UNA INFANCIA FELIZ 4-Juan Francisco Quevedo

Francisco Quevedo Piró, con una cruz, durante la travesía en barco

IV

Mi padre deseaba con todas sus fuerzas regresar a Revilla, su barrio natal, y aunque ya no podría ver a su madre sentada en el balcón oteando el paisaje y entreteniéndose con las vistas, ni tampoco a dos de sus hermanas, suspiraba por ese reencuentro con la tierra, con el retorno a ese pedazo del mundo que le descubrió la vida, a ese preciso lugar con el que tanto había soñado desde la lejanía.

Siempre me comentaba que, una vez regresó a España, lo que le sobrevenía con más intensidad de todos aquellos años en México era el olor del café. A continuación, me añadía que, sin embargo, mientras que estuvo en tierras mexicanas lo que más añoraba eran los aromas de la infancia, el olor puro del rocío durante las heladas mañanas en las que corría por los prados de la mies o el agradable olor que desprendían las ramas verdes tras caer la lluvia. A veces hablaba del olor que segregaban las sábanas limpias, frías y recién puestas en la cama; aquello le evocaba las horas nocturnas en el hogar familiar y las conversaciones en la cocina, al calor del fuego.

Me pregunto, que acaso, de alguna manera, tengamos alma de abeja y al igual que estas quizás recuerden el aroma de sus flores favoritas, nosotros también recordamos con ternura los olores que conforman el mapa sentimental de nuestra existencia.

En cualquier caso, mi padre ya estaba embarcado y surcando el océano Atlántico hacia el puerto de Santander. No tardaría en recuperar los olores que tanto añoraba.

Siempre lamentó haber recibido por carta la noticia de la muerte de su madre y de sus hermanas, a las que hubo de llorar en el silencio de la lejanía y en la soledad inmensa de su dolor profundo. Siempre recordaba cómo ambas cartas se fueron humedeciendo, a medida que avanzaba en la lectura, con unas solitarias lágrimas y huérfanas, como él se sentía.

Al recordarlo, me solía decir que, de cuando en cuando, surgen días plomizos que aparentan ser tan anodinos como el resto de los días, días en los que, de repente, ocurre lo inesperado, algo que hace esculpir en la memoria, a sangre y fuego, esa fecha, incluso la atmósfera que la rodea. El día que recibió la terrible noticia, el cincel actuó con rabia, grabándosela para siempre en el alma.

Aquella mañana la había pasado como muchas otras, entre clientes, amigos y agua fresca. Al mediodía, cuando estaba solo, recibió el correo con cierta desidia y desinterés. Agarró el montón de cartas que el cartero había depositado sobre el mostrador y comenzó a examinarlas. Las iba pasando poco a poco, con cierta indiferencia, hasta que llegó a un sobre con matasellos de España. La caligrafía no le dejó la menor sombra de duda. Era letra de su padre.

-Cada vez que veía una carta de España, sí que me apresuraba a romper el sobre-me decía-. Cuando la tuve en mis manos la empecé a leer entre palpitaciones y, no sé por qué, tuve la sensación de que algo grave ocurría.

Al comenzar la lectura no le quedó un solo resquicio para la especulación. Mi abuelo fue muy claro: Tu madre murió el…

Me dijo siempre que se dejo caer desplomado sobre una silla mientras apoyaba la carta sobre sus rodillas.

-Sé que estuve un buen rato en un estado de laxitud involuntario hasta que, sin previo aviso, me brotaron las primeras lágrimas. Poco después, enjugándomelas, proseguí la lectura de la carta hasta el final.

Sin duda, regresó a su casa con mucha ilusión pero con el peso de esa gran pena que había tenido que llevar tanto tiempo a solas consigo mismo. Cuando sobrepasó el puente del río Revilla, lo primero que hizo fue mirar la solana en la que su madre pasaba las tardes soleadas. Solo unas mazorcas de maíz colgaban de la balaustrada.

Después de la alegría del reencuentro con sus hermanas, quiso acercarse con su padre al sitio donde yacían sus muertos. Todas ellas reposaban juntas en la misma tumba del cementerio de San Andrés. Las llevó una sola flor, la favorita de su madre, la de un magnolio, y la depositó sobre la astrosa lápida que las amparaba. Como hizo después durante tantos años.

Durante unas semanas aún pudo abrazar a los suyos y jugar a los bolos en La Central mientras le ganaba unos blancos al cura del pueblo, que jugaba arremangándose los faldamentos para que no le estorbaran durante el juego. Poco le duró la diversión. La sombra de la desgracia se cernía sobre España.

Tuvo la mala fortuna de retornar poco antes de que se iniciara una guerra civil a la que le empujaron a luchar a la fuerza, como a la mayoría de los jóvenes. Durante ella, se constituyó en una especie de ayudante-secretario de un capitán republicano que estuvo destinado por los alrededores de Bilbao. Consumía los días pateando los montes de Durango y penaba las noches haciendo guardias infames. Mientras que estaba en una de ellas, en plena noche y con las balas y los estallidos de las bombas recordándole donde se encontraba, por si le mataban y nadie reconocía su cadáver, tuvo la ingenua idea, lo que hace el miedo, de escribir la inicial de su nombre y apellido con un clavo en la parte de atrás de su reloj de pulsera, un Elgin que había comprado en Nueva York en el treinta y dos, junto a una de las primeras cámaras portátiles Kodak. De aquel viaje a los Estados Unidos, había traído, como recuerdo para su familia, la estatua de la Libertad en bronce con un reloj incrustado en la peana.

No eran tiempos para entretenerse con dilaciones así que, en cuanto pudo, se embarcó en un barco pesquero portugués que había atracado en el puerto de Santoña y, desde Lisboa, regresó a Veracruz con la sensación de no entender nada de lo que pasaba en un país que no reconocía como suyo.

Había soportado en México varias insurrecciones y revoluciones, la guerra de los Cristeros, en la que hubo de bautizar y apadrinar en la clandestinidad a un sinfín de niños, y no sé cuántas bravatas revolucionarias más, pero lo que vio en España, siempre dijo que no lo había visto nunca antes, la crueldad más despiadada y el odio más inhumano. Con el agravante de haberlo tenido que ver en una guerra fratricida.

Para alguien que había luchado tanto desde niño por abrirse una brecha en el duro sendero de la vida en soledad y sin más patria que su recuerdo y el sudor de su frente, todo este drama que había presenciado se le había hecho muy duro e inimaginable. Se sintió como un extranjero en su propia patria, si es que aún lo era.

Mientras que el presidente Lázaro Cárdenas llenaba el país de refugiados españoles, tras la victoria del general Franco en abril del 39, mi padre seguía con su vida y acogiendo sin ningún miedo a esos republicanos que iban llegando y que se integraban en el tejido de la sociedad mexicana sin grandes resentimientos, aunque añorando siempre la patria que dejaban atrás. Mi padre conocía muy bien ese sentimiento de nostalgia. Les llevaba veintidós años de ventaja, veintidós años añorando el sonido del repicar de las campanas de la iglesia de su pueblo. Ahora, reunidos todos ellos, refugiados y emigrantes, en el café del Hotel Ceballos, comiendo en el Diligencia o echando un billar en el Casino cordobés, compartirían durante décadas ese sentimiento.

Muchos años después, más de cuarenta pasaron desde su marcha, ya en España y conmigo de la mano, le gustaba ir al café Flor, al inicio de la santanderina calle Calvo Sotelo, muy cerca de la cafetería Trueba, donde hablaba largo y tendido con un limpiabotas represaliado que era comunista, lo que, por lo que yo ya había oído por todas partes, era como ser de la piel del diablo. Por entonces, florecía en la propaganda oficial la España de los veinticinco años de paz.

Son como todos, hijo-se reía mientras me miraba guasón al ver mi cara de niño asombrado al decirme que era un viejo comunista-. He tenido grandes amigos como él en México y otros que eran insoportables. Nunca juzgues a un hombre por lo que piense sino por cómo se comporte, independientemente de su ideología. Lo que ocurre es que aquí no se puede decir. Nadie es mejor ni peor persona por ser hombre o por ser mujer, por ser rico o pobre o por tener unas ideas u otras. Nadie. Por mucho que muchos se sigan empeñando en enfrentarnos a unos con otros.

Juan Francisco Quevedo

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7 respuestas a UNA INFANCIA FELIZ 4-Juan Francisco Quevedo

  1. thank you so much🎶I am really grateful for you🐬I

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  2. theburningheart dijo:

    Las impresiones de la niñez y la juventud son imborrables, pero el mundo cambia, y nuestros recuerdos no, pero es imposible recobrar nuestra niñez y juventud, las cosas ya no son iguales.

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  3. Fantástico Juan Francisco.
    Los olores nos hacen revivir recuerdos. Los colores también.
    Las personas nos hacen felices con su comportamiento hacia nosotros, y de esa manera merecen nuestro respeto siempre. Lástima que a veces, no sepamos separar la bondad y la honradez de las apariencias, ideologías, religiones, …
    A la espera del siguiente.
    Saludos.

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  4. H. Barrero dijo:

    Un sábado: una vuelta al pasado. Gracias!

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