MEMORIA DE UN TIEMPO VII-Juan Francisco Quevedo

(Museo de Boston) 1927 Edward Hopper-Drug store- En Greenwich N.Y.

Ayer y hoy del nº184 de Waverly Place Village

VII

ROCK Y DROGAS

Por supuesto, en esa lucha por experimentar con lo que ofrecían los tiempos, hubo que pagar un doloroso peaje que en su forma más auténtica acabó con aquel sueño de libertad, con la esperanza de haber hecho un mundo mejor. Las drogas mandaron al traste el espejismo que inundó el planeta de flores y cánticos alegres a la luz de las hogueras. Con aquel regalo envenenado se perdió, quizás, la oportunidad de haber hecho del hombre un ser más libre en una sociedad más justa.

Quien te mal faz mostrando grand pesar

guisa como te puedas dél guardar

                                                  Don Juan Manuel (El conde Lucanor)

Cuentan que por aquellos años se fabricaba un excelente L.S.D. en las, no lo olvidemos, factorías legales del químico Owsley Stanley, un hombre entregado tanto a la causa de su negocio que acabó encargándose del sonido del grupo californiano más pasado que haya existido, los Grateful Dead. Aún en el 2015, claro está que sin Jerry García, tocaron todavía Sugar magnolia.

Desde San Francisco, se fue extendiendo esta manera de ver la realidad, evidentemente distinta, tanto en su percepción real como en las emociones cerebrales, a través de un viaje lisérgico o, como se decía entonces, psicodélico. Eran años de permisividad donde el L.S.D. se consumía, junto a la hierba mexicana -marihuana-, en estos ambientes de libertad y juventud, con total naturalidad.

La libertad no hace felices a los hombres; los hace, sencillamente, hombres.                                              Manuel Azaña                                                                                          

En el 66 existía un gran mercado de la droga, todo un supermercado legal –The Psychedelic Shop-, donde se encontraba, además de estas substancias, los utensilios más variados para consumirlas; podía comprarse desde una cachimba hasta unos libros que les ayudaban a iniciarse en el camino de la psicodelia. Precisamente en ese ambiente de luz, decibelios y ácido nacerá el rock psicodélico, esa ensoñación cerebral con la que no sólo se hizo literatura sino también música.

La marea hippie sale de San Francisco y se extiende de costa a costa, para estallar definitivamente como un movimiento de masas absoluto en el 67, con el festival de Monterey. Allí se descubrió a Joplin y sobre todo a un Otis Redding -(Sittin`on) the dock of the bay– que cautivó a la flor y nata de un hipismo muy militante y combativo. Poco le duró en vida el reconocimiento pues fallece ese mismo año en un accidente aéreo. Poco más duraría la alegría a todos ellos pues, en un goteo sangriento, fueron escribiendo su propio epitafio desde el aturdimiento pasado de las drogas y desde los excesos incontrolados. Con la voluntad perdida, o disipada entre la enfermedad y el sopor del pico, todos fueron cayendo.

Hermanos humanos que vivís después de nosotros,

no tengáis contra nosotros los corazones endurecidos,

pues si tenéis compasión de nosotros, pobres,

Dios tendrá antes misericordia de vosotros.                  

                                                                         François Villon (Epitafio)

Brian Jones presentó a Jimi Hendrix en el Festival de Monterey

Tras Monterey, vendría el mítico y masivo festival de Woodstock. Hasta el lugar, en el estado de Nueva York, se desplazaron los jóvenes de medio mundo, hermanándose los de París con los de San Francisco, los de México con los de Londres y así, sucesivamente, en un mar de manos unidas. Todo sucedió en el año 1.969, tras lo que supuso el mayo del 68; fue una inmensa locura, recibida de uñas por la sociedad imperante y mal tratada, a la vez que maltratada, por la prensa más rancia, que era la mayoría.

La importancia de Woodstock va más allá de lo meramente anecdótico ya que, entre otras cosas, sirvió para seguir dando cuerpo a un malestar, pleno de la más displicente de las disidencias, del que ya se había dado cuenta en mayo del 68, en París, así como allá por el 67 en el festival de Monterey.

En Woodstock vieron la luz grandes estrellas, alguna de ellas se dio a conocer al ritmo inagotable de los Beatles. Su canción Con la ayuda de la amistad sirvió de carta de presentación a un joven de aspecto y movimientos epilépticos que respondía por Joe Cocker. Sus contoneos convulsivos y su voz cascada y personal impresionaron en aquel multitudinario evento. Luego, ya se sabe lo que fue de él, incluso llegó a ganar un Oscar de Hollywood.

Joe Cocker en el festival de Woodstock

Con él actuaron Crosby, Stills y Nash, aún sin Young, así como unos jovencísimos Creedence -Proud Mary-. También Carlos Santana, desde su personal sonido de guitarra, fue capaz de transportar a toda aquella masa de juventud por los acordes de Evil Ways hasta el latino ritmo de Oye como va. Así mismo, cantó Arlo, el hijo de Woody Guthrie, el gran y combativo maestro del folk gringo. Por entonces, Arlo, ya había cautivado al público americano pero fue allí donde se convirtió en el hippie favorito de América. Aquel festival inolvidable lo clausuró, al ritmo de su particular visión del himno de los Estados Unidos, un Hendrix eléctrico y electrizado, con los acordes encendidos de su maravillosa y envolvente ladyland. Como resumen y colofón de aquella celebración y de aquel espíritu, sólo nos queda recordar la canción de Sly&The Family Stone, Stand; desde ella se apelaba a la conciencia universal de cada uno de los jóvenes asistentes.

¡En pie! Llevas demasiado tiempo sentado.

Hay una continua doblez tanto en lo que posees de bueno como de malo.

Después vino Altamont, donde nació la leyenda negra de los Rollings Stones, junto a la más que justificada de los Ángeles del Infierno, con su estética y su espíritu matón. En el festival, los Stones presentan su disco Let it bleed, título premonitorio, dada la sangre derramada durante el mismo. Con el apuñalamiento de un joven mientras sonaba Simpathy for the devil y la brutal presencia en el servicio de seguridad de los feroces Ángeles del Infierno comienza toda la leyenda de la violencia asociada al rock. Tras Altamont, ya nada nunca volvió a ser igual.

He visto arrastrarse por el fango a las mejores mentes de mi generación. Algo así se escribió para los beatnik y algo así se puede escribir para aquella generación de Monterey y Woodstock, que al ritmo de Janis Joplin y los Jefferson Airplane soñaban con un mundo radicalmente mejor. Los setenta mataron aquel espíritu desinteresado, asimilándolo al interés de su causa. Y a los que se quedaron al margen, el sistema los abandonó y pisoteó, pateándolos como cantos rodados, y así fueron dando trompicones, sin voluntad, de ciudad en ciudad, calentándose sobre las rejillas de los metros con la escudilla de la miseria sobre el asfalto, sin más destino que el de ser peones sin rumbo a la búsqueda de una lata de sopa Campbell que calentar en cualquier infiernillo. Hoy ya no queda ninguno de aquellos desheredados de la fortuna. El frío, los años y las drogas se encargaron de ellos.

Brilla radiante el sol, la primavera

los campos pinta en la estación florida:

truéquese en risa mi dolor profundo…

que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?

                                               José de Espronceda (Canto a Teresa).

Pero entonces todo era mucho más natural y rápido; aún no había lugar para las nostalgias disquisitivas. La vida era una huida desenfrenada hacia adelante y el sendero que se iba dejando atrás no era más que la tierra quemada sobre la que se seguía hacia un futuro que tampoco interesaba. Bastante tenían con inundarse de presente.

Enganchados al tren de la rebeldía, estos muchachos hacían jirones el pasado y lo hacían simplemente por eso, por ser pasado. Y, además, un pasado mísero y obsoleto. Cada día era como un regalo; había que vivirlo a tope, por si acaso, no fuera a ser que no hubiera otro.

Imagina que cada día es el último que para ti alumbra:

Agradece el amanecer que ya no esperabas.

                                                         Horacio (Epístolas I, 4,13)

Todos estos muchachos se movían al ritmo de sus inquietudes y de su música, estos jóvenes, más airados que nunca, no sólo miraban atrás con ira, sino que fueron capaces de llevar a la práctica lo que John Osborne y su grupo de escritores sólo ejercitaban intelectualmente. Llegaron a vivir en comunas, al margen de esta sociedad punitiva, practicaban una libertad, civil y sexual, que les ponía y colocaba y, como dijera un Wilhelm Reich reivindicado por la gauche divine europea, satisfacían sus necesidades naturales naturalmente. Además, se movían al primaveral ritmo -Flower power-, de una música electrizante y, para las muertas mentes, como sus oídos, de un establishment atolondrado, ensordecedora. Somebody to love de los floreados Jefferson Airplane pudiera ser el ejemplo que ilustrase ese sentir combativo, desprendido, alegre y lleno de libertad, donde la sexualidad se desparramaba a raudales como parte de una necesidad natural.

Aquí el húmedo músculo del amor se aja y muere,

aquí estalla un beso en una cantera sin amor.

Oh, ved en los muchachos los polos de la promesa.

                                      Dylan Thomas (Veo a los muchachos del verano)

Se les llamaba hippies y hacían honor a la etimología de la palabra. Hip se usaba en la jerga de los negros y significaba algo así como colocado; era el estado en que los dejaba la marihuana o el ácido. Se extendió, después, para estos nuevos profetas de la modernidad que aparecieron en los sesenta y, de alguna manera, la palabra los acabó poseyendo.

Grupo de hippies en los sesenta

Las drogas acabaron con aquel sueño de paz, amor y flores que había comenzado entre aquellos primeros contestatarios –allí se inició todo- que se reunían en el soleado campus californiano de la Universidad de Berkeley. Aquellos jóvenes, que recién finalizaban el instituto, estaban a punto de hacer volar las conciencias relajadas de unos padres boquiabiertos que asistían atónitos a las maneras, tan distintas, conque sus hijos pretendían cambiar un mundo –y caminar hacia la utopía de la hermandad- del cual no les satisfacía casi nada.

Me gustan las ideas de crear ruptura, de dar vuelta al orden establecido.

                                                                                                 Jim Morrison.

Mientras Huxley seguía elucubrando, desde la década de los treinta, pasado de ácido, sobre el feliz inmundo que se avecinaba en las páginas de un libro que era la mismísima encarnación de la antiutopía, una distopía infeliz. Todo cambiaba para que nada permaneciera igual y no sólo, o quizás también, por contradecir a un noble siciliano como Lampedusa que hablaba, en la película de Visconti, a través de un sublime y venerado Burt Lancaster -sólo de viejo, pasado por el colador exquisito del Neorrealismo y de Malle, se hizo un actor inmenso-, con el irónico escepticismo del que está de vuelta y por encima, de todo.

Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie

                                                 Giuseppe Tomasi di Lampedusa (El Gatopardo)

  En este cambio social la música iba a tener un papel de rebeldía fundamental y así, mientras el gran Elvis se adocenaba en paupérrimas películas comerciales, antes de convertirse en una caricatura gorda, sudorosa y hortera, un negro de sangre india, como Hendrix, ya afilaba sus cuerdas para demostrar al mundo cómo electrizar a una dama –Electric Ladyland- y, por desgracia, para demostrar al mundo cómo acabar muriendo un frío mes de noviembre, con apenas veintisiete años, a pesar, o por el pesar, de acumular tanta experiencia -Are you experienced?-. Eran tiempos en que se caminaba sin mirar hacia ningún lado a velocidad de vértigo, destrozando guitarras contra los altavoces de cualquier escenario, entre las notas distorsionadas de una peculiar versión del himno del país de las barras y las estrellas.

Están locos por vivir, locos por hablar, locos por salvarse, locos por moverse, con ganas de todo al mismo tiempo, gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes…                                                                       Jack Kerouac (En el camino)

Tanto es así que algunos acabaron estrellándose. Con los años, la mayoría de los que empezaron a participar en los primeros compases del movimiento, empezaron también a pagar una factura que los llevó al abandono, cuando no a la muerte. En San Francisco, el enrollado barrio de Haight-Ashbury se va plagando paulatinamente de gente que deambula buscando su dosis de droga dura, enganchados a sus enfermedades de transmisión sexual. Con ellos, perece la fantasía de poder conseguir la paz a través del amor; todas esas utopías se desvanecen por el desagüe de la realidad que los consume. Con aquellos ingenuos muchachos, con sus adicciones, entraron las mafias en busca de su dinero sin importarles las consecuencias letales que conllevaba aquel negocio tan lucrativo. La libertad, tras la que se habían estrellado en su vertiginoso caminar, acabó convirtiéndose en unas férreas cadenas mortuorias y las drogas en sus verdugos. Nunca más pudieron volver a soñar con ser verdaderamente libres. Fueron sólo cadáveres, cadáveres olvidados y perdidos en el tiempo.

Allí está mi patria, donde mi libertad.

                                                          Benjamín Franklin.

Barrio de Haight-Ashbury
Psychedelic Shop
Mick Jagger en Altamont con Los Ángeles del Infierno como servicio de seguridad

Esta entrada fue publicada en CRÓNICAS. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a MEMORIA DE UN TIEMPO VII-Juan Francisco Quevedo

  1. theburningheart dijo:

    A que tiempos aquellos que marcaron a toda una generacion, parece casi increible que ya pasaron mas de 50 años… Y ya vamos de salida.

    Le gusta a 2 personas

  2. guillegalo dijo:

    Reblogueó esto en GRANO ROJOy comentado:
    Francisco Quevedo, en su blog “Poesía para vivir” presenta semblanzas de nuestro tiempo joven. Cada vez que lo leo siento: como buenos hijos d nuestro tiempo siempre seremos jóvenes. Hemos visto llegar para quedarse las costumbres de la modernidad, se modifican y continúan. “Se les llamaba hippies y hacían honor a la etimología de la palabra. Hip se usaba en la jerga de los negros y significaba algo así como colocado; era el estado en que los dejaba la marihuana o el ácido. Se extendió, después, para estos nuevos profetas de la modernidad que aparecieron en los sesenta y, de alguna manera, la palabra los acabó poseyendo”.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s