo, o sea relegado al olvido. El presidente Johnson obtiene del Congreso americano plenos poderes para actuar contra el régimen de Hanoi, en lo que se interpreta como una declaración de guerra formal y en toda regla. Una guerra que llevará la muerte y la ruina a Vietnam y la destrucción moral a Estados Unidos, un país al que acabarán abandonando en esta locura hasta sus propios conciudadanos. Pero, la suerte, aunque fuera para mal, estaba echada; a finales de 1.965 ya habían sido embarcados hacia esta península asiática, a la que los ciudadanos estadounidenses eran incapaces de situar en el mapa, más de 150.000 soldados.

Las protestas contra la guerra, primeramente las encabezarán casi espontáneamente un grupo de chalados melenudos, mal vestidos, amantes de las flores y las primaveras, que celebran sus días cantando al amor -al amor hacia todo en su afán panteísta- y ahora también a la paz. Pronto, a medida que se vayan conociendo las barbaridades del Napalm y las masacres de civiles junto, por si fuera poco, al masivo uso de productos defoliantes, destructores de la vegetación, los cultivos y el ecosistema, la indignación en el mundo será masiva, calando así mismo en su propio país, un lugar en el que se está acostumbrado a ganar siempre y en cualquier circunstancia y que no podrá resignarse, ni asistir impasible, a la derrota moral de su propia sociedad mientras presencia, con inmenso sufrimiento, la llegada de una enorme procesión inacabable de cadáveres de jóvenes compatriotas.

1972. Niña survietnamita desnuda, impregnada de napalm y chillando de dolor, corre hacia la cámara por una carretera con los brazos abiertos.

No podemos olvidar que aquella lucha por la paz empezó con este grupo de hombres, un poco bendecidos por la locura de los más cuerdos, a los que llamaron hippies. Representaban justamente lo contrario a lo que simbolizaban los valores tradicionales del espíritu de su propio país, traicionando por los cuatro costados el tan traído y llevado sueño americano. Su rechazo a la guerra irá inundando las calles de protestas pacíficas -como no podía ser menos-, pero eficaces, a las que se irán uniendo cada vez más voces y todo ello culminará, en una explosión colorista, con la masiva marcha del verano del amor, durante la cual sus participantes se convierten en auténticos guerrilleros de la paz.

A esta catarsis colectiva de paz y amor se sumarán las siluetas de personajes famosos, tales como la del gran campeón de los pesos pesados, el en otra hora llamado loco de Louisville, y ahora conocido por su nombre musulmán, Muhammad Alí. Su negativa a ir como soldado a la guerra le costará un calvario, comenzando por ser considerado un desertor y continuando por un ostracismo público y deportivo que se prolongará durante años. Regresará a los cuadriláteros, en los setenta, para darnos grandes veladas frente a otros dos grandes campeones, Joe Frazier y George Foreman.

Recuerdo también a la dulcemente agresiva, en su belleza, Jane Fonda, la sensual y hermosísima protagonista de Klute, recuerdo su viaje hacia el país del enemigo y las aversiones que le generó, tanto entre sus adversarios políticos como en cierta opinión pública y publicada, la más reaccionaria, hasta el extremo de ser considerada una traidora, siendo perversamente mentada como Hanoi Fonda; en fin, fue declarada renegada y condenada, sin más, por su postura supuestamente antiamericana pero, sin embargo, fue absuelta por el menos común de los sentidos, o sea, por el sentido común, el cual era poseído por una gran parte de su propio pueblo.

En el fondo, desde el principio, la guerra de Vietnam no fue más que la escenificación en caliente de una guerra que en frío llevaba en cartelera desde el fin de la segunda guerra mundial. Los dos bloques en que se dividía el mundo, el occidental y el oriental, con sus capitanes, Estados Unidos y Rusia, ya habían hecho un ensayo fallido en Cuba, durante la crisis de los misiles, de llevar lo que, hasta entonces, había sido la guerra fría a un escenario real.

El 15 de noviembre de 1969 tuvo lugar una gran manifestación en Washington contra la Guerra de Vietnam

Vietnam fue el Prometeo rebelde al que el águila americana -un poco ciega, todo es verdad- intuyó presa fácil. Pronto, los vietnamitas, apoyándose en la U.R.S.S., se dieron cuenta de su sacrificada fortaleza y, tras los primeros y sufridos picotazos perpetrados por la rapaz, no sólo no se dejaron devorar los hígados sino que acabaron siendo ellos los que picotearon en la moral de una sociedad completamente pagada de sí misma. Pronto cambiaron las tornas y aquellos muchachos, soldaditos de la linda América, se vieron envueltos en un verdadero infierno de desolación y muerte. Los cadáveres de aquellos jóvenes, muchos aún barbilampiños, regresaban a sus casas empaquetados en frías bolsas de plástico, adosándoles, simplemente, una mísera etiqueta identificativa. Y retornaban por millares. Enseguida, las autoridades se apresuraban a cubrirlos con la bandera americana para intentar reducirlos al silencio con la vana excusa de un patriotismo personificado en el símbolo nacional. La trampa duró poco, pues la gente acabó por ignorar la bandera y ver, sencillamente, los cadáveres.

La guerra acabó provocando un caudal de indignación, tanto en su país como en el resto del mundo. Una juventud muy distinta a todas las anteriores elevó la antorcha de las protestas antibelicistas y del pacifismo combativo y, tras ella, fueron caminando voces de lo más dispares. Las movilizaciones contra la guerra de Vietnam unieron a un tipo de jóvenes que se manifestaban con unas maneras y unas formas de afrontar la existencia un tanto peculiares y llamativas, además de coloristas y festivas. Su actitud vital se encontraba a medio camino entre la pureza y austeridad pitagórica y el placer epicúreo. Era una juventud capaz de conjugar, a la vez, el compromiso hacia aquellas causas que consideraban injustas con el disfrute y la alegría de vivir, una alegría que pretendían contagiar al resto del planeta, fundamentalmente a través de la música. Y así fue como algunos de ellos se reunieron en comunidades donde, al igual que en La ciudad del sol, la obra de Campanella, no había ni pobreza ni riqueza ya que todos tenían, simple y llanamente, exclusivamente lo que necesitaban. Y con ello y con todo, por mucho que extrañe desde la perspectiva del tiempo transcurrido, parecían felices.

Toda la variopinta hornada que pululaba por los sesenta era temeraria en sí misma y lo mismo se atrevía a representar unos aburridos y pesados happenings que a reinterpretar Las Troyanas de Eurípides, esa epopeya clásica y antibelicista, donde se narra la destrucción de la mítica ciudad griega. Esta obra constituye, de por sí, un atrevido y brillante alegato contra las guerras siendo, quizá, el equivalente clásico a los Cuentos de soldados, de Ambroce Bierce. En ella, todos los participantes, tanto vencedores como vencidos, son completamente inmorales y éticamente reprobables. Es fácil entender, por tanto, que aquellos jóvenes vieran en este drama el reflejo de la guerra de Vietnam, una confrontación nada teatral, y sí muy real, aunque muy teatralizada, sobremanera en el cine.

Durante la guerra se llegó a un punto en el cual se tuvo la sensación de haber sobrepasado todos los límites, de haber llegado a un barbarismo salvaje, propio de épocas pretéritas. Todo ello condujo al clamor ensordecedor de un gentío, millones de personas en el mundo, capaces de enarbolar la bandera de la paz y de pedir en un solo grito, y con un sola voz, el fin de la guerra. Fue un grito molesto y machacón que ya no se acallaría hasta los años setenta. Entre tanto, las cárceles americanas se van llenando de chicos que se niegan a ir a una guerra absurda, lejana y sin posibilidad de solución. Lo que no han conseguido ni intelectuales, ni políticos, ni predicadores, lo ha conseguido un conflicto como éste: la unión efectiva y afectiva de los chavales de medio mundo en torno a un movimiento pacífico, abanderado por una música salvaje y, decidido, desde una manera de vivir desenfadada y despreocupada, a inclinar la balanza hacia el lado de la paz.

Todo terminará con más pena que gloria, sin triunfos aparentes, sin descabalgar del poder a nadie; sólo algunos restos y rostros envejecidos del naufragio dan fe de aquellos años, pero su impronta, el espíritu de aquellos jóvenes, impregnará el futuro de las sociedades que surgirán tras la guerra del Vietnam, tras el mayo del 68, tras aquella marea que se inició en torno al rock y a este movimiento contracultural que empezó en el campus de la Universidad californiana de Berkeley.

Guerra de Vietnam, soldado muerto.

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FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN-LOS CUADERNOS DEL FRÍO-Juan Francisco Quevedo

FRANCISCO JOSÉ MARTÍNEZ MORÁN

LOS CUADERNOS DEL FRÍO (EDITORIAL BAJAMAR, 2021)

Han tenido que pasar tres años desde la aparición de Tacha para que Francisco José Martínez Morán publique un nuevo libro de poemas, Los cuadernos del frío. Prácticamente coincide la lectura con la concesión al poeta del I Premio Internacional Francisco Brines con No.

F.J.M.M. sorprende al lector desde Los cuadernos del frío con una propuesta muy personal, donde la palabra toma un protagonismo absoluto, erigiéndose como un elemento conceptual desde el que el autor es capaz de sintetizar, apoyándose en su desnudez, toda una poética desde unos versos que nos ofrecen una poesía reflexiva y reveladora.

Con una pulcritud impecable en la escritura y una musicalidad embaucadora, los poemas breves del autor llegan al lector con una punzante luminosidad, como un rayo de luz que se cuela por un resquicio en medio de la oscuridad.

Los cuadernos del frío se estructuran en siete partes bien definidas, como si el todo fuera un cancionero del desasosiego y del dolor. El libro se construye con la concisión y la precisión de un lenguaje que arma y edifica el poema desde la verdad íntima del poeta. Consigue que no haya en el mismo un sobrepeso estéril, una plomada que le hunda, que no falte, ni sobre, ni una sola palabra. Esta determinación se observa desde el primer poema, de un solo verso, que aparece en Raíces y atestados: Tan solo cuando duele es luz la luz.

Esta intención, esta manera de entender la poesía se extiende, con el frío que acompaña a los versos, por todos los poemas. La segunda parte se abre apoyándose en la Misa Réquiem de Mozart y pese a lo anunciado previamente, pese a que En el cuaderno verde anoto todas/ las marcas que en mi cuerpo van dejando/ los golpes de la edad, se vislumbra cierta esperanza ante ese horizonte de dolor: Sé luz entre la luz, no más que luz/ sumida en el color del brillo eterno.

Posteriormente, en Concreto, esa visión de la existencia que gira en torno a ese frío que se anuncia en el título, se torna más leve y se diluye entre los vapores del amor, el sexo y la poesía: Se estrella la ciudad contra mi cama:/ traes todas las calles en tu cuerpo.

El poema más extenso se halla en Un frío de otro tiempo y toma el hilo de construcción en los primeros versos del Cantar de Mio Cid, haciendo Francisco José Martínez Morán una lúcida abstracción del dolor, asociando el dolor pretérito con el propio, con el actual, que, al fin, es el de siempre.

A veces me pregunto si he visto llorar a alguien de esa forma. Reflexiono y contesto entre dientes no seas infantil, pues claro que lo has hecho…

Tras un viaje a esa certeza que nos acompaña desde la cuna, Estar aquí, y saber que luego no; que, tarde o temprano, nada, tras saber de nuestra ceguera, El dolor en los párpados, sensación de haber perdido la luz sin haber llegado nunca a vislumbrarla, llega como colofón esta Canción de ausencia cierta, como un canto en el que cabe cierta predisposición a la felicidad: …descendí a tu misterio, /a la profundidad de tu caricia, /hoguera de pan blanco.

Al despedirnos de Los cuadernos del frío, nos despedimos de un libro que se manifiesta como un modelo cierto de una poesía concentrada en la palabra precisa, caracterizada además de por su brevedad, por su limpieza. Nos hemos dejado alcanzar por la calidez que emana de unos versos plenos de ritmo y lirismo, unos versos muy alejados de esa gelidez que preludia el título. La poesía de Francisco José Martínez Morán está poseída por la belleza exacta de lo inabarcable, de la luz y el dolor que proyecta sobre la existencia.

Juan Francisco Quevedo

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MEMORIA DE UN TIEMPO VIII-Juan Francisco Quevedo

MC5 en 1969

VIII

AL BORDE DEL ABISMO

Las comunas, donde se canta a la paz y al amor libre en torno a una hoguera se expanden a lo largo y ancho del mundo y con ellas, también proliferan las drogas, ya inseparables compañeras de esta nueva forma de vivir. Podemos afirmar, sin riesgo de error, que había más hierba en ellas que en todo el estado de Michoacán. Pero no todo, y sólo, eran las comunas, ni eran ellas tampoco lo que mejor expresaba el nuevo aliento fresco que llegaba. Había algo más, había algo de fondo en todo ello capaz de impregnar el ambiente de libertad y de hacerlo, además, en todos sus términos y a todos los niveles, sexual, política y socialmente. Se mezclaba con unos ritmos que dieron lugar a una música contestataria y rebelde, al mejor rock, heredero de tantas corrientes, fundamentalmente afroamericanas, con un fuerte radicalismo político que se vio perfectamente reflejado, allá por el 68, en la comuna donde vivían los MC5, grupo enardecido e incendiario donde los haya, surgido en la ciudad de Detroit, al amparo del rugir de los motores de sus numerosas fábricas de automóvil. Sus canciones, inspiradas por un iconoclasta John Sinclair, eran como puñetazos contra una sociedad anticuada, obsoleta y pasada de moda. Desde sus letras predicaban el amor libre, la revolución y el rock. Eran tiempos donde todo se podía dirimir entre la alegría de un gran campo de flores.

A batallas de amor campo de pluma.     Góngora (Soledades)

Eran tiempos donde aún no existía el látex y los colchones todavía se rellenaban con delicadas plumas de ave. Recuerdo especialmente al batería del grupo, Dennis Thompson, un músico bestial, capaz de imprimir tal ritmo a sus actuaciones que irremediablemente arrastraba al resto de la banda. Algo así como lo que representó Keith Moon para unos Who que nacieron al calor de 1.964. Pero no fueron los MC5 los únicos en vivir de esta peculiar manera. Vivieron como ellos, entre otros, formaciones como los virtuosos Traffic y los sicodélicos Grateful Dead. También pululó por Detroit la comuna de los Stooges, el grupo de Iggy Pop, un hombre poseído por el espíritu de la iguana y, a su vez, el mayor contorsionista que se haya visto sobre un escenario.

En cualquier caso, socializar la existencia era una apuesta diferente, así como el reflejo reivindicativo en el que se volcaban unas formas de afrontar la vida completamente distintas, más en la línea autosuficiente de las primeras comunidades cristianas. Era sin duda, en el caso de los grupos de rock, una manera de estimular la creatividad de los componentes del mismo. La gente que se acercaba a visitarlos sólo tenía que entrar, sin necesidad de aporrear la puerta, sentarse y esperar a que le pasaran la pipa; entonces ya podía ser y sentirse como uno más. Desde luego, era una ingenua manera de ver y sentir la existencia.

Tras los sesenta ya nunca nada volvió a verse y a ser igual que antes pues, sin haber llegado a nada, consiguieron lo más difícil, impregnar a la sociedad de una gran sensibilidad por los temas sociales, contribuyendo decisivamente al cambio de actitud de sus componentes ante las guerras, la educación, la liberación de la mujer e incluso ante aquello más etéreo y disperso como pueda ser una disposición distinta ante la vida. Nunca antes y nunca después, como al inicio de esta década, se vivió con un espíritu tan sincero, tan cercano a la esencia bondadosa del ser humano. Pero a su vez tampoco nunca se vivió tan al borde del abismo. Aquel sueño pronto se frustraría. Sólo tenían que esperar a ver y saber en lo que se podía convertir un yonqui.

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida

porque eras suave como el peligro,

como el peligro de vivir de nuevo.

                                 Leopoldo María Panero (Last River together)

Desconocían el laberinto de dolor y desesperación por el que habrían de caminar y tampoco sabían de la desidia y falta de voluntad a la que se verían abocados. Como verdaderos peleles, babeando por un pico, buscarían a sus camellos sin más horizonte que el rechinar de sus dientes en una boca cada día más despoblada. Estaban tan poseídos por las drogas y por la intelectualidad malentendida de Burroughs, que no fueron capaces de calibrar el desastre al que les iba a conducir única y exclusivamente, y es muy triste decirlo, su buena voluntad. Las drogas los arrastraron al abandono, a no sentirse dueños de sus destinos. Y no hay nada tan imprescindible, ni tan necesario, para el ser humano como no renunciar a su esencia, como no depender de nada ni de nadie.

La cosa más importante del mundo es pertenecerse.

                                                                                     Montaigne

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MEMORIA DE UN TIEMPO VII-Juan Francisco Quevedo

(Museo de Boston) 1927 Edward Hopper-Drug store- En Greenwich N.Y.

Ayer y hoy del nº184 de Waverly Place Village

VII

ROCK Y DROGAS

Por supuesto, en esa lucha por experimentar con lo que ofrecían los tiempos, hubo que pagar un doloroso peaje que en su forma más auténtica acabó con aquel sueño de libertad, con la esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste el espejismo que inundó el planeta de flores y cánticos alegres a la luz de las hogueras. Con aquel regalo envenenado se perdió, quizás, la oportunidad de haber hecho del hombre un ser más libre en una sociedad más justa.

Quien te mal faz mostrando grand pesar

guisa como te puedas dél guardar

                                                  Don Juan Manuel (El conde Lucanor)

Cuentan que por aquellos años se fabricaba un excelente L.S.D. en las, no lo olvidemos, factorías legales del químico Owsley Stanley, un hombre entregado tanto a la causa de su negocio que acabó encargándose del sonido del grupo californiano más pasado que haya existido, los Grateful Dead. Aún en el 2015, claro está que sin Jerry García, tocaron todavía Sugar magnolia.

Desde San Francisco, se fue extendiendo esta manera de ver la realidad, evidentemente distinta, tanto en su percepción real como en las emociones cerebrales, a través de un viaje lisérgico o, como se decía entonces, psicodélico. Eran años de permisividad donde el L.S.D. se consumía, junto a la hierba mexicana -marihuana-, en estos ambientes de libertad y juventud, con total naturalidad.

La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres.                                              Manuel Azaña                                                                                          

En el 66 existía un gran mercado de la droga, todo un supermercado legal –The Psychedelic Shop-, donde se encontraba, además de estas substancias, los utensilios más variados para consumirlas; podía comprarse desde una cachimba hasta unos libros que les ayudaban a iniciarse en el camino de la psicodelia. Precisamente en ese ambiente de luz, decibelios y ácido nacerá el rock psicodélico, esa ensoñación cerebral con la que no sólo se hizo literatura sino también música.

La marea hippie sale de San Francisco y se extiende de costa a costa, para estallar definitivamente como un movimiento de masas absoluto en el 67, con el festival de Monterey. Allí se descubrió a Joplin y sobre todo a un Otis Redding -(Sittin`on) the dock of the bay– que cautivó a la flor y nata de un hipismo muy militante y combativo. Poco le duró en vida el reconocimiento pues fallece ese mismo año en un accidente aéreo. Poco más duraría la alegría a todos ellos pues, en un goteo sangriento, fueron escribiendo su propio epitafio desde el aturdimiento pasado de las drogas y desde los excesos incontrolados. Con la voluntad perdida, o disipada entre la enfermedad y el sopor del pico, todos fueron cayendo.

Hermanos humanos que vivís después de nosotros,

no tengáis contra nosotros los corazones endurecidos,

pues si tenéis compasión de nosotros, pobres,

Dios tendrá antes misericordia de vosotros.                  

                                                                         François Villon (Epitafio)

Brian Jones presentó a Jimi Hendrix en el Festival de Monterey

Tras Monterey, vendría el mítico y masivo festival de Woodstock. Hasta el lugar, en el estado de Nueva York, se desplazaron los jóvenes de medio mundo, hermanándose los de París con los de San Francisco, los de México con los de Londres y así, sucesivamente, en un mar de manos unidas. Todo sucedió en el año 1.969, tras lo que supuso el mayo del 68; fue una inmensa locura, recibida de uñas por la sociedad imperante y mal tratada, a la vez que maltratada, por la prensa más rancia, que era la mayoría.

La importancia de Woodstock va más allá de lo meramente anecdótico ya que, entre otras cosas, sirvió para seguir dando cuerpo a un malestar, pleno de la más displicente de las disidencias, del que ya se había dado cuenta en mayo del 68, en París, así como allá por el 67 en el festival de Monterey.

En Woodstock vieron la luz grandes estrellas, alguna de ellas se dio a conocer al ritmo inagotable de los Beatles. Su canción Con la ayuda de la amistad sirvió de carta de presentación a un joven de aspecto y movimientos epilépticos que respondía por Joe Cocker. Sus contoneos convulsivos y su voz cascada y personal impresionaron en aquel multitudinario evento. Luego, ya se sabe lo que fue de él, incluso llegó a ganar un Oscar de Hollywood.

Joe Cocker en el festival de Woodstock

Con él actuaron Crosby, Stills y Nash, aún sin Young, así como unos jovencísimos Creedence -Proud Mary-. También Carlos Santana, desde su personal sonido de guitarra, fue capaz de transportar a toda aquella masa de juventud por los acordes de Evil Ways hasta el latino ritmo de Oye como va. Así mismo, cantó Arlo, el hijo de Woody Guthrie, el gran y combativo maestro del folk gringo. Por entonces, Arlo, ya había cautivado al público americano pero fue allí donde se convirtió en el hippie favorito de América. Aquel festival inolvidable lo clausuró, al ritmo de su particular visión del himno de los Estados Unidos, un Hendrix eléctrico y electrizado, con los acordes encendidos de su maravillosa y envolvente ladyland. Como resumen y colofón de aquella celebración y de aquel espíritu, sólo nos queda recordar la canción de Sly&The Family Stone, Stand; desde ella se apelaba a la conciencia universal de cada uno de los jóvenes asistentes.

¡En pie! Llevas demasiado tiempo sentado.

Hay una continua doblez tanto en lo que posees de bueno como de malo.

Después vino Altamont, donde nació la leyenda negra de los Rollings Stones, junto a la más que justificada de los Ángeles del Infierno, con su estética y su espíritu matón. En el festival, los Stones presentan su disco Let it bleed, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba Simpathy for the devil y la brutal presencia en el servicio de seguridad de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nada nunca volvió a ser igual.

He visto arrastrarse por el fango a las mejores mentes de mi generación. Algo así se escribió para los beatnik y algo así se puede escribir para aquella generación de Monterey y Woodstock, que al ritmo de Janis Joplin y los Jefferson Airplane soñaban con un mundo radicalmente mejor. Los setenta mataron aquel espíritu desinteresado, asimilándolo al interés de su causa. Y a los que se quedaron al margen, el sistema los abandonó y pisoteó, pateándolos como cantos rodados, y así fueron dando trompicones, sin voluntad, de ciudad en ciudad, calentándose sobre las rejillas de los metros con la escudilla de la miseria sobre el asfalto, sin más destino que el de ser peones sin rumbo a la búsqueda de una lata de sopa Campbell que calentar en cualquier infiernillo. Hoy ya no queda ninguno de aquellos desheredados de la fortuna. El frío, los años y las drogas se encargaron de ellos.

Brilla radiante el sol, la primavera

los campos pinta en la estación florida:

truéquese en risa mi dolor profundo…

que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?

                                               José de Espronceda (Canto a Teresa).

Pero entonces todo era mucho más natural y rápido; aún no había lugar para las nostalgias disquisitivas. La vida era una huida desenfrenada hacia adelante y el sendero que se iba dejando atrás no era más que la tierra quemada sobre la que se seguía hacia un futuro que tampoco interesaba. Bastante tenían con inundarse de presente.

Enganchados al tren de la rebeldía, estos muchachos hacían jirones el pasado y lo hacían simplemente por eso, por ser pasado. Y, además, un pasado mísero y obsoleto. Cada día era como un regalo; había que vivirlo a tope, por si acaso, no fuera a ser que no hubiera otro.

Imagina que cada día es el último que para ti alumbra:

Agradece el amanecer que ya no esperabas.

                                                         Horacio (Epístolas I, 4,13)

Todos estos muchachos se movían al ritmo de sus inquietudes y de su música, estos jóvenes, más airados que nunca, no sólo miraban atrás con ira, sino que fueron capaces de llevar a la práctica lo que John Osborne y su grupo de escritores sólo ejercitaban intelectualmente. Llegaron a vivir en comunas, al margen de esta sociedad punitiva, practicaban una libertad, civil y sexual, que les ponía y colocaba y, como dijera un Wilhelm Reich reivindicado por la gauche divine europea, satisfacían sus necesidades naturales naturalmente. Además, se movían al primaveral ritmo -Flower power-, de una música electrizante y, para las muertas mentes, como sus oídos, de un establishment atolondrado, ensordecedora. Somebody to love de los floreados Jefferson Airplane pudiera ser el ejemplo que ilustrase ese sentir combativo, desprendido, alegre y lleno de libertad, donde la sexualidad se desparramaba a raudales como parte de una necesidad natural.

Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,

aquí estalla un beso en una cantera sin amor.

Oh, ved en los muchachos los polos de la promesa.

                                      Dylan Thomas (Veo a los muchachos del verano)

Se les llamaba hippies y hacían honor a la etimología de la palabra. Hip se usaba en la jerga de los negros y significaba algo así como colocado; era el estado en que los dejaba la marihuana o el ácido. Se extendió, después, para estos nuevos profetas de la modernidad que aparecieron en los sesenta y, de alguna manera, la palabra los acabó poseyendo.

Grupo de hippies en los sesenta

Las drogas acabaron con aquel sueño de paz, amor y flores que había comenzado entre aquellos primeros contestatarios –allí se inició todo- que se reunían en el soleado campus californiano de la Universidad de Berkeley. Aquellos jóvenes, que recién finalizaban el instituto, estaban a punto de hacer volar las conciencias relajadas de unos padres boquiabiertos que asistían atónitos a las maneras, tan distintas, conque sus hijos pretendían cambiar un mundo –y caminar hacia la utopía de la hermandad- del cual no les satisfacía casi nada.

Me gustan las ideas de crear ruptura, de dar vuelta al orden establecido.

                                                                                                 Jim Morrison.

Mientras Huxley seguía elucubrando, desde la década de los treinta, pasado de ácido, sobre el feliz inmundo que se avecinaba en las páginas de un libro que era la mismísima encarnación de la antiutopía, una distopía infeliz. Todo cambiaba para que nada permaneciera igual y no sólo, o quizás también, por contradecir a un noble siciliano como Lampedusa que hablaba, en la película de Visconti, a través de un sublime y venerado Burt Lancaster -sólo de viejo, pasado por el colador exquisito del Neorrealismo y de Malle, se hizo un actor inmenso-, con el irónico escepticismo del que está de vuelta y por encima, de todo.

Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie

                                                 Giuseppe Tomasi di Lampedusa (El Gatopardo)

  En este cambio social la música iba a tener un papel de rebeldía fundamental y así, mientras el gran Elvis se adocenaba en paupérrimas películas comerciales, antes de convertirse en una caricatura gorda, sudorosa y hortera, un negro de sangre india, como Hendrix, ya afilaba sus cuerdas para demostrar al mundo cómo electrizar a una dama –Electric Ladyland- y, por desgracia, para demostrar al mundo cómo acabar muriendo un frío mes de noviembre, con apenas veintisiete años, a pesar, o por el pesar, de acumular tanta experiencia -Are you experienced?-. Eran tiempos en que se caminaba sin mirar hacia ningún lado a velocidad de vértigo, destrozando guitarras contra los altavoces de cualquier escenario, entre las notas distorsionadas de una peculiar versión del himno del país de las barras y las estrellas.

Están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, locos por moverse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes…                                                                       Jack Kerouac (En el camino)

Tanto es así que algunos acabaron estrellándose. Con los años, la mayoría de los que empezaron a participar en los primeros compases del movimiento, empezaron también a pagar una factura que los llevó al abandono, cuando no a la muerte. En San Francisco, el enrollado barrio de Haight-Ashbury se va plagando paulatinamente de gente que deambula buscando su dosis de droga dura, enganchados a sus enfermedades de transmisión sexual. Con ellos, perece la fantasía de poder conseguir la paz a través del amor; todas esas utopías se desvanecen por el desagüe de la realidad que los consume. Con aquellos ingenuos muchachos, con sus adicciones, entraron las mafias en busca de su dinero sin importarles las consecuencias letales que conllevaba aquel negocio tan lucrativo. La libertad, tras la que se habían estrellado en su vertiginoso caminar, acabó convirtiéndose en unas férreas cadenas mortuorias y las drogas en sus verdugos. Nunca más pudieron volver a soñar con ser verdaderamente libres. Fueron sólo cadáveres, cadáveres olvidados y perdidos en el tiempo.

Allí está mi patria, donde mi libertad.

                                                          Benjamín Franklin.

Barrio de Haight-Ashbury
Psychedelic Shop
Mick Jagger en Altamont con Los Ángeles del Infierno como servicio de seguridad

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JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO-DEDOS DE LEÑADOR-Juan Francisco Quevedo

JOSÉ ÁNGEL CILLERUELO

DEDOS DE LEÑADOR (EDITORIAL POLIBEA, 2021)

José Ángel Cilleruelo, escritor y crítico literario de larga y fecunda trayectoria nos ofrece sus Dedos de leñador (Días de 2019)-Editorial Polibea, 2021-, con los que cuenta mucho más allá de lo que se espera de un diarista y con los que tala un tiempo que nunca ha de regresar. Nació como se nacía antes, así que si no fue el último de Filipinas, sí perteneció a esa última generación de niños que nació en casa, tal y como lo relata en las páginas de este libro. Con la llegada de la democracia, se hizo un adolescente que ya fue capaz de escribir sus primeros versos, se vistió de poeta y ahí continúa porque desde entonces hasta hoy he escrito poemas regularmente.

El diario se inicia un día de año nuevo de 2019 con intención no de contar lo que pasa en los próximos cien días, y Algunos días más, sino con el propósito de utilizar la escritura como una mera excusa para desmenuzar ese período de tiempo y escrutar multitud de hechos y circunstancias con los que va componiendo e hilando su propio mundo. Así podemos ver cómo dentro de la creación literaria, de su concepción poética, reniega de esa poesía que tan solo dice lo que el poema está diciendo, y nada más. José Ángel Cilleruelo reivindica el poema que dialoga a través de los múltiples significados y caminos que pueda sugerir. Ahora bien, también son motivo del interés del autor esas pequeñas alegrías cotidianas que contribuyen calladamente a hacernos más felices, cosas aparentemente tan insignificantes como los paseos por la ciudad, sobremanera la víspera de Reyes, o la búsqueda de libros interesantes por el mercadillo de los Encantes de Barcelona; pasear por este museo de vidas se ha convertido para él en un hábito ineludible. Así mismo, pasan por las tripas de estos días de 2019 su actividad docente como profesor, nunca explicitada previamente, o su adscripción a un determinado equipo de fútbol, con el que confluye para dignificarse en la derrota.

Cualquier pretexto es utilizado por José Ángel Cilleruelo para desarrollar una idea, un pensamiento sugerente o una deriva discursiva sobre este tiempo presente, lo que, sin duda, es de lo más atractivo para el lector. Baste como ejemplo su precisa y acertada reflexión tras ver Roma, la excelente película de Cuarón, donde incide sobre la importancia que tiene en nuestras vidas lo rutinario y cotidiano, es decir justo aquello que suele obviar el cine y que en esta película queda muy bien reflejado, constituyendo una hermosa excepción.

La poesía subyace a lo largo del texto en numerosos pasajes, tal como aquel en el que evoca cómo tuvo lugar la concepción de un poema de Rafael Pérez Estrada tras un acontecimiento común o cuando se refiere a la figura del hijo, siempre presente en las páginas del libro, en una comida, en una lectura en la universidad o en una conversación con los amigos. No en vano afirma algo que cualquier padre suscribiría completamente, algo que quiero que sirva de colofón a una lectura plena de momentos brillantes.

Cuando llegan al mundo, los hijos nos brindan el argumento, cada vez más en exclusiva, de las emociones.

La misma que siento al cerrar estos Dedos de leñador.

Juan Francisco Quevedo

José Ángel Cilleruelo

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MEMORIA DE UN TIEMPO VI-Juan Francisco Quevedo

Un joven Bob Dylan

VI

LAS MOVILIZACIONES JUVENILES DE LOS SESENTA

Pero pasaron más cosas en aquellos años, y no precisamente baladíes. Fueron pequeños acontecimientos que hicieron reaccionar a la gente, a una juventud desilusionada y descontenta, contra el mundo que otros, cada vez más temerarios e inconscientes, se ofuscaban en prepararles.

Durante ese tiempo un joven casi barbilampiño, venido del corazón minero de América, un joven de Minessotta que se hacía llamar Bob Dylan, en franco reconocimiento al poeta Dylan Thomas, acababa de llegar a Nueva York, pateando autopistas, chupando cielo raso y azulejando el desolado peregrinar del solitario, y el alma, de acordes de guitarra y resoplidos de armónica.

Desde Mobile, en medio del desierto-On the road-, haciendo auto-stop, se las apaña para desembarcar en el Greenwich Village neoyorquino. Llega con unos pantalones vaqueros, a la fuerza desgastados, sin una cama segura sobre la que pasar la noche, sin un dólar en unos bolsillos raídos y pateando antros y garitos a golpes-beat- del ritmo de sus cuerdas poéticas. En aquellos primeros tiempos sólo Woody Guthrie, el viejo luchador, el cantante comprometido con cualquier injusticia, desde el limbo de su enfermedad terminal, parece entenderle. Y en tanto Bob, tal vez inspirado por Eliot, escribe y canta. Canta y escribe, incluso a cuenta de aquellos misiles que en cualquier momento podían caernos a chuzos del cielo, de aquellos misiles a punto de eliminarnos, de acabar con todo. Y así, como en una retahíla mortuoria, monótona como un rosario a media lengua, intuye la fatuidad de la existencia.

¿Oh, qué viste, para estar tan triste, hijo mío?…

Vi a diez mil oradores con las lenguas rotas,

Vi pistolas y afiladas espadas en manos de niños,

Y es dura, y es dura, y es dura, y es dura,

Y es dura la lluvia que va a caer.

                                           Bob Dylan (Una dura lluvia va a caer).

Se apresura a cantar esta letanía con el temor de no poder acabarla, con la incertidumbre de no saber si podrá volver a entonarla, con el miedo de no poder ver ya a John F. Kennedy y a Kruschev, en sus búnkeres, como únicos representantes de una humanidad extinguida. Pero no, este juglar moderno, que camina descalzo por el desierto y por el asfalto, aún tenía que regresar al camino, a la autopista 61, con su verdad desnuda, y como un canto rodado penetrar e inundar las conciencias de los jóvenes con sus composiciones. En aquellos lejanos sesenta, sin ninguna duda, los tiempos empezaban a cambiar. Y de qué manera.

No cabía la menor duda de que tras esta década, que apenas comenzaba, un nuevo tiempo vendría y no precisamente el de las nuevas fronteras que iba a predicar Kennedy. Pero, como con todo lo que cuesta, hubo que pagar un doloroso peaje que, en su forma más auténtica, acabó con aquel sueño de libertad, con aquella esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste aquel espejismo que inundó el planeta de flores y celebraciones de primaveras. No obstante, conviene recordar que hubo un tiempo, allá por los sesenta, en el que el poder establecido y la sociedad puritana que lo sustentaba, se sintió amenazado por un grupo de jóvenes melenudos, extraños en sus formas y maneras, amén de impredecibles.

Lo que es falso no es el materialismo de esta forma de vida, sino la falta de libertad y la represión que encubre.                    Herbert Marcuse

Cuando en 1960 se miraba a través de los barrotes de una sociedad aburrida, oprimente y opresora, los jóvenes querían volarlos para contemplar un mundo menos gris y envarado; vislumbraban un futuro lleno de colores chillones, de bordados explosivos, de luz y de celebraciones primaverales.

Festival de Woodstock

De repente pareciera que todo lo que no fuera a tono con los tiempos que soñaban aquellas nuevas generaciones balbuceantes se hubiera vuelto viejo, obsoleto, caduco y anacrónico, tan podrido como les pudo resultar en los años veinte a los muchachos de la Residencia de Estudiantes, Buñuel, Lorca, Pepín Bello y compañía -Dalí incluido- todo lo que les rodeaba y representaba un orden de pensamiento y de estética antiguo: ¡Putrefacto!

Lo que ellos representaban con un burro muerto, ideado y plasmado por Dalí, éstos lo hacían con el símbolo, ideado por Gerald Holtom y apoyado por Bertrand Russell, que encarna la apuesta por la paz y que al principio sólo quería representar la lucha a favor del desarme nuclear, otra de las grandes reivindicaciones, junto al pacifismo, de esta década.

Aquella revolución surrealista y castiza que surgió en la Residencia de Estudiantes, sin contar aún con el refinamiento marxista y parisino de Breton y compañía, no fue más allá de una élite ilustrada; sin embargo, la revolución que se avecinaba, con una música nueva como estandarte, con un sustrato literario novedoso y con una filosofía amigable y peleona, arrastraría multitudes. Su espíritu desinhibido y comprometido se extendería por el mundo en movimientos espontáneos contra el racismo, las guerras y el poder tradicionalmente establecido.

La juventud más entusiasmada que haya existido nunca estaba a punto de rebelarse contra un sistema obsoleto y anquilosado en sus estructuras. Y todo ello impregnado con el halo imprevisto y aventurero de lo inciertamente apasionante. Para todo, incluso para experimentar con las drogas; se trataba de acabar con todo lo anterior y partir de cero. Se avecinaban tiempos de cambio, un tanto peligrosos y acelerados.

La juventud necesita romanticismo.                              Nikolái Bujarin.

Bertrand Russell en una marcha pacifista

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HILARIO BARRERO (SIETE POEMAS DEL DETERIORO)-Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO-SIETE POEMAS DEL DETERIORO

(MONOGRÁFICO DE LA REVISTA ATONAAL)

Cuando uno recibe el correo, cuando en él llegan noticias poéticas de un buen amigo, no puede evitar abrir con premura el sobre y ojear con avidez las páginas que componen, en este caso, la revista. Una edición limpia y apetecible, con una portada de lo más sugerente en la que figura un precioso dibujo del autor.

La consciencia de que el tiempo se consume, en ese ciclo vital inagotable en el que la vida va dejando hueco a los que aún están por llegar, y la consciencia de que, a cierta edad, se comienza a consumar el deterioro, son los temas centrales de los siete espléndidos poemas que habitan las páginas de la revista Atonaal, dedicada exclusivamente al poeta Hilario Barrero.

Esa percepción de la vejez que tan magníficamente expresa en detalles cotidianos-Hay un desorden que crece entre los libros, / un brusco desconcierto en las caricias…-, no es motivo alguno para que el poeta siga siendo y sintiéndose poeta, para que la poesía siga siendo, junto al amor, uno de los ejes de su vida. Es más, tal y como lo expresa el propio autor, la poesía no muere, como tampoco muere el amor, ambos tienen una vocación de permanencia desde su concepción.

No puede faltar en la realización de ese pequeño inventario de tiempos pasados menciones encendidas y nostálgicas, plagadas de belleza, hacia lo que se ha perdido: Aquella fruta fresca que mordías/y el vicio de quererte ¿dónde habrán ido?

En unos versos bellísimos, canta al amor atemporal, al que permanece más allá del tiempo, al que ya cantara José Asunción Silva al recordar a su hermana muerta, ese amor en el que las dos almas se funden para ser tan solo uno. Si bien físicamente, dice el poeta, no pudimos detener el tiempo, un imposible físico, bien es cierto que queda retenido cuando se hace poesía, cuando el instante recordado, permanece para siempre en la memoria de los lectores, presentes y futuros.

Ahora bien, esa sabiduría que impregna a Hilario Barrero, tanto al hombre como a su poesía, hace que perciba el paso del tiempo como algo inevitable, haciendo una reflexión melancólica sobre su discurrir, sobre el deseo que en él se difumina porque bien conoce que ya somos más ceniza, cansados nos sentamos/ en el parque viendo pasar lo que nosotros fuimos.

No todos los versos desbordan ese bouquet a tristeza añorante, hay versos luminosos en los que se celebra el amor como un gran descubrimiento, como una asombrosa revelación capaz de iluminar la vida, cada vida.

Y yo vacío, torpe, con los ojos abiertos,

tener tus labios a mi alcance y no saber besarte.

Fue un milagro que te quedaras para siempre.

Será el último de los siete poemas el que, con un arranque arrebatador-Sí, no lo niego, / después de la primera noche, / pensé que también sería la última-, nos lleve al encuentro del amor verdadero, el que surge de lo fortuito, a través del azar y el sexo.

Tras la reciente y feliz noticia de la aparición de sus poesías completas-Tiempo y deseo– nos regala estos siete poemas de una vida que retratan a Hilario Barrero, a un poeta de nuestro tiempo, a un poeta que se fascina y nos embauca con algo tan antiguo como el mundo, el misterio del amor y el paso del tiempo, el que nos conduce, lenta pero inexorablemente, a la vejez. Nos despedimos de la revista Atonaal con el convencimiento de lo que ya sabíamos, estamos ante un poeta que maneja las emociones con la misma maestría con la que compone los versos, con un lirismo capaz de provocar en el lector una reacción sensitiva inolvidable.

Juan Francisco Quevedo

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MEMORIA DE UN TIEMPO V-Juan Francisco Quevedo

Instantes después del asesinato de JFK

V

J.F.K., LA MUERTE DE UNA ESPERANZA

Antes de morir asesinado, John F. Kennedy aún tiene tiempo de poner en marcha el famoso teléfono rojo, con el que se establece una línea directa entre la Casa Blanca y el Kremlin. Un temido teléfono, especialmente pensado y diseñado para usarse durante las más que hipotéticas emergencias nucleares. Ahora, antes de matarnos, planean avisarse entre ellos. Será para apretar los respectivos botones de sus inseparables maletines una vez puestos a salvo en sus refugios.

En fin, ¡qué Dios nos enganche confesados! ¡Pobre humanidad!

Estos romanos están locos  (Astérix).

Casi no tuvo tiempo para pensar en ello.

El crimen sucedió en Dallas, fue un 22 de noviembre de 1963. Poco después de aquel disparo J.F.K. era sólo historia. Después, descansará, como uno más, en el cementerio de Arlington en Washington, entre las interminables filas entrelazadas de cruces blancas.

Su muerte no fue tanto una crónica anunciada como un desenlace inesperado ante la multitud de frentes que mantenía abiertos. Sus líos con el F.B.I., y con su siniestro y poderoso director, Edgar Hoover, eran del dominio público, así como la intransigencia de su hermano Robert para todo lo que tuviera que ver con el crimen organizado, llámese mafia en todas sus formas. Eran los tiempos de un exilio cubano, en el que, allá por Miami, se daba la mano con el sindicato de transportistas, conectado a través de Hoffa con la mafia y, por tanto, con la enorme tajada dejada en Cuba en torno a la prostitución y al juego. Todo eran intereses muy conectados y, por si faltaba algo, la omnipotente C.I.A. estaba mezclada entre los disidentes cubanos a la espera de una nueva invasión de la isla.

Líos y enemigos francos -frente a otros más ocultos- no le faltaban al presidente pero, aparentemente, nadie esperaba un atentado contra su vida. Cualquiera hubiera apostado, antes, por su hermano Robert, el incorruptible e implacable Bobby, el Robert influyente e inteligente, el hermano al que no se podía llegar, ni para sobornarle ni para seducirle, por no ser vulnerable a nada, ya que no se le conocían vicios ocultos, ni privados ni públicos.

En poco se parecía a su hermano, del que Hoover tenía decenas de grabaciones comprometidas, toda una colección de cintas en las que Jack se explayaba ante sus fáciles conquistas. Robert sólo se dedicaba a traer, después de sus oraciones, niños al mundo y, por supuesto, del vientre de su mujer, Ethel. Pareciera que su destino inevitable fuera el que fue, aunque unos cuantos años más tarde. Robert moriría asesinado por los disparos de un jordano de cara enrevesada y nombre fácil, Sirhan Sirhan, cuando su carrera hacia las presidenciales no había hecho más que comenzar, en un hotel de Los Ángeles pero, para entonces, ya estábamos en 1.968.

Aquel 22 de noviembre de 1.963 aparentemente nadie lo esperaba, al menos en el entorno del presidente, aunque los maledicentes han hecho correr el rumor de que algunos poderosos miembros de la mafia habían reservado hotel, con vistas, para poder asistir en primera fila al magnicidio. Las imágenes mudas del coche avanzando por entre las filas de banderitas y el rostro horrorizado de Jackie al verle caer abatido tras un certero disparo, es el recuerdo ensangrentado, como el pulcro abrigo de su mujer, de aquel día de finales de noviembre. El supuesto asesino fue inmediatamente detenido. Él, Lee Harvey Oswald, un anodino ex marine, fue inmediatamente asesinado por un oscuro personaje, Jack Ruby, dueño de un club nocturno que, tal vez, perteneciera al circuito, controlado por la mafia, de la prostitución.

Distintas instantáneas del magnicidio y la foto del asesino Lee Harvey Oswald

¿Quién estuvo detrás de los ejecutores? ¿Quién, desde la sombra, apretó el gatillo? Tal vez la verdadera respuesta a la  muerte del presidente se la llevara a la tumba Edgar Hoover, el todopoderoso jefe del F.B.I., un hombre que, como un enorme Grandgousier, recibía a sus agentes embutido en unas mallas a punto de reventar. Cuentan que de esa guisa recibió a un atribulado Lyndon B. Johnson, a la sazón nuevo presidente de un país que más de sesenta años después aún no se ha recuperado de la conmoción que supuso el asesinato de John F. Kennedy.

Edgar Hoover y Lyndon B. Johnson

Con su muerte, la duda y la desconfianza, así como un sinfín de especulaciones, no harían ya más que contribuir a acrecentar el mito de un presidente que marcó una época, impuso unas maneras y dio lugar al nacimiento de una nueva era, no sólo en torno a la política -qué también-, la era de la imagen. Desde entonces, los políticos feos no es que lo tuvieran imposible pero, desde luego, sí más difícil.

La pálida muerte de igual modo pisa las chozas de los pobres que las torres de los ricos. Horacio (Odas 1, 4, 13)

Tras el duelo, un inmenso silencio recorrió la médula espinal del país, un silencio impregnado por el sentimiento de culpabilidad que se extendía desde el mismo meollo del poder. Pero, todos callaron. Sólo Marilyn pareciera esperar, a pesar del también inmenso silencio que siguió a su muerte, al ingrato amante, con los brazos abiertos, para darle el único consuelo posible, el de los muertos.

¿Quién sabe?, tal vez le recibiera nuevamente aquella espléndida mujer que, años atrás, apareciera desnuda en Playboy, tentada por el objetivo de Johnny Hyde, tendida sobre un lecho de pétalos de rosas rojas. Tal vez, el sueño, en una fotografía, de los jóvenes de distintas generaciones, se hiciera carne, carne temblorosa, en el país en el cual sólo reinan las sombras. Este mito del siglo XX, cuentan que gran admiradora de Tolstoi, empeñada en aprender a través de la lectura, pese a la frivolidad de su imagen, acabó, de alguna manera, devorada por aquello contra lo que tanta energía había empeñado y, sin embargo, terminó engullida por el mismo, por ese mito erótico y sexual en el que, a su pesar, se vio envuelta, incluso después de muerta. Esta preciosa rubia que, siendo ya una gran estrella, tuvo la humildad de apuntarse a las clases de interpretación de Lee Strasberg, alma del Actor´s Studio, murió con la desnudez cándida de los que siempre llegan tarde, incluso a los rodajes, cuando no, a su propio funeral.

No quiero que me vendan al público como un afrodisíaco de celuloide.                               

                                                                                                       Marilyn Monroe

Oficialmente, una sobredosis de barbitúricos acabó con su vida -a la edad de treinta y seis años- en la soledad de su habitación. Oficialmente, un francotirador acabó con su vida -en la ciudad tejana de Dallas- entre el bullicio de la multitud y en la soledad del asiento trasero de un coche descapotable. Oficialmente, fueron los culpables de algo más, fueron los culpables involuntarios, pero imprescindibles, para que la muerte les uniese para siempre y ¿quién sabe?, tal vez para que les condujese a un futuro común y recóndito. Quizás, ambos, estén agradecidos a sus ejecutores.

Cuando la memoria lleve tus pasos

al cementerio, rinde culto

reverente al sagrado misterio

de nuestro futuro desconocido.            Kavafis (En el cementerio)

Pero, en el mundo, había más familias reales, incluso en los Estados Unidos de una América que se enriquece por el norte y se desangra por el centro y por el sur. La realeza de este país, tras la muerte de John, tuvo, aunque por poco tiempo, un nuevo príncipe heredero, a la espera de coronarle con el armiño presidencial, encarnado en la figura saludable, seria y circunspecta de Robert Kennedy. La más que comentada maldición, existente en torno a esta familia, sobrevoló nuevamente sus cabezas tiñendo de escarlata la ceremonia de entronización. Robert saldrá ileso de un atentado; la próxima vez no tendrá tanta suerte ya que los milagros no suelen prodigarse, ni tan siquiera para un devoto católico irlandés. Casi simultáneamente, la Comisión Warren, creada por orden directa del presidente Johnson, da carpetazo a toda la investigación sobre el asesinato de J. F. Kennedy. El veredicto de la misma es un cúmulo de supuestas obviedades que tan sólo tranquilizan al propio estado; nuevamente se demuestra aquello que dijera Napoleón: “Cuando quieras ocultar algo crea una Comisión”.

 En las conclusiones de la citada Comisión se elimina la sospecha de la conspiración y se determina que Lee Harvey Oswald actuó solo, siendo el único responsable del asesinato. Nadie se lo creyó. Es posible que ni tan siquiera ellos mismos, a pesar de haber pretendido ser tan concluyentes. Ahí quedó otro nuevo y fascinante enigma para la historia.

Marilyn Monroe
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HILARIO BARRERO-TIEMPO Y DESEO-Juan Francisco Quevedo

HILARIO BARRERO

TIEMPO Y DESEO POESÍA 1971-2021 (LIBROS DEL AIRE, 2021)

TIEMPO Y DESEO ES EL TÍTULO DEL LIBRO EN EL QUE EL POETA HILARIO BARRERO REÚNE SU POESÍA COMPLETA

Hay pocos poetas a los que un lector retorne con cierta asiduidad para poder disfrutar de su forma de hacer y de entender la poesía. Sin duda, uno de ellos es Hilario Barrero. Cincuenta años de trayectoria poética, en su caso unida ineludiblemente a su período vital ya que vida y poesía han caminado juntas y a la par, se ven reunidos en un espléndido volumen editado por Libros de aire, prologado por el crítico y poeta José Luis García Martín y epilogado por su editor y también poeta Carlos Alcorta.

Tiempo y de deseo es el título de sus poesías completas, una obra que abarca composiciones que se extienden desde 1971 hasta 2021.

La poesía de Hilario Barrero se fundamenta en la memoria, tamizada por el tiempo, lo que hace de ella una sucesión de pequeños autorretratos en los que la voz poética se refleja, con crudeza y sin ambages, en el azogue desgastado de los años pasados. Ese ser, el que fue en su Toledo natal, donde se enfrenta a la moral de la época, el hombre que va creciendo sin miedo en la adolescencia, asumiendo su propia identidad, mientras descubre los misterios del amor y del sexo a través del deseo y ese último poeta neoyorkino de madurez, el que ve como la vejez va cuarteando su piel, es el ser que se proyecta en su poética. Lo consigue a través de la verdad, de su verdad, la que nos llega destilando autenticidad, sinceridad y belleza, la que trasciende al propio autor para vernos seducidos por ella, para sabernos, ahí su gran habilidad, partícipes de la misma más allá de nuestras tendencias vitales e ideológicas. Lo alcanza apelando a unos sentimientos universales con los que cualquier lector se identifica y lo logra con las complejas herramientas del lenguaje, que domina a la perfección, consiguiendo un equilibrio estético y formal que nos empuja irremediablemente en la lectura.

El juego de luces y sombras con las que llena de contradicciones y contraposiciones sus poemas más alegóricos y simbolistas hacen que podamos palpar los conceptos más abstractos, bellos y evocadores por sí mismos, mirando más allá de lo evidente, caminando hacia lo sugerido dentro de una tensión lírica avasalladora.

Hay una gran parte de la poesía de Hilario Barrero en la que nos lleva desde paisajes humanos interiores, que expone desde la experiencia, hacia paisajes urbanos exteriores, con Nueva York de fondo. En ellos, partiendo de una supuesta familiaridad trivial, de un hecho anecdótico, nos arrastra de lo cotidiano a lo trascendente en un quiebro de gran atractivo para el lector.

Desde su condición de neoyorquino de Brooklyn nos muestra las dos caras de una ciudad, una amable, de plenitud, tan solo ajada por la consciencia del deterioro que origina el paso del tiempo, y otra más amarga, aquella donde nos recuerda la plaga que supuso el SIDA, ante la que sucumbieron muchos de sus amigos y ante la que se institucionalizó un fuerte y sordo miedo a la libertad.

La visión del mundo que nos invita a contemplar Hilario Barrero a través del caleidoscopio de su poesía, es la del sabio que en él habita, la de un poeta que consigue lo que casi nadie logra, hacernos mejores. Disecciona la vida con la tranquilad pausada y serena de alguien que se asemeja al poeta y al hombre que se admira y se quiere, al que con un halo de bondad se manifiesta en cada verso. La plenitud de una vida entera, la de un gran poeta, en un libro que se define en su título, Tiempo y deseo.

Juan Francisco Quevedo

Tiempo y deseo, de Hilario Barrero en la Feria del Libro de Santander

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MEMORIA DE UN TIEMPO IV-Juan Francisco Quevedo

J.F.K. en Berlín

IV

J.F.K., EL LÍDER QUE CONQUISTÓ EL MUNDO

Nixon había caído como el U2 de reconocimiento aliado, abatido por la U.R.S.S., ante el vendaval de los Kennedy, ante el ímpetu televisivo y, quizá, ante la trampa de un embaucador de inmaculada sonrisa, de un, en un futuro no muy lejano, ciudadano berlinés, como John Fitzgerald Kennedy. Los mass-media, con sus nuevas y agresivas técnicas de mercado, irrumpían en nuestras vidas para transformar todo, para intentar, y conseguir, manipular hasta nuestra manera de pensar pero, sobre todo, de comprar -tanto tienes, tanto vales-. J.F.K., con un discurso sensiblero, meditado y diseñado para conmover, desde su aparente naturalidad, impactaba, frente al muro de Berlín, a un mundo que escuchaba gustoso aquello que ya sabían estaba deseando oír.

Hace dos mil años la frase que más enorgullecía a quien la pronunciaba era soy ciudadano romano-Civis Romanus sum-. Hoy, en el mundo libre, ha pasado a ser soy un ciudadano berlinés.                                                                 John F. Kennedy.

Ya asoma por el horizonte demócrata la famosa Nueva Frontera; a sus cuarenta y tres años John F. Kennedy, este hijo de emigrantes irlandeses, guapo, católico, joven, héroe de guerra y millonario, brillaba como una nueva estrella en el firmamento de América. De su estirpe surgirá la primera familia real de Estados Unidos. Aún hoy, muerto, como Bobby, como Rose, como John-John, como…, los Kennedy sigue siendo lo que más se parece a una familia real al uso.

En 1961, John F. Kennedy toma posesión como presidente electo de los Estados Unidos y, con él, se inicia un nuevo estilo de hacer política, aunque en muchos aspectos este nuevo estilo solo afectará a las formas. Unas formas con las que este pícaro, joven rebosante de charm y con una sonrisa impecablemente reluciente, embaucará a los jóvenes divinos del mundo. Su halo de triunfador todavía perdura, sobremanera en viejos progresistas acomodados. Su persuasivo discurso durante la toma de posesión ha entrado a formar parte de la historia, de una historia que, como dijera Cicerón, y me repitiera el padre Eliseo, mi profesor de historia, hasta la saciedad… es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.

Y así, compatriotas míos, no preguntéis lo que vuestro país puede hacer por vosotros; decid más bien lo que vosotros podéis hacer por vuestro país. Colegas míos, ciudadanos del mundo, no preguntéis qué puede hacer América por vosotros, sino qué podemos hacer juntos por la libertad del hombre.

                                                               John Fitzgerald Kennedy (20-1-1961)

Pocos meses después, tras esta acabada y pulquérrima declaración de intenciones, en la que, en su engreimiento endofágico, asimilaba el continente americano a su país, se producirá el intento de invasión de Cuba. Pronto salía a relucir la bestia que se ocultaba bajo su inmaculada sonrisa de bon vivant. Aparecía, como ya dijera Kant en su obra La crítica de la razón pura, la cosa en sí –Ding an sich-, o sea, emergía la verdadera naturaleza del ser que solo la apariencia de su presencia escondía.

En abril, la C.I.A., cómo no, organiza el desembarco, en Bahía de Cochinos, de un grupo de exiliados cubanos. Castro, frotándose las manos, les esperaba inflamado de patriotismo heroico; David contra Goliat. Ambos, como Tántalos modernos, hubieran preferido morir de hambre y sed antes que dar su brazo a torcer. Es otra forma de avaricia y egoísmo, más cruel que la del mito, ya que afecta a todo un pueblo pero, metafóricamente, similar a la que nos describe Petronio en su Satiricón. El saldo se libra, para la orgullosa América, con una humillante derrota que el presidente Kennedy intenta asumir como puede. A Fidel poco le cuesta asumir la victoria; al arrojar al mar a los contrarrevolucionarios, henchido de satisfacción, juntó su barba rala a la rala barba del Che y pensó en aquella máxima del Derecho Romano que se recoge en el Digesto: Dar a cada uno lo suyo.

Fidel Castro y el Che Guevara

Y, quizá, se le vinieran a la cabeza las palabras que pronunciara Niceto Alcalá-Zamora, el primer presidente de la II República española: No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga.

Tras este desastroso desenlace, la cota de tensión entre los bloques se dispara, alcanzando su máximo nivel al año siguiente, al detectar los aviones espía estadounidenses el despliegue de misiles y rampas de lanzamiento, por parte de los soviéticos, en la isla de Cuba. La llamada crisis de los misiles puso a la humanidad al borde mismo de la autodestrucción. Nunca el mundo, víctima de la estupidez de sus dirigentes, estuvo tan cerca de su desintegración física como planeta, de su desaparición como parte del sistema solar. Solo rememorar aquellos acontecimientos me hace temblar:

horresco referens (tiemblo al referirlo)               Virgilio (Eneida 2,204).

 Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Nikita Kruschev y John F. Kennedy

Solo Nikita Kruschev y John F. Kennedy, con su nuevo y, como se vería más tarde, siniestro escudero, Henry Kissinger, permanecían ajenos a lo que pasaba en el mundo. ¡Qué diablos les importaba! Bastante tenían con echarlo a pique.

Hay en la humanidad un fondo de estupidez que es tan eterno como la humanidad misma.                                                                  Flaubert

Mientras, Henry, entre asesorar al presidente y asesorar al lobby judío, maquinaba su desembarco en los entresijos del poder y del dinero. Lo mismo le daba que fuera con un demócrata que con un republicano. O incluso, a poder ser, una temporada con cada uno. Eso sí, siempre con el ganador. Este nuevo Maquiavelo se ha ganado a pulso el apelativo de Old Henry y se lo debería de arrebatar al pobre Nick. Con Nicolás Maquiavelo ha pasado lo que con tantos, el mito ha superado la verdad de un hombre que, en vida, fue apacible, honesto y tranquilo. Él mismo, desengañado y recluido en el campo, escribe a su hijo unas letras que debieran de servir como ejemplo a todos aquellos que se dedican a la cosa pública.

Quién ha sido fiel y honesto durante los cuarenta y tres años que tengo, poco dispuesto ha de estar a cambiar de naturaleza, y mi pobreza es el mejor testimonio, tanto de mi lealtad como de mi honradez.

Henry Kissinger y J.F.K.

Henry prosiguió su agitada vida pegado al poder, e incluso a la llamada prensa rosa, junto a su esposa Nancy, como un cortesano interesado. Solo que sirviendo, además de a sus propios intereses, a unos intereses abyectos y retorcidos, los del Old Henry, que actuaba sin compasión y con la firmeza y determinación de los ebrios por el poder. La imagen de este hombre, vestido, eso sí, de smoking, con sus pequeños ojitos, escondidos tras sus grandes gafas de concha negra, es la imagen de un ser indefenso, nacido para recibir insultos en el patio del colegio. Sin embargo, ya sabemos que la imagen, por mucha importancia que se le quiera dar, solo es eso, imagen. Y, en este caso, equivocada.

¿Y qué os diré de los cortesanos? Nada hay más apasionado, más servil, más necio y más abyecto que la mayoría de ellos…

                                                  Erasmo de Rótterdam (Elogio de la locura)

Henry, como Luther King, -¡que venga Dios y lo vea!- fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, en una de las más vergonzosas ceremonias que se recuerdan. Se lo otorgaban, decían, por su contribución a la firma, en 1.973, de unos acuerdos de paz, en París, que no hicieron más que prolongar la guerra de Vietnam durante dos años. Este escudero, el viejo Henry, nacido en Alemania, asesoró a todos los presidentes habidos desde Kennedy a Reagan y jamás perdió su influencia.

La vida es un cuento dicho por un idiota –un cuento lleno de estruendo y furia, que nada significa-.                               William Shakespeare (Macbeth)

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MEMORIA DE UN TIEMPO III-Juan Francisco Quevedo

J.F.K. y Marilyn Monroe

III

J.F.K., EL ASALTO AL PODER

En esas estábamos cuando el gran encanto de los Kennedy, de John, ese play-boy liberal metido a político, asomaba a escena por entre las bambalinas del Partido Demócrata. Estaban a punto de lanzar al corazón de América el discurso de La Nueva Frontera, el discurso con el que conquistaría la voluntad del llamado mundo libre.

Nos hallamos hoy al borde de una nueva frontera, la frontera de los años 60, una frontera de posibilidades desconocidas y de peligros desconocidos (…) La Nueva Frontera está ante nosotros, lo queramos o no…

Toda esta aparente lucidez, aliñada de grandilocuencia edulcorada, sólo era la avanzadilla de lo que los tiempos de la imagen y el marketing estaban a punto de hacernos llegar y de hacernos tragar. Una nueva época, en la manera de abordar y asaltar, dulcemente, los hogares, en la forma de penetrar en las mentes y en las conciencias de la gente, acababa de irrumpir y se aprestaba a invadir nuestras vidas con la fuerza devastadora de un ciclón. Era, también, la otra cara del llamado por Juan XXIII signo de los tiempos, con toda su carga de manipulación. Su maraña se teje sin descanso, extendiéndose hasta nuestros días.

Cuando la televisión informa sobre algún hecho marginal, en ese momento deja de serlo.

Carl Bernstein

Tal es el poder de mitificación de lo que nos quieren hacer ver como correcto que aún hoy, después de haber transcurrido más de sesenta años, perdura aquella imagen adorable del presidente J.F.K. Nos dicen, llevó al mundo y, en especial a su país, a liderar un gran cambio social. Pero la realidad es que sólo cambió el envoltorio; todos eran más guapos, más telegénicos y sólo decían aquello que los ciudadanos querían oír. Pero la desnuda verdad es que la situación en el mundo no hizo más que empeorar, aunque justo es reconocer los avances en la lucha por los derechos civiles de las minorías y en especial de la minoría negra, oprimida medieval y salvajemente en los contradictorios Estados Unidos de América.

El bueno de John ganó las presidenciales, aunque fuera por los pelos, a un Nixon que cuando le tocó no demostró ser mucho mejor, más bien demostró ser un desastre. De hecho, dicen que cuando dimitió, al abandonar la Casa Blanca, le registraron por si escondía algo entre sus calzoncillos. Lo cierto es que olían a la misma podredumbre que durante años se fue depositando en las alcantarillas del poder. También dicen, y aseguran y dan por cierto, que J.F.K. ganó a costa de facilitar no pocas botellas de licor a multitud de votantes en determinado Estado de la Unión, tal vez Iowa. Para que luego digan que los católicos son incapaces de hacer trampas, incluso cuando están borrachos como cubas. De lo que si hay notarios que den fe es de cómo, al poco de llegar, preparó, o se encontró con ella -articulada por la C.I.A.-, la invasión de Cuba y, como consecuencia, se desarrolló la crisis de los misiles. Por ella, por su culpa, por su grandísima culpa, estuvo a punto de llevar a este infeliz mundo a una guerra nuclear. Tal vez nunca estuvimos, en la historia, tan cerca de la autodestrucción como entonces.

Bien, pues a pesar de todo ello, hoy sólo recordamos de él, esencialmente, tres cosas. Primeramente, lo guapo que era, después, las fotos de John-Jhon, una jugando en el despacho oval, bajo su mesa, y otra, en posición de firmes -con unos minúsculos pantalones cortos-, despidiéndose militarmente, al paso del féretro de su padre. Por último, al menos los de mi generación, tenemos grabado el happy birthday -mil veces repetido y mil veces visto sin ningún tipo de hastío- que le dedicó Marilyn, en el día de su cumpleaños ante los envidiosos ojos de todo un auditorio, envuelta como una diosa en un ceñido traje que nos insinuaba su hermoso cuerpo.

John-Jhon jugando en el despacho oval mientras su padre trabaja
John-John despidiendo militarmente a su padre

Los dos acabaron despedazados; él por una bala lanzada por Lee Harvey Oswald, en Dallas, y disparada aún no se sabe por quienes, y ella, la pobrecita Norma Jean, la niña de pueblo que se volvió rutilante estrella a los ojos de todos menos a los de ella misma, en su afán iconoclasta y caníbal, por unan pastillas de barbitúricos suministradas aún no se sabe por quienes. Un crimen por esclarecer, el de John Kennedy, y una sobredosis, tal vez un asesinato, por aclarar, el de Norma Jean, más conocida como Marilyn Monroe.

Un bello objeto es un placer eterno.

                          Keats (Endimión)

Marilyn cantando el happy birthday al presidente J.F.K.

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MEMORIA DE UN TIEMPO II-Juan Francisco Quevedo

Un joven J.FU.K.

Un joven J.F.K.

II

JOHN F. KENNEDY

LA GESTACIÓN DE UNA LEYENDA

Después de la irrupción escandalosa de la nueva década que principiaba, vino una larga historia, tan larga como la sombra del poeta colombiano José Asunción Silva al recordar en Nocturno a su hermana muerta.

El mundo no tardaría en colapsarse con el ritmo del rock metido en el cuerpo, con el espíritu hippie -el flower power- de paz, amor y música que estaba por llegar, y con Kerouac En el camino y el desesperado Aullido beatnik en las venas de toda una generación.

He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas,                                                                                                                                           histéricas, desnudas,

arrastrándose de madrugada por las calles de los negros buscando el pico rabioso.  

                                                                                    Allen Ginsberg (Aullido)

Mientras que estos cambios se extendían sin ningún pudor, en Estados Unidos se preparaba el asalto al poder de un clan católico, venido de Irlanda. Merece la pena recordar la historia de un hombre que marcó el futuro político del mundo pese a su trágica y temprana muerte.

Nunca se conformó el bostoniano Joe Kennedy, padre de J.F.K., con ser uno más en los Estados Unidos de América. Ni él ni su mujer Rose. Lejos quedaban los tiempos en los que sus abuelos tuvieron que emigrar de Irlanda para evitar y sortear la hambruna que se cernía sobre aquellas tierras, muy lejos quedaba ya aquel año de 1849 en el que sus antepasados arribaron a las costas americanas en busca de algo tan elemental como subsistir. Poco supo Joe Kennedy de aquellos sinsabores, más allá de las historias familiares que él ya escuchaba como algo remoto, como una reliquia sumergida en la neblina del pasado. Su padre, Patrick J., era un empresario que saboreaba las mieles del éxito comerciando con licores y flirteando con el Partido Demócrata local; se había encargado, con un poco de suerte y mucho trabajo, de forjar en sus destinos el sueño americano.

El joven Joe Kennedy, futuro padre del primer presidente de origen irlandés de los Estados Unidos, recibió una inmejorable educación en Harvard, donde además se percataría de la eficacia punitiva del mejor y más genuino puritanismo sajón; allí, en aquella elitista institución educativa sufriría el primer y probablemente único revés que le dispensaría la joven sociedad americana. Eso sería algo que jamás perdonaría ni olvidaría; fue rechazado por un miembro de una fraternidad del campus por su origen, por el de aquellos abuelos irlandeses que llegaron a buscar nuevas oportunidades. Nunca se sintió más orgulloso ni más decidido a reivindicar sus orígenes, tanto religiosos como culturales.

Quizás esta contrariedad fuera el germen, la semilla que determinó su empeño en influir políticamente en el destino de su país, quizás fuera lo que le llevó a esforzarse con ahínco en un proyecto inverosímil, hacer que uno de sus hijos, católico y con ascendencia irlandesa, llegara a la presidencia del gobierno más poderoso del orbe. Y por qué no, se diría; al fin y al cabo él bien sabía lo que su familia había conseguido en apenas dos generaciones. Todo era posible en América.

El camino sin duda era largo y la tarea laboriosa. Para ello contaba con su fiel Rose, con la que se había casado en 1914, cuando era la hija mayor del alcalde de Boston, John F. Fitzgerald.

El primogénito de la pareja, Joseph Patrick Jr. era el elegido para tan ardua empresa, era el joven al que preparó con esmero para que pudiese ser todo lo que él jamás pudo aspirar a ser. Los tiempos eran otros y el viejo Kennedy creía ver con claridad que había llegado el momento de que un descendiente de irlandeses católico ocupase la Casa Blanca.

No sería así; al menos no con su primogénito, que moriría en una misión especial durante la Segunda Guerra Mundial. Fue considerado un héroe nacional. Un héroe para su país y una tragedia absoluta para su familia, una familia que sufriría lo que comenzaba a llamarse la maldición de los Kennedy; algo que había comenzado no con la muerte del primogénito sino con el internamiento en un siquiátrico, por culpa de una lobotomía, de Rose Marie, una de las hijas del matrimonio. Allí permanecería durante más de sesenta años, desde 1941 hasta su muerte en 2005. La lista de desgracias acaecidas en la familia sería interminable pero sin duda culminaría con el asesinato, tanto de John, cuando era presidente de la nación, como de su hermano Robert poco después. Nadie duda ya del sino inequívoco de una familia abocada a la tragedia.

Pero vayamos con John, aquel joven que se vio obligado a recoger el legado que se había encomendado a su hermano muerto. Era el segundo de los nueve hijos que tuvo el matrimonio. Este joven que había nacido en 1917 se graduó en Choate en 1935 y en el anuario de fin de curso pusieron, como algo premonitorio, El que tiene más probabilidades de llegar a presidente. Posteriormente, fue a la Universidad de Harvard, donde se graduó cum laude con una tesis que llevaba por título, Por qué Inglaterra se durmió. Reflexionaba sobre el papel de Inglaterra en los Acuerdos de Múnich de 1938. Tras publicarla se convirtió en su primer gran éxito. Durante la Segunda Guerra Mundial, se alistó en la Marina americana, siendo condecorado en diversas ocasiones y regresando a su país como un héroe nacional, como lo fuera su hermano mayor, sólo que vivo.

Con la muerte de su hermano y el final de la guerra, tanto él como su familia se centraron en su carrera política para catapultarle a la presidencia. Lo tenía todo, fama, presencia y dinero. Sólo le frenaba su religión y su origen. Tuvo la suerte de pertenecer a una época en la que la imagen comenzaba a marcar los destinos de la sociedad de consumo; lo era todo y también en política. Primeramente fue elegido congresista y posteriormente, en 1952, senador. Su horizonte político parecía no conocer límites terrenales.

La carrera presidencial, en plena guerra fría, no tardó en llegar para él al imponerse en las primarias como candidato por el Partido Demócrata. El mundo parecía estallar y mientras que Kennedy competía con el republicano Nixon por la presidencia, Rusia y Estados Unidos estaban en otras carreras, la armamentística y la de las estrellas.

Fue el níveo país de la hoz y el martillo el que pegó un fuerte aldabonazo en el cedazo lunar y en los morros de una América confiada a su buena estrella, al conseguir alunizar en su gruyerizada superficie el primer cohete. La carrera espacial no había hecho más que comenzar. Los líderes de los dos bloques en que se hallaba dividido el mundo, tras la segunda guerra mundial, se amenazaban continuamente con misiles nucleares y se entretenían lanzando Sputniks y Apolos al espacio. Era evidente que para estos dos colosos la tierra se había convertido en una pequeña bañera, incapaz de albergar los egos megalómanos de estos visionarios. La conquista de las estrellas parecía una empresa a la altura de unas miras sumamente, nunca mejor dicho, elevadas. La chatarra espacial no había hecho más que comenzar a girar sobre nuestras indefensas cabezas de turco.

La competición ruso-americana por la conquista del espacio y de las estrellas fugaces-Aquellos chalados en sus locos cacharros- me trae a la memoria la historia de la carrera del siempre veloz Aquiles, aquel al que llamaron el de los pies ligeros, y de la lenta tortuga. En ella, Aquiles siempre recorrería la mitad de lo andado por la tortuga, una y otra vez, de tal manera que siempre le resultaría imposible alcanzar a la tortuga.

Desde luego, ninguno sería capaz de conquistar el inmenso espacio en el que no somos más que una pequeña mota de polvo; toda esa parafernalia de NASAS y lanzaderas responde a una inmensa mentira que se desparrama entre la inmensidad de un Universo que nos mueve a su capricho. Pero, en fin, algunos quieren jugar a ser Dios y, entre fanfarronadas espaciales, se presentan ante el mundo tal y como Ulises se presentó, en el texto de Homero, a los faecios.

Soy Ulises, el hijo de Laertes, conocido entre los hombres por los muchos ardides; mi fama ha llegado al cielo.

A pesar de sus pretensiones lo cierto es que todos ellos reposan en la tierra, muy lejos de ese cielo al que intentaban ascender.

J.F.K. y su hermano Robert

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MEMORIA DE UN TIEMPO I-Juan Francisco Quevedo

1979

I

HACIA UNA NUEVA ÉPOCA

Es muy difícil ahondar en el desarrollo personal de los que crecimos al amparo de los avances culturales y sociales que acaecieron en la década de los sesenta sin hacer un recorrido por la sucesión de acontecimientos que se dieron y por los personajes que más contribuyeron a que tuvieran lugar. Entender lo que ocurrió durante aquellos años cruciales ayudará no solo a conocer mejor a todas las generaciones que vinieron después, sino también a conocernos a nosotros mismos.

Por todo ello, hoy doy comienzo esta Memoria de un tiempo, desde las que reflexiono sobre la influencia que, muchos de los hechos que se encadenan a lo largo de esa década, ejercieron en la sociedad que ayudaron a configurar. Fue un tiempo en el que se generó tal marea de cambios sociales que, con su empuje, hicieron tambalear el orden establecido. Ahora bien, aunque pudiera parecer que de manera inmediata no consiguieran nada, que todo se diluyera en la protesta, en la actitud contestataria y contracultural, nada después de entonces volvió a ser igual ya que su impronta, el cambio mental que fueron introduciendo sigilosamente en las mentes de toda una sociedad fue imparable. Aquel que no supo adaptarse a lo que los nuevos tiempos traían fueron arrollados por los mismos o arrinconados como viejos trastos de un pasado obsoleto.

El espíritu de los sesenta, la huella que dejaron todas aquellas mareas y movimientos en el mundo, se acabarían reflejando en multitud de cambios sociales y culturales que aún perduran. Por tanto, la filosofía y las ideas que invadieron a la juventud de aquellos años, cuyos padres habían sido testigos de la segunda guerra mundial, penetraron tanto en las estructuras sociales como en las de poder, provocando un cambio absoluto en multitud de campos, afectando sobremanera a la vida cotidiana y a las relaciones sociales más elementales.

La liberación de la mujer y su incorporación real a la universidad y al trabajo en busca de la igualdad, el cambio entre las relaciones paterno filiales, haciéndolas más cercanas, la revolución en las escuelas y universidades, dando al traste con lo que había sido un autoritarismo a ultranza, las relaciones con el poder político, hasta entonces encorsetadas y lejanas, hubieron de replantearse para acercarse a las nuevas exigencias del ciudadano. Estos son solo algunos significativos ejemplos de los grandes avances sociales que se fueron produciendo como consecuencia de los acontecimientos acaecidos a lo largo de la década y que culminaron en el mayo del 68 francés.

En ese preciso tiempo histórico no se dio el triunfo, en ningún caso, de lo que propiciaban y defendían aquellos movimientos que emergían con tanta fuerza, al menos en cuanto a provocar cambios inmediatos en los medios de poder pero, después de aquel tiempo, nada volvió a ser igual. La pátina que fueron dejando acabó por impregnar de manera definitiva a las generaciones y sociedades futuras.

En los años sesenta germinaron una sucesión de rebeliones contra unas maneras de entender y hacer política, fuese el capitalismo o el comunismo, que se sustentaban en el autoritarismo, la jerarquización y la represión como único medio de ejercer el poder. Tras el caldo de cultivo que se fue generando desde la cultura hippy, desde la música rock y todos los movimientos contraculturales que se forjaron a su alrededor, se gestó un embrión que no hizo sino crecer para estallar en el mayo del 68, donde primero los estudiantes y luego los trabajadores hicieron tambalearse las estructuras que llevaban rigiendo el mundo desde tiempos inmemoriales. Si en Francia un perplejo general De Gaulle se encargó de reprimir aquella fiesta libertaria, en Praga, ese mismo año, lo harían los tanques soviéticos y en México, durante las Olimpiadas, la represión por parte del gobierno contra unos estudiantes que clamaban libertad fue brutal.

Para ver cómo se llegó a ello podemos analizar algunos de los hechos que se dieron a lo largo de la década, ya que fueron los artífices de crear el clima necesario para su estallido.

Los años cincuenta se extinguían ahogados en su propia mediocridad. Los sesenta aullaban por derribar de un alarido todas aquellas puertas que permanecían cerradas desde que el ser humano pobló la tierra. Los sesenta corrían sin freno para irrumpir en las aburridas vidas de la generación que surgió tras la guerra mundial e inundar de amor y paz sus corazones. Un nuevo espíritu estaba a punto de desbordar el mundo y de asustar, desde su explosivo empuje, a las mentes instaladas en un pasado a punto de volar por los aires.

El aliento yonqui del tío Bill Burroughs caminaba por la angosta senda de un perdedor como Charles Bukowski, ese poeta brutal y tierno, descarnado y lírico -Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas-, tal vez autor de un realismo demasiado sucio y feroz para los tiempos de civismo, pacifismo e igualdad que se avecinaban. A pesar de todo, encajaba a la perfección en la estética rompedora de aquella corriente que era heredera directa de los beatniks; era como si recibiese de ese grupo de inconformistas alienados el abrazo imposible de la Venus de Milo, que dijera Rubén Darío.

Oigo el agua

las noches que consumo bebiendo

y la tristeza se hace tan grande

que la oigo en mi reloj

                                  Charles Bukowski (Culminación del dolor)

Mientras en una aislante y solitaria oficina de correos, Charles Bukowski esperaba su ocasión para mostrarnos sus versos, Ginsberg corría con el manuscrito de Burroughs de editorial en editorial dispuesto a hacer saltar por los aires las conciencias bien pensantes, dispuesto a escandalizar -El almuerzo desnudo- con sus experiencias lisérgicas y psicodélicas a una sociedad nada habituada a los excesos. Todo ello, no conviene olvidarlo, en un país en el que durante aquellos años el ácido era totalmente legal.

He visto medir la vida por las gotas de solución de morfina que hay en un cuentagotas.

                                                          William Burroughs (Yonqui)

En el corazón de los sesenta, en medio de esta eclosión literaria cuyas obras serán los libros de cabecera de la generación que estaba a punto de tomar la calle, surgirá una música que arrasará y conquistará a la juventud del mundo, el rock en todas sus variedades, incluso en su versión más salvaje, el heavy metal. Esta derivación tendrá el mismo nombre, tal vez casualmente, que el personaje de una novela -Nova Express– de Burroughs. El personaje se llamaba The heavy metal Kid.

Pero por el momento los jóvenes de entonces se disponían a dinamitar con sus ideas la cultura oficial y oficialista, la manera de ver y afrontar la vida y además, todo ello, aderezado por la música más bárbara que nunca hubiera existido. Muertos los cincuenta, los sesenta aporreaban, para derribarla, la puerta de la nueva década.

La generación que anda alrededor de los veinte años se sublevará contra la gente de alma hórrida.  

Ortega y Gasset

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ALFREDO JURADO-HERENCIA DEL TIEMPO-Juan Francisco Quevedo

ALFREDO JURADO

HERENCIA DEL TIEMPO (EDITORIAL ÁNFORA NOVA, 2021)

Herencia del tiempo es el nuevo libro que nos ofrece el poeta cordobés Alfredo Jurado. Con una fecunda trayectoria editorial durante la que han visto la luz una quincena de títulos poéticos, llega de nuevo hasta el lector con las premisas que siempre lo han acompañado intactas, un vocabulario culto y extenso, pleno de imágenes sugerentes, y un gusto poético, lleno de sentido rítmico y lirismo, donde la elegancia siempre se desborda a borbotones por entre los versos.

Esta Herencia del tiempo se constituye y edifica en tres partes; en la primera de ellas, Pretérito perfecto, la voz poética se adentra en los caminos que nos inducen a perseguir y adentrarnos en esa búsqueda constante que acompaña permanentemente al hombre, en la lucha por encontrarse a sí mismo. En el caso del poeta, uno de esos senderos que debe recorrer, en esa indagación hacia su yo más profundo, es aquel que le sugiere, y por el que le lleva, la creación literaria. Durante ese descubrimiento continuo al que se ve arrastrado, es consciente de la futilidad de los acontecimientos y del tiempo presente, reflejándose en una naturaleza que sigue componiendo uno de los ejes de su poesía.

Ya no será posible dar largas caminatas

por aquellos senderos inflamados de aromas,

aquellos que saturan el olfato,

por la alquimia hechizada

de un brote de mandrágoras.

Bitácora es el título de la parte central del libro. Constituye la más extensa, con poemas que persiguen y buscan una cierta liberación de las ataduras que nos va poniendo la vida con su simple discurrir-Tal vez sigo esperando/que una voz me despierte/para sentirme libre, /desde esta esclavitud de la memoria.

En las evocaciones felices, en el recuerdo tal vez del amor perdido, al menos como entonces, el poeta tiende a fundirse en el instante. Lo logra en la consecución de un imposible, detener el tiempo, algo a lo que solo se llega a través del vuelo poético. Con el tiempo suspendido en el verso, toda la fuerza se concentra en el momento preciso de ese recuerdo que transmite felicidad.

La luz de aquella tarde

preñada del verano,

les lleva hasta perderse

por la trama del tiempo.

Se van sucediendo los poemas que desbordan la memoria, a pesar de saber ya entonces lo efímero y fugaz que puede resultar hasta el amor: Brindabais con la luz/de aquella atardecida/que adelanta el neón; /acuñados los dedos, /vais consumiendo el tiempo/que transcurre despacio.

El paso del tiempo, una constante universal que acompaña a la poesía, recorre transversalmente todo el libro. Pareciera que los recuerdos, que van fluyendo a través de esa Herencia del tiempo, llegaran unas veces para servirnos de consuelo y otras para llenarnos de añoranza.

Aquella blusa amplia movida por el viento

le descansa en los senos, los dibuja

como frutas de carne.

En ese embelesamiento que acompaña al amor, a los amantes, el mundo parece diluirse, parece no existir más allá de sus miradas: Les late el corazón, que altera su compás, /pero ellos no lo notan.

Con una poesía que surge con emoción y verdad, donde la elegancia es un marchamo que inmediatamente atrapa al lector, Alfredo Jurado nos ofrece versos sugerentes y hermosos, en los que la naturaleza, el milagro que siempre engendra, es una constante y un descubrimiento feliz:

El verano les presta tapiz de matricarias,

aquel trasluz que llega desde los olivares

con rumor de leyenda; su cómplice es sin más,

para aquellas entregas.

Esta Herencia del tiempo finaliza con una Ventana interior que se abre hacia el yo más íntimo, que se aviene a recordar aquello que la vida, con su paso, nos robó, el tiempo, la edad y la juventud:

Pasó la juventud,

se escapaba lo mismo

que una torcaz en vuelo;

lo mismo que el aroma

de un gladiolo fugaz;

como el vuelo furtivo

de un gavilán que cruza

y va cortando el aire.

Estos bellísimos heptasílabos nos conducen hasta la más estricta soledad, aquella que se va abriendo paso de la mano del invierno, llenándonos de frío: Comprendamos acaso, que ya no somos jóvenes/que nuestros veinte años, se bebieron la vida/de una laguna amplia y transparente…

El libro finaliza con el poema Epílogo, una laudatoria al hecho de amar, una exégesis que tal vez culmine en los dos últimos versos, donde parece que el amor fuera el verdadero motor del hecho poético, de la composición literaria: … ¿Puede ser aquel vino que te entrega/en la lengua al estadio de palabras sin orden?

Cerramos el libro con la plácida sensación de haber besado la belleza intangible y misteriosa de los sentimientos más profundos del poeta. Alfredo Jurado nos brinda la Herencia del tiempo, de un tiempo en el que los lectores nos vemos reflejados con la emoción e intensidad que siempre desprende la buena poesía.

Juan Francisco Quevedo

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MEMORIAS DE JUVENTUD VI-Juan Francisco Quevedo

1977

VI

Nuestro año previo a la universidad fue un curso lleno de cambios importantes que afectaron a nuestras vidas. Después de haber cursado toda nuestra enseñanza reglada en el colegio que los Agustinos tenían en la calle Alcázar de Toledo, con nuestros dieciséis años a cuestas nos dispusimos a abandonar aquellas vetustas instalaciones para encaminarnos al nuevo y flamante edificio que la Congregación había hecho construir en lo que entonces era el principiar del pueblo de Cueto, tal y como indicaba un gran cartel, de esos añejos, que se encontraba en lo que hoy, por arte de magia, parece ser El Sardinero.

Cambiábamos de colegio y comenzábamos a compartir autobús con las chicas que lo tomaban para ir a las Esclavas. Ese no fue el único contacto que tuvimos aquel año con las muchachas del sexo opuesto. Nuestro colegio se convirtió en pionero en ese año de la muerte de Franco, en cuanto a cambiar lo que había sido norma en la enseñanza, y convirtió el colegio en mixto, de tal manera que por primera vez, desde que a los cuatro años abandonara la escuela unitaria de La Cavada, iba a compartir aula y experiencias con chicas en la misma clase. Así que ese curso compartimos con ellas, no ya pupitre, sino esas mesitas con voladizo unipersonales.

En fin, toda una novedad para una ciudad en la que la segregación por sexos era absoluta, tanto en la enseñanza pública como en la privada. Es difícil olvidar dónde se ubicaba el Instituto Femenino, el histórico edificio de Santa Clara que aún hoy alberga en sus aulas a los chicos y chicas de la ciudad, el único de la zona que permanece como testigo del incendio que la asoló en febrero de 1941. Alejado del femenino, muy cerca de Cuatro Caminos y del colegio de La Salle se encontraba el Instituto Masculino, el Pereda. Hasta ese año de 1975 tan sólo en las escuelas unitarias de los pueblos se había mantenido, quizás más por necesidad que por otra cosa, las clases mixtas.

A nuestra clase recuerdo que llegó un buen grupo de chavalas, aunque se encontraban en minoría evidente; muchas ya con cierto aire de los nuevos tiempos. No tardamos en congeniar con gusto con ellas y las recibimos con una normalidad mayor de lo que cabía esperar a tenor de la expectación que había suscitado.

Algo distinto se empezó a palpar aquel año; por todo. Gozábamos de mucha más libertad y se respiraba otro aire; ya no se rezaba en clase y la misa semanal había dejado de ser obligatoria de verdad y no como un par de años antes cuando nuestro tutor, un miembro de la comunidad religiosa, en un alarde de modernidad, la declaró voluntaria por unos minutos ya que, al ver que pasábamos delante de la puerta de la capilla hacia la inmediata, que era la de la calle, decidió bloquear la puerta de salida y meternos para adentro a cogotazos. Los más avispados para cuando el atribulado padre reaccionó ya estábamos en el patio junto a la mítica palmera, donde tantas veces, tantos miembros de tantas generaciones agustinianas se retaron para zumbarse por cualquier tontería a su sombra. Bien es verdad que luego siempre solía quedar en nada. Con el cambio de colegio ya nunca se volvió a escuchar aquella bravata tan característica de a la salida te espero en la palmera.

Hubo más cambios, ya lo creo; por segundo año consecutivo a los mayores nos autorizaban a abandonar durante el recreo las instalaciones colegiales. Cambiamos las tertulias en la cafetería Picos de Europa y en el Mesón El Trabuco de la calle Vargas por los bajos de Feygon y los Campos de Sport. Allí veíamos los entrenamientos del Racing de Maguregui, aquel entrenador que tenía merecida fama de poner el autobús en la portería y de enfangar y embarrar el campo, sobre todo las áreas, donde a duras penas se distinguían, al pasar unos minutos, las líneas de las mismas mientras que el punto de penalti ya era una entelequia matemática por adivinar. Todo por obra y gracia del ya proverbial manguerazo de Maguregui. Aunque no hubiera llovido desde hacía semanas, el campo siempre estaba embarrado.

Aquel año pasaron muchas cosas; en noviembre murió Franco y nos dieron toda la semana de vacaciones.

También fue el primer año en el que no tuvimos clase por la tarde, salvo una hora semanal en la que, como otra novedad reseñable, un sicólogo intentaba orientarnos con toda su buena fe pero nosotros, desde nuestra insolencia juvenil, ignorábamos a conciencia, cuando no intentábamos bromear un rato con él. Cosas de la edad. Aún conservo el informe que me hizo con sus recomendaciones de cara a la universidad.

Claro, que todo aquello cada cual lo recordamos a nuestra manera; ya se sabe lo caprichosa que es la memoria cuando trae al presente lo acaecido años atrás. A veces, cuando hablo con mi amigo del alma, con Javi Maza, pareciera que hemos ido no ya a cursos distintos sino a colegios distintos, y eso que estuvimos juntos desde tercer grado-siete años- hasta el C.O.U. del 75-76. Nos vemos muy a menudo, y muy a menudo surgen anécdotas de aquellos años que cada cual suele ver a su manera. Pero nos seguimos riendo mucho con ellas y con nuestra manera tan diferente de recordarlas.

Hoy en día, como siempre, siento un gran afecto cuando recuerdo a muchos compañeros de entonces, incluso a los que no conocí en aquel tiempo por ser de otros cursos, mayores y menores, pero que después la vida ha hecho que nos encontremos. Con todos se ha establecido una conexión cercana; es como si un hilo invisible uniera de alguna manera a todos los agustinianos de aquella época. Claro que no nos es difícil sintonizar, pronto afloran los nombres de aquellos profesores que menos nos gustaron, aquellos con los que más nos esforzábamos por hacerles la vida imposible, junto a los que tenían la mano, cuando no la regla, más larga y un largo sinfín de recuerdos comunes.

No es el momento de recordar las cosas más agrias, es el momento de traer a la memoria los muchos y buenos profesores que tuvimos y que tanto contribuyeron a nuestra formación. Entre todos ellos, desde mi experiencia y por la influencia que ejercieron sobre mí destacaría a dos, al padre Eliseo y al padre Heras, mis profesores respectivamente durante años de Historia e Historia del Arte y de Lengua y Literatura. Del primero, del padre Eliseo disfruté de sus enseñanzas ininterrumpidamente desde segundo a sexto de bachiller y el padre Heras nos dio clase los dos últimos años.

El amor por la historia, las lecturas con las que tanto disfruto y el gusto por cualquier disciplina artística se lo debo sin duda alguna a esa manera tan didáctica y amena que tenía de presentarte cualquier tema, desde la Reconquista hasta la belleza del Pórtico de la Gloria. Siempre resuenan en mi interior, con su voz solemne, las palabras de Cicerón, aquellas que nos repetía curso tras curso y donde nos decía inexcusablemente que la historia es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.

Jamás lo olvidé, como jamás olvidé aquellas pequeñas charlas que teníamos, aquella pasión con la que nos contaba cualquier detalle, aquella lectura de la Historia verdadera de la conquista de Nueva España de Bernal Díaz del Castillo que me aconsejó y tantas cosas que me llevaron a disfrutar de esta disciplina.

Y qué decir del padre Heras, al que tuve la inmensa suerte de tener como profesor en dos años cruciales. Qué fácil se hacen las cosas cuando te las presentan como una fruta madura, en plena sazón, y así cayó sobre mí lo que tanto me había gustado desde siempre y que, sin embargo, no acababa de penetrar con la fuerza debida. Con él, con sus enseñanzas me hice militante de la palabra precisa, un enamorado de la lengua y de la literatura, muy especialmente de la poesía. Aún lo recuerdo en nuestra primera clase en C.O.U., recuerdo cómo nos sobresaltamos cuando nos dijo que en su asignatura no necesitábamos libro, que tomaríamos apuntes a medida que él hablaba para que nos fuéramos acostumbrando a lo que nos esperaba en la Universidad.

Vaya en la memoria de ellos el recuerdo y el agradecimiento a tantos otros, a los que hicieron de las ciencias una aventura apasionante que hizo que, a la postre, me decantara por ellas. Cómo olvidar las lecciones de Física del padre López o las de matemáticas del padre Domiciano. Nunca he entendido ese desentendimiento un poco infantil de algunos de Letras hacia las Ciencias, en especial a los que dicen eso de, cuando se asalta una cuestión relativa al ámbito de las mismas, a mí qué me cuentas, yo soy de Letras. Una verdadera lástima renunciar a una parte tan importante del conocimiento humano.

Aquellos años terminaron y hoy en día no sé por dónde habrá llevado la vida a una gran parte de los compañeros con los que tuve la fortuna de compartir los tiempos de descubrimiento pero, desde estas líneas, quiero expresar mi recuerdo más entrañable para todos ellos. Sin duda, aquellos años de bachiller marcaron nuestras vidas y nuestro futuro para siempre. Creo que para bien.

Fueron años en los que el tiempo no se detenía, donde nada nos retenía ni para pararnos a pensar un poco. Teníamos mucho que aprender, mucho que saber y mucho que descubrir aunque, como ha sido siempre a esas edades, creyéramos ya saberlo todo. Es la insolencia que acompaña a la adolescencia.

Fueron años en los que crecimos sin tener miedo a nada, en los que nos creíamos simplemente tocados por la gracia de los dioses, esa que a veces te arrastra a la temeridad. No fuimos los últimos de Filipinas pero los jóvenes que cursamos los últimos años de aquel bachiller sí fuimos los últimos de un tiempo que renegaba del pasado y miraba el futuro con optimismo.

1977
1978

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MEMORIAS DE JUVENTUD V-Juan Francisco Quevedo

1977

V

Claro está que aquellos años en los que cursamos nuestro sexto de Bachiller y nuestro C.O.U. solo fueron el final de un proceso personal, el de una historia educativa que había comenzado, en mi caso, mucho antes en la escuela de Arriba de La Cavada, a la que acudí con mi acento mexicano poco después de cumplir los tres años. Allí, la señorita nos conducía  y llevaba con mano firme y sin que le temblara el pulso; todas las mañanas me ponía ante ella y le recitaba con convencimiento y con mi dulce acento mexicano aquello que traía aprendido desde el otro lado del océano: Se presenta Juan Francisco Quevedo, para servirle a Dios y a usted.

Eran los tiempos de rezar el Bendita sea tu pureza de rodillas y con los brazos en cruz, junto a los pupitres, de acompañar a la maestra los sábados al tren para despedirla desde el andén cuando se iba a Santander y de ir a misa los domingos para que los maestros nos colocaran en las primeras filas por separado, con el pasillo central de por medio, a los niños de las niñas. Fueron tiempos de golpes de pecho exagerados al ritmo de por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa buscando la complicidad del amigo y con la incertidumbre de que te pillasen riendo por lo bajo y te ganaras un buen sopapo.

Fue mucho más, también fueron tiempos de una libertad de movimientos inusual, la que se daba en los pueblos en esos años con poca circulación por sus calles y en los que las casas permanecían con las puertas abiertas de par en par sin que nadie temiese nada. Desde nuestra corta edad podíamos ir y venir sin rendir cuentas, podíamos ir con nuestros amigos a cualquier huerta a robar unas peras, a cualquier bolera a derribar unos bolos, a cualquier prado a jugar al pañuelo, o acercarnos al río a lanzar morrillos al agua. Eso por no hablar de la peonza, el juego estrella de aquel curso del 63-64 en el que un compañero me dejó una marca de guerra al desenredarse la peonza y estrellarse al lanzarla y salir disparada contra mi frente. En cualquier caso ya estaba allí la señorita para apretar el chichón con una perra gorda y disimular el estropicio. También formaban parte de nuestro equipaje cotidiano las bolsas con las canicas de barro y las chapas con la efigie en su interior de Julio Jiménez, de Bahamontes, de Gimondi o de cualquier otro corredor al que nos esforzábamos en hacer llegar el primero a la meta a golpe de peonza, a la que poníamos una y otra vez en nuestra mano hasta que ya casi se derrumbaba para dar un último golpe con la panza e impulsar la chapa lo más lejos posible. Cualquier excusa era buena para correr, así que de cuando en cuando nos pegábamos a la ropa aquellos hierbajos adherentes que a modo de dorsal nos servían para echar carreras alrededor de la escuela y luego aliviar el sofoco colocando los carrillos contra la piedra que circundaba el zaguán de la entrada.

Después de aquel curso iniciático en el que uno aprendió a pertrechar sus primeras letras y a realizar sus primeras cuentas, nos trasladamos a Santander y, tras un breve paso por el Colegio Cervantes, en la calle Antonio López, me convertí en alumno del colegio de los Padres Agustinos, lo que sin duda imprime carácter a todos los que por allí pasamos. Aún me veo saliendo del portal de la calle Cádiz, todavía con las legañas en la cara y los restos del Cola Cao en la boca, acompañado por mis hermanos camino del túnel para salir hacia la calle Burgos. En el semáforo, mis dos hermanas se separaban de nosotros y se encaminaban hacia La Enseñanza, el colegio que la Compañía de María tiene en la ciudad desde el siglo XIX.

Cómo no recordar las partidas de frontón en el paredón del colegio con esas pelotas de goma verdes que venían de regalo con los zapatos Gorila. Cómo no recordar los partidos de fútbol en aquel campo de fútbol de tierra que daba a la calle Alta; cuántas veces tuvimos que gritar para que nos echasen de nuevo hacia adentro el balón que había desaparecido por encima de la alta tapia que nos separaba de la calle y nos impedía verla. Casi siempre regresaba, pero más de una vez nos quedamos sin balón. Allí mismo, en aquel campo de fútbol se celebraba el Festival de la Canción, que era todo un acontecimiento en Santander; en aquel escenario actuaron dos de mis compañeros de clase, recuerdo perfectamente que cantaron sin mucho éxito Anduriña de Juan y Junior y Quiero besar otra vez tus labios de Lone Star.

Después, cuando fuimos creciendo, nos reuníamos en los futbolines que había cerca del colegio y allí nos hicimos grandes jugadores de ping-pong y de billar, por supuesto de billar francés, el de las tres bolas, con el que aprendimos a hacer carambolas hasta haciendo retroceder a la bola en busca de la tercera en discordia. De cuando en cuando, incluso nos tirábamos algún lujo y nos arriesgábamos a hacer un siete al tapete.

Buenos tiempos, tiempos en los que ya empezábamos a querer compartir el nuestro con chicas, en los que pretendíamos descubrir aquello que la cultura de la época nos envolvió en una capa de misterio casi insondable. Ello hacía que cuando alguna muchacha que te gustaba se dirigía a ti con cierta soltura, hiciera que afloraran esos colores rojizos delatores y, para colmo, siempre había algún amigo caritativo que lo hacía notar con la consiguiente subida en el tono de tu vergüenza. También me pasaba cada vez que me tocaba salir a la pizarra; sentía un calor interior que se exteriorizaba en unos grandes coloretes que no hacían sino ir a más a medida que me iban preguntando. Cosas de la edad.

Es difícil olvidar todos aquellos años de colegio, todos aquellos compañeros, aquellos años de bachiller y aquel último año de C.O.U. que solo sobreviviría un año más antes de que llegase a ocupar su lugar el nuevo plan académico de los que ya estaban cursando la E.G.B. y el B.U.P.

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CRISTIAN DAVID LÓPEZ-CONSTANCIA-Juan Francisco Quevedo

CRISTIAN DAVID LÓPEZ

CONSTANCIA (EDITORIAL BAJAMAR, 2021)

CRISTIAN DAVID LÓPEZ

CONSTANCIA (EDITORIAL BAJAMAR, 2021)

Cristian David López se acerca al lector con un nuevo libro de poesía, Constancia. Nacido en Paraguay en 1987, actualmente es profesor de Lengua y Literatura en España, donde cuenta con una obra publicada que ha sido galardonada con diferentes premios. Estudioso y divulgador de la obra del torrelaveguense Rafael Barrett, un icono en su país de origen, se ha encargado de seleccionar y editar Reflexiones y epifonemas de Rafael Barrett.

Con la lectura de Constancia nos adentramos en un territorio que su autor domina con precisión rítmica, el de una poesía que desborda autenticidad y belleza. Constancia es un libro que es en sí mismo un testimonio emocionado y lírico de la vida del autor, por lo que destila verdad a través de sus versos, como no podía ser de otra manera al tratarse de una obra en la que Cristian David López deja Constancia de su yo más íntimo.

Su periplo vital, su peregrinaje hasta llegar a este hoy desde el que desmenuza su existencia, queda reflejado en numerosos poemas. Cierto sentimiento de desarraigo atraviesa el libro mostrándonos el trasiego de lo que ha sido su vida. En Mudanza queda explicitado con unos versos llenos de belleza, cotidianidad y profundidad:

Siempre que cambiamos de piso, mudamos de piel.

Llevamos el hogar con nosotros

y en nuestro vaivén

siempre se nos pierde algo

que ya nunca recuperaremos…

A veces, un sentimiento de añoranza, recordándole la patria y su viejo sonido, resuena en su yo más profundo como el canto de un pájaro que asoma e inunda de nostalgia su lugar natal: Cuando llega al pueblo un “tingasú”, /lo siguen el silencio del bosque, /el crujir de los árboles antiguos…

Ese deambular por el mundo, ese alejamiento forzado de la tierra al que le ha conducido la vida, se palpa y se masca en Éxodo, un poema que desborda a la vez dureza y embrujo:

Llevar con uno solo el recuerdo

de la infancia

para vivir de ello y con ello,

consumirlo poco a poco,

racionarlo para que nos dure

lo que dura el destierro.

Los recuerdos de una infancia perdida no le impiden manifestar el amor por la tierra en una conmoción que se desparrama por ConstanciaDebo alimentar/al niño que vive en mí-, en una ósmosis exacta que llega a al lector a través de los versos: Lavo mis manos/como si limpiara la sangre/que ha dejado la herida/tierra en mí.

Esa infancia que, de alguna manera, se le escapó de las manos, ahora, la puede vivir y disfrutar a través del hijo, a través de la ternura que te ofrece una nueva vida: Hay un placer extraño/en llevar a un niño/en brazos a la cama.

Ahora bien, en esa inmensa capacidad de adaptación del ser humano, también se arrincona el dolor del exiliado al reconocerse en un solo espacio común: Tu patria es el camino/y no tiene fronteras.

Muchos son los poemas desde los que se trasluce esa emoción que le provoca el amor incondicional por el hijo-Los ángeles duermen sin pijama/borrachos de oscuridad-, una sensación que el lector asimila fácilmente como propia y con la que es tan sencillo identificarse en la lectura: Duerme y vuela, niño, /donde quieras, /pero vuela.

El libro finaliza con unos deliciosos pequeños poemas que ponen un colofón espléndido, tejido con pétalos de oro-Taraxacum dens-leonis-, a esta Constancia de vida de un poeta, Cristian David López, que nos reconcilia con la buena poesía.

Clavado en la roca,

un diente de león

seduce al viento.

Juan Francisco Quevedo

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MEMORIAS DE JUVENTUD IV-Juan Francisco Quevedo

1977

IV

Desde luego, muchas cosas estaban pasando en el país y en el mundo mientras finalizamos los estudios que nos habrían de llevar a la universidad; era el signo de los nuevos tiempos. Unos tiempos donde todo cambió tanto en tan poco tiempo; una nueva sociedad emergía para revolucionar el futuro, para cambiar las rígidas normas sociales, para dulcificar tanto las relaciones familiares como las relaciones en el mundo de la enseñanza, haciéndolas mucho más flexibles y cercanas. Y menos autoritarias. Ya poco faltaba para que lo mismo acabara pasando en todos los ámbitos del país, incluso en aquellos más reacios a cualquier cambio y, con la llegada de la transición y la democracia, así será también en los estamentos políticos y militares.

Que algo importante pasaba lo empecé a percibir en el día a día de mi colegio; los Padres Agustinos nos formaban militarmente y por cursos en filas en el patio todas las mañanas. Luego accedíamos a las clases en dos columnas, manteniendo perfectas las alineaciones, y al que se saliera de ella le caía un capón generosamente doloroso. Todo eso cambió y cambió de repente. Y yo, como mis compañeros de aquella última generación de bachiller fuimos testigos privilegiados de esas transformaciones tan radicales.

Se venía de una época de un autoritarismo a ultranza, también en la familia, que se va a ir diluyendo para que afloren unas relaciones más francas, con una complicidad más natural, en la que el diálogo empezará a imponerse sobre la mano dura. Como consecuencia se producirá una tensión generacional en todos los ámbitos de aquella España de la Transición: en la escuela, en la familia, en la universidad, en el ejército, etc.…

La fuerza de los acontecimientos es imparable; la fuerza de esta nueva sociedad es arrolladora y acabará imponiéndose sin remedio, dejando como una reliquia del pasado a todos aquellos que se resistieron a esa nueva España que estaba surgiendo a raíz de todo aquel proceso de cambios políticos y sociales. Fueron unas transformaciones que cambiaron la mentalidad de la sociedad a una velocidad de vértigo, cambios en los que la aportación de la mujer será decisiva. Irá masivamente a la universidad y empezará a hacerse notar en la vida pública. Se hará visible, máxime teniendo en cuenta de dónde venía, siempre relegada a la supervisión, bien del padre, bien del marido.

Hay que tener en cuenta que lo más escandaloso y excitante que había ocurrido en este país, desde el final de la guerra, había sido el estreno de Gilda, protagonizada por una bailarina, convertida, después por matrimonio, en princesa, de nombre artístico Rita Hayworth. Charles Vidor la hizo desnudarse, sólo de guantes largos, en una de las escenas más sensuales de la historia del cine, al ritmo de la canción Put the Blame on Mame. Una estupenda bailarina como esta Rita Cansino, que luchaba por disimular su embarazo durante el rodaje, no estaba dotada para la canción, así que hizo su excelente interpretación pidiendo la voz prestada a la magnífica cantante Anita Ellis. Nunca un desnudo, tan corto como sutil, dio tanto que hablar. Nunca ningún desnudo integral sería tan espléndido, excitante y maravilloso como el desvestir de aquellos preciosos brazos.

Con las nuevas generaciones pareciera que llegara un nuevo estilo a la hora de relacionarse entre sí. Pareciera que llegara il dolce stil novo preconizado por Dante en su Purgatorio (24-57), inaugurando literariamente el mito, femenino y renacentista, de la mujer, personificándolo en Beatriz. Tal vez, al fin, llegara una nueva manera, una nueva actitud, de presentarse ante algo tan antiguo como el mundo, el amor.

En definitiva, era una nueva manera de afrontar las relaciones de pareja, en un plano, sólo teórico, de igualdad, donde el hombre se dulcifica, alejándose de su papel de macho tradicional, y la mujer se equipara sentimental e intelectualmente al hombre. En cualquier caso, no fue fácil y, aún, sigue sin serlo pero, no cabe duda, algo muy remoto y arraigado se había roto. Nacían nuevos tiempos para el amor, para sus aledaños y, sobre todo, nacía una nueva era para la mujer. Fueron años en que ambos, tanto hombres como mujeres, enfrascados en la ingenuidad de la juventud, podían mirar el mundo sin resabios ni prejuicios, con la mirada limpia y descubridora de la infancia.

“Ver el mundo en un grano de arena,

y el Cielo en una flor silvestre,

tener el infinito en la palma de la mano

y la eternidad en una hora.”

                                          William Blake (Augurios de inocencia)

Esta aportación inesperada hará que la sociedad se enriquezca intelectualmente hasta límites insospechados. Nunca se podrá cuantificar el valor de aquella aportación. Nunca en la historia se había producido una catarsis de tal calibre. Esa nueva mujer hará que la sociedad evolucione en un sentido que jamás se había conocido. De hecho, en unos años se produjo un cambio social, en cuanto a la incorporación de la mujer, en cuanto a su puesta en valor intelectualmente, como no se había producido a lo largo de los siglos.  De alguna manera daba la espalda a aquella mujer recluida en el hogar y al servicio del hombre. Más de un siglo después de que Ibsen escribiera Casa de muñecas, se daba un portazo similar al que dio Nora en la obra, dejando atrás con él a aquella mujer resignada y anulada intelectualmente. Aquel portazo fue tan brutal que hizo, parafraseando a Manuel Altolaguirre, que del cielo se desclavaran las estrellas frágiles.

Aquella sociedad que comenzaba a balbucear a mediados de los setenta ya no es una sociedad unidireccional y dirigida, es una sociedad mucho más compleja, con todas sus contradicciones, con un gran afán de libertad y con un potencial humano inmenso que se refleja en las ganas de la gente por participar en todo, en cualquier cosa.

No todo fueron buenas noticias. Aquella España que nos legaron había estado sometida a un férreo aislamiento del exterior por obra y gracia de una especie de cordón sanitario, al estilo del cordón de los Pirineos que impuso Floridablanca, durante el comienzo del reinado de Carlos IV, para evitar que llegaran a España las ideas de la Revolución Francesa. Lo que consiguió aquel aislamiento de la España del tardofranquismo fue que no penetraran masivamente las nuevas ideas, las que surgen en París, en Berkeley, en torno a la nueva cultura del rock. Con ello también evitaron que penetraran las drogas, las drogas que acompañaron a lo que se dio en llamar contracultura.

 Con la cercanía de la transición, una vez derruido el cordón preventivo, junto a las nuevas ideas, herederas del mayo del 68, penetra de manera masiva todo el submundo que generan las drogas y en especial la heroína. Una sustancia que golpeó a toda una generación, descapitalizando a un sector básico de la sociedad, su juventud. Vimos con dolor como amigos, compañeros, familiares, chavales en muchos casos brillantes y prometedores cayeron bajo su influjo y quedaron atrapados sin remedio en esa maraña que les fue acercando a la muerte. A ese dolor sin fondo se sumó la multitud de dramas familiares que trajeron a su lado.

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MEMORIAS DE JUVENTUD III-Juan Francisco Quevedo

1976

III

Entre tanto, en España, la vida continuaba con un poco más de libertad. Manuel Fraga estrenaba, desde el Ministerio de Información y Turismo, su nueva y flamante ley de Prensa. Una ley que, aunque hoy en día suene a chiste, podemos resumir en sus propias declaraciones:

La nueva ley de Prensa afirma este principio: La libertad dentro de un orden.

A pesar de todo, y de cómo suene desde el presente, entonces supuso una apertura importante y dibujó un horizonte nuevo en el futuro del periodismo. A él, como titular del Ministerio, le tocó diseñar y desplegar la imponente campaña de propaganda que festejaba la conmemoración de los XXV años de paz. Desde luego, no escatimó ni medios, ni adjetivos, a la hora de airear a los cuatro vientos los espectaculares logros económicos del I Plan de Desarrollo, un plan, bien es verdad, abonado al éxito, que aumentó la renta media de los españoles de manera significativa debido, por una parte, a la fuerte industrialización y, con ella, al aumento de la producción nacional, y, por otra, a la gran baza económica de la época, el turismo, fuente inagotable, junto a la emigración, de divisas.

Junto al turismo, llegaron a nuestras playas los primeros bikinis que, a unos los dejaban rascándose el cogote, bajo la sempiterna boina con cara de incredulidad, y a otros los llevaba directamente a rezar a las iglesias donde pedían por los pecados de aquella horda cargada de inmundicia, indecencia y desfachatez, que venía del odiado, hasta que llegaron las divisas, extranjero. Curiosamente, pareciera que este pequeño reducto de la civilización occidental, bastión contra el comunismo, se tambaleara ante el simple encanto de unas rubias sugerentes. De alguna manera, por inescrutables caminos, se hacía bueno el conocido lema de los sesenta: Haz el amor y no la guerra.

Nosotros, nuestra generación, la que cursamos los últimos bachilleres, ya pertenecíamos a otro tiempo; estábamos reñidos con los tonos grisáceos que aún nos habían acompañado en los primeros años de escuela y queríamos ver todo lo que ocurría a nuestro alrededor desde un prisma más luminoso, con colores más vivos. Pretendíamos acercarnos a los acontecimientos más cotidianos de una manera más lúdica y, aunque parezca paradójico, en cuanto tuvimos edad suficiente para comprender lo que estaba pasando en el país, con mayor compromiso que las generaciones anteriores que, a la fuerza ahorcan, se habían visto abocadas a lo que había, que no era mucho.

Creíamos ser capaces de poder cambiar el mundo, creíamos en la paz y en el pacifismo como forma de expresión de esas inquietudes y creíamos en el amor como motor de todo ese proceso de cambio generacional. Y lo acompañábamos con cierta rebeldía, con una música endiablada y con ganas de participar en los cambios que empezaban a vislumbrarse en aquel lejano curso del 75-76 en el que finalizábamos los estudios antes de ir a la universidad.

Muchos jóvenes de aquella España ya compartían una inquietud con la de otros jóvenes del mundo; no creían en las nacionalidades como tal, creíamos que no había otra nacionalidad en el mundo más que la del género humano. Y se repetía por doquier con orgullo aquello de que somos y nos sentimos ciudadanos del mundo. Éramos, al fin, herederos del tiempo que nos correspondía vivir, un tiempo que, como la música, carecía de fronteras físicas y mentales.

Ese tiempo no llegó por arte de magia, sino que fue consecuencia de muchos pequeños pasos que se dieron en los sesenta, una década en la que el mundo sufrió un vuelco cultural como nunca antes se viera, desde el movimiento que surgió en torno a la música rock, con sus lemas de paz, amor y flores, y que culminó con el mayo del 68. Ahora bien, los primeros pasos de esta revolución tal vez se dieran durante el concilio Vaticano II.

Precisamente, de aquellas primeras comunidades cristianas de base a las comunas hippies sólo había un paso que dar. Y no tardaría en darse. Además, de estas comunidades surgiría, en España, un cristianismo reivindicativo que serviría, en un país desolado ideológicamente, de simiente para tomar conciencia de la situación que atravesaba.

Posteriormente, los partidos políticos, tras la muerte de Franco, se alimentaron de estos hombres y mujeres, tanto de los que pretendían formar una derecha de corte europeo como de los que se denominaban marxistas. Ya, en 1.958, nace en una iglesia de Madrid el F.L.P.-Frente de Liberación Popular-, el llamado Felipe siendo, durante los sesenta, la única oposición universitaria que se enfrentaría al, eufemísticamente denominado, Régimen. En él, y a ritmo de multicopista de manivela, convivieron todo tipo de sensibilidades unidas por un deseo, inherente a esta época, y no sólo en España, de hacer algo para que todo cambiara. Los enfrentamientos entre la Universidad y el poder ya nunca acabarían hasta la llegada de la democracia. Y si no que se lo pregunten a un general pequeñito, y dicen que con muy mala leche, que se encontraba al frente del Ministerio de la Gobernación. Desde su coche, como si de una guerra se tratara, dirigía, a pie de Facultad, la toma del campus universitario madrileño por unos policías –los grises- que, montados a caballo o bien a pie, repartían mandobles a diestro y siniestro.

Algo se estaba gestando y moviendo; era indudable. En aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, un grupo de jóvenes poetas se hacía, así mismo, la pregunta que Jimi Hendrix formulaba –Are you experienced?- y aunque no obtuvieron la misma respuesta, desde la inquietud renovadora de la juventud, se decidieron a buscar nuevos caminos y así versificaron, en primera persona, sobre su vida, sobre sus cotidianidades, sobre sus experiencias más banales o más íntimas. En una época en que los poetas oficiales sólo reivindicaban a Garcilaso-lo cual no es malo, pero no es todo-, estos bardos envalentonados, mientras pintarrajeaban bustos del dictador y viajaban por un extranjero misterioso y recóndito, se decidieron a hacer otro tipo de poesía. De una manera llana y coloquial, en un tono conversacional, retenían un instante de su vida y lo plasmaban en un papel. De esta manera tan simple, en estos primeros sesenta, nace en España la poesía de la experiencia.

Nada hay tan dulce como una habitación

para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,

fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,

y parejas dudosas y algún niño con ganglios,…”

                                   Jaime Gil de Biedma (Vals del aniversario)

1976

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MEMORIAS DE JUVENTUD II-Juan Francisco Quevedo

Como cantante en el grupo que formamos con mi hermano Pedro y mis amigos Luis Carlos, Justo y Jose, a finales de los setenta, para actuar en las I Fiestas de la Juventud

II

El cambio social que tuvo lugar en España al romper la década de los sesenta fue de tal magnitud que, incluso, hizo reflexionar a la tradicional y combativa oposición al Régimen, al Partido Comunista de España, única institución que fue capaz de mantener abierta la espita de la disidencia desde el interior de un país en el que, poco a poco, iban apareciendo, tímidamente, más voces disconformes.

Jorge Semprún, viejo superviviente de la barbarie nazi en los campos de concentración, tras coquetear durante el 61 -a lomos de una vieja cabra cubista-, en su ochenta cumpleaños, con el malagueño más insigne, de nombre Pablo, y torear junto a Luis Miguel, un torero siempre pegado al poder pero comprometido-por obra y gracia de su hermano Domingo, el desinteresado financiador de Mundo Obrero– en la ayuda hacia sus amigos, plantea, junto a Fernando Claudín, la necesidad de cambiar la estrategia del Partido Comunista teniendo en cuenta la nueva situación social del país.

En ese lúcido análisis, pegado al terreno, proponen la búsqueda de acuerdos con las distintas formaciones sociales y con los personajes que van articulando una oposición, cada vez más contestataria, frente al poder, así como el reconocimiento explícito de este desarrollo económico que se estaba experimentando en toda la nación. Para ellos, fue el principio del fin. La mano férrea de Santiago Carrillo y de Dolores Ibarruri, la legendaria Pasionaria, parecía estar más al servicio de los intereses de una Rusia que les acogió tras la guerra y les financió en el exilio, que a los criterios de independencia con los que serenamente analizar la nueva y palpable realidad española.

Desde luego, el Comité Central del partido, sumiso -como se decía entonces- a los dictados de Moscú, no estaba dispuesto a consentir ninguna grieta por la que aflorase la disidencia. Ambos, pronto serían purgados para, con la expulsión -al menos eso pretendían-, relegarlos al olvido. Años después, cuando Rusia era sólo un espejismo del pasado, Carrillo, con la listeza de los espabilados desbordando sus ojillos, encabezaría una transformación en la misma línea a la propuesta por los purgados. Junto a Georges Marchais y Enrico Berlinguer fundan el eurocomunismo, una suerte de comunismo más pegado al capitalismo y a la realidad del continente pero, entonces, ya era tarde; sus propuestas en esta nueva Europa sin fronteras, a punto de nacer, tenía los días contados. Quizás su historia, con las tesis de Claudín y Semprún asumidas a su tiempo, hubiera sido otra; al menos, en España.

En esa España del desarrollismo auspiciado por los tecnócratas de la Obra, florecía un sindicalismo teledirigido, fijado en mi retina infantil a través de las multitudinarias y aburridísimas exhibiciones gimnásticas con las que, los primeros de mayo, nos obsequiaba la televisión. Eran retransmitidas en directo desde el estadio Santiago Bernabéu en una ceremonia que contaba con la presencia del Generalísimo o, según la maledicencia popular, con la de alguno de sus dobles. Por supuesto contaba con la actuación estelar de los grupos de coros y danzas regionales. La puesta en escena no difería mucho de las exhibiciones que se daban en los países del telón de acero. Claro que, entre totalitarismos andaba el juego.

El colofón al acto del Día del Trabajo se ponía con la presencia de algún que otro cantante de éxito, cuyos nombres más vale silenciar, pues en tiempos de miseria se hacen muchas estupideces y no es cuestión de echar en cara nada a nadie porque a ver quién era el guapo que se atrevía a rechazar una invitación del Pardo, bien a esa gala o bien a la de fin de año. Esta última estaba presidida por Carmen Polo, más conocida por la collares y según cuenta la leyenda, mujer muy temida por los joyeros de cualquier ciudad que visitara por si la daba por presentarse en sus establecimientos. Durante este espectáculo dado en directo, muchos tenían el entretenimiento de pasarse el tiempo intentando descubrir el aparato para la sordera que decían llevaba la señora disimulado entre las perlas.

Pues bien, desde el interior de este sindicalismo de caras circunspectas y camiseta de tirantes, un grupo de trabajadores consiguió engañar al Régimen, aliándose con falangistas radicales y con gente proveniente de asociaciones cristianas. Tal fue su pericia e insolencia que consiguieron llegar al meollo del propio poder sindical que, incluso, les dotó y asignó despacho en la sede misma del heroico, amén de único, sindicato vertical.

De esta extravagante y arriesgada manera, amparado desde el propio sindicato al que pretendían combatir, nace Comisiones Obreras. Al ser detectadas sus verdaderas intenciones y poner al descubierto su estrategia, son arrojados, con sus líderes a la cabeza -Marcelino Camacho y Julián Ariza-, del calor de las moquetas oficiales a las inclemencias de una clandestinidad donde se encontraban como pez en el agua. Desde entonces, el sindicato obrero actuará camuflado entre las nuevas barriadas surgidas en la periferia y se refugiará, cuando sea menester, en las sacristías de algunas parroquias, donde les amparará una nueva generación de sacerdotes. Éstos, no hicieron más que dar respuesta a las exigencias de esta nueva sociedad que se vislumbraba y se empezaba a hacer efectiva.

Acomodándose a los tiempos, apareció un nuevo tipo de cura, el llamado cura obrero, capaz de compatibilizar su magisterio con un trabajo normal, algo impensable para la época. A consecuencia de estos aires renovadores, esta nueva iglesia pronto se implicó en las reivindicaciones sociales dando cobijo a este nuevo sindicalismo horizontal y de clase así como prestando especial atención a las capas más desfavorecidas de la sociedad.

A José Solís, flamante ministro de Trabajo, al que este nuevo sindicalismo había engatusado a base de citas literales de encíclicas papales, cuando descubrió el pastel, se le heló la sonrisa, la llamada no sin cierta sorna sonrisa del Régimen, una sonrisa un tanto siniestra que exhibía bajo unas gafas tenebrosas de pasta negra, muy al uso entre los mandamases de la época. Pero, sobremanera, se le debió de congelar al levantarles la capa que recubría su auténtico pelaje, ni más ni menos que comunista, el gran enemigo, junto a los masones, de esta España que, una gran parte del año, caminaba procesionando y bajo palio.

Por aquel entonces, la España de Franco, tan profundamente católica, mantenía encarcelados a, nada más y nada menos, 200 sacerdotes, en su gran mayoría curas obreros. Los coleccionaba, como estampitas de santos, en la cárcel de Zamora.

Me viene al recuerdo la figura enorme, empastada tras sus gafas de concha, del padre Llanos, un hombre que habiendo podido llegar a lo más alto, por haber estado en el centro mismo del poder, prefirió irse a vivir a una chabola del deprimido Pozo del Tío Raimundo. El padre Llanos llegó a dar ejercicios espirituales, tan en boga en la época, al mismísimo general Franco y, tal vez, por ello era intocable ya que, por mucho que hubiera podido empeñarse, nunca fue detenido ni llamado al orden.

Eran tiempos de mandamientos morales, también para nosotros, pobres almas cándidas en formación, así que a partir de los doce o trece años, allá por 1.970, los frailes del colegio de San Agustín nos llevaban durante tres días de ejercicios espirituales, supongo que similares, sólo que con capones, a los que les daban al Generalísimo. Para nosotros acudir al convento que los dominicos tenían en Las Caldas de Besaya era como una fiesta, como una excursión, era la excusa perfecta y la oportunidad de poder dormir fuera de casa así como de compadrear con los amigos. Poco tenía que ver con el retiro espiritual que se pretendía. Las noches eran un ir y venir por pasillos y tejados con nuestros paquetes de tabaco y nuestras bebidas mientras en alguna habitación se armaba alguna timba de cartas. Lo pasábamos realmente bien, al margen de aquellos ratos, se me hacían eternos, en que nos mandaban a la habitación a reflexionar -nunca supe ni el qué ni sobre qué-. Yo no sé si esta moda pervivió mucho tiempo, pero supongo que no. El colmo de la desfachatez era cómo nos despertaban, con la música, resonando por los altavoces, del Himno a la alegría, en la versión de Waldo de los Ríos y cantado por Miguel Ríos. Después de una noche toledana, la alegría a esas horas tan tempranas era nula.

En aquella España ya no todo eran rosarios y mandamientos; se movían muchas más cosas. A España iba llegando, en pequeñas dosis, la rebeldía que invadía el mundo. Se ubicaba, sobre todo en forma de música, en los gustos de las nuevas generaciones, haciendo mella en sus corazones. Con las primeras canciones de los Beatles, de los Stones, de los Who y de tantos otros, comenzaron a surgir pequeños grupos, más bien ñoños, que imitaban, con suavidad y cierta blandenguería, las nuevas tendencias musicales que brotaban en el resto del planeta. Pero, sin tardar mucho, cuando los nuevos sonidos, asociados a la rebeldía de una nueva generación, impregnaron a una juventud deseosa de nuevas experiencias, su eco fue imparable.

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MEMORIAS DE JUVENTUD I-Juan Francisco Quevedo

Juan Francisco Quevedo (1978)

I

Yo pertenecí a una saga de estudiantes que cerró un tiempo histórico. De alguna manera, aquella generación que clausuró el plan de estudios de bachiller y C.O.U., sí marcó el final de un período, el final de toda una época, la manera de entender la enseñanza en los últimos años del franquismo. Fueron años de transición entre algo que se iba muriendo de puro viejo y algo nuevo y desconocido que apenas comenzaba a nacer. Fue una enriquecedora etapa en la que asistimos como testigos privilegiados a todo un cambio en las mentes, en el espíritu y en las entrañas de una sociedad que agonizaba en su propia historia, como si fuera algo que se estaba quedando al margen de la misma. Los tiempos, su signo, estaban atropellando a aquella sociedad anquilosada en sus prejuicios y aislada de su entorno europeo. El futuro sería muy distinto a todo lo que habíamos conocido.

Los miembros de aquella generación final, que coincide con los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia, contribuimos de manera natural, sin ser conscientes de lo que se estaba moviendo a nuestro alrededor, ni de los cambios que se avecinaban, a que todo fluyese sin estridencias, con la mejor de nuestras disposiciones. Y lo hicimos sin miedo y con grandes ilusiones.

Los jóvenes de aquella promoción intermedia, la que se sitúa entre los que cursaron el Preu y los que son hijos de la E.G.B. y del BUP, habíamos nacido al calor de los Planes de Estabilización y de Desarrollo. Nosotros ya pertenecíamos a un mundo muy diferente al de los que nos precedieron, por lo que veíamos la vida de una manera completamente distinta a la de las generaciones anteriores, los hijos de aquellas promociones tan sufridas que habían tenido que padecer las consecuencias de una España olvidada por la comunidad internacional y empobrecida por la guerra civil y sus secuelas.

Nosotros ya éramos hijos de la España del desarrollismo oficial, aquella España a la que los López habían dado un estirón económico. Muy atrás quedaba ya aquella Tierra sin pan, la misma que Buñuel tan didácticamente mostrara en su documental, como definitivamente quedaba atrás aquella España reflejada en las Hurdes, tierras remotas y desheredadas que el rey Alfonso XIII recorriera a caballo junto al doctor Gregorio Marañón.

Atrás empezaba a quedar también aquella España de los cincuenta y sesenta en la que la gente aún buscaba un futuro lejos de su patria. Aquella emigración fue muy distinta a la que emprendieron sus padres y sus abuelos; el destino que se buscaba, ya no era tanto América, sino que se transitaba hacia una Europa, más cercana en la distancia pero más fría y lejana en el corazón de la gente.

En la década de los setenta, la emigración, en especial hacia Francia, Alemania y Suiza, comenzaba a decaer; los trenes ya no pasaban por Irún tan preñados de hogazas y chorizo campestre. Se empezaban a terminar los años en los que a golpe de raíl muchos paisanos caminaban hacia un destino de melancolía y añoranza. De hecho, cuando en nuestra adolescencia veíamos documentales de la época, nadie hubiera dicho al contemplarlos en los andenes, sobre los pescantes, agitando el pañuelo de la despedida, que pudieran comerse el mundo más allá de esos pueblos a los que dejaban huérfanos. Sin embargo, se lo comieron, aunque estoy seguro de que en cada corte de pan con chorizo con el que empezaban a masticar aquellas monedas-marcos, francos, libras-, se les llenaban los carrillos de morriña y desarraigo.

Entre tanto se obraba el milagro económico, aquellos buscadores de fortuna -grandes generadores de divisas-, desde tierra extraña, no añoraban tanto la patria, la grandilocuente patria que yacía a sus espaldas, como el pedazo de tierra del que partieron, como las desvencijadas casas del pueblo donde nacieron y se criaron. Soñaban desde la lejanía de sus destinos con las caras de su gente, con las caras de aquellos a los que no hace mucho dejaron atrás para lanzarse a la aventura de una emigración incierta y dolorosa.

“Unos me hablaban de la patria.

Mas yo pensaba en una tierra pobre,

Pueblo de polvo y luz,

Y una calle y un muro…

… No hay patria, hay tierra, imágenes de tierra,

polvo y luz en el tiempo.”

                                      Octavio Paz (Calamidades y milagros)

Aquella España de la postguerra comenzó a cambiar con la llegada, a los estamentos de poder del régimen, de los tecnócratas de la Obra; con ellos mostró otra cara más amable. Con aquel desarrollismo reformador, que presentaron como el nuevo rostro del régimen, impulsaron la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Con el progreso que se vislumbraba, parecía que se estaba acabando con la habitual sobredosis española de blanco y negro, la misma que había generado desde el poder aquella sociedad lóbrega y enlutada, carente de opinión por la fuerza casi divina de la imposición.

Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.

Armadura oxidada con relleno de escombros.

Tienen duros los ojos como fría cellisca.

Los cabellos marchitos como hierba pisada.

Y un vinagre maligno les recorre las venas.

                                     Ángela Figuera (Mujeres del mercado)

A nosotros, a los muchachos del bachiller y del C.O.U., aquella España del pasado casi ni nos rozó; ya nos tocó disfrutar de otra bien distinta, la que surgió con el boom económico, la que en los últimos años del franquismo comenzaba a traslucir ciertas dosis de libertad bien administrada desde el poder.

El caso fue que, bajo el control de la camarilla del Pardo y del gran ojo, rematado en una opulenta ceja, del almirante Carrero Blanco, un grupo de solterones, o casados con voto de algo, fríos, pulcros y tecnócratas servidores de la Obra de un visionario como Monseñor Escrivá de Balaguer, lograron poner a la economía española en camino. Lo hicieron apoyándose en otro Camino bien distinto, en el libro de cabecera del Opus Dei. Un joven Laureano López Rodó puso a punto los famosos Planes que colocarían a España en la senda que la conduciría hacia el progreso de los países en vía de desarrollo.

Mientras España despegaba, la sociedad se transformaba al socaire de los tiempos de bonanza. Con la industrialización, comenzaba a emerger una clase media mucho más numerosa, por tanto con mucha más fuerza y con mayores posibilidades económicas. Esta renovada sociedad, en la que la clase trabajadora se iba a ir situando como una nueva clase media y, por tanto, según la terminología de la época, se iba aburguesando, se distanciaba sustancialmente de la España surgida tras la guerra civil. Que esta España progresaba económicamente era una evidencia que a casi nadie se escapaba.

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UNA INFANCIA FELIZ XII-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco. Catedral de Burgos

XII

A pesar de cómo evolucionábamos como país, a pesar del cambio de mentalidad que se intuía y que ya se comenzaba a ver, en aquella España de mediados de los sesenta aún persistía el rancio sabor que deja en el paladar la intransigencia más trasnochada. Como muestra de ello, un botón.

Todos los veranos íbamos con mis padres a Burgos a pasar el día y, cómo no, a visitar la catedral y a perdernos por las calles que la rodeaban. Aquella mañana de finales de los sesenta amaneció con un sol de los que mortifican, de los que hacían buenos los versos de Machado, de Manuel, en el memorable poema Castilla. El poeta dudó mucho en el verso final, polvo, sudor y hierro, y estuvo a punto de poner polvo, sudor y sangre. Al final le pareció más acorde con el carácter castellano la primera versión.

El ciego sol, la sed y la fatiga…

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

 Con semejante día, mi madre, sin sospechar lo que estaba a punto de acontecer, nos puso a los tres hermanos de pantalón corto. Al llegar, como siempre, entramos en la catedral por la puerta principal y nada más traspasarla se acercó a nosotros un tipo con aspecto de mandar algo y cubierto con el sayón de la castidad penitente. El caso es que nos echó del recinto sagrado porque mi hermana Regina, a sus siete u ocho años, iba con pantalón corto. Lo más curioso es que los tres hermanos íbamos igual, tal vez incluso nuestro pantalón fuere más corto, pero lo cierto es que los tres íbamos con toda nuestra niñez a cuestas, reflejada tanto en nuestro cuerpo como en nuestra cara.

Aquel año, entre la indignación e incredulidad de mis ofendidos padres, me quedé sin ver al Papamoscas, aunque no desperdiciamos la oportunidad de pasar por el restaurante Gaona a degustar un buen lechazo de Castilla. No todo iban a ser penalidades.

De aquella España en la que la curia, desde el púlpito, expulsaba públicamente, durante la misa dominical, a cualquier descarriada sin velo, con los brazos descubiertos o con la falda no lo suficientemente larga, ya nada queda. Era la primitiva y arcaica imagen de aquella España, reserva espiritual de Europa y bastión contra el comunismo internacional, cuando no contra las huestes masónicas.

Y, aunque apenas fuera ayer, parece haber sido la imagen de un país durante el pleistoceno, por no decir el oligoceno.

Todavía en ese ambiente de latinajos de sacristía y dispensas confesionales, a base de limosnas para dejar de ayunar en cuaresma, me acerqué al cine Cervantes, con mi tío Marcelino, para ver La caída del Imperio romano. Sé que me fascinó, tanto la película como aquel exceso de cartón-piedra; desde aquel pase, me hice adicto al cine de romanos. Luego supe que estaba dirigida por Anthony Mann, aquel director americano que fue a casar con una doncella de gran belleza, de nombre Sara. Montiel, por supuesto. Todo ello, sin despreciar los largos de Disney, desde aquella Blancanieves imperecedera que vi en la gran pantalla recién llegado a España, al espléndido Libro de la selva que, un poco más mayorcito, vi con mi tío Marcelino en el cine Alameda.

Los sueños de grandeza de un país recién salido de la miseria se convirtieron en realidad, un tanto fantástica, con la aparición en un pueblo del páramo burgalés, La Lora, de petróleo. Esta improductiva alucinación no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para meterla, con inmenso orgullo patrio, en todos los libros de texto y tener que estudiar el nombre del perdido lugar durante unos cuantos años. De aquella fantasía prospectiva sólo quedan unos caballitos de madera y el recuerdo de una quimera del oro negro.

Con mis hermanos en la Primera playa del Sardinero

Pero si hay un recuerdo de mi infancia que no olvido es la visita del Generalísimo Francisco Franco en julio del sesenta y ocho a Santander.

Para mí era un día como otro cualquiera. Había salido con mi padre a dar un paseo por el Muelle, su lugar favorito y desde el que, tal vez, esperara contemplar, como otras veces, la llegada del Covadonga o del Guadalupe, vetustos barcos de la legendaria Cía. Trasatlántica, a su regreso de Veracruz. Cada vez que atracaba se las ingeniaba para subir al barco e ir hasta el bar, donde se tomaba una cerveza mejicana y se fumaba unos Delicados, mientras conversaba con los camareros.

El Covadonga, barco que hacía la travesía Santander-Veracruz

Pero aquel día, aquel paseo iba a ser un poco diferente a los demás.

El caso es que, tras dar nuestra habitual vuelta por el muelle y ver los barcos que estaban atracados, para retornar a casa buscamos la avenida principal, el Paseo Pereda. Mi sorpresa fue mayúscula al ver cómo la gente se agolpaba en las aceras formando varias filas mientras, brazo en alto, gritaban, ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!…., en un éxtasis de grupo bastante curioso y llamativo.

Allí estaba todo Santander. Allí se juntaban, poseídos por el momento, futuros, en sus palabras, demócratas de toda la vida y hasta algún joven de los que enseñaba en los colegios Formación del Espíritu Nacional (F.E.N.), asignatura en la que se nos ilustraba sobre las Leyes del Movimiento y el Fuero de los Españoles y es que a falta de una Constitución que enseñarnos tiraban de lo que había.

Ahí estaban, aquellos insignes falangistas, reconvertidos en respetados demócratas de toda la vida a partir del setenta y seis. Al fin, no hicieron más que lo que tantos, arrimarse al poder, lo ejerciera quien lo ejerciera. Para ellos, eso era lo de menos, ya que creo deducir por sus comportamientos que nunca padecieron de ese mal tan extraño que tanto ataca a la gente de bien, ese mal que provoca continuos y torturantes problemas de conciencia. Es más, yo creo que bien hubieran podido pertenecer a ese grupo de personas que ni tan siquiera saben lo que es, ya que carecen de ella. Y, puestos a analizarlo fríamente, concluimos fácilmente que la misma no constituye más que un constante obstáculo en nuestras vidas.

Pero volvamos a introducirnos entre aquella multitud vociferante, entre la masa, esos idiotas que decían los griegos, o los muchos, como los describía Platón con desprecio. Ante el espectáculo que se abría ante mis inexpertos ojos yo jalaba de mi padre, con fuerza, hacia mí, para intentar pararme entre el gentío y poder presenciar con atención la representación. Él, sin embargo, tiraba de mí apresurando el paso.

-¡Quiero verlo, quiero verlo!

Con mi padre en el portal de La Cavada (1976)

Aún recuerdo sus palabras, aún recuerdo en ellas toda la filosofía de un escéptico descreído que, desde luego, no tenía ninguna fe en la histeria colectiva de las masas, ni en nada de aquello en lo que el ser humano pudiera perder su perspectiva de ser único e individual, capaz de pensar y reflexionar por sí mismo. Y era evidente que aquella gente no respondía más que a instintos poco meditados.

-Todos éstos -me decía, obviándolos y recordando a los líderes revolucionarios que había sufrido desde la primera década del siglo en México-, a los que hoy ves encantados expresando su fervor, su adhesión inquebrantable, como repiten a diario con tanto ahínco, mañana mismo, si fuera preciso, lo expresarían en sentido contrario. Hoy lo veneran, mañana pedirán su cabeza. Y la pedirán los mismos que hoy están aquí. Estoy cansado de verlo. Y ha sido siempre igual a lo largo de la historia. Nunca hagas caso del griterío y nunca des un látigo a quien antes fue esclavo de una causa sin sentido.

En este caso no fue exactamente así. Nadie de todos aquellos que lo aclamaban llegó nunca a pedir su cabeza. Franco murió en la cama de un hospital en una penosa y larga agonía, sin que fuera cuestionado más que por una inmensa minoría.

Al fallecer, pasaron ante su cadáver, haciendo insufribles y largas colas, -la masa además es necrófila-, cerca de medio millón de personas en un país con apenas treinta. Pronto, también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido contrario, por supuesto, en masa.

Cuando Franco murió tenía dieciséis años, una mente abierta, una inquietud inmensa por aprender y todo el futuro por delante. Durante mi infancia fui inmensamente feliz porque siempre me vi rodeado de gente a la que amaba y de una tierra a la que sentía como parte de mí, mi tierra del alma. Y no hablo de la grandilocuencia de la patria, hablo de ese pequeño pedazo del universo al que te sientes unido, hablo de la luz y el polvo con el que creciste pegado a las zapatillas, hablo del padre, de la madre, de los hermanos, de la familia y los amigos que me acompañaron en ese viaje que me llevo a ser el joven que fui y el hombre que finalmente soy.

En La Cavada a los 19 años
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Día Del Libro-Federación Cántabra de Bolos-Fundación Bolos de Cantabria (23 de abril de 2021)

En el Día Internacional del Libro queremos mostrar la implicación de la Federación Cántabra de Bolos y de la Fundación Bolos de Cantabria con la cultura y la riqueza literaria que hay respecto al mundo de los bolos, nuestro deporte más arraigado y más respetuoso con las tradiciones de todo un pueblo. Con distintas voces de los hombres y las mujeres que amamos los bolos hacemos un recorrido poético por algunos de los numerosos poetas que han dedicado sus versos al mundo de los bolos. Así, desde el área cultural de la Federación, dirigida por Juan Francisco Quevedo, voces como las de Fernando Diestro, Laura Abascal, Francisco Javier López Marcano, Naomi Solórzano y muchas otras recuerdan a poetas como Gerardo Diego, Jesús Cancio, José Hierro o el recientemente desaparecido Antonio Casares.

Un homenaje literario y sentimental a algunos de aquellos libros que, con sus poemas, se han acercado con cariño a una parte tan importante y esencial de nuestro acervo cultural. Los bolos y todo lo que les rodea, desde el ambiente social al espíritu deportivo y competitivo, han contribuido al desarrollo cultural de todo un pueblo, el nuestro. Por ello, desde el mundo bolístico queremos conmemorar de manera muy especial, recordando a nuestros poetas, el Día Internacional del Libro.

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UNA INFANCIA FELIZ XI-Juan Francisco Quevedo

En La Cavada, 1964

XI

Una nueva era parecía atisbarse en el horizonte de la iglesia. El Papa bueno, Juan XXIII, había convocado a Concilio a sus cardenales. Y no iba a ser uno más. Este Concilio, el Vaticano II, que se cerraría bajo la tutela de Pablo VI -el Papa que amenazó, al estilo sutil que acostumbra la diplomacia vaticana, con excomulgar al general Franco, por un pon o quita esas firmas de unas sentencias a muerte-, traería grandes cambios a una Iglesia adormecida en sus latinajos. Años después, y a consecuencia del Concilio, la misa dominical comenzó a decirse en castellano, olvidando el latín y, con ello, el misterio cabalístico de no entender absolutamente nada de lo que te contaban. Además, al celebrar la ceremonia litúrgica de cara a los fieles, se perdió la santidad lejana en la que, inconscientemente, se envolvía a un oficiante al que sólo se veía de espaldas.

Por una vez, y sin que sirviera de precedente, pareciera que la iglesia y su jerarquía caminaran con los tiempos, estableciéndose cierta conexión entre los verdaderos valores de un humanismo cristiano emergente y el nuevo espíritu de los sesenta. Pareciera como si se quisiera, de alguna manera, poner en práctica lo que hasta entonces simplemente se predicaba desde la lejanía elevada del púlpito. Pareciera que las palabras que Voltaire dejó impresas en sus Cartas filosóficas tomaran un nuevo impulso:

El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores.

Aquella España de comienzos de los sesenta, pese a parecer haberse detenido anclada en sus angustias, comenzaba a evolucionar, incluso a su pesar. Los tecnócratas píos y devotos de la Obra-Opus Dei- y del desarrollismo habían comenzado a impulsar la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Estaban casi a punto de poner en marcha los famosos Planes de Desarrollo, que colocarían a España en las vías que la conducirían hacia el progreso económico.

Entre tanto, en esta España no se moría de exceso, por beberte la vida de un solo golpe, se moría de aburrimiento, así como del empacho provocado por el aluvión de penitencias y autos de fe. Era la España de la emigración, la España de López Rodó y su Primer Plan de Desarrollo, aquél que acabaría por llevar al país a abandonar las vías del mismo para llegar, al fin, a un destino más halagüeño. En un país, inmerso en sus novenas, ayunos y vigilias, donde las amas de casa pedían dispensa al párroco para poder tejer en domingo, parecía imposible que poco a poco, con el transcurrir de los años, este catolicismo exacerbado de la posguerra -por el que España se erigió, como un faro de luz, en la reserva espiritual de Occidente-, se difuminaría, por el simple devenir del siglo, entre melenas de modernidad y minifaldas precoces, y acabaría suicidándose de una grave indigestión, haciendo buenas las premonitorias palabras de Azorín:

El catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos patanes acabarán por matarlo en pocos años.

En la Feria de San Lucas, en Hoznayo. 1964

Como viejos Laridones, salidos de las páginas de una fábula de La Fontaine, los indignos y, a veces, uniformados guardianes del Régimen se aplicaban, brazo en alto, si era necesario, a censurar cualquier obra que se pusiera a su alcance. Desde su poder despótico, representado en unas siniestras bandas negras, anudadas al traje en el antebrazo, que nunca supe lo que eran, pero que todos los que eran alguien, en aquel festín del Movimiento, lucían con orgullo patrio, aplicaban absurdas, caprichosas y arbitrarias decisiones. Con la misma sinrazón se decidía poner, a una actriz díscola y desvergonzada, un pañuelo en su cabeza desmelenada que borrar una palabra impropia de un texto, fuese literario, periodístico o de cualquier otra índole. Nada se podía escapar al gran ojo censor.

Dicen que España está españolizada,

mejor diría, si yo español no fuera,

que lo mismo por dentro que por fuera

lo que está España es como amortajada.

                                     José Bergamín (Cuarteto de soneto)

Con mis hermanos Regina y Paco en el santanderino Colegio Cervantes

Pero, en este país, fiel reflejo de la España de Quevedo y Torres Villarroel, siempre aparece algún sopón con suficiente ingenio como para colarse por entre los tachones de la censura y hacer pasar por humoradas, más o menos ocurrentes, verdaderas sátiras hirientes. Las mordaces obras, bien camufladas, a veces pasan inadvertidas para las adocenadas mentes censoras, lo que hace que, de cuando en cuando, un soplo refrescante inunde el ambiente aburrido de la época.

En La Cavada 1965

Así se llega a estrenar la película El verdugo, con guión de un maestro del cine como Rafael Azcona. Es un auténtico esperpento surrealista, lleno de humor, magníficamente interpretado por un galán de pueblo y grasa de arenque ahumado en la camiseta, como Nino Manfredi, y por un desamparado en sí mismo, con papada en la cara y voz de trueno en el alma, como Pepe Isbert. Nunca la pena de muerte, en un país donde aún se ajusticiaba a garrote-vil -ennoblecido por tantas Marianas Pinedas-, fue tan ridícula y quedó tan ridiculizada. Toda la cinta era una metáfora disparatada, una chispeante greguería o una eufónica, florida y sutil jitanjáfora, salidas de las plumas, coronadas por la brillantez de lo absurdo, de Ramón Gómez de la Serna o del siempre maestro Alfonso Reyes.

Con mi hermano Paco en La Cavada. Y con el equipaje  del Atlético de Madrid

Pero aquella España de a pie no era ni tan brillante ni tan literaria. Por no ser no era ni gacetillera, era una España pragmática, como los tecnócratas que habían tomado el mando. Pareciera que se hubieran sumido en el tiempo y hubiesen hecho suyo el lema del primer gobierno mixto del general Miguel Primo de Rivera:

Menos política y más administración.

Todos caminaban, y el general Franco el primero, tras la senda inconstitucional marcada por el Fuero de los españoles. Esta filosofía de la eficacia, alejada de la política, había penetrado tanto en sus entrañas que se cuenta cómo, en una audiencia con uno de sus ministros, haciendo uso de toda su retranca gallega, el comandantín, como era conocido en Oviedo cuando cortejaba a la señorita Carmen Polo y, desde su menudez física, se paseaba en un vistoso caballo blanco, le contestó, tras interesarse este por la situación política del país, de la siguiente manera:

Usted haga como yo. No se meta en política.

Así era este actor de cine frustrado, devenido en generalísimo, que firmaba sus guiones como Jaime de Andrade, remedando al Felipe IV que firmaba sus versos como Un ingenio de Palacio.

Aunque no hubiera política que valiera, aún nos quedaba el cine, al menos cuando llegaba, tras superar el arduo y espeso camino de la censura.

Pero, además de la bomba que los americanos dejaron caer en Palomares, nos cayó otra más benévola, aunque ésta hirió sobremanera a la mojigatería patria. Este año desembarcaron las primeras minifaldas y por debajo de ellas se intuían, cuando no aparecían, las braguitas de aquellas extranjeras que llegaban a nuestras localidades con la nueva moda. Chocaba, y mucho, tanto muslo tomando el aire y más en una ciudad como Santander donde, hasta hacía muy poco, había sido obligatorio el traje y la corbata para caminar por el Paseo Pereda. Pronto, las chicas españolas, a escondidas, comenzarían a llevar estas prendas joviales y divertidas, aunque aún habrían de pasar unos años para verlo. No olvidemos que España era un país donde, aún, las mujeres sólo podían entrar en las iglesias con un velo tupido y negro sobre sus cabezas y una venda sobre sus conciencias porque, como decía Picabia, la moral es la espina dorsal de los imbéciles.

En ese contexto, ilusionados por el contacto con la tierra y reconfortados por el afecto de los amigos y la familia, pasamos nuestro primer invierno en La Cavada. Con el inicio del nuevo curso, en octubre, nos asentamos en Santander y dejamos nuestra tierra, nuestra tierra verdadera, ese minúsculo lugar que llevas adherido a las entrañas, tan solo para el verano, para esos largos veranos de entonces, veranos de tres meses largos, de esos que se llegaban hasta prácticamente la festividad del Pilar cuando, con las primeras nueces, volvíamos al piso de Santander.

De aquellos veranos en bicicleta, veranos jugando a los bolos en La Encina, desde que amanecía hasta que anochecía, veranos en los que tan solo aparecías en casa para comer, guardo un recuerdo inolvidable, como de todos los amigos que me acompañaron en ese descubrimiento continuo que nos acompaña en la vida pero que, en la adolescencia, está más vivo que nunca.

Las excursiones a la cueva del Zorro, los baños en el río Miera, en el pozón de Las Hoyas, los partidos junto al río Revilla y las primeras romerías, a las que nos hicimos tan asiduos que tan solo veíamos el calendario en función de ellas. Se abría con San Juan en nuestro pueblo y se cerraba con San Cipriano y San Miguel. Y en medio, San Mamés, San Lorenzo, Santiago, San Pantaleón, San Vicente, Santa Ana, Nuestra Señora, San Joaquín, La Magdalena… No nos perdíamos ni una.

Con mi hermana Ana en el monte Igueldo

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UNA INFANCIA FELIZ 10-Juan Francisco Quevedo

Con mis hermanos Regina y Paco en México

X

-¡Qué güerito! Con sus ojitos azules. Déjemelo tomar un ratito.

De brazo en brazo anduve los tres años que pasé en México, de brazo en brazo e intentando mordisquear aquellos medallones que colgaban de los cuellos de quienes me mecían con tanto afecto; todos ellos iban grabados bien con el relieve de la Virgen de Guadalupe, bien con el del Sagrado Corazón de Jesús. Y es que allá, tratándose de Vírgenes, sólo hay una. Por acá parece que florezcan. Será el clima.

En mi casa de Córdoba-México

No tardaron en acompañarme dos hermanos más de los seis que llegamos a ser cuando aún contaba con cinco años de edad. Con los tres que ya éramos a cuestas y una niña más en el vientre de mi madre, dejamos atrás toda una vida en Córdoba para reemprender otra en España. Mi padre, tras cuarenta y cinco años en México, con toda la familia, tomaba el avión que le haría reencontrarse con su tierra.

A aquella España enlutada regresamos, enlutada como sus mujeres, que se ponían el negro de jóvenes, pues siempre había alguien que se les moría, cuando no era el padre, era la madre y, cuando no, el marido. No recuerdo haber visto una sola foto de mi abuela o de mis tías paternas en las que el negro no fuese su acompañante perpetuo.

A aquella España de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, son católicos hasta los ateos, a aquella España de la cruz y la pandereta, de empacho de misas y rosarios, plagada de misales, reclinatorios y escapularios, regresamos en el 63 definitivamente.

Llegamos justo cuando algunas cosas empezaban a cambiar, justo cuando el olor del café cordobés se había colado para siempre en mi alma. Un café que nunca he podido volver a husmear como entonces pero que su recuerdo, como el sonido de las campanas de su pueblo, que tanto añoró mi padre, me inunda de nostalgia. Tal vez, algún día regrese a Córdoba.

Desde que di mis primeros pasos, según la memoria compartida con mis mayores, como un ritual, acudía cada mañana al negocio de café -solo tenía que cruzar la calle- para hacer lo que tantas veces había visto hacer a mi padre. Al llegar, me acercaba a uno de los sacos que acababan de descargar, agarraba en mi pequeña mano un puñado de granos de café recién recolectados y los frotaba con energía entre las palmas; después me las acercaba a la nariz para poder oler aquel aroma tan intenso, tan lleno de vida, con el que se abría la mañana. Nunca perdí aquellas sensaciones sensoriales; de hecho aún hoy, cuando llega a mi pituitaria desde cualquier rincón, una taberna o la casa, esa fragancia única y característica, actúa en mi conciencia como aquella magdalena proustiana y me hace retroceder en el tiempo a mis años en México. Mucho quedó atrás tras mi partida, pero el olor de aquel café con el que iniciaba el día siempre me acompañó.

Había sido allá por 1.960 cuando mi madre había visitado doblemente, en enero y diciembre, el Sanatorio Español de Ciudad de México. De esta manera, una hermana, la primera, y un hermano, Paco, irrumpían en mi plácida vida casi sin enterarme. Y así, casi sin enterarme, y tras varias visitas más al paritorio, ahora el de la santanderina clínica Matorras, allá por 1.964, ya éramos, con Ana, Pedro y Marce, seis los hermanos. Ahí nos quedamos.

Con mi padre. México

Fue en La Cavada cuando empecé a tener verdadera memoria de lo que pasaba a mi alrededor sin tener que recurrir a la de los demás, a la memoria interpuesta de mis mayores. Recuerdo los días de escuela cuando, con apenas tres años, me dirigía a la señorita con la inocencia de mi dulce acento mejicano:

-Buenos días señorita.

-Buenos días.

-Se presenta Juan Francisco Quevedo Gutiérrez, para servirle a Dios y a usted.

Aún era pronto para saber que la carrera de la vida ya había comenzado mucho antes, así como para valorar y aprovechar esa listeza natural que no hace más que avivarse desde la cuna.

La gente se derretía con mi acento suave y educado, con mi retórica y con mi pequeña estatura. Se empeñaban en que no les tratara de usted pero yo era incapaz de hacerlo, por lo que me molestaba esa insistencia ante un hecho que para mí era de lo más natural. Tardé meses antes de poder adaptarme a las nuevas costumbres. Aquel año escolar lo aproveché bien; no hay nada tan absorbente como la mente, todavía despejada y completamente virginal, de la primera infancia.

En esa España, hoy pareciera perdida en el tiempo, aprendí mis primeras letras y mis primeras pillerías con la feliz inconsciencia de la infancia. Y también llegó a mi memoria, el primer recuerdo de los amigos, algunos de los cuales permanecerán para siempre, y los primeros chichones, como el que me salió al propinarme un golpe un compañero con la peonza en plena frente. Se desenredó de mala manera la cuerda y salió disparada a mi cabeza. Apretando con una perra gorda sobre él, sobreviví al lance. La misma perra gorda que los amigos y yo poníamos sobre las vías del tren para que, al pasarla el convoy por encima, la viéramos, admirados y perplejos, con una extensión multiplicada.

Enfundados en nuestros impermeables, tipo pescador de ballenas, íbamos -al igual que el capitán Ahab a bordo del Pequod- los tres hermanos unidos y dispuestos a luchar contra los charcos que se interponían en nuestro camino hacia la escuela. La señorita nos esperaba, con su política de palo y tente tieso, o sea, el clásico la letra con sangre entra mientras pastábamos entre un mar de signos aritméticos, cuando no ortográficos, mientras cantábamos, aplicados, las tablas de multiplicar o los ríos de España, eso sí, con sus afluentes, tanto por la derecha como por la izquierda.

Con mi hermana Regina en la escuela de La Cavada 1964

Los recreos eran para las carreras, las subidas al pino, las canicas, la peonza y un juego al que jamás volví a jugar y del que no recuerdo su nombre. Todos nos hacíamos con una estaca puntiaguda que tirábamos a clavar en el prado por orden. El juego consistía en intentar derribar las que estaban clavadas con tu estaca. Cuando lo conseguías, la agarrabas y con tu palo la dabas un golpe para intentar lanzarla lo más lejos posible. El que perdía debía ir a por ella y, a su vuelta, se reiniciaba el juego.

Al salir de la escuela, corríamos hasta casa un buen grupo de amigos y en un gran columpio verde articulado de madera, con asientos a cada lado, nos balanceábamos a lo bestia hasta que alguien aparecía para reñirnos. El columpio, tras continuos arreglos de mi padre, aún sobrevivió unos cuantos años. Con el tiempo, donde se ubicaba, nos hizo una bolera cuyo mayor inconveniente era que si elevábamos mucho las bolas desde el tiro, pegábamos contra las ramas de dos generosos ciruelos japoneses, cuyos troncos, por otro lado, nos servían de portería para jugar al fútbol. La huerta, en verano, era un improvisado polideportivo.

En otras ocasiones, nos dirigíamos hacia el río en bicicleta, procurando derrapar en cuanto veíamos algo de guijo suelto en la calzada o soltándonos las manos del manillar, mientras poníamos los brazos en cruz para sentir el viento en la cara. Al llegar a la pedregosa orilla del río, llena de cantos rodados, lanzábamos morrillos bien seleccionados, con el vientre plano, para jugar a ver quien conseguía que diera más botes sobre la superficie del agua.

Aquel curso que pasé en el pueblo, recién aterrizados, todas las mañanas madrugaba bien temprano y me encaminaba de la mano de mi tía Ana María a misa de ocho. Me gustaba no tener competencia y ser el único valiente que, a esas horas, se atrevía a realizar las funciones de ayudante del cura del pueblo. Cuando entraba por la puerta de la capilla de Santa Lucía, ingresaba en mi territorio; era el único niño que había y nadie me disputaba el honor de hacer de monaguillo. Al llegar, encendía las velas y me dirigía a la sacristía. No me vestía el uniforme colorado con la casulla blanca porque solo lo usábamos los domingos en misa mayor y pocas veces lo pude lucir pues los mayores no te dejaban así como así. La misa aún se decía en latín y con el cura de espaldas a los asistentes. Yo siempre estaba muy pendiente de cuándo tenía que tocar la campanilla mientras lanzaba unos latinajos; algo así como potens, potens. Era lo que más me gustaba.

Otros placeres, como el de beber el vino dulce al cura mientras estaba distraído, estaba reservado para los más mayores. Yo me conformaba con los recortes de las hostias que nos repartía el sacerdote.

En tanto me ocupaba de estos menesteres inocentes, en el Vaticano ya habían empezado a circular aires reformistas que no tardarían en reflejarse en la vida religiosa y piadosa de aquel tiempo.

Con mi padre en México

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MARCOS TRAMÓN-COMO UNA SOLA LUZ-Juan Francisco Quevedo

MARCOS TRAMÓN

COMO UNA SOLA LUZ (EDITORIAL BAJAMAR, 2020)

MARCOS TRAMÓN PRESENTA COMO UNA SOLA LUZ, UN LIBRO QUE GENERA EN EL LECTOR EMOCIÓN VERDADERA

Como una sola luz es el nuevo y esperado título del poeta asturiano Marcos Tramón, recientemente publicado por la editorial BajAmar. Tras tres años de silencio, reaparece con la fuerza de una palabra que se entreteje desde el conocimiento y la sabiduría de un poeta que se entrega al misterio inherente de la poesía con devoción y lirismo. Lo hace con una perspectiva muy personal, destilando en muchos de los versos una melancolía que está muy próxima a cierta desolación existencial pero que, sin embargo y a pesar de todo, se redime a través del amor y de la nueva luz del día, del acontecer del nuevo alba, que bien puede simbolizar el continuo aprendizaje que, con cada nuevo amanecer, acompaña al hombre.

Como una sola luz es un libro de esperanza, algo que se percibe en las palabras que se van repitiendo en prácticamente todos los poemas: claridad, luz, mañana, alba, cielo, amanecer, día… El libro se divide en tres partes, siendo la central, Albas contadas, la que delimita con exactitud las mismas. La primera de ella se abre con un poema de lo más hermoso, Contigo, donde el poeta crea una analogía entre la luz del día y la que desprende los ojos de la persona amada: Comienzan esos días/de una luz/que se asemeja a la luz de tus ojos.

A media tarde es un poema que desprende una fuerte melancolía, la que uno puede sentir, y con la que es tan fácil identificarse, cuando camina solo por la ciudad: Y es la melancolía/una manera estúpida/de sentir. Esta primera parte concluye con Desencuentro, un poema que, a pesar de lo que sugiera al lector en una primera impresión, es una invitación a continuar adelante, a pesar de la ausencia: Fuimos mínimas coincidencias, / a gusto por la insólita/razón de ser.

La parte central del libro, Albas contadas, la única con un título específico, son como habas contadas, como perlas halladas en la claridad del tiempo. Es una sucesión de bellísimos poemas, ordenados en impecables cuartetos endecasílabos, que se erigen como un canto permanente a la nueva vida que siempre acompaña al alba.

Cada uno es un alba, un cielo, un mundo.

Cada uno despierta esclarecido.

Como una luz inquieta y caprichosa,

Semejamos el vuelo de las aves.

En todos y cada uno de los treinta y dos cuartetos que componen esta parte aparece la palabra alba junto a una visión de la vida que, asociada a esa palabra, hace que esta adquiera una dimensión que va más allá de la literalidad estricta del diccionario; con cada nuevo amanecer nos renovamos, con la llegada del día tenemos la oportunidad de experimentar otra vez ser nosotros mismos. Unas veces será una invitación a disfrutar y otras, sin embargo, nos traerá los sinsabores que nos angustian. Al fin, esa mezcla de sentimientos es la vida.

Hoy, un alba maltrecha, igual que yo.

Como nosotros, también un desamparo.

Es un amanecer que viene triste,

Como si todo reviviera en muerte.

En la última parte se suceden poemas con referencias cotidianas, que rompen la solemnidad del discurso, aproximando las sensaciones al lector de una manera muy cómplice: Camina un hombre solo por las calles/de la ciudad-la lluvia crea charcos/en las aceras y es de noche-, mientras piensa… También encontramos poemas de amor cargados de lirismo y con elegantes notas de erotismo: Ya es un recuerdo ardiente/el llegar de mis manos/hasta tu negro pelo ensortijado

El libro finaliza con unas Disposiciones autobiográficas que definen a la voz poética: Soledad, / melancólica compañera de viaje, / voluntaria; por fiel, una amante escogida.

Marcos Tramón, Como una sola luz, traspasa nuestra conciencia lectora para con su poesía estimular nuestra sensibilidad y crear emoción verdadera desde unos versos profundamente humanos.

Juan Francisco Quevedo

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UNA INFANCIA FELIZ 9-Juan Francisco Quevedo

Barajas 1959-Con mi madre en brazos

IX

Mientras mi padre, con Libertad bajo palabra, de Octavio Paz, velaba mi ya avezada socarronería feliz y preparaba mi primer viaje a España, yo iba descubriendo la magia de la poesía. Aquellos versos, resbalando por los labios paternos, me iban descubriendo el inmenso y revelador poder de la palabra, de una palabra que, de momento, me era negada. Caían las frases sobre mí como una lluvia de enigmáticos jeroglíficos por resolver, como un chaparrón de misteriosos y envolventes vocablos que iluminaban mi biberón y extasiaban mis sentidos

Dales la vuelta

cógelas del rabo (chillen putas),

azótalas…                                                                

                          Octavio Paz (Las palabras)

El mismo año de mi nacimiento, a principios de verano y con mi madre ya embarazada de mi hermana Regina, me trajeron a conocer a mi familia española. Y a que me conocieran. El avión aún pudo hacer escala en el aeropuerto de La Habana, aunque las barbas y el verde oliva ya dominaba y campaba a sus anchas por los hangares. Durante las horas de estancia, no nos dejaron ya no salir del recinto, ni tan siquiera nos pudimos bajar del avión. Sin embargo, a la vuelta ya no se pudo, ni modo, aterrizar en Cuba. A pesar de todo, España y Cuba jamás romperían relaciones diplomáticas. Nunca. Bien al contrario, con México ocurría algo muy distinto desde la guerra civil.

Al fin, Madrid. Casi sin darme cuenta aparecí en las escalinatas de un avión, supongo que de Iberia o de las Aerolíneas Mexicanas, y en la capital de un país al que llaman España. Desde mi pequeña estatura, y desde los brazos de cualquier voluntario que se prestara a sostenerme, percibí, en aquellos meses y a través de la memoria de mis mayores, la lúgubre desolación y la tristeza del país de mis antepasados. Contrastaba con el espíritu alegre y desinhibido de una gran parte de sus habitantes que no reflejaba en absoluto lo que se escondía en los aledaños del poder. Como ha ocurrido tantas veces, cada cual iba por su lado, distanciándose cada vez más notoriamente lo uno de lo otro, la gente corriente de los círculos de influencia que pululaban donde se tomaban las decisiones.

Con Tom en La Cavada, 1959

Desde mi descansada posición, en el serón de viaje, arribé a La Cavada y allí sufrí un baño de curiosidad y un hartazgo de brazos ajenos que me hizo sonreír y agarrar más mañas aún de las que ya tenía; no en vano era el primero de los críos de mi generación que llegaba a mi familia paterna. Aún tuve tiempo de conocer a mi tía Teresa y a mi tía Ciriaca, siempre tan elegantes y bondadosas, y a la abuela Regina, con la que disfruté tanto de sus besos como de su encanto.

Seguro que aquella fue la primera vez que mis tías paternas, de las muchas veces que me lo contaron, me relataran cómo nuestros antepasados habían llegado a La Cavada, a comienzos del siglo XVII, desde tierras valonas, a fundar y desarrollar la mayor fábrica de cañones de hierro fundido que tuvo la nación. Tanto sus rasgos, como los de mi padre, de tez clara y delicada, y sus ojos azules y cabellos arrubiados, llevaban la impronta de aquellos primeros fundidores.

Tu abuela era Piró Arche, no lo olvides nunca-me decían en cuanto tenían ocasión con orgullo.

Barrio de Revilla. Con mi tía Teresa

Al llegar, hube de posar y retratarme, por activa y por pasiva, con casi toda la comitiva que nos acompañó de parientes, vecinos y conocidos, una comitiva cariñosa y familiar que, más pronto que tarde, acabaría siendo una fuente inagotable de amistades y afectos. En mi casa del barrio de Carrascabas y en la de mis tías, en el barrio de Revilla, me sentí como se deberían de sentir todos los niños, muy querido.

Esta nación, tan diferente como para hablar de una sola España, estaba aún encerrada, inmersa en su enquistamiento, y aunque había débiles señales que parecía iban en sentido contrario, tanto en sus gentes, como en sus pueblos y ciudades, todavía no se percibían. Al rato de llegar, apenas dos meses, tristes por dejar atrás a la familia, nos regresamos a México a ver un poco de televisión en color, de vida en color, tras nuestra sobredosis española de blanco y negro, en esta sociedad lóbrega y enlutada en la que aún había que pedir dispensa a la iglesia para trabajar los días de fiestas de guardar, en la que aún el silencio, por imposible que parezca, se oía entre las alegres canciones patrióticas.

No hay nada tan desasosegante como escuchar el silencio golpeando las conciencias en medio del griterío de una multitud.

Con mi abuela Regina

En aquel tiempo, en aquella España de la cruz y la pandereta, sólo se hablaba de la hazaña de un águila toledana que había plantado sus reales, como si de una vieja espada se tratara, en el Tourmalet mientras se merendaba una sandía. Su proverbial miedo a despeñarse en el vacío, parecer ser, le hacía un tanto estrambótico. Del triunfo en el Tour de Francia, de Bahamontes, al duelo por la muerte del campeonísimo Coppi. Así es la carrera, hacia la gloria y la muerte, de la vida. Muerto el rey estaba punto de comenzar el reinado de un joven francés, enjuto y fumador, que respondía al nombre de Jacques Anquetil. Su carrera hacia el podio estaba a cinco triunfos de la cima. Su carrera hacia la muerte iba a ser corta.

Sic transit gloria mundi! (¡Así pasa la gloria de este mundo!)

De la España más oficial solamente me llevaba la radio anquilosada de la época, la tristeza del negro de sus mujeres y el bigotito fino, de galán antiguo, de unos hombres tan pasados de moda, como sus bigotes. De la España más sentimental me llevaba el sentir y el latido de la tierra, el amor de la familia y la esperanza de un reencuentro con ambos, tierra y familia, no muy lejano.

Después de nuestro regreso a Córdoba, desde aquel milímetro escaso que podía representar mi pueblo, La Cavada, en el mapa de España, mi abuela nos enviaba fotos en blanco y negro de la tierra de mis mayores. Yo me rendía a la bondad de su rostro, a través del cual viajaba a esa España amable y familiar, a la España entrañable de los afectos, a la que te engancha a la luz y al polvo de un pequeño lugar que sabes tuyo para siempre. Esa era la verdad auténtica, la verdad que te proporcionan los sentimientos más nobles. Esa era la España, parafraseando a Luis Cernuda, que envenenaba mis sueños.

Entre tanto, mientras me acomodaba al clima del trópico y a la sincopada música del norte, en diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight Eisenhower, daba carta de credibilidad internacional al general Franco y, claro está, Franco le correspondía dándole por Madrid un baño de banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que, después, se enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio y que me han hecho recordar las palabras de Juvenal:

Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.

No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada comunidad internacional.

Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar al pueblo llano. En aras de la economía y del mercadeo se podía obviar ese pequeño detalle de la libertad.

Mientras los generales se paseaban por las calles de Madrid encaramados a un descapotable blindado-desde el absurdo de acorazar un coche descubierto-, yo orinaba en pleno rostro al médico que vino a reconocerme en uno de esos exámenes periódicos. El bueno del doctor Rafael Sánchez Vargas, hijo del buen don Severo-el asturiano de Parres que tanto ayudara a mi padre- y entrañable amigo de la familia, se lo tomó, al menos así me llegó desde mi memoria lejana, como a quien le cae, por orden divina, agua bendita. Según mi madre, colorada como un pimiento durante el trance, sólo le faltó persignarse. A mí me dijeron que aquel día, durante mi micción, me reí como nunca. Pequeño cabrón. Así se debieron sentir aquellos generales, saludando al vociferante y mudable personal, mientras algunos, pocos, enrojecían de ira y otros, aún menos, de vergüenza.

1960-Con mi padre en Veracruz

Estaba a punto de cumplir un año cuando me llevaron ante un barbón, un tanto sangrón y vestido de rojo, poseído, además, por una risa falsa e inquietante; yo, en brazos de mi madre, me retorcía de llanto por evitar que me depositara entre las zarpas de un Santa Claus de carne y hueso. Y es que los mayores no entienden que esos bichos navideños son más simpáticos cuando salen en la tele o cuando no son más que muñecos de nieve o trapo. Pero, la realidad era que, en aquellos almacenes, con un decorado de cartón piedra, nos sacrificaban, quisiéramos o no, ante el altar de una sociedad consumista que empezaba a aflorar con una fuerza imparable. De nuevo, el signo de los tiempos.

Las cosas parecía que marchaban y los autos nuevos, relucientes, empezaban a llenar las calles de un México cada día más moderno. Pero no era oro todo lo que relucía; ya nos advertían, desde Estados Unidos, de los peligros de esta sociedad opulenta en la que nos inmolábamos. Tras ella, tras su esplendor aparente, una nueva pobreza emergía atravesando toda una generación desmoralizada y sin medios para salir adelante. Empezaba a estar claro que esta nueva sociedad de la opulencia no iba a mostrarse solidaria con los pobres que ella misma generaba y menos en una América entregada al mercantilismo más incontrolado. Las ortodoxas leyes del capital dejaban de lado a todos aquellos seres, para ella despreciables, incapaces, desde su indigencia, de convertirse en potenciales o reales consumidores. Del humanismo liberal, esencia nuclear de los ideales que pusiera en marcha la revolución francesa, se había pasado a un liberalismo económico feroz, tan brutal que ignoraba del todo el humanismo renacentista del siglo XIX. Estos desdichados, cada vez más numerosos, no eran más que el residuo inevitable que esta sociedad generaba. Ante ella, se volvían invisibles. Simplemente era más cómodo para sus intereses borrarlos del mapa y, si acaso, verlos, ante su enriquecida mirada, como un mal menor.

…la pobreza subsiste aún. Es, en parte, una cuestión física; quienes la padecen están tan limitada e insuficientemente alimentados, tan pobremente vestidos, viven en unos cuchitriles hacinados, fríos y sucios que la vida es amarga y relativamente breve…

Hacemos caso omiso de ella porque compartimos con las sociedades de todos los tiempos la capacidad de no ver aquello que no deseamos ver.

                                             John Kenneth Galbraith (La sociedad opulenta)

John F. Kennedy, a pesar de cualquier pesar, cuando leyó este libro quedó impresionado. Al iniciar su mandato se puso manos a la obra y elaboró un plan de medidas concretas para actuar contra la pobreza. Una bala truncó aquello que tal vez hubiera podido llegar a ser un día. Nunca se sabe, pero conviene dudarlo.

La independencia del espíritu se obtiene por medio del escepticismo.

                                                                                           Montaigne (Ensayos).

Con mi madre en México

La Cavada, 1959
Con mi tía Teresa y mi abuela Regina

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UNA INFANCIA FELIZ 8-Juan Francisco Quevedo

Córdoba (Veracruz) 1957. Luisita al volante

VIII

Así fueron pasando esos años de internado que mi madre continuamente recuerda contándonos sus aventuras en una realidad muy distinta y distante de otras pero que, al fin, fue la suya. Ella siempre ha sido muy consciente de ello y siempre ha evitado erigirse en juez de nada ni de nadie, siempre se ha mostrado muy comprensiva con cualquier actitud, incluso con aquella que unánimemente se critica. Siempre nos ha dado un consejo muy similar al que, en la novela de Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, este dice que le dio su padre: Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien, ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas.

Después de sus años de internado, llegó la vida en el pueblo, una vida familiar y apacible de señorita bien educada. En ella aparecían las partidas de cartas a la brisca, las romerías en bicicleta, las excursiones campestres, las magostas en otoño y las obras de teatro de la Acción Católica, donde siempre participaba como si fuera una actriz con tablas. Mi madre, Luisita para todo el mundo, siempre tuvo una vis cómica y humorística que jamás ha perdido. Incluso hoy en día, pese a todo, la saca a relucir habitualmente. Siempre fue una mujer muy optimista que solo veía el lado positivo de las cosas, una mujer que siempre nos estimuló a salir, a divertirnos, a conocer nuevas cosas y participar de nuevas experiencias sin ponernos cortapisas, ni infundirnos miedos. Desde su alegría contagiosa, todo la ha parecido siempre bien.

Para cerrar el círculo de su período en el colegio, me sobreviene una anécdota de la que ambos fuimos cómplices. De niño, a mediados de los años sesenta, de cuando en cuando me llevaba con ella a ver a la madre Isabel, su vieja maestra. Al llegar, siempre me obsequiaba alguna estampa de santos que ya tenía preparada para mí. Las escribía por detrás con esa letra delicada y temblorosa, en la que me exhortaba a ser bueno y piadoso. Recuerdo su dulzura, su voz apagada y hermosa, así como unas cuentas ensartadas en un hilo que me regaló y que yo llevaba colgadas de una hebilla de mi pantalón corto como si fuera un llavero.

Son cinco, Juanito, las cinco buenas acciones diarias que tienes que hacer. Cada vez que hagas una, corres una cuenta por el sedal hacia el otro lado. Cinco al menos todos los días.

Sé que salía con muy buenas intenciones de allí, pero me temo que no me durasen mucho.

Estampa manuscrita de la madre Isabel

Mi madre se fue muy feliz a Córdoba con su marido, con mi padre, con Paco, pese a dejar atrás toda una vida confortable, donde se sentía segura y dichosa junto a su madre y sus hermanos. Nunca le importó más allá de lo razonable; siete años pasaría en México antes de regresar definitivamente. Siempre les vi muy enamorados, dedicándose miradas y haciéndonos sentir a todos sus hijos partícipes de ese amor compartido.

Ya en la ciudad mexicana vivió de una manera muy diferente a como acostumbraban a vivir las mujeres en España; no tardó en ponerse a manejar al volante de un coche americano, a disfrutar de una televisión aún por llegar a nuestro país y a trabajar en el negocio familiar. Este se situaba justo enfrente de la casa y allí, antes de llevarlas al beneficio para iniciar todo el proceso previo a su venta, iban llegando las partidas de café recién recolectado en grandes sacos.

1957. Mis padres trabajando en México

Así mismo, allá comenzó a alternar con todo tipo de gente, con los amigos de muchos años de mi padre, tanto con los que, como él, llegaron en busca de mudar su fortuna, como con esos republicanos a los que en España se tenía demonizados. No tardó en darse cuenta de que todo era mucho más fluido y normal de lo que, quizás, nunca pensara.

Los primeros años, antes de mi llegada a este mundo, se dedicaron a viajar por el país, al Distrito Federal, a Acapulco, a Fortín de las Flores, donde siempre regresábamos una y otra vez, a bailar en las fiestas del Casino y a pasear en esos coches americanos que tanto gustaban a mi padre y que siempre me decía que de soltero fueron su único capricho. Fue así, hasta que algo que tanto deseaban les hizo cambiar su modo de vida.

1956. Acapulco

Yo vine al mundo en el 59, bajo la presidencia de Adolfo López Mateos, en el Sanatorio Español del D.F. Ahora bien, era y me sentía un cordobés de corazón pero, entre los españoles, era casi una costumbre ir a parir a la capital. Era martes, un martes de un mes de enero, allá por 1.959, cuando la luz de un mundo, aún por abofetearme, cegó sin contemplaciones mis ojos e iluminó mi mente. Era el mismo enero, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto -aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fusil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana.

Cuando el médico del Sanatorio Español me sostenía boca abajo, agarrándome de los tobillos, yo estaba preparado tanto para recibir mis primeras nalgadas como para inhalar la primera bocanada de aire puro. Con ella, esperaba, al menos, inspirar lo suficiente como para hacer desaparecer el color azulado venoso de mi anóxica anatomía. Todo fue como en un suspiro doloroso. De pronto, arranqué en un llanto que, como en casi todos los seres humanos, hasta hoy no ha cesado.

No había españolito, con ciertos posibles, que no hubiera venido al diablo mundo en este sanatorio de la capital. De tanta devota peregrina, en estado de gravidez, que circulaba por los aledaños del hospital, este acababa por asimilarse a una capilla-paritorio de enorme devoción, donde se vivía, entre las plegarias de las monjitas, un año santo perpetuo. En cualquier caso, ya estaba aquí y, a pesar de todo, con la firme determinación de intentar sobrevivir a este mar de zancadillas que el mundo te pone desde el mismo instante en que llegas a él.

La vida, aunque no vale un peso, no tiene precio.

En el mismo hospital me bautizó y confirmó el obispo Pío López. De una tacada; para qué esperar. La mantilla española que lucía mi madre y el faldón cubierto de puntillas en el que iba embutido son el testimonio perenne que asoma por las diapositivas, como notarias de lo que allí realmente sucedió.

Vaya usted a saber. Es cuanto sé de mí, al menos de aquellos primeros días. Como dijera Calderón de la Barca, yo siempre podré decir aquello de tuve amor y tengo honor, esto es cuanto sé de mí.

Mientras que las ralas barbas del comandante cubano iban perdiendo el color negro de la blanca cristiandad que le había financiado, yo intentaba balbucear mis primeros sonidos -con un sentido que tal vez sólo yo mismo podía descifrar- para que alguien me atendiese en esa Córdoba mejicana, allá por el estado de Veracruz, donde amorosamente me habían depositado, junto al mismo puerto al que llegaran los primeros conquistadores. Así que allá me crié, junto al recuerdo de las viejas historias de la colonización -calladas en las conciencias de todo un pueblo- y de la conquista de la Nueva España.

A mí, entonces, poco me importaban esas patrañas donde cada cual se envuelve en su bandera y unos cuantos en la que más les conviene, sea cual sea, siempre y cuando sea la de sus propios intereses.

1958. Paco Quevedo y Luisita en Veracruz

Yo era feliz en esta Córdoba cafetera a la que, recién, llegaba; desde ella, este Nuevo Mundo se abría ante mis perplejos y atónitos ojos, completamente desorbitados al querer embeber en una sola mirada todo lo que descubría. Tal vez, estas iniciáticas iluminaciones sensoriales, las haya heredado de aquellos hombres que, igual de confusos y admirados, contemplaron por vez primera la originaria ciudad de México.

… y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza tan bien compasada y con tanto concierto y tamaño y llena de tanta gente no la habían visto…

(Hernán Cortés y sus hombres al subirles Moctezuma a lo “alto del gran cu” para contemplar la Ciudad de México).

Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de Nueva España)

Entre tanta agitación y tanto pecho, de una madre cálida, a tiempo y a destiempo, la radio iba inoculando en mi sangre el veneno incurable del Rhytm and blues, un ritmo sincopado y afroamericano que entraba a través de la revista americana Bilboard y de las emisoras que llegaban del Norte poderoso. A través de sus golpes rítmicos fui llegando a todo lo demás, desde el soul hasta el rock, pasando por el jazz. A través de sus golpes rítmicos era capaz de acompasar mis suculentos tragos de leche materna. Como si la salita de mi casa fuera el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York, pareciera que de la cuna donde me alojaba, saliera el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta. Con mis golpes a los barrotes pareciera rememorar el ritmo, la clase y el estilo de Charlie Mingus –Pithecanthropus erectus– y Dizzy Gillespie –Manteca-. Todo ello se entremezclaba con los incipientes balbuceos de un bebé sobrexcitado y enganchado, desde la cuna, al saxofón, siempre de cuerpo presente, del cadáver incorrupto de Charlie Parker. Ya, en aquellos primeros días, tomé la decisión de alejarme del Cool jazz de los blancos, mostrándome de alma profundamente negra. Nunca estuve en los conciertos del teatro Apollo de Harlem, ni en los numerosos clubs de jazz de la calle 52, pero su impronta imaginada acompañaba mis primeros pasos y mi primera conciencia límbica. El espíritu musical de los negros me ha acompañado desde siempre, incluso desde antes de ser consciente de ello.

Pero, por otro lado, la música, al fin y al cabo, más fría o más ardiente, siempre es música y como tan bien dijo Cervantes, por boca de Sancho, donde hay música no puede haber cosa mala (…) la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.

1958. Paco y Luisita a la entrada de su casa en Córdoba
1958

Retrato enviado a España desde México
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UNA INFANCIA FELIZ 7-Juan Francisco Quevedo

Luisita en La Peña. Panorámica del pueblo de La Cavada

VII

En aquellos tiempos de escuela y desenfado, a mi madre le gustaba cantar, siempre lo hizo muy bien, además de tocar el piano y escribir poesías. Una de ellas, realizada y pensada como desagravio a la madre Isabel, la recita aún de memoria mientras cuenta la historia de la misma, una narración que, sin entrecomillar y en cursiva, voy a poner en sus labios para seguir recordando cómo era la vida de una interna en el colegio de La Enseñanza durante el principiar de los años cuarenta:

Aquella mañana acababa de venir, como siempre, una de las monjas a despertarnos y desde la escalera, sin llegar a verla, había comenzado, a las siete en punto, su monótona retahíla:

-Deo gracias, Deo gracias…

Aún en la cama y quitándonos las legañas íbamos contestando, unos días con más entusiasmo que otros pero casi siempre adormiladas el consabido “sin pecado concebida”.

Después de desayunar y cumplir con el resto de obligaciones, íbamos hacia el aula. Aquella mañana estaba yo muy chistosa. Después de la clase de gramática con la madre Flora y de la de Matemáticas con la madre Romana, nos tocaba la clase de piano con la madre Isabel. Se daba en una estancia muy grande, donde había seis pianos, todos separados entre sí en diferentes habitáculos que podían quedar aislados por medio de una puerta corredera. Con todas ellas abiertas, al comenzar el tiempo dedicado a la asignatura, la madre Isabel nos daba a todas las instrucciones para que fuéramos practicando. Después, ya a solas y encerradas para no molestar y que no nos molestaran, nos llamaba una a una para practicar con ella.

Sin saber muy bien por qué, más allá de por hacerme la graciosa, cuando la madre Isabel, que era una persona con la que todas las crías se metían un poco, aunque sin malicia, nos daba las instrucciones generales, me preguntó por algo que no consigo recordar, le di una contestación descarada con el fin de conseguir las risas cómplices de mis compañeras. La pobre no daba crédito; yo, su alumna modelo, también la traicionaba.

-¿A quién me voy a agarrar ahora, Luisita?-me dijo mirándome con cara suplicante para que reparara el desaguisado.

-Agárrese a la pata de la silla-la contesté toda ufana y descarada, incidiendo aún más en el agravio.

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No he oído nada-dijo llevándose las manos a la cabeza.

Al terminar las clases de la mañana, las externas se iban a sus casas y nosotras nos encaminábamos al estudio, justo antes de ir al refectorio a comer. Yo me había quedado con mal cuerpo después de aquella salida de tono, así que durante el tiempo que pasamos en el estudio la compuse un poema, lleno arrepentimiento.

-Cosas de la edad y de las musas-solía añadir mi madre al relatarlo.

En el convento llevábamos una vida muy familiar, reuniéndonos todas en el comedor, internas y monjas. Antes de comer, ya sentadas, tenían lugar las lecturas. Cuando todas estábamos colocadas en nuestro lugar, me levanté y pedí que me dejasen leer una composición que tenía preparada, aunque no me correspondiera el turno. Una vez me autorizó la priora, me dirigí al atril.

-Hoy quisiera leer un poema que he dedicado a la madre Isabel. Espero que me perdone por la falta que he cometido con ella esta mañana.

El silencio era aún mayor que el que había habitualmente, que de por sí era absoluto. La madre superiora lo conseguía golpeando el anillo contra la superficie de la mesa, además de con esa cara de seriedad que tanto temíamos. Aquel día no hizo falta. En medio de la expectación comencé a recitar:

En un convento de monjas

entre las blancas paredes

se distingue un bulto negro

sin saber si va o se viene.

Es una dulce monjita

que llegada del amor

se dirige hacia su iglesia

para adorar a su Dios.

Entre sus dulces coloquios

una queja le va a dar:

Las niñas que tú me diste

me hacen mucho renegar.

Hija-le dice el esposo-,

esa es la cruz que te he dado

y para llevarla bien

piensa que estoy a tu lado.

Al terminar, levanté los ojos y vi la emoción en el rostro de mis compañeras y en el de la congregación. Después miré a la madre Isabel. Tenía las manos en la cara, tapando unos ojos humedecidos por las lágrimas. Yo me quedé relajada, con la conciencia tranquila, aliviada por el peso que había llevado a lo largo de la mañana y había conseguido quitarme de encima con ese acto.

Tras comer, salimos al recreo y toda la panda nos reunimos en corro. Lo malo, es que allí mismo se me ocurrió otra travesura que no tardé en poner en marcha.

Al día siguiente era la festividad de San Pedro, nuestro último día antes de las vacaciones de verano y pensé que había que celebrarlo con una sonada. Conté mi plan a las internas y después hicimos un corro agarradas de la mano y empezamos a dar vueltas y a cantar:

Esta era un niñita muy linda y muy graciosa,

tenía ojos azules y carita de rosa,

de rosa, de rosa…, y carita de rosa.

Un día fue al colegio con la falda al revés,

las medias en la mano, los guantes en los pies,

trialara, trialara…, los guantes en los pies.

Pepita se llamaba y era muy distraída…

Tras la cena, tuvimos nuestro recreo nocturno y ultimamos la broma que tenía pensada. A las diez en punto nos encaminamos a rezar las oraciones a la capilla y después desfilamos hacia los dormitorios con otro aire, como más dóciles y contentas que de costumbre. Claro que esta noche iba a ser un poco distinta y todas lo sabíamos.

En cuanto la prefecta, nuestra tutora, nos dio las buenas noches, poco a poco fuimos saliendo de nuestras celdas. Primero salimos las más atrevidas y después, y poco a poco, se fueron agregando el resto de las compañeras hasta estar todas en una piña enorme con nuestros camisones blancos. Entre murmullos bajitos y risitas contenidas, les dije:

-A ver, vamos a organizarnos en silencio, no nos vayan a pillar y se chafe la broma.

Recogimos nuestros orinales, los pericos como los llamábamos, y les pusimos a cada uno de ellos una pomposa cinta alrededor de toda su circunferencia. Como si fuera una pajarita enorme y vistosa, hicimos una lazada donde se juntaban los extremos. Ya estaban vestidos como para ir de fiesta. Después los colocamos, unos cuarenta, en fila y bien ordenaditos por los escalones de la escalera que daba acceso a los dormitorios. Sabíamos que sería por allí por donde subiría la prefecta antes de acudir a sus rezos. En todo lo alto de la escalera, al finalizar el último peldaño, tras la procesión de orinales lindamente ataviados, plantamos un gran cartel que decía:

PERICOS

TODOS A LA ROMERÍA

Cuando la monja se levantó y se asomó por la escalera para ir a maitines, vio toda aquella parafernalia, aquella procesión de pericos en el día de su santo. No dijo nada, calló y se fue a hacer sus rezos. A las siete regresó con su retahíla habitual:

-Deo gracias, Deo gracias…, Ave María Purísima.

Después entró en los dormitorios y tras mantener un tenso silencio y mirarnos con esa seriedad, que yo quise intuir un tanto fingida, nos dijo:

-Por favor, ¿a quién se le ocurrió tamaña impertinencia?

La contesté en seguida:

-Se me ocurrió a mí porque es el día de San Pedro y es su santo. Y queríamos celebrarlo, madre.

-Hablaremos-me contestó la monja en un tono de lo más circunspecto-. Recoged todo-añadió dirigiéndose a todas mientras se daba la vuelta.

Después se fue y siempre tuve la sensación de que aquella travesura la tuvo que hacer gracia, pues no hubo más, nunca hablamos, como dijo.

En cuanto se alejó lo bastante nos pusimos todas en corro con los brazos en jarras y nos pusimos a cantar mientras girábamos la cintura hacia ambos lados y me dejaban a mí en el centro. Empecé a bailar mientras las demás seguían cantando.

La señora Juana ha entrado en el baile…

Que lo baile, que lo baile, que lo baile

y si no lo baila medio cuartillo pague…

Que lo pague, que lo pague, que lo pague.

Después fui dando saltos hacia una compañera y la saqué del corro para dejarla en el centro conmigo. Mientras intentaba imitar como bailaba, la cantaba.

Salga usted,

que la quiero ver bailar, saltar y brincar.

Dar vueltas al aire.

Por lo bien que lo baila la moza,

dejarla sola, sola bailando.

Salga usted…

Al día siguiente, nos íbamos a casa y yo ya estaba pensando en ir con mis amigas al portal de la iglesia de San Juan Bautista a jugar a la pita. Allí nos reuníamos y, cuando no íbamos por moras para hacer un pastel, buscábamos una teja, pintábamos las cuadrículas con sus números y empezábamos el juego. Cuando nos cansábamos, siempre había alguna que había llevado una comba o una goma.

¡Qué tiempos!-exclamaba siempre al finalizar elevando los ojos al cielo.

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UNA INFANCIA FELIZ 6-Juan Francisco Quevedo

Luisita Gutiérrez Hermosa con el uniforme de La Enseñanza. Hacia 1941

VI

Después, al terminar la guerra, mi madre se fue interna a un colegio de monjas de clausura, al que la Compañía de María, La Enseñanza, tenía y aún tiene al fondo de la calle Cervantes en la capital cántabra.

Aunque con unas religiosas mucho más modernizadas y con un convento abierto y sin clausura, por allí habrían de pasar también mis hermanas y allí harían sus primeros cursos mis dos hijos. Casi una saga familiar entera ha pasado por sus aulas.

En aquel centro hubo de permanecer interna unos cuantos años. Siempre lo recuerda como una de las etapas más felices de su vida, con las clases de dibujo, de inglés, de gramática y de piano en su memoria, al igual que permanecen en ella las figuras amables de sus maestras predilectas, la madre Isabel y la madre Flora, hermana del poeta Gerardo Diego.

El primer día que mi madre llegó al colegio, subió las dobles escaleras de piedra que daban a la portería con mi abuela Regina y con su hermana pequeña, mi tía Ana María. Traspasaron la primera barrera sin dificultad, simplemente haciendo girar la puerta de madera que, de por sí, estaba ya entreabierta. Una vez en el interior se toparon de frente con un enrejado infranqueable y una campanilla de cuyo pequeño badajo pendía una cadena. Incrustado en un lateral de las rejas, y separado de ellas por una celosía de madera, se hallaba el torno, a través del cual las monjas se comunicaban e intercambiaban paquetes con el exterior. Ese pequeño receptáculo era el único nexo que tenían con el mundo real. El único, salvo el que mantenían por medio de la educación de sus alumnas.

Cuenta mi madre que aquel día la abuela agitó en seguida la campana y, al sonar aquel campanilleo agudo y estridente, no tardó en aparecer, por el fondo del pasillo que daba al recibidor, una monja que resultó ser la madre Isabel Sánchez de Castro. Siempre decía mi madre que era muy pequeña y, por un defecto que nunca llegué a averiguar en qué consistía, se bamboleaba un poco al andar, lo que la hacía ir dando como tumbos.

Aquella silueta tambaleante en aquellos inmensos pasillos-me decía mi madre- se hacía inconfundible, a pesar de llevar el mismo hábito negro y la misma toca blanca que el resto de la congregación.

Al llegar, la madre Isabel se cercioró por el torno de quiénes podían ser los que habían agitado la campana para, después de comprobarlo, aparecer por detrás de las rejas.

Nos saludó con amabilidad-continuó mi madre- y sin que yo percibiese en ella ese tono falsario que tantas veces había detectado entre las personas que quieren hacerse pasar por buenas a toda costa. Después abrió la puerta de hierro que había incrustada en la reja, me miró a los ojos, me habló con calma y me pasó de la mano para adentro. En seguida me giré para despedirme de mi madre y de mi hermana. Sin ningún drama; me apetecía vivir esa nueva experiencia. Después, la monja cerró la puerta con llave, y no ocasionalmente sino para todo el curso, al menos para las internas. Nunca abandonábamos el recinto hasta que finalizaba el curso, salvo durante las vacaciones de navidad. Eso sí, teníamos visitas, pero cuando mi madre venía a verme, siempre era con las rejas de por medio; una de cada lado. El convento nunca se abría para nadie del exterior.

Así fue durante los años que estuvo interna; cada vez que la abuela Regina, bien sola o bien con alguna de mis tías, se acercaba a verla, todo el contacto que tenían era el que les permitían esas rejas que las separaban.

-El día de mi llegada, yo avanzaba, junto a la madre Isabel, por el pasillo-proseguía mi madre-, por aquel pasillo interminable por el que tantas carreras acabé dando sin miedo y con una gran curiosidad. Al llegar al final de aquel pasadizo por el que me había conducido, abrió la puerta que daba a uno de los patios exteriores del colegio y un guirigay de voces y gritos invadió el ambiente. Ahí estaban todas las internas. Me acerqué a ellas y, después de que me interrogaran a fondo, me sentía una más. Nunca me supuso ningún trauma; aunque por lo que me contaron después otras amigas, no todos los internados eran como este. Más bien, casi ninguno.

Mi madre siempre dijo que fueron años inolvidables, de buenas amigas, travesuras continuas y respuestas ingeniosas y descaradas, al menos para la época:

-¿En qué estás pensando?-le preguntaron en una ocasión cuando la vieron distraída.

-En la inmortalidad del cangrejo, madre.

Tiempos donde la despreocupación era lo que llenaba sus vidas. Las horas de clase se alternaban y convivían con risas, chanzas, el pañuelo, el marro, el frontón, los alfileres y un sinfín de entretenimientos más que ocupaban su día a día. Uno de los juegos que más le gustaban era el de las tabletas, donde una de las chicas se subía encima de otra, haciendo rondas entre todas. Ella nunca los olvidó y nos lo recordaba con nostalgia mientras tarareaba la cancioncilla.

-¿En qué estás?-decía una.

-En tabletas-canturreaba la otra.

-¿Qué has comido?

-Cascaretas.

-¿Qué has bebido?

-Agua mayo.

-Tente tú que yo me caigo.

Y, a continuación, se cambiaban de posición, subiéndose la otra.

Durante el curso, desde octubre a junio, el día a día se repetía con precisión meridiana. Todas las mañanas, a las siete en punto, una de las monjas acudía a despertarlas con su latosa y repetitiva cantinela:

Deo gracias, Deo gracias, Deo gracias… Ave María Purísima

-Sin pecado concebida-contestaban las niñas aún desde la cama.

Las internan dormían en celdas muy modestas e individuales. Eran todas iguales, con un frente abierto al pasillo que se podía cerrar con una cortina corrediza. Tan solo tenían la cama, un armario, la mesita y el lavabo.

Al escuchar el inefable Deo gracias, todas las internas se levantaban y se arreglaban. Después, iban en procesión a rezar a la capilla para, en seguida, acudir corriendo a desayunar. Al acabar el desayuno, la monja de turno pegaba dos palmadas como señal inequívoca del fin del refrigerio matutino y las mandaba a clase. En orden, en fila y sin rechistar.

Al terminar las lecciones de la mañana se reunían con toda la congregación en el refectorio. Antes de empezar, una vez que cada una estaba en su sitio, las chicas hacían las lecturas, siempre piadosas, por turnos. Después de comer en absoluto silencio, tenían un recreo hasta que, de nuevo, comenzaban las clases y, a las seis en punto de la tarde, tenían lugar las horas en el estudio. Allí permanecían en silencio hasta que, a las ocho y media, se cenaba.

Tras la cena, el recreo nocturno, donde mi madre recuerda que solían jugar a los alfileres cuando hacía malo y el tiempo no les permitía jugar en el exterior. Es uno de estos juegos que cayó en desuso y hace mucho que ya es solo un recuerdo. El juego consistía en clavar los alfileres, con la cabeza de distintos colores, en los laterales de un acerico redondo. Los iban sacando las participantes y jugaban a montar uno encima de otro, golpeando con la uña del dedo índice en las cabezas de los alfileres para desplazarlos e intentar conseguir el objetivo. La jugadora que lo lograba se llevaba los dos. Mi madre creía recordar que los de color rojo tenían mayor valor.

Tras el recreo, a las diez en punto, las llevaban a rezar sus oraciones a la capilla para después hacerlas desfilar en orden hacia los dormitorios. Una vez que todas estaban acostadas, la prefecta les daba las buenas noches y se apagaban las luces.

Así pasaban los días, todos. Todos, salvo uno de ellos, el del 16 de febrero de 1941. A primera hora, mientras aún dormían, apareció la directora en las habitaciones y, aunque comenzó con la coletilla habitual, añadió algo que las estremeció.

Deo gracias, Deo gracias. Ave María Purísima. ¡Santander en llamas!

No contestaron como habitualmente.

-¡Qué horror!-dijeron una tras otra con la expresión demudada.

A primera hora comenzaron a llegar familiares de las niñas para sacarlas y ponerlas a salvo pero, al ver que no había peligro de que hasta allí llegara el fuego, convinieron que lo mejor era dejarlas en el colegio. Custodiadas por parte de la congregación, subieron todas a la azotea y, desde lo alto, pudieron contemplar cómo, espoleadas por las fuertes ráfagas de viento, volaban las tejas y ascendían las llamas, cómo una gran parte del Santander histórico y comercial, desaparecía para siempre.

El incendio comenzó en la madrugada del 16 al 17 de febrero de 1941 y un fuerte viento sur, con rachas huracanadas superiores a los 140 Km/hora, contribuyó a que se expandiera por la ciudad con mucha rapidez. El fuego asoló 14 hectáreas de suelo urbano, desapareciendo más de 2000 viviendas y quedando sin hogar al menos 10000 personas. Paradójicamente, la única víctima mortal fue un bombero madrileño.

Mientras la ciudad ardía, asistían desoladas y horrorizadas al espectáculo dantesco que se abría ante sus ojos. Mientras el miedo que las provocaba el viento y las llamas las atenazaba, se sucedían las terribles noticias para sus compañeras:

-Mi casa ha ardido-decía una.

-La casa y la tienda de mi familia también-contestaba otra compañera.

-El negocio de mis padres ha desaparecido-añadía otra de ellas en un rosario de desgraciados acontecimientos.

Nunca olvidó ese aciago día, el único que no fue como todos los demás.

Parte de la ciudad de Santander tras el incendio de 1941

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ANA DE POMBO-BIOGRAFÍA–Juan Francisco Quevedo

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, a petición del Ayuntamiento de Riotuerto, por medio de su concejala de Cultura, Cecilia García Villoslada, he escrito esta amplia biografía sobre una mujer asombrosa y desconocida, nacida en La Cavada, mi pueblo. Con mucho gusto he escrito la biografía de Ana de Pombo, una mujer que brilló en todo lo que se propuso, en la moda, siendo una de las diseñadoras, junto a Chanel, más famosas de su tiempo, en el baile, siendo la creadora del ballet español, y a nivel social, con amigos en la realeza y aristocracia europea-Duque de Windsor, reina Victoria Eugenia, duquesa de Kent, duquesa de Alba…- así como entre escritores e intelectuales-Gregorio Marañón, Manuel Machado, Ramón Gómez de la Serna, Jean Cocteau, Edgar Neville, Orson Welles…- Escribió tres libros de poemas y una autobiografía, se casó tres veces y tuvo dos hijos y un nieto, el novelista Álvaro Pombo.

Aquí os dejo el inicio de la biografía y el archivo (pdf) para que pueda descargarla aquel que tenga interés en profundizar en su intensa y azarosa vida

Os dejo, así mismo el enlace a la página “Género Riotuerto”, donde además podéis disfrutar de las biografías de otras dos mujeres con un fuerte arraigo en el devenir del ayuntamiento: Mariana de Brito y Anita Monte.

https://madrugadoreslacava.wixsite.com/generoriotuerto

ANA CALLER DE DONESTEVE

ANA DE POMBO

DE LA CAVADA A LA CÚSPIDE DEL GLAMOUR

La inmensa mayoría de las vidas transcurren de una manera anodina, inmersas en sus rutinas. No será precisamente lo que le ocurra a Ana Caller de Donesteve de la Vega y de la Pedraja, que hará de su vida una fuente inagotable de sorpresas. Nacida con el siglo XX se convertirá en una mujer adelantada a su tiempo, máxime en un mundo vetado al desarrollo personal de la mujer en el ámbito cultural, artístico y laboral. En todos ellos marcaría una época.
Nació en La Cavada hacia el año 1900, a orillas del río Miera y en la zona más pintoresca del pueblo, la desembocadura del río Revilla, cuya cascada, tras pasar el
Tarancón, ha servido de inspiración a tantos artistas para plasmar su belleza en óleos y acuarelas, cuando no en multitud de fotografías.

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UNA INFANCIA FELIZ 5-Juan Francisco Quevedo

Casa familiar de La Cavada a mediados del siglo XX

V

Tras su vuelta a Córdoba, la vida para mi padre siguió adelante, como siempre ha sido. Jamás se para. Tenía un negocio próspero, una casita preciosa de dos plantas con azotea, buenos amigos y aún era lo bastante joven como para tener todo lo que el futuro le brindaría a su alcance.

Años de trabajo, lecturas, tertulias y música. Las canciones salían de una de sus grandes compañeras, de esas que te arropan durante muchas horas del día, la radio. Lejos en la memoria, aunque nunca lo olvidó, quedaba la primera vez que la escuchó, cuando aún era un artefacto de lo más primitivo. Siempre me contaba con emoción la primera retransmisión en directo que vivió y disfrutó con los amigos. Era septiembre de 1923 y se disputaba el título mundial de los pesos pesados entre el campeón del mundo, Jack Dempsey, y el aspirante, el argentino Luis Angel Firpo. El toro de la Pampa sacó al campeón del ring de un puñetazo en el primer asalto, pero Dempsey se recuperó y le acabó noqueando en el segundo round. Fue la que se dio en llamar, por primera vez, la pelea del siglo. Luego vinieron unas cuantas más con esa misma denominación. Lo contaba con mucha gracia.

Aquella radio era tan primitiva como sus aparatos, hoy verdaderas joyas antropológicas-me decía mi padre-. Eran transmisores arcaicos, sin altavoz, tan sólo portaban unos aparatosos auriculares. Cuando nos juntábamos un grupo de amigos a escuchar la radio solo podíamos hacerlo por turnos, así que el que portaba los auriculares se convertía, a su vez, en locutor y en el verdadero transmisor de aquello que narraba el profesional. Cada vez que había un combate, lo vivíamos como si estuviéramos donde estaba el ring. Nos metíamos en el fragor de la pelea y cuando me correspondían los auriculares, el espectáculo aumentaba en intensidad y la pelea en interés. Acompañaba mis comentarios con una exhibición de golpes lanzados al aire de lo más variados, ahora un directo de izquierda, ahora un gancho de derecha y así seguía hasta acabar. Al finalizar me estiraba ansiosamente, como si quisiera comprobar que seguía entero tras haber padecido una fuerte tensión muscular. Lo entregaba todo en todos los combates y aunque no en la cara, casi siempre acababa con algún hematoma en la rodilla o en la espinilla como consecuencia de algún golpe involuntario contra las patas de la mesa.

Los años pasaron rápido, muy rápido, y a partir de finales de los años cuarenta, sus viajes a España se incrementaron y se hicieron habituales, pero no será hasta principiar los cincuenta cuando, en uno de ellos, se fijará en una muchacha de su pueblo natal.

Había hecho la última travesía para pasar una larga temporada con su familia, más de cinco meses en La Cavada le aguardaban. Nunca antes había estado más de un mes y medio en ninguno de sus viajes y tenía ganas de sentirse en su tierra de verdad, sin tener que contar los días para el regreso; al menos para no tener que hacerlo desde el preciso instante en el que pusiera un pie en el muelle. Para ello planeó y se permitió una prolongada estancia en su pueblo. Aún no sospechaba lo que le depararía el destino y la casualidad.

Para entender la pequeña historia de amor que voy a relatar, la de mis padres, hay que contextualizar la época en la que tiene lugar y ponerse en aquella España de los años cincuenta. Las relaciones y sus pálpitos se medían con otros parámetros bien distintos a los actuales. Aunque tenían un tempo bien diferente al que hubo de venir después, en el fondo latía el mismo temblor que ha acompañado al amor desde el inicio de los tiempos.

Mi padre, desde que aumentara la frecuencia de sus viajes, se había comprado un coche, que guardaba en casa de su hermana en Revilla, para disfrutarlo durante sus estancias en España. El primer domingo que se acercó a la iglesia con su hermana, estando aún en el vehículo, vio a lo lejos a una chica que llevaba un bebé en brazos mientras caminaba junto a una amiga. Mi padre se fijó en ella y preguntó a su hermana Teresa por aquella muchacha. Le llamó la atención lo guapa que era y le preguntó que si el niño que llevaba era su hijo. Mi tía en seguida se lo aclaró.

-No, no es su hijo. Es el hijo de su amiga. Ella es Luisita, la hija de Regina.

Mi padre, durante la misa, vio como aquella chica que le había llamado tanto la atención era una de las encargadas de pasar el cepillo en la iglesia. Durante un par de domingos se las ingenió para mover un banco hacia adelante, con el fin de no dejarla hueco por uno de los lados, y así obligarla a dar la vuelta, no quedándola más remedio que pasar justo por delante de donde él se ponía.

Mi madre, al contarnos esta historia siempre nos decía que, al acercarse a mi padre y presentarle la cesta de las limosnas, él la saludaba con simpatía, esbozando una sonrisa, mientras dejaba caer bastante dinero en el cestillo. Era la manera que había encontrado para que reparara en él.

Después de un par de domingos utilizando la misma treta, mi padre se apresuró a salir al finalizar la misa y se apostó en el exterior esperándola a la puerta de la iglesia. Al verla, fue a su encuentro y se decidió a hablar con ella. Mi madre, que siempre fue muy simpática, no tardó en entablar conversación y ambos comenzaron, lo que hoy diríamos, un tonteo. Entonces se decía un galanteo.

Ya, ese primer domingo, la pudo acompañar hasta casa entre risas y confidencias; ahora bien, debidamente custodiada por su hermana pequeña. Así eran los tiempos que corrían aunque, según me confesaron, a mi tía Ana María, que ejercía su labor de carabina, no debieron de hacerla mucho caso durante el paseo. La cuestión es que se gustaron y de aquellos paseos primerizos, que no tardaron en dar a diario, surgiría un noviazgo formal. Un noviazgo que, tres meses después, se concretó en algo más, en una petición de matrimonio en Solares, durante la romería de Nuestra Señora, un quince de agosto.

En una losa de piedra, junto al río, se sentaron y allí mi padre se declaró en toda regla, proponiéndola matrimonio. Mi madre siempre cuenta muy risueña cómo mi padre, muy nervioso, le iba diciendo continuamente que, aunque vivieran lejos de la familia, no se preocupara, que no la iba a faltar de nada, que en México iban a tener una vida muy bonita y con todas las comodidades. Tras el azoramiento inicial, en otro momento, ya en un tono muy serio, mi padre le dijo que se lo pensara con calma, que era un cambio muy grande en su vida y que no debía precipitarse. Mi madre le interrumpió casi de inmediato y le dijo que no tenía nada que pensar, que ella también estaba enamorada de él y que se iría a México sin necesidad de tener que pensar nada.

A pesar de todo, creo que mi padre seguía preocupado por ella y por lo que sabía supondría una vuelta radical a todo lo que mi madre había conocido hasta entonces. En ese afán, le decía que estuviera tranquila, que le prometía que vendrían a España a menudo y que en unos años regresarían definitivamente. Esa fue siempre su gran ilusión; primero regresar solo y, desde entonces, volver con ella.

Cuando todo ocurrió, él rondaba la cincuentena y la que sería mi madre la treintena. Después del regreso de mi padre a Córdoba, vinieron las cartas, algún viaje a España más y, por fin, la boda.

Así fue como mi padre se casó, allá por el 56, con una linda muchacha de su pueblo natal, de La Cavada que, a la postre, habría de ser mi madre. Por suerte, aún hoy, a sus noventa y cinco años, pasea su dulzura y su buen humor por mi conciencia.

Luisita, como todo el mundo la conoce, nació en La Cavada después de que sus padres regresaran de San Luis de Potosí con dos churumbeles en el regazo. Se hicieron en el pueblo una bonita casa que, aún a día de hoy, sigue siendo el centro de referencia emocional de la familia y, tras el periplo mexicano, se asentaron definitivamente en su lugar de origen. El día que mi madre vino a este mundo, tiraron cohetes y soltaron globos en el exterior de la casa, en el barrio de Carrascabas. Siempre fue una niña y una mujer muy querida por todos.

Ella pasó la guerra desde el tamiz de la mirada de sus mayores, de sus padres, pues rondaba los diez años de edad cuando estalló. Recuerda historias trágicas, historias compartidas con dramatismo por todos. Como pasó en tantas familias.

Luisita en su Primera Comunión- Hacia el año 1933

Luisita Gutiérrez Hermosa
Luisita en Roma con sus primos
Luisita en el jardín de La Cavada
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UNA INFANCIA FELIZ 4-Juan Francisco Quevedo

Francisco Quevedo Piró, con una cruz, durante la travesía en barco

IV

Mi padre deseaba con todas sus fuerzas regresar a Revilla, su barrio natal, y aunque ya no podría ver a su madre sentada en el balcón oteando el paisaje y entreteniéndose con las vistas, ni tampoco a dos de sus hermanas, suspiraba por ese reencuentro con la tierra, con el retorno a ese pedazo del mundo que le descubrió la vida, a ese preciso lugar con el que tanto había soñado desde la lejanía.

Siempre me comentaba que, una vez regresó a España, lo que le sobrevenía con más intensidad de todos aquellos años en México era el olor del café. A continuación, me añadía que, sin embargo, mientras que estuvo en tierras mexicanas lo que más añoraba eran los aromas de la infancia, el olor puro del rocío durante las heladas mañanas en las que corría por los prados de la mies o el agradable olor que desprendían las ramas verdes tras caer la lluvia. A veces hablaba del olor que segregaban las sábanas limpias, frías y recién puestas en la cama; aquello le evocaba las horas nocturnas en el hogar familiar y las conversaciones en la cocina, al calor del fuego.

Me pregunto, que acaso, de alguna manera, tengamos alma de abeja y al igual que estas quizás recuerden el aroma de sus flores favoritas, nosotros también recordamos con ternura los olores que conforman el mapa sentimental de nuestra existencia.

En cualquier caso, mi padre ya estaba embarcado y surcando el océano Atlántico hacia el puerto de Santander. No tardaría en recuperar los olores que tanto añoraba.

Siempre lamentó haber recibido por carta la noticia de la muerte de su madre y de sus hermanas, a las que hubo de llorar en el silencio de la lejanía y en la soledad inmensa de su dolor profundo. Siempre recordaba cómo ambas cartas se fueron humedeciendo, a medida que avanzaba en la lectura, con unas solitarias lágrimas y huérfanas, como él se sentía.

Al recordarlo, me solía decir que, de cuando en cuando, surgen días plomizos que aparentan ser tan anodinos como el resto de los días, días en los que, de repente, ocurre lo inesperado, algo que hace esculpir en la memoria, a sangre y fuego, esa fecha, incluso la atmósfera que la rodea. El día que recibió la terrible noticia, el cincel actuó con rabia, grabándosela para siempre en el alma.

Aquella mañana la había pasado como muchas otras, entre clientes, amigos y agua fresca. Al mediodía, cuando estaba solo, recibió el correo con cierta desidia y desinterés. Agarró el montón de cartas que el cartero había depositado sobre el mostrador y comenzó a examinarlas. Las iba pasando poco a poco, con cierta indiferencia, hasta que llegó a un sobre con matasellos de España. La caligrafía no le dejó la menor sombra de duda. Era letra de su padre.

-Cada vez que veía una carta de España, sí que me apresuraba a romper el sobre-me decía-. Cuando la tuve en mis manos la empecé a leer entre palpitaciones y, no sé por qué, tuve la sensación de que algo grave ocurría.

Al comenzar la lectura no le quedó un solo resquicio para la especulación. Mi abuelo fue muy claro: Tu madre murió el…

Me dijo siempre que se dejo caer desplomado sobre una silla mientras apoyaba la carta sobre sus rodillas.

-Sé que estuve un buen rato en un estado de laxitud involuntario hasta que, sin previo aviso, me brotaron las primeras lágrimas. Poco después, enjugándomelas, proseguí la lectura de la carta hasta el final.

Sin duda, regresó a su casa con mucha ilusión pero con el peso de esa gran pena que había tenido que llevar tanto tiempo a solas consigo mismo. Cuando sobrepasó el puente del río Revilla, lo primero que hizo fue mirar la solana en la que su madre pasaba las tardes soleadas. Solo unas mazorcas de maíz colgaban de la balaustrada.

Después de la alegría del reencuentro con sus hermanas, quiso acercarse con su padre al sitio donde yacían sus muertos. Todas ellas reposaban juntas en la misma tumba del cementerio de San Andrés. Las llevó una sola flor, la favorita de su madre, la de un magnolio, y la depositó sobre la astrosa lápida que las amparaba. Como hizo después durante tantos años.

Durante unas semanas aún pudo abrazar a los suyos y jugar a los bolos en La Central mientras le ganaba unos blancos al cura del pueblo, que jugaba arremangándose los faldamentos para que no le estorbaran durante el juego. Poco le duró la diversión. La sombra de la desgracia se cernía sobre España.

Tuvo la mala fortuna de retornar poco antes de que se iniciara una guerra civil a la que le empujaron a luchar a la fuerza, como a la mayoría de los jóvenes. Durante ella, se constituyó en una especie de ayudante-secretario de un capitán republicano que estuvo destinado por los alrededores de Bilbao. Consumía los días pateando los montes de Durango y penaba las noches haciendo guardias infames. Mientras que estaba en una de ellas, en plena noche y con las balas y los estallidos de las bombas recordándole donde se encontraba, por si le mataban y nadie reconocía su cadáver, tuvo la ingenua idea, lo que hace el miedo, de escribir la inicial de su nombre y apellido con un clavo en la parte de atrás de su reloj de pulsera, un Elgin que había comprado en Nueva York en el treinta y dos, junto a una de las primeras cámaras portátiles Kodak. De aquel viaje a los Estados Unidos, había traído, como recuerdo para su familia, la estatua de la Libertad en bronce con un reloj incrustado en la peana.

No eran tiempos para entretenerse con dilaciones así que, en cuanto pudo, se embarcó en un barco pesquero portugués que había atracado en el puerto de Santoña y, desde Lisboa, regresó a Veracruz con la sensación de no entender nada de lo que pasaba en un país que no reconocía como suyo.

Había soportado en México varias insurrecciones y revoluciones, la guerra de los Cristeros, en la que hubo de bautizar y apadrinar en la clandestinidad a un sinfín de niños, y no sé cuántas bravatas revolucionarias más, pero lo que vio en España, siempre dijo que no lo había visto nunca antes, la crueldad más despiadada y el odio más inhumano. Con el agravante de haberlo tenido que ver en una guerra fratricida.

Para alguien que había luchado tanto desde niño por abrirse una brecha en el duro sendero de la vida en soledad y sin más patria que su recuerdo y el sudor de su frente, todo este drama que había presenciado se le había hecho muy duro e inimaginable. Se sintió como un extranjero en su propia patria, si es que aún lo era.

Mientras que el presidente Lázaro Cárdenas llenaba el país de refugiados españoles, tras la victoria del general Franco en abril del 39, mi padre seguía con su vida y acogiendo sin ningún miedo a esos republicanos que iban llegando y que se integraban en el tejido de la sociedad mexicana sin grandes resentimientos, aunque añorando siempre la patria que dejaban atrás. Mi padre conocía muy bien ese sentimiento de nostalgia. Les llevaba veintidós años de ventaja, veintidós años añorando el sonido del repicar de las campanas de la iglesia de su pueblo. Ahora, reunidos todos ellos, refugiados y emigrantes, en el café del Hotel Ceballos, comiendo en el Diligencia o echando un billar en el Casino cordobés, compartirían durante décadas ese sentimiento.

Muchos años después, más de cuarenta pasaron desde su marcha, ya en España y conmigo de la mano, le gustaba ir al café Flor, al inicio de la santanderina calle Calvo Sotelo, muy cerca de la cafetería Trueba, donde hablaba largo y tendido con un limpiabotas represaliado que era comunista, lo que, por lo que yo ya había oído por todas partes, era como ser de la piel del diablo. Por entonces, florecía en la propaganda oficial la España de los veinticinco años de paz.

Son como todos, hijo-se reía mientras me miraba guasón al ver mi cara de niño asombrado al decirme que era un viejo comunista-. He tenido grandes amigos como él en México y otros que eran insoportables. Nunca juzgues a un hombre por lo que piense sino por cómo se comporte, independientemente de su ideología. Lo que ocurre es que aquí no se puede decir. Nadie es mejor ni peor persona por ser hombre o por ser mujer, por ser rico o pobre o por tener unas ideas u otras. Nadie. Por mucho que muchos se sigan empeñando en enfrentarnos a unos con otros.

Juan Francisco Quevedo

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UNA INFANCIA FELIZ 3-Juan Francisco Quevedo

III

Siempre sintió mi padre cierta inclinación hacia la figura de Alfonso XIII y de su esposa la reina Victoria Eugenia, el primero era su referencia española desde la distancia del océano y ella una figura que representaba y en la que depositaba ese halo misterioso que entrañaba la realeza. De alguna manera, para él eran la perfecta alegoría de todo lo que había dejado atrás. El símbolo de su añoranza.

Siempre conservó con mucho cariño el sello de oro que mandó hacer a un joyero judío, afincado en Córdoba, en el 32, con el escudo de la monarquía esmaltado en él y sus dos iniciales a los lados, en azul. Algunas veces lo llevaba encima, incluso cuando regresó a España definitivamente en el 63, en plena dictadura del general Franco. No le importaba ponérselo, siempre decía que nadie sabría lo que era en un país que parecía haberse olvidado de sí mismo y de su historia.

Yo no era más que un niño en el 68, pero todavía recuerdo su emoción cuando supo del viaje que la reina Victoria Eugenia realizó a España para amadrinar a su bisnieto el día de su bautizo, al actual rey de España, y de su pesar, cuando unos meses después, tuvo noticia de su muerte. Después de treinta siete años en el exilio, había vuelto a pisar suelo español.

El tiempo no pasaba en balde en tierras mexicanas para mi padre y, tras su etapa en el rancho, trabajó varios años en un negocio que había en la ciudad de Córdoba, un negocio de esos en los que se vendía un poco de todo. Alguna vez me describió cómo era aquella tienda en la que trabajó, aún siendo un muchacho, durante unos años tras su paso por la hacienda. Siempre me sorprendía y cada vez que veía una similar por aquí, me venía a la memoria aquella que mi padre me retratara tantas veces, aquella en la que se afeitaba cada mañana pasando antes el filo de la cuchilla, para afilarla, sobre un vaso de cristal.

No era muy grande-me decía-, pero al entrar lo que más llamaba la atención era el desorden existente dentro de un orden completamente anárquico. Todo se amontonaba de manera aparentemente desigual sobre el suelo, bien en forma de columnas, bien en forma de montones o como cuadrase; en las estanterías que forraban las paredes de cabo a rabo sólo se veía una masa informe y apelotonada de la más variada y diversa mercancía. El mayor orden se apreciaba en el género que colgaba del techo que, formando conjuntos homogéneos, pendía a través de múltiples ganchos a escasos centímetros de las cabezas de la clientela. Sobre sus cerebros flotaban desde calderos de zinc a campanos de cobre, con su badajo correspondiente, pasando por jaulas en las que se introducían, por ahorrar espacio, diferentes tomos de una Historia Universal que iba leyendo en mis ratos libres.

Al recordar de nuevo sus palabras, he podido percibir la magia que se destilaba en el ambiente de aquellos bazares de antaño. Ahora, bien sé que el supuesto revoltijo correspondía a un desorden premeditado que daba lugar a encontrar todo dentro del orden asignado. Hasta en el caos absoluto, para su autor, el valor de la entropía puede ser cero, mientras que para el resto se dispara hacia el infinito.

Me impresionaba y me encantaba escuchar la descripción que hacía de aquella especie de chamarilería que no vendía objetos usados, aunque por su aspecto pudiera parecerlo.

 Un mostrador de madera retorcido por el peso de los años-continuaba mi padre la descripción-, e imagino que también por la torpeza del carpintero, contribuía a dar al lugar un sello característico; sobre el mismo había dos tachuelas separadas exactamente un metro entre sí. Aportaban su granito de arena a la hora de dar solera a las mediciones que sobre ellas se hacían cuando se procedía a despachar cuerdas, alambres, telas y en general todo aquello que sin mucho esfuerzo pudiera someterse a la tiranía del sistema métrico decimal. Bajo el hueco del mostrador tenía una especie de colchoneta artesanal donde de vez en cuando me permitía pegarme algún que otro sueñecito. La trastienda se encontraba igualmente atestada de mercancía, incluso se acumulaba por encima de lo que eran un par de camastros que se incrustaban bajo montones de cajas en una pared escasa; en una de esas camas conciliaba el sueño nocturno, que tanta falta me hacía. Allí mismo, en un hueco descubierto del techo, había enganchado un par de cuerdas de las que pendían en su extremo inferior dos aros; ese era mi gimnasio particular, mi artesanal fábrica de bíceps para prepararme y no descuidarme. Por las tardes, al cerrar, siempre tenía un hueco para ver a los amigos y entrenar con mi equipo de fútbol, con el Europa. Ni más, ni menos.

Tras su paso por este curioso negocio, se le presentó la oportunidad de hacerse con un beneficio de café. La amistad con su propietario, un asturiano de un pequeño pueblo del concejo de Parres, Severo Sánchez, le facilitó su adquisición ya que le proporcionó todo tipo de facilidades para ello. Así que en el año 1934 se hizo con el beneficio de café, al que dedicó su vida a lo largo de treinta años. Hasta que regresó definitivamente a España.

El beneficio se hallaba muy cerca de la vía de lo que allá llamaban el Huatusquito, que no era otra cosa que un modesto tren que recorría toda la serranía cafetera donde, debido a la altura, se cosechaba un gran café, un café veracruzano que siempre se valoró como excelente en todo el mundo. Siempre dijo que el mejor café cordobés lo compraban los estadounidenses, aunque después lo desperdiciasen en esos largos e interminables cafés americanos que ya no saben a café. A él siempre le gustó paladearlo en uno de esos cafés cortos y concentrados, a veces regados con un poco de coñac español, tal que un buen Domecq, con los que tanto disfrutaba mientras conversaba.

Siempre fue muy feliz en Córdoba y en su negocio; el olor del café es algo que nunca se olvida y que siempre se lleva adherido a la piel. En el beneficio el café se despulpaba, se fermentaba y, después, se procedía al lavado y al secado para dejarlo listo para la venta. Durante muchos años se levantó a las 5 de la mañana, la hora a la que pasaba el tren de Huatusquito para empezar la faena. Al terminar, solía ir a bañarse al río San Antonio, en una balsa que hacía y que se conocía como El Molino. Siempre le recordaba sus incursiones de niño en el río Miera, donde en compañía de sus compañeros se solía dar unos coles en el pozón de Las Hoyas.

Las ganas por poder volver a ver a su familia, por regresar a su tierra, cada vez estaban más al alcance de su mano. Dos años después de asentarse en el nuevo negocio y más de quince años después de haber partido de los muelles santanderinos, se decidió a realizar el viaje que siempre había soñado desde su llegada, el del regreso a España.

La primera vez que volvió a su patria desde que se marchara, cuando aún era un niño imberbe y lampiño, solo manchado por un ligero bozo, fue en el 36. Por entonces, ya era un hombre de treinta y tres años, con un buen negocio en marcha y con una economía solvente. No dudó en embarcarse en el puerto de Veracruz; ahora bien, ya no viajaría en tercera sino que lo haría en primera y con todas las comodidades. Cuánto habían cambiado las cosas desde que surcara esas mismas aguas dos décadas antes. Un baúl lleno de sellos aduaneros había sustituido a la vieja maleta.

Juan Francisco Quevedo

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EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT-Juan Francisco Quevedo

EN LA MUERTE DE JOAN MARGARIT

No hace ni tan siquiera dos meses, el martes 22 de diciembre de 2020, que hablé largamente por teléfono con Joan Margarit. Era poco más de la una del mediodía. El domingo anterior me había mandado un mensaje por correo electrónico diciéndome si me venía bien que me llamara el miércoles por la mañana.

Por supuesto-le contesté-; siempre es una gran alegría tener noticias tuyas.

Adelantó un día la llamada y estuvimos hablando algo más de media hora.

Soy Joan, me dijo cuando yo le di los buenos días de ritual después de deslizar el icono de respuesta por la pantalla del móvil. Me sorprendí y me alegré mucho. Siempre tan cercano, cariñoso y educado me preguntó si no me cogía en un mal momento.

Nuestra relación personal se remontaba a diez años atrás, pero la relación con su poesía venía desde hacía muchos años más. Ahora bien, la publicación de Joana con el cambio de siglo supuso para mí un aldabonazo intenso, un golpe profundo no solo en mi emocionalidad sino en mi manera de entender el acto poético. Entendí perfectamente esa unión indisoluble, que tantas veces confesó Joan Margarit, que siempre debía existir entre poesía, verdad y belleza. Aisladamente, son poca cosa; juntas lo son todo en poesía.

Ese amor por la poesía y por los versos de Joan Margarit se lo transmití a mi hija Claudia que, cuando aún era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, realizó un espléndido trabajo sobre Joana. Me pareció muy interesante y muy revelador, con ideas esclarecedoras, así que no dudé en contactar con el poeta para contarle todo el proceso y hacerle llegar el estudio. Por esto de las casualidades, lo recibió justamente el mismo día del aniversario de la muerte de su hija Joana. Me contestó de inmediato, haciéndome ver esa conjunción de hechos y facilitándome su correo postal para que se lo enviara.

Poco después, su contestación no pudo ser más expresiva y yo, como padre, no pude sentirme más orgulloso:… he leído el trabajo y me ha seducido el conjunto de ideas claras que Claudia maneja. Su lectura es rotunda, va al corazón del poemario y pasa de largo de interpretaciones ñoñas. Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado. Me gustaría que Claudia tuviese un librito mío titulado, como homenaje a Rilke, “Nuevas cartas a un joven poeta”. Supongo que no lo tiene porque, así como en catalán se han hecho dos ediciones en editoriales distintas, en castellano no tuvo suerte, estrenó la editorial “Barril-Barral” y esta editorial cerró poco después. Si me manda su dirección postal, yo mismo se lo mandaré. Repito mis saludos afectuosos para usted y un beso para Claudia.

Aunque ha pasado poco tiempo desde entonces, muchas cosas han cambiado en la vida de mi hija, en nuestras vidas. Hoy en día Claudia ya no es una estudiante; a pesar de su juventud, se ha convertido en doctora en Lengua y Literatura por la UCM y, después de tres cursos como profesora de español en la Universidad de Harvard en Boston, hoy es profesora de la Universidad de Chicago. De todas maneras, siempre sigue regresando a Joana como cuando era una estudiante. Así comentaba aquel hallazgo que tanto celebró Joan Margarit:

En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Luego, las comunicaciones cariñosas se han sucedido a lo largo de los años y, aunque nunca hemos podido vernos en persona, sí hemos establecido entre nosotros, al menos yo así lo siento, un lazo invisible que no une y que, en último término, es el hilo que entreteje la poesía entre los que nos acercamos a ella con amor e intensidad.

Siempre atento, siempre al alcance de sus amigos de una manera llana y generosa; si le enviaba alguno de mis artículos, no tardaba en responderme mostrándome un agradecimiento que tan solo yo le debía. Cada una de sus cálidas respuestas me llenaba de felicidad, como esta que me enviaba desde esa Cataluña de sus amores, desde Forès. Precisamente, una de las grandes composiciones de Joana, El presente y Forès, tiene ese lugar como marco cercano y cotidiano del poema. Este se desarrolla en ese apacible y ordenado mundo que constituye la casa familiar de Forès; allí es también donde surge el miedo ante los temores de que, inevitablemente, ese tiempo de felicidad se quiebre. Parece que el futuro sólo es la trampa que te tiende el tiempo. Como así es.

He leído tu artículo y me ha conmovido, una mezcla de la sensación de no merecerlo con la de mi fortuna de tener un lector como tú. También las noticias de Claudia, supongo que su fuerza también te alcanza de alguna manera. Estaba en Colera, sobre el cabo de Creus, cuando me has escrito, en la crisis final para acabar el libro que saldrá en otoño, Un asombroso invierno. Cuánto mayor me hago, más tormentosos son mis dos o tres meses finales de un poemario. Ahora estoy –algo más tranquilo ya– en Forès, mi agosto en la Catalunya profunda –antigua Catalunya pobre–, cerca de mis orígenes, para la última revisión. 

Joan Margarit demostraba esa manera de ser tan extraordinaria y esa comprensión cariñosa hacia los demás en cualquier circunstancia, aunque fuese ajena a él. Cuando leyó mi libro, El sedal del olvido, donde recogía uno de sus versos en uno de los poemas, no dudó en mostrarme una vez más su afecto con sus palabras: Un honor por aparecer en “Epílogo”.

No cabe mayor muestra de afecto.

La aparición de Un asombroso invierno fue un acontecimiento absoluto, un libro que Joan Margarit acabó con algunos problemas de salud y con una acumulación de trabajo muy grande, según me confesó poco después de que viera la luz. A pesar de todo ya había comenzado lo que serían sus magníficas memorias:

He pasado un año difícil con tres operaciones en los ojos, y dos meses con muletas a causa de otra en una pierna. Esto ha  coincidido con la salida de mi nuevo libro en catalán y castellano, la revisión de las dos poesías completas (también catalán y castellano) que salen ahora en una nueva edición, y la inmersión  en el  trabajo que me está suponiendo durante los meses finales mi autobiografía de infancia y primera juventud.

Un asombroso invierno es un libro deslumbrante, una poesía que desborda emoción desde una elegancia formal embaucadora. A raíz de su publicación, escribí una crónica que, al conocerla, no tardó en pedírmela para ponerla en su legado personal, depositado en la Biblioteca Nacional. No pude sentirme más satisfecho. Así era Joan Margarit, un hombre que se esforzaba en hacernos sentir bien.

Querido Juan Francisco:

He abierto (y guardado hasta recibir el prometido pdf y fotos del periódico), pero te voy a pedir algo que no he hecho nunca: que metas en un sobre la página del propio periódico y me lo mandes a casa. Es mucho más que una reseña, son dos vidas juntas –de poeta y de lector– las dos condiciones más próximas que haber pueda. Dos personas que han puesto en marcha los dos mecanismos más cercanos y parecidos: escribir un poema y leerlo. Qué difícil es escribirlo, me dirás. Y qué difícil es leerlo, siempre distinto dentro de ti, te diré yo. Intento explicar esto en mis memorias de infancia que pienso terminar en julio. 

Te pido la página del periódico porque es más auténtico y quiero que figure con mis cosas en mi archivo de la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde guardan todo lo mío. Gracias, Juan Francisco. Un gran abrazo desde “el otro lado” de lo mismo. Tu  Joan 

Una vez que recibiera en su domicilio el encargo, me lo comunicó de inmediato, mostrándome una vez más su afecto:

 Clasificado y a punto para ser enviado en el próximo bloque a la BNE. Los aviso cuando tengo material para un buen cargamento. Antes del verano pensaba hacerlo. Mejor que ellos no nos conservará nadie.
Muchas gracias por tu afecto y tu inteligencia. Y por leerme así. Qué suerte la mía. Un gran abrazo

 Pocas cosas hay que admire más en un hombre que su inteligencia y una de ellas, sin duda, es la bondad que cuando, como es el caso, va unida a una gran generosidad hacen de ese hombre un ser único.

Cuando Joan Margarit obtuvo el Premio Cervantes, tardó un poco más de lo acostumbrado en contestarme a la felicitación que le había enviado. Los compromisos le estaban desbordando y su situación personal por entonces ya no era la mejor. A pesar de todo, cuando detectó mi mensaje, me correspondió como siempre hacía, como el hombre entrañablemente bueno que era.

¡Perdón, perdón, Claudia, Juan Francisco!

No estaba preparado para semejante alud de mensajes y llamadas. Justo ahora empiezo a rescatar a los amigos… No me tengáis en cuenta esta aparente dejadez. Os mando un gran abrazo.

En cuanto comenzamos la conversación telefónica en seguida le pregunté por su salud. No estaba bien desde la época en la que le otorgaron el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, poco antes del Cervantes. Le habían diagnosticado un linfoma y no pudo disfrutar del todo de ambos premios. El primer tratamiento, tras las duras y extenuantes sesiones de quimioterapia, no había dado el resultado esperado, así que ahora se hallaba inmerso en el ecuador de un tratamiento experimental que estaban desarrollando en Bélgica. En unos días, se haría un P.E.T. para proseguir con las tres sesiones que aún le quedaban. No era optimista.

-Tú si eres optimista, pero yo soy realista-me decía cuando pretendía animarlo con total convencimiento.

Era perfectamente consciente de a lo que se exponía y, de todas maneras, razonaba que ya tenía una edad, poco más de ochenta años, y que no podía quejarse de lo que la vida ya le había brindado. Lo decía desde una gran serenidad y con una absoluta clarividencia.

Le comenté que el día anterior le había visto con los reyes por la tele, cuando le hacían entrega en Barcelona del Premio Cervantes. Me dijo que así se lo había pedido, teniendo en cuenta su situación y la pandemia que padecíamos. Tan solo estuvieron presentes en el acto su mujer, sus hijos y sus nietos.

Fue en esa fecha por una razón muy sencilla-me confesó-, pues durante la tercera semana del ciclo de tratamiento es cuando mejor me encuentro y cuando aprovecho para hacer llamadas a los amigos y estas cosas.

Me habló con orgullo de uno de sus nietos, que vivía en Nueva York, y se dedicaba a las energías renovables. Me preguntó también por mi hija, como siempre, y al enterarse de que estaba en la Universidad de Chicago me dijo que precisamente esa fue una universidad que insistió mucho para que depositara allí su legado, aunque pensó que estaría mejor donde está, en Madrid.

Al preguntarme cómo estábamos viviendo en la farmacia esta pandemia, la conversación derivó a la visita que hizo a la cuenca del Nansa cuando tenía unos veinte años. Él era amigo del hijo del médico de Puentenansa y estuvo unos días por aquí. Por supuesto visitó a José María de Cossío en su casona de Tudanca y me contó divertido cómo tuvo que escaparse a toda prisa de allí en su seiscientos.

De este tiempo tan duro, me ha salvado la poesía y Mariona, mi mujer-me confesó en un momento dado-. Como siempre me ha pasado en la vida.

Tenía ya acabado un nuevo libro de poesía con unos poemas que había escrito en esta época tan incierta. El confinamiento, en ese sentido, le había venido bien; hacía años que no disfrutaba de esa quietud familiar, aunque estuviera truncada por la enfermedad.

Desde luego, no lo pienso presentar con mascarilla, ni de manera virtual. Virtual, no doy ni entrevistas-me dijo-. La poesía requiere otro escenario más real.

No tardó en preguntarme por lo que me parecía el título que tenía pensado para el libro, Animal de bosque. De bosque, no del bosque-me remachó-.

Me encanta, creo que refleja muy bien tu carácter indomable-le contesté-, el de ese lobo que aúlla en alguno de tus poemas.

Quedó muy contento con el pequeño comentario que le hice.

Lo encontré fuerte y con ánimo. Sin ningún miedo. Con una voz poderosa, firme y afable. Me parecía imposible todo.

Nos despedimos con un gran abrazo. Por favor, tenme al tanto, le dije. En eso quedamos.

Todavía interrumpió la despedida para decirme lo que quería a Santander mientras recordábamos el poema donde hablaba sobre su visita a las cuevas de Altamira o cuando vino a declarar a los juzgados de la ciudad, como experto en arquitectura, tras el derrumbe del hotel Bahía.

Si todo fuera bien, quizás el otoño que viene pudiéramos presentar el libro en Santander

Con esa ráfaga de incertidumbre nos despedimos.

Para honrar su memoria y su legado, he preferido hablar del hombre; de su poesía lo he hecho sobradamente en artículos y conferencias. Además, siempre va adherida inevitablemente a cualquier bosquejo biográfico, por muy personal que sea.

Decimos adiós a un hombre al que le definen sus actos personales y privados. Los que a otros muchos precisamente los traicionan.

Se va un hombre esencialmente bueno.

Quedará para siempre el recuerdo de su persona en su poesía; permanecerán ambas más allá de nosotros mismos. Mucho más allá.

Juan Francisco Quevedo

    UN ANIMAL DE BOSQUE

                                                 A Joan Margarit un triste 16 de febrero de 2021

Hoy se desnuda el día con una tristeza

que viste de luto el paisaje interior

de la geografía del Fòres.

Hoy ha muerto un hombre,

hoy ha muerto Joan Margarit,

nunca el poeta que nos acompaña,

un animal de bosque que aúlla

profiriendo dentelladas al lenguaje,

como el lobo que es, que siempre fue,

convertido en ese animal de fondo

que mira a los ojos a la intimidad

profunda y severa que nos define.

Hoy es un día triste,

uno de esos días

en los que el dolor

se extiende y desborda

por las hechuras abiertas

de un cáliz sin fondo.

Juan Francisco Quevedo

Publicado en CRÍTICA, POESÍA | 2 comentarios

JOAN MARGARIT, UN DÍA TRISTE (16-II-2021)-Juan Francisco Quevedo

    UN ANIMAL DE BOSQUE

                                                 A Joan Margarit un triste 16 de febrero de 2021

Hoy se desnuda el día con una tristeza

que viste de luto el paisaje interior

de la geografía del Fòres.

Hoy ha muerto un hombre,

hoy ha muerto Joan Margarit,

nunca el poeta que nos acompaña,

un animal de bosque que aúlla

profiriendo dentelladas al lenguaje,

como el lobo que es, que siempre fue,

convertido en ese animal de fondo

que mira a los ojos a la intimidad

profunda y severa que nos define.

Hoy es un día triste,

uno de esos días

en los que el dolor

se extiende y desborda

por las hechuras abiertas

de un cáliz sin fondo.

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UNA INFANCIA FELIZ 2-Juan Francisco Quevedo

II

UNA INFANCIA FELIZ

No fue una decisión fácil la que tuvieron que tomar mis abuelos. Fue de lo más dolorosa pero, tras ver cómo no regresaban muchos de los muchachos del pueblo que partían a esas guerras tan lejanas, tanto de su tierra como de su espíritu, y los pocos que lo conseguían lo hacían tullidos y tocados mentalmente, sus padres no dudaron al tomarla, por mucha pena que les causase.

No encontraron otra solución plausible para eludir un servicio militar que ya se atisbaba. No querían que un día llegase a casa la triste noticia de su muerte en una escueta carta con el membrete del ejército. Para evitar que muriese en una guerra que se hacía crónica en el norte de África, con el biberón de la adolescencia como único equipaje, sus padres le embarcaron hacia Veracruz, el puerto al que llegaron tantos españoles. Mis abuelos, como tantos otros paisanos, se vieron forzados a tomar una decisión crucial y triste pero, al sopesar las consecuencias, decidieron que le preferían vivo y lejos, que no muerto y en el cementerio árido y bello del continente negro.

Eran años en los que solo los más pudientes se libraban del servicio de armas a la patria, bien pagando una elevada cantidad al estado o bien haciéndolo a un sustituto, lo cual resultaba algo más barato. Así eran los vientos que soplaban en la España de principios del siglo XX para los jóvenes con menos recursos.

Con el dinero que obtuvieron de la venta de una vaca, compraron el pasaje en tercera ordinaria. Unas quinientas pesetas les costó.

Hoy sabemos de ese drama de la emigración juvenil española en cifras fidedignas y así podemos ver cómo entre 1912 y 1920 casi diez mil jóvenes cántabros optaron por acudir a la emigración para eludir el servicio militar obligatorio.

Mi padre apenas había salido de La Cavada en su corta vida. Desde que su hermana Teresa se casó, solía ir los domingos a comer a su casa; iba andando por las vías del tren hasta Liérganes, donde vivía y donde se había casado con un muchacho del lugar, con Pedro García. Le encantaban las sobremesas, cuando Pedro sacaba el violín del estuche y se ponía a tocar. Unos pocos años después, cuando su mujer estaba embarazada de su primer y único hijo, partiría hacia Estados Unidos, a trabajar en las canteras del norte. Nunca regresaría; el mal de piedra acabó con él. Esta es la triste historia de tantos españoles de la época.

Mi padre, salvo sus escapadas dominicales, nunca había ido más allá de los pueblos cercanos, hacia donde se dirigía con mi abuelo Juan cuando se celebraba alguna feria de ganado, nunca había sabido ni visto el bullicio de una ciudad, ni sabía de sus escaparates iluminados tan siquiera; solo sabía de aquellos puestos que venían a su pueblo en la fiesta de San Juan, donde siempre se comía una manzana caramelizada y unas almendras garrapiñadas bajo la atenta mirada de sus cinco hermanas mayores. Aquella vez en que fue a embarcarse fue la primera ocasión que salió de su comarca y de su zona de confort. Le llevó su padre a Santander en un tren que se aceleraba a base de paladas de carbón que echaban los fogoneros a las tripas de hierro de la máquina del ferrocarril. En el andén, junto a sus hermanas, quedaron sus recuerdos y el sabor del último beso de su madre cuando subió al balcón a despedirse de ella. Hacía años que las piernas no le respondían y se pasaba el día sentada; siempre me habló de aquel día, de aquel momento de la despedida materna con emoción. Cuando tomó la curva del puente de Revilla, se giró y, por última vez, pudo ver su figura desde la lejanía.

Llegó a la capital de la provincia, que estaba tan solo a poco más de veinte kilómetros de su pueblo, cuando aún las mulas llevaban a cuestas por la ladera del cerro de Somorrostro las piedras que se usarían en la iniciática construcción de lo que en unos años sería el edificio de Correos. Antes de partir, el padre y el hijo, juntos, se hicieron una foto de despedida. Llevaba puesto el traje que le acababan de hacer para el viaje.

Mi padre no tardó en embarcar, para iniciar su particular odisea, con una pequeña maleta a la que, para reforzarla, la habían anudado con una cuerda de esparto. Con ella, agarrada como si fuera un tesoro, enfiló la pasarela y se subió a un mercante que hacia la travesía interatlántica. Mientras se asomaba por el puente del barco, nada más llegar a cubierta, le despidió su padre desde el muelle con las manos entrelazadas, lanzadas al cielo y simulando, dejando un hueco entre ellas, un corazón. Tal y como él, con ese mismo y emotivo gesto, me despidió a mí, desde el andén de la estación de ferrocarril, cuando me fui por primera vez a la universidad de Santiago de Compostela. Creo que los dos lloramos aquel mismo día, separado por tantos años, ante una misma escena pero en unas circunstancias bien distintas. Primero, le tocó como hijo. Después, como padre.

Así que de cómo llegué a este mundo en tierras mexicanas tuvo la culpa una guerra que había por el norte de África, allá por los alrededores de Melilla. Curiosa casualidad. Al frente del enemigo se encontraba un rifeño como Abd-el-Krim, pero los indefensos muchachos que mandaban a combate tenían el enemigo mucho más cerca, en su propia casa. Por culpa de unos, o de otros, acababan moribundos en cualquier Barranco del Lobo.

Mientras nuestros jóvenes, los que provenían de las clases más humildes de la sociedad montañesa, morían por una patria recién salida del desastre cubano y filipino, acá, en esta España caciquil, solo aquellos varones que acreditasen algún título de propiedad podían depositar su voto en una urna electoral. Entre tanto, aquellos más desfavorecidos, sin recursos para librarse del tormento de la guerra y sin derechos, ni siquiera el del voto, viajaban hacia tierra mora, pero no a confundirse, como les hubiera sido fácil, con los nativos, sino a morir a manos de ellos y a matarlos cuando se dejaban ver.

Mi padre llegó a Veracruz alrededor del año 17 y se fue a trabajar a un rancho donde solo libraba un día al año. Uno de esos días de aquellos primeros años en México, lo aprovechó para sacarse una foto y mandársela a sus padres, dedicada por detrás: vuestro hijo que os quiere

A la foto, sentado en una silla, con el codo apoyado en una mesa y el sombrero reposando sobre ella, le adjuntó las primeras mil pesetas de las muchas que llegó a enviar a España.

En el diecinueve recibió una carta de España con una noticia que le impactó y le dejó impotente, dos de sus hermanas habían fallecido a causa de la epidemia de gripe que asolaba el planeta.

Pronto prosperó y no tardó en montar un pequeño negocio propio en la ciudad de Córdoba. Años después dedicaría toda su vida al beneficio de café que regentó en la misma ciudad.

Entretanto, en España, se sucedían los acontecimientos con rapidez mientras él los escrutaba a través de la prensa mexicana. De todo cuanto pasó en su patria durante aquellos primeros años, el conocido como Desastre de Annual, donde murieron en el bello páramo africano más de diez mil jóvenes españoles de su edad, fue lo que más le impresionó. Jamás lo olvidó y siempre lo recordó con sumo pesar.

No tuvo posibilidades de volver a su patria hasta que Miguel Primo de Rivera, el general que estuvo al frente de la dictadura militar amparada por la corona no les eximió en el año 1927, tras pagar una cantidad de dinero nada despreciable en la embajada de España en México, de la pena de deserción. Ese año decretó una amnistía para todos los que no habían cumplido con el obligatorio servicio militar. Los importantes ingresos que llegaban de Cuba, México y demás países donde habían acudido en busca de fortuna, y la presión que, desde su nueva posición, podían ejercer algunos de ellos-los más afortunados-, llevó al gobierno a encontrar una solución y no fue otra que la amnistía total, previo pago de una cantidad económica que los españoles, como mi padre, satisfacían gustosos. Se les abría la posibilidad de lo que tanto ansiaban, regresar algún día no ya a su patria, regresar a ese pequeño lugar del mundo que sienten como parte de ellos, regresar para poder volver a escuchar los sonidos de la infancia.

Tiempo después de aquella alegría que recibió la emigración española, vendría la salida al exilio del rey y la proclamación de la República. Por entonces, mi padre aún ignoraba lo que se avecinaba en unos pocos años.

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UNA INFANCIA FELIZ-1-Juan Francisco Quevedo

I

UNA INFANCIA FELIZ

Yo tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi padre.

Él nació cuando aún reinaba, como regente en España, María Cristina de Habsburgo que, ese mismo año, cedió la corona a su hijo Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis años.

Mi padre vino al mundo prácticamente con el siglo, un once de enero de 1902, en un pequeño pueblo de España, llamado La Cavada, cuando aún las casas se iluminaban con lámparas de aceite, se hacían las necesidades en la cuadra y había que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como niño, era siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.

Nació como se nacía entonces, en la casa y con la ayuda de alguna vecina a la que la práctica empírica había convertido en comadrona. Después, la selección natural era la encargada de que el nuevo crío saliera adelante o no. A mi abuela Fausta Piró Harche, tras el parto, aquella buena mujer la encamó durante quince días en los que, uno tras otro, la tuvo a caldo de gallina. Así se recuperó.

En esos años, la radio y el cine aún era algo desconocido, un entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban hablando con sus vecinas. Sólo los domingos se arreglaban con su mejor vestido, un ropaje que aún debía taparlas hasta los tobillos, salvo que quisieran protagonizar un escándalo mayúsculo, para acudir a misa mayor y hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.

Paquito, como cariñosamente llamaban a mi padre, después de que sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios kilómetros para asistir a la escuela en el Barrio de Arriba, donde unos curas con babero blanco se encargaban de educarlo. Más tarde, fue a las escuelas del pueblo que estaban mucho más cerca; siempre destacó en dibujo, ganando un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la época. Pintó un caballo. Con el dinero se compró un par de zapatos de cordones, una pluma, unos libros, unas cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Además, se fue con su padre a la feria y todavía les dio con lo que sobró para comprar un burro para la casa, que el que había estaba ya muy viejo.

Siempre sintió admiración por su maestro, un hombre al que su magisterio le obligaba a dar sus clases con un impecable traje raído; era todo lo que le permitía su escueta economía. Imagino que fuese él quien le inculcase su amor por la cultura y la lectura, en especial por las biografías históricas, algo que también he tenido la fortuna de heredar.

Creció correteando por el corral de vecindad que había delante de la casa persiguiendo al gato de la familia para, una vez que le atrapaba, subir al balcón y arrojarlo por él. Siempre le asombraba verlo haciendo piruetas por el aire para poder caer sobre las cuatro patas sin el menor rasguño.

Creció aprendiendo a ordeñar a las vacas, con lo que la resonancia del chorro de leche recién extraído golpeando el fondo del cubo de zinc que ponía bajo las ubres, se convirtió en uno de esos sonidos de la infancia que jamás se olvidan. Aprendió a sallar, a llevarse con la azada la primera capa de tierra, sin hundirla en ella, y preparar el terreno para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos. La huerta de casa daba prácticamente para todo el año, lo mismo se recogían patatas que judías verdes, caricos, arvejillos o esas cebollas rojas y prietas; rara vez le mandaba su madre o sus hermanas, eso de ser el pequeño era lo que tenía, a La Central a comprar algo que no diera la huerta de la casa.

Una vez al año se mataba el lechón que habían comprado un año antes a un buhonero que llegaba puntualmente con un pollino a su vera. Este llevaba dos cuévanos a sus costados, apoyados sobre las albardas, por los que asomaban y gruñían los pequeños animales. Mi abuelo, Juan Quevedo, después de mirarlos y remirarlos bien, se decidía por uno de ellos y lo echaba a un pequeño corralillo donde lo íbamos alimentando. En cuanto crecía un poco, se le dejaba suelto por el barrio, donde campaba a sus anchas. Engordaba como si fuese un rey, solo que con fecha de caducidad, con las sobras del día y, en otoño, con la caída de las castañas ayudadas por las suradas, comía sin fondo ni conocimiento hasta que no podía más y se dejaba caer en cualquier lugar. Allí, dormitaba sin poder moverse hasta que conseguía digerir la barbaridad que había engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba, junto a una cabra, para que con la carne de ambos animales hubiese suficientes chorizos y morcillas para todo el año. Al calor y el humo del carbón y la leña se iban curando pendiendo de las cuerdas que se ponían en la cocina. El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia por mi abuelo, se iba poniendo en salazón para que se conservara sin problemas. En el fondo del recipiente pétreo habían horadado un pequeño agujero por el que se purgaba el líquido sobrante.

El día de la matanza, a mi padre le mandaban agarrar al pobre animal del rabo para, después, frito y como un trofeo, ponérselo en el plato para dar cuenta de él. Siempre recordaba con cierta repugnancia como el matarife y alguno de los hombres que ayudaban el día de autos, se bebían un gran vaso de sangre del animal, aún caliente. No olvidaba el rastro que dejaba en sus labios. Al día siguiente, antes de ir a la escuela, su madre siempre le daba un paquete para el maestro. Era costumbre en todas las casas. Así era como le demostraban su agradecimiento.

Cuando despuntaba la primavera, subía cuidar las ovejas a La Mortera y, cuando arreciaba la lluvia y las tormentas, corría a refugiarse a la Nuria o la Jana, dos cuevas cercanas. Al atisbar el verano, mi padre salía a buscar naitas, unas pequeñas fresas silvestres que crecían al pie de árboles y a la sombra de cunetas, tapias y zarzales. Las iba coleccionando y metiendo en una hierba recia, anudada en un extremo, como si fuesen rosquillas para guardarlas y poder comerlas más tarde. Cuando llenaba el improvisado receptáculo, se sentaba en cualquier piedra y las degustaba como si fuese el mayor de los manjares. Siempre dijo que nunca ningún sabor de los que tuvo oportunidad de probar le satisfizo tanto como el de aquellas naitas de su niñez. Ni tan siquiera le igualaba el sabor de las nueces, que tanto le gustaban y que tantas veces fuimos juntos a recoger. Siempre recuerdo la pátina de roña que quedaba en mis manos después de una tarde recogiéndolas. En tiempo de castañas o de nueces, como viniera una buena surada, en seguida barruntaba que al día siguiente iríamos a recoger los frutos que el viento depositaba en la tierra.

Así fueron pasando los años, sin grandes sobresaltos, y al cumplir los catorce, mi abuelo Juan, un día que estaban segando en la mies de Revilla le ofreció tabaco y una hoja de papel de fumar para envolverlo. No tuvo que enseñarle a liarlo; había visto muchas veces, extasiado esa ceremonia precisa, cómo con mimo y destreza su padre iba distribuyendo el picadillo por el papel, cómo se lo pasaba después por los labios mientras le humedecía con la lengua para, por último, sellar los bordes. No le costó nada imitar lo que se sabía de memoria.

Después, cuando cada uno de ellos tuvo el cigarrillo formado entre sus dedos, mi abuelo sacó el chisquero y se lo ofreció como quien le dice: ten hijo, ya eres un hombre. No dudó en girar la rueda con la palma de la mano hasta que consiguió que saltaran chispas de la piedra. Entretanto, soplaba con decisión la mecha. Cuando consiguió prenderla, se la ofreció a su padre y ambos aspiraron con fuerza hasta encender el cigarro. Con las primeras bocanadas que dio al que fue el primer cigarrillo picado de su vida, mi abuelo le comunicó una grave noticia, algo que supondría un gran cambio en su vida, algo que, como la mecha con el viento avivaba su fulgor, no hacía más que aumentar su inquietud.

La Cavada, como la niñez, tras aquel día, quedaría atrás para siempre. México sería su nuevo destino.

Juan Francisco Quevedo

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CARLOS ALCORTA-FOTOSÍNTESIS- Juan Francisco Quevedo

Tuve la fortuna de ser el primer lector de este magnífico libro del poeta Carlos Alcorta. Privilegios de una sincera amistad.

CARLOS ALCORTA

FOTOSÍNTESIS (UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA, 2020)

Tras la aparición de su espléndido libro Aflicción y equilibrio, regresa Carlos Alcorta al mundo editorial con Fotosíntesis, una obra anterior en el tiempo pero que oportunamente ve ahora la luz después de una reelaboración de los poemas tanto en su orden como en su composición.

Como preámbulo al primer poema nos ofrece dos citas, una de ellas, de R. W. Emerson, encierra una de las claves que define mejor la poesía y el aliento vital de su autor:

Supongamos que te contradices, ¿y qué?

Al fin, es muy fácil conectar con ese espíritu, algo que siempre ha acompañado al hombre y que, cuando no lo mina y destruye, lo ayuda a progresar en el duro camino de la vida. La contradicción nos acompaña desde siempre y, muchas veces, es lo que nos hace avanzar sin dejar nunca esa lucha inagotable entre lo que nos dicta la razón y aquello a lo que nos arrastran las emociones. De esa lucha interna que jamás cesa se compone el hombre, cada hombre.

Tu aspecto ante el espejo del futuro

no se distingue del de una estatua

de carne y hueso carcomida

por el sol. Sed. Carroña incomestible.

Veintitrés poemas, numerados y sin título, componen Fotosíntesis, poemas más cortos que los de su último libro pero que llevan ese marchamo tan personal que imprime Carlos Alcorta a toda su poesía y que hace de ella una voz identificable, plena de personalidad, algo tan difícil de conseguir, algo que tantos poetas nunca logran por más que lo intenten.

Con la argamasa

de la ficción rellenas

los huecos de tu vida que no aciertas

a cubrir con recuerdos.

El libro comienza con unos versos que inmediatamente encuentran una respuesta en el lector de poesía, que siempre es un compañero que ahonda en las palabras más allá de su literalidad evidente, que siempre transita por las sugerencias que el poeta insinúa, así como por los caminos que muestra.

No soy partidario de airear mis equivocaciones

en el confesionario, ni siquiera

cuando he tocado fondo…

Estamos ante un poema en el que la voz poética se desprende de cualquier ropaje y nos enseña su esencia más íntima, en una desnudez salvaje que impregna toda la atmósfera que se crea alrededor del poema, alrededor de sí mismo. Después de versos duros, en los que incluso dispara dardos envenenados contra sí mismo, se puede volver tierno, abandonando por unos momentos esa incertidumbre primigenia que a veces lo tortura. Encuentra refugio en las palabras que dirige hacia allá donde se siente protegido y querido, hacia su medio natural de confort.

Lo hablaba con mi hermana la otra noche.

Achacábamos a la herencia genética

el origen de nuestra propensión

a desconectar emocionalmente

y a amurallarnos dentro de nuestro castillo interior

cuando no comprendemos lo que ocurre

a nuestro alrededor.

La escritura como resguardo ante las adversidades, la poesía me ha salvado. ¿Cuántas veces lo hemos oído o, incluso, lo hemos pensado?

Y es tremendamente cierto, es un refugio seguro ante los embates y los temporales interiores, ante las pruebas difíciles que conlleva la existencia. Eso, por no hablar de la escritura como una liberación ante las miserias a las que nos arrastra la vida. La poesía, la escritura, la lectura, al fin, la literatura y las ciencias asociadas muy especialmente a las humanidades están ahí siempre, esperándonos con los brazos afectuosos del conocimiento, de la sensibilidad tranquilizadora. En ellos, intentamos descifrarnos mejor a nosotros mismos y, en ese abrazo, miramos al mundo que nos rodea con más sabiduría.

La escritura es la excusa

preferida de los soñadores

y de los pusilánimes.

Hay poemas en los que partiendo de lo más cotidiano, la puerta de la calle a medio abrir, como una excusa embaucadora, nos arrastra, en el viaje de la trascendencia, hacia lo que realmente quiere expresar, en este poema por ejemplo el tópico del tempus fugit. Es consciente de que el tiempo no es más que una trampa que siempre sobrevuela sobre los días o los momentos de felicidad. Un sentimiento de provisionalidad nos acongoja.

La claridad parece

pedir disculpas por agudizar las sombras

que amenazan el día de mañana,

que hacen de la existencia un campo estéril.

El lector sabe de lo que habla, de lo que expresa con belleza el poeta, se identifica incluso con el sentimiento de culpa que nos devora, que Está siempre presente. / Aletargado como los reptiles. Todos sabemos que la conciencia siempre está dispuesta a castigarnos con su fusta, incluso puede ser tan cruel que podemos llegar a envidiar a los hombres que carecen de ella, pese a la brutalidad que conlleva: El remordimiento que algunos actos/recientes suscitan en ti no eclipsa/el amor que sentiste. Todo fluye.

A lo largo de los poemas se suceden las imágenes brillantes-Tu piel gastada como la cubierta/de un manual escolar de geografía-y desconcertantes-el aire frío castiga tu garganta/como la grava a un neumático desgastado-, unas imágenes que el autor maneja con acierto y precisión. Actúan como una sacudida en el lector, como una llamada de atención con la que el poema y el poeta logran captar plenamente nuestra atención. De esa manera tan hermosa y personal, nuestra capacidad de concentración se ve continuamente en progresión, a través del estremecimiento que nos causa lo que es sorprendentemente atractivo.

Está ya demasiado lejos.

En el pasado, convertido en rutina, como la penicilina

O fuera de uso, como las navajas de bolsillo…

Siempre, a lo largo de todos los poemas, tenemos la sensación, equivocada, o no, es lo de menos, de que quizás el poeta se descubra más de lo que quisiera, pero sin lugar a dudas es ello precisamente, esa aparente implicación personal, lo que infiere al libro un gran valor añadido.

Sé que eres capaz de encontrar aún

un resto de bondad en los demonios

que te habitan, pero la insana mansedumbre

-como gas comprimido en un envase

de vidrio, inocuo, invisible al ojo

si permanece inmóvil y cerrado,

pero tóxico cuando se agita y se avienta-

mantiene vivos los más despiadados

pensamientos en tu interior.

Los versos se suceden y parece que en ocasiones quisieran corresponder y responder a una fase de la vida de la voz poética que bien pudiéramos identificar con cierto desasosiego, una época que parece no ocultar y que la pone a nuestro alcance, unas veces con crudeza y otras muchas con un sentido del humor que describe a la perfección un estado de ánimo.

Hay lugares para vivir que son vida

solo a medias, como los hospitales

o las cárceles. Hay formas de vivir

sin presente, como las de los desempleados

o la de los atletas lesionados.

No obstante, siempre creemos ver en los versos un rastro de sufrimiento, un rastro que siempre va asociado a eso que preludiábamos al comenzar, una lucha interior inagotable consigo mismo, que se constituye en un camino de aprendizaje por el que va destilando los sentimientos más íntimos.

Dicta sus palabras un primitivo

resentimiento conyugal que oculta

sus raíces en una infancia

infeliz, habitada por fantasmas

de carne y hueso que nunca

le demostraron tanto afecto

como el que ella ofrecía a sus muñecas.

Al finalizar la lectura, nos damos cuenta, creemos intuir tras la voz poética, la voz de un hombre que ha sabido impregnar nuestra sensibilidad lectora de una emoción y de una sinceridad verdadera, nunca impostada, de esas que traspasan la piel sin agredir, que te llevan a capitalizar y sentir la realidad del otro, su verdad, como si fuera nuestra.

Quisiera ser otro, un animal,

una fuente o una palabra

en tu mismo idioma,

para que me entiendas.

Con los libros se da una paradoja muy curiosa, pese a estar destinados a burlar la fugacidad del tiempo, muchos de ellos caerán en el olvido para siempre, incumpliendo la finalidad con la que fueron concebidos. No será el caso de este nuevo libro de Carlos Alcorta, Fotosíntesis, un libro de un poeta que nunca nos deja indiferentes, que tiene la inspiración, el dominio del lenguaje y el lirismo como premisas ineludibles de su poesía. Fotosíntesis es un regalo que nos ofrece a los lectores, con unos postulados inmutables que siempre acompañan a la buena poesía, emoción, verdad y belleza.

Juan Francisco Quevedo

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