JULIO GONZÁLEZ ALONSO RUIDO DE ÁNGELES-Juan Francisco Quevedo

JULIO GONZÁLEZ ALONSO

RUIDO DE ÁNGELES (EDICIONES VITRUVIO, 2020)

Nos llega el poeta Julio González Alonso con su “Ruido de ángeles” bajo el brazo. Sin duda, un regalo para los lectores de poesía. Tras el inmejorable sabor de boca que nos dejó “Lucernarios” esperábamos ansiosos esta nueva incursión del autor en el mundo editorial. Y no defrauda, bien al contrario nos ratifica en lo que pensábamos, estamos ante un poeta de un lirismo impecable, de un dominio del verso magnífico que hace del poema una aventura rítmica fascinante. Nos reconcilia ya no con una manera de entender la poesía sino con ella en sí misma.

Cuando los ángeles se congregan por millones, no lo hacen para llorar, se reúnen en torno al trono del dios de la poesía. Y, válgame el cielo, con su ruido vaya si se hacen notar.

“De los justos” es el título de la primera parte del libro; se abre con un poema alegórico contra la violencia de nuestros actos como especie, de esos tiempos que surgen “cuando entregasteis la paz a las espadas”. Es decir, de cualquier tiempo. Julio González Alonso mira al pasado con la intención de evidenciar la injusticia del presente, nos transporta a unos años intemperantes por los que se desangra la historia de los pueblos. Lo hace con los aromas que nos traen las guerras, donde el olor del incienso se transmuta por el de la pólvora. En ese terrible contexto, el hedor que provoca la muerte se entremezcla con las oraciones de los que matan, de los que se refugian en ellas para justificar la barbarie.

“Hoy sabes

que ha llegado para quedarse la tristeza,

el exilio, la angustia, el miedo en las entrañas;

los campos yermos dejan pasar el viento

de los sirios que huyen

sin mirar atrás.

Damasco se ha sumado

a las ciudades que arden”.

Con el nombre de una mujer, Ruqia Hassan, se abre un poema estremecedor que da cuenta de la crueldad criminal que se puede llegar a ejercer en nombre de cualquier dios. Un mundo que calla y permanece ciego avala en cierta manera la ignominia que nos invade y que se justifica en el silencio. Nada se esconde a la mirada dolorida del poeta; como en una letanía interminable maldice cualquier violencia que se ejerza en nombre de la costumbre, como la que se practica contra esas niñas a las que se mutila salvajemente a la vez que se las cercena el futuro.

En un poema desalentador nos remueve y sacude la conciencia al desenmascarar a los exégetas de todos los tiempos. Viajan a través de los siglos devastando con sus ideas y con sus manos lo que va quedando de un mundo que agoniza entre el ruido asombrado y entristecido de unos ángeles que “se miran confundidos”.

“Oigo ruido de ángeles;

las ciudades, mientras tanto, arden en guerra,

la misma guerra por los siglos de los siglos;

los mismos muertos

a manos de los mismos asesinos”

La segunda parte se titula “La vida me mira”. “Carta” es su primer poema; un diálogo inacabado, tanto como el mundo, que siempre existirá mientras haya un ser con conciencia en la tierra: los sueños incumplidos, los razonamientos sin una respuesta precisa o la vida que nos mira mientras nos llega “la hora de marchar”. Progresa el libro con un canto alegre, una invitación a la vida y a su disfrute.

“Que este dolor sea el último. Abre al día

los ojos

y los colores tendidos por los montes; el canto de los pájaros

te acompaña y te esperan las sonrisas

en ramos de ilusiones”

En esta parte quizás, más que a reconciliarnos con la vida, invita a los lectores a reconciliarse consigo mismos. Incita a que nos agarremos a la existencia con calma, con la quietud debida para poder degustarla en toda su extensión y con total plenitud.

“Hoy te quiero y te nombro, pongo al amor palabras

que habitan los jardines de la melancolía

como habitan la lluvia las gotas de los versos”.

Julio González Alonso mantiene a lo largo del libro un tono poético de un lirismo encendido, una poesía que se saborea con el regusto que deja en el fondo del paladar lo clásico. Estamos ante un poeta que no necesita suscribirse a ninguna otra tendencia que aquella en la que ya milita, la de la buena poesía. Desde ella derrama emociones y expresa, con palabras que adquieren sentidos impensados, sentimientos que nos desbordan.

“Detrás

vendrán los otros con el olvido

anudando en palabras de campanas

de solitarios toques,

lejanía

en la ira de los años abrumados de presagios,

pétalos de una rosa

enhiesta en su tallo contra el cierzo”.

La tercera parte del libro es “Compromisos”, una reflexión personal y llena de matices sobre uno de los temas que más ha interesado a los poetas, el paso del tiempo. Nos enseña “el color de sonrisas apagadas/en las fotografías, /las cartas escritas a mano”.

No obstante, no es solo una actitud contemplativa ante lo inevitable, es a su vez una rebelión contra lo que sucede, ante las continuas repeticiones de maldades. Mira a los ojos de una patria que se desangra y llora en ese pesar común: “Echa tierra a mis ojos, /que no alcancen mis hijos a ver tanta desgracia”.

La cuarta y última parte de este “Ruido de ángeles” lleva por título “Las otras inocencias”. Comienza con el poema “La casa vacía”, una composición memorable y conmovedora en la que el poeta hace un paralelismo bellísimo con el envejecer, con el paso del tiempo que nos conduce a la muerte, y con la tristeza y desolación que acompaña a una casa cuando se la va despojando de todo lo que la ha dado sentido, los libros, los cuadros… “Salieron los libros. En cajas como almacenes de letras fueron amontonados/y las estanterías ofrecen su vientre vacío al aire, /materia de la nada, oquedades estériles en la estancia silenciosa”.

Siguen cuajando poemas maravillosos donde los ángeles parecen abandonar a un hombre que se entrega al suicidio de su yo, alter ego de la especie, un hombre que presiente “una rebeldía en las persianas bajadas” y que vuelve los ojos a su tierra leonesa. En ella llora la muerte, entre las montañas de la mina.

“… No vendrá

nunca más; por el sendero estrecho del monte

se perdieron sus pisadas. El abrazo gigante

de oso verde y negro te robó su abrazo

en lo obscuro de los carbones de la mina”.

Continuamos la lectura de los poemas sin que estos pierdan un ápice de intensidad y frescura, con la autenticidad que nos traslada la verdad poética cuando va acompañada de belleza.

“Así y con una sonrisa firmó su finiquito;

la llamaron los suyos

y a ellos fue;

feliz como la niña que corre a los abrazos

y fue en paz

el último suspiro

del postrer aliento

el último anhelo”.

El libro se cierra con un poema esperanzador donde la voz poética le pide a ese ángel, que puede no ser más que otro yo que convive con nosotros, que le proporcione aquello que todos ansiamos, un poco de felicidad.

“Deja, ángel mío, que la noche pase;

del día dame el sol en la mañana,

dame para el amor cárcel de besos,

para mi libertada dame tus alas”.

En la lectura, nos aproximamos a un poeta que domina el verso y su cadencia, que dota a los poemas de una sonoridad expresiva de lo más atrayente para el lector. Estamos ante un poeta que controla a la perfección las armas del lenguaje poético, que conoce a los clásicos, que domina los metros y que posee, además, lo más difícil, ya que no se adquiere con el conocimiento, inspiración y sensibilidad. Leer a Julio González Alonso, al estudioso cervantino, al poeta excelso, es jugar con trampas, ya que jugamos con las cartas marcadas. Convierte a los lectores en tahúres del verso.

Nos llega este nuevo libro cuando el poeta se halla en un momento inmejorable de plenitud creativa. Desde sus versos, nos llama e increpa desde ese cielo donde reside la palabra precisa con un incesante “Ruido de ángeles”.

Juan Francisco Quevedo

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Una infancia feliz-Relato de Juan Francisco Quevedo

Desde Abismos del Suroeste nos llega este libro en el que he tenido el gusto de participar con el relato que abre sus páginas.

Nos complace poner a disposición de nuestros lectores y amigos, mediante descarga gratuita ,el libro de relatos: LA VERDADERA PATRIA, a partir de una idea original de Juan Francisco Quevedo sobre la visión del mundo en la infancia y primera adolescencia, incluso en las peores condiciones políticas y sociales..

https://drive.google.com/file/d/1dmaq07-pRJN2tSd2xtyp_Lc2yYOD2XU5/view

 




UNA INFANCIA FELIZ
Juan Francisco Quevedo

Yo tuve una infancia feliz, feliz y muy distinta a la que tuvo mi
padre.
Él nació cuando aún reinaba, como regente en España, María
Cristina de Habsburgo que, ese mismo año, cedió la corona a su hijo
Alfonso XIII, que acababa de cumplir dieciséis años. Mi padre vino al
mundo prácticamente con el siglo, un once de enero de 1902, en un
pequeño pueblo de España, llamado La Cavada, cuando aún las casas se
iluminaban con lámparas de aceite, se hacían las necesidades en la cuadra y
había que ir a buscar el agua a la fuente. Esa precisamente, como niño, era
siempre su primera tarea antes de ir a la escuela.
En esos años, la radio y el cine aún era algo desconocido, un
entretenimiento que ni tan siquiera se vislumbraba. Los hombres pasaban
sus ratos libres en la bolera y en la taberna, mientras las mujeres lo mataban
hablando con sus vecinas. Sólo los domingos se arreglaban con su mejor
vestido, un ropaje que aún debía taparlas hasta los tobillos, salvo que
quisieran protagonizar un escándalo mayúsculo, para acudir a misa mayor y
hacer tertulias en el portal de la iglesia de San Juan Bautista.
Paquito, como cariñosamente llamaban a mi padre, después de que
sus hermanas mayores le lavaran y le desenredaran el pelo, caminaba varios
kilómetros para asistir a clase en el Barrio de Arriba, donde unos curas con
babero blanco se encargaban de educarle. Más tarde, fue a las escuelas del
pueblo que estaban mucho más cerca; siempre destacó en dibujo, ganando
un concurso por el que le dieron 50 pesetas de la época. Pintó un caballo.
Con el dinero se compró un par de zapatos, una pluma, unos libros, unas
cebillas de madera y unos campanos para el ganado. Además, se fue con su
padre a la feria y todavía les dio con lo que sobró para comprar un burro
para la casa, que el que había estaba ya muy viejo.
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Creció aprendiendo a ordeñar a las vacas y a sallar y preparar la
tierra para poder plantar y recolectar desde unas alubias a unos pimientos.
Una vez al año se mataba el lechón que habían comprado un año antes a un
buhonero que llegaba puntualmente con un burro que llevaba dos
cuévanos a sus costados por los que asomaban y gruñían los pequeños
animales. Engordaba como si fuese un rey con las sobras del día y, en
otoño, con la caída de las castañas, comía sin fondo ni conocimiento hasta
que no podía más y se dejaba caer en cualquier lugar hasta poder digerir la
barbaridad que había engullido. Al vislumbrarse el invierno se le sacrificaba,
junto a una cabra, para que con la carne de ambos hubiese suficientes
chorizos y morcillas para todo el año. Al calor y el humo del carbón y la
leña se iban curando pendiendo de las cuerdas que se ponían en la cocina.
El resto del cerdo se iba troceando y en una piedra, horadada con paciencia
por mi abuelo, se iba poniendo en salazón para que se conservara sin
problemas. En el fondo del recipiente pétreo habían horadado un pequeño
agujero por el que se purgaba el líquido sobrante.
Así fueron pasando los años, sin grandes sobresaltos, y al cumplir
los catorce, mi abuelo Juan, un día que estaban segando en la mies le
ofreció tabaco de liar mientras comenzaba una conversación de lo más
seria. Con las primeras bocanadas le comunicó lo que supondría un gran
cambio en su vida.
Para eludir un servicio militar que ya se atisbaba y que no tuviera
que morir en una guerra que se hacía crónica en el norte de África, con el
biberón de la adolescencia como único equipaje, sus padres le embarcaron
hacia Veracruz, el puerto al que llegaron tantos españoles. Mis abuelos,
como tantos otros paisanos, se vieron forzados a tomar una decisión
crucial y dolorosa pero, al sopesar las consecuencias, decidieron que le
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preferían vivo, y lejos, que no muerto y en el cementerio árido y bello del
continente negro.
Eran años en los que sólo los más pudientes se libraban del servicio
de armas a la patria, bien pagando una elevada cantidad al estado o bien
haciéndolo a un sustituto. Así eran los vientos que soplaban en la España
de principios del siglo XX.
Aquella fue la primera vez que salió de su comarca y de su zona de
confort. Le llevó su padre a Santander en un tren que se aceleraba a base de
paladas de carbón que echaban los fogoneros a las tripas de hierro de la
máquina del ferrocarril. Llegó a la capital de la provincia, que estaba tan
solo a poco más de veinte kilómetros de su pueblo, cuando aún las mulas
llevaban a cuestas por la ladera del cerro de Somorrostro las piedras que se
usarían en la iniciática construcción de lo que en unos años sería el edificio
de Correos.
No tardó en embarcar con una pequeña maleta atada con una
cuerda en un mercante que hacia la travesía inter atlántica. Mientras se
asomaba por el puente del barco, nada más subir la pasarela, le despidió su
padre desde el muelle con las manos entrelazadas, lanzadas al cielo y
simulando, dejando un hueco entre ellas, un corazón. Tal y como él, con
ese mismo y emotivo gesto, me despidió a mí, desde el andén de la estación
de ferrocarril, cuando me fui por primera vez a la universidad de Santiago
de Compostela. Creo que los dos lloramos aquel mismo día, separado por
tantos años, ante una misma escena. Primero, le tocó como hijo. Después,
como padre.
Así que de cómo llegué a este mundo en tierras mexicanas tuvo la
culpa una guerra que había por el norte de África, allá por los alrededores
de Melilla. Curioso. Al frente del enemigo se encontraba un rifeño como
Abd-el-Krim, pero los indefensos muchachos que mandaban a combate
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tenían el enemigo mucho más cerca, en su propia casa. Por culpa de unos, o
de otros, acababan moribundos en cualquier Barranco del Lobo. Mientras
nuestros jóvenes, los más pobres y, a veces, los más ignorantes, morían por
una patria recién salida del desastre cubano y filipino, acá, en esta España
caciquil, sólo aquellos varones que acreditasen algún título de propiedad
podían depositar su voto en una urna electoral. Entre tanto, los más
humildes, sin recursos para librarse del tormento de la guerra y sin
derechos, ni siquiera el del voto, viajaban hacia tierra mora, pero no a
confundirse, como les hubiera sido fácil, con los nativos, sino a morir a
manos de ellos y a matarlos cuando se dejaban ver.
Mi padre llegó a Veracruz en el año 16 y se fue a trabajar a un
rancho donde sólo libraba un día al año; el primero de ellos lo aprovechó
para sacarse una foto y mandársela a sus padres, dedicada por detrás,…,
vuestro hijo que os quiere. A la foto, sentado en una silla, y apoyado en una
mesa junto a un libro, le adjuntó las primeras mil pesetas de las muchas que
llegó a enviar. Pronto prosperó y no tardó en montar un negocio propio en
la ciudad de Córdoba; después dedicaría toda su vida a su beneficio de café.
Entretanto, en España, se sucedieron los acontecimientos, aunque
el Desastre de Annual, donde murieron en el bello páramo africano diez
mil jóvenes españoles de su edad, fue lo que más le impresionó durante sus
primeros años en México. No tuvo posibilidades de volver a su patria hasta
que Miguel Primo de Rivera, el general que estuvo al frente de la dictadura
militar amparada por la corona no les eximió, tras pagar una cantidad nada
despreciable en la embajada de España en México, de la pena de deserción.
Años después, vendría la salida al exilio del rey y la proclamación de la
República.
Siempre sintió mi padre cierta inclinación hacia la figura de Alfonso,
su referencia española desde la distancia del océano; de hecho siempre
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conservó el sello de oro que mandó hacer a un joyero judío en el 32 con el
escudo de la monarquía esmaltado y que siempre llevaba encima, incluso
cuando regresó a España definitivamente en el 63, en plena dictadura del
general Franco. No le importaba ponérselo, siempre decía que nadie sabría
lo que era en un país que parecía haberse olvidado de sí mismo y de su
historia.
La primera vez que volvió a su patria desde que se marchara,
cuando aún era un niño imberbe, fue en el 36, veinte años después de su
salida. Para entonces, ya había recibido por carta la noticia de la muerte de
su madre, a la que hubo de llorar en el silencio de la lejanía. Al regresar,
pudo llevarla una sola flor, la de un magnolio, a su tumba.
Durante unos días aún pudo abrazar a los suyos y jugar a los bolos
en La Central mientras le ganaba unos blancos al cura del pueblo, que
jugaba arremangándose los faldamentos para que no le estorbaran durante
el juego. Poco le duró la diversión.
Tuvo la mala fortuna de retornar poco antes de que se iniciara una
guerra civil a la que le empujaron a luchar a la fuerza. Durante ella, se
constituyó en una especie de ayudante-secretario de un capitán republicano
que estuvo destinado por los alrededores de Bilbao. Consumía los días
pateando los montes de Durango y penaba las noches haciendo guardias
infames. Mientras que estaba en una de ellas, en plena noche y con las balas
y los estallidos de las bombas recordándole donde se encontraba, por si le
mataban y nadie reconocía su cadáver, tuvo la ingenua idea, lo que hace el
miedo, de escribir la inicial de su nombre con un clavo en la parte de atrás
de su reloj de pulsera, un Elgin que había comprado en Nueva York en el
treinta y dos junto a una de las primeras cámaras portátiles Kodak.
Así que, en cuanto pudo, se embarcó en un barco pesquero
portugués que había atracado en el puerto de Santoña y desde Lisboa
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regresó a Veracruz con la sensación de no entender nada de lo que pasaba
en un país que no reconocía como suyo. Había soportado en México varias
insurrecciones y revoluciones, la guerra de los Cristeros y no sé cuántas
bravatas más, pero lo que vio en España, siempre dijo que no lo había visto
nunca antes, la crueldad más despiadada y el odio más inhumano.
Mientras que el presidente Lázaro Cárdenas llenaba el país de
refugiados españoles, tras la victoria del general Franco en abril del 39,
seguía con su vida y acogiendo sin ningún miedo a esos republicanos que
iban llegando y que se integraban en el tejido de la sociedad mexicana sin
grandes resentimientos, aunque añorando siempre la patria que dejaban
atrás. Mi padre conocía muy bien ese sentimiento de añoranza. Les llevaba
veintitrés años de ventaja.
Muchos años después, más de cuarenta pasaron desde su marcha,
ya en España y conmigo de la mano, le gustaba ir al café Flor, al inicio de la
calle Calvo Sotelo, muy cerca de la cafetería Trueba, donde hablaba largo y
tendido con un limpiabotas represaliado que era comunista, lo que, por lo
que yo ya había oído por todas partes, era como ser de la piel del diablo.
-Son como todos, hijo-se reía mientras me miraba-. He tenido
grandes amigos como él en México y otros que eran insoportables. Nunca
juzgues a un hombre por lo que piense sino por cómo se comporte,
independientemente de su ideología. Lo que ocurre es que aquí no se puede
decir. Nadie es mejor ni peor persona por ser hombre o mujer, por tener
unas ideas u otras. Por mucho que muchos se sigan empeñando en
enfrentarnos a unos con otros.
Mi padre se casó, allá por el 56, con una linda muchacha de su
pueblo natal, de La Cavada que, a la postre, habría de ser mi madre. Por
suerte, aún hoy, a sus noventa y cinco años, pasea su dulzura por mi
conciencia.
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Ella pasó la guerra desde el tamiz de la mirada de sus mayores, de
sus padres, pues aún no contaba diez años de edad cuando comenzó.
Después, al terminar la contienda se fue interna a un colegio de monjas, al
que la Compañía de María, La Enseñanza, tenía al fondo de la calle
Cervantes en la capital cántabra.
Ya en México vivió de una manera muy diferente a como
acostumbraban a vivir las mujeres en España; no tardó en ponerse a
manejar al volante de un coche americano, a disfrutar de una televisión aún
por llegar a nuestro país, a trabajar en el beneficio de café y a alternar con
todo tipo de gente, incluso con esos republicanos y comunistas a los que
tenía demonizados. Quién se lo iba a decir a ella, una muchacha de una
familia conservadora de las de toda la vida. Lo único que la oí decir de la
guerra las poquísimas veces que habló de ello, fue que nunca desearía que
nuestro país tuviera que volver a pasar por algo así.
Yo vine al mundo en el 59, bajo la presidencia de Adolfo López
Mateos, en el Sanatorio Español del D.F., aunque era y me sentía un
cordobés de corazón pero, entre los españoles, era casi una costumbre ir a
parir a la capital. En el mismo hospital me bautizó y confirmó el obispo Pío
López. De una tacada.
Ese mismo año, a principios de verano me trajeron a conocer a mi
familia española. Y a que me conocieran. El avión aún pudo hacer escala en
el aeropuerto de La Habana, aunque el verde oliva ya dominaba sus
hangares y no nos dejaron salir del recinto. Sin embargo, a la vuelta ya no
pudimos aterrizar en Cuba.
Casi sin darme cuenta aparecí en las escalinatas de un avión,
supongo que de Iberia o de las Aerolíneas Mexicanas, y en la capital de un
país al que llaman España. Desde mi pequeña estatura, y desde los brazos
de cualquier voluntario que se prestara a sostenerme, percibí, en aquellos
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meses y a través de la memoria de mis mayores, la lúgubre desolación y la
tristeza del país de mis antepasados. Contrastaba con el espíritu alegre y
desinhibido de una gran parte de sus habitantes.
Desde mi descansada posición, en el serón de viaje, arribé a La
Cavada y allí sufrí un baño de curiosidad y un hartazgo de brazos ajenos
que me hizo sonreír y agarrar más mañas aún de las que ya tenía; no en
vano era el primero de los críos de mi generación que llegaba a la familia.
Aún tuve tiempo de conocer a mi tía Teresa y a mi tía Ciriaca, siempre tan
elegantes y bondadosas, y a la abuela Regina, con la que disfruté tanto de
sus besos como de su encanto. Hube de posar y retratarme, por activa y por
pasiva, con casi toda la comitiva que nos acompañó de parientes, vecinos y
conocidos, una comitiva cariñosa y familiar que, más pronto que tarde,
acabaría siendo una fuente inagotable de amistades y afectos.
Esta nación, tan diferente como para hablar de una sola España,
estaba aún encerrada, inmersa en su enquistamiento, y aunque había débiles
señales que parecía iban en sentido contrario, tanto en sus gentes, como en
sus pueblos y ciudades, todavía no se percibían. Al rato de llegar, apenas
dos meses, tristes por dejar atrás a la familia, nos regresamos a México a ver
un poco de televisión en color, de vida en color, tras nuestra sobredosis
española de blanco y negro, en esta sociedad lóbrega y enlutada en la que
aún había que pedir dispensa a la iglesia para trabajar los días de fiestas de
guardar.
De la España más oficial solamente me llevaba la radio anquilosada
de la época, la tristeza del negro de sus mujeres y el bigotito fino, de galán
antiguo, de unos hombres tan pasados de moda, como sus bigotes. De la
España más sentimental me llevaba el sentir y el latido de la tierra, el amor
de la familia y la esperanza de un reencuentro con ambos, tierra y familia,
no muy lejano.
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Después, desde aquel milímetro escaso que podía representar mi
pueblo, La Cavada, en el mapa de España, mi abuela nos enviaba fotos en
blanco y negro de la tierra de mis mayores. Yo me rendía a la bondad de su
rostro, a través del cual viajaba a esa España amable y familiar, a la España
entrañable de los afectos, a la que te engancha a la luz y al polvo de un
pequeño lugar que sabes tuyo para siempre. Esa era la verdad auténtica, la
verdad que te proporcionan los sentimientos más nobles.
Entre tanto, en diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight
Eisenhower, daba carta de credibilidad internacional al general Franco y,
claro está, Franco le correspondía dándole por Madrid un baño de
banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas
vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que, después, se
enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy
festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio y
que me han hecho recordar las palabras de Juvenal:
“Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la
multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.”
No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España
olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras
la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el
subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía
en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada
comunidad internacional.
Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar
al pueblo llano. En aras de la economía y del mercadeo se podía obviar ese
pequeño detalle de la libertad.
Mientras los generales se paseaban por las calles de Madrid
encaramados a un descapotable blindado-desde el absurdo de acorazar un
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coche descubierto-, yo orinaba en pleno rostro al médico que vino a
observar mi incontrolado, y ya por siempre incontrolable, apéndice herido.
El bueno del doctor Rafael Sánchez Vargas, entrañable amigo de la familia,
se lo tomó, al menos así me llegó desde mi memoria lejana, como a quien le
cae, por orden divina, agua bendita. Según mi madre, colorada como un
pimiento durante el trance, sólo le faltó persignarse. A mí me dijeron que
aquel día, durante mi micción, me reí como nunca. Pequeño cabrón. Así se
debieron sentir aquellos generales, saludando al vociferante y mudable
personal, mientras algunos, pocos, enrojecían de ira y otros, aún menos, de
vergüenza.
-¡Qué güerito! Con sus ojitos azules. Déjemelo tomar un ratito.
De brazo en brazo anduve aquel año, de brazo en brazo e
intentando mordisquear aquellos medallones que colgaban de sus cuellos;
todos ellos iban grabados bien con el relieve de la Virgen de Guadalupe,
bien con el del Sagrado Corazón de Jesús. Y es que allá, tratándose de
Vírgenes, sólo hay una. Por acá parece que florezcan. Será el clima.
A aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras
y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, “son católicos hasta los
ateos”, a aquella España de la cruz y la pandereta, de empacho de misas y
rosarios, plagada de misales, reclinatorios y escapularios, regresamos en el
63 definitivamente. Llegamos justo cuando algunas cosas empezaban a
cambiar.
Fue en La Cavada cuando empecé a tener memoria de lo que
pasaba a mi alrededor sin tener que recurrir a la de los demás. Recuerdo los
días de escuela cuando, con apenas tres años, me dirigía a la señorita con la
inocencia de mi dulce acento mejicano:
-Buenos días señorita.
-Buenos días.
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-Se presenta Juan Francisco Quevedo Gutiérrez, para servirle a
Dios y a usted.
Aún era pronto para saber que la carrera de la vida ya había
comenzado mucho antes, así como para valorar y aprovechar esa listeza
natural que no hace más que avivarse desde la cuna.
La gente se derretía con mi acento, con mi retórica y con mi
pequeña estatura. Se empeñaban en que no les tratara de usted pero yo era
incapaz. Tardé meses antes de que me adaptara a las nuevas costumbres.
Aquel año escolar lo aproveché bien; no hay nada tan absorbente como la
mente, todavía despejada y completamente virginal, de la primera infancia.
Por la tarde, al acabar la clase, rezábamos siempre la misma oración, el
“Bendita sea tu pureza”, de rodillas y con los brazos en cruz. Después, los
sábados, íbamos todos, como en una procesión de enanitos de cuento, a
despedir a la señorita Laura a la estación de tren.
En esa España, hoy pareciera perdida en el tiempo, aprendí mis
primeras letras y mis primeras pillerías con la feliz inconsciencia de la
infancia.
Enfundados en nuestros impermeables, tipo pescador de ballenas,
íbamos -al igual que el capitán Ahab a bordo del Pequod- los tres hermanos
unidos y dispuestos a luchar contra los charcos que se interponían en
nuestro camino hacia la escuela. La señorita nos esperaba, con su política
de palo y tente tieso, o sea, el clásico “la letra con sangre entra” mientras
pastábamos entre un mar de signos aritméticos, cuando no ortográficos,
mientras cantábamos, aplicados, las tablas de multiplicar o los ríos de
España, eso sí, con sus afluentes, tanto por la derecha como por la
izquierda.
Y, sin embargo, aquella España, pese a parecer haberse detenido
anclada en sus angustias, comenzaba a evolucionar, incluso a su pesar. Los
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tecnócratas píos y devotos de la Obra-Opus Dei- y del desarrollismo
habían comenzado a impulsar la economía de un país administrado, hasta
entonces, por militares y falangistas. Estaban casi a punto de poner en
marcha los famosos Planes de Desarrollo, que colocarían a España en las
vías que la conducirían hacia el progreso económico.
Entre tanto, en esta España no se moría de exceso, por beberte la
vida de un solo golpe, se moría de aburrimiento, así como del empacho
provocado por el aluvión de penitencias y autos de fe. Era la España de la
emigración, la España de López Rodó y su Primer Plan de Desarrollo,
aquél que acabaría por llevar al país a abandonar las vías del mismo para
llegar, al fin, a un destino más halagüeño. En un país, inmerso en sus
novenas, ayunos y vigilias, donde las amas de casa pedían dispensa al
párroco para poder tejer en domingo, parecía imposible que poco a poco,
con el transcurrir de los años, este catolicismo exacerbado de la posguerra –
por el que España se erigió, como un faro de luz, en la reserva espiritual de
Occidente-, se difuminaría, por el simple devenir del siglo, entre melenas de
modernidad y minifaldas precoces, y acabaría suicidándose de una grave
indigestión, haciendo buenas las premonitorias palabras de Azorín:
“El catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos
patanes acabarán por matarlo en pocos años.”
Como viejos Laridones, salidos de las páginas de una fábula de La
Fontaine, los indignos y, a veces, uniformados guardianes del Régimen se
aplicaban, brazo en alto, si era necesario, a censurar cualquier obra que se
pusiera a su alcance. Desde su poder despótico, representado en unas
siniestras bandas negras, anudadas al traje en el antebrazo, que nunca supe
lo que eran, pero que todos los que eran alguien, en aquel festín del
Movimiento, lucían con orgullo patrio, aplicaban absurdas, caprichosas y
arbitrarias decisiones. Con la misma arbitrariedad se decidía poner un
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pañuelo en una cabeza desmelenada que borrar la palabra “gustar” de un
texto religioso, por impropia, por supuesto.
Pero, en este país, fiel reflejo de la España de Quevedo y Torres
Villarroel, siempre aparece algún sopón con suficiente ingenio como para
colarse por entre los tachones de la censura y hacer pasar por humoradas,
más o menos ocurrentes, verdaderas sátiras hirientes. Las mordaces obras,
bien camufladas, a veces pasan inadvertidas para las adocenadas mentes
censoras, lo que hace que, de cuando en cuando, un soplo refrescante
inunde el ambiente aburrido de la época. Así se llega a estrenar la película
“El verdugo”, con guión de un maestro del cine como Rafael Azcona. Es
un auténtico esperpento surrealista, lleno de humor, magníficamente
interpretado por un galán de pueblo, con bigotito trasnochado y grasa de
arenque ahumado en la camiseta, como Nino Manfredi, y por un
desamparado en sí mismo, con papada en la cara y voz de trueno en el
alma, como Pepe Isbert. Nunca la pena de muerte, en un país donde aún se
ajusticiaba a garrote-vil –ennoblecido por tantas Marianas Pinedas-, fue tan
ridícula y quedó tan ridiculizada. Toda la cinta era una metáfora disparatada,
una chispeante greguería o una eufónica, florida y sutil jitanjáfora, salidas de
las plumas, coronadas por la brillantez de lo absurdo, de Ramón Gómez de
la Serna o del siempre maestro Alfonso Reyes.
Pero aquella España de a pie no era ni tan brillante ni tan literaria.
Por no ser no era ni gacetillera, era una España pragmática, como los
tecnócratas que habían tomado el mando. Pareciera que se hubieran sumido
en el tiempo y hubiesen hecho suyo el lema del primer gobierno mixto del
general Miguel Primo de Rivera: “Menos política y más administración”.
Todos caminaban, y el general Franco el primero, tras la senda
inconstitucional marcada por el “Fuero de los españoles”. Esta filosofía de
la eficacia, alejada de la política, había penetrado tanto en sus entrañas que
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se cuenta cómo, en una audiencia con uno de sus ministros, haciendo uso
de toda su retranca gallega, “el comandantín” le contestó, tras interesarse
éste por la situación política del país, de la siguiente manera: “Usted haga
como yo. No se meta en política.”
No había política que valiera, pero aún nos quedaba el cine, al
menos cuando llegaba, tras superar el arduo y espeso camino de la censura.
Pero, además de la bomba que los americanos dejaron caer en
Palomares, nos cayó otra más benévola, aunque ésta hirió sobremanera a la
mojigatería patria. Este año desembarcaron las primeras minifaldas y por
debajo de ellas se intuían, cuando no aparecían, las braguitas de aquellas
extranjeras que llegaban a nuestras localidades con la nueva moda.
Chocaba, y mucho, tanto muslo tomando el aire y más en una ciudad como
Santander donde, hasta hacía muy poco, había sido obligatorio el traje y la
corbata para caminar por el Paseo Pereda. Pronto, las chicas españolas, a
escondidas, comenzarían a llevar estas prendas joviales y divertidas, aunque
aún habrían de pasar unos años para verlo. España era un país donde, aún,
las mujeres sólo podían entrar en las iglesias con un velo tupido y negro
sobre sus cabezas y una venda sobre sus conciencias porque, como decía
Picabia, “la moral es la espina dorsal de los imbéciles.”
Todos los veranos íbamos con mis padres a Burgos a pasar el día y,
cómo no, a visitar la catedral. Aquella mañana de finales de los sesenta
amaneció con un sol de los que mortifican, de los que hacían buenos los
versos de Machado, de Manuel, en el memorable poema Castilla:
“El ciego sol, la sed y la fatiga...
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga”.
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Con semejante día, mi madre, sin intuir lo que estaba a punto de
acontecer, nos puso a los tres hermanos de pantalón corto. Entramos en la
catedral por la puerta principal y nada más traspasarla se acercó a nosotros
un tipo con aspecto de mandar algo y cubierto con el sayón de la castidad
penitente. El caso es que nos echó del recinto sagrado porque mi hermana
Regina, a sus seis o siete años, iba con pantalón corto. Lo más curioso es
que los tres hermanos íbamos igual, tal vez incluso nuestro pantalón fuere
más corto, pero lo cierto es que los tres íbamos con toda nuestra niñez a
cuestas, reflejada tanto en nuestro cuerpo como en nuestra cara. Aquel año,
entre la indignación e incredulidad de mis ofendidos padres, me quedé sin
ver al Papamoscas.
De aquella España donde la curia, desde el púlpito, expulsaba
públicamente, durante la misa dominical, a cualquier descarriada sin velo,
con los brazos descubiertos o con la falda un poco corta, ya nada queda.
Era la primitiva imagen de aquella España, reserva espiritual de Europa y
bastión contra el comunismo internacional, cuando no contra las huestes
masónicas. Y, aunque apenas fuera ayer, parece haber sido la imagen de un
país durante el pleistoceno, por no decir el oligoceno.
Todavía en ese ambiente de latinajos de sacristía y dispensas
confesionales, a base de limosnas, para dejar de ayunar en cuaresma, me
acerqué al cine Cervantes, con mi tío Marcelino, para ver “La caída del
Imperio romano”. Sé que me fascinó, tanto la película como aquel exceso de
cartón-piedra; desde aquel pase, me hice adicto al cine de romanos. Luego
supe que estaba dirigida por Anthony Mann, aquel director americano que
fue a casar con una doncella de gran belleza, de nombre Sara. Montiel, por
supuesto.
Los sueños de grandeza de un país recién salido de la miseria se
convirtieron en realidad, un tanto fantástica, con la aparición en un pueblo
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del páramo burgalés, La Lora, de petróleo. Esta improductiva alucinación
no duró demasiado, pero sí lo suficiente como para meterla, con inmenso
orgullo patrio, en todos los libros de texto y tener que estudiar el nombre
del perdido lugar durante unos cuantos años. De aquella fantasía
prospectiva sólo quedan unos caballitos de madera y el recuerdo de una
quimera del oro negro.
Pero si hay un recuerdo de mi infancia que no olvido es la visita del
Generalísimo Francisco Franco en julio del sesenta y ocho a Santander.
Para mí era un día como otro cualquiera. Había salido con mi padre a dar
un paseo por el Muelle, su lugar favorito y desde el que, tal vez, esperara
contemplar, como otras veces, la llegada del Covadonga o del Guadalupe,
vetustos barcos de la legendaria Cía. Trasatlántica, a su regreso de Veracruz.
Cada vez que atracaba se las ingeniaba para subir al barco e ir hasta el bar,
donde se tomaba una cerveza mejicana y se fumaba unos Delicados,
mientras conversaba con los camareros. El caso es que aquel día, para
retornar a casa buscamos la avenida principal, el Paseo Pereda. Mi sorpresa
fue mayúscula al ver cómo la gente se agolpaba en las aceras formando
varias filas mientras, brazo en alto, gritaban: “¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!....” en
un éxtasis de grupo bastante curioso.
Allí estaba todo Santander. Allí se juntaban, poseídos por el
momento, futuros, en sus palabras, demócratas de toda la vida y hasta
alguno que llegaría a ocupar un alto cargo con el tiempo y que,
casualmente, luego acabaría siendo mi profesor de Formación del Espíritu
Nacional (F.E.N.), asignatura en la que se nos ilustraba sobre las Leyes del
Movimiento y el Fuero de los Españoles y es que a falta de una
Constitución que enseñarnos tiraban de lo que había. Ahí estaba, como el
primero, y es que siempre fue muy aplicado este insigne falangista durante
los sesenta y respetado demócrata de toda la vida desde el setenta y seis
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hasta el día de su muerte. Al fin, no hizo más que lo que tantos, arrimarse al
poder, lo ejerciera quien lo ejerciera. Para él, eso era lo de menos, ya que
creo deducir por su comportamiento que nunca padeció de ese mal tan
extraño que tanto ataca a la gente de bien, ese mal que provoca continuos y
torturantes problemas de conciencia. Es más, yo creo que bien hubiera
podido pertenecer a ese grupo de personas que ni tan siquiera saben lo que
es, ya que carecen de ella. Y, puestos a analizarlo fríamente, concluimos
fácilmente que la misma no constituye más que un constante obstáculo en
nuestras vidas.
Pero volvamos a introducirnos entre aquella multitud vociferante,
entre la masa, esos “idiotas” que decían los griegos, o los “muchos”, como los
describía Platón con desprecio. Ante el espectáculo que se abría ante mis
inexpertos ojos yo jalaba de mi padre, con fuerza, hacia mí, para intentar
pararme entre el gentío y poder presenciar con atención la representación.
Él, sin embargo, tiraba de mí apresurando el paso.
-¡Quiero verlo, quiero verlo!
Aún recuerdo sus palabras, aún recuerdo en ellas toda la filosofía de
un escéptico descreído que, desde luego, no tenía ninguna fe en la histeria
colectiva de las masas, ni en nada de aquello en lo que el ser humano
pudiera perder su perspectiva de ser único e individual, capaz de pensar y
reflexionar por sí mismo. Y era evidente que aquella turba no respondía
más que a instintos poco meditados.
-Todos éstos -me decía, obviándolos y recordando a los líderes
revolucionarios que había sufrido desde la primera década del siglo en
México-, a los que hoy ves encantados expresando su fervor, su adhesión
inquebrantable, como repiten a diario con tanto ahínco, mañana mismo, si
fuera preciso, lo expresarían en sentido contrario. Hoy lo veneran, mañana
pedirán su cabeza. Y la pedirán los mismos que hoy están aquí. Estoy
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cansado de verlo. Y ha sido siempre igual a lo largo de la historia. Nunca
hagas caso del griterío y nunca des un látigo a quien antes fue esclavo de
una causa sin sentido.
En este caso no fue exactamente así. Franco murió en la cama de
un hospital sin que pidieran su cabeza. De hecho pasaron, haciendo
insufribles y largas colas, ante su cadáver-la masa además es necrófila-,
cerca de medio millón de personas, en un país con apenas treinta. Pronto,
también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido
contrario, por supuesto, en masa.
Cuando Franco murió tenía dieciséis años, una mente abierta, una
inquietud inmensa por aprender y todo el futuro por delante. Durante mi
infancia fui inmensamente feliz porque siempre me vi rodeado de gente a la
que amaba y de una tierra a la que sentía como parte de mí. Y no hablo de
la grandilocuencia de la patria, hablo de ese pequeño pedazo del universo al
que te sientes unido, hablo de la luz y el polvo con el que creciste pegado a
las zapatillas, hablo del padre, de la madre, de los hermanos, de la familia y
los amigos que me acompañaron en ese viaje que me llevo a ser el hombre
que finalmente soy.
Juan Francisco Quevedo

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ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE ELVIS PRESLEY-Juan Francisco Quevedo

Hoy me recuerdan que hace ya tres años que publiqué en el diario Alerta este artículo en el aniversario de la muerte de Elvis. El rey sigue muy vivo.

CUARENTA AÑOS SIN EL REY DEL ROCK

CUARENTA AÑOS SIN ELVIS PRESLEY

Cuarenta años ya y parece que fue ayer cuando recostado en el sofá escuché la noticia: “Ha muerto el rey del rock, ha muerto Elvis”. Así como suena, sin apellido, el Presley le sobraba. Y hasta el Elvis le sobraba al rey. Era un 16 de agosto de 1977 y la mala nueva no sorprendió demasiado a todos los que le habíamos visto últimamente. En el momento de la muerte tenía tan sólo cuarenta y dos años y parecía sobrevivir en un cuerpo que no era el suyo. Al menos, no en el  cuerpo que recordábamos, el que le había convertido en un ídolo de masas, el primero asociado al rock. Eso sí, conservaba su voz espléndida; ¿cómo olvidar el concierto que dio en Hawaii en el 73? Apenas se intuía el esperpento al que se iba encaminando; aunque con unos kilos de más y un vestuario estrafalario, seguía conservando su voz, su encanto y su enorme poder de seducción.

Mi idilio con su música se remonta a mi infancia, a mis años en México; la radio iba inoculando en mi sangre el virus incurable del Rhytm and blues, un ritmo sincopado y afroamericano que entraba a través de la revista americana Bilboard y de las emisoras que llegaban del Norte poderoso. A través de sus golpes rítmicos fui llegando a todo lo demás, desde el soul hasta el rock, pasando por el jazz. Por la magia de las ondas, la salita de mi casa se podía convertir en el mismísimo club Minton´s Playhouse, de Nueva York; me estremecía con el bebop rápido y cambiante de los mejores jazzistas de los cuarenta, con el ritmo y el estilo de Charlie Mingus –Pithecanthropus erectus– y Dizzy Gillespie –Manteca-. Todo ello acompasado por el saxofón, siempre de cuerpo presente, del cadáver incorrupto de Charlie Parker. En seguida tomé la decisión de alejarme del Cool jazz de los blancos, mostrándome de alma profundamente negra. Pero, por otro lado, la música, al fin y al cabo, más fría o más ardiente, siempre es música: “Donde hay música no puede haber cosa mala (…) la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas.” (Miguel de Cervantes, por boca de Sancho Panza -Don Quijote de la Mancha-).

Exactamente entonces fue cuando descubrí a un tipo blanco, y muy guapo, con alma y voz de negro, descubrí a Elvis, el primer blanco con alma negra.

En aquel lejano 1.959, año de mi nacimiento, empecé a fabular esta historia. Para entonces, Elvis ya había justificado su presencia, y la censura de sus caderas, en un show como el de Ed Sullivan, acostumbrado al swing y al clarinete de Benny Goodman, tanto como a la aterciopelada y profunda voz de Frank Sinatra, un crooner venido a más -tan a más que linda con lo sublime-. Aún faltaban unos años para deleitarnos, tanto con la interpretación apasionada de su mítica “Strangers in the night” como con el pop elegante de “Something stupid”; esta última junto a su hija Nancy. Sonaba por entonces su envolventemente maravillosa “Come fly with me”. Mientras su voz prodigiosa dulcificaba las emisoras de radio, Elvis, ya toda una estrella, vestía de uniforme militar en Alemania. Millones de jóvenes muchachas –las primeras “teenagers” histéricas de la historia- suspiraban, y aullaban, por él en todo el mundo, pero Elvis tan sólo tenía ojos para una adolescente, aún con los restos de la niñez en su rostro, de nombre Priscilla. Con ella, y con la aquiescencia de una severa sociedad americana, acabaría casándose. Todo se consentía a este lindo e inmaculado blanco, reconvertido, a través del ejército, en chico bueno. Por las mismas razones, tal vez algo más perversas, incluso pudiera ser que hasta más violentas, un negrazo como Chuck Berry  habría de probar la dureza de las cárceles gringas. “Cabizbajos y vacilantes en torno al patio/desfilábamos en el cortejo de los locos./No nos importaba: sabíamos que éramos/la brigada del mismísimo diablo,/y cráneos rapados y pies de plomo/componían una alegre mascarada.”(Oscar Wilde -La balada de la cárcel de Reading-).

Berry y Elvis, Elvis y Berry. Sus carreras fueron casi paralelas y aunque Elvis siempre salió ganando en la batalla por la supremacía del rock and roll, Berry, con su mítica forma de tocar la guitarra en cuclillas y de lado, mientras daba saltos laterales-su famoso “duck walk”-, es el músico de rock and roll que más ha influido en la música posterior. Baste recordar las estupendas interpretaciones que han hecho de sus canciones bandas de la categoría de The Beatles o los Stones. Temas como “Rock´n roll music” o “Johnny B. Goode”, con una magistral versión de Elvis, están en la historia de la música. A pesar de ello, Berry nunca pudo sacudirse este resquemor de sentirse ultrajado en su paternidad rockera por el guapo de voz más profundamente negra que haya habido jamás, el gran Elvis Presley. Un rey del rock que, sin embargo y paradójicamente, pasará al Olimpo melómano, además y  fundamentalmente, por sus baladas. A Berry siempre le quedará, cuando menos, la elegancia de los grandes bailarines de claqué de Harlem. El espigado y renegado rockero de Missouri bien hubiera podido haber sido, por planta, un bailarín del Cotton Club, aquel local del neoyorquino barrio de Harlem, en el que el gran director Francis Ford Coppola se inspiró para su película “The Cotton Club”. Cuando la vi empecé a pensar en Richard Gere como actor, incluso como actor aceptable, pero enseguida volví a la realidad y le deseé fervientemente que continuara con su vocación frustrada como bailarín.

Ahora bien, si Berry perdió la carrera por la corona del rock, al menos sobrevivió al rey casi cuarenta años.

Fue por entonces cuando, casi sin lágrimas, esbocé un sollozo por un tejano blanco, envuelto en unas gafas de concha negra, de apenas 21 años y capaz de rivalizar con Elvis en el corazón de América, llamado Buddy Holly –Peggy Sue-. Una avioneta, estrellada contra un maizal en Iowa, tuvo la culpa. Don Mclean, en su hermosa canción “American Pie”, homenajea y recuerda el momento como “el día en que murió la música”. Sólo la aparición de la Motown, en Detroit -la ciudad del motor-, y, cómo no, de los salvajes MC5-“Kick out the jams”-, me ayudó a recuperar la sonrisa. Al fin, los negros tenían una industria detrás apoyándoles- cuando no robándoles- e impidiendo que sus canciones, versionadas por los blancos, llegasen más lejos -como ocurría siempre- en las listas de éxitos. Al fin, los negros tenían un sello discográfico desde donde hacernos llegar música, y música muy buena:“Las canciones de los negros tienen algo que va directamente al corazón” (Henry James).                                                                            

Sólo había que esperar…, y ni tanto, para poder escuchar en vinilo a The Supremes, el grupo de una radiante y jovencísima Diana Ross –You can´t hurry love-, a The Tempations –My girl-, a Marvin Gaye –What´s going on– y a un tierno niño, ciego de mirada limpia, que respondía por Stevie Wonder –For once in my life-. Entre tanto, poco faltaba para que otro ciego, y negro, con manos finas y dedos largos, de nombre Ray Charles, incluyera algo, aparentemente tan antagónico a su causa, como el country en su repertorio. Con la balada “Born to lose”, desde luego, fue capaz de iluminar lo que sus ojos no le dejaban ver; los sensibles corazones de un mundo musical que se rendía a su inmenso talento. Nunca estuve en los conciertos del teatro Apollo de Harlem, ni en los numerosos clubs de jazz de la calle 52, pero su impronta imaginada acompañaba mis primeros pasos y mi primera conciencia límbica.

  En los sesenta y setenta la música iba a tener un papel de rebeldía fundamental y así, mientras el gran Elvis se adocenaba en paupérrimas películas comerciales, antes de convertirse en una caricatura gorda, sudorosa y hortera, un negro de sangre india, como Hendrix, ya afilaba sus cuerdas para demostrar al mundo como electrizar a una dama –“Electric Ladyland”- . Eran tiempos donde un gran cambio social emergía: “Están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, locos por moverse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes…” ( Jack Kerouac -En el camino-).

Con todo, Elvis siempre estaba ahí; había pasado su tiempo pero no su música. Elvis dejaba resbalar cadenciosamente las palabras en aquella maravillosa canción que ya canturreara, tan distinta, Al Jolson, “El cantor de jazz”, aquel cantante blanco que, betuneado de negro, interpretase la primera película sonora importante de la historia. Aquella maravillosa canción, “Are you lonesome tonight”, me viene ahora a recordar la placidez pastosa del trópico, la felicidad de la infancia, de una infancia tan privilegiada como la de los niños de aquellos años que empezaban a engordar a base de papilla prefabricada.

“¿Está sola y triste esta noche?

… Cariño, mentiste cuando me dijiste que me amabas

y yo no tenía razones para dudar de ti.

Pero prefiero seguir escuchando tus mentiras

que continuar viviendo sin ti.”

                                      Elvis Presley (Are you lone some tonight)

Han pasado cuarenta años desde que muriera Elvis Presley y nadie pone en duda que sigue siendo el rey del rock.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

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ANA MERINO EL MAPA DE LOS AFECTOS (EDITORIAL PLANETA, 2020) – Juan Francisco Quevedo

ANA MERINO

EL MAPA DE LOS AFECTOS (EDITORIAL PLANETA, 2020)

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ANA MERINO

EL MAPA DE LOS AFECTOS (EDITORIAL PLANETA, 2020)

Ana Merino es una escritora radicada desde hace más de dos décadas en Estados Unidos donde ejerce su labor profesional como Catedrática en escritura creativa en español y estudios culturales, en la Universidad de Iowa. Su primera novela, El mapa de los afectos, ha sido galardonada con el último Premio Nadal.

En la lectura de esta nueva obra, desde las primeras páginas, en seguida se percibe la mano de una escritora con un sólido bagaje literario, no en vano lleva estrenadas hasta la fecha varias obras de teatro y publicados ocho libros de poemas, entre los que se encuentra Preparativos para un viaje, premiado con el Premio Adonais de Poesía en 1994. Es autora de varios ensayos habiendo, así mismo, colaborado como columnista de opinión en el diario El País.

La novela arranca y se desarrolla en un pequeño pueblo del Medio Oeste americano, siendo este marco rural el escenario en el que se desenvolverán los personajes que irán apareciendo en múltiples pequeñas historias que, en muchos casos, se acabarán entrecruzando mientras vamos descifrando los avatares y las circunstancias que les atañen.

La novela comienza con la historia de Samuel, un joven introvertido que descubre el mundo desde la soledad y la impunidad que le proporciona un árbol, que se constituye en una alegoría de su propia memoria, un lugar desde el que escrutará lo que le rodea y desde el que cuidadosamente anotará lo que va descubriendo. Desde su atalaya conocerá la secreta historia de amor de la joven maestra Valeria con Tom, un hombre mucho mayor que ella y con la que soñará introduciéndola en su universo, aquel donde se siente más feliz y que no es otro que el de los héroes del cómic. Sin duda, un guiño de la autora a una cultura a la que ha dedicado diversos estudios especializados, sin olvidar que es miembro del Comité Ejecutivo del Internacional Cómic Art Forum (ICAF), dedicado a promover el estudio académico del cómic. En la mente juvenil de Samuel aún prefiere a las chicas perfectamente delineadas en una tira que a las de carne y hueso, por lo que no tardará en ver a Valeria como una heroína recién salida de una viñeta.

Con esta historia iniciática de Samuel comienza una novela en la que Ana Merino, valiéndose de un narrador externo que nos lleva de la mano en tercera persona por los entresijos de una novela apasionante, nos arrastra hacia la descripción sublime de un torrente de sentimientos que van surgiendo desde el corazón de los personajes.

No tardará en adentrarnos en el mundo y la desilusión de Valeria, la joven maestra que, tras un breve matrimonio fallido, se alejará en un autobús a la espera de lo que el destino le depare en un viaje que, como el de Samuel desde su árbol, también es de conocimiento y de búsqueda de sí misma.

Pocos escritores son capaces de hacer llegar al lector con tanta verdad y con tanta autenticidad los movimientos internos que provocan los sentimientos en el ser humano, tanto los más evidentes como aquellos más escondidos. Con una prosa clara y clarividente, con los adjetivos precisos, Ana Merino nos conduce y nos introduce en ese mapa de los afectos por los que transita con soltura y sapiencia, haciéndonos partícipes de los mismos sin violentarnos. Sin concesiones fáciles, ni al sentimentalismo vacuo, ni a los fingimientos, penetra en el alma y en la sicología de los personajes hasta lo más profundo, presentándolos al lector en toda su amplitud y complejidad. Son seres a los que acabamos conociendo, de los que podemos llegar a intuir lo que piensan y lo que sienten, ya que con gran habilidad consigue que tengan esa proximidad con el lector.

Las historias en ese pequeño pueblo se suceden con rapidez; de repente tiene lugar un asesinato incomprensible, el de una mujer apacible, madre tranquila que lleva una monótona vida mientras su marido está en una de esas guerras tan lejanas. Con el crimen, un aldabonazo bronco trunca la paz de una comarca donde aparentemente nunca pasa nada a pesar de que nunca dejan de pasar cosas. Un culpable al que, sabiéndose inocente, todas las pruebas acusan. Se verá condenado a pasar el resto de su vida en prisión por los celos de su esposa, una dentista que le creía atado a una amante inexistente.

Cada capítulo es una nueva exploración, una indagación en esa sociedad rural en la que la autora maneja el tempo de la novela con precisión, tejiendo una tela de araña con pequeñas historias que acabarán confluyendo. Valiéndose de un variado crisol de personajes va desmenuzando sus vidas y sus sentimientos. Aparecen y desaparecen por sus páginas conectando entre ellos hasta conseguir atraparnos y despertar nuestra curiosidad. Van sucediéndose desde camareros hasta agentes de seguros, pasando por bailarinas, como Emily, a quien la vida cercenó un futuro prometedor por lo que ha de sufrir sobre su piel las babas alcohólicas de los clientes de un club de mala reputación.

Nada se escapa a la mirada de Ana Merino, tanto las inquietudes de nuestro tiempo como el machismo, la emigración, la prostitución, la demencia senil o el feminismo como las preocupaciones que siempre han acompañado al hombre, el paso del tiempo, la ambición, la guerra o la falsa religiosidad. La autora hace un recorrido exhaustivo y lúcido por lo que constituye la esencia de la condición humana, conoce sus pasiones y rastrea sus miserias. Nos habla, mientras lo desmenuza desde sus pequeñas historias, de la violencia, la injusticia, la explotación, la muerte, la maldad, el amor… Llega al fondo de ellas y las muestra a través de una masa coral tejida con coherencia, la de los personajes que la constituyen, que no son más que un muestrario fidedigno de las pasiones humanas.

Con todo, Ana Merino construye un atlas espléndido de afectos y desafectos con los que nos guía por las incógnitas de una novela que va mucho más allá de las historias que nos traslada. Articula un puzle creíble y emocionante de sentimientos encontrados.

Aproximadamente quince años es el período  temporal en el que se desarrolla la novela, desde el año 2002 hasta el 2017, lo que nos permite cerrar en muchas de las historias que nos presenta cierto círculo vital, dándonos una visión más bondadosa del ser humano. Samuel reaparecerá, ya con unos treinta años, poniendo nombres de Los 4 fantásticos a sus gatos, siendo el epítome perfecto de lo que el destino deparará a muchos de los personajes de la novela.

Nos despedimos de las páginas de El mapa de los afectos con una placentera sensación, la que destila la buena literatura. Ana Merino ha trazado con destreza y sabiduría una pintura realista de la sociedad occidental, trasladando lo que la acucia, la guerra, la estupidez, la demencia o la desolación vital a un pequeño escenario del Medio Oeste americano. Esa traslación de sentimientos es universal y más cuando se expresa desde la pureza que da la creación literaria, donde Ana Merino consigue expresar los sentimientos revistiéndolos de un halo poético, consiguiendo conectar con la realidad sin alarmismo pero con toda su crudeza. Denuncia sin ambages todos los excesos del individuo y de la sociedad-prejuicios, racismo, explotación sexual, maltrato animal, fanatismo, crueldad…-, confinándolos y recreándolos en la vida de los pequeños pueblos, allá donde todos se conocen y donde todo se acaba sabiendo. Lo lleva a efecto sin caer ni en el pesimismo ni en la exaltación. Cada personaje sirve para descubrir e indagar en alguna virtud o en algún defecto tanto de la sociedad como del individuo.

El mapa de los afectos de Ana Merino es una mirada precisa y un reflejo luminoso de nuestro tiempo.

Juan Francisco Quevedo

Ana Merino y portada

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EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS-Juan Francisco Quevedo

EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS

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EL POP-ART, ANDY WARHOL Y OTROS MÁS

Hace noventa años, un lejano seis de agosto de 1928 nacía en Pittsburgh el que estaba llamado a romper los tradicionales circuitos del arte contemporáneo. Y no lo conseguiría hasta aquel remoto año de 1962. En esa fecha, un albino vicioso y de gustos efébicos, según cuentan los maliciosos, popularizó en una lata de sopa el sueño del arte de Marcel Duchamp: “Trivializar lo cotidiano”. Y, en el fondo, lo mismo se llega a esa máxima a través de un urinario público, expuesto en la sala de una galería, que publicitando latas de comida en un lienzo. El camino para este pintor de la modernidad, Andy Warhol, probablemente se iniciara durante su paso, como trabajador veraniego, por unos grandes almacenes. Tal vez ahí, entre maniquíes y carteles anunciadores, surgiese su pasión por plasmar el mundo del consumo y la publicidad.
En el mismo año de 1.962, y por caminos distintos y casuales, Roy Linchestein, tras dejar a un lado el expresionismo intelectual de Pollock, de Kooning y de tantos otros, que había imperado durante las dos últimas décadas, comienza sus pinturas de tiras de cómics y su famoso retrato de George Washington; de esta manera ambos convergen en la popularización de la pintura uniéndose al movimiento del Pop-art, que ya despuntaba con fuerza desde mediados de los cincuenta, a través de artistas como Jasper Johns, con su celebrada obra “Tres banderas” y Richard Hamilton, el cual, en un collage fotográfico, del año 1.956, hizo aparecer, por vez primera, la palabra “pop”. Tal vez fuera el origen de todo y la causa primigenia para que todo se mirara de una manera divertida y aparentemente casual. Linchestein fue, tal vez, el que cargó de ironía sus telas, acercándose con humor a la manera de vivir americana –“american way of life”-. Tanto la sociedad, como sus personajes, eran retratados con pinceladas de sarcasmo bien administradas, como si de una sordera interesada se tratara.

Junto a la banalización que nos trae el consumismo y la televisión, aparece este innovador y transgresor estilo de arte, innovador y transgresor tanto en la manera de entender el entorno como en la de aproximarse a esta nueva sociedad de la comunicación y los medios audiovisuales. El pop-art parece nacer como un nuevo medio de consumo para una nueva cultura, básicamente urbanita. En cualquier caso, no fue más que el antecedente del espíritu de los tiempos de comercialización mediática que se avecinaban, y que no harían más que acrecentarse con el paso de los años. El sueño de cualquier ciudadano anónimo, ya lo dijo Warhol, no era otro que “ser famoso durante 15 minutos”. Tal vez, si Rimbaud siguiera entre nosotros se reafirmaría en aquella nota que dejó sobre el manuscrito de “Una temporada en el infierno”: “Ahora puedo decir que el arte es una tontería.”
Warhol hizo del arte, no cabe duda, un gran negocio, llegando a tal extremo, que los proyectos sólo le parecían verdaderamente interesantes si le aportaban dinero, mucho dinero. Pero el pop-art va mucho más allá de Andy Warhol.
El hombre se refugia-como pensaba Schopenhauer-ante las embestidas rutinarias del día a día, ante el vacío que nos provoca su “run-run”, en el arte y en la ciencia. Es la manera que tenemos de escapar de nuestras apreciaciones, necesariamente objetivas y, a veces, angustiantes, ante la vida diaria. En definitiva, es nuestra manera de desconectar de todo aquello que nos es inevitable. El arte y las ciencias, tanto las humanidades como las técnicas, se convierten en una liberación para el ser humano. En este sentido, el pop-art-por acercarnos a lo cotidiano-, es una manera cínica de aproximarnos a esa realidad nueva en la que, en esta década, se empieza a ver inmerso el hombre del siglo XX. En el fondo, se puede ver este arte como una reacción, como un acto de rebeldía frente al consumismo que tiñe nuestras vidas; claro está, desde una visión irónica y liberadora. Y, por supuesto, no exenta de un componente imprescindible y paradójico, justamente aquello que pretende criticar-desde la sonrisa cómplice-, es decir, el mercado. En resumidas cuentas: se hace arte para consumir. Y, además, se hace criticando irónicamente el consumo, es decir, criticando aquello para lo que se crea. El colmo de la contradicción.
“Estoy harto de esta vida de habitaciones amuebladas. /Estoy harto de tener gripe y dolores de cabeza. /Conoces mi extraña vida: Cada día trae
su cuota de ira…” Delmore Schwartz (Baudelaire).
El pop-art tiene la cualidad de estimular fácilmente los sentidos y, por ello, ser capaz de acercarse a aquellas personas que jamás se han interesado por el arte y sacarlas de su inopia. Se aproxima a la gente común a través de objetos y personajes que le son conocidos y cotidianos. Por ello, consigue penetrar en todas las capas sociales. Convierten el arte y lo artístico en un lugar común, en un espacio para compartir, alejándolo del teórico elitismo en el que se encontraba. Con su fuerza expansiva, acaba arrinconando al expresionismo abstracto de Pollock y Barnett Newman a las frías, y casi vacías, salas de los museos. Con él, es innegable, se instala cierta vulgaridad en el panorama artístico y, tal vez por esa causa, aunque no lo creo, Nueva York se convierte, desplazando definitivamente a París, en la capital artística del mundo.
En cualquier caso, fue Warhol quien se llevó el gato al agua y se convirtió en el tótem “underground” de la modernidad. Desde su famosa factoría salieron iconos que todavía hoy funcionan en el ámbito popular, baste recordar sus retratos de celebridades del cine, como Elizabeth Taylor o Marilyn Monroe, tan sumamente imitados. Probablemente desde su tumba se remueva al contemplar el negocio que ha generado y que ya no puede controlar, ni disfrutar. Pero su aportación no se quedó exclusivamente ahí, sino que exploró además en otros ámbitos, inclusive en el difícil mundo del rock. Desde su factoría salieron los primeros Velvet que, como Andy, nacieron con vocación de marginalidad alternativa y después, como todos, acabaron absorbidos por la industria. Lou Reed, John Cale y aquella modelo de la que todos nos enamoramos, y que además cantaba tan bien, Nico, pasearon su desencanto por todos los circuitos alternativos de Nueva York y de Estados Unidos. Nico, esa valquiria hierática en el escenario, destrozó corazones allá por donde fue y, desde su fresca hermosura, todos soñaron, soñamos, con ennoviarla o cuando menos con acompañarla y, así, sentirnos redimidos por sus atenciones, quizá por su ternura, como se redimió Fausto a través del amor de Margarita:“al cielo nos conduce el eterno femenino.” Goethe(Fausto-Acto V).
Todos ellos pronto se desembarazaron del dios blanquecino y, a su vez, Lou Reed pronto se desembarazó de Cale-no confundir, como bien dice mi buen amigo Peto, del restaurante Casa Jandro Restaurante en Celis, con el autor de Cocaine, J.J. Cale, esa canción que todos creen es de Eric Clapton- y poco después también se desembarazó de la banda, The Velvet Underground-Sweet Jane-, y se introdujo por el lado más salvaje del camino-Walk on the wild side-, destilando melancolía, dejando resbalar las palabras como jamás nadie lo haya hecho. Dicen que la heroína-Heroin- estuvo a punto de matarlo pero lo cierto es que aún duró lo suyo, más lúcido que nunca, como un intérprete de “rock animal”, persiguiendo un sueño tal vez inalcanzable, un sueño cada vez más alejado del suicidio que cuando publicó Berlin, su particular calvario. Sus letras destilan lirismo descarnado. Lo mismo da que retrate Nueva York o que haga un viaje al interior de su alma. Él siempre, tal vez a su pesar, sale victorioso: “El futuro es igual para todos. /Lo encaramos como podemos/y no hay nada malo en tener miedo; /eso sólo prueba que eres hombre.” Lou Reed (Deshechado-poema-)
De esta manera, tontamente, entre el beso que nos mandaba Roy desde el acrílico de sus lienzos, y el Elvis disparando, ¿a quién?, tal vez a sí mismo, Warhol se convirtió en el representante más conocido, y sobre todo más mediático, del Pop-art y, con él, tuvo lugar la mayor popularización, y tal vez trivalización-como soñó Duchamp-, del arte. Warhol siempre estuvo unido al mundo del rock, en especial al mundo de los rock-stars. Con David Bowie-Space Oddity- ideó una multivariedad estética que convirtió al rubio y afilado cantante en un auténtico camaleón. Lo mismo se convertía en una estrella del Glamp-rock que iba al Space-rock, pasando por la mímica silenciosa, no podía ser de otra manera, de un maestro como Marcel Marceau. Y todo ello pareciendo artistas diferentes.
Con Mick, por supuesto Jagger, mantuvo una interesante relación de la que hoy nos queda, además de sus retratos, el archiconocido anagrama de la banda más longeva de la escena, The Rolling Stones. Desde unos labios, inspirados en Mick, también conocido como “Morritos Jagger”, salía una poderosa y desafiante lengua que, aún hoy, se burla un poco de todo bicho viviente y, además, es el inconfundible sello de los ya geriátricos Stones.
“No existe gran ingenio sin algo de demencia”. Aristóteles.
Warhol, en sus modelos, solía buscar gente que se moviera por los llamados circuitos alternativos-underground-, al menos supuestamente, pero ya nada era lo que parecía. Lo cierto es que, tanto él como sus figurines, pronto dejaron de ser marginales para convertirse en sencillamente extravagantes, y simplemente sugerían seguirlo siendo como vitola de modernidad y vanguardismo-eso siempre vende-. También, a veces, iconizaba y entronizaba muñecas rotas, como es el caso de Norma Jean, Marilyn Monroe, la niña desvalida que, una vez muerta, creció hasta convertirse en mito y que, en vida, no fue más que un ser humano condenado a una muerte ¿intencionada? por sobredosis de barbitúricos. Esta linda corista que conquistara a un príncipe imaginario, en la fantasía del cine, y a un rey del escenario como Laurence Olivier, tuvo que conformarse, en la vida real, con ser amante de un presidente y esposa de un dramaturgo-Arthur Miller- que condenó al pobre Willy Loman, viajante de profesión, a tener que morir una vez que había acabado de pagar la hipoteca de una casa que, entre otras cosas, le había consumido. Esta chiquita, que consiguió subirse al tren de Billy Wilder-“Nadie es perfecto”- en marcha, mientras el vapor de la máquina azuzaba sus piernas entre unas alocadas faldas que, con la colaboración de las cálidas rejillas de los metros, descubría sus encantos más íntimos, desnudaba su alma entre las canciones sensuales que un agobiado Joseph Cotten escuchaba de sus perniciosos labios en Niágara. Esta pobre Norma Jean acabó pasando de las catacumbas ocultas de la Casa Blanca, donde acudía en traje de fiesta, al frío mármol de una morgue, donde acudió, por primera y última vez, sin más sudario que el de la sábana que le pusieron tras la autopsia. Murió como dormía: desnuda. Sólo que sin sus gotas de Chanel número 5.
“Caminar a la muerte no es tan fácil, y si es duro vivir, morir tampoco es menos”. Luis Cernuda.
Él, que había sido un niño enfermizo, que había pasado una gran parte de su infancia en la cama, dibujando y recortando fotos de estrellas del celuloide, él, tan hipocondríaco, tan temeroso de todo lo que oliera a hospital, caminó al encuentro con la muerte un 22 de febrero de 1987. Una aparentemente inocente operación de vesícula, fue el detonante. Fue enterrado en la ciudad donde nació-Pittsburgh-, junto a sus padres, con todo el boato con el que había vivido, en un féretro de bronce macizo, con un elegante y negro traje de cachemir, que contrastaba con su piel blanquecina, con su peluca en un tono argenta y con esas gafas de sol a las que se vio condenado de por vida. Por no faltarle, no le faltó ni un sofisticado frasco de colonia, Beautiful, de la firma Estée Lauder.
Le dieron sepultura con la misma pompa con la que se había acostumbrado a vivir. Sólo que no la pudo disfrutar; nada le eximió, ni siquiera la inmensa fortuna que había acumulado en vida, para rendir otro tipo de cuentas. Tarde o temprano, la muerte a todos nos la cobra por igual enrasándonos para siempre.

Juan Francisco Quevedo

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Unos versos para un cuadro de Sigmar Polke-Juan Francisco Quevedo

Esa recreación que hice del cuadro de Sigmar Polke me sirvió para escribir estos versos

Se siente libre

quien corre tras los sueños,

quien burla al tiempo.

Sigmar Polke-Se siente libre

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LA SOLEDAD DEL NÁUFRAGO-Juan Francisco Quevedo

Juan Carlos y Franco

AQUEL JOVEN JUAN CARLOS EN LA ESPAÑA DE FRANCO

LA SOLEDAD DEL NÁUFRAGO

Aunque no fue una boda de cine, perfectamente pudiera haberlo sido. Pero, por entonces, ni tan siquiera pudo ser una boda real, aunque sí de la realeza; de una realeza europea que se entregaba a los endofágicos brazos de sí misma. La boda, no cabe duda, no hacía sino continuar con la tradición, es decir, primo más primo igual a un gran primo al cuadrado o, lo que es lo mismo, la representación en la vida del Saturno devorando a sus hijos. Juan Carlos y Sofía, con la autorización genuflexiva de un general Franco ausente -viajar al extranjero era desasosegante- ponían una pica en la siempre ortodoxa, y por poco tiempo, monárquica, Atenas.

El novio había llegado a España, de niño, en un tren, sin pompa, sin bombo, sin familia y casi sin equipaje. En aquellos años de soledad y bromas malintencionadas el que posteriormente sería el rey Juan Carlos aún era Juanito, el mismo Juanito que tanto irritaba a su padre, un don Juan que, desde su condado de Barcelona y al calor de Estoril, donde una corte de andar por casa lo adulaba, aún soñaba con el armiño del trono, el mismo Juanito al que desde dentro, tanto falangistas como monárquicos adscritos al Movimiento, miraban con superioridad y desconfianza.

Nadie daba mucho por él pero, Juanito, como también lo llamaba el general, era el elegido, el ungido por la mano, invadida por el Parkinson, del viejo Jefe del Estado que, en su juventud, soñara con ser actor de cine y hubo de conformarse con firmar algún guión como el de Raza con el pseudónimo de Jaime de Andrade. Juanito también era el elegido para ser el objetivo de los chistes de mal gusto de una sociedad como la española, acostumbrada a ir detrás del sol que más calienta, aunque sólo sea como método eficaz de supervivencia, tras los sufrimientos de la guerra.

El caso es que salían a las calles por cientos de miles a honrar al general y a mofarse de su supositorio -por ir siempre adosado a su trasero, según se decía-. Con estos antecedentes podemos concluir que muy mal lo debió de pasar Juanito. Años de preparación en la soledad real de su persona, también real, sin apoyos afectivos ni efectivos. Años de desconfianza -luego se vio que justificada- desde todos y cada uno de los aledaños de un poder que se refugiaba bajo el protector manto del Caudillo. No pudo contar con nadie -Adolfo Suárez aún era un estudiante de Derecho-, ni con los Procuradores a Cortes ni con la flor y nata del Movimiento y, lo que es peor, ni con el pueblo. Estaba rodeado de enemigos, desconfiados y desafiantes, por todas partes. Era la perfecta definición de una isla solitaria y perdida.

“Triste país en donde todos los hombres son graves y todas las mujeres displicentes, en donde en la mirada de un hombre que pasa vemos la mirada de un enemigo.” Pío Baroja (Vieja España, patria nueva)                                                          

 ¡Pobre Juanito! ¡Qué sólo se debió de sentir! Por un lado, todos los que tenía a su alrededor estaban con Franco y, por otro, sus teóricos aliados, los disidentes monárquicos, se encontraban, al menos espiritualmente, en Estoril, con su padre, con don Juan. Con todos estos antecedentes, si rememoramos lo que fue la infancia y la juventud de Juanito sólo cabe felicitarse al ver cómo, desde su tesón y entereza, a la vez que con la inestimable ayuda de un grupo reducido de colaboradores, entre los que se encontraba el nunca suficientemente ponderado Adolfo Suárez, acabó convirtiéndose en, primero, don Juan Carlos y, después, en el Rey. En todo ello, no cabe duda, su matrimonio con la princesa Sofía de Grecia fue determinante. Algún día se reconocerá el importante papel representativo de esta mujer, destronada, por el pueblo, en su país y entronizada, por el pueblo, en aquella España democrática.

Lo que habría de venir después, lo que se supo más tarde, tanto en los últimos años de reinado del que fuera llamado Juan Carlos I, como después y ahora, tras la renuncia al trono, ya es harina de otro costal y objeto de otro análisis.

En aquel ambiente de aquella España, descrito tan literariamente por Pío Baroja, aquel viejo galeno cascarrabias, hubo un hecho que, desde mi mirada infantil, me sorprendió y causó cierta impresión. Apenas habían transcurrido diez años desde que el ataúd del escritor hubiera sido llevado a hombros por Cela, bajo la atenta mirada de Hemingway, al cementerio civil de Madrid, cuando el Generalísimo Francisco Franco-julio del sesenta y ocho- acompañado por su regio y joven acólito, nos visitó en Santander.

El portahelicópteros Dédalo, un retal americano de la segunda guerra mundial, y el crucero Canarias, buque insignia de la Armada, atracaron en la bahía de Santander junto a un sinfín de barcos de guerra entre los que destacaba el buque escuela Juan Sebastián Elcano. Fue una semana de visitas, maniobras, desfiles y desembarcos.

Franco languidecía en el Azor, fondeado en la bahía; había resistido firme en el poder sin que nada le hiciera tambalearse, pero hay algo que nunca perdona, las horas vividas. Se refleja a la perfección en la inscripción latina que aparece bajo el reloj de muchas iglesias:

Todas hieren, pero la última mata (Vulnerant omnes, ultima  necat)

Se puede leer entre otras bajo el reloj de la catedral de Brujas Y Baroja da cuenta del mismo lema, inscrito en el reloj de sol de la iglesia de Urruña, pueblo vasco francés.

Con Franco fue exactamente así; murió en la cama de un hospital de viejo, siete años después de su visita a Santander, sin que nadie le moviera del sillón que ocupó durante cuarenta años. Ante su cadáver, haciendo insufribles colas, pasó un interminable número de personas. Pronto, también en cola, cambiaron de fila y comenzaron a manifestarse en sentido contrario, por supuesto, en masa.

La hora de Juanito había llegado y con la compañía de unos cuantos viejos conocidos del sistema se revolvieron contra el mismo e hicieron un giro impensado. Nadie daba un duro por él y, sin embargo, en unos meses acabó con toda la parafernalia de un Régimen que se auto fagocitó a sí mismo, extinguiéndose sin más.

Quién se lo iba a decir a aquel muchachito que vino a España con una maleta y sin el respaldo de nadie, salvo del general, cuando en aquel julio del 68, rodeado de una masa que aclamaba a Franco, se encontraba más solo que nunca.

Ahora, por sus errores, sabe de la hiel cambiante de las adhesiones inquebrantables, como se decía.

Aunque, en verdad, siempre será igual. Por mucho que cambiemos de lugar siempre aflorará lo que llevamos dentro. Intentar enmascararlo es una trampa que nunca saldrá bien.

“Caelum non animum mutant qui trans mare currunt”

(Quienes surcan la mar mudan de cielo, no de alma.) Horacio (Cartas I, 11,27)

                                                                  

Juan Francisco Quevedo

1948.llega a España con diez años

Semana Naval 68

 

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DOS VIEJOS DIBUJOS PARA UNOS VERSOS-Juan Francisco Quevedo

El mundo nunca debiera ser una cárcel, ni concebirse como tal ni física, ni mentalmente.

Siempre debemos escapar incluso de lo peor de nosotros mismos.

Huye del tiempo

de muros y alambradas.

Busca el futuro.

Huye del tiempocarcel 2

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CARLOS ALCORTA AFLICCIÓN Y EQUILIBRIO (CALAMBUR EDITORIAL, 2020) -Juan Francisco Quevedo

CARLOS ALCORTA

AFLICCIÓN Y EQUILIBRIO (CALAMBUR EDITORIAL, 2020)

2-portada

CARLOS ALCORTA

AFLICCIÓN Y EQUILIBRIO (CALAMBUR EDITORIAL, 2020)

UN LIBRO IMPRESCINDIBLE DE UN POETA MAYOR

 

Llega a las librerías este nuevo libro de Carlos Alcorta como una ráfaga de luz precisa que pisa “la dudosa luz del día” con el fulgor hiriente de un destello que nos deslumbra y nos traspasa hasta anclarse en nuestra memoria para buscar un lugar desde el que poder revivir unos versos que ya han sido delineados en nuestra conciencia lectora con la exactitud, pulcritud y delicadeza de un rotring.

Desde las primeras páginas de Aflicción y equilibrio, el poeta consigue acertar en el centro exacto de la diana, allá donde reside y pervive la sensibilidad emocional, con el dardo de un arma que domina y moldea a la perfección, el lenguaje. Un arma a la que dota de un lirismo vivo, vibrante y encendido, rabioso y sosegado, a través del milagro de la palabra, que no es otro que el que se logra con la buena poesía.

Veintiuno son los poemas que elabora con el estilo paciente de un fino tejedor que sabe intercalar con sabiduría en el telar hilos de distintas procedencias y tonalidades, pero todos conjugados con belleza, con la misma que logra el poeta al entramar la filosofía con el dolor, la muerte con la culpa, el amor con la lucha, la creación literaria con la salvación, al padre con el hijo…

“Entre nosotros nada ha cambiado. En la mente

de un niño la muerte, más que un enigma,

es un mendrugo de pan que obstruye la garganta.”

Desde el primer poema, desde ese autorretrato descarnado y sincero con que se abre el libro, desde esas tiernas dedicatorias familiares, que no son más que la pista que nos da para imaginar el tono de los versos con los que vamos a viajar, se advierte un cambio en la poesía de Alcorta, que si bien mantiene esa línea de su poesía que le ha llevado a ser una voz imprescindible en el panorama poético en español, profundiza en el conocimiento de su propio yo a través de la experiencia personal, con la emotividad asociada que conlleva. Con la verdad que supone esa inmersión íntima, con la entrañable cercanía que desprende, con esa complicidad, tal vez no buscada, con la que, “puedo jurarlo”, se acerca al lector, siempre, siempre, emerge el poeta, el que se aproxima a la creación desde una vida, la suya, con la que, desde la aflicción, se ha reconciliado para encontrar, al fin en ella, el equilibrio.

“… Quiero ser-pensaba-

no parecer, por eso he buscado sentido

a la vida a través de las palabras,

aunque con desigual forma. Gracias a ellas,

puedo jurarlo, he sobrevivido a cientos

de fracasos…”

Tras este preámbulo definitorio, debo decir que me une a Carlos Alcorta, al hombre que habita en él, una amistad que se ha ido cimentando en el tiempo con el simple y afectuoso abrazo con que nos enrosca aquello que se hace entrañable con el trato y el cariño, con el devenir natural de la vida.

Me une a Carlos, al poeta que en él habita, una constante y sensitiva lectura de sus poemas, una inclinación hacia su poesía que se ha ido fraguando con el descubrimiento que ha supuesto cada uno de sus libros, con el sonido, rebotando en mi interior, de unos versos que se han hecho imprescindibles en mis lecturas, que ya forman parte de esa corta, pero docta y selecta, biblioteca personal y emocional.

Ahora bien, esta amistad personal no me lleva a la benevolencia, ni me inhabilita a la hora de emitir un juicio sobre su obra, sobre Aflicción y equilibrio, el libro que nos ofrece en una época de completa madurez personal y poética, con los sesenta espléndidos años ya cumplidos y con la energía y el ánimo de una vida llena que le sitúa en esa atalaya desde la que uno se puede permitir estar por encima y al margen de los vaivenes y las tendencias, tanto vitales como poéticas e ideológicas.

“Hacer vida-esa es la intención

con la que he escrito este libro- es vivir,

no como si hubiera otra vida, sino como si todo

lo vivido hasta ahora fuera insuficiente,

es hacer de las lágrimas del duelo

semillas que fecundan el futuro porque,                                

con el dolor como aliado,

la alegría florece con más fuerza.”

Descubrimos a un poeta que se halla en plenitud creativa, que llega al lector sin ambages, provisto tan sólo con la eficiencia lírica de una verdad desnuda y franca, una verdad que parece arrancada de su yo poético más íntimo, que trasciende el hecho del que parte.

“Para mí, basta ya de hipocresía

fue un estorbo al que terminé

habituándome, un mal menor

que afianzaba la paz en la familia

sacando lo mejor de mí,

sin pretenderlo.”

No puede ser de otra manera cuando uno trata la muerte a nivel personal, cuando uno habla del padre, de su muerte y agonía, pero no es sólo eso lo que hace que esa verdad llegue al lector, es la identificación con sus propios muertos lo que le mueve y conmueve. Su padre deja de ser su padre para convertirse en nuestros muertos personales. Conseguir eso desde los versos de un poema es el gran acierto de Carlos Alcorta. Encontrar esa conexión con el lector hace que el poema sea un buen poema y no un poema fallido.

“No es un secreto.

He pasado muchas noches en vela

recordando a mi padre y los terribles

últimos días de su vida.”

Aflicción y equilibrio no es un libro más en la trayectoria de Carlos Alcorta, estamos ante una obra que define y marca a un poeta, estamos ante un libro, como decía Montaigne, que, desde luego, no irá a ese cementerio tan colmado de pilas de obras leídas y no recordadas, de esas que pasan por la vida del lector sin dejar la menor huella, sin tan siquiera recordar que un día las tuvimos entre nuestras manos; estamos ante uno de esos libros que dejará rastro en la conciencia y en la memoria de los lectores que abran sus páginas. No será una de esas obras que caen por el precipicio al que nos conduce la indiferencia, no será uno de esos libros que yace con la astrosa pátina del olvido en lo más profundo del cementerio de nuestra biblioteca.

El aroma que estos poemas desprenden, inunda de inmediato nuestro ánimo con y desde una pulsión interna que todo lo invade. Lo hace con la autenticidad de su propia experiencia vital, dotando a los versos de la emotividad que se asocia a la misma, pero siempre con la mirada fijada en la creación literaria como meta inexcusable para dotar de verdad lírica a cada composición. Y siempre sorprendiendo al lector, sacudiéndolo, con otra de las características de su poesía, con esos giros imposibles, tan suyos, plenos de ironía, que asocia al discurso poético, cuando no con esos símiles comparativos impactantes, imaginativos y brillantes.

“Su mirada no encuentra un punto de apoyo,

se dispersa a la caza de un recuerdo

por el espacio infinito del techo

del cuarto, mira con curiosidad,

igual que un astronauta antes de convertirse

en un fósil expulsado del tiempo…”

Otra de las grandes virtudes de Carlos Alcorta es saber intelectualizar su poesía conservando la suficiente lucidez como para no dejarse arrastrar por la autosatisfacción del hermetismo indescifrable. El poeta nos sumerge en la cotidianeidad de la vida, de su propia vida, nos introduce de lleno en ella con su verdad, a veces con la poética, que bien es cierto que se confunde con las otras que hay en ella hasta no diferenciarse. Al fin, todos somos la suma de la multitud de verdades poliédricas que configuran al ser humano.

Desde una supuesta intrascendente anécdota cotidiana y banal, nos sumerge en su mundo.

“Con frecuencia acudimos a las citas

con retrasos inexcusables. Siempre queda algo

por hacer en el último momento,

abrillantar la máscara del día,

afeitarse, poner las legumbres a remojo

para nutrir a la ansiedad famélica,

calzarse, anotar algo en la agenda…”

Estamos ante un poeta que se presenta desprovisto de ornamentos inútiles, de abalorios sin valor que pueden resultar llamativos pero que suelen ir revestidos con el don de la vacuidad. A pesar de la dureza de algunos poemas, como ocurre cuando se hace poesía apelando a los sentimientos más profundos, logra transmitir y conferir una gran serenidad al lector que en seguida se identifica y muestra una gran empatía hacia sus versos.

“Ella, amorosa pero hermética,

puso en los hijos devoción y fe,

no sé si siempre bien recompensados.

Él fue, antes de encorvarse, antes de dormitar

pulcramente ataviado con pijama

de franela y batín gracias a esos somníferos

que le dan un respiro y dibujan en su rostro

un rictus parecido al de la felicidad,

un hombre recio y tierno, a su manera,

que no lo tuvo fácil en la vida.”

Hay dos cualidades que hacen de este libro una aventura especialmente atractiva, dos valores que no tienen por qué ir siempre unidos en poesía, por un lado un lirismo que aflora incluso en aquellos poemas más discursivos y, por otro, un mensaje moral y ético, muchas veces de aprendizaje, que nos lleva a la reflexión.

En sus páginas, el fondo y la forma, el mensaje que nos transmite y la estructura poética se unen y reúnen con la elegancia, a veces desnuda, de un esteta del verso, pero con la profundidad emocionada del que consigue trasladar no sólo belleza sino también, y además, un compromiso ético ante la existencia.

“…pero ahora quiero hablar de experiencias reales,

no de embustes acerca de la resurrección

o de infames promociones internas;

quiero hablar claro, sin las tretas de la literatura;

sin palabras, solo con el silencio…”

El libro está compuesto por poemas largos, elaborados, provistos de un discurso entusiasta que consigue empastar esos dos mundos que nos son comunes, el exterior, el que captamos con una simple mirada, aquél que nos transmite lo más evidente, y el interior, aquél en el que residen las emociones y los sentimientos comunes, aquél al que sólo se llega a través de lo que se halla más allá de la primera mirada, aquél que se alcanza a través de lo que nos sugieren los versos. Carlos Alcorta amalgama como un nigromante del verso esos dos mundos.

“Hay miradas que dicen más que muchas

palabras, lo sabemos desde niños,

cuando suplían a las reprimendas.”

Desde esa primera lectura, desde esa primera mirada nos lleva a la esencia de lo que nos sugiere, nos conduce el poeta hacia ese mundo interno, que nace de lo más íntimo y personal. Con ello, ahí su gran acierto, consigue trascender a su propio yo para universalizar su poesía a través de las sensaciones y los sentimientos comunes que despiertan sus versos en lectores de todo tipo, independientemente de su procedencia y formación cultural. Ha sabido llevar al lector a ese territorio donde reside aquello que cualquier ser humano identifica con facilidad: dolor, amor, rabia, soledad… Esto es lo que encontramos cuando nos alejamos del trazo primero de sus versos. Podríamos comparar su poética con un cuadro impresionista, unas obras de las que debemos alejarnos para descubrir, tras ese primer trazo grueso, lo que realmente esconden. En estos versos, una ternura desbordante.

“Tú buscas en nosotros un cielo que no existe.

Yo busco en ti, madre, para enfrentarme

a lo desconocido, el calor de tu mano,

esos hospitalarios abrazos que disipan

temores, como cuando era un niño,

y me reconcilian con el mundo.”

Sin duda, Carlos Alcorta, desde su propia sensibilidad, desde una estética versificadora impecable y llena de verdad, llega y encuentra al lector; nada más complicado y difícil. Llega a esa inmensa minoría para contribuir a que cada día sea menos inmensa, para hacer de la poesía, de los que se acerquen a ella, un descubrimiento feliz que, si bien requiere un esfuerzo de comprensión mayor que el que se acerca a la prosa novelada, no la hace indescifrable. Desde luego que nadie espere encontrar en cada palabra el significado que le atribuye el diccionario; no sería poesía. Ahora bien, cualquiera hallará con cierta facilidad en cada palabra aquello que nos sugiere, el vuelo poético al que nos conduce, el misterio que nos desvela y que, por supuesto, va mucho más allá de su estricta literalidad. Desde esa visión poética encontramos versos memorables, con unos encabalgamientos, inherentes y fieles a su poesía, imposiblemente hermosos. En ellos, se esconde un elegíaco y llamativo canto a la vida, una invitación a no desperdiciarla.

“Entonces ignoraba que pasar

de puntillas por la realidad

era una forma de estar muerto.”

En esa traslación hacia el lector, en la que hacemos nuestros los versos del autor, es cuando el poema, cuando el libro abandona al poeta. Es entonces cuando nos posee, es entonces cuando los versos los hacemos nuestros. Eso es exactamente lo que nos sucede con muchos de los poemas de Carlos Alcorta, incluso con aquella poesía en la que el poeta emerge como un testigo del tiempo en que vive.

“Somos espectadores bienintencionados,

nos escandalizamos por fotos de tragedias

que a diario vemos en televisiones

o periódicos, aunque no oigamos

ni gritos ni lamentos o el débil traqueteo

de una respiración agónica,

pero no manifestamos intención

alguna de ayudar a un vecino en apuros.

La distancia es un dulce somnífero

que encubre la carnicería de los inocentes.”

La poesía de Carlos Alcorta siempre ha sido el escenario en el que el poeta lucha consigo mismo, en esa batalla que nunca termina, en esa lucha encarnizada por intentar conocernos algo mejor. En cualquier caso, son esas contradicciones entre lo que nos dicta la cabeza y aquello a lo que nos arrastra el corazón lo que nos hace avanzar por la vida. Esa lucha interna contra nosotros mismos es permanente. Ahora, con la madurez que sólo da el tiempo, se halla más seguro y firme que nunca de la tierra que pisa.

“Las lágrimas que derramé sin que tú

lo supieras, poniendo nombre con las palabras

que me enseñaste a todo lo que me rodeaba,

hasta que logré dar vuelo a mi pensamiento,

forman parte de tan impopular

y mal pagado oficio,

ese del que te avergonzabas

en los primeros años, cuando eran mis poemas

solo frustradas tentativas:”

Como ya dije en otras ocasiones al hablar de la poética de Carlos Alcorta, la perplejidad, asociada a un permanente dilema, es el terreno en el que transcurre su obra, un lugar indeterminado desde el que expresa e intenta dirimir sus dudas, su dolor y esa angustia existencial que parece llevarle al desasosiego. Cuando reina la incertidumbre no existe un lugar para la certeza absoluta. En la poesía de Carlos Alcorta la duda es también un principio poético irresoluble.

“…pero he intentado siempre reflejar

en las páginas mis propios conflictos,

sin buscar amparo fuera de mí

o en la naturaleza, porque esta solo siente

sin quejarse, pero no piensa.”

Son muchos los poetas que hacen de la creación un proceso dificultoso, donde se vuelcan desde una disección que bien pareciera de sí mismos, de su propio yo, o de su parte más oculta, de aquella que late permanentemente en el subconsciente, para expresarla como algo ineludible. Hay una necesidad, imperiosa diría, de acercarse a la soledad inspiradora para verter palabras sobre unas cuartillas en blanco; aunque duela, aunque se sangre por la herida de los versos. Esa parte desgarradora fluye a raudales por las páginas de Aflicción y equilibrio.

Los poemas del padre, su visión de la muerte, su afectación en el entramado familiar hacen que elabore una poesía repleta de sinceridad y emoción verdadera, rebosante de humanidad. Con unas imágenes potentes nos insinúa y sugiere un camino que tal vez ni el propio poeta imagine, el del reencuentro emocional con el padre como una necesidad, la de descubrir esa mano que quizás no supiera entender y que, ahora, en la muerte, la busca, amable, aunque ya no esté más que en el recuerdo. Aún así, parece sentirla muy cerca.

“Teme que se me olvide. Quiere recordarme

lo que me dijo tantas veces,

que un ser humano sin principios,

carece de valor, es un espantapájaros.”

Al cerrar este libro no puedo evitar sentir una nostalgia prematura, aquella del que sabe lo que añorará nada más perderlo. Aquella que se calmará con el simple gesto de volver a abrirlo. Como haré tantas veces para leer versos como éstos:

“Padre, nunca seré lo que tú hubieras

deseado que fuera, nunca sentiré afición

por la canaricultura o el mus,

nunca seré un manitas, pero puedo decirte

que desde que fui padre comprendí

por fin lo que supone ser un buen hijo.”

Para terminar, me gustaría destacar el poso de ternura que hay en muchos de los poemas; es más, incluso en aquellos más duros sobrevuela sobre la cabeza del lector un halo de bondad que, aunque a veces permanece oculto y hay que saber descifrarlo, sirve de contrapeso. La vida, al fin, es eso, una mezcla de sentimientos encontrados.

El primer poema, el que abre el libro, un autorretrato único, repleto de sinceridad crítica, termina con unos versos esperanzadores, en los que a través del amor, se rescata a sí mismo del naufragio vital, del laberinto en el que se halla. Es un autorretrato de madurez, en el que se distancia, sin renunciar a él, del que fue, sintiéndose a gusto con el que empieza a ser, huyendo de esa inseguridad que a veces nos acompaña en la vida: “pero creo que me he ganado el derecho a guardar/distancia con los acontecimientos…”. Y el libro finaliza con esa misma atmósfera, desde unos versos poderosos que se agarran con ahínco al compás de la ternura, haciendo un guiño al futuro: “Pasada la aflicción, empieza el equilibrio”.

Leer a Carlos Alcorta, sumergirnos en las páginas de Aflicción y equilibrio es reencontrarnos con la buena poesía, aquélla que sirve de vehículo enzimático para estimular las fibras sensitivas precisas que van a desencadenar en el lector una reacción que le llevará a la emoción, a la verdad inequívoca e indudable, aquélla que emerge sin trampas fáciles, aquélla que no hace una sola concesión a la cursilería gratuita, aquélla que, en toda su franca desnudez, se muestra con autenticidad y belleza. Estamos ante el espléndido libro de un poeta mayor, ante un libro que se salvará del olvido.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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DIBUJO Y VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Después de su último viaje a Gambia, donde lleva años haciendo una labor extraordinaria, mi buen amigo Nani Villoslada se vino con unas fotos. De una de ellas sale este dibujo y los versos que me sugirieron.

Una mirada

traspasa la conciencia

de la injusticia.

Una mirada buenaaa82450066_859274664485567_607047920247635968_o

 

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ANTONIO CRUZ ROMERO ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA (RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2020) -Juan Francisco Quevedo

ANTONIO CRUZ ROMERO

ÁMSTERDAM ES UNA CIUDAD MALDITA

(RAVENSWOOD BOOKS EDITORIAL, 2020)

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Cinco años y medio es el período temporal que abarca este elegíaco diario que nos presenta el escritor Antonio Cruz con el título “Ámsterdam es una ciudad maldita”. El autor transitará a lo largo del libro por territorios escabrosos en una ciudad que, como dice Hilario Barrero en el prólogo, “aparece con un pasado luminoso, donde la felicidad tenía su jardín, y con un presente y futuro oscuros y tenebrosos donde la muerte y el olvido tienen su huerto”.

Antonio Cruz se aproxima al lector como si éste fuese un amigo invisible ante el que poder mostrase con verdad, con su verdad; aquélla que va incluso más allá de su propia consciencia, aquélla que incluso trasciende sus propias intenciones para buscar la cercanía a través de una complicidad con el lector que consigue con el dominio del lenguaje y de la emoción que lo acompaña.

La verdad, provista de autenticidad y desnuda de impostura, siempre logra superar la barrera existente entre lector y escritor, esa primera frialdad que sólo se rompe con los buenos libros. En este diario desaparece casi de inmediato, no sólo por la verdad desnuda que nos transmite sino porque nos llega con la destreza y la sabiduría de un domador del lenguaje, un escritor que nos conmueve tanto con líricas ráfagas de ternura como con hirientes destellos de rabia contenida.

Está claro que este libro no es sólo, desde luego, un diario al uso de una ciudad, es mucho más, es un doloroso relato autobiográfico, pegado a ese Ámsterdam de sus contradicciones, que concita en el autor todos esos sentimientos asociados a la propia experiencia, la de cualquiera en cualquier lugar; por eso es tan fácil conectar con él, porque nos transfiere emociones con las que el lector se identifica con facilidad. Pese a pertenecer y sentirse de una ciudad muy concreta, de su ciudad elegida, nos traslada impresiones universales que cualquiera puede asociar a cualquier ciudad, a la suya, en esa lucha permanente que nos acompaña con ella y contra ella, según los diferentes momentos y las diferentes etapas vitales que siempre van unidas a su paso y a su recuerdo.

El libro se abre con un magnífico y esclarecedor prólogo de Hilario Barrero que nos sitúa a la perfección en el meollo del diario. Por un lado, la ciudad de Amsterdam que “nos ofrece su olor, un perfume que habla, que inunda nuestros sentidos y respira con nosotros” y, por otro, “ la angustia, la presencia ausente de las dos hijas, la conducta cruel de quienes cambian el ritmo del viaje”.

El autor, ya desde el preámbulo de esa dedicatoria a sus dos pequeñas hijas, nos muestra sus intenciones, no las esconde, ni se esconde, y se dispone a revelarnos desde su verdad más íntima “esta crónica de nuestras vidas ausentes y su dolor”.

El diario consta de dos partes que se diferencian no solo temporalmente en el calendario sino también en su percepción de la ciudad a través de sus vivencias personales.

Pero hay miradas sobre Ámsterdam, sobre la creatividad y sobre sí mismo, que permanecen inalterables en la narración, que dislocan y cruzan el libro de principio a fin.

Podremos ser partícipes del profundo amor de Antonio Cruz por la lengua neerlandesa, así como su devoción por los poetas que en ella escriben y cuyos poemas salpican las páginas del libro, descubriéndonos un mundo poético y cultural de lo más desconocido. No podemos olvidar que “el lenguaje en sí es un verdadero milagro de tintes divinos”.

Podemos ser cómplices de sus ganas de conocer, de saber, y acompañarlo en su curiosidad impenitente; podemos reconocer e indagar con él los rincones más inexplorados, los cementerios olvidados y las iglesias más recónditas de la ciudad.

También nos llama la atención, y atraviesa el libro como un bálsamo que concilia y repara el ánimo del autor, su devoción por la música, en especial por la música clásica, aunque no deja de haber menciones a músicos de jazz como Ben Webster o a cantantes como Billie Holiday.

Acompañaremos en este viaje a este cinéfilo empedernido y visitador casi compulsivo de librerías, museos y bibliotecas. Nos trasladará el gusto por lo que significa el simple hecho de abrir un libro y sentir en ese tacto el placer de poseerlo; no sólo el de la lectura. Ese afán lo llevará a comprar algún libro “por la irremediable codicia de poseerlo”.

Y siempre, siempre, a lo largo del diario, como una monótona letanía, se suceden la lluvia tenaz, la neblina, la humedad, el frío, el olor y esa contraposición entre la luz y la oscuridad, en la lucha permanente entre ellas cuando uno vive a estas alturas del atlas geográfico.

Ámsterdam es una ciudad que se ha apropiado del autor, que lo ha fagocitado con todas las consecuencias. Eso lo ha convertido, tal y como anticipa en el epílogo, con una frase del escritor Multatuli, en un “amsterdamés, por desgracia”.

La primera parte del libro, de este diario vital, se inicia en julio de 2014 y transcurre durante aún una época de cierta felicidad, con Noa, su primera hija como eje de su mundo, aunque el autor ya nos anticipa en estas iniciáticas páginas la fugacidad de un tiempo en el que pronto se mostrará “triste por abandonar Amsterdam; feliz por dejar una casa emponzoñada de malas sensaciones”.

Será un martes, un 19 de julio de 2016, cuando todo estalle y la fricción con la familia de su compañera se haga inevitable y se manifieste cruda y dolorosamente en ese peregrinaje por las calles con su hija Noa y con ella embarazada de su hija Sophie. Se nos helará la sangre en ese éxodo en el que, tras él, intuye, todos intuimos, que llegará el hundimiento, el derrumbe de la paz familiar, la destrucción del hogar que habían construido con tanta fe en el futuro.

Ese pesar y ese sentido de la decepción, unido al sedimento de maldad que no comprende cómo puede encontrar refugio en personas que han estado tan próximas, harán que una espada de dolor atraviese, no sólo su corazón, sino el sentir de un diario por el que el autor se desangra a través de palabras que fluyen con un lirismo conmovedor.

En la segunda parte, que se inicia en febrero de 2018, el dolor provocado por la ausencia de sus hijas lo impregnará todo, incluso la percepción de la ciudad que, en esa dualidad que siempre lo acompaña, se tornará más inhóspita, pero siempre querida, aunque sea desde el dolor y desasosiego que le provoca. Es un amor reñido que va unido a su percepción; la que emana de sus pasiones más íntimas y profundas.

Los sentimientos hacia sus hijas, Noa y la pequeña Sophie, son una muestra inigualable de amor, muchas veces expresado poéticamente a través de las experiencias sensitivas que le traslada el contacto con sus hijas, como cuando con los pies entrelazados acaricia sus cabellos y sus caras.

Entre sus páginas también descubriremos al hombre metódico, de costumbres fijas e inamovibles, que se esconde tras el autor, aquél que tan sólo pasea en una bicicleta, la que se corresponde con el número cuatro, aquél que visiona “Casablanca” la noche previa a viajar a Ámsterdam y que ordena su escritorio “como un resumen de mí mismo”. Por no hablar del hombre que elige su asiento en función del día de nacimiento de sus hijas. En cualquier caso, todos estos detalles lo hacen mucho más cercano.

Uno recuerda otros diarios en los que las anotaciones del nacimiento de los hijos es apenas una diminuta nota a pie de página, donde tan sólo se suceden los logros profesionales, los contactos con personajes de cierto renombre, las puyas malintencionadas hacia aquéllos que no fueron generosos en sus críticas; diarios por donde fluyen constantemente las miserias humanas encubiertas.

Nada de eso encontraremos en este libro de Antonio Cruz. Sólo la verdad de su propia existencia, sin alambiques innecesarios, con la crudeza de la propia experiencia y con la incredulidad asombrada ante la maldad ajena, la que sólo puede emanar del corazón de los buenos.

Sólo esperamos que el tiempo restañe sus heridas, como las de todos; la vida, al fin y al cabo, no es más que una sucesión de cicatrices tras las que se esconde alguna enseñanza.

Sin duda, algún día visitaré Ámsterdam de la mano de este diario, de la mano de Antonio Cruz, veré la luz reflejada en el agua de unos canales que penetran en la tierra como “lanzas en forma de agua”. Y disfrutaré hasta del frío y de la lluvia, la lluvia que flota adherida al paisaje de la ciudad como una estampa perenne. Pasearé y deambularé por sus calles sin rumbo, alquilaré la bicicleta número cuatro y me perderé en el mercado contemplando ese crisol de colores que ofrecen las diferentes culturas que conviven en Ten Katemarkt. Y, por supuesto, no dejaré de visitar alguna librería, en especial Antiquariaat Kok, y sentarme en alguna terraza a degustar un vasito de ginebra del país. Después me perderé hasta encontrar el lugar exacto desde el que poder contemplar la puesta del sol un día de invierno con el cielo despejado.

Un libro magnífico y gratificante de un escritor con un bagaje de lecturas y de conocimiento que se deja reflejar en un relato ameno, directo, a ratos poético y siempre verdadero.

“Ámsterdan es una ciudad maldita” no sólo nos descubre una ciudad, nos descubre al hombre, al hombre que ha llevado su dolor y su experiencia por sus calles.

Juan Francisco Quevedo

Amstel hotel siglo XIX-Sobre río Amstelthumbnail_AMSTERDAM 12Hotel de L´Europe sobre el río Amstel y casas típicas de la ciudadthumbnail_Amsterdam parking bici estación (2)

 

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CLASICISMO, DIBUJOS Y VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Unos versos para dos de mis dibujos juveniles.

La belleza de la cabeza en bronce de un joven romano y una escultura de la Grecia clásica son los motivos de la recreación.

Si bien los griegos buscaban solamente el ideal de la belleza por la belleza en todos los ámbitos, los romanos cedieron un poco de ella, especialmente en sus obras arquitectónicas y urbanísticas, a la comodidad. Aunque supieron conjugarlas a la perfección.

De Grecia a Roma,

senda del clasicismo.

Arte y belleza.

1-De Grecia a Roma,

2-roma1

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GAUGUIN, UN DIBUJO Y UNOS VERSOS-Juan Francisco Quevedo

Uno de los pocos dibujos a lápiz que conservo de mi primera juventud.

A los quince años me enamoré de esta mujer que retrató Gauguin. Siempre supe que sería un amor para toda la vida.

En el jardín

de las delicias tenues.

Gauguin ardiente.

En el jardín

gauguin

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NICOLÁS CORRALIZA ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019) -Juan Francisco Quevedo

NICOLÁS CORRALIZA

ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019)

NICOLÁS CORRALIZA

ABRIL EN LOS INVIERNOS-CHAMÁN EDICIONES (2019)

“Abril en los inviernos” es el cuarto libro de Nicolás Corraliza, un poeta hecho con los mimbres de la sensibilidad y del lirismo, es decir, con los utensilios básicos con los que hacer buena poesía, unos instrumentos que el autor combina a la perfección.

Cien son exactamente los poemas que componen el libro, cien pequeñas perlas preciosas que inmediatamente se hacen con el lector y lo poseen.

Los poemas, sin título, son precedidos por el número romano correspondiente. Esa manera de anunciarlos es una demostración de pureza y levedad que tan bien se corresponde con esa poesía cuidada y llena de simbolismo con sentido de Nicolás Corraliza.

Ya el primer poema es en sí mismo toda una demostración de intenciones, unos versos desde los que se apela a nuestra conciencia con la certidumbre de lo inevitable, del olvido al que, finalmente, nos llevará el paso del tiempo:

“Para el silencio de la tierra, /los pasos que me restan. /Las fechas descifradas; /el olvido que germina/sin el agua de los verbos. /Se volverá invisible el relámpago/cuando enmudezca la lluvia”.

Esa preocupación íntima sobre lo efímero de la existencia, común a los poetas y a la poesía, ligada a los tópicos universales, la expresa desde una visión personal, con brillantez y sin que nos parezcan repeticiones manidas, lo que confiere un gran interés a sus composiciones. Una poesía cargada de gran simbolismo, con una sucesión de metáforas e imágenes sorprendentes que dejan en el lector un sabor dulce. Es una poesía que se lee con la certidumbre de encontrarnos ante un poeta con un gran gusto por la elegancia del lenguaje, una constante que atravesará el libro a lo largo de esta serie de poemas sucintos en los que las palabras nunca nos acecharán con rudeza, bien al contrario, lo harán con un profundo sentido estético, incluso cuando sus versos sacudan enérgicamente a nuestra conciencia lectora.

“Ya está la noche en los huesos de la desgana. /El silencio de la herida que guarda las horas sin luz”.

Este paso del tiempo, en ocasiones lo manifiesta asociado a esa melancolía en que nos sumen los recuerdos que nos transportan a la infancia y a la juventud. Cuando esa realidad cae como una losa, sabemos que nunca retornará, respiramos la decepción al tocar casi con los dedos una muerte a la que nos hemos acercado sin percatarnos.

“Despertar un día/con el aliento viejo, /y saber que el sueño/fue la juventud”.

Algunos poemas no son ajenos a la creación literaria, a esa lucha que mantiene el poeta consigo mismo por llegar al poema.

“Mortaja de sílabas. /Versos de un poema en pena/fuera de tono. /A veces regresan. /Se presentan limpios y desnudos, /como si acabaran de nacer/del silencio de un limbo”.

Es muy llamativa esa referencia que el poeta hace hacia el hombre que crea en la soledad, que pergeña el poema, esa “carne de sílaba en frágil esqueleto que crece o se emborrona”, a sabiendas de que éste tal vez permanezca más allá de sí mismo, al fin, sólo es “la escritura de un hombre sin mañana”.

Al final, esa velada alusión a la muerte se explicita en un poema de un solo verso de una manera clara y con una imagen demoledora:

“Ya está clavada la noche en las uñas del silencio”.

Pero no sólo es una poesía meditativa y filosófica, cargada de humanismo, también es un grito en ocasiones contra las miserias humanas, a las que a muchos les arrastra la vida. En este poema se muestra con un verso final a modo de sentencia, dentro de la tradición latina:

“Los que están de pie/odian a los sentados. /Con la felicidad ocurre lo mismo. /A ser posible no la muestres”.

Este “Abril en los inviernos” no es ajeno a esa asociación inexcusable entre el amor y la muerte que tan bien expresara el poeta francés del siglo XVI Pierre de Ronsard en los “Sonetos para Helena”:

La viviente y el muerto a tristeza me llaman: /una pide sufrir, pide el otro mi llanto: /el Amor y la Muerte son al cabo lo mismo.

Con ese matiz de la felicidad efímera que nos puede proporcionar el amor, el poema de Nicolás Corraliza profundiza en esa certeza inexcusable.

“Como ovillos/de una misma madeja, /nos vamos enredando/en la maraña del amor. /Sabemos el final. /La muerte es el nudo/que nadie deslía”.

No es ajeno el poeta a la rememoración de la infancia, a esa construcción como vehículo de conocimiento, al tiempo de la alegría y la luz: “Corríamos escaleras abajo/buscando tras la puerta la amnistía de la luz”. Casi a continuación nos sorprende con el descubrimiento del amor en la juventud a través de unos versos plenos de belleza y lirismo: “Piel adolescente, /reflejo cereal que espiga nuestros nombres”.

El autor no se muestra ajeno al tiempo en que vive y desde su guarida se hace eco de la incomprensión que nos coloniza: “Últimamente se hace incómodo el silencio en los ascensores. /Nadie saluda. Llevamos en los ojos el horror de la supervivencia”.

A las inciertas preguntas constantes que nos acompañan y que siempre quedarán sin respuesta sólo “nos responde el silencio”. Quizás el mismo que Calderón de la Barca nos deja en ese verso memorable de “La vida es sueño”:“Respóndate, retórico, el silencio.”

Nos forjamos viviendo, en el dolor, a la búsqueda de la luz de una primavera que no siempre llega: “La esperanza estudia/en academias de nieve. /Quiere ser abril”.

El dolor ante la inevitable presencia de la muerte nos sacude con versos directos-“No hay antídoto cuando late el luto”- que nos llevan a una desolación de la que nos puede salvar y redimir el amor:

“Flotar. /Navegar la tristeza/respirando/esperanza o deriva. /Traen tus manos/el mar que nos salva”.

La vida nos sorprende, cuando menos lo esperamos, cuando “nos duele la ausencia”, con el regalo del sol de nuestra infancia. Se repite el milagro que ya hiciera escribir estos versos, en el siglo XIV a. C., al faraón Amenofis IV: “Tú que brillas lleno de hermosura sobre el horizonte celeste, disco viviente cuya misión es dar la vida”.

En un poema, dedicado a León Felipe, el poeta nos da cumplida cuenta, con ironía, de ese ser genérico que atiende por el apelativo de Hombre:

“Doctor: /hoy me duele el mundo/a la altura del Hombre”.

El libro progresa hacia el final con las preocupaciones del poeta, vivir a pesar del peligro -“pertenecer a una emoción”-, morir y contemplar la muerte desde el conocimiento de su exactitud-“Será nuestro este lugar cuando no tengamos nada”-, retornar al pasado, a los tiempos felices desde la memoria-“La juventud es un pájaro perdido/que regresa si le nombras”-. Y, al final del trayecto, siempre el amor como método de redención y salvación:

“Para quedar, /buscaremos un quiosco/donde llueva siempre a las seis. /Cerca del Teatro, /lejos del circo mundial/ de los sedientos. /Un beso muerde al dolor/y hace el bien. /Los que nunca se besaron/siguen dormidos”.

Cerramos el libro con la seguridad de que siempre recordaremos algunos de sus versos, con la intención de retornar a esos poemas que nos han provocado emoción verdadera, la que nos traslada la buena poesía, aquella con la que nos dejamos impregnar de belleza a través del milagro de la palabra, el que se produce cuando uno se encuentra ante un poeta que sabe hacernos partícipes de sus inquietudes a través del dominio del lenguaje. Es el caso de este “Abril en los inviernos”. Es el caso de un poeta al que nunca le responderá, retórico, el silencio, Nicolás Corraliza.

Juan Francisco Quevedo

Nicolás Corraliza

 

 

 

 

 

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DOS DIBUJOS CON PALABRAS-Juan Francisco Quevedo

Muy pocos dibujos conservo de mi primera juventud, de mis 16 y 17 años. Me movía entre el surrealismo figurativo, pasado por el chino del pop-art, y el clasicismo más ortodoxo en esa vía por articular un camino-como he hecho siempre con mi poesía- que logre conjugar tradición y vanguardia.

Me inspiró uno de los dibujos la portada de un disco de King Crimson,  In the Court of the Crimson King(1969), el grupo de Robert Fripp en el que Lake-el que luego formara con Emerson y Palmer una de las formaciones más míticas de rock progresivo- cantaba, además de componer y tocar el bajo.

El estímulo que me provocaba la increíble belleza de cuello interminable de esta escultura (s. XIV a. C.) de Nefertiti, me llevó a plasmarla como buenamente pude.

Sueños de niño

acompañan al hombre.

Eclecticismo.

 

1-Sueños de siempre

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SESENTA AÑOS DEL SECUESTRO DE ADOLF EICHMANN -Juan Francisco Quevedo

eichmann

SESENTA AÑOS DEL SECUESTRO DE ADOLF EICHMANN POR EL SERVICIO SECRETO ISRAELÍ (11 DE MAYO DE 1960)

En 1.941 -parece mentira que fuera hace apenas setenta años-, Adolf Eichmann estaba al frente del plan más perverso e inmoral que jamás haya ideado mente ¿humana? En la Alemania nazi se ponía en práctica la llamada, eufemística y cínicamente, solución final. Bajo la inocente apariencia de un difícil problema matemático resuelto, y resuelto definitivamente, se encubría el mayor y más abyecto plan genocida puesto en práctica desde que el hombre es hombre.

“Homo hominis lupus” (El hombre es lobo para el hombre)

                                                      Plauto (Asinaria, 2,4, 28)

Frente al idealista lema de Rousseau, “el hombre es bueno por naturaleza”, siempre se encuentra el lado más oscuro del ser humano, esa parte depredadora que, con sólo estimularla adecuada y convenientemente, convierte al hombre en una fiera caníbal.

Al secreto plan de aniquilación y exterminio nazi le acompañaba una crueldad-si cabe aún una mayor- irracional y desconocida. Esta crueldad se veía incrementada por el sustento intelectual, racista y repleto de superioridad asesina en que se apoyaba.

A los pobres miserables, objeto del exterminio, se les encerraba en inhumanos campos de trabajo, donde se les exprimía hasta reventar, siendo víctimas, entre tanto, de todo tipo de experimentación, tanto médica como industrial. Se aprovechaba de ellos absolutamente todo, desde sus piezas dentales de oro hasta, en algún caso, la piel. Se les reducía a la nada, penando por ella hasta encontrar la muerte en lo que, para muchos, era una verdadera liberación. Los destinatarios de esta abominación fueron fundamentalmente los judíos y muy especialmente los judíos polacos. Pero no se fueron solos, también se fueron, con ellos, disipándose por las chimeneas de los hornos crematorios, las almas gitanas del centro de Europa y la conciencia inane de una atónita y desorientada raza humana.

Desde entonces, y por los numerosos méritos contraídos, tal vez perdiéramos la dignidad y el derecho de ser y llamarnos seres humanos o, simplemente, personas. La humanidad nunca se repondrá, ni expurgará suficientemente la infamia y la ignominia que, en forma de detritus maloliente, cayó sobre ella.

En aquellos negros años miles de especímenes de nuestra raza, científicos supuestamente inteligentes, dedicaban su tiempo a analizar la mejor manera de proceder con el exterminio. Desde sus sesudas cabezas racionalizaban el gasto y los inconvenientes de las diferentes formas de matar, tanto de las antiguas como de las nuevas que, al son del gas de turno -monóxido de carbono o cianuro de hidrógeno-, iban inventando cada día como quien descubre la penicilina. Todo sea por el bien de la humanidad, una humanidad a punto de desintegrarse víctima de su propia estupidez.

“Ciencia sin consciencia no es sino ruina del alma”  (Rabelais)                                                                

Tras rememorar, conmovidos, semejante dislate, cabe preguntarse: ¿Acaso la inteligencia es señal inequívoca de algo? ¿Acaso no somos y no nos comportamos como verdaderos animales?

“Nos asombra ver lo pequeñas y escasas que son las diferencias, y lo múltiples y pronunciadas que son las semejanzas (entre simios y humanos)”.

                       Charles Bonnet (Contemplación de la Naturaleza –año 1.781-)

Adolf Eichmann, allá por 1960 aún no era un viejecito adorable, aunque pudiera pensarse, pues la realidad es que tenía tan solo 55 años. Pasaba plácidamente sus días en Argentina, país al que acudieron a refugiarse, protegidos por una red enmarañada, algunos de los nazis más sobresalientes, huidos tras la derrota del III Reich.

Este aparentemente venerable, pequeñito y encantador vecino, despreocupado en sus ociosidades, se olvidó del pasado como si nunca nada de lo ocurrido hubiera ido con él. Este Ugolino moderno (Dante, Canto 33), tras devorar a sus congéneres, no estaba, sin embargo, dispuesto a morir de hambre y, mucho menos, de remordimiento. Como gerente de la planta de Mercedes Benz en Argentina se ganaba cómodamente la vida. No sospechaba, pese a todas las precauciones que tomaba, que una vecina judía, Silvia Hermann, amiga de su hijo, levantaría la liebre. En realidad fue el padre de ésta, un judío alemán ciego huido de su patria en el año 1938 quien, tras escuchar las historias que traía su hija del hogar de los Eichmann, llegó a la conclusión de que se trataba del criminal que había masacrado a sus compañeros de fe.

Tras conocer su identidad, le tocó convencer a los servicios secretos israelíes, que no daban mucha credibilidad al testimonio de un pobre ciego. Después de confirmar a través de los rasgos morfológicos de unas fotografías actuales que, efectivamente, se trataba del criminal nazi, el primer ministro de Israel, Ben Gurion, dio total prioridad a una operación para secuestrarlo, traerlo a Israel y juzgarlo.

Era una oportunidad de poner negro sobre blanco toda la maldad que arrastraba el régimen nazi. No quería desperdiciar esa circunstancia para que el mundo conociese, a través de un juicio público, las mayores barbaridades jamás antes cometidas en la historia. Aún quedaban muchos testigos vivos de aquella ignominia que habrían de pasar uno a uno ante los atónitos ojos del mundo, ante los impasibles pequeños ojos del genocida.

Pero aquel día, un once de mayo de 1960, algo iba a cambiar, alguien desenredaría la madeja de silencio tejida en torno a él. No fue necesario que nadie entrara en su casa de la calle Garibaldi, en Buenos Aires, sin llamar a la puerta, más bien derribándola, como antes, él, tantas veces había mandado hacer. Era un tipo de costumbres fijas, así que no les fue difícil a los agentes del Mossad trazar un plan para anularlo.

Una fingida avería junto a la parada del autobús en el que Eichmann regresaba a su casa fue el cebo para atraerlo. Antes de que se diese cuenta ya le habían secuestrado y subido a un avión, camino de Israel. La tierra de David le esperaba con un nudo de horca colgando de una de las puntas de su ancestral estrella. En Jerusalén, tierra de promisión, es juzgado y ajusticiado. Simón Wiesenthal, superviviente del holocausto y uno de los artífices de su captura, desde el banco de testigos, ya sólo piensa en descubrir, en sus retiros dorados, a los culpables aún por apresar. Ya, al menos, tras el escarmiento, nunca volverían a dormir tranquilos. Cualquiera, cualquier día, podría interrumpir sus apacibles vidas y recordarles las barbaridades cometidas en nombre de sabe Dios qué.

De nada le sirvió a Eichmann alegar la socorrida y militar obediencia debida. Fue condenado por el delito de genocidio a morir en la horca por crímenes contra la Humanidad. Tras ejecutarse la sentencia, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas arrojadas en un lugar indeterminado del mar Mediterráneo en presencia de varias víctimas del Holocausto y fuera de las aguas jurisdiccionales del país.

Durante el 62, año en que pendió de la cuerda Adolf Eichmann, fallece el escritor Hermann Hesse, icono futuro de una juventud que se identificará con la orientalista filosofía de su Siddhartha. Curiosamente se va un Hesse que ya había intuido la capacidad de crueldad inherente al hombre y, curiosamente, asociada al hombre corriente y moliente.

“No hay nada tan malvado, salvaje y cruel en la naturaleza como el hombre normal” (Hermann Hesse)

Juan Francisco Quevedo

                                                                                                 

sala juicio

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Otro de mis viejos dibujos con unos versos destemplados-Juan Francisco Quevedo

Llueven estrellas

como fieras cuchillas

ensangrentadas.

c firma

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ELEGÍA AL ARCO DE CARLOS III (La Cavada)-Juan Francisco Quevedo

 ELEGÍA AL ARCO DE CARLOS III

 

Marcas del tiempo en las pétreas moles

desafían altivas a los siglos.

Se erigen como celosos guardianes

de la vida y tradiciones de un pueblo.

¿Qué misterios atesoran las piedras

labradas de los arcos centenarios?

¿Acaso la memoria de los hombres

que moldearon el mineral de hierro?

¿Acaso las aventuras de aquellos

que vivieron y amaron a su sombra?

 

pequeño

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UN DÍA DEL LIBRO DISTINTO-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

Hoy me recuerdan en esta red la crónica que escribí en el año 2018 para el diario Alerta con motivo del Día del Libro. Con ligeras modificaciones a causa de este confinamiento obligado, lo recupero de ese baúl de la memoria reciente que es Facebook.

Además, si la lectura, como la escritura, siempre es un ejercicio reflexivo que se ejerce desde la soledad interior, tal vez éste sea un buen momento para dejarnos llevar por la aventura que supone poner un libro en nuestras manos.

Presentación1

Cuando hago el esfuerzo de retroceder en el tiempo a través de la memoria para intentar recordar aquellas primeras lecturas que me llevaron de la mano durante los años de infancia, la de un chaval de La Cavada de la década de los sesenta, lo primero que aflora a mi mente son los chistes, como decíamos entonces a lo que hoy en día se llaman comics. En un batiburrillo más propio de mercadillo que de despacho ordenado me van llegando los nombres de aquellos héroes imaginarios que sentíamos como reales, que nos dieron la posibilidad de vivir experiencias ajenas como si fuesen propias, de tener vidas de ensueño que iban más allá de nuestra ingenua existencia. Así, desfilan por mis recuerdos El Llanero Solitario, Red Ryder, Roy Rogers, Tarzán de los Monos, el Capitán Trueno, el Jabato y todas las Hazañas Bélicas con las que nos reuníamos con los amigos en cualquier portal para intercambiarnos los números que cada cual poseía. Y siempre había que estar ojo avizor porque no solía faltar el espabilado de turno, que solía ser un poco mayor que el resto, e intentaba aprovecharse y llevarse por la cara uno o dos chistes de más.

Fuimos creciendo pero nunca pudimos olvidar del todo la ilustración, fuera con Astérix, “¡qué locos están estos romanos!”, o con toda la saga de Ibáñez que, desde esa Rue del Percebe de los Tiovivo, nos llevó hacia Mortadelo y Filemón o hacia el inefable Rompetechos.

Después, prácticamente al alimón, nos adentramos en la palabra escrita. Lo hicimos al ritmo de la fantasía de Julio Verne, de las aventuras de Emilio Salgari, Walter Scott, Jack London o Robert Louis Stevenson, de las historias más cercanas y entrañables de Dickens y Mark Twain  y de las más inquietantes de Oscar Wilde y Conan Doyle. Fuimos creciendo con ellas hasta vernos, ya con pantalón largo, como tiernos bachilleres.

Allí, los que tuvimos la fortuna de encontrarnos con buenos profesores de Historia y de Lengua y Literatura, nos fue muy fácil ir descubriendo autores y lecturas clásicas que, al final, son las que me han ido dado un bagaje que me ha permitido moverme con soltura por el mundo de la escritura. Más o menos a mis trece años, allá por tercero de bachiller, fue cuando decidí ser poeta y comencé a escribir en el silencio de esas clases de estudio que más parecían castigos que otra cosa. Posteriormente, ya en mi habitación de adolescente, plagada con fotos de los Rolling Stones y de Bob Dylan, iba llenando mis cuadernos de versos. En ellos, intentaba plasmar el estilo y la retórica de Jorge Manrique-nunca podré olvidar lo que me impresionaron sus coplas-, cuando no el de aquel Arcipreste que, en aquellos años se me antojaba un fascinante irreverente y más al leer lo que nos contaba con tanto arte y desparpajo: Como dice Aristóteles, cosa es verdadera, /el mundo por dos cosas trabaja: la primera, /por tener mantenencia, la otra cosa era/por poder arrimarse con hembra placentera”.

Después, como un fulgor inesperado apareció Fray Luis de León y, con él, el poeta latino Horacio. Cualquier antología en español que se precie-creo que ninguna lo hace-debería abrir con los poemas de Horacio; sin duda el poeta que más ha influido en la poesía en nuestro idioma. Y ya que hoy, al contrario de lo que pasaba con nuestros poetas hasta el siglo XVIII, ya que no somos capaces de leer directamente del latín, deberían antologar sus poemas con las traducciones-más bien recreaciones-que hicieron de ellos Fray Luis, Lope de Vega o Moratín.

El caso es que así, imitando a todos los que me impregnaban con la belleza de sus versos, fuese Garcilaso, Góngora, Quevedo, Lope o Calderón, fui llenando mis cuadernos de bachiller hasta que un buen día me decidí a intentar no imitar a nadie sino aprovechar lo que había aprendido y aprehendido para intentar expresar mis sentimientos desde mi propia voz.

Pequeños poemas de amor emergían en mis cuartillas con ansias inflamadas hasta que, llegados a los dieciséis años, me sentí imbuido por un espíritu menos romántico y más combativo; descubrí el poder embriagador y rebelde de la música rock e intenté llevar esa filosofía de combate a mis versos; me comencé a preocupar por el estercolero en que estábamos convirtiendo al mundo, por el sufrimiento que provocan las guerras y por cosas así. Al fin y al cabo ese era y debe ser el verdadero romanticismo de la juventud, el del inconformismo.

Fue en sexto de bachiller donde me impregné de ese lenguaje nuevo y rompedor de Espronceda, me sedujo el mayor himno a la libertad que se haya escrito jamás, la Canción del pirata, Que es mi barco mi tesoro, /que es mi dios la libertad, /mi ley, la fuerza y el viento, /mi única patria, la mar…”, y me embriagaron los bellos encantos de ese dolorido Canto a Teresa que anunciaba el futuro de la poesía, truéquese en risa mi dolor profundo…/que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?.

Tras él, llegaron los quejidos más íntimos de Rosalía y de Bécquer, un vate que me deslumbró con una poesía que brotaba del alma, breve y luminosa como un relámpago, en definitiva, con una poesía verdadera.

Cuando, desde la edad de la insolencia necesaria, creía haber descubierto todo y saber todo, por el temario de aquel libro de bachiller de Lázaro Carreter, de repente, apareció Rubén Darío dando otra vuelta de tuerca al lenguaje, prolongando esa sombra larga, larga, larga de José Asunción Silva. Rubén dio con Azul un pistoletazo que removió los cimientos poéticos, “…Dentro, el amor que abrasa; /fuera, la noche fría”. Recogió el título de un verso de Víctor Hugo, “El arte es azul” y en ese color simbolizó la ensoñación ideal y el misterio. El que me asaltó de inmediato.

Y después, con Galdós, Clarín y Pereda (Fortunata y Jacinta, La Regenta o Sotileza y Peñas Arriba), retomé mi gusto por la novela, en el que me reafirmé con los autores del noventa y ocho. Me dejé llevar por el mundo que se escondía tras los títulos memorables de Niebla o Abel Sánchez, ese gran tratado unamuniano sobre la envidia, de La Busca o El árbol de la ciencia de Baroja, todo un tratado filosófico tras el que, quizás, se esconde la desilusión que se oculta tras el conocimiento.

Con esa generación, al descubrir a don Antonio Machado, me hice socio de la poesía de la claridad, en la que aún milito. El impacto que me produjo don Antonio fue absoluto; hasta el extremo de que sus Poesías Completas sigue siendo uno de mis libros de cabecera. Claro está, sin olvidar al hermano modernista, a don Manuel, ese hombre que aún camina camino de cualquier parte ya que si la vida no se tomó la pena de matarle, él no se tomó la pena de vivir.

Después de ver pasar la buena poesía de Unamuno (Rosario de sonetos líricos), como si se tratara de un dulce silencioso pensamiento Shakesperiano, descubrí la precisión exacta de Juan Ramón, al que tanto hicieron renegar aquellos gamberros del veintisiete, aquellos que luego, como Cernuda o Alberti, hubieron de crecer en la desgracia de una guerra que les rompió por dentro, o morir en ella, como Lorca. Mientras César Vallejo (Niños del mundo/si cae España…) moría en París un día de aguacero, muchos poetas hubieron de partir al exilio desde donde el solo nombre de España envenenaba sus sueños.

No tardó en llegar la universidad y en ella me empezaron a llegar los ecos de Hidalgo, de Hierro, de Goytisolo, de Valente y de un Gil de Biedma que me asombró desde el primer instante. Entonces, con ellos y como ellos, descubrí que la poesía era más que Garcilaso. No me conformé con eso, a la Universidad de Santiago de Compostela me llegaron los fascinantes ecos de la poesía gallega y portuguesa de la mano de Pessoa, de Curros Enríquez, de Nobre, de Celso Emilio Ferreiro y tantos otros; incluso los de un tal Vinicius de Moraes (Se necesita un amigo para dejar de llorar. / Para no vivir de cara al pasado, /en busca de memorias perdidas).

Ya desde una madurez un tanto desmemoriada, uno nunca se cansa de dejarse impresionar por poetas que han ido llegando a su vida, poetas que te hablan desde sus versos con belleza y autenticidad. La poesía se renueva constantemente en ellos.

Día tras día, avanzo y avanzamos por la vida descubriendo libros de autores viejos y nuevos que nos permiten poder decir que si hay un Día del Libro, y me parece bien que lo haya, es por obra y gracia de los lectores. Para un autor tener un buen lector es como tener un tesoro, al que hay que cuidar y mimar por ese simple hecho de haber tenido la amabilidad de haber dedicado su tiempo y su inteligencia a desmenuzar un libro del que eres su autor. Ese acto vale un libro. Le da valor, el valor de haber sido leído de verdad. Por eso debemos cuidarlos tanto, porque cuando aparece se da una paradoja maravillosa: Ya no hay nada que se interponga entre el libro y el lector; ni tan siquiera su autor.

Para concluir os diré que al fin, han sido autores como Erasmo de Roterdam, Cervantes, Quevedo, Valle-Inclán… los que me han llevado a libros inolvidables, a libros que siempre permanecerán en mi memoria, libros como Elogio de la locura, el Quijote, el Buscón, Tirano Banderas…, libros que han sido capaces de dejar huella en nuestra memoria lectora, libros que nunca irán a parar al cementerio de los libros olvidados.

Todos ellos, autores y libros me han hecho olvidar, aunque sólo fuera por unas horas, las miserias cotidianas a las que nos arrastra la vida.

“Escribir es olvidar. La literatura es la manera más agradable de ignorar la vida.” Fernando Pessoa (El Libro del Desasosiego)                                                 

Feliz día del Libro.

Juan Francisco Quevedo

 

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Cambiar el mundo; cuántas veces se ha intentado y qué poco se ha conseguido-Juan Francisco Quevedo

cambiar el mundo

LA UTOPÍA DE CAMBIAR EL MUNDO

Más allá de las guerras y las desgracias que han asolado el mundo en los últimos tiempos, hubo varias revoluciones ideológicas que contribuyeron a cambiar la manera de pensar de una sociedad instalada en el pasado.

Tras la irrupción de la Revolución Francesa y la aparición de las primeras democracias imperfectas, surge, casi un siglo después un pensamiento novedoso con una manera de analizar la realidad histórica muy distinta a todas las interpretaciones habidas hasta el momento; son los primeros balbuceos de una corriente en la que aún comunistas y anarquistas caminaban de la mano. Después del fracaso de aquel intento de dictadura del proletariado, perpetrado a finales del siglo XIX, concretamente se terminó de sofocar en mayo de 1871, en la llamada Comuna de París, sobrevino la revolución rusa, con Lenin a la cabeza. En la Comuna parisina se intentaron aplicar las nuevas ideas filosóficas surgidas en torno a una nueva clase social, especialmente combativa.

Si bien la de París sólo consiguió que Napoleón III y Eugenia de Montijo dejaran de veranear en Biarritz, la rusa hizo que se tambalearan las estructuras de la vieja Europa.

Más tarde, siempre mayo, llegarían las flores de la primavera parisina; aquel mayo del 68, pese a ser reprimido casi de inmediato, generaría tal marea de cambios sociales que hicieron que el orden social establecido se tambaleara. Si bien, en un principio, pudiera parecer que de manera inmediata no consiguieran nada, que todo se diluyera en la protesta, en la actitud contestataria y contracultural, sin embargo, el espíritu de los sesenta, la impronta que dejaron todos aquellos movimientos se acabarían reflejando en multitud de cambios sociales que aún perduran en nuestros días. Por tanto, la filosofía y las ideas que invadieron a la juventud de aquellos años, cuyos padres habían sido testigos de la segunda guerra mundial, penetraron en las estructuras sociales y en las de poder provocando un cambio absoluto en multitud de campos, afectando sobremanera a la vida cotidiana y a las relaciones sociales más elementales. La liberación de la mujer y su incorporación real a la universidad y al trabajo en busca de la igualdad, el cambio entre las relaciones paterno filiales, haciéndolas más cercanas, la revolución en las escuelas y universidades, dando al traste con lo que había sido un autoritarismo a ultranza, las relaciones con el poder político, hasta entonces encorsetadas y lejanas, hubieron de replantearse para acercarse a las nuevas exigencias del ciudadano.

Quizá el pensamiento de Sartre refleje el sentir de aquellos tiempos, unos tiempos en los que todo debe cuestionarse para reducirlo a la nada. Es la forma de rebeldía del ser y, a la vez, es la expresión de su relación con la nada. De alguna manera, los jóvenes de la época son herederos de la angustia del más lánguido de los romanticismos pero, substituyendo su melancolía angustiada, desde la que intuyen al ser, como diría Heidegger, como algo concebido para la muerte, por la vitalidad existencialista que imprimen a su manera de vivir en todas sus manifestaciones. Frente a un hombre, inmerso en un destino radicalmente trágico, siempre hay quien intenta liberarlo y, en ese sentido lúdico y festivo, los sesenta –su espíritu- se separan de cualquier pensamiento revolucionario anterior.

De aquel mayo del 68 aparentemente fracasado surgió una sociedad en la que se acabó con la permisividad pasiva hacia cualquier modo de injusticia, como el racismo, poniendo en liza y al alza valores como el pacifismo y el ecologismo. Se cuestionó un capitalismo feroz y salvaje, capaz de destruir cada vez más a los más desfavorecidos, y se buscaron nuevas vías para conseguir una sociedad más justa y solidaria. Así mismo, se denunció el abuso de autoridad de las propias democracias y el excesivo control sobre sus ciudadanos de las mismas, abriéndose un nuevo camino para conseguir vivir en un mundo con mayores libertades y cada vez más alejado de la sociedad orweliana de “1.984”. Incluso se comenzó a valorar el medio ambiente como algo que merecía la pena proteger y conservar, al estar en constante peligro por culpa de esa vieja lucha entre progreso y deterioro ambiental. No ha lugar a una ciencia sin conciencia.

“En la naturaleza la mejor política es ser lo más conservador posible.” (Werner-Heisenberg)

Pero, sin duda, una de las grandes herencias de los sesenta es el papel de la mujer en la sociedad. Por vez primera en la historia lucha decididamente por incorporarse a sus estamentos, demandando las mismas oportunidades que los hombres, luchando por cambiar las viejas leyes que protegían el machismo heredado y exigiendo la igualdad en todos los terrenos. El germen para una nueva mentalidad estaba sembrado.

Con la revolución rusa, el siglo XX había comenzado, por tanto, convulsamente, especialmente para la familia Romanov, teorizando sobre la necesidad de cambiar el mundo, y además de hacerlo incluso a pesar de quienes lo habitan, aplastando a su paso la familia, la religión y la propiedad privada, los tres enemigos del pueblo. Marx creía más en un hombre sin lazos -ni a Dios, ni a la tierra-, capaz de crear un mundo distinto, radicalmente distinto al conocido hasta entonces, donde todos los seres humanos caminaran hacia una hermandad, unidos en la utopía de una igualdad inalcanzable.

“No se trata de interpretar el mundo de diferentes maneras como hasta ahora han hecho los filósofos sino de transformarlo.”(Karl Marx)                                                                                               

Aunque con unos objetivos distintos, fundamentalmente la lucha contra todo tipo de autoritarismo y la igualdad efectiva del ser humano como tal, todo ello regado con un sentido lúdico y pacifista de la existencia, las nuevas generaciones de los sesenta se identificaban con el discurso imposible del marxismo y se alejaban de él en cuanto suponía, quizá, un enorme sacrificio. En cualquier caso, las nuevas corrientes de pensamiento, encarnadas en un existencialismo afrancesado, pasado por el orientalismo idealizado, también pretendían, mediante la revolución, cambiar el viejo sistema, aunque, bien es verdad, que de una manera radicalmente distinta. Baste recordar el acertado y celebrado “Prohibido prohibir” de mayo del 68. Con esos principios y con ese espíritu, podemos concluir, a pesar de los marxistas más acérrimos, que ambas corrientes de pensamiento estaban completamente distanciadas. Tal vez, estos jóvenes, con cintas en la frente y flores en el pelo, estuvieran más cerca del anarquismo autorregulador y descreído, aunque luego, con los años en sus sienes, acabasen haciendo buena la aseveración de todo un clásico del pensamiento libertario.

“Soy anarquista. Aunque amigo del orden.”(Proudhon)

La revolución rusa creó una nueva clase de poder, perdida entre la gigantesca burocracia de un país mastodóntico. Los objetivos de la sublevación se fueron diluyendo por los caminos de la represión y el hermetismo. De la quimera que suponía este sueño de elevar al hombre sobre su propia naturaleza, baste leer la maravillosa novela de Orwell, Rebelión en la granja, donde, incluso en la revolución, hay luchas por estar encima de los demás, apareciendo unas nuevas clases sociales, tan abyectas, al menos, como hubieron podido llegar a ser las antiguas, aquellas a las que sustituyeron.

En la lucha por la igualdad y, por tanto, por la eliminación de la sociedad clasista, surgen nuevas capas que, como siempre, intentan aprovecharse de las más desfavorecidas. En esa bella fábula prosopopéyica que es la novela de Orwell, los primitivos siete mandamientos -donde se pregonaba la igualdad y la libertad animal- sobre los que se asentaba la nueva sociedad, surgida tras la rebelión contra los humanos, se vieron reducidos, con el paso del tiempo, a uno, en el que se justificaba la más descarada desigualdad.

“Todos los animales son iguales,

pero algunos animales

son más iguales que otros.”

                                  George Orwell (Rebelión en la granja)

Sin embargo, no todos siguieron la senda marxista de la sociedad sin clases a través de la revolución. Otros, como Rimbaud, tal vez impregnado por Hölderlin, soñaban simplemente con la también imposible misión de intentar cambiar al hombre. A un hombre que, como sugiere el poeta loco del romanticismo alemán, tal vez sólo adquiera la calidad de tal cuando ya duerme en el limbo de los justos.

“El hombre es un Dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”(Friedrich Hölderlin)                                              

Hermann Hesse, desde su lucidez, parece testarnos en contra del hombre, al menos en contra de la fantasía de creer demasiado en él y, por tanto, en su capacidad para -nada más y nada menos- cambiar el mundo. Tal vez, su visión sea la más realista y aquella sobre la que se recuestan, al final de un camino que fue imposible recorrer, los rebeldes jóvenes que todos fuimos cuando nos creíamos mejores y nos creíamos, sobre todo, distintos, a la vez que capaces de cambiar el mundo a base de paz, rock y amor. Y es que el tiempo nos arroja contra nuestros propios sueños; a unos les destruye con sus embestidas y a otros, sencillamente, nos atempera. Es cuestión de suerte.

El tiempo nos conduce, convirtiéndonos, a lo largo del trayecto, en sucesivos proyectos de nosotros mismos, no volviendo nunca a ser ya el mismo hombre del día anterior. En nuestro camino hacia la muerte la única certeza que siempre nos acompaña, ya desde la cuna, es la muerte misma, recordándonos nuestra fragilidad con la proximidad de su aliento.

“Todo fluye. Nada permanece igual. No es posible bañarse dos veces en el mismo río” (Heráclto)

No obstante, y a pesar de nuestros sucesivos fracasos como especie, en ese afán por ser mejores, en la inútil, pero imprescindible búsqueda de la justicia humana nunca debemos cejar. Nunca debemos dejar que se entone ese réquiem por nosotros mismos.

“Y todos los años, por su aniversario,

para nosotros, sin que nadie lo advierta,

¡desencadenaré ese Réquiem

que compuse por la muerte de la Tierra!”

Jules Laforgue (La muerte del organista de Nuestra Señora de Niza)

Ahora, por primera vez en la historia moderna estamos viviendo unos momentos difíciles pero que, a su vez, también pueden ser una oportunidad para que de estos tiempos inciertos surja una sociedad mejor, una sociedad capaz de poner en valor aquellas demandas que los ciudadanos, desde el confinamiento en sus hogares, están exigiendo a gritos. La transformación también se está produciendo a nivel personal, no sólo social, ya que este tiempo presente también nos está sirviendo para ver y valorar lo que nos rodea de manera absolutamente distinta.

A todos nos satisface y nos reconcilia con la humanidad la lucha denodada, tenaz, altruista y desinteresada, de tantas y tantas personas, desde tantos y tantos ámbitos, especialmente desde el sanitario. Cientos de miles de personas entregadas, sin pensar en ninguna recompensa material, a una causa común, a un bien mayor; la salud de los ciudadanos de un país. Este cambio, en un mundo en el cual hasta ayer parecía reinar la codicia, será una de las grandes aportaciones de este tiempo a una sociedad más humana.

Es el momento de prepararnos para un futuro que, de no ser previsores, nos comerá a dentelladas; la primera ya nos ha sido dada. Para ello -es otra de las grandes lecciones que nos están dando estos tiempos difíciles-, debemos prepararnos a través de la investigación y de la formación ética de la sociedad. Debemos poner valor, para que sirvan como modelo de referencia, a las nuevas generaciones de profesionales que tenemos en todos los campos. Un cambio ético y de valores se está gestando y debe calar profundamente en la sociedad que surja tras este impasse forzado en el que estamos inmersos para que su impronta vaya más allá de estos meses y permanezca en el tiempo. Si lo conseguimos, quizás podamos contribuir a cambiar el mundo en alguna medida, a construir entre todos un mundo mejor.

Tal vez haya llegado el momento de dar la vuelta a aquel viejo lema de mayo del 68, quizás haya llegado el momento de dejar de pedir lo imposible y de comenzar a exigir lo posible.

Es el camino para llegar en el futuro a obtener lo que hoy nos parece imposible.

Nos lo merecemos como sociedad.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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DOS AUTORRETRATOS Y UNOS VERSOS-Juan Francisco Quevedo

El hombre de estos dos autorretratos es el mismo. Con cuarenta y un años de diferencia; la que va de los primeros diecinueve a los sesenta. La ilusión sigue siendo la misma.

 

Con la mirada,

Con la mira

Con la mirada,

regresar al pasado.

Luz, polvo y tierra.

Con la mirada,

escrutar el futuro.

Luz y esperanza.

khl

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Un dibujo y unos versos-Juan Francisco Quevedo

cuervo

La trae un cuervo

adherida a un adiós.

Ya nunca más.

Y es que la vida,

aunque no tiene precio,

no vale nada.

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DIBUJO Y UN SONETO PARA JUEVES SANTO-Juan Francisco Quevedo

ventana

Ahí va uno de mis dibujos acompañando a un soneto de este jueves en casa.

 

Ahora que la aurora tiñe el cielo,

con un café con leche en la ventana,

cubierto por la luz de la mañana

vislumbro en la bahía mi reflejo.

 

Ocho de abril, en este santo jueves,

me abriga y envenena la memoria;

la trampa de la tímida nostalgia

me reconforta en los silencios leves,

 

en una primavera ya sin nieves

de santos escoltados en hilera.

Murciélagos heridos entre redes

 

recuerdan los juegos de aquel viernes,

de bacalao en tiempos de cuaresma

y de risas tan poco penitentes.

Juan Francisco Quevedo

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En la muerte de Luis Eduardo Aute-Juan Francisco Quevedo

En la muerte de Luis Eduardo Aute.

Se va un autor que siempre me ha acompañado, un autor cuyas composiciones han sabido resistir el paso del tiempo.

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Ha muerto Luis Eduardo Aute y aunque ya conocíamos su precario estado de salud desde hace años, no deja de sorprendernos que una persona que nos ha acompañado con su música y con sus textos a lo largo de la vida, desaparezca. Había nacido en 1943 en Manila, cuando los ecos de las explosiones de los bombarderos americanos caían sobre el archipiélago.

Un día escribió algo que me trasladó a esa tradición dual tan española, mostrando ese carácter tan nuestro, pese a su educación de colegio británico en Filipinas; escribió algo así como: “España de mis amores, ¡cuánto te odio!”.

A veces nos sentimos tan identificados en una simple frase que, por muy humorística que pudiera ser en su concepción, acumula un gran trasfondo de verdad. Es algo muy propio de artistas renacentistas que han sido capaces de unir y reunir poesía y música en una canción. Como él lo hacía.

Sé que llegó a este mundo de la música por casualidad, ya que desde las calles de Manila, cuando su padre estaba a las órdenes de Jaime Gil de Biedma, por entonces Presidente de la Compañía de Tabacos de Filipinas, nunca había soñado con ser cantautor; le sobraba y bastaba con corretear con los muchachos de su edad y hablar en tagalo mientras juntos descubrían el mundo. Por entonces, se conformaba con pintar e imitar las láminas de grandes artistas y, así, descubrió a Goya y su Maja desnuda, su primer acercamiento según confesó al universo sexual femenino.

Después, ya en España, y con una guitarra en la mano intentó con pereza imitar y cantar canciones de artistas a los que admiraba. Fue entonces cuando descubrió que para él era mucho más fácil componer e interpretar sus propias canciones.

Tuvo éxito desde el principio, desde aquel “Rosas en el mar” que compusiera en 1966 con veintitrés años, desde “Al Alba” aquella canción irreverente que le regaló a Rosa León y que ésta pudo interpretar sin que tuviera consecuencias en televisión española en el año 1975. Según Luis Eduardo Aute, era una crítica solapada a las últimas ejecuciones del franquismo, una canción con estrofas tan demoledoras que cuesta creer que pasara la censura de la época:

“Los hijos que no tuvimos/se esconden en las cloacas/comen las últimas flores/Parece que adivinaran/que el día que se avecina/viene con hambre atrasada”.

En realidad, en la gran mayoría de sus canciones reside esa búsqueda constante del individuo por resolver cuestiones filosóficas sobre el amor y la vida y, por tanto, siempre muy ligadas a la muerte y al sexo; posiblemente los ejes sobre los que ha construido una gran parte de su obra.

Un hombre como él que nunca supo amoldarse a una sola disciplina artística porque, como decía, le hubiera aburrido hasta la extenuación, transitó por la poesía, por la escultura y por la pintura con gran pasión. Siempre interesado en algo y siempre intentando descubrir nuevos horizontes porque si algo aborrecía era estar ocioso. Y si era algo nuevo, mejor.

Sería muy prolijo y fácil de consultar en las hemerotecas su trayectoria artística, a la que avalan sus discos y sus numerosas exposiciones, tanto nacionales como internacionales.

Recuerdo la única vez que pude asistir a una de sus exposiciones de pintura; fue en el Santander de los ochenta, en el MAS. Giraba en torno a la pasión; eran cuadros de gran formato y uno en especial me llamó mucho la atención; la cara sangrante de un Cristo con la corona de espinas y unos ojos implorantes.

Recuerdo con emoción cómo pude compartir una tarde con él hace apenas seis años, antes de que sufriera el infarto que prácticamente le retiró de la escena pública.

Era mi primera novela y la editorial nos invitó a compartir caseta de firmas el día de la inauguración de la Feria del Libro de Madrid. Para mí fue una sorpresa de lo más agradable; me encontraba cara a cara con uno de los hombres que, con sus canciones, había acompañado una buena parte de mi vida. En seguida se interesó por lo que había escrito y se mostró cercano y próximo a lo largo de la tarde con una humanidad y cariño que hubiera mostrado a cualquier otro desconocido con el que hubiese podido coincidir. Al despedirnos, nos dimos un abrazo y nos dijimos que ya nos veríamos, que no tardaríamos en reencontrarnos. Que no me olvidara de que su abuelo por parte materna era un santanderino.

 Ahora, a su muerte, aún queda en su cartera de cosas pendientes algún proyecto, como aquella serie de poemas a los que Jaime Gil de Biedma le pidió que pusiera música para que los interpretase Marisol, Pepa Flores. Nunca pudo hacerse, pues a pesar de estar los tres de acuerdo en un principio, coincidió en el tiempo con la decisión irrevocable de retirarse de la malagueña. ¿Quién sabe? Tal vez sea el momento de rescatar esa carpeta.

Ya nunca podrá escuchar a su hija decir Albanta (levanta), papá, palabra que le sirvió para dar título a uno de sus álbumes pero nos queda su canción para recordar su ternura. Como nos queda también aquel memorable disco doble, Entre amigos, donde le acompañaron los otros tres grandes de la canción de autor, Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés y Silvio Rodríguez.

Muere el hombre, muere el artista, pero nos queda su obra. Una forma de inmortalidad reservada tan sólo a unos pocos privilegiados.

Sólo me queda decir que aunque sienta que te estoy perdiendo, de ninguna manera tendré que olvidarte porque siempre nos queda la música y siempre seguirás pasando por aquí.

Juan Francisco Quevedo

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La búsqueda de la felicidad en estos tiempos extraños-Juan Francisco Quevedo

Ahí os dejo estas reflexiones sobre la búsqueda de la felicidad en estos tiempos tan extraños que hoy salen publicadas en el diario Alerta.

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LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD EN ESTOS TIEMPOS TAN EXTRAÑOS QUE NOS TOCA VIVIR

Vivimos unos tiempos extraños, una época turbulenta y procelosa, en la que ese mismo tiempo que debía atemperarnos y relajarnos con su paso, parece estar más dispuesto a ofuscarnos, cuando no a matarnos en vida.

Es una evidencia cómo nos vamos cargando de un cada vez más amargo escepticismo pesimista al pasar de los años, máxime si se apodera de nosotros una realidad tenebrosa como la que nos está tocando en suerte. Incluso se puede apoderar tanto de nuestro espíritu que puede llegar a constituirse en nuestra única certeza. Tan sólo nos puede salvar de ese naufragio emocional el gusto por aquello en lo que hasta ayer mismo apenas reparábamos.

Al menos, este tiempo presente nos está sirviendo para ver y valorar lo que nos rodea de manera absolutamente distinta. Todo aquello que antaño fuera importante y grandilocuente se diluye ahora en las sucesivas dosis de escepticismo que la vida y esta nueva realidad se encarga de administrarnos. Ya tan sólo nos centramos en el encanto que se desprende de la simplicidad más desnuda. Pareciera que tan sólo las adorables pequeñas cosas sean capaces de conmovernos.

Nos rescatan de esa ciénaga de dolor esas nimias miradas, cuando las caricias están proscritas, los solícitos gestos de amor, cuando se abre paso la aurora, y el palpitar incierto de un mundo que se resiste a encallar, aunque vaya a la deriva.

Nos reconcilia con la humanidad la lucha tenaz así como la altruista y desinteresada entrega de tantas personas a una causa común, cuando ayer mismo la codicia parecía reinar en nuestro mundo.

Nos animan a continuar los recuerdos amables, aquellos más escondidos y recónditos que la linterna de la memoria ilumina en nuestra mente. Una tarde de verano con la salinidad marina en nuestra piel, el sonido de las olas al romper contra el espigón del muelle, el balbuceo de un hijo en la cuna mientras duerme, el silencio ensordecedor de la naturaleza mientras paseamos por el monte o el bullicio apabullante de un día de tráfico cuando caminamos acelerados por una calle de nuestra ciudad.

O quizás tan solo nos haga sonreír el gesto mecánico de girar la llave en la cerradura y entreabrir la puerta de la casa para dejarnos embriagar por el olor del café recién hecho, un olor que nos hace viajar en el tiempo, como con las famosas magdalenas de Proust, a la niñez.

No puedo evitar delatarme. Ese gusto por el café me viene sin duda por mi infancia mejicana, por la cercanía de los cafetales cordobeses. Ellos impregnaron de la más pura cafeína mi pituitaria, mi espíritu y mis sentidos. El gusto por el buen café vendría en esos cafés cortos y concentrados que, a veces, regados con un poco de coñac español, tal que un buen Domecq, veía tomar a mi padre mientras visionaba una película de Gary Cooper. Al entrar este héroe bueno en cualquier cantina solía pedir, por contraposición a ese espectador que tanto le admiraba, uno de esos cafés largos americanos que más pareciera agua manchada que otra cosa, aunque, eso sí, preparada con el más selecto de los cafés mejicanos. Maldito desperdicio yanqui para el paladar el que nos llega a través de un excelente cine. Y maldita manera de desaprovechar unos granos tan olfativos como deliciosos. Allá ellos. Dios les inunde de café vietnamita y deje a los creyentes, de espíritu agradecido, el extraordinario café de los campos cordobeses.

“El café debe ser caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y

dulce como el amor” (Charles de Talleyrand)                                                                                      

Tal vez nos subyuguemos ante el recuerdo de esa calle por la que regresábamos a diario a la búsqueda de ese refugio dorado, que es el hogar, y que se puede representar en ese café, en esa paz que se desprende de aquello que nos inunda de felicidad. Espero que esa calle siempre sea mi calle, siempre sea nuestra calle y nunca vaya a ser  una calle, tal como tan bien dijera Manuel Machado, que ni tan siquiera reconozcamos: “Esta calle no es mi calle sino una calle cualquiera camino de cualquier parte”.

La música, la literatura, el cine y tantas cosas nos liberan de esta presión que, a veces, hace que nos cueste tanto concentrarnos. Todo ello contribuye a que nos neguemos a pasar Una temporada en el infierno que, desde su alquimia del verbo, el poeta nos dejó en estos versos con apenas dieciséis años:

“Yo conozco los cielos rompiéndose en destellos,

las trombas y las resacas y corrientes: y la noche conozco,”

                                                     Rimbaud (El barco ebrio).

La felicidad está y hay que encontrarla en esas pequeñas cosas que inundan de cotidianidad nuestras vidas, que nos hacen agradable la existencia; quizás sea la manera, el arma de la que disponemos, para no tener que decir nunca lo que ya hace diez siglos dijera uno de los hombres más poderosos del mundo.

Tal vez, él, que lo tuvo todo, olvidó fijar su mirada en lo más próximo, en aquello que nos alegra la vida sin darnos cuenta. Tras permanecer en el califato más de cincuenta años y haber convertido a la ciudad de Córdoba en la capital cultural del mundo, haciendo convivir en paz a tres culturas, árabe, judía y cristiana, declara haber sido un hombre profundamente infeliz. Estremece leer en su diario los días de su vida en que se consideró un hombre feliz. Como Julio César y Napoleón padeció la enfermedad sagrada y, como ellos, fue el más poderoso de su tiempo, poseedor de todos los medios a su alcance para asegurarse una felicidad que nunca obtuvo. Aparentemente personajes equidistantes y, sin embargo, unidos en la amargura más de lo que pudiera parecer.

“No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. He anotado con diligencia los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: Suman catorce. Hombre, no cifres tus anhelos en el mundo terreno.”

                                                                              Abderramán III

Esperemos que nunca tengamos que decir con aflicción que estos tiempos nos destruyeron, que nunca hayamos de llevar a la realidad actual los versos que José Bergamín escribiera para recordarnos cómo veía aquella España de la dictadura.

“Dicen que España está españolizada,

mejor diría, si yo español no fuera,

que lo mismo por dentro que por fuera

lo que está España es como amortajada.”

                                                  José Bergamín (Soneto)

Nos salvarán del pesimismo los recuerdos sencillos, el cine, la literatura…; aquello que contribuya a nuestra felicidad.

Y la música. Siempre la música, desde mi niñez, haciéndome vivir. No sé exactamente si ya, por aquellos tiempos, Elvis dejaba resbalar cadenciosamente las palabras en aquella maravillosa canción que ya canturreara, tan distinta, Al Jolson, “El cantor de jazz”, aquel cantante blanco que, betuneado de negro, interpretase la primera película sonora importante de la historia. Aquella maravillosa canción, “Are you lonesome tonight”, me viene ahora a recordar la placidez pastosa del trópico, la felicidad de la infancia, de una infancia tan privilegiada como la mía que engordaba a base de papilla prefabricada. Esta canción acude hoy como aquella tierna nana que acunara la monotonía de mis juegos primeros.

“¿Está sola y triste esta noche?

… Cariño, mentiste cuando me dijiste que me amabas

y yo no tenía razones para dudar de ti.

Pero prefiero seguir escuchando tus mentiras

que continuar viviendo sin ti.”

                                      Elvis Presley (Are you lonesome tonight)

Música y vida; esta dualidad me ha acompañado siempre. Cualquier acorde, con una mínima capacidad de evocación, lo asocio inevitablemente a diversos momentos, situaciones y acontecimientos. Estas canciones que conforman mi discoteca emocional me acompañarán hasta la tumba, abanicándome suavemente o sobresaltándome bruscamente, bien al ritmo relajante de Bob Dylan y Johnny Cash y su “Girl from the North Country” o bien al ritmo de la flauta mágica de los Jethro Tull y su “Thick as a brick”, donde un granjero como Ian Anderson, con sus cambios rítmicos, es capaz de variar mi humor hacia el lado bueno y desinhibido.

“La música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”

                               Miguel de Cervantes(Don Quijote de la Mancha)

Siempre recordaré la liturgia que seguí durante muchas noches en mis años de estudiante en Santiago de Compostela. Al llegar de madrugada, derrotado por el cansancio, encendía el magnetófono y me dejaba caer sobre la cama. Sonaban los primeros compases de “Wish you were here” y, mecido por ellos, mi cabeza descansaba plácidamente mientras todo mi ser se perdía entre sus notas. Hoy sus palabras se vuelven premonitorias.

“Corriendo sobre la misma tierra vieja

¿Qué hemos encontrado?

Los mismos viejos temores

Ojalá estuvieses aquí.”

                     Pink Floyd (Wish you were here)

Ahora que estamos afectados por esta pandemia, me vienen a la memoria las palabras de Virgilio: “horresco referens” (tiemblo al referirlo) Virgilio (Eneida 2,204)                                           

 Son las palabras de Eneas, en la obra de Virgilio, al referir la muerte de Laocoonte y sus hijos aprisionados por una serpiente, tal y como nos lo cuenta Virgilio y tal y como lo vemos en la estupenda y dramática escultura realizada, durante el siglo I a de C., en la isla de Rodas y exhibida en el Vaticano. En ella se refleja, como alegoría de la destrucción, la angustia de un mundo a punto de asfixiarse.

Esperemos que esa apuesta por la felicidad nos libere de la serpiente “y por cada desvalido soldado en la noche/nosotros vimos las campanas de la libertad resplandeciendo” Bob Dylan (Campanas de libertad).

Aboguemos por el optimismo.

Nada peor que el miedo para quitarnos la libertad.

Juan Francisco Quevedo

Os dejo este enlace con la magnífica versión que Bruce Springsteen hizo de “Campanas de libertad” de Bob Dylan.

 

 

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Las nodrizas pasiegas (y 6)-Juan Francisco Quevedo

y 6

LAS NODRIZAS PASIEGAS (Y 6)

Desde luego, no eran los mismos trajes con los que salían de sus pueblos y llegaban a la capital. Una buena descripción de esta vestimenta sería la que hago en mi novela “Querida princesa” de aquella muchacha que va de nodriza a Madrid:

Llevaba un pañuelo rojo anudado atrás con un lazo que le cubría el pelo por completo, destacando en aquella cara limpia y sonrosada unos zarcillos de cobre, unas arracadas de filigrana relucientes que colgaban de los lóbulos de las orejas. Por encima de la camisa con cabezón, que iba plegada bajo el corpiño, y pendiendo del cuello, destacaban varias filas de hilos de corales labrados de un rojo fuerte y con unas cuentas de vidrio de un azul profundo. Por encima de la camisa tenía un corpiño negro, ribeteado en rojo, un poco escotado y que contribuía a resaltar aquella parte de su anatomía destinada a ser su medio de vida. Por encima del corpiño se veía un peto y una chaqueta corta, abierta y sin cuellos, con algún adorno en la bocamanga. Llevaba una saya de paño plegada a la cintura y que le llegaba hasta unas pantorrillas cubiertas con unas tupidas y toscas medias de color azul claro que iban hasta los pies, protegidos con un calzado de cuero que estaba atado con unas cuerdas al empeine y a la pantorrilla. Tapando la saya por delante portaba con elegancia natural, como era todo en ella, un delantal con faltriqueras de cuyo cinto colgaba una tira de tela hasta la altura de las rodillas y en cuyo extremo iban sujetas unas tijeras y una pequeña navaja, pensada más para cortar pan y queso que como arma defensiva. Por último, Honoria se embutió en la capelina de lana sin teñir, que tanto frío les quitaba en invierno, se puso a la espalda un cuévano, donde llevaba todo lo que necesitaba para este viaje y para su periplo madrileño, y se pasó por el antebrazo, hasta colgarlo del codo, un cesto alargado, cubierto con una telas viejas, donde llevaba un cachorro”.

En 1856 Luis Eguilaz escribió el libreto de la zarzuela titulada “El salto del pasiego” en el que describe la vestimenta de las mujeres de la tierra:

“Con mis patenas de plata / y sartales de coral, (señalándose el pecho) / saya con franjas doradas, / pecherín y delantal / bordados de lentejuelas / y grandes lazos atrás, / con hebillas en zapatos / que crujan mucho al andar, / las medias con sus cuchillas / que a la pierna hagan mirar / y pañuelo a la cabeza / que diga: Valle del Pas, / de envidia las madrileñas / al verme se morirán” .

Dentro de las tradiciones culturales heredadas, y que trasladaron a sus quehaceres como nodrizas, estaban por ejemplo la de dotar de un collar de corales rojos a los críos que amamantaban. Tenía la creencia de que ahuyentaba el mal de ojo. Así mismo tenían la costumbre, antes de dar el pecho, de tomarse un vaso de leche caliente para que bajara mejor el líquido lácteo. Igualmente, preferían dar de mamar en una silla baja. Cuando comenzaban el amantamiento daban un poco de leche de cada pecho en la misma toma. Posteriormente, vaciaban primero uno de ellos al completo y si el niño seguía con hambre le ofrecían el otro. Si les salían las temidas grietas, las curaban untando mantequilla.

Las nodrizas estaban muy bien pagadas y después de trabajar durante dos o tres años, volvían a su tierruca con prestigio y respeto así como con dinero suficiente para sacar adelante a su familia durante años, o incluso emprender algún negocio.

LAS PASIEGAS EN GRANADA

Es muy curioso que además de en Madrid, Barcelona y otras capitales, hubo un lugar donde las nodrizas pasiegas fueron muy requeridas, Granada.

El caso de la llegada de las nodrizas pasiegas a la ciudad nazarí es más tardío; comienza a finales del XIX pero sus predecesoras, las que abrieron camino hasta la Corte, les llevaban ya más de un siglo de ventaja.

No obstante, no me resisto a comentar que frente a la fachada principal de la catedral de Granada está una pequeña plaza que pudiera pasar desapercibida, la Plaza de las Pasiegas, que encierra en su nombre una carga de emotividad enorme, protagonizada por unas mujeres valientes, decididas, procedentes del Valle del Pas en La Montaña, que acudían a Granada como nodrizas al reclamo de mujeres de familias pudientes.

Partían desde el Valle del Pas, su gran patria chica, casi siempre aprovechando el viaje en la carreta de vecinos de la zona o de vendedores ambulantes habituales, que recorrían España con los productos de su tierra.

Lo hacían, como era de rigor, después de haber parido y lactado al hijo propio durante un mes. Como el camino era largo, se llevaban un cachorrito de perro al que daban de mamar durante el tiempo que durase el trayecto para que no se les cortara la leche; cachorro al que cogían un gran cariño y que, una vez cumplida su misión, quedaba al cuidado, ya convenido, de los vecinos que las habían ayudado en el viaje y en ocasiones, como en el caso de mi novela “Querida princesa”, de la familia contratante; al fin y al cabo el perro iba a ser hermano de leche del niño al que iba a amamantar. Durante el viaje seguro que tatareaban algunas canciones que les recordaban la tierra que abandonaban:

“Adiós cabañuca de mi vida

la espalda te voy dando

no sé que llevo por dentro

que van mis ojos llorando.

Espérame, cabaña guapa

que a criar me voy ahora;

que nos volvamos a ver

le pido a Nuestra Señora”.

Las amas de cría amamantaron al poeta granadino Federico García Lorca. Primero lo hizo la mujer del capataz, José Ramos, que vivía en la casa de enfrente y su hija Carmen, aunque era seis años mayor que el poeta, será su compañera de juegos en Fuente Vaqueros. Luego se cree que hubo de hacerlo alguna pasiega, tan comunes en Granada. Sobre su madre se cuenta que cambió dos veces de nodriza, ya que le pudieron los celos al advertir la preferencia del niño por su ama de cría.

De estas mujeres diría el poeta en una conferencia sobre las nanas infantiles: “Gracias a estas admirables criadas y nodrizas que bajan de los montes o vienen a lo largo de nuestros ríos para darnos la primera lección de Historia de España y poner en nuestra carne el sello áspero de la divisa ibérica: solo estás y solo vivirás”.

Los que trataron al escritor en Granada relatan que siempre mostró especial querencia por la Plaza de las Pasiegas y que siempre tuvo a sus nodrizas en la memoria, a las que llegó a dedicar unas palabras en una conferencia que dio sobre las nanas infantiles, ya que consideraba que era de estas mujeres de quienes recibían los niños las primeras canciones. Quizás estuviera ahí, en esas tonadas que oyó durante su infancia, su gusto por la raíz popular:

 “El niño rico tiene la nana de la mujer pobre… Estas nodrizas están realizando hace mucho tiempo la importantísima labor de llevar el romance, la canción y el cuento a las casas de los aristócratas y burgueses”.

Durante la conferencia recordó la tristeza de algunas nanas sevillanas con la que las gitanas duermen a sus hijos y creyó ver en ellas el influjo del “canto de las montañas del Norte”. A continuación añade que tienen un “extraordinario parecido con este canto de Santander”:

“Por aquella vereda

no pasa nadie,

que murió la zagala,

la flor del valle,

la flor del valle…”

En 1928 en una conferencia titulada “Canciones de cuna españolas” pronunció estas palabras llenas de lirismo que bien pudieran parecer un poema como equivocadamente se pudiera pensar:

“Hemos observado muchas veces cómo, al dormirse y sin que nadie le llame la atención, ha vuelto la cara del almidonado pecho de la nodriza, ese pequeño monte volcánico estremecido de leche y venas azules y ha mirado con los ojos fijos la habitación aquietada para su sueño”.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Las nodrizas pasiegas 4, 5-Juan Francisco Quevedo

LAS NODRIZAS PASIEGAS 4-5

Incluso Fray Gerundio de Campazas en la novela del padre Isla habla de las bondades pasiegas:

“Son de naturaleza y complexión sana, honradas además, robustas y jugosas, cuidadas y pacientes hasta el punto de creerse felices con la dorada esclavitud de su oficio”.

Hay que tener en cuenta que en esa época se creía que a través de la leche se podían transmitir cualidades morales, por lo que era muy importante valorar la conducta moral de la nodriza; debía de estar casada, ser cristiana, gozar de una conducta intachable y no tener gota de sangre hereje. También valoraban el que tuvieran buen carácter, fueran amorosas y trabajadoras, además de listas. Era costumbre, tal y como reflejo en mi novela “Querida princesa” que el párroco de su pueblo expidiera un certificado donde hiciera constar la integridad moral y las buenas costumbres tanto de la nodriza como de la familia.

Por cierto, no me resisto a no comentar lo de la “limpieza de sangre” con un poco más de detenimiento.

Era muy importante en aquella sociedad, que las nodrizas tuvieran la sangre sin contaminar, en especial por infieles, fueran judíos o moros, no fuera a ser que se transmitiera el mal a través del fluido lácteo.

Ya en 1589 Fray Juan Pineda publica “Diálogos familiares de la agricultura cristiana”, donde argumenta que “la que no cría lo que pare, parece no ser más de media madre”. Y añade en relación a lo que estamos viendo sobre la transmisión de males a través de la leche:

“Que mujer morisca ni de sangre de judíos criase a hijo de cristianos viejos, porque aún les sabe la sangre a la pega de la creencia de sus antepasados, y sin culpa suya podrían los niños cobrar algún resabio que de hombres le supiese mal”.

Se tenía la creencia de que los pasiegos, que habían vivido y vivían aislados en las montañas del norte, aferrados a sus costumbres, eran una raza pura y libre de culpa y pecado. Eran, por tanto, como se denominaba entonces, y se llevaba a gala, “cristianos viejos”, honra importante como tan bien lo refleja Pedro Calderón de la Barca, cuando Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, hace con orgullo mención a ello en presencia del rey. Así le dice a su hijo:

“Por la gracia de Dios, Juan, eres de linaje limpio más que el sol”.

Baste recordar las palabras de Sancho:

“Yo cristiano viejo soy, y para ser conde basta”.

A lo que don Quijote responde:

“Y aún te sobra”.

Hoy en día, entre las muchas cosas que se dicen, hay una teoría sobre el origen judío de los pasiegos. De haberse conocido, el destino de las nodrizas pasiegas hubiera sido otro, desde luego.

NODRIZAS REALES CÁNTABRAS CON NOMBRE PROPIO

¿Qué hubieron de pensar y sentir, qué no les vendría a la cabeza a aquellas pasiegas que venían de sus modestas y humildes casas de las cabañas montañesas, de sus esforzadas y precarias vidas, cuando se encontraban rodeadas de ostentación y boato en los lujosos salones del Palacio Real?

La primera nodriza de nuestra tierra vino para amamantar a la futura Isabel II. Se llamaba Francisca Ramón González, era natural de Peñacastillo, tenía 21 años y contaba, a su vez, con un ama de cría de retén, de nombre Josefa Falcones, de 19 años, natural de Torrelavega.

En mi novela “Querida princesa”, Honoria, la nodriza que aparece en ella, hice que se apellidara González Falcones, para dispensar un pequeño homenaje a estas dos mujeres.

La reina Isabel II sintió gran devoción y cariño por su nodriza Francisca, a la que siempre dispensó su atención, así como por su hija María, que era hermana de leche de la reina y que era llamada muy a menudo a Palacio. La reina se dirigía cariñosamente a ella por “Mariquita”.

Francisca Ramón fue inmortalizada en un espléndido óleo por el pintor Vicente López. El cuadro se halla actualmente en el Palacio Real de Madrid. El historiador español Lafuente Ferrari describe así el atuendo que llevaba en el cuadro:

“Lleva la típica indumentaria profesional, blusa negra galoneada bordada en oro y delantal semejante. Corpiño y falda roja con peto verde galoneado de oro; gruesos pendientes y collar de corales, el pelo partido con raya en medio y peineta”.

Más tarde será la propia Isabel II quien contrate nodrizas cántabras para tres de sus hijos, para la infanta Isabel, que pasó a la historia con el apodo de “La Chata”, contrató a Francisca Guadalupe Porras, natural de Entrambasmestas y María Gómez Martínez, natural de Vega de Pas, fue ama de cría del Rey Alfonso XII.

En los días previos al nacimiento de Alfonso XII los médicos encargados del Palacio Real ya habían hecho su trabajo a la hora de elegir a las mejores amas que habrían de amamantarlo. De hecho, una comitiva de galenos había partido a mediados de septiembre hacia el norte de España a tal efecto, siendo elegida como ama de Cámara principal en Oviedo doña María Dolores Marina. A continuación, se trasladaron  a Santander, donde en la Fonda del Comercio, ubicada en  la calle de  la Compañía, fue elegida como nodriza de retén la pasiega doña  María  Gómez Martínez que llegaba “con  leche  de  ocho  días por tercer  parto”.

A modo de anécdota os puedo contar cómo llegó esta mujer desde la suplencia a amamantar al príncipe de Asturias y convertirse en una de las nodrizas más significadas de las que estuvieron al servicio de la Casa Real. La nodriza elegida en principio era asturiana y se llamaba María Dolores Marina y fue elegida nodriza de cámara del futuro Alfonso XII, tras una ardua selección por parte de los médicos de Palacio.

Por cierto, el primer beneficiado de tal decisión no fue otro que su propio hijo, Pedro Celestino, que desde ese mismo momento comenzó a cobrar una pensión por el hecho de ser hermano de leche del futuro monarca.

Cuando el heredero al trono contaba con ocho meses de edad disminuyó el flujo lácteo de esta mujer y hubo de ser sustituida por la nodriza de retén; pero no se fue de vacío. Fue gratificada con 240.000 reales de la época y además pudo disfrutar de una generosa pensión vitalicia que estuvo cobrando desde agosto de 1858 hasta su fallecimiento en septiembre de 1875. Por si fuese poco, su marido Celestino Meana Valdés fue ascendido a administrador principal de Correos en La Coruña. Y como colofón diremos que fue inmortalizada al óleo, con el príncipe Alfonso en su regazo, en un imponente retrato realizado por el pintor de cámara real Bernardo López Piquer. Hoy se puede contemplar en el Palacio Real de Aranjuez.

Como consecuencia de la falta del fluido lácteo, María Dolores Marina fue sustituida el 15 de agosto de 1858 por la nodriza que ejercía de ama de cría de retén, la pasiega María Gómez Martínez. Ésta dio la primera tetada al príncipe Alfonso en Gijón, durante las fiestas de La Asunción. La familia real estaba en el Principado y ese día habían acudido a escuchar Misa Mayor a la ermita de la Virgen de Begoña, en Gijón. La Misa fue celebrada por el padre Claret, arzobispo de Cuba.

María Gómez Martínez, una pasiega que había nacido en la Vega de Pas el 29 de septiembre de 1831, fue inmortalizada por el pintor de cámara de la reina Isabel II, Bernardo López Piquer, encontrándose el cuadro en el Real Alcázar de Sevilla con esta inscripción:

“María Gómez,  natural  de  la  Vega  de  Pas,  provincia de  Santander,  de  edad  veintiocho  años,  nodriza de S.A.R. el serenísimo Príncipe de Asturias Don Alfonso”.

Destaca, además del traje regional tan vistoso, el hermoso juego de corales que porta.

María había contraído matrimonio en abril de 1852 con un paisano pasiego llamado Juan Bautista Mantecón y Oria. No sería hasta 1857 cuando fue llamada a la corte para ejercer como nodriza de retén de Alfonso XII.

Al pasar María Gómez a ser la nodriza principal, hubo de contratarse otra de retén, siendo la elegida Josefa Ruiz Oria, también de la Vega de Pas. Ambas fueron reconocidas y elegidas por el médico cirujano de la familia real, don Francisco Alonso Rubio, en la Fonda del Comercio de la capital montañesa. Se situaba en la desaparecida, tras el incendio, calle de la Compañía, donde aún permanece la clásica iglesia santanderina fundada por los jesuitas gracias a Luis Quijada, hombre de confianza del emperador Carlos V. En el año 1607 adquirió para la Compañía de Jesús los terrenos donde habría de levantarse la iglesia.

María Gómez se hizo cargo de la lactancia del príncipe hasta su destete, a los dos años y medio, en mayo de 1860. Como muestra de la generosidad y consideración en que se tenía a las nodrizas reales, ese día se le otorgó la pensión vitalicia correspondiente de 4400 reales. La reina, al día siguiente, dio orden, entendiendo que era poco el estipendio para sus merecimientos, que se le aumentase a 6000 reales.

Como podemos ver, las nodrizas reales, al acabar su trabajo, resolvían los problemas económicos familiares que pudiera haber sobradamente ya que al estipendio que recibían durante su trabajo, superior a muchos de los salarios de entonces, se añadía una pensión vitalicia muy jugosa. A estos beneficios cabría añadir las joyas que les fueron regaladas, junto a otros muchos obsequios, así como la exención del servicio militar obligatorio de los hijos varones, cartas de recomendación, obtención de buenos y considerados puestos de trabajo para el marido…

El 15 de agosto 1867, con motivo de la festividad de la Virgen de Valvanuz, María Gómez se desplazó desde su lugar de residencia en León, donde habían empleado a su marido en la delegación del servicio de estafeta, hasta su tierra pasiega. En Selaya, junto a la hermosa campa donde está la Virgen y donde se ubica actualmente el museo de las amas de cría, hizo entrega a la Virgen de un precioso manto de terciopelo de seda, color magnolia, bordado en oro y plata que regaló en acción de gracias. Así se contaba en “La Abeja Montañesa” el 20 de agosto de 1867:

“Este  año acaba  de  regalársele  a  la  Virgen  de  Valvanuz,  por  doña  María  Gómez,  nodriza actual  del  príncipe  de  Asturias  don  Alfonso  XII,  una  hermosa  capa  que  lleva  en su  carroza  triunfal  el  día  de  la  festividad”.

 Incluso, cuando ya no estaba en la corte, siguió gozando de gran consideración, colaborando activamente en la materialización de la carretera que se hizo en su valle.

Posteriormente, en 1862 fue elegida Manuela Cobo, pasiega de San Roque de Riomiera. De la elección de Manuela Cobo como ama de la infanta María de la Paz, hija de la reina Isabel II, hay datos prolijos e interesantes:

“de temperamento sanguíneo, su constitución activa, sus carnes medianas consistentes y de buena conformación…Menstruó fácilmente, habiendo seguido esta función sin ninguna alteración. No ha padecido durante su vida enfermedades, sino ligeras indisposiciones estacionales”.

Esta nodriza pasiega fue también retratada por López Piquer en un óleo que se halla en el Real Alcázar de Sevilla.

Prosigamos con las nodrizas reales; la nodriza de Alfonso XIII es elegida por el médico de cámara, Esteban Sánchez Ocaña. Tras su periplo por varios pueblos montañeses junto a don Natalio Rodríguez, oficial de la Intendencia, selecciona a seis jóvenes madres que son llevadas a Madrid. De entre ellas, se decantaron por Maximina Pedraja, de 26 años y natural de Heras, quedando como suplente Adelaida Soto Herrero, de Somo.

Las condiciones exigidas por el doctor Esteban Sánchez Ocaña para la elección de la nodriza no eran precisamente cortas; veamos un extracto:

“-De diecinueve a veintiséis años de edad.

-Complexión robusta y buena conducta moral.

-Estar criando el segundo o tercer hijo; es decir, que habrá tenido otro u otros dos partos.

-Leche, lo más de noventa días.

-No haber criado hijos ajenos.

-Estar vacunada.

-Ni ella, ni su marido, ni familiares de ambos, habrán padecido enfermedades de la piel.

Será circunstancia preferente que la ocupación de su marido sea la del cultivo del campo…”

La unión de Maximina Pedraja con la familia real fue tan grande que, pasados los años, más de un viaje tuvo que hacer Maximina desde Cantabria hasta Madrid para acudir a la llamada del monarca, quien se dice la quería como a una madre. De hecho, la nodriza estaba en la comitiva real de la boda de Alfonso XIII el 31 de mayo de 1906, cuando al paso del cortejo por la Calle Mayor de Madrid, el anarquista Mateo Morral lanzó desde un balcón, contra la carroza del rey, una bomba camuflada en un ramo de flores.

Tres de los hijos de Alfonso XIII también tuvieron nodrizas cántabras, de lo que se deduce que la pasada lactancia pasiega debió tener influencia en la decisión del monarca. Rosalía Sáinz, pasiega de Pisueña, lo fue del primogénito Alfonso, Príncipe de Asturias. Su elección no deja de ser curiosa, pues la reina hubo de decidir entre una morena y una rubia.

El médico, natural de San Pedro del Romeral, Manuel Martínez-Conde Ruiz se encargaba de hacer una primera selección de amas de cría para la Casa Real que, posteriormente, y por indicación del conde de San Diego eran elegidas por el galeno de Villacarriedo, Andrés Diego de la Quintana. El caso es que éste eligió a dos candidatas para la lactancia del príncipe de Asturias, una morena y una rubia. Finalmente la reina María Cristina de Habsburgo se decidió por la morena de Pisueña, por Rosalía Sáinz.

María Teresa Penagos, cántabra de Totero, fue nodriza del infante don Jaime, y Constantina Cañizo, pasiega de Miera, fue la nodriza de don Juan de Borbón, padre del que fuese rey de España Juan Carlos I.

LOS TRAJES Y LAS TRADICIONES

El siglo XIX será, por tanto, con el desarrollo de las grandes ciudades, cuando más demanda haya para requerir el servicio de un ama de cría. Esta demanda se verá sin duda alimentada por la moda existente entre la realeza y la nobleza de poseer entre su personal amas de cría. Las pasiegas eran muy valoradas y queridas por las familias que las contrataban y se esmeraban en que estuviesen contentas y a gusto, entre otras razones porque no querían que se disgustasen por el temor existente a que la leche se alterara. Este temor se explicitaba en algún caso, como por ejemplo en la locura del hijo de Carlos III, un hijo que dejó en Nápoles cuando vino a reinar a España. Felipe de Borbón era un muchacho que nació con una minusvalía mental importante que se achacaba a que el ama de cría lo amamantó tras una acalorada discusión.

Esta moda de contratar nodrizas no estuvo bien vista por muchos escritores de la época. Uno de ellos fue Mesonero Romanos y en 1837 deja constancia de ello en el capítulo III de “Ayer, hoy y mañana”:

“…Y el eco de la moda resonó en los más recónditos secretos de su corazón. Impulsada por este movimiento, tira del cordón de la campanilla y llama a su esposo, el cual sonreía a la propuesta y conferencia con ella sobre la elección de madre para su hijo. Cien groseras aldeanas del Valle de Pas vienen a ofrecerse para este objeto. El facultativo elige la más sana y robusta, pero la mamá no sirve a medias a la moda y escoge la más linda y esbelta. Al momento, truécanse su grosero zagalejo en ricos manteos de alepín y terciopelo con franjas de oro; su escaso alimento en mil refinados caprichos y voluntarios antojos; y cargada con la dulce esperanza de una elegante familia, puede pasearse libremente por calles y paseos y retozar con sus paisanos en la Virgen del Puerto y disputar con sus compañeras en la plazuela de Santa Cruz. De esta manera pudo ser madre Margarita y multiplicar en pocos años su descendencia, llenando la casa de Carolinas y Ruberos, Amalteas y Paramundos, con otros nombres así”.

Las nodrizas no sólo iban a percibir un salario sino que iban a formar parte del hogar, por lo que además recibían tanto la vestimenta como la comida, con el fin de que su bienestar las llevara a mantener una relación amorosa con los niños.

La nodriza pasó a ser, de alguna manera, en aquella época, la muestra exterior del éxito social y económico de la familia que la contrataba. Y se mostraba y se presumía de ello, al lucirla en todo su esplendor, y esto era más notorio cuando salía a pasear al crío con el vistoso traje de fiesta pasiego, enriquecido con todo tipo de detalles y que solía llamar la atención allá donde fuera; solía incluir un rico ajuar que llevaba unos peculiares collares de monedas de plata y pendientes de filigrana así como llamativos trajes de terciopelo repletos de bordaduras de oro y ornatos de coral. Emilia Pardo-Bazán se hace eco de esa manera de vestir:

“Nos deslumbra el rojo fuerte de las sartas de coral, nos ciega el azul de las cuentas de vidrio y el relucir de las arracadas de filigrana pendientes de rollizas orejas. Nos recrean los tonos gayos de pecheras y justillos, la majeza de las amplias sayas de ruedo galoneadas y del pañuelo de seda que cubre la trenza dura de la pasiega beldad”.

Estos trajes policromados eran una preciosidad vistosa; sirva de ejemplo que en el bautizo de la futura reina Isabel II, llamó más la atención el traje de la nodriza que el del propio Fernando VII que lucía, ni más ni menos, que el flamante uniforme de capitán general. Con él sería enterrado poco después.

Recurramos de nuevo a Gautier y a su libro “Viaje a España” para ver el relieve social que tuvieron las nodrizas pasiegas en la capital del reino:

“Por  el Prado  pasean  y  pude  ver  algunas pasiegas de Santander   con   su traje  regional; estas  pasiegas  son estimadas   en España     como excelentes  nodrizas,  y  su  amor  a los  niños  es  tan tradicional  como en  Francia  la  honradez  de  los auvernianos; son mujeres guapas, vigorosas y fuertes. Llevan faldas rojas de muchos pliegues, orilladas con un galón ancho; corpiño  de  terciopelo negro, adornado  de  oro,  y  en  la cabeza  un  pañuelo  de  colorines,  todo  ello acompañado  de  alhajas  de  plata  y otras  coqueterías  salvajes.  La costumbre  de  acunar  a  los  niños  en  los  brazos  les da  una  actitud cimbreada  que  va  muy  bien  con  el  desarrollo  del  pecho.  Tener una pasiega  con  el  traje  típico  es  una  especie  de  lujo,  semejante  a  llevar un Klepta detrás  del  coche”.

Juan Francisco Quevedo

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Las nodrizas pasiegas 3-Juan Francisco Quevedo

3

LAS NODRIZAS PASIEGAS 3

 El inicio de la llegada de pasiegas a Madrid se concreta en una fecha exacta, en 1830, cuando Fernando VII solicita a sus médicos el buscar nodriza en Santander y su provincia:

“… quiero que el día 10 salga de esta Corte para Santander y su provincia el médico Aso, y Merino, el de la Veeduría, para escoger un ama para lo que dé a luz mi amada esposa…”.

Desde entonces y hasta casi mediados del siglo XX, más del cincuenta por ciento de las nodrizas de la Familia Real Española han sido de nuestra tierra.

Primeramente las nodrizas reales eran llevadas a la Casa de Amas, en un ala del Palacio Real, pero a partir del año 1851 y hasta La Gloriosa de 1868 eran alojadas en uno de los pabellones situados en el Sitio del Buen Retiro de Madrid, conocido popularmente como La Pajarera, cuyas inquilinas más afamadas eran las pasiegas, hasta tal punto que el término pasiega llegó a ser sinónimo, incluido en los diccionarios de la época, de nodriza y extensible a cualquier ama de cría con independencia de su lugar de nacimiento.

Así se reflejaba el término “Pasiega” en la vigésimo segunda edición del Diccionario de la Real Academia Española: “Nodriza, especialmente de familias de alcurnia”.

Tal fama adquirieron las pasiegas que no tardaron en reconocerla los escritores de la época, tal y como lo describe Bretón de los Herreros en un escrito de 1851:

“Pero haya pacido las hierbas del Septentrión o las del Oeste de la Península, es forzoso que la nodriza sea montañesa para aspirar a la honra de dar teta al mamón que nació en dorada cuna”.

CONDICIONES PARA SER NODRIZA REAL

Uno de los tratados que más influyeron a la hora de seleccionar amas de cría fue el dictado por Bernardo de Gordonio, médico occitano de principios del siglo XIV. Sus recomendaciones fueron tenidas en cuenta a la hora de buscar un ama durante los siglos posteriores. Si bien se inclinaba por la lactancia de la madre, justificaba que la hiciera una nodriza cuando era imprescindible el recurrir a éstas por causas naturales:

“Dezimos que la leche de su madre es más conveniente al hijo que otra ninguna, porque es semejante al engendramiento del gobierno que tuvo dentro de la madre mas porque las mujeres son delicadas, o son muy viciosas, o que no quieren trabajar con el niño, o que es el peçon del pecho muy corto o que es enferma […] conviene poner remedio y buscar ama que sea loable”.

En otros escritos nos ilustra sobre la elección del ama, considerando que han de ser diecisiete las condiciones que debe reunir. No podemos obviar que algunas de ellas estuvieron vigentes hasta bien entrado el siglo XX. Para Gordonio, además de que tuvieran la edad adecuada, también era muy importante su comportamiento, así como reunir una serie de cualidades personales para beneficio del lactante, condiciones que también se tuvieron muy en cuenta a la hora de seleccionar las nodrizas pasiegas:

“La primera, que sea de edad de veinte y cinco hasta treinta, porque ella es la edad buena y muy perfecta, la segunda condición es, que no sea muy flaca, ni muy gorda, mas sea medianamente en esas qualidades. […] La octava condición es, que la ama sea de buenas costumbres conviene que no se enfurezca de ligero, ni se enoje, no entristezca, ni sea loca, ni endemoniada, ni apoplerica, ni golosa, ni se embriage, porque las tales condiciones hacen daño al niño, y lo hacen negligente. […]. La onzema condición es, que sea sabia, y enseñada el ama en componer al niño, conviene a saber en cantos, y en música, y lo dice Avicena, la qual prueba es manifiesta, que al poner el pecho al rostro del niño cura todas sus enfermedades”.

Con estos antecedentes, es fácil aclarar que ser nodriza real no era tan fácil en aquellos tiempos; la joven que era elegida debía reunir unos requisitos médicos y morales muy estrictos.

El primero y más necesario, por imprescindible, era haber parido y haber lactado al hijo durante un mes. Así mismo, no debía haber criado hijos ajenos ni ser primípara; era mejor que ya hubiera parido al menos en otra ocasión pues, de esa manera, aportaba experiencia y la demostración de que sus pechos habían sido capaces de sacar adelante al menos a un hijo. También se requería que la edad estuviera comprendida entre los veinte y los treinta y cinco años, teniendo muy en cuenta que hubieran trabajado en la tierra ya que consideraban que éstas que así lo habían hecho, eran más fuertes y estaban más dispuestas a cumplir con sus labores. Por otra parte, debían de tener buen color y ser robustas, aunque con proporciones adecuadas.

Por si todo ello fuera poco, entre otros requisitos que debían cumplir, se encontraban, literalmente, los siguientes:

“estar vacunada y ni ella ni su familia haber padecido enfermedades graves ni ningún tipo de afección de piel. Además, tener los pechos bien formados, pero no excesivamente abultados. Deben de estar surcados por numerosas venas que se entrecruzan en la línea media. Las areolas mamarias bien conformadas y pezón sin grietas, largo y delgado…”.

La inspección a que eran sometidas por los médicos era muy exhaustiva, siendo examinados incluso tanto los órganos genitales como el ano, pues no debían encontrar el menor rastro de haber padecido afecciones tan comunes en aquellos años como la sífilis.

También se daba gran importancia a la boca, en especial a la dentadura, completa y sin caries, y a las encías, rosadas y firmes. Hacían a un lado a las que tuvieran mal aliento pues podía llevar al niño a rechazar la lactancia.

Se analizaba la vista, eliminando de inmediato a las que tuviesen la mirada extraviada pues pensaban que el lactante podía imitar el bizqueo del ama. Se examinaba el pelo, que no tuvieran enfermedades como la tiña, ni que tuviesen calvas. Se desechaban así mismo a las pelirrojas.

Se incidía en que no hubiera rastros de tuberculosis así como que no hubiera antecedentes de haberla padecido en la familia. También daban suma importancia a que ni su marido ni ningún familiar hubieran sufrido enfermedades de la piel.

El reconocimiento no podía ser más minucioso y meticuloso haciendo hincapié en la valoración del pecho, teniendo en cuenta tanto el tamaño como el tejido adiposo; se seleccionaban mujeres con mamas medianas y con ausencia de tejido adiposo por considerar que eran las que más leche podían dar. Se valoraba, como veremos a continuación, el pezón y la salida de la leche a través de los orificios del mismo, debiendo salir al menos por diez de ellos. Se valoraba también la calidad del líquido lácteo, su abundancia en lactosa, siendo imprescindible que la leche hubiera subido en los tres meses previos a desempeñar su labor alimenticia.

Ahora bien, ya antes, en 1786, cuando las pasiegas aún no eran requeridas a la corte, se edita un libro escrito por el médico de cámara de los duques de Alba con las condiciones que debe reunir una buena ama de cría:

“La  leche  para  que  sea  buena  debe  ser  mantecosa,  dulce,  sin  olor,  de  color blanco   azulado,   de   consistencia   mediana   y uniforme,  más  clara  que  espesa,  semidiáfana, enteramente   disoluble   en   el agua,   sin   hacer efervescencia,  ni  con  ácidos,  ni  con  alcalinos… Por lo  que  mira  al  cuerpo  debe  el  ama  ser  de talle  proporcionado  en estatura  y  conformación, tener  la  tez  fresca  y  de  buen  color,  los  ojos vivos, el  mirar  agradable,  la  boca  sana  sin  mal  aliento, las  encías sólidas  y  coloradas,  el  pelo  negro,  o castaño,    o    rubio    claro,    la garganta  algo levantada  y  ancha, los pechos medianos, consistentes  y elásticos  sin  durezas, ni cicatrices, dispuestos a llenarse fácilmente de leche, y cuyas venas sean gruesas y  patentes, los pezones encarnados,   firmes, elevados, de proporcionado  tamaño,  y que moderadamente comprimidos  despidan  luego  la  leche  a  modo de regadera,  las  carnes  fuertes,  y  el  pellejo  liso  sin granos,  postillas, ni cicatrices  sospechosas. Debe a más de esto hacer bien todas sus funciones naturales  sin  que  huela  mal  su  transpiración;  no ha  de padecer  flores blancas,  ni  tener  indicio alguno  de  enfermedad habitual;  no  ha  de  ser primeriza,  ni  su  edad  menor  de  veinte,  ni mayor  de  treinta  y  cinco años.  En  fin debe  ser  aseada  y  cuidadosa, de  genio  dócil  y  afable,  y de  temperamento  alegre y  pacífico…”.

Así mismo la calidad de la leche era examinada con minuciosidad mirándola al trasluz y analizando la viscosidad y densidad de la misma dejando caer una gota en la uña del pulgar. En cuanto a las características organolépticas la leche más apreciada era la de sabor dulce, mantecosa, sin ningún olor y de un color blanco ligeramente azulado.

Benito Pérez Galdós, no muy amigo de estas transacciones lácteas, incluye en su obra todas aquellas exploraciones y técnicas de las que se hacía uso…

“Había exploraciones de que, en otro lugar, se espantaría el recato. Curioso de durezas para distinguir lo muscular de lo adiposo; […]. En un lado el facultativo examinaba areolas, […], después de rebuscar vestigios, y poniendo en él la preciosa sustancia de nuestra vida, miraba junto a una ventana al trasluz la delgadísima lámina líquida entre cristales extendida.”

Así mismo, y como exigencia inexcusable, debían de tener el consentimiento firmado del marido para acudir a la capital como amas de cría. Os leo una copia exacta de la autorización que extendió Juan Ontañón de su puño y letra:

“Como esposo que soy de Andrea Aragón, la doy gustoso mi consentimiento para que se traslade a Madrid para servir de ama de lactancia del infante o infanta que dé a luz Su Majestad. Y para que conste, lo firmo en Burgos a 3 de enero de 1864.”

El valle del río Pas gozaba de fama de gran salubridad para ir a la búsqueda de amas de cría y así lo hizo constar en su informe don Dionisio Villanueva  Solís,  médico real, en 1858 tras su estancia en la Vega  de  Pas:

“espacioso  valle,  sin  aguas  detenidas  ni  enfermedad  endémica alguna,  cuyos habitantes,  con  alimentación  sana,  gozan  de  robustez  y buena  constitución”.

De ello y de la cualidad de las pasiegas ya había dado cuenta también el autor de la mejor novela del romanticismo español-El señor de Bembibre-, el escritor del Bierzo Enrique Gil y Carrasco, que pasó unos días por esas tierras, en una publicación de 1839:

“Las costumbres de Pas son bastantes puras y sencillas, sin que sirva de regla el sinfín de nodrizas que hay en Madrid con el nombre de “pasiegas” para el mayor abono de su salubridad y robustez”.

Juan Francisco Quevedo

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Las nodrizas pasiegas 2-Juan Francisco Quevedo

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LAS NODRIZAS PASIEGAS-2

Es preciso recordar que en esos tiempos, al empobrecimiento que había sobre todo en las zonas interiores de Cantabria, entonces conocida por La Montaña, se sumará, en el último cuarto del siglo diecinueve y primera parte del veinte, otro elemento que hará que los chicos en edad de quintas sientan la imperiosa necesidad de esquivar el servicio militar, una sucesión de guerras coloniales que se prolongarán en el tiempo. Nuestros jóvenes se veían obligados a luchar en lugares lejanos, desde Cuba a Filipinas, pasando por el norte de África, en los numerosos conflictos bélicos que España tenía abiertos, en unas condiciones precarias y penosas, siendo diezmados tanto por las veleidades propias de la contienda como por las numerosas enfermedades, algunas de ellas endémicas, como la malaria, que les asolaban.

Por otro lado, y no es baladí precisamente, a los años de servicio militar en las numerosas guerras existentes, se añadía la injusticia flagrante de que el cumplimiento de este deber recayera casi exclusivamente entre los muchachos más desfavorecidos social y económicamente. No podemos olvidar que durante aquellos años sólo había dos maneras de eludir “la mili”, una de ellas era la exención directa por pago en metálico al estado de una cantidad sólo al alcance de los más pudientes que, en aquel final del siglo diecinueve, ascendía a unos doce euros actuales (2000 pesetas), un auténtico capital para los tiempos que corrían. Sirva como referencia que en el Madrid de cambio de siglo, el salario diario medio de un varón adulto era de 3,50 pesetas. La otra manera de evitar las milicias era pagar a sustitutos para que la hicieran por aquellos que recurrían a tal, digamos, aprovechamiento de la debilidad ajena. Estaban dispuestos a abonar una buena cantidad por ello; como es de suponer, el que accedía al intercambio-dinero por años de servidumbre al ejército- siempre provenía de las clases más humildes y empobrecidas de la sociedad montañesa. Este otro modo de driblar el servicio militar era un poco más económico que el anterior, pero muy caro aún para una gran parte de la población, aunque sí lo suficientemente jugoso como para que otros más necesitados lo aceptaran. El coste de esta transacción humana rondaba los seis u ocho euros-entre 1000 y 1300 pesetas-.

Como se puede ver, aquellas pasiegas que regresaban con la exención del servicio por parte de los hijos varones los libraban de una muerte casi segura y en el mejor de los casos, de sufrir y verse expuestos a multitud de penalidades.

Pero regresemos a ese periplo al que se lanzaban muchas jóvenes madres pasiegas. De este viaje incierto da cuenta y testimonio con ingenio y sagacidad el escritor francés Teófilo Gautier. Estas impresiones, obtenidas en primera persona y de manera directa, las reflejará en su obra “Viaje por España”, publicada en 1840. En ella, cuenta el escritor galo que durante el viaje a la capital, mientras reposaban los caballos, una escena le llamó poderosamente la atención mientras esperaban y se aliviaban del polvo del camino en una posada:

“En la sala que comíamos, una mujer corpulenta con aspecto de Cibeles, se paseaba de largo llevando bajo el brazo un cestillo oblongo cubierto con una tela, del cual salían unos débiles lamentos aflautados, muy semejantes a los de un niño pequeño. Aquello me intrigaba mucho, porque la cesta era tan pequeña que sólo podía contener un niño microscópico, un liliputiense propio para exhibirse en una feria. El enigma tardó poco en explicarse: la nodriza -pues esto era aquella mujer- sacó del cesto un perrillo canelo, se sentó en un rincón y dio gravemente el pecho a este mamoncillo de un nuevo género. Era una pasiega que se dirigía a Madrid a criar y se valía de aquel medio para no quedarse sin leche “.

Se trataba de una pasiega que se dirigía a Madrid a criar y se valía de aquel medio para no quedarse sin leche ya que del hecho de que ésta continuara fluyendo dependía su sustento y el de la familia. No podían permitirse el lujo de que se les cortara por lo que recurrían a ese original método de succión animal.

La costumbre estaba tan extendida que incluso aparecieron anuncios donde se ofrecían cachorros, como este que salió en un diario de Zaragoza en el año 1797:

“El que necesite de un Perrito para tirar los Pechos acudirá al Despacho del Diario”.

LOS INICIOS

La historia de las nodrizas es muy antigua; ya aparecen referencias sobre ellas en el Egipto de los faraones, donde además existe una rica iconografía escultórica sobre las mismas, así como en civilizaciones tan distantes como la babilónica o la griega, donde ya en su mitología aparece Amaltea, que fue la ninfa nodriza de Zeus.

En la civilización mesopotámica, en las Leyes de Esnunna, se establece la multa que debe satisfacer el hombre que entregó a su hijo a una nodriza y no pagó las raciones acordadas por los tres años que duró la lactancia. Así mismo en esta civilización, se recoge en el código del rey babilónico Hammurabi una referencia a las nodrizas:

“Si un hombre confía su hijo a una nodriza y ese hijo muere mientras lo cuida la nodriza, si la nodriza, sin saberlo el padre ni la madre, se procura otro niño y se lo prueban, por haberse procurado otro niño sin saberlo el padre y la madre, que le corten un pecho”.

En la civilización de la Roma antigua la figura de la nodriza era muy común, sobre todo en las familias de alto rango que solían utilizar para tal menester a sus esclavas. Ya Sorano de Éfeso el médico griego que en el siglo II ejerció su profesión tanto en Alejandría como en Roma, nos habla de algunas de las condiciones que deben reunir las nodrizas:

“No debe ser ni demasiado joven, ni demasiado vieja, tendrá entre veinte y cuarenta años, habrá tenido ya dos o tres hijos, estará sana, en buenas condiciones físicas, a ser posible alta y de buen color. Tendrá senos de talla mediana, elásticos blandos y sin arrugas. Los pezones no han de ser ni demasiado compactos, ni demasiado gruesos, ni demasiado pequeños, ni demasiado porosos, deben dejar pasar abundantemente la leche. La nodriza ha de ser moderada, sensible, pacífica.”

En España ya encontramos referencias concretas partir del siglo XIII; de hecho en las “Siete Partidas de Alfonso X El Sabio” (1221-1284) se anotan y reflejan las condiciones que debían reunir las nodrizas reales y la manera en que debían ser criados los hijos de los reyes:

“Deben haber buenas amas que hayan leche asaz e sean bien acostumbradas e sanas e fermosas e de buen linaje e de buenas costumbres e señaladamente que non sean muy sañudas.”

El término nodriza proviene, como tantas palabras, de nuestra lengua madre, del latín, de nutrix-icis (alimentadora) que posteriormente evolucionó hacia nutrice y por último a nodriza. Ahora bien, aunque menos coloquial, aún se utiliza la palabra nutriz, más próxima a la raíz original de la que deriva.

Pero, la pregunta que nos hacemos es: ¿Cuándo nace toda esta moda de importar nodrizas de nuestra tierra de manera casi masiva para estos menesteres?

La generalización y la especificidad de, digamos la profesión, en las pasiegas no llegará hasta el final del reinado de Fernando VII. Será el amamantamiento de la futura Isabel II el verdadero origen de la moda de traer amas de cría de nuestra tierra. Por simple imitación, se impondrá con gran éxito entre las clases pudientes de la capital como signo inequívoco de relevancia social, sin olvidar otras causas más justificadas médicamente, como los problemas de deformaciones que causaba el corsé, así como la debilidad física y, a veces, nerviosa, de la madre recién parida. Bien es verdad que en otras ocasiones las razones eran puramente estéticas, debidas principalmente al desgaste y la incomodidad que conllevaba la lactancia. Si bien en menor medida, también contribuyó a ello la falacia de que con las relaciones sexuales se desencadenaba la menstruación, lo que hacía que la leche fuera de peor calidad. Por todo ello, en especial los maridos, preferían contratar los servicios de una nutriz que mantener la abstinencia sexual durante las largas lactancias de la época. Por tanto, ya poco tenía que ver con los motivos más clásicos y racionales, como que la madre no se encontrara en condiciones tras el parto por agotamiento o porque tuviera falta de leche.

Ahora bien, en las reinas, paridoras de profesión por imperiosa necesidad de surtir de herederos a la corona y al reino, estaba más justificado la toma de nodrizas para la crianza. Y así lo hace ver el doctor Gregorio Marañón:

“Siendo tradición en las mujeres españolas ser madres, parir hasta la muerte, y más en las reinas para asegurar la egregia sucesión, no resulta extraño que la mayor parte de estas regias cluecas murieran de sobreparto o completamente agotadas con tanta maternidad, sobre todo si tenemos en cuenta que empezaban a parir en cuanto apuntaba en ellas la edad fecunda”.

De justicia es decir que solamente una reina española en ese período histórico crió a sus hijos con sus propios pechos; fue la reina María Victoria de la Cistierna, esposa del rey de España, Amadeo I.

Mientras que en las clases altas se procedió a la lactancia subrogada por moda y comodidad en la mayoría de los casos, en las clases más humildes sólo se suspendía la lactancia por razones de peso ineludibles, en especial cuando las madres se quedaban sin leche. En estos casos, cuando no encontraban una vecina o pariente que pudiera y tuviera leche para amamantar a sus hijos y a los de ella, recurrían a lo que tenían más cerca, al ganado de la casa. Esta práctica conllevaba un riesgo que por entonces se desconocía, ya que la alimentación del bebé con leche animal ponía en grave riesgo su vida por la sobrecarga renal y metabólica que se producía en su organismo. Sin embargo, siempre la sabiduría popular al fondo, se daba preferencia a la leche de burra que hoy es sabido es muy parecida a la leche materna ya que, al contrario que vacas, cabras u ovejas, las burras son mono gástricas mientras que el resto de esos animales poseen cuatro estómagos, de ahí que su leche sea más difícil de digerir por tener un contenido muy elevado en grasas y proteínas en relación a la materna.

Como vimos, desde el siglo XII la presencia de nodrizas en la corte castellana era habitual.

Durante el siglo XVI las señoras de la nobleza eran las que ejercían las funciones de nodrizas reales aunque también algunas provenían de Navarra y La Mancha. Después, hasta la llegada de las pasiegas, las amas de cría se buscaban preferentemente en la provincia de Burgos, siguiendo a continuación las de Toledo y Madrid. Burgos se convirtió en el epicentro de este mercadeo humano debido a una estancia en la ciudad, en 1706, de la reina María Luisa Gabriela de Saboya, la esposa del primer Borbón español, Felipe V. No podemos olvidar que durante ese año, y con motivo del acercamiento del otro pretendiente a la capital, el archiduque Carlos de Austria, se traslada la Corte y el gobierno a Burgos. Se hace por mandato de la reina que en esos momentos ejercía la Regencia ya que el rey estaba al frente de sus tropas.

Juan Francisco Quevedo

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LAS NODRIZAS PASIEGAS-JUAN FRANCISCO QUEVEDO

Hoy empieza la primera de las entregas que me publica el diario Alerta sobre la historia y peculiaridades que hay en torno a las nodrizas pasiegas. Espero que la aventura de estas mujeres, además de interesante, en estos días en los que toca quedarse en casa, os resulte amena y entretenida.

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LAS NODRIZAS PASIEGAS

CONTEXTO HISTÓRICO

Aquel Madrid del siglo XIX en el que entierran a Larra, es también el Madrid de los primeros cafés y de las primeras tertulias literarias, como aquella que había en el café del Príncipe, donde se reunían todos los escritores románticos, desde Espronceda a Antonio García Gutiérrez, el primer autor que salió a un escenario a corresponder los aplausos del público en un estreno. Es también el Madrid del primer tranvía, del ensanche hacia Serrano y de los negocios del ferrocarril y la Bolsa, es el Madrid donde lo mismo se puede cruzar uno con literatos más o menos ilustres como con políticos de renombre, es un Madrid de relumbrón que sólo muestra la falsa fachada de lo que se esconde detrás.

Lo que pretende ocultar ese falso escaparate de vanidades es el Madrid, no lo olvidemos, que lega Fernando VII, un Madrid empobrecido, lleno de miseria, malos olores y un resabio castizo que rezuma las hieles del absolutismo recién finiquitado. Es el reflejo de una España arruinada y desmantelada tanto cultural como económicamente, una España que había cerrado, por orden real, hasta las Universidades. Este Madrid, el cotidiano, el que sufre la mayoría de sus habitantes, se entrecruza y contrasta con ese otro Madrid de la aristocracia y el dinero. En cualquier caso, es el Madrid agridulce del siglo XIX.

A este Madrid decimonónico, lleno de contrastes y desequilibrios sociales es donde llegan, víctimas del mismo mal, casi endémico, desde La Montaña, las nodrizas pasiegas. Vienen con sus miedos y con su valentía a ganarse la vida con una mercancía para vender muy fácil de transportar, ya que no necesitaba más alforjas que sus propios pechos.

No tardará en imponerse su contratación como una moda en la que se reflejará el poderío social de los contratantes, una señal inequívoca de relevancia social. Convivirá durante unos años con otra moda más perniciosa, la del suicidio. Y moda fue, ya que durante la efervescencia romántica más de seis mil jóvenes compatriotas elegirán el suicidio como la forma, más que radical, de abandonar este mundo. Larra, con veintisiete años, será uno de ellos y, además, será el primer suicida, debido a las presiones sociales y a que en ese momento había un gobierno liberal, en ser enterrado en sagrado pues todos ellos eran enterrados extramuros, junto a las tapias de los cementerios. Para ello, la iglesia, tras múltiples presiones gubernamentales, hubo de acudir a la argucia de darle tierra por loco y no por suicida. Ese fue el trato al que se llegó y que todos aceptaron.

EL ADIÓS A SU TIERRA Y EL VIAJE

Una vida muy dura, llena de necesidades, y la esperanza de un futuro mejor para sus familias, les harán vender el líquido que llevan consigo a quien pueda pagarlo. Eso tan solo será así al principio, antes de que sean ellas las que se postulen como vendedoras de un producto que ya no tiene la demanda de sus inicios. Las que llegaban colocadas desde sus lugares de origen tenían por delante un futuro esperanzador, sin embargo, más tarde, muchas fueron las que acudieron a la aventura, abriéndose ante ellas un futuro de lo más incierto.

Estas mujeres abandonarán todo, familia, marido e hijos para ayudarlos a salir adelante, para aliviar los escasos medios con los que venían subsistiendo, para mejorar una economía exangüe y voluntariosa, basada fundamentalmente en la ganadería, en la huerta y en la venta ambulante de quesos y mantequilla, cuando no en el contrabando de telas y tabaco.

¿Qué pasaría por la cabeza de aquellas mujeres valientes y decididas, capaces de dejar atrás una vida, la única que conocían, por contribuir a mejorar la existencia de toda la familia?

Nunca se sabrá pero seguro que pensaban que no hacían otra cosa que cumplir con su obligación para con los suyos.

Eran mujeres que seguramente se despedirían de su familia, de su marido y de sus hijos, el último aún recién nacido, como se correspondería con ese carácter fuerte que a buen seguro las poseía y acompañaba, una manera de ser que se había zurcido en la breñas y en las cabañas del valle de Pas. Lo harían sin escenas, con pena pero sin estridencias, con la tierna adustez de estas mujeres sacrificadas y arrojadas. Sabían que robaban el alma y el alimento a unos hijos para poder cedérselo a un desconocido que aún no había proferido un sollozo en este valle de lágrimas. Era algo inconcebible desde nuestra mentalidad pero que, sin embargo, entonces, ambos, nodriza y familia contratante, desde sus mundos tan opuestos, veían casi con la misma naturalidad. La nodriza pasiega, como una obligación moral hacia los suyos y la otra parte como una imperiosa necesidad familiar.

Asistiremos, en esa primera etapa de bonanza, a su colocación en casas de la aristocracia y de la nueva burguesía, donde se las tratará con suma consideración y respeto, además de proporcionárselas un salario adecuado para sus pretensiones que, posteriormente, al acabar la crianza iba acompañado de otras prebendas. Algunas de ellas, tras terminar sus funciones de lactancia, permanecerían en la casa como amas secas. Más tarde, tras el duro periplo del viaje, otras pasiegas llegarán a la capital sin colocación; lo harán al reclamo de las que regresaron y pudieron proporcionar una vida mejor a sus hijos. Mientras esperan que la suerte les sonría con una contratación, se reúnen y malviven en la madrileña Plaza de Santa Cruz.

Veamos el testimonio recogido acerca de este mercado humano por Fray Gerundio de Campazas en la novela del padre Isla publicada en la segunda mitad del siglo XVIII:

“Hay en la Plaza de Santa Cruz, de Madrid, un mercado diario de carne humana, cuya influencia en las costumbres no se ha pesado todavía. Los que pasan miran, ven un grupo de pasiegas sentadas en el suelo, o en las piedras que forman el borde de un portal, las unas con un niño de pecho, las otras sin él, y sin fijar más ni su atención, ni su pensamiento prosiguen su camino (…).

¿Qué hacen aquí estas pobres y robustas montañesas, las unas comiendo un mendrugo de pan y las otras indicando en su semblante que no les desagradaría comerle? ¿Qué hacen? Esperar pacientemente a que una madre pobre y desventurada, o que alguno en nombre de una madre rica y regalona se acerquen a contratarlas para que, por tanto más cuanto, den a su hijo el alimento que llevan en sus pechos”.

Mientras esperan en la plaza ser contratadas ejercitan la caridad con aquellas madres que se han quedado sin leche, dando ejemplo de generosidad. Así lo sigue contando Fray Gerundio:

“Las madres pobres que han tenido la desgracia de ver secárseles los órganos de lactación acuden allí con sus niños… los van alimentando gratis pasándolos sucesivamente ya al pecho de una, ya al de otra, y aquellos hijos de cincuenta madres salen adelante y viven”.

De los reconocimientos médicos que se les hacía a mediados del XIX por las juntas municipales, a raíz de la gran afluencia de estas muchachas, da cuenta uno de los muchos detractores que hubo, sobre todo entre intelectuales y literatos, de esta costumbre de amamantar hijos ajenos. El escritor don Benito Pérez Galdós nos relata cómo se vivían estas esperas en un consultorio que había en el Gobierno Civil de Madrid:

Quedeme pasmado al entrar en aquella gran pieza, nada clara ni pulcra, y ver el escuadrón mamífero alineado en los bancos fijos en la pared, mientras dos facultativos, uno de los cuales era Miquis, hacían el reconocimiento. El antipático ganado inspiraba repulsión grande, y mi primer pensamiento fue para considerar la horrible desnaturalización y sordidez de aquella gente. Las que habían tomado por oficio semejante industria se distinguían al primer golpe de vista de las que, por una combinación de desgracia y pobreza, fueron a tan indignos tratos. Las había acompañadas de padres codiciosos, otras de maridos o arrimados; rarísimas eran las caras bonitas, y dominaba en las filas la fealdad y la expresión de astucia; era la escoria de las ciudades mezclada con la hez de las aldeas. Vi pescuezos regordetes con sartas de coral, orejas negruzcas con pendientes de filigrana, mucho pañuelo rojo de indiana tapando mal la redondez de la mercancía, refajos de paño negro, redondos, huecos, inflados, como si ocultaran un bombo de lotería; medias negras, abarcas, zapatos cortos, botinas y pies descalzos. Faltaban en la pared los escudos de Pas, Santa María de Nieva, Riofrío, Cabuérniga y Cebreros; como inscripción ornamental el endecasílabo de aquel poeta culterano que, no teniendo otra cosa que cantar, cantó la nodriza y la llamó “lugarteniente del pezón materno”.

Todas estas jóvenes madres, unas y otras, que se decidían a emprender el incierto viaje siempre lo hacían por ayudar a los suyos. Sacrificaban sus vidas y olvidaban el miedo y los temores por lo que consideraban mejor para su familia. Dejaban atrás, en sus localidades natales, todo lo que tenían, tanto material como sentimentalmente: marido, hijos, casa, animales, hacienda y familia. Hoy nos parece una experiencia muy dura y conmovedora, incluso inmoral por el componente de tráfico humano que conllevaba, pero muy lejana en el tiempo. Y no es así, no fue tan lejana ya que este trasiego humano existió hasta bien entrado el siglo XX. Fue un auténtico éxodo, plasmado en una de las muchas tragedias que, junto a la emigración y a las guerras coloniales, asoló nuestra tierra.

Se daba la hiriente paradoja de que estas jóvenes dejaban y quitaban el alimento a sus propios hijos, que quedaban al cuidado de abuelas, tías y hermanas-que los alimentaban con la leche del ganado- para venderlo a cientos de kilómetros, en una época en que las distancias y las comunicaciones hacían que pareciera se marcharan al otro confín, y dárselo a otros niños que acabarían siendo hermanos de leche de sus propios hijos.

La crianza en la capital solía durar dos años, el tiempo que se prolongaba la lactancia. Cuando finalizaban su tarea, las más afortunadas, en función del rango social y de la influencia de la familia, eran recompensadas con diversos y en muchas ocasiones valiosos obsequios.

Regresaban a sus casas y a su tierra de origen con un poco de capital ahorrado, un baúl lleno de ropa blanca y los tres trajes de ama que eran inexcusables, el de gala, el de media gala y el de diario. Así mismo llegaban con el reconocimiento de su propia familia, consciente del sacrificio realizado, y en muchos casos, con la exención de los hijos varones del servicio militar, ya que se convirtió en costumbre solicitar ese favor de sus empleadores cuando estaban en disposición de concederlo, tal y como era el caso de la realeza y las familias de la nobleza y alta burguesía. Y esto último no era baladí, sobremanera durante los conflictos de Filipinas, Cuba y el Rif que tanta desgracia acarreó a la juventud que obligatoriamente se tenía que incorporar a filas. Una buena parte de ella, sin embargo, para eludir los conflictos bélicos, prefirió apuntarse a las filas de la emigración.

Juan Francisco Quevedo

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Unos tienen la fama y otros cardan la lana-Juan Francisco Quevedo

La crisis generada por esta pandemia nos llevará a reflexionar sobre muchos modelos sociales y educativos. Esta reflexión que me publican hoy en el diario Alerta será sólo una de otras muchas.

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UNOS TIENEN LA FAMA Y OTROS CARDAN LA LANA

Apenas hace unas horas mi buena y querida amiga Merche Viota me envió las declaraciones de una investigadora que, en sí mismas, no me sorprendían pero por su manera de explicitarlas sí que me pareció que describían a la perfección el páramo intelectual y científico al que nos vemos abocados, entre otras cosas, por modelos de conducta formativos muy equivocados. Esta científica española decía con determinación pero con ironía: “Ustedes le dan a un futbolista un millón de euros por mes y a un biocientífico le dan 1800 euros por mes. Ahora ustedes buscan el tratamiento para este virus, entonces busquen a Cristiano Ronaldo o a Messi para que encuentren la cura”.

Estas impactantes declaraciones bien pudieran ser una fake news, de hecho creo que así es, pero pienso que invitan a una reflexión mucho más profunda, una reflexión que nos puede llevar a cuestionar muchas de las realidades sociales que nos preocupan en cuanto a la proyección de nuestros jóvenes universitarios una vez tienen la formación y la capacidad para acceder al mercado laboral.

Es cierto que ya queda muy lejano en el tiempo el unamuniano quijotismo del que inventen ellos, cuando en un artículo publicado en 1906 escribió, fruto de su polémica con Ortega: “Que inventen, pues, ellos y nosotros nos aprovecharemos de sus invenciones. Pues confío y espero en que estarás convencido, como yo lo estoy, de que la luz eléctrica alumbra aquí tan bien como allí donde se inventó”.

Mi admirado don Miguel por tantas cosas, como por ejemplo por su espléndido retrato sobre la envidia en su novela “Abel Sánchez”, si bien quizás no hiciese más que reflejar el cómo y el por qué del retraso científico de aquella España que parece ser aún perdura en muchos sectores, en un mundo globalizado como el de hoy esos “ellos” pueden ser los nuestros y de hecho, paradójicamente, en muchos casos lo son, ya que muchos de nuestros investigadores en todos los campos forman parte de los mejores equipos científicos del mundo, así como de las mejores universidades y empresas internacionales. Hasta ese lema patrio un tanto garbancero se ha quedado obsoleto. También inventamos nosotros, aunque sea desde fuera.

Vivimos unos tiempos con los valores trastocados, que evidencian sus errores en estos días procelosos y turbulentos que nos toca vivir, en estos momentos tan vitales para el futuro de nuestro país. Sin duda, estamos sometidos a una prueba muy dura que no hace sino confirmarnos que ese mundo distópico ya está aquí, que no se circunscribe a los relatos y películas de ciencia ficción. Y debemos prepararnos para ese futuro que nos empieza a comer a dentelladas a través de la investigación y de la formación ética de la sociedad. Debemos recuperar modelos en los que fijarnos, hacia los que acercarnos y repudiar aquellos patrones de comportamiento, por otro lado tan engañosos y al que tan pocos llegan, del dinero fácil a través del ocio, sea deportivo o televiso, y sin grandes capacidades intelectuales aprovechables para el conjunto de la sociedad.

Educamos con nuestros presupuestos y con un gran esfuerzo familiar a una juventud que tras unos años de estudio y entrega salen de nuestros centros preparados para demostrarnos su valía y, sin embargo, se encuentran con una realidad frustrante, dificultad para trabajar en aquello a lo que han dedicado tanto sacrificio y, cuando lo encuentran, tienen que hacerlo con precariedad, en muchos casos con sueldos propios de hace treinta años pero con unas condiciones mucho más exigentes, con jornadas que se alargan y sin garantías de continuidad.

Así mismo vemos cómo muchos de estos jóvenes han de trabajar en profesiones muy alejadas de aquellas materias con las que creían haberse forjado un futuro, cuando no han de verse obligados a enviar un rosario de currículums y a peregrinar durante meses y años a la búsqueda de ese primer empleo. Por ello, una gran parte de estas nuevas generaciones, por primera vez con un dominio de los idiomas encomiable, se ve forzada a irse al extranjero, donde nuestros jóvenes son muy valorados por su excelente formación, una formación de la que, después de haber contribuido a realizar con nuestros impuestos y con la ayuda familiar, se aprovechan otros con mucha más visión de futuro y que dan la importancia que tiene a la investigación en todos los campos, científicos, lingüísticos, técnicos… Hoy con las declaraciones, falsas o no, de esa supuesta científica echamos en falta más que nunca no tener grandes centros públicos de investigación, donde nuestros mejores hombres y mujeres puedan desarrollar sus capacidades para que reviertan en nuestra sociedad.

Estas nuevas generaciones de grandes profesionales en todos los campos -medicina, laboratorios de investigación, parámetros matemáticos y un largo etcétera- deberían ser el ejemplo a seguir. Como contrapunto, están otros modelos muy perniciosos que calan en una juventud desorientada y que ve sus referentes vitales en las estrellas deportivas sin preparación intelectual, en los llamados influencers, o en los personajes de programas de televisión (Sálvame, Gran Hermano, Mujeres y hombres…) que ganan grandes cantidades de dinero con facilidad. Si bien no son comparables ya que las estrellas deportivas se han entregado desde muy jóvenes a la exigente vida de una preparación física y técnica muy intensa.

Una sociedad que arrastra a su juventud, sigo creyendo que, a pesar del ruido, minoritaria, el mensaje de que se puede ganar cantidades millonarias sin revertir nada a la sociedad en la que vivimos es un mensaje de lo más equivocado, un mensaje que trastoca los valores que han hecho avanzar a la humanidad y que se fundamentaban en la solidaridad y en la ética. Valores universales muy anteriores a la existencia de los medios de comunicación actuales y a las nuevas estrellas sociales emergentes.

No se trata de volver al orteguiano concepto de formar élites intelectuales para dirigir el país, aunque no sé si nos iría mejor que con esa élite que nos dirige y que en su mayoría no sale de los profesionales sino de la propia endogamia partidista. No se trata, por tanto de formar hombres selectos frente al hombre masa pero no estaría mal relegar a los que forman parte de esos modelos televisivos (como decía la fake, a Ronaldo, Messi…) a esa serie innúmera de ceros que siguen a la unidad que, en definitiva, es lo que le da valor. Esa unidad estaría representada por un modelo de jóvenes bien formados intelectual y éticamente.

Quizás no estaría de más recobrar algo de ese hombre esforzado que aparece en “La rebelión de las masas” y que podría conjugar ese ideal de unión indisoluble entre los elementos estéticos y los éticos.

Podemos encontrar una cierta analogía entre estos dos modelos en el comportamiento de algunos artistas masculinos, que representarían la parte más banal, y el de sus mujeres, que representarían ese modelo más centrado en el esfuerzo y en valores éticos.  En muchos casos, ellos, sin haber hecho más que plagiar el trabajo de sus compañeras se llevaban la fama, el dinero y el reconocimiento social mientras que sus mujeres, verdaderas artífices del trabajo, sea una escultura, un cuadro, un libro…, permanecían en sus casas sin tener ningún brillo, ni relevancia.

Muchos serían los ejemplos pero por poner uno dentro de nuestro país hablemos un poco del matrimonio formado por Gregorio Martínez Sierra y su esposa María Lejárraga. Gregorio era uno de los autores teatrales de mayor relevancia en el primer cuarto del siglo XX, con obras de gran fama como Canción de cuna. Esta obra, como todas las que firmó, estaban realizadas por María, su mujer, que fue condenada al ostracismo mientras él alternaba y disfrutaba del reconocimiento del público y de las élites intelectuales de la época. Una historia muy triste, ya que María, incluso humillada tras vivir durante años el oprobio de que su marido tuviese una amante pública, seguía escribiendo para él. Y lo siguió haciendo incluso cuando, tras tener una hija con su amante, decidió separarse e irse a Francia. En fin, tanto en estos dolorosos casos como en el de nuestros investigadores frente a las estrellas mundanas de hoy en día hacen bueno el refrán “Unos tienen la fama, y otros cardan la lana”.

Sólo es de desear que a muchos de estos jóvenes investigadores no les pase lo que a tantos (Poe, Schubert, Nikola Tesla, Mary Anning, Emily Dickinson…) que murieron pobres o sin reconocimiento y, en muchos casos, ambas cosas, después de haber dejado grandes obras a la humanidad.

Sería muy triste y muy penoso que, cuando ya ninguno estemos y absolutamente nadie se acuerde de las estrellas deportivas y televisivas, de ninguno de esos famosillos adscritos al dinero fácil, todos recuerden, sin embargo, como yo he hecho hoy con Tesla, Dickinson…, a estos jóvenes de nuestros días que hacen tanto por todos. Reconozcamos en vida el mérito social de nuestros profesionales, científicos, maestros, enfermeros, médicos, ingenieros…con un sueldo digno y unas condiciones de trabajo favorables para desempeñar sus funciones. Que nunca más una fake news como la que he traído a colación pueda resultarnos veraz, tan veraz que no nos cueste un ápice creérnosla.

Juan Francisco Quevedo

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Mi visión acerca de cómo estamos viviendo la crisis del coronavirus en Cantabria-Juan Francisco Quevedo

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                   CANTABRIA, UN PUEBLO RESPONSABLE Y CONSCIENTE A LA HORA DE AFRONTAR LA CRISIS PROVOCADA POR EL CORONAVIRUS

La ciudad despierta paulatinamente como todos los días, a las mismas horas de siempre, pero aunque pudiera parecer un día más, no lo es; la actividad y el ajetreo habitual son mucho menores, incluso el ruido del tráfico es casi imperceptible. Desde el pasado sábado a las doce de la noche dejó de ser un día más para todos. Y se nota.

Supongo que ninguno de los que vayan a trabajar harán nada especial; se darán una ducha, se prepararán para salir y tomarán el desayuno en la mesa de la cocina, incluso lo harán aquellos que estaban habituados a hacerlo en el bar mientras charlaban de cualquier cosa con la clientela con la que coincidían habitualmente. Después, entre un silencio que casi asusta porque cae como una losa sobre la cotidianeidad, se encaminarán, unos a pie y otros en cualquier medio de transporte, hacia donde se hallen sus puestos laborales. La vida parece continuar a pesar de todo. El sonido de las campanas del reloj penetra como nunca en nuestros tímpanos, tan poco habituados a este ritmo calmoso que infunde la falta de ruido, del ruido de la vida.

Como una gran parte de la gente de este pequeño territorio que es Cantabria, ellos intentan dar normalidad a esta nueva realidad que se nos impone al saber que se ha extendido por nuestro planeta un virus que hasta ahora nunca había afectado al ser humano. Se trata de un virus que, si bien, no es letal de una manera generalizada, sí que es pernicioso cuando infecta a las personas más vulnerables de nuestra sociedad, a las personas mayores. Para todos es muy fácil ver reflejado ese peligro en la cara de nuestros propios padres, de nuestros abuelos, de nuestros vecinos, incluso en la de aquéllos a los que nos hemos acostumbrado a saludar a fuerza de cruzarnos cada día por la acera de nuestro domicilio. Son esas pequeñas cosas a las que nos hemos acostumbrado sin darle importancia y hoy nos damos cuenta de que con ese saludo y ese intercambio de sonrisas, la vida en nuestro vecindario se hace mucho más agradable. Para todos nosotros, esas personas mayores tienen rostro, un rostro de personas reales con las que nos es muy fácil empatizar y conectar por la cercanía que nos proporciona el día a día.

Pero no sólo la amenaza más inminente recae sobre ese grupo de riesgo que conforman nuestros mayores, así mismo este coronavirus es muy peligroso para aquellas personas con patologías subyacentes (cardíacas, respiratorias,…) y para aquellas que tienen las defensas bajas y el sistema inmunitario deprimido por diversas razones. También tienen rostro, un rostro próximo, ya que todos tenemos familiares, amigos, conocidos con alguna de estas patologías que les hacen ser más susceptibles a tener procesos graves si llegan a contraer el virus.

Por todas estas personas a las que nos sentimos unidos, por los abuelos de tantos y tantos, por los amigos y familiares de todos, por aquéllos que están considerados grupos de riesgo por sus patología de base, para evitar que el virus llegue a ellos es muy importante que nos quedemos en casa y que sigamos esas instrucciones básicas y fáciles de cumplir que nos están llegando por y desde todos los medios (lavarse las manos, estornudar en el pliegue del codo…).

No sólo debemos quedarnos en casa para dificultar la expansión del virus y proteger a las personas más vulnerables al mismo, también debemos hacerlo para evitar contraer nosotros mismos la enfermedad y actuar como posibles e involuntarios transmisores de la misma. Por lo demás, de contraerse, lo más probable es que bien, o no nos enteremos por no manifestarse y ser asintomática, o bien se manifieste de una manera leve, con algo de fiebre, tos y poco más.

Muchos de los que hoy se han dirigido a su trabajo no han podido evitar sentirse satisfechos al percibir ese silencio inquietante, al ver cómo, con la actitud de todos, estamos protegiéndonos todos. En seguida han podido percibir cómo nuestros paisanos han interiorizado lo que debíamos hacer por el bien de todos, por la salud de todos.

Desde luego si se pudiera meter en un gigantesco mural la imagen de todos los hombres y mujeres de nuestra querida Cantabria y reflejar en él la actividad que están desarrollando, veríamos que salvo raras y puntuales excepciones-espero no ser demasiado optimista- todos están cumpliendo con un deber solidario ineludible, la mayoría desde sus casas y otra parte de la población desde sus trabajos. Desde luego, aquéllos que pudieran incumplir las normas establecidas serían tan insignificantes en ese mural imaginario que no se representarían más que en una imperceptible mota que apenas se distinguiría.

Somos una gran región, compuesta por ciudadanos comprometidos con la situación de emergencia que atravesamos, ciudadanos que hemos sido capaces de aunar esfuerzos en esta lucha que tan sólo entiende de seres humanos responsables que forman parte de un pueblo muy antiguo que ha tenido que superar multitud de fatalidades a lo largo de su historia. Ésta, sin duda, será una más.

Desde horas bien tempranas pueden ver a la gente entregada a hacer sus labores con normalidad. Mientras se dirigen al trabajo pueden cruzarse con la policía controlando que todo funcione o tropezarse con un camión de mercancías descargando víveres a la puerta de un supermercado mientras pasa una ambulancia con la las luces estroboscópicas encendidas. Después, pueden ver a una furgoneta del pan repartiendo por las calles de la ciudad mientras sobrepasa a un camión de la basura que está parado frente a unos contenedores. Durante el camino algunos pararán en un kiosco a comprar la prensa para poder leer las noticias y comprobar cómo los periodistas ya han ejercido su trabajo informativo, tan vital en estos momentos.

Todos están en su lugar para que todo funcione, para que todos podamos estar tranquilos.

Por el camino hacia sus destinos, algunos pasarán ante un consultorio de pueblo que ya está en marcha. La labor de los médicos y enfermeros de las zonas rurales es encomiable, una labor entregada y con un trato con los pacientes, al ser sitios pequeños, muchas veces familiar; su trabajo es impagable y por eso son tan queridos.

Así mismo, la labor que se realiza en los distintos centros de salud y hospitales de Cantabria es extraordinaria. Más en estos tiempos donde se ven forzados a realizar sus tareas en condiciones extenuantes. Con el esfuerzo de todos, del personal sanitario y del personal encargado de que todo esté como debe estar, personal de limpieza, celadores, conductores de ambulancias… todo saldrá adelante.

Es muy importante seguir las instrucciones que nos han dado si sospechamos que podemos haber contraído este virus. No debemos acudir a los centros sanitarios; debemos llamar a los teléfonos que nos han facilitado y seguir las instrucciones. Estamos obligados a hacerlo por dos razones fundamentales, una de ellas para evitar un contagio importante, incluso masivo del personal sanitario. De producirse, ¿quién nos atendería?

No olvidemos que los virus se propagan sin distinguir entre médicos y pacientes, entre tirios y troyanos. Respetémoslos ya que como decía un catedrático de Microbiología allá por el año ochenta a sus alumnos: “a los microbios se les tiene muy poco respeto porque no se les ve, si fueran pegando patadas en los testículos (él decía otra palabra más sonora) otra cosa sería”.

La siguiente razón es porque la vida sigue y, por desgracia, las patologías del día a día nos acompañan por más que estemos en cuarentena. Así que si saturamos las urgencias quién atendería los infartos, a los lesionados en caídas o accidentes de tráfico, quién diagnosticaría nuevas patologías urgentes de atender como procesos cancerosos, sépticos…

Al finalizar la jornada, todos regresarán a casa con la sensación de que formamos parte de un pueblo que sabe responder con responsabilidad cuando es necesario.

Juan Francisco Quevedo

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Óleo y haiku-Juan Francisco Quevedo

De este óleo sobre tabla que hice hace unos cuantos años, salen estos versos:
Sueñan las ratas
con ser sierpes de luz
en jaulas de agua.

Sueñan las ratas

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Angel Fernández Fernández (La huerta de los manzanos)-Juan Francisco Quevedo

Ángel Fernández Fernández

La huerta de los manzanos

Visor libros (2019)

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Ángel Fernández Fernández

La huerta de los manzanos

Visor libros (2019)

 

Cuando abrí el libro de Ángel Fernández Fernández, La huerta de los manzanos, Accésit del XXIX Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma, me quedé sorprendido ante la fuerza poética de los versos de un autor que desconocía absolutamente. A medida que avanzaba por sus páginas me sentí unido al yo poético tanto por la claridad de sus poemas como por la capacidad que tienen los mismos, a pesar de partir de vivencias muy personales y particulares, para lograr inmiscuirnos en ellos y dejarnos cautivar tanto por su capacidad lírica como por su capacidad para penetrar en la conciencia del lector. La mayor dificultad que puede encontrar el poeta es hallar esa conexión con el lector para universalizar su poesía y poder trascender a su propio yo. Ángel Fernández lo consigue con unos poemas profundamente humanos que rebosan cercanía.

Esa capacidad del autor para transmitir emoción, sin abandonar la forma lírica, hace de este libro una delicia que degustar con calma. Cuando cerré sus páginas, tras esa primera lectura, más rápida, supe que me encontraba ante un buen poeta, ante un poeta que quizás hubiera merecido llevarse el primer premio pero que, sin duda, este importante reconocimiento le servirá para dar visibilidad a sus versos, unos versos que nos reconcilian con la poesía, con la buena poesía.

Ángel Fernández nació en León en el año 1963 y éste es su tercer libro de poemas para adultos, a los que hay que añadir uno de cuentos y otro de versos para niños.

Con La huerta de los manzanos, el poeta, en plena madurez, nos retrotrae hasta la infancia, hasta su infancia, hasta el pueblo leonés de sus antepasados, Sabero, para pasear por sus recuerdos de la mano nostálgica de una melancolía que, a ratos, se vuelve tierna, con personajes entrañables como su abuela, y, sin embargo, en otros momentos, se tiñe de cierta rabia y amargura al rememorar las duras jornadas mineras y el clasismo marcado entre los trabajadores y sus jefes, encarnados en los ingenieros.

De fondo de toda la construcción poética, más allá de la inmersión sentimental en el devenir de las vidas que componen este huerto fértil, está el paisaje de los parajes de su infancia, está esa huerta de los manzanos de su niñez, acompañada y envuelta en la densa nostalgia de los recuerdos de cuando pateaba las calles de Sabero.

El poeta Ángel Fernández, desde la fascinación de la cotidianidad, con unos versos que manan con la complejidad de la sencillez, nos invita a adentrarnos, a través de una vieja fotografía, en el universo que ha creado en torno a esos recuerdos de su niñez que, si bien tamizados y reconstruidos por los años transcurridos y por la memoria, son los que se corresponden con el tiempo vivido.

Desde la complicidad que sugieren unos versos que nos llegan a esa parte ininteligible del cerebro donde se instalan los mecanismos que conducen a la emoción, con unos versos que son capaces de desencadenar las sinapsis neuronales precisas para que sea así, nos sumergimos en las páginas, en la lectura de un libro que es en sí mismo una autobiografía sentimental del autor. Ángel Fernández nos atrapa con la autenticidad y verdad de su propia historia, la de una familia que nos remite a esa patria del hombre, a ese paraíso idealizado por la dureza de la vida, que es la infancia. La infancia que el autor vivió y disfrutó en un pueblo minero de León.

Esa fotografía actúa y provoca en el lector la misma función que ya hiciera el espejo de Alicia. A través de ella, traspasando sus límites, nos vemos inmersos en el mundo mágico del yo poético. El que nos quiere mostrar desde su propia existencia, donde la memoria ya ha tenido tiempo de ejercer su labor depuradora. Nos lo ofrece como quien entrega una apetitosa manzana recién arrancada de uno de los árboles de su huerta. Es la tentación ineludible; con un sólo mordisco nos introduce en su mundo y, más allá de expulsarnos del paraíso, bien al contrario, nos damos de frente con él a través de la lectura. Todos los poemas de La huerta de los manzanos son una permanente invitación a pasar al otro lado del espejo, a morder esa manzana prohibida que se nos ofrece, no como serpiente de fuego sino como un ángel de luz.

Pasáis por debajo de la cerca y de todos los miedos posibles.

Los frutos de los árboles se arrojan contentos a vuestros brazos.

Tu madre te sonríe entre mordisco y mordisco.

Repartís las manzanas.

Y buscáis la salida.

El poeta, desde su yo más íntimo y personal penetra en esa infancia idealizada a través de los ojos de su madre.

Si te asomas, la ves, al fondo de sus ojos:

una niña traviesa con un palo

buscando caracoles entre las ortigas.

La imágenes evocadoras, nítidas y comunes, nos ensamblan y nos introducen con facilidad en el mundo que el autor nos presenta, un mundo con el que es muy fácil identificarse, con el que el lector se siente unido con facilidad a partir de sus propias vivencias. Ángel Fernández tiene esa habilidad para elegir y seleccionar bien los recuerdos que lleva al papel; conecta con el lector de inmediato porque los universaliza, porque transcienden a su propio yo poético.

Que se compran, se comen,

se pueden poseer;

y no solo mirar con la nariz aplastada por el cristal

hasta hacerte daño

o hasta que te riña la mano voladora

de la confitera.

No tarda en aparecer en los poemas el rancio clasismo insultante que imperaba en aquel pueblo minero que no deja de ser el reflejo de unos tiempos que van quedando atrás, aunque vivos aún en la memoria de quienes los sufrieron. Eran tiempos en los que se nacía y se moría sin más expectativa que aquella de la que provenías; era muy difícil que las clases sociales se renovaran con sangre nueva ya que ni tan siquiera se relacionaban entre sí. El poema titulado irónicamente Las ingenieras es fiel reflejo de aquella España.

Y ellas hacían el esfuerzo enorme

de respirar

el mismo oxígeno que todos los clientes,

algunos todavía tiznados y grasientos.

Porque eran generosas y humanitarias

y estaban tituladas en la hipocresía

de la compasión.

Con una ternura inmensa, se evocan desde unos hermosos versos la dureza del trabajo, la voluntad bondadosa de unos hombres heridos de muerte en vida por culpa de las enfermedades que contraían. Un ángel dormido, es el título de un poema extraordinario.

El ángel se despierta y, claro,

se convierte en mariposa,

herida de bondad y silicosis.

A través de los ojos de su madre, se lamenta del paso del tiempo, de una niñez que tal vez nunca viviera, que se le escapó sin poder paladearla. Al menos, tal y como, desde la mirada de hoy en día, entendemos que se debería vivir.

Mi madre se dejó olvidada la niñez,

tal vez entre las casas del lavadero de carbón

o en el castillete que se alzaba pretencioso

a la entrada de la mina.

Esta biografía familiar, este friso de la memoria pone en relieve los avatares de una saga que se configura en los recuerdos heredados y vividos del autor. Van pasando su abuela, su madre, sus tíos, con unos versos que nos llevan a ese amor, puro y limpio, de los seres queridos (Era ya un niño mayor y mi abuela/seguía llevándome a caballito…), junto a otros que nos remiten a ese trasfondo de crueldad que subyace en la infancia, a esos versos que evocan a la anciana del pueblo que sirve de mofa a los niños.

Cuando vuelve a la casa,

sus gatos la reciben

pegando bien los rabos a sus pardos faldones,

y a ella se le olvida, otra vez, llorar.

Junto a la ilusión infantil de la víspera de Reyes hace un recorrido melancólico por los recuerdos felices de aquellos años junto a sus hombres y mujeres cercanos y así van pasando por los poemas, Carmina, César, Tino… Si hay algo que consigue transmitirnos el poeta es esa tranquilidad relajante de la vida en Sabero; se refleja en muchos de los poemas.

El sol cae desplomado en la carretera

y una joven anciana le alivia un poco

esparciendo en el asfalto lluvia enlatada.

Los bares, las cantinas y el alcohol, asociado al trabajo duro de los mineros, recorren y traspasan el libro como una espada de dolor.

Los hombres estaban encerrados

en gigantescas botellas de cerveza

y pegaban sus labios al cristal

como los peces ventosa.

De cuando en cuando, por los versos, aflora ese clasismo encarnado en los ingenieros de las minas, cargado de fingida comprensión y de una cercanía distante que no hacía sino remarcar el abismo existente entre las clases sociales.

Las criadas de los ingenieros de las minas

llevaban cofias almidonadas en la cabeza

y una sonrisa artificial cosida al rostro.

Siempre es difícil elegir en un libro tan poderoso algún poema cuando todos están dotados de brillantez expositiva y una gran carga lírica, cuando son capaces de trascender al propio autor para, a través de la sinceridad, de la emoción que generan, hacerlos nuestros. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar tres de ellos que me han conmovido especialmente. Los tres están unidos por un poso de tristeza, el que te dejan esas niñas que desde la infancia se ven abocadas al trabajo (La niña va a servir y Mantener el equilibrio) y el miedo al que aboca a madres, esposas e hijos aquella sirena que, cuando suena a destiempo, lo cubre todo de silencio; siempre trae consigo la desgracia de un accidente en la mina (Silencio).

LA NIÑA VA A SERVIR

España tiene frío

y le duele la vida y la garganta.

Los zapatos de plástico se pegan a los pies

si la niña no lleva calcetines.

Llueve carbón.

El castillete es solo un esqueleto de hierro,

un espantapájaros que a nadie atemoriza,

un minarete para el juego del viento y de las nubes.

La niña va a servir a la casa de los ingenieros

y acelera el paso.

Porque ya son las seis de la mañana.

Entorno la portilla de la La huerta de los manzanos de Ángel Fernández con la seguridad y la felicidad que me provoca el hecho de haber encontrado entre sus frutales a un poeta, a un buen poeta. Es una huerta a la que nunca se le pone la tranca; se accede fácilmente abriendo las páginas de un libro. Podemos decir que la entrada siempre está franca para los que nos acerquemos a degustar sus versos, para los que caigamos en la tentación de mordisquear una de sus manzanas.

Un buen libro para la poesía.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pedro Sobrado-Exposición antológica-Juan Francisco Quevedo

PEDRO SOBRADO

BIBLIOTECA CENTRAL DE CANTABRIA

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PEDRO SOBRADO

BIBLIOTECA CENTRAL DE CANTABRIA

 

No es fácil concentrar y condensar sesenta años de un interesante e importante recorrido artístico en una exposición antológica donde se quiere rendir homenaje a uno de los pintores más representativos de Cantabria, Pedro Sobrado.

Con esta premisa, de sentido respeto y consideración hacia un artista de trayectoria humana y pictórica intachables, la Consejería de Cultura abre su programación expositiva de 2020 con un itinerario a través de las creaciones de Pedro Sobrado, que irá acompañado de una publicación conmemorativa. El espacio central de Los Arenales (Biblioteca Central de Cantabria), acogerá hasta final de febrero esta muestra que se augura como una de las más importantes del popular pintor realizadas hasta la fecha.

Han llovido muchos avatares y muchas experiencias sobre la espalda de un artista que siempre ha sabido adaptarse al tiempo y al momento que le tocó vivir, siendo esta condición uno de sus mayores aciertos a la hora de navegar y plasmar en las telas los diferentes estilos que ha ejercido a lo largo de su carrera, siempre captando en todos ellos el sentir y la sensibilidad de su tiempo, de cada lapso de tiempo por el que ha transitado. Esto ha hecho de él un pintor que ha sabido renovarse día a día, un artista que, de hecho, continúa renovándose en cada nueva pincelada.

Ya hace sesenta años desde que tuviera lugar su primera exposición en la mítica Galería Sur de Santander, celebrada en 1959 cuando apenas contaba con veintitrés años de edad. Mucho ha sucedido desde entonces y muchas muestras se contabilizan en su haber, entre ellas podemos recordar las que tuvieron lugar en ciudades tan dispares como Valencia, Madrid, Chicago o París. Además, cabe poner en relieve que Pedro Sobrado es acreedor en Francia de numerosas distinciones, entre otras la medalla de Arts, Sciences, Lettres.

El artista torrelaveguense, nacido en 1936, y tras más de un centenar de exposiciones a sus espaldas, regresa a Santander, a las salas de la Biblioteca Central de Cantabria, con una magnífica muestra, concebida como una exposición homenaje, que permanecerá abierta al público hasta finales de febrero. En ella se hará un recorrido por las múltiples y diferentes etapas que han acompañado la trayectoria pictórica del autor.

Este artista, como viene siendo habitual en su obra, realiza una inmersión activa en el devenir cotidiano de la sociedad actual, de aquella que se corresponde con el tiempo vivido, escrutando con su mirada benévola y sabia el período temporal en el que se desenvuelven aquéllos que son objeto de su curiosidad.

Este pintor urbano y de lo urbano plasma en sus lienzos figuras y espacios plenos de un romanticismo relajante que siempre nos remiten a lo mejor del ser humano. Transportan al espectador a esos cuadros repletos de color-aunque parezca contradictorio- de los paisajes menos urbanos y más marinos de Edward Hopper. Paz, relajación y emoción siempre están unidas indeleblemente a las sensaciones que logra transmitir a quien se detiene a contemplar su obra.

Estamos ante un maestro de la complejidad a través de la línea pura. No es fácil llegar a este estilo; sólo se consigue tras ejercer una labor depurativa en el tiempo, un trabajo en el que se va eliminando todo lo superfluo para quedarnos tan sólo con lo más definitorio. Pedro Sobrado lo ha logrado tras haber pasado por diferentes etapas creativas, que van desde el expresionismo a la abstracción, pasando por el impresionismo de sus primeras creaciones. Con el bagaje y las influencias de todas sus experiencias pictóricas ha conseguido definir un estilo propio y absolutamente personal y lo ha hecho a través de la depuración de la línea y de la supresión de lo accesorio, incluido el rostro de sus modelos. Nada tan complejo como esa búsqueda de la sencillez, nada tan complejo como saber captar en unos trazos la complejidad de lo que nos rodea. En eso, Pedro Sobrado es un auténtico maestro.

 Al pararnos y recrearnos en sus cuadros intuimos no sólo al artista, al que logra tomar el pulso a la sociedad con sus pinceladas, sino también y sobre todo al hombre, al que descubrimos desde una sensibilidad privilegiada, a ese hombre que desprende sabiduría y bondad a través de los lienzos, a ese hombre que muestra y comparte un conocimiento profundo y exhaustivo del tiempo en que vive

El artista cántabro, nacido en Tanos, también refleja en sus cuadros como nadie el alma de la mujer de hoy en día; se esfuerza en hacernos llegar el palpitar de la modernidad a través de ella, a través de la sugerente mirada que el pintor cierne sobre ella. Y lo hace desde la más pura y absoluta cotidianeidad, captándola en su día a día, en su devenir diario, con los instrumentos y las sensaciones que la ocupan y preocupan.

Perfila, con lucidez expresiva, desde la comprensión de los tiempos en que vivimos a la mujer actual, dotándola de una sensación de actividad y movimiento, otras veces de relax y siempre de un completo desenfado que se refleja hasta en la manera de vestir. Lo consigue colocándola tanto en espacios abiertos, en la calle, en las terrazas, en los aeropuertos, en lugares de tránsito, como en espacios cerrados, salones e interiores. Lo logra independientemente de que estén en posiciones relajadas, como por ejemplo tumbadas en una hamaca, disfrutando de un aperitivo, o en plena actividad, en una bicicleta o caminando con prisa para llegar a un destino indeterminado.

Su capacidad de observación y su habilidad para transmitir al espectador las sensaciones y emociones que capta hacen de él un pintor que consigue conectar sin intermediaciones intelectuales con aquél que se para ante uno de sus cuadros: conecta con él de manera directa a través de la expresividad que dota a sus personajes.

Esta capacidad para romper esas barreras las demuestra con el tratamiento que da a la mujer actual, a la que percibe en cada movimiento con la maestría del observador puntilloso. Sus mujeres parecieran, a pesar de carecer de perfiles gestuales, esa es su gran paradoja, estar hablándonos.

¿Cómo se consigue esto desde la ausencia de rasgos faciales? Con la sensibilidad y el don de dotar de expresividad a sus personajes. No necesitan poseer un rostro real para poder expresar lo que sienten. A sus mujeres las podemos observar hablando entre ellas, meditativas en una silla frente a una copa o a un refresco, preocupadas y pensativas en un sillón de rayas, atentas a sus teléfonos móviles o transportando una maleta de ruedas. No importa que no conozcamos sus rasgos, el maestro de los pinceles sabe plasmar esa expresividad más allá de lo estrictamente racional, capta su alma, capta su esencia.

Para los que entendemos el arte desde la emoción, Pedro Sobrado nunca defrauda; sus obras destilan verdad y provocan sensaciones que mueven al espectador hacia la serenidad, hacia ese espacio de sosiego al que sus trazos nos llevan. Hacia un lugar pleno de optimismo.

En esta nueva exposición antológica nos encontraremos con imágenes de antes y de ahora, pero todas actuales, sacadas del día a día de cualquier ciudad, de cualquier lugar que se corresponde con el momento que le tocó vivir, con ese lema que Pedro Sobrado ha hecho suyo: “Vivir el momento”.

Con un trazo firme, sobrio y elegante, al que se llega con el talento del genio creativo, Pedro Sobrado logra transmitir al visitante más despistado y casual vitalidad y alegría por la vida. Su obra nos llena de felicidad y optimismo.

Detrás de la aparente sobriedad del trazo, de la composición de los planos, donde encuentra esa perspectiva tan personal, está la mano firme y la inspiración de un artista extraordinario, de un pintor consagrado que nos mira desde sus lienzos con la benevolencia de los sabios y con la humildad de los genios.

Cuando estamos ante una de sus pinturas, sabemos que estamos ante Sobrados genuinos; el autor ha conseguido que sus cuadros no necesiten ningún calificativo añadido para identificar su obra. El espectador enseguida ve que un Sobrado es un Sobrado.

El pintor ha alcanzado aquello a lo que tantos artistas aspiran y rara vez consiguen: personalidad y voz propia. Pedro Sobrado no sólo ha creado un estilo sino que ha llegado a darle su propio nombre.

No nos perdamos los Sobrados que nos esperan en la Biblioteca Central de Cantabria. Haremos un recorrido por los estilos que le llevaron a la abstracción parisina, a la movida madrileña y a la calma y quietud de Cantabria. Todos ellos nos dan la medida exacta de la trayectoria de uno de los grandes pintores de nuestra tierra y de nuestro tiempo: Pedro Sobrado.

Juan Francisco Quevedo

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Óleo y haiku-Juan Francisco Quevedo

Este viejo óleo que hice hace ya muchos años, me ha sugerido este haiku.

En la ventana,

de espaldas al presente.

Mira el futuro.

 

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Los últimos de Bachiller- 3ª Parte-Juan Francisco Quevedo

Los últimos de Bachiller- 3ª Parte

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LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

TERCERA PARTE

Claro está que aquellos años en los que cursamos nuestro sexto de Bachiller y nuestro C.O.U. sólo fueron el final de un proceso personal, el de una historia educativa que había comenzado, en mi caso, mucho antes en la escuela de Arriba de La Cavada, a la que acudí con mi acento mexicano poco después de cumplir los tres años.  Allí, la señorita Laura nos conducía  y llevaba con mano firme y sin que le temblara el pulso; todas las mañanas me ponía ante ella y le recitaba con convencimiento y con mi dulce acento mexicano aquello que traía aprendido desde el otro lado del océano: “Se presenta Juan Francisco Quevedo, para servirle a Dios y a usted”.

Eran los tiempos de rezar el “Bendita sea tu pureza” de rodillas y con los brazos en cruz, junto a los pupitres, de acompañar a la maestra los sábados al tren para despedirla desde el andén cuando se iba a Santander y de ir a misa los domingos para que los maestros nos colocaran en las primeras filas por separado, con el pasillo central de por medio, a los niños de las niñas. Fueron tiempos de golpes de pecho exagerados al ritmo de “por mi culpa, por mi grandísima culpa” buscando la complicidad del amigo y con la incertidumbre de que te pillasen riendo por lo bajo y te ganaras un buen sopapo.

Fue mucho más, también fueron tiempos de una libertad de movimientos inusual, la que se daba en los pueblos en esos años con poca circulación por sus calles y en los que las casas permanecían con las puertas abiertas de par en par sin que nadie temiese nada. Desde nuestra corta edad podíamos ir y venir sin rendir cuentas, podíamos ir con nuestros amigos a cualquier huerta a robar unas peras, a cualquier prado a jugar al pañuelo, o acercarnos al río a lanzar morrillos al agua. Eso por no hablar de la peonza, el juego estrella de aquel curso del 63-64 en el que un compañero me dejó una marca de guerra al desenredarse la peonza y estrellarse al lanzarla y salir disparada contra mi frente. En cualquier caso ya estaba allí la señorita Laura Zamora para apretar el chichón con una perra gorda y disimular el estropicio. Las bolsas con las canicas de barro, las chapas con la efigie de Julio Jiménez, de Bahamontes, de Anquetil o de cualquier corredor al que nos esforzábamos en hacer llegar el primero a la meta. Incluso cuando nos pegábamos a la ropa aquellos hierbajos adherentes que a modo de dorsal nos servían para echar carreras alrededor de la escuela y luego aliviar el sofoco colocando los carrillos contra la piedra que circundaba el zaguán de la entrada.

Después de aquel curso iniciático en el que uno aprendió a pertrechar sus primeras letras y a realizar sus primeras cuentas, nos trasladamos a Santander y, tras un breve paso por el Colegio Cervantes, en la calle Antonio López, me convertí en alumno del colegio de los Padres Agustinos, lo que sin duda imprime carácter a todos los que por allí pasamos. Aún me veo saliendo del portal de la calle Cádiz, aún con las legañas en la cara y los restos del Cola Cao en la boca, acompañado por mis hermanos camino del túnel para salir hacia la calle Burgos. En el semáforo, mis dos hermanas se separaban de nosotros y se encaminaban hacia La Enseñanza, el colegio que la Compañía de María tiene en la ciudad desde el siglo XIX.

Cómo no recordar las partidas de frontón en el paredón del colegio con esas pelotas de goma verdes que venían de regalo con los zapatos Gorila. Cómo no recordar los partidos de fútbol en aquel campo de fútbol de tierra que daba a la calle Alta; cuántas veces tuvimos que gritar para que nos echasen de nuevo hacia adentro el balón que había desaparecido por encima de la alta tapia que nos separaba de la calle y nos impedía verla. Casi siempre regresaba, pero más de una vez nos quedamos sin balón. Allí mismo, en aquel campo de fútbol se celebraba el Festival de la Canción, que era todo un acontecimiento en Santander; en aquel escenario actuaron dos de mis compañeros de clase, recuerdo perfectamente que cantaron sin mucho éxito Anduriña de Juan y Junior y Quiero besar otra vez tus labios de Lone Star.

Después, cuando fuimos creciendo, nos reuníamos en los futbolines que había cerca del colegio y allí nos hicimos grandes jugadores de ping-pong y de billar, por supuesto de billar francés, el de las tres bolas, con el que aprendimos a hacer carambolas hasta haciendo retroceder a la bola en busca de la tercera en discordia. De cuando en cuando, incluso nos tirábamos algún lujo y nos arriesgábamos a hacer un siete al tapete.

Buenos tiempos, tiempos en los que ya empezábamos a querer compartir el nuestro con chicas, en los que pretendíamos descubrir aquello que la cultura de la época nos envolvió en una capa de misterio casi insondable. Ello hacía que cuando alguna muchacha que te gustaba se dirigía a ti con cierta soltura, hiciera que afloraran esos colores rojizos delatores y, para colmo, siempre había algún amigo caritativo que lo hacía notar con la consiguiente subida en el tono de tu vergüenza. También me pasaba cada vez que me tocaba salir a la pizarra; sentía un calor interior que se exteriorizaba en unos grandes coloretes que no hacían sino ir a más a medida que me iban preguntando. Cosas de la edad.

Es difícil olvidar todos aquellos años de colegio, todos aquellos compañeros, aquellos años de bachiller y aquel último año de C.O.U., el del curso 75-76; sólo sobreviviría un año más antes de que llegase a ocupar su lugar el nuevo plan académico de los que ya habían  cursado la E.G.B. y el B.U.P.

Nuestro año previo a la universidad fue un curso lleno de cambios importantes que afectaron a nuestras vidas. Después de haber cursado toda nuestra enseñanza reglada en el colegio que los Agustinos tenían en la calle Alcázar de Toledo, con nuestros dieciséis años a cuestas nos dispusimos a abandonar aquellas vetustas instalaciones para encaminarnos al nuevo y flamante edificio que la Congregación había hecho construir en lo que entonces era el principiar del pueblo de Cueto, tal y como indicaba un gran cartel, de esos añejos, que se encontraba en lo que hoy, por arte de magia, parece ser El Sardinero.

Cambiábamos de colegio y comenzábamos a compartir autobús con las chicas que lo tomaban para ir a las Esclavas. Ese no fue el único contacto que tuvimos aquel año con las muchachas del sexo opuesto. Nuestro colegio se convirtió en pionero en ese año de la muerte de Franco en cuanto a cambiar lo que había sido norma en la enseñanza, y convirtió el colegio en mixto, de tal manera que por primera vez, desde que a los cuatro años abandonara la escuela unitaria de La Cavada iba a compartir aula y experiencias con chicas en la misma clase. Así que ese curso compartimos con ellas, no ya pupitre, sino esas mesitas con voladizo unipersonales.

En fin, toda una novedad para una ciudad en la que la segregación por sexos era absoluta, tanto en la enseñanza pública como en la privada. Es difícil olvidar dónde se ubicaba el Instituto Femenino, el histórico edificio de Santa Clara que aún hoy alberga en sus aulas a los chicos y chicas de la ciudad, el único de la zona que permanece como testigo del incendio que asoló a la ciudad en febrero de 1941. Alejado del femenino, muy cerca de Cuatro Caminos y del colegio de La Salle se encontraba el Instituto Masculino, el Pereda. Hasta ese año de 1975 tan sólo en las escuelas unitarias de los pueblos se había mantenido, quizás más por necesidad que por otra cosa, las clases mixtas.

A nuestra clase recuerdo que llegó un buen grupo de chavalas, aunque se encontraban en minoría evidente; muchas ya con cierto aire de los nuevos tiempos. No tardamos en congeniar con gusto con ellas y las recibimos con una normalidad mayor de lo que cabía esperar a tenor de la expectación que había suscitado.

Algo distinto se empezó a palpar aquel año; por todo. Gozábamos de mucha más libertad y se respiraba otro aire; ya no se rezaba en clase y la misa semanal había dejado de ser obligatoria de verdad y no como un par de años antes cuando nuestro tutor, un miembro de la comunidad religiosa, en un alarde de modernidad, la declaró voluntaria por unos minutos ya que, al ver que pasábamos delante de la puerta de la capilla hacia la inmediata, que era la de la calle, decidió bloquear la puerta de salida y meternos para adentro a cogotazos. Los más avispados para cuando el atribulado padre reaccionó ya estábamos en el patio junto a la mítica palmera, donde tantas veces, tantos miembros de tantas generaciones agustinianas se retaron para zumbarse por cualquier tontería a su sombra. Bien es verdad que luego siempre solía quedar en nada. Con el cambio de colegio ya nunca se volvió a escuchar aquella bravata tan característica de “a la salida te espero en la palmera”.

Hubo más cambios, ya lo creo; por segundo año consecutivo a los mayores nos autorizaban a abandonar durante el recreo las instalaciones colegiales. Cambiamos las tertulias en la cafetería Picos de Europa y en el Mesón El Trabuco de la calle Vargas por los bajos de Feygon y los Campos de Sport. Allí veíamos los entrenamientos del Racing de Maguregui, aquel entrenador que tenía merecida fama de poner el autobús en la portería y de enfangar y embarrar el campo, sobre todo las áreas, donde a duras penas se distinguían, al pasar unos minutos, las líneas de las mismas mientras que el punto de penalti ya era una entelequia matemática por adivinar. Todo por obra y gracia del ya proverbial manguerazo de Maguregui.

Aquel año pasaron muchas cosas; en noviembre murió Franco y nos dieron toda la semana de vacaciones. No había pasado nada igual desde que unos años atrás tuviese lugar el atentado de E.T.A. contra Carrero Blanco; aún recuerdo cómo entró uno de aquellos padres a darnos cuenta de la noticia y a mandarnos para casa entre la algarabía disimulada de los compañeros. ¡Cómo olvidarlo! La noticia nos la dio el padre Carlos, un hombre que entre otras cosas aseguraba haber dado clases a Pelé. Era conocido por todos como “El Bolas”.

También fue el primer año en el que no tuvimos clase por la tarde, salvo una hora semanal en la que, como otra novedad reseñable, un sicólogo intentaba orientarnos con toda su buena fe pero nosotros, desde nuestra insolencia juvenil, ignorábamos a conciencia, cuando no intentábamos bromear un rato con él. Cosas de la edad. Aún conservo el informe que me hizo con sus recomendaciones de cara a la universidad.

Claro, que todo aquello cada cual lo recordamos a nuestra manera; ya se sabe lo caprichosa que es la memoria cuando trae al presente lo acaecido años atrás. A veces, cuando hablo con mi amigo del alma, con Javi Maza, pareciera que hemos ido no ya a cursos distintos sino a colegios distintos, y eso que estuvimos juntos desde tercer grado-siete años- hasta el C.O.U. del 75-76. Nos vemos muy a menudo, y muy a menudo surgen anécdotas de aquellos años que cada cual suele ver a su manera. Pero nos seguimos riendo mucho con ellas y con nuestra manera tan diferente de recordarlas.

Hoy en día, como siempre, siento un gran afecto cuando recuerdo a muchos compañeros de entonces, incluso a los que no conocí en aquel tiempo por ser de otros cursos, mayores y menores, pero que después la vida ha hecho que nos encontremos. Con todos se ha establecido una conexión cercana; es como si un hilo invisible uniera de alguna manera a todos los agustinianos de aquella época. Claro que no nos es difícil sintonizar, pronto afloran los nombres de aquellos profesores que menos nos gustaron, aquellos con los que más nos esforzábamos por hacerles la vida imposible, junto a los que tenían la mano, cuando no la regla, más larga y un largo sinfín de recuerdos comunes.

No es el momento de recordar las cosas más agrias, es el momento de traer a la memoria los muchos y buenos profesores que tuvimos y que tanto contribuyeron a nuestra formación. Entre todos ellos, desde mi experiencia y por la influencia que ejercieron sobre mí destacaría a dos, al padre Eliseo y al padre Heras, mis profesores respectivamente durante años de Historia e Historia del Arte y de Lengua y Literatura. Del primero, del padre Eliseo disfruté de sus enseñanzas ininterrumpidamente desde segundo a sexto de bachiller y el padre Heras nos dio clase los dos últimos años.

El amor por la historia, las lecturas con las que tanto disfruto y el gusto por cualquier disciplina artística se lo debo sin duda alguna a esa manera tan didáctica y amena que tenía de presentarte cualquier tema, desde la Reconquista hasta la belleza del Pórtico de la Gloria. Siempre resuenan en mi interior, con su voz solemne, las palabras de Cicerón, aquellas que nos repetía curso tras curso y donde nos decía que la historia “es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria, maestra de la vida y heraldo de la antigüedad.”

Jamás lo olvidé, como jamás olvidé aquellas pequeñas charlas que teníamos, aquella pasión con la que nos contaba cualquier detalle, aquella lectura de la “Historia verdadera de la conquista de Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo que me aconsejó y tantas cosas que me llevaron a disfrutar de esta disciplina.

Y qué decir del padre Heras, al que tuve la inmensa suerte de tener como profesor en dos años cruciales. Qué fácil se hacen las cosas cuando te las presentan como una fruta madura, en plena sazón, y así cayó sobre mí lo que tanto me había gustado desde siempre y que, sin embargo, no acababa de penetrar con la fuerza debida. Con él, con sus enseñanzas me hice militante de la palabra precisa, un enamorado de la lengua y de la literatura, muy especialmente de la poesía. Aún lo recuerdo en nuestra primera clase en C.O.U., recuerdo cómo nos sobresaltamos cuando nos dijo que en su asignatura no necesitábamos libro, que tomaríamos apuntes a medida que él hablaba para que nos fuéramos acostumbrando a lo que nos esperaba en la Universidad.

Vaya en la memoria de ellos el recuerdo y el agradecimiento a tantos otros, a los que hicieron de las ciencias una aventura apasionante que hizo que, a la postre me decantara por ellas. Cómo olvidar las lecciones de Física del padre López o las de matemáticas del padre Domiciano. Nunca he entendido ese desentendimiento un poco infantil de algunos de Letras hacia las Ciencias, en especial a los que dicen eso de, cuando se asalta una cuestión relativa al ámbito de las mismas, “a mí qué me cuentas, yo soy de Letras”. Una verdadera lástima renunciar a una parte tan importante del conocimiento humano.

Aquellos años terminaron y hoy en día no sé por dónde habrá llevado la vida a una gran parte de los compañeros con los que tuve la fortuna de compartir los tiempos de descubrimiento pero, desde estas líneas, quiero expresar mi recuerdo más entrañable para todos ellos. Sin duda, aquellos años de bachiller marcaron nuestras vidas y nuestro futuro para siempre. Creo que para bien.

Fueron años en los que el tiempo no se detenía, donde nada nos retenía ni para pararnos a pensar un poco. Teníamos mucho que aprender, mucho que saber y mucho que descubrir aunque, como ha sido siempre a esas edades, creyéramos ya saberlo todo. Es la insolencia que acompaña a la adolescencia.

Fueron años en los que crecimos sin tener miedo a nada, en los que nos creíamos simplemente tocados por la gracia de los dioses, esa que a veces te arrastra a la temeridad. No fuimos los últimos de Filipinas pero los jóvenes que cursamos los últimos años de aquel bachiller sí fuimos los últimos de un tiempo que renegaba del pasado y miraba el futuro con optimismo.

Juan Francisco QuevedoIMG_20200104_123935

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Los últimos de Bachiller- 2ª Parte-Juan Francisco Quevedo

Los últimos de Bachiller- 2ª Parte

2 parte

LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

SEGUNDA PARTE

 

Entre tanto, en España, la vida continuaba con un poco más de libertad. Manuel Fraga estrenaba, desde el Ministerio de Información y Turismo, su nueva y flamante ley de Prensa. Una ley que, aunque hoy en día suene a chiste, podemos resumir en sus propias declaraciones:

“La nueva ley de Prensa afirma este principio: La libertad dentro de un orden.”

A pesar de todo, y de cómo suene desde el presente, entonces supuso una apertura importante y dibujó un horizonte nuevo en el futuro del periodismo. A él, como titular del Ministerio, le tocó diseñar y desplegar la imponente campaña de propaganda que festejaba la conmemoración de los XXV años de paz. Desde luego, no escatimó ni medios, ni adjetivos, a la hora de airear a los cuatro vientos los espectaculares logros económicos del I Plan de Desarrollo, un plan, bien es verdad, abonado al éxito, que aumentó la renta media de los españoles de manera significativa debido, por una parte, a la fuerte industrialización y, con ella, al aumento de la producción nacional, y, por otra, a la gran baza económica de la época, el turismo, fuente inagotable, junto a la emigración, de divisas.

Junto al turismo, llegaron a nuestras playas los primeros bikinis que, a unos los dejaban rascándose el cogote, bajo la sempiterna boina con cara de incredulidad, y a otros los llevaba directamente a rezar a las iglesias donde pedían por los pecados de aquella horda cargada de inmundicia, indecencia y desfachatez, que venía del odiado, hasta que llegaron las divisas, extranjero. Curiosamente, pareciera que este pequeño reducto de la civilización occidental, bastión contra el comunismo, se tambaleara ante el simple encanto de unas rubias sugerentes. De alguna manera, por inescrutables caminos, se hacía bueno el conocido lema de los sesenta: “Haz el amor y no la guerra”.

Nosotros, nuestra generación, la que cursamos los últimos bachilleres, ya pertenecíamos a otro tiempo; estábamos reñidos con los tonos grisáceos que aún nos habían acompañado en los primeros años de escuela y queríamos ver todo lo que ocurría a nuestro alrededor desde un prisma más luminoso, con colores más vivos. Pretendíamos acercarnos a los acontecimientos más cotidianos de una manera más lúdica y, aunque parezca paradójico, en cuanto tuvimos edad suficiente para comprender lo que estaba pasando en el país, con mayor compromiso que las generaciones anteriores que, a la fuerza ahorcan, se habían visto abocadas a lo que había, que no era mucho.

Creíamos ser capaces de poder cambiar el mundo, creíamos en la paz y en el pacifismo como forma de expresión de esas inquietudes y creíamos en el amor como motor de todo ese proceso de cambio generacional. Y lo acompañábamos con cierta rebeldía, con una música endiablada y con ganas de participar en los cambios que empezaban a vislumbrarse en aquel lejano curso del 75-76 en el que finalizábamos los estudios antes de ir a la universidad.

Muchos jóvenes de aquella España ya compartían una inquietud con la de otros jóvenes del mundo; no creían en las nacionalidades como tal, creíamos que no había otra nacionalidad en el mundo más que la del género humano. Y se repetía por doquier con orgullo aquello de que somos y nos sentimos ciudadanos del mundo. Éramos, al fin, herederos del tiempo que nos correspondía vivir, un tiempo que, como la música, carecía de fronteras físicas y mentales.

Ese tiempo no llegó por arte de magia, sino que fue consecuencia de muchos pequeños pasos que quizás se iniciaran lejos del país, a principios de los sesenta, tras el Concilio Vaticano II.

El Papa bueno, Juan XXIII, convocaba a Concilio a sus cardenales. Y no iba a ser uno más. Este Concilio, el Vaticano II, que se cerraría bajo la tutela de Pablo VI -el Papa que amenazó, al estilo sutil que acostumbra la diplomacia vaticana, con excomulgar al pío general Franco, por un pon o quita esas firmas de unas sentencias a muerte-, traería grandes cambios a una Iglesia adormecida en sus latinajos. Años después, y a consecuencia del Concilio, la Misa dominical comenzó a decirse en castellano, olvidando el latín y, con ello, el misterio cabalístico de no entender absolutamente nada de lo que te contaban. Además, al celebrar la ceremonia litúrgica de cara a los fieles, se perdió la santidad lejana en la que, inconscientemente, se envolvía a un oficiante al que sólo se veía de espaldas. Tal vez por ello, por su intento de aproximar lo indescifrable, se empezaron a vaciar las iglesias sin que fuera necesario que estallara una nueva guerra de los cristeros y sin que ningún sordo malhumorado y genial hiciera otra película que Nazarín, en la que el actor Paco Rabal cedía cuerpo y alma a un curioso cura, extraído de una novela de Galdós y tamizado por el surrealismo, entre aragonés, parisino y mejicano, de Buñuel.

Mientras tanto, la prensa y la sociedad no hacían más que alabar y ponderar el espíritu ecuménico y modernista del Concilio Vaticano II. Vaya lo uno por lo otro.

Por una vez, y sin que- por supuesto- sirviera de precedente, pareciera que la iglesia, y su jerarquía, caminaran al son de los tiempos, estableciéndose cierta conexión entre los verdaderos valores de un humanismo cristiano emergente y el nuevo espíritu de los sesenta. Pareciera como si se quisiera, de alguna manera, poner en práctica lo que hasta entonces simplemente se predicaba desde la lejanía elevada del púlpito.

“El cristianismo no enseña más que la sencillez, la humanidad, la caridad; querer reducirlo a metafísica es hacer de él una fuente de errores”

                                                   Voltaire (Cartas filosóficas)

De aquellas primeras comunidades cristianas de base a las comunas hippies sólo había un paso que dar. Y no tardaría en darse. Además, de estas comunidades surgiría, en España, un cristianismo reivindicativo que serviría, en un país desolado ideológicamente, de simiente para tomar conciencia de la situación que atravesaba.

Posteriormente, los partidos políticos, tras la muerte de Franco, se alimentaron de estos hombres y mujeres, tanto los que pretendían formar una derecha de corte europeo como los que se denominaban marxistas. Ya, en 1.958, nace en una iglesia de Madrid el F.L.P.-Frente de Liberación Popular-, el llamado “Felipe” siendo, durante los sesenta, la única oposición universitaria que se enfrentaría al, eufemísticamente denominado, Régimen. En él, y a ritmo de multicopista de manivela, convivieron todo tipo de sensibilidades unidas por un deseo, inherente a esta época, y no sólo en España, de hacer algo para que todo cambiara. Los enfrentamientos entre la Universidad y el poder ya nunca acabarían hasta la llegada de la democracia. Y si no que se lo pregunten a un general pequeñito, y dicen que con muy mala leche, que se encontraba al frente del Ministerio de la Gobernación. Desde su coche, como si de una guerra se tratara, dirigía, a pie de Facultad, la toma del campus universitario madrileño por unos policías –los grises- que, montados a caballo o bien a pie, repartían mandobles a diestro y siniestro.

El lavado de cara internacional del Régimen venía de atrás, de cuando España aún era como en aquellas fotos en blanco y negro de la negra y aún empobrecida tierra de mis mayores. Fue entonces cuando un frío diciembre del 59 el gran Ike, el amigo Dwight Eisenhower, con un café extra-largo entre sus manos, se paseó por Madrid dando carta de credibilidad internacional al general Franco. Los generales se pasearon por las calles de Madrid, encaramados a un descapotable blindado, desde el absurdo de acorazar un coche descubierto. Franco le correspondía dándole un baño de banderitas y multitudes, las mismas multitudes que ayer dieron entusiastas vivas al rey, en la persona de Alfonso XIII, las mismas que después se enardecieron con la proclamación de la República, las mismas que hoy festejan al Caudillo y Generalísimo de todos los ejércitos del ancho patrio. Las que mañana vitorearan al vencedor.

“Ved lo que han hecho los innumerables hijos de Remo: Lo que siempre hace la multitud: aplaudir al que vence y ensañarse con el vencido.”

                                                                     Juvenal (Sátiras)

No cabe duda; entre generales se entienden mejor. Una España olvidada, hasta por el plan Marshall, con el que se reconstruyó Europa tras la segunda guerra mundial, iba a emerger en un decenio, desde el subdesarrollo desvencijado de la guerra civil, con la fuerza de una economía en pujante crecimiento apoyada, ya decididamente, por la avezada comunidad internacional. El país comenzaba a ser ese apetitoso y oscuro objeto de deseo sobre el que los grandes gigantes económicos desplegaban sus tentáculos, al verlo como un potencial y jugoso cliente. El mundo civilizado estaba dispuesto a perdonar el pecadillo de la dictadura y nos abría sus puertas, de par en par, a través del consumismo y de una desequilibrada –a su favor- balanza de pagos. Al fin, ¿qué era la libertad? Una concesión aparente para contentar al pueblo llano.

“Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los gobiernos para adormecer a sus gobernados”.

                                                                                  Napoleón

En aquella España enlutada, de mujeres tristes, de viejas prematuras y fiestas patrióticas, donde, como dijera Unamuno, “son católicos hasta los ateos”, un grupo de jóvenes poetas se hacía, así mismo, la pregunta que Jimi Hendrix formulaba –Are you experienced?- y aunque no obtuvieron la misma respuesta, desde la inquietud renovadora de la juventud, se decidieron a buscar nuevos caminos y así versificaron, en primera persona, sobre su vida, sobre sus cotidianidades, sobre sus experiencias más banales o más íntimas. En una época en que los poetas oficiales sólo reivindicaban a Garcilaso-lo cual no es malo, pero no es todo-, estos bardos envalentonados, mientras pintarrajeaban bustos del dictador y viajaban por un extranjero misterioso y recóndito, se decidieron a hacer otro tipo de poesía. De una manera llana y coloquial, en un tono conversacional, retenían un instante de su vida y lo plasmaban en un papel. De esta manera tan simple, en estos primeros sesenta, nace en España la poesía de la experiencia.

“Nada hay tan dulce como una habitación

para dos, cuando ya no nos queremos demasiado,

fuera de la ciudad, en un hotel tranquilo,

y parejas dudosas y algún niño con ganglios,…”

                                   Jaime Gil de Biedma (Vals del aniversario)

Desde luego, muchas cosas estaban cambiando mientras que finalizamos los estudios que nos habrían de llevar a la universidad; era el signo de los nuevos tiempos. Unos tiempos donde todo cambió tanto en tan poco tiempo; una nueva sociedad emergía para revolucionar el futuro, para cambiar las rígidas normas sociales, para dulcificar tanto las relaciones familiares como las relaciones en el mundo de la enseñanza, haciéndolas mucho más flexibles y cercanas. Y menos autoritarias. Ya poco faltaba para que lo mismo acabara pasando en todos los ámbitos del país, incluso en aquellos más reacios a cualquier cambio y, con la llegada de la transición y la democracia, así será también en los estamentos políticos y militares.

Yo todavía recuerdo cómo cambió en mi colegio; los Padres Agustinos nos formaban militarmente y por cursos en filas en el patio todas las mañanas. Luego accedíamos a las clases en dos columnas manteniendo perfectas las alineaciones, y al que se saliera de ella le caía un capón generosamente doloroso. Todo eso cambió y cambió de repente. Y yo, como mis compañeros de aquella última generación de bachiller fuimos testigos privilegiados de esas transformaciones tan radicales.

Se venía de una época de un autoritarismo a ultranza, también en la familia, que se va a ir diluyendo para que afloren unas relaciones más francas, con una complicidad más natural, en la que el diálogo empezará a imponerse sobre la mano dura. Como consecuencia se producirá una tensión generacional en todos los ámbitos de aquella España de la Transición: en la escuela, en la universidad, en el ejército, etc.…

La fuerza de los acontecimientos es imparable; la fuerza de esta nueva sociedad es arrolladora y acabará imponiéndose sin remedio, dejando como una reliquia del pasado a todos aquellos que se resistieron a esa nueva España que estaba surgiendo a raíz de todo aquel proceso de cambios políticos y sociales. Fueron unas transformaciones que cambiaron la mentalidad de la sociedad a una velocidad de vértigo, cambios en los que la aportación de la mujer será decisiva. Irá masivamente a la universidad y empezará a hacerse notar en la vida pública. Se hará visible, máxime teniendo en cuenta de dónde venía, siempre relegada a la supervisión, bien del padre, bien del marido.

Hay que tener en cuenta que lo más escandaloso y excitante que había ocurrido en este país, desde el final de la guerra, había sido el estreno de “Gilda”, protagonizada por una bailarina, convertida, después por matrimonio, en princesa, de nombre artístico Rita Hayworth. Charles Vidor la hizo desnudarse, sólo de guantes largos, en una de las escenas más sensuales de la historia del cine, al ritmo de la canción “Put the Blame on Mame”. Una estupenda bailarina como esta Rita Cansino, que luchaba por disimular su embarazo durante el rodaje, no estaba dotada para la canción, así que hizo su excelente interpretación pidiendo la voz prestada a la magnífica cantante Anita Ellis. Nunca un desnudo, tan corto como sutil, dio tanto que hablar. Nunca ningún desnudo integral sería tan espléndido, excitante y maravilloso como el desnudar de aquellos preciosos brazos.

Con las nuevas generaciones pareciera que llegara un nuevo estilo a la hora de relacionarse entre sí. Pareciera que llegara “il dolce stil novo” preconizado por Dante en su Purgatorio (24-57), inaugurando literariamente el mito, femenino y renacentista, de la mujer, personificándolo en Beatriz. Tal vez, al fin, llegara una nueva manera, una nueva actitud, de presentarse ante algo tan antiguo como el mundo, el amor.

En definitiva, era una nueva manera de afrontar las relaciones de pareja, en un plano, sólo teórico, de igualdad, donde el hombre se dulcifica, alejándose de su papel de macho tradicional, y la mujer se equipara sentimental e intelectualmente al hombre. En cualquier caso, no fue fácil y, aún, sigue sin serlo pero, no cabe duda, algo muy remoto y arraigado se había roto. Nacían nuevos tiempos para el amor, para sus aledaños y, sobre todo, nacía una nueva era para la mujer. Fueron años en que ambos, tanto hombres como mujeres, enfrascados en la ingenuidad de la juventud, podían mirar el mundo sin resabios ni prejuicios, con la mirada limpia y descubridora de la infancia.

“Ver el mundo en un grano de arena,

y el Cielo en una flor silvestre,

tener el infinito en la palma de la mano

y la eternidad en una hora.”

                                          William Blake (Augurios de inocencia)

Esta aportación inesperada hará que la sociedad se enriquezca intelectualmente hasta límites insospechados. Nunca se podrá cuantificar el valor de aquella aportación. Nunca en la historia se había producido una catarsis de tal calibre. Esa nueva mujer hará que la sociedad evolucione en un sentido que jamás se había conocido. De hecho, en unos años se produjo un cambio social, en cuanto a la incorporación de la mujer, en cuanto a su puesta en valor intelectualmente, como no se había producido a lo largo de los siglos.  De alguna manera daba la espalda a aquella mujer recluida en el hogar y al servicio del hombre. Más de un siglo después de que Ibsen escribiera “Casa de muñecas”, se daba un portazo similar al que dio Nora en la obra, dejando atrás con él a aquella mujer resignada y anulada intelectualmente. Aquel portazo fue tan brutal que hizo, parafraseando a Manuel Altolaguirre, que del cielo se desclavaran las estrellas frágiles.

Aquella sociedad que comenzaba a balbucear a mediados de los setenta ya no es una sociedad unidireccional y dirigida, es una sociedad mucho más compleja, con todas sus contradicciones, con un gran afán de libertad y con un potencial humano inmenso que se refleja en las ganas de la gente por participar en todo, en cualquier cosa.

No todo fueron buenas noticias. Aquella España que nos legaron había estado sometida a un férreo aislamiento del exterior por obra y gracia de una especie de cordón sanitario, al estilo del cordón de los Pirineos que impuso Floridablanca, durante el comienzo del reinado de Carlos IV, para evitar que llegaran a España las ideas de la Revolución Francesa. Lo que consiguió aquel aislamiento de la España del tardofranquismo fue que no penetraran masivamente las nuevas ideas, las que surgen en París, en Berkeley, en torno a la nueva cultura del rock. Con ello también evitaron que penetraran las drogas, las drogas que acompañaron a lo que se dio en llamar contracultura.

 Con la cercanía de la transición, una vez derruido el cordón preventivo, junto a las nuevas ideas, herederas del mayo del 68, penetra de manera masiva todo el submundo que generan las drogas y en especial la heroína. Una sustancia que golpeó a toda una generación, descapitalizando a un sector básico de la sociedad, su juventud. Vimos con dolor como amigos, compañeros, familiares, chavales en muchos casos brillantes y prometedores cayeron bajo su influjo y quedaron atrapados sin remedio en esa maraña que les fue acercando a la muerte. A ese dolor sin fondo se sumó la multitud de dramas familiares que trajeron a su lado.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Los últimos de Bachiller-1ªparte-Juan Francisco Quevedo

LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

PRIMERA PARTE

1 parte

LOS ÚLTIMOS DE BACHILLER

      PRIMERA PARTE

 

No fuimos “Los últimos de Filipinas” pero de alguna manera aquella generación que cerró el plan de estudios de bachiller y C.O.U., sí marcó el final de un tiempo, el final de toda una época, la manera de entender la enseñanza en los últimos años del franquismo. Fueron años de transición entre algo que se iba muriendo de puro viejo y algo nuevo y desconocido que apenas comenzaba a nacer. Fue una enriquecedora etapa en la que asistimos como testigos privilegiados a todo un cambio en las mentes, en el espíritu y en las entrañas de una sociedad que agonizaba en su propia historia, como si fuera algo que se estaba quedando al margen de la misma. Los tiempos, su signo, estaban atropellando a aquella sociedad anquilosada en sus prejuicios y aislada de su entorno europeo. El futuro sería muy distinto a todo lo que habíamos conocido.

Aquella generación que marcó el fin del bachiller y del C.O.U. contribuimos de manera natural, sin ser conscientes de lo que se estaba moviendo a nuestro alrededor, ni de los cambios que se avecinaban, a que todo fluyese sin estridencias, con la mejor de nuestras disposiciones. Y lo hicimos sin miedo y con grandes ilusiones.

Los jóvenes de aquella promoción intermedia, la que se sitúa entre los que cursaron el Preu y los que son hijos de la E.G.B. y del BUP, habíamos nacido al calor de los Planes de Estabilización y de Desarrollo. Nosotros ya pertenecíamos a un mundo muy diferente al de los que nos precedieron, por lo que veíamos la vida de una manera completamente distinta a la de las generaciones anteriores, los hijos de aquellas promociones tan sufridas que habían tenido que padecer las consecuencias de una España empobrecida por la guerra civil y sus secuelas.

Nosotros ya éramos hijos de la España del desarrollismo oficial, aquella España a la que los López habían dado un estirón económico. Muy atrás quedaba ya aquella “Tierra sin pan”, la misma que Buñuel tan didácticamente mostrara en su documental, como definitivamente quedaba atrás aquella España reflejada en las Hurdes, tierras remotas y desheredadas que el rey Alfonso XIII recorriera a caballo junto al doctor Gregorio Marañon.

Atrás empezaba a quedar también aquella España de los cincuenta y sesenta en la que la gente aún buscaba un futuro lejos de su patria. Aquella emigración fue muy distinta a la que emprendieron sus padres y sus abuelos; el destino que se buscaba, ya no era tanto América, sino que se transitaba hacia una Europa, más cercana en la distancia pero más fría y lejana en el corazón de la gente.

En la década de los setenta, la emigración, en especial hacia Francia, Alemania y Suiza, comenzaba a decaer; los trenes ya no pasaban por Irún tan preñados de hogazas y chorizo campestre. Se empezaban a terminar los años en los que a golpe de raíl muchos paisanos caminaban hacia un destino de melancolía y añoranza. De hecho, cuando en nuestra adolescencia veíamos documentales de la época, nadie hubiera dicho al contemplarlos en los andenes, sobre los pescantes, agitando el pañuelo de la despedida, que pudieran comerse el mundo más allá de esos pueblos a los que dejaban huérfanos. Sin embargo, se lo comieron, aunque estoy seguro de que en cada corte de pan con chorizo con el que empezaban a masticar aquellas monedas-marcos, francos, libras-, se les llenaban los carrillos de morriña y desarraigo.

Entre tanto se obraba el milagro económico, aquellos buscadores de fortuna -grandes generadores de divisas-, desde tierra extraña, no añoraban tanto la patria, la grandilocuente patria que yacía a sus espaldas, como el pedazo de tierra del que partieron, como las desvencijadas casas del pueblo donde nacieron y se criaron. Soñaban desde la lejanía de sus destinos con las caras de su gente, con las caras de aquellos a los que no hace mucho dejaron atrás para lanzarse a la aventura de una emigración incierta y dolorosa.

“Unos me hablaban de la patria.

Mas yo pensaba en una tierra pobre,

Pueblo de polvo y luz,

Y una calle y un muro…

… No hay patria, hay tierra, imágenes de tierra,

polvo y luz en el tiempo.”

                                      Octavio Paz (Calamidades y milagros)

Aquella España de la postguerra comenzó a cambiar con la llegada, a los estamentos de poder del régimen, de los tecnócratas píos y devotos de la Obra; con ellos mostró otra cara más amable. Con aquel desarrollismo reformador, que presentaron como el nuevo rostro del régimen, impulsaron la economía de un país administrado, hasta entonces, por militares y falangistas. Con el progreso que se vislumbraba, parecía que se estaba acabando con la habitual sobredosis española de blanco y negro, la misma que había generado desde el poder aquella sociedad lóbrega y enlutada, carente de opinión.

“Son de cal y salmuera. Viejas ya desde siempre.

Armadura oxidada con relleno de escombros.

Tienen duros los ojos como fría cellisca.

Los cabellos marchitos como hierba pisada.

Y un vinagre maligno les recorre las venas.”

                                     Ángela Figuera (Mujeres del mercado)

A nosotros, a los muchachos del bachiller y del C.O.U., aquella España del pasado casi ni nos rozó; ya nos tocó disfrutar de otra bien distinta, la que surgió con el boom económico, la que en los últimos años del franquismo comenzaba a traslucir ciertas dosis de libertad.

El caso fue que, bajo el control de la camarilla del Pardo y del gran ojo, rematado en una opulenta ceja, del almirante Carrero Blanco, un grupo de solterones, o casados con voto de algo, fríos, pulcros y tecnócratas servidores de la Obra de un visionario como Monseñor Escrivá de Balaguer, lograron poner a la economía española en camino. Lo hicieron apoyándose en otro “Camino” bien distinto, en el libro de cabecera del Opus Dei. Un joven Laureano López Rodó puso a punto los famosos Planes que colocarían a España en la senda que la conduciría hacia el progreso de los países en vía de desarrollo.

Mientras España despegaba, la sociedad se transformaba al socaire de los tiempos de bonanza. Con la industrialización, comenzaba a emerger una clase media mucho más numerosa, por tanto con mucha más fuerza y con mayores posibilidades económicas. Esta nueva sociedad, en la que la clase trabajadora se iba a ir situando como una nueva clase media y, por tanto, según la terminología de la época, se iba aburguesando, se distanciaba sustancialmente de la España surgida tras la guerra civil.

El cambio social que tuvo lugar fue de tal magnitud que, incluso, hizo reflexionar a la tradicional y combativa oposición al Régimen, al Partido Comunista de España, única institución que fue capaz de mantener abierta la espita de la disidencia desde el interior de un país en el que, poco a poco, iban apareciendo, tímidamente, más voces disconformes.

Jorge Semprún, viejo superviviente de la barbarie nazi en los campos de concentración, tras coquetear durante el 61 –a lomos de una vieja cabra cubista-, en su ochenta cumpleaños, con el malagueño más insigne, de nombre Pablo, y torear junto a Luis Miguel, un torero siempre pegado al poder pero comprometido en la ayuda hacia sus amigos, plantea, junto a Fernando Claudín, la necesidad de cambiar la estrategia del Partido Comunista teniendo en cuenta la nueva situación social del país. En ese lúcido análisis, pegado al terreno, proponen la búsqueda de acuerdos con las distintas formaciones sociales y con los personajes que van articulando una oposición, cada vez más contestataria, frente al poder, así como el reconocimiento explícito de este desarrollo económico que se estaba experimentando en toda la nación. Para ellos, fue el principio del fin. La mano férrea de Santiago Carrillo y de Dolores Ibarruri, la legendaria “Pasionaria”, parecían estar más al servicio de los dictados de una Rusia que les acogió tras la guerra, y financió en el exilio, que a los criterios de independencia con los que serenamente analizar la nueva realidad española.

Desde luego, el Comité Central del partido, sumiso –como se decía entonces- a los dictados de Moscú, no estaba dispuesto a consentir ninguna grieta por la que aflorase la disidencia. Ambos, pronto serían purgados para, con la expulsión -al menos eso pretendían-, relegarlos al olvido. Años después, cuando Rusia era sólo un espejismo del pasado, Carrillo, con la listeza de los espabilados desbordando sus ojillos, encabezaría una transformación en la misma línea a la propuesta por los purgados. Junto a Georges Marchais y Enrico Berlinguer fundan el “eurocomunismo”, una suerte de comunismo más pegado al capitalismo y a la realidad del continente pero, entonces, ya era tarde; sus propuestas en esta nueva Europa sin fronteras, a punto de nacer, tenía los días contados. Quizás su historia, con las tesis de Claudín y Semprún asumidas a su tiempo, hubiera sido otra; al menos, en España.

En España florecía un sindicalismo teledirigido, fijado en mi retina infantil a través de las multitudinarias y aburridísimas exhibiciones gimnásticas con las que, los primeros de mayo, nos obsequiaba la televisión, retransmitiéndolas en directo desde el estadio Santiago Bernabéu. Se realzaba la ceremonia con la presencia del Generalísimo, o de alguno de sus dobles, tal y como se rumoreaba, y con la actuación estelar de los grupos de coros y danzas regionales.

El colofón se ponía con la presencia de algún que otro cantante de éxito cuyos nombres más vale silenciar, pues en tiempos de miseria se hacen muchas estupideces.

Pues bien, desde el interior de este sindicalismo de caras circunspectas y camiseta de tirantes, un grupo de trabajadores consiguió engañar al Régimen, aliándose con falangistas radicales y con gente proveniente de asociaciones cristianas. Tal fue su perica e insolencia que consiguieron llegar al meollo del propio poder sindical que, incluso, les dotó y asignó despacho en la sede misma del heroico, amén de único, sindicato vertical.

De esta extravagante y arriesgada manera, amparado desde el propio sindicato al que pretendían combatir, nace Comisiones Obreras. Al ser detectadas sus verdaderas intenciones y poner al descubierto su estrategia, son arrojados, con sus líderes a la cabeza –Marcelino Camacho y Julián Ariza-, del calor de las moquetas oficiales a las inclemencias de una clandestinidad donde se encontraban como pez en el agua. Desde entonces, el sindicato obrero actuará camuflado entre las nuevas barriadas surgidas en la periferia y se refugiará, cuando sea menester, en las sacristías de algunas parroquias, donde les amparará una nueva generación de sacerdotes. Éstos, no hicieron más que dar respuesta a las exigencias de esta nueva sociedad que se vislumbraba y se empezaba a hacer efectiva.

Acomodándose a los tiempos, apareció un nuevo tipo de cura, el llamado cura obrero, capaz de compatibilizar su magisterio con un trabajo normal, algo impensable para la época. A consecuencia de estos aires renovadores, esta nueva iglesia pronto se implicó en las reivindicaciones sociales dando cobijo a este nuevo sindicalismo horizontal y de clase así como prestando especial atención a las capas más desfavorecidas de la sociedad.

A José Solís, flamante ministro de Trabajo, al que este nuevo sindicalismo había engatusado a base de citas literales de encíclicas papales, cuando descubrió el pastel, se le heló la sonrisa, la llamada no sin cierta sorna “sonrisa del Régimen”, una sonrisa un tanto siniestra que exhibía bajo unas gafas tenebrosas, muy al uso entre los mandamases de la época. Pero, sobremanera, se le debió de congelar al levantarles la capa que recubría su auténtico pelaje, ni más ni menos que comunista, el gran enemigo, junto a los masones, de esta España que, una gran parte del año, caminaba bajo palio.

Por aquel entonces, la España de Franco, tan profundamente católica, mantenía encarcelados a, nada más y nada menos, 200 sacerdotes, en su gran mayoría curas obreros. Los coleccionaba, como estampitas de santos, en la cárcel de Zamora.

Me viene al recuerdo la figura enorme, empastada tras sus gafas de concha, del padre Llanos, un hombre que habiendo podido llegar a lo más alto, por haber estado en el centro mismo del poder, prefirió irse a vivir a una chabola del deprimido Pozo del Tío Raimundo. El padre Llanos llegó a dar ejercicios espirituales, tan en boga en la época, al mismísimo general Franco y, tal vez, por ello era intocable ya que, por mucho que hubiera podido empeñarse, nunca fue detenido ni llamado al orden.

Eran tiempos de mandamientos morales, así que a partir de los doce o trece años, allá por 1.970, los frailes del colegio nos llevaban dos o tres días de ejercicios espirituales, supongo que similares, sólo que con capones, a los que les daban al Generalísimo. Para nosotros era como una fiesta, como una excursión, era la excusa perfecta y la oportunidad de poder dormir fuera de casa así como de compadrear con los amigos. Las noches eran un ir y venir por pasillos y tejados con nuestros paquetes de tabaco y nuestras bebidas. Lo pasábamos realmente bien, al margen de aquellos ratos, se me hacían eternos, en que nos mandaban a la habitación a reflexionar –nunca supe ni el qué ni sobre qué-. Yo no sé si esta moda pervivió mucho tiempo, pero supongo que no.

En aquella España se movían muchas más cosas. A España iba llegando, en pequeñas dosis, la rebeldía que invadía el mundo. Se ubicaba, sobre todo en forma de música, en los gustos y los corazones de las nuevas generaciones. Surgieron pequeños grupos, más bien ñoños, que imitaban, con suavidad y cierta blandenguería, las nuevas tendencias musicales que brotaban en el resto del planeta. Pero cuando entraron los nuevos sonidos, asociados a la rebeldía de una nueva generación, su eco fue imparable.

Juan Francisco Quevedo

 

 

 

 

 

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CARLO BROSCHI, FARINELLI: EL EUNUCO DIVINO-Juan Francisco Quevedo

CARLO BROSCHI, FARINELLI: EL EUNUCO DIVINO

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UN CAPÓN EN LA CORTE BORBÓNICA DEL SIGLO XVIII

 

De todos los castrati que fueron, sobresale por méritos propios, tanto por su fama y popularidad como por sus logros, Farinelli. Tras triunfar clamorosamente en el mundo operístico y en los escenarios europeos, recalará en España, adonde llegará con una misión prácticamente imposible, rescatar a Felipe V, el primer rey español de la dinastía borbónica, de la abulia y de la depresión en la que se hallaba inmerso.

Mediada la década de los treinta del siglo XVIII, el rey español que desde la adolescencia manifestó cierta tendencia depresiva, entrará en una fase de locura absoluta. Se niega a asearse, a comer y a cualquier cuidado, encerrándose en su habitación y negándose a salir de la cama. En multitud de ocasiones piensa que ha muerto y grita aterrado. En cualquier caso, nada le interesa y mucho menos las labores de gobierno que recaen en la parmesana Isabel de Farnesio, una reina a la que, cuando al monarca le asaltan episodios de furia, llega incluso a golpear. En su locura, el soberano, hace día de la noche y noche del día, obligando a sus ministros a despachar a las dos de la madrugada. Ante este panorama de absoluta demencia, la preocupación en la corte es tremenda, temiéndose incluso el peor de los desenlaces, la muerte del rey.

En lo más álgido de la grave crisis mental por la que atraviesa Felipe V, Isabel de Farnesio tomará una decisión de lo más sorprendente. Nadie osará contradecirla; de su poder da medida exacta la composición del famoso cuadro del pintor francés Van Loo que cuelga en las paredes del Museo de Prado, La familia de Felipe V; en él se aprecia a la perfección que era ella y sólo ella quien verdaderamente mandaba en España.

Durante el año 1737, la reina envía una embajada a Londres con la secreta misión de traer a Madrid, costara lo que costara, al mayor asombro artístico que existía en la época, al castrati Carlo Broschi, conocido como Farinelli. Conseguirán su objetivo, logrando que el maestro se traslade a Madrid, donde residirá los próximos veintidós años, tras ofrecerle una cantidad inmensa de pensión, tres mil libras.

Al llegar el lírico divo a palacio es informado con detalle por la reina de los desvaríos del rey así como de su negativa a abandonar sus habitaciones, donde permanece encerrado a cal y canto. Isabel de Farnesio le hace saber que confía tanto en la belleza de su canto que pretende rescatarlo de su ensimismamiento a través del impacto que pueda ejercer en el espíritu del rey.

Farinelli no se hace esperar y de inmediato comienza su sesión de músico-terapia en una estancia contigua a las dependencias del rey. Su voz no tardará en lograr un efecto milagroso, al conseguir despertar la curiosidad real. Con esta reacción, resurgía cierta esperanza ya que parecía que el rey, a pesar del ostracismo autista en el que se sumía, aún era capaz de estimularse por algo realmente bello y hermoso.

Asombrado por la voz que le llegaba hasta la cama, el rey decidió averiguar de qué se trataba y, al ver que salía de la privilegiada garganta de Farinelli, no pudo por menos que ofrecerle todo aquello que pidiese. Farinelli se limitó a pedirle que se levantara y que asistiera a los Consejos, así como que se vistiera y afeitara.

Nunca sería nuestro divo un hombre mezquino ni ambicioso. Habiéndolo podido tener todo, jamás abusó de la confianza de los reyes en los largos años que permaneció en la corte. Ni abusó del padre, Felipe V, ni abusó, después, del hijo, Fernando VI.

Desde el momento en que se obrara el prodigio, el rey aún vivirá nueve largos años, durante los cuales, día a día, Farinelli entonará las cuatro mismas canciones, inexorablemente, rematando la actuación con una serie de gorgoritos en los que imitaba el canto del ruiseñor. Quién sabe si la milagrosa y portentosa voz del divino castrati actuara como un sedante sobre la mente del rey. Hoy en día hay muchas teorías sobre música y relajación, así como sobre música y sus cualidades terapéuticas, por lo que no supone nada extraño que consiguiera el efecto paliativo, aunque no curativo, que se buscaba.

Pero, lo cierto y verdadero es la capacidad de emocionar de esta asombrosa voz, una voz que había hecho llorar a media Europa y que ahora se ponía a disposición del rey. Los castrati inundaron los escenarios del XVIII, y parte del XIX, arrebatando a las sopranos mujeres los grandes papeles femeninos, ya que éstas no podían igualar sus registros. Podemos decir, aunque suene cruel, que los castrati, de alguna manera, eran voces diseñadas a la medida. Sus cualidades bucales, conservando su voz de niño y a la vez con la caja de resonancia y los pulmones de un adulto, les convertían en inalcanzables. La crueldad con la que se conseguía el prodigio, a través de la castración, permaneció inalterable hasta bien entrado el siglo XIX.

Pero nuestro Farinelli, al contrario de la mayoría de los castrati, no provenía de la pobreza, sino que era hijo de una familia bien acomodada; su padre fue gobernador de varias ciudades, lo que nos induce a pensar que su infortunio, aunque luego se convirtiera en virtud para los que le escucharon, fue originada por algún lamentable accidente, que bien pudiera haber sido una caída desgraciada, o por alguna enfermedad. Farinelli además poseía un físico agradable, sin las taras que comúnmente tenían los castrati, lo que hará que levante no pocos suspiros entre las damas de la época.

Ante lo inevitable, ante la mutilación de su hijo, la familia decidió darle una educación exquisita y no dudaron en enviarlo al Conservatorio de Nápoles, donde daba clases el maestro más prestigioso de la península itálica, el profesor y compositor Porpora. Será precisamente en una de sus óperas cuando el joven Carlo se suba por primera vez a un escenario.

Fernando VI sucederá a su padre, Felipe V, en el trono de España. Compartirá con su esposa, la reina Bárbara de Braganza, sus aficiones, especialmente la caza y la música, siendo ambos grandes melómanos. Todas las noches acudían juntos a escuchar y deleitarse con la voz de Carlos Broschi, Farinelli, el divino castrati que permaneció a su lado durante todo el reinado. En esos años y con la supervisión de Farinelli se construirá el Teatro de la Ópera del Buen Retiro que será una referencia mundial hasta su destrucción.   

Carlo gozaba del favor real, junto a un grupo de privilegiados amigos, entre los que destacaba el insigne embajador inglés Benjamín Keene. El célebre cantante jamás se aprovechó de su ventajosa situación, pese a disponer de multitud de oportunidades para haberlo hecho. Pero veamos cómo describe el embajador inglés la alegría y el desenfado que reinaba en el espíritu de la corte de Fernando y Bárbara.

“Después de la ópera comenzó el baile en la gran sala llamada el Casón… Me quedé allí, como de costumbre, hasta las tres de la mañana, pero salí cuando quise para refrescarme con toda clase de aguas y vinos…., de modo que bailé más que en estos treinta años pasados. A la noche siguiente, apenas me hube sentado en la ópera, Sus Majestades Católicas me enviaron el libreto por medio de Farinelli… Tuvimos luego una cena en la sala de los Reinos; después, un baile, donde el rey cansó a todas las damas de palacio…”

Para Farinelli, el eunuco divino, su don supuso un inmenso ascenso social, gozando de la admiración de los melómanos de su tiempo y del aprecio y el cariño de los reyes, primero de Felipe V y, después, de su hijo, Fernando VI. Sin duda, la alegría de la corte y del rey era transmitida por la reina Bárbara de Braganza que, desde el primer momento, supo ganarse el afecto y el respeto de cuantos la rodearon. Era una persona tremendamente inteligente, culta y conversadora que, desde que iniciaba un acercamiento, hacía olvidar a su interlocutor su más que probada fealdad. Recurramos de nuevo a Keene para recordar a la reina.

“La reina asimismo nos hace saber cuándo se propone pasear por los jardines y nosotros acudimos. Yo llegaría a deciros que aún cuando ella fuera una persona particular, tiene tantas cualidades y tan agradables, que yo buscaría su compañía. Nadie se ha mostrado nunca tan libre, tan dispuesta hasta las más lejanas indicaciones y tan sumamente condescendiente como ella. Afirmo que esto es realmente cierto.”

Para el entretenimiento de Fernando VI y de su esposa, Bárbara de Braganza, Farinelli, con el apoyo del marqués de la Ensenada, organizará los paseos fluviales. A tal efecto, se dragará el río Tajo, en los alrededores de Aranjuez, con el fin de que pudiera navegar por su cauce la llamada por el eunuco divino “flota del Tajo”.

Los paseos fluviales se iniciarán en 1752. Se navegaba río abajo durante unas tres horas, en las que se recorrían cuatro millas en el trayecto que hay desde el embarcadero del Sotillo hasta el del Puente de la Reina, junto a palacio. Lo más espectacular del recorrido era el concierto fluvial en el que cantaba el gran Farinelli. Regresaban al embarcadero de Palacio ya de noche.

A la muerte de su esposa, Fernando VI cayó en una depresión brutal y se encerró en un viejo y mal acondicionado castillo en Villaviciosa de Odón.

El rey, inmediatamente, se desentendió de los asuntos de gobierno y ya sólo hablaba de cualquier recuerdo relacionado con la reina difunta. A finales de septiembre la situación es alarmante, pues Fernando se niega a comer y sólo ingiere líquidos. A su vez, aumentan sus rarezas y los episodios de furia. Toda la corte rememoró lo que ya había ocurrido con su padre.

El último documento que firmará está fechado en septiembre y el último despacho con Wall será a primeros de octubre de 1758, todavía “de pie y en conversación”. Pronto abandonará todo, tanto los asuntos de gobierno como la caza, su pasión, y le invadirá una obsesión enfermiza por el temor a morirse. La enfermedad podía con el rey.

Los intentos por hacer volver al rey en sí son desesperados. Para intentar recuperarlo se hace venir al castillo a su gran entretenedor en sus excursiones por el Tajo, al divino castrati, a Farinelli. Se pone con él en práctica la terapia que tan excelente resultado diera con su padre, Felipe V. Pero esta vez todo fue inútil, nada lograba alejarlo de su extraña y enfermiza melancolía, ni tan siquiera la voz privilegiada del divino castrati.

Poco a poco, dejó de hablar, de alimentarse, estando como ausente a todas horas. Después se encerró en una pequeña habitación, donde apenas había espacio para una cama; allí pasaría sus últimos meses.

El día 10 de agosto de 1759, justamente 13 años después de su ascenso al trono, fallecía Fernando VI. Su cadáver será llevado desde Villaviciosa de Odón al convento de las Salesas Reales, para ser enterrado en un sepulcro frente al de su esposa.

No obstante, y a pesar de este último “año sin rey”, es de justicia reconocer a Fernando VI por los muchos méritos de su reinado. Fue prudente y sobrio, amante de la paz y contrario a todas las alianzas bélicas que le propusieron, dando a la nación unos años de plácida prosperidad. Supo rodearse de gente de gran talla en el gobierno, que actuaron modernizando las instituciones, arreglando la hacienda, constituyendo el catastro, creando y reparando caminos y canales. Así mismo, fue capaz de dotar a la Armada de una flota acorde al perímetro costero de España, que pudiera defender sus intereses y llegar a inquietar a Inglaterra.

A la muerte de Fernando VI, será su hermano Carlos el que le sucederá en el trono. Con ello, la estrella de Farinelli comenzará a declinar. El castrati permanecerá en España muy poco más.

Carlos III, nunca estuvo muy inclinado, todo hay que decirlo, a gozar con y de la música. Por tanto, el destino de Carlo Broschi estaba determinado, máxime cuando el rey llegó a comentar, en un exceso cruel, aunque no exento de gracia, que a él “los capones sólo le gustaban en la mesa”.

A pesar de todo, supo reconocer los servicios prestados a la corona y agradecérselos personalmente cuando ya iba camino de Bolonia y se encontró con él en Zaragoza. De hecho, le mantuvo el sueldo que le otorgara su padre, Felipe V, según sus propias palabras, “en consideración de su moderación, no habiendo jamás abusado del favor, del afecto y de la generosidad del Rey su antecesor”.

No obstante, conviene recordar que Carlos y María Amalia de Sajonia, cuando fueron reyes de Nápoles, contribuyeron al desarrollo cultural y artístico del lugar con importantes aportaciones. Durante su reinado se descubrieron los restos de las viejas ciudades romanas de Pompeya y Herculano, favoreciendo el rey las primeras excavaciones arqueológicas, donde presenció personalmente la aparición del templo de Júpiter. Tras el hallazgo de las ruinas de Herculano, aparecieron las de Pompeya, comprando el rey inmediatamente todos los terrenos para facilitar las excavaciones. Así mismo, construyó el hermoso teatro de San Carlos, templo musical de la época, a pesar de su indiferencia por esta disciplina artística.

A la muerte de su protector, el rey Fernando VI, Farinelli ya había sido advertido por un amigo lo que  podría suponer para su persona el cambio de gobierno, ya que era evidente que no gozaba de la confianza del nuevo rey. Ante la advertencia e intuyendo su marcha, le preguntó “¿Cuándo?”. El amigo le respondió señalándole con el dedo unos versos de la primera escena de “Artaserse”:

“…La otra turba

De falsas amistades

Falta cuando la gracia del Rey falta.

¡Oh! ¡Cuántos vi humillados antes,

Que hoy no caben de orgullo y de soberbia!”

Farinelli, tras la desafección real, se marchará a sus posesiones de Bolonia, donde vivirá admirado e idolatrado en un retiro dorado aún veintidós años más, hasta 1782.

                                                                                                                        Juan Francisco Quevedo

CarloBroschi-Farinelli

Fernando VI y Bárbara de Braganza en los jardines de Aranjuez

Flota del Tajo en Aranjuez

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“LOS CASTRATI”-Juan Francisco Quevedo

Aquí os dejo la bárbara historia de los castrati.

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LOS CASTRATI

LA HISTORIA DE UNOS NIÑOS MUTILADOS BÁRBARAMENTE PARA PRESERVAR SU VOZ ANGELICAL

 

Sería muy a principios de los ochenta cuando nos encaminamos hacia el Aula Magna de la Facultad de Medicina de Santiago de Compostela a escuchar una conferencia del psiquiatra Juan Antonio Vallejo-Nájera. Creo recordar que se titulaba sencillamente “Los Castrati”.  Éramos unos jóvenes estudiantes a los que aún movía e interesaba cualquier tema que pudiera motivarnos intelectualmente y aquel hombre ya había captado nuestra atención a través de sus libros.

Hacía pocos años, no más de tres o cuatro, que habíamos leído y nos había fascinado la biografía que había escrito sobre el escritor japonés Mishima, con toda la iconografía ritual, casi sagrada, que flotaba en sus páginas en torno a la muerte. Pero no era el único libro que nos había impactado; en nuestro grupo de amigos, todos estudiantes en Santiago, habíamos comentado con profusión otro de ellos, el titulado “Concierto para instrumentos desafinados”, un visión divertida pero no exenta de rigor y ternura sobre algunos de los enfermos psiquiátricos que habían pasado por sus manos.

Por otro lado, el profesor y escritor hacía apenas un año que había publicado uno de sus libros más importantes, que ha sido y es libro de texto en muchas universidades, “Introducción a la Psiquiatría”. Mi buen amigo Paco Bujalance, ya en el último año de Medicina, lo había comprado y disfrutábamos todos con su lectura y con los comentarios que suscitaba entre nosotros. Lo había hecho a pesar de la indicación del catedrático de turno de su inutilidad, un hombre que tampoco se recataba en denostar la figura de su autor como psiquiatra. Claro está, a decir de mi buen amigo, este libro tenía una ventaja sobre los que recomendaba su catedrático, una ventaja nada despreciable, se entendía con claridad meridiana.

A nuestro interés por la conferencia se añadía una curiosidad un tanto morbosa; el caso es que por esas cosas del protocolo, el conocido detractor del conferenciante iba a ser el encargado de presentarlo y no nos queríamos perder cómo ventilaba ese trago. Claro está, y aunque no sirva como disculpa, quizás flotara aún en el ambiente académico la obscura figura del padre del conferenciante, quizás aún nadie había olvidado que había sido el psiquiatra del régimen y en esa asimilación con el sistema se había esforzado en una búsqueda peregrina, la de encontrar el gen rojo. Desde las alturas de la dictadura aplaudían y alentaban ese interés con el que se pretendía asociar a una anomalía genética toda una corriente de pensamiento político, el comunismo.

Ahora bien, en nuestros tiempos de estudiantes no hay que olvidar que lo que estaba en plena efervescencia en España era la corriente anti-psiquiátrica que no solo pretendía acabar con el encierro inhumano de los manicomios y con las sesiones de electroshock sino que, además, abogaba por la supresión de la medicación y por abordar los problemas mentales con unas terapias de tipo psicosocial.

El caso es que mientras que el catedrático de Psiquiatría de Santiago de Compostela se enmarcaba en esta corriente anti-psiquiátrica, que ya definiera como tal David Cooper en 1967, el conferenciante era mucho más ecléctico y pragmático en el tratamiento de las enfermedades mentales y aunque defendía un trato humano, no descartaba tratamientos farmacológicos y una terapia más individualizada.

Una vez instalados en la primera fila del aula, llegó el momento de dar comienzo el acto y, para nuestra diversión, el catedrático de Psiquiatría no escatimó en elogios y deferencias a la hora de presentar a su colega. Sin duda, actuó como un “pelota” de lo más servil, aparte de como un hipócrita, no atreviéndose a decirle en público lo que comentaba a sus espaldas. Vallejo Nájera mientras escuchaba con media sonrisa, parecía decirle lo mismo que uno de sus personajes de “Concierto para instrumentos desafinados”, el que aparece en “El orinal de plata”, le dijera a un nuevo médico del psiquiátrico. El galeno, que era un tanto autoritario y muy poco comprensivo, ignorando las costumbres del que se autodenominaba Archiduque don Ataúlfo, le llamó la atención delante de Vallejo Nájera y de parte de su equipo por hacer sus necesidades en un orinal en el pasillo, algo que venía haciendo sin que nadie aparentemente reparara en ello; el archiduque le miró desde abajo y le dijo: “¿Por qué se atreve usted a tutearme? Sentado donde estoy sentado, no llega usted a la altura de mi desdén”. Tras espetarle semejante dardo, siguió a lo suyo ante la perplejidad del recién llegado y la alegría contenida de los presentes. Vallejo, igual de imperturbable que su paciente, comenzó su conferencia.

Pronto nos olvidamos de todos estos chismes y en seguida nos vimos atrapados por las primeras palabras del conferenciante. No tardó en decirnos: “Os voy a poner la única grabación existente de un castrati; se conserva en el Metropolitan de Nueva York y han tenido la amabilidad de procurarme la grabación que vais a escuchar”. Entonces nos fascinó esa posibilidad; hoy en día se puede escuchar a Alessandro Moreschi en Youtube sin el menor problema. La grabación, aunque aceptable, no me produjo nada especial, ni su voz me pareció especialmente angelical; quizás por estar predispuesto a escuchar algo extraordinario.

Vallejo Nájera no tardó en relatar cómo se decidió a profundizar en la historia de estos hombres. Un día caluroso de verano, yendo en coche con un amigo, el profesor Ugo Cerletti, inventor del electro-shock, por Roma, casi atropella a un hombre que iba tirando de un carro lleno de verduras; éste comenzó a gritarles y a insultarlos con grandes voces acordándose de su madre, “la gran puttana”. El profesor italiano sin inmutarse detuvo el coche y le dijo a su acompañante mientras el verdulero gritaba con más intensidad: “Observa su estructura anatómica: rechoncho, distribución feminoide de la obesidad, manos pequeñas…, esa voz podría ser una maravilla”. Sin duda era un hombre con cierto hipogonadismo y el profesor comenzó a explicarle cómo algunos tenores también sufren esta deficiencia endocrina.

De ese hecho tan simple surgió su interés por estos hombres que, siendo niños y estando en posesión de una hermosa voz, antes de que ésta cambiase, eran castrados para preservarla y poder admirarla ya de adultos.

Los orígenes de esta aberrante práctica se remontan a la antigua civilización sumeria y, posteriormente, ya hay constancia de la existencia de cantantes eunucos en el Imperio Bizantino, donde gozaron de reconocimiento hasta la caída de Constantinopla en el año 1204. Después, se desvanecen de la historia hasta que, misteriosamente, reaparecen en la Italia del siglo XVI. Quizás, en su regreso sorpresivo,  pudiera haber tenido una gran influencia la decisión tomada por el Papa Paulo IV de prohibir a las mujeres actuar en los escenarios romanos, lo que pudo provocar que existiese una necesidad de incorporar voces femeninas para los personajes que hasta entonces encarnaban las mujeres y que fueron asumidos por los castrati. Esta prohibición papal se había tomado basándose en las palabras de San Pablo, entresacadas de la I Epístola a los Corintios: “Las mujeres cállense en las asambleas, que no les está permitido tomar la palabra”.

La realidad fehaciente es que a raíz de esta decisión los castrati proliferaron a los largo de los dos siglos siguientes, gozando de gran popularidad y reconocimiento. Su declive no se produciría hasta finales del siglo XVIII donde se alzaron voces significadas, como las de Voltaire o Rousseau, frente a estas aberrantes y bárbaras costumbres. Será Napoleón, tras la toma de Roma el que prohíba estas prácticas que serán castigadas con la pena de muerte.

Ahora bien, el Papa Benedicto XIV, mediado el siglo XVIII, ya había prohibido la amputación de cualquier parte del cuerpo, salvo en aquellos casos que se justificara médicamente. Esto dio lugar a multitud de trampas, provocando un sinfín de falsas alegaciones en las que se decía desde haber sido mutilado de pequeño por un cerdo hasta haber sido víctimas de los más variopintos accidentes.

De la proliferación de castrati, de estos maestros del falsete intrínseco a su naturaleza, durante el barroco italiano, baste decir que en el año 1780 había sólo en la ciudad de Roma setecientos cantando en las diferentes iglesias de la ciudad. A ellos se sumaban al menos dos más actuando en los numerosos teatros operísticos existentes. La primera gran estrella del bel canto con estas características será Baldassare Ferri, que llegará a parar una guerra tan solo para que la reina Cristina de Suecia pudiera escucharlo.

Por otro lado, a principios del siglo XIX la iglesia consintió la vuelta a los escenarios de las mujeres, lo que fue el inicio de la decadencia de los castrati. La última actuación operística de un castrati en un teatro será la llevada a cabo en 1830 por Giambattista Velluti; ahora bien tanto en el Vaticano como en otras iglesias seguirán actuando hasta su prohibición definitiva, por el Papa León XIII, en 1902, ya a comienzos del siglo XX. En 1913 se retirará el último de los castrati, que había pertenecido al coro de la Capilla Sixtina, Alexandro Moreschi. Había sufrido la extirpación testicular a la edad de diez años y fue conocido debido a su prodigiosa voz como el Ángel de Roma, llegando a actuar en 1900 en los funerales del rey Humberto I.

La castración fue en aquella Italia una práctica habitual debido a la demanda existente para nutrir las filas de numerosos coros, como por ejemplo el de la Capilla Sixtina, y, para subirse a los escenarios, donde aquellos más afortunados estaban llamados a llenar los teatros y a ser admirados. Téngase en cuenta que en aquellos años no se escribían papeles para las sopranos mujeres sino para los castrati; eran estos hombres evirados los que, debido a los tonos tan agudos y elevados a los que podían acceder, copaban los grandes escenarios interpretando papeles femeninos.

Con la castración y sin el aporte testosterónico se pretendía conseguir y potenciar voces angelicales. Hay que tener en cuenta que al detenerse el aporte de hormonas masculinas se paraba el desarrollo y los cambios naturales de la laringe con lo que no sólo se conservaba un tono de voz agudo sino que al crecer el resto de órganos se potenciaba aún con los pulmones de un adulto y la resonancia que se conseguía con el desarrollo de la caja torácica. El resultado era un tono algo similar al de una soprano pero muy mejorado por la potencia que se podía conseguir. Ahora bien, hoy se sabe que el déficit de testosterona conlleva grandes problemas, como serias complicaciones y deficiencias cardiovasculares que acortan la vida. Eso por no hablar de una merma de la masa muscular y ósea, reducción del deseo sexual y una serie de graves inconvenientes. El aspecto de estos hombres solía ser más afeminado y eran más altos debido a que la presencia de testosterona hace que se cierren los discos de crecimiento de los huesos.

Esta práctica de castrar a los niños comienza a realizarse en Italia mediado el siglo XVI y consistía en eliminar el tejido testicular sin que afectara al pene. Principalmente se utilizaban dos métodos para realizar la extirpación. En uno de ellos se introducía a los niños, de entre siete y doce años, en una tina de agua caliente tras haber inducido en ellos una sedación por métodos no muy ortodoxos, ya que la anestesia no aparecería hasta el siglo XIX. Se les administraban grandes cantidades de alcohol o substancias como la tintura de láudano con opio en su formulación. En ocasiones se les presionaba la carótida para que se desvanecieran y quedaran inconscientes, lo que provocó numerosas muertes.

Una vez preparados para la emasculación, se seccionaba el escroto con una incisión y se procedía a la extirpación testicular. A continuación se cortaban las hemorragias con emplastos, cauterizaciones al fuego o mediante una fuerte ligadura.

El otro método consistía en la extirpación por isquemia; para ello se ligaba fuertemente una cuerda por encima de los testículos y se comprimían hasta provocar una necrosis que hacía que muriese el tejido testicular y que se fuera desprendiendo. El dolor que se provocaba duraba semanas.

Con ambos métodos se conseguía suprimir las dos funciones testiculares, la producción de testosterona y la de espermatozoides. Cuando esto se hacía como era el caso, antes de la pubertad, los caracteres masculinos, como la aparición de vello o el desarrollo de la laringe, se anulaban y, con ello, también lograban aquello que más querían, conservar la voz. Después de la mutilación todo quedaba en manos del azar, ya que no todos los castrati podían mantener la voz en el tiempo y aquellos que no lo conseguían estaban mal vistos por la sociedad e incluso se les negaba dar tierra en sagrado. En una gran parte del siglo XVIII, cuando más demanda hubo de estos cantantes, se estima que se castraban unos cuatro mil niños al año.

Fuera cual fuera el sistema empleado, el dolor causado a los niños ante tamaña salvajada era inmenso; sólo poder rememorar cómo podían ser aquellas dantescas escenas sobrecoge hasta al corazón más curtido. Además, la mortalidad provocada tenía que ser muy alta, no sólo por la brutalidad de la práctica sino también por las nulas medidas higiénicas y por la falta de preparación de los que las llevaban a cabo, que carecían de titulación alguna y se paseaban por los diferentes lugares ofreciendo sus servicios.

La castración dejaba a aquellos futuros hombres infértiles pero no impotentes, lo que supuso para ellos una gran ventaja a la hora de correr aventuras amorosas, ya que en una época sin métodos anticonceptivos, las mujeres sabían que no corrían el riesgo de caer embarazadas. Además, tenían fama de ser grandes amantes, ya que podían mantener, digamos el entusiasmo, durante largo tiempo.

La demanda de voces existente hizo que muchas familias italianas viesen en la castración de sus hijos varones una manera para ayudarles a sobrellevar la pobreza, llegándose a extremos impensables en la popularización de la emasculación. De hecho, en una barbería de Nápoles se llegó a colgar un cartel en el que se anunciaba escuetamente: “Aquí se castran niños”.

Cuesta decirlo, y suena un poco al grito del pueblo madrileño cuando espoleaba la venida del absolutismo al grito de “¡Vivan las caenas!”, pero los castrati despertaron tanto fervor en Italia que cuando Napoleón abolió en Roma la práctica y las actuaciones de los castrati, el pueblo se sublevó al grito de: “¡Viva el cuchillo, el bendito cuchillo!”.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Conferencia de Juan Francisco Quevedo- Joan Margarit: Poesía, verdad y belleza.

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Haiku para un dibujo-Juan Francisco Quevedo

En el anzuelo

muerden y se desangran

 los inocentes.

anzuelo

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COLLAGE 2003 Y HAIKU-Juan Francisco Quevedo

Este collage que hice en el ya lejano 2003 me ha sugerido este haiku.

Sueñan los hombres

en sombras impensables,

cielos mudables.

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JOAN MARGARIT-PREMIO CERVANTES-Juan Francisco Quevedo

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JOAN MARGARIT

PREMIO CERVANTES 2019

Hay noticias que nos llenan de alegría porque hacen justicia no sólo al poeta sino y, sobre todo, a la poesía. Es lo que me ocurrió al saber el nombre del nuevo Premio Cervantes, Joan Margarit i Consarnau, un poeta excelso, necesario e imprescindible.

Con este galardón se rinde culto a dos lenguas peninsulares en las que el poeta se expresa con destreza innovadora y exactitud. Una, su lengua materna, el catalán y, otra, la lengua común, la lengua en la que leyó y se embebió con los grandes de la literatura en castellano, la española. En ambas es un maestro y en ambas muestra un dominio preciso del lenguaje, lo que le hace pertenecer a ese selecto club en el que militan muy pocos, el de la palabra precisa. Y ahora también, a sus 81 años, pertenece a otro no menos distinguido, ya que forma parte de esa especie de Parnaso del Olimpo que es el más alto y prestigioso premio de las letras en español, el Premio Cervantes.

El ministro de Cultura y Deportes, José Guirao, acompañado por la uruguaya Ida Vitale, última ganadora del Premio Miguel de Cervantes, ha sido el encargado de dar a conocer a eso de las dos de la tarde de este pasado jueves el nombre del premiado en la edición 2019. Ha salido elegido por el jurado de una lista de candidatos que habían sido propuestos por la Real Academia de la Lengua Española para optar este año al premio.

Antes de desvelar su nombre, y para dotar de cierta intriga adivinatoria al acto, el ministro leyó un poema del ganador, No tires las cartas de amor. Acabó despejando definitivamente la incógnita al finalizar la lectura.

No tires las cartas de amor

Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
-esta flecha de sombra-
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.

José Guirao destacó su aportación a un lenguaje con el que “ha enriquecido tanto la lengua castellana como la catalana y representa la pluralidad de la cultura peninsular en una dimensión universal”.

El Premio Cervantes, cuya primera edición tuvo lugar en 1976, ha reconocido a grandes escritores como el cántabro Gerardo Diego, y este año enriquece su nómina con la figura indiscutible del poeta Joan Margarit. La entrega se producirá, como viene siendo costumbre, el 23 de abril, fecha de fallecimiento de Cervantes, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.

Unos días excelentes para el poeta catalán ya que, precisamente, Joan Margarit, recibirá la próxima semana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana que le fue otorgado el pasado mes de mayo. El jurado de este premio definió al poeta como “el gran artífice de la poesía como instrumento moral”.

Joan Margarit i Consarnau nació en Sanaüja, Cataluña, en el año 1938. Es arquitecto y Catedrático de Cálculo de Estructuras. Es autor de una extensa obra poética en catalán y en castellano. Entre otros muchos premios ha ganado el Premio Nacional de Poesía.

Ahora toca hablar más del poeta, más de su obra. Debo decir que sus libros son textos de cabecera permanente en mi mesilla de noche. Y, por supuesto, al referirme a su personalidad poética no voy a caer en algo tan manido, y que suena a cumplido repetido y gastado, como eso de que estamos ante el mejor poeta vivo en lengua castellana-y catalana-, porque entonces pasaría a engrosar una lista muy amplia y, por otro lado, tan engañosa como efímera. Digamos tan sólo que estamos ante un gran poeta al que se redescubre con cada nueva lectura, con cada uno de sus libros, sea Cálculo de estructuras, Casa de misericordia, Se pierde la señal o cualquier otro. Joana y Un asombroso invierno, bien merecen un comentario más extenso pero antes debo resaltar su última publicación, Para tener casa hay que ganar la guerra, una deliciosa autobiografía donde narra los años que van desde su nacimiento hasta su paso por la universidad.

Me gustaría recordar que su obra completa se recoge en un magnífico libro que lleva por título “Todos los poemas (1975-2015)”.

Joan Margarit es un poeta que sabe muy bien cómo hacer poesía; en ella verdad y belleza se aúnan en una fusión maravillosa. El autor es capaz de combinar y equilibrar a la perfección esa aleación entre verdad (autenticidad, emoción, entusiasmo) y belleza (lirismo, sentido rítmico, contención métrica) para crear una escritura clara y limpia, libre de ornamentos inútiles, impurezas y escoria, donde las palabras se ajustan al pensamiento, donde ninguna de ellas sobra y ninguna de ellas falta. Su poética se cimenta sobre una creación literaria comedida, precisa y hermosa que da lugar a una poesía pensada y calibrada en su forma, sin que nada quede al azar, pero concebida desde lo más íntimo, desde ese lugar del cerebro en el cual se genera la emoción, para destilar, por la alquitara del lirismo, autenticidad.

Como el excelente arquitecto que es, construye el poema con solidez y sin elementos discordantes, procurando que al final del mismo prevalezca una enorme armonía. Y lo más importante, lo va elaborando desde lo cotidiano, desde aquello aparentemente trivial pero sin quedarse en lo anecdótico. De esta manera, consigue dotar al poema de un sentido moral para trascender y universalizarlo. Es el modo de conectar y comunicarse con el lector a través de esas experiencias que, aún siendo personales, nos son comunes y cualquiera, desde su vivencia, puede identificar como propias.

A ese prodigio de la palabra, a esa expresión única de los sentimientos, sólo se llega desde dos premisas esenciales, el conocimiento y la inspiración; dos cualidades que el poeta plasma en sus versos desde una aparente sencillez que no hace sino engrandecerlos para adentrarnos en toda su complejidad. No hay nada más complejo que la búsqueda de la sencillez.

Sus poemas no son meras traducciones sino verdaderas recreaciones poéticas, en las que el autor procura mantener la cadencia silábica y los acentos rítmicos. Y es que el idioma, como el lugar al que se pertenece, no se elige, nos elige y sería una insensatez renunciar a ello. Y se le ama como se ama lo primigenio, lo que nos remite al origen, a aquello que nos mantiene unidos al mundo desde lo primario: la tierra, la lengua y los seres más queridos. Hay un endecasílabo que cierra el poema “Más que una canción”, de Un asombroso invierno donde el poeta, en un último verso definitivo, manifiesta esa cercanía a lo que le ensambla con el mundo, a la tierra, a su tierra: “Este soy yo. Sólo un pueblo sin nombre”.

Es muy significativo aquel poema del mismo libro en el que el poeta recuerda los tiempos en los que se le impedía expresarse en un idioma que era tan suyo como lo era el aire que respiraba: “Nunca he olvidado el pescozón de un guardia/que con voz fuerte y seca me decía: Habla en cristiano, niño”. Ello no le impide manifestar su amor por el castellano; algo que demuestra en cada recreación poética así como en el poema que se recoge en Un asombroso invierno desde el que evoca la figura de Jorge Manrique junto a la de Verdaguer.

Ya han pasado casi veinte años desde la publicación de Joana, veinte años desde que el poeta, contradiciendo todas las teorías poéticas existentes, sobre eso de distanciarse en el tiempo de los hechos a reflejar en el poema, nos dio a conocer su Joana. No quiero ser cursi, ni ñoño, en el análisis-el propio autor renegaría de semejante tontería relegándome con razón a las catacumbas-, pero está claro que algo tan duro como la muerte de una hija, a la que has mimado y atendido con denuedo, debido a su minusvalía, es una experiencia vital tan traumática y dolorosa que ha llevado al poeta a escribir sobre ello sin tener en cuenta ninguna de las reglas clásicas; unas reglas que están, como todas, para romperse cuando sea preciso. Y Joan Margarit nos ha demostrado que lo era; tanto para él como para la buena poesía. Surgen los versos sin cortapisas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano y más tarde, durante esa labor de afinamiento a la que se entrega el poeta, se da forma al poema. No entiendo la poesía sin emoción, como no entiendo que no esté presente en cualquiera de las manifestaciones artísticas existentes, pero en la poesía de manera muy especial. Así que yo soy de esos que no pueden estar más de acuerdo con una de las definiciones clásicas de poesía, en concreto con aquella que dice que es la expresión más elevada de los sentimientos.

Es la demostración más palpable de que, más allá de las teorizaciones sobre cómo ejecutarla, sólo pervive la buena poesía, independientemente de la implicación emocional del poeta.

Un cuento

No digas nada, Joana,
tan sólo escúchalo y no digas nada.
Íbamos caminando en la lluviosa
mañana por el pueblo adormecido,
entrábamos despacio
por una larga calle de adoquines
que no llevaba hacia ninguna parte.
Los niños nos llamaban con canciones
para acercamos al canal, que viésemos
su casa reflejándose en el agua.
Te gustaba, ¿recuerdas?,
ver a los niños. Al marcharnos
quedaban sus caritas pegadas al cristal,
sus voces apagándose en el agua.
Llegamos tarde. Demasiado. Tanto
que siempre volveremos separados:
ese es el precio por haber podido
entrar dentro de un cuento.
Y qué suerte encontrarte ahora aquí,
de madrugada, convertida en patio:
esto quiere decir que todo el tiempo
estabas junto a mí en la oscuridad.

¿Por qué Joana, lo que sus versos emanan, es capaz de provocarnos, aquello que los románticos rusos decían, movimientos en el alma?

Por una sencilla razón, por la capacidad del poeta para que el lector, desde sus vivencias personales, sea capaz de identificarse con la protagonista del libro. Entonces, en ese encuentro, Joana, a pesar de serlo para el poeta, deja de ser Joana, para erigirse en ese ser mortal en el que todos vemos reflejados a nuestros propios muertos. Y precisamente esa capacidad que tienen los poemas de Joana para que el lector los interiorice y los haga suyos es lo que universaliza la poesía de Joan Margarit, lo que la convierte en atemporal. Una poesía que, con la consciencia lúcida del poeta, es capaz de hacer que un hecho tan grave en su vida-la muerte y todo lo que la rodea-, trascienda fronteras y mentalidades y cada lector, desde esa experiencia, si la tiene, o desde lo que atisba, si no la tiene y sólo lo intuye, la asuma como propia.

Debo destacar algo importante de Joana que hasta la fecha, salvo últimas revelaciones, ha pasado desapercibido. Mi hija Claudia, cuando era una estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad Complutense de Madrid, hizo un trabajo sobre Joana que Joan Margarit tuvo la amabilidad de leer y hacernos llegar sus impresiones. De ellas, además de su generosidad y cercanía, destaco lo siguiente: “Su perspicacia al estudiar el por qué y cómo está puesta en el centro del libro la despedida, en primera persona, de Joana, me ha admirado. Que yo sepa, nadie lo había detectado.”

Y ahora continúo con las palabras de Claudia, “En mitad del poemario ocurre algo maravilloso. Se cede la voz poética a Joana, que se despide de nosotros porque, a estas alturas, ya todos somos Joana y todos nuestros muertos son Joana y es, probablemente, uno de los momentos más emotivos del poemario”.

Nunca pude sentirme tan ligera.

Miré hacia atrás, a mi balcón,

la baranda como una partitura.

Dije adiós a mi padre y a mi madre.

La vida me eligió para su amor.

También la muerte.

No me une más relación con el poeta que el agradecimiento por sus versos y un intercambio de unas pocas letras. Cuando Joan Margarit estaba a punto de concluir Un asombroso invierno me llegaron sus palabras: “… Estaba en Colera, sobre el cabo de Creus, cuando me has escrito, en la crisis final para acabar el libro que saldrá en otoño, Un asombroso invierno. Cuanto mayor me hago, más tormentosos son mis dos o tres meses finales de un poemario. Ahora estoy –algo más tranquilo ya– en Forès, mi agosto en la Catalunya profunda –antigua Catalunya pobre–, cerca de mis orígenes, para la última revisión”. 

De este libro tan excelso y crucial solamente voy a recordar uno de sus poemas, uno de mis favoritos. Cuando uno lee “Cuesta de Atocha”, no puede evitar pensar en “Joana”. El poema, como toda su poesía en general, surge sin trabas intelectuales, como un componente básico y esencial del ser humano, con lo cual nos evita esa intermediación, más allá del esfuerzo común, del intelecto para comprender lo que está tan hermosamente explicitado.

Cuesta de Atocha

Ellos dos van subiendo y nos cruzamos,
en la silla de ruedas,
sentado y encogido, solloza un hombre joven.
El padre, que la empuja,
echa hacia atrás los pies y, para hacer más fuerza,
estira cuanto puede las piernas y los brazos.
Así, encorvado y tenso,
puede vencer apenas la subida.
Sé lo que siente: que se ha hecho
viejo. Por un maldito instante
compadezco a ese padre: un error,
puesto que él todavía tiene a su hijo.
Esbozo una sonrisa mientras van alejándose.
Desde un portal,
una mujer me mira con reproche.
No comprende en qué escena de amor se está metiendo.

En este rodar pesaroso y costoso de la silla de ruedas se congregan en un todo hermoso, nuevamente, emoción y belleza formal. El poeta, en una especie de carambola del pasado, se da cuenta de lo perdido, de la ausencia del amor incondicional, puro y limpio que le profesaba su hija: “Por un maldito instante/compadezco a ese padre: un error, /puesto que él todavía tiene a su hijo”. En definitiva, nos ofrece una lección de amor sin necesidad de grandes abstracciones, nos la pone en la mano con naturalidad, desde una realidad concreta, para que la hagamos nuestra desde nuestras vivencias personales. Y lo consigue con claridad, sin pretensiones crípticas y sin ahondar en un hermetismo que puede alejar al lector. A un lector al que cuida con la misma sencillez grandiosa de su poesía, con la delicadeza de aquellos a los que la vanidad no les alcanza.

Baste una parte de la última comunicación que tuvimos, tras la reseña que hice en el diario Alerta de Un asombroso invierno, para darnos cuenta de ello.

“Es mucho más que una reseña, son dos vidas juntas –de poeta y de lector– las dos condiciones más próximas que haber pueda. Dos personas que han puesto en marcha los dos mecanismos más cercanos y parecidos: escribir un poema y leerlo. Qué difícil es escribirlo, me dirás. Y qué difícil es leerlo, siempre distinto dentro de ti, te diré yo. Intento explicar esto en mis memorias de infancia que pienso terminar en julio. 

Te pido la página del periódico porque es más auténtico y quiero que figure con mis cosas en mi archivo de la Biblioteca Nacional, en Madrid, donde guardan todo lo mío. Gracias, Juan Francisco. Un gran abrazo desde “el otro lado” de lo mismo. Tu

Joan “

Joan Margarit es un poeta que no hace versos por hacer. Sus poemas tampoco se leen por leer; son pulsiones auténticas, incluso dentelladas violentas, cuando no tiernas, pero siempre arrebatadoras. Sus versos nos dicen algo que traspasa su estricta literalidad y son capaces de estimular en el lector las fibras sensitivas más recónditas y profundas del ser humano. Joan Margarit lo consigue con algo esencial y que debe acompañar a cualquier expresión artística, muy especialmente a la poesía: emoción verdadera desde un lirismo profundamente humano.

Juan Francisco Quevedo

 

 

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Cinco haikus para un dibujo-Juan Francisco Quevedo

Con una variación sobre el dibujo que hice para la portada de mi libro de poesía “El sedal del olvido”, os dejo estos cinco haikus.

 

No es muy difícil

ajustar en tres versos

un haiku en regla.

 

Uno de cinco,

el segundo de siete

y otra vez cinco.

 

Podría ser,

sin ir mucho más lejos

algo así como:

 

La niña juega,

la inocencia en los flanes.

El mar los lleva

 

No hay mucho ingenio,

no se agota el cerebro,

pero es lo que hay.

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COLLAGE Y HAIKU-Juan Francisco Quevedo

Este collage que hice hace veinte años con papel de periódico para colgar en la habitación de mi hijo, donde aún sigue, me ha sugerido este haiku.

 

Sola, como una

pelota en el tejado,

la ciudad duerme.

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Bahía de Santander. Dibujo y haiku-Juan Francisco Quevedo

El espíritu y el sentido poético de la greguería están en este haiku al que acompaño con uno de mis dibujos. Como hoy, un día tranquilo y luminoso en la bahía de Santander.

Las caracolas

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CÓMO LLEGÓ UN CÁNTABRO DE LA CAVADA, AMIGO DEL CHE GUEVARA, A ESTAR AL FRENTE DE UN MINISTERIO EN EL GOBIERNO DE FIDEL CASTRO-Juan Francisco Quevedo

Hoy se publica en el diario Alerta la intrahistoria que escribí sobre una familia de un pequeño pueblo{(el mío) de Cantabria, La Cavada, y cómo uno de sus miembros llegó a ser ministro en la Cuba revolucionaria del Che Guevara. Una aventura dura y conmovedora a la vez. Espero que os guste.

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CÓMO LLEGÓ UN CÁNTABRO DE LA CAVADA, AMIGO DEL CHE GUEVARA, A ESTAR AL FRENTE DE UN MINISTERIO EN EL GOBIERNO DE FIDEL CASTRO

Hay que comenzar diciendo que lo que se relata a continuación es la fascinante historia que me trasladó Alejandro Gómez, hijo del que fuera ministro del gobierno revolucionario cubano. La reunión y la conversación la mantuvimos mientras tomábamos un café en compañía de algunos de sus familiares españoles, Marcos Gómez y su hija Marina, y de nuestro común amigo Antonio Martínez. En ella se refleja el carácter duro y decidido de una saga de cántabros que se prolonga hasta nuestros días en la figura de sus descendientes.

El periplo vital de una familia originaria de La Cavada a lo largo del siglo veinte, a lo largo de cuatro generaciones sucesivas, bien pudiera haber sido la historia parcial de otras muchas familias que tuvieron que emigrar con el cambio de siglo, en esos años de finales del diecinueve y principios del veinte. En aquella España, heredera del Desastre del noventa y ocho, por muchos y diferentes motivos se impuso una marcha forzada de jóvenes de esta tierra en busca de un futuro y una vida mejor. En ese contexto de necesidades y precariedad, en el ambiente rural de un histórico pueblo fluvial que surgió a orillas del río Miera, en el lugar donde se asentaron las fábricas de cañones de hierro fundido más importantes del mundo, en La Cavada, nacieron Ángel Trueba y Teresa Toraya.

En estos parajes en los que se educaron, se conocieron y donde jugaron de niños, pasados los años, se trataron y se enamoraron. Ellos serán los antecesores que darán origen a esta saga familiar que llevó a uno de sus descendientes a ser uno de los personajes más relevantes de la revolución cubana. Un nieto de ellos, Ángel Gómez, tras el triunfo de Fidel Castro, ocupará durante largos años uno de los ministerios claves del gobierno cubano.

Esta pequeña historia arranca con los amores de esta joven pareja, Ángel, nacido en 1872, y Teresa, nacida en 1878, que pasearon su juventud y su alegría por las callejas del pueblo de La Cavada. En estos primeros tiempos de ilusión y felicidad se producirá un hecho que marcará sus vidas al influir decisivamente en su pensamiento.

De alguna manera, probablemente mediante el sacramento de la confesión, según me cuenta su biznieto Alejandro Gómez, Ángel revela al cura del pueblo el pecado de haber mantenido algún tipo de relación con su novia. Ahí quizás hubiera quedado el asunto, en el ámbito de lo privado, tal y como fue la intención con la que sin duda realizó la confidencia pero, para su desgracia, no fue así. El sacerdote, en público y en una acción miserable, sin nombrarlos explícitamente, sí dio a entender lo que con tanta discreción Ángel le había comunicado. Ni que decir tiene lo que supuso para la pareja semejante insinuación; máxime en una época y en un pequeño lugar donde las habladurías y maledicencias corrían con rapidez, señalando con impiedad a aquellos sobre los que fijaban sus chismorreos.

De este desafortunado acontecimiento, que a los ojos de hoy en día pudiera parecer intrascendente y banal, surgiría un sentimiento de rechazo muy fuerte y profundo en la pareja hacia la jerarquía eclesiástica. Desde entonces, su pensamiento y su actitud se vería impregnada de por vida por un anticlericalismo radical.

Tras estos primeros pasos en el pueblo que les viera nacer, como tantos jóvenes de la tierra, se fueron en busca de horizontes más halagüeños que los que les ofrecía su localidad natal. Unos partían hacia México, otros hacia Cuba y otros hacia cualquier país donde pudieran forjarse una esperanza de futuro; en el caso de Ángel y Teresa partieron hacia Estados Unidos con las manos vacías y una fe inmensa en sí mismos. Allí se instalaron y Ángel se entregó a un oficio al que tantos hijos del contorno del Miera se aplicaron con dedicación y maestría, al oficio de cantero.

En la localidad estadounidense de Vermont, junto a la frontera canadiense, ejerció su actividad y allí habrían de nacer sus cinco hijos, cuatro chicas y un solo varón. Durante su estancia americana dos desgracias importantes marcarían sus vidas definitivamente y para siempre. Por un lado, perdieron a su único hijo varón que murió accidentalmente al caer en un pozo y, por otro, Ángel enfermó del mal que afectó y llevó a la muerte a tantos canteros montañeses, el mal de la piedra, la silicosis, una enfermedad profesional e incurable provocada por la inhalación continuada de ese polvillo que se desprende de las rocas al realizar su trabajo. A raíz de la muerte de su hijo, Teresa entraría en una deriva emocional de la que nunca se recuperaría del todo.

Ante las adversidades que estaban viviendo, el matrimonio y sus cuatro hijas deciden poner fin a esa distancia oceánica y trasladarse de nuevo a su pueblo del alma, La Cavada. Una vez en su tierra natal, se instalan en el lugar denominado Sierra Hermosa, en una de las casas desde la que se divisa el pueblo en toda su belleza, muy cerca del río Miera.

Allí, una de sus hijas, Consuelo Trueba Toraya, nacida en Vermont el 21 de enero de 1904, al dar por finalizados los estudios que se podían cursar en el pueblo decide, con la aquiescencia y beneplácito de la familia, proseguir su formación académica en la capital de la provincia, por lo que se ve obligada a trasladarse casi a diario en tren a Santander.

Todas las mañanas, la joven muchacha salía de casa con las albarcas bien calzadas para dirigirse hacia la panadería, que se encontraba por entonces junto al histórico arco de Carlos III, entrada principal de las antiguas fábricas de cañones. Al llegar, se desprendía de las útiles alzas de madera que la mantenían seca y limpia y se quedaba en zapatos para acercarse hasta la estación a tomar el ferrocarril que, a paladas de carbón, habría de llevarla hasta Santander. Con mucho esfuerzo y dedicación, Consuelo finalizará sus estudios de Magisterio, obteniendo su titulación de maestra de Institución Primaria.

Por esas fechas, Ángel, el patriarca de esta saga montañesa se ve minado por la enfermedad que le acompañaba desde sus años en Vermont y no tardará en abandonar a los suyos. En esos momentos trágicos en los que estaba moribundo, se acercó el cura del pueblo hasta la casa para darle los últimos sacramentos. Al ver al sacerdote, Ángel se niega en redondo a recibirlos y muere como quiso vivir. Sin más.

Por voluntad expresa del propio Ángel no quiso que se le diera tierra en sagrado por lo que sus propias hijas hubieron de gestionar un enterramiento civil, con no pocos disgustos y contradicciones para Consuelo al no hacerse tal y como era costumbre. El enterramiento finalmente se produjo extramuros del cementerio, junto a la tapia exterior del mismo. Al pequeño cementerio civil tan solo una pequeña reja lo separaba del camino que circundaba los muros del camposanto.

No estaba solo, al menos, otra tumba contigua le habría de hacer compañía, la del maestro Ramón Zorí Bregón, un hombre que protagonizó uno de los sucesos más desgraciados de la época. Así titulaba en primera página, el jueves 26 de enero de 1926, el periódico “La Atalaya” lo sucedido:

“Una horrible tragedia en La Cavada. Un sacerdote muerto y otro herido gravemente en unos funerales. El agresor se suicida en el templo”.

El maestro del Patronato Cerro-Escudero, con escuela en el Barrio de Arriba, entró en la iglesia pasadas las diez de la mañana durante la celebración de unos funerales. Fue a la pila del agua bendita, se humedeció los dedos y se santiguó. Avanzó sin aparente intranquilidad por el pasillo central de la iglesia de San Juan Bautista y se situó detrás de los tres sacerdotes que oficiaban la ceremonia. Se detuvo justamente detrás del coadjutor, José Gutiérrez Sierra, sacó un revólver y le disparó en la nuca a bocajarro. Murió en el acto. A continuación, dirigió el arma hacia el párroco, Justo Crespo, y apretó el gatillo. La bala le perforó la cara hiriéndolo gravemente.

Ante los atónitos ojos de los asistentes y del tercer oficiante, el sacerdote del barrio de Angustina, Ángel García, el maestro retrocedió y dio unos pasos por el pasillo central hacia la salida. De repente, se detuvo, se giró hacia el altar e hizo ademán de arrodillarse. Después apoyó el cañón del revólver sobre la sien y se suicidó.

Al parecer, el origen de los hechos acaecidos estaba en una disputa que mantenía con los dos sacerdotes a los que disparó por una vivienda. El coadjutor asesinado era el capellán del Patronato donde el maestro trabajaba y vivía en el mismo edificio de la escuela. Esas disputas les llevaron a un enfrentamiento agrio que acabó con el fatal desenlace.

Allí, en el cementerio civil, compartían espacio Ángel Trueba y Ramón Zorí, lugar destinado a los que morían fuera de lo que dictaba la iglesia católica, esencialmente a los que renegaban de la doctrina y morían abandonados de la gracia de Dios, anarquistas y suicidas fundamentalmente.

La vida para la familia hubo de continuar ya sin Ángel, sin el patriarca, y también continuó para Consuelo, la joven maestra.

Un antiguo hijo del pueblo de La Cavada, Moisés Gómez Ortiz, que se hallaba instalado en Cuba, donde se dedicaba al comercio, regresará de viaje a la tierra que le vio nacer en los años en que Consuelo ya es toda una mujer. El joven emigrante era hijo de Joaquín Gómez Diego y de María del Carmen Ortiz Abascal. Moisés queda prendado de la muchacha por lo que no desperdicia la ocasión y como los días de vacaciones están contados comienza inmediatamente a cortejarla. No tardarán los jóvenes en enamorarse. Con el tiempo, en un segundo viaje del novio, se casarán un uno de abril de 1929, cuando Moisés contaba con treinta y cuatro años de edad y Consuelo veinticuatro.

Tras la boda, celebrada en La Cavada en la iglesia de San Juan Bautista, se irán a Cuba e iniciarán una vida en común lejos de su pueblo.

Por más que lo intentó, y por más humor que le echó, Consuelo nunca acabó de adaptarse del todo a la vida y a la sociedad cubana. Para describir hasta qué punto siempre se sintió española baste una anécdota de lo más significativa. Un buen día, al poco de llegar, a Consuelo le ofrecen una apetitosa tortilla con un excelente aspecto. Se decide con toda ilusión a hincar el diente a lo que presumía una tortilla de patatas. Nada más probarla, quedó horrorizada; la tortilla en cuestión no estaba hecha con patata, estaba formada con plátano cocinado. Todo su gozo en un pozo.

Siempre fue Consuelo una mujer inquieta, por lo que cambió de casa en numerosas ocasiones a lo largo de toda su vida con la aquiescencia de Moisés, un hombre tranquilo y condescendiente que siempre supo adaptarse a las exigencias de su esposa. Tras varios cambios de domicilio se van acercando a la capital de la isla y se instalan en Güines, a unos veinte kilómetros al sur de La Habana. Allí nacerán sus hijos, Blanca Nieves, en el año 1930, y Ángel, el futuro ministro y amigo del Che Guevara, en el año 1932.

Pasan los años y Consuelo, que siempre fue muy de La Cavada, acaba convenciendo a su marido para regresar a su pueblo y asentarse en España. Al deseo de Consuelo por regresar se le agregó una enfermedad gástrica de Moisés y las consecuencias económicas que se derivaron de la Gran Depresión en los E.E.U.U. Retornarán en 1933, cuando su hijo Ángel apenas tiene un año. En una vivienda conocida como “La Casita” nacerá su tercer hijo, Joaquín Gómez Trueba.

Consuelo y Moisés no tardarán en trasladarse a la capital de La Montaña, a Santander, donde en unos días especialmente procelosos e inciertos, ella iniciará una intensa actividad política. Consuelo ocupará puestos importantes en el Ayuntamiento santanderino, siendo miembro del Consejo Municipal y teniente alcalde del mismo durante la etapa republicana.

En esos tiempos estallará la guerra civil, permaneciendo toda la familia en Santander mientras la capital se mantuvo bajo el control de la República. Cuando se acercan las tropas nacionales en agosto de 1937, Consuelo se embarca con sus tres hijos y se dirige por mar hacia Burdeos. Posteriormente se unirá a ellos Moisés, su marido. Cuando Consuelo huye a Francia, solamente se lleva a sus hijos con lo puesto y un juego de cubiertos de plata que le da su madre para que lo vendiera y así obtuviera dinero para sobrevivir. Ella nunca lo vendió, conservándolo en su poder durante todo el periplo y a lo largo de toda su vida. Siempre se usó en las comidas familiares que tenían lugar en su casa en Cuba.

En aquellos años Consuelo se volcará en el auxilio de los refugiados españoles que iban llegando huyendo de la guerra; se irá al norte del país a las colonias de niños españoles huérfanos, teniendo a su cargo decenas de ellos. Permanecerán en suelo galo hasta que estalla la Segunda Guerra Mundial; cuando se acercan los alemanes y se ve claro que invadirán Francia, Moisés teme que las represalias, encarcelamientos y deportaciones de los españoles residentes en Francia sean inminentes. Pese al empeño de Consuelo de permanecer en territorio francés para proseguir con la labor que había emprendido de ayuda a los refugiados españoles, Moisés, por primera y única vez en su vida, en palabras de su nieto, se planta y le dice textualmente: “Otra guerra, no”.

Reemprendieron una travesía a la tierra que ya conocían y donde aún tenían familia y contactos, Cuba. El pasaporte de Moisés marca la entrada en Cuba, en esta segunda emigración, el 15 de abril de 1940. Se establecen en Guantánamo, donde hoy se ubica la base militar norteamericana; en aquellos años desde el pueblo y desde la casa en la que vivían se divisaba la bahía del mismo nombre Allí se dedicarían a la industria textil, con la fabricación y confección de diferentes prendas llegando con ese negocio a asentarse económicamente y conseguir una relativa buena posición en la sociedad cubana, previa a la revolución castrista, en la Cuba de Batista.

Los hijos continuarán creciendo bajo la cálida luz caribeña y Ángel acabará estudiando y obteniendo brillantemente el título universitario de Ingeniería Civil en la Universidad de la Habana. Posteriormente completará su formación realizando un Máster en Chicago, Illinois. Blanca Nieves estudió también brillantemente Licenciatura Química y trabajó en la farmacéutica Pfizer en EE.UU. Joaquín era el más inquieto políticamente y participaba activamente en la lucha estudiantil contra la dictadura por lo que se vio obligado a emigrar a EE.UU. para evitar la represión. Allí los hermanos le ayudaron en sus esfuerzos para enviar armas a Cuba.

En esos años posteriores a los estudios universitarios de sus hijos, la familia se irá acercando al movimiento veintiséis de julio, liderado por Fidel Castro y germen de la revolución cubana, que surge para luchar contra la dictadura de presidente Fulgencio Batista. En esos años Ángel será encarcelado por la policía adherida a Batista por lo que la familia hubo de hacer uso de los contactos que tenía y de los que aún disponía para poder liberarlo.

Al triunfar la revolución el uno de enero de 1959, se va a producir un éxodo masivo de todo tipo de gente. Unos se marcharán voluntariamente y otros serán expulsados del país, lo que provocará que Cuba se vea sin personal cualificado ya que los profesionales más valiosos están abandonando la nación. Ante ello, el nuevo gobierno cubano se ve con un déficit muy grave e importante de gente preparada para construir una nueva Cuba.

En los primeros días, después del triunfo, Ernesto Che Guevara es nombrado ministro de Industria del gobierno revolucionario y, ante la situación sobrevenida, convoca a los pocos profesionales que no habían abandonado la isla y que sintonizaban con la nueva realidad de la revolución. En este nuevo contexto, el Che Guevara emplaza entre otros a Ángel Gómez, al que conoce de años atrás al igual que a su familia.

Ángel Gómez Trueba es nombrado viceministro de Construcción Industrial, quedando a cargo de las inversiones industriales, y comienza a trabajar mano a mano con el Che Guevara. La amistad que mantiene con la familia llega a la matriarca, Consuelo, a cuya casa acude a probar sus guisos y, conocedor de su magisterio como educadora, le encarga que de clases de educación primaria, hasta sexto grado, a sus escoltas. Se las proporcionaba en una pequeña aula justo al lado de la oficina del Che, quien supervisaba constantemente el progreso de sus alumnos.

Otro signo del aprecio y respeto que sentía el icono revolucionario por la familia Gómez se manifiesta en la siguiente anécdota; cuando las reuniones se convertían en tumultuosas y subidas de tono, les recordaba a los agitados revolucionarios la presencia de la Directora de la Industria Química, Blanca Nieves Gómez Trueba, única mujer en el Consejo de Dirección del ministerio, a quien debían respeto evitando las palabras más gruesas y así la reunión transcurriría con cierta tranquilidad. Posteriormente, Blanca fue durante muchos años vicerrectora de la Universidad de La Habana, la más importante del país.

Una vez el Che Guevara deja el ministerio en el año 1965 para embarcarse en la idea de llevar la revolución a otros puntos del planeta para internacionalizarla, Ángel Gómez es nombrado ministro de Construcción Industrial (luego Desarrollo Industrial) permaneciendo en el cargo a lo largo de once decisivos años, el período que va de 1965 a 1976. A mediados de los setenta, aún en vida de Franco, Ángel junto a su esposa vendrán durante seis días de visita oficial a España; después de muchos años ausente (en los años 50 había visitado a la familia), regresará a la tierra de sus antepasados. No podemos olvidar que las relaciones diplomáticas, a pesar de todas las tensiones que pudiera haber y las vacantes prolongadas en los cargos oficiales, nunca llegaron a romperse entre España y Cuba, manteniéndose siempre una entente razonable y cordial.

Como consecuencia de dos maneras de ver la revolución, Ángel irá siendo relegado de su importante papel en el gobierno cubano. Esas dos maneras de ver y analizar la realidad tienen su origen, después del triunfo de la revolución, en una gira del Che Guevara de cara a potenciar la industria cubana. La primera visita que hace es a Rusia, de donde regresa bastante decepcionado y con la intención de explorar otras líneas de actuación como las que conoció en la Alemania comunista (R.D.A.).

Una vez el Che se va de Cuba se produce un aumento de la tensión con EE.UU., lo que contribuye a fortalecer a la facción contraria a este criterio. La nueva apuesta es abiertamente pro-soviética siendo la línea que encabeza Carlos Rafael Rodríguez. Después de años de tensiones y luchas se acaba imponiendo esta tendencia y en consecuencia Ángel Gómez es relegado paulatinamente.

Esta ha sido la historia de una familia y de un hombre que llegó a la cúpula de la dirección cubana, la historia de un hombre que dio sus primeros pasos en La Cavada, donde nació su hermano Joaquín. Es la historia de una familia que nunca olvidó sus raíces cántabras y que siempre mantuvo relaciones por correspondencia con su familia española. De aquí surge otra pequeña historia con la que pondremos colofón al relato.

¿Quién era la persona que llevaba y facilitaba esa correspondencia entre ellos?

Esa persona era Alfredo Pérez, piloto de la compañía Iberia que estaba casado con Lolita, una prima de Moisés. Lo curioso del caso es que Alfredo y Lolita eran los padres de Alfredo Pérez Rubalcaba, el que fuera vicepresidente del gobierno español. “Alfredito”, como afectuosamente le llamaba la familia, cuando acudió a Cuba como ministro del gabinete de Felipe González, visitó a sus parientes y se acercó a disfrutar de su compañía y de su comida.

Consuelo nunca regresó a España. No porque no quisiera; los años la habían impregnado de esa pereza cómoda tan gratificante. Primero dijo que con Franco no volvería y, luego, usó la excusa de no volver con el rey. A pesar de todo siempre se sintió muy de la tierra donde nació y siempre dijo al referirse a los habitantes de la isla en la que residió gran parte de su vida: “Vosotros, los cubanos”.

Siempre se consideró española, haciendo gala de su españolidad en su vida diaria. Acabó sus días enseñando a jugar a la brisca a sus nietos mientras les contaba cuentos e historias de un lejano pueblo de La Montaña, La Cavada.

Juan Francisco Quevedo

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HAIKU Y FOTOS-Juan Francisco Quevedo

Lúgubres máscaras:

España ensombrecida

en sus entrañas.

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