CLAUDIA QUEVEDO. LAS ALTURAS DE CHICAGO

carlosalcorta

CLAUDIA QUEVEDO

LAS ALTURAS DE CHICAGO

La luz de Chicago se disuelve en los edificios

pero alguien necesita mirar hacia arriba

para que eso suceda.

Sólo haría falta una persona para verlo,

para nombrarlo,

para que sea.

Sin eso, ese preciado momento no existe en absoluto.

El lago Chicago es un océano

que alguien vio desde lejos

y lo llamó lago.

Y la mirada se asombra,

¿por qué la ciencia no puede explicar lo que veo

(un océano que es un lago),

pero desdibujados para revelar lo que veo

(un océano es un océano)?

La vida en Chicago continúa.

En los tejados de los grandes edificios

que existen sólo cuando miras hacia arriba.

La ciudad sólo te hace sentir si tú sientes.

El viento de Chicago te eleva;

hacia el cielo donde descansan los edificios,

hacia el lago que es un océano,

hacia la vida de la gente que nunca pisa…

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Fotos y poema

El rey de reyes siempre gobierna todos los feudos de la tierra. Incluso las repúblicas más antimonárquicas.

                                                           ODA AL REY DE OROS 

Desnudad los cuerpos ingrávidos,

hacedlos rotar como peonzas

rendidas a un destino eterno:

Girad, girad, girad mortales

alrededor de la batuta

que orquesta y dirige el devenir

tedioso e impasible del mundo.

Texto: Juan Francisco Quevedo

Fotografía: Marcelino Quevedo

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Más allá de las polémicas: Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura-Juan Francisco Quevedo

Más allá de las polémicas:

 Bob Dylan, Premio Nobel de Literaturaimage0031

Más allá de las polémicas:

Bob Dylan, Premio Nobel de Literatura

 

Este fin de semana, Bob Dylan recogerá en una ceremonia privada el premio Nobel de Literatura. Creo que es un buen momento para permitirme algunas consideraciones.

En el año 1995, tras la concesión del premio Nobel de Literatura al poeta irlandés Seamus Heaney, se empezaron a producir los primeros movimientos para que el galardón fuera otorgado en ediciones futuras a Bob Dylan. Cuando al año siguiente recayó el premio en la poeta polaca Wislawa Szymborska, las voces a favor del icono de los sesenta llegaron desde todos los ámbitos, pero aún tuvieron que esperar veinte años para ver cumplidos sus deseos.

No todo fueron peticiones y opiniones favorables ya que, junto a la crítica norteamericana, muy identificada en su mayor parte con los testimonios que llegaban desde diferentes y prestigiosas universidades, emergían ecos un tanto destemplados, fundamentalmente desde Europa. Se generó una polémica, a la que han asistido atónitos una gran número de  los intelectuales americanos que, a día de hoy, no ha hecho sino reavivarse. Curiosamente, la vieja Europa, literariamente hablando, se rasga las vestiduras frente a la puritana herencia anglosajona. El mundo al revés. Sirva de botón de muestra para corroborar la estupefacción provocada por estas críticas intemperantes las declaraciones del nuevo premio Príncipe de Asturias de las Letras, evento que coincidió con la concesión del Nobel a Dylan. Cuando se le ha preguntado al prestigioso escritor estadounidense Richard Ford por lo que opinaba sobre la concesión del Nobel de Literatura a Dylan, sólo ha acertado a decir, incrédulo ante la inesperada pregunta: “Si lo de Bob Dylan no es literatura, ¿qué es literatura?”. Sin duda, le cuesta entender a alguien como él, procedente del mundo universitario y periodístico del otro lado del mundo, amén de coetáneo del cantautor americano, que se dude de la altura lírica de los poemas de Dylan.

Quizás a una parte, centrémonos en España, de nuestra intelectualidad, autotitulada o por derecho, el nombre de Dylan les suene tan lejano a su acervo cultural como sonaban a nuestros recientes antepasados los ecos del mayo del 68 cuando lograron traspasar el cordón sanitario que impuso el franquismo. Aquel muro de contención se instaló en los Pirineos, al igual que hicieran los gobiernos de Carlos IV, con Floridablanca a la cabeza, para evitar que las ideas de la revolución francesa contagiaran y contaminaran el puro pensamiento patrio. De alguna manera, fueron igual de efectivos, ya que si no rodó en ninguna plaza pública la cabeza de ningún noble, tampoco llegó a impregnar el movimiento estudiantil parisino el pensamiento de aquella sociedad pacata y dirigida, de la cual somos herederos. Y lo mismo que a los españoles, como sociedad, nos faltó una pasada por la revolución francesa y su guillotina, también nos faltó un poco del espíritu de Berkeley, cuna del movimiento hippie, y de La Sorbona, origen del mayo del 68.

Y no fue sólo eso, nos faltó, sobre todo, esa capacidad de las sociedades jóvenes, como la americana, para asimilar lo nuevo, en todos los sentidos. Cuesta desprenderse de la carga obsoleta que nos pone el tiempo a nuestras espaldas como peaje de una sociedad vieja que se constituye en guardián de un tiempo caduco. Muchos se sacudieron esos prejuicios de encima pero otros -hoy lo vemos en los desmanes surgidos para vilipendiar la figura de Dylan- anatemizan sobre sus méritos, cuando no hacen rechifla de su obra y persona. Al escucharles, pareciera que se vaya a derrumbar el cielo sobre nuestras cabezas ante tamaño despropósito. Siempre ha habido y habrá gente con mayores merecimientos que los galardonados, presentes y futuros, a los que nunca se concederá la distinción literaria. Pero eso tampoco es culpa de Dylan, por mucho que se empeñen. Y yo a todos ellos les digo “no sean ustedes impertinentes” y les propongo que aprendan a mirar de otra manera; por ejemplo que se asombren de que las nubes sigan flotando sobre nuestro mundo. Es sólo cuestión de observar con una mirada más amplia.

Bob Dylan, se convirtió para alegría de muchos, y martirio de otros tantos, en el primer americano, desde Toni Morrison, ganadora en 1993, en obtener el Premio Nobel de Literatura. Es hora de resaltar algunas de las opiniones favorables que se han generado en todos los ámbitos intelectuales. Podemos empezar por la reacción de la escritora estadounidense Joyce Carol Oates, que no dudó en escribir que la concesión del Nobel a Dylan “fue una elección inspirada y original. Su evocadora música y letras siempre me parecieron, en su sentido más profundo, literarias”. A los numerosos escritores americanos que han mostrado su júbilo por la elección, se ha unido el difícil mundo de la crítica literaria y así Dwaight Garner, crítico literario del New York Times, fue pródigo en elogios al galardonado, del que dijo que “conecta poéticamente, por las poderosas imágenes creadas por las letras de sus canciones, con los versos de Walt Whitman y Emily Dickinson”,  y afirma, así mismo, que “Dylan se halla entre las grandes voces americanas”.

En cuanto al mundo universitario, basta echar un vistazo a las declaraciones de diferentes profesores de la Universidad de Harvard para sentirnos abrumados ante el aluvión de elogios que han caído sobre el galardonado. Jorie Graham, profesora de Retórica y Oratoria de Harvard ha declarado que “la inventiva de sus imágenes y sus esquemas de rima es legendaria”. Stephen Greenblatt, profesor de Humanidades de la misma universidad no ha dudado en afirmar que Bob Dylan “fue para mí y toda mi generación el gran poeta popular, la voz de la protesta, la ira y el anhelo de justicia, extrañamente entrelazados con la ironía, el deseo y la esperanza apocalíptica”. Así mismo, y desde la misma Universidad de Harvard, Louis Menand, profesor de Inglés, no vacila en decir que “cualquier persona que duda de que Dylan es un escritor, o que la composición no es un arte, debe leer sus memorias, “Crónicas”, o simplemente sus comentarios, aquí y allá, en las canciones de otras personas. Él es un erudito y un maestro del género”. Para acabar con las voces que surgen del prestigioso mundo universitario, cito las declaraciones de Richard Thomas, profesor de Lenguas Clásicas de Harvard, que dice sin reparos que “el genio de Bob Dylan consiste en estar en contacto con los hilos que forman parte de la cultura americana durante los últimos 200 años y más, y convertirlos en canciones que, particularmente en el desempeño, son expresiones sublimes de lo que significa ser humano. Entonces, ¿qué podría ser sorprendente al reconocer eso?”

Pero regresemos al principio, a ese Dylan que vivió no sólo la experiencia de la canción tradicional sino que alternó en y con el corazón mismo de la corriente contracultural de la generación beat, alternó con Kerouac-ese que quería escribir al golpeo rítmico del jazz-, con Allen Ginsberg-ese que vio a las mejores mentes de su generación autodestruirse-, con Burroughs-ese que vio el mundo a través del cristal esmerilado de una jeringuilla y que murió reviejo descojonándose de los que vaticinaron su muerte inmediata año tras año- y toda esa gente de la que mamó un tipo de literatura más comprometida y arriesgada de la que se venía haciendo. Eran unos tiempos en los que la contracultura se desparramaba por el Village neoyorquino como si le fuera la vida en ello, donde se entremezclaba con el pop-art y las teorías de Duchamp o con las extravagancias de Warhol . Sin duda, Dylan supo captar como nadie la desorientación de aquellas generaciones que querían cambiar el mundo, que como ya pretendieran los miembros de aquella generación que convivió en la Residencia de Estudiantes-Pepín Bello, Lorca, Buñuel, Dalí…- querían acabar con lo caduco, con lo obsoleto y putrefacto, tan bien representado en ese burro muerto que aparecía en los dibujos de aquel pintor que decía no deber nada a nadie, ni a su padre, un eminente notario de Cadaqués. Sin duda, Dylan fue el que con sus canciones, con su música, con sus poemas, mejor captó el sentir de los millones de jóvenes que querían transformar las cosas. Cuando edita Like a Rolling Stone, publica un verdadero himno para aquella generación dispuesta a romper con todo lo anterior, con su visión de la vida y con los principios que la sustentaban. Quizás el poeta estadounidense David Henderson, fuera quien mejor definiera aquella composición, cuando la tildó no como una canción sino como “una epopeya”.

Pero volvamos al año noventa y seis y a los movimientos que encabezó el poeta del aullido salvaje y desgarrador para que se le concediera el Nobel a Robert Allen Zimmerman.

“Dylan es uno de los más grandes bardos y juglares norteamericanos del siglo XX y sus palabras han influido en varias generaciones de hombres y mujeres de todo el mundo”.

Y no creo que Ginberg fuera por entonces todavía un poeta discutido, ni una voz disonante en la cultura americana. A esa aseveración del 96 se le unieron otras muchas como la de Gordon Ball, profesor en la universidad de Virginia, que no dudó en proclamar que “Dylan ha devuelto la poesía de nuestra época a su transmisión primordial a través del cuerpo, revivió la tradición de los trovadores”.

Quizás estas referencias juglarescas sean la excusa necesaria para recordar el enlace existente entre poesía y música folk, mucho más joven, por razones obvias, en el caso americano, con una canción tradicional multicultural e impregnada de las más variadas influencias. Por supuesto que no pretendo retroceder a la poesía que se hacía en España hace diez siglos, ni tan siquiera a la que se hacía en el siglo veinte, pero si es adecuado no admitir como cierta esa aseveración tan difundida por muchos, en el sentido de que Dylan es un buen autor de letras de canciones pero nada más. Y lo hacen con ese estrambote hiriente, con ese deje de superioridad intelectual, “y nada más”, que a veces acompañan con cierta chufla, cuando no con alguna chanza. Simplemente aflora en la befa un poso cultural tan alejado de aquel espíritu que nos impregnó a tantos que la hace inocua y vacua. Probablemente sea el reflejo de un intolerante ego, que se traduce en un  supino desprecio intelectual. Muy restrictivo, muy de tribu y muy corto, por otro lado, de miras.

La canción forma parte de la tradición más arraigada de cualquier cultura de cualquier pueblo. Y es preciso recordar cómo en España la poesía forma parte de la tradición oral, transmitiéndose fundamentalmente en tonadas líricas que se recogen por primera vez en el cuerpo de las moaxajas, en lo que se han llamado jarchas. Y continúa abriéndose camino cuando se convierte en epopeya, con los cantares de gesta y con el viejo romancero. Eso, por no recordar cómo se denominaron las primeras antologías conocidas: Cancioneros. Sin mencionar los sonetos petrarquianos. Por lo tanto, es evidente y manifiesta la unión entre poesía y música tradicional.

Cuando la Academia anunció el 13 de octubre que concedía el galardón a Dylan  “por haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción”, no hacía sino volver a los orígenes de la poesía e incidir en el valor poético, en este caso, de su autor. La secretaria de la Academia, Sara Danius, manifestó posteriormente el convencimiento del valor de Dylan como poeta y acudió al modelo de los antiguos vates griegos como Homero, que escribían poesía para ser escuchada e interpretada. No dudó en afirmar que “puede y debe ser leído” y añadió “Dylan es un gran poeta en la gran tradición de la lengua inglesa desde William Blake en adelante”, resaltando que ha mezclado la música popular del blues del Delta y el folclore de los Apalaches con el
simbolismo de Rimbaud.

 A todo habría que añadir la influencia literaria innegable de Dylan en tantos poetas de varias generaciones y de los más variados orígenes, así como los cada vez más numerosos estudios de diferentes universidades que analizan lo que ya se considera un legado cultural, asociado a la literatura en inglés. En los países de habla inglesa, nos encontramos, por estudios críticos y por el aval de la clase universitaria, ante un clásico literario. Al menos, como poeta. Como narrador, no ha sobresalido; ahora bien, si dejamos de lado el fiasco de su novela experimental “Tarántula”, sí podemos resaltar el valor narrativo de “Crónicas”, unas memorias peculiares, en las que desmenuza buena parte de su vida de manera muy original, unas memorias, por cierto, en las que se niega a asumir el papel cultural de líder generacional que se le otorga. En cualquier caso, si en algo una gran parte de la cultura sajona coincide, es en destacar su valor como poeta.
La relación de Dylan y el mundo editorial es larga y copiosa. La publicación de numerosos libros que reúnen las letras de sus canciones no es nueva, así como el curioso primer tomo de su autobiografía Chronicles I, publicado en 2004, y que durante 19 semanas ocupó el primer puesto en la lista del periódico The New York Times. A todo ello le debemos sumar los numerosos estudios sobre su obra como la espléndida y monumental enciclopedia Keys to the Rain, de Oliver Trager, o Dylan”s Visions of Sin, de Chrisotopher Ricks, profesor de poesía en la Universidad de Oxford, o Studio A, un compendio de artículos que, entre otros, firman Allen Ginsberg, Joyce Carol Oates, Rick Moody y Barry Ha.

Y fuera de la cultura anglosajona también abundan las voces que se pronuncian a favor del valor lírico de Dylan; no es cuestión de enumerarlas pero sí citar a Nicanor Parra y al autor británico-indio Salman Rushdie, candidato habitual al Nobel que no dudó en considerar a Dylan como “el heredero brillante de la tradición bárdica. Gran elección”. El novelista Philippe Margotin considera a Dylan “el gran poeta vivo estadunidense del siglo XX” y añade para los que consideran que es autor de una obra escasa- otro de los peros que le achacan-, “entre las 500 canciones que componen su obra, algunas pueden ser consideradas como menos importantes musicalmente, pero en todas hay un texto absolutamente sublime”. A esas voces se suma la del escritor mexicano Antonio Ortuño que no vaciló en resaltar el valor poético de Dylan: “De alguna forma conocí primero a Dylan como poeta, más que como músico…estamos hablando de una manifestación en el arte, la poesía y la canción que es una manifestación popular; en ese sentido, tal como dice el acta de la Academia Sueca, están premiando a alguien que ha innovado en ese género. Aunque tampoco creo que sea lo más espectacular que le haya pasado a Dylan en su vida”.

Para finalizar, es preciso recordar que Bob Dylan tiene varios premios y condecoraciones de suma importancia desde hace años, uno de ellos es el premio Pulitzer, concedido en 2008 y otorgado por la Universidad de Columbia, los periódicos Washington Post New York Times y la agencia Reuters “por su profundo impacto en la música y la cultura popular americana, gracias al poder poético de sus composiciones”. De nuevo, con su capacidad poética a vueltas. Sólo un año antes le habían concedido el premio Príncipe de Asturias de las Artes por ser un “mito viviente en la historia de la música popular y faro de una generación que tuvo el sueño de cambiar el mundo. Austero en las formas y profundo en los mensajes, Dylan conjuga la canción y la poesía en una obra que crea escuela y determina la educación sentimental de muchos millones de personas”. No es cuestión de seguir enumerando distinciones pero destaquemos entre otras su nombramiento como Commandeur Des Arts Et des Lettres, en 1990, cuando Jack Lang era ministro de cultura francés. Se suman a ésa y a otras distinciones, los doctorados honoris causa de las universidades de Princeton y St. Andrews en Escocia por citar alguna más.

Quiero añadir que desde 1970, año de los primeros estudios académicos sobre su legado poético, éstos no han hecho más que multiplicarse. Quizás 2005 sea un año clave ya que vio la luz un trabajo fundamental sobre su obra, The Cambridge Companion to Bob Dylan, un estudio literario definitivo que complementa el congreso celebrado en marzo de 2005, en la Universidad de Caen (Normandía, Francia) donde participaron profesores de literatura de los EE.UU., Gran Bretaña, Canadá y Francia. Según el Dr. Christopher Rollason, uno de los participantes, “los puntos de vista desde los que se examinó la obra de Dylan abarcaron perspectivas literarias, etnológicas, lingüísticas y musicólogicas”. En dicho congreso, Gordon Ball, catedrático de estudios ingleses en el Virginia Military Institute, hizo hincapié en las raíces orales de su poesía y en cómo, en palabras del profesor Daniel Karlin de University College, Londres, Dylan ”le ha dado más frases memorables a la lengua inglesa que cualquier figura análoga desde Kipling”. El enfoque literario fue reiterado en la intervención de Christopher Lebold, de la Universidad Marc Bloch (Estrasburgo), quien ofreció un resumen de su reciente tesis doctoral, que incide en la poética de Dylan. Por su parte, Richard Thomas, catedrático de latín y griego en la Universidad de Harvard, propuso una serie de enlaces y analogías entre Dylan y la tradición literaria greco-romana, desde el arte oral de la poesía homérica o de los rapsodas romanos hasta la cita directa de Virgilio que Dylan nos ofrece en Love and Theft. El profesor Thomas vaticinó que “dentro de dos siglos Dylan será considerado un clásico, plenamente integrado en el canon literario”.

Quisiera terminar con las palabras de dos personalidades muy distintas pero muy significativas. Por un lado, las que el poeta Allen Ginsberg transmitiera al escritor y periodista Jean Francois Duval, al que manifestaba que Bob Dylan es “un gran poeta. Quizá el poeta norteamericano más importante de la segunda mitad del siglo XX”. Por otro lado, las de uno de mis directores de cine favoritos, autor en 2005 de una magnífica biografía filmada sobre Dylan, Martín Scorsese. Al finalizar el documental No Direction Home, dijo: “No he pretendido hacer algo donde se desvelen todos los secretos de Dylan, ni mucho menos, sino rendir un homenaje a uno de los poetas más brillantes del siglo, un hombre que hace que nos miremos a nosotros mismos, que nos emociona y nos hace sentir cosas que no sabríamos transmitir de otra manera”.

Por último, y como colofón, las palabras del poeta, las palabras del escritor, las palabras de aquel que finge ser Bob Dylan.

“Yo sólo soy Bob Dylan cuando tengo que ser Bob Dylan. La mayor parte del tiempo quiero ser yo mismo. Bob Dylan nunca piensa sobre Bob Dylan. Yo no pienso en mí mismo como Bob Dylan. Es como dijo Rimbaud: ¨Yo soy el otro¨”.

Juan Francisco Quevedo

 

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“El miedo”-María Bujalance

Hoy traigo al blog una poesía, “El miedo”, que me ha sorprendido mucho. Es de una poeta de Santa Cruz de Tenerife que tiene quince años y que se llama María Bujalance.  Cuando la leí, ya me gustó, tanto por su composición y estructura, como por su contenido-original e imaginativo-, pero cuando vi que el poema lo había hecho una persona tan joven me impresionó.

Gracias María por permitirme ponerlo en https://poesiaparavivir.wordpress.com/

bujalance

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Ha muerto Chuck Berry-Juan Francisco Quevedo

HA MUERTO CHUCK BERRY

Ha muerto Chuck Berry. Y ha tenido la insolencia de sobrevivir durante cuarenta años a Elvis. Aunque el título de rey del rock se lo llevara Elvis, yo creo que sería de justicia que, cuando menos, lo compartiera con Berry.

Si Plutarco fuese un hombre de nuestra época, sin duda hubiera dedicado un capítulo a estos dos músicos, como ya hiciera con las vidas de Julio César y el gran Alejandro. Sus carreras fueron casi paralelas y aunque Elvis siempre salió ganando en la batalla por la supremacía del rock and roll, Berry, con su mítica forma de tocar la guitarra en cuclillas y de lado, mientras daba saltos laterales-su famoso “duck walk”-, es el músico de rock and roll que más ha influido en la música posterior. Baste recordar las estupendas interpretaciones que han hecho de sus canciones bandas de la categoría de The Beatles o los Stones. Temas como “Rock´n roll music” o “Johnny B. Goode” están en la historia de la música.

A pesar de ello, Berry nunca pudo sacudirse este resquemor de sentirse ultrajado en su paternidad rockera por el guapo de voz más profundamente negra –compartida quizás con la de Eric Burdon- que haya habido jamás, el enorme Elvis Presley. Un rey del rock que, sin embargo y paradójicamente, pasará al Olimpo melómano, además y  fundamentalmente, por sus baladas.

Millones de jóvenes muchachas –las primeras teenagers histéricas de la historia- suspiraban, y aullaban por él en todo el mundo, pero Elvis tan sólo tenía ojos para una adolescente, aún con los restos de la niñez en su rostro, de nombre Priscilla. Con ella, y con la aquiescencia de una falsa y severa sociedad americana, acabaría casándose. Cerraron puritanamente los ojos, como buenos hijos de los ocupantes del Mayflower, y consintieron un estupro de baja intensidad a este lindo e inmaculado blanco, reconvertido en Alemania, a través del ejército americano, en chico bueno. Por las mismas razones-de nuevo las vidas paralelas-, tal vez algo más perversas, incluso pudiera ser que hasta más violentas, un negrazo como Chuck Berry  habría de probar la dureza de las cárceles gringas.

 

“Cabizbajos y vacilantes en torno al patio

desfilábamos en el cortejo de los locos.

No nos importaba: sabíamos que éramos

la brigada del mismísimo diablo,

y cráneos rapados y pies de plomo

componían una alegre mascarada.”

                              Oscar Wilde (La balada de la cárcel de Reading).

 

A Berry siempre le quedará, cuando menos, la elegancia de los grandes bailarines de claqué de Harlem. El espigado y renegado rockero de Missouri bien hubiera podido haber sido, por planta, un bailarín del Cotton Club, aquel local del neoyorquino barrio de Harlem en el que el gran director Francis Ford Coppola se inspiró para su película “The Cotton Club”. Cuando la vi, empecé a pensar en Richard Gere como actor, incluso como actor aceptable, pero enseguida volví a la realidad y le deseé fervientemente que continuara con su vocación frustrada como bailarín. Aunque nunca llegara a tener la figura estilizada del gran Berry.

Hoy, en su muerte, tal vez baile sobre su propia tumba, mientras afina una Gibson.

Juan Francisco Quevedo

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ODA AL REY DE OROS-Juan Francisco Quevedo

    ODA AL REY DE OROS

 

Desnudad los cuerpos ingrávidos,

hacedlos rotar como peonzas

rendidas a un destino eterno:

Girad, girad, girad mortales

alrededor de la batuta

que orquesta y dirige el devenir

tedioso e impasible del mundo.

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El rey de reyes siempre gobierna todos los feudos de la tierra. Incluso las repúblicas más antimonárquicas.

                                                                                                               Fotografía: Marcelino Quevedo

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PEDRO SOBRADO-Juan Francisco Quevedo

NUEVA EXPOSICIÓN DE PEDRO SOBRADO

BLANCO Y NEGRO

Os invito a que leáis el artículo que escribí en el diario Alerta sobre la nueva exposición que presenta Pedro Sobrado en Torrelavega.

NUEVA EXPOSICIÓN DE PEDRO SOBRADO

ESPACIO GARCILASO – TORRELAVEGA

BLANCO Y NEGRO

Lejana en el tiempo va quedando la primera exposición que este artista realizara con apenas veintitrés años en la Galería Sur de Santander, en 1959. Tras una intensa peripecia vital que le llevó a París nada más comenzar los años sesenta, regresó a España en 1976 después de haber vivido en primera persona el mayo francés y haberse empapado con las corrientes artísticas más relevantes de la época. Ha expuesto en multitud de lugares, entre los que podemos citar Valencia, Madrid, Chicago o París. Es acreedor en Francia de numerosas distinciones, entre otras la medalla de Arts, Sciences, Lettres.

Ahora, el artista torrelaveguense, nacido en 1936, y tras un centenar de exposiciones a sus espaldas, regresa a su ciudad natal con una magnífica y expresiva muestra titulada Blanco y negro, acercándose desde estos dos pigmentos primitivos a la figuración sobria, armónica y ligera en el trazo que caracteriza su obra.

Pedro Sobrado realiza una inmersión activa en el devenir cotidiano de la sociedad actual, escrutando con su mirada benévola y sabia el período que nos toca vivir. Este pintor urbano y de lo urbano plasma en sus lienzos figuras y espacios plenos de un romanticismo relajante que transportan al espectador a esos lienzos repletos de color-aunque parezca contradictorio- de los paisajes menos urbanos y más marinos de Edward Hopper.

Cuando el jueves pasado me acerqué a su estudio, me encontré con el artista y con su obra. Con el artista amable y encantador y con una obra que no necesita definición. Cuando uno ve un cuadro del pintor, sabe que está ante un Sobrado. Sin ningún género de dudas.

Pedro Sobrado no sólo ha creado un estilo sino que ha llegado a darle su propio nombre. Y lo ha hecho tras haber pasado por diferentes etapas creativas, que van desde el expresionismo a la abstracción. Con el bagaje y las influencias de todos sus gustos, de todas sus experiencias pictóricas, ha conseguido definir un estilo propio y absolutamente personal y lo ha hecho a través de la depuración de la línea y de la supresión de lo superfluo, incluido el rostro de sus modelos. Si fuera poesía lo que ejecuta, podríamos decir que a sus poemas -a sus cuadros- no les falta ni les sobra una palabra-un trazo-.

En esta nueva exposición nos encontraremos con imágenes actuales, sacadas del día a día de cualquier ciudad. Con un trazo firme, sencillo y elegante, al que se llega con el talento del genio creativo, Pedro Sobrado logra transmitir al visitante vitalidad y alegría por la vida.  Su obra nos llena de felicidad. Transmite esa pasión por el trabajo que realiza y lo hace trasladando su personalidad al lienzo.

Detrás de la aparente sencillez del trazo, de la composición de los planos, donde encuentra esa perspectiva tan personal, está la mano firme y la inspiración de un artista extraordinario, de un pintor consagrado que nos mira desde sus lienzos con la benevolencia de los sabios.

Mientras me alejo del estudio, sus creaciones sobrevienen a esa memoria espacial que todos poseemos y que, en este caso, está dispuesta a no dejar que caigan en el olvido, como sucede con tantas obras condenadas a no ser recordadas. No es el caso; las pinturas de Pedro Sobrado dejan un sello imborrable.

Juan Francisco Quevedo

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Fotos y frases 3 y 4-Juan Francisco Quevedo

Nos pasamos los días esquivándolo pero, tarde o temprano, el carrusel de la vida siempre acaba atropellándote.

                                                                                                                  Fotografía: Marcelino Quevedo

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El ángel de Llimona se erige como sereno guardián de las sombras góticas que se esconden bajo sus alas modernistas.

Tal vez Keats tuviera la lucidez de los clásicos  al afirmar que no existe más razón que la de la belleza. Eso es todo lo que hay de certidumbre y todo lo que debiéramos saber.

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Julio González Alonso-Juan Francisco Quevedo

JULIO GONZÁLEZ ALONSO (2016). LUCERNARIOS

MADRID: EDICIONES VITRUVIO

LEER A UN POETA

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JULIO GONZÁLEZ ALONSO (2016). LUCERNARIOS

MADRID: EDICIONES VITRUVIO

LEER A UN POETA

Descubrí al poeta Julio González Alonso a través de su blog de poesía Lucernarios, que así mismo da título a este feliz libro de poesía que nos presenta Ediciones Vitruvio. De su biografía poco sé, más allá de lo contado por Pepa Agüera Sánchez en el magnífico prólogo que abre la obra y que utilizaré como referencia para bosquejarlo. Lo que sí sé es de su amabilidad en las contadas ocasiones que he tenido el gusto de tratarlo por medio de los mensajes y comentarios en nuestros respectivos blogs poéticos.

Diré que su infancia, la de un niño nacido en León en 1950, transcurrió en un pueblo minero de la montaña leonesa. Estudió Magisterio en León, siendo la enseñanza la profesión a la que ha dedicado toda su vida activa. Tras su paso por Barcelona, concluirá sus estudios de Psicología en San Sebastián, para acabar residiendo en Bilbao, donde continúa a día de hoy.

Es Julio, por su trayectoria vital, un autor de esos que llevan a sus espaldas un bagaje artístico y literario muy importante lo que, inevitablemente, se ve reflejado en su poesía. Sería prolijo detallar su participación en grupos de teatro, su colaboración en revistas literarias y demás actividades por lo que me remito al prólogo del libro.

Desde el primer momento en que leí sus poemas quedé fascinado por sus metáforas, por su dominio del verso y, lo que es más importante, por saber enlazar todo ello, desde su visión poética, con la tradición. En unos tiempos en los que si bien la rima no es necesaria, poetas como Julio nos demuestran que sigue estando presente y que sigue siendo muy válida. Desde luego, la rima y la métrica manía en la dosis y proporción adecuadas tienen un encanto especial. Y Julio acierta plenamente a la hora de administrarlas. Y hasta el oído más penoso se lo agradece vivamente.

Además de ante un espléndido poeta, nos encontramos ante un gran cervantino, ante un estudioso y divulgador de la obra de Cervantes, en especial del Quijote. Su página, Ínsula CerBantaria, me ha servido de guía extraordinaria para profundizar y disfrutar en la lectura de la obra del genio manchego. Sale a relucir, lo que es muy de agradecer, el carácter didáctico de Julio.

Pero vayamos al libro que acaba de publicar, vayamos a Lucernarios.

En la primera parte del libro, Más cerca de lo humano, el autor ve la vida con cierto escepticismo y contempla el paso del tiempo con la sabiduría y serenidad que le dan los años. Indaga en el dolor creativo de la palabra desde esa quietud inherente a la experiencia de la vida.

 

…Cada palabra descerraja un tiro de realidad,

pero es demasiado insoportable para acogerla en el corazón;

así que nos guardamos de sus aristas con pesimismo

y pesadillas. Nada hay muy seguro en el silencio,

pero la palabra apunta a la certeza de la pena…

 

En el poema Sólo queda mirar la voz poética se lamenta de esa huída del tiempo y de alguna manera busca refugio, desde la resignación, en lo cotidiano, en lo más querido y cercano de su propia vida.

 

…sólo queda mirar

hasta cegarse los ojos,

volver la vista-si puedes todavía- a la vida; sonreír

a tus hijos

todavía inocentes de estos crímenes,

contemplar el cielo que nos cubre a todos por igual. Es lo último

que puedo decir…

 

Hay lugar en el libro para el endecasílabo en su máxima expresión poética, en el soneto. Como muestra del talento y la maestría de Julio, baste el segundo cuarteto de De la Condición Humana.

 

…Te sabes antes que nacido muerto,

ser antes que memoria, sólo olvido;

efímera la vida y lo querido

por la mano del tiempo ya cubierto…

 

Consciente el poeta del final inevitable, en Las horas de enero reflexiona sobre la muerte.

 

…Ya rasga el aire el persistente tictac

del tiempo. Ya los cuentos

aletean por mis ojos Ya las sombras

Ya la noche Ya las horas

 

Ya el silencio.

 

En la segunda parte del libro, Confusiones, el poeta penetra en las horas de su oficio, en el quehacer poético, en el poder creativo del lenguaje. Así se refleja en Grito de la necesidad, donde los encabalgamientos visten el verso.

 

Poesía es voz del sentimiento, grito

de la necesidad. Lo sé. Por eso

los paisajes

se pintan de lavandas, jaras

y bosquecillos de encinas; los ocasos

arremeten contra el sol vencido de horizontes,…

 

El autor da a las palabras el valor apasionado de quien vive por ellas, del poeta.

 

No vivimos

en las cosas; habitamos

las palabras

que vuelan en el alma y luego

son luz

y aliento

y nombre y realidad

del mundo…

 

La tercera parte del libro, En horas de amor y desamor, se define en su propio título. En Carta devuelta, retornamos al soneto espléndido, que se resbala dulce y líricamente por nuestro interior, por ese arte de saber colocar los acentos en el sitio preciso.

 

Después de aquel final sin despedida,

sin lágrimas ni adiós ni un sólo beso,

creí que los finales eran eso,

sólo el azar de una ocasión perdida…

 

Julio se adentra en el octosílabo en En nombre del amor vengo.

 

…Si abrazado a los sentidos

por ti muero y por ti vivo

mis sueños tiene rendidos

de ti el amor que recibo…

 

Julio  González Alonso en la cuarta parte del libro, La luz de las ciudades, nos acompaña en los recuerdos de sus viajes y nos muestra esos paisajes urbanos y humanos que le han inspirado. Veamos de su mano París.

 

…No puedo escribir París; sólo razón, filosofía, barricada

de jóvenes airados, años repitiéndose a sí mismos

e interminable abrazo, futuro, espejo

en el que encontrarnos siempre

con el alma desnuda. Si no puedo escribir París

escribo el mundo.

 

De Madrid, el homenaje final a la ciudad que acoge a Cervantes.

 

…Sonó la hora

en torrente poético y don Quijote

vino, después de muerto, a sentar plaza.

 

Los designios es el título elegido para finalizar el libro. Nos mezclaremos en sus páginas con las deidades clásicas, con sus héroes, en los que nos veremos reflejados, pues al fin sus sueños y sus miserias son las mismas desde que el mundo es mundo. En Los dioses el poeta nos muestra esa unión con lo humano, ese deseo por hallar la felicidad, truncada una y otra vez por la muerte.

 

…Sólo es que los dioses no podemos

renunciar a lo que somos ni al destino

inmortal, ni a ser eternos

y en cada hombre ser crucificados.

 

En el sugerente poema Corre, caballo de lascivia, nos invita el poeta a disfrutar de la vida antes de que el tiempo nos la trunque.

 

…Antes

de que el tiempo

se haga pausa

en el pulso de tus sueños, surco en la geografía de tu cuerpo,

distancia

en lo profundo de la mirada de tus ojos,

muerte. Antes de que la felicidad quede a tus espaldas

 

Cuando he cerrado el libro tras haberlo degustado durante largos días, y antes de ponerme ante el teclado, sólo me ha venido una palabra a la mente: Poesía. Estamos ante un poeta que hace poesía verdadera, ante un poeta que domina el género, los metros clásicos, los acentos y que se desenvuelve con maestría, sin renunciar a dotarlos de cierta estructura, en el verso libre. Pero, por encima de todo estamos ante una poesía que nos llega, que estimula las fibras necesarias que desembocan en la emoción. Y lo hace sin trampas, sin concesiones a la sensiblería, ni a la cursilería. Estamos ante un poeta, Julio González Alonso, y ante un arrebatador libro  de poesía, Lucernarios. Bienvenido y bienhallado sea.

Un fuerte abrazo, Julio.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Fotos y frases 1 y 2- Juan Francisco Quevedo

Cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi sombra.

No se me ocurre mejor compañía para la vida. Aunque discutamos a menudo.

                                                                                                                             Fotografía de Javier Maza Uslé

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Siempre me hago la misma pregunta al descubrir las marcas del tiempo en las moles pétreas que desafían los siglos:

¿Qué misterios ocultan las piedras labradas de los arcos centenarios?

Acaso la memoria de los hombres que las contemplaron con admiración, acaso la memoria de los que transitaron a su sombra.

Como los buenos libros de poesía, nunca nos revelarán del todo los secretos que esconden. Se erigen como celosos guardianes del “presente continuo” de un pueblo.

                                                                                                                                   Fotografía: Marcelino Quevedo

 

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NOCTURNO-Juan Francisco Quevedo

Unos versos he de hacer con buen semblante; con clásico criterio y sin aprieto, espero poder armar un soneto… con el viento rampante por delante.

nocturno

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UN CUENTO DE REYES-EL BELÉN-Juan Francisco Quevedo

UN CUENTO DE REYES-EL BELÉN-

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“Esta es la curiosa historia de cómo se popularizó el Belén en este país…”

UN CUENTO DE REYES-EL BELÉN-

Mª Amalia de Sajonia, la que fuera mujer de Carlos III nunca gozó de muy buen carácter para disgusto, sobre todo, de las damas de honor que se movían a su alrededor, a las que llegó a maltratar físicamente, dándoles algún que otro cachete si cuadraba. Llegó a España desde Nápoles, dispuesta a reinar con muy pocas ganas, con varias cajas de cigarros habanos–le calmaban los nervios- y con la decisión firme de montar un Belén en Palacio, tal y como era habitual en Nápoles. No sabía que lo que se conocería como el “Belén del príncipe”-en honor del futuro Carlos IV- sería el germen para que la tradición del Nacimiento se extendiese, primero entre los nobles y casi inmediatamente entre el pueblo.

Se puede decir, por tanto, que los nuevos monarcas fueron los artífices de la popularización del Belén en España. Además, contribuyeron a extender otro vicio nacional: ambos mostraban una gran adicción al tabaco, especialmente la reina, y hacían que desde América les remitiesen grandes partidas de estas hebras que componían los habanos. Consta-sirva como anécdota costumbrista- que la reina, al trasladarse a España para ceñirse la corona, además de gran cantidad de tabaco y el Belén, trajo consigo un cantidad ínfima de ropa interior, sin duda por la usanza existente entre la clase alta de cambiarse solamente una vez al mes. Toda la peste maloliente se solucionaba con afeites, perfumes y material de arrebolamiento. ¡Qué sería del populacho!

Mª Amalia de Sajonia era una mujer quejosa y protestona, difícil de sobrellevar. Ya se había mostrado así en Nápoles pero, en Madrid, ciudad que detestaba, se exacerbó su caprichoso y mal carácter, menos mal que, de cuando en cuando, con un buen puro habano lo sobrellevaba. Y si no, la caza era otro de sus tónicos.

Pero volvamos a lo nuestro, María Amalia de Sajonia, nada más llegar de Nápoles, colocó su Nacimiento en el palacio del Buen Retiro, donde se alojaba la familia real, introduciendo e inaugurando lo que, sin tardar, habría de ser un clásico durante las fiestas navideñas. Tal fue la repercusión y la acogida de este primer Belén que enseguida fue imitado por la nobleza y el pueblo, penetrando en la sociedad española esta costumbre sin hacer distinción entre las clases sociales. Todas gustaban de esta nueva moda que, con el tiempo, acabó siendo una de las tradiciones más arraigadas en las fiestas navideñas de cualquier familia española.

De Madrid no le gustó ni la ciudad, ni sus gentes, ni el tiempo de la capital, ni el palacio del Buen Retiro, incómodo y con las instalaciones anticuadas y deterioradas, donde se albergaba, pues aún no habían finalizado las obras del palacio Real; nada era de su gusto, salvo el impresionante edificio herreriano, mandado construir por Felipe II en El Escorial.

María Amalia de Sajonia no tuvo mucho tiempo para renegar, ya que falleció el 27 de septiembre de 1760, poco después de su llegada. Ni tan siquiera la presencia del cuerpo de San Isidro en sus habitaciones, hasta donde se hizo llegar para que obrara el milagro, pudo salvarla.

Al morir, a la edad de treinta y cinco años, no se había molestado aún en intentar aprender la lengua del país en el que reinaba, ni había hecho ningún esfuerzo por integrarse.

“Para acostumbrarme a este país creo que no bastaría toda mi vida.”

Su mayor legado fue habernos dejado la tradición navideña del Nacimiento.

 

Espero que los Reyes Magos os traigan, cuando menos, un libro. No olvidéis pedirlo.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

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Un cuento de Navidad-Juan Francisco Quevedo

UN CUENTO DE NAVIDAD

UN CUENTO DE NAVIDAD

Más allá de de cualquier consideración de esas de “odio la navidad” o “me gusta la navidad”, está la tradición de estas fiestas. Y la llegada de primer árbol de navidad-una de sus representaciones más extendidas- a Madrid tiene una historia muy curiosa.

En aquella Francia del Imperio, pendoneaba la figura del duque de Morny, hermano ilegítimo de Napoleón III. Entre correría y pillería conoció a una bellísima princesa rusa, presunta hija del zar Nicolás I-entre bastardos anda el juego- de nombre Sofía Troubetzkoy, pero más conocida, desde su matrimonio, como duquesa de Morny.

Después de dar a luz unos cuantos hijos y sin perder un ápice de su belleza enviudó del crápula de su marido, mientras seguía siendo, junto a la emperatriz Eugenia, uno de los ejes de la buena sociedad parisina. Curiosamente, sin tardar mucho, se uniría a la emperatriz Eugenia de Montijo en sus sentimientos hacia el duque de Sesto, sólo que si ésta hubo de conformarse con un imperio e inaugurar el canal de Suez, nuestra Sofía se llevaría el corazón del duque, descendiente directo de aquel marqués de Spínola que tan espléndidamente retratara Velázquez en “La rendición de Breda”.

Se casaron en Vitoria el 4 de abril de 1868, instalándose en el palacio de la Cibeles, donde Sofía pronto se convirtió en el eje de la sociedad madrileña. Además de muy bella, era muy inteligente y enseguida se entregó, junto a su marido, a la causa de la Restauración alfonsina, siendo su participación, en muchos aspectos, determinante para el triunfo de la misma.

Tras la caída de Napoleón III, el duque de Sesto acudió en auxilio de la familia real española, colaborando en su traslado a Suiza, donde la dejó a salvo, a la espera de ver cómo evolucionaban los acontecimientos en una Francia ocupada por Bismarck.

Una vez completada su tarea, regresó a Madrid y junto con Sofía organizó la primera gran fiesta de apoyo a la Restauración. Volvía para apoyar a Cánovas en el camino para poner al príncipe Alfonso en el trono de España. En su palacio de la Cibeles-donde actualmente está el Banco de España-, fueron convocados los Grandes de España. Al entrar, pudieron contemplar, en aquel diciembre de 1870, el primer árbol de Navidad que se veía en Madrid, instalado por orden de la duquesa Sofía. Una vez acomodados todos los invitados, el anfitrión cedió la palabra a Cánovas:

“El futuro es el príncipe Alfonso y sólo él”

Aquel día no sólo se produjo el primer paso para restaurar a los borbones sino que se inauguró una tradición; poner un árbol navideño en la vida de los españoles.

Aprovecho para desearos una Feliz Navidad y un año entrante lleno de buenos augurios.

Y no olvidéis, entre los regalos, poner siempre algún libro.

                                                                                                                                       Juan Francisco Quevedo

 

 

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ISABEL MARINA -Juan Francisco Quevedo

ISABEL MARINA (2016). ACERO EN LOS LABIOS

EDICIONES CAMELOT

ISABEL MARINA (2016). ACERO EN LOS LABIOS

EDICIONES CAMELOT

 

“Acero en los labios” es el acertado título del libro de poemas que Isabel Marina acaba de publicar en ediciones Camelot. La poesía que nos presenta la autora es una poesía dura e hiriente, aunque quizás sería más certero decir que se trata de una poesía herida.

Desde el primer verso nos propone un viaje a través de un paisaje desolado, un paseo sin red por el que transitaremos, entre imágenes sugerentes y arriesgadas, hacia el mundo interior de la voz poética. Y siempre lo haremos bordeando el abismo.

De entre los muchos poemas que hubiera podido elegir, he escogido aquel que más me ha impactado, tanto por su hermosura inerme, como por su construcción, así como por poseer un ritmo en el que, hasta en una silenciosa lectura, casi podemos sentir su dicción.

“Desnuda” posee una hondura singular, acompañada de esa belleza formal que debe impregnar la buena poesía. Nos atrapa desde la primera palabra, que da título al poema, e inmediatamente establece una relación de complicidad con el lector que hace que éste no tarde en identificarse con la voz poética. Ésta nos emite señales continuas desde las que nos transmite su indefensión, su vulnerabilidad y desprotección ante esa avalancha tumultuosa en la que se ve envuelta, la misma en la que, de alguna manera, todos nos hemos visto engullidos en algún período.

En la segunda parte del poema, en la cual consigue zafarse de ese caos en el que se halla inmersa y perdida, será cuando al fin se sentirá, en su desnudez, verdaderamente libre. Me quedo con ese atisbo de esperanza con el que finaliza el poema.

Juan Francisco Quevedo

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EN LA MUERTE DE FIDEL-Juan Francisco Quevedo

EN LA MUERTE DE FIDEL

 

Fue un martes de un mes de enero, allá por 1.959, tal que un día seis, en que, recién llegados de su rodar por Sierra Maestra, Fidel y Ernesto – aquel médico asmático que, desde Argentina, había ido a hacer, a golpe de fúsil e inhalador, la revolución- tomaron La Habana. Estos comandantes, barbudos y desaliñados, celebraron la noche de Reyes bailando en los salones presidenciales al ritmo sincopado de la metralla que conllevaba la revolución. Es de suponer el consiguiente disgusto que aquellos bailes, de salsón caribeño, acarrearon a Don Fulgencio Batista y a toda su corte de oropeles, una corte de los milagros nada descuidada, ni en sus excesos ni en sus cuentas corrientes. Esta caravana –nada desamparada- de la opulencia, tamizada por el chino del esperpento yanqui, se hacinaba, ahíta de caderas mulatas y satisfacción burguesa, en los casinos y cabarets de toda Cuba. En sus manos, los billetes de cien dólares hacían las veces de improvisados cerillos con los que prender los imponentes cigarros puros que extraían de sus tabaqueras de piel. Entre tanto, una hermosa trigueña negra, de arrubiados cabellos y de ojos bellamente rasgados, se los sostenía, por una mísera y cuantiosa propina, entre bocanada y bocanada.

En aquellos tiempos de mano dura y tente tieso, los negritos cubanos, como en una nueva Oda al Rey de Harlem, se uniformaban, día tras día, de dignos esclavos al servicio de una clase despreocupada. Estaban todos ellos a punto de llevarse, al ritmo carnavalesco de las barras y las estrellas, una patada en el centro mismo del trasero. Después, tras ser arrojados al mar, el buen clima de Miami sería su nuevo y cálido destino. La verdad es que no perdían ni tanto.

 

“Es por el silencio sapientísimo

cuando los camareros y los cocineros y los que limpian con la lengua

las heridas de los millonarios

buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre”

 

                                                               El rey de Harlem. Federico García Lorca (Poeta en Nueva York)

 

Pero, otros, sí que perdieron. Perdieron hasta la camisa que llevaban encima. Fidel les puso en la escalinata de un avión desde donde, por última vez, miraron la isla de sus amores y pesares. A los que se quedaron no les fue mucho mejor. Lo único que ganaron, además de una camisa, fue poder inundarse de luz caribeña todos los amaneceres. Pero, al fin, todos ellos -estos sí – perdieron. Tanto los que se fueron como los que se quedaron.

Las barbas de Fidel, envueltas en el verde oliva de la revolución, no se afeitaron, ni tan siquiera consiguieron arrancarle un pelo, cuando se dirigió a territorio comanche. Desde el corazón de Harlem, en el hotel Theresa, Castro nacionaliza hasta el uniforme del negro que le abre la puerta, por supuesto en homenaje al poeta granadino, redivivo en este lorquiano personaje. “Ni Estados Unidos, ni el capitalismo, ni toda esa patraña imperialista…” y así más de cuatro horas en una O.N.U. perpleja y hastiada, adormecida y desentendida, ante la diarrea verbórrea de este barbudo con piel de aceituna. Sólo los desaires, aspavientos, puñetazos y zapatazos de un jocoso Nikita despiertan a este envarado auditorio de su aturdimiento ensimismado.

Tras encasquillarse en su hotel americano, Fidel se enquistaría, y ya por siempre, en su Cuba natal, rodeado de misiles anti-todo: antirevolución, antipersonas, antiintelectuales molestos, anti… y así, inmerso en su paranoia anticapitalista y en su mascarada no alineada, llegó a encerrar, cuando no ejecutar, a disidentes políticos, a enfermos de SIDA, a poetas engorrosos, a jóvenes sospechosos… Nikita, su gran mentor, aunque sólo se le recuerde por el día que se quitó el zapato, al menos despojó de la máscara -después de muerto, eso sí- al aún temido Stalin, autor material e intelectual de las purgas masivas. Luego vendría lo que se dio en llamar “depuración” y, por último, el revisionismo, que a punto estuvo de acabar, con la excusa de renovar, con la dirección de todos los partidos comunistas de su órbita. Una vez depurados, purgados o revisionados, nunca se volvía a saber de ellos –“Un muerto es una tragedia, un millón de muertos es sólo una estadística”, decía un Stalin que sabía mucho de eso-. Desaparecían hasta de las fotos oficiales. Y si hacía falta se les perseguía por medio mundo, y si no que se lo digan a Liev Trotski -el de la revolución permanente-, que vivió escondido y retirado como una Egipcíaca y murió asesinado en México, a manos de un español enviado por Stalin, Ramón Mercader, al incrustarle un piolet en el cráneo.

“Tú tienes dos ojos,

pero el partido tiene mil”

                                        Brecht (Oda al partido)

En aquellos años de revolución y fe ciega en el comunismo soviético, los cubanos, con Raúl y Fidel a la cabeza, cambiaron la madre patria por la madre Rusia, a Dios por la santería, a Tropicana por las jineteras y al coco y al hombre del saco por el capitalismo infame. Y hubo un tiempo en que, de alguna manera, creíamos en ellos… hasta que fuimos cayendo, como cayó –e hicieron callar-, Eloy Gutiérrez Menoyo y otros comandantes, que aquella revolución, dispuesta a acabar con la dictadura de Batista, para dar el poder y la voz al pueblo, no era más que la finca del comandante en jefe. Allí ya no se volvió a oír otra voz que la de Fidel y, en ocasiones, durante más de ocho horas seguidas, durante las tediosas arengas que el sufrido pueblo asistente tenía que soportar a pie firme. Y sin rechistar. Y, ya se sabe, las culpas de todos los males siempre son ajenas, sobre todo si emanan del poder, si tienen su origen en él. Y cuanto más omnímodo es el poder, mayores son las culpas… de los demás.

 

“Ángel que ha cegado los ojos del pueblo, les echa en cara su ceguera”

                                                                                         John Milton.

En 1.961 pasaron cosas en el planeta que estremecieron, y casi robaron, el alma de un mundo indefenso ante la amenaza nuclear que se le venía encima. Este año, John F. Kennedy toma posesión como presidente electo de los Estados Unidos y, con él, se inicia un nuevo estilo de hacer política, aunque en muchos aspectos este nuevo estilo sólo afectará a las formas. Unas formas con las que este pícaro, joven rebosante de “charm” y con una sonrisa impecablemente reluciente, embaucará a los jóvenes divinos del mundo. Su halo de triunfador todavía perdura, sobremanera en viejos progresistas acomodados. Su persuasivo discurso, durante la toma de posesión, ha entrado a formar parte de la historia, de una historia que, como dijera Cicerón, y me repitiera en el colegio el padre Eliseo hasta la saciedad “… es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

Pronto saldría a relucir la bestia que se ocultaba bajo su inmaculada sonrisa de “bon vivant”.  Aparecía, como dijera Kant en su obra “La crítica de la razón pura”, “la cosa en sí” –Ding an sich-, o sea, emergía la verdadera naturaleza del ser que sólo la apariencia de su presencia escondía.

En abril, la C.I.A., cómo no, organiza el desembarco, en Bahía de Cochinos, de un grupo de exiliados cubanos. Castro, frotándose las manos, les esperaba inflamado de patriotismo heroico; David contra Goliat. Ambos, como Tántalos modernos, hubieran preferido morir de hambre y sed antes que dar su brazo a torcer. Es otra forma de avaricia y egoísmo, más cruel que la del mito, ya que afecta a todo un pueblo, pero, metafóricamente, similar a la que nos describe Petronio en su “Satiricón”. El saldo se libra, para la orgullosa América, con una humillante derrota que el presidente Kennedy intenta asumir como puede. A Fidel poco le cuesta asumir la victoria; al arrojar al mar a los contrarrevolucionarios, henchido de satisfacción, juntó su barba rala a la rala barba del Che y pensó en aquella máxima del Derecho Romano que se recoge en el Digesto: “Dar a cada uno lo suyo”.

Y, quizá, se le vinieran a la cabeza las palabras que pronunciara Niceto Alcalá-Zamora, el primer presidente de la II República española.

 

“No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga”

 

Tras este desastroso desenlace, la cota de tensión entre los bloques se dispara, alcanzando su máximo nivel al año siguiente, al detectar los aviones espía estadounidenses el despliegue de misiles y rampas de lanzamiento, por parte de los soviéticos, en la isla de Cuba. La llamada “crisis de los misiles” puso a la humanidad al borde mismo de la autodestrucción. Nunca el mundo, víctima de la estupidez de sus dirigentes, estuvo tan cerca de su desintegración física como planeta, de su desaparición como parte del sistema solar. Sólo rememorar aquellos acontecimientos me hace temblar.

 

“horresco referens” (tiemblo al referirlo)

                                            Virgilio (Eneida 2,204)

 

Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Y así fueron pasando los años-en enero hubieran sido cincuenta y ocho desde aquella noche de Reyes del 59-, hasta casi no poder concebir este continuo tiempo presente sin la presencia del comandante. El caso es que mientras que empezábamos a creer, de veras, en Fidel como en un ser inmortal, se ha ido de este mundo. En fin, se ha marchado mientras que esperaba a que la historia le absolviera. Descanse en paz.

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Leonard Cohen-Juan Francisco Quevedo

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LEONARD COHEN

Atrás, en el desgastado azogue del espejo, habían quedado los cadáveres de Janis Joplin, Jim Morrison y Jimi Hendrix, velados en el neoyorkino Chelsea Hotel. Esperaban envueltos en el sudario de una canción del siempre lírico poeta canadiense Leonard Cohen. Hoy, con unos cuantos años de más y unos cuantos sueños de menos, se une a ellos este hombre, devenido en místico misterioso, como su voz, cadenciosa, lejana y envolvente.

El viejo amante, tañidor de canciones desde una habitación-mi primer disco del cantautor y un gran descubrimiento de mi adolescencia-, seguirá entonando sus temas, deslizando suave y profundamente las palabras, con la lejana ternura que da, en los velatorios, la soledad amortajada de los muertos. Y lo hará en su propio funeral, para sí mismo, como ya lo hiciera, en tiempos, a la Janis de cara y gafas redondas, a la niña que antaño fuera, a la desgarrada voz capaz de emerger de la garganta de una chiquilla feúcha y un poco regordeta, a la conmovedora cría que con los Big Brother&The Holding Company nos destrozaba el alma al oírla vocalizar, con todo su histrionismo a cuestas, las primeras notas de “Summertime”.

La voz de Cohen, como una letanía lejana y monótona, rebota desde las profundidades del sueño eterno en las paredes de un alma, la suya, más que curtida en cientos de batallas carnales. Al menos ese rumor aún circula por las calles de Montreal. Y las mujeres, de ya cierta edad, de esa edad en la que todo da un poco igual, lo difunden como quien muestra sus heridas de guerra o sus condecoraciones. Dicen algo así como que “en aquella primavera me desperté junto a Leonard”. Él, con su cara de asceta moderno, desde la soledad de los muertos, simplemente consiente y asiente.

 

Te recuerdo claramente en el Chelsea Hotel

Eras famosa, tu corazón una leyenda…

 

…Te arreglabas un poco y decías: “Bueno, no importa

que seamos feos, tenemos la música”

Leonard Cohen (Chelsea Hotel)

 

 

… Oh días llenos de seducción

Ya no queda nada de ellos

Y mi país ¡ay de mí!

Ya no volveré a verlo

                                  Leonard Cohen (Un canadiense errante)

 

 

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Bob Dylan-Juan Francisco Quevedo

Ahí estoy, a finales de los setenta

BOB DYLAN

LA POESÍA Y LA MÚSICA DE UNA GENERACIÓN

Recuerdo 1974 como el año de mi primer disco, el primero que compraba con mi voluntad, la mucha y variable que se tiene a los catorce años. Después de pasar por los almacenes Simeón, me decidí a entrar en Simago y después de mirar y mirar-no es fácil decidir en qué se gasta uno el dinero cuando casi no le llega-, salí con dos LPs bajo el brazo. Uno era el Abbey Road de los Beatles y el otro el Nashville Skyline de un joven Dylan que desde la portada nos saludaba con su sempiterna guitarra, a golpe de sombrero. Ese fue mi primer encuentro con el cantautor americano. Y el último, y único, con el mito, lo tuve hace unos veinte años, cuando mi hermano Marce me regaló unas entradas y le vimos en directo. Y he de confesar que fue un poco tarde; salí decepcionado del concierto y de la banda que llevaba. Decidí entonces que a los héroes vivientes es mucho mejor leerlos, escucharlos y hablar de ellos que frecuentarlos.

El caso es que hoy me he enterado de que a Dylan le acaban de otorgar el premio Nobel de Literatura y lo primero que he pensado es qué dirán todos esos muchachos que se movían al ritmo de sus inquietudes y de su música, esos jóvenes, más airados que nunca, y que no sólo miraban atrás con ira, sino que fueron capaces de llevar a la práctica lo que John Osborne y su grupo de escritores sólo ejercitaban intelectualmente. Qué dirán esos muchachos que se movían al primaveral ritmo-“Flower power”-, de una música electrizante y, para las muertas mentes -como sus oídos-, de un establishment atolondrado, ensordecedora. “Somebody to love” de los floreados Jefferson Airplane pudiera ser el ejemplo que ilustrase ese sentir combativo, desprendido, gozoso y lleno de libertad de estos muchachos con los que la alegría se desparramaba a raudales. Y qué dirá y qué será también de aquel muchacho de Minnesota que cambió su verdadero nombre por el del poeta Dylan Thomas.

“Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,

aquí estalla un beso en una cantera sin amor.

Oh, ved en  los muchachos los polos de la promesa.”

                                          Dylan Thomas (Veo a los muchachos del verano)

Qué será de aquel joven que mientras se bailaba el twist en el neoyorquino Peppermint Lounge ya golpeaba y llamaba, con la fuerza de una armónica, a las puertas del cielo.

“Gentes, donde quiera que estéis,

reuníos aquí

y admitid que las aguas han crecido

y que pronto estaréis

calados hasta los huesos,…

… Porque los tiempos están cambiando”

                                       Bob Dylan (The times they are a-changin´)

Cuántas cosas pasaron en aquel lejano 1961. Durante ese año un joven casi barbilampiño, venido del corazón minero de América, un joven de Minessotta que se hacía llamar Bob Dylan acababa de llegar a Nueva York, pateando autopistas, chupando cielo raso y azulejando el desolado peregrinar del solitario de acordes de guitarra y resoplidos de armónica. Desde Mobile, en medio del desierto-“On the road”-, haciendo auto-stop, se las apaña para desembarcar en el Greenwich Village neoyorquino. Llega con unos pantalones vaqueros, a la fuerza desgastados, sin una cama segura sobre la que pasar la noche, sin un dólar en unos bolsillos raídos y pateando antros y garitos a golpes-“beat”- del ritmo de sus cuerdas poéticas. En aquellos primeros tiempos sólo Woody Guthrie, el viejo luchador, el cantante comprometido con cualquier injusticia, desde el limbo de su enfermedad terminal, parece entenderle.

“Yo soy poeta para los pobres, porque he amado siendo pobre; como no podía dar regalos, daba palabras”

                                                                        Ovidio (Arte de amar-LibroII)

Y en tanto Bob, tal vez inspirado por Eliot, escribe y canta. Canta y escribe, incluso a cuento de aquellos misiles, y su famosa crisis, que en cualquier momento podían caernos a chuzos desde el cielo, de aquellos misiles a punto de eliminarnos, de acabar con todo. Y así, como en una letanía mortuoria, monótona como un rosario a media lengua, intuye la fatuidad de la existencia.

“¿Oh, qué viste, para estar tan triste, hijo mío?…

Vi a diez mil oradores con las lenguas rotas,

Vi pistolas y afiladas espadas en manos de niños,

Y es dura, y es dura, y es dura, y es dura,

Y es dura la lluvia que va a caer.”

                                                        Bob Dylan (Una dura lluvia va a caer).

Se apresura a cantar esta letanía con el temor de no poder acabarla, con la incertidumbre de no saber si podrá volver a entonarla, con el miedo de no poder ver ya a John F. Kennedy y a Kruschev, en sus búnkeres, como únicos representantes de una humanidad extinguida. Pero no, este juglar moderno que camina descalzo por el desierto y por el asfalto, aún tenía que regresar al camino, a la autopista 61, con su verdad desnuda y, como un canto rodado, penetrar e inundar las conciencias de los jóvenes con sus composiciones. A veces con letras amargas y desencantadas que, sin embargo, mantienen un punto de esperanza y fe en el mundo y en la humanidad.

“Y por cada desvalido soldado en la noche

nosotros vimos las campanas de la libertad resplandeciendo”

                                                                        Bob Dylan (Campanas de libertad).

En aquel lejano 1.961, sin ninguna duda, los tiempos empezaban a cambiar. Y de qué manera.

Pero si el 61 fue el año en que Dylan se decidió a dar el gran paso y abandonar el pueblo buscando horizontes, 1.963 es el año en que Dylan, a través de los que le versionaban –Peter, Paul y Mary-, apareció en las listas de éxitos y, a consecuencia de ello, su mensaje comenzó a resonar en las conciencias de todos los que esperaban –incluso desde la inconsciencia de la edad- algo distinto, algo bueno y algo realmente nuevo. Aunque se diera la paradoja de que llegara con un sabor tan rancio como la música tradicional y, para rematarlo, además, aún sin electrificar. Aquel hombre, aquella música, llevaba en sus tuétanos el bagaje y la experiencia de los que han dormido en la calle, de los sin techo.

“El hombre, para ser hombre,

necesita haber vivido,

haber dormido en la calle

y, a veces, no haber comido.”

              Antonio Machado (Juan de Mairena)

Todo daba igual, aquello no era lo de antes, ni lo de siempre, aquello sonaba realmente bien, sonaba a verdad y decía lo que muchos esperábamos que alguien algún día dijera. En cualquier caso, para proporcionar intensidad y decibelios ya estaba el rock y, sin tardar y con una gran controversia, el mismo Dylan se apuntaría al sonido enloquecido y eléctrico de una buena banda. Eran años en que los jóvenes sólo anhelaban disfrutar del presente, olvidándose de todo lo restante. Además de un compromiso hacia los demás, existía un componente epicúreo y lúdico en todas sus acciones, así como una necesidad de agotar todas las posibilidades que la vida te brindaba, sin pensar que hubo un ayer ni que habrá un mañana. Sólo importaba vivir -haciéndolo a fondo- el momento presente. Un Dylan, cargado de poesía, nos deleita con este “hombre de la pandereta”, una canción que pronto alcanzará lo más alto de las listas en la versión de los “Byrds”.

“Sí, bailar bajo el cielo de diamante,

agitando libremente una mano,

silueteado por el mar, rodeado por arenas de circo,

con todo recuerdo y destino profundamente hundido bajo las olas.

Deja que olvide el hoy hasta mañana.”

                                                 Bob Dylan (Mr. Tambourine man)

Pronto llegará su segundo disco eléctrico, en el 65, “Highway 61”, un sentido homenaje a la ruta que le conducía desde su Minessota natal a la ciudad más musicalmente enraizada de toda América, Nueva Orleáns. En este disco, una memorable canción, “Like a rolling stone”, se convirtió en un himno generacional, representando a todo el movimiento cultural surgido en esta década.

“¿Qué se siente? ¿Qué se siente?

al estar sin un hogar,

como una completa desconocida,

como un canto rodante.”

                  Bob Dylan (Like a rolling stone)

Un año más tarde aparecería un disco imprescindible, una obra maestra. Representa en la música moderna lo que Bécquer o Garcilaso en la poesía; un antes y un después. Junto al “Sgt. Pepper´s” de los Beatles, al “Pet Sounds” de Brian Wilson –líder de “The Beach boys”-  y, quizá, también al “Affermath” de los Stones, en su primer disco compuesto íntegramente por ellos –“Paint it black”-, “Blonde on blonde” es el disco más influyente, en cuanto a lo que supuso de cambio, de toda la historia de la música rock. Dylan lo grabó en Nashville, donde años más tarde regresará al folk, con una voz casi de “crooner” y con canciones como la bellísima “Girl from the North Country”, que interpretará junto a un mito de la música americana, Johnny Cash. En aquel lugar gestó todo el disco, allí logró encontrarse consigo mismo y con la suficiente inspiración como para componer obras claves. Y lo hizo junto a grandes músicos, como Al Koper y Robbie Robertson. En el disco están desde la archiversionada –recuerdo a Nina Simone- “Just like a women” hasta la hermosa canción de amor que dedicó a su mujer, Sara, “Sad-Eyed Lady of the Lowlands”. Este héroe de la contracultura, aspirante al Nobel de Literatura, nunca volverá a llegar tan lejos, ni tan siquiera en el día de hoy, en el día en que ya un premio Nobel de Literatura luce en sus estanterías.

Me asaltan los recuerdos, a la velocidad de golpeo del teclado, y de repente veo a Bob Dylan y a Joan Baez, como almas gemelas, en el Festival de Newport, formando la pareja más envidiada del universo sesentero. De alguna manera, durante años, formaron un dúo de hecho que, tras distanciarse en el tiempo, se volvieron a ver las caras, por los ochenta, como si nada hubiera pasado, en un multitudinario concierto en París, en el que Dylan lucía, como un viejo corsario, un pañuelo atado en la cabeza que no hacía sino resaltar su de por sí prominente nariz que, como ya dijera Quevedo de un cura narigón, pareciera ser de la familia Nasón. Tras Newport, y tras años de unión, Bob prefirió seguir su vida, llena de crisis y altibajos, salpicada por alguna que otra iluminación mística, pariendo temas inolvidables, donde los perdedores de la vida se rehabilitan; baste recordar la maravillosamente clásica canción, de título “Huracán”, sobre la injusta condena a un púgil negro. Joan, por el contrario, prefirió no encerrarse en sí misma y abrirse a la vida de otras gentes, de tal modo que lo mismo aparecía en un concierto a favor de la paz que en cualquier reivindicación, lo mismo daba que fuera por la igualdad racial que contra el uso del Napalm en Vietnam. Y, ahí sigue; de hecho, en los noventa, aún tenía fuerzas para encaramarse encima de un árbol centenario y protestar por la tala indiscriminada y la deforestación del planeta. Eso sí es poseer un espíritu combativo desde el que, a pesar de esta perra existencia, sigue dando “Gracias a la vida” y, nosotros, seguimos dando gracias de que existan aún personas en las que el espíritu bondadoso y beligerante no decae a pesar de las arrugas que el tiempo se encarga de dejarnos, tanto en el cuerpo como en el alma.

Y no sólo fue Dylan, aunque fuera el principal abanderado a su pesar, fue la música y su poder de rebeldía la que cautivó a la juventud; no cabe duda que aquella música bestial, alocada y apasionada, como los poemas de Byron y Pushkin, nos absorbía provocándonos los mismos “movimientos del alma” que a los grandes románticos rusos. Y no sólo fue Dylan, fue la época a la que pertenecieron. Una época durante la cual la música, fuera de los Stones –Agamenón- o de su porquero, era una bandera tras las que se iba a la búsqueda de la verdad, por muy efímera y subjetiva que fuese.

Hoy, con la concesión del premio Nobel de Literatura a Robert Allen Zimmerman, más allá de las polémicas literarias, condecoran a todas aquellas generaciones que impulsaron un cambio social cuyo influjo aún perdura. Y por supuesto, a las letras y a la poesía de este juglar de cualquier tiempo.

Juan Francisco Quevedo

Santander, a 13 de octubre de 2016

 

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EN EL CENTENARIO DE BLAS DE OTERO, PERSIGUIENDO UNOS VERSOS DE LUIS CERNUDA-Juan Fco Quevedo

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EN EL CENTENARIO DE BLAS DE OTERO, PERSIGUIENDO UNOS VERSOS DE LUIS CERNUDA

 

Cuánto ha de valer

un hombre de nuestro tiempo

que viva en un país,

pongamos que de la vieja Europa,

de cuyo nombre ya sólo se acuerden

las astrosas lápidas del exilio.

 

Cuánto ha de valer

un hombre de nuestro tiempo

que viva en un país,

pongamos que uno tal como el nuestro,

de cuyo nombre no quiere acordarse…

ni Dios.

 

España,

pobre patria de la desesperanza,

¿dónde están los días en que tu nombre

envenenaba todos nuestros sueños?

 

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ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA-JUAN Fco QUEVEDO

ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

CRÓNICA DE TRES LECTURAS

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ÁNGELES CARBAJAL (2015). L´AIRE ENTE LA RAMA.

GIJÓN: IMPRONTA ED.

CRÓNICA DE TRES LECTURAS

Descubrí la poesía de Ángeles Carbajal de manera casual entre las redes sociales, ese nuevo medio que existe desde no hace tanto para comunicarse y del que tan difícil es seleccionar; separar lo mucho y malo de lo poco y bueno. Con la lectura de algunos poemas sueltos, enseguida pude ver entre aquellos versos a una poeta grave y redonda, con una hondura y una lucidez expresiva, a través de simbólicas e inverosímiles imágenes poéticas, extraordinaria.

Si bien en tiempos más propicios fui un lector compulsivo de poesía, ahora no paso de ser un lector habitual pero creo que, precisamente como consecuencia de ese bagaje que arrastramos con ligereza, tengo cierto criterio para saber dónde hay un gran poeta, como es el caso. Así que no tardé en pedir el libro a la editorial Impronta y a primeros de julio ya estaba en mis manos. Cuando uno ya no compra libros por comprar sino que lo hace por las simples y reconfortantes ganas de leer algo que considera puede ser enriquecedor, se recibe el libro con especial ilusión. Y son esas ganas las que siempre me llevan−cuando se trata de poesía− a realizar una lectura rápida y un tanto atropellada; un poco como cuando era más joven y la impaciencia del hambre me hacía comer los bocadillos a grandes dentelladas. Y además me sabían a gloria. Lo mismo me pasó con los versos que aparecen en L´aire ente la rama. Tras esa primera y apasionada lectura, vino una más reposada y reflexiva en la que el libro veló mis sueños, vigilante en la mesita de noche durante un par de semanas. Ahora, a primeros de septiembre, lo llevé conmigo durante un fin de semana en el campo, con la intención de compartir su lectura con mis dos hijos y con mi mujer. Durante esos tres días, pudimos comentarlo, leerlo en voz alta y abordar las interpretaciones que iban surgiendo desde diferentes prismas. Fruto de esa inicial lectura rápida, de la posterior, más calmada, y de esta última, entretenida y participativa, nace esta pequeña crónica de tres lecturas.

Desde mi juventud estoy acostumbrado−por concretar, desde mis años universitarios en Santiago− a leer en gallego y en portugués, dos idiomas especialmente apropiados para la poseía; ahí descubrí a Rosalía, a Curros Enríquez, a Pessoa, a António Nobre, a Vinícius de Moraes y a tantos y tantos poetas que me hicieron amar esas lenguas. Posteriormente, también me decidí a leer en catalán; la poesía de Joan Margarit fue la que me puso en ese disparadero y nunca me arrepentí, aunque es justo decir que, en su caso, al haber leído ediciones bilingües, he hecho un poco de trampa porque, si bien sus poemas en castellano no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, siempre he acudido a ellas cuando tenía dificultades con el catalán.

Con Láire ente la rama, me aproximo por primera vez a un texto escrito en asturiano y lejos de ser un inconveniente se convirtió desde el principio en un reto interesante y en una experiencia gratificante. Si bien, he de confesar que juego con algo de ventaja, ya que no en vano llevo yendo por Asturias habitualmente hace más de treinta años y por lo tanto no se me hace tan extraño acercarme a un idioma que coloquialmente estoy muy acostumbrado a escuchar, tanto en la familia de mi mujer como en la calle. Ahora bien, debo decir que Ángeles me ha descubierto una lengua que va mucho más allá de lo que cabía imaginar, y desde luego mucho más allá de los monólogos simpáticos que conocía y, aunque están muy bien como divertimento, no me habían dejado vislumbrar la profundidad y el alcance del asturiano como lengua literaria.

Nos hemos aproximado a la lectura de Láire ente la rama sin tener ningún conocimiento biográfico sobre su autora, lo que de alguna manera nos ha permitido acercarnos al texto sin ningún prejuicio y con mayor objetividad. Y desde luego sin caer en la trampa fácil de confundir a la autora con la voz poética, algo a veces inevitable, ya que la poesía está llena de pinceladas autobiográficas.

Si tuviera que dar una visión general sobre este libro, lo primero que destacaría es cómo la autora logra acercarse al lector sorprendiéndose−sorprendiéndole− con lo cotidiano; algo que en principio, por usual y por tenerlo al alcance de la mano, no parece estar destinado a causar ninguna sorpresa. De alguna manera, es en este terreno donde reside una buena parte de la inteligencia poética; tener esa facultad para observar el cielo y sorprenderse de que las nubes no se derrumben sobre nuestras cabezas.

Esa trivialización de lo cotidiano−como diría Duchamp− es algo muy simple cuando se hace sin sentido artístico. Sin embargo, cuando éste existe lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo, como hiciera Warhol. Ahora bien, cuando se alcanza un nivel expresivo capaz de romper las barreras de lo prosaico−tanto en la concepción de las imágenes como en la palabra­− se consigue una sublimación de lo mundano, se hace arte, se hace literatura. Se puede plasmar, como demostrara aquel albino genial−antes de que fuera víctima del consumismo y contribuyera a cierta banalización de lo artístico− con una sencilla lata de sopa de supermercado, el sueño del arte de Marcel Duchamp. Y todo ello no se logra de cualquier manera sino a través de una racionalización elaborada de la realidad más próxima, con la que es muy fácil que el lector se identifique. Por tanto, Ángeles consigue dos cosas fundamentales, por un lado, hacer que el lector se inmiscuya en algo cercano y, por otro, generalizar y hacer que trascienda ese suceso aparentemente trivial. Logra superar las barreras de lo local, desde lo local, y lo hace universal.

Ángeles Carbajal alcanza en este libro, así mismo, algo aparentemente fácil, pero que es de lo más complicado: consigue desde la sencillez expresiva, hacer una poesía comprensible, sin que por ello se eche en falta un ápice de hondura. Bien al contrario, estamos ante una poeta grave que desde la nostalgia, desde la infancia, desde la naturalidad y desde imágenes construidas con lirismo, es capaz de turbar al lector, estimulando, sin caer en la sensiblería, las fibras adecuadas para poner en marcha el mecanismo que nos hace llegar a la emoción.

Para finalizar, quisiera comentar brevemente alguno de los poemas de L´aire ente la rama.

“Casa vieya” es el poema con el que Ángeles Carbajal abre L´aire ente la rama. De alguna manera, siempre retornamos a esa casa vieja en la que encontramos refugio y nos cobijamos. Encontramos en ella esa verdad primera, esa vuelta a lo cotidiano que nos proporciona equilibrio y paz interior.

 

«Col corazón nes manes

descansa en paz el corazón»

 

“Nieve” es un poema de descubrimiento. Sin previo aviso y sin ningún tipo de planificación van llegando las cosas, sobre todo las más duras. La vida, de manera inevitable, nos curte de experiencia y se va desenredando sin darnos cuenta, incluso a pesar de nuestra voluntad. Un buen día vemos cómo pasó el tiempo y cómo todo se ha teñido de blanco. A pesar de mostrar cierta resignación ante lo inexcusable, en el poema hay un punto de rebeldía.

 

«Los trapinos

cayíen ensin priesa

esnalando nel aire,

como enredando»

 

“La cocina de carbón” es un poema redondo en el que Ángeles se atreve a abordar un tópico poético, tempus fugit, sin caer en lo manido del mismo. Es una composición repleta de imágenes sugerentes, de un simbolismo lúcido y certero. Una verdadera delicia en la que contemplamos las edades del hombre reflejadas en las diferentes tonalidades del carbón, desde que es un mineral puro, hasta que se consume y ya sólo queda de él una ceniza blanquecina.

 

«La cocina de carbón,

la que tuvo arroxando

les hores de la mio infancia,

tien alcordanza del fueu

y les chapes doblaes

del pesu de les potes»

 

“Los Reyes Magos” es casi un himno a la esperanza que desborda ternura cierta. Es incluso una metáfora de cómo el hombre finge entender la vida cuando, en el fondo, lo único que tiene es la esperanza. A pesar del paso del tiempo seguimos esperando un milagro de la vida. Lo transcribo completo:

 

«Nun di nenguna guerra

cuando advertí la realidá,

y, como en toles desgracies

de la mio vida,

arguyosa, fixi saber que lo sabía

ensin pidir esplicación,

pero la verdá

ye que tovía nun lo sé

y espero»

 

“Rara” es un poema donde se advierte una imagen precisa de la voz poética. Refleja un fuerte sentimiento de rebeldía ante los que se empeñan en despreciar a quien se sale de la aparente normalidad.

En “Perico” la misma voz prosigue en esa misma línea pero con un gran sentido del humor, con una enorme ironía y con una imagen definitiva.

 

«Como una lletanía de martiellos

aquella xente tan delicado

abrióme un argayu de pena»

 

“Nun Dyan 6” es un poema un tanto generacional donde la voz poética, ante la presencia de unos tipos raros, los hippies, en el ambiente rural en el que se desenvuelve, descubre que hay algo más allá de los estrictos límites de su entorno. Una vez los conoce regresa al aire ente la rama, que da título al libro, tras el que se detecta un gran poso de melancolía.

Es un poema que cuando ella lo deseaba, no lo pudo escribir. Sólo pudo hacerlo después de mucho tiempo, cuando una música le evoca aquel poema que una vez pensó. Hasta ese momento ese poema soñado pervivió en su subconsciente. En todo él hay un halo de tristeza y nostalgia.

Por otro lado, no pasa desapercibido el guiño que la voz poética simboliza en un pronombre: Bob Dylan, Moustaki, tu.

 

«Qué vértigu saber

que toi tan lloñe, tan cerca,

que ye´l poema qu´entós cavilé

el que güei por fin escribo

a cuatro pasos del horru y de la ilesia»

 

“La primera vez que lloró na mio vida” es una composición desgarradora, que tiene mucho de descubrimiento del dolor verdadero. El poema tiene una imagen final que nos transmite una sensación de orfandad universal, la que se tiene, a pesar de la edad que se tenga, cuando se pierde a uno de los padres.

 

«Quixi subir como un perrín tres d´ella

el camin empináu pel que baxaba la nueche,

nun me dexaron, y quedé esperando

porque yera mio ma esa nueche la neña»

 

“El prau Carbayalu” refleja una época, la de la infancia, en la que todo parecía estar en su sitio.

 

«Entós el cielu taba nel cielu

y la nuestra casa en casa»

 

Por último, un apunte sobre el poema “Escuchar”. En él se advierte que la voz poética se encuentra sola, sin interlocutor que se interese por lo que dice, por lo que le inquieta,

 

«Suañaben los teyaos y los aperios

que dormíen al rasu y taben solos,

tanto como la lluna

y como la nuestra voz

que naide oye»

 

Poco más cabe decir de un libro tan completo y tan emotivo. Quisiera resaltar la consumada precisión de Ángeles Carbajal para describir los sentimientos más cotidianos: La vida en sí misma remitida a la infancia. Es un libro que destila sabiduría, esa sabiduría ancestral y primigenia que se ha transmitido de manera oral, esa sabiduría verdadera que acompaña al ser humano desde el origen de los tiempos.

Para acabar, quiero decir que con el único dato biográfico que conozco de la autora−un año de nacimiento que compartimos−, intuyo esa cercanía generacional cuando hace esa inmersión en el mundo de la infancia, en unos recuerdos comunes que me han hecho revivir esos tiempos felices. Ahora bien, los poemas de Ángeles trascienden lo personal, lo provinciano y local y dan ese paso, imprescindible en la buena poesía, que la hace comprensible y cercana para cualquier lector. Usando una imagen o un recuerdo personal, la autora posee la capacidad de poder universalizarlo de tal manera que el lector, según sus propias vivencias e interpretaciones, se siente identificado con sus versos.

Emoción y belleza formal son los ingredientes con los que Ángeles Carbajal conquista a ese hipotético lector, mon semblable, mon frère.

Acabo esta crónica de tres lecturas con las palabras de uno de los poetas que más admiro y reconozco, José Luis García Martín que describió  L’aire ente la rama como “la vuelta al mundo de la infancia, ‘patria del hombre’, como decía Rilke, y una infancia en la que todos nos reconocemos, universal”.

Septiembre de 2016

Juan Francisco Quevedo

 

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Exposición “Quixote ilustráu” de Juan Hernaz-Juan Fco Quevedo

En algún momento de nuestras vidas nos convertimos en locos funambulistas que vamos por la vida dando coplas de ciego. O palos. Y si no que se lo pregunten al bueno de Alonso Quijano que recibió casi siempre y dio casi nunca.

Estupenda exposición “Quixote ilustráu” de Juan Hernaz en Avilés.

Se puede visitar en el Palacio de Valdecarzana hasta el 30 de septiembre.

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Una buena estación para el amor-Juan Francisco Quevedo

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EL HILO MÁS FIRME -NUEVA POESÍA DE CANTABRIA-Juan Francisco Quevedo

EL HILO MÁS FIRME -NUEVA POESÍA DE CANTABRIA-

SEPTENTRIÓN EDICIONES 2016

Selección y estudio de Carlos Alcorta

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EL HILO MÁS FIRME -NUEVA POESÍA DE CANTABRIA-

SEPTENTRIÓN EDICIONES 2016

Selección y estudio de Carlos Alcorta

 

Detrás de la antología El hilo más firme, hay mucho más de lo que en apariencia pudiéramos presumir, desde luego es mucho más que una mera selección de jóvenes poetas que nos muestran sus trabajos. Lo primero que sorprende al lector es la lúcida disertación con la que Carlos Alcorta prologa la obra. En ella analiza y pone de relieve el papel que juegan los medios técnicos actuales como, digamos, pervertidores del gusto general por la buena poesía. El exceso de información y la facilidad para desparramar versos sobre la pantalla de un ordenador, tablet, móvil, etc, contribuyen a esa ceremonia masiva de la confusión. Del otro lado de esos millones de pantallas, esperan unos ávidos consumidores de mensajes rápidos y lecturas cortas que creen descubrir a verdaderos poetas tras lo que, en el mejor de los casos, sólo se encuentran felices frases ingeniosas. Poco o nada que ver con lo que es poesía.

No deja de asombrar el paralelismo que estos nuevos avances establecen con lo que ya preconizara Chaplin en Tiempos modernos: un absoluto caos ante la falta de eficiencia-filtros selectivos en nuestro caso- para hacer funcionar sin contratiempos los nuevos inventos. Sin duda, están aún lejos los días en los que estas nuevas herramientas se conviertan en un verdadero vehículo cultural y de momento actúan un poco como aquellas máquinas enloquecidas. Chaplin se peleaba con sus artefactos en un intento baldío por dominarlos y por ahora, y de momento, este batiburrillo de desinformación que nos llega con profusión inusitada nos deja tan desconcertados como al obrero de aquella película memorable. Esperemos que algún día ganemos esta nueva batalla en la que estamos inmersos y podamos establecer los mecanismos necesarios para hacer de internet un instrumento eficaz en su posible labor de transmitir conocimiento y difundirlo, separando lo sustancial-y más en el caso de la poesía- de las simples ocurrencias, cuando no verdaderos exabruptos pseudopoéticos.

Por otro lado, esta proliferación de poetas mediáticos, multiplicados por la facilidad de acceso a los modernos instrumentos de comunicación, quizás tan sólo sea una forma de mostrarnos la catarsis necesaria para encontrar y descubrir nuevos caminos a una poesía que requiere adaptarse a las nuevas circunstancias. Pudiera ser la senda elegida para remarcar un rupturismo estético y ético con lo anterior, con todo aquello que, muchos años antes un grupo de muchachos que coincidieron en la Residencia de Estudiantes y que fueron punta de vanguardia en su momento, denominaron como obsoleto. Y seguramente sea así como ocurra, y debe ocurrir de cuando en cuando, para poder abordar y renovar tanto la poesía como cualquiera de las manifestaciones artísticas. Con ese alejamiento de lo anterior, de lo establecido como verdad poética, para renegar del pasado reciente, tan obsoleto, se facilita una perspectiva más acorde a los tiempos y la poesía asume ese papel inconformista y regenerador que siempre la ha acompañado. Ésta sería un poco la parte positiva que se puede esconder detrás de esta avalancha mediático-literaria. Ahora bien, ¿cómo separar lo accesorio de lo fundamental?

En un momento en el que las vanguardias ya son parte de la historia y que han quedado relegadas a los estudios sesudos y a la memoria de los lectores de otras generaciones-por ejemplo la nuestra-, quizás esta nuevas maneras de mostrarse ocupen un poco el papel de aquellos istmos que proliferaron durante el siglo XX. No obstante, es de esperar que tras un período de revoltijo y mezcolanza, -lo bueno con lo malo, lo regular con lo pésimo-, se imponga un período de reflexión y se vuelva a enlazar, aunque de otra manera, con la tradición. O no. Pero lo que es seguro, es que sólo permanecerá en la memoria del lector aquello que merezca realmente la pena y el resto se perderá por la alcantarilla del olvido o se recordará como algo intranscendente y anecdótico.

El estudio que precede a esta antología no sólo se presenta como algo interesante sino que se trata de un trabajo imprescindible para entender el nuevo rumbo por el que transita la poesía actual. Carlos Alcorta analiza y critica con justeza esa falta de verdadera poesía entre y ante todo lo que sale a la luz, en esa maraña impenetrable de medios virtuales que nos invade y coloniza en forma de redes sociales-facebook, twitter…-, blogs, páginas webs y demás formas. En cualquiera de esos vehículos podemos ver palabras y más palabras, más o menos interesantes, pero que poco o nada tienen que ver con aquello con lo que se auto-titulan, con la poesía. Estamos asistiendo impertérritos a un fenómeno, de intrusismo pudiéramos denominar, por lo que a cualquier cosa, con cierta distorsión léxica o rareza de expresión-a veces es suficiente una simple procacidad-, se le llama poesía.

El autor del estudio propone a los nuevos poetas una vuelta a la lectura, algo que no está más que en el mismo centro del sentido común y del que tanto y con tanta frecuencia nos alejamos los seres pensantes. Propone ese retorno o primer contacto con la lectura, tanto como un ejercicio placentero, como un objetivo de formación sólido. Después, ya desde el conocimiento, se podrá enlazar o no con la tradición. O incluso abominar de ella. En cualquier caso, la lectura debe de ser la herramienta, cuando no el catalizador, que lleve a escribir buena poesía. Si para que el organismo trabaje adecuadamente es necesario que ejerzan su función, como desencadenantes, una serie de factores enzimáticos que vehiculen y estimulen todas las reacciones que nos hacen la vida fácil, también es necesario que el poeta, para que pueda escribir con cierta soltura y corrección, lleve un bagaje cultural que sólo proporciona la lectura. Son esas lecturas las que actúan como los factores enzimáticos, son las que desencadenan el proceso creativo, las que impulsan las emociones y los sentimientos para que que se plasmen en poesía, en verdadera poesía, sobre el papel. Además, de una manera sutil, Carlos Alcorta no sólo propone la lectura como factor desencadenante para que aflore el joven poeta, en esa conexión directa con el hecho de leer, sino que también propone una vuelta al libro como tal. Al contacto con el papel físico como si fuera otro enzima transmisor de emociones; eso que sabemos con una claridad meridiana, sin necesidad de más explicaciones, los que amamos los libros.

Para nuestra desgracia, las grandes editoriales y las grandes librerías no tradicionales, más atentas al éxito comercial, no se implican en el descubrimiento de nuevos poetas, en hacer esa disección en la red para distinguir lo que permanecerá de aquello más fútil y volátil, en desdeñar todo aquello que suele rozar, cuando no caer de lleno en ella, la ñoñería más cursi. Bien al contrario, se centran en estos productos-no los llamo poesía- con los que malician, y cosechan en muchas ocasiones, éxitos inmediatos. Es por ello por lo que vemos como, a favor de estos nuevos dioses culturetas, los buenos poetas descansan arrinconados en los estantes menos atractivos de estas enormes factorías de ventas de libros. Por tanto, y con más razón, se cercenan sin piedad las expectativas de dar a conocer la obra de los buenos poetas jóvenes. Es entonces cuando pequeñas editoriales, como es el caso, dignifican el panorama poético y asumen el papel de difusores culturales, dando voz a estas nuevas generaciones y rescatándolas de sus propios círculos concéntricos, condenados al autoconsumo. En ese sentido hay que, en palabras de Carlos Alcorta, “…, desplegar las velas para aprovechar una corriente de aire fresco, pero sin perder el rumbo, es lo que pretende esta antología…”. Es evidente la importancia de encontrar un buen editor que sepa lo que quiere y hacia dónde dirigir el timón.

Posteriormente, el autor diserta con acierto y sagacidad sobre la facilidad que existe para escribir y lanzar a través de los nuevos medios tecnológicos lo primero que se te pasa por la cabeza y afirmar-o creer- que es poesía. En este sentido, Carlos Alcorta, reflexiona sobre el papel creador y su complejidad, sobre cómo el poema hay que elaborarlo y trabajarlo, bien sea en la cabeza, como suele pasar en su nacimiento, y más tarde sobre el papel. Cómo tras esta primera fase, viene esa lucha por lo que podríamos denominar el afinamiento del poema, cuando del poema hay que hacer algo que, aunque aparentemente sea personal o trivial, interese al lector. En resumidas cuentas, que aquello que se intenta trasladar, esa expresión de los sentimientos a través del poema, se sepa hacer llegar al lector en forma de poesía, con ese fulgor único, con ese milagro, no exento de misterio, que es la palabra poética.

Carlos Alcorta ha querido llevar al libro, y sacar de ese universo de las redes sociales, a una serie de poetas jóvenes de Cantabria que se merecen un espacio editorial que les rescate de esa exclusividad, que más parece un confinamiento, de la virtualidad actual. Este grupo de poetas pueden estar llamados a no diluirse en las procelosas aguas de la desmemoria. A todos los poetas seleccionados se les lee con interés, constituyendo una muestra representativa de esa poesía en constante evolución que siempre ha caracterizado a Cantabria y que tiene un futuro prometedor en estos autores.

Hace unos días tuve la fortuna de asistir a la presentación del primer libro de una de las poetas que aparecen en esta antología, Silvia Prellezo, y pude constatar la buena salud que goza la poesía de esta novel autora. Sirva como muestra estos versos incluidos en El hilo más firme:

“Me advirtieron que te gustaba desordenar cabezas bien [amuebladas.

Y mientras,

en nuestra intimidad,

te veía tirar mueble a mueble toda mi vida por la ventana”.

Así mismo, hace no mucho asistí a la presentación de otro de los poetas antologados, Jaime Peña, y me sorprendió descubrir un autor con grandes recursos. De esta antología extraigo unos versos rebosantes de ternura y emoción contenida:

“El niño respira cuando está en el barro,

escupe arropado por el aire

y juega bajo el sol, las nubes o la luna,

(no le importa mientras tenga piedras

que lanzar a los cristales)”.

Juno a ellos, Almudena Campuzano, Ángela García Alonso, José Fernández, Alejandro Rebollo y Carlota Fuentevilla nos descubren la poesía que se hace hoy en Cantabria.

“El hilo más firme” es una excelente selección de jóvenes poetas cántabros llevada a cabo por Carlos Alcorta. Viene precedida, como hemos visto, de un profundo estudio donde analiza los tiempos revueltos que sacuden a la poesía actual. Disecciona y profundiza con acierto en un fenómeno global que interesa a todos.

Buena y satisfactoria lectura la que nos trae este hilo más firme.

Juan Francisco Quevedo

Julio 2016

 

 

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JUAN FRANCISCO QUEVEDO. QUERIDA PRINCESA.

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JUAN FRANCISCO QUEVEDO. QUERIDA PRINCESA. BOHODÓN EDICIONES, 2016

Al comienzo de la novela Los confines, de Andrés Trapiello, el protagonista se pregunta «qué buscan los lectores en crímenes, ruinas, catástrofes, negocios, idilios, coronaciones, éxodos, bodas, guerras y otros acontecimientos aparentemente ajenos a sus vidas. Pensemos en el lector común de novelas. ¿Qué relación tiene su vida con los entes de ficción?». La respuesta no se deja esperar: «la sospecha —dice— de que en ellos, por irreales que parezcan, se esconde una verdad que no podrían descubrir de otro modo». Todo esto es rigurosamente cierto, pero no todas las novelas poseen los ingredientes descritos, que parecen más propios de la novela negra, y, sin embargo, siguen concitando el beneplácito de los lectores. Pensemos, por ejemplo, en novelas en las que la acción es sólo un pretexto para indagar en la mente humana, en las que la escritura sirve para narrar…

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“Querida princesa”en Galicia-Juan Francisco Quevedo

Presentaciones en Galicia de “Querida princesa”

-El próximo jueves 30 de junio, a las 20 horas, tendrá lugar en la librería Nobel de Pontevedra la presentación de “Querida princesa”.

-El próximo viernes 1 de julio, a las 20,30 horas, tendrá lugar en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Cangas la presentación de “Querida princesa”

Cartel Cangas - 1 de JulioCartel Pontevedra - 30 Junio

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PRESENTACIÓN EN MADRID-Juan Fco Quevedo

Si os viene bien, allí os espero encantado. Nos vemos en Madrid

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ENTREVISTA con JUAN FRANCISCO QUEVEDO “Querida princesa”

JAVIER RODRÍGUEZ ENTREVISTA a JUAN FRANCISCO QUEVEDO sobre su nueva novela, titulada “Querida princesa”

http://www.protagonistasvipcantabria.com/entrevista-con-juan-francisco-quevedo-sobre-su-libro-querida-princesa/

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Presentación Querida princesa en Bielva-Juan Fco Quevedo

PRESENTACIÓN DE QUERIDA PRINCESA EN BIELVA-HERRERÍAS-
Quiero agradecer a la Asociación Femenina de Herrerías, y muy especialmente a Isabel, la magnífica presentación que organizaron.
Así mismo, mi reconocimiento más sincero para dos grandes amigos y artistas, los hermanos Miguel y Amador Cossío, por la canción que tuvieron la deferencia de componerme y dedicarme. Igualmente por la excelente interpretación que hicieron de una de mis canciones favoritas, Viento del Norte.
Por último, quiero dar las gracias a mis queridos amigos, Luis, Ramón y Nene, nuestro alcalde, y a todos los que se acercaron para acompañarnos en una tarde tan emotiva e inolvidable.
Gracias a todos.
Os dejo con un vídeo de recuerdo del acto.

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Entrevista Juan Fco Quevedo

Entrevista realizada hace unos días en Popular Tv en la que hablo, entre otras cosas, de mi próxima novela “Querida princesa”, que en mayo se presentará en el Ateneo de Santander y en junio en Madrid. Espero sea de vuestro interés. Muchas gracias.

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ROMANCE VITAL DEL DOLOR-Juan Francisco Quevedo

No he encontrado mejor forma de expresar el dolor heredado que con este rosario de octosílabos que hacen un romance.

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VALLEJO EMOCIONADO-Juan Francisco Quevedo

En el aniversario del nacimiento de Vallejo sólo os puedo mandar estos tercetos encadenados, pertrechados en endecasílabos, y este abrazo “Emocionado…Emocionado…”

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Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA

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Dominio, RAFAEL FOMBELLIDA

(2015)

POESÍA REUNIDA POR EL PROPIO AUTOR

Cuando hace unos quince días pude tener el libro de Rafael Fombellida en mis manos, lo primero que hice fue observar la portada, hermosa y sencilla. Un acierto.

Después, me fijé en el período de tiempo que abarcaba la poesía reunida en Dominio: veinticinco años. Ni más ni menos.  Lo que suponía que en el interior me iba a encontrar con los versos que un poeta había ido vertiendo frente al papel-y a veces imagino que contra- desde que tuviera poco más de treinta años hasta la actualidad.

El caso es que después de leer a fondo el libro, frente a lo que en principio se pudiera pensar, no he hallado grandes quiebros temporales en su composición. Es más, los poemas evolucionan de una manera natural sin advertirse cambios bruscos; van fluyendo a través de los años casi sin que nos percatemos de ello. De hecho, el poema que abre esta edición bien hubiera podido ubicarse en Di, realidad, el último libro del autor, publicado en 2015.

Tenemos la suerte de estar ante una selección de poemas hecha por el propio autor, lo cual siempre es de agradecer para el lector. Conviven libros completos con otros de los que ha hecho una criba minuciosa para quedarse con aquellos poemas que ha considerado más adecuados, incluyendo también alguno de los que en el momento de la concepción del libro había desechado. Estos poemas, como recalca su autor, no han sido reescritos, sino corregidos, lo que hace que no hayan perdido su esencia primitiva. Así mismo, Dominio incluye una serie de poemas inéditos que nunca llegaron a formar parte de libro alguno y que recoge bajo el título de Istmo. Rafael Fombellida, considera esta revisión, como él mismo dijo en la presentación en Santander, como definitiva, lo que hace de Dominio, casi un testamento poético prematuro y un auténtico libro de libros.

Con la mirada subjetiva que posee cualquier lector, me atrevo a dar cuerpo a las impresiones que me han sobrevenido tras tener este libro en mi cabeza -además de en la mesita de noche- a lo largo de más de dos semanas.

Comenzar esta exposición diciendo que la poesía de Rafael es una poesía introspectiva es decir algo que está en boca y en papel de todos los que han hecho alguna reseña sobre el libro. Así que intentaré dar otra vuelta de tuerca, sin llegar a poseer el alma de nadie-y menos el del autor- como en la novela de Henry James, basándome en mis impresiones y en lo que he podido leer y escuchar al propio Fombellida.

Partiendo del desorden más absoluto, lo que el autor denomina el daimon, esa fuerza que tiende hacia lo oscuro, hacia las tinieblas interiores, el poeta nos lleva, una vez lo descifra, con el misterio inherente a su poesía, hacia el orden, hacia la claridad. No me resisto a comparar su poética con el concepto físico de la entropía, una medida del desorden molecular en la que la temperatura, un incremento de la misma, es responsable de provocar un desorden que aumenta proporcionalmente a medida que aumentan los grados y viceversa. Partiendo de ese gran caos que el autor interioriza, a través de una meditación filosófica directa, que refleja y proyecta en la escritura, el poema llega al lector sin grandes ambages ornamentales y avanzando, como si la temperatura fuera decreciendo, hacia su esclarecimiento. Siguiendo con el símil de la entropía, el poeta consigue bajar la temperatura hasta aproximarse a esos cero grados Kelvin en los que el valor físico de este concepto sería cero y el poema una realidad plausible y palpable. Es decir, a lo largo del desarrollo del mismo consigue proporcionar progresivamente algo de luz al lector. De tal manera que se acerca a lo que hasta la fecha es un imposible, lograr una temperatura tan baja-próxima a esos cero grados Kelvin-. Ahí, en ese punto, y fantaseando con la física, de alguna manera se conseguiría la inmortalidad ya que, si se pudiese alcanzar ese valor, el desorden molecular sería cero y la inmortalidad un hecho teórico. En este caso, en el caso de la poesía de Rafael, hablamos de conseguir poemas definitivos, próximos a ese valor. Poemas que ya nunca se volverán a revisar y que quizás alcancen la inmortalidad, aunque no valga para nada.

Las meditaciones filosóficas que van unidas al discurso poético de Rafael Fombellida van en ese sentido aclaratorio, es decir, hacia iluminar el poema con el brillo de esa interiorización del caos. Aquí me remito a las palabras de Carlos Alcorta, en la magnífica reseña que hizo de Di, realidad. Dice Carlos que no hay en la poesía de Rafael Fombellida “pretensiones filosóficas ni incurren en la grandilocuencia gratuita”. No puedo estar más de acuerdo.

Voy ahora a abordar, de una manera general, los conceptos de fondo y forma-ética y estética- en la poesía de Rafael Fombellida.

El autor parte de algo fundamental para dotar de enjundia a su poética; no hace una poesía improvisada ni casual, el poeta cree en lo que hace y lo desarrolla y lleva hasta las últimas consecuencias. Su obra tiene como origen sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y crudeza, si llega el caso. Aquí me remito a las palabras de José Luis García Martín: “Rafael Fombellida escribe, como todos los poetas verdaderos, desde la experiencia y la cultura”.

En sus poemas van aflorando, a medida que avanzamos por las páginas del libro, la suma de los diferentes yos que fuera, con sus experiencias vitales, con sus lecturas; en suma con todo aquello que condiciona la poesía que hace. Con todo este bagaje consigue llegar al centro mismo de la sensibilidad del lector

El poeta toca una variedad muy amplia de temas a lo largo del libro: amor, enfermedad, muerte, guerra, etc. Pero siempre hay algo que sobrevuela en su poesía -incluso cuando expone temas graves-, la vida brota como un bastión fuerte y necesario que le rescata de cierto pesimismo vital. Así mismo, el autor, como tantos poetas, reconoce la infancia como la fuente primigenia de la que mana su lírica y buena parte de la inspiración poética. Algo muy común en el terreno artístico; ahora recuerdo las palabras del director sueco Ingmar Bergman, tantas veces dichas, antes y después de él, de tantas maneras distintas; cito de memoria: La infancia es la patria verdadera del hombre.

De todas maneras, cualquiera de estos temas que conforman su poesía, y que extrae de su realidad, es llevado con elegancia formal al terreno de lo poético y es en esa transformación introspectiva donde la poesía de Rafael emprende un vuelo más elevado aún. Confiere a su lírica una estética selecta, en la que apenas hace concesiones al artificio.

En muchos de sus poemas hace uso de la forma, encarnada fundamentalmente en la métrica, como manera de contención poética para no dejarse llevar por el discurso, lo que contribuye a mantener esa pulsión rítmica que añade a su poesía una sonoridad que el lector agradece.

En conclusión, podemos decir que en la poesía de Rafael Fombellida se conjuga fondo y forma para afrontar el poema de manera esclarecedora y equilibrada. Además, lo lleva a cabo con un léxico variado y un lenguaje cuidado, cuando no exquisito y siempre elegante. Todo ello contribuye a que su poesía penetre en el ánimo del lector y le conmueva y emocione, incluso cuando el poeta sólo deja entrever aquello que se esconde tras los versos y que con cada persona emprende un vuelo distinto.

Tras hacer esta pequeña crónica, me gustaría comentar alguno de los poemas del libro. Para ello, he elegido de una manera intuitiva, y por lo que me han sugerido en el momento de la lectura, uno o dos de cada parte en las que está dividido.

El primer poema del libro pertenece a Deudas de juego, escrito entre los años 1990 y 1999, y se titula “Disparos en la nieve”. En esta composición, en la que sólo dos heptasílabos quiebran la unidad métrica del endecasílabo, el poeta-así lo veo al menos desde mi individualidad lectora- manifiesta su falta de fe en el ser humano, sometido a los caprichos de un destino que siempre asoma con cierta sombra de fatalismo. Finaliza con unos versos demoledores.

 

Por la ladera espesa, entre la nieve,

caminamos sin fin. Rumiando el ansia

de matar o matarnos. De volver

el arma hacia el horror de nuestras vidas.

 

“El artista en invierno” es otro poema de Deudas de juego, en el que el autor, desde la invocación a las tinieblas, nos remite a los tópicos horacianos, en concreto al “Beatus ille” y al “Aurea mediocritas”. El hombre, el artista en este caso, vive aislado del ruido del mundo y en su retiro se dedica a sus quehaceres con humildad. Allí pasa las horas, enfrascado entre sus libros y como Quevedo hiciera desde su Torre de Juan Abad, se refugia sin sobresaltos “Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos”.
El poema discurre entre heptasílabos y endecasílabos, salpicado con algún verso alejandrino.

 

“Al fondo, entre los libros,

el declive del sol habrá de sorprenderle

tomando algunas notas,

caligrafiando su aire. Vendrán luego

dos o tres horas más

                                sin que suceda nada.”

 

De Istmo, una reunión de textos que nunca formaron parte de ningún libro, he elegido por mi atracción personal hacia la ciudad portuguesa, “Porto”.

Es un poema pertrechado fundamentalmente con alejandrinos en el que el poeta recuerda sus encuentros con la ciudad que se orilla en la desembocadura del Duero.

 

“Refresca al sol el río desde el puente de hierro.

Y el sol se lo agradece con un ligero ardor.

De miradores altos hay rostros que se apartan.”

 

Norte magnético es un libro realizado entre el año 2000 y el año 2002. Como confiesa su autor es un poemario cargado de simbolismo y de él he entresacado “Verano ártico”, un poema en el cual el poeta se desdobla en dos, en esa contradictoria lucha que sostiene en realidad contra sí mismo. Interpreto que ese otro yo se oculta tras la enigmática mujer que le obliga a huir del pensamiento racional que le atrapa. En esa lucha, no sucumbe, sino que sobrevive, aunque con heridas de guerra. En la composición predominan los endecasílabos, con rupturas de algún alejandrino y de algún que otro verso corto.

 

“No hay verano más frío que ese cuerpo

ligero descansando a tu costado,

sumido en depurada revelación oculta.

Tan lejos de este mundo que ya roza

con sus dedos el otro.”

 

Canción oscura es otro libro de carácter simbólico escrito entre los años 2003 y 2006. De este poemario extraigo “Pescando en la noche”, un poema en el que el poeta establece, quizás, un paralelismo entre la paciencia y la constancia de pescador, con la labor de la creación literaria del escritor. Poeta y pescador, siguen y siguen, noche a noche, persiguiendo sus sueños y a pesar de la elemental captura de cada jornada, esa minuciosa labor les compensa del duro trabajo que realizan.

 

“Una vez más, y cuántas noches tanta

concentración se embosca en bruto y rueda

aguas adentro la preciada larva,

el tesoro llegado de fosas submarinas.”

 

Violeta profundo es un libro escrito a lo largo de dos años, 2009 y 2010. De un recuerdo amargo, ocurrido en un pequeño instante, surge el poema “Matinal de domingo”. El poeta se escruta y se mira a sí mismo reflejado en el azogue de los muertos familiares que le precedieron. Y lo hace sin dramatismos, con pinceladas de buen humor.

 

“Yo diseñé la labra de su lápida

y le mandé grabar nombre y dos fechas.

Ya sabes, entre ellas, los días fueron suyos.”

 

También de Violeta profundo es el poema “Aniversario”. En él, se vuelve tierno y menos enigmático. Parece reconciliarse con el mundo mientras se impone un alejamiento de la labor creadora. El poema está salpicado de rasgos de cotidianeidad y de sentido del humor.

 

“Baja el licor de guindas perfumado

del estante más alto del armario,

y si ves que no llegas, llámame.”

 

También de su libro Violeta profundo es el poema “Colección particular”. De nuevo un recuerdo le asalta y le hace escribir este poema endiablado y, a la vez, enternecedor. Partiendo de una evocación de la niñez, que toma como si fuera una excusa, piensa que ese bloc que hojea-con h-, y que no le provoca ningún sentimiento pudiera ser, algún día, el suyo. Le dice tan poco como sus cosas dirán a otros el día de mañana. Reflexiona sobre la futilidad de la vida. Y piensa que algún día no muy lejano no habrá nadie al que le interese su colección particular.

 

“Ese bloc parecía un cementerio.

Avanzar daba náuseas, porque pensaba en mí.”

 

Di, realidad es el último libro de Rafael Fombellida. Contiene poemas escritos entre los años 2011 y 2014.

He elegido este poema, “Nadadores”, y no precisamente al azar. De hecho, el poeta confesaba en la presentación de Santander que si sólo tuviera la posibilidad de salvar un poema de Dominio, éste sería el afortunado.

El poema se inicia con una confesión paterna de agotamiento. Ha nadado junto a su hijo y en un momento dado ha tenido que rendirse ante el empuje del joven. Ese cansancio es la metáfora perfecta del relevo generacional familiar. No es una competición deportiva sin más; el poeta va mucho más allá; está asistiendo al crecimiento personal de su vástago en busca del conocimiento. De alguna manera ve en él esa proyección en alza e intuye que, como padre, comienza a ocupar un espacio que sin tardar mucho le corresponderá a él. Y lo hace siempre con una mirada tierna y complaciente hacia el hijo. Un espléndido poema.

 

“Soy el padre de un hombre, un hombre grave, meditativo, oculto,

que se gobierna con pericia mientras cabe pensar

que su mano, ya enorme, clausurará mis párpados como se sella un

       ataúd de plomo.”               

 

“Di, realidad” es el poema que da título al libro. En él, se enfrenta de nuevo el poeta a sí mismo, en esa tensión contradictoria tan habitual en su poesía. Esta vez lo hace a través de una realidad que se distorsiona mientras el mundo, su mundo personal, con sus niños y su monotonía familiar, continúa su marcha, ajeno a cualquier voluntad pero con el convencimiento de que es mecido por el destino, al que asocia cierta fatalidad. La simple posibilidad de atisbar la tragedia que, frente a esa realidad deformada, siempre sobrevuela vacilante sobre su paz familiar le obsesiona y se dirige a ella. La increpa y la reta.

 

“Realidad, realidad, estamos tú y yo solos. Los niños reventaban

en su cuarto colmado de alegría. Querían gris y escarcha,

montaron en el coche ella y los dos hermanos, patinando

estarán en el lago. Si la capa de hielo adelgazara,

realidad, me darías un suceso.”                

 

Yo creo, tras una lectura reposada, que Dominio es uno de esos poemarios que permanecerán en la memoria del lector. No es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por tanto es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos.

Tras leer a Rafael Fombellida uno se siente reconfortado con la poesía, con la buena poesía, la que nace con intención de trascender, incluso a su autor. Felicitémonos por ello y demos la enhorabuena al poeta.

 

 

 

 

 

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LUIS MIGUEL MALO MACAYA-POETA-

                                              LUIS MIGUEL MALO MACAYA                                                                        -UN POEMA COMO EXCUSA PARA HABLAR DEL POETA-

Con Luis me une una amistad que se remonta más de treinta años en el tiempo. Para hablar de él  me he tomado la libertad de elegir uno de mis-sus-poemas favoritos. Lo escribió Luis Miguel Malo Macaya-LMMM-hace más de treinta y cinco años y para mí es la excusa necesaria para referirme a él y a su poesía.

Una vez que el tamiz del tiempo ha hecho su labor depuradora, y también y sobremanera con la poesía, la lectura de este poema no ha hecho sino confirmarme en lo que pensé la primera vez que Luis me lo recitó con ese decir y esa voz honda que posee: Es un poema que conmueve y emociona, al que además le acompaña una belleza formal extraordinaria. Por tanto, en él se funden y confunden esas dos premisas -ética y estética-, que a veces han pretendido enfrentar, y que en mi opinión deben ir juntas, en un armónico equilibrio. Más cuando un poema nace, como es el caso-aunque no se pretenda-, con la intención de trascender, incluso a su autor.

Parpadea su anuncio

la mañana, y un gris

cada vez más cerrado

viene a dar sobre mí.

 

La ventana es un marco

de dolor: y hasta aquí

confinó su reproche

mi ansiedad de salir.

 

Cae Agosto. Y al último

corazón que sentí

se derrumba una fecha

preguntando por tí.

 La amistad que me une a Luis pudiera hacer pensar que yo tuviera una tendencia natural a ser benévolo en el juicio. No es el caso. Estamos ante un gran poeta, que posee además lo más difícil de conseguir -ya que el resto se puede adquirir con oficio y dedicación-; posee un sentido rítmico innato que dota a los versos de una musicalidad difícil de encontrar en muchos poetas, incluso en algunos de los consagrados, que son rehenes de una poesía un tanto encorsetada y con una sonoridad un poco escueta, por decirlo con suavidad.

Cuando fracasa el ritmo en un poema, falla lo más inherente a la poesía; le falta esa cadencia que transporta al lector al mundo poético. Así que no es un disparate decir que si a la métrica manía la acompaña una musicalidad precisa- como si el espacio lector fuera el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York, y de los versos saliera el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta-hasta el oído más díscolo lo agradece. Y con LMMM proliferan los lectores agradecidos.

LMMM pertenece a esa vieja escuela de los poetas que no dudan en calzarse las mallas y transformarse en juglares del verso. No olvidemos que tuvo como maestro al más grande de todos ellos-en palabras de Buero Vallejo- a Fernández Cueto, conocido por Pío Muriedas, y que le prologó el libro del que he extraído este poema. Escuchar declamar al viejo actor de La Barraca, al que tantos poetas, desde Lorca a Aleixandre, pasando por Blas de Otero o Celaya, le dedicaron versos y poemas encendidos, era un placer y una delicia. Amén de un privilegio. Y Luis era de esa escuela de poetas rapsodas que crecieron al calor de la voz de Pío Muriedas.

Y con Luis me han dado muchos amaneceres disfrutando de sus cualidades como poeta y como declamador vehemente, cuando era necesario, de versos. De esos tiempos, en lo que éramos tan jóvenes, recuerdo con ardor juvenil unos endecasílabos de LMMM que solían ser recurrentes y que solíamos soltar a última hora de la noche, o a primera del amanecer, a cualquier incauta a la que aún no hubiéramos aburrido.

Ya ves de qué manera te lo digo

cuando decir amor ya es decir nada

o cuando no decirlo da lo mismo.

Si puestos a decir te digo amada

puestos a no decir te lo desdigo.

 Pero volvamos al poema en cuestión, al poema que me ha servido de excusa para hablar del poeta LMMM. Es un poema de contrastes que nos remite, sin que plantee otra posibilidad, a una melancolía desolada. Lo hace desde el inicio, cuando contrapone la primera luz del alba con la íntima oscuridad que invade a la voz poética. Y esa tristeza se cuela, como decía Pío Muriedas de los versos de Luis, en nuestra mente de puntillas. Y se instala en ella para quedarse. El poema prosigue con una dolorosamente hermosa metáfora que conduce al poeta a refugiarse en sí mismo, en su mundo interior, alejándose de lo que existe más allá del marco de esa ventana que bien pudiera ser el cordón umbilical que hasta entonces le había unido al mundo. Se cierra con una voz dolida, con un corazón incapaz de volver a sentir, al menos más allá de esa enigmática sombra a quien se dirige.

Dominando en esta bella composición, de principio a fin, el heptasílabo y rimando los versos pares en asonancia, mantiene ese ritmo cadencioso que caracteriza a la poesía de LMMM. En estos tres cuartetos se encierran no solo unos versos capaces de hacer vibrar las fibras que nos conducen a la emoción poética, sino que en ellos se intuye a un poeta que se refugia en la poesía para que le rescate del desencanto al que le ha llevado, quizás, la decepción y el desengaño.

Como complemento a esta crónica, os dejo un par de fotos en las que aparezco con Luis. En fin, una de ellas no es más que uno de los muchos recuerdos que nos dejaron aquellos años de versos inflamados, madrugadas interminables, ceniceros repletos y copas vacías.

Me despido de este poeta, de este querido amigo con la esperanza de que se anime a publicar un nuevo libro.

Querido Luis, hace más de veinte años que te acompañé en la presentación de Nominación a tientas. Aquella tarde-noche de verano del noventa y tres hizo de maestro de ceremonias el entrañable Pepe Hierro. Fue un día inolvidable. Me gustaría vivir-sin tardanza-otro tan intenso.

Salud y abrazos poéticos y personales, querido Luis Miguel, querido amigo.

Juan Francisco Quevedo

Santander, a 11 de febrero de 2016

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AVILÉS 1979-Juan Fco Quevedo

Ahí os dejo estos endecasílabos un tanto nostálgicos.

Web personal: http://juanfranciscoquevedo.jimdo.com/

AVILÉS, 1979

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UN IMBÉCIL EN EL RETRETE-JUAN FCO QUEVEDO

Ahí van estos endecasílabos dedicados a tantos imbéciles que en el mundo son. Además, cada cual tenemos los nuestros. Y son muy aplicados, ya que son seres que, como con la tontura, no hacen sino profundizar en su imbecilidad con el paso del tiempo.

http://juanfranciscoquevedo.jimdo.com/

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DAVID BOWIE-ESTO NO ES UNA NECROLÓGICA

¿Qué se puede decir de un hombre que arrinconó un saxofón para convertirse en un peculiar cantante de rock?

Cuando David abandonó el jazz ya era un muchacho tan presumido que permitió que le atizarán un puñetazo en el mismo centro de su pupila izquierda para que sus ojos no lucieran del mismo color.

Entre tanto, se aficionó al cine y después de pasar una tarde por una sala para visionar la última de Kubrick se sintió íntimamente conmovido y compuso Space Oddity; casi nada. Afloró de todo en esa composición, descubrimos al cantante folk que llevaba dentro pero también surgió la psicodelia sinfónica que aportaba Rick Wakeman, el alucinado teclista de Yes. Con la canción bajo el brazo se marchó a Nueva York. Fue su carta de presentación para lucirse en el centro mismo del  establishment del rock progresivo. No tardó en besarse con Lou Reed-yo hubiera preferido que lo hiciese con Nico, la bella valquiria de la Velvet, pero sobre gustos, lo dicho-y circular como el estrellón que empezaba a ser por todos los circuitos underground.

Y no finalizaban sus aficiones en las salas de cine. No le faltaba vena teatral a aquel joven que, pese a utilizar la voz para comunicarse, se apuntó a las clases de dos muditos geniales, de Lindsay Kemp y de Marcel Marceau. Tiene miga la cosa. El caso es que el muy mimo, que no memo, no sólo usó sus enseñanzas para llevarlas a las tablas de los teatros sino que se exhibió con talento y descaro ante el mito del pop-art, Andy Warhol, y fue capaz de entregarle en una memorable y silenciosa actuación mímica en la Factory tanto sus tripas como su corazón. Claro está que, como decía Aristóteles, “No existe gran ingenio sin algo de demencia”.

Conviene recordar que en un ya lejano año de 1.962 un albino vicioso y de gustos efébicos, según cuentan los maliciosos, popularizó en una lata de sopa el sueño del arte de Marcel Duchamp: “Trivializar lo cotidiano”. Y, en el fondo, lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo. Tal vez, si Rimbaud siguiera entre nosotros se reafirmaría en aquella nota que dejó sobre el manuscrito de “Una temporada en el infierno”:

“Ahora puedo decir que el arte es una tontería.”

Con Warhol, es innegable, se instala cierta vulgaridad en el panorama artístico y, tal vez por esa causa, aunque no lo creo, Nueva York se convierte, desplazando definitivamente a París, en la capital artística del mundo. Algo que ya se estaba produciendo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

El caso es que Warhol siempre estuvo unido al mundo del rock, en especial al mundo de los rock-stars. Con David Bowie ideó una multivariedad estética que convirtió al rubio y afilado cantante en un auténtico camaleón. Lo mismo se convertía en una estrella del Glamp-rock que del Space-rock. Colegueó, hasta la desaparición del dinosaurio, con Mar Bolan y en este país, en el que la vida transcurría en blanco y negro, se intentó confundir aquella conversión del futuro duque blanco al plástico y a la estética mareante, todo hay que decirlo, con la de un adscrito al Gay-rock. Al fin y al cabo cambiar Glamp por Gay era muy fácil.

Antes de enamorar a Imán, esa diosa que apunta permanentemente con la nariz al cielo, se casó con Angie, la de la canción de los Stones. Menudo himno. Cómo no recordar a Jagger  con sombrero playero cantando a la mujer de Bowie. Algo hay que decir de Mick, un cantante con un gran talento para el blues, en especial para el blues lento y apasionado donde, con su voz única, aunque no extraordinaria, retuerce con sus inflexiones la melodía, llegando a un semifraseo pronunciado, enérgico y envolvente. Si a ello le añadimos que estamos ante el mejor “performer” del rock, lo demás sobra, si bien es de justicia señalar que nunca cantará tan bien como el cantante blanco de voz bluesera más negra, Eric Burdon –“Bring it on home to me”-.

Voy a acabar con un recuerdo personal, que es más bien una digresión. Allá por el setenta y tres, un pipiolo de nombre Miguel Ríos, grabó en directo sus Conciertos de rock y amor. ¿Cómo no recordar sus alegatos? Decía algo así como, “gritar, gritar, que se os oiga hasta en la Puerta del Sol”. Aparentemente, ingenuo pero, claro, en aquellos años la sede del Ministerio de la Gobernación estaba allí. Y en sus bajos se interrogaba a conciencia. En fin, yo apenas tenía catorce años por entonces y no escuché la cinta hasta dos años después pero desde entonces he visto muchas veces al granadino y jamás me ha defraudado. Pero la vez que más me impresionó fue, allá por el setenta y ocho, cuando abrió la gira con una magnífica y espectacular versión de Bowie, de su Space Oddity.

Y ¿qué más decir? Os dejo un pequeño dibujo de un cantante enmudecido que he hecho, como este escrito, con la rapidez del día.

david

 

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DESDE LA TORRE DE JUAN ABAD-Juan Francisco Quevedo

No escribo desde la Torre de Juan Abad-¡qué más quisiera!-pero sí, por ser mi cumpleaños, me tomo la licencia de hacer un guiño endecasílabo al soneto de mi ilustre homónimo.

http://juanfranciscoquevedo.jimdo.com/

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MALDITOS TIEMPOS DE MISERIA-AL POETA JULIO ROMERO

julio romero malditos tiempos  de miseria

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COPLAS DEL NAUFRAGIO-AL POETA VÍCTOR PÉREZ

victor perez-COPLAS DEL NAUFRAGI

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Punto de partida-Carlos Alcorta

Punto de partida-Carlos Alcorta

“Punto de partida” es un excelente poema del último libro-Ahora es la noche- del poeta cántabro Carlos Alcorta, merecedor de estar, a mi modo de ver, en cualquier antología. Tiene unos versos bellísimos que, además de esa pulcritud formal, poseen la virtud de ser capaces de estimular las fibras sensitivas adecuadas para que nos conduzcan, a través de los intrincados laberintos neuronales de la mente, directamente a la emoción. Con este poema me ha ocurrido algo que tiene mucho que ver con las conmociones verdaderas, algo que sólo pasa con la buena poesía. Desde que leyera el libro, acudo a este poema concreto regularmente ya que sus versos, el cómo, y su esencia, el qué, han calado en mi cerebro de una manera profunda. Sus palabras acuden inconscientemente a mis labios, igual que la letra de esa canción que no puedes dejar de canturrear entre dientes a lo largo de los años.

Para mí, ese gerundio de inicio, tan envolvente, “Contradiciendo a mis instintos, a la naturaleza”, nos introduce con el ánimo predispuesto en las entrañas del poema.

Con los primeros versos vemos como el poeta es consciente de su pasado, un tiempo inútil, que ha padecido incluso con sufrimiento,-el que se adquiere viviendo- un período que desdeña y del que reniega. Sin embargo, lejos de amedrentarle ha llegado a un punto en su vida en que se siente fuerte y rebelde, con ánimos de lucha. Quiere cambiar y para ello se va a valer del bagaje que posee-la experiencia de saber lo que no quiere-; así que toma la decisión de darse otra oportunidad creando un nuevo punto de partida a su existencia, con lo que ello supone de renovación, cuando no de nacimiento. Desde ese instante, el poeta se desprende de todos sus miedos, de sus prejuicios y se adentra en lo salvaje, en esa búsqueda vital por descubrirse como un hombre nuevo porque “sabe que no hay tiempo muerto en la memoria”.

Este nuevo ser está convencido de la determinación que ha tomado y del camino de renovación interior que ha emprendido y lo lleva incluso a su propio quehacer literario. El poeta, al final del poema, indaga sobre esa nueva escritura donde “se hermanan en un extraño cóctel/imaginación y experiencia”.

De alguna manera este hermoso poema de Carlos Alcorta me hace pensar en aquella película de Bill Murray, Atrapado en el tiempo, en la que el protagonista revive sucesivamente el mismo día. Este hombre, cada mañana tenía, por tanto, la oportunidad de aprender de la experiencia del día pasado-siempre el mismo-, para poder renovarse. Y lo que al principio le parece una condena insufrible, acaba sabiendo utilizarlo para dar lugar con los días a un hombre nuevo, lo que le permitirá iniciar una nueva vida. El poema de Carlos, de igual forma, me invita, nos invita, sobre todo a los que empezamos a tener cierta edad, a afrontar cada nuevo día como un reto en el que intentamos renovarnos y ponernos en el punto de partida. Y en eso estamos.

Un abrazo, Carlos, con mi reconocimiento.

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DESCOSIDOS A JIRONES-Juan Fco Quevedo

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UN FULGOR MARAVILLOSO-Juan Francisco Quevedo

fulgor

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CORTO ANIVERSARIO “ANA EN EL MES DE JULIO”-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

ANA EN EL MES DE JULIO-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

Con motivo del primer aniversario de la publicación de mi novela Ana en el mes de julio hemos rodado este corto de tres minutos para festejarlo y daros las gracias por vuestro apoyo, estímulo y cariño, así como por vuestra inestimable colaboración para que esta emotiva historia encontrara tantos lectores. Para mí, los mejores. Sin duda.

                                Un fuerte abrazo con mi agradecimiento más sincero.

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A LUIS MIGUEL RABANAL

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A LUIS MIGUEL RABANAL

Esta semana de vacaciones me ha acompañado la lectura de “Este cuento se ha acabado”, la poesía reunida de mi admirado Luis Miguel Rabanal. Las palabras de uno de sus poemas, en el que el autor contempla la muerte como un acto cotidiano, casi mecánico para el mundo, me ha inspirado esto que pretende ser un poema. Va por usted.

A Luis Miguel Rabanal

En cada incierta pulsión instintiva

-como al tensar unas medias de nylon-

hay una antigua tristeza escondida

morando en los fríos y hueros espacios,

entre las óseas fosforescencias,

que amortaja las entrañas del ánimo.

Como si con cada paso supiéramos

que descontamos parte del camino,

aquel que nos lleva al fútil pasado,

no nos extrañamos al ver desierta

la silla que hasta ayer ocupáramos:

Mañana, ¿quién se sentará en ella?

Pende del emponzoñado alambre

que hay en el gélido tendal del olvido

el recuerdo de los cuerpos inanes.

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PRESENTE CONTINUO-JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

despacho

Presente continuo, JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN

(2015)

CRÓNICA DE UNA LECTURA

Cuando se recibe un paquete postal en el que se presume viene el libro que uno está esperando, se vuelve a sentir de nuevo esa ilusión infantil que hace esbozar una sonrisa nerviosa, casi olvidada de no ser por estas pequeñas alegrías cotidianas con que la vida nos sorprende de cuando en cuando. El caso es que en cuanto lo tuve entre mis manos rasgué el sobre con sumo cuidado, como cuando tus hijos, aún pequeños, se cuelan en tu cama y te volteas para no lastimarlos. Después de sentir el tacto del papel, miré la portada con calma y en ella pude leer lo que ya sabía, Presente continuo, el nuevo libro que José Luis García Martín presenta con la editorial Impronta. Un título que alterna el rojo y negro, como el anagrama invertido que les acompaña, sobre un fondo blanco. Después continué explorando la contraportada, en el ritual feliz que es descubrir un nuevo libro. Tras leerla con detenimiento me dispuse a adentrarme en ese ornamento, inútil en apariencia pero imprescindible para mí, que es la poesía: “un regalo que no se acaba nunca”.

Al descorrer la portada con intención de leer la solapa, descubrí una sorpresa que hizo que me precipitara sobre el texto manuscrito. La dedicatoria del autor siempre es un hallazgo feliz y nuevo para el lector, y en este caso aún llevaba el olor de la tinta negra desparramado por la página. En la dedicatoria se puede leer el poema Juego y escondido entre sus versos está su autor, José Luis García Martín, parapetado tras una letra rápida, descuidada y tendida, aunque clara a pesar de arrastrar en una línea las emes y las enes. Pero al final, y a pesar de lo expresado en los versos, el poeta siempre se descubre y no sólo por su firma.

Tras unos instantes paladeando y descifrando la dedicatoria, termino por leer en la solapa mucho de lo que ya sabía de este avilesino de corazón, como yo; así que con estos antecedentes -casi diviso a José Luis de paisano a paisano- no me ha costado nada imaginarle ascendiendo por los arcos de Galiana con los libros en la mano, anudados con una cinta, camino del Instituto. Claro, con unos cuantos años menos pero con una sonrisa mucho más franca que la impostada que nos acaba poniendo la vida. Y el poeta nos lo dice, me lo dice, en un soneto inmaculado, en este terceto.

Por la empedrada calle de Galiana

camina en la mañana hacia el mañana

el niño que yo fui, que sigo siendo.

Estoy seguro de que aún hay algo en tu interior de aquel adolescente, no sé si ya con gafas, que fuiste; no en vano somos la suma de todos nuestros anteriores fuimos. Creo intuir que cuando las calles de la villa aún están desiertas y te encuentras de frente con el modernismo, insultantemente hermoso, del palacio que alberga el Conservatorio de Música aún descubres, bajo el principiar de los arcos, aquel muchacho que es muy probable que se quitara las legañas de la mañana frente al desayuno que reposaba en un plato de Duralex; no en vano compartimos casi generación y por tanto recuerdos de aquellos años sesenta.

Después, no tardé en adentrarme en el corazón del poemario. Tras una primera y rápida lectura, para mí inevitable, y a veces un tanto traidora, a causa de la ansiedad que me trae consigo el libro por descubrir, vinieron unos cuantos días y unas cuantas noches con Presente continuo en la mesita de noche y en el zurrón de día. Y ni que decir tiene que hice una lectura pausada y reposada del poemario en la que sí, parafraseando al autor, revolví todo sin prisa y encontré mucho que me sentó muy bien.

Al avanzar por las páginas del libro, enseguida nos reencontramos con el sonetista clásico, un poeta que alinea los cuartetos y los tercetos como un ejército bien adiestrado, sin que nadie marque el paso a destiempo. No sé, José Luis, permíteme esta cercanía, te imagino recitando estos versos como si fueras un crooner de la poesía, con una orquesta tras de ti que ejecuta la música que le dictas mientras que tú, en solitario, con el foco sobre tu cara, vas desgranando las palabras como un viejo decidor de versos; incluso te barrunto un poco aventado-claro que como casi todos los poetas- y te presiento encaramado sobre un estrado improvisado, lo mismo en Hyde Park que en El Parche, mientras disertas, entre soneto y soneto, sobre lo que te viene en gana ante un público fortuito, o incluso ante el vacío más absoluto, remedando a los antiguos griegos que tenían la facultad de poder gritar a los cuatro vientos sus pensamientos, incluso los que arremetían contra el poder.

Y no sólo eso, imagino tu poesía, incluso la más desoladora, que corre entre versos pentasílabos y heptasílabos-Ya te has marchado/y el mundo sigue siendo/igual de hermoso-, con el optimismo de las fotos que veo en tu muro virtual, siempre con la luz como protagonista y con esos azules que da y regala el cielo y la mar.

Permíteme contradecirte; no puedo creer que te odies tanto, a pesar de ser el que más te quiere. Quizás sólo a veces, como todos. Me gusta ese discurrir de la vida en el soneto que nos lleva, en el último terceto, a la tumba, donde tienes el detalle hasta de poner un epitafio: “Y no queda ninguno”.

A lomos del rey de los versos, emparejados dos a dos, estos endecasílabos nos llevan a un paseo muy peculiar por Nueva York, donde el autor se instala en esa ironía fina, en la que se desenvuelve con tanta comodidad.

Me asomo a la noche iluminada

y veo mil ventanas, todas ellas vacías.

Y sin que nadie sea capaz de arredrarte, ni siquiera los años, me llevas a París a ritmo de endecasílabos, y con éstos de testigos nos recuerdas a Góngora, frente a la fuente de Medicis, a la espera de que Polifemo nos arroje a la muerte, celoso de nuestra veneración por Galatea, o sino nos inundas de melancolía cotidiana.

Viendo pasar los trenes se entretiene

la solitaria tarde de domingo.

Me cabe la duda de si morir y vivir no son tan diferentes, o como dijera Ronsard “… el Amor y la Muerte son al cabo lo mismo”; tal vez todo se aúne en esa contraposición entre celebrar la vida, a través del amor, que te conduce a la muerte.

En esa duda existencial, el poeta nos lleva hasta un poema que yo creo no debería faltar en ninguna antología que se precie de ecuánime. Qué importa es un canto optimista a la vida, a celebrarla a pesar de la certeza del tiempo consumido, donde heptasílabos y endecasílabos se alían para ofrecer al lector un poema bellísimo y hondo, en el que ética y estética se funden y confunden con maestría.

En esta crónica de lectura nos vamos con el poeta hasta Roma, donde entre tercetos nos muestra la ciudad donde Velázquez, desde Villa Medici, descubrió-seguro que barruntando el futuro- lo que sería un par de siglos después el impresionismo. Desde la placidez futurista de esos paisajes, el poeta se sube de nuevo a esa columna en la que se siente tan confortable que es la de la ironía, tal vez un poco más hiriente, al menos a la hora de referirse a las pompas vaticanas.

Toda tu pompa, pompas de jabón,

señor de almas, atizador de hogueras

donde Giordano arde todavía.

Y, tras Roma, a golpe de soneto de orquesta clásica, donde se puede olfatear el talento de Lope y de Quevedo, el poeta nos invita a descubrir Venecia, esta vez adornando el cielo del lugar con una serie de cuartetos, cómo no, endecasílabos, que nos conducen al amor de una ciudad hacia sí misma al verse, como Narciso, reflejada en la salinidad del agua que la humedece.

José Luis García Martín nos dice algo así como que “cuando la obra habla/el autor calla”. En poesía, en su poesía, es bien difícil separar al poeta de sus versos; el lector tiene la perenne sensación de intuir tras cada palabra, tras cada estrofa, al poeta, callado, sí, pero destilando por la alquitara del poema parte de su esencia más íntima.

En un libro tan lleno de hermosas palabras, de poemas que aprehendemos para quedárnoslos para siempre, es difícil destacar unos versos pero como lector caprichoso, como polígamo infiel de las palabras de José Luis García Martín, si tuviera la osadía de engañarlas, lo haría con las que hay escritas en Mi patria. Con ellas, y con él, me fugaría a ese lugar sin nombre, que no innombrable, donde la estulticia humana sea una especie extinta.

Un pedrusco ignorado de todos,

al que no salpique

la estupidez de los hombres,

esa quisiera que fuera mi patria.

Por supuesto que me escaparía, y lo haría desde la página que acompaña al poema, desde esa adolescencia avilesina en la que todo estaba por descubrir, donde todo era aún “asombro y maravilla”

Desde un haiku, dentro de esa variedad de estrofas que nos regala el poeta, se pregunta por las risas y a mí como lector me desconcierta con su contestación: “Son las de siempre”.

Se suceden los poemas haciéndonos partícipes de la emoción con la que nos da cuenta de la consciencia de la mortalidad, en esa “procesión de difuntos”, en esa sucesión de funerales, a la espera del nuestro, que empieza a ser la vida a ciertas edades. Y, entretanto, entre sepelio y sepelio, nada como el calor que te ofrece la amistad.

Otra vez como entonces estáis aquí conmigo

esta noche encendida, detenida, callada,

cuando se dice todo sin que digamos nada.

Y así, En breve, nos lleva por los juegos de palabras, de dos en dos versos, hasta esa mesa de estudio adolescente que da a un mar, quizás a la ría, y que se esmera con su belleza inconsciente, como aquellos años primerizos, en apartarnos la vista del libro impacientado.

Después, José Luis García Martín en Cerrar los ojos se transforma, o al menos eso me parece, en un porteño de pura cepa, aunque sea francesa como la de Gardel, y se arranca con un tango, con lo que pudiera ser la letra de un tango poderoso, cargado de una nostalgia apesadumbrada.

Cerrar los ojos y dejar que el mundo

poco a poco se borre en la memoria.

En la última parte del poemario, el autor cede su voz poética, tras fantasear una historia deliciosa, a una mujer, y no precisamente cualquiera, sino a una mujer que ya no respondía a nadie por Norma Jean, y que ha trascendido a su propio yo, a su propia historia personal, para convertirse en una leyenda intergeneracional, por obra y gracia de la fatalidad. Desde que yaciera  desnuda sobre el frío sudario de mármol de una morgue, con la  única compañía de la impregnación pegada a la piel de una gota de Channel número 5, Norma se evaporó, como el perfume, para ser siempre esta poeta, trasunta voz del autor. Escaldada en sus carnes, se extraña de la raza de la que forma parte, y lo hace como si estuviera viviendo un tiempo con el que no se siente identificada, como si no le correspondiese, “y no me reconozco/ como formando parte de ellos”. Y hasta tal extremo reniega, que llega a asociar el tiempo de la felicidad con la muerte, “… hoy soy feliz,/hoy quisiera estar muerta”.

Tras lamentarse con amargura por esa imagen de tía buena-rubia y tonta- que la persigue y que la lleva a consumirse y a la autodestrucción, se siente obligada a expresarlo con crudeza desoladora.

Por dentro tengo tanta hambre

que me devoro a mí misma

y no me sacio nunca.

Después, su Único deseo es pedir Socorro a la muerte, quizás para verse liberada de su estupidez “absolutamente sincera”.

Al terminar la lectura de Presente continuo, el poemario de José Luis García Martín, uno sabe con total certeza que éste no es un libro de los que están condenados al olvido, tras ser hojeados-ojeados-leídos. Sin duda, el poso que dejan sus versos, harán que éstos acudan, recurrentes, a nuestra mente. Su belleza es sólo un estímulo para descubrir la profundidad de una poesía que dejará una huella indeleble en el lector, incluso en el más ocasional, despistado o circunstancial. Como los buenos vinos, los versos de José Luis García Martín impregnan nuestro paladar tras ser ingeridos y su recuerdo acude con insistencia a nuestra memoria.

La lectura de Presente continuo se hace imprescindible e inaplazable, siendo la ocasión ineludible para saludar a la buena poesía, a esa poesía certera, capaz de desprender ritmo y vida en cada uno de sus versos. Es una poesía verdadera, donde la palabra no es un galimatías indescifrable ya que enseguida llega al lector con su claridad expositiva y con su pulsión relampagueante. Es una poesía que de inmediato la hacemos nuestra en ese Presente continuo por el que avanzamos, por el sendero poético de José Luis García Martín.

Santander, a 23 de agosto de 2015

Juan Francisco Quevedo

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dedicatoria

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Delirios de orilla, ROSA MARÍA RAMOS CHINEA (2015)

Delirios

Delirios de orilla, ROSA MARÍA RAMOS CHINEA (2015)

Cuando hace apenas un año, una venezolana con alma y acento canario contactó conmigo para participar en su programa de radio Poetas en serie nunca pensé que, aún sin llegar a conocernos físicamente, pudiéramos establecer una relación de amistad como la que hoy sostenemos. Ésta se ha ido cimentando por medio de ese hilo invisible conque la poesía  une a los que la amamos, así como a través de nuestros respectivos blogs y de los medios de los que disponemos hoy en día para comunicarnos, incluido ese desfile de vanidades -en el que me bautizaste, querida Rosa- que es Facebook, donde uno no se quita la sensación perenne de que a nadie le interesa lo de nadie pero en el que todos quieren que se interesen por lo suyo. En cualquier caso y a pesar de las dudas que me genera me ha servido para conocer a gente muy interesante, muchos de ellos de esas islas que tanto quieres y de las que comienzo, recién, a enamorarme, y poder disfrutar con el trabajo que realizan. En este tiempo hemos intercambiado palabras, poemas y desde hace unos meses nuestros libros, esas criaturas que a veces hasta se nos rebelan, han viajado de unas manos a otras, de las tuyas a las mías y viceversa, y aunque han cambiado de cielo, no lo han hecho de alma.

Hacer un pequeño estudio sobre el libro de un amigo es un poco complicado, pues es muy probable que, como les ocurría a Pereda y a Galdós, el más santanderino de los canarios, uno se deje llevar por la empatía que siente hacia el autor. No es el caso.

Delirios de orilla, el poemario de Rosa María Ramos Chinea, compuesto en realidad por dos libros distintos, es un remanso de lectura donde la poesía se extiende y se engrandece, como su autora. Estamos ante un libro que con su propia estética, más allá de los metros clásicos, se adentra en la contemporaneidad poética. Esa dicotomía, ese desdoblamiento que hay entre el escritor y su obra, como preconizaban Proust o Valéry, no se da en Delirios de orilla; estamos ante un poemario en el que la autora se deja una gran parte de su yo más personal e íntimo entre las páginas del libro, entre unos versos que a veces parecen verter una parte de su propia sangre, equivalente a su propia experiencia vital, por lo que resultaría muy difícil separar la obra literaria del autor que la realiza.

En ese difícil equilibrio sonoro entre ética y estética, la poesía de Rosa María Ramos Chinea es capaz de conmover, de pulsar en el lector esas fibras sensibles que son capaces de estimular las emociones. Y al activarlas, consigue convertirle en su cómplice. Enreda y seduce entre sus versos al hipócrita lector-hypocrite lecteur-mon semblable, mon frère-que ya dijera Baudelaire en Las flores del mal y que parafraseara Jaime Gil de Biedma. Estamos ante el destello que provoca la poesía, su poesía, en el interior del involuntario interlocutor y ese fulgor preciso, inherente a la palabra poética, que actúa con inmediatez, sin necesidad de ningún ejercicio intelectual, como escribiese José Ángel Valente, hace que nos convierta en sus aliados permanentes durante este viaje literario.

Rosa María Ramos Chinea huye de esa poesía autocomplaciente, hermética hasta la incomprensión, y se adentra en el lector con una poesía directa, que apela a los sentimientos más básicos del ser humano, como la ternura y el desamor, y lo hace sin renunciar a esa estética imprescindible que convierte a la palabra en poesía y no en prosa, más o menos poética. Como pequeño ejemplo veamos unos versos que tras la lectura del libro me acuden, recurrentes, y que mi querida Rosa, con el hermoso y duro cincel de su poética ha grabado en esta losa pesada que comienza a ser mi desmemoria.

Intentamos a toda costa

encender tus entrañas

con linternas de fuego

 

Así convertimos tu soberbia

en cúmulo de escombros

El poemario es evidente que tiene versos contundentes, versos que hacen de su autora una poeta, sí, poeta, y lo subrayo si es preciso para alejarla de toda cursilería de poetisa. Hasta ahora conocía su poesía a través de su blog, donde nos encontramos de cuando en cuando, pero con Delirios de orilla da un paso de gigante; Rosa María Ramos Chinea se gana un lugar entre los poetas de nuestro tiempo, entre aquellos que son capaces de llegar al centro mismo de la sensibilidad del lector.

Te lo confieso

nada esperé a raíz

de tu partida

Penetra en nuestro ánimo con una pulsión rítmica encomiable, con la autenticidad de su propia experiencia, destilando desde la alquitara poética verdad en cada verso, y aportando la dosis de misterio, consustancial a la poesía, necesaria e imprescindible. Otra de las grandes virtudes del poemario es tener la suficiente lucidez como para no dejarse arrastrar por la autosatisfacción del hermetismo de tanto visionario suelto, de tanto asceta del lenguaje que pretende hacer de la poesía un paraje indescifrable. Rosa, con su obra, nos inunda de vida, nos introduce de lleno en ella con su verdad, tal y como hicieran los clásicos y los contemporáneos que perdurarán entre tanto canto de grillo. Estamos ante una poeta en la que sus versos huyen de la metafísica de los fuegos de artificio, tan llamativos pero tan vacuos, parten de sentimientos profundos que logra transmitir con acierto y crudeza, si llega el caso. Desde luego, poseen la enjundia necesaria para colmar las expectativas de cualquier lector.

Delirios de orilla, y ahora me adentro en el poemario, está estructurado con una concepción muy precisa y pensada; se percibe que no está distribuido al azar. Una gran parte de su peso recae en las sensaciones que provoca en la voz poética de su autora todo el proceso que acompaña a la marcha del ser amado, en concreto a su pérdida.

Comienza el libro en La entrega hacia el ser amado, donde la voz poética de Rosa María Ramos Chinea nos seduce con todo lo inherente al enamoramiento y lo hace expresando un cierto misticismo en esa conexión cuerpo-alma, a través de la sexualidad.

Seme intenso así

Dame impacto de cuerpo

Y velo a velo desenvuelve

el ímpetu de tu río

De inmediato, y unido a esa etapa de conocimiento amoroso, aparece cierto reproche premonitorio.

Casi siempre sucede que amanece

y las sábanas descorren el velo

de tu incurable costumbre de ausencia

Estos dos sentimientos poéticos, conocimiento a través de la sexualidad y sensación de pérdida, se aúnan en algún poema.

Tengo el vértigo de mis bordes

tocados por tus labios

inevitablemente

 

Esto tengo hasta que lo tenga

y mientras tanto:

 

Deja que transite tu espalda

a partir de la curva de mi lengua

Continúa el poemario con Cuando la partida se presiente, desmenuzando la lógica estructura que la voz poética nos insinuaba. Aunque aquí la partida ya no se intuye. Es algo real pero que en ocasiones se expresa de manera sutil, con versos excelentes.

Das cielo de tormenta

a la desnudez

propuesta por mi cuerpo

en esta casa de largas paredes

y niño

La voz poética evoluciona y cambia en El abandono donde se posiciona ante la pérdida y lo hace desde el reconocimiento de uno mismo, para afrontarla desde el interior, y utilizar esa fuerza con afán de superación. En esta parte se observa una evolución de la metáfora, desde elementos fuertes y radicales, como rocas, dagas, precipicios… y que cristalizan en La despedida en vocablos como río, camino, pan… Es el golpe inicial del abandono hacia el fluir de la despedida.

Salto este precipicio

empujada de espanto

sin tocar fondo y sin hundirse

mi cuerpo por completo

Y prosigue la autora con esos vuelcos metafóricos graves que hablan de disparo, espada, diluvio, desastre, estallido, hacha…

Esta parte va evolucionando hacia poemas más intimistas, donde la voz poética ya no busca el referente en el amor, ni en los grandes temas, sino en la cotidianeidad que ellos expresan.

Sombra que partes en dos

Nuestra cama inservible

Deja que apague la luz

Para ocultar su ausencia

El cierre de El abandono se marca con la figura del muro. Se percibe como lo que es, como algo infranqueable. En este excelente poema también se aborda el tema del quehacer literario, se indaga sobre como un poema es capaz de crearse a sí mismo.

Desde los muros

de nuestras soledades

aún escucho a este poema

decirse solo

Ya en La despedida todo se vuelve calma y se percibe la fragilidad en cada poema. Ya no hay metáforas duras, llenas de agresividad, y aparecerán vocablos como río, camino o pan, como referencia de travesía. Comienza con este tránsito como tema y todo lo que le cuesta a la voz poética este recorrido vital.

Busco un camino por donde alejarme

llevo conmigo el olor de tu ropa

el doblez de tu cuerpo

y pan

Aparecen versos serenos, plenos de una resignación casi religiosa.

No hay flores en la mesa

solamente este lecho

a la luz de los cirios

y el roce que tanto envenena

La cotidianeidad aparece más cotidiana, con una sensación de extrañamiento.

Inmóvil

sobre el sepia sofá del salón

ya no se cómo lucen las flores

Ya casi al final de esta despedida la voz poética asume esta pérdida de manera irremisible.

No encuentro acomodo posible

para el deseo extinto

sobre el álgido pavimento

Regado de cristales y músculo

Se consuma esta parte como un momento de crecimiento, de verticalidad, de florecimiento, pero siempre asida a la tierra, donde la voz poética se encuentra segura.

Crezco tallo extendido

mujer de cuevas

furiosamente asida al suelo

Delirios de apertura, el segundo libro del poemario, está estructurado en tácticas diferentes, Abordajes, Tentativas…, con un objetivo común, abrir la puerta.

La voz poética aparece sorprendida por el hecho de ver que puede avanzar; sabe que puede pero aún no está preparada para llevarlo a cabo.

Nuestros ojos se nublan

al explorar tu abertura

 

Orificio severo

La sensación general de los primeros poemas es de impotencia o frustración, dentro de un poemario en el que la verdadera protagonista es la puerta. La lucha contra la puerta, contra una puerta que nos recuerda el muro con el que se cerraba El abandono. Ese muro era imposible de traspasarlo pero sin embargo la puerta lleva en sí misma un componente de desafío. Por un lado bloquea al ser, pero a la vez le hace avanzar porque se preocupa de abrirla. De ahí la lucha por crecer, avanzar y superar las barreras. Esa puerta, ese horizonte inalcanzable, la mantiene viva, con opciones y la hace creer, mejorar y superarse.

Así pulverizamos la impotencia

 

Insólito recurso

Delirios de orilla es uno de esos poemarios que permanecen en la memoria del lector. No es, desde luego, uno de esos libros, como decía Montaigne, que se olvidan después de ser leídos y que por tanto es como si nunca hubieran pasado por nuestras manos.

Si había descubierto a la persona, hoy puedo decir sin el menor atisbo de duda que estamos ante una gran poeta, y ante un gran libro de poesía, el que os presento bajo el brazo afectuoso y afable de la amistad y bajo el laurel embriagador y hermoso de la poesía certera e inaplazable.

Os dejo con estos versos memorables, que tanto me gustaría escuchar en la maravillosa voz de su autora, de la que espero ganar algún día ese mágico acento isleño que nunca deberían perder los que tienen la suerte de poder lucirlo.

Gracias, Rosa María Ramos Chinea, poeta.

Desde los muros

de nuestras soledades

aún escucho a este poema

decirse solo

Juan Francisco Quevedo

Santander, a 5 de agosto de 2015

Podéis ver mi página personal en este enlace:

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Página personal http://juanfranciscoquevedo.jimdo.com/

Os quiero presentar mi página personal, donde podréis conocer lo que llevo escribiendo desde hace años, en ella veréis poesía, prosa, unas memorias personales etc. Espero os pueda resultar de interés. ¡Muchas gracias! Un abrazo

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Ahora es la noche, CARLOS ALCORTA (2015)

 Impresiones que mi hija Claudia ha plasmado a raíz de la lectura y conversaciones que hemos tenido sobre el último libro del poeta Carlos Alcorta.

A todos aquellos que disfrutéis con el pálpito poético os lo recomendamos fervientemente.

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Ahora es la noche, Carlos Alcorta (2015)

El poemario se presenta como un juego de luces y sombras en el que la noche aparece como el momento de clarividencia, la oscuridad convierte al hombre en un ser más introspectivo,/ en alguien indefenso ante las dimensiones/ inaprensibles de los mares, /del desierto o de las constelaciones.  Dividido en cuatro partes, recoge el viaje introspectivo del yo poético que va desde la determinación de salir adelante, hasta la esperanza del mañana. Esperanza truncada por la conciencia de lo efímero de la felicidad, como podemos observar en su último poema “Magia”. Encontramos, por tanto, una vuelta al inicio del poemario. En la primera parte, “Un esclavo salvaje”, el yo poético, despojado del miedo de lo vivido y lo sufrido, de la esclavitud de la imagen propia y ajena que se tiene de uno mismo, da rienda suelta a su otro (al yo del espejo del poema “Didáctica”, un claro guiño a “Contra Jaime Gil de Biedma”, de Jaime Gil de Biedma), el que es consciente de la falsa felicidad en la que se había sustentado y determina despojarse de las cadenas y adentrarse en lo salvaje (no ansía mansedumbre/ ni prisión el deseo) y proclamarse dueño ya de su propia historia. En la segunda parte “La manzana de Adán”, como se puede desprender de su título, se analizan las debilidades humanas ante las que sucumbe el hombre mordí cínicamente la manzana/ del pecado y el Edén se disipó. Todo esto se muestra como una extensión de algo que ya se anunciaba en la parte anterior, esto es, que la falsa sensación de felicidad que veíamos podía corromperse […] por una equivocada/ sensación de que mi felicidad/ de entonces garantizaría/ inmunidad perenne/ frente a la corrupción del deseo/ y la frivolidad de la memoria. No debemos olvidar que el yo poético lucha contra sí mismo en constante análisis, propiciado por la noche, y que en la primera parte del poemario su determinación era ser dueño de su propia historia y adentrarse en lo desconocido, por ello, no es extraño que la tercera parte se denomine “Tomas de exterior”. Por primera vez la voz poética mira al mundo, aunque siempre analítico, siempre hacia adentro, los espacios exteriores son una alegoría de lo que da miedo, de la realidad que el yo poético teme, pues su seguridad reside en el interior, en el silencio (el silencio es tu patria), esto es, en la escritura. Existe, entonces, un rechazo de la realidad, siempre más peligrosa que la poesía, en donde, el poeta es un pequeño dios creador. En el primer poema de esta parte “Tratado de navegación” se hace patente el desdoblamiento del yo. Tenemos a un yo poético dirigiéndose a sí mismo que se alienta a quedarse, a no salir, a permanecer en ese no-lugar por excelencia que es la escritura, la imaginación. En el último poema de la tercera parte, tras haber evocado diferentes lugares en los anteriores, el yo poético se dirige de nuevo a sí mismo para repetirse cómo se refugia y se engrandece en la escritura Actúas, gracias a la escritura,/ como un dios que desoye las plegarias/ de los incrédulos y los piadosos./Dignificas la fuerza, la forma pura, evitas/ por eso las condenas y las absoluciones.

Es en la última parte, “La mañana o el vértigo” donde vemos esa vuelta hacia dentro que ya se vislumbraba en el apartado anterior. En los primeros poemas de esta sección aparece la esperanza. Tras el viaje introspectivo del yo poético parece que de la noche dará a luz un nuevo yo y, sin embargo, nace sin la inocencia, pues ya estaba perdida, sabe de lo efímero de la felicidad y de la vida He venido a primera hora de la mañana/ a celebrar la nueva vida, / a compartir el gozo de unos padres/ que se miran felices,/ aunque por dentro el frío del futuro/ cristalice la sangre de sus venas/ y una ventisca azote/ los pisos superiores, los que rozan/ los cimientos del paraíso. 

Claudia Quevedo García

Podéis ver mi página personal en este enlace :http://juanfranciscoquevedo.jimdo.com/

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MADRID 1973-Feria del Libro 2015

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MADRID 1973

Madrid, aquel Madrid de los setenta,

con sus cines de sesión continua,

un placer para un chaval de provincias,

con su cosmopolitismo acogedor y tierno,

con su acento castizo y descarado,

con sus ademanes de capital,

con sus maneras de arrabal.

Así era el Madrid de mis catorce años,

de siempre melón en el postre

de aquel restaurant, como se decía entonces,

variopinto que atendía por La Playa

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MADRID-FERIA DEL LIBRO-Firma de ejemplares de “ANA EN EL MES DE JULIO”

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LA CAVADA

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